ESTUDIOS
Teoría crítica en la guerra social del fin del mundo
Teoría crítica en la guerra social del fin del mundo
Utopía y Praxis Latinoamericana, vol. 25, núm. 90, pp. 12-31, 2020
Universidad del Zulia
Recepción: 15 Febrero 2020
Aprobación: 01 Abril 2020
Resumen: La reflexión en la que deriva el texto busca dentro la miseria de la vida cotidiana, el olvido de la historia, el mundo de apariencias y el dominio de lo mercantil, los contenidos de un pensamiento radical y de un proyecto revolucionario que pueda tomar forma histórica, es decir, práctica y organizada. El punto de partida para la recomposición de una nueva comunidad del diálogo para el combate contra el capital y el Estado, es la conciencia de la derrota, que nos permita seguir luchando en retirada para preparar un avance victorioso.
Palabras clave: Pensamiento radical, crítica, memoria, crisis.
Abstract: The reflexion of this text is searching for contents of radical thinking and revolutionary project, that can be historically shaped, that is, practical and organized; looking within the everyday life misery, the forgetfulness of history, the world of appearances and the mercantile domination. The start point to recompose a new dialogue community to fight against capital and the State, is the defeat awareness, which enables us to keep the struggle during retreat, in order to prepare a victorious advance.
Keywords: Radical thinking, critique, memory, crisis.
INTRODUCCIÓN
La lógica espectacular imperante en cada resquicio de nuestras vidas ha desarticulado la capacidad de crítica, somos sujetos negados que despreciamos de forma general la labor reflexiva y es motivo de desinterés cualquier intento de comprender la realidad de nuestro mundo, incluso cuando se pretende plantearse un trabajo crítico enmarcado en sólo describir la opresión, en documentar únicamente la crisis bajo la que estamos asolados, “se corre el riesgo muy real de propagar el desaliento y la renuncia, antes que la indignación y la cólera” (Semprun, 2006: 62). El dominio de lo inauténtico produce miseria, nuestra existencia se hace miserable, puesto que la sociedad de las mercancías coloniza toda nuestra existencia. Y esa degradación de la inteligencia humana se observa de manera clara en espacios como las universidades, donde “el trabajo intelectual asalariado tiende normalmente a seguir la ley de la producción industrial de la decadencia” (Debord, 2017: II) y donde “el trabajo intelectual ha servido demasiado a menudo para evitar el sacrificio y la misma colectividad [que lo convierte en ] una especie de funcionario, que tiene derecho a la seguridad cuando todo el mundo está en peligro” (Einstein, 2006: 30-31).
Desde la época en que la inteligencia abandonó a la burguesía, ésta cayó en una crisis de la que no podrá salir nunca más, como consecuencia de que el objetivo que tomó el desarrollo del conocimiento ha sido “justificar una sociedad sin justificaciones y constituirse en ciencia general de la falsa conciencia” (Debord, 2017: 113). Por eso, las universidades como espacio donde la burguesía concentró sus esfuerzos para elaborar conocimiento y difundir su ciencia, se encuentran actualmente inhabilitadas para fabricar análisis coherentes sobre el presente y sobre el acaecer de las últimas décadas. Cuestionamiento que debe comenzar por el reconocimiento de que
… la ciencia, desde el método a los contenidos, es el principal artífice de este sistema, al mismo tiempo que lo legitima y protege. El método científico de la era capitalista y las ciencias que ha surgido de él aseguran su funcionamiento y rentabilidad así como provocan guerras, crisis, dolor, hambre, desempleo, destrucción medioambiental (Öcalan, 2017: 87).
A diferencia de lo que presupone el pensamiento burgués, la facultad de engendrar una teoría coherente, que vaya más allá de la afirmación de la realidad o que se construya en identidad con ella, no es obra de una individualidad o de una serie de individualidades que gracias a ciertas cualidades son capaces de generar aportaciones teóricas y empíricas sobre la sociedad y la naturaleza. Para la mirada liberal, son un conjunto de mentes que aparecen de tanto en tanto a lo largo del devenir humano las que permiten, visto desde una lógica evolucionista, el avance en el conocimiento del mundo, cuando en realidad no se trata más que de una
… burocracia de los expertos, nacida con el desarrollo de la planificación, fabrica para el conjunto de los gestores de la dominación el lenguaje común y las representaciones gracias a las cuales comprenden y justifican éstos su propia actividad. Con sus diagnósticos y sus prospectivas, formuladas en la neolengua del cálculo racional, cultivan la ilusión de un control tecnocientífico de los «problemas» (Riesel y Semprun, 2011: 89).
Estos momentos de desarrollo, siguiendo el argumento, son ocasionados gracias a expertos o especialistas que tienen la posibilidad de dedicarse a tiempo completo. Así, se les termina debiendo a estos intelectuales todo lo que ahora sabemos de lo social y de la naturaleza, del universo y de la técnica, y como complemento de esto, tenemos como efecto “un academicismo por medio del cual se cree halagar a las masas y a los dirigentes de partidos y organizaciones y, por otro lado, un diletantismo ante los hechos” (Einstein, 2006: 30). Sin embargo, si fijamos la mirada en aquello que no sirve sólo para justificar lo dado y el curso dominante de la historia, entonces requerimos otra óptica, que nos ayudará a reconocer el pensamiento negado y negativo que han hecho una pluralidad de sujetos que con su praxis niegan su condición, para afirmarse desde la rebelión y el combate contra el orden existente,
… un pensamiento orientado hacia la utilidad es que en él no desaparece el carácter colectivo de las ideas: se ve claramente de quiénes vienen y a quiénes van. El que está dirigido hacia la experiencia, hacia la corrección práctica y el uso colectivo, no oculta que piensa en otras cabezas que en la suya los demás piensan (Semprun, 2006: 95).
La teoría radical o revolucionaria, o lo que también nombramos como pensamiento crítico, es aquella que se logra conformar sólo en los momentos históricos cuando un sujeto colectivo se autocrea para negar de manera unitaria el mundo, para rechazar la totalidad social que lo destruye, proceso de creación que en la actualidad se ha frustrado o se expresa de modo parcial, debido a que “el sujeto que se requiere para tal fin, un sujeto colectivo, no existe, pero la crisis, una crisis global como todas las que enfrentamos en la actualidad, necesita que lo construyamos” (Fisher, 2019: 104). Para forjar una reflexión en esa sintonía, es necesario salir de la calma y el análisis especializado de lo social-histórico, no lo puede realizar una individualidad gracias a su particular genialidad, requiere “entenderse allá donde las condiciones llevan a la gente a plantearse problemas revolucionarios reales” (Khayati en Amorós, 2019: 291).
Si el pensamiento burgués supone ser obra de "grandes hombres” que destacan sobre el resto de su sociedad y de su clase, con el objetivo de “mantener en la minoría el sentido de la crítica y la investigación, pero bajo la condición de orientar esta actividad hacia disciplinas utilitarias estrictamente fragmentadas” (Debord, 2019: 63); el pensamiento radical es obra de comunidades en lucha contra la totalidad de la sociedad de clases, sin embargo,
…la crítica social, la actividad que la desarrolla y la comunica, nunca ha sido un lugar tranquilo. Hoy en día, un lugar así no existe […] y los individuos desposeídos no han de elegir entre la tranquilidad y los disturbios de un duro combate, sino entre los disturbios y combates tanto más terribles por cuanto que son otros quienes los dirigen, en su provecho además, y disturbios y combates que extiendan dirigen ellos mismos por su cuenta (Encyclopédie del Nuisances, 2003: 49).
Por tanto, la primera certeza que ayuda como base mínima desde cual hacer esta elucidación, es que la crisis actual de la teoría crítica tiene como causa la ausencia de un sujeto revolucionario capaz de enmarcar en un proyecto histórico, la memoria insurrecta de los oprimidos de todos los tiempos y una práctica social con posibilidades de hacerle frente a la violencia capitalista que se impone sobre la vida cotidiana; para concretar
la toma de consciencia de la pesadilla en que la vida se ha convertido se encuentra en el punto de fundirse con un redescubrimiento del verdadero movimiento revolucionario del pasado. Debemos volver a apropiarnos de los aspectos más radicales de todas las sublevaciones e insurrecciones pasadas en el momento en que fueron detenidas prematuramente (King Mob, 2014: 121).
Y de modo dialéctico, nuestra incapacidad para combatir y para producir contestaciones sociales reales, para autocrearnos como sujeto negativo, está vinculado a la ausencia de una teoría radical sin concesiones, que rechace de manera unitaria todas las nocividades, que sea clara en la defensa de la verdad, que no es más que la negación total de esta sociedad, “el pensamiento de la historia no puede ser salvado más que transformándose en pensamiento práctico; y la práctica del proletariado como clase revolucionaria no puede ser menos que la conciencia histórica operando sobre la totalidad de su mundo” (Debord, 2017: 37) . Desde esta perspectiva es claro que sólo “crítica teórica unificada, que se identifica con una unificación práctica adecuada, se esfuerza por romper el silencio y la organización general de la separación” (Internacional Situacionista, 2018b: 109). No queda duda que la “superación no puede ser meramente teórica, sino práctica. Así la unidad entre teoría y práctica abre la puerta a la acción revolucionaria” (Amorós, 2016: 19).
Y la segunda certeza que aporta a la reflexión es que con el planteamiento anterior no olvido u obvio la existencia de una pluralidad de experiencias de resistencia y autoorganización en todo el mundo que hacen aportaciones a ese pensamiento radical colectivo y anónimo, así como a la conformación de esa prácticas social con perspectiva revolucionaria que por ahora esta desarticulada o se expresa parcelariamente, por eso es débil todavía; no obstante, si todas esas colectividades que ahora luchan realmente contra alguna de las formas en que se expresa la dominación social, logran entrar en sintonía a través de la creación de una perspectiva organizada federada, es posible abrirnos a un nuevo momento de lucha generalizada contra la no-vida que se nos impone o, dicho en otras palabras, “la única teoría de los Consejos de extrabajadores que hay que desarrollar es la teoría de su guerra contra todo lo que no sea ellos, y contra todo lo que desde el interior les impide ser el único poder” (Los Incontrolados, 2014: 84).
Para armarnos en la lucha final contra la sociedad de clases, el pensamiento radical tiene que ser claro y expresarse bajo un lenguaje histórico, que no es más que el lenguaje de la contradicción, algo que siguen sin aprender quienes dicen haber superado a todas ideologías, pero siguen anclados en el lenguaje de la separación, es decir, en el lenguaje de la economía. De nada nos sirve hablar desde meras abstracciones, a nadie le surgen deseos de venganza de abstracciones, “la teoría crítica debe comunicarse en su propio lenguaje. Es el lenguaje de la contradicción, que de ser dialéctico en su forma como lo es en su contenido. Es crítica de la totalidad y crítica histórica” (Debord, 2017: 118). Únicamente el pasado oprimido y la memoria insurrecta recreados-desviados como contenido de una nueva teoría revolucionaria, puede ayudar a que tome forma un proyecto histórico de la guerra social del fin del mundo capitalista, patriarcal, estatal, colonial e industrial, capaz de crear las bases de una nueva comunidad de combatientes dispuestos a batirse una vez más por la destrucción de todo lo que nos mata.
Es claro que en la actualidad hemos retrocedido en casi todo, hemos renunciado a casi todo en la vida cotidiana, al grado de que somos incapaces de conformar una resistencia defensiva efectiva contra la sociedad de clases y su guerra de amplio espectro. Pero en el pensamiento no debemos ceder nada, la teoría crítica será radical y negativa o no será nada, ni como pensamiento ni como crítica. Ahora, esforzarnos por comprender el mundo para negarlo es un acto de defensa y un arma en la construcción de una nueva tentativa dirigida a la abolición de la alienación social, “en primera fila se encuentra el lenguaje crítico autónomo, sin el cual la revolución no puede comprenderse a sí misma sin mediación ideológica, ni nombrar a sus enemigos” (Los Incontrolados, 2014: 88).
EL MALESTAR DIFUSO Y SUS IDEOLOGÍAS
El capital y su sociedad no escatiman recursos para alentar el antipensamiento entre los individuos, “reduce todo lo que pasa al orden natural de las cosas y encierra las verdaderas novedades que anuncian su superación en el restringido marco de su novedad” (Internacional Situacionista, 2018a: 49). Ahora lo que domina es un mundo de apariencias e ilusiones, donde lo falso domina sobre lo real, “lo falso forma el gusto y sostiene lo falso, eliminando a sabiendas la posibilidad de referencia a lo auténtico. Se rehace incluso lo verdadero, ya que se puede, para que se parezca a lo falso” (Debord, 1999: 62). Todo lo que surge desde la creatividad humana o desde la subversión de la realidad puede de ser recuperado por el espectáculo en cualquier momento para convertirse en una mercancía más, en un objeto de consumo que no es más que el sucedáneo de lo que fue en un principio,
…la gente, acosada por el miedo y sintiéndose objeto de procesos opacos, a fin de satisfacer la necesidad de creer en la posibilidad de una explicación coherente de este mundo incomprensible, se entrega a toda clase de interpretaciones raras y desquiciadas: revisionismos de todo tipo, ficciones paranoicas y revelaciones apocalípticas (Semprun, 2016: 89-90).
Junto a esto, la compresión histórica del mundo ya no se considera necesaria, por tanto, la capacidad de convertir en experiencia lo vivido se desprecia,
…el fin de la historia es en cierto modo el fin de la profesión y si bien los historiadores profesionales son por un lado ideólogos, por el otro son gente que trabaja en la mentira para vivir y mantener a su familia: son en cierto modo, obreros de la falsificación. Lo que pasa es que el oficio, adaptar los tiempos pasados a la banalidad embrutecedora del presente, o dicho de otra forma, explicar las revueltas pretéritas de acuerdo con las necesidades políticas de la dominación contemporánea, está en declive […] Al poder, en su fase actual de endurecimiento antihistórico, se ha vuelto maniqueo y ya no le sirve la memoria manipulada sino la tabla rasa del olvido (Amorós, 2004: 71-72).
A esto se suma el hecho de que los modos de socialización de los sujetos sociales en el presente obstruyen dicha cualidad.
un presente que quiere olvidar el pasado y que ya no da la impresión de creer en un porvenir, se obtiene mediante el insensato tránsito circular de la información, que vuelve a cada instante sobre una lista muy sucinta de las mismas sandeces que se anuncian apasionadamente como noticias importantes (Debord, 1999: 25).
Dos espacios que son sintomáticos para lograr entender el contexto que estamos experimentando son las universidades y buena parte de los esfuerzos activistas y militantes de la actualidad. En el campo académico donde se presupone debe producirse conocimiento científico pertinente para la realidad que se está viviendo, no sólo no lo está haciendo, sino que su día a día se ha caracterizado por la simulación, se simula que se sabe, se simula que se piensa y se simula que se enseña, además, las exigencias de eficacia y obtención de resultados donde no importan la profundidad del análisis, ni la agudeza crítica del conocimiento, se acompaña de un “sentimiento universal de la inutilidad de cualquier tentativa de conocer de manera científica y detallada del funcionamiento de la sociedad mundial” (Semprun, 2016: 29). Sin embargo, el problema con la ciencia no es sólo una cuestión de conocimiento, la ciencia en sí misma “es el mayor instrumento para la división de la sociedad en clases y su justificación” (Öcalan, 2017: 86).
Mientras que entre los grupúsculos activistas y vanguardistas donde domina la desesperación o “el rechazo de la actividad teórica justificado por la ideología más o menos disfrazada de ausencia de ideas” (Los incontrolados, 2014: 88), es el hacer por hacer lo que reina, nadie se preocupan por las consecuencias, lo que importa es aparentar que se está haciendo algo, sea lo que sea, y como resultado de la ausencia de una perspectiva organizada, es decir, sin estrategia y sin plantearse un proyecto político, las iniciativas que resultan y que se presentan en el plano discursivo como revolucionarias, autogestionarias, radicales, subversivas, etc., casi siempre son lo contrario y terminan reforzando el mundo de las mercancías. Cuando no se problematiza críticamente donde estamos situados para entender cómo se reproduce la sociedad caemos fácilmente en “sofismas seudodialécticos, ingeniosos tanto en exagerar la importancia de los hechos cuando estos concuerdan con las creencias, como en negarlos como simples apariencias cuando no lo hacen” (Semprun, 2016: 69); y de la misma manera, corremos el riesgo de generar prácticas que terminan fortaleciendo las bases de orden social.
Cuando se recurre al sentido común, recurrimos a esa parte de nosotros que al final de cuentas es resultado de la socialización dentro de las relaciones, significaciones e instituciones que sirven para mantener en píe todo lo que nos rodea. Es fruto de una postura que nos muestra como sujetos
… políticamente descomprometidos […] resignados a su destino. Este resultado evidente según mi hipótesis no es una cuestión de apatía o cinismo, sino de impotencia reflexiva […] son conscientes de que ellos no pueden hacer nada al respecto. Sin embargo, este “conocimiento”, esta reflexividad, no es resultado de la observación pasiva de un estado de cosas previamente existente. Es más bien una suerte de profecía autocumplida (Fisher, 2019: 49).
Estamos tan infiltrados por el imaginario social burgués, nuestra vida cotidiana está colonizada, es decir, la alienación social ha alcanzado cada dimensión de nuestra existencia, que es necesario comenzar por desconfiar de las críticas y las soluciones fáciles, que desembocan en la mayoría de las ocasiones en “nada más radical que a la denuncia de las fechorías de la oligarquía depredadora y codiciosa de los «mega-ricos»” (Riesel y Semprun, 2011: 71). El camino del pensamiento y la acción revolucionaria, por tanto, el camino de la libertad, no es para quienes no se quieren esforzar, para quienes no estén dispuestos a luchar por crearlo y afirmarse a sí mismos como vivientes dueños de su propia historia. Incluso
… es bueno que una teoría que no aspire a la reconciliación deje insatisfecho, porque después de todo la insatisfacción es su propósito. Cuando se ponen a prueba las ideas intentando hacer algo con ellas al menos se tiene la seguridad de no quedar satisfecho tan fácilmente (Semprun, 2006: 100).
Lamentablemente, lo que predomina hoy en día no son los esfuerzos por pensar de modo radical o actuar en una perspectiva revolucionaria, incluso se ha abandonado el interés por aparentar ser eso. Tal situación tiene como causa un proceso generalizado de degradación de la vida, resultado de la estrategia que ha implementado el capital en las últimas décadas, una guerra total contra todo aquello que se puede convertir en mercancía. Y algo de lo que se ha mercantilizado y se dirige en el sentido contrario que tenía, es justamente lo que denominamos pensamiento crítico, no sólo porque ha dejado de ser un arma para combatir a los propietarios de la sociedad, sino porque ha sucumbido, producto de la recuperación, en una apariencia social más que sirve en ciertos medios para acomodarse, agradar y sonrojar a ciertas mentes, pero dejando todo en su lugar,
… la ideología dominante organiza la canalización de los hallazgos subversivos y las difunde ampliamente una vez esterilizados. Incluso consigue servirse de los individuos subversivos muertos por el falseamiento de su obra y vivos gracias a la confusión ideológica general, drogados con una de las místicas con las que comercia (Debord, 2019: 63).
Así, para hablar de la teoría crítica, la perspectiva que tomo es el reconocimiento que en el presente no sólo está en crisis y se expresa fragmentariamente en algunas luchas, movimientos y comunidades autoorganizadas que están dispersas por el planeta, sino que su potencia destructora la ha perdido, de ahí que lo que se requiere es la creación de una nueva teoría radical capaz de negar de manera unitaria el mundo, mediante la conformación de un lenguaje común que sirve de referente para una comunidad que decida batirse una vez más contra el partido del orden,
… si ya no hay lenguaje que permita a los explotados comprender su situación y entenderse para transformarla, hay que volver a crearlo. La crítica que tiene ese objetivo se expresa sin rodeos, e incluso con brutalidad. Sabe que debe hacerse escuchar por su propia utilidad: la miseria la necesita, y ella misma necesita esa necesidad para saber hacia dónde ir y qué hacer. Sin ella perdería su fuerza y la vida misma (Semprun, 2006: 107).
Y en la lucha por crear un pensamiento crítico para el tiempo actual, porque éste no puede surgir más que de la lucha, el dolor, la rabia y los deseos de venganza para que se configure como una “ofensiva contra la ortodoxia estatal, contra el automatismo que los regímenes totalitarios imponen al individuo; ofensiva contra el fácil conformismo perezoso; contra la mitología fascista; contra el diletantismo” (Einstein, 2006: 35), se tiene que realizar una guerra de ideas orientada a combatir lo que hace inerte a la teoría radical, lo que la vuelve un objeto más de adorno o de moda entre intelectuales, académicos y activistas: la caída del pensamiento en ideología y en ilusiones, esto es, en espectros que se encuentran en el campo de batalla de los opresores para engañar a quienes han decidido que todavía es necesario resistir y rebelarse, es la propia “sociedad del espectáculo, en la representación que se hace de sí misma y de sus enemigos, [la que] impone categorías ideológicas para la comprensión del mundo y de la historia” (Internacional Situacionista, 2018a: 49).
Habitamos un mundo donde reinan las pseudocríticas expuestas bajo la apariencia de radicalidad, complejidad y profundidad analítica, por un lado,
… una crítica lateral, que ve diversas cosas con mucha franqueza y exactitud, pero siempre colocándose aparte; y no porque quisiera afectar imparcialidad alguna, pues debe darse, muy por el contrario, un aire de mucha denuncia, pero sin que parezca sentir jamás la necesidad de dejar entrever cuál es su causa ni, por tanto, de decir, tan siquiera implícitamente, de dónde viene ni a dónde va (Debord, 1999: 88-89)
Y por otro, nos rodea una verborrea que expulsa banalidades y conclusiones místico-mágicas presentadas como alternativas al pensamiento dominante, que transforma “cualquier crítica […] en una vulgaridad insípida y bienpensante” (Riesel y Semprun, 2011: 94). Tenemos la obligación de reconocer que la mediocridad es la regla en buena parte de los espacios y las discusiones académicas, característica de la que no se salvan gran cantidad de activistas y militantes. La ignorancia y el elogio de miseria se ha vuelto motivo de orgullo, encubierto muchas veces de empirismo o pragmatismo, “el espectáculo organiza con maestría la ignorancia acerca de lo que está pasando, y acto seguido el olvido de cuanto a pesar de todo acaso haya llegado a saber. Lo más importante es lo más oculto” (Debord, 1999: 26).
Cuando carecemos de memoria y se obstruye la capacidad de convertir en experiencia nuestro presente, para comprenderlo, somos incapaces de pensar nuestro futuro, es decir, en la posibilidad de transformar nuestra realidad, de destruir aquello que nos daña, de convertir nuestros padecimientos en resistencia, de volver nuestros traumas y dolores en posibilidades de venganza. El dominio de una conciencia antihistórica en los sujetos los configura como seres desarraigados y desarmados, apáticos y bajo crisis de ansiedad. El acto de reflexionar es sustituido por ideologías, aparece “palabrería fastidiosa que llena un sinfín de escritos y discursos desarmados y embaucadores” (Debord, 2006a: 75). En la no-vida bajo la que sobrevivimos se ocultan los verdaderos enemigos y se les sustituye por falsas contradicciones y falsas contestaciones, convirtiendo lo que antes era un pensar que surgía del rechazo unitario de la dominación, en una ideología que termina siendo recuperada por el poder, para transformarla en contrarrevolucionaria, en un engranaje del partido de la estabilización (Semprun, 2016), “inofensivos sucedáneos críticos que quieren poner en tela de juicio el desarrollo económico sin responsabilizar jamás al Estado, las mejores aportaciones de un siglo de crítica social son, inocente y muy convenientemente, condenadas al olvido” (Riesel y Semprun, 2011: 72).
Enfrentamos un “malestar difuso” (Amorós, 2019) que produce de manera simultánea dos procesos que se refuerzan mutuamente, sufrimos la vida miserable que se nos impone, nos provoca ansiedad, depresión, angustia, rabia, aislamiento e impotencia, sabemos que estamos inmersos en una no-vida; pero la respuesta es pasividad, apatía, nihilismo, falta de compromiso, irresponsabilidad y la banalización de la barbarie, la crueldad y lo irracional. La configuración de nuestro malestar como difuso impide que seamos conscientes quien lo ha creado y se beneficia de ello, de igual manera, no sabemos cómo combatirlo. En afinidad con lo que planteó Freud en Porvenir de una ilusión (2004), la hostilidad de los oprimidos a las instituciones, cultura y normas sociales establecidas, que los llevaría a destruir la civilización misma, es reconducida por medio de una satisfacción narcisista, que es promovida por la minoría opresora que se ha apropiado de los medios de poder y compulsión.
Por un lado, la fuerza destructora de los oprimidos se termina expresando en forma de racismo, xenofobia y sexismo provocan, no sólo la identificación de los oprimidos con los opresores y explotadores, como destaca el propio Freud (2004), sino que los hace caer en una serie de ilusiones que impiden pensar nuestra condición de dominados y explotados, que nos impide luchar contra los enemigos de la vida. Y por otro, entre la clase media, “sus miedos y su falsa conciencia son compartidos por todos los que tiene algo que perder con el desmantelamiento del antiguo Estado nacional organizado por los poderes que controlan el mercado mundial” (Semprun, 2016: 116).
El problema de la transformación ya no se reduce a la incapacidad de encontrar o crear los contenidos y la forma de la revolución social para el tiempo actual. Bajo el malestar difuso que domina en el hoy, hemos llegado a una situación donde una buena parte de la sociedad contemporánea no quiere el cambio, lo descarta de antemano porque le resulta imposible e impensable “la impotencia reflexiva conlleva una visión de las cosas tácita” (Fisher, 2019: 49). Además, rechaza cualquier acto que implique confrontación, rehuye los antagonismos y se ha vuelto enemiga de la violencia que no provenga del Estado, es decir, que no esté legalizada y legitimada por el gobierno en turno. Se ha configurado un “hedonismo nihilista” (Fisher, 2019: 21), donde la posibilidad del fin de nuestra especie es más deseable que la destrucción de las relaciones sociales que nos hacen miserables, situación que se ha vuelto “algo más parecido a una atmósfera general que condiciona no sólo la producción de cultura, sino también la regulación del trabajo y la educación, y que actúa como una barrera invisible que impide el pensamiento y la acción genuinos” (Fisher, 2019: 41);
La clase media es esta parte de la sociedad que se niega siquiera a abrirse a la posibilidad de pensar en algo diferente, que ha interiorizado la dominación y la explotación, al grado de que es la primera línea de defensa de la alineación social, confirma todos los días que “en una sociedad donde nadie puede ser reconocido por los demás, cada individuo se vuelve incapaz de reconocer su propia realidad […] la separación ha establecido su mundo” (Debord, 2017: 125-126), de ahí que se posicione desde un “sentimentalismo de consenso […] [que] reemplazó al antagonismo de las luchas” (Fisher, 2019: 104). Al relacionarse de manera acrítica y ahistórica con su realidad, la clase media decide no estar en conflicto con el Estado ni cuando éste realiza una masacre, desaparece personas o tortura todos los días en sus prisiones, la razón de Estado les permite voltear la mirada, además, de una falsa percepción de que al voltear la mirada a lo que ocurre o guardar silencio se está en mejores condiciones para sobrevivir a la guerra civil legalizada que aunque ignora, sabe que existe. Incluso en la actualidad, la sumisión al más fuerte ya no se reduce al gobierno en turno; eleva al rango de legal y legitima la violencia que imponen los carteles, bandas armadas o ejércitos de mercenarios que sostiene las economías capitalistas ilegales como la droga y el tráfico de cuerpos; violencia que se despliega para imponer una nueva ley, que con todo y todo, sigue siendo la de la acumulación y la producción de mercancías.
Mientras que la violencia asimétrica que proviene de los oprimidos, de los débiles, que no se configura para imponer nada, que es negativa, que es el rechazo de todas las nocividades, por tanto, también es la afirmación de lo negado: la vida, es condenada, criminalizada y ni siquiera se le comprende. A la clase media no le importa sacrificar la libertad con tal de tener seguridad, no le importa renunciar a vivir mediante el trabajo sin descanso con tal de poder consumir, no ve problema habitar el mundo de lo falso y las apariencias mientras que eso le permita eludir la responsabilidad sobre sus problemas y sobre el destino de su vida, en
… esta «tierra quemada» en la que los nuevos sufrimientos se disfrazan con nombre de viejos placeres, y donde la gente tiene tanto miedo. Van dando vueltas en las noches y son devorados por el fuego. Se despiertan espantados y buscan a tientas la vida. Corre el rumor de que quienes la expropiaban, para colmo la han perdido (Debord, 2000: 59).
La clase media, sus medios de comunicación y su academia, en tanto partido de la estabilidad es “la alianza entre la sumisión y la falta de clemencia, entre el conformismo y la irresponsabilidad, es lo que define a la mentalidad totalitaria” (Semprun, 2016: 57), de ahí que sólo comprende y justifica la violencia que sirve para para defender el derecho y el poder existentes o para imponer un nuevo derecho y un nuevo poder, actitud miserable que refleja “una sociedad cada vez más enferma pero cada vez más poderosa [que] ha creado en todas partes el mundo concretamente como entorno y decoración de su enfermedad, como planeta enfermo” (Debord, 2006a: 79). En este sentido, “hablar del mundo actual como un cadáver en descomposición no es un fácil recurso retórico. Es una imagen, pero una de las que ayudan a imaginar con precisión” (Semprun, 2016: 29), por lo mismo,
… no es plausible la anatomía de una carroña cuando el estado de putrefacción difumina sus contornos y confunde sus órganos. Llegada la situación a ese punto, parece que hay cosas mejores que hacer como, por ejemplo, alejarse de ella en busca de brizna de aire fresco para respirar y recobrar el sentido, o si no, ya que la mayoría no tiene otra escapatoria, atrofiar la percepción del hedor de tal forma que al final todos se adapten a él, y hasta se diviertan y fascinen ante tanta, tan variada y tan cambiante descomposición, ante tanta fermentación inhabitual y ante tantos gorgoteos lúdicos hinchando con su exuberancia la carroña social (Semprun, 2016: 29-30).
De lado de los excluidos, de los que sobran de acuerdo a los intereses del capital, no todo es antagonismo social. El caos y la miseria, por sí mismos, no necesariamente son terreno fértil para la irrupción de luchas, en algunos casos, como consecuencia de la colonización sobre la vida, la capacidad de pensamiento se nubla, se genera una incapacidad para saber de qué lado están los hermanos de cadenas y de qué lado están aquellos que se benefician de la dominación. Uno de los principales objetivos del partido de la estabilidad es producir banalidades, conformismo y diletantismo,
la domesticación por el miedo posee un arsenal de realidades macabras para poner en imágenes y de imágenes macabras con las que fabricar la realidad. De esta forma, contemplamos […] un mundo imprevisible donde la verdad no tiene valor porque no sirve para nada (Semprun, 2016: 89).
La pretensión es crear confusiones de tal manera que se impida ver las diferencias entre los lados, haciendo coincidir a los excluidos con los intereses de los opresores. Así, los oprimidos dejan de ver a los capataces, patrones y policías como sus contrarios; además, “la adhesión al consenso es el producto espontáneo del sentimiento de impotencia, de la ansiedad que conlleva y de la necesidad de buscar protección de la colectividad organizada mediante un mayor abandono a la sociedad total” (Riesel y Semprun, 2011: 109). Las ideologías impiden la sensatez del pensar, evita tener claridad sobre los enemigos, aquellos que dominan, matan y explotan, y contra los cuales es válido utilizar cualquier medio,
… lo que aflora, más que la conciencia, es el conocimiento inútil del desastre que se impone […] El simple hecho de recordar la miseria y el terror de la vida real pasa ya por ser indicador de un resentimiento que aburre y, en cuanto se argumenta con mayor precisión un juicio crítico, enseguida se toma por un inadmisible ataque ad hominem (Semprun, 2006: 103).
La sensatez que da el rencor de clase y la necesidad de venganza producto de la memoria viva de todos los agravios sufridos han sido las mejores armas del pensamiento radical y es justo lo que en la actualidad se le ha despojado a los sujetos que son negados como resultado de la formas de dominación contemporáneas, de la separación social que ha ocupado el lugar de las relaciones sociales auténticas y creativas, conformando, además, una cultura que “privilegia lo presente y lo inmediato: la anulación del largo plazo se extiende tanto hacia atrás como hacia adelante en el tiempo” (Fisher, 2019: 994-95).
Despojado de sus armas la teoría crítica, la tarea de pensar se ve como parte de un ejercicio situado en la esfera privada de la vida o como un empleo que requiere un proceso de especialización, convirtiéndose en una labor profesional. La posibilidad de que el pensamiento sirva para negar o defender algo relacionado a la realidad se difumina en una opinión o una interpretación que, además, se le impide tener expresión práctica, que es la que podría llevar a tener un efecto transformador en la realidad misma. Al despolitizar el pensamiento y quedar desprovisto de sus armas para la crítica, éste decae en ideología, es decir, un conjunto de ideas ajenas al análisis histórico de la realidad, por tanto, configura una relación esquizofrénica entre lo que cree que es y lo que ocurre en realidad, que en la época actual se trata de que todo pensamiento no desemboque más que en “la propagación del voluntarismo mágico [productor de un] emprendurismo psíquico” (Fisher, 2019: 137).
La ideología como la esquizofrenia da cuenta de un sujeto social que al serle incomprensible o insoportable su mundo no lucha contra él, sino que decide suplantarlo por otro pero con la finalidad de adaptarse, de hacer soportable su realidad, todo ello mediante un conjunto de presupuestos que le evitan experimentar las contradicciones, antagonismos o tensiones del momento histórico, para elevarse a un falso mundo de ideas, a un ideal de certezas gracias a las respuestas, creadas a priori, que le aporta su ideología. Así, para los sujetos encadenados por la ideología, “la idea de que el mundo en el que vivimos es una ilusión solipsista que se proyecta desde el interior de nuestra mente nos resulta consoladora más que perturbadora: es una idea conforme a nuestras fantasías infantiles de omnipotencia” (Fisher, 2019: 91).
Las derivas del pensamiento desprovisto de una perspectiva radical: el pensamiento especializado, es aquel que se expresa desde la singularidad y desde la particularidad, modos de teorizar presentes sobre todo en la academia. Lo que caracteriza principalmente al pensamiento especializado es que ignora
… el punto de vista total de la sociedad moderna. El fetichismo de los datos enmascara la categoría esencial y los detalles hacen que se olvide la totalidad. De esta sociedad se dice todo, salvo lo que en realidad es: mercantil y espectacular (Internacional Situacionista, 2018a: 38).
La particularidad es la creencia de que a partir de enfocarse en un fragmento de la realidad se pueden dar conclusiones generales, es el camino de la hiperespecialización y el expertismo que separa la tarea de pensar de las implicaciones unitarias que se expresan en la vida cotidiana, que deshistoriza y despolitiza cualquier planteamiento al desvincularlo de la totalidad social, requiere, personas dedicadas de tiempo completo a la tarea de teorizar, las cuales han construir un camino que
… esclarece bien la relación moderna entre la catástrofe y la competencia de quienes la han preparado. Nos hemos desengañado de la idea de que el conocimiento debería ser juzgado por sus efectos prácticos […] Lo que califica al experto moderno es justamente el estar implicado en la producción de la catástrofe (Semprun 2006: 38-39).
La fragmentación del pensamiento de la historia que provocan las disciplinas de las ciencias sociales fortalecen permanentemente la tendencia a la particularidad, por eso “toda disciplina devenida autónoma debe desplomarse, en primer lugar en cuanto pretensión de explicación coherente de la totalidad social, y finalmente incluso en cuanto instrumentación parcelaria utilizable dentro de sus propias fronteras” (Debord, 2017: 106-107). Queda al descubierto que
… la consecuencia de la crisis de la cultura moderna es la descomposición ideológica. Sobre estas ruinas no puede construirse nada nuevo, y el simple ejercicio del espíritu crítico deviene imposible. Cada juicio choca contra los otros, cada uno se refiere a restos de sistemas generales desalentados, o a imperativos sentimentales personales (Debord, 2019: 62-63).
La singularidad es el arma del pensamiento débil y reaccionario, donde una “élite de medio pelo se conforma con saber que casi todo es oscuro, ambiguo, «montado» en función de unos códigos desconocidos” (Debord, 1999: 72). Es la obstrucción de la toma de postura justo porque todas se consideran válidas, es el que niega la crítica porque todo es una interpretación o un relato entre muchos, es el que lleva el esfuerzo de pensar a la esfera de la vida privada, donde hay una opinión como personas hay en el mundo y donde aparentan ser importantes porque al final cada uno habla desde sí y nadie puede cuestionar lo que esa persona siente-piensa en su mundo privado, así se legitiman las posturas más reaccionarias e irracionales que surgen de la miseria de la vida cotidiana de la misma manera que surgió el fascismo de las ilusiones en las primeras décadas del siglo XX, “los amos que detentan la propiedad privada de la historia, bajo la protección del mito, la detentan ellos mismos en primer lugar bajo la forma de la ilusión” (Debord, 2017: 77). La caída en la banalidad y en las ilusiones, hay que reconocer, no es una cuestión sólo del presente, “la ciencia de la justificación mentirosa había hecho su aparición, naturalmente, desde los primeros síntomas de decadencia de la sociedad burguesa, con la proliferación cancerosa de las seudociencias llamadas «humanas»” (Debord, 1999: 52).
Al final, todo queda relativizado, cualquier argumento es rebajado al nivel de una publicación de Facebook o Twitter. El mundo de las apariencias termina dominando, y como dijo Debord (2017), la verdad se convierte en un momento de lo falso. Así, la universidad es el lugar “donde se venden a toda prisa los saldos de conocimientos estropeados y de segunda mano” (Debord, 2000: 27), de ahí a lo único que podemos aspirar es a que “todo lo que ocurre hoy en los anfiteatros de las escuelas y las facultades será condenado en la futura sociedad revolucionaria como ruido socialmente nocivo” (Internacional Situacionista, 2018: 41). Todo ello como consecuencia de que
… la escolarización prolongada se considera un postulado de bienestar y una conquista a pesar de todos los hechos constatables y abrumadores en sentido contrario, el menor de los cuales sería el de que los estudios llamados superiores, a los cuales se accede con facilidad gracias a los porcentajes de materias aprobadas en el bachillerato fijados administrativamente, no preparan para nada que merezca siquiera el nombre de oficio. Una escolarización como la de ahora no tiene por objeto obstaculizar el funcionamiento de una economía moderna, puesto que esta casi no crea más que puestos de trabajo neodoméstico, es decir los del sector «servicios», que abarcan desde el reparto de pizzas a la animación sociocultural (Semprun, 2016: 45-46).
Requerimos crear un lenguaje de la contradicción que dé cuenta de los cambios en la vida cotidiana. Un pensamiento que no se cierre sobre sí mismo, que incluso sepa utilizar las herramientas de la ironía. De este modo salir de las formas de pensamiento dominantes, ya que
… en el pensamiento especializado del sistema espectacular se opera una nueva división de tareas a medida que el perfeccionamiento mismo de este sistema plantea nuevos problemas: por un lado, la crítica espectacular del espectáculo es emprendida por la sociología moderna que estudia la separación con la única ayuda de los instrumentos conceptuales y materiales de la separación; por otro lado la apología del espectáculo se constituye en pensamiento del no-pensamiento, en asalariado del olvido de la práctica histórica, en las diversas disciplinas donde arraiga el estructuralismo como olvido titulado. Por tanto, la falsa desesperación de la crítica no dialéctica y el falso optimismo de la simple publicidad del sistema son idénticos en tanto que pensamiento sometido (Debord, 2017: 113).
La lógica dominante en los procesos de teorización no sólo se cristaliza en el pensamiento especializado, también, en ideologías de toda índole, desde el fascismo, pasando por el new age, “el utopismo simplón […, el] diletantismo místico” (Semprun, 2006: 53) y hasta llegar a los distintos izquierdismos pseudoradicales. A pesar de estar cada una separadas e incluso enfrentadas por elementos superficiales, en el fondo lo que buscan es que la realidad se subsuma a los designios, leyes y dogmas que postula su ideología, lo que le da a toda postura política convertida en ideología un carácter totalitario, puesto que se relacionan con el mundo bajo una apariencia de omnipotencia, no queda duda que “hasta la verdad puede adquirir un aire de superstición cuando es creída sin pruebas y repetida sin reflexión; y que siempre puede ser desnaturalizada por miserables que la utilizan como trampa para uso de los ingenuos” (Semprun, 2006: 52).
Dichas ideologías, que se expresan como teorías débiles y reaccionarias, y aquí tendríamos que reconocer a la ciencia como una ideología más,[1] al no ser capaces de promover otra cosa que fantasmagorías o planteamientos parciales que promueven contestaciones sociales donde no existen o contestaciones meramente simbólicas, lo que en realidad se evita es la confrontación real con el Estado y el capital, se apelan a enemigos ficticios o fáciles; se centran las iniciativas en posturas directamente funcionales para la reproducción de la sociedad mercantil, confundiendo emprendurismo con autogestión, utilizando el adjetivo radical en cualquier acción, sentimiento o enunciado, sin analizar los contenidos que conllevan, más si somos conscientes de que en un momento histórico dominado por las apariencias, lo que se presume como crítico o subversivo casi nunca lo es, sus contenidos, en cambio, son los de la “ideología de la clase dominante ha perdido toda coherencia por la depreciación de sus sucesivas concepciones del mundo, lo que la inclina al indeterminismo histórico […] El objetivo principal de la ideología de la clase dominante es, pues, la confusión” (Debord, 2019: 62-63).
Habitualmente eso que se nombra como crítico o radical, se piensa que procede de un afuera abstracto de la sociedad capitalista, patriarcal, estatal y colonial, no son capaces de ver la contradicción en la historia o lo ven como algo dañino para la pseudo-pureza de ese afuera abstracto, no se reconoce que en un mundo saturado de apariencias y separaciones sociales, lo más cotidiano es utilizar y reproducir los contenidos de la dominación, donde justo lo peligro es no darse cuenta de ello y creer que se está en otro lugar, más allá de todo conflicto, una señal que lo demuestra es que además de todo, se le exige a las personas en general “ser conscientes de su situación real, pero en seguida se cayó en la cuenta de que la conciencia de la que ellos hablaban, como la moral de los curas, dejaba el mundo intacto” (Semprun, 2006: 15). La identificación con pseudo-purezas oculta el carácter negativo que tiene la teoría crítica, la cualidad de negar de modo concreto, es decir, histórico, el mundo, no para elevarse sobre él, sino para destruirlo, confrontarlo.
La pseudo-radicalidad es un recurso que fortalece el orden social, porque abandona una postura revolucionaria, la única forma de afirmar y proponer la abolición de toda forma de opresión, propuesta que siempre surge de modo universal. Cuando se sustituye en el presente una postura revolucionaria por argumentos a favor de la deconstrucción privada de las subjetividades o se contentan con generar procesos performativos en los sujetos sociales, son los amos de la sociedad los que hablan, cuando eso se expresa en el mundo activista y militante estoy de acuerdo con Bakunin que eso significa que en esos sujetos “no queda absolutamente nada del pensamiento, de la esperanza, o de la pasión revolucionaria en las masas; y, cuando faltan estas cualidades hasta los esfuerzos más heroicos deben fracasar y nada puede lograrse” (2017: 415-416).
Cuando se descalifica la reflexión sobre y contra el mundo de un ser humano cualquiera sin cualidades, porque se presupone que hay voces privilegiadas y voces no privilegiadas para tocar ciertos temas, es la ideología neoliberal la que habla a través del hombre burocrático, porque es quien siempre ha insistido en que sólo debe tener valor la opinión de los expertos o especialistas, olvidando que justo un mundo libre es tal porque toda las personas podrán intervenir de manera utilitaria en la conformación de su mundo, en su esfera pública, de igual a igual, rompiendo la distancia entre el yo y el mundo, no en vano
… el culto a la objetividad científica impersonal, al conocimiento sin sujeto, es la religión de la burocracia. Y entre sus devociones favoritas figura por motivos obvios la estadística, ciencia del Estado por excelencia […] que fue también la primera, como señaló Mumford, en aplicar a gran escala en la educación la uniformidad y la impersonalizad del sistema moderno de escuela pública (Riesel y Semprun, 2011: 92-93)
Se olvida casualmente que “la ignorancia y el oscurantismo […] prosperan como nunca desde que hay expertos en todo” (Semprun, 2006: 39). Se olvida, también, que cuando se ponen por delante a voces autorizadas para evitar tomar postura contra o a favor de la totalidad social, se reproduce una actitud propia de la lógica dominante actual en la cual “ya no hay responsables de nada, o más bien todo el mundo lo es de todo, lo que viene a ser lo mismo” (Semprun, 2006: 71). Se olvida que el pensamiento radical no emerge del optimismo, sentimentalismos irracionales, nihilismo hedonista, ni de ninguna fe en el progreso;
… no es el momento de actuar como diletantes con las ideas o de trastear con los hechos. Lo indeterminado, la duda, sólo son productivos en relación con lo determinado, lo cierto; si no, son tan estériles como una confianza ciega. Si no se quiere reconocer nada como nuevo y desconocido, se tiene un pensamiento dogmático, pero si no se quiere dar nada por conocido y aceptado, sólo se puede tener un pensamiento inconsistente. Se suma uno así a la multitud de los que dudan no para tomar partido de una vez sino para escaquearse: ésos, con la cabeza bajo el hacha, se preguntan si acaso el verdugo no es también un hombre (Semprun, 2006: 94).
El lugar del pensamiento crítico no son los aires tranquilos que creen que todo saldrá bien, es un rechazo unitario de la sociedad espectacular-mercantil y el poder jerárquico, un rechazo que no se consuela con decir no, que no le basta hacer un diagnóstico detallado de la destrucción y la catástrofe. En el tiempo del ahora nuestro único punto de partida es sabernos derrotados, pero con la conciencia de que para los propietarios de la sociedad su victoria, como cada victoria de los dominadores, nunca es definitiva. La conciencia histórica de la derrota de nuestra clase[2] expresada en forma de una memoria insurrecta es la energía melancólica de la revolución social del fin del mundo; revolución melancólica que será la única capaz de crear un mundo nuevo, para nada más, pero tampoco nada menos, que para poder vivir.
ALGUNAS PISTAS EN LA BÚSQUEDA DE UNA TEORÍA RADICAL
ésta es la derrota de nuestro bando.
Las tinieblas se espesan. Las fuerzas se agotan.
Mira, después de tantos años de esfuerzos,
dónde estamos: peor parados que al principio.
El enemigo nunca había sido tan poderoso.
Parece invencible y lleno de recursos.
Hemos cometido errores, no lo negamos.
Nuestras filas ralean.
Nuestro lenguaje se defiende mal de la confusión,
y palabras que eran nuestras se han pasado al enemigo.
Lo que hemos dicho ¿es falso de ahora en adelante,
en parte o totalmente?
¿En quién seguir confiando? ¿Somos unos desheredados?
¿Rechazados del río de la vida? ¿Vamos a quedarnos atrás
sin comprender a nadie y sin ser comprendidos?
¿Nos queda una oportunidad?
¡Cuántas preguntas haces! ¡No esperes
otra respuesta que la tuya![3]
El declive de la civilización capitalista no lo estamos viviendo como se pensó en las novelas distopicas o posapocalipticas. No ha sido el paso a un nuevo orden social donde todo está bajo control, capaz de configurar una dominación totalitaria ausente de conflictos, violencia y contradicciones. Tampoco es siendo un colapso donde de un momento a otro pasamos al caos absoluto; “la catástrofe […] se la vive a medida que transcurre. El desastre no tiene momento puntual. El mundo no termina con un golpe seco: más bien se va extinguiendo, se desmembra gradualmente, se desliza en un cataclismo lento” (Fisher, 2019: 23). Eludir una concepción de la catástrofe bajo este ángulo, confirma
… las cosas que la gente no tiene ganas de escuchar, que no quiere ver aun cuando estén bien a la vista son entre otras las siguientes: primero, que todos los perfeccionamientos técnicos que han simplificado la vida hasta eliminar de ella casi todo lo realmente vivo fomentan algo que ya no es una civilización; segundo, que la barbarie surge, como algo natural, de esta vida simplificada, mecanizada y sin espíritu; y, tercero, que, de todos los resultados terribles de esta experiencia de deshumanización a la que la gente se ha prestado de buen grado, el más aterrador de todos es el de su prole, ya que este es el que, en resumidas cuentas, ratifica todos los demás (Semprun 2016: 43-44).
La culminación y quiebre de la civilización capitalista no es obra de unas supuestas leyes de la historia, no ocurrió sólo porque sí, tampoco había un final predestinado, mucho menos es una conspiración planeada y realizada por una élite oculta que opera por encima de todo y tiene los hilos del mundo bajo su control; lo que experimentamos es un estado de excepción permanente donde “el ultraautoritarismo y el capital no son de ninguna manera incompatibles: los campos de concentración y las cadenas de café coexisten perfectamente […] el espacio público ha sido abandonado” (Fisher, 2019: 22). En este sentido,
… la cultura murió hace tiempo y la sustituyó un sucedáneo burocrático e industrial. Por eso todo aquel que hable de la cultura –o de arte, o de recuperación de la memoria histórica– sin referirse a la transformación revolucionaria de la vida social tiene en la boca un cadáver. Toda actividad en ese campo ha de inscribirse en un plan unitario de subversión total; por consiguiente toda creación será fundamentalmente destructiva. No ha de rehusar el conflicto, ha de plantearlo y permanecer en él (Amorós, 2005: 208).
La única manera de recuperar el espacio público para disolver la cultura convertida en una mercancía más, es recuperando la vida que se nos niega todos los días a través de trabajo, que nos convierte en una mercancía más; a través de la obediencia que nos hace esclavos, ese innombrable del que hablaba La Boétie (2008), que ya no es persona porque padece la desventura de haber perdido su libertad y que será restablecido como individuo solamente al autocrearnos como “el sujeto de la historia [que] no puede ser sino lo viviente produciéndose a sí mismo, convirtiéndose en dueño y poseedor de su mundo que es la historia y existiendo como conciencia de su juego” (Debord, 2017: 36).
Pero si de explicarnos la razón de la descomposición de los tiempos modernos se trata, debemos reconocer que ésta deviene únicamente del hecho de que “en otro tiempo fuimos vencidos. Ahora nuestros vencedores han dado todo de sí, y se produce el naufragio […] hemos entrado en la fase de agonía de la civilización de la mercancía” (Semprun, 2006: 54-55), provocando un contexto de desolación que ha facilitado, además, la proliferación de “la superstición y la religión, los primeros recursos del desamparo” (Fisher, 2019: 23), que obstaculiza la configuración de herramientas prácticas y teóricas para hacerle frente; oculta o margina las que ya existen, entonces habrá que esforzarnos, también, en crear “la posibilidad de difundir una crítica radical a las condiciones de vida dentro de la sociedad mercantilizada en desarrollo” (Amorós, 2019: 288).
La construcción de una nueva crítica social de un tiempo del ahora que se realizará actualizando las reflexiones de lo más radical del pensamiento crítico de las épocas anteriores, articulando los atisbos radicales del presente y que se potenciará al “tener ahora la totalidad como objeto y como objetivo. Debe referirse indisolublemente a su pasado real, a lo que es efectivamente y a las perspectivas de su transformación” (Internacional Situacionista, 2018a: 59), instituyendo
… un cardiograma de la realidad cotidiana que os permitirá elegir vuestro bando a vosotros mismos, a favor o en contra de la miseria actual, a favor o en contra del poder que, al tiempo que se apropia de vuestra historia, os impide vivir. Os toca jugar (Asociación Federativa General de «Estudiantes» de Estrasburgo, 2018a: 90).
No queda otra opción, necesitamos “que las ideas vuelvan a ser peligrosas” (Internacional Situacionista, 2018b: 108), y para que esto suceda no se puede prescindir de la memoria, ya que sólo ésta puede comprender “las huellas del pasado conservadas en el presente, recreará la Historia «desformalizando» su tiempo, es decir, desmontando su estructura lineal, continuista y cuantitativa. La Historia es ante todo Memoria” (Amorós, 2016: 27). La memoria no es la búsqueda de un recuerdo para intentar recomponerlo y que todo vuelva a ser como antes, significa la creación de un territorio en la imaginación que sirve para potenciar la resistencia, para darnos fuerza, inspiración desde la melancolía revolucionaria. La memoria sirve para mantener vivo lo humano que todavía queda y vale la pena defender frente a las mercancías, el olvido es la muerte. La memoria nos evita caer en lo que ya fue, nos sitúa en un ahora-tiempo crítico, es decir, abierto.
El pensamiento crítico entonces se instituye como pensamiento de la historia, como lenguaje de la contradicción, así el conocimiento de nuestra sociedad se configura desde una perspectiva negativa, “la verdad de esta sociedad no es otra cosa que la negación de esta sociedad” (Debord, 2017: 115), que puede plantearse como una nueva teoría de la sociedad actual, que no sea copia sino que su despliegue se deba a que pueda vivirse y practicarse por una comunidad humana, de modo integró, que al ponerse de frente a las ideologías de los partidos del orden y la estabilidad, “una teoría crítica exacta es que enseguida hace que todas las demás parezcan ridículas” (Debord, 2017: VII).
La memoria crítica que le dé movimiento a esta nueva teoría radical implica una “crítica unitaria de la sociedad, es decir, una crítica que no pacta con ninguna forma de poder separado, en ningún lugar del mundo, y una crítica pronunciada globalmente contra todos los aspectos de la vida social alienada” (Debord, 2017: 70), la cual tiene la obligación de crear sus propias respuestas prácticas, accediendo al reconocimiento de que “la teoría revolucionaria es ahora enemiga de toda ideología revolucionaria y sabe que lo es” (Debord, 2017: 71).
Después de dos ofensivas revolucionarias contra la sociedad de clases –la primera protagonizada por las trabajadoras y los trabajadores durante el siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX; y la segunda ocurrida entre las décadas de 1960 y 1970 con las mujeres, jóvenes, estudiantes, trabajadores como protagonistas–, los propietarios de la sociedad en alianza con el partido de la estabilidad han dispuesto una buena parte de sus energías a imposibilitar ya no sólo un nuevo momento de antagonismo revolucionario de escala mundial, sino evitar la conformación misma de una comunidad de lucha dispuestos a batirse una vez más por la abolición del mundo de las mercancías y el Estado.
Las dos derrotas históricas para nuestra comunidad de combate significan un necesario punto de partida para la reflexión, puesto que “el razonamiento sobre la historia es, inseparablemente, razonamiento sobre el poder” (Debord, 2017: 78). El partido del orden salió fortalecido después de dos victorias, ahora ya no se plantea lidiar con una próxima oleada revolucionaria en el mundo, sino que se propone evitar la conformación misma de posibilidades revolucionarias, su estrategia contrainsurgente está dispuesta a evitar la conformación de un proyecto revolucionario y de un sujeto que lo encarne. Es una guerra de amplio espectro de carácter preventivo, por tanto, actúa como si el peligro ya estuviera aquí, se plantea inhibir, cooptar o eliminar cualquier riesgo desde antes que se presente. El resultado es un despliegue generalizado de la violencia y el terror en regiones como América Latina o el Medio Oriente, y la conformación de una no-vida caracterizada por la renuncia y el conformismo en regiones como Europa o Estados Unidos.
Las pocas experiencias que contienen una perspectiva revolucionaria se encuentren aisladas y los procesos de contestación reales se expresan de modo fragmentario, “la negación se ha visto tan enteramente despojada de su pensamiento que se ha dispersado hace mucho. Sólo queda de ella una amenaza vaga, aunque muy inquietante” (Debord, 1999: 97). Al ser parte del frente derrotado, nos hemos quedado sin medios prácticos y teóricos para combatir de manera efectiva a nuestro enemigo, además, la derrota ha sido tan contundente que ni siquiera hemos sido capaces de realizar un balance histórico suficiente para reconocer antes que nada, que partimos de la derrota, sólo así se evitará caer en el error que un balance de las dos ofensivas revolucionarias contra la sociedad de clases implica imitar lo que fue, “para la crítica revolucionaria no se trata de dar rienda suelta a una nueva versión del pasado, sino de demostrar cómo el movimiento real se desprende de él” (Los Incontrolados, 2014: 71).
Nuestro impulso inicial en lo teórico y lo práctico debe ser defensivo, con la perspectiva de crear nuevos medios para el combate, es decir, crear un movimiento con las capacidad de “batirse en retirada sin dejar de combatir es el comienzo del avance victorioso” (Semprun, 2006: 56). Esos medios implican la construcción de un proyecto que aglutine la forma y contenido de la revolución social del fin del mundo, esto es, la postura y la acción organizada y estratégica capaz de crear un momento nuevo de la guerra social contra la sociedad de clases en un contexto donde la destrucción de la naturaleza, nos plantea un solo camino:
«Revolución o muerte»: esa consigna ya no es la expresión lírica de la conciencia rebelde, sino la última palabra del pensamiento científico de nuestro siglo. Y eso vale tanto para los peligros que corre la especie como para la imposibilidad de adhesión para los individuos (Debord, 2006a: 89).
Para enfrentarnos a la colonización total de nuestra vida cotidiana requerimos, antes que nada, reconocer contra qué estamos luchando y cómo debemos luchar en el conflicto histórico de los oprimidos contra los opresores, saber que “estamos forzosamente en el mismo camino que nuestros enemigos –precediéndoles, la mayoría de las veces–, pero debemos ser, sin ninguna confusión, enemigos. El mejor ganará” (Asociación Federativa General de «Estudiantes» de Estrasburgo, 2018b: 94). La memoria y la reflexión crítica es lo único capaz de dotarnos de una teoría radical que nos encamine a negar de manera total la alienación social,
… el pensamiento de la historia, la dialéctica, el pensamiento que ya no se detiene en la búsqueda del sentido de lo existente, sino que se eleva al conocimiento de la disolución de todo lo que es; y en el movimiento disuelve toda separación (Debord, 2017: 36).
Un pensamiento radical expresado mediante un lenguaje histórico, es decir, desde el lenguaje de la contradicción, que esté en busca de una práctica social radical, práctica social radical que busque, también, su propio pensamiento vivo y en devenir, es decir, “crítica teórica de la sociedad moderna […] crítica en actos de esa misma sociedad […] Esas dos críticas se explican la una a la otra, y cada una es inexplicable sin la otra” (Debord, 2006b: 15). Sabemos, después de todo que
la historia no se puede salvar más que por la abolición del trabajo-mercancía. Y nunca antes la conciencia histórica había tenido tan urgente necesidad de dominar su mundo, por el enemigo que está antes las puertas ya no es la ilusión sino su muerte (Debord, 2006a: 83)
La catástrofe que vemos por delante, pero que en realidad ya está aquí, imponiendo la guerra contra la vida en todas sus formas, nos tiene paralizados para actuar y para pensar, la alienación social abarca cada dimensión de la vida, que parece que todo lo que imaginamos es una trampa del sistema, que estamos tan inmersos en este mundo que lo reproducimos hasta el más mínimo detalle, por tanto, aparece la culpa para descalificar cualquier crítica y acción de rechazo de nuestra no-vida y para autodecalificarnos cualquier intento de rebeldía, aludiendo a una supuesta falta de legitimidad para decir o hacer algo que se oponga a estado de cosas imperante, sin embargo, a pesar de que “se nos objetará la vulgaridad de que nadie escapa a las condiciones presentes […] En cambio, nadie está obligado a adaptarse intelectualmente, es decir, a aceptar que ha de «pensar» con las categorías y en los términos que impone la vida administrada” (Riesel y Semprun, 2011: 56-57). Siempre nos queda nuestra capacidad para imaginar
… el papel de la imaginación teórica sigue siendo el de discernir, en un presente aplastado por la probabilidad de lo peor, las diversas posibilidades que no por ello dejan de estar abiertas. Atrapados como cualquiera en el interior de una realidad tan inestable como violentamente destructiva, que nos parece apropiado para resistir: que la acción de unos pocos individuos, o de grupos humanos muy reducidos, puede tener, con un poco de suerte, rigor y voluntad, consecuencias incalculables (Riesel y Semprun, 2011: 130).
Así, bajo la apariencia de que todo parece perdido y creemos que ya no queda ninguna confianza, sólo podemos tener seguridad de una cosa, “hoy en día el miedo está en todas partes, y no vamos a salir de él más que confiándonos a nuestras propias fuerzas, a nuestra capacidad de destruir toda alienación existente” (Debord, 2006a: 88), porque
… contrariamente a las entonaciones de los espectadores de la historia, que tratan de establecerse como estrategas en sirio, ni la teoría más sublime puede jamás garantizar el acontecimiento, sino que, por el contrario, el acontecimiento realizado es el garante la teoría (Debord, 2000: 51).
Ahora, lo urgente para lograr construir los medios de nuestra defensa, que nos permitan retroceder combatiendo, preparando siempre la contraofensiva, una tarea imprescindible es crear una “crítica unitaria de la nocividad” (Encyclopédie del Nuisances, 2003: 43) que nos permita
… contribuir a la elaboración y a la difusión de un lenguaje crítico común que, permitiendo al movimiento contra los efectos nocivos denunciar todas las especializaciones dominantes, lo haga capaz de conocerse a sí mismo como oposición radical al conjunto de una determinada organización de la existencia (Alianza por la Lucha contra toda Nocividad, 2003: 29).
Conformando una “perspectiva revolucionaria [se] podría poner toda la energía latente generada durante los de represión al servicio de su voluntad para vivir” (King Mob, 2014: 121). Como lo ha hecho la tradición de los oprimidos (Benjamin, 2008) a lo largo del devenir histórico de lucha contra toda forma de dominación, tradición que encima nos recuerda que siempre debemos estar “decididos a no permitir que nadie insulte a nuestros muertos” (Guillaume, 2017: 54), reafirmar en todo momento una perspectiva revolucionaria nos acerca a una concepción histórica que entiende que “la Historia es trágica, puesto que en su seno se incuban y desarrollan contradicciones que no se resolverán más que en la lucha violenta. Destruye, disuelve, aniquila, hasta revelar al final su sentido” (Amorós, 2016: 17). Además, en el teatro de la guerra social, el pensamiento crítico se supera como “la teoría de la acción histórica. Es hacer que avance ahora que ha llegado el momento, la teoría estratégica” (Amorós, 2014: 10).
La teoría estratégica para el tiempo actual debe dejar claro que una nueva perspectiva revolucionaria no debe olvidar nunca más que en una revolución social no basta deshacerse del opresor, se tiene que destruir de manera total la posibilidad misma que pueda existir una vez más algún dominador, no debe quedar ningún vestigio de sus relaciones sociales, significaciones, tiempo, espacio, prácticas e instituciones, sólo la memoria de que en algún momento del devenir humano hubo amos y esclavos, dominadores y dominados, explotadores y explotados, y nunca más se permitirá su existencia, porque no podemos aspirar a menos que a la apropiación total de nuestra historia.
BIBLIOGRAFÍA
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Notas
[2] Para Guy Debord (2017) “La constitución de la clase proletaria en sujeto es la organización de las luchas revolucionarias y la organización de la sociedad en el momento revolucionario: es allí donde deben existir las condiciones prácticas de la conciencia, en las cuales la teoría de la praxis se confirma convirtiéndose en teoría práctica” (45-46).
[3] Jaime Semprun (2006). La culminación de los tiempos modernos. Bilbao: Muturreko Burutazioak.