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Brasil y su crisis de utopías: los movimientos sociales frente a la subjetivación neoliberal

Brazil and its crisis of utopias: social movements facing neoliberal subjectivation

Hernán RAMÍREZ
Universidade do Vale do Rio dos Sinos, Brasil

Brasil y su crisis de utopías: los movimientos sociales frente a la subjetivación neoliberal

Utopía y Praxis Latinoamericana, vol. 29, núm. 104, e10502178, 2024

Universidad del Zulia

Recepción: 21 Julio 2023

Aprobación: 20 Octubre 2023

Resumen: La crisis de la utopía es un mal instalado hace tiempo, de modo general y particularmente en Brasil, la que fue arrastrando no solo a los movimientos sociales heredados del pasado sino también a los que pretendían emerger en tal cuadro desolador. Ello fue producto de problemas propios a tales grupos, pero fundamentalmente estuvo originado por la instauración de la hegemonía neoliberal, que llevará adelante un titánico esfuerzo por subjetivar sus predicados. Mediante ello, cristalizará su racionalidad como el único orden posible, impidiendo así la construcción de un horizonte utópico que lo pueda superar. Fenómeno que desmenuzaremos tomando el caso brasileño como testigo, con un enfoque actual pero que retoma en pinceladas elementos del pasado, sobre los cuales tejeremos nuestro argumento teórico, mostrando como su introyección fue central para construir una urdimbre de enorme consistencia que aprisiona la mayoría de los actores y movimientos que puedan constituir una alternativa.

Palabras clave: movimientos sociales, ideología, neoliberalismo, subjetivación, Brasil.

Abstract: The crisis of utopia is an evil that has been installed for a long time, in a general way and particularly in Brazil, which has dragged down not only the social movements inherited from the past, but also those that wanted to emerge in such a bleak picture. This was the product of problems inherent to such groups, but fundamentally it was caused by the establishment of neoliberal hegemony, which will carry out a titanic effort to subjectify its predicates. Through this, it will crystallize its rationality as the only possible order, thus preventing the construction of a utopian horizon that can overcome it. A phenomenon that we will break down taking the Brazilian case as a witness, with a current approach but that takes up elements of the past in brushstrokes, on which we will weave our theoretical argument, showing how its introjection was central to building a warp of enormous consistency that imprisons most of the actors and movements that can constitute an alternative.

Keywords: social movements, ideology, neoliberalism, subjectivation, Brazil.

INTRODUCCIÓN

El Sindicato de Professores do Ensino Privado do Rio Grande do Sul (SINPOR/RS), al cual pertenezco, promueve todos los años la elección de los mejores profesores por medio del voto directo de sus afiliados. Acto que nos presenta un indicio, tal vez pueril, pero no por ello menos importante, del proceso acaecido en la mayor parte de los movimientos sociales, sean de antiguo o nuevo cuño. El que nos muestra el profundo impacto que han sufrido ante las prédicas eficientistas, del cual emergen transfigurados, muchas veces abdicando de viejas tradiciones y asumiendo nuevos roles.

La elección de marras lleva en cuenta solo la performance de los candidatos en acciones que desarrollan en su restricto ámbito laboral, sin considerar nada de su desempeño en las luchas que el movimiento traba, que no son muchas, por cierto. Este pareciera ser uno de los tantos concursos de belleza entre trabajadores que las empresas promueven para incentivar su empeño productivo. De todos modos, lo que extrapola este caso de lo anecdótico es que sea precisamente un sindicato y no una empresa el que lo organiza, síntoma que nos lleva a preguntarnos sobre las causas de esta deformación, que pareciera no ser un caso aislado.

Recurrente es el diagnóstico de la retracción de los movimientos sociales en el contexto de la hegemonía neoliberal, el que ciertamente se explica desde diversas variables, externas e internas a los mismos. Fenómeno de tal magnitud que puede ser observado en diversas zonas del planeta, lo que restringiremos aquí a sólo algunos apuntes a partir del caso brasileño, que tomamos como locus que nos brinda una perspectiva de análisis más concreta, que ciertamente podrá ayudar a elucidar lo que ocurre con ellos de modo general.

Tal constatación se torna más cruda aún ya que este espacio geográfico había sido prolífico en movimientos que significaron innovaciones de monta en las luchas entabladas por tales movimientos, que fueron ejemplares no solo para la región sino también para el mundo. Aquí se gestaron poderosas experiencias urbanas y rurales, sobre la que se depositaron cifradas expectativas, como las luchas de los obreros metalúrgicos de la cual emergió un partido de trabajadores y que tallaron un liderazgo popular que alcanzaría la presidencia al iniciar el milenio, así como el Movimento Sem Terra (MST), que inspirara otros colectivos que luchaban por el acceso a la misma.

Esta luz de esperanza fue decisiva para asentar en estos trópicos las bases del Fórum Social Mundial, la más importante experiencia de articulación de los movimientos sociales y políticos de izquierda de este milenio a nivel mundial, lo que hacía presagiar mejores augurios en este horizonte utópico, el que se ponía nuevamente en marcha al iniciar el milenio después de los duros reveses que significaron el paso de las dictaduras y las reformas neoliberales de los ochenta y noventa.

De todos modos, no era un movimiento ofensivo, pues constituía más el atisbo de respuesta a la apabullante hegemonía que el neoliberalismo había alcanzado hasta el momento. Aun así, había motivos para el optimismo, pues la cresta de la ola llegaría a su apogeo con la elección de Luiz Inácio Lula da Silva a la presidencia en 2002, la que supuestamente venía a quebrar y, en la medida de lo posible, revertir un proceso secular de sumisión de los subalternos.

Su llama estuvo encendida por más una de década; no obstante, se apagó rápidamente, fruto de la acción de grupos opositores, pero también debido a las propias limitaciones internas al proceso, que permitió que estos le propinaran el golpe fatal. Hecho que nos habla de sus fragilidades y la facilidad de su reversión.

En una crítica más de lo que apropiada, en la cual señala las diferencias que tuvo con otras experiencias regionales similares, André Singer (2012) marca los límites del Lulismo precisamente en la falta de politización del proceso de conquistas sociales que el ex líder sindical condujera, lo que no colaboró para subjetivar el gigantesco ascenso social alcanzado como fruto de luchas, sino más bien producto del propio devenir capitalista. Negligencia que le sería fatal a la postre, pues esta particular dinámica explica en gran parte el poco amparo popular que tuvo el régimen cuando se viera acorralado por una intensa práctica de lawfare (Kittrie: 2016)[1], combinada a una precisa acción mediática de la prensa hegemónica (Feres y Sassara: 2016) y poderosos choques de mercado (Klein, 2007), pues la elite se mostraba recelosa ante las transformaciones emprendidas, que mantenidas incrementalmente en el tiempo terminarían por ser profundas y mudarían de raíz la fisonomía de un país estamental como Brasil.

Efecto que se difumaba por América Latina como un todo y hasta en otras regiones atlánticas, dado el alcance de su liderazgo. Por lo cual una acción preventiva se imponía, para frenar esas veleidades autonómicas que tenían ya reflejos en la forma como se perfilaba un nuevo orden mundial en ciernes. Pues eran momentos en los cuales el dominio norteamericano estaba siendo erosionado desde diversos frentes, el que con esas acciones se restablecería, al menos en estos rincones coloniales, que volvieron al redil una vez consumado el golpe institucional de nuevo tipo (Soler y Prego: 2019). Con lo que se implantaría un verdadero Estado de excepción, el que no sería sólo una deformación local, sino que se reconoce como usual forma de operar bajo el neoliberalismo (Valim: 2019), pues este ha demostrado en diversas ocasiones que no duda en atacar brutalmente la democracia formal como método de autodefensa (Brown: 2019), lo que mostraremos oportunamente.

Incluso, no resulta paradojal que el estopín fuera encendido precisamente por el movimiento estudiantil, uno de los sectores que más se había beneficiado por las políticas impulsadas durante el periodo, con la expansión del sistema universitario como un todo, en particular a través de la concesión de becas, principalmente a los individuos menos favorecidos, con las primeras prácticas de acciones afirmativas, especialmente las étnico-raciales, así como el incentivo a la internalización precoz, llevando al extranjero a millares de estudiantes en inicio de carrera.

Fue el Movimento de Passe Livre compuesto por estudiantes quien dio la largada a la primavera brasileña; no obstante, perdería rápidamente su control, que otros grupos se lo arrebataron, los que fueron ganando volumen al calor del momento y asumían cada vez más tintes de derechas y neoliberales. Quienes rápidamente pasaron a la iniciativa, dando un giro radical al cariz del debate público. Como nos demuestra el hecho de que los grupos inicialmente convocantes fueran marginalizados o expulsados de la escena (Miranda: 2021).

Interesa notar que, si bien Brasil tuvo políticas neoliberales durante varios momentos de su historia reciente, no hubo propiamente una escuela con bríos propios como en otros espacios de la región, movimiento que atravesaba una difícil coyuntura después de perder algunas de sus figuras más prominentes, los que se concentraban en tanques de pensamientos con una acción más mediática de lo que propiamente intelectual, como bien indica Lidiane Friderich (2019) al comparar la experiencia brasileña con la argentina.

Característica que esta nueva ola parece potenciar, más de lo que suplir, pues los jóvenes líderes que surgen, al aliento de instituciones como Student for Liberty, patrocinado por la Atlas Network, uno de los más conspicuos think tanks neoliberales, se espejan en modelos regionales de propalación de su prédica para grandes públicos usando principalmente los ambientes virtuales (Castro-Rea: 2019), con los que alcanzan rápido éxito político, permitiéndoles revertir su déficit histórico respecto de posiciones a la izquierda (Kaiser: 2017). Herramientas que les permiten ganar espacio en la opinión pública, donde antes tenían dificultades para penetrar. Así, varios de ellos fueron electos para diversos cargos llevando de modo abierto un discurso neoliberal y autodefiniéndose orgullosamente como de derechas[2] o conservadores, lo que antes era escamoteado, pues levantaba profundos resquemores.

Eso no solo llevó al derrocamiento de Dilma Rousseff sino que la debacle alcanzó su punto más álgido con la prisión de Luíz Inácio Lula da Silva, por lo cual no hemos escogido al azar una frase de su discurso proferido en tal fatídico momento como epígrafe, y se concatenó como consecuencia natural con la elección de Jair Bolsonaro, un poco expresivo político de extrema derecha alzado repentinamente al gran ruedo, con lo que se terminó de consumar una de las más abrumadoras derrotas de las fuerzas de izquierda que Brasil tuviese memoria. Lo que arrastraría, casi por decantación, a una inmersión general de los movimientos sociales, sean de antiguo o nuevo cuños, que se mostraron exánimes para detener esta nueva ola, que asolaba con fuerza Brasil, pero que también se irradió por otros lugares del mundo.

Giro copernicano en lo político que nos motivara a pensar precisamente en sus causales, si el mismo era producto de una singular coyuntura u obedecería a razones estructurales más profundas. Lo que aquí trataremos de responder basados en el panorama que se observa en los movimientos sociales brasileños, que ciertamente podemos transpolar a otros espacios, pues sostenemos como hipótesis que ello no es mero fruto local, aunque contenga sus peculiaridades, sino que obedece esencialmente a que los actores han subjetivado, luego de un largo proceso, la ideología neoliberal como una nueva razón del mundo (Dardot y Laval: 2016), adhiriendo a la misma, y ello difícil reconstruir un nuevo horizonte utópico que la subvierta, pues todo pasa a estar regido por su lógica, a la que se subordina lo social y lo político.

DESARROLLO

Los movimientos sociales en la crisis de lo político

La crisis de los movimientos sociales no es un asunto que pertenezca solo al momento actual, la misma se inscribe en un proceso de más largo plazo, inclusivo puede ser vista como un proyecto de reconstitución sistémica. En sus inicios, esto calaría más profundamente en aquellos de cuño más clásico, básicamente los que se organizaban en torno del clivaje de clases, lo que llevó muchos intelectuales a la desazón.

Cuando André Gorz (1981) daba adiós al proletariado, aunque pareciendo una exageración, encendía la alarma, incluso con repercusiones en Brasil, donde Ricardo Antunes (1995) se cuestionaba de modo semejante ante la visible retracción que por allí también experimentaba. De todos modos, aunque tal oráculo no se haya cumplido por completo, es evidente que como actor social dejó de lado su centralidad. Otrora, era El Sujeto por antonomasia de la historia, aquél al que estaba destinado el brillante futuro de la humanidad; hoy se encuentra modorramente acomodado en el mejor de los casos, como en varios Estados de Bienestar que subsisten en Europa, o tiene que exprimirse para poder mantener su status social ante un creciente ejército de desclasados.

Por ello, huérfanos del sujeto revolucionario y críticos de la encarnación concreta que alguna vez representó la utopía soviética, muchos de esos intelectuales tejieron ácidas críticas y salieron raudamente en búsqueda de un Nuevo Sujeto. Entre ellos, destacamos a Herbert Marcuse (1994), que pareció encontrarlo supuestamente en lo que bautizaron como nuevos movimientos sociales, a falta de denominación mejor. Así depositaron renovadas expectativas frente a diversos actores que concentraban algún potencial para derrotar el sistema de opresión, los que ya no se basaban solo en las clases, sino que se instituían en torno de identidades marginalizadas de distintas maneras por el patrón social dominante, lo que les hacía presuponer que tendrían un destino mejor de aquellos creados por el sujeto ahora caído en desgracia.

De todos modos, el fondo del problema parecía ser más profundo de lo que se imaginaba, pues la crisis que el sujeto revolucionario y los movimientos sociales presentaban era síntoma de un proceso de descomposición más complejo, que afectaría al sistema político como un todo (Offe: 1988), poniendo en jaque al Estado de Bienestar erigido luego de la postguerra (Offe: 1990), pues también afectaría a los partidos que lo representaban, provocando así un cambio abrupto no solo en el sistema político sino que se extendía a su cultura en sentido amplio.

Tal proceso de descomposición de la contemporaneidad alcanzaría su epitome con la caída del Muro de Berlín y el consecuente colapso de la Unión Soviética, que representara literalmente el derrumbe del mundo que tuvo vigencia durante el corto Siglo XX, como expresara Eric Hobsbawn (1995). Se instalaba así un horizonte particularmente hostil para las utopías de izquierda, pues, como pontificara Francis Fukuyama (1989), hasta parecía que lo propia historia había llegado al fin, imponiéndose la Pax Americana como nuevo régimen de historicidad (Hartog: 2013). La que no solo representaba su éxito político, sino que decretaba el triunfo de su particular estilo de vida, resumido en esencia a lo económico, que se tornaba incuestionable.

Desestructuración que llevó al apogeo la poderosa crisis de representación abierta tiempo atrás, por lo que se buscó en los nuevos movimientos sociales, que ya no lo eran tanto, la tabla de salvación para mantener encendida la esperanza utópica, al menos en teoría. Organizados ahora sobre los predicados no clasistas, pretendían representar a grupos reunidos en torno a identidades marginalizadas, lo que podían contar con una larga existencia previa, pero que en este momento se redefinían a partir de estos nuevos predicados.

Esta disyuntiva también impuso una recomposición de las teorías críticas (Honneth; 2009). Más que en inexorables dictados estructurales, sobre los cuales el marxismo ortodoxo había echado sus bases, la mirada ahora se posaba en lo cotidiano, donde las identidades eran forjadas a través de formas intersubjetivas de reconocimiento (Honneth: 1997), abriendo con ello un intrincado laberinto de discusiones.

Así, los movimientos de género, de orientación sexual, étnicos, que defienden bienes colectivos, si los hay, ganaron un nuevo protagonismo. De todos modos, la hendija que abrían, pronto se obscureció, pues también quedaron sitiados en sus propias limitaciones, mayormente marcadas por la dispersión de sus demandas, cuando no en las propias contradicciones de intereses entre ellos. Lo que les impedía una confluencia como había generado el clivaje de clases en su momento, que las licuaba en pos de una solidaridad internacional del proletariado, que se alzaba por sobre las diferencias de otros tipos.

No obstante, el imperio también se corroía y hay quienes sustentan que estamos también en una crisis de la democracia como modo de vida (Levitsky y Ziblatt: 2018), pues los actores que la sostenían fueron duramente golpeados, así como las soluciones autoritarias ganan cada vez más simpatía (Mounk, 2019). Fenómeno que afecta a los partidos políticos de cuño más ideológico, que han sido substituidos por máquinas electorales que poco se importan con las cualidades del sistema (Kirchheimer: 1980). Lo que conduce a un cada vez más acentuado declive de la representación.

Modus operandi que también se ha extendido a los movimientos de la sociedad civil organizada, donde tal vez sea necesario distinguir los grupos que tienen una construcción autónoma, de aquellos en el que la injerencia financiera y hasta organizacional los une umbilicalmente al Estado o a otros intereses, como los del capital. Por ello, las potencialidades del llamado tercer sector, que en su época trajeron algún aliento (Lipietz: 1994), especialmente en Europa, tenga que ser cuestionada, ya que esos mecenazgos (Arnove: 1982; Berman: 1993), pueden resultar en diversas formas de cooptación (Minella:, 2009). Estrategias largamente conocidas en el movimiento obrero desde los tiempos de la Guerra Fría (Corrêa: 2017a y 2017b).

Panorama sucinto que nos muestra a las claras las peripecias atravesadas por tales movimientos que hoy parecen estar en una encrucijada, pues se muestran incapaces de recuperar terrenos perdidos y romper el umbral alguna vez alcanzado, lo que no obedece solo a sus limitaciones orgánicas, sino que son parte de los condicionantes estructurales a los que se enfrentan en esta etapa donde los sectores capitalistas han impuesto su dominio de modo hegemónico, con lo cual les resulta difícil encontrar alternativas.

Así, como colofón de este tortuoso proceso, nos deparamos que en Brasil no solo los movimientos con base al clivaje de clase fueron los que más se resintieran con la crisis estructural y en la coyuntura que parece estar siendo atravesada, sino también los que se apoyan en algún otro tipo de identidad, los que igualmente experimentaron retrocesos, situación que contrasta aún más con el especial momento de efervescencia observado en la región. En apretada síntesis, podemos decir que tanto los obreros vieron empeorar sus condiciones de vida y de trabajo, como las mujeres no han obtenido progresos de monta en la representación política, a la vez que derechos de las minorías sexuales han sido duramente atacados, así como tragedias desgarradoras en grupos étnicos y el medio ambiente, de lo cual la crisis humanitaria Yanomami puede representar su más triste epitome.

Y, no deja de ser una paradoja, que la luz al fin del túnel en este cuadro de deterioro político y social haya sido encendida por un fogueado exlíder sindical, que muchos creían en su ocaso, el que se colocó nuevamente al frente de un partido político que levantó en sus inicios banderas clasistas, ya matizadas por las demandas de los nuevos movimientos sociales, que giran en su entorno, sin que ganar vuelos absolutamente propios. El que deberá enfrentar más una vez esos dilemas si quiere obtener suerte diferente.

La construcción de la hegemonía neoliberal

El derrotero por el cual los individuos que posteriormente se encuadraron bajo el mote de neoliberales y construyeron su hegemonía fue bastante tortuoso. Por suerte, sus trayectos principales ya son bastante conocidos, aunque es lógico que con insondables lagunas. De todas estas visiones nos interesan aquí especialmente las que lo ubican en una perspectiva más amplia y de largo plazo, que se adecua mejor que aquellas que lo restringen tanto en sus características decantadas en su curso como en sus orígenes.

Visiones como la de David Harvey (2008) podan demasiado el árbol genealógico del neoliberalismo, al colocar su piedra basal en la constitución de la Sociedad Mont Pèlerin, su gran momento de cristalización pero que necesariamente reconoce una rama más remota, nutrida también por otras corrientes y que hoy son fundamentales para entender su rumbo y comportamientos presentes. Por eso, los cuestionamientos a esas visiones disparados por Michel Foucault (2004) son vitales, a lo cual una legión de intelectuales se ha sumado desde distintas vertientes. De ellas, destacamos la obra de Phillip Mirowski y Dieter Plehwe (2009), que se centra en la génesis de tal entidad, grupo que culmina su producción con la actual compilación de Dieter Plehwe, Quinn Slobodian y Phillip Mirowski (2021), en la que muestran más claramente sus sucesivas mutaciones (Callison y Manfredi: 2020). Metamorfosis que fueron respuesta de su gran resiliencia (Puello-Socarrás: 2013), lo que tratamos de reconstruir para el Cono Sur de América Latina, su primera gran experiencia práctica como política pública en gran escala, en una compilación propia (Ramírez: 2013).

Según esta perspectiva, en desventaja respecto de las fuerzas de izquierda y otras variantes capitalistas heterodoxas como el keynesianismo, que también veían con preocupación, los primeros neoliberales que operaban en Europa y los Estados Unidos buscaron articularse en el emblemático Coloquio Walter Lippmann, ya en los finales de los años treinta. Tentativa que se vería frustrada por el inicio y la prolongación de la guerra, luego de la cual la empresa se puso verdaderamente en marcha, concentrada en construir con ahínco una extensa y densa red transfronteriza (Denord: 2002; Fischer y Plehwe: 2013), que los ha llevado a conformar verdaderas constelaciones (Balsa: 2007), en la cual la producción y divulgación de conocimiento desempeñó un papel preponderante, formando una comunidad no sólo epistémica (Haas: 1992), sino orientada fundamentalmente para la acción ideológica.

Así, la búsqueda por argumentos no se restringía a la pura especulación teórica, sino que consistía esencialmente en un proyecto de corte ideológico. El que terminarían por imponerlo como base de la reconfiguración hegemónica (Overbeek: 1993) que el mundo encararía como respuesta a los desafíos de la Guerra Fría y, también, de la propia reestructuración capitalista ante la crisis del fordismo (Chesnais: 1996), en la que los avances tecnológicos hacían necesarias nuevas demandas productivas y estrategias de dominación global (Slobodian: 2018), pues formas consensuales pasaban a predominar (Habermas, 1985), al menos en tesis, dado que la coerción aún se revelaba como herramienta necesaria.

Pensando en ello, Michel Foucault (2004) observó con propiedad como la clave del éxito neoliberal estuvo en la subjetivación de un conjunto de ideas en amplias camadas de la población, incluso de los sectores subalternos, con las cuales no solo la aceptan, sino la vislumbran también como su orden deseado (GUATTARI y ROLNIK: 1986).

Tal idea no era nueva, Berger y Luckmann (1968) popularizaron el pensamiento de Alfred Schütz (1974) de que la realidad era una construcción social y, en tal sentido, podemos afirmar que el neoliberalismo configuró la propia realidad del capitalismo actual, no sólo por fuerza inercial de las estructuras, sino también por una acción consistente de un grupo que ejerció su liderazgo. Así terminó por crear su propio realismo (Fisher: 2010), en el que su orden termina por ser internalizado como el orden natural de las cosas y no una creación social.

Fue tal vez este el mecanismo decisivo, pues, además de conseguir la adhesión, inocula contra las ideas que podían colocarles un contrapeso, por lo cual el neoliberalismo constituye básicamente un proyecto contrarrevolucionario preventivo (Cockett: 1995). Así además de fervorosos, muchas veces literalmente, partidarios de este nuevo orden, lo que de este modo se reclutan se transforman en acérrimos combatientes de aquellos que lo cuestionan, pasándolos a ver como sus enemigos, aun cuando mantengan condiciones de vida más o menos análogas. A la vez que perciben sus carrascos como aliados y los consideran hasta sus pares, por detentar la propiedad de algún pequeño medio de producción. No por nada hoy la disrupción más reciente provino por la derecha, no solo en Brasil sino en otras regiones del planeta.

Vemos así que esta lucha ideológica no fue simétrica y los sectores dominantes, ya sean foráneos o locales, se valdrían de muchos recursos para volcar los resultados a su favor, entre los cuales los argumentos de cuño tecnocrático se tornan centrales, (Plehwe: 2015; Centeno y Silva: 1997), pero no fueron los únicos, pues en ellos son evidentes el peso desequilibrio económico entre las fuerzas en pugna, así como el uso de la disciplinarización, directa o indirecta, cuando los anteriores fallaban en momentos críticos.

De hecho, las dictaduras que se instalaron en todos los países del Cono Sur latinoamericano representaron su gran ruptura, ya que propinaron un duro golpe a sus rivales, sea los que se ubicaban a la izquierda del espectro político, como posiciones que competían dentro de los propios moldes capitalistas (Wanderley: 2016), entre las cuales aquellas que colocaban énfasis en un papel más activo del Estado. Tras lo cual fue posible erigir el “consenso” neoliberal, que se levantó más por la falta o debilidad de sus oponentes, de lo que por una simple forma de adhesión.

El hecho de que hayan sido regímenes autoritarios los que les hayan franqueado las puertas de entrada en la región puede parecer una contradicción con la forma en que blandean la libertad como portaestandarte a todo momento, pero no lo es en absoluto, pues el neoliberalismo la subordina a lo económico. Así, en otros ámbitos puede ser negociada y hasta escamoteada para preservar el orden de dominación, por lo cual es usual que entablen alianzas simbióticas con grupos conservadores o directamente autoritarios (Ipar: 2018).

Fenómeno que no es coyuntural, sino que ha constituido una constante a lo largo de la historia, no sólo de Brasil sino de otros casos alrededor del mundo, donde una gigantesca internacional conservadora, que alberga también a los neoliberales, fue fraguándose (Großman: 2014). Al final y al cabo, el propio Friedrich Hayek tenía en gran estima y colaboraba, aún a despecho de advertencias y críticas, con el régimen pinochetista (Ramírez: 2022), a la par que la gran ola neoliberal en Inglaterra y los Estados Unidos fueron auspiciadas por gobernantes conservadores como Margaret Thatcher y Ronald Reagan.

De hecho, el neoliberalismo consiste en una crítica al liberalismo clásico y la libertad que cuenta es la de mercado, ante la cual todas las otras pueden ser sacrificadas sin grandes remordimientos, pues no serían auténticamente liberales caso colocasen en tela de juicio el primado de aquella, la que debía protegerse a cualquier costo, como caso de excepción (Valim: 2019). Así, toda forma democrática que osara cuestionar ese postulado era tachada como iliberal, incompleta, una amenaza que urgía ser aplastada. Para lo cual no tenían empacho en abrazar soluciones autoritarias ya que muchos abrevaron en las doctrinas fascistas, cuando no directamente nazis (Leeson: 2018) y negociar su programa con sectores conservadores, como los religiosos (Moreton: 2021). Convertidos en una teología propia (Kotsko: 2018), en la cual el Mercado es su nuevo Becerro de Oro.

De esta forma se entiende no solo la adhesión de las fuerzas neoliberales brasileñas al bolsonarismo, sino como las mismas se transformaron en uno de sus principales sustentáculos, pues dieron algo de racionalidad tecnocrática a un gobierno constituido por un gran contingente de advenedizos, los que quedaron a cargo, justamente, de conducir los resortes del poder en aquellas áreas más caras a las pautas conservadoras y que despiertan menos apetitos de los sectores económicos. Con fuerte reflejo en las pautas que se impusieron y en el feroz ataque a los movimientos sociales, en especialmente aquellos con los que competían por recursos y público. Conflicto que se manifestó no solo en términos económicos, sino a través de pautas éticas, como mostraremos más adelante, pero que nos muestran como el mismo no es un fenómeno exótico, sino que tiene raíces en las profundas transformaciones operadas en las capas tectónicas sociales.

La subjetivación del homo œconomicus

El pensamiento de Michel Foucault (2004) se revela central para comprender la forma en que el capitalismo es apropiado con un nuevo sentido desde la Guerra Fría, ya que no solo demanda la construcción estructural de un nuevo orden, sino que ello se eleva al propio hombre, que pasa también por una profunda reformulación (Read: 2022), en la cual muchas instituciones a lo largo del planeta estarán implicadas, sean consciente o inconscientemente.

Proceso que se constata hasta en el propio lenguaje, con la emergencia de dos conceptos antes inusuales, como colaborador y emprendedor, aplicados ahora por extensión al trabajador y al empresario, con lo que los vacía de sus sentidos. El lenguaje es nuestro principal modo de interacción (Bakhtin, 2006), expresándose la ideología como una forma de gramática (Gouldner: 1978), por lo cual esta emergencia no ocurrió de forma espontánea ni inocente.

La palabra colaborador que se ha instalado en la casi totalidad de las empresas en substitución a la de empleado tiene origen en el corpus del nazismo (Chapoutot: 2020), que abrevó en viejas tradiciones alemanas, como la que buscaba algún tipo de conciliación entre capital y trabajo. Ya el término emprendedor deriva de entrepreneur, el que está presente en el arcón neoliberal desde hace tiempo y popularizada por Josef Schumpeter (2012) como el empresario ideal, a través del cual es posible la innovación y el riesgo.

Y, si bien sus usos han ganado una escala sin parangón en la actualidad, la idea es mucho más antigua, pudiéndola rastrear por los Estados Unidos en los momentos que preceden a la Revolución Rusa. Allí también el empresariado y su brazo en el Estado estaban preocupados con los problemas sociales que devenían políticos, oriundos de los impactos capitalistas en las regiones rurales, lo que provocaba una intensa migración hacia las grandes urbes, donde los jóvenes campesinos expulsos eran pasto fácil del discurso de izquierda.

Para estancar esa sangría, crearon una institución que abrazó como objetivos capacitar esos desclasados, surgiendo así la entidad que con el tiempo ganaría el nombre de Junior Achievement (Francomano, 1988), la que hoy constituye la más expresiva organización que difunde de modo práctico la idea del emprendedorismo por diferentes regiones del planeta, realizando una hercúlea tarea de difusión de temas caros al neoliberalismo, con el cual se cruza, en particular, a partir de la década de los sesenta del siglo pasado. Con foco en escuelas, generalmente de los estratos superiores, muchos de la elite, lo cual le confiere una capilaridad impar, ya que sus objetivos son también los de replicación, con lo cual su alcance se multiplica de forma exponencial.

Así, no es por casualidad que su filial local tenga como figura de proa a Jorge Gerdau Johannpeter, empresario prominente que ha sido uno de los más conspicuos demiurgos del neoliberalismo local, el que se enfrasca en la creación de diversas instituciones, como las de los Institutos Liberais (ILs), que cuentan con diversas sedes regionales, los que reinstitucionalizaron el neoliberalismo en Brasil, después de un largo ostracismo tras la desaparición del Instituto de Pesquisas e Estudos Sociais (IPÊS), la primera entidad que lo cobijara cuando funcionó entre 1961 y 1971

Por lo cual no resulta que extraño que haya estado al frente de otras iniciativas, algunas de las cuales comentaremos aquí, incluso la de participar del Conselho de Desenvolvimento Econômico e Social (CDES), durante la presidencia de Luiz Inácio Lula da Silva, lo que nos habla de su transversalidad partidaria y omnipresencia en distintos emprendimientos privados y públicos, lo que nos muestra que la clase dominante está lejos de ser una poliarquía, como pregonado por Robert A. Dahl (2009), y constituye de hecho una élite más monolítica de lo que por afuera se piensa, como destacado por Charles Wright Mills (1987).

En base a ello, no constituye entonces una sorpresa que la ley del Micro-Empreendedor Individual (MEI)[3] fuera promulgada en 2008, cuando el Partido dos Trabalhadores estaba en el poder, incluso que fuera vista como una importante conquista, hoy defendida hasta por aquellos que han visto precarizarse al extremo sus relaciones de trabajo. Y esta adhesión tampoco constituye una novedad, lo que mucho antes también sucediera con la creación del Fundo de Garantia por Tempo de Serviço (FGTS) en el ya lejano año 1966[4], cuando otra monumental conculcación de derechos fuera subjetivada de forma positiva por los propios trabajadores que la padecieron, no solo por representar un seguro social en caso de desempleo, sino también porque podía ser usado para construir la casa propia, lo que lo convirtió en el mayor financiador de la construcción social, con lo cual se va instaurando la versión popular del capitalismo (Sánchez: 2021).

Lejos de ser algo trivial, la calcificación en ley de este nuevo lenguaje representa una mudanza paradigmática, pues revela la incapacidad de generar hegemonía por parte de los movimientos sociales. Norbert Lechner (1986) nos enseña que la independencia expresada a través del lenguaje es el primer paso para entrar en esa disputar. Y, de hecho, la profecía de Ándré Gorz (1981) se ha cumplido, por lo menos semiológicamente, hoy no existen más orgullos proletarios, todos nos hemos convertido en felices colaboradores o emprendedores. Así que esta carencia se revela fatal para restablecer por lo menos un horizonte utópico que tenga algún viso de realidad, como nos demuestra el hecho que otras profundas derrotas han sido propinadas también sin demasiado revuelo, como fueron las reformas Laboral[5] y de Jubilación[6], no por casualidad, sancionadas por alianzas neoliberales-autoritarias que llegaron al poder fruto de un Estado de excepción, con lo cual se reformatearon dos de los más importantes pilares en relación a la mano de obra.

La respuesta apática que tales leyes tuvieron por parte de la población, en particular de los trabajadores sindicalizados, nos muestra lo profundo de este proceso, que ha encontrado en una tradicional institución como la Escuela uno de sus instrumentos de propalación más potentes, por su capilaridad y sutilidad, alcanzando a millones de sujetos en su edad formativa. No por casualidad, nuevamente, es un espacio fuera del área económica donde los grupos neoliberales han actuado con más ahínco, como nos muestra el Movimento Todos pela Educación, que despunta con mayor protagonismo (Krawczyk y Martins: 2018), creado a instancias de nuestro ya conocido Jorge Gerdau Johannpeter y que ya ha colocado miembros en el gabinete ministerial de Luíz Inácio Lula da Silva, con lo cual la transversalidad de nuevo se revela.

Mediante esta acción, se han apropiado de porciones medulares de su currículo, inoculándole la lógica neoliberal (Bianchetti: 2005). Algo que ya acontecía antes de la última reforma que institucionalizara una nueva Enseñanza Media[7] (Freitas: 2018), sancionada también bajo un Estado de excepción encabezado por la alianza neoliberal-autoritaria, con la que se cristalizaron muchos de esos predicados, los que ahora son transmitidos y compartidos como verdades escolares. Disciplinas Proyecto de Vida y Educación Financiera despuntas como loci preferenciales, a los cual podemos agregar muchos de los Trayectos Formativos Optativos, que buscan introducir a los estudiantes en los nuevos desafíos productivos, ya sea como “colaboradores” o “emprendedores”, jerga que ya se ha tornado sentido común. Así como pocos en el siglo pasado escuchaban tales palabras, hoy comprobaríamos que pocos conocen el sentido de proletario.

De todos modos, hay que admitir, que estas reformas son tardías en Brasil, pues en otros espacios ya son aplicadas con décadas de anterioridad, incentivadas desde las propias instituciones mundiales de fomento (De Tommasi, Warde y Haddad: 1998; Melo: 2005), que también han sido otros de los “palacios” (Dezalay e Garth: 2002) internacionales cooptados por la ideología neoliberal para difundir su cartilla (Corbalán: 2002; Pereira: 2010). Desde los cuales instauran el dominio de los expertos, una nueva burocracia tecnocrática, que sabemos sin neutralidad, pues el saber también puede ser una herramienta de poder (Habermas: 1986), entre los cuales los economistas se erigen en su cúspide, pues son ellos los que dominan las artes del nuevo oficio (Coats: 1986), lo que no tarda en extenderse por América Latina, donde parecen haberse entronizado con más fuerza aún (Markoff y Montecinos: 1993; Heredia: 2012).

Con ello se instaura el modelo gerencial en prácticamente todos los aparatos de la administración pública, incluso la escuela (Laval: 2019), y la vida social pasa a asemejarse a la de una empresa, que es tomada como paradigma de eficiencia, incluso serán sus métricas las que se adopten como estrategias de desempeño. Invirtiéndose incluso las prioridades lógicas, al comprobar que la salud económica es privilegiada por sobre la salud física de la población en nombre de la sacrosanta austeridad fiscal (Ladi, Lazarou y Hauck, 2018), que se usa como particular forma de disciplinarización, en especial, a la hora de domesticar gobiernos de raigambre popular.

Por este motivo no nos espanta que hasta los propios movimientos sociales se guíen por esos nuevos mandamientos. De hecho, el sindicato al cual pertenezco, que usamos aquí como ejemplo autoetnográfico, pasa a ofrecer variados servicios a sus afiliados, como una empresa cualquiera, incluso con un número creciente de empleados asalariados, a los cuales ciertamente llaman de “colaboradores”, sometidos también a una lógica gerencial semejante a cualquier otra firma.

Hasta una nueva categoría profesional ha sido incorporada, como la del emprendedor social, muchos de ellos incubados por distintas instituciones, la mayoría corporaciones empresariales, con lo cual, por distintas vías, se tornan dependientes y, así sus capacidades anti-sistémicas son reducidas prácticamente a la nada. Acción que se extiende a la política, donde estos líderes son instados a participar y equipados con experticia, relaciones y hasta fuentes de financiamiento, con las cual la competencia electoral o entre los líderes comunitarios independientes pasa a ser una Quimera.

Proceso de fagocitosis que las empresas han extendido ahora a otros ámbitos, auto-adjudicándose una responsabilidad ambiental, social y corporativa, que la engloban en la sigla inglesa de ESG. Banderas caras a los movimientos sociales como la inclusión, la diversidad, son incorporadas por las firmas no solo para congraciarse socialmente, sino también para mejorar su productividad e inserción en los mercados. De hecho, a veces, los propios movimientos sociales identitarios asumen tácticas económicas en sus estrategias de resistencia, como pueden ser el Pink y el Black Money, que no cuestionan en esencia la lógica capitalista, sino que buscan aminorar sus efectos usando una suerte de dumping social endógeno.

Vemos de esta forma como la subjetivación del neoliberalismo construye una versión popular del capitalismo (Sánchez: 2021), anhelo que venía siendo plantado en Brasil desde la década de los años sesenta del siglo pasado, cuando se adoptaron las primeras medidas en este sentido, como el comentado FGTS. Instrumento pionero que se anticipa incluso al caso chileno en más de una década, el que es considerado modelar para el caso latinoamericano y, si se, quiere mundial, pues vislumbra la idea que Margaret Thatcher se encargara de difundir un poco más adelante.

Haciendo participe a camadas más amplias del éxito capitalista se conseguiría una adhesión más potente, de todos modos el control del mismo no saldría de manos de los sectores dominantes, que se lo reservan a través de toda una suerte de mecanismos, en particular basados en argumentos tecnocráticos, por medio de los cuales la experticia gerencial se torna requisito de entrada, así como se usan muchas otras formas de captura por los intereses privados, ya sea en la actividad económica como política (García de la Huerta: 1995-1996), con lo cual se privatizan y burlan las decisiones democráticas.

Podemos ver esto claramente en las últimas polémicas que agitan el mundillo político brasileño, donde se han puesto en tela de juicio las nominaciones de personas para gerenciar puestos importantes en la Previ, el fondo de jubilaciones del Banco do Brasil, y la Petrobrás, una sociedad mixta con control accionario del gobierno, aduciendo que las credenciales de algunos de sus postulantes no son suficientes, pues no se los considera “hombres de mercado”.

Incluso en ello podemos ver también como un movimiento sindical se ha convertido en el más poderoso inversor de su país, de la misma forma que ocurre en otros tantos lugares a lo largo y ancho del planeta, deteniendo acciones en diversas empresas, así como montañas de títulos del gobierno, con lo cual los trabajadores contribuyen para sostener el funcionamiento estructural del capitalismo, pues muchos otros sindicatos y empleados colaboran en dichos fondos. De este modo, su futuro y sosegado retiro dependerá cada vez más de su esfuerzo individual de ahorro y “suerte” en los negocios, que de solidaridades colectivas de viejo cuño. Pequeñas inversiones que los atarán cada vez más al éxito capitalista, pues desarrollarán un interés especial para que las mismos prosperen, idea que adaptamos a partir de una propuesta de Alfred O. Hirschman (1985).

Poco a poco va siendo esculpido nuestro homo œconomicus (Read: 2022), el que ahora considera que su éxito depende solo de su esfuerzo personal y no de condicionantes estructurales, para lo cual deberá generar sus propias condiciones de superación, incluso arcando con los costes que demanden la adecuación a las novas formas productivas si fuese preciso.

Y, de la misma forma, su fracaso también le pertenece, incluso cuando sea producto de la extenuación, física y mental, a las que nos llevan las demandas adaptativas. Lo que lo generará dos movimientos concomitantes, que ya existían pero que hoy se acentúan, uno de regocijo y pertenencia en el caso de haber triunfado, pues es encuentra en el hedonismo su mayor realización; a la vez que otro de penalización de aquellos que padecen el desajuste. Lógica dupla que no es contradictoria, sino que se refuerza como caras de una misma moneda (Guimarães y Silva: 2019).

Lo que se constata en la legión de conductores y entregadores por aplicaciones, que detentores de número mayor que el de empleados estatales, los que registran las más precarias relaciones de trabajo y son a su vez uno de los segmentos más alcanzados por los efectos de la subjetivación neoliberal y no por casualidad también se han convertido en fervorosos simpatizantes bolsonaristas. Hecho que nos lleva a desterrar otro fetiche bastante común, como el de la redención por la tecnología (Feenberg: 2012), ya que son estos sectores los más próximos de los nuevos adelantos, sin que por ello se exprese en la adquisición de consciencia, demostrando precisamente todo lo contrario, ya que registran pocos índices de sindicalización y profesan posiciones conservadoras, cuando no reaccionarias. Fenómeno que no parece ser solo una anomalía local, pues es un comportamiento que se repite en diversas empresas de aplicaciones alrededor del mundo.

CONCLUSIÓN: CODA

Brasil siempre ha sido presentado como el país del futuro, mas ha quedado casi siempre preso a sus amarras estructurales. Así, su horizonte utópico ha sido muy limitado en el pasado y hoy parece ser uno de los espacios de la región donde su corrosión ha sido mayor, a la par que las perspectivas de que esto se recomponga son menos halagüeñas, a juzgar por su prospecto.

De todos modos, la coyuntura parece resolverse en los moldes telúricos, pues aquí las transformaciones provienen más por lo alto del poder político de lo que por sus bases. Y, tal vez, la asunción de un nuevo gobierno progresista consiga reinstalar una agenda que no se pudo disputar en las luchas del cotidiano, cuando los movimientos sociales estaban lejos del poder, momento en el que estuvieron más a la defensiva de lo que a la ofensiva. Muchas veces luchando por su simple sobrevivencia.

Aún así, la tarea parece titánica, pues varios son los frentes en los cuales las deficiencias se presentan. En primer lugar, el problema de la dispersión de tales movimientos, con pocos elementos que interconecten las agendas de cada grupo en el largo plazo, por lo cual, las alianzas entre ellos parecen más inestables de lo que en el pasado, cuando el clivaje clase los unía.

Seguidamente, los mismos tienen que recuperar su capacidad organizativa para mantener estructuras que les den soporte, incluso siendo capaces de formar constelaciones en la cual las sinergias emerjan, pues la acción aislada es insuficiente. En lo que deben luchar para mantener su autonomía ante las cada vez mayores y sofisticadas formas de cooptación que el sistema máquina.

Y éstas no sólo deben enfrascarse en la praxis cotidiana que exige la lucha por proteger o instaurar derechos, sino en la elaboración de un discurso autónomo y consistente que les permita disputar y alcanzar la hegemonía. Para lo cual, deben conseguir que este se subjetive en amplios sectores sociales. Lo que exigirá también extirpar los dispositivos que hoy se encuentran instalados en el sentido común y que nos hacen ver la lógica neoliberal no sólo como la única posible, sino como la más deseable.

Lo que ha de implicar otro giro copernicano, pues demandará una desestructuración social y hasta individual profunda. Ya que esperamos haber conseguido demonstrar que ello no se conseguirá por obra de acciones aisladas desde el cotidiano, una suerte de refugio, sino que la lucha social demanda su contraparte política, dentro de los aparatos partidarios y del Estado, pues es allí donde la clase dominante se encarama para desbaratar los planes subversivos, usando para ellos su copiosos y formidables, en la doble acepción del término, instrumentos.

Por más que nos pese, esos grupos han perdido la iniciativa en la lucha ideológica, que ha quedado muchas veces restricta a los márgenes y en modo alguno ataca de forma consistente el centro de la lógica sistémica, que incluso ha sabido aprovechar esas críticas para elaborar síntesis que lo protegen aún mas de esos asaltos. Mientras los movimientos sociales, de antiguos y nuevos tipos, se fragmentaban, la internacional conservadora, aquí entendida como pro sistema y que tiene al neoliberalismo como norte económico, se amalgamaba, incluso apropiándose de algunos de sus más potentes estandartes.

Así, el internacionalismo obrero perdió espacio y hoy es más una Quimera de lo que una realidad. En su lugar, la clase dominante se reorganizó en base a su carácter transnacional y las fronteras nacionales ya no le representan una barrera infranqueable, la que pasa a ejercerse contra sectores subalternos, con la aquiescencia de parte de ellos.

También los movimientos sociales de viejo tipo abandonaron su carácter más ideológico para concentrarse casi exclusivamente en las demandas económicas puntuales. Hoy el marxismo, por ejemplo, está más presente en las universidades de lo que en las plantas fabriles. En compensación, esa extensa red conservadora apuesta fuertemente a la producción eidética y a la guerrilla de trincheras. Por lo que parece triste constatar que en la actualidad Antonio Gramsci está mejor instalado en un think tank de lo que en un sindicato.

Así como Karl Marx diera vuelta la dialéctica hegeliana, los neoliberales han subvertido a su favor las mejores tradiciones de lucha de la izquierda, y los neoliberales instauraron una nueva ética del trabajo, donde el interés individual sustituye antiguas solidaridades colectivas, lo que no solo colabora para desmoronar el anterior modo, sino que es fundamental para entender la actual adhesión al sistema y la fragmentación de intereses, pues esas pequeñas inversiones de los sectores subalternos realizan los llevan a desarrollar una mayor adhesión al sistema y hasta una empatía con sus opresores y no con los excluidos, los que no solo son responsabilizados por su fracaso individual, sino que pasan a ser vistos como amenazas a esas pequeñas conquistas que consiguieron dentro de la estructura capitalista, a las que deben proteger, incluso contra los más oprimidos.

Notas

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NOTAS [1] Para el caso brasileño, ver Cristiano Martins, Valeska Martins y Rafael Valim (2019).

[2] Usamos el concepto en plural, pues las mismas constituyen un espectro más de lo que una posición única (Boisard: 2014).

[3] Lei complementar nº 128, 19/12/2008.

[4] Lei nº 5.107, 13/9/1966.

[5] Lei nº 13.467, 13/07/2017.

[6] Emenda Constitucional nº 103, 12/11/2019.

[7] Lei nº 13.415, 16/2/2017.

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