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Dispositivos de la masculinidad y la milicia. Escenarios posibles en el cuento de la criada
Fran COVEÑA MEJÍAS; Ángela MORALES HORMAZÁBAL
Fran COVEÑA MEJÍAS; Ángela MORALES HORMAZÁBAL
Dispositivos de la masculinidad y la milicia. Escenarios posibles en el cuento de la criada
Devices of masculinity and the military. Possible scenarios in the Handmaid's Tale
Utopía y Praxis Latinoamericana, vol. 26, núm. 92, pp. 140-148, 2021
Universidad del Zulia
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Resumen: La siguiente investigación propone pensar el ejercicio de la milicia desde los estudios de las masculinidades hegemónicas. Para ello hemos reflexionado sobre la estructura androcéntrica que caracteriza estas instituciones desde las nociones de los dispositivos de poder y los rasgos de estas masculinidades. Hemos querido resaltar el carácter jerárquico de estas instituciones y las relaciones que se establecen entre violencia y control social. Finalmente, proponemos un breve análisis de los escenarios posibles como una construcción discursiva en el marco de la futurología propuesta por Norval Baitello.

Palabras clave:MasculinidadMasculinidad,miliciamilicia,dispositivosdispositivos,poderpoder,obedienciaobediencia,hegemoníahegemonía.

Abstract: The following study proposes to think military training from the hegemonic masculinities point of view. In order to do this, we have reflected about the androcentric structure of such institutions, based on the notions of power deployment and the features of these masculinities. We highlight the hierarchical nature of military training and the relationships established between violence and social control. Finally, we propose a brief analysis of possible scenarios as a discursive construction within the framework of futurology proposed by Norval Baitello.

Keywords: Masculinity, militia, devices, power, obedience, hegemony.

Carátula del artículo

Notas y Debates de Actualidad

Dispositivos de la masculinidad y la milicia. Escenarios posibles en el cuento de la criada

Devices of masculinity and the military. Possible scenarios in the Handmaid's Tale

Fran COVEÑA MEJÍAS
Universidad Austral de Chile, Chile
Ángela MORALES HORMAZÁBAL
Universidad Austral de Chile, Chile
Utopía y Praxis Latinoamericana, vol. 26, núm. 92, pp. 140-148, 2021
Universidad del Zulia

Recepción: 28 Agosto 2020

Aprobación: 20 Noviembre 2020

INTRODUCCIÓN

La siguiente investigación propone pensar el ejercicio de la milicia desde los estudios de las masculinidades hegemónicas. Para ello hemos reflexionado sobre la estructura androcéntrica que caracterizan estas instituciones desde las nociones de los dispositivos de poder y los rasgos de estas masculinidades. Hemos querido resaltar el carácter jerárquico y las relaciones que se establecen entre la violencia y el control social. Finalmente, proponemos un breve análisis bajo el concepto de escenarios posibles propuesto por el profesor brasileño, escritor y teórico Norval Baitello (2008; 2019).

Observemos que la idea que tenemos del poder allí, contrario a la tesis de Foucault (1976), efectivamente es constitutiva de la ley y disciplina de los cuerpos. Existe así una mecánica en que el poder se define como algo extrañamente limitativo. Pero no es un poder que sólo tendría la fuerza del “no”, incapaz de producir, sólo apto para trazar límites, sino que es un poder que intenta lograr que su sometido nada pueda, excepto lo que le deja hacer. ¿Son los agentes de la milicia obedientes a sólo lo que se les deja hacer? ¿Qué tipos de acciones realizan fuera del mandato y son protegidos por la institución? Diría Foucault (1976) que el poder no sólo está basado en un modelo jurídico enunciado desde la ley y el funcionamiento de lo prohibido. Así, en la institución militar los modos de dominación, sumisión y sujeción no se reducen en suma al efecto de la obediencia sino también al de la violencia y la protección institucional.

Este poder limitativo, y que exige obediencia, tiene una táctica y razón general de ser donde se ejerce de modo que es tolerable con la condición de enmascarar una parte de sí mismo. Esto sucede porque el poder también tiene acceso fuera de la prohibición y el obstáculo, fuera del derecho. Las estrategias que tratan la producción de la obediencia y el control social son consideradas como dispositivos históricos. O al revés, los dispositivos históricos se articulan en la producción de la obediencia y el control social. Una estrategia fundamental para mantener el poder es el dispositivo en red en que la homogeneización y jerarquización de los cuerpos identificados como masculinos deben obedecer según el rango que tienen o aspiran. Además, la violencia es una herramienta para el disciplinamiento y para ejercer la disputa social. Así, este poder se encuentra encadenado a estas estrategias de saber y de poder que intensifica el orden, la disciplina, del refuerzo de los controles, y que dispone de una técnica violenta, de muerte y control.

En esta investigación pretendemos mostrar el cruce de algunas técnicas, estrategias y formas del en que

se ejerce el dispositivo de poder de la milicia y la masculinidad hegemónica entendida desde la autoridad simbólica y los procesos y relaciones por medio de los cuales estos hombres llevan una vida imbuida en el género (Connel: 1995). Esto ocurre porque los mecanismos de dominación han estado no casualmente en manos de las personas identificadas como masculinas. Esta vida imbuida en el género ha desplegado lo que llamamos culturas androcéntricas y que tienen a su disposición altos mandos en los dispositivos de saber, disciplinarios y de poder. Este conjunto de discursos, ordenamientos arquitectónicos, historias tradicionalistas, decisiones reglamentarias, leyes, medidas administrativas, enunciados históricos y proposiciones morales están atravesadas por el uso especial que tienen de la fuerza. Por ello, es que hemos centrado nuestra interpretación en considerar este aspecto de la violencia como un problema a localizar dentro de este mar de estrategias de poder1.

Finalmente, como un ejercicio interdisciplinario e intertextual contrastaremos estas ideas a la noción de “escenarios posibles” propuesta por Norval Baitello junto al análisis de la novela “El cuento de la criada” de Margaret Atwood (1985).

DISPOSITIVOS DE LA MASCULINIDAD Y LA MILICIA

El dispositivo aparecerá aquí como una estrategia discursiva y práctica, por medio de las cuales se contribuye o crítica a que el orden patriarcal se siga reproduciendo en la actualidad. El dispositivo, recogiendo ideas de Foucault (1985: p.130) hace referencia a una “red de relaciones heterogéneas (discursos, instituciones, arquitecturas, reglamentos, enunciados científicos, etc.), en las que el propio dispositivo establece la naturaleza del nexo de la red; nexo que liga a todos los elementos heterogéneos y los orienta en una cierta dirección”. “El nexo de la red que forma el dispositivo de reproducción de las identidades de género lo constituye la dominación masculina institucionalizada a través de la naturalización de la diferencia jerarquizada entre lo femenino y lo masculino” (Arranz, 2015: p. 59-60). ¿Qué estrategias consiguen la naturalización de esta dominación? ¿Cuáles de ellas siguen reproduciendo lo natural?

Los dispositivos hacen alusión a estrategias que no son conscientes para quienes las ponen en práctica, ya que a través de ellas se va adquiriendo una visión del mundo y de la realidad que les parece objetiva, neutral y natural. Estas estrategias forman parte de un juego de fuerzas específico que atraviesan las acciones, las instituciones o el saber de las dinámicas sociales, naturalizando la relación desigual entre hombres y mujeres y que, por tanto, constituye el núcleo del tejido subjetivo con el que se construye nuestra mirada del mundo (Arranz: 2015).

Podemos entender la violencia organizacional desde la perspectiva cuantitativa ya que la mayoría de los soldados, pilotos de la fuerza aérea, terroristas suicidas, policías y guardias de prisiones son hombres. Esto da cuenta que las divisiones del trabajo según el género presuponen, más que originan, una dominación masculina, en la medida en que las mujeres han sido excluidas de las instituciones de poder, de la propiedad y de cualquier lugar de poder, aunque con la modernidad hayan ingresado al ámbito de lo público bajo condiciones de desigualdad. Esta investigación insiste en el carácter omnipresente, aunque no necesariamente universal, del imaginario masculino en el mundo, y en un arquetipo y estructura profunda de masculinidad subyacentes transcultural y transhistóricamente. Serán lxs antropólogxs lxs que han relacionado con los hombres y la virilidad, el carácter nacional, las divisiones del trabajo, los lazos familiares, de parentesco y de amistad, el cuerpo y las lucha por el poder (Gutmann: 1997).

Así, la mayoría de los cargos de responsabilidad, e incluso de subalternidad, son ejercidos por hombres en el ejército. Esto ocurre porque existe una configuración de género en la contratación y promoción, en la división interna del trabajo y en los sistemas de control, en la formulación de políticas, en las rutinas prácticas, y en las maneras de movilizar el placer y el consentimiento que los hombres organizan (Connel: 1995). Así, el Ejército es un espacio androcéntrico que expresa masculinidades bajo una red de jerarquías rígidas, obediencias (ciegas)2 y técnicas de la violencia. La alta jerarquía implica una obediencia que no puede ser resistida ni cuestionada por los estamentos inferiores. Así, el organigrama institucional es un dispositivo de saber dirigido y comandado por el jefe a cargo de los mandatos que se oficializan y legitiman por el Estado.

Por ejemplo, en Chile, año 2019, el “estado de emergencia” ante el “estallido social” impuesto por el presidente Sebastián Piñera dio paso a que el poder militar a cargo del general de división del Ejército, Javier Iturriaga del Campo, designado como jefe de la defensa nacional, coordinara las acciones del toque de queda y de la seguridad pública del país. Es claro que en este mandato oficial no hay quien pueda criticar o poner objeción a alguna de las decisiones de Iturriaga, quien, en disposición al orden y el ejercicio del poder, después de 30 años de políticas llamadas democráticas, requiere y ordena a los militares de todo el país hacer cumplir el mandato de orden y toque de queda. Además, serán los mismos militares que por las noches vigilen las

calles de la ciudad, los que se enfrentarán a manifestantes, los que realizarán actos de guerra como mutilar, asesinar, quemar o disparar a lxs ciudadanxs.

¿Por qué los militares o las policías que ejecutan estos actos de violencia, a pesar de ser ilegales

constitucionalmente, caen en el sin control? ¿Qué se expresa en estas acciones ante la protección que su poder le atribuye? Creemos que estos hechos violentos tienen un carácter moralizador, en que se percibe a lxs ciudadanxs libres, en posición de desacato a su obligación civil respecto al modelo político neoliberal. La violencia se ejerce como un acto de moralización en que el victimario siente y afirma que está castigando a la mujer, al hombre, al joven o a quién realice el desacato por algún comportamiento que ellos entienden como un desvío, un desacato a una ley patriarcal. De aquí que la teoría del psicoanálisis propone que la obediencia estaría simbolizada por el falo como propiedad significativa y modelo a seguir. De igual manera, podemos

observar cómo el exceso de poder hace que se transgredan normas morales que incluso están fuera de la ley constitucional. Sentirse poderoso para un hombre siempre ha tenido como consecuencia la transgresión de los valores morales sociales. Un hombre es capaz de robar, de violentar, y otorgarse derechos, elevarse al nivel de quién le da las órdenes y atribuirse su propia ley ante una moral instaurada. Hemos aquí una muestra de su falta y castración simbólica, represión ejercida por los mandatos de la masculinidad hegemónica del Ejército

que implican diversas frustraciones que desarrollan vías de liberación descontroladas e inconscientes.

Si tuviéramos que caracterizar los mandatos de la masculinidad hegemónica en estos grupos diríamos que la obediencia para controlar el poder se estructura desde un androcentrismo, una homosociabilidad que utiliza la violencia como agente de posibles amenazas. Callando y obedeciendo se hace caso a la jerarquía y la autoridad masculina, sin crítica ni discusión a lo que el “padre” ordena. El padre en la sociedad patriarcal es quien ha ordenado asesinar al hijo, quién ha ordenado, impuesto, la civilización, el castigo y la ley. Por lo tanto, la necesidad de jerarquía es una imposición a la oportunidad de obedecer. Además, como atributo emblemático

de la virilidad, el “orgullo agresivo” establece conexiones entre la masculinidad, la violencia y el poder. Así, se ejercen dos funciones hegemónicas de esta masculinidad; la dominación masculina sobre las mujeres y la ascendencia o enrocamiento del poder social de un grupo de hombres por otros hombres. A esto hay que agregar no sólo la subordinación femenina, sino también la subordinación de hombres y de otras formas de masculinidades. La fuerza corporal, la agresividad, la disciplina, la demostración de valor, la ausencia emocional, la obligatoriedad heterosexual y del seguimiento exclusivo de quienes tienen poder son aspectos

centrales en la configuración de las personalidades de la milicia que son variables que configuran su

masculinidad.

Existe, así, en la organización del poder un lazo de parentesco que perpetua la hipermasculinidad ya que la autoridad paterna va más allá de los límites de la razón hasta llegar a un exceso de dominación en el pacto de transferencia en que se suceden los lugares de poder. Por ello no es extraño encontrar que quienes ostentan

el poder económico y político sean parte de familias reducidas que concentran el dominio y la autoridad de instituciones lucrativas.

Hemos podido observar cómo los hombres de la milicia perpetúan actos de violencia extrema desde el pánico y el abuso de poder. El pánico frecuentemente es asociado al temor extremo, pero etimológicamente “pánico” corresponde a “relativo a Pan”. Lo que concierne al dios Pan en la mitología griega, y después al Diablo en la mitología cristiana, son las apariciones repentinas en las noches que causaban terror, que daba pánico a la gente. El pánico ante el control expresado en los disparos y amedrentamiento a las poblaciones, el pánico al heterosexual, expresado en asesinatos y violaciones a hombres. El pánico al artístico que es

sometido al maltrato, la violación y el asesinato. Los pánicos ecologistas hacia los asesinatos de lxs activistas

que luchan por la conservación y el cuidado del medioambiente. El pánico social, en que los ciudadanos se convierten en sujetos de persecución y maltrato sistemático. Todos estos actos de violencia son representados como actos de dominación, como actos de posesión. Finalmente, es el pánico el que prevalece históricamente

entre hombres que están perdiendo su poder autoritario y que ven en los vejámenes una forma de reconciliar dicha falta.

Nos permitimos entonces hablar de los procesos sobre los que se construyen dispositivos de masculinidad normativos. Estas configuraciones ofrecen un modelo, lo que los hombres debieran ser. Sin embargo, ¿qué es lo normativo en relación a una norma que difícilmente alguien puede cumplir? Este modelo tiene como base demostrativa una masculinidad impenetrable, acorazada. Aunque, no es extraño argumentar su antítesis, es decir, que las masculinidades subalternas dentro de la institución son las más vulnerables ya que serían

simbólicamente las más castradas de todas, a los que más les haría falta demostrar algo, los que se rinden al mandato de masculinidad hegemónica que les exige gestos extremos, gestos aniquiladores de otros seres para seguir manteniendo y demostrando el poder del orden masculino (Segato, 2019).

La masculinidad en la milicia representa a esa masculinidad que llamamos hegemónica, en que el poder es trasparente y directo, en que el juego por ser el mejor es el valor por ser quién mejor se defiende, quién mejor agrede y quién mejor protege las órdenes superiores del escalafón. En cuanto el poder se desarrolla por parte de este grupo, no faltan los heridos, los quemados y las mujeres violadas por este depredador instrumental. Son instrumentales porque se hace uso de los sujetos ideologizados por el Comando de Educación y Doctrina para realizar el control territorial de los intereses de un grupo de élite que controla el poder político y social.

En este contexto, el rol que jugaría el poder político y la institución de la milicia es el de mantener sus privilegios, y el control político y social por medio de una guerra silenciosa que estaría articulada por los dispositivos de la masculinidad. Será la guerra como horizonte de posibilidades la excusa para desarrollar las

técnicas de control y muerte. "La política –dice Foucault- es la continuación de la guerra, es la prórroga del

desequilibrio de fuerzas manifestado en la guerra" (1985, p. 29). Así, la lucha política que se da en períodos de paz civil, los enfrentamientos para lograr el poder, con respecto al poder o por el poder, no debería entenderse sino como consecuencias de la guerra.

En los estados capitalistas, no sólo la información y la legalidad no están democratizadas, aunque en apariencia sí, sino que, las instituciones como las Fuerzas Armadas siguen teniendo como capacidad motriz e intelectual una profunda fuerza que los moviliza a la guerra. Un estado puede tener durante años a sus fuerzas militares en sus cuarteles, pero en cuanto se ve amenazado en su productividad, no duda en movilizarlas para reprimir y castigar factualmente con golpes, arrestos, asesinatos y violaciones a quienes estén contra él. La

imposibilidad de representatividad que tienen los ciudadanos y ciudadanas en la institución del Ejército en algunos países como Chile se debe a esta pulsión interior que concibe la violencia como una natural condición de control y ser en sociedad.

Según Gibson (1994) la identidad del poder militar es donde se expresa y despliega una hipermasculinidad descrita en el surgimiento de una "cultura paramilitar" de los Estados Unidos en el período posterior a la derrota

en Vietnam que representa afirmaciones fundamentales de la supremacía de género. Esta proviene de una cultura política influenciada por las ideas conservadoras y de extrema derecha de mayor acción de violencia directa que cualquier administración anterior en este país. Las características del dispositivo de la masculinidad en la milicia serán representadas por los ideales de la masculinidad hegemónica que son llevadas al paroxismo en acción. Violación de mujeres, violaciones sistemáticas a los Derechos Humanos tales como asesinatos pasados por suicidios, montajes, violaciones a hombres, y maltratos físicos y psicológicos a jóvenes y

adolescentes3.

No sólo la derecha o los estados conservadores dan cuenta de una masculinidad agresiva y controladora. Gracias al documental Winter on Fire: Ukraine's Fight for Freedom (2015) observamos cómo los ucranianos se levantaron contra el presidente Viktor F. Yanukovych cuando este decidió estrechar lazos con la Rusia de Putin en lugar de acercarse a la Unión Europea. El Estado ucraniano de ideología política de centro tiene estrechos lazos con Rusia y pone al Ejército en confrontación a los y las ciudadanas de Ucrania. La represión es brutal. Este Ejército es conformado exclusivamente por hombres, quienes en actitud de obediencia ciega ejercen una violencia extrema.

Finalmente, creemos que, efectivamente, para construirnos a nosotrxs mismxs apelamos a modelos, explicaciones, pautas relacionales, causales y temporales ya existentes y que nos sirven de guía. Sin embargo, necesitamos de otros dispositivos que se muestran críticos con las maneras de ver impuestas por la industria cultural.

A veces, muy pocas veces, el relato audiovisual socialmente compartido nos acompaña en el camino. Atiende a la diversidad que nos rodea y las recoge con ecuanimidad, no ignorando situaciones ya vividas en nuestro mundo. Pocas veces, las matrices narrativas que nos proponen reflejan de forma adecuada nuestra

realidad ya que muchas veces la ocultan o la distorsionan. Muy pocas veces, insisto, no ignoran las articulaciones complejas de nuestro mundo, ni niegan la posibilidad de transgresión, en que no se menosprecian las experiencias que viven muchas personas y logran ayudarnos en la construcción armónica de nuestro ser individual y social, sin bloquearlo.

ESCENARIOS POSIBLES EN “EL CUENTO DE LA CRIADA”

“Como nací en 1929 y mi consciencia se formó durante la Segunda Guerra Mundial, sabía que el orden establecido puede desvanecerse de la noc he a la mañana. Los cambios pueden ser rápidos como el rayo. No se podría confiar en la frase: <Esto aquí no puede pasar.> En determinadas circunstancias, puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar.”

Margaret Atwood (1985), Introducción, El cuento de l a Criada

Un escenario posible es una construcción discursiva en el marco de la futurología. No hay que confundirse y pretender con ello una predestinación o prestidigitación de los fenómenos sociales tal como lo presentan las ficciones utópicas o distópicas. Si no más bien, hay que comprenderlo desde una construcción investigativa que coloca la ciencia a favor de las posibles redes que articulan el tiempo y el espacio para generar dinámicas de acción social coherentes y posibles (Baitello; 2019). Según el paradigma occidental el tiempo lineal y progresivo no puede concebir el anuncio de un futuro inaccesible y caótico. Sin embargo, desde los paradigmas circulares o espirales, el tiempo es un movimiento que condensa en el presente la suma de todos los eventos ocurridos en el pasado y también los eventos que suceden en el futuro. También, los escenarios posibles se relacionan a los vaticinios poéticos como una posibilidad que vincula múltiples aspectos intuitivos que utilizan el lenguaje como un producto complejo de validez hipotética para un presente que se hace futuro, que lo niega o confirma su continuidad. Por lo tanto, el realismo hipotético es un procedimiento de investigación sobre el pasado para repensar y vaticinar un posible escenario del futuro.

Uno de los fundamentos que Margaret Atwood se propone al escribir El cuento de la criada es “no incluir en el libro ningún suceso que no hubiera ocurrido ya en lo que James Joyce llamaba la <pesadilla de la historia>, así como ningún aparato tecnológico que no estuviera disponible” (Atwood: 1985, 12). Sin embargo, respecto a este perfil que intento describir, esta novela no es una predicción. Si bien, a medida que ciertas fuerzas de la sociedad norteamericana se acaparan el poder y aprueban decretos contra la libertad de expresión y la diversidad hay demasiadas variables y posibilidades imprevisibles para predecir el futuro. Si el futuro se puede describir de manera detallada, dice Margaret, tal vez no llegue a ocurrir. Por lo tanto, Margaret describe su obra como una antipredicción aunque no podemos confiar demasiado en las ideas bienintencionadas. Ojo que esto no contradice la hipótesis de que ciertos relatos configuran un escenario posible, para un futuro posible.

Esta novela convertida en serie audiovisual se despliega sobre el punto de vista de una mujer, una criada. En EEUU se había producido un Golpe de Estado que había transformado la democracia liberal existente hasta entonces en una dictadura teocrática que se toma todo al pie de la letra. La constitución y el Congreso ya no existen ya que la República de Gilead se alza sobre los fundamentos de las raíces del puritanismo del siglo XVII. La población se está reduciendo a causa de la contaminación ambiental, y la capacidad de engendrar criaturas escasea. En este régimen totalitario la clase gobernante monopoliza todo lo que tenga algún valor y la elite se las arregla para repartirse a las hembras fértiles como criadas. Estos sucesos tienen un precedente bíblico en la historia de Jacob y sus dos esposas, Raquel y Lía, y las dos criadas de éstas:

Y viendo Raquel que no daba hijos a Jacob, tuvo envidia de su hermana, y dijo a Jacob: <Dame hijos, o me moriré>.

Y Jacob se enojó con Raquel,

y le dijo: <¿Soy yo, en lugar de Dios, quien te niega el fruto de tu vientre>. Y ella dijo: <He aquí mi sierva Bilhá;

únete a ella y parirá sobre mis rodillas,

y yo también tendré hijos de ella.>

Génesis, 30: 1-3

Sin mujeres capaces de dar a luz, la población humana se extinguiría. Por eso las violaciones masivas y el asesinato de mujeres, chicas y niñas son una característica de las guerras genocidas, de cualquier acción destinada a someter y explotar a una población. Y para ello hace uso del poder militar para llevar a cabo el control total del ejercicio jerárquico del poder. El Ejército es una institución ordenada, muy comunicada y con poder físico absoluto ante todas las personas de Gilead. Los sujetos pertenecientes siguen órdenes sin queja haciendo uso de la violencia sin límites. Y no se trata de que ellos transgredan los límites, porque ya las órdenes son las que se ejercen a muerte. Además, las familias de Gilead obligan a las mujeres a tener hijos que luego no pueden permitirse criar, o hijos que luego les roban para sus intereses personales. Son niños robados, motivo de uso generalizado que se remonta a tiempos lejanos.

Un grupo de hombres autoritarios tienen el control y tratan de instaurar una versión extrema del patriarcado, en la que las mujeres, tal como a lxs esclavxs del siglo XIX, se les prohíbe leer. Tampoco pueden tener control sobre el dinero, ni trabajar fuera de casa. Este régimen usa símbolos bíblicos, como lo haría

cualquier régimen autoritario en los Estados Unidos. Hay ejecuciones grupales, leyes suntuarias, quema de

libros, robo de niñxs, esclavitud, poligamia, prostitución, etc. que son vigiladas y controladas por el poder militar.

Es tiempo de hacer mención respecto al tema central de este ensayo que versa sobre la masculinidad en la milicia. La masculinidad aquí es representativa del uso de la agresión y la violencia por el control social. Esta masculinidad organizada en el poder militar sirve de herramienta para el funcionamiento de la cultura de Gilead. En ella vemos la obediencia extrema, el uso de la fuerza y la violencia para seguir órdenes, condicionado por el control panóptico que busca descubrir cualquier amenaza que intente poner en riesgo la continuidad de este orden social.

Esta masculinidad es en exceso heterosexual ya que condena cualquier diferencia en las orientaciones

sexuales. A los hombres homosexuales se les cuelga, y a las mujeres lesbianas se les mutila con la ablación. Sólo se les permite vivir a aquellas que puedan engendrar hijxs para las familias del régimen. La homosocialidad es un fundamento para orden de Gilead ya que las decisiones de las políticas públicas se concentran en espacios en los que solo pueden participar hombres. No es raro entonces que la milicia esté exclusivamente reservada para los hombres.

Las mujeres en este mundo androcéntrico y violento son subalternas del poder de los hombres, siempre en lugares de inferioridad social. El caso de Serene Joy, esposa del comandante Waterford, tenemos el ejemplo de la mujer perfecta porque acepta su papel secundario en su lugar social y admite que el varón y los varones ocupen el lugar privilegiado. La mujer perfecta vive y se define en función de otro. Respeta los límites que se le imponen sin intentar inmiscuirse de ninguna manera en las aventuras del poder o vitales de los hombres. En consecuencia, si una mujer tiene proyectos diferentes a los del varón, no es viable como compañera, se hace odiosa y carece de futuro.

“El cuento de la criada” es un dispositivo diferente porque rompe con los paradigmas establecidos por las miradas androcéntricas del mercado audiovisual. Porque basta con echar una ojeada a la cartelera cinematográfica, a la programación televisiva, a los videojuegos y demás propuestas para constatar un sorprendente asunto: están masiva y mayoritariamente protagonizados por varones, artilugio que trae consecuencias importantes para la construcción de la subjetividad de la mirada que nos impone el cine (Aguilar:

2015).

Una mujer protagonista reivindica los enormes avances en los terrenos de la libertad, la autonomía, la igualdad que las mujeres han logrado. Asume cada vez en mayor medida el control de su existencia y se reclaman como sujetos protagonistas de ella. Lo han conseguido siempre a contracorriente, peleando con perseverancia y tesón, desoyendo amenazas, soportando improperios, aguantando represalias. Son estos progresos los que remueven la estructura y el funcionamiento social, todo el imaginario colectivo, todas las

certezas heredadas, todo el orden patriarcal.

Que un relato pueda ser un escenario posible o no quizás resulte irrelevante a la hora de pensar en los efectos de la recepción de las obras de arte. Porque al ver Matrix, leer 1984 o leer Un mundo Feliz, aun sabiendo que son textos ficcionales, nos emocionarán, conmoverán e interpelarán. Nos enseñan a posicionarnos frente a lo desconocido y a lo posiblemente acontecido, frente a nuestros miedos, frente a lxs otrxs. Nos entregan respuestas, nos estructuran un imaginario posible. Pueden ser escenarios posibles que originan verdades, o ficciones que crean realidad.

CONCLUSIONES

Hemos dado cuenta cómo la milicia se caracteriza por los mandatos de una masculinidad hegemónica que controla y da cuenta de su poder a través de la violencia. Es así que las estrategias, técnicas y formas de los dispositivos disciplinares están estructurados desde la autoridad y la obediencia. Sin embargo, el poder que se ejerce sobre el control social no está limitado por las instrucciones institucional, sino más bien, se caracteriza por el descontrol y la impunidad legislativa.

Donde hay poder hay resistencia dice Foucault. Donde hay poder hay discurso ¿Será que en algún tiempo las instituciones militares puedan cambiar la táctica de sus discursos? Porque poder y saber se articulan en ellos. Los discursos disputan porque a la vez que son instrumento y efecto de poder, también son obstáculos, topes, puntos de resistencia y de partida para las estrategias opuestas. Porque los discursos son inestables e incluso contradictorios en el interior de una misma estrategia es que nos preguntamos cómo desmantelar los dispositivos de control y de uso de fuerza innecesaria de la milicia. No sólo ello, sino, cómo hacer que los mismos sujetos, en sus propias masculinidades subalternizadas, se revelen al mandato o pongan en crisis el modelo estructural.

Al parecer, esto no acontecerá en un breve tiempo histórico. Por ello es que se nos hace urgente y

necesario educar la desnaturalización de la violencia, ya que es esta la que se impone el castigo como medio para educar, en que los y las niñas aprenden cierto recurso eficaz para imponer un propio punto de vista, someter la voluntad de otrx y corregir su conducta. Si además se les dice que es un gran honor defender su patria, se les enseña a ser fuertes y valientes, a no llorar, a negar el miedo y la vulnerabilidad, a buscar emociones fuertes, que ponen en riesgo su cuerpo y el de otrxs, a afirmar su ego frente al miedo, al riesgo y la muerte… si esto sigue así, la violencia seguirá siendo central en la resolución de conflictos, e ir a la guerra seguirá siendo la manifestación definitiva de la masculinidad (Lozoya, 2015). Entonces, ¿es la teoría del género una herramienta para identificar los dispositivos de poder en la milicia? Nuestra respuesta en sí, porque las construcciones del genero hegemónicas son representaciones de las acciones que el poder militar ostenta.

Siguiendo a Foucault, los discursos son dispositivos de saber y, aunque no lo parezca, una de las estrategias más poderosas por medio de las que se naturalizan los mandatos de la masculinidad hegemónica. Estos discursos se establecen sobre la jerarquía androcéntrica y dan paso a la naturalización del orden y la obediencia. Las dinámicas de poder se manifiestan ante un análisis discursivo que relacionadas con las dinámicas neoliberales, no han podido dar cuenta de la evidente desigualdad de género presente en este tipo de instituciones violentas. La identificación de las condiciones biológicas referidas a la reproducción y el cuidado es una de las causas que validan y otorgan pretexto a las prácticas e ideologías androcéntricas de la milicia.

No obstante, es posible resistir a estos discursos, ramificarlos en la urdimbre social de modo que estos dispositivos de poder y saber se critiquen en la naturalización que realizan de las desigualdades de género. Una de estas estrategias discursivas es evidenciar la incongruencia que los argumentos justifican en torno a la discriminación social, en que la estructura de poder de la milicia, excluye a la mujer al significarla en una determinación biológica relacionada a la reproducción y la inferioridad física. No obstante, son múltiples los cuerpos que de igual modo son excluidos en relación a su raza, edad, características corporales y género. Es así que debemos comenzar a generar discursos que rompan con estas naturalizaciones y evidenciar los sistemas de dominación dañinos y arraigados en nuestra sociedad.

Por otra parte, para observar críticamente el mundo no se puede ser o hacer de forma aislada porque necesitamos ver el mundo de un modo distinto a como nos han enseñado a mirarlo, de tal modo que solo a través de la experiencia y el apoyo de las personas que ya conocen esa otra mirada se evita creer que está errada nuestra particular forma de mirar.

Necesitamos así disponer de un acervo de relatos (o dispositivos) que nos guíen, que nos expliquen el mundo, que nos acompañen en el camino, que nos enseñen en nuevas esperanzas o peligros y que nos estabilicen frente a nuestros miedos.

Material suplementario
BIBLIOGRAFÍA
AGUILAR, P (2015). “La ficción audiovisual como instrumento de educación sentimental en la Modernidad.. Edición Traficantes de Sueños. Madrid. En Mujeres, Hombres, Poder, Subjetividades en conflicto, Almudena Hernando Ed.
ARRANZ, F. (2015). “Aproximación al dispositivo de reproducción de las identidades de género en la literatura infantil y juvenil de ficción” en: Mujeres, Hombres, Poder, Subjetividades en conflicto. Edición Traficantes de Sueños. Madrid, Almudena Hernando Ed.
BAITELLO, N (2008). “La era de la iconofagia. Ensayos de comunicación y cultura”. Colección:
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FOUCAULT, M. (1976). “Historia de la sexualidad 1: La voluntad de saber”. 1era edición (especial) Buenos
FOUCAULT, M. (1985). “Un dialogo sobre el poder y otras conversaciones”. 2001, Primera edición con nueva
SEGATO, R (2019). “Por qué la masculinidad se transforma en violencia”. Entrevista por: Josefina Edelstein. Recuperado de https://diariofemenino.com.ar/rita-segato-por-que-la-masculinidad-se-transforma-en-violencia/
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