NOTAS Y DEBATES DE ACTUALIDAD

Protegiendo la autonomía de la democracia

Protecting the autonomy of democracy

Gustavo ESTEVA
Universidad de la Tierra, México

Protegiendo la autonomía de la democracia

Utopía y Praxis Latinoamericana, vol. 25, núm. 91, pp. 253-265, 2020

Universidad del Zulia

Recepción: 15 Mayo 2020

Aprobación: 22 Agosto 2020

Resumen: Se muestra el carácter despótico y oligárquico del estado-nación democrático y de las ideas dominantes sobre la democracia. A partir de una crítica radical de esa historia de dominación, se analizaron los caminos diversos donde mujeres y hombres comunes, a ras de tierra, construyen democráticamente su autonomía, en un empeño decolonial. Su lucha contra el patriarcado, el capitalismo, el estatismo y el antropocentrismo, está creando el mundo donde caben muchos mundos desde donde sugirieron los zapatistas. En suma, se hizo un análisis teórico e histórico de la democracia occidental compartiendo experiencias derivadas de mi participación en diversos movimientos sociales y políticos que construyen desde abajo nuevas formas de existencia social.

Palabras clave: Autonomía, democracia, pluralismo radical, patriarcado.

Abstract: I will describe the despotic and oligarchic nature of the “democratic nation-state” and the dominant ideas about democracy. After a radical critique of that story of domination, I will examine diverse paths through which ordinary men and women, the salt of the earth, democratically construct their autonomy, in a decolonial effort. Their struggle against patriarchy, capitalism, statism and anthropocentrism is creating a world in which many worlds can be embraced, as the Zapatistas suggested. In sum, I will examine theoretically and historically western democracy and I will share experiences derived from my participation in very diverse social and political movements that are constructing, from the bottom-up, new forms of social existence.

Keywords: Autonomy, democracy, radical pluralism, patriarchy.

INTRODUCCIÓN

Exploro en este ensayo por qué la palabra ‘democracia’ se ha aplicado continuamente a sociedades y regímenes que nada tienen que ver con el significado original de la palabra: gobierno del pueblo. Argumento que las formas de organización social que se han denominado democráticas a lo largo de la historia están diseñadas para impedir el gobierno del pueblo. No se trata de fallas circunstanciales o de aspectos que pueden ser corregidos mediante reformas o perfeccionamientos. Tanto la versión griega original como la versión norteamericana moderna que se convirtió en modelo universal, así como las innumerables variantes socio-políticas que han adoptado la etiqueta democrática en los últimos dos siglos, son regímenes en que se otorga a diversas elites el manejo de dispositivos de control para impedir que “el pueblo”, en cualquiera de sus definiciones posibles, pueda asumir el gobierno de los asuntos comunes.

Argumento también que, en el siglo XXI, cuando se experimenta la agonía del estado-nación democrático como forma política del capitalismo y cunde una ola autoritaria que ya no requiere la fachada democrática para operar, se está produciendo también la emergencia de empeños localizados, a ras del suelo, que dan nueva vida a la palabra en lo que podría ser anticipo de una nueva era efectivamente democrática.

LA TRADICIÓN FORMAL

La idea de la democracia como forma de gobierno fue concebida en Grecia por varones misóginos que dieron a ese régimen político un diseño racista, sexista y excluyente. Se dio cierta intervención en los asuntos de gobierno a un número restringido de ciudadanos, todos ellos varones. Mujeres, esclavos y quienes no hablaban una lengua griega (los “bárbaros”) quedaban excluidos. Aristóteles ofreció muy buenas razones contra la democracia, al considerarla un régimen oligárquico propenso al despotismo.

Cuando se adoptó en Estados Unidos la idea democrática se respetó esa tradición. Fueron también varones misóginos quienes construyeron el régimen que se convirtió en modelo universal de democracia en la era moderna. En el nuevo régimen político, como expresaron los llamados Federalistas, no se debía entregar al pueblo el poder de gobernar. Consideraban irresponsable hacerlo, pues bajo esas condiciones ese poder caería en manos de demagogos separatistas y nunca se formaría la Unión Americana. Pensaban, además, que el pueblo no sabría cómo ejercer las complejas funciones de gobierno. Se le daría la posibilidad de influir hasta cierto punto en la orientación general del ejercicio del poder gubernamental, mediante su periódica participación electoral. Definieron el pueblo en forma racista y sexista, excluyendo a las mujeres y a las personas de color. Su diseño conservó buena parte de las estructuras coloniales que estaban abandonando.

Cuando se abolió la esclavitud en Estados Unidos, en la segunda mitad del siglo XIX, se empezó a llamar “democracia” al régimen republicano vigente y se incluyó a las personas de color en el procedimiento electoral. Las mujeres tuvieron que seguir luchando para conseguir el derecho al voto, que finalmente obtuvieron. Nada de esto democratizó el régimen político. Tampoco lo consiguió el sistema de frenos y contrapesos entre los tres poderes a cargo de los aparatos estatales, lo cual fue útil para equilibrar fuerzas entre los grupos de la elite que mantenían el control del sistema de gobierno pero en nada contribuyó a la “democratización” del sistema. En él, el poder del pueblo se transfiere siempre a una pequeña minoría del electorado, cuyos votos deciden el partido que ejercerá el poder gubernamental (no más del 25% del electorado elige al presidente de Estados Unidos). Un pequeño grupo, generalmente reclutado en las élites, promulga las leyes y toma todas las decisiones importantes.

En el curso del siglo XX aumentó continuamente la presión pública para democratizar la llamada democracia representativa y se establecieron poco a poco diversos procedimientos para aumentar la influencia del pueblo en los asuntos de gobierno, mediante la iniciativa (la posibilidad de que los ciudadanos presenten directamente iniciativas de ley al poder legislativo), la consulta (la construcción de la opinión colectiva), el plebiscito (la aprobación directa, por voto popular, de leyes, políticas o decisiones públicas) y la revocación del mandato (la posibilidad de remover de su posición a un gobernante). Este régimen de gobierno, llamado democracia participativa, sigue teniendo un carácter oligárquico.

La democracia representativa nació dentro del molde del estado-nación, la forma política del capitalismo, que marcó claramente sus límites. Al concluir las guerras de religión en Europa con la llamada Paz de Westfalia, en 1648, se le dio carácter institucional formal al elemento contractual que se había estado introduciendo en Europa desde el siglo XIII. El nuevo diseño nació como un régimen autocrático, como estableció la frase que se atribuye a Luis XIV, cuando en 1655 habría dicho al parlamento de París “El Estado soy yo”, a fin de refrendar la primacía de la autoridad real. El propio Rey Sol habría matizado esa postura en su lecho de muerte, cuando dijo: “Me marcho, pero el Estado siempre permanecerá”. Desde ese marco autocrático, en todo caso, se concibió la noción de la soberanía nacional, conforme a la tradición feudal asociada con la voluntad del soberano, pero con una variante: en vez de la concepción patrimonialista se le asoció con la integridad de los territorios nacionales.

El moderno estado-nación adoptó su forma actual a partir de la revolución francesa, al combinarlo con nacionalismo. Se desató así el proceso que absorbió paulatinamente todas las formas previas de estado y de nación. En poco tiempo, además, se percibió al nuevo diseño como la encarnación más completa y adecuada del modo industrial de producción, que sería, a su vez, la culminación natural de la evolución humana, el punto supremo del progreso. La revolución norteamericana le agregó otro componente: la ilusión de su aliento anti-colonial. El hecho real de que Estados Unidos se constituyó como resultado de una lucha por la independencia de poderes coloniales sirvió de antecedente para todos los pueblos que en el siglo XIX siguieron esa ruta y se constituyeron, uno tras otro, como estados-nación. En la segunda parte del siglo XX. Estados Unidos apareció como campeón y aliado de las luchas por la independencia nacional que desmantelaron los remanentes de los imperios europeos. En todos los casos se adoptó el diseño del estado-nación.

En las últimas décadas se ha formado una escuela de pensamiento que denuncia la marca colonial que configura modos de ser y de pensar tanto en colonizadores como en colonizados. Una de las formas principales de imponer esa marca ha sido la formulación y generalización de ciertas ilusiones que llegan a convertirse en palabras clave, verdades aceptadas o prejuicios comunes. Desmantelar a fondo esas ilusiones constituye una de las prioridades actuales.

La más perversa y profunda de las ilusiones dominantes es sin duda la patriarcal. Se ha arraigado por miles de años la convicción de que los hombres pueden crear sustitutos superiores de las creaciones naturales. Se forma así un “odio a la vida”, que no expresa un sentimiento sino una forma de pensar y comportarse que lleva a exterminar lo vivo para sustituirlo por algo artificial. Quizá el ejemplo más conocido es el de la destrucción de semillas nativas para sustituirlas por creaciones de Borlaugh o de Monsanto, para la revolución verde o los organismos genéticamente modificados, los transgénicos. Se ha producido ya una pérdida genética de muy graves consecuencias. Hay ejemplos en todas las esferas de la vida cotidiana y en todas las culturas.

La ilusión antropocéntrica es sólo una expresión más de la ilusión patriarcal. Se basa en la convicción, el prejuicio, la creencia o la hipótesis de que el ser humano es el centro del cosmos y el rey de la creación. Por tanto, se le atribuye el derecho de ejercer su dominación sobre todos los seres vivos y no vivos. Aunque hubo manifestaciones diversas de esta ilusión en el pasado, particularmente en el mundo occidental, se arraigó claramente en la modernidad, en particular cuando se empezó a atribuir a la razón y luego a la ciencia el papel y el lugar que antes se reservaban a Dios.

La ilusión del progreso es también muy antigua, pero sólo en la era moderna la fe en el progreso pudo dar significado y sentido a las nociones, métodos y sistemas dominantes. Aunque desde la década de 1950 esa ilusión fue paulatinamente sustituida por la del desarrollo como universalización del American way of life, el presidente Kennedy pudo todavía darle forma, en los años sesenta, bajo el manto de la Alianza para el Progreso. Sigue estando en el centro del sistema dominante, bajo muy diversas formas.

La ilusión del Estado como un árbitro secular, imparcial, entre clases, grupos étnicos e intereses, que traería prosperidad y justicia para todxs[1], se formó en Europa en el curso del siglo XIX y se extendió pronto al resto del mundo. Se le cultivó desde todos los puntos del espectro ideológico, incluso por quienes pretendían asignar al mercado algunas de sus funciones básicas. Aunque ha estado sufriendo deterioro en las últimas décadas, tiene todavía extendida vigencia.

Una de las ilusiones más claramente arraigadas en las sociedades modernas ha sido la de su carácter democrático. Ante la obvia contradicción entre la realidad y el sentido original de la palabra, se acota de diversas maneras la noción de democracia, reduciéndola a ciertos aspectos y procedimientos del sistema de representación. A final de cuentas, no se llamaría democracia a una sociedad en que el pueblo gobierne sino a aquella en que esté representado en forma apropiada, lo cual se presta a todo género de interpretaciones. No debe olvidarse que las muy poco democráticas sociedades de la esfera soviética se llamaban a sí mismas “democracias populares” y se consideraban más democráticas que las de la esfera occidental.

La liquidación del ejercicio autocrático característico de las monarquías y de los gobiernos imperiales de las colonias fue sin duda una conquista popular. La mayoría de la población consideró claramente preferible un régimen representativo que eliminaba los privilegios de reyes, nobles y colonizadores y que parecía dar a todas las personas la oportunidad de gobernarse a sí mismas. Esta ilusión fue cuidadosamente cultivada por los nuevos dirigentes, que trataron de ganar legitimidad y poder político al dar cauce y expresión a reivindicaciones populares.

LA EXTINCIÓN DEL ESTADO-NACIÓN DEMOCRÁTICO

Desde que nació, el capitalismo tuvo una vocación global que se expresó en todas las formas de colonialismo e imperialismo. Sin embargo, el estado-nación fue siempre la arena en que se aseguró su expansión. Al final del siglo XX, sin embargo, las fronteras nacionales se convirtieron en obstáculo para la llamada globalización. Las estructuras macro-nacionales, como la Unión Europea, no lograron resolver el problema. La nueva lógica de operación empezó a erosionar la sustancia misma del estado-nación. A lo largo de 200 años, la función principal de los gobiernos había sido administrar las economías nacionales, para crear y administrar los mercados y proteger al capital de sus propios excesos. Esta función se hizo cada vez más difícil, si no imposible, a medida que todas las economías quedaron expuestas a movimientos económicos transnacionales que ningún país o grupo de países puede controlar o regular. Se mantuvieron en todas partes los rituales nacionales y los estados-nación siguen siendo puntos de referencia, pero han desaparecido su razón de ser y la sustancia material que les daba realidad y estabilidad.

La progresiva disolución del estado-nación democrático es una consecuencia del hecho de que el capitalismo ha llegado a su propio límite interno. A partir de la década de 1970, la llamada revolución neoliberal desmanteló las conquistas acumuladas por los trabajadores en el curso de 200 años de lucha social. Están a la vista, en todas partes, las consecuencias de esta profunda transformación: contracción del empleo y el salario, reducción de las prestaciones de los trabajadores y deterioro de los servicios públicos, en particular los de educación y salud. Se produjeron así niveles de desigualdad sin precedente, con una concentración inédita, como ilustra el hecho de que 30 individuos posea más riqueza que casi cuatro mil millones de personas. El fin del capitalismo no es una buena noticia ni una oportunidad de emancipación, sino el deslizamiento a la barbarie, cuando un modo de producción se transforma en un modo de despojo y destrucción.

La mayor parte de lo que se produce en la actualidad en el mundo tiene carácter capitalista, pero el sistema ha perdido la capacidad de reproducirse. La arrogancia de la década de 1990, cuando se pensó que había llegado al fin de la historia por la asociación entre el capitalismo y la democracia liberal, liquidó a la gallina de los huevos de oro al concebir e implementar una nueva revolución industrial.

En el Foro sobre el Estado del Mundo organizado en San Francisco en 1995, líderes políticos y económicos como Mikhail Gorbachov, George Bush, Margaret Thatcher, Vaclav Havel, Bill Gates o Ted Turner comenzaron a referirse al mundo 20-80: cuando llegara a su término la revolución tecnológica sólo se necesitaría el 20 por ciento de la población para la producción. Al preguntarse que se haría con el 80% “sobrante”, Zbigniew Brezinski acuñó la palabra tetanimiento: se les ofrecería tetas y entretenimiento, la satisfacción de algunas necesidades básicas y oportunidades continuas de entretenerse.

El despojo acompañó siempre al capitalismo, pero la llamada acumulación originaria convertía en capital los bienes que despojaba al comprar fuerza de trabajo. El despojo actual no puede ya realizar esa operación en la escala requerida para la reproducción del capital. La especulación, el despojo y la destrucción compulsiva han reemplazado a la producción como fuente de acumulación de riqueza y poder. En el nuevo contexto, la fachada democrática que era la forma preferida para la operación del “libre mercado” no sólo resultó innecesaria sino contraproducente. Poco a poco fueron abandonándose los dispositivos del viejo diseño, hasta que sólo quedaron plenamente vigentes los dedicados al control de la población por medios directos o indirectos, que se reforzaron con el uso de las nuevas tecnologías informáticas.

Uno de los pilares fundamentales del estado-nación, resultado de una lucha prolongada por los derechos civiles y las libertades democráticas, fue la creación del estado de derecho. En el siglo actual, con los más variados pretextos –el terrorismo internacional, los cárteles…- se ha estado empleando la ley para establecer la ilegalidad y la impunidad en un estado de excepción no declarado. En vez del imperio de la ley, en que se aplican universalmente normas comunes y aceptadas, se ha establecido un régimen en que la ley se usa para someter a la población a las normas definidas por las élites.

Procedimientos de la democracia participativa, como la consulta, son actualmente empleados para consolidar ejercicios cada vez más dictatoriales, como ilustra ejemplarmente el caso de Víctor Orbán, que se refiere a su estilo de gobierno como una democracia iliberal. En numerosos países han surgido dirigentes como él que pretenden encarnar el descontento general con “el sistema” y prometen desmantelarlo. Aunque lo hacen sólo para consolidar su propio ejercicio autoritario, logran mantener una amplia base social, en la que cultivan una mentalidad de sobreviviente, habitualmente racista y sexista, bajo el supuesto de que en la crisis actual no todxs podrán sobrevivir. También cultivan esa base social con la “emoción patriótica”, que no es propiamente la propuesta de proyectos auténticamente nacionales sino la apelación a sentimientos profundos de afirmación identitaria, con frecuencia asociados a la nostalgia. Los casos de Orbán, en Hungría, o Trump, en Estados Unidos, ilustran bien el fenómeno. En todas partes se desmantela democráticamente lo que se llamaba democracia.

La contraproductividad de las instituciones modernas, examinada por Iván Illich en los años setenta, en función de la cual una vez que se rebasa cierto umbral, cierta escala, se empieza a producir lo contrario de lo que se busca, se aplica de manera ejemplar al caso de la democracia. Por la escala en que operan las instituciones pretendidamente democráticas, son cada vez más las corporaciones y los políticos a su servicio quienes toman todas las decisiones importantes. Puede decirse que son las corporaciones las que ahora gobiernan en todas partes. Según Illich, las mayorías políticas son conjuntos ficticios de personas con muy diversos intereses e ideologías, incapaces de expresar en forma razonable el bien común. Para él, la llamada democracia no podría sobrevivir al uso que las corporaciones podrían dar a las leyes y a los procedimientos democráticos para establecer su imperio. Desde su punto de vista, el estado-nación moderno se ha convertido en una sociedad anónima, una corporación por acciones en manos de una multitud de grupos, cada uno de los cuales se ocupa de sus propios intereses; periódicamente, los partidos políticos convocan a los accionistas para elegir a un consejo de administración.

Hasta hace relativamente poco tiempo, la mayor parte de la gente creía que el procedimiento electoral expresaba de alguna manera la voluntad colectiva, con honestidad, transparencia y efectividad, de tal manera que era posible ocuparse del bien común por medio del voto. También pensaban que los representantes elegidos con este procedimiento estaban al servicio del pueblo, para defender sus intereses y ocuparse de su bienestar. El hecho casi siempre evidente de que las cosas no funcionaban de ese modo se atribuía en general a fallas circunstanciales corregibles. Como ocurre con todos los rituales, el fracaso aumenta la fe en el mito en vez de debilitarlo. Si no llueve, quienes participan en la danza de la lluvia bailarán con más intensidad y fervor, sin poner en duda la validez del ritual. El ritual genera la fe, no a la inversa. Hasta hace poco tiempo, esa secuela se presentó en todas partes en relación con los procedimientos democráticos. En la actualidad, sin embargo, es casi imposible encontrar personas que aún crean que se gobiernan a sí mismas y que se ocupan del bien común a través de los procedimientos electorales y la dinámica política del estado-nación. Como Illich advirtió, las instituciones han perdido legitimidad, respetabilidad y la reputación de servir el interés público.

Mucha gente sigue aún usando la urna electoral, por diversos motivos, propósitos y convicciones. Votan para expresar su rechazo al gobierno o al partido dominante, para propósitos circunstanciales o para defender algún interés específico. Creen que pueden influir en las políticas públicas o la orientación general del gobierno mediante sus votos o a través de los partidos políticos. Pero se ha desvanecido la principal institución democrática de la era moderna, que en muchas partes nunca llegó a establecerse: la convicción general de que el pueblo gobierna la sociedad a través de un sistema representativo.

Se extiende por todo el planeta la búsqueda de alternativas, que dejan atrás todas las ilusiones dominantes. En mayo de 2019 se creó el Tejido Global de Alternativas, que desde entonces ha estado tratando de entrelazarlas.

LA DEMOCRACIA EN TIEMPOS DE PLAGA

En el curso del presente siglo y especialmente a partir de la crisis de 2008, empezó a tomarse conciencia de que el mundo que conocíamos llegaba a su fin. Se afirmó que no debería llamarse “cambio climático” o “calentamiento global” lo que era en rigor el colapso climático: el clima que teníamos ha sido destruido. Poco sabemos del nuevo, ni siquiera si es compatible con la especie humana. El colapso socio-político es aun más profundo. Poco parece quedar de los pilares intelectuales y políticos que predominaron en la era moderna y en la forma capitalista y antropocéntrica del patriarcado.

El descontento general y el espíritu rebelde de los años sesenta se expresó cada vez más desde la década de 1980, con el impulso vigoroso del movimiento ecologista que llevó a la Cumbre de la Tierra en 1992. La reafirmación indígena que en ese mismo año conmemoró 500 años de resistencia y la creación de Vía Campesina –la organización popular más grande de la historia-, fueron con otras muchas manifestaciones de oposición radical al Nuevo Orden Mundial impulsado por el neoliberalismo. La insurrección zapatista en 1994 operó como despertador mundial de la posición que expresaba su ¡Basta ya!. La Batalla de Seattle, en 1999, cuando 40,000 personas se manifestaron contra la Ronda del Milenio de la Organización Mundial de Comercio, se convirtió en punto claro de referencia para el movimiento anti-globalización, que organizó desde entonces contra-cumbres en cada una de las reuniones de las organizaciones internacionales.

En el siglo actual el descontento empezó a tomar otro sentido. “Que se vayan todos”, dijeron los argentinos en 2001. “Mis sueños no caben tus urnas”, dijeron Los Indignados, en España, diez años después. Los griegos, también en 2011, gritaron que no se irían de las plazas que ocupaban hasta que “ellos” se fueran. En Nueva York, Occupy Wall Street expresó que se presentan demandas cuando se piensa que los gobiernos pueden satisfacerlas, por lo que ellos no tenían ninguna. Desde octubre de 2018 los “chalecos amarillos” sintetizaron en Francia el sentido de todas esas manifestaciones de descontento, al rechazar explícitamente todos los sistemas de representación. En 2019 movilizaciones en el mundo entero desafiaron abiertamente a los gobiernos con los más diversos pretextos y motivos.

El creciente descontento correspondía a una conciencia cada vez más clara de la profundidad y alcances del colapso climático y socio-político. En tales circunstancias, cuando en muchos círculos comenzaba a intuirse alguna forma de quiebre o ruptura del sistema dominante, apareció el COVID-19. Aunque se prendieron señales de alerta en muchas partes del mundo, la atención se mantuvo concentrada en China durante los primeros 45 o 60 días del anuncio. Tras algunas semanas de vacilación, el gobierno chino puso a prueba los dispositivos de control que estableció en los años previos. La política de confinamiento, que años atrás había sido sugerida por la Organización Mundial de la Salud en previsión de las pandemias virales que anticipaba, fue adoptada en forma dramática y general, con la cancelación de todas las actividades que implicaran concentración de personas. Se aplicó estrictamente el control electrónico de los movimientos individuales, para dar seguimiento a todos los contactos de cualquier persona infectada. El confinamiento no sólo fue sometido a ese sistema de control y apelando a la tradicional disciplina del pueblo chino; estuvo acompañado de visitas domiciliarias de los comités locales del Partido Comunista Chino, al tiempo que se garantizaba la supervivencia material y la atención médica para toda la población. Se pusieron también a prueba, en gran escala, los métodos probabilísticos de control en que cada persona quedaba reducida a una unidad homogénea de categorías procesadas con algoritmos. Mientras en el mundo se declaraba al fin la pandemia, al empezar a reportarse personas infectadas en diversos países, el gobierno chino anunció primero, con gran satisfacción, que se había “aplanado la curva” –la expresión que el mundo entero se convirtió en la meta a conseguir: el descenso en el número de personas infectadas- y luego que finalmente se había controlado el virus. En el mes de abril, cuatro meses después de que se detectó el primer caso, empezaron a reanudarse todas las actividades en China, aunque la situación no se ha estabilizado por completo. Fue muy celebrada la apertura de las salas cinematográficas con películas muy populares, pero pronto se les cerró de nuevo.

Las reacciones tuvieron muy distintos ritmos y secuencias en cada país. Muy pocos, como Suecia, en vez de apelar al confinamiento optaron por la búsqueda de la “inmunidad de rebaño”, confiando en el buen estado de su sistema de salud y en la disciplina de la gente al tomar precauciones en sus actividades normales. La política predominante fue el confinamiento, con grados de obligatoriedad que fueron aumentando paulatinamente, con la intención aparente o explicita de evitar el desbordamiento del sistema de salud y de las casas funerarias, como ocurrió en lugares tan distintos como Nueva York y Ecuador.

Hasta la fecha de escribir estas notas, a principios de mayo de 2020, se ignora aún la extensión y gravedad del fenómeno. Eso se debe, en parte, a la desinformación predominante, pues se propagan continuamente versiones y propuestas contradictorias, con débil fundamento en la realidad o el saber. Pero se debe también a factores técnicos, económicos y sociales. Se ha hecho un número muy limitado de pruebas. La cuenta no puede incluir el caso de las personas infectadas que no muestran síntomas y son quizás la mayoría. Se habla de unos tres millones de personas infectadas en el mundo. Podemos agregar uno o dos ceros a la cifra; estará más cerca de la realidad. Ni Corea del Sur, con la proporción de pruebas más alta en el mundo, puede saber cuántos infectados ha tenido. A todo esto debe agregarse el carácter de las pruebas disponibles, que inspiran creciente desconfianza y sólo resultan eficaces cuando grandes números de personas son sometidas a las pruebas.

El número de muertes atribuibles al virus es aún más incierto. Los gobiernos se ven obligados a modificar periódicamente la estimación al respecto, en particular por los decesos en casa que no se incluyeron en las contabilidades iniciales. Se sabe, además, que muchas personas que murieron se incluyeron sin razón en la cuenta del virus. Se habla de unos 200,000 casos. Podría ser la mitad…o el doble.

Algunas cosas empiezan a quedar claras. Fue un grave error poner en manos de expertos cuestiones que pertenecen al ámbito de la ética y la política. La política de confinamiento fue una propuesta de los expertos de la Organización Mundial de la Salud, que hace algunos años ponderaron opciones ante la aparición de pandemias virales. En este caso, es evidente que la propuesta de los expertos expresaba su ignorancia e impotencia: literalmente no sabían qué hacer y la idea del confinamiento se planteó sin medir sus consecuencias, con la obsesión de proteger al sistema de salud, más que a la gente.

Por el miedo que provocaron mediante una campaña irresponsable, gobiernos que carecían ya de poder político efectivo y de credibilidad fueron sumisamente obedecidos por la gran mayoría de la población, incluso por aquellas personas que poco antes los criticaban abiertamente. Fue claramente imposible mantener el asunto en la esfera médica y sanitaria, con criterios técnicos. Al trasladarla a la esfera social y a la económica se manifestó toda suerte de contradicciones entre diversos intereses y percepciones. A medida que esas contradicciones y las reacciones de la gente debilitaron el poder político que se había entregado inicialmente a los gobiernos, solo les quedaron sus acólitos y personas en pánico. Se avivaron así sus propensiones autoritarias y el asunto pasó cada vez más a la esfera policiaca y militar. En el mundo entero, la ola de autoritarismo se convirtió ya en la principal amenaza. Apenas logra disimularse que queda poco de lo que se llamaba “estado-nación democrático”, cuando estaba vigente el estado de derecho y el juego libre de fuerzas políticas.

La evidencia abrumadora de los horrores de la sociedad que teníamos propició un despertar muy extendido que ahora resiste el regreso a la “normalidad” que los encubría. El 19 de marzo Evade Chile lo expresó con claridad: “No volveremos a la normalidad, porque la normalidad era el problema”. Quienes se beneficiaban con ella, sin embargo, parecen decididos a someter toda clase de atropellos para restablecerla. Como hasta ellos saben que será imposible, preparan la consolidación del despojo autoritario y cínico, en una sociedad de control. Esa es la amenaza actual.

Las fuerzas más oscuras de la sociedad, en el mundo entero, utilizan todas sus capacidades y recursos para establecer un régimen ferozmente autoritario. Con los medios electrónicos que se pusieron a prueba con la pandemia y otros recursos experimentados en años recientes se ha creado la posibilidad técnica de someter a control pensamientos y comportamientos de individuos que han sido previamente homogeneizados a través de esos mismos medios. Se implementarán experimentos que los gobiernos no se habían atrevido a poner a prueba: cerrar universidades y escuelas para que solo haya enseñanza en línea, por ejemplo, y que casi todos los contactos humanos tengan la intermediación de máquinas e incluso sean sustituidos por ellas. Ni siquiera Orwell fue capaz de imaginar distopía semejante. Se aprovechará el hecho de que hace años se avanza en esa dirección, produciendo entes nuevos en los cuales resulta ya muy difícil reconocer lo humano.

Esta construcción social aberrante empezó con la declaración del estado de excepción o de emergencia. Se había estado disolviendo el estado de derecho, pero se hacía de trasmano, con diversos pretextos, y los gobiernos se resistían a reconocer públicamente lo que hacían. Ahora se le declara formalmente, con el argumento de que se necesita para “salvar vidas”, lo que constituye un pretexto ridículo pero creíble.

Se han estado utilizando procedimientos democráticos para desmantelar lo que quedaba de la llamada democracia representativa. Con el pretexto de la pandemia, por ejemplo, en abril de 2020 una mayoría parlamentaria otorgó a Víctor Orbán poderes omnímodos para que gobierne Hungría a su antojo, por tiempo indefinido, al margen de las leyes y las instituciones. Poco a poco toman esa misma dirección casi todos los gobiernos, sometiendo a control y confinamiento a la gente. En muchas partes ha estado llegando la policía antes que el personal sanitario. Lo más grave es que muchas personas, hasta ayer defensoras apasionadas de las prácticas democráticas, aplauden con fervor ese proceso que las elimina. Se suman así a quienes seguían ciegamente a un líder o una doctrina y estaban ya programados para la obediencia. Se explota en nombre de la pandemia lo que Foucault llamó el fascista que todos llevamos adentro, el que nos hace amar al poder que nos somete. La pandemia estaría dando aparente justificación a la obediencia general a normas y dictados con frecuencia insensatos. Se forma así el caldo de cultivo social que hace falta para establecer el nuevo régimen.

De hecho, sin apelar a cualquiera de las teorías de la conspiración que circulan, se ha estado extendiendo la convicción de que estamos ante un experimento que pone a prueba lo que vendrá. Se ha creado un laboratorio en el cual se preparan ya los nuevos arreglos sociales y políticos, en un régimen tecno-totalitario, a partir de la combinación de militarismo, fascismo y tecnologías de control poblacional.

LA RADICALIZACIÓN DEL DESCONTENTO EN LA BASE SOCIAL

En el curso de la última década, en casi todo el mundo, personas ordinarias empezaron a adoptar nuevos horizontes políticos más allá del estado-nación y de la mentalidad dominante, a veces en nombre de antiguos ideales y otras veces por impulsos de estricta supervivencia. No se trata de movimientos sociales, sino de sociedades en movimiento, que asumen que la raíz de todo poder político legítimo sólo puede estar en la propia gente. Para un número creciente de personas, ningún dispositivo que transfiere o concentra ese poder en alguna forma de representación puede ser verdaderamente democrático.

Es imposible clasificar las iniciativas que han estado naciendo, pero tienden a compartir el rechazo a las raíces patriarcales, capitalistas, estatistas, racistas, sexistas y antropocéntricas de la mentalidad dominante y se estructuran más allá de todo aliento colonial. Su NO común se abre a una pluralidad de Síes, a caminos y formas de vida radicalmente diversos.

En general, esas iniciativas empiezan en un área de la vida cotidiana en que la gente ya no puede obtener lo que antes tenía para su sustento y decide intentar acciones que le permitan enfrentar el desafío. En vez de sus nombres convencionales –los sustantivos alimento, educación, salud, vivienda y demás-, los cuales denotan “necesidades” cuya satisfacción depende del mercado y del estado, hombres y mujeres ordinarios han estado usando verbos que les regresan agencia y autonomía personales y colectivas: comer, aprender, sanar, habitar… Se alude con ellos a modos de vida que yuxtaponen antiguas tradiciones con innovaciones contemporáneas. Las “necesidades” modernas fueron creadas por los sistemas dominantes a partir del despojo de cuanto permitía la subsistencia autónoma, en la tradición del cercamiento de los ámbitos de comunidad que dio origen al capitalismo. Al ser privados de esos ámbitos, para constituir la propiedad privada, los comuneros sufrieron una metamorfosis grotesca que los convirtió en “personas necesitadas”, que no podía sobrevivir si no se les proveía de empleo, alimento, techo y todo lo demás. Lo que ahora se observa es en rigor el desmantelamiento de ese patrón, que no representa una imposible huida hacia el pasado isino una creación contemporánea que da nuevo sentido a las tradiciones que recupera.

“Quien no tiene miedo al hambre tiene miedo de comer”, escribió el poeta uruguayo Eduardo Galeano. Mil millones de personas se van cada noche a la cama con el estómago vacía; las demás están expuestas a alimentos tóxicos que las enferman. Desde 1996, Vía Campesina, la mayor organización de base de la historia humana, redefinió la soberanía alimentaria: debemos definir por nosotros mismos lo que comemos…y producirlo. En la actualidad, pequeños productores, principalmente mujeres, alimentan al 70% de la población, mientras el agronegocio, que controla más de la mitad de los recursos alimentarios del planeta, sólo alimenta al 30%. En el mundo entero proliferan formas de cultivo urbano de alimentos y arreglos entre productores rurales y consumidores urbanos.

Para muchas personas, en este campo se librará la batalla principal a raíz del COVID-19. Corporaciones y gobiernos buscarán afirmar la dependencia del estómago. Muchas personas quedarán atrapadas en los mecanismos que llevan hasta su casa alimentos tóxicos. Pero muchas más están decididas a ocuparse de su propia comida y construir así el principal ingrediente de su autonomía vital, con todo género de implicaciones, particularmente para el ambiente.

La sanación quedará estrechamente ligada a este ámbito. Se dejan ya sentir muy diversas concepciones de la enfermedad y la muerte. Algunas personas seguirán adoptando la mentalidad dominante, para la cual la enfermedad es un problema a resolver y la muerte un enemigo a vencer. Otras muchas mostrarán que en sus culturas son vistas como compañeras de todo ser vivo que pueden acogerse hospitalariamente. No buscan salvar “vidas” reducidas a la mera existencia física, sino que defienden un modo de vivir en que la interacción amorosa del nosotros, no el aislamiento y la separación de los individuos, da sentido a la existencia, dentro de un proceso cada vez más intenso de desmedicalización de la vida cotidiana.

El confinamiento y el cierre de escuelas y universidades trajo a las casas aspectos atroces de la educación formal que están suscitando creciente resistencia. Se fortalece todos los días el movimiento para el intercambio de saberes y el aprendizaje en libertad, que se afirma localmente y se hermana con la recuperación del arte de habitar.

Cuando se generalizaron las políticas públicas relacionadas con el COVID-19, quienes se encontraban en movimiento tuvieron a menudo que plegarse a las disposiciones generales y no pudieron aislarse del clima de temor que las hizo posibles y produjo extendida obediencia. Sin embargo, el estupor y la parálisis fueron en general pasajeros. Les pareció lenguaje vacío la repetición incansable de dogmas de quienes pretenden creer que será posible regresar a la normalidad que los beneficiaba, lo mismo que la repentina conciencia de muchos de ellos sobre las ineptitudes y distorsiones creadas por la trampa neoliberal, que los lleva a impulsar remedios que hasta hace poco tiempo repudiaban, como los keynesianos.

La pandemia constituyó sin duda un llamado general de alerta. Se hicieron evidentes todo género de horrores que se habían estado negando. El más claro fue quizá el de las personas de edad avanzada. La mortandad entre ellas sacó a la superficie y a la conciencia general la forma atroz en que se les había estado tratando. Lo que apareció como carácter racista del virus, por su letalidad mucho mayor en personas de color, hizo también evidente la forma en que se les había condenado a subsistir en muy malas condiciones de salud.

Millones de personas, que carecen de reservas económicas y hasta de espacios en que puedan confinarse, personas acostumbradas a vivir al día que ven desaparecer las condiciones de las que dependía su sustento, quedaron obligadas a producir localmente su propia vida. En general, ni el mercado ni el Estado podrán ocuparse de ellas o sólo lo harán en forma limitada y transitoria. Muchas sólo logran sobrevivir a corto plazo gracias a formas de solidaridad local que brotan por todas partes. Al mismo tiempo, miles de comunidades urbanas y rurales dejaron de estar obligadas a bailar el son que les tocaban todo género de fuerzas, que se han ido quedando en silencio. Tienen que ocuparse por sí mismas de crear condiciones de supervivencia. De pronto, inesperadamente, se restablece plenamente la importancia de lo local y aún más el papel de las personas reales, que abandonan el que les asignaba la sociedad mayor para volver a ser ellas mismas.

La abrumadora insuficiencia de los servicios de “salud” en el mundo entero, combinada con la escandalosa confusión informativa que han logrado crear gobiernos y medios, otorga un valor inusitado a la experiencia concreta de cuidado y compasión. Se redescubre que para casi todas las personas nada mejor que el cuidado directo y personal de uno mismo y de los seres queridos. La “amenaza mortal de un enemigo misterioso” puede convertirse así, en la mayoría de los casos, en una gripa bien cuidada. Por todas partes personas y pequeñas asociaciones comparten a escala local lo que tienen con lxs que no tienen y ofrecen protección a lxs agredidxs de siempre, apoyadas en la fuerza aglutinante de la compasión. Rahamin, la palabra hebrea para compasión, viene de rahem, vientre, entrañas. De ahí viene la compasión, de las entrañas, a medida que recuperamos los sentidos y con ellos un nuevo sentido de lo que somos y hacemos.

Y así, desde abajo, a menudo con impulsos que sólo buscan la supervivencia ante condiciones extremas, se forma ya el mundo en que soñaban los zapatistas, el mundo en que caben muchos mundos, cuando personas reales, en los más variados contextos, dan de nuevo sentido a sus vidas. Se forja día tras día el tejido mental y práctico que se niega a aceptar la in-munidad, el rechazo de toda obligación recíproca (el munus común) para afirmarse en la co-munidad.

Finalmente, se trata de volver a ser lo que somos, lo que expresa el dharma, entre los hindúes, o la comunalidad entre los pueblos indios de Oaxaca: personas, nudos de redes de relaciones concretas, que sólo pueden ser lo que son cuando esas redes forman comunidad, cuando tienen entre sí obligaciones recíprocas. No hay mejor antídoto que éste contra el autoritarismo rampante que nos acosa y que nos penetra por todos los poros de los recursos electrónicos que se quieren convertir en condición de supervivencia, en la última expresión del reino patriarcal.

San Pablo Etla, 4 de mayo de 2020

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