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Literatura y violencia: memoria, recuerdo y evocación como herramientas de no repetición En el brazo del río

Literature and Violence: Memory, Remembrance and Evocation as Tools of Non-Repetition ‘En el brazo del río’

Andrés BOTERO BERNAL
Universidad Industrial de Santander, Colombia
Mario PALENCIA SILVA
Universidad Industrial de Santander, Colombia
Alonso SILVA ROJAS
Universidad Industrial de Santander, Colombia

Literatura y violencia: memoria, recuerdo y evocación como herramientas de no repetición En el brazo del río

Utopía y Praxis Latinoamericana, vol. 25, núm. Esp.3, pp. 31-49, 2020

Universidad del Zulia

Recepción: 20 Mayo 2020

Aprobación: 25 Junio 2020

Resumen: El artículo analiza, desde un enfoque fundamentalmente filosófico, los sentidos políticos de la literatura sobre el conflicto armado, poniendo como ejemplo de ello la novela En el brazo del río (2006 y 2017) de la escritora colombiana Marbel Sandoval Ordoñez. Estos sentidos políticos pueden resumirse en tres: primero, la reconstrucción de las memorias traumáticas, que logran –por su crudeza– una poderosa impresión en el lector; segundo, unas memorias convertidas en vehículos de las narrativas para el reconocimiento (autocomprensión) de cómo llegamos a ser lo que somos como sociedad; y tercero, la aspiración a que un lector afectado por este tipo de narrativas pueda romper el círculo vicioso de la violencia.

Palabras clave: Conflicto armado, Colombia, Novela, Violencia, Río Magdalena, En el brazo del río, Marbel Sandoval..

Abstract: The paper analyzes, from a fundamentally philosophical perspective, the political meanings of the literature on the armed conflict, giving as an example the novel En el brazo del río (2006 & 2017) by the Colombian writer Marbel Sandoval Ordoñez. These political meanings can be summed up in three: first, the reconstruction of traumatic memories, which achieve - due to their harshness- a powerful impression on the reader; second, memories converted into vehicles of narratives for the recognition (self-understanding) of how we came to be what we are as a society; and third, the aspiration that a reader affected by this type of narrative can break the vicious circle of violence.

Keywords: Armed conflict, Colombia, Novel, Violence, Magdalena River, En el brazo del río, Marbel Sandoval..

INTRODUCCIÓN

1En el brazo del río es una novela de la escritora y periodista Marbel Sandoval Ordoñez [1959-], publicada en el 20062 y con una segunda edición en el 20173. Esta última edición hizo parte de la colección “La biblioteca del río”, de la editorial Diente de León, la cual busca rescatar la literatura que “permite el conocimiento de las representaciones individuales o colectivas del espacio geográfico aquí determinado [río Magdalena], considerado como territorio o paisaje”, según podemos leer en la información de la colección4. Nos basaremos para nuestro análisis en la versión del 2017.

Asimismo, esta novela ha trascendido el formato libro y fue adaptada al teatro por el dramaturgo cubano Atilio Caballero y llevada a escena por el colectivo “Diente de León” en el 2018, bajo la dirección de Manuel José Jaimes.

Debemos agregar que con esta novela inicia una trilogía de la autora sobre la memoria de las víctimas del conflicto armado, a la que le siguen las obras: “Joaquina Centeno” (2017) y “Las Brisas” (esta última aún inédita).

En el brazo del río tiene la particularidad que está escrita a dos voces, independientes la una de la otra.

La primera voz es la de Sierva María Malagón y la segunda la de Paulina Lizcarro, adolescentes y entrañables amigas del colegio, quienes con su narración resignifican el conflicto armado y la barbarie (Cárdenas: 2017). Cada una de ellas, desde su perspectiva, narra la amistad que surge, pero alrededor de esa bella amistad que, en ciertos recodos de la obra parece insinuar un enamoramiento juvenil de Sierva hacia Paulina, está el Río Magdalena, con sus alegrías y tristezas.

En este río, el dolor (fruto de la injusticia por la masacre de los masetos o paramilitares) termina disputándose la recia amistad de las dos jóvenes, en un marcado ambiente de indiferencia de la sociedad del momento frente a la barbarie (la de la masacre de Cimitarra-Vereda Vuelta Acuña (Santander) ocurrida el 12 de enero de 1984), la misma que se lleva la vida (y el cuerpo, pues nunca apareció) de Paulina. No queremos dar más elementos de la trama, para evitarle al lector un indebido spoiler, pero no podemos desaprovechar la oportunidad que ahora se nos permite de analizar, desde la filosofía política, una obra como esta.

Ahora, si bien la novela no busca ser una ‘memoria histórica’ en tanto tiene un fuerte componente ficcional, el drama de la misma surge de que está basada en hechos reales, para desconcierto del lector.

¿Cómo pudo suceder algo así? Es lo que se pregunta quien termina de leer la obra.

Sin embargo, repetimos, sigue siendo un relato ficcional, aunque tremendamente realista, como bien nos lo cuenta la autora:

En ‘El brazo del río’ y ‘Joaquina Centeno’ parto de hechos reales. Elijo los datos que así los ubican, así como a los involucrados, víctimas y victimarios, pero me alejo de los mismos en la medida en que construyo los personajes; les invento una vida, les doy un lugar para que puedan ser reconocidos, entendidos, si es el caso, odiados, si es necesario. Cuando pienso en mi literatura siento que recreo esa realidad como una manera de ponerle rostro a quienes somos para que no nos acostumbremos a vivir inmersos en la violencia; para que sintamos a los demás como propios y nos duela su dolor y nos alegren sus alegrías, y ojalá nazca un sentimiento de necesidad de claridad y justicia5.

La idea del libro nació, según Marbel Sandoval, de la siguiente manera:

Uno como autor siempre está pensando en un tema para escribir, sin embargo, un día se encuentra que es el tema el que lo elige a uno. Mis novelas las puedo escribir en varios meses, pero su tiempo de gestación es larguísimo. La primera, ‘En el brazo del río’, la escribí 20 años después de que estuviera enfrentada al hecho que la generó6.

Y agrega:

Yo llego a la región y me encuentro a un grupo de campesinos que están llegando por el río y están diciendo que los están matando, la noticia ya había sido publicada en los medios, se decía que el Ejército había matado ocho guerrilleros en un enfrentamiento, pero yo llego y lo que me encuentro es que estaban matando a los campesinos7.

Pero, ¿qué pasó en realidad? Hemos podido recopilar la siguiente información sobre la masacre ocurrida en la Vereda Vuelta Acuña (Santander), Municipio de Cimitarra, el 12 de enero de 1984. Según las fuentes documentales, los campesinos: Honorio Múñoz Céspedes, Jesús Múñoz, Óscar Yepes, Carlos Tobón, Isaura Lascarro, su hija Beatriz Urrego Lascarro, Cruz Elena López y un joven de 15 años quien era conocido como "Juancho", fueron asesinados en una operación conjunta de soldados de la XIV Brigada del Ejército, en ese momento a cargo del General Farouk Yanine Díaz, y del grupo paramilitar M.A.S. (Muerte a Secuestradores). Sin embargo, en el número de víctimas hay información contradictoria, mientras en una fuente se habla de 5 asesinados 8 en las demás se habla de 89.

De los documentos revisados se encuentra que la mayoría de los cadáveres presentaron signos atroces de tortura. Al parecer, todas las víctimas fueron quemadas con ácido, pero eso no fue todo; a Isaura, por ejemplo, le arrancaron los ojos, y los vientres de las mujeres fueron abiertos. De acuerdo con un informe del Grupo de Memoria Histórica10 en donde se retoma uno de los testimonios de un sobreviviente, se afirma que el único cuerpo intacto (sin signos de tortura) fue el de Honorio.

Del relato de Raúl Berrío11, hijo de Isaura y hermano de Beatriz, con relación a los personajes de lanovela En el brazo del río, es importante señalar que Beatriz correspondería al personaje de Paulina Lazcarro, de quien nunca se encontró su cuerpo. Según Raúl, su madre fue torturada y violada por paramilitares y soldados, y aparecieron todos los cuerpos menos el de Beatriz (de acuerdo con rumores, sus restos destrozados fueron tirados al río). Claro está, que esto no supone, por el carácter ficcional de la obra, que Beatriz haya sido retratada fielmente en la novela, pero sí el espíritu de injusticia que rodeó este acto de barbarie.

Luego de estas aclaraciones, queremos recordar al lector que nuestra intención no es hacer un análisis estético de la obra, cosa que dejamos para mejores manos, sino resaltar varios aspectos desde nuestro campo disciplinario, la filosofía política, de esta importante novela colombiana.

Para concluir este apartado introductorio, señalamos que este texto es un resultado de la investigación institucional denominada “Las novelas contemporáneas colombianas En el brazo del río, La balada de los bandoleros baladías, Viaje al interior de una gota de sangre, Rebelión de los oficios inútiles y La multitud errante, como medio de formación ética del lector en torno a la mujer y la representación de su cuerpo en el marco del conflicto armado, a la luz del pensamiento ético político de Martha Nussbaum”. Esta investigación, financiada por la Universidad Industrial de Santander, se guió por la metodología de investigación documental, con un enfoque analítico-hermenéutico.

1. LOS SENTIDOS POLÍTICOS DE LA LITERATURA SOBRE LA VIOLENCIA EN COLOMBIA

El conflicto en sí mismo, la irrupción de actores como el paramilitarismo y el narcotráfico, con la corrupción que ha generado al interior de todas las instituciones, incluida la misma guerrilla, así como la violación constante de derechos humanos fundamentales, han proporcionado material abundante no sólo para la literatura sino para el periodismo y la investigación12.

En primer lugar, esta novela es un claro ejemplo, sin ser el primero ni el último, de cómo muchos literatos colombianos se han convertido en agentes culturales que, aprovechando su oportunidad con la narración, han sabido interpelar al lector para que este pueda reconocerse en medio de una sociedad donde la violencia y el dolor se han sobrepuesto sobre la verdad y la justicia13. Y esto se ha podido gracias al cambio en la forma de narrar la violencia, tal como lo indica Cárdenas, refiriéndose a dos literatos colombianos: Rosero y Sandoval, esta última autora de En el brazo del río:

Antes de contar una violencia reiterada donde la cantidad de muertos o el sin número de desaparecidos es el pilar de la trama narrativa, estos dos escritores buscan ubicar al lector en un ángulo desde el cual logren comprender las dinámicas y el entorno que se vive al interior de un escenario de guerra. Ello es, que a través de los recursos utilizados en la configuración de las obras, tanto Rosero como Sandoval posibilitan la creación de voces narrativas que observan, escuchan y perciben todo aquello que les sucede antes, durante y después de estallar la confrontación armada o el evento violento14.

En este sentido, estos agentes culturales, que de cierta manera podríamos llamar “intelectuales comprometidos” con una “visión responsable de su propia labor”15, han logrado posicionar la violencia no solo en el espectro de la narrativa colombiana del siglo XX y XXI, sino que, también, le han puesto un sitio político en lo que respecta a la memoria colectiva, en tanto que hay una búsqueda clara de afectar al lector, de recordarle, incluso traumáticamente, el dolor (mejor dicho, el horror) del conflicto armado interno colombiano.

Esta interpelación al lector es, claramente, política, por muchos sentidos, pero podríamos enunciar tres que consideramos los más importantes. El primero de ellos tiene que ver con la importancia de la reconstrucción de las memorias traumáticas (entre más traumáticas mejor, porque logra así una impresión más fuerte en el lector, una que logre permanecer en el recuerdo), pero memorias que no son fin en sí mismas, sino que se comportan como vehículos de la narrativa para el segundo de los sentidos, el cual es un reconocimiento (una autocomprensión) de cómo llegamos a ser lo que somos como sociedad; para, finalmente, como tercer sentido, luego del anterior ejercicio hermenéutico, aspirar a que un lector afectado, uno que se reconoce en una sociedad que ha hecho o permitido tales barbaries, pueda romper el círculo vicioso de la violencia. Sintetizando, la memoria, el recuerdo, la evocación y la añoranza, sirven como herramientas que, junto con otras, posibilitarían la garantía de no repetición de la barbarie.

Así pues, cabe señalar que la particularidad narrativa llevada a cabo en la obra, viene dada por la inclusión del recuerdo y la evocación, como elementos principales del relato […] En síntesis, la representación de una violencia que pretende, mediante la narración del recuerdo, permanecer en la memoria para no ser olvidada, y aún mejor, no repetirla16.

O como dice la propia autora:

para bucear en quiénes somos y para contarnos como una manera de romper el hechizo de la costumbre ante la barbarie, porque si nos acostumbramos más, estamos perdidos. Al contar estas historias, al humanizarlas, al dejar en claro los odios y los amores, podremos descubrir que el otro estaba vivo y no tuvimos por qué quitarle la vida. Busco sondear nuestra alma y mirar qué nos hace ser como somos17.

Ahora bien, mucho se ha escrito sobre la posibilidad de que la literatura movilice emociones y estas, a su vez, logren un progreso moral del lector. A quien se suele citar como defensora de la literatura (especialmente la novela realista) como formación moral del lector, ha sido Nussbaum18, pero la idea es tan antigua como la propia lectura.

Según Nussbaum, en caso de cumplirse tres requisitos, es viable pensar, cualitativamente, que la lectura de novelas conduce a una formación moral. Esos requisitos son, sintetizando, una ‘literatura habilitada’ para este proceso (ella considera que la ‘novela realista’ es el mejor ejemplo, sin negar que otros géneros pueden tener una fuerza igual o similar19), una lectura como ‘espectador juicioso’ (concepto que toma del ‘espectador imparcial’ de Adam Smith) y una ‘co-ducción’ (o diálogo con otras personas de lo leído20).

Y no para la autora de afirmar, para evitar malentendidos, que es necesario desconfiar: “las novelas (como cualquier otro texto) ofrecen una guía promisoria pero falible e incompleta”21 (el texto entre paréntesis es de la autora)22. De allí la importancia de que el lector no se quede con su propia lectura:

En el proceso de co-ducción, nuestras intuiciones acerca de una obra literaria se refinan mediante las críticas de la teoría ética y del consejo amigable, las que pueden modificar la experiencia emocional que tenemos como lectores… En síntesis, mi visión no exhorta a confiar cándida y acríticamente en la obra literaria23.

Obviamente, ya desde un enfoque cuantitativo, no hay un consenso, por ausencia de estudios experimentales concluyentes, que puedan establecer una relación necesaria entre la lectura de algún tipo de novela con el progreso moral del lector, pero tampoco puede considerarse como insensata tal propuesta de la filósofa estadounidense24. Por el momento, solo tenemos claro que la disputa que acaece es sobre si dicha relación entre lectura y desarrollo moral es necesaria y suficiente (cosa que no cree Nussbaum), necesaria aunque no suficiente, o meramente contingente (una relación que puede que posibilite el progreso moral como puede que no)25. Nussbaum pivotea entre estas dos últimas posibles respuestas, a lo que ciertos críticos26 le han respondido con las siguientes preguntas: (i) si es necesaria y no suficiente, ¿cómo lo sabe? y ¿qué estudios empíricos soportan tal afirmación?; y (ii) si es contingente, ¿cuál es el valor real de una propuesta que concluya que “puede que sí, puede que no”?, ¿acaso es una probabilidad de que la literatura conduzca a un mejor nivel moral del lector? y ¿cuál es la probabilidad basándose en estudios empíricos?

Dicho con otras palabras, los críticos de Nussbaum no ponen en entredicho si hay relación entre la literatura y la formación moral, en la medida que es posible afirmar, sin contradecir los cánones de la psicología cognitiva-experimental del desarrollo moral, que la literatura ‘potencialmente’ es un vehículo de emociones, en tanto es más perturbadora que otros géneros académicos o literarios27, y que dicho vehículo puede, si se articula con otros elementos, propiciar un fin moral, a la vez que político. Lo que cuestionan es el tipo de relación, de un lado, y los soportes científicos de ese tipo de relación, del otro28.

En este caso, desde Nussbaum, podría afirmarse que la novela En el brazo del río, con el carácterficcional a la vez que realista de su exhibición narrativa del horror, propiciaría, potencialmente, el desarrollo moral del lector, por medio de los tres sentidos políticos anteriormente expuestos.

Es que la novela que analizamos tiene un altísimo contenido dramático, entre otras cosas por su crudeza y por estar basada en hechos reales, y en este sentido, es un potente vehículo para propiciar la empatía hermenéutica del lector29 (nos referimos a aquella capacidad de comprensión del lector fruto de ponerse en los zapatos de los personajes), una empatía que le evoca el olor a “cebolla y sal”30, el olor del “sancocho en el río”31, pero también una que permite co-sentir el dolor y la angustia de seres que se saben ante una muerte inminente pero no quieren mostrarse desfallecer ante sus homicidas32.

La estrategia, pues, de estos agentes culturales, como Marbel Sandoval, para lograr el efecto político deseado (la no repetición de la barbarie), sería la impresión fuerte en el lector, por medio del registro de memorias traumáticas, que le permiten preguntarse cómo fue que llegamos a esta barbarie, a la vez que posibilitan cuestionar el rol de todos nosotros ante el horror ya comprendido. En este sentido, podríamos decir que la novela que analizamos hace parte de las “narrativas de luto”33, mediante las cuales las víctimas usan narrativas a su alcance como formas de resistencia política ante los ‘discursos hegemónicos’ o ‘historias oficiales’ que tienden a banalizar o invisibilizar la atrocidad, una forma de llamar la atención sobre lo que de otra manera desaparecería del recuerdo, como un llamado a las memorias sobre lo injusto y como manera de elaborar el propio duelo34.

Así las cosas, esta novela, creemos, propicia la emergencia de una naturaleza humana reconstruida en torno al río, el mismo que trae alegrías como tristezas. Una naturaleza humana que ve como natural enterrar a sus muertos, para poder, a partir de allí, elaborar el necesario duelo. De allí la comprensible agonía de Antígona frente al cuerpo insepulto de su hermano Polínices, pero también la de las personas, en especial mujeres (viudas, madres, hijas, esposas35), que buscan entre las aguas del río los cuerpos putrefactos de sus seres queridos, a pesar de las advertencias de los asesinos de dejar que sea el río su cementerio36.

Ahora, este rechazo a dejar los muertos sin sepultura es uno de los orígenes mismos de la humanidad, como bien lo sabía Hegel37. Por ello, cuando los antiguos griegos enlistaron las obligaciones morales naturales, esta aparece como una de las primeras, anterior incluso al deber de deshonrar a los traidores. La moral antigua, la familiar, se enfrenta a la moral política, de la polis.

Incluso, ha sido entendida como tan natural esta obligación moral que aquellas personas que no logran enterrar a sus parientes asesinados en el conflicto interno, han encontrado diversas maneras de sublimar su legítima expectativa de enterrar a los suyos. No solo nos referimos a la antigua práctica del entierro simbólico, sino también a una que ha llamado la atención de académicos38 y de artistas como Juan Manuel Echavarría con su obra Réquiem NN (elaborada entre 2006 y 2015 en el contexto del Magdalena Medio colombiano39), a saber: la adopción de “los muertos del río”, es decir, de los cadáveres que aparecían como NN en las riberas de los ríos colombianos, por parte de aquellos que no encontraron a los suyos. Adoptar, escoger un NN, darle nombre, sepultura, adornar su tumba, rezarle, ha sido una manera de transportar el duelo propio a la vez que una forma de intentar, por medio de la esperanza de recibir ayudas sobrenaturales del muerto escogido, encontrar un poco de justicia en medio de la injusticia generalizada que supone la vida que viven los sobrevivientes.

Dicho con otras palabras, el muerto escogido o adoptado no solo reemplaza al muerto propio para elaborar un duelo por interpuesta persona. En el intercambio de dones propios de toda cultura [donde siempre espero que mi favor a otro sea merecedor de alguna recompensa o don, real o simbólico40], el que adopta un muerto del río, pasa a ser protegido por el alma del adoptado, ante la ausencia de sus propios lares, al estar desaparecidos, que lo protejan.

2. EL RÍO Y LA VIOLENCIA

En un país como Colombia, no extraña la centralidad del río Magdalena, no solo en la vida económica sino también en la configuración de las redes sociales y afectivas de las poblaciones ubicadas a los lados de su cauce. De allí se explica, por dar un caso, cómo la mitología fundadora (así como las ‘representaciones colectivas’ y los ‘imaginarios sociales’) de los pueblos ribereños se centra en un río que da y quita vida (verbigracia, la representación de una Llorona, en canoa, que recorre el río preguntando por sus hijos). La vida y la muerte transitan, como cualquier vecino, por el río41. “Lo mío es rescatar con la literatura el vivir y el morir, las dos líneas que atan la existencia, en un lugar específico que es Colombia” dice la autora42; podríamos agregar, que ese lugar específico no es otro que el río Magdalena. En fin, esta realidad trascendente del río no ha desaparecido en momentos de guerra, y queda registrada en diferentes obras, como el filme de “El río de las tumbas” (1964, Dirigido por Julio Luzardo), y la novela En el brazo del río.

El río es más que un medio de transporte y comunicación. El río, además, transporta presencias y ausencias, alegrías y tristezas. El río, en épocas de guerra, es un eterno círculo (el río siempre está allí) que trae lo bueno y lo malo (el agua siempre es diferente, siempre está en devenir). En este caso, parafraseando a Heráclito, el río es un eterno e inamovible devenir, es el arché del mundo que fundamenta a los que viven a su alrededor, sean buenos o malos.

En esta novela, el río es testigo mudo, representación de lo eterno, opuesto a la efímera alegría. “La eternidad es lo contrario de la felicidad”, dice Paulina43, lo que ella misma ratifica más adelante: “Por eso sé que la felicidad es corta y contraria a la eternidad que dura para siempre y con dolor”44. Y si bien la felicidad es efímera, corta, sin el tiempo eterno del río no existiría. Pero a pesar de su cortedad, la alegría está en la aspiración legítima de los personajes; en el caso de Paulina y su familia, la felicidad está en poder volver a sus tierras.

“¿Será que podemos volver, mamá?”, pregunta Paulina, y le responde su madre: “Hay que ver cómo están las cosas”, pero la pregunta de Paulina no era tanto expresión de su propia esperanza; ella sabía lo que era esa tierra, la que dejaron atrás huyendo de los paramilitares, para su madre: “La miro y pienso que si no volvemos ella se me va a morir más de tristeza, que de apuros, que esos los hemos podido resolver… Ser feliz de pronto sólo era estar donde se tenía que estar, si a uno lo dejaban. Pero a nosotras, de muchas maneras, no nos dejaron”45.

El río es el medio de transporte de buenos y malos, de guerrilleros, militares, masetos y colonos. Pero no se habla de él mayor cosa en la novela, salvo como el contexto y el vehículo de la violencia política que vivió el Magdalena Medio en “esos ochenta del siglo veinte donde a mí me tocó vivir”, diría Paulina46. Una época tan violenta que el río se volvió, en sí mismo, un cementerio, pues no todos los asesinados aparecieron, no todos los que aparecieron fueron reconocidos y no todos los reconocidos fueron reclamados por sus familiares. En el primer caso está Paulina, quien en un recurso literario que permite la ficción, luego de ser asesinada, sigue narrando su historia gracias a la voz que le permite la novelista, narración que es reflejada por la rememoración constante de Sierva María. Es que para ella, Sierva María, “hacer memoria sobre su amiga es su única certeza emergente”47.

En la espiral de violencia colombiana, los años ochenta fueron muy relevantes por ser el punto de quiebre de un nuevo tipo de horror. Resumamos: desde una perspectiva política, la violencia partidista de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, dio lugar a un proceso de pacificación impuesto desde las élites, basadas en la repartición del poder entre los partidos en contienda (el famoso Frente Nacional). Sin embargo, esta fue una pacificación que tuvo consecuencias nefastas desde otro punto de vista: significó la inutilidad de la lucha de ideas como medio legítimo de acceso al poder en una democracia, la consolidación de la corrupción y el nepotismo como medio de estar y hacerse con el poder, el cierre de la llegada al poder de movimientos por fuera de ambos partidos y la atadura del poder a las autoridades caudillistas tradicionales de cada partido (lo que supuso otra exclusión: la de quienes, dentro del partido, pretendían el poder por fuera de las sendas autorizadas por los ‘jefes naturales’). Precisamente, la violencia política y la reducción de la política a un juego entre élites corruptas, entre otras cosas por la pérdida de ideales y la llegada del narcotráfico, lanzaron a miles de miles de colombianos a las fronteras reales del Estado, personas que fueron a “tumbar monte” buscando su tierra prometida, a las que se suele denominar como “colonos”.

Asimismo, esta reducción de la actividad política, en un contexto de Guerra Fría, transformó la violencia interpartidista (liberales contra conservadores) en una contienda subversiva y antisubversiva, lo que significó un cambio estructural en la forma de hacer la guerra: la guerra de guerrillas, de un lado, y la guerra contrainsurgente de tierra arrasada, del otro. El Estado, al no poder imponerse en el monopolio de la fuerza sobre los movimientos subversivos, alimentados por la ausencia del primero en sus fronteras reales, terminó inmerso en una guerra de posiciones y de desgaste, guerra que produjo una deshumanización del conflicto y la pérdida de cualquier barrera ética en el trato con el enemigo, pero una guerra que, al fin y al cabo, nadie estaba destinado a ganar (lo que se conoce como ‘empate negativo’). Este empate negativo entre Estado y subversión, dio lugar a que creciesen movimientos paramilitares, auspiciados por agentes del aparato militar y policial, que consideraron que así podían tomar ventaja del enemigo subversivo, y por víctimas de las guerrillas. Estas víctimas iban desde narcotraficantes, pasando por hacendados y llegando hasta campesinos y habitantes de zonas marginales de centros urbanos; estos dos últimos terminaron siendo la tropa de estos ejércitos privados48. Los movimientos paramilitares crecieron con fuerza en los años 80 del siglo pasado, en especial en el Magdalena Medio, y fueron ellos los actores que desatan el drama de la novela que ahora comentamos.

Sin embargo, desde una perspectiva económica, bien podría decirse lo anterior con otro enfoque: el problema siempre fueron las tierras, las de los terratenientes, las de los narcotraficantes, la de los colonos, la de los campesinos, la de los indígenas, la de los afrocolombianos, codiciadas por el ‘otro’ como moneda para su guerra. En este caso, bien sabía la lúcida Paulina, a diferencia de la silenciosa y observadora Sierva María. Reclama Paulina la carta fundamental de derechos de la población civil en medio de una guerra: “que nadie nos disputara lo que era nuestro, y trabajar para que nunca más ni un hombre, ni un grupo, se sintieran con derecho a venir a sacarnos de nuestras tierras”49, tierras que, en el caso de la familia de Paulina, fue tomada como colonos y de la que luego tendrían que huir por el miedo a los paramilitares.

Aquí la novela toma tintes de rememoración frente a lo que sostiene la ‘efímera felicidad’ del campesino y del colono que conquista con su trabajo la tierra nueva:

Y no se trataba –nos dice Paulina– de que la tierra nueva hubiera sido una mujer fácil. Muchos fueron los que murieron tumbando estos montes, mordidos por serpientes, comidos por las fiebres y los fríos de la malaria o desangrados por un golpe de machete equivocado. Eso sí, es agradecida… lo que nos hacía felices no era tener todo colmado, sino que habíamos aprendido a serlo con lo poco que teníamos50.

Una tierra conquistada al monte para luego ser arrebatada por grupos armados. Y luego de eso, el éxodo, pero uno al revés del bíblico: “Era lo que había hecho el pueblo de Israel cuando salió de Egipto en busca de su liberación, pero del que hablaban aquí sucedía al revés: la gente no salía de tierra extranjera sino de la propia”51, nos dice Sierva María al ver el desgarramiento (mal llamado desplazamiento) de campesinos por la matanza paramilitar. Era la expulsión de la tierra prometida, la conquistada, para buscar el basural donde se pudiera sobrevivir, con lo que se produce un círculo vicioso y horripilante de una guerra que, al parecer, se quería devorar las tierras domadas y, con ellas, el trabajo de hombres y mujeres:

Era como cuando el pueblo de Dios abandonó Egipto para ir a la tierra prometida, sólo que al contrario [reflexiona Paulina de forma similar a Sierva María]. La promesa, que había sido estas tierras hace muchos años, cuando expulsados por otra violencia también tomaron sus posesiones y su parentela y se vinieron a tumbar monte, se había terminado52.

Al finalizar, es la propia Sierva María quien se da cuenta de que la violencia que ve ante sus ojos, es más que política, pues los desplazados no retornaron, el miedo se los impedía:

De manera que no sólo los mataban sino que les quitaban el derecho a que sus familias continuaran en su tierra. ¿O sería que toda esta sangre derramada no era sino para apoderarse de la tierra?, me pregunté y me di cuenta de que cuando el padre Eduardo me invitó a que me formara mis propios conceptos me puso en situaciones difíciles53

Así, las tierras, metaforizadas como mujeres difíciles pero agradecidas, quedaron abandonadas: “ya no vive nadie en ella, y a la orilla del camino silenciosa está la casa”, como reza la vieja y premonitoria canción, citada en la novela54, refiriéndose al pasillo colombiano Las acacias con letra del poeta español Vicente Medina Tomás [1866-1937] y música del antioqueño Jorge Molina [1898-1927], canción que se convirtió en el himno del mal llamado desplazamiento (subrayamos que este fenómeno es mejor nombrarlo desgarramiento):

Ya no vive nadie en ella, y a la orilla del camino silenciosa está la casa. Se diría que sus puertas se cerraron para siempre,se cerraron para siempre sus ventanas.

Gime el viento en los aleros, desmorónanse las tapias,y en sus puertas cabecean combatidas por el viento las acacias, combatidas por el viento las acacias.

Dolorido, fatigado de este viaje de la vida he pasado por las puertas de mi estancia y una historia me contaron las acacias.

Todo ha muerto, la alegría y el bullicio,

los que fueron la alegría y el calor de aquella casa se marcharon unos muertos y otros vivos,

que tenían muerta el alma.

Se marcharon para siempre de la casa.

3. ¿Y EL PADRE EDUARDO?

Un aspecto que no queremos dejar pasar, aunque no podamos dedicarle más que escasas referencias por un tema de espacio, tiene que ver con el rol, fundamental como elemento de dramaticidad en la novela, del padre Eduardo, quien ayuda en la formación de Paulina y Sierva María en un grupo de catequesis. El padre Eduardo tiene una gran importancia en el drama por tres aspectos en general.

El primero, porque es el promotor de un espacio donde confluye y transita la amistad entre las protagonistas: el grupo de catequesis. Como nos dice Paulina:

La catequesis fue la respuesta para muchas de las preguntas que me estaba haciendo. Hubiera podido ser un grupo como otros, pero el padre Eduardo le imprimía un sello especial. Las tardes de sábado, después de la integración, los juegos y las charlas, buscaba la manera de quedarme con él para conversar. Le conté de la vida en La Vega, de la escuela, de mis papás, de mis hermanos, y de las ganas que desde entonces tenía de ir más allá de adonde nos llevaba el mismo río […] El padre Eduardo era como tener otra vez, de otra manera, a mi papá y al maestro Juan José55.

El segundo, porque es el padre Eduardo quien ante la interpelación de Sierva María sobre lo que está pasando en el río (paramilitares, matanzas, desplazamientos, noticias contradictorias, etc.), le propone a ella una regla de oro que le va a permitir pasar de ser una niña ingenua a una mujer crítica y reflexiva (a lograr la mayoría de edad kantiana): “El padre Eduardo me dejó con la recomendación de que escuchara, viera y entendiera por mi cuenta”56. Fue esa invitación, de alguien tan importante para la vida tanto de Sierva María como de Paulina, la que posibilita a aquella a abrir los ojos ante una barbarie que de otra manera le habría pasado inadvertida. Dice Sierva María, luego de ‘escuchar, ver y entender’ por su propia cuenta:

Mi parecer me decía también que lo que allí pasaba era grave, pero que a nadie le interesaba, con excepción de a sus protagonistas. A mí me había empezado a importar ese miércoles porque no estaba Paulina, pero los otros días apenas había sido una noticia y un chismorreo de vecinos para distraer los calores de enero y las vacaciones del colegio57.

Y, el tercero, porque es el padre Eduardo, con su discurso teológico sobre un ‘Dios liberador’, sobre un Jesús que padeció como judío pobre, pero que sigue padeciendo como campesino desgarrado (o desplazado según los medios oficiales), quien brinda a las protagonistas un horizonte teológico que les permite comprender la finalidad del destino inmanente del ser humano: la liberación. Nos comenta Sierva María:

Después de la integración, el padre Eduardo dedicaba una hora para hablarnos del dios que se hizo hombre, pero no parecía que hablara del mismo dios de la profesora de religión, el que nos miraba desde el cielo, subido en una nube de algodones. “Es liberador", dijo un día el padre, muy al principio de esos primeros seis meses, y liberador fue la palabra que enganchó a Paulina58.

Esta imagen ofrecida por el padre Eduardo, bien puede interpretarse como una alusión a la teología de la liberación, de un lado, y al quehacer teológico de los sacerdotes comprometidos con su labor pastoral en medio de la guerra, que sirven de intermediarios con el gobierno, del otro59. Ante todo, el padre Eduardo es un hombre social, dado a los desgarrados, a los pobres, con el consejo siempre en su boca, de los que no habla por su grey, sino que les pide que ‘escuchen, vean y entiendan’ por su propia cuenta.

Y gracias a esta actitud del padre Eduardo, que como ya dijimos es significativa en el desenlace de la trama, podemos apreciar, como lectores críticos, dos aspectos relevantes en las intenciones políticas de obras como esta. El primer aspecto es el diagnóstico de la indiferencia generalizada que situaciones tan horripilantes de violencia política y social generan en la sociedad colombiana, actitud que ha sido cómplice de la barbarie. Ya vimos como la propia Sierva María se da cuenta que solo le empieza a importar la maldad que bordea el río cuando su amiga desapareció en él. Y vuelve y lo recalca, cuando afectada por el dolor de la ausencia de Paulina, nos comenta: “Es como si la indiferencia se hubiera vuelto carne y habitara entre nosotros, para usar palabras de la Iglesia”60. Y es ella misma, una vez más, al ser la que sobrevive, la que escucha los llamados de Paulina que salen del río61 y con base en los consejos del padre Eduardo, quien sentencia al comentar sobre la detención de algunos de los responsables de la matanza: “Pienso que, con excepción de los implicados, a nadie le importó mucho la noticia. Así éramos y así seguimos siendo. Mientras lo que suceda no toque a nuestra puerta, todo puede pasar”62. Y mientras no nos importe, mientras el mal se nos presente como banal o lejano, todo, cualquier cosa, puede pasar. Lo peor es que esa ‘banalización del mal’, usando un término de Arendt63, va de la mano con el chisme: “El boleto de aceptación en esta ciudad de lenguas tan bravas como el clima”64. Chisme que no refleja indignación, sino banalización y morbo, chisme que termina por ser cómplice de la barbarie pues des-horroriza la emoción.

El segundo aspecto es la desconfianza frente a las noticias. Los medios de comunicación, cosa que no es novedosa, se han vuelto en muchos casos –y no solo por un tema de costos– retransmisores de comunicados oficiales. Pero son estos mismos comunicados oficiales, repetidos sin mayor análisis por los medios, traídos al inicio de varios capítulos de la novela por la propia autora, los que nos dan cuenta de la (des)información que impera entre quienes no han querido ‘escuchar, ver y entender’ por su propia cuenta ante la multiplicidad de versiones de lo que pasó con Paulina, su familia y sus vecinos. Por ejemplo, en relación con los hechos de la novela, primero se dijo que las víctimas murieron en enfrentamientos con el ejército. Luego los noticieros anunciaron que fueron asesinados por el grupo paramilitar Muerte a Secuestradores (MAS) y, finalmente, un crimen adjudicado a las FARC. A esto se suma la rapidez con la que las noticias pasan, lo que deja un efímero recuerdo en los receptores, que solo puede ser equilibrado con una literatura que retrate la ‘maldad absoluta’ que no queremos ‘escuchar, ver y entender’65.

Así, Sierva María llega a la desconcertante conclusión “de que nos crean la ilusión de estar sabiendo qué es lo que está pasando y lo que en verdad está pasando es que esa manera de contar lo que nos alimenta es una memoria corta y un entendimiento nublado”66, sentencia que toma mayores dimensiones cuando recordamos que la autora de la novela fue una consagrada periodista que bien conoció los engranajes de esa maquinaria que recibía comunicados oficiales y producía noticias67. Por lo anterior, Sierva María nos dice luego de ver cómo las noticias de la matanza variaban en tan poco tiempo, que “en adelante no podría creer sino lo que yo misma pudiera constatar”68. En este sentido, la novela, busca un medio de resistencia con la forma tradicional en la que los ciudadanos hemos conocido el conflicto: la historia oficial y las noticias de los medios de comunicación69.

4. ¿Y MILTON Y EL DE LOS OJOS CON LÁSTIMA?

Otro aspecto que no queremos dejar de lado, tiene que ver con dos personajes, apenas accesorios, pero que dejan una inquietud en el lector. El primero de ellos es el perro Milton, abandonado por la familia de Paulina al ser desgarrados de sus tierras por los paramilitares. Milton se quedó, al parecer, con un vecino, pero siempre merodeaba su antigua casa, y al ver que sus humanos regresaron expresó de tal forma su felicidad que la escena se vuelve entrañable. Comenta Paulina: “El corazón me saltó cuando escuché un ladrido y vi a Milton, nuestro perro. Largo y flaco, con su pelo café con parches blancos, apareció saltando. - Mamá, ¡Milton está vivo! -Sí me habían dicho los vecinos -contestó ella”70. Es el mismo Milton que sobrevivió, luego, a la matanza que los paramilitares efectuaron, pero que, a pesar de los ruidos, no abandona a sus humanos. Pero Milton, el perro, no tiene voz para servir de memoria de los que se fueron. Es el testigo mudo de la maldad de una especie, la humana, que se proclamó, por mandato bíblico, dueña de la tierra, incluso de la tierra de Paulina.

Y ni hablar ahora de los “ojos melancólicos”, seguramente ojos con vergüenza, que Paulina logra ver entre los de sus asesinos. En la novela, mientras Paulina relata la matanza, se menciona dos veces a ese muchacho de ojos lastimeros entre los masetos: “Veo atrás de todos a uno que me mira con ojos de lástima”71. El mismo que se niega a participar de la violación colectiva de Paulina: “Abro los ojos sólo cuando entra uno que no me toca. Miro, a la luz de la linterna que colgaron en el techo, y veo que me miran los mismos ojos de lástima con los que me vio uno de los hombres cuando intenté escaparme. Se queda frente a mí un rato, luego da la vuelta y se va”72.

Este joven, con los ojos de lástima, bien nos recuerda que no todos los asesinos son iguales. Pero ¿de qué vale si al finalizar las acciones horrendas son las mismas? Este joven bien podría ser el que siente que, con tal de no participar activamente, de no jalar del gatillo o de no separar con violencia las piernas de la mujer, con tal de no ser actor directo de la barbarie está a salvo de cualquier juicio… pero él siente lástima, repudio por lo que pasa, por lo que hacen sus compañeros. Sin embargo, no hace nada, tal vez no puede hacerlo so pena de compartir el mismo destino de sus víctimas. Ante la tragedia, este joven, que bien podía ser uno muy bueno en su vida cotidiana, decide la pasividad, pero sus ojos delatan que no se siente a gusto. Él no está tranquilo con su decisión. Bien podía ser uno de los militares, un recluta tal vez, que se vio compelido por el comandante a compartir esa noche con los paramilitares y ser más que testigo del horror. Pero qué más da. Paulina desapareció.

CONCLUSIONES

En la novela En el brazo del río encontramos una historia de ausencias y presencias. No es solo la ausencia de los “muertos del río” que claman ser oídos, como desde el fondo del río, por medio de los que quedaron vivos [relata Sierva María: “Me llama [Paulina] y yo la escucho”73], sino ausencias acumuladas incluso entre vivos, que dan lugar al círculo de la violencia. Por ejemplo, Paulina evoca la ausencia de su padre, quien seguro huyó a su vez de la violencia política, asesinado en Puerto Berrío luego de haber amaestrado al monte, a la mujer difícil pero agradecida que es la tierra; a la vez que Sierva María evoca la ausencia de su progenitor, quien no quiso responder cuando supo que sería papá74. Al primero lo mataron, el segundo “se mató solito”75. Y luego Sierva María lamenta la ausencia de Paulina76, pero es esta melancolía la que le lleva a ser memoria y voz de su amiga desaparecida.

Pero la ausencia que más duele, la que más atormenta al lector, hace referencia a la verdad de los que murieron, que solo puede ser contada por los que sobrevivieron, una verdad que no tiene porqué ser agradable, aunque necesariamente será liberadora, como el Dios del padre Eduardo. Dice Sierva María: “Mi verdad era que todavía no cumplía catorce años y que un día, y de una sola vez, me tocó abrir los ojos, sólo que no me gustó la luz que me llegó, porque me decía que no siempre podía confiar en lo que veía bajo el primer rayo y también que podía no gustarme lo que viera”77. Se trata de ver lo mejor que se pueda la verdad. Obviamente, dice la autora, hay “muchas verdades. La verdad de cada uno de los que ha vivido el conflicto”78.

La novela que analizamos trata sobre la verdad de la muerte de Paulina, su familia y sus vecinos en manos de los masetos auxiliados por el ejército79. En otros casos sería la verdad de los asesinados y la de las víctimas de la guerrilla. En otros la de los del Estado. En otros la de la delincuencia común o del narcotráfico. Pero en la situación de una guerra de guerrillas, con la táctica del desgaste, donde no hay fronteras claras entre enemigos y población civil, donde no se sabe “¿quién era quién en medio de esta matazón?”80, es posible que el lector de una novela como esta se sienta profundamente conmovido y adolorido, esperamos que no solo porque las víctimas no son guerrilleros, sino fundamentalmente por la forma en que seres humanos, involucrados o no en el conflicto, fueron despachados de esta vida. “Siempre quedan cosas pendientes porque Colombia es un país donde nada es lo que parece” 81.

Claro está que la novela nos hace mucho énfasis, como elemento dramático, sobre la inocencia de las víctimas, que no eran actores del conflicto. Pero reiteramos que el dolor no puede fundarse solo en ello, pues significaría que se justificaría la muerte, en tales circunstancias, si realmente hubiesen sido soldados de alguno de los ejércitos en pugna. Desde un plano humano y moral, en el caso que narra ficcionalmente la novela, no debería ser el asunto más importante que hayan sido o no guerrilleros.

Otro aspecto a resaltar de la novela, como motor de emociones, tiene que ver con el reclamo de justicia, pero una de “la de después” que es a lo único a lo que ya pueden esperar las víctimas. Veamos lo que al respecto dice Sierva María:

Pensé en las noticias que había leído acerca de la Comisión Especial empeñada en saber qué había pasado en Vuelta Acuña y en otros asesinatos, pero ésta era justicia de la de después, de la que se aplica cuando ya pasaron las cosas, y a los sobrevivientes quién los cuidaba y les garantizaba la vida para que pudieran seguir en sus labranzas, ¿sería que tenían que morirse para que les pusieran cuidado?82.

Evidenciar la injusticia y clamar por una justicia, aunque sea de “la de después”, es un motor tremendo de emociones para el lector y, en ese sentido, un propiciador para la reflexión de su actuar político y moral en sociedad. Todo por la exposición clara y contundente de una injusticia, en este caso: la de los medios de comunicación, que actúan como transmisores acríticos de una historia oficial; la de las autoridades, que poca o nada atención le prestaron al hecho evitando así una “justicia de la de después” (por ejemplo, cuando se disuelve la comisión judicial una vez empieza a conseguir resultados en sus pesquisas a pesar de que en noticieros se anunciaba justo lo contrario83); y la de una sociedad, que con su silencio y chismes termina siendo cómplice del horror.

Igualmente, rescatamos de la novela, desde la filosofía política, la importancia de las memorias, de ser la voz de los que no pueden hablar, por los tres sentidos políticos ya vistos en el resumen y a lo largo del texto. La literatura permite una memoria del trauma, lo cual debería permitir el reconocimiento de cómo llegamos a ser lo que fuimos y lo que somos, para así, con la evocación, garantizar la no repetición. En contrario sensu, el olvido impide asumir el trauma, transmuta el reconocimiento de lo que somos por la indiferencia ante lo hecho, y así todo puede volver a pasar. Es por ello que se dice que “si la memoria cotiza al alza, el olvido lo hace a la baja”84.

Ya decía Pablo Montoya en una de sus novelas:

La ausencia de nominación es como construir un ámbito nefasto. Y es aquí cuando a Goulart parecen iluminársele los ojos. Me dice que la gran lucha es contra el olvido. Hay que hallar la identidad de esos muertos y denunciar quienes fueron los culpables. Emprender una minuciosa búsqueda de los supervivientes. Y poco a poco, con ayuda de ellos, amontonando lágrimas y dolores, nombrar a los masacrados. Otorgarles el rostro que tuvieron, saber qué hacían y pensaban y cómo fueron ejecutados. No podemos morir sin haber intentado una inmersión en la desdicha de los otros y en su calamidad de todos los días. Nuestro deber no es solo con nuestro tiempo, querido pintor, es con la posteridad. Debemos hablar de la crueldad a la que hemos descendido los hombres. Y después, solo después, permitirnos que la muerte nos cierre los ojos. A mí se me hace un taco en la garganta cuando intento responderle. Goulart aprovecha mi vacilación. Dice que mi única obligación ahora es pintar la masacre85.

Claro está que hay varias maneras de reconstruir las diferentes memorias del conflicto armado colombiano necesarias para los sentidos antes expuestos, maneras que a veces se cruzan o se enfrentan entre sí con la (des)memoria auspiciada por los medios hegemónicos del discurso oficial. En cierto sentido, gracias a los medios de comunicación (e incluso la literatura del siglo XIX y primera mitad del siglo XX86), ha predominado la visión de los victimarios, casi siempre justificativa en sus actos y legitimante de las estructuras de poder vigentes, “pues es claro que no es lo mismo relatar una historia ficcional desde el lado del victimario que hacerlo a partir de la propia víctima que sufre la violencia”87.

Sin embargo, poco a poco, se ha podido contar con otro tipo de memorias: las de las víctimas. Memoriasheterogéneas y que, por tanto, que se reflejan de muchas maneras, como puede ser mediante expresiones artísticas88 o populares89, al estar dichas narrativas al alcance de las víctimas, al igual que las memorias que hoy día se reconstruyen, como fruto de políticas públicas y proyectos académicos, ONG, universidades y algunas entidades gubernamentales (por ejemplo, el Centro Nacional de Memoria Histórica), quienes buscan privilegiar (para equilibrar con los relatos de los victimarios ampliamente publicitados por los medios de comunicación) las memorias privadas de las víctimas del conflicto armado, continuamente invisibilizada, lo que aúna su dolor. Pero dentro de este recuperar las memorias de las víctimas, la ficción literaria tiene un peso significativo, pues va más allá del frío informe propio de muchos de los resultados investigativos antes señalados “al plantear espacios de pensamiento y saber que permitan hacer re-lecturas de nuestros imaginarios”90.

Rescatar las voces de los vivos dentro de las obras literarias en Colombia y presentarlas como un aspecto fundamental en la narración sobre la violencia, otorga al lector la posibilidad de experimentar el relato con los protagonistas de las historias ficcionales, sentir el padecimiento de quienes son víctimas del conflicto y asumir un punto de vista desde el cual hable sobre la violencia en el país91.

Así las memorias hacen resistencia a los que las invisibilizan: narrando lo que les ha acontecido a las víctimas, quienes además de padecer directamente el conflicto, se les limita su posibilidad de relatar en el espacio público su dolor. Y dentro de estas memorias, que buscan ponerle nombre a los “muertos del río”, que traen el pasado al presente, debemos contar la aportada por la novela “En el brazo del río”. Obviamente, este ejercicio narrativo no es nuevo. Incluso, la literatura sobre y desde las víctimas es tan antigua como el mismo conflicto armado colombiano. Podrían, como hizo Cárdenas92, identificarse los cambios que ha tenido la literatura sobre la violencia a lo largo de los siglos XIX y XX colombianos tanto en lo que atañe a sus aspectos estéticos (quién, cómo y desde dónde se cuenta la violencia) como a la representación de su objeto (el conflicto armado y la violencia). Pero nuestro interés no es hacer un rastreo de la evolución de este tipo de literatura, sino exponer su potencialidad para generar los efectos ético-políticos ya enunciados.

El recuerdo y la evocación les brinda [a las víctimas] una alternativa para, aún en la muerte, poder comunicarse y dejar un relato para las generaciones venideras, para que no tengan que sufrir los desdenes de la guerra, para que no tengan que enfrentar la inhumana condición de vivir en medio del conflicto armado. Y es así como la memoria se torna en el medio esencial para no olvidar93.

Es en este sentido, de recuerdo y evocación, que consideramos valioso el aporte, desde la filosofía política, de la literatura sobre la violencia, como lo es esta novela, toda una manera de hacernos sentir horror ante el horror, reconocernos tal vez como sociedad cómplice e indiferente ante la barbarie. Una manera, entre otras, de buscar la no repetición del mal absoluto.

BIODATA

Andrés BOTERO BERNAL: Doctor en Derecho por la Universidad de Buenos Aires (Argentina) y Doctor en Derecho por la Universidad de Huelva (España). Abogado y filósofo. Profesor titular de la Escuela de Filosofía de la Universidad Industrial de Santander (UIS). Miembro del grupo de investigación Politeia de la UIS.

Mario PALENCIA SILVA: Magister en Literatura Hispanoamericana (Instituto Caro y Cuervo). Candidato a Doctor en Literatura Colombiana (Universidad Tecnológica de Pereira). Candidato a Doctor en Teoría Literaria y Literatura Española (UNED). Licenciado en filología e idiomas (Universidad INCCA). Profesor titular de la Escuela de Filosofía de la Universidad Industrial de Santander (UIS). Miembro del grupo de investigación Politeia de la UIS.

Alonso SILVA ROJAS: Doctor en Ciencias Políticas (Universidad de Tubinga, Alemania). Abogado y filósofo. Profesor titular de la Escuela de Filosofía de la Universidad Industrial de Santander (UIS). Miembro del grupo de investigación Politeia de la UIS.

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Notas

1 Resultado de investigación financiado con recursos del proyecto 2328 (código SIVIE) de la Universidad Industrial de Santander (Colombia). Esta investigación se realizó bajo el método documental-bibliográfico, con enfoque hermenéutico.
2 Sandoval, M. (2006). En el brazo del río. Medellín: Hombre Nuevo Editores. ISBN: 9789585950566.
3 Sandoval, M. (2017). En el brazo del río. Bogotá: Diente de León. ISBN: 9588245168.
4 Presente en: Sandoval, M. (2017) Ibid. p. 158.
5 Aguirre, R. (26 de junio de 2016). Entrevista a Marbel Sandoval Ordóñez. Siempre Latina. Disponible en: http://siemprelatina.com/latinas_destacadas/marbel-sandoval-ordonez/
6 Manrique, W. (27 de junio de 2017). Marbel Sandoval Ordóñez: “Lo que hay en Colombia, ahora, por encima de todo, es odio”. WMagazín. Disponible en: http://wmagazin.com/marbel-sandoval-ordonez-lo-que-hay-en-colombia-ahora-por-encima-de-todo-es-odio/
7 Trujillo, J. (22 de abril de 2018). Literatura y periodismo: una forma de acercarse a la realidad. Plaza Capital. Disponible en: https://plazacapital.co/escena/2993-literatura-y-periodismo-una-forma-de-acercarse-a-la-realidad
8 Testimonio de Raúl Berrio, hijo de Isaura Lascarro y hermano de Beatriz: Berrío, R. (21 de octubre de 2014). Víctimas con sufrimientos olvidados. Recuperado de: pazfarc-ep.org/noticieros/item/2224-la-masacre-de-vuelta-acuna.html.
9 Colombia nunca más. (16 de julio de 2001). Cimitarra. De la Colonización a la Militarización. Disponible en: www.derechos.org/nizkor/colombia/libros/nm/z14I/cap2.html; Colombia núnca más. (S.F.). Farouk Yanine Díaz - Alias: "El Turco, "El Águila". Disponible en: https://vidassilenciadas.org/farouk-yanine-diaz-alias-el-turco-el-aguila/; Equipo Nikor (editor). (29 de mayo de 2001). Colombia Nunca Más. Disponible en: www.derechos.org/nizkor/colombia/libros/nm/z7/Intro.html; Grupo Memoria Histórica. (2011). El orden desarmado. La resistencia de la Asociación de Trabajadores Campesinos de Carare (ATCC). Bogotá: Taurus. ISBN: 9789587583953; Insuasty, A., Valencia, J. & Restrepo, J. (2016). Elementos para una genealogía del paramilitarismo en Colombia. Historia y contexto de la ruptura y continuidad del fenómeno (I). Medellín: Editorial Kavilando. ISBN: 978-958-59647-4-7; Vidas silenciadas. (S.F.). Masacre Vuelta Acuña - Cimitarra 12 de Enero de 1984. Disponible en:https://vidassilenciadas.org/victimas/1997
10 Grupo de Memoria Histórica. (2011). Op. Cit.
11 Cfr. Berrío, R. (2014). Op. Cit.
12 Sandoval, M. (7 de septiembre de 2012). El conflicto colombiano en la literatura. El País. Disponible en: https://elpais.com/cultura/2012/09/06/actualidad/1346937518_330638.html
13 3Criollo, F. (2014). Memorias emergentes, asedios a la historia oficial. Pasto: Trabajo de grado presentado para optar por el título de Licenciado en Filosofía y Letras. Facultad de Ciencias Humanas. Licenciatura en Filosofía y Letras.Universidad de Nariño, Pasto, Colombia; Herrera, M. (2017). A propósito. En: Sandoval, M. En el brazo del río (pp. 141-156). Bogotá: Diente de León. ISBN: 9588245168.
14 Cardenas, J. (2016). Construcción y representación literaria del conflicto armado en Colombia a través de las voces de los personajes en Los ejércitos de Evelio Rosero y En el brazo del río de Marbel Sandoval. Bogotá: Tesis presentada para optar por el título de Magister en Estudios Literarios, Facultad de Ciencias Humanas, Departamento de Literatura, Universidad Nacional de Colombia. Bogotá, Colombia. p. 97.
15 Botero, A. El papel del intelectual: pasado, presente y futuro inmediato. Medellín: Universidad de San Buenaventura. ISBN: 9589642276.
16 Cardenas, J. (2017). Representación narrativa de la violencia y el conflicto armado en la obra En el brazo del río de Marbel Sandoval. Cuadernos de Literatura del Caribe e Hispanoamerica. No. 26. pp. 87-102. DOI: http://dx.doi.org/10.156487cl.26.2017.6 ISSN: 1794-8290. p. 95.
17 Aguirre, R. (2016). Op. Cit.
18 Nussbaum, M. (1997). Justicia poética. Trad. Carlos Gardini. Barcelona: Editorial Andrés Bello. ISBN: 8489691096.
19 Verbigracia, los filmes: “En cuanto al cine, la crítica reciente nos ha demostrado convincentemente que algunas películas tienen el potencial para realizar contribuciones similares a las que yo atribuyo a las novelas. Y se podría argumentar que en nuestra cultura, hasta cierto punto, el cine ha reemplazado a la novela como ‘el’ medio narrativo moralmente serio pero de gran popularidad. Creo que ello desmerece el continuo poder de la novela, y procederé a hablar sin reservas de la novela como forma viva. Pero no soy reacia a admitir que el cine también puede hacer similares aportaciones a la vida pública”. Nussbaum, M. (1997), Op. Cit. p. 31.
20 “Me imagino a los lectores en una situación concreta, pero diferentes lectores presentarán, por cierto, diferentes situaciones concretas. Diferentes lectores percibirán legítimamente distintas cosas en una novela, interpretándola y evaluándola de diversas maneras. Ello naturalmente sugiere un nuevo desarrollo de la idea de razonamiento público como lectura de novelas: que el razonamiento implícito no sólo es específico de un contexto sino que, cuando está bien hecho, es comparativo y evoluciona en la conversación con otros lectores cuyas percepciones cuestionan o complementan la nuestra. Esta es la idea de la “co-ducción”, elaborada por Wayne Booth” Nussbaum, M. (1997). Ibid. pp. 34-35. En similar sentido: Nussbaum, M. (2005). El cultivo de la humanidad: una defensa clásica de la reforma en la educación liberal. Trad. Juana Pailaya. Barcelona: Paidós, 2005. ISBN: 9788449317705. p. 135.
21 Nussbaum, M. (1997). Op. Cit. p.111.
22 Puesto que las “obras literarias no están libres de prejuicios y puntos ciegos que son endémicos de la mayor parte de la vida política” Nussbaum, M. (2005). Op. Cit. p. 136.
23 Nussbaum, M. (1997). Op. Cit. p. 111.
24 Botero, A. (2014). ¿La Lectura Literaria Forma Buenos Jueces? Análisis Crítico de la Obra “Justicia Poética”. Revista In Jure Anáhuac Mayab[online]. Vol. 3/ No. 5. pp. 34-91. ISSN: 2007-6045
25 Botero, A. (2014). Ibid.
26 V.gr. Botero, A. (2014). Ibid.
27 Nussbaum, M. (1997). Op. Cit. p. 30.
28 Además de algunos trabajos citados por Botero (2014), también sería menester citar una investigación francesa (Petit: 2013, pp. 61-106) sobre el papel transformador de la literatura, el cine y el diálogo (en torno a lo leído y lo observado) para el desarrollo m oral de los jóvenes. Estos estudios sugieren que los participantes, gracias al proceso ya aludido, mostraron un incremento de sus sentimientos de solidaridad y empatía por el otro. Sin embargo, aún estamos lejos de establecer si el elemento propiciador determinante del desarrollo moral es la lectura, la deliberación u otro elemento de los muchos presentes en las investigaciones hasta ahora realizadas; al mismo tiempo que no hay claridad meridiana sobre si tal relación entre lectura y desarrollo moral es necesaria, suficiente o contingente. En fin, para profundizar sobre este debate, recomendamos: Petit, M. (2013). Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura. Trad. Rafael Segovia y Diana Luz Sánchez. México: Fondo de Cultura Económica. pp. 13-43 y pp. 107-144; Cerillo, P. (2016). El lector literario. México: Fondo de Cultura Económica. pp. 13-24 y pp. 115-124; Bahloul, J. (2013). Lecturas precarias. Estudio sociológico sobre los "poco lectores". Trad. Alberto Cué. México: Fondo de Cultura Económica. pp. 17-35 y pp. 55-103).
29 A tal punto, que un investigador reconoció que su tesis de maestría se centró en esta novela, junto con “Los Ejércitos” de Ev elio Rosero, por el impacto que le generó su lectura: “La selección de estas dos obras estuvo mediada por la inquietud y desestabilidad emocional que produjeron en quien realiza esta investigación” Cárdenas, J. (2016). Op. Cit. p. 98.
30 “Había un olor revuelto a cebolla y a sal, que es como olemos los seres humanos, sobretodo en estas tierras cálidas” Sandoval, M. (2017). Op. Cit. p. 77.
31 Dice Sierva María: “lo que pienso es que me estoy comiendo en el sancocho de pescado un poco de Paulina, porque nunca la encontraron” Sandoval, M. (2017). Ibid. p. 13.
32 Esa mezcla de miedo ante lo inminente y orgullo femenino, está retratada en la escena de la matanza de los masetos, cuando Paulina se da cuenta del desenlace que le espera: “¡Mamá! – me salió la voz desgarrada. No quería llorar. No quería que además de que nos mataban, nos vieran doblegadas” Sandoval, M. (2017). Op. Cit. p. 84.
33 Arenas, S. (2015). Luciérnagas de la memoria. Altares espontáneos y narrativas de luto en Medellín, Colombia. Revista Interamericana deBibliotecología. Vol. 38/ No. 3. pp. 189-200. Doi: 10.17533/udea.rib.v38n3a04. ISSN: 0120-0976.
34 “El discurso sobre la violencia que subyace en los relatos o testimonios que surgen por el conflicto armado, se torna como un mecanismo para desahogar el trauma ocasionado por la guerra. Se busca con ello, contar los detalles que rodearon el tormento, en el cas o de Paulina, de ser violada por varios hombres que sin ningún remordimiento arrebataron su vida y la de su madre” Cárdenas, J. (2017). Op. Cit. p. 97
35 Y lo anterior es un ejemplo de cómo esta novela, así como en las otras dos que conforman la trilogía de Sandoval, las mujeres son protagonistas, como lo confiesa la propia autora: “Lo que sí sé es que en todas prevalece la voz de las mujeres que queremos contar y contarnos. Lo hace Paulina, que se narra a sí misma desde la muerte y Sierva María, que la cuenta y se cuenta. Lo hacen en Las Brisas, la señora de la casa y la empleada que se dan la oportunidad de charlar. Rosa tiene por fin quién la escuche. Nosotros siempre q ueremos hablar y contar nuestras historias. Son maneras que tenemos de compartir la vida. Y Joaquina Centeno es en simultánea una novela de esperanza en la justicia y una tragedia porque la justicia se toma todo el tiempo y la vida de Joaquina está llegando a los 8 0 años. Una persistencia de la que somos muy capaces las mujeres. Treinta años en los que las víctimas continúan desparecidas, algunos victimarios han muerto y otros estarán muriendo y Joaquina se empecina, con su cuerpo que ya no responde, porque es así como los años pas an y deberían pasar para todos, para usted … para mí” Aguirre, R. (2016). Op. Cit.
36 Herrera, M. (2017). Op. Cit.
37 Botero, A. (2016). La tragedia colombiana vista desde el cine: Edipo alcalde (1996). Revista de Derecho: Universidad del Norte. No. 45. pp. 295- 326. ISSN: 0121-8697.
38 Herrera, M. (2017). Op. Cit.; Rubiano, E. (2017). “Réquiem NN”, de Juan Manuel Echavarría: entre lo evidente, lo sugestivo y lo reprimido.Cuadernos de Música, Artes Visuales y Artes Escénicas. Vol. 12/ No. 1. pp. 33–45. Doi:10.11144/Javeriana.mavae12-1.rnnj. ISSN: 1794-6670.
39 “Réquiem NN está conformada por tres obras: una serie fotográfica (2006-2015), 12 videos con el título Novenarios en espera (2012) y un documental (2013) de 70 minutos”. Rubiano, E. (2017). Ibid. p. 35.
40 Mauss, M. (1979). Ensayo sobre los dones. motivo y forma del cambio en las sociedades primitivas. En MAUSS, M. Sociología y antropología(pp. 155-263). Trad. Teresa Rubio. Madrid: Tecnos. ISBN: 843090798X.
41 Herrera, M. (2017). Op. Cit. p. 145.
42 Aguirre, R. (2016). Op. Cit.
43 Sandoval, M. (2017). Op. Cit. p. 18.
44 Sandoval, M. (2017). Ibid. p. 20.
45 Sandoval, M. (2017). Ibid. p. 48-49.
46 Sandoval, M. (2017). Ibid. p. 31.
47 Criollo, F. (2014). Op. Cit. p. 69.
48 Describe Paulina a sus asesinos: “Los que no tenían machetillas, llevaban el pelo bien recortado, como los militares. Los otros eran gente del campo, vestidos de militares”. Sandoval, M. (2017). Op. Cit. p. 69. Y más adelante agrega: “Pensé que aquí había tropa combinada con paramilitares, que así es como los llaman. La palabra la mencionó el padre Eduardo cuando le conté cómo fue que tuvimos que salir de La Vega, sin mirar atrás. Masetos era el nombre con el que yo siempre había oído nombrarlos” Sandoval, M. (2017). Ibid. p. 83.
49 Sandoval, M. (2017). Ibid. p. 32.
50 Sandoval, M. (2017). Ibid. p.107.
51 Sandoval, M. (2017). Ibid. p. 63.
52 Sandoval, M. (2017). Ibid. p. 106.
53 Sandoval, M. (2017). Ibid. p. 104.
54 Sandoval, M. (2017). Ibid. p. .104.
55 Sandoval, M. (2017). Ibid. pp. 30 y 31 respectivamente.
56 Sandoval, M. (2017). Ibid. pp. 77
57 Sandoval, M. (2017). Ibid. pp. 78
58 Sandoval, M. (2017). Ibid. p. 27.
59 Por ejemplo: “El miércoles, después del medio día, en un salón de la escuela José Antonio Galán, los comisionados [enviados d esde Bogotá para investigar la masacre] conocieron, antes que a otros, a Isidro Yepes [el único sobreviviente]. El padre Eduardo lo presentó. Pálido y arrastrando una pierna, Isidro llevaba un recorte de prensa en la mano: -Aquí dice que estoy muerto y que era guerrillero -les dijo. Los comisionados no dijeron nada. -Ni estoy muerto, ni soy guerrillero, ni me mataron en un enfrentamiento -continuó-, lo que pasó fue una matazón que hicieron los masetos” Sandoval, M. (2017). Ibid. p. 108. El texto entre corchetes es nuestro.
60 Sandoval, M. (2017). Ibid. p.85.
61 Dice Sierva María: “Paulina me llama desde el fondo del río, no creo que sea un llamado desde la muerte, creo que es una súplica para que no la olvide, para que mi memoria sea su memoria, para que el olvido no la sepulte a ella para siempre. Me llama y yo la escucho” Sandoval, M. (2017). Ibid. p. 134.
62 Sandoval, M. (2017). Ibid. p. 114.
63 Arendt, H. (2006). Eichmann en Jerusalén. Trad. Carlos Ribalta. (2ª ed). Barcelona: Debolsillo. ISBN: 84-8346-066-1.
64 Sandoval, M. (2017). Op. Cit. p. 113.
65 Aspecto crítico del debate que se vive aún frente a la (des)información sobre la complejidad del conflicto actual: es el juego de la guerra a nivel del manejo de la información, con maniobras de engaño ejercidas por todas las partes y ante la cual habría que respon der con la mayoría de edad kantiana.
66 Sandoval, M. (2017). Ibid. p. 129.
67 Marbel Sandoval Ordóñez trabajó como redactora de noticias para El Tiempo, Colprensa y Vanguardia Liberal, en los años ochenta, donde se destacó como jefe de redacción en la oficina de Barrancabermeja. Cárdenas, J. (2017). Op. Cit. p. 89.
68 Sandoval, M. (2017). Op. Cit. p. 133.
69 Criollo, F. (2014). Op. Cit. pp. 33-38.
70 Sandoval, M. (2017). Op. Cit. p. 43-44.
71 Sandoval, M. (2017). Ibid. p.92.
72 Sandoval, M. (2017). Ibid. p.92.
73 Sandoval, M. (2017). Ibid. p.134.
74 Cardenas, J. (2017). Op. Cit. 96.
75 “Y a mi papá yo sí lo perdí, pero porque no lo conocí, no porque me lo hubieran matado. Él se mató solito para mí” Sandoval, M. (2017). Ibid. p. 52.
76 Dice Sierva María: “Ahora son dos mis ausencias: la de mi papá que debe caminar por estas mismas calles calientes y olorosas a petróleo, y la de Paulina, que no pudo acompañar más mis pasos” Sandoval, M. (2017). Ibid. p. 129.
77 Sandoval, M. (2017). Ibid. p. 104.
78 Aguirre, R. (2016). Op. Cit.
79 Asunto que fue corroborado por las investigaciones judiciales posteriores, que son enunciadas novelescamente por Sandoval: “Los señores de Bogotá primero les sacaron fotos [a varios tarros dejados en la escena del crimen] y luego se los llevaron en bolsas plásticas, oí a uno de ellos mentar que eran provisiones del Ejército y que tenían espaguetis, puré de guayaba, carne de diablo y leche condensada” Sandoval, M. (2017). Op. Cit. p. 97. El texto entre corchetes es nuestro.
80 Sandoval, M. (2017). Ibid. p. 114.
81 Aguirre, R. (2016). Op. Cit.
82 Sandoval, M. (2017). Op. Cit. p. 103.
83 Piensa así Sierva María: “también en estos meses había aprendido que mientras las palabras dichas, y hasta escritas, iban por un lado, la realidad iba por otro, o si no cómo me explicaba el traslado del marido de Estella y su noticia de la disolución de la Comisión, frente a lo que decía el recorte que ya estaba pegado en mi cuaderno: ‘Más policía judicial para el Magdalena Medio’” Sandoval, M. (2017). Ibid. p. 122.
84 Mate, R. (2009). Tierra y huesos. Reflexiones sobre la historia, la memoria y la «memoria histórica». En: MATE, R. La herencia del olvido, (2ª ed.). (pp. 149-176). Madrid: Errata Naturae. ISBN: 978-84-936374-3-9. 151
85 Montoya, P. (2015). Tríptico de la infamia. Bogotá: Literatura Random House. ISBN: 9789585846234. pp. 182-183.
86 Cárdenas, para dar un ejemplo, señala que uno de los puntos diferenciadores de la literatura sobre la violencia de los siglos XIX y principios del XX, comparada con la literatura sobre la violencia de finales del siglo XX y lo corrido del XXI es el cambio del sujeto narrador, del victimario a la víctima, poniendo como ejemplo de dicho cambio la novela que ahora analizamos. Cárdenas, J. (2016). Op. Cit. pp. 96-99.
87 Cardenas, J. (2016). Ibid. p. 96.
88 Martínez, F. (2013). Las prácticas artísticas en la construcción de memoria sobre la violencia y el conflicto. Eleuthera. Vol. 9/ No. 2. pp. 39-58. ISSN: 2011-4532.
89 Bien comenta Arenas frente a estas expresiones populares: “Al mismo tiempo ese altar revela la lucha por devolver el lugar social de las víctimas, denunciando la injusticia y demandando reconocimiento del daño […] Tal vez así comprendamos que la guerra en Colombia no fue una cosa terrible que aconteció lejos, en la selva o en un lugar perdido en el mapa. Por el contrario, la guerra es una tragedia que alcanzó a nuestro vecino, amigo, colega de estudio o de trabajo. Afectó a todos ellos y por tanto, a nosotros mismos” Arenas, S. (2015). Op. Cit. p. 199.
90 Criollo, F. (2014). Op. Cit. p. 10.
91 Cardenas, J. (2016). Op. Cit. p. 98.
92 Cardenas, J. (2016). Ibid. p. 19-39.
93 Cardenas, J. (2017). Op. Cit. p. 101.
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