Notas y Debates de Actualidad
La lucha por ‘Ser Nosotros’
The struggle for ‘being us
La lucha por ‘Ser Nosotros’
Utopía y Praxis Latinoamericana, vol. 24, núm. 85, pp. 282-293, 2019
Universidad del Zulia

Recepción: 04 Febrero 2019
Aprobación: 10 Mayo 2019
Resumen: Se periodiza el proceso en cuatro momentos históricos que van, desde la conformación del imaginario indígena acerca del territorio, pasando por las implicaciones territoriales del proceso de conquista y la posterior conformación de la República, hasta llegar al momento actual, denominado por los factores que hoy detentan el poder político en Venezuela, como Quinta República y Socialismo del Siglo XXI. Finalmente, y como respuesta política desde los pueblos indígenas amenazados en sus territorios, se plantea la necesidad de la emergencia de un Nosotros colectivo, más allá de las ideologías ("derecha" e "izquierda"), desde abajo, en defensa del Orinoco como el corazón de agua que garantiza la vida futura de todos Nosotros.
Palabras clave: entropía, colonialidad del poder y del saber, nosotros.
Abstract: The process is time framed in four historical moments that goes from the conformation of the indigenous thoughts about the territory, through the territorial implications of the process of conquest and the later conformation of the Republic, until arriving at the current moment, called by the factors that today hold political power in Venezuela, such as Fifth Republic and Socialism of the XXI Century. Finally, as a political response from the indigenous people threatened in their territories, it is proposed the need of the emerge of a collective we, beyond political ideologies ("right" and "left"), from below, in defense of the Orinoco as the heart of water that guarantees the future life of all of us.
Keywords: entropy, coloniality of power and knowledge, us.
[1]*
PRIMER MOMENTO: LA CONFIGURACIÓN DEL IMAGINARIO DEL NOSOTROS
Dicen los wayuu, que, en el principio, sólo la gran oscuridad y la gran claridad envolvían la totalidad del universo. Nada existía, pues, todo giraba en medio de la lucha de las dos inmensidades. Hasta que, en un momento y lugar indescriptible, de la gran claridad emergió el sol y, apegada a su luz, surgió la tierra; mientras que de la gran oscuridad brotó la luna y, con ella, emergieron todas las aguas del mar, de los ríos, de los lagos y lagunas sobre la tierra. Entonces, Sol, enamorado del espejo de las aguas, las calentó con su luz y ellas se condensaron en nubes que, luego, tuvieron su par de gemelos: el viento y la lluvia. Ya crecido, el Lluvia se enamoró de la tierra y sobre ella cayó en diferentes lugares de donde emergieron las plantas de yuca, de maíz, de patilla, de auyama; pero también los conejos, los cachicamos y los venados, pero también los tigres, los zorros y los perros salvajes; los últimos en emerger de la tierra fueron los hombres y mujeres wayuu.
Así, los hombres, al igual que plantas y animales, no son más que una otra comunidad nacida como cuarta generación en la vida del universo que dio origen a la tierra y a todos sus elementos; por mejor decir, para los wayuu, la primera generación la constituyen los astros: Sol, Luna, estrellas, tierra y aguas, viento y lluvia; una segunda generación es la que conforman las plantas y árboles que pueblan los lomos de la tierra alimentada por las aguas de los ríos y de la lluvia; la tercera generación es la de los animales de la selva y de las sabanas, y, por último, de la tierra emergieron los hombres y mujeres como sus últimos hijos. He aquí, pues, la construcción del discurso intelectual con el que el pueblo wayuu establece claramente, el lugar desde donde observa y, sobre todo, se relaciona con el mundo, esto es, su lugar simbólico de ver para poder configurar su existencia material en un espacio territorial signado por la sequía, las altas temperaturas y los fuertes vientos.


Como es posible apreciar, el territorio de La Guajira, a ambos lados de la frontera colombo-venezolana, es un espacio de escasa hidrografía y, en consecuencia, de escasa vegetación de montaña y muy poca pluviosidad. En este sentido, no es extraño que todo su imaginario haya construido una memoria a partir de la presencia de la llegada de las lluvias a su espacio territorial y, sobre este imaginario de tierra seca engendrada por la lluvia, construir toda una memoria de saberes fundamentales a su persistencia como pueblo/cultura.
Sin embargo, si comparamos la visión del mundo wayuu con la del pueblo Ye’kuana, geográficamente opuesto en el territorio del que, hasta ahora, ha sido conocido como espacio territorial soberano del estado nacional de Venezuela, nos encontraremos con sutiles diferencias y similitudes que, a nuestro parecer, confirman el hecho de que un otro lugar de ver, relacionarse, conocer y vivir el mundo, esto es, un otro episteme, fue creado ancestral e históricamente en esta región del mundo hoy conocida como América Latina.
En este sentido, para los Ye’kuana, habitantes caribes de la cuenca del Orinoco, cuya primera mención en algún registro colonial aparece en el año 1744 (pleno siglo XVIII), cuando el sacerdote jesuita Manuel Román viajó para investigar los rumores de la presencia de comerciantes portugueses de esclavos negros en la zona (Guss: 1990), descubre el río Casiquiare como canal natural que une las dos grandes vertientes de la Amazonia: la del río Amazonas y la del Orinoco, a través del llamado Rio Negro. Es decir, hasta bien entrada la colonia en tierras de la entonces Capitanía General de Venezuela, los Ye’kuana era uno de los pueblos/etnias/nacionalidades desconocidas por el poder imperial español y, por supuesto, ajeno al sistema mundo moderno-colonial que en buena parte del territorio de Abya Yala/ América Latina la colonialidad del poder y del saber imperial español había instituido a lo largo y ancho de todo el continente.
Wanadi, hijo del soplo del Sol sobre la tierra, hizo varios viajes a ese lugar, exactamente, seis, y por tanto, seis vidas creo Wanadi en ese lugar: tierras, ríos, montañas, selva, plantas y animales y, por último, Wanadi creo al primer Ye’kuana. Sin embargo, saben los Ye’kuana que toda obra de Wanadi siempre está cargada de su enemigo: Odosha; por eso, a pesar de que los Ye’kuana a partir de 1760 en la conformación de una comunidad conjuntamente con los blancos provenientes de Caracas “Con la intención de asegurar el dominio de toda la región (en contra de los “garimpeiros” provenientes del Brasil)[2], enviaron una nueva fuerza expedicionaria que debía construir un camino y diecinueve puestos fortificados (…). Este ambicioso plan, que hasta la fecha no se ha(bía)[3] logrado realizar, debía atravesar precisamente toda la tierra de los Ye’kuana”.
Por supuesto, los Ye’kuana se negaron y, por ello, fueron trasladados a la fuerza y obligados a trabajar encadenados. Este brusco cambio de aquellos que, hasta ese momento, los Ye’kuana habían venido considerando como Yaranabis, esto es, hijos de Wanadi, su máximo héroe cultural, comenzaron a ser considerados y por ello nombrados como Fañurü, esto es, hijos de Odosha, eterno enemigo de las buenas acciones de Wanadi en el mundo, pues, lo que estos Fañurü hacían y continúan haciendo junto a sus aliados los Fadres (sacerdotes jesuitas y franciscanos), que siempre llegan desde Caracas[4], es lograr derrocar a Yaranabi, que siempre trabaja en favor de Wanadi en toda la región y, por lo tanto, es amigo de los Ye’kuana (Guss).

SEGUNDO MOMENTO: LA ENTROPÍA PROVOCADA POR LA COLONIALIDAD DEL PODER Y DEL SABER
Así, pues, tanto los wayuu, en la seca península de La Guajira, como los Ye’kuana de la inmensa cuenca del Orinoco, habían logrado con-vivir con el espacio que, por esa vía, milenariamente constituyeron como sus territorios. Los wayuu, desplazándose, siguiendo el camino de las constelaciones que marcan el caminar del gran padre Lluvia y, de esa manera, construir materialmente su nükuaipa, esto es, su propio caminar que, se torna horizonte ético que los conforma y orienta en su existencia como pueblo. Los Ye’kuana, moviéndose de acuerdo a los periodos de inundación del Orinoco, manteniendo las siembras de yuca según la secuencia de sequía/inundación, combinada con la pesca y la cacería, guiados por el horizonte marcado por Wanadi, hijo del soplo del Sol, como el hacer de los hombres en tanto yaranabis, es decir, hijos del soplo de Wanadi. Para ello, su hacer siempre ha de estar en correspondencia con el hacer del río, ora en los buenos tiempos (posibilidad de cultivar) o en los “malos” tiempos de la inundación; pero, en todo caso, se trata de que ambas territorialidades han sido construidas a partir de un verdadero diálogo con el mundo en todas sus dimensiones.
Esto es así, porque, en efecto, para estos pueblos/culturas el mundo no es un “objeto ajeno”, no es algo que corresponde a su dominio y control, sino que, al contrario, ellos forman parte de los dominios del mundo y, por ello, un wayuu sabe que para serlo de a de veras, ha de seguir el camino que marcan las constelaciones como caminar del mundo, esto es, el Wakuaipa (nuestro caminar) no sólo es la expresión de una forma de ser espiritual (horizonte ético), sino justamente materializarlo en el hacer cotidiano, y esto sólo es posible mediante una con-vivencia con la tierra. Lo mismo podemos decir de los Ye’kuana, pero también de todos los 34 pueblos/etnias/nacionalidades indígenas que habitan en sus particulares espacios territoriales de buena parte del espacio territorial de esto que, hasta ahora, conocemos como Venezuela.
No hay duda de que la presencia y acción conquistadora y colonial europea en estos territorios, no sólo implicó un despojo material, territorial, sino igualmente el inicio del proceso de vaciamiento espiritual que bien pudiéramos calificar como de aceleración de una entropía al interior de los pueblos colonizados, generada por la colonialidad del saber y del poder que, entre otras formas, se manifiesta en principio, con el mero desconocimiento de los saberes ancestrales e históricamente generados por los pueblos originarios en su milenaria con-vivencia con sus espacios territoriales y que, si a ver vamos, todos ellos se conforman como una verdadera ecología de saberes (Boaventura de Sousa Santos) en tanto que, cada uno de ellos ha sido el resultado de un diálogo con el mundo en las condiciones y el lenguaje que cada espacio territorial ofrece a los pueblos que lo habitan como su territorio.
Ahora bien, esta ecología de saberes, resultado de la diversidad de lugares de ver, nombrar y geo-grafiar (Porto-Gonçalves) el mundo, desde la perspectiva epistémica del europeo conquistador, debía ser, en principio, rechazada por constituir herejía salvaje, e inmediatamente después, dominada en los mismos términos en que el pensamiento moderno-capitalista de acumulación colonial entendía debía ser dominada y controlada la naturaleza, siempre salvaje y, por tanto, vaciada de todo su herético contenido. De tal manera que, desde la persecución, juicio y sacrificio de los ou’sü o piaches wayuu, o de los shamanes ye’kuanas, hasta el sometimiento de sus gentes para la producción de algodón (los wayuu) o la construcción de caminos y puestos militares en territorio ye’kuana, de seguro, generó al interior de estos pueblos una verdadera entropía en sus propias conformaciones culturales, provocando un caos epistémico que, de alguna manera, parece explicar el por qué unos pocos “blancos” europeos fueron capaces de vencer a pueblos que, efectivamente, resultaban ser más numerosos y, sobre todo, conocedores de sus territorios.
Decimos esto último, pues, por mucho tiempo fue una de nuestras preocupaciones abismales en función de la lucha por la recuperación del Nosotros territorial, social, cultural, y político que en verdad somos y que, en este singular momento histórico de quiebre civilizatorio, nos parece, constituye no sólo nuestra alternativa de lucha sino la posible alternativa de una otra vida para todos, la de occidente incluida, pues, estamos convencidos que, las llamadas hasta ahora en Venezuela, minorías étnicas, “son significativas de una dimensión concreta y modesta de la existencia del hombre, y sólo esa dimensión connota una verdadera invención del discurso de la vida”(Jaulin: 1979, p. 55).
TERCER MOMENTO: LA REPÚBLICA DEL “YO” DEL ESTADO MODERNO-COLONIAL
Al desprenderse la América de la Monarquía Española, se ha encontrado semejante al Imperio Romano, cuando aquella enorme masa cayó dispersa en medio del antiguo mundo. Cada desmembración formó entonces una nación independiente conforme a su situación o a sus intereses; pero con la diferencia de que aquellos miembros volvían a restablecer sus primeras asociaciones. Nosotros ni aún conservamos los vestigios de lo que fue en otro tiempo; no somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes y los españoles. Americanos por nacimiento y europeos por derechos, nos hallamos en el conflicto de disputar a los naturales los títulos de posesión y de mantenernos en el país que nos vio nacer, contra la oposición de los invasores; así, nuestro caso es el más extraordinario y complicado (Discurso de Simón Bolívar en el Congreso de Angostura. 15 de febrero de 1819).
Abrimos con esta cita textual de Bolívar expresando su sentipensar en sus propias palabras, esto es, no puede haber duda acerca de su propio espíritu verbalizado. Es importante señalar, que el Congreso de Angostura es la convocatoria de los patriotas republicanos e independentistas luego de la derrota de lo que se conoció como la Primera República; derrota que, dicho sea de paso, reciben los patriotas no exactamente del ejército realista español sino, fundamentalmente, del ejército de pobres comandado por José Tomás Boves, hijo de una viuda que terminó viviendo de su trabajo como criada o nana de familias mantuanas. Boves había intentado formar parte del ejército patriota, pero fue rechazado por su origen humilde; sin embargo, su condición de pulpero[5] le conectaba a los estratos sociales más pobres con quienes logró conformar un ejército que, finalmente, derrotó a Bolívar, quien terminó negociando su propia liberación entregando a Francisco de Miranda para su condena por el Ejército Español y, posteriormente huir al Oriente del país, exactamente, a la región de Angostura sobre el río Orinoco, donde se celebró el Congreso que daría nuevo piso teórico-político y militar a la lucha independentista.
Lo cierto es que, la derrota militar que Boves le propina a Bolívar le demuestra al Libertador que, efectivamente, no es posible la guerra de independencia sin la participación de los de abajo al lado de las ideas republicanas o patrióticas; para ello, resultaba imprescindible una redefinición de su propio ser, esto es, la necesidad de dotar al pensamiento republicano de carne y sangre políticamente asumida desde un lugar propio y, por supuesto, de un latir de corazón ajeno a España.
Sin embargo, como es de apreciar, el referente histórico de Bolívar es la caída del Imperio Romano (al que, posteriormente, asumirá desde el Derecho de Propiedad en el momento de instaurar de manera definitiva la República de la Gran Colombia), la referencia indígena la da por descontada, es decir, como parte de un pasado concluido y, por lo tanto, en el proceso histórico de la construcción de las naciones independientes de España ya no pueden contar; por ello, nos invita a asumirnos como Americanos por nacimiento y como Europeos por derechos.
Los derechos a los que se refiere no son otros que los derechos de propiedad de todos los territorios colonialmente instaurados por el imperio en disolución y, en consecuencia, los establece como justa herencia material y política de los blancos, criollos, mantuanos, católicos y patriarcales que comandaban junto a él, el proceso de construcción de una territorialidad latinoamericana sin la presencia de los originarios y, nunca, de los desarraigados y esclavizados negros africanos.
Ahora bien, en el mismo discurso de Angostura, Bolívar deja bien claro su desacuerdo con cualquier idea de Gobierno Federal, es decir, niega la posibilidad de reconocer cualquier autonomía territorial, cualquier dominio fuera del Estado centralizado y, una vez establecida la República, en su Primera Carta Magna define claramente el conocido principio jurídico del “Utis posidetis iuris”, esto es, el principio romano de propiedad de la tierra en su suelo y subsuelo por parte del poder del Estado por sobre el derecho de los pueblos sometidos colonialmente, muy a pesar de su presencia, habitación y convivencia milenaria en los mismos. Este principio bolivariano (descendiente del derecho romano), se ha mantenido hasta el día de hoy, y, aún es enarbolado en todo el continente como “revolucionario”, tanto por la derecha girondina como por la izquierda jacobina. En todo caso, tanto los pueblos indígenas originarios, muy previos a la existencia del Estado republicano, verdaderos defensores de estos territorios en contra del imperio español, como también los pueblos de negros cimarrones que, desarraigados de sus propios territorios en África, habían logrado, no sólo liberarse de la esclavitud, sino reterritorializarse de acuerdo a su propio imaginario y reconfiguración de su memoria en los más apartados lugares (quilombos/palenques/cumbes) territoriales del continente, son considerados por la colonialidad de nuestros Estados nacionales como pueblos con soberanía en sus propios territorios, ni sus saberes desarrollados en su relación particular con sus espacios territoriales considerados como susceptibles de alimentar nuevos caminos en la relaciones sociales y con la naturaleza, esto es, un otro camino basado en la diferencia, la dignidad y la democracia[6].
CUARTO MOMENTO: DEL ECOSOCIALISMO EXTRACTIVISTA DEL SIGLO XXI Y DE LA RESPIRACIÓN DE LA TIERRA
Así, pues, nuestros Estados nacionales nacieron desde la colonialidad y para su continuidad. Esta no sólo se expresa como ejercicio del poder y del saber cómo sistemática acción de dominio sobre los pueblos/etnias/nacionalidades y sus territorios, sino que también resultan aparatos que, a su vez, expresan su condición colonial en relación a los factores mundiales de poder y de saber; de tal manera que encuentran natural su sometimiento colonial frente a los poderes económicos y políticos mundiales, al tiempo que aplican este mismo poder de sometimiento colonial sobre sus ciudadanos; se trata de Estados pordioseros que se arrodillan ante los poderosos, pero obligan a arrodillarse a sus propios pueblos y, todo ello, entendido y reproducido como si de un proceso natural se tratara, pues, a su parecer, el pez grande siempre se ha de comer al chico.
Sin embargo, esta doble expresión de la colonialidad de nuestros Estados nacionales entra en crisis en el contexto de la nueva etapa de acumulación capitalista, toda vez que la misma exige un proceso de integración corporativa de los mismos a los intereses económico-políticos de las grandes corporaciones y los centros de financiamiento mundial, lo que redunda en un reordenamiento territorial del mundo, es decir, en una nueva División Internacional del Trabajo (Wallerstein), que igual implica la asignación de roles y funciones a cada uno de ellos en beneficio del nuevo proceso de acumulación; de tal manera que, esta integración corporativa termina por desintegrar a los Estados, lo que igual ha sido asumido ya por la derecha (heredera de los girondinos de la Revolución Francesa), como por la izquierda jacobina, como un proceso que igual han de vivir todas las etnias/pueblos/nacionalidades como un definitivo proceso de integración/desintegración de sus territorios y culturas a las estructuras de los Estados nacionales ahora corporativizados; no de balde, por ejemplo, no es posible diferenciar las acciones anti-mapuches del gobierno argentino de Macri de las del gobierno del Partido Socialista de Bachelet, quien, aplicó la Ley Antiterrorista de la dictadura de Pinochet en contra de la lucha por la recuperación territorial mapuche en Chile.
Esta integración corporativa de los Estados nacionales al nuevo proceso de acumulación capitalista tiene su materialización en megaprogramas de intervención a través de megaproyectos para la explotación de recursos presentes en espacios como la Amazonia y, en el caso venezolano, de nuestra Orinoquia, indisolublemente vinculada al flujo vital de la Amazonia, esto es, a la respiración de la tierra y a la vida del planeta.
Ahora bien, la corporativización de los Estados no es un hecho que se realiza a las primeras y sin contradicciones, así como tampoco, la nueva etapa de acumulación capitalista es un hecho que se da sin grandes contradicciones y recomposición geopolítica de los grandes factores de poder del sistema mundo. Es por ello que, en principio, estos factores de poder mundial parecieran “coincidir” con la necesidad de transformación de la casi totalidad de las Constituciones Nacionales en todo el continente; porque ciertamente, la lucha de los movimientos de los pueblos/etnias/nacionalidades grupos/clases sociales, antes enajenados del proceso de construcción de las Repúblicas criollas, entienden que no puede haber “una nueva República sin el Nosotros de las comunidades”.
Esta contradictoria confluencia de intereses, generada por la búsqueda de caminos desde visiones radicalmente opuestas (el de las Corporaciones, las burguesías y los Estados, y el de las comunidades en lucha), bien pudo haber trazado una ruta que podríamos considerar como el fenómeno por el cual un río supuestamente ya seco y desaparecido, de pronto, el lluvia vuelve a llenar y el río desaparecido reaparece en su antiguo cauce con una fuerza igual o mayor al de su cauce dado por muerto, esto es, las grandes movilizaciones y luchas de los pueblos indígenas de Ecuador, Bolivia, Colombia, Perú y Venezuela, bien pudo haber tomado el rumbo de las comunidades; sin embargo, esto no fue así, pues, en beneficio de las Corporaciones y Grupos/clases sociales de arriba, fue de los grupos y movimientos sociales vinculados a las luchas de los oprimidos que surgieron los mejores voceros y conductores del reacomodo y reconfiguración del poder en la nueva etapa de acumulación del capital[7].
Por otro lado, no hay duda de la cada vez más fuerte presencia de factores de poder, anteriormente, casi ajenos a nuestras latitudes; hablo de China y Rusia quienes hoy, no sólo tienen una presencia cada vez más considerable en cuanto a inversiones (especialmente China), sino también, estableciendo la orientación de los megaproyectos de intervención de la Amazonia y la Orinoquia venezolana; de hecho, en el caso venezolano, ni siquiera el Dictador Juan Vicente Gómez dio tantas libertades de dominio y explotación del territorio nacional como ciertamente lo ha establecido la política de “empresas mixtas” de la “Revolución de Chávez” y su catatónico descendiente: “el gobierno de Nicolás Maduro”.
De tal manera que, en este contexto, muy a pesar de que Constituciones como las de Ecuador y Bolivia reconozcan la existencia de una plurinacionalidad constitutiva de sus territorios, ello nunca ha implicado alguna posibilidad de ejercicio de la soberanía de las etnias/pueblos/nacionalidades que los conforman sino que, al final, es el ejercicio del “Utis posidetis Iuris” (romano) el que prevalece en ambos Estados cuyas Constituciones, ciertamente, aparentan reconocer las diferencias que los conforman. Sin embargo, es posible decir que el movimiento de los pueblos/etnias/nacionalidades en Ecuador y Bolivia, por ejemplo, lograron que en términos de lo que puede ser considerado como “verdadero” en occidente, esto es, “la palabra escrita”, alcanzaron el propósito de, por lo menos, su “verdad” ancestral e histórica haya quedado registrada en las Cartas Magnas de sus respectivas Constituciones. Pero, ya vemos, esto no resulta motivo suficiente para una fiesta en la que podamos, sin temor, emborracharnos.
Ahora que, la corporativización de los Estados ha posibilitado la creación de otros caminos menos políticamente formales, es decir, igual ha abierto la posibilidad a fuerzas y factores considerados “ilegales”, ya porque toda su estructura es exterior a la legalidad de los Estados, ya por la dificultad de las Corporaciones y los Estados, especialmente centrales, a poder controlar las fuentes originarias del poder económico que estas estructuras “ajenas” son capaces de introducir al proceso de acumulación de capital. Hablamos del comercio ilegal, el narcotráfico y el proceso de legalización de capitales.
De tal manera que, en el contexto de la disolución de los Estados nacionales por su corporativización en el contexto del reordenamiento del sistema mundo, países como Colombia, México, Bolivia y Venezuela, por sólo mencionar algunos, han podido generar cauces para el flujo de capitales, casi imposibles de ser controlados por las corporaciones. Vale decir, los volúmenes de dinero que la producción y comercialización de drogas, especialmente cocaína, es capaz de generar y que termina siendo legalizada por el propio sistema bancario de las mismas corporaciones, es algo que para el reordenamiento del sistema mundo moderno-capitalista resulta inaceptable, económica y políticamente. Esto, se traduce en lo interno, a la necesidad de disolver cualquier posibilidad de estatuto legal sostenido, esto es, todos, tanto la relaciones comerciales con los países y corporaciones, pero sobre todo, los ciudadanos pertenecientes a los pueblos/etnias/nacionalidades grupos/clases sociales están sujetos a inesperados cambios en las condiciones jurídico-políticas que el grupo en poder del Estado en disolución puede cambiar de acuerdo a sus intereses. En términos de convivencia cotidiana esto ha terminado por convertirse en la expresión de una entropía del Estado controlada por parte de este grupo civil-militar que, por ahora, ha logrado amasar grandes capitales a partir de la entrega negociada de más del 20% del territorio nacional y sus reservas futuras de energía a los Chinos y los Rusos.
Creemos que es desde esta perspectiva que debemos entender las “sanciones” económicas impuestas por el gobierno norteamericano y las que se espera aplique la Unión Europea, la UNASUR, la OEA y todos los organismos vinculados a los grandes factores de poder económico-político mundial. Vale decir, no se trata de sanciones en favor de los derechos humanos de los pueblos/etnias/nacionalidades sometidas al peor de los despojos por gobierno alguno en la historia republicana venezolana, sino que el grupo de poder en dominio del Estado corporativo de Venezuela lo hace fuera de las reglas establecidas para la corporativización en la nueva etapa de acumulación de capital y por eso, es sancionado.
Lo que más ha de llamar la atención de esta particular desintegración corporativa del Estado venezolano (pero también mexicano), es el hecho del estrecho accionar de fuerzas delincuenciales legitimadas desde el propio poder del Estado; por mejor decir, en México, supuestos grupos narcotraficantes asesinan a 43 estudiantes normalistas en Ayopzinapa, entregados por fuerzas policiales y militares del Estado para su sacrificio; o en Venezuela, cerca de 200 jóvenes estudiantes son asesinados por fuerzas militares o paramilitares armadas y legitimadas por el Estado, constituyen la expresión de la entropía del Estado mismo.
Sin embargo, la preocupación del capital y sus girondinos representantes de derecha, pero también de la izquierda jacobina, no ha sido otra que la posibilidad de la continuidad de la misma colonialidad en el proceso de acumulación capitalista en esta nueva etapa; por ello y para ello, tanto girondinos como jacobinos se asisten de viejos/nuevos conceptos y categorías económico-políticas para naturalizar su accionar. En Venezuela, la idea de un “capitalismo popular” formulada por María Corina Machado (radical representante girondina), y del otro lado, el “ecosocialismo[8]” del grupo delincuencial/militar en poder del Estado venezolano y secundado por “ecologistas revolucionarios” y de la izquierda jacobina con presencia en todo el continente, forman parte del mismo proceso de negación, vaciamiento y sometimiento de la dignidad territorial de los de abajo en Venezuela y América Latina.
LA LUCHA POR SER NOSOTROS
Todo lo dicho, confesamos, corresponde a reflexiones provocadas durante el proceso de lectura-traducción del libro “Amazonia: encrucijada civilizatoria. Tensiones territoriales en curso”, de nuestro hermano-maestro y amigo, Carlos Walter Porto-Gonçalves. Esto suele ocurrir cuando la palabra expuesta en un libro es capaz de hacernos pensar en nuestra particular circunstancia, en nuestra propia historia, porque necesitamos decir que estamos ante la presencia de una palabra que nos devuelve al nosotros, ese que somos fuera de cualquier colonialidad. Tal es el sentipensar de mi corazón al momento de leer-traducir su palabra de Carlos Walter.
Por ello, no pudimos escribir un prólogo descriptivo de su contenido ajeno a lo que sentipensamos al leerlo, en virtud de nuestra propia realidad histórico-política-económica, o ajena a nuestra esperanza de revertir esta desgracia que se pretende natural porque, además, suponen los enemigos de la humanidad, que nuestro espíritu ha sido finalmente doblegado en su dignidad intentando con ello, arrebatarnos cualquier posibilidad de lucha por recuperar el ser Nosotros.
Pero además, necesitamos rescatar tres importantes ideas abismales que palpitan a lo largo del libro. En primer lugar, la demostración, en términos de la ciencia, del hecho de la tierra como cuerpo vivo, ciertamente, presente en todas construcciones intelectuales u oralituras de todos los pueblos indígenas de la Amazonia, de la Orinoquia, de los Andes o de la cuenca del Lago de Maracaibo. Así, la tierra, el mundo, constituye una totalidad conformada por una diversidad ecológica, biológica, climática que, en definitiva, configura la vida total del planeta. En este sentido, las comunidades humanas presentes territorializan los distintos lugares, precisamente, cuando lograr fluir con el palpitar de la vida del mundo en su lugar, en sus territorios; por mejor decir, las diferentes etnias/pueblos/nacionalidades se constituyen en Nosotros en el momento y en proceso de su diálogo con el mundo generando su propia territorialidad, su imaginario y su memoria.
En segundo lugar y, en correspondencia con lo anterior, la idea de desarrollo de occidente ha estado centrada en una ciencia y una tecnología que busca ampliar la capacidad de producción y la fuerza del cuerpo del hombre para actuar en función en contra y por su dominio de la naturaleza; así, las inmensas carreteras, represas, hidrovías, ferrovías, construidas para el aumento de la capacidad energética en función de la mayor productividad en determinados lugares de la Amazonia, no sólo genera desplazamiento de comunidades de animales y humanas, no sólo desaparición de especies vegetales, sino que, evidentemente, amputan y desgarran el cuerpo del mundo y cuyas afectaciones se expresan no sólo en el lugar sino en todo el planeta.
Dicho de otra manera, y muy a pesar de que nuestros vernáculos “ecosocialistas” que recientemente han salido a apoyar la explotación del Arco Minero del Orinoco, por ejemplo; porque según ellos, explotar oro en una “pequeña” porción del Arco[9] no producirá grandes daños pero sí recursos económicos para sustentar la política del gobierno de la “revolución”. Por el contrario, tal como bien demuestra Carlos Walter con respecto a la Amazonia, las afectaciones que ya se están produciendo en esa región del río ponen en riesgo todo el sistema de aguas del país que, en buena parte, dependen de nuestro más inmenso río, tal como bien se puede apreciar en los mapas que mostramos.



Por último, Carlos Walter insiste en la necesidad de un diálogo intercultural como camino posible no sólo para detener el avance de la ambición corporativa sobre la Amazonia, sino como posibilidad de construcción de otras sociedades desde las diversidades. Esto es lo que entendemos como la necesidad de la conformación del Nosotros, lo que sólo será posible en la medida en que abandonemos toda ilusión desarrollista, esto es, toda noción eurocéntrica y nos asumamos, más que decoloniales, anti-coloniales, más que antinorteamericanos, anti-imperialistas.
En todo caso y, finalmente, el hecho es que tal como a lo largo de este breve y contundente libro, el hermano Carlos Walter logra demostrar que vivimos una verdadera crisis civilizatoria y que dos caminos se ofrecen a nuestra mirada; el primero, el que la idea pendular del vaivén derecha-izquierda nos establece como natural, y, el otro, el de la espiral de la guarura de la que nos hablan nuestras etnias/pueblos/nacionalidades desde México hasta la Patagonia, y que no es otra cosa que la recuperación del Nosotros que en verdad somos en nuestra diversidad tal como la tierra que nos ha parido. Claro está, este es el camino difícil, pero, como alguna vez dijera nuestro Argimiro Gabaldón: “el camino es duro, pero es el camino”.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Bolívar. S. (2009/1819). Discurso de Angostura. Versión tomada del Correo del Orinoco. Disponible en: http://juventud.psuv.org.ve/wp-content/uploads/2009/05/discursoangostura.pdf
Guss, D. (1994). Tejer y cantar. Colección Estudios. Monte Avila Editores, Caracas.
Jaulin, R. (1979). La descivilización. Política y Práctica del Etnocidio. Editorial Nueva Imagen, México.
Porto-Gonçalves, C. (2001). Geo-grafías. Movimientos sociales, nuevas territorialidades y sustentabilidad. Siglo XXI Editores, México.
Santos, B. de S. (2012). De las dualidades a las ecologías. Serie Cuaderno de Trabajo. N° 18. Red Bolivariana de Mujeres transformando la Economía, La Paz- Bolivia.
Wallerstein, I. (1998). Impensar las ciencias sociales. Siglo XXI Editores, México.
Notas