Estudios
Recepción: 16 Abril 2021
Aprobación: 22 Agosto 2021
Resumen: En este artículo se analizan ideas fundamentales del pensamiento de Ellen Key a través de sus dos principales obras, El siglo de los niños y Amor y matrimonio. Junto a ellas, se tratan las teorías en que se apoyan, los principios que las explican y los procesos para la educación de la infancia. Sus planteamientos reflejan la complejidad de su pensamiento, poco conocido y que apenas cambió con el tiempo. Tanto Key como algunas de sus ideas fueron muy controvertidas en su momento. Sus aportaciones al movimiento feminista y a la historia de la infancia siguen siendo objeto de debate.
Palabras clave: Ellen Key, infancia, maternidad, evolucionismo, individualismo.
Abstract: This article analyses fundamental ideas of the thought of Ellen Key through her two most important works, The Century of the Child and Love and Marriage. Along with them, the theories on which they are based; the principles that explain them, and the processes for children upbringing are discussed. Her approaches reflect the complexity of her little known thought, which seldom changed throughout her lifetime. Both Key and some of her ideas were highly controversial at her time. Her contributions to the feminist movement and to the childhood history continue to be debated.
Keywords: Ellen Key, childhood, motherhood, evolutionism, individualism.
INTRODUCCIÓN
El objetivo de este trabajo es dar a conocer a Ellen Key [1849-1926], objetivo que puede parecer extraño dado que es una autora que recibe numerosas citas. Enseguida surge el nombre de Key cuando se trata de hablar del siglo XX y la infancia, o del feminismo, pero dudamos de que quienes la citan conozcan el concepto de niño que tenía, su visión de la infancia y de la educación o su concepto del papel de la mujer en la sociedad. Por ello, partiendo de sus dos obras traducidas al castellano, El siglo de los niños y Amor y Matrimonio, abordaremos los conceptos fundamentales de su pensamiento.
Situar a Ellen Key dentro del feminismo no es tarea fácil ni en su época ni en la actual. El concepto de feminismo es un concepto vivo, que varía en el tiempo y el espacio, de forma que no significaba lo mismo en 1900 que hoy en día y tampoco es equiparable su sentido en cada territorio y cultura. En ese momento, en los países del norte de Europa, el feminismo era una realidad y desempeñaba una auténtica función social que había servido para que la mujer recobrara cierta independencia y conquistara derechos civiles e igualdad política en el régimen constitucional en los casos de Noruega y Finlandia, donde eran elegibles y podían acceder a puestos de representación parlamentaria. Los planteamientos de Key con relación a las mujeres están estrechamente unidos a su concepto de educación y a su visión de la maternidad. En alguna medida, el término feminidad, cualidad de lo femenino, podría servir para perfilar las bases sobre las que la autora sueca asienta su obra. En torno a la idea de “santidad de la generación” hallamos el conjunto de características físicas, psíquicas o morales consideradas propias de la mujer, y definidoras de lo femenino que componen la argamasa que emplea Ellen Key en la construcción de los argumentos que vierte en sus ensayos. Se trata de un modelo definido en oposición al masculino y se vincula al movimiento y doctrina social favorable a la mujer a quien concede capacidad y para la cual exige iguales derechos que para los hombres.
El evolucionismo, gestado a partir de la obra de Darwin y Spencer, nutre su intelecto e hibrida con su conocimiento, llevándola a integrar las ideas del superhombre postuladas por Nietzsche y proyectadas en la incipiente eugenesia como masa crítica de sus teorías en torno a la concepción, crianza y cuidados de la infancia. La maternidad, entendida como esencia de la evolución es el núcleo en torno al cual deben ordenarse todas las dimensiones que componen las sociedades, como base de su permanencia. La “santidad de la generación” le llevó a formular propuestas que hoy difícilmente son aceptadas por las feministas. También le llevó a situar a la mujer en el centro de la creación y en consecuencia de la sociedad, por depender de ella la gestación y crianza en la primera infancia. En su modelo, la educación del niño deberá desenvolverse en la primera década de vida en el seno del hogar. Es allí donde la madre vuelve a ser el epicentro de tal labor. Es una propuesta que incluye la renuncia al trabajo remunerado fuera del domicilio, lo que limita la autonomía y la libertad de la mujer y la enfrenta también a las demandas del movimiento feminista.
Para Ellen Key el matrimonio debía ser una unión libre de los padres que persiguen la perfección humana en cada generación como parte de la idea evolucionista e individualista que subyace a sus posiciones teóricas. La eugenesia emana entre sus escritos para hacer de cada nuevo ser una oportunidad de aproximarse al ideal de superhombre en la idea de Nietzsche al que conoce y admira, pues no en balde incluye una cita suya al comienzo de su colección de ensayos publicada en 1900 con el título de Barnets århundrade y traducida como El siglo de los niños.
El visible universo de Key puede ser una ilusión, o más precisamente un sofisma, que multiplica y divulga el saber conocido, pues bajo el rigor de su escritura se aprecia una fundamental vaguedad, pese a lo verosímil y ajustado del tono general de los ensayos que componen la obra. Tanto ideas nebulosas como puntos de referencia relativos se entrelazan en sus ensayos con cierto nivel de irrealidad al abordar distintos temas, como cuando escribe sobre la maternidad vinculándola a una relación idealizada donde coexisten amor y matrimonio, en una doctrina laica que sacraliza la génesis como parte de la fe evolucionista en la mejora humana a través de la eugenesia como camino de perfección social.
Recorrer su obra es hacerlo sobre la estructura de una biblioteca limitada por las lecturas realizadas e ideas prestadas, trasladadas primero a sus ensayos y más tarde incorporadas a recopilaciones que no son susceptibles de ser sometidas a un orden que las dote de coherencia, unidad o sentido; por esto hemos seleccionado argumentos y asuntos ligados a la maternidad, la idea de educación y la función del matrimonio, la crianza, los cuidados y la educación de la infancia, para ordenar y explicar la estructura de su pensamiento.
Hipótesis
La hipótesis de partida es que ambas obras, El siglo de los niños y Amor y matrimonio, quedan integradas en un proyecto transformador de la sociedad por medio del individualismo liberal en el que el Estado queda al margen de imponer su modelo de sociedad. Como desarrollo de esta hipótesis, se plantea un modelo de génesis y crianza basado en la unión libre por amor en matrimonio para lograr la santidad en la generación y transformar la humanidad llevándola a su perfección. El amor es y representa la unidad de la vida y hace que la maternidad en su obra se transforme en la clave de su pensamiento e influya sobre su noción idealizada de la mujer, el sexo, la concepción y el matrimonio. Estos presupuestos permiten interpretar la estructura de su pensamiento educativo para situar en el concepto de “santidad de la generación” la base desde la que entender sus propuestas de reforma y transformación humana. Entre ellas la del sentido de la educación y de los sistemas de enseñanza, como complemento subsidiario del proceso de crianza que ha de protagonizar la madre en el seno del matrimonio, del hogar, que es un ámbito regido por el derecho privado. En esa función deben ser ayudadas por la sociedad y esa ayuda no serían instituciones donde pudieran los niños ser atendidos y educados, sino que vendría de la liberación de la mujer del trabajo remunerado fuera de casa hasta que los niños cumplieran diez años para que fueran sus principales educadoras, idea que chocaba frontalmente con el feminismo socialista y más aún con el radical de la época. Por otra parte, sus propuestas de transformación de los sistemas de enseñanza no son completas ni precisas y desatienden las diferencias y las necesidades de las personas y grupos más desfavorecidos. Apenas aporta soluciones que amparen los derechos de igualdad en educación. La libertad de iniciativa que cultiva en su vida puede ser un fiel reflejo de lo que traslada a sus obras como tendremos ocasión de exponer.
Una hipótesis complementaria nos conduce a comprobar la relación existente entre su experiencia vital y las dos obras citadas. En la biografía de Key hay una etapa atravesada por la frustración y la depresión, resultado de su experiencia sentimental. Parece ser que su única historia de amor, si se puede llamar así, fue la que mantuvo entre 1877 y 1887 con el teniente y crítico literario Urban von Feilitzen. Esta relación se sostuvo en su mayor parte a través de un gigantesco intercambio de cartas entre las partes. Como Ellen Key no quería que esta relación se hiciera pública, quemó la mayoría de las misivas relacionadas con esta historia de amor de la que sólo quedaron las pocas que se conservan en la Biblioteca Real de Estocolmo. Mirjam Tapper (2003) transcribió y publicó su contenido con el que ha tratado de reconstruir esa historia de amor. Los textos de las cartas se reproducen en este libro junto con un análisis de las opiniones de Ellen Key sobre el amor en general y las personas que la han influido en este asunto. Teniendo en cuenta que el amor es uno de los temas fundamentales en la obra de Key, conviene decir algo más sobre esta relación que, según parece, comenzó a raíz de que se encontraran después de que ella escribiera una recensión entusiasta sobre Protestantismens Maria-Kult, [El culto de María en el protestantismo] de 1874. Comenzaron a escribirse hablando de literatura, religión, política y sus propios problemas personales despertándose una intensa empatía y comprensión entre ambos. Tras alguna crisis intermedia, en 1887, la mujer de Feilitzen leyó una de las cartas, y se plantearon la posibilidad del divorcio que no se hizo realidad. Su esposa propuso que se mantuviera la correspondencia siempre que ella leyera las cartas lo que supuso una decepción para Key que esperaba que él defendiera el derecho a continuar sin censura. Hay que constatar que esta ruptura, que fue un duro golpe para Key, tuvo consecuencias para ambos: significó el final de la fase productiva de Feilitzen (era quince años mayor que ella) mientras que para Key comenzaban los años que le llevaron a tener fama mundial. Él le escribió una última carta en 1910 reconociendo su admiración por sus logros y “mostrando cálidos sentimientos” hacia ella (Svenskt biografiskt lexikon: 1956).
Según ambos, el propósito del amor entre hombres y mujeres era liberar la personalidad humana. Los comentarios de la época atribuyen a estas circunstancias el origen de Amor y matrimonio, pues en sus textos prevalece la defensa del amor en la unión conyugal como parte de la liberación y ruptura con los convencionalismos para transformar el amor y el matrimonio en dicha suprema (Colombina: 1907). Entre sus ideas emerge la educación como medio para transformar la naturaleza de la humanidad y alcanzar el ideal de pureza, inserto en la ética protestante, perseguido por intelectuales y literatos (Key: 1907).
Metodología
Para comprobar estas hipótesis es necesario analizar, ordenar y entender las ideas que dan forma a las obras de Ellen Key. Para ello, partimos de dos principios definidores: el primero, es su carácter fragmentario, dado que sus libros recopilan trabajos de distinta procedencia sobre temas afines y el segundo es que sus obras apenas aportan ideas, teorías o propuestas realmente novedosas más allá de la interpretación de las originales aprehendidas a través de sus lecturas y el intercambio de ideas con los círculos intelectuales que cultivó. En nuestro trabajo hemos recogido las ideas genéricas e integrado en ellas las más específicas a través de un detallado análisis de El siglo de los niños. Estudios (1906c) y Amor y matrimonio (1907a) [Lifslinjer I. Kärlek och åktenskapen (1903)]. A partir de ellas hemos procedido al análisis, la anotación crítica y la ordenación de las ideas en grupos, clases o categorías, para comprender un pensamiento en el que la mezcolanza de temas y autores, de corrientes y escuelas, de posiciones aparentemente contradictorias conducen a un intento de síntesis por parte de Ellen Key en la que integra su experiencia e idiosincrasia que cristaliza y proyecta en sus escritos. Nuestro trabajo persigue dilucidar un modelo básico en el que integrar sus ideas y propuestas para poder contextualizarlas y entender la función y el alcance que la obra tuvo en la sociedad y la cultura del momento; del mismo modo, analizamos las influencias que ha proyectado y la vigencia de las que han permanecido. En este sentido es necesario entender que sus publicaciones fueron objeto de polémica y controvertidas disputas a distintos niveles.
ELLEN KEY EN LA EUROPA DE CAMBIO DE SIGLO
Ellen Key fue una de las figuras más influyentes y controvertidas en los años finales del XIX y primeros del XX. Nació en 1849 en Sundsholm, Småland, hija de un político liberal, Emil Key, y de Sophie Posse, mujer inteligente y vinculada a la nobleza. Key no fue a la escuela y aprendió con dos institutrices, una alemana y otra francesa por lo que conocía ambos idiomas. Adquirió la mayor parte de sus conocimientos de la biblioteca familiar. Su educación fue liberal, pero estricta. Fue la mayor de seis hermanos y siempre recordó su infancia y adolescencia como una época feliz, en contacto con la naturaleza. A causa de la crisis agraria de los setenta perdieron su casa familiar en 1880 y se tuvo que ganar la vida, lo que hizo dando clases en un colegio de señoritas y conferencias en el Arbetarinstitut (Instituto de Trabajadores) de Estocolmo. Su primera publicación fue un artículo titulado “Camilla Collett y su obra literaria” en el periódico femenino Tidskrift för Hemmet en 1874.
Sus pensamientos sobre el amor, la paternidad, la maternidad, el matrimonio y la sexualidad, influyeron en las generaciones de principios del siglo XX. Si seguimos a Sanders (2001), la obra de Key formaría parte de la primera ola de feminismos que tiene sus orígenes en la década de 1850 y alcanza los años finales de la Gran Guerra. Su temática remite al intenso dinamismo social que tenía lugar en Gran Bretaña y en los países nórdicos en torno a problemáticas circunscritas entonces a los derechos reconocidos en la ley para el sexo femenino. Se trataba de derechos tan elementales como el acceso a la educación, la propiedad privada, el divorcio y la regulación de las situaciones matrimoniales. En el plano de los derechos políticos, se reivindicaba el reconocimiento de su acceso al sufragio universal o a la participación en la vida política en cuestiones tales como la posibilidad de adscribirse a formaciones y partidos. En los Estados Unidos, también se vincularon al surgimiento de los movimientos antiesclavistas que desembocaron en la Guerra de Secesión que tuvo lugar entre los meses de abril de 1861 y 1865. Para las intelectuales del diecinueve, el texto más influyente fue el ensayo, The Subjection of Women de 1869, de John Stuart Mill (2020) junto a la rupturista y controvertida obra de Mary Wollstonecraft, A Vindication of the Rights of Woman (1792) traducida pronto al francés y al alemán y una década más tarde al danés (Wollstonecraft: 2012). Ese texto contenía una declaración de independencia de la mujer que acababa con estereotipos y anticipaba avances en la igualdad (Gordon: 2018). En 1795 realizó un recorrido por Escandinavia, y al año siguiente publicó la narración del viaje en Letters Written during a Short Residence in Swedden, Norway and Denmark (1796). En esta obra uno de los temas principales es el concepto de libertad que acompaña con observaciones sobre las amplias libertades de expresión y opinión que disfrutaban los países nórdicos frente a las firmes divisiones de clase y la rigidez de las convicciones británicas (Wollstonecraft: 2003; Tomalin: 2011). A partir de esa experiencia, fue consciente de que las estructuras sociales de estos países facilitarían los fundamentos para la idea de la liberación de la mujer (Domingo: 2011; González: 2019). Los hechos dieron la razón a estos argumentos, más de cien años después, tal como muestra la trayectoria vital de intelectuales y artistas suecas vinculadas al círculo de Ellen Key a las que nos acercaremos a través del análisis del cuadro de Hanna Hirsch-Pauli “Los amigos de Ellen Key” (vs. 1900-1907).
Hanna Hirsch-Pauli. Vänner (Amigos). 1900-1907. Óleo sobre lienzo. (204 x 260 cm). Nationalmuseum, Estocolmo. Fuente: Google Arts & Culture
Estas mujeres pertenecieron a un amplio grupo de pintoras formadas en la Real Academia Sueca de Artes, que siguieron las clases para mujeres, impartidas por el pintor August Malmström [1829-1901] que ejerció su docencia de 1867 a 1894 en esa Academia y que dirigió entre 1887 y 1893. Como en otros ámbitos sociales, inicialmente se estableció una división de género en la Academia, si bien, a lo largo de la década de 1870, los deseos de cambio no tardaron en aflorar cuando la generación de estudiantes a la que pertenecían Julia Beck, Caroline Benedicks-Bruce, Karin Bergöö-Larsson, Mena Carlson-Bredber, y Emma Löwstädt, se trasladaron a París durante los años setenta y ochenta del diecinueve para completar su formación artística. Junto a ellas figuraba Hanna Hirsch, autora del cuadro en cuestión, quien había conocido a Eva Bonnier [1857-1909], también pintora e hija del editor Albert Bonnier durante su formación en la Academia sueca. Hanna se trasladó a París en 1885 para continuar su formación. Allí compartió alojamiento con Eva Bonnier que residía en la ciudad desde 1883 y que, al igual que muchos otros artistas, se habían trasladado a París por ser el epicentro del arte europeo, lo que se traducía en amplias libertades y mayores oportunidades para quienes deseaban completar su formación. En esos años, el contexto sociopolítico impedía a la mayoría de las mujeres una educación artística formal, si bien las creadoras que residieron en París lograron moverse con habilidad por la red de talleres, salones y galerías de la ciudad. Hanna permaneció en la ciudad francesa hasta 1887, año en que contrajo matrimonio con Georg Pauli, que había recibido la misma formación, y con quien compartía principios, gustos y estilos. Junto a otros pintores y escultores suecos, Pauli formó parte del grupo “Opponenterna” [“Los Oponnentes”] creado en 1885 e inspirado en las corrientes artísticas francesas. El matrimonio viajó sobre todo por Italia, regresando más tarde a Suecia, donde George fue nombrado director de la Escuela de Pintura y Dibujo adjunta al Museo de Gotemburgo (Bolloch: 2017).
La obra de Hanna Hirsch-Pauli se compone sobre todo de retratos para los que eligió como modelos a su grupo de intelectuales más cercano formado en gran medida por artistas, escritores y polemistas como Ellen Key, cuyas ideas feministas compartía y a la que situó en el centro de este cuadro en el que ella aparece como observadora en su propio salón, libreta en mano, frente a sus amigos, en una reunión de la “Juntans” [“Junta”], una sociedad fundada por el hermano de Eva Bonnier, Karl-Otto y su esposa Lisen. Este círculo de amigos solía reunirse para leer y discutir. Eva, que rara vez asistía a las reuniones, no pertenecía al grupo de figuras intelectuales y financieras representadas en la casa de los Pauli, situada en Bellmansgatan 6, en el área de Södermal en Estocolmo. En el cuadro se distribuyen alrededor de la mesa alumbrada por la luz de una lámpara para escuchar a Ellen Key, sentada en el lugar más iluminado, ocupando el centro de la imagen. La pintura puede verse como un homenaje al sentido de la amistad y al mismo tiempo como una muestra de la promoción de una nueva élite cultural. El grupo incluye a los amigos del matrimonio Pauli que habían compartido su formación en la Real Academia y en París, así como los de las “escuelas” de arte de Barbizon y Gréz-sur-Loing.
A finales de la década de 1870, Ellen Key había dado lecciones privadas a un grupo de niñas de clase media alta de la comunidad judía de Estocolmo. Tres de ellas están representadas en el mismo cuadro, próximas a Ellen Key, quien de hecho fue tutora privada de Hanna Pauli y de su hermana Betty Hirsch. En el cuadro figuran de izquierda a derecha, la hermana de la artista Betty Hirsch, la actriz y cantante de ópera, Olga Björkegren [1857-1950], Lisen Bonnier, esposa de Karl-Otto Bonnier, y alumna de Key, la artista y crítica literaria Nanna Sohlman Bendixson [1860-1923], hija de los editores August Sohlman y Hulda Sandberg, Ellen Key, Hanna Hirsch-Pauli, Gerda Berg y a su marido, el artista Richard Berg [1858-1919] futuro director del Museo Nacional; Karl Otto Bonnier [1846-1951] editor de la obra de Key que también publicó la de sus críticos, August Strindberg y Selma Lagerlöf. A continuación, se sitúa el artista Georg Pauli, el educador y escritor Artur Bendixson [1859-1923] casado con Nanna Solhman, y el escritor Klas Fåhreus [1817-1900], además de la figura de un desconocido situada junto a la ventana. (Håkansson: 2019; Håkansson: 2020)
El nombre de Ellen Key comenzó a ser conocido por el público hasta 1889 con motivo de un amplio debate en torno a la libertad de prensa. Participó en varias conferencias en Gotemburgo y Estocolmo en protesta contra los veredictos que recibieron Hjalmar Branting y Axel Danielsson y contra el cierre de la revista Framåt; también fue invitada a dar la conferencia de presentación de la asociación de estudiantes “Verdandi” en Uppsala que pronunció el 8 de marzo de 1889 con el título “Om yttrande-och tryckfrihet” [“Sobre la libertad de prensa y expresión”] donde defendió que la restricción de la libertad de expresión y de prensa obstruía el desarrollo cultural e iba en contra de los valores fundamentales. Este discurso se publicó con el título Några tankar om huru reaktioner uppstå, jämte ett genmäle till dr Carl von Bergen samt om yttrande och tryckfrihet, [Algunas reflexiones sobre cómo surgen las reacciones, junto con una observación al Dr. Carl von Bergen sobre opinión y prensa] provocando una intensa reacción (Key: 1889). Las controversias sobre su obra no cesaron, en 1893, por ejemplo, Eva Fryxell le atacó con el artículo “Kvinnliga författaretyper för den naturalistiska riktningen inom litteraturen på 1880-talet” [Ejemplos de autoras de la escuela Naturalística de la década de 1880] donde revisaba dos biografías escritas por Key de la matemática Sonja Kovalevskij y la escritora Anne Charlotte Edgren Leffler. Fryxell usaba las biografías para atacar a las mujeres que habían adoptado el Naturalismo y abandonado la visión cristiana de la vida y, además, insinuaba que la apostasía de las mujeres iba unida a su aceptación del amor libre. Key respondió con detalle introduciendo una tercera posición en el debate moral, separándose tanto de los guardianes de la moral pública como de los defensores del amor libre. Sin embargo, la polémica más intensa se desató en 1896 tras pronunciar en Suecia dos conferencias, luego publicadas sobre El abuso de la fuerza femenina y Ambientes de trabajo naturales para las mujeres (1896b). Key defendía que es preciso mantener la división de trabajo fundada en la naturaleza de donde se derivan dos alternativas: en una, que ella apoya, los hombres deben trabajar para mantener a las mujeres durante los años en que realicen su misión social, es decir, cuando los hijos son pequeños, “atendiendo directamente a sus necesidades por medio del matrimonio o ya realizándolo indirectamente con la ayuda del Estado” y las mujeres, a su vez, deben mantenerse aptas para las funciones de la maternidad. La otra opción es educar a la mujer “para que luche con el hombre en todos los dominios de la actividad humana, pero en este caso perderá cada vez más la aptitud y el deseo de la maternidad y el Estado tendrá que encargarse de educar a los hijos, librando así a las madres de un cuidado que dificulte su libertad de acción” (Key: 1907a, pp. 17-18). El tema de la “naturaleza femenina” fue lo que despertó las mayores controversias y en esa diferencia Key insiste en todas sus obras. Esa diferencia no implica diferentes derechos, pero sí diferentes obligaciones derivadas, precisamente, de la naturaleza de cada sexo. Lo que Key llama abuso de la fuerza femenina, tema recurrente en su obra, son las funestas consecuencias que tuvo para las mujeres ese abuso pues “debemos partir de la idea que la maternidad es necesaria para la mujer, y que el modo como ésta ejerce su misión es de grandísima importancia para la sociedad, por lo cual no podemos tolerar un estado de cosas que de cada vez más arrebata a la mujer las dichas de la maternidad, y a los hijos los cuidados de la madre” (Key: 1906c, Vol. 1, pp. 88-89). Puesto que la maternidad exige muchas energías por parte de la madre, no se pueden “desperdiciar” esas energías en un trabajo distinto a la misma maternidad.
Key insiste en que “la mujer consume en la maternidad tantas fuerzas físicas y morales, que queda inferior al hombre en la producción intelectual” (Key: 1906, vol. 1, p. 56) y, aunque “nada comprueba que un trabajo intelectual moderado y compensado por un régimen higiénico, deje de influir benéficamente sobre la salud de la mujer, lo mismo que el trabajo físico”, afirma que “los estudios y las carreras profesionales pueden inquietar a las mujeres; en efecto, aguijoneadas por la teoría de la nivelación de los sexos, se lanzan a la arena, ansiosas de probar que tienen energía para competir con el hombre, realizando un esfuerzo que no pueden resistir largo tiempo” (Key: 1907a, Vol. 2, p. 27).
Ellen Key hacia 1880.
Fuente: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/7/74/Ellen_Key_80.jpg
Key se manifestó contraria al proceso de emancipación de la mujer del siglo XIX; defendía la libertad de la mujer, pero de otro modo. Acerca del feminismo afirmaba que “Nos hallamos en presencia del más potente movimiento del siglo ante el deseo de la mujer a rescatar su albedrío, su personalidad y, por consiguiente, ante el más trágico de los conflictos que registra la historia. Porque si es trágico para un individuo o para un pueblo el buscar el enigma de su porvenir, ¿cuánto más trágico no será para la mujer? (…) La cuestión feminista es la más importante de nuestros tiempos y las luchas que suscita llegarán a exceder en violencia y fanatismo a todas las guerras de religión y de raza” (Key: 1907a, Vol. 2, p. 19).
Es evidente que su defensa de la mujer y sus planteamientos acerca de la maternidad, sitúan a la mujer en un lugar distinto al que las feministas del momento buscaban, pero también diferente al que tenían antes. Subraya la especial adecuación de las mujeres para el trabajo del hogar: “Se escucha continuamente que la tiranía del hombre ha impedido a la mujer probar sus fuerzas en los diversos terrenos de la actividad masculina. Mas ya se empieza a comprender que en la lucha por la vida la necesidad ha asignado a la mujer su parte de trabajo social en la forma de trabajo doméstico” (Key: 1907a, Vol. 2, p. 43).
Entiende que la reivindicación de un trabajo fuera del hogar para la mujer había “producido como último y triste resultado una mayor opresión; debemos convencernos de ello dirigiendo la mirada más allá de estos pocos millares de mujeres bien educadas, bien colocadas y bien pagadas que conocemos” (Key: 1906c, Vol. 1, p. 68). Y aún insiste más: “Creo una estupidez, para decirlo en una palabra, hablar de la libertad de la mujer y de sus derechos a elegirse un sistema de vida cuando la vemos trabajar como una bestia de carga para ganarse su mísero sustento, en condiciones que anulan, tanto para ella como para el hombre, la libertad del trabajo” (Key: 1906c, Vol. 1, p. 68). De hecho, llega a afirmar que la raíz de la mala educación y del aumento de la criminalidad de los niños está “bien en el trabajo demasiado precoz, bien en el abandono forzoso por parte de la madre a quien la necesidad de trabajar impidió ocuparse de ellos cuando tanta necesidad tenían de sus cuidados” (Key: 1906c, Vol. 1, pp. 80-81); y en función de la maternidad se plantean los conceptos clave que veremos a continuación: santidad de la generación, maternidad y amor.
A pesar ser Key una figura relevante, El siglo del niño (la traducción literal es “niño” y no “niños” como figura en castellano) fue acogida en 1900 con reserva y desconfianza por parte de un sector de la intelectualidad sueca, entre otros, el secretario permanente de la Academia de Suecia, Carl David af Wirsén [1842-1912] quien en los primeros meses de 1900 publicó un ensayo, donde criticaba a Key por sus incoherencias, titulado Ellen Keys lifsåskådning och verksamhet som författarinna: en undersökning [La vida y la actividad de Ellen Key como escritora]. En ese libelo afirmaba que Key sólo tenía ideas mezcladas de los autores que admiraba como Ibsen, Almqvist o Nietzsche. Sin embargo, sus críticas no lograron alterar ni un ápice las convicciones de esta, que ni agregó, excluyó o cambió línea alguna de la obra (Key: 1900). August Strindberg criticó algo semejante acerca de sus ideas feministas, y también la escritora Selma Lagerlöf, en sus cartas a Sophie Elkan, manifestó sus dudas hacia Key como escritora y moralista (Lagerlöf: 1992). Vitalis Norström, un prestigioso profesor de filosofía, también estuvo entre los críticos en su Ellen Key tredje rike en studie òfver radikalismen [El tercer reino de Ellen Key: un estudio sobre el radicalismo] publicado en 1902 donde mantenía su inconsistencia, falta de claridad, contradicción lógica y le acusaba de kåserier [charlatana]. Es cierto que Key escribía de forma abstracta y elaborada, a veces oscura, pero no vacía. En honor a Norström, hay que decir que con motivo del 60 cumpleaños de Key afirmó que “nunca dudó de la honestidad, la riqueza mental y el genio de Ellen Key” (Parner: 2017).
No obstante, el contenido de Das Jahrhundert des Kindes (1902) –El siglo de los niños en la versión alemana– fue el primero que otorgó identidad a su autora permitiendo descubrir la riqueza, complejidad, dominio y extensión de su cultura. Esta obra fue la que facilitó, a partir de su impacto en el área germana, que un notable grupo de intelectuales estableciera con ella una prolija red de contactos a nivel internacional, entre los que podemos citar a Thomas Henry Huxley [1825-1925], Romain Rolland [1866-1944], Rainer M. Rilke [1875-1926], Édouard Claparède [1873-1940] o Adolphe Ferrière [1879-1960], Sibilla Aleramo [1876-1960] o filósofos como Friedrich Nieztsche [1844-1900] junto a literatos como Stefan Zweig [1881-1942] o Robert Musil [1880-1942]; todos ellos mencionan sus escritos y ensayos, además de mantener un estrecho contacto e intercambio de ideas con Key. Sus relaciones hicieron que entablara amistad con Lou Andreas Salomé [1861-1937] quien también trató la cuestión de la mujer en algunos de sus escritos, otra intelectual, amiga íntima de Friedrich Nietzsche, además de confidente y terapeuta de Rainer Maria Rilke y alumna de Sigmund Freud [1856-1939] (Hansen 2020; Rilke & Key, 1993) A la obra de Key se asoció el concepto de transformación o reforma educativa o pedagógica a pesar de que la mayor parte de sus escritos y ensayos en años sucesivos traten sobre el pacifismo, la paz y la guerra en los años de la I Guerra Mundial, la emancipación de la mujer, su identidad, el matrimonio o aborden la obra de distintos artistas, científicos e intelectuales modernos y contemporáneos.
El siglo del niño (1900) se editó agrupando una parte de los textos previos publicados en revistas en forma de artículos, leídos en reuniones o expuestos en conferencias, o folletos y opúsculos divulgativos tal como la propia autora señala y justifica en los capítulos de la obra formados por este material (Key: 1900). Por su parte, los contenidos en Amor y matrimonio fueron publicados en su origen como la primera parte de tres volúmenes. Aparecieron entre 1903 y 1906 tratando sobre el amor y el matrimonio (1903), los humanos y Dios (1904) y la felicidad y la belleza (1906). En esos años, tras publicar El siglo del niño e iniciar la serie Líneas de vida, redacta tres trabajos vinculados con la enseñanza. El primero sobre “Un instituto europeo de ciencias de la educación” (1904a), el segundo sobre “El trabajo de educación popular con especial atención a la cultura del sentido estético: una visión y algunas indicaciones para el futuro” (1906a) y el tercero acerca de “Algunos puntos de vista sobre educación popular” (1906b). Es una etapa importante en su trayectoria intelectual dado que en este primer decenio del siglo XX su pensamiento traspasa las fronteras suecas, primero a través de las traducciones a la lengua alemana en especial de la versión de Das Jahrhundert des Kindes por Francis Maro en Fischer Verlag de 1902 que pasó a ser canónica. Las traducciones a distintas lenguas no tardaron en sucederse y a partir de la versión germana (1902), fue trasladada al danés (1902a), noruego (1903a), holandés (1904b), polaco (1905b), italiano (1906d), español (1906c), letón (1907c), francés (1908), o inglés (1909), lo que la transformó en un éxito editorial al menos durante las dos primeras décadas del siglo XX.
La recepción de la obra y su influencia sobre el pensamiento y las iniciativas pedagógicas reformadoras que caracterizaron los movimientos renovadores de la primera mitad del siglo XX deben analizarse con los temas que trata en Amor y matrimonio. En base a los datos existentes, es posible afirmar que esta fue su segunda obra más difundida, en parte por ser traducida en esas primeras décadas al danés (1905), al holandés (1905a) al francés (1907) al español (1907a y 1911), al italiano (1911a), al inglés (1911a) y al croata (1918). Más tarde lo sería al japonés (1975 y 1976) además de contar con distintas reediciones como sucede en el caso de España (1911, 1922, 1930). La misma editorial y colección de sociología que publicó El siglo de los niños, en 1906, en la traducción de Miguel Domenge Mir, lo hizo un años más tarde de Amor y matrimonio, prologada por su traductora, Magdalena de Santiago-Fuentes (Muñoz Olivares: 2005), pedagoga y escritora, que tuvo una segunda versión en 1911 con la traducción de Francisco Lombardía. Existe una tercera impresión singular de esta misma obra en ediciones Estudios, de Valencia, realizada por la Tipografía Catalana, de Barcelona, cuya portada es un montaje fotográfico que incorpora, entre otras, la imagen de la boda de Göering uniformado junto a su esposa. En la contraportada se incluye un sello de ediciones Estudios, donde figura la mención: «Educación sexual, arte, ciencia, cultura general». Debe estar vinculada a la revista anarquista Estudios dado que la portada está elaborada por Manuel Monleón Burgos [1904-1976], dibujante y creador de buen número de cubiertas para ediciones Estudios y de carteles.
Anders Forsström, caricatura de Ellen Key en Söndags-Niss, agosto de 1900. Biblioteca de la Universidad de Lund.
Santiago Valentí Camp, publicó en 1933 un ensayo con el título: «Hellen Key o la libertad de amar y la mujer de mañana» editado en Valencia por Cuadernos de Cultura, valorado como una semblanza inteligente de una luchadora en la libertad sexual y la emancipación de la mujer. En la Biblioteca Nacional de España figura una edición fechada en 1969 con el título Hellen Key o la libertad de amar, editada por Cenit. Las referencias conducen al Fondo Bibliográfico del Exilio Confederal cuyos títulos, publicados en CNT. Órgano de la Confederación Nacional del Trabajo en su número de enero de 1982, podían adquirirse “contra reembolso” a través de peticiones remitidas a un apartado de correos de Madrid que correspondía a la secretaría de la organización, en las que tenían prioridad “las peticiones marcadas con el sello del sindicato y organismos confederales. En ese listado figura la obra Hellen Key [sic] o la libertad de amar de Santiago Valentí.
Más allá de esta aportación, es oportuno recordar que Santiago Valentí es autor de una obra importante para entender la evolución de las ideas feministas las primeras décadas del siglo XX, y la influencia que las obras de Ellen Key pudieron ejercer. Se trata de Las reivindicaciones femeninas publicada en 1927, con prólogo de Regina Lamo, con ecos certeros de los escritos de Key. En ella se trata la mentalidad femenina y la condición de la mujer, el trabajo, el amor y el matrimonio, la vida del niño y la familia, la criminalidad sexual, la transformación social y la cultura, junto a la felicidad de la mujer del mañana y el pacifismo. La obra se cierra con un extenso apéndice bibliográfico. Su contenido está plagado de menciones precisas a las ideas, obras e iniciativas reales que definen la biografía de Ellen Key con relación a los derechos de la mujer y de la infancia. En el prólogo, Lamo indica que su autora es “gloria de su país y del feminismo mundial” y que “fue una de sus más fervorosas amigas”, y además, que en ese momento era quien compartía con Dewey y Claparède “la celebridad más indiscutida en materias filosóficas y didácticas”. Junto a la sincera y fraterna amistad de la autora sueca, Valentí Camp conoció en Ginebra a Berta Suttner, siendo traductor de su obra ¡Abajo las armas! Con ella mantuvo una extensa correspondencia de gran valor para su conocimiento del feminismo en Austria y Alemania. (Lamo: 1927, pp. 10-11). Entre los extremos representados por el amor libre y el matrimonio indisoluble, la posición de Key, calificada de “moralista”, plantea la “libertad de amar” como una posición intermedia “condicionada por la rectitud del propósito y el imperativo del deber” (Valentí: 1927, p. 33).
Las polémicas que suscitó no pueden ocultar la importancia de sus relaciones con los principales intelectuales de la época y el reconocimiento que obtuvo de muchos de ellos. Hemos elegido dos autores representativos de las primeras décadas del siglo XX europeo, Stefan Zweig y Robert Musil para ejemplificar esta influencia.
En 1904, Stefan Zweig, conocedor de la obra de Key, le escribió la primera carta de un intercambio epistolar que se mantuvo durante un par de décadas (Langheiter-Tutschek: 2010). En sus misivas, además de quedar reflejada la evolución de la obra del escritor se evidencia el desconcierto por el estallido de la Gran Guerra y la incomprensión por el modo en que los pueblos y las naciones europeas se transformaron en enemigos a pesar de compartir elementos culturales comunes. A partir de 1915, el contenido de la correspondencia muestra la resignación ante la catástrofe humanitaria y el crimen de lesa humanidad que representaban las dimensiones alcanzadas por el conflicto. Se trataba de una realidad que de hecho ponía en entredicho la confianza que habían depositado en el poder de la creación literaria y artística para atenuar las tensiones que condujeron a tal desenlace (Hansen: 2020). No obstante, ambos combatieron con la palabra y la escritura su batalla por la paz, como puede apreciarse entre otras obras de Key en La guerra, la paz y el futuro (1914), El profundo significado de la Guerra (1916), y en las que dedica a la participación femenina en Ganadores I: Mujeres en la Guerra Mundial (1918) y en Dos mujeres pioneras en la guerra contra la guerra (1918a) dedicada a Florecence Nightingale inspiradora de la Cruz Roja y a Bertha von Suttner, primera mujer reconocida con el premio Nobel de la paz. En El mundo de ayer, el escritor centroeuropeo, da cuenta de la relevancia de la visita de Key, «esa maravillosa sueca» de la que subraya la seguridad que poseía de sí misma “que, con una audacia sin precedentes en aquella época refractaria y de miras estrechas, luchaba en pro de la emancipación de la mujer” (Zweig: 2010, p. 167). Aclaradas en parte las dudas sobre su vertiente feminista en la defensa de los derechos de la mujer, el escritor austriaco añade que «en su libro El siglo del niño incidió, mucho antes que Freud, en la vulnerabilidad psíquica de los jóvenes» (Zweig: 2010, p. 167). En el plano social indica que en Italia le presentó a Giovanni Cena [1870-1917] redactor jefe de la revista Nuova Antologia quien había desarrollado una intensa labor de asistencia, promoción social y alfabetización en las poblaciones del Agro romano. En Italia, Key le incorporó a su círculo literario, y por mediación de ella consiguió «a otro amigo importante en la persona del noruego Johan Bojer» (Zweig: 2010, p. 167).
En la inacabada novela de Robert Musil El hombre sin atributos, considerada como un compendio de la cultura europea de entreguerras, aparecen también bosquejos de la obra de Key. Uno de sus personajes, Hans Sepp, trata de enseñar a elaborar «el derecho del hijo y su educación conforme a las leyes del propio ser», convencido de que el hijo «es creador porque él es crecimiento y se edifica a sí mismo» (Musil: 2004). Así inicia un extenso recorrido por los principios recogidos en la pedagogía reformista del «siglo de los niños». También hay referencias a «practicar la enseñanza en forma de juego» como respuesta a los «dictámenes de la moderna pedagogía» pues según ésta «se deja al alumno trabajar juntamente con el maestro en lugar de adelantarle los resultados establecidos». Incluso hallamos a un personaje que «era dos cosas: era pedagogo, y era un pedagogo progresista» (Musil: 2004). El contrapunto de la indagación en los principios de la educación que había reflejado en su novela breve de 1906, Las tribulaciones del estudiante Törless en la que su protagonista se planteaba si entre todo lo que hacía en aquella escuela militar, había algo que tuviera sentido (Musil: 2014). Son obras decisivas para entender los conceptos clave de las crisis de identidad social de la modernidad europea en la que el sujeto pierde su sentido sustancial y la cultura se transforma en un sinfín de esperanzas baldías e incapaces de responder a alguna idea que la encauce, ordene y dirija (Bayón: 2006; Magris: 1998). La interpretación literaria de esa realidad refleja la idea de Key sobre la escuela elemental y también sobre los niveles superiores, pues si la primera carece de independencia y respeto de la realidad limitando el desarrollo potencial de las facultades intelectuales de los niños, las escuelas superiores y normales “acaban de matar su individualidad” (Key: 1906c, Vol. 2, p. 224).
Sobre todo desde 1900, con la publicación de El siglo del niño, su prestigio y sus relaciones con intelectuales europeos fueron aumentando en tanto que las críticas recibidas en su país le movieron a pasar largas temporadas fuera de Suecia. Sus obras reflejan un enfoque unificador de las ideas que había ido asimilando a lo largo de su vida. De hecho, tanto en El siglo como en Amor y matrimonio las referencias a Goethe, Schiller, Almqvist, George Sand, Ibsen, Spencer, Mill o Nietzsche son frecuentes. Sus conferencias y escritos hicieron que fuera aumentando su fama en Europa y América lo que unido al incremento de las críticas en su país le llevaron a un exilio autoimpuesto, no continuado, entre 1903 y 1909. A su vuelta, mandó construir en Strand una casa similar a aquella donde había pasado su infancia y adolescencia, junto al lago Vättern, que se convirtió en centro de reunión de intelectuales y donde vivió hasta su fallecimiento en 1926. Su casa se convirtió en monumento nacional en 1992.
CONCEPTOS, TEORÍAS, PRINCIPIOS Y PROCESOS CLAVE
Un concepto clave es un elemento básico, fundamental y decisivo que informa o facilita la idea por la cual se hace comprensible algo que en su estructura es complejo y difícil de entender. Esto ocurre con las obras de Key, dado que agrupan trabajos independientes sobre temas diversos creados en tiempos distintos que comparten entre sí ideas y conocimientos básicos comunes. Los trabajos incluidos en cada libro dependían de la voluntad de la autora o de la imposición de los editores, por lo que cada libro podría haber adoptado tantas formas como combinaciones fuera posible generar. Al compartir entre sí elementos comunes pueden ser agrupados de innumerables formas. Esta estructura hace que sean difíciles de entender y en ocasiones de establecer diferencias netas con partes precisas de otros libros. El análisis de la transformación de Barnets århundrade (1900), en Das Jahrhundert des Kindes (1903), desde el original sueco, a su versión canónica en alemán permite entender esa realidad, a la que se une el cuidado puesto por la autora en la selección y ordenamiento de su contenido, la colaboración con su traductora, y los intereses de los editores para conseguir una amplia difusión de la autora sueca. En torno a su figura intelectual es lógico deducir que se hubiera creado cierta expectación e interés a partir de las polémicas que había generado su obra en Suecia y del conocimiento que en Alemania se tenía de ella pues habían aparecido en los años previos las traducciones de tres de sus obras. En 1898 se publicó Misbrauche Frauenkraft. Ein Essay en la traducción de Therese Krüger; en 1900 sus Essays, en la traducción de Francis Maro para el primer volumen, y en 1901 del segundo volúmen Die Wenigen und die Vielen en 1901, en ambos casos para la editorial berlinesa Fisher. Por otra parte, la difusión de Das Jahrhundert des Kindes a partir de 1903 se vio favorecida también por los comentarios de Rainer Maria Rilke en dos trabajos publicados en el Bremer Tageblatt und General-Anzeiger en 1902.
Aunque el interés por el estudio de la difusión de su obra es evidente, el objeto de este trabajo es determinar las ideas básicas que comparten El siglo de los niños. Estudios (1906c) y Amor y matrimonio (1907a). La característica más relevante es que carecen de un estricto orden lógico si bien se encuentran relacionados entre sí, lo que los hace depender del conjunto. En El siglo pueden ser ordenadas según el orden biológico que en el caso del niño impone la relación, concepción, gestación, nacimiento, crianza y desarrollo, con sus implicaciones en el cuidado y la educación en el hogar. Es en esta secuencia donde se ubican los tres conceptos básicos de maternidad, amor y santidad de la generación. Junto a los conceptos clave se asocian tres teorías científicas que los justifican. Estas son el higienismo, el evolucionismo y la eugenesia. Para alcanzar la perfección del ser hay dos principios necesarios, el de incompletitud y su meta en relación con el superhombre como ideal de completitud. Como elementos integradores aparecen los procesos de gestación y crianza y la escuela del hogar como medio esencial para la educación en la infancia temprana o primera infancia. Cada uno de ellos lleva asociadas distintas nociones que relacionadas entre sí componen los elementos básicos que vertebran el pensamiento y las obras de Ellen Key tal como detallamos a continuación.
La esperanza de Ellen Key estaba depositada en los padres que deseaban «educar en el nuevo siglo al nuevo hombre» y a ellos está dedicado Barnets århundrade (Key: 1900). Pero hablar de un hombre nuevo no es sencillo en una sociedad plural dominada por la primacía del individuo como ser perfectible, aunque facilita la comprensión del sentido con que son empleados los elementos, ideas, conceptos que conforman sus pensamientos y que sirven a la autora para ajustarlos a la interpretación de la realidad en todos aquellos temas que recorren su obra. Sobre la infancia, Key parte de la idea de perfección que sitúa en el origen de la vida. Lo que concibe como “gran amor”, símbolo de la eternidad e indicio de grandes almas (Key: 1907a, p. 34) es el epicentro de la creación y actúa como catalizador para activar el universo de elementos que confluyen en la concepción de un nuevo ser. Es una parte necesaria para la idea de “santidad de la generación”, un sintagma cuya adjetivación quizá remite a la perfectibilidad y libertad, a la virtud y ejemplo que se hallan en su origen y que esclarecen la función que cobra en la obra de Key. Es el elemento nuclear, pues de ella, de su “santidad” ejemplar, dependen la ética y el ordenamiento de la sociedad. Las ideas de Nietzsche resuenan en sus textos y promueven la búsqueda del superhombre como meta, pero la base es la perfectibilidad evolutiva propiciada por la teoría de Darwin plasmada luego en la eugenesia de Galton. A diferencia de lo que sucederá más tarde, cuando la ciencia pretenda la mejora de las sociedades, los primeros estudiosos aplican estas ideas y principios en el plano individual y privado de la familia. Aunque Key advierte sobre la función que debería tener la ciencia en la perfección humana, no es consciente de las implicaciones que más allá del plano individual, tendrá en el futuro. De hecho, su pedagogía, siguiendo el pensamiento de Rousseau, demanda que cualquier intervención respete el desarrollo natural de las capacidades del ser. Su traductor al castellano nos advierte que para Key “el peor mal” de la educación residía en el dualismo tradicional entre ciencia y creencia (Domenge: 1906c).
Conceptos. Maternidad, amor y santidad de la gener
La maternidad se convirtió en 1896 en el núcleo central del pensamiento de Key quien se sentía incomprendida por los ataques que recibía ya descritos. La polémica suscitada puso de manifiesto tensiones existentes dentro del movimiento feminista que, según en el contexto, calificaban los planteamientos, no sólo los de Key, de radicales o conservadores. Su concepto de la maternidad condiciona la vida de los futuros padres tanto desde antes de la concepción misma del niño como tras su nacimiento y la educación que recibirá. Parte de su obra da cuenta de la carencia de toda norma ética en la vida conyugal y de los problemas que lastran el matrimonio como institución por lo que vincula la maternidad a una opción voluntaria, libre y responsable sustentada en el valor del amor creador como elemento necesario para la concepción, gestación, crianza y desarrollo de las potencialidades del ser como individuo de la especie y como parte de la humanidad en la que la escuela del hogar es la base de la educación de la persona. La misión del porvenir sería educar a las madres para que no tuvieran la necesidad de enviar a sus hijos a ninguna institución externa. Para Key la maternidad no era sólo una capacidad biológica, sino también espiritual lo que hacía que los trabajos más adecuados para las mujeres fueran los que requieren comprensión y los relativos al cuidado. La maternidad queda vinculada al “gran amor” necesario para alcanzar la “santidad de la generación” a la que aplica la noción de “amor evolucionista” ligado a los principios darwinianos que explican la evolución biológica y que son la base del proceso de perfeccionamiento humano.
Ellen Key define y analiza en El siglo de los niños los caracteres inherentes al “gran amor” afirmando que el “amor sólo es grande cuando es el culto de cada día y de cada hora, cuando es un ennoblecimiento, una santificación constante de nuestra individualidad" (Key: 1906c, Vol. 1, p. 41). Identifica el “gran amor”, como símbolo de la eternidad e indicio de las grandes almas en la misma medida que los amoríos efímeros revelan las almas mediocres. En otro orden, defiende el amor evolucionista que integra la unión libre por amor conyugal para lograr la santidad en la generación. El amor es la unidad de la vida y hace que la maternidad sea central en la concepción, génesis, crianza y educación en el hogar, como procesos necesarios para la perfección individual y social. Para Key, llegará el día en que la forma, no menos que las manifestaciones del sentimiento amoroso, serán identificadas como cosa absolutamente individual y privada y los amantes, los esposos, se considerarán y serán considerados como libres (Key: 1906c, Vol. 1, pp. 34-35).
Key reclama para toda mujer que reúna las condiciones acordes con las teorías y principios expuestos, el derecho a la maternidad sin que esta tenga que ser dentro del matrimonio. En consecuencia, defiende el respeto y la protección para la madre soltera como un medio para cumplir la misión maternal que es un derecho inalienable. Las soluciones prácticas que propone al divorcio ponen en cuestión el porvenir y el amor de los hijos, y esta dificultad le lleva a plantear ideas que entran en conflicto, pues defiende que los derechos del gran amor deben anular los de todo compromiso, aconsejando la ruptura de toda relación conyugal y vida en común, aplicando la sentencia de Nietzsche según la cual “es mejor destrozar un matrimonio que ser destrozado por él”. Pero, a la vez, esto supone la creación de una atmósfera hostil para los niños en un hogar carente de amor. Entonces mantiene que, aunque los padres se mantengan desunidos en el hogar, la acción simultánea de ambos resulta insustituible. Esto representa un intento de integrar realidades contrarias de difícil manejo en el plano de la convivencia.
La idea de “santidad de la generación”, en la que se integran amor y maternidad, es la base desde la que entender sus propuestas de reforma y transformación humana como perfeccionamiento basado en los principios de la teoría de la evolución humana. Es un proceso desarrollado dentro de la familia y el matrimonio como medio para alcanzar la perfección del ser desde una visión alejada del dogma católico. Ellen Key lo ilustra con el recurso retórico que comienza con la imagen de un niño desnudo incapaz de poner un pie en “nuestro globo, cubierto y erizado de armas” en el que durante diecinueve siglos los hombres no han sabido aplicar la doctrina que trata en vano de modificar ese estado de cosas. Para conseguir que las espadas se fundan en las fraguas, transformadas en arados, defiende como condición necesaria la conciencia de la “santidad de la generación”. En su idea, el hecho ideal de que “toda la humanidad” alcanzara a convertirse a la fe cristiana, no sería garantía suficiente para conseguir el fin de la violencia como signo indeleble de la cultura y civilización humanas. En este estado de cosas, para romper con la herencia social, postula el derecho de la infancia a ser engendrada desde la nueva conciencia de la “santidad de la generación” que surgirá cuando la humanidad abrace la teoría de la evolución e intervenga de forma activa en el mejoramiento de la especie. Lo hará desde el estudio de las condiciones que deberían determinar la concepción de seres más hermosos y fuertes. Esta nueva ética consideraría moral la convivencia que así la engendre, pues ella sería educada en la responsabilidad hacia los deberes que encierra concebir una humanidad más noble. En esta tarea debía colaborar la Escuela, convenientemente transformada. Su proyección en el campo de la educación y los cuidados de la infancia son evidentes, pues el estudio de la reproducción biológica, necesitó la construcción social de la maternidad como eje esencial de cuidados, para lo cual los procesos de educación y aprendizaje eran claves.
Teorías científicas. Higienismo, evolucionismo y eugenesia
La higiene como medio de lograr niveles sociales de salud física y con ella la belleza como resultado de la perfección, constituye una parte de las bases para el mejoramiento de la especie humana. Se trata de un defensa de la ontogénesis como “ciencia acerca de las condiciones fisiológicas y psicológicas que deben concurrir a mejorar nuestra raza, empezando por el momento de la generación”, dado que para Key el campo de saber más atrasado era “el estudio de las condiciones que deberían determinar la generación de una raza más hermosa y fuerte” (Key: 1906c, Vol. 1, p. 18). Por eso creía que era “preciso despertar, sobre bases científicas y en forma más elevada y nueva, el amor de los antiguos por la fuerza y la belleza del cuerpo, y su respeto por la divinidad de la reproducción, junto con la conciencia moderna de la felicidad que brota del amor ideal”. Key conocía que los griegos pensaban que el amor era la principal fuerza educadora y que el maestro escogía a nuevos discípulos cuando hallaba en alguno un destello especial para entregarle su sabiduría; a cambio, no habría peticiones salariales, sino amor y seducción a través del conocimiento (Vallejo: 2020).
La parte más controvertida de estas posiciones tuvo que ver con el origen y desarrollo de la eugenesia como parte del auge del darwinismo social llevado al extremo por las políticas raciales de segregación y exclusión aplicadas luego por los totalitarismos. Sin embargo, en tiempos de Key, sus postulados, apoyados en el evolucionismo como teoría biológica, eran compartidos por las corrientes intelectuales más progresistas, ajenas a esa utilización posterior. De hecho, en el otoño de 1879 conoció en Londres a Thomas Henry Huxley [1825-1895] ferviente defensor del evolucionismo y al biólogo alemán Ernst Haeckel [1824-1919] que había presentado sus ideas sobre la evolución de las especies en su Morfología general de los organismos (1866). A partir de aquí inició el estudio de su obra, junto a la de Charles Darwin [1809-1882] además de la del positivista Herbert Spencer [1820-1903], quien ya había aplicado estos principios en los artículos recopilados en Education: Intellectual, Moral and Physical (1861).
La idea de evolución desde la perspectiva del desarrollo, defendida por Herbert Spencer fue la que más atrajo a Ellen Key. Ella conoció su obra Education en la traducción al danés publicada en 1879 que aparece entre las lecturas que figuran en su diario. A lo largo de 1880 estudió en profundidad otras obras de Spencer como The Data Ethics y The Study of Sociology. Influida por el pensador suizo Johan Heinrich Pestalozzi [1746-1827] y a través de sus ideas conoció la obra de Jean Jacques Rousseau [1712-1778], Emilio o de la educación (1762) a la vez que las de John Locke [1632-1704] por medio de sus Some Toughts Concerning Education (1693).
Lo más revelador de sus consecuencias para los derechos de protección de la infancia es que se extienden a la misma concepción del ser, y por tanto van más allá de las posiciones tradicionales. Para ser precisos protegen a la persona como concebido y nasciturus, quien se tiene por nacido para todos los efectos que le fueran favorables siempre que naciera con vida y se hubiera desprendido del seno materno. Es entonces cuando se produce la adquisición y reconocimiento de derechos, si bien existen diferentes teorías sobre esta realidad. Por otra parte, desde el campo de la biotecnología, cuestiones biomédicas como el diagnóstico genético preimplantacional (DGP) o la terapia de reemplazo mitocondrial conocida a nivel coloquial como “FIV de tres progenitores” son controvertidas por demostrar en qué medida la ciencia aplicada a la medicina puede llegar a ampliar los límites éticos para lograr que los progenitores tengan hijos sanos. La regulación legal de estas prácticas es muy heterogénea a nivel internacional yendo desde normas muy restrictivas en algunos Estados donde tan solo se adoptan recomendaciones de distintas sociedades científicas, a países que carecen de prohibición legal alguna en este campo (Doudna & Sternberg: 2020, pp. 268-270). La infancia, y con ella la «santidad de la generación», necesita ser protegida de las consecuencias de una realidad en la que es posible experimentar con nuevas fronteras que, más allá de la terapéutica, afronten el mejoramiento de la persona como tendencia en la que se asienta el posthumanismo.
La eugenesia fue un bagaje que, sin duda, favoreció que Key aplicara los principios de la teoría de la evolución biológica a sus planteamientos sobre la educación de la infancia. De esta manera, para ella, los cambios en las ideas siguen a la evolución de la naturaleza humana que será completa cuando arraigue en ella la conciencia de la “santidad de la generación” que hará del nacimiento, cuidado y educación de los hijos el eje de todo deber social en torno al cual se agruparon a lo largo de la evolución de las sociedades, sus leyes, usos y costumbres. En su opinión este será “el punto fundamental que determinará toda deliberación y todo juicio” (Key: 1906c, Vol 1, p. 9).
Ellen Key detalla una serie de creencias y principios que condicionan la concepción y desarrollo del nuevo ser, dedicados sobre todo a la higiene y a la salud. Incluye entre otros, temas relativos a la edad mínima para concebir un hijo, límites a la libertad de la mujer para elegir su pareja y otros asuntos relacionados que conducen a la exposición de los derechos de los hijos.
Desde la publicación en 1859 de El origen de las especies de Darwin, su primo Francis Galton comenzó a sentar las bases que impulsarían el movimiento social y genético al que dio en nombre de eugenesia –literalmente «bien engendrado»–. En 1869 Galton publicó un tratado titulado Hereditary Genius: An Inquiry into Its Laws and Consequences en el que trataba de demostrar que la herencia era responsable del talento de la persona, por lo que no dudaba en defender que «sería muy práctico producir una casta de hombres sumamente dotados por medio de matrimonios sensatos durante varias generaciones consecutivas” (Galton: 1892, p. 12).
Principios. Incompletitud y completitud. La búsqueda del superhombre y el sueño de la razón
Para Ellen Key la teoría de la evolución explica el pasado y es guía para el futuro. El porvenir humano queda abierto al cambio y a la perfección continua dada su incompletitud, pues, como muestran los hechos, sus transformaciones están por concluir. El ser humano se encuentra en proceso de renovación constante como criatura incompleta que el tiempo modelará en infinitos cambios que lo transformarán en un nuevo ser. Si se acepta que la evolución humana es continua, se admite la posibilidad de influir para producir un tipo humano superior, a semejanza de la intervención que las civilizaciones realizan sobre la selección animal. Esto es algo que no se corresponde con el atraso sobre “el estudio de las condiciones que deberían determinar la generación de una raza más hermosa y fuerte” (Key: 1906c, Vol. 1, p. 18) como manifiesta la autora.
El límite lo impone la “teoría cristiana de los orígenes y la naturaleza del hombre” tanto en el estudio de las diferentes formas de relación y convivencia humana entre sexos como en todo lo relacionado con la reproducción. Según esa teoría, “toda relación sexual no legitimada por un vínculo indisoluble” como el sacramento del matrimonio es impura. Sin embargo, el dominio personal, el sentimiento de pudor, reserva y fidelidad son elementos importantes del amor y rasgo de humanidad impulsados por la idea cristiana, por lo que Key plantea que podría formarse una “humanidad más noble y más moral cuando todos recibamos desde la infancia enseñanzas sencillas y claras que nos expliquen el aspecto sexual de nuestra naturaleza” que incluiría la higiene y la mejora de la especie. Por esto defendía sobre bases científicas el culto clásico por la fuerza y belleza del cuerpo, respetando la “divinidad de la reproducción” y la “conciencia moderna de la felicidad que brota del amor ideal” respetando las “sagradas funciones” de la maternidad frente al “Eros omnipotente” (Key: 1900, Vol. 1, p. 31). Buscaba la mejora de la especie humana guiada por la ontogénesis evolutiva desarrollada en la obra De ovi mammalium et hominis genesi publicada en 1827 por Karl Ernst von Baer [1792-1876], uno de los fundadores de la moderna embriología analítica experimental, que, frente a la teoría preformacionista, planteaba una explicación epigenética del desarrollo según la cual la ontogénesis se inicia desde un estado homogéneo para diferenciarse de forma progresiva en partes heterogéneas (Jacob: 1999). Los principios del desarrollo embrionario observados por Baer sólo podían proceder de una evolución programada desde la fecundación y eran situados por Key en el origen de una ética que superaría a la cristiana y que le permitiría calificar como “inmoral a la convivencia que engendre una prole enferma, en malas condiciones para su desarrollo” (Key: 1900, Vol. 1, p. 31).
Las ideas de Nietzsche sobre el superhombre, a consecuencia del darwinismo social, pasaron a integrarse dentro del concepto de selección natural basado en la supervivencia de los más aptos defendida por Francis Galton. La eugenesia pretendía entonces limitar la ética liberal individualista a través de la identidad social higienista como proceso de mejora de la especie y medio de naturalización de la reproducción social (Muller: 1936). La atracción sexual y la reproducción como mecanismo de permanencia de las especies aparece como hecho muy anterior a la formación de las sociedades y a la aparición de la idea del amor como parte de la supervivencia y evolución (Muñoz Rengel: 2020, pp. 23-24). Es posible que lo que Key defendiera entonces, formara parte de la lucha de la mujer por el control de la concepción, la autodeterminación reproductiva y la libertad para limitar la procreación (Gordon: 1976). Sin embargo, las teorías científicas y postulados sociales de la eugenesia se transformaron en la revolución cultural nazi en un medio para establecer el canon germánico de procreación natural, que llevó a la creación de instituciones inéditas, como la asociación “Fuente de vida” (“Lebensborn”) que acogía en sus centros a las madres solteras acordes con los principios de la raza, ofreciéndoles lo necesario para el nacimiento, la crianza y la educación de sus hijos (Ackerman: 1970, p. 129). Atribuyeron al cristianismo -entendido como doctrina oriental importada- la devastación de la cultura, la demografía y el espacio geográfico del Norte (Kummer: 1935, pp. 311-312). La raza germánica, procedente de un pueblo nórdico originario al que pertenecen entre otros los griegos y romanos, justificaba la recuperación de las bases de sus culturas y ordenamiento jurídico (Helmut: 1932, p. 11). El retorno a la naturaleza germana pasaba por recuperarla de la aculturación judeocristiana, humanista, ilustrada, o liberal, entre otras, que la habían desnaturalizado. Esto imponía un retorno a los orígenes de la raza para hallar en ellos su naturaleza, principios y costumbres. En la que se ha considerado como revolución cultural nazi, las ideas eugénicas quedaron vinculadas a las culturas griega y romana y, por tanto, al pensamiento clásico, y a las obras de Platón y Aristóteles (Chapoutot: 2019, pp. 73-74). Las consecuencias a las que condujeron tales teorías transformadas por la ideología en instrumento básico para las políticas de segregación humana y negación de todos aquellos pueblos y culturas distintas eran entonces imprevisibles. Aplicar el principio del sueño de la razón de los Caprichos de Goya permite entender cómo se engendran monstruos, por el fracaso de la ciencia para hacer posible la transformación deseada de un mundo que tanto la encumbraba (Matilla: 2008, pp. 170-171). En este caso degeneró en la teratogénesis que desgarró el tejido social cuando la supremacía de la raza se convirtió en fin y las masas fueron convencidas de la legitimidad del uso de la fuerza para imponerse a las consideradas inferiores o subhumanas. Entre los numerosos recursos empleados por el poder estaba el propugnar la igualdad de naturaleza del pueblo preeminente y a la vez su absoluta diferencia con los demás pueblos (Arendt: 2017, 474-530).
Procesos. Gestación, Nacimiento, Crianza y Escuela del Hogar
Las posiciones en defensa de los derechos de libertad de la mujer aparecían para Key dentro de un dualismo entre teoría y práctica, en el que ciertas posiciones no asumían las consecuencias de la “libertad para todos los poderes y dimensiones de la personalidad”, en parte porque el individualismo y la autoafirmación de la mujer eran algo más que una batalla ideal por la justicia. No obstante, apreció que en realidad el movimiento de emancipación, de liberación de las restricciones de la mujer, la desinhibición de su personalidad, se habían transformado en una institución social cuasi funcionarial, en algo semejante a “¡una doctrina eclesiástica con sus dogmas!” (Key: 1900, 1, p. 82). Key defendió la libertad de la mujer para pensar y actuar incluso aunque sus ideas entraran en conflicto y se enfrentaran a las defendidas por el movimiento feminista. Frente al dogmatismo, Key manifiesta su distanciamiento, manteniendo como idea y práctica, alcanzar la libre emancipación de la mujer y la igualdad completa de derechos y obligaciones. Esto incluía su incorporación a la defensa nacional, en contraposición a algunas posiciones feministas que alegaban la maternidad como razón para quedar exentas. También se centra en la libertad de la mujer para contraer matrimonio y defender el derecho al divorcio antes que “el nacimiento de nuevos hijos engendrados por padres completamente desacordes”. En su seno, cada hijo debe ser “sagrado” con independencia del sentimiento que hubiera unido a sus padres, dado que la propia evolución social establecerá la maternidad como hecho “sagrado” que en el caso de nacer de un “amor verdadero, será maternidad verdadera y sentida” (Key: 1906c, Vol. 1, p. 54).
En coherencia con su defensa de la maternidad, respaldó la necesidad de limitar el trabajo y adaptarlo a la realidad de la mujer durante los procesos naturales de gestación, nacimiento y crianza. En suma, abogó por proteger la maternidad como un bien inalienable para el bien de las sociedades, reguladas en leyes que, manteniendo el derecho al trabajo, garanticen la salud y el bienestar y protejan estos principios. Lo contrario podría limitar su libertad dado que para Key prevalecieron sobre ella “los derechos del hijo que podrá tener, y cuyo patrimonio, es decir la salud y la vida, no tiene el derecho de disminuir ni siquiera antes de que nazca”. La protección a la maternidad requería no solo limitar el trabajo sino abolir el nocturno, en minas e industrias malsanas y proteger a las “recién paridas”. De hecho, propuso que se estableciera una ayuda o subsidio que permitiera su plena dedicación a sus hijos durante el tiempo que “necesiten de sus auxilios” (Key: 1906c, Vol. 1, p. 88) ya que la “educación de un niño, como toda obra de arte, reclama una consagración absoluta, incompatible con la diversidad de trabajos y la atención distraída” (Key: 1907a, Vol. 1, p. 92).
Por otra parte, defiende el reconocimiento y la consideración objetiva de todos los trabajos desempeñados para ordenar y sostener el hogar y sus necesidades así como la atención, cuidado y educación de su descendencia, en contraposición con el trabajo asalariado en condiciones desiguales en lo económico y en muchas ocasiones poco coherentes, adaptadas e inapropiadas para las necesidades de coordinar la vida laboral con la familiar. Es aquí donde Key incidió en la incoherencia de algunas posturas del movimiento feminista en las que la igualdad como principio conduce a la obligación de trabajar fuera de casa en condiciones que transforman la emancipación en un proceso de opresión. Quiso convencer a las mujeres de que “si continúan destruyendo su vitalidad física y psíquica, y la fuerza y el deseo de la maternidad, ellas mismas, la nación y la raza entera sufrirán sus dolorosas consecuencias” (Key: 1906c, Vol. 1, p. 87). Propone educar en paternidad a mujeres y hombres para educar a sus hijos, a fin de “formar la nueva sociedad, sobre cuyo producto más perfecto –el superhombre– resplandecerá una aurora aún muy lejana” (Key: 1906c, Vol. 1, p. 94).
La evolución de las sociedades comenzó a desdibujar la idea tradicional de la familia, y vivir con los padres no siempre significaba tener una familia (Key: 1887). De hecho, la incorporación de la mujer a talleres y factorías o el empleo en otras tareas remuneradas empezó a ser una necesidad para la incipiente clase obrera. Las clases más elevadas, indica Key, comenzaban a ocuparse por completo en compromisos sociales, culturales y actividades ligadas al ocio, que involucraron a la mujer. Una novedad en la tradición paternalista por la que sólo el marido permanecía fuera del hogar ocupado en su trabajo. Por eso Key afirmará que los padres son un factor “casual” en la enseñanza de la familia siendo las madres las determinantes (Key: 1876). Dado que la enseñanza materna y familiar es básica, en la concepción de Key, la escuela debería empezar a los diez años y finalizar a los dieciséis. La educación familiar era clave también para la mujer, pues facilitaba adquirir conocimientos y afianzar con ellos la facultad de asimilar y aplicar la incorporación de nuevos dominios del saber.
A nivel transnacional, la creación de distintas instituciones para la atención de la infancia como la crèche en Francia, conocida como presepe en Italia, Kinderkrippe en Alemania, day nursery en Gran Bretaña, o jasel en Rusia, están vinculadas a las ideas teóricas que se encuentran detrás de la creación de instituciones de asistencia para las madres en los primeros años de crianza y de escolarización. Fueron las infant schools, salles d’asile o Kindergarten, las que completaron esta función educadora, y han sido las más estudiadas (Nutbrown: 2014; Luc: 1997; Hinitz, & Lascarides: 2000; Roberta: 2000; Prochner: 2009; Willekens, Scheiwe & Nawrotzki: 2015; Allen: 2017). En el plano de los cuidados médicos, se crearon dispensarios y gotas de leche (Rodríguez, Ortiz & García-Duarte: 1985), dentro del contexto del sistema sanitario para la infancia con distinto carácter en cada uno de los entornos culturales, políticos e institucionales (Caroli: 2016). Todo ello dio lugar al desarrollo de ciencias de la salud relacionadas con la infancia como la puericultura en Francia, la pediatría en Alemania, o la nipiología en Italia como ciencia integral de lactante (Álvarez: 2004). La publicación de Barnets århundrade en los distintos entornos transnacionales extendía la idea de las mejores condiciones para el crecimiento de los niños podrían mejorar la humanidad. En algunos casos, alentó la adopción de reformas, pero fue el enfoque dado a la atención social a la maternidad y al evolucionismo el que provocó una mejora general en las condiciones de vida de la infancia (Caroli: 2019).
La ausencia voluntaria y consciente de la mujer, u obligada por la búsqueda de sustento, había transformado la educación familiar o privada prestada por la madre en el hogar en una carencia creciente para las sociedades desarrolladas en la edad contemporánea. Las madres, en su condición de formadoras, tenían, en su opinión, una “obligación sagrada” de enseñar por sí mismas a sus hijos todo aquello que les permitiera la instrucción recibida. El papel de las niñeras como cuidadoras y de las institutrices como educadoras era una práctica de las familias burguesas y las instituciones escolares se transformaban en el espacio y el medio de acceso a la formación elemental y a la extensión de la cultura. Además, marcaban los tiempos al definir el ritmo diario asignado a cada actividad más allá de la institución, extendiendo el estudio y la realización de ejercicios, tareas o deberes al tiempo restante.
Educar es permitir que la naturaleza actúe por sí misma con pausa y sosiego impidiendo aquello que pudiera alterarla (Key: 1897). Se trataría, por tanto, de facilitar el desarrollo natural de las capacidades que podrían ser corregidas, transformadas o ennoblecidas, pero nunca arrancadas o destruidas, dada la perfectibilidad e incompletitud del ser humano a la luz de las teorías de la evolución. La naturaleza es la base desde la que la persona ha de ser educada favoreciendo su desarrollo y desterrando la creencia en la perversidad innata del individuo que apostaba por que el instinto natural podía ser dominado, pero no vencido. No dudaba de que para instruir a los niños era preciso entenderlos, y tratarlos con discreción, delicadeza y confianza, a través del ejemplo como impronta de aprendizaje.
La integración de los hijos dentro de la familia pasaría por tratarlos como compañeros e iguales por parte de los padres, que les corregirían y ayudarían de manera humana y racional, favoreciendo el libre intercambio de opiniones e ideas, cumpliendo sus deberes y obligaciones y respetando a los demás. En el hogar deberían prevalecer la alegría, la sinceridad y la franqueza, la pureza y la dignidad, los lazos de unión en el trabajo común, en la lectura o en el ocio (Key: 1892). Esta idea de hogar sólo podría ser creada por aquellos padres que «veneren religiosamente su santidad». Era partidaria de recuperar estos principios que se iban sustituyendo por la prolongada estancia de los niños en las aulas y la ausencia de los padres. En realidad, la educación familiar no puede ser reemplazada por ninguna otra persona o institución pues la educación de los hijos es la mayor obra social que en su opinión puede emprenderse. De hecho, se cuestiona cual será el horizonte temporal en el que las madres dejarán de “sacrificar a sus hijos sobre el altar de la vida social y de la filantropía” (Key: 1906c, Vol. p. 13).
A comienzos del siglo XX el hogar como medio de educación de la infancia en el seno de la familia era una de las opciones más habituales. Para Key era el medio donde vivir en libertad respetando la autonomía e intereses de todos sus componentes lo que permitiría el desarrollo de la individualidad. No era partidaria de las guarderías, tipo de escuela que critica: le asustaban la colectividad y la influencia de la masa y consideraba que era una institución inferior a la “escuela del hogar”. Quería que los niños empezasen a ir a la escuela cuando tuvieran más edad, dado que el hogar era un modelo de sociedad natural. Pedía que los niños fueran reintegrados desde la escuela, la fábrica o la calle junto a sus madres que a la vez lo serían de sus trabajos u otras ocupaciones para lograr la educación de la vida por medio de la familia, en la idea de Spencer y Rousseau. Era partidaria de que los niños en casa tuvieran un trabajo bien regulado, con obligaciones fijas, como parte de las costumbres normales y manteniéndolas constantes, sin necesidad de supervisar las que pudieran realizar por sí mismos. El hogar debía disponer de libros escogidos y adaptados a su función, así como de juguetes sencillos con los que poder compartir el placer del juego. Para Key el “ABC” de la educación era dejar a los niños actuar en libertad, interviniendo solo en caso necesario, y centrándose en hacer de la vida la verdadera educación, pedirles fuerza de ánimo y paciencia en proporción a sus posibilidades, respetando su personalidad. Los padres, para Key, no debían hacer uso del poder para regular por completo lo que debía ser el desarrollo del niño como persona. También detalla las características de la verdadera mujer excepcional que considera es una rara madre, artista de ese hogar, buena y tranquila, que transforma en dicha todas las horas dedicadas tanto al estudio como al descanso.
En principio, consideraba que el hogar era el lugar donde la religión debía ser explicada, comentada y debatida. Era contraria a la enseñanza dogmática de la religión en la escuela. Para justificarlo recurre a las ideas de distintos autores contemporáneos dando cuenta de un tema tan sensible para el conjunto de las sociedades como es la religión y su enseñanza. Entre las razones expuestas se hallan las contradicciones que acarrea el enseñar una creencia religiosa como verdad absoluta frente a las incipientes evidencias científicas que el avance del conocimiento humano arrojaba sobre ellas. Un tema que en ese momento se proyectaba en el conflicto entre creacionistas y evolucionistas que, por otra parte, aún se mantiene abierto en distintos sistemas de enseñanza (Davis: 1999; Haught: 2014; Caroli: 2019). Se trata de procurar, a través de textos infantiles atractivos que faciliten al niño adentrarse en ellas sin interpretaciones “pedagógicas y dogmáticas”, que la libertad de la persona y su autonomía de pensamiento ayuden a forjar una opinión propia, a manifestarla y sacrificarse por ella para transformar la vanidad, violencia y egoísmo que caracterizan el mundo. En realidad, su intención era promover un encuentro más profundo entre el alumno y los relatos textuales de la Biblia como una contribución importante para el crecimiento del niño (Planefors: 2016).
CONCLUSIONES
Si un mito, según la RAE, es una “Persona o cosa a la que se atribuyen cualidades o excelencias que no tiene”, se puede decir que Ellen Key es un mito. Sus aportaciones a la historia de la pedagogía no fueron relevantes. Sus planteamientos acerca de cómo debía ser la educación eran idealistas y partían de un concepto de familia, madre, padre y niño idealizados. Su concepto de niño, abstracto, genérico, difícilmente conectó con las necesidades reales de la infancia a comienzos del siglo XX occidental. Sin embargo, a pesar de lo anterior, sus propuestas para mejorar las condiciones de vida de las mujeres, su reivindicación de igualdad de derechos, su situación dentro del matrimonio, la propuesta del divorcio amistoso cuando alguno de los cónyuges lo solicitara, la igualdad de derechos de los hijos, hubieran nacido dentro o fuera del matrimonio, entre otras, permiten situarla dentro de la historia del feminismo y entender la construcción de ese mito. Ahora bien, sin duda está dentro de un feminismo de la diferencia. Hombres y mujeres son distintos, tienen funciones sociales distintas, pueden hacer mejor cosas distintas, lo que no implica que se les reconozca iguales ante la ley.
Para Claudia Lindén (2002), Key es más un personaje que una escritora y la identifica como “un personaje sin referencia ni contexto”, que aparece en distintos escenarios donde no existe una relación precisa entre su obra y su biografía. En la mayor parte de los casos su imagen corresponde a la de una intelectual sueca con buen número de amigos y amplios contactos a nivel internacional. Sin embargo, la gélida acogida de sus obras y las reticencias desveladas sobre el sentido de sus trabajos y la valía de sus aportaciones son muestra fehaciente de la polémica desatada en su patria. Sólo a partir de 1902, tras el éxito de la cuidada versión de Das Jahrhundert des Kindes en Alemania y de la proyección internacional de su obra, se dedicó plenamente a la escritura. En ese momento, aunque las naciones europeas podían diferir en sus contextos económicos, culturales, sociales y políticos, estaban inmersas en el progreso técnico aplicado a la producción que comenzó a finales del siglo XIX. Este proceso motivó la industrialización de la economía de mercado a la vez que introdujo severos cambios en las sociedades. La población se trasladó a las ciudades que en poco tiempo crecieron alterando de manera radical las condiciones de socialización de la infancia. Aunque se percibió como signo de avance y progreso también se interpretó como una amenaza. Surgieron movimientos de reforma social que afectaron a todos los ámbitos vitales, incluidos los de la educación y la crianza, sobre los que se desarrollaron diversas corrientes pedagógicas reformistas. En este contexto, en opinión de Magrit Hansen (2017) la obra de Ellen Key es avanzada en distintos aspectos. En 1900 ya asoció el concepto de desarrollo con la actividad económica ecológica y no destructiva.También fue certera en sus análisis sobre los problemas de la justicia y la libertad, los relacionados con la paz mundial y la preservación de los derechos del niño, desde su concepción, como creación viva o en términos jurídicos como nasciturus. La afirmación de que Ellen Key es hija de su época, deudora de formación, de sus lecturas o autora de su tiempo pueden ser afirmaciones reiteradas; sin embargo, aunque pensó, escribió y habló en relación al espíritu de su época (Lindén: 2002), no cabe duda que influyó sobre las generaciones que en lo sucesivo estudiaron la infancia y emprendieron su atención en la práctica para favorecer el desarrollo de la persona. Entre otras referencias, Hansen (2017) llega a calificarla como «Prophetin der Zukunft» («profeta del futuro») y «Antwältin des Kindes» («defensora de los niños») y mantiene que desde esa posición impulsó las ideas del pediatra escritor y pedagogo polaco Janusz Korczak [1878-1942], las mismas que le llevaron a formular los derechos del niño (Lewowicki: 1994; Berding: 2020).
En Italia, entre 1900 y 1906, María Montessori [1870-1952] impartió clases de Antropología e Higiene en el Instituto Superiore di Magisterio Femminile, de Roma y se matriculó en la Facultad de Filosofía donde amplió sus conocimientos de pedagogía y antropología. En esa etapa entró en contacto con la literata y defensora de los derechos de la mujer, Sibilla Aleramo [1876-1970], compañera entonces de Giovanni Cena. Esa red de relaciones, nos dice De Giorgi, situada en un horizonte pospositivista, “llevaba a Montessori a meditar sobre el pensamiento de Nietzsche, como lo hacía en aquellos mismos años Ellen Key, por cuyo pensamiento fue influida” (2018, p. 18). Ella había participado en el primer congreso celebrado en Milán “de actividad práctica femenina” (De Giorgi, 2018, p. 18), que se desarrolló bajo la presidencia honoraria de Ellen Key. Montessori ya había defendido la importancia biológica, ética y espiritual de la maternidad como expresión de la vida, en la idea semejante a la “santidad de la generación” desarrollada por la autora sueca a lo largo de su obra. Utilizando un lenguaje religioso y citas de Nietzsche, la italiana no dudó en cuestionar la ignorancia del puritanismo hipócrita que esclavizaba a las mujeres (Montessori: 1908). Se pronunció en favor de una pureza más consciente y libre haciendo una lectura positiva de la educación sexual correcta lo que llevó a La Civilità Cattolica en 1908 a calificarla de “apóstol en Italia de una nueva moral sexual” (De Giorgi: 2018, p. 15). Aunque no existen evidencias de una relación intelectual directa, no cabe duda que la herencia cultural, sus aspiraciones personales en materia de educación, y parte de su universo o circunstancia personal, en el sentido de Ortega y Gasset, les llevaron a gestar ideas y poner en práctica acciones en el cuidado y educación de la infancia que cuanto menos comparten postulados esenciales, no tanto en la originalidad como en el impulso e influencia que su obra supuso en los comienzos del siglo XX para la educación y cuidados de la infancia. Sin embargo, frente al hogar defendido por Key, Montessori plantea la casa de los niños, un espacio privado convertido en público, donde se cuidan el valor estético y educativo del ambiente y las relaciones humanas (Pironi: 2010).
El siglo XX será el siglo de los niños, nos dice Ellen Key, primero porque la teoría de la evolución podría prestar una nueva perspectiva para la educación de las generaciones futuras. Segundo porque se prestará especial atención al estudio de la infancia por parte de los adultos, para conocerla y preservar su «sencillez», para favorecer el desarrollo natural, libre y autónomo de cada persona. En buena medida son rasgos definitorios de su idiosincrasia y de su experiencia vital. Todos los datos indican que el abuelo paterno de Key era admirador de la obra de Rousseau y que sus padres que no llegaron a casarse, al parecer a causa de sus diferencias confesionales, procuraron “darle una educación, en un todo conforme con las ideas de Juan Jacobo Rousseau, llegando, según el testimonio de uno de los biógrafos de Elena [Key], a exagerar las máximas contenidas en el catecismo de los corifeos del filósofo suizo” (Valentí: 1927, p. 427) Si tenemos en cuenta su biografía y analizamos las condiciones de su crianza, y el desarrollo de su infancia y juventud en el hogar de Sundholm en contacto con la naturaleza, educada bajo los principios rousseaunianos, es posible entender buena parte de los conceptos que subyacen a su obra. Sobre ella se ha dicho que las ideas centrales de El siglo de los niños y Amor y Matrimonio, forman parte de un apostolado laico en busca de una nueva fe racional y que la base de la educación es el desarrollo íntegro de la persona para vivir una vida más completa por medio de la cultura literaria. En un sentido relativamente elitista, junto a su amiga Sofía Adlersperr y contando con la colaboración de un selecto grupo de mujeres que reivindicaban el reconocimiento de los derechos femeninos, fundaron la Sociedad “Tolfterna”, (“Las Doce”). Tampoco dudó en defender el derecho a la independencia de Finlandia o en criticar las posiciones del socialismo autoritario en Individualismo y socialismo. Key disintió con buena parte de las posiciones defendidas por el feminismo y sin duda con la realidad en que se desenvolvía la mujer, con el valor que la sociedad prestaba al amor conyugal como modelo de maternidad libre, y con la educación y cuidados que se prestaban a la infancia. Y frente a todo ello, empleó tenazmente los recursos de que disponía, su experiencia personal y su trayectoria intelectual. Lo hizo de manera fragmentaria y coyuntural, sin orden o rumbo prefijado ni temática establecida, pero en todas sus acciones prodigó su voluntad de transformar la realidad. Es posible que sus críticos trataran de cegar la discusión sobre las ideas vertidas en su obra alegando razones accesorias para crear un sórdido conflicto con el que atenuar su influencia. Sin embargo, no lograron apagar su afán por hacer uso de la libertad de creación, expresión y pensamiento ni su espíritu crítico y capacidad de análisis volcado en el interés por dar a conocer una cosmovisión propia no alejada de las fuentes que compartió y que le sirvieron para edificar e impulsar desde ella la construcción del futuro.
Notas
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