Artículos
Una defensa fuerte de las humanidades
A strong defense of the humanities
Una defensa fuerte de las humanidades
Utopía y Praxis Latinoamericana, vol. 29, núm. 105, e10864429, 2024
Universidad del Zulia

Recepción: 07 Diciembre 2023
Aprobación: 20 Febrero 2024
Resumen: Este artículo consiste en una defensa fuerte de las humanidades, a la vez que se ocupa de destacar el espíritu de estas y elucidar errores y malentendidos. No se trata aquí de algo semejante a una historia de las humanidades. Por el contrario, la tesis de este trabajo afirma que es el capitalismo el que primero detracta y se opone a las humanidades; no sus opositores o contradictores. Se aportan argumentos y justificaciones. Las humanidades consisten en la capacidad de alcanzar una voz propia. Se argumenta qué significa esto.
Palabras clave: Humanidades, libertad, literatura, voz propia, crítica al capitalismo.
Abstract: While arguing a strong defense of the humanities, this paper highlights its spirit and makes clear some misunderstandings and errors regarding the humanities. Nonetheless, a history of the humanities is left aside, here. Quite ion the contrary, this paper claims that capitalism is the main detractor and enemy of the humanities; not the contradictors and opponents of the free market system. A number of arguments and justifications are provided. The humanities basically consist in reaching a voice of its own. Several arguments make clear what this consists of.
Keywords: Humanities, freedom, literature, a voice of its own, critique of capitalism.
INTRODUCCIÓN
La historia es, aparentemente, bastante conocida. La ciencia clásica emerge como la mecánica clásica, una construcción manifiestamente robusta, que permite pensar las regularidades, las generalidades, en fin, la legalidad del mundo y el universo. La mecánica clásica se perfecciona como mecánica estadística. Fue tal el deslumbramiento que produjo la obra de Newton que A. Comte proclama, en el marco de la III República, el programa de que, análogamente debía ser posible una ciencia del ser humano. Sciences de l’homme, las denominó el francés. Social sciences, tradujeron los anglosajones. (Entre tanto, las Geisteswissenshaften de los alemanes deberían esperar un largo tiempo). Así, no existe absolutamente ninguna diferencia entre las ciencias sociales y las ciencias humanas.
El triunfo de la ciencia clásica, dicho en pocas palabras no fue otra cosa que el triunfo de una racionalidad basada en eficiencia, eficacia, productividad y ganancia. Este era el verdadero sueño de una pequeña clase que emerge a partir del siglo IX en la Toscana italiana, cuando y donde nace los primeros burgos. La historia de esta pequeña clase social que asciende paulatinamente y alcanza finalmente la victoria política el 14 de julio de 1789 y la victoria económica con la primera revolución industrial, gatillada por la máquina de vapor de Watson en 1776 ha sido suficiente y reiteradamente narrada. Triunfante, las ciencias sociales no son otra cosa que el esfuerzo: a) por pensarse a sí misma, y b) al mismo tiempo, por pensar y explicar otras formas de vida humana diferentes y acaso también ajenas a ella misma.
Toda esta historia es bastante conocida (Barzun, 2000; Bod, 2016).
Bastante menos conocida y por tanto muchas veces mal comprendida, es la historia de las humanidades (cfr. History of Humanities Journal). Los studia humanitatis emergen en los siglos XV y XVI, literalmente, mucho antes de la consolidación de la mecánica clásica y de las ciencias sociales y humanas. Más importante aún, las humanidades nacen mucho antes e independientemente de cualquier preocupación por el método y por la metodología. Descartes publica su Discurso en 1673, dedicado a la búsqueda de la verdad en las ciencias.
No huelga subrayar que los Studia Humanitatis fueron concebidos por Coluccio Salutati con la idea expresa de contraponerse a la Scientia Magna medieval y a todos los estudios y estructuras escolásticos (Fernández Gallardo, 2016). En dos palabras, se trata de un rechazo frontal a cualquier intento de imponer una canónica del lenguaje y el pensamiento, tanto como un rechazo a convertir el conocimiento en un sistema rígido y vertical; en fin, de los tecnicismos (de cualquier índole).
Significativamente, la historia de las humanidades ha sido tradicionalmente el objeto de consideraciones secundarias, episódicas incluso. Las propias ciencias sociales y humanas contribuyeron al desplazamiento a lugares secundarios de las humanidades (González Casanova, 2004). Abierta o tácitamente, el cientificismo se impuso y quiso convertir a las humanidades en algo subsidiario, accidental. Adicionalmente, la historia de las humanidades está mezclada con malentendidos y equivocaciones, y en no pocas ocasiones con serios sesgos. Me propongo aquí defender el espíritu de las humanidades (mucho más que su letra).
Con todo, es preciso, una vez más, observar que existe siempre un peligro en las generalizaciones. Hablar de “las humanidades” sin más, tanto como de “los humanistas”. Siempre existen gradientes, matices, umbrales, diferencias (Burckhardt, 1952). Adoptaré aquí genéricamente la referencia a las humanidades como apuntando a los Studia Humanitatis. Pero más específicamente eligiré un dúplice hilo conductor, así: el cuidado y el sentido del lenguaje, y con él, la importancia de alcanzar una voz propia. Ciertamente habría otros numerosos motivos para trazar una defensa de las humanidades. To the best of my knowledge, tener una voz propia y cuidar del lenguaje como una dimensión específica no ha sido abiertamente objeto de otras consideraciones.
Dicho sin más, el dúplice hilo conductor se sostiene de, y lazan la reflexión hacia las relaciones entre lo real y lo ficticio, un motivo distintivamente humanista en el mejor y más fuerte de los sentidos. Las relaciones entre la ficción y la realidad constituyen un rasgo propio e inalienable de las humanidades; en una palabra, de la literatura (Vallejo, 2021).
La tabla No. 1 presenta un abanico de los motivos y ejes que podrían justificar, en sentido a amplio a las humanidades. De dicho abanico, me concentro en la posibilidad de alcanzar una voz propia, y todo lo que ello comporta.
Tabla No.1: Motivos y Ejes de las Humanidades
| MOTIVOS Y EJES | REPRESENTANTES |
| Defensa de la naturaleza | Angelo Poliziano |
| Crítica de la autoridad intelectual | Leonardo Bruni, Erasmo de Rotterdam |
| Rechazo de cualquier criterio canónico | Lorenzo Valla, Tomás Moro |
| Defensa de la democracia | Giovanni Pico della Mirandola, Michel de Montaigne |
| Importancia del ocio | Francesco Petrarca, Juan de Valdés |
| Cultivo del buen gusto y la elegancia | León Battista Alberti |
| Postura de resistencia y marginalidad | Marsilio Ficino, |
Ciertamente, los ejes y motivos podrían ser designados de otra manera. El eje de “representantes” contribuye a integrar lecturas posiblemente disímiles. La Tabla No. 1 consiste, simple y llanamente, en una invitación a consultar las fuentes clásicas de las humanidades sin desconocer que, evidentemente, existe una historia de las mismas. Naturalmente, en la Tabla No. 1 el eje de los representantes no pretende ser exhaustivo, pero sí incluir a los más destacados nombres (Petrarca et al., 2000). Dicho esto, es preciso advertir, sin embargo, que varios de estos nombres cubren varios de los aspectos mencionados la columna “motivos y ejes”. Vasari (2011) elabora un fresco, altamente hermoso, por lo demás, de los más importantes humanistas hasta su momento.
Dicho sin más ni más, una defensa fuerte de las humanidades consiste en el reconocimiento de una profunda carga emancipatoria o liberadora de las humanidades en contraste con el espíritu gregario de cualquier tipo de institucionalismo y neoinstitucionalismo, hoy imperantes. Esta es la tesis de este trabajo.
ESPACIOS DE NACIMIENTO Y CULTIVO DE LAS HUMANIDADES
No me propongo aquí identificar los espacios sociales o los académicos del nacimiento y cultivo de las humanidades. Mucho mejor, se trata de los espacios epistemológicos y de vida de las mismas. Pues bien, el primero de los espacios fue el lenguaje, la lengua. La lengua como el espacio de la vida misma. Al cabo, la invitación de las humanidades consiste en el llamado a que cada quien tenga una voz propia.
Tener una voz propia significa hablar desde el fondo de la propia alma, desde lo más hondo del corazón y lograr que u voz sea escuchada por todos, como si fuera la de ellos, la de cada quien. Hablar sin imitar a nadie, como si no existiera nadie, sin necesidad de ejemplo alguno. Nadie es ejemplo de nadie cuando se tiene voz propia, y al mismo tiempo, sí mismo se confunde con el mundo entero.
Sin embargo, esta invitación cae muy pronto en el olvido debido a las tendencias generalistas, masificadores y legalizantes de la ciencia moderna. Esto es, el continuo entre ciencia física –y sus derivaciones- y ciencias sociales.
Cada cual puede llegar a tener una voz propia es el motto general que convoca por igual a la pintura, la escultura, la poesía, la literatura y la música principalmente. Y gracias a ellas, el teatro y la ópera, esto es, el estilo recitativo. En pocas palabras, las artes, incluidas, naturalmente, la literatura.
Histórica y sociológicamente, las humanidades constituyen un momento importante en la historia de esa clase social que era la burguesía, cuando tenía aún ímpetus revolucionarios. Originariamente, se trató, notablemente, de Francesco Petrarca, Leonardo Bruni, Lorenzo Falla, Giovanni Pico della Mirandola, León Batista Alberti. Todo nace en la cuna de la depuración e interpretación de textos. Al final de algún momento del día, ello dará lugar a la hermenéutica –anticipada en la obra de Schleiermacher, y depurada, por ejemplo, en la figura de Gadamer. Leer, depurar, interpretar, apropiarse de los textos, y mostrar la polisemia de la palabra. Una empresa manifiestamente revolucionaria, alternativa, contestataria.
Se trató, y se trata siempre, de expresar el pensamiento de forma literaria, tomando distancia evidente de cualquier presentación sistemática. Más exactamente, las humanidades nacen –y permanecen- como la crítica y el distanciamiento con respecto a todo aquello que quiera reducir el lenguaje, el pensamiento y la vida a un marco sistemático, en cualquier acepción de la palabra. He aquí el espacio verdadero de la disputa. De cualquier disputa. Pero, al mismo tiempo, aquí exactamente se encuentra la carga emancipatoria de las humanidades.
En verdad, mientras que la ciencia en general quieres ser sistemática –y para ello se crean y se organizan las diferentes Academias: la Royal Academy of Sciences, l’ Académie Francaise des Sciences, la Preussische Akademie der Wissenshaften y varias otras-, y crecientemente la ciencia se presenta en la forma de informes conocidos mucho mejor como papers (artículos científicos), y como tratados, las humanidades se expresan en la forma, inmensamente más libre, de textos literarios, incluida esa forma libertaria que es el ensayo, instaurado por ese espíritu libre que era Montaigne.
De manera puntual, mientras que la ciencia impone escribir en tercera persona y la filosofía se da aires de grandilocuencia, la poesía y la literatura enseñan que es posible escribir y hablar en primera persona.
De esta suerte, el tema de base en el origen y el sentido y significado de las humanidades no es sencillamente la dimensión humana; lo humano como tal, lo que quiera que ello sea. Por el contrario, mucho mejor, las humanidades se erigen a partir de una experiencia del lenguaje, primero en relación con los textos escritos, y luego también, como una práctica democrática.
La Edad Media hizo de la palabra –escrita tanto como hablada- un canon, y la sistematizó de múltiples maneras. No es gratuito que al final del medioevo surgiera la conciencia de que el conocimiento es poder. Se trataba, evidentemente, del conocimiento institucionalizado, del poder de dominio. Este es exactamente el llamado de F. Bacon- en las Meditationes Sacrae, de 1597-, alguien cuya obra estuvo inserta en el Index Librorum Prohibitorum del Vaticano. Los Studia Humanitatis emergen como un rechazo a cualquier canonización del lenguaje, a toda sistematización de, pensamiento y de la vida, en fin, la conscripción del espíritu.
En verdad, la enorme carga –usualmente desconocida- de vida y libertad de la Edad Media es la poesía. Mientras que la filosofía y la ciencia (= teología) estuvieron siempre cooptadas por la Iglesia y las universidades, la poesía no pudo nunca ser controlada. Basta una mirada desprevenida pero sensible a las diversas Eddas –Edda Menor, Edda Mayor, Edda Nórdica-, a los numerosos Cantares –de Igor, de Rolando, hasta el del Cid, por ejemplo-, en fin, a las numerosas Sagas –escandinava, celta, y varias más-, sin obliterar nunca la importancia de los trovadores y juglares –andariegos y errantes casi siempre-, siempre, todos, acompañados de música y de danzas.
Es la poesía la que incuba a las humanidades. En otras palabras, lo distintivo de las humanidades consiste en la cultura vernácula y la actividad literaria. Pues bien, exactamente en este punto cabe advertir que existe una tendencia generalizada a confundir a las ciencias humanas con las humanidades, de tal suerte que se incluye en éstas a la antropología y la sociología, a la historia y la filosofía, muy especialmente. Mucho mejor, las humanidades se constituyen en la literatura en general –literatura, literatura comparada, estudios críticos, ensayo, cuentos, novelas y teatro, y las sub-ramas y derivaciones de ellas-.
En otras palabras, mientras que de un lado toda la carga va estar situada en los tecnicismos –lo cual permite entender la importancia de la educación orientada a las ciencias, que será la historia de la modernidad, subsiguientemente, hasta la fecha-, las humanidades se vuelcan sobre los usos del lenguaje natural, y el ámbito público como espacio de debate. No gratuitamente, ello permite comprender la importancia de los feuilletons, y de los manifiestos.
El humanismo encuentra su punto de partida en Petrarca, y desde Padua y Florencia se proyecta, también, a través de figuras como Marsilio Ficino, Manuel Crisoloras y varios más.
Significativamente, la principal oposición a las humanidades proviene de la racionalidad burguesa y capitalista centrada en institucionalidad, espíritu corporativo y de empresa, eficiencia, eficacia, ganancia, productividad, crecimiento, consumo y la ciencia y tecnología que les son propias. Las humanidades encuentran sus más grandes obstáculos al interior mismo del sistema de libre mercado. Una hermosa pero grave contradicción.
Cabe decirlo de manera clara y directa: desde el punto de vista epistemológico, el rechazo a las humanidades proviene de la ciencia de tipo reduccionista, determinista y mecanicista. Si ello es así, existen evidentes vasos comunicantes entre las humanidades y las ciencias de la complejidad (González Casanova, 2004).
LAS HUMANIDADES Y LA REDUCCIÓN DEL ANTROPOCENTRISMO
Existe, por acción o por omisión, proveniente del conjunto de las ciencias tanto como de la cultura en su sentido más conservador, una tendencia peligrosa. Se trata de identificar al humanismo con el antropocentrismo. (Es a la luz de esta confusión y error que emerge, por otra parte, el posthumanismo y el transhumanismo, dicho sea, en passant; dos equívocos, resultado de una moda efímera).
La verdad es que las humanidades no tienen absolutamente nada que ver con las discusiones, importantes como son, entre antropocentrismo y biocentrismo o ecocentrismo. Más originaria y radicalmente, las humanidades tienen que ver con la belleza y la libertad, en el sentido más fuerte y radical de la palabra. Libertad y belleza, en la complejidad de su recíproca implicación. Lorenzo Valla las tematiza en términos de las elegancias. Son las humanidades las que descubren a la estética avant la lettre, esto es, antes que Baumgarten y Kant, cuyo tema de base es, mucho antes y mucho mejor que el arte, la vida misma.
Así, se trata de la libertad de lenguaje, de pensamiento y como forma de vida que es el resultado y se acompaña a la vez por un ejercicio de autonomía en la interpretación de los textos del mundo. Por su parte, la belleza atañe a la dignidad humana, la elegancia y el sentido de autenticidad de la existencia. En este sentido, la belleza está perfectamente conectada con la festividad de la vida en sociedad. In nuce, las humanidades no son otra cosa que un llamado a vivir bien y a saber vivir, y es por ello que instauran el Renacimiento –ya sea en su faceta como Quattrocento o bien como Cinquecento-, (D’ascia, 2004) que se expresa en músicas alegres de origen popular, la explosión de los colores, y no en última instancia, el descubrimiento de la perspectiva (Panofsky, 1983). Desde Italia, el renacimiento se desplaza y se transforma en Flandes, y desde allí, gradualmente, al resto de Europa, y el mundo.
No sin la filosofía, las humanidades nacen y se nutren en esa dimensión abierta e informe de las artes, lato sensu. In extremis, el universo de las artes (Alain, 1967) abre, de par en par las puertas, en su desarrollo, a la música tonal y atonal, a la polifonía, al arte figurativo y no-figurativo, a la experimentación en toda la extensión y profundidad de la palabra (Gombrich, 2002), en fin, a los lenguajes radicalmente libres, en fin, al ocio (Ordine, 2015), que es la base misma de la cultura (Pieper, 1998).
Semánticamente, las humanidades no pueden ni deben reducirse a ni identificarse con “antropocentrismo” en cualquier acepción de la palabra; y a fortiori, con las discusiones, catchy, pero equivocadas sobre el antropoceno, bajo cualquier luz que se prefiera. Las humanidades atañen, directa o inmediatamente, a la libertad del espíritu, y a la gratificación de la existencia, cuando no, críticamente, a cualquier atisbo de centralidad, autoridad o institucionalidad. Digámoslo de manera escueta: las humanidades se sitúan, dicho en el lenguaje en boga y prevaleciente, en las antípodas del institucionalismo y el neoinstitucionalismo (sociológico, económico, político u otros). À la lettre tanto como dans l’esprit.
Es exactamente en este sentido que las humanidades (re)descubren al individuo; no al individualismo (Foccroulle et al., 2006). Dicho en otras palabras, de manera expresa, el individuo nace en y gracias al arte. El individuo no quiere significar otra cosa que: una voz propia, una experiencia propia, una mirada propia. La literatura y la gran música son aleccionadoras al respecto. Con y desde el individuo, se trata, de manera bastante más significativa, de la historia de la secularización del mundo y de la sociedad (Taylor, 2014).
De nuevo, si hay alguien y algo que se opone a la importancia del individuo es el corporativismo, el sentido de empresa, las ingeniarías de pertenencia – al Partido, a la Iglesia, a la Compañía, la Universidad, al Ejército o los cuerpos militares y de policía, por ejemplo (todos usualmente escritos con mayúsculas)-. Con el triunfo de la revolución francesa, la burguesía termina por admitir, a regañadientes a la igualdad y la fraternidad, pero nada castiga tanto como el criterio propio y la independencia. Histórica, social y epistemológicamente, es gracias al descubrimiento y afirmación de los individuos como se llega a la igualdad y la fraternidad; no al revés. Es decir, los seres humanos son iguales gracias a la autonomía que es/deber ser cada quien.
La palabra no puede ser coartada, constreñida o limitada en cualquier sentido o con cualquier intención o finalidad. Por ello mismo, algunas de las formas más excelsas como existe y se desenvuelve la palabra es en la forma de los juegos de luces, en la tropología, en el cuerpo y en los juegos de y con el espacio. Incluidos, siempre el silencio, y n él, los equívocos, las ambigüedades y las ambivalencias, la ironía y el sarcasmo, el humor de todos los colores, pero siempre a partir del humor negro (Empson, 2006). No temerle a las palabras, atreverse a interpretar los textos –escritos y no escritos de otro modo que el habitual-, atreverse a traducir de tantas maneras como sea posible un texto dado. Boccaccio, Erasmo, Van Eyck, Monteverdi, y tantos otros.
De esta suerte, las humanidades surgen, y se mantienen, dicho negativamente, en contra de cualquier espíritu de sistema –que en la Edad Media se expresaba en su forma más acabada como las Summas y los Tratados, una expresión de los cuales eran justamente, en otra dimensión, las Encíclicas-, y dicho de manera positiva o afirmativa, como el cuidado del lenguaje como un acervo común y la comprensión de los textos, como un asunto público. Mucho antes que lo estableciera la ciencia, las humanidades ponen de manifiesto que en materia de cultura no existe autoridad.
Como se aprecia sin dificultad, por tanto, las humanidades abogan por la nivelación de las clases sociales, la celebración, en fiestas, de la vida misma, y el sentido del buen vivir que conduce siempre y remite inevitablemente, al final del día, a la poesía. De manera que, contra la apariencia, superficial siempre, de la importancia de la retórica y la dialéctica –que constituyen en realidad rezagos medievales-, es el refinamiento, las buenas maneras y la alegría de vivir lo que define, medularmente, a las humanidades.
Sin dificultad alguna, nada de lo anterior tiene nada que ver con una visión antropocéntrica. Dos cosas perfectamente distintas. Subrayemos esto: la preocupación por lo humano –importante como es- no constituye pata nada el rasgo distintivo de las humanidades, y sí el cultivo, el estudio, la crítica del lenguaje, de los lenguajes en su acepción literaria. Más exactamente, el problema de base que emerge es único y fundamental, a saber: mientras que la filosofía hace –e hizo- creer que el problema central en el conocimiento (y en la vida) es el de las distinciones entre lo real y lo aparente –to on, y to pseudós; una creencia que se deriva de Platón-; y que, por consiguiente, el tema central del conocimiento es el de la verdad o lo verdadero –algo que es perfectamente secundado por la ciencia en general-, la literatura pone de manifiesto que, por el contrario, el problema fundamental en la vida y en el conocimiento es el de las relaciones entre lo real y lo ficticio. Dicho de manera precisa pero radical, la literatura jamás miente; sólo crea ficciones, esto es, caracteres, situaciones, mundos, posibilidades, que son tan reales como lo que más. (La filosofía quiso entonces, subsecuentemente, establecer las relaciones entre o real y lo verosímil).
EL LENTO Y DIFÍCIL NACIMIENTO DE LAS ARTES
No sin antecedentes que se remontan precisamente al Renacimiento, las artes nacen en la segunda mitad del siglo XIX como un espacio social y epistémico propio, a plena luz del día. Los grandes salones constituyen el motivo de su nacimiento, y con ellos, las discusiones sobre lo que sea el arte, su lugar en el espacio social, su sentido en la ecología de las formas de conocimiento, en fin, su radical independencia con respecto a los edificios –literalmente- de la ciencia, las tecnologías y la propia filosofía.
La discusión acerca del “sistema de las bellas artes” (Alain, 1967), las artes populares y las prácticas y artesanías puede quedar al margen como una discusión académica. Mientras que la ciencia y la filosofía permanecen de alguna manera atadas a la realidad –lo dado, loa facticidad, lo que está a la mano-, las artes se caracterizan por crear mundos, realidades y experiencias novedosas. Fue exactamente esta razón por la que Platón, y con él luego, también Aristóteles, proscribieron a los poetas de la República y a las artes de la dignidad del conocimiento (Gombrich, 2002).
Sistemáticamente, no obstante, la modernidad consiste en un sistemático escepticismo con respecto a las artes y las humanidades. Incluso, en el sistema de organización del conocimiento aparecen como disyuntas. Al cabo, las artes terminan incluidas, en una jugada maestra estratégica, en la esfera de la “industria de la cultura y el entretenimiento” (horribile dictu), cuya más reciente y eufemística expresión es el de las “industrias culturales”, lo cual no es otra cosa que un esfuerzo por cooptar la carga crítica y emancipatoria de las artes en general.
Todavía a mediados del siglo XX, C. P. Snow eleva alarmas acerca de la escisión –radical, estructural- de lo que denominó, acertadamente, como las dos culturas (Snow, 2013). En la cienciometría, la bibliometría y la altmetría, dicho de manera castiza, “paper mata libro”, y la comunicación del conocimiento encuentra en los papers su mejor y más acabad experiencia; un total desatino, que ha sido el objeto de numerosas críticas y reflexiones –principalmente del lado de las ciencias sociales y humanas-.
Social y académicamente visto, el espacio de formación y socialización de las artes en general es ampliamente restringido, comparativamente con los espacios dedicados a la ciencia en general, las ingenierías e incluso la propia filosofía. Adicionalmente, existe siempre el prurito de reducción de la estética a la consideración de las artes, obliterando completamente el sentido originario que adquiere en las humanidades (ciertamente, avant la lettre). La constricción de espacios para las humanidades no es menor a la propia restricción de los espacios mismos de la estética (Sourier, 2016).
Mientras que el medioevo estableció una canónica del pensamiento, y con ella, por tanto, una canónica de la educación y para la sociedad en general-, las humanidades –los humanistas, digamos-, se proponen medularmente recuperar la cultura vernácula; esto es, literalmente, la cultura desde abajo. Es gracias al humanismo que se harán descubrimientos sin iguales en la historia habida de la humanidad, hasta entonces: el cuerpo y el embarazo, los colores y las calles, los claroscuros y la perspectiva, en fin, los detalles, los implícitos y las ambigüedades y ambivalencias. Y siempre, claro, la importancia de la risa, con todos sus cromatismos. Si cabe sintetizar en una palabra estos descubrimientos sería en la importancia de la tropología –en contraste, digámoslo en passant, con la lógica-. Dicho desde otro ángulo, se trata también del descubrimiento de la plaza pública.
Las artes empiezan a gestarse como una realidad social y en el contexto de la ecología del conocimiento en el Renacimiento, peor nacen tan sólo, a través de una larga gestación, en el siglo XIX. Ciertamente la música ya había preparado suficientemente el terreno. Pero la pintura y la escultura, la ópera y la novela, el cuento y el ensayo nacen, propiamente hablando, en el siglo XIX. No obstante, el nacimiento de las artes en general no termina de allanar el camino plenamente para la recuperación de la libertad que ellas comportan, o para y para situar a la sensibilidad en el foco de la mirada. El logocentrismo, en todas sus variedades predomina ampliamente. Los sentimientos y las sensaciones –expresados en una sola palabra en inglés (feelings), o en alemán (Empfingung, en)- habrán de permanecer en un segundo plano, anestasiadas, literalmente (Maldonado, 2022). Nacientes, las artes permanecen epistemológica, actitudinal y filosóficamente críticas, radicalmente independientes, alternativas, marginales incluso.
En verdad, socialmente hablando, existe, por así decirlo, una actitud passive aggresive entre las grandes artes y las artes populares. En sentido amplio, estas últimas han quedado enteramente subsumidas bajo la industria de la cultura y el entretenimiento. Y cuando no, quedan marginalizadas bajo el mote de “artes, oficios y prácticas”, más próximas a las artesanías, al folclore, y al turismo que a un espacio estético propio. La estética misma –normalmente asimilada al estudio del arte- se desentiende prácticamente por completo de las artes populares. Recurrentemente emerge, con una luz o con otra la pregunta: “¿es esto arte?” (Jimenez, 2010).
Por su parte, la literatura en general exhibe una enorme vitalidad en sus diferentes expresiones: cuento, poesía, novela corta, novela, ciencia ficción, novela gráfica, e incluso el teatro.
¿HUMANIDADES DIGITALES?
Las humanidades estuvieron siempre acompañadas de la importancia del libro y las librerías –incluso del libro como objeto físico y estético-. Quien dice humanidades dice, simple y llanamente, amor por los libros; y por derivación, desde luego, por las obras de arte, los museos, los espacios de exposición, los teatros; que fueron, siempre, espacios públicos; o comunes, digamos. En numerosos lugares, las librerías son lugares de encuentro: cafés, exposiciones, lanzamientos de obras, recitales y demás. Una auténtica experiencia estética.
Ahora bien, en el contexto de la emergencia de los sistemas informacionales y computacionales surgen, asimismo, las humanidades digitales, como si se tratara de un fortalecimiento de las humanidades sin más. La verdad es que se trata, sin más ni más, de otra cosa que del uso de sistemas informáticos en el trabajo de las ciencias humanas y las humanidades. Por sí mismas las humanidades digitales no comportan un espíritu crítico y libertario, dicho de manera sucinta, por alcanzar una voz propia (Le Guin, 2019).
Con todo, alcanzar una voz propia no es algo que pueda reducirse en una fórmula o en un algoritmo. Antes bien, es el resultado de un largo y paciente pero sincero y apasionado proceso de (auto)descubrimiento (Rilke, 2012). (Son numerosos, por lo demás, los poetas y escritores que han apuntado, con acierto a la importancia de este logro: tener una voz propia). Todo parece indicar que se trata de un trabajo que tan sólo se alcanza al final del día, pero que requiere de un constante esfuerzo. Este es el rasgo distintivo de las humanidades que ni la ciencia y las tecnologías ni tampoco la filosofía terminan por entender y de aceptar.
Las humanidades condensan en esta invitación todo su sentido y significación.
Ahora bien, naturalmente que la digitalización en curso del mundo y de la sociedad constituye un avance importante en muchos aspectos relativos a la democratización del conocimiento. Sin embargo, no cabe olvidar que los sistemas informacionales y computacionales son sencillamente una herramienta, un instrumento. Las cosas serias y profundas del mundo y de la vida no se resuelven jamás únicamente con instrumentos y herramientas. Son indispensables, ante todo, actitudes, acciones, talante, espíritu, decisión y mucho coraje aunado a algo de hybris. La hybris, la atmósfera auténtica de la creatividad y la inteligencia (ingenuity). La hybris, el más grande de los temores y el peor de las pesadillas de toda la tradición logocéntrica.
Digámoslo sin ambages. Importantes como son los sistemas informacionales y computacionales, las humanidades ni se reducen ni se restringen a ellos. Las humanidades digitales constituyen simple y llanamente un modo de trabajo, pero no modifican en ningún sentido, el espíritu originario y libertario de las humanidades. Dicho esto, es posible el mismo tiempo decir que se puede ser perfectamente humanista conociendo y trabajando activamente en herramientas tales como modelamiento y simulación, ciencia de grandes de bases y otros aspectos próximos y semejantes. Las técnicas y las tecnologías no tienen por qué alterar –y ciertamente no de una forma negativa- el espíritu de las humanidades. Pareciera haber una atmósfera entre algunos humanistas que prefiere mantener a distancia a las ingenierías en general; y dicho puntualmente, a las humanidades digitales. Estamos, dicho en una palabra, sencillamente ante una herramienta.
APARIENCIA DE NOSTALGIA, GRITO DE REBELDÍA
Abogar por las humanidades en tiempos de institucionalidad, espíritu de sistema y dominio corporativista constituye, en apariencia, un llamado de nostalgia, cuando las tecnologías y la ciencia se erigen como saberes dominantes en toda la línea de la palabra. Existe aquí una pendiente peligrosa: se trata de la creencia, errónea, según la cual abogar por las humanidades significa estar en contra de la ciencia y la tecnología. Pensar algo semejante significa errar por completo el tiro. Lo propio de las humanidades es la libertad del lenguaje, y la creatividad y su dimensión. Por derivación, se trata entonces también de la libertad del pensar y por tanto del vivir.
Alcanzar una voz propia. Este es el motto, resumido en una especie de mantra; esto es, una fórmula que condensa, en verso o en prosa, un aprendizaje de gran envergadura que justamente el mantra contribuye a abrir, o a acercar.
Escribir como nadie lo ha hecho hasta el momento –después de haber aprendido los mejores y más conspicuos ejemplos, con la única finalidad de superarlos-. Decir las cosas como nadie lo ha hecho hasta el momento, y mejor aún, decir coas que no han sido dichas y ciertamente no de la manera como ahora están siendo dichas. Y sobre todo, carecer de ejemplos, modelos o maestros. Llegar a ser sí mism@.
Las humanidades se encuentran ciertamente en peligro de extinción (= amenazadas) y hay quienes incluso hablan, no sin razón, de su muerte. Significativamente, las humanidades se encuentran en peligro por causa de esa misma clase social que les dio nacimiento: la burguesía; y por el sistema de valores que estableció: la economía de libre mercado; y por el tipo de racionalidad que impuso: técnico-científica y de resultados; esto es, eficiencia, eficacia, productividad, crecimiento y consumo. Histórica y políticamente hablando, las humanidades jamás se encontraron en peligro por culpa de los enemigos del capitalismo. Las humanidades son indeseables para el propio capitalismo, no para sus detractores y opositores. La más enorme de las sorpresas.
Al fin y al cabo, la historia de los últimos quinientos años consiste, visto desde el punto de vista de la cultura y la historia de las ideas, en la muerte de las artes liberales (Barzun, 2000); esto es, las artes de las personas libres, en contraste con las artes serviles. Si bien el concepto de artes liberales se remonta, pasando por el medioevo hasta la antigüedad, remite nuevamente, en su acepción originaria, a la poesía y el buen cuidado democrático del leguaje lato sensu, y la invitación a alcanzar una voz propia. À la lettre, en su sentido más prístino, se trata no de la episteme ni la filosofía, ni tampoco de las técnicas y la ciencia, en cualquier acepción de la palabra.
Hoy por hoy asistimos a una institucionalización del lenguaje. Son los CEOs, los cuerpos directivos, las juntas de accionistas, los comandos superiores, los conciliábulos de las distintas iglesias, y otros semejantes y próximos quienes definen los términos, los conceptos, las categorías y los usos del lenguaje. No en última instancia, entes perversos y malignos del tipo RAE –Real Academia de la Lengua, y sus capítulos correspondientes- quienes legitiman: “diga-no diga”, y demás.
No hay nada más contrario a las humanidades que las atmósferas, lenguajes y modos de vida y de trabajo empresariales, en el sentido más amplio de la palabra. Las clínicas y los hospitales, los colegios y las universidades son denominadas hoy como instituciones. Impera el emprendimiento y la innovación –mientras en realidad el sistema le teme al cambio-. La fenomenología al respecto as amplia y profusa.
Hoy por hoy, y cada vez menos la gente no habla: son hablados. Y la gente no piensa: son pensados. Hollywood se muestra el mundo que han llegado los zombies, pero la gente en general cree que se trata de ficción. (Nuevamente/siempre, la ficción y la realidad). Tan sólo un autor se ha tomado en serio el tema de la existencia en el mundo actual como zombi (Mbembe, 2019).
Las humanidades poseen una carga emancipatoria única. Y precisamente por ello quieren ser acalladas. A los enemigos de las humanidades cabe reiterarles: No pasarán.
Notas
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