Notas y Debates de Actualidad

RACISMOS “AMERICANOS” Y ANOMÍAS SOCIALES: ¿ES HORA DE PONER FIN A LAS DESIGUALDADES MORTALES?

"American" racisms and social anomies: is it time to end deadly inequalities?

Jovino PIZZI
Universidade Federal de Pelotas, Brasil

RACISMOS “AMERICANOS” Y ANOMÍAS SOCIALES: ¿ES HORA DE PONER FIN A LAS DESIGUALDADES MORTALES?

Utopía y Praxis Latinoamericana, vol. 26, núm. 93, pp. 263-277, 2021

Universidad del Zulia

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Recepción: 11 Noviembre 2020

Aprobación: 19 Enero 2021

Resumen: El presente texto tiene como objetivo discutir los significados humanos de una pandemia con alcance mundial. Al mismo tiempo, trata de discutir la pervivencia de los efectos nefastos de los ejes de una cultura racista americana y el despliegue de sus características criptofascistas en el seno de las sociedades actuales. Una cuestión central sigue siendo el papel de las ciencias y de los científicos, de un nosotros-intelectuales y del eventual papel creativo volcado a crear las condiciones teórico-prácticas de un con-vivir saludable de toda la humanidad. Para aclarar esos aspectos, el primer punto señala algunas cuestiones fundamentales en tiempos de pandemia y de reivindicaciones anti-racistas y anti-fascistas. El segundo destaca el des-orden regional y las motivaciones que podrían exigir la participación frente a las desigualdades brutales existentes al interior de las Américas. El tercero indica el punto de partida para rescatar las sendas originarias de sus gentes en su pluralidad afro, europea y amerindia. De este modo, deseamos insistir en un papel proactivo de los intelectuales, pues su participación es clave en los análisis de las desigualdades y, por ende, en la creación de condiciones para un con-vivir saludable. Desde un punto de vista crítico, los intelectuales somos agentes importantes ante las desigualdades mortales, un compromiso al servicio de la vida y el buen vivir entre todos.

Palabras clave: Post-dictaduras, Américas, Pandemia, Crítica, Anomías, Desigualdades.

Abstract: This text aims to discuss the human meanings of a global pandemic. At the same time, it tries to discuss the survival of the nefarious effects of the axes of an American racist cultures and the unfolding of its crypto-fascist characteristics within current societies. A central question remains the role of the sciences and scientists, of a we-intellectual and of the eventual creative role aimed at the theoretical-practical condition of a healthy live together of all Humanity. To clarify these issues, the first point shows some fundamental issues in pandemic times and of anti-racist and anti-fascist demands. The second highlights the regional disarray and the motivations at participations might demand in the face of brutal inequalities within the Americas. The third indicates the starting point to rescue the original paths of its people in their Afro, European and Amerindian plurality. In this way, we wish to insist on a proactive role of the intellectuals, since their participation is key in the analysis of inequalities and, therefore, in creating conditions for healthy coexistence. From a critical point of view, intellectuals are important agents in the face of deadly inequalities, a commitment to the service of life and to good living among all.

Keywords: Post-Dictatorship, Americas, Pandemic, Review, Anomies, Inequalities.

INTRODUCCIÓN

La compleja realidad soci

El título y el contenido del texto nacen de nuestras interlocuciones a lo largo de diversos encuentros tenidos los últimos años en Brasil y en Chile. La pandemia ha realzado la necesidad de un debate radical, intentando recomponer la problemática de América Latina y del colapso de la democracia – que se ha tornado tóxica pues afianza pactos patológicos. El foco de la discusión tiene como referencia las “experiencias de fracaso” de las dictaduras “Americanas”, sosteniendo y acrecentando las anomías sociales. Por un lado, la América Latina que se ha visto por una transición que suponía la restauración y la redemocratización en vistas a la disminución de la pobreza y de las brutales desigualdades, cuando en la mayoría de los casos fueron meras reformas. Por otro, la América del norte con su American way of life, un estilo de vida sometido a la dictadura del mercado, diseminando patologías sociales con niveles de discriminación sin precedentes al interior y al exterior de sus fronteras.

La compleja realidad socio-cultural actual permite observar el modo como las alianzas entre distintos grupos burlan las expectativas utópicas de una vida mejor. Por eso, además de la pandemia, hay una serie de cuestiones fundamentales a discutir, como lo son las reacciones de grupos neoconservadores y militaristas en diversos países, la adhesión a la dictadura del mercado y los niveles de pobreza inaceptables. Las fuertes reacciones ante la esclavitud y el oprobio de generaciones enteras, nos ha impulsado a rastrear las miserias de un presente que ya no admite individuos dóciles y domesticados.

Nuestras interlocuciones de estos últimos años han posibilitado reunir algunas ideas fruto de diálogos, intercambio de textos y debates. Los análisis tienen por delante la hora precisa para poner fin a las desigualdades mortales, fruto de una democracia tóxica, pues los grupos que controlan el poder sostienen pactos nítidamente nefastos para los intereses populares. Es decir, ellos forman alianzas perversas, caracterizándose como necropoderes que van arruinando los valores democráticos y desintegrando los derechos sociales de las mayorías. No hay, por tanto, un único poder, sino diversos grupos que se adueñan y controlan distintas instancias de la gestión pública, sin cualquier compromiso con la dignidad de las gentes.

El texto está dividido en cinco partes: La presencia de un “actor” inesperado y las víctimas del oprobio tratan no solamente del Covid-19, sino también de otros movimientos relacionados con una herencia desgraciada, como es el caso de la esclavitud, del racismo y del odio. El segundo apartado discute las post-dictaduras en América Latina y las heridas que persisten abiertas. El tercero remite a la frase para continuar respirando, una alusión a las luchas actuales de movimientos que reclaman por dignidad. En cuarto lugar, el texto trata del des-orden mundial y las motivaciones para participar intelectualmente. Por fin, un punto de partida para rescatar las sendas originarias de matices afros, europeas y amerindias.

UN ACTOR “INESPERADO” Y LAS “VÍCTIMAS” DEL OPROBIO

Los virus mortíferos atacan cuando tienen más oportunidades de producir mayor daño y mortandad. Algo así aparece en la situación presente de la Humanidad. El estallido de un brote de un síndrome respiratorio agudo severo (SARS) en algún lugar de China ha provocado reacciones sin precedentes en el planeta y ha afectado el sistema-mundo en su totalidad. Algunos patrones tradicionales de vida han sido cambiados, otros permanecen a duras penas. Pero lo más complejo y es lo principal está en lo que va adviniendo y que permite avizorar el colapso de un pensamiento que se mantiene un tanto al margen de la economía mundial y que ha permitido el actual estilo de vida confortable de sectores de la humanidad, en que nos encontramos los intelectuales primer y tercemundistas. Las alternativas de la Humanidad exigen otras normalidades, sin lo cual el futuro se presenta mucho más plegado de incertidumbres y, por tanto, no tan esperanzador al menos para los sectores más afectados que no pueden preguntarse por su situación sacrificial: los viejos, los pobres, los subempleados, los migrantes, etc.

Al mismo tiempo, la eclosión, en plena pandemia, de posturas gubernamentales negligentes, supremacistas y economicistas, junto a los movimientos anti-racistas y anti-fascistas nos muestran que en la actual pandemia de la Humanidad se siguen transmitiendo los prejuicios y estereotipos de siglos, y que los debates intelectuales sobre el fin de la historia, el fin de la modernidad no son al parecer tan precisos. Ellos llaman nuevamente la atención por denostar los legados vinculados a la trata de personas humanas, reivindicando una revisión completa de símbolos, monumentos, políticas y actitudes de una desigualdad mortal entre seres humanos, y donde la interrogante de si acaso todos los seres vivos valimos igualmente sigue estando presente.

La pandemia actual recorre el planeta como un fantasma que amenaza deconstruir todo lo que conocemos y suscita un amplio abanico de discusiones generales desde lo que consideren algo anodino, o no le dan tanta importancia hasta los que piensan de una manera apocalíptica. La cuestión central nos parece que se relaciona con el sentido del Covid-19 y de otros virus que nos podrían afectar a futuro, – un/os actor/es que nadie esperaba –, pero que ha cambiado nuestras posibilidades de ser y actuar en el mundo. La pandemia actual tiene un relieve para nuestra comprensión de nosotros porque ha promocionado un cambio en la forma de ser, de ver e interactuar con el mundo en que habitamos. En otros momentos también hubo pestes y propagaciones intercontinentales mortíferas, así como lo ocurrido en las Américas, con la llegada masiva de los europeos.

Sin dudas, los efectos de los coronavirus están modificando la normalidad de la sociedad moderna avanzada o de una tardomodernidad. La llegada inesperada de un “actor” ajeno que ha sorprendido a todos, sometiendo desde ahí casi todas las decisiones políticas, económicas, familiares, entre muchas otras. El virus también ha destapado todas las fragilidades humanas, así como tantas veces ha acontecido en periodos de confrontación bélica o catástrofes. Entonces, más allá de la discusión que se levanta con tanta racionalidad y de tantos derechos, la “normalidad” deja de ser la tónica común, ella se ha quebrantado y al parecer no es tan fácil recuperarla.

Los primeros efectos de la pandemia ponen en jaque el antropocentrismo exagerado, de forma que la normalidad vivida ya no sirve para mantener el equilibrio planetario en la con-vivencia entre humanos, no humanos y el ecosistema. Por eso, no se trata solamente de aprender a convivir entre todos, y proponer el puesto de lo humano y de lo natural en un ecosistema vital, sino también remodelar y replantear las diferentes formas o estilos de convivencia entre los humanos mismos y, principalmente, con lo que hemos denominado el hábitat, o sea, la naturaleza con todos los elementos de un humus que garantiza la sostenibilidad de la vida humana y en general.

De ahí, entonces, algunas cuestiones claves que requieren reformularse hoy día: ¿Qué significa hoy afrontarse a un “actor” inesperado? ¿Qué cambios radicales puede imponer esa pandemia? ¿Qué tipo de transformaciones? ¿Desean los pueblos, las gentes, los individuos realmente cambiar?

Las soluciones a estas cuestiones involucran inevitablemente a todos los seres humanos. Empero, este “actor” no humano exige una revisión de múltiples categorías y formas de vida, algunas de ellas consideradas hasta hoy como incuestionables. Además de generar una pandemia, todo indica que la humanidad no podrá seguir creyendo en la misma normalidad de antes, pues – como dicen algunos slogans que al parecer no exageran: “nada será igual que antes”. Esas consideraciones apuntan a un aspecto fundamental, por lo cual la normalidad se vuelve algo central en sus aspectos humanos, sociales y ecológicos. La comprensión de mundo exige “un nuevo principio de realidad”, de forma a superar el individualismo monolingüe y, de este modo, diseñar estilos de vida desde la “lucha por una vida que merezca ser vivida” (Maiso, 2018: 16).

En este sentido, los que proponen que éste es el momento para redefinir las bases de una nueva normalidad de las circunstancias humanas, de formas de repensar la con-vivencia social y los vínculos con el medio ambiente. Entre otras cosas, esa perspectiva exige cambios significativos en diversos ámbitos de la vida social, parece más que razonable. Y, si esto es así, habría que preguntar aún todavía quienes están realmente dispuestos a cambiar y quienes son los que resisten a modificar sus tozudas afirmaciones.

Por las consecuencias mortíferas que trae esta pandemia para las gentes y poblaciones deprivadas parece que ya no se trata de algo que afecta la vida de unos pocos, mucho menos tarea de algunos pocos países, a no ser que se reconozca con cierta hipocresía y frialdad que los seres humanos no tenemos la misma dignidad frente a la vida misma y que los pueblos no tienen derecho al mismo protagonismo. En el proceso vivido en estos últimos meses queda en evidencia que el virus se propaga inmisericordemente para todo el conjunto de los seres humanos, y que no hay selectividad en principio para algunos humanos o países, se trata entonces de una comunidad real de comunicación por la que se han acercado muchos actores, antes olvidados o desechados. Ahora hay que añadir a los pobres, a los inmigrantes, a los trabajadores en condiciones subhumanas, a los pueblos originarios, sectores esclavizados, a las mujeres y etnias infravaloradas, entre muchos otros. Es decir, una mayoría de personas que apenas aparecen semivivientes, sin cualquier derecho o consideración especial.

Al mismo tiempo, la súbita y violenta explosión de movimientos anti-racistas y anti-fascistas ha puesto en jaque tradiciones y políticas discriminatorias que han sido consideradas insostenibles y vuelven a generar focos donde ellas rebrotan y se mezclan. Ellos reivindican si los consideramos con honestidad y con el preciso reconocimiento de sus variables político-culturales que hay mucho aún por estudiar y esclarecer con el fin de erradicar perjuicios y crear las condiciones para un con-vivir saludable. Es decir, se trata de revisar un legado relacionado a las tratas humanas, que han impulsado un capitalismo comercial relacionado a productos, mercancías y seres humanos.

De hecho, la situación de los afrodescendientes en las Américas, y la revisión de símbolos, monumentos, fechas y personajes ligados al tráfico de esclavos está modificando un legado irracional y nefasto del que no nos hemos desprendido del todo. Durante siglos, varios grupos y países han enriquecido comercializando mercancías y personas. En estos días, sus símbolos ya no representan la potestad de políticas comerciales saludables, sino el horror de un proceso de esclavitud segregacionista e insostenible, pero que se mantiene en la mercantilización de las mafias, y grupos fronterizos del negocio masivo de los migrantes, de los niños, y de las mujeres víctimas de la trata. De este modo, aunque existen otros símbolos van ganando fuerza, sustituyendo viejas narrativas y representaciones de un modelo necrófilo y, por tanto, nefasto e irracional, nuevos sistemas retoman el negocio de los seres humanos con su sello de injusticias y crueldades.

SÍMBOLOS PARA REAVIVAR LA MEMORIA

La memoria del presente está cargada de símbolos de crueldad, muchas veces ligadas a proyectos nacionalistas y dictatoriales. No es de hoy que monumentos, actores e imágenes son cuestionados. Entre diversas representaciones que cabría recordar, por ejemplo, la pugna contra el Banco Empire Windrush, símbolo de la primera ola de inmigrantes esclavos. Significativa ha sido también el retiro del mercador de esclavos Edward Colston, en Bristol (Reino Unido), y de Cristóbal Colón, en Richmond (EUA). En Bélgica, el Black lives matter resucita los fantasmas del rey Leopoldo II por el genocidio en el Congo belga (Gil, 2020).

En Berlín, la remoción de monumentos relacionados al carácter nacionalista y militar de Alemania así como de otras representaciones a lo largo de los últimos siglos – algunas incluso referentes a la historia colonial de Alemania –, no significó su destrucción. Retirados de los espacios públicos, han sido trasladas a una exposición que, desde el 2016, puede ser visitada. Hoy, la Enthüllt: Berlin und seine Denkmäler (Revelados: Berlín y sus monumentos)[1] hace referencia a una especie de “purgatorio” de representaciones, un intento para no destruir la memoria en torno a símbolos reconocidos como nefastos.

El problema no se relaciona solamente con los monumentos del pasado, pues las políticas estatales e intercontinentales también han estado – y están – ligadas a anomías, es decir, al control y al comercio de personas. En Perú, el control de la población se da a través del programa de Anticoncepciones Quirúrgicas Voluntarias (AQV). El caso tiene sus orígenes en la década de 1960, cuando empieza el debate sobre el crecimiento demográfico mundial. Como “parte de una estrategia de lucha contra la pobreza orientada a ejercer un control demográfico de la población” (Sánchez Benavides, 2019: 438). Esa lucha contra la pobreza fue coordinada por el Programa Nacional de Salud Reproductiva y Planificación Familiar, un control de natalidad concebido y volcado a “disminuir la pobreza reduciendo el número de pobres en el país (Sánchez Benavides, 2019: 439).

En Brasil, la política esclavista ha sido el hito de personajes importantes del país, como lo fueran los defensores del blanqueamiento de la población. Hijo de comerciante portugués, Sílvio Vasconcelos da Silveira Ramos Romero (1851-1914) ha sido uno de los fundadores de la Academia Brasileña de Letras. Además de senador, ha publicado diversas obras, sosteniendo una óptica conservadora y normativista. Con base en el evolucionismo spenceriano, la tesis se centra en la defensa de un carácter nacional con grado más avanzado y, por tanto, libre de las contaminaciones ajenas.

El proyecto estaría ligado al blanqueamiento de la población, o sea, un nacionalismo singular de una civilización libre de atrasos y debilidades del mestizaje. Sílvio Romero lideraba el grupo de intelectuales de entonces que defendían la representación del pueblo o del Brasil como infantil o semi-bárbaro. Y la solución estaba en el blanqueamiento de la población, con la creencia de que ese proceso podría corregir el “defecto de formación” inherente a su composición étnica (Pizzi, 2010).

Hasta mismo la literatura brasileña está plegada de la noción estereotipada de los indígenas y negros. Un ejemplo significativo viene del novelista José de Alencar (1829-1887) Su obra Iracema, publicada en 1865, está cargada de metáforas típicas del contexto histórico-brasileño de encuentros-desencuentros – para utilizar la expresión de Darcy Ribeiro – entre nativos y las gentes de las coronas Ibéricas, es decir, entre los colonizadores y los colonizados. La indígena, que se apasiona por un portugués, se refiere a “la virgen de los labios de miel”, un tipo de anagrama de las Américas, representadas por la docilidad de un mundo paradisiaco y primitivo, ahora enfrentado a los foráneos llegados de las colonias ultramarinas.

Mário de Andrade (1893-1945) es otro ejemplo importante. Su libro Macunaíma (1928) expone la noción hechicera-folclórica del indio y del pueblo brasileño. En una sociedad dominada por el conservadurismo y el “atraso” cultural, los estereotipos de los nativos e hijos de extranjeros con nativos son representados como sujetos sin carácter. Aunque sean libres, son vagos, inconstantes y sin confianza. En este contexto, ellos tienen que olvidarse de sí mismos para acercarse de las referencias que “vienen de fuera”, es decir el arte, la cultura y las historias foráneas.

En el primer centenario de Chile afloraron muchas ideas nacionalistas como las que expresaron intelectuales como Nicolás Palacios en su libro Raza Chilena, donde se asocia el valor de la población chilena con motivos belicistas y se destaca la absorción de la población indígena en un mestizaje que diluye los rasgos de los pueblos originarios. Un multimillonario que hizo fortuna con la venta de armas al Medio Oriente, mantiene un museo privado en Colchagua en el que al ingresar a la parte de Historia Nacional existe una figura de un soldado español y de una mujer mapuche, con la divisa: lo mejor de nuestra raza, y sin referencia alguna al exterminio de la población indígena. En la rebelión popular iniciada en octubre de 2019 se derribaron varias estatuas públicas ligadas a militares comprometidas en acciones oprobiosas a los derechos indígenas (Salas, 2020).

LAS DICTADURAS Y LAS HERIDAS EN ABIERTO

Cuando uno empieza a pensar la normalidad democrática latino-americana, pronto se enfrenta a debates y articulaciones muy expresivas. Es decir, el cese de las dictaduras ha cambiado la atmosfera política y académica, dando lugar a un aire esperanzador. La lucha por una democracia participativa fue un fecundo motor de motivaciones y movimientos de restauración. En parte, eso ha representado un nuevo comienzo. En muchos países, como ha sido el caso de México, el “entusiasmo por y fe en los procesos electorales, ahora, la cultura cívica debería llevar a superar ‘problemas estructurales’ como ‘la pobreza, la desigualdad y la injusticia’” (Lizárraga Gómez, 2019: 422).

La Constitución brasileña del 1988, ha consagrado una perspectiva social de los derechos y de una política más participativa. La redemocratización del país ha representado un salto importante, pero sin conseguir extirpar del todo el carácter de una sociedad dominado por sectores cercanos a las dictaduras, y al mismo tiempo ha reforzado la tendencia neoconservadora que ponen en cuestión y siembran un descrédito de los valores democráticos y humanistas, disminuyendo las posibilidades de un Estado laico y social volcado a las gentes de este país. Es decir, la democracia fue señal de nuevos aires, pero no ha sido suficiente para impedir que sectores militares, empresariales e institucionales mantuviesen protegidos determinados controles de la “democracia”

De hecho, la inspiración de un American way of life sostiene el capitalismo actual, un modelo ajeno a las políticas distributivas. O sea, un sistema que obliga a la gente a estar vinculado al sistema financiero desde su nacimiento, sea por cuestiones de salud, de educación, vivienda etc. Para ser ciudadano, uno debe salir de la pobreza y alcanzar un nivel alto de renta y consumo. Por eso, en el sentido perverso, la democracia en América significa que todo se ha transformado en negocio y, por eso, la sumisión del destino de las gentes ocurre a través de la dictadura del mercado.

Ese modelo es de ahora, lo que indica que hay un largo período para revisar. Para quedarse únicamente en la segunda mitad del siglo pasado, al mirar los Documentos de Santa Fe, pronto uno se da cuenta no solamente del papel de Estados Unidos, sino también la articulación de diferentes grupos en la consolidación de un tipo de seguridad nacional e imperialismo. Ese proyecto abarca, pues, todas las Américas, una especie de pactos entre diferentes grupos y que controlan sectores importantes en los distintos países. En América Latina, ellos representan un sector de la sociedad anti-democrático, con la ayuda del “servicio secreto norteamericano” (Müller-Doohm, 2020: 161), sin asumir la culpa por los errores y asesinatos ocurridos en tiempos dictatoriales como si esas cosas nunca habrían pasado. Ha permanecido, pues, un entorno autoritario como una representación política con aires dictatorial, golpista y despótico.

Aunque la diferencias en relación a con las Comisiones de la Verdad Histórica, en algunos países – como Brasil – los militares no han permitido concluir las investigaciones, mientras que en otros, los procesos han ido hasta la condena de los asesinos. En gran medida, el período ha consolidado, en general, las mismas estructuras y los mismos grupos de las dictaduras, con grandes privilegios a los militares, sectores de la administración pública, político-partidaria, empresarial o agraria, ahora asociados al capital y al sistema financiero internacional. Eses grupos se apoyan en una “infame falsificación de la historia” difundiendo “la afirmación de que lo único que resultó singular” (Müller-Doohm, 2020: 301) fue la defensa de la democracia y el Estado de derechos. Al fin y al cabo, aunque los cambios, han sido tiempos de una concentración monstruosamente desigual de los bienes y de la riqueza, mientras la mayoría de las poblaciones extenuadas y agotadas han quedado completamente marginadas.

El análisis retrospectivo indica que la restauración de la democracia en América Latina – o entonces, la redemocratización – ha significado un nuevo comienzo, pero las élites sociales, económicas y políticas y, además, las articulaciones, han permanecido en manos de una elite muy privilegiada. Es decir, no hubo rupturas fundamentales, sino meras reformas lo que ha significado, por lo tanto, que los cambios han sido superficiales y, en buena medida, de alcance medio. En este sentido, el período post-dictadura latino-americana no representó un cambio sustancial, porque no hubo transformaciones sustanciales, manteniendo activos sectores importantes ligados al control político, estructural y económico. De este modo, el entorno autoritario y el núcleo dictatorial de la sociedad post-dictadura han permanecido inalterado y, ahora, se aprovecha del quietismo de los movimientos sociales. El resultado se refleja en la pérdida de confianza en las instituciones y un desencanto por la democracia.

En este frente con doble características, el período ha también albergado movimientos de renovación intelectual muy potentes. A principios de los años 70, Francisco Miró Quesada proponía un proyecto filosófico latinoamericano. En su conocida obra Despertar y proyecto del filosofar latinoamericano (1974), Quesada afirma la idea “para comprender el proyecto latinoamericano de filosofar” cabía poner en evidencia un “esfuerzo y dirección consciente” (1974: 25). Este comienzo presenta las marcas de un pensar “en el vacío”, con “brotes aislados, pequeños hongos que tachonan de color la extensión yerna de un arenal” (Quesada, 1974: 25).

Esa semilla germinal crece y gana forma, por ejemplo, a través de la filosofía y la teología de la liberación de los años 70, cuyo esfuerzo ha sido fundamental para transformar ese vacío en un pensamiento radical. Pero si la teología da liberación ha tenido su fuerza significativa y una característica muy especial en un determinado período de la Historia – no solo latinoamericana –, hoy día el interés por la política y la gobernabilidad está en las manos de “agentes” ligados a grupos despóticos y antidemocráticos (Pizzi, 2017), que indica como “demonios” no solo a los marxistas y sus simpatizantes, sino también a los movimientos sociales, a los afrodescendientes y cimarrones, ladinos y, además, a todos los que luchan por justicia y mejores condiciones de vida de las gentes.

En el Cono Sur, el vigor de la red internacional denominada El Corredor de las Ideas ha tenido un papel importante en el fortalecimiento de un pensar comprometido con los derechos sociales y humanos. Han sido importantes también las articulaciones en torno a la filosofía intercultural, abriendo paso a un diálogo más abierto con pensadores de otros continentes. En los años 80, en Brasil, por ejemplo, la lucha por el regreso de la filosofía y de la sociología ha conseguido reintroducirlas en los distintos niveles de la enseñanza. Esos movimientos – y muchos otros – han sido cunas de muchos profesionales e intelectuales que hoy día están en las universidades y otras instituciones de la vida social.

Sin embargo, la reeducación no ha consolidado una importante renovación moral, ni tampoco una conversión de las convicciones políticas. O sea, los privilegios y niveles de corrupción han persistido no solo en el ámbito político, sino también en las relaciones sociales. Del mismo modo, la pobreza y las desigualdades siguen tremendas, al tiempo que continúa el menosprecio de afrodescendientes, cimarrones, amerindios e inmigrantes.

En relación a las Américas como un todo, los mass media han insistido en una economía de mercado y defendido una sociedad de rentistas, típico del American way of life. En este caso, la referencia pasa a ser la dictadura del mercado y, por eso, la programación y los debates de la gran mayoría de los medios de comunicación siguen mostrado un sistemático desprecio a todo lo que represente derechos sociales, derechos humanos, de los indígenas, negros, mujeres, etc. O sea, son campesinos, indígenas y pueblos afro-descendientes que aún persisten en niveles de pobreza extrema. Como ya se ha dicho, los grupos dominantes controlan las políticas oficiales, pero sin volcarse a la disminución de la pobreza, por lo cual la redemocratización no ha significado cambios en la desigualdad social y en la implementación de una justicia distributiva y solidaria.

Las diferentes dictaduras mantienen muchas heridas abiertas. En general, hay una sensación de vacío, de ocultación de los sentimientos, de callarse ante lo que pasa y la incertidumbre es tan grande que no hay ninguna expresión que pueda traducir la frustración con todo que ha pasado y sigue pasando. Sin embargo, la esperanza de cambios también sigue viva, aunque parezca ser una cosa tan lejana que no sensibiliza lo suficiente para crear un aire con menos desconfianza. Las nuevas dictaduras hacen con que muchos pasen a creer apenas en el mercado y en la búsqueda de la sobrevivencia individual. En efecto, la política carece de líderes, es decir, hoy día ningún político o partido político consigue presentarse con capacidad para proponer los cambios necesarios.

Para continuar respirando

Evidentemente, el “ya no puedo respirar” exige una mirada a esos perjuicios de un estilo de vida nefastos. Hay muchas situaciones que indican la vulnerabilidad humana que transita entre la estulticia y la inteligencia. Algunas son claramente irracionales. La pandemia nos ha sorprendido a todos, pero el racismo y las ideologías de extrema derecha, destapan anomias insostenibles. Además, también se hace necesario un replanteamiento ante las graves situaciones des-humanizadoras que viven millones de personas y de gentes refugiadas, inmigrantes y hambrientos, ante la vista impasible de las potencias económicas, de los organismos internacionales y de los sistemas de comunicación. Por eso, los cambios van exigiendo que las diferencias entre tales países y estas situaciones gravísimas no sigan alimentando más y más las desigualdades mortales. Las profundas desigualdades e injusticias sociales y económicas entre las gentes y los países se presentan hoy como una situación insostenible para una época en que la humanidad avizoraba nuevos rumbos de intercambio recíproco y de solidaridad más fraterna. Por eso, la nueva normalidad que se propugna exige de algún modo superar el modelo económico globalista y una civilización del desecho que han sido reconocidos como devastadores.

Entonces, parece claramente posible repensar muchos principios y/o dogmas que se creía inamovibles en diferentes ámbitos: en las ciencias, en las reglas del mercado, en la financiación pública, etc. Esta no es sin embargo una tarea de unos pocos intelectuales, pues el futuro de todas nuestras vidas y del planeta está directamente vinculado a recrear otros estilos de vida mucho más saludables y, por lo tanto, imprescindibles para una perspectiva futura más esperanzadora de la Humanidad. Así, una de las tareas inmediatas supone la redefinición del rol de las profesiones y de los intelectuales.

En este sentido, un aspecto importante está ligado a las investigaciones científicas y el papel de los intelectuales en la vida pública. A veces, los intelectuales seguimos encerrados en nuestros espacios de excelencia académica y en un estilo cosmopolita de vida que nos asemeja a un sector de privilegio. Esto conlleva que el quehacer denominado científico se transforma en una actividad económica que abre espacio a las prebendas de la sociedad. Aparecen a veces personalidades que pretenden ser influyentes digitalmente, y esparcen livianamente opiniones acordes al poder de turno y no pocos oportunistas de turno, que parecen tomar asiento en los espacios de poder y de influencias. ¿Cómo ser investigador y/o intelectual en medio de sociedades donde se siembra el artificialismo, la distorsión y se propaga la industria de noticias e informaciones equivocadas sobre análisis, alternativas y proposiciones?

Por eso, sostenemos que aunque las ciencias y las artes prosiguen con su discurso sobre su autonomía, los profesionales del saber (es decir, los intelectuales) no se pueden alejar y tampoco están dispensados de su dimensión social y política. El caso Dreyfus que sacudió la cultura francesa hace más de un siglo ha sido un ejemplo notable relacionado al papel de los intelectuales, con reacciones contra todo tipo de discriminación. Este caso – y muchos otros –subraya el papel social e insustituible de los intelectuales. Sus roles diversos tienen un mínimo común que se implica en las críticas sociales y también en la contribución efectiva de la emancipación del sufrimiento de las gentes.

A veces, los intelectuales somos ubicados como pertenecientes al reinado de las ciencias, sin embargo, eso no pasa de un pobre reduccionismo, a veces un tanto peligroso, pues podrían ser comparados a los antiguos sacerdotes poseedores de saberes ocultos y con poderes absolutos. Otras veces, el reconocimiento de los intelectuales ocurre en función de un plus económico por parte de las burocracias estatales. Sin embargo, cabe recordar que esto no siempre ha sido así, pues en los últimos siglos el desarrollo científico genuino y el esfuerzo denodado de muchos intelectuales han significado cambios significativos en la vida social y en la vida misma, y aunque sea conocido ellos tienen en muchísimos casos soluciones inteligentes volcadas a enfrentar los problemas que aquejan a las gentes y a los pueblos.

De entre las muchas categorizaciones posibles de los cambios necesarios en el quehacer intelectual, hay quien deseemos otras formas de superación de esta compleja situación, y no necesariamente tendida bajo forma de normalidad. ¿Quiénes realmente desean una nueva normalidad? ¿Cuáles son sus presupuestos? ¿Cómo se quedan los que no quieren cambiar?

Esas cuestiones señalan un camino en dos momentos.

En primer lugar, el papel de los sujetos ante las desigualdades perversas. Los análisis son más que necesarios para, entonces, poder diseñar alternativas saludables hacia un futuro en condiciones razonables para pensar la con-vivencia. O sea, un trabajo mancomunado entre intelectuales y las demás profesiones con el fin de evitar la génesis o profundización de nuevas patologías sociales. En este sentido, la tarea exige una crítica reconstructiva frente a las idiosincrasias socioculturales de nuestros días de incertidumbre. En otras palabras, la crítica “designa intervenciones – que la mayoría de las veces reiteran – para ocuparse con problemas prácticos y políticos actuales” (Müller-Doohm, 2020: 285). No se trata, pues, a ejemplo de Kant, de un método de análisis y un sondeo de los límites de la razón, sino como capacidad para reconocer y valorar los déficits y posibilidades sociales y las situaciones históricas de crisis y anomías hacia una transformación de una normalidad libre de colonizaciones.

En este sentido, se puede también preguntar sobre un tipo de solidaridad necesaria para vincular el papel de los intelectuales a los intereses sociales, con el cual las investigaciones científicas requieren tener como finalidad el desarrollo beneficioso para todos los seres humanos. En este caso, el debate público sobre las prioridades y finalidades de las investigaciones científicas sería una exigencia importante a la hora de establecer políticas de investigación e, incluso, en la destinación de los a veces escasos presupuestos de financiamientos de los estados.

En segundo lugar, se trata del uso de la razón con el fin de reducir el sufrimiento y malestar social. Ante eso, la necesidad de diagnósticos sociales profundos depende de las diversas ciencias y de los intelectuales de todos los más diversos ámbitos. De ahí, entonces, los análisis de los síntomas que reflejan formas de perturbaciones y que afectan la autorrealización individual y también la convivencia social. Más que nunca, el momento requiere de soluciones muchos más inteligentes, razonables y sensatas, volcadas a atacar los problemas que aquejan a la sociedad.

Por eso, el ámbito social se transforma en punto de intersección entre las distintas ciencias, pues se trata de un “interés” crítico por la emancipación del sufrimiento, adhiriendo a experiencias saludables, o sea, en condiciones equitativas hacia la convivialidad saludable entre todos los seres humanos y pueblos en ambientes ecológicamente sustentables. El análisis del des-orden mundial en las incertidumbres ante un futuro venidero podría servir, entonces, de motivaciones para participar de un proyecto hacia una nueva normalidad.

EL DES-ORDEN REGIONAL Y LOS DISCURSOS ESTRAFALARIOS

Para profundizar el tema, el debate apunta hacia un período post-dictadura en América Latina, cuando se consolida el actual modelo predominante de capitalismo que nos consume, es decir, que provoca un des-orden especialmente sintomático en las Américas desgobernadas por Trump y Bolsonaro. Ellos representan los estrafalarios propagandistas “eructos de un pasado indigesto que brotan periódicamente de las tripas” (Müller-Doohm, 2020: 333) de grupos racistas y nazi-fascistas. En contrapartida, aún siguen fuertes, en estos días, los movimientos anti-racistas y anti-fascistas.

En primer lugar, hay que destacar que, con el fin del capitalismo manchesteriano y el debilitamiento del capitalismo renano, la globalización ha consolidado un capitalismo de tipo californiano. De entre sus características, se destaca su espiral virtual tecnocrática, de forma a individualizar aún más las relaciones, de forma a reforzar el individualismo metodológico. Este modelo, según Zamagni, “el mercado es el acicate del sistema, y debe ser libre de actuar sin trabas”. En otras palabras, “el mercado produce riqueza, y los ricos actúan con caridad, con los pobres, utilizando la sociedad civil y sus organizaciones (las charities y las Foudations) (2006: 22). Transformado en mero intercambio instrumental, el mercado desecha todos los demás ámbitos de la vida social y ecológica para, entonces, aislar el mercado de todas las demás esferas de la convivencia social. Al final, se trata de un modelo esencialmente destructor de los estilos de vida y de la solidaridad social, de modo que se torna cada vez más demoledor.

En este sentido, es significativo lo sucedido en Francia, en 1934, cuando nace el grupo Mont Pèlerin. Mucho más tarde, sus ideas fueron avaladas por las directrices del denominado Consenso de Washington. Entre diversas cosas, uno de los puntos fundamentales se refiere a la cuestión laboral. Los años 70 y 80 se han tornado cruciales para la consolidación de ese modelo. En los años 90 e inicio del siglo XXI, Brasil vivió su momento de mayor esperanza en las políticas sociales, así como ocurrió en los mejores tiempos de los Partidos de la Concertación en Chile. Todavía, sin cambios sustanciales, pues los presupuestos de Pèlerin y del Consenso de Washington han continuado alimentando la política brasileña y, en general, también la latino-americana.

Para los tecnócratas del sistema, la transformación social se reduce a “progreso técnico”, con lo cual los habría una mejor distribución de la riqueza. La garantía de propiedad y de autointerés refleja todavía un homo eoconomicus de tipo burgués, cuja “gratificación queda supeditada al principio de rendimiento y a la lógica del consumo y la competencia, generando – en último término – individuos dóciles y domesticados para encajar en una realidad social que les degrada” (Maiso, 2018: 13).

Como se ha señalado, la literatura brasileña revela ese rostro conformista y dócil. En los años 30 del siglo pasado, empieza un cambio de interpretación del pueblo brasileño. El diseño del nuevo carácter sostiene la cordialidad, un mito producido en torno a la exaltación de los valores cordiales y la sensibilidad religiosa, minimizando un pasado esclavista y folclórico. Sérgio Buarque de Holanda (1902-1982) ha sido uno de los autores claves. Su libro Raíces del Brasil (1936) diseña un sujeto afectivo y volcado a proyectar un futuro renovado, rechazando el pasado esclavista y la inferioridad de las gentes. Esa ha sido la estrategia de la élite dominante, una especie de idea-fuerza para consolidar un tipo de sociedad abierta a la cultura mundial – y, por supuesto, al mercado global –, al tiempo que sostiene un pesimismo en relación al Estado (pues es incompetente y corrupto).[2]

En la actualidad, para corroborar con el modelo de las sociedades tardo-capitalistas y, al mismo tiempo, con el fin de articular el poder en vistas a un comportamiento conformista y resignado, los correligionarios del neoliberalismo brasileño realizaron, en 2019, una reforma laboral, modificando prácticamente todos aspectos relativos a los derechos de los trabajadores. Los diferentes grupos, organizaciones, instituciones y representaciones, han sostenido un mote no partidario, con la ilusión de asegurar y crear más empleos. Pero la cuestión no afecta solamente los trabajadores, sino la existencia de una enorme cantidad de gente que no puede acceder a él, un tema relacionado a la dignidad humana pero que no es “meramente pecuniario, sino también social” (Balderas Sánchez, 2019: 79).

Por supuesto, es sumamente constringente – para no decir insostenible – la tesis de la neutralidad de la economía, por ejemplo. Ya hace tempo que esa actitud es rechazada en relación con la noción institucionalizada de ciencia y de las ciencias. Las capacidades técnicas por si mismas no superan las desigualdades sociales. Además, la neutralidad supone desarraigo, o sea, una progresiva y unilateral comprensión de mundo basada en la objetividad de los hechos. Esa noción epistemológica se atiene a la simple cientificidad, reduciendo el todo a la métrica de los datos. De ahí, entonces, el rechazo de un “mundo que se considera insoportable, degradante e injusto” (Maiso, 2018: 15).

En efecto, por más que un investigador ingenuo lo desee, la neutralidad no pasa de ser un simple mito, pues el conocimiento sirve a afianzar intereses, pues las “relaciones verdaderamente humanas suponen amistades, confianzas, el don, la reciprocidad no instrumental, el amor, etc.” (Zamagni, 2006: 19). O sea, el economista italiano está planteando dos perspectivas económicas. Por un lado, una lógica de los mercados basada en la eficiencia y, por tanto, libre de orientaciones de valor y, por otro, una perspectiva relacional que va más allá del cálculo de los intereses personales.

En el primer caso, la mecánica del mercado se presenta como una institución “socialmente neutral”, con la cual el mercado y, de modo más general, la economía, se convierten en simple intercambio instrumental. La argumentación estrafalário sostiene que no hay representaciones partidarias, ni tampoco reconocimiento humano a los trabajadores, pues la economía y el mercado desaparecen de “la investigación científica” y “del debate político-cultural” (Zamagni, 2006: 23). No cabe, pues, a los expertos e investigadores ese debate, porque el mercado mismo se encarga de arreglar las eventuales desviaciones o anormalidades.

Sin embargo, la sociabilidad humana no camina nunca al margen de los aspectos económicos. O sea, el reconocimiento explícito del hecho que lo económico y la vida social tienen en común la dimensión relacional de la vida humana. Ese vínculo rechaza la neutralidad, porque los vínculos humanos son construidos. Ellos dependen de la acción de las gentes. Y las gentes somos todos, sin exclusión de nadie. De ahí que los intelectuales también somos siempre participantes; y, por eso, no somos neutrales. Al final, todos actuamos motivados y asumimos nuestras razones de estar en el mundo, de modo a justificar el sentido a lo que hacemos y a lo que creemos.

- ¡Qué sería la vida sin motivaciones!

En ese proceso hay muchos enfrentamientos y contiendas. Sea del punto de vista sociológico o filosófico, se trata de un debate saludable. Aunque uno pueda decir que son patológicas o algo cercanas a la esquizofrenia, las luchas por un sentido común de estar en el mundo – aunque eso signifique frustraciones – son como motores para quienes buscan ese sentido común de bien vivir hospitalariamente. Las diferencias son, por tanto, un motivo aún mayor para construir puentes.

Sin embargo, el miedo y la omisión alimentan el quietismo y el escepticismo, un tipo de resignación ante las patologías sociales. Mantenerse plantado y refugiarse “cada vez más en la burbuja de sus intereses privados” solo interesa a quienes usan el poder para mandar y desmandar, caso típico de las dictaduras sostenidas por pactos entre grupos estrafalarios y manipuladores.

Por eso, lo importante es insistir por condiciones dignas, aunque se sepa que el sistema depredador podrá causar más caos y des-órdenes y otros intentos para salvarse. Las razones para estar en el mundo exigen participación. Porque no hay cómo enfrentar un “embedded capitalism (capitalismo integrado)” (Habermas, 2015: 205) sin participación activa. Es decir, los pilares de la sociedad de consumo suponen un “cheque a la sociedad del crecimiento sin inventar otros modelos” (Latouche, 2012: 3). Por cierto, eso significa inquietudes, miedo, pobreza, desigualdades, desestabilización etc.

En este período de pandemia, expertos de muchas áreas han dado la cara y han asumido posiciones radicales, a veces en contra de los gobiernos de turno o de intereses corporativos. En este listado, se puede ver epidemiologistas, gente de enfermería y de medicina, ecologistas y del área sanitaria, historiadores y antropólogos, entre muchos otros. Sin embargo, no son pocos los que se han mantenido al margen, aislados en la burbuja de su egoísmo, simplemente porque no quieren participar. Sin embargo, aunque uno puede rechazar los ideales anti-racistas y anti-fascistas, la pandemia toca a todos, independiente de los sentimientos, clase social o ideologías.

Como hemos señalado, en nuestros días surgen una serie de movimientos, principalmente anti-racistas y anti-fascistas. En este sentido, algunos símbolos son contrarrestados con íconos fantasmas. Sería una lástima que los intelectuales se planteen ante las anomías de nuestro tiempo. El caso de Dreyfus remite a otros ejemplos latino-americanos que han alzado sus voces en tiempos de dictaduras. Y hoy día permanecer en el quietismo de la burbuja académica es en cierto modo ridículo.

UN PUNTO DE PARTIDA: RESCATAR LAS SENDAS ORIGINARIAS

El compromiso participativo exige de los intelectuales un esfuerzo para rescatar las sendas o los caminos de nuestros pueblos. El punto de partida se localiza en el Atlántico. Es decir, la noción de “América” supone contornos geoculturales, interconectando memorias de gentes afro- europeos y amerindios. Desde esa perspectiva, el olvido de los orígenes significa el desarraigo del compromiso y el alejamiento de la historicidad relacionada a las vivencias y a la realidad “mundivivencial de la cotidianidad” como tal.

En el siglo XIV, Europa encuentra en el Atlántico la ruta para nuevas aventuras. Y las Américas han sido territorios promisores para novedades y riquezas. En pocos siglos, las Américas se han tornado centros vivos y el “punto de encuentro de las más diversas nacionalidades, testimonio de la apertura” comercial y colonialista. Esa ha sido la condición y, al mismo tiempo, la “consecuencia de las aventuras marítimas” (Acerboni, 1969: 19). La presencia del “aventurero” ha consolidado el “deseo de mantener estrechas las relaciones con las Metrópolis” (Acerboni, 1969: 23).

En Brasil, Joaquim Pereira Marinho ha sido uno de los principales traficantes de esclavos. El hijo de portugueses Manuel de Borba Gato también representa un personaje vinculado a la esclavitud masiva de negros e indígenas. En la ciudad de Pelotas (al sur de Brasil), una plaza actual sigue identificada como la plaza de los ahorcados, una memoria popular de un lugar donde se ahorcaban esclavos. En suma, existen hoy día, en todos los continentes, muchos los símbolos y personajes míticos ligados a perjuicios del pasado y genocidios esclavistas y/o indígenas (o amerindias).

En la actualidad, persisten estas anomias perversas y tóxicas. De hecho, la diversidad de mundos y de gentes se enfrenta al desafío de pensar otra vez la con-vivencia. Además del punto de vista europeo, crece y se consolida la necesidad en vistas a ampliar esa comprensión y, de este modo, entender el papel de coautoría de los matices étnico-culturales de las gentes del norte, del centro y del sur-americanas.

Lo que está en juego es la necesidad de convivir en la hospitalidad. Pero eso está ligado a al reconocimiento de las contribuciones indígenas (o pueblos originarios) y afro-descendientes, cuyo abanico conforma una variopinta extraordinaria de representaciones del actual contexto americano. No pocas veces, esa multiplicidad se afronta a conflictos y es motivo de violencia de los distintos tipos.

La propuesta remite a la fecundidad del contexto socio-cultural y étnico desde una epistemología para el mundo de la vida afros, europeas y amerindias. Las consideraciones geoculturales remiten a un horizonte que interconecta tres continentes: África, Europa y las Américas. No se trata de estudiar solamente la historia y la cultura de las tres vertientes y su variopinta, sino de comprender también las luchas y reivindicaciones intrínsecas al movimiento geocultural de la modernidad occidental, un reconocimiento de las diversidades hacia una convivencia saludable.

En ese proceso, la diversidad no significa solo la certificación de mundos y estilos de vida diferenciados, sino además la deconstrucción de las colonialidades y, al mismo tiempo, la preocupación con las alternativas para el diálogo intercultural y la convivencia hospitalaria en la diversidad. Esa es la esencia de un proyecto político-pedagógico, que tiene como reto repensar el olvido de los orígenes y las intencionalidades por detrás de este desarraigo y, entonces, asumir el compromiso de rescatar los matices e intentar señalar las exigencias de una convivencia en la hospitalidad.

Ese sería el desafío del compromiso de los intelectuales, de forma a recuperar los matices étnico-culturales del pensar y del filosofar occidental. La alternativa post-colonial e intercultural supone, pues, una comprensión epistemológica volcada a entender la composición de esos matices, sin olvidarse de “otras” perspectivas, actitud volcada a renovar la comprensión de las gentes del norte, del centro y del sur de las Américas.

No se trata solamente de una genealogía o arqueología de los saberes, sino de repensar lo que han sido los patrones tradicionales de nuestros estudios, prácticas y creencias. Una tarea nada confortable para los que no quieren comprometerse en un periodo álgido de la historia presente. Pues el repensar significa recrear, y recrear significa deliberadamente pensar otra vez las prácticas y las prioridades de las investigaciones y del quehacer académico. Por eso, ese renovar significa una reeducación del nuestro pensar, lo que supone la crítica radical, no apenas como reinterpretación de los saberes y lenguajes, sino en una transformación tanto en el nivel teórico como también en los usos y prácticas de las vidas cotidianas.

En esta dirección, los movimientos de emancipación exigen de los actores un papel de sujetos coautores. La coautoría significa que todos son reconocidos como participantes activos y, por eso, su participación está vinculada a la pluridiversidad de mundos de vida (del pasado y actuales). La idea de coautoría significa que los sujetos asumen sus papeles como sujetos concernidos y comprometidos con el proceso, con lo cual cada participante está directamente involucrado tanto en la definición de las políticas y de los programas, de sus objetivos y metodologías, como está también comprometido en la aplicación y evaluación de tales políticas.

En este sentido, los intelectuales también somos sujetos y coautores de este proceso de transformación. Sus papeles son importantes, porque sus saberes contribuyen para abrir ventanas y puertas hacia el mundo de la vida. El mundo de la vida como el lugar donde los coautores “entablan interacciones comunes a la situación” […] es decir, donde las “prácticas son asimiladas socialmente y se manifiestan en solidaridades acreditas” (Müller-Doohm, 2020: 246). Además, ese horizonte de sentido en que los coautores de mueven es fundamental a la hora de rescatar y comprender la diversidad de mundos y, de este modo, poder dibujar una convivialidad hospitalaria.

Los presupuestos de una epistemología triangular reivindican, pues, una América Morena con la memoria puesta en los tres matices fundamentales: la africana, los pueblos originarios y los actores de origen europeo. Con la centralidad en el Atlántico, este centro gravitacional en el Atlántico posibilita entender la interconexión y, de este modo, reconocer los lazos y estilos de vida en la diversidad. O sea, una hospitalidad capaz de respetar las peculiaridades individuales y las pluralidades en su diversidad. La epistemología triangular reúne las condiciones para entender la formación y la constitución de las gentes afro, europea y amerindia, sus tradiciones, estilos de vida, característica y formas de enfrentar las desigualdades mortales, el odio belicista y la colonización espeluznante.

CONCLUSIÓN: UNA VIDA QUE MEREZCA SER VIVIDA

Si en Alemania, la post-guerra ha vivido un debate sobre los alcances y los perjuicios del autoritarismo, la pandemia también exige una reflexión sobre el papel social de intelectuales e instituciones. En el caso de América Latina, el entusiasmo democrático post-dictaduras ha dejado de lado la reflexión sobre la vigilancia sistemática de las articulaciones y movimientos anti-democráticos. La creencia del paso de las dictaduras a la redemocratización fue importante, pero sin renovar el “espíritu” de muchos grupos y movimientos, es decir, sin rupturas profundas y un nuevo comienzo. Dicho de otro modo, muchos grupos y estructuras anti-democráticas han permanecido y, poco a poco, rearman y renuevan el entorno autoritario y despótico.

Por eso, el momento exige re-pensar el con-vivir desde las Américas y hacia un mundo hospitalario. Son muchos símbolos y tradiciones que aparecen como íconos de una historia oficiosa, al tiempo que persisten modelos de individuos que han salido desde abajo y han alcanzado un nivel de renta y consumo muy altos. De este modo, los actuales estilos de vida revelan también una estupidez humana sin límites. Hasta mismo la tan añorada normalidad sostiene patologías irracionales. En este sentido, las reacciones exigen traer a la memoria los monumentos y genocidios del pasado y las anomias del presente. Son dos aspectos importantes para transformar la oficiosidad de los hechos y acontecimientos y, entonces, remontar una historicidad verdadera.

Evidentemente, quitar los símbolos de las plazas y calles no soluciona los perjuicios del pasado y sus herencias actuales. Sin embargo, el rescate de la memoria puede re-avivar la esperanza y recuperar la dignidad de africanos o africanos descendientes e indígenas que hoy sufren la violencia de rechazos y discriminaciones. La tarea no es fácil. Pero la pandemia ha promocionado muchas discusiones. Y el brote de movimientos anti-racistas y anti-fascistas señala un empuje aún más decisivo hacia nuevas alternativas a la con-vivencia y a la hospitalidad saludable.

Por fin, una última cuestión. El punto para aclarar se refiere al fracaso de las democracias de las Américas. Es decir, el reformismo post-dictaduras sigue produciendo exclusiones sociales y económicas. Para la América Latina, todas las motivaciones esperanzadoras del período post-dictaduras han sido arrolladas y transformadas en cenizas. Del mismo modo, el new deal norte-americano revela su incapacidad para responder a los derechos de todas las gentes. En fin, los desafíos actuales involucran a las gentes de todas las Américas. Pero los intelectuales y las universidades no pueden permanecer al margen, con el riesgo de perder su estatus de instituciones con sensibilidad crítica y capacidad creativa. Por tanto, es la hora y la vez de poner fin a las desigualdades.

BIBLIOGRAFÍA

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[1] Cf. https://www.dw.com/pt-br/museu-em-berlim-ressuscita-monumentos-hist%C3%B3ricos-controversos/a-54001280, Consultado el 03/06/ 2020.

[2] Actualmente, el sociólogo Jesé de Souza es uno de los grandes críticos de este mito. De entre sus libros, se destacan: A tolice da inteligência brasileira. Como o país se deixa manipular pela elite (Leyla, 2015) y A elite do atraso: da Escravidão à Lava Jato (Leyla, 2017).

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