Artículos
Re-existencia y geo-grafía de los ribereños, los campesinos de río, valle y montaña
Re-existence and geo-graphy of riverside, river, valley and mountain farmers
Re-existencia y geo-grafía de los ribereños, los campesinos de río, valle y montaña
Utopía y Praxis Latinoamericana, vol. 29, núm. 107, e13879624, 2024
Universidad del Zulia

Recepción: 12 Julio 2024
Aprobación: 22 Agosto 2024
Resumen: Las formas de habitar el Abya Ayala han estado bajo presión desde los procesos de colonización e invasión, impactando en las formas de vida de las personas en sus territorios. En este sentido, sus geo-grafías han sido escritas como resistencia, a partir de reapropiaciones y luchas enraizadas en modos geográficos de existencia, como la geograficidad. Como campesinos, los ribereños de Salsipuedes-La Lacranera-San Isirodo en el Valle de Calca (Colombia) expresan esta re-existencia en su forma de relacionarse con la tierra, el agua y las montañas. Este artículo recoge la investigación realizada entre 2018 y 2022 con los ribereños, analizando sus prácticas y forma de vida como expresión de hidropoéticas que devienen en hidropolíticas de confrontación y lucha por la tierra.
Palabras clave: lugar, territorio, geograficidad, hidropoética, desarraigo.
Abstract:
The ways of inhabiting the Abya Ayala have been under pressure since the processes of colonization and invasion, impacting on people's ways of life in their territories. In this sense, their geo-graphies have been written as resistance, based on reappropriations and struggles rooted in geographical modes of existence, such as geographicity. The Salsipuedes-La Lacranera-San Isirodo river dwellers in the Calca Valley (Colombia), as peasants, express this re-existence in their way of dealing with the land, water and mountains. This article reflects research carried out between 2018 and 2022 with the river dwellers, analyzing their practices and way of living as an expression of hydropoetics that become hydropolitics of confrontation and struggle for land.
Keywords: place, territory, geographicity, hydropoetic, rootlessness.
MANERAS DEL HABITAR CAMPESINO COLOMBIANO
Soy hijo de campesinos y lo canto con orgullo campesinos son los míos como lo han sido los tuyos Que vivan los campesinos y que los dejen vivir que el campo sin campesinos existe sin existir.
Fuente: Jorge Velosa: 2013
En Colombia, como en Brasil, muchos somos o tenemos herencia campesina, en la piel, en la sangre, en los pies, en el corazón y la memoria, y si no somos nosotros los campesinos, algún abuelo, primo o tía lo siguen siendo. El cantautor colombiano Jorge Luis Velosa (2013) narra muy bien nuestra herencia campesina cuando nos canta: campesinos son los míos como lo han sido los tuyos.
Los campesinos y campesinas son hijos del campo, de las veredas y los corregimientos. No existe campesinos sin campo, ni campo sin campesinos, cualquier otra cosa sería un perjurio, porque como lo canta en coplas Velosa (2013) el campo sin campesinos existe sin existir.
El campesino es campesino, sea que more o no en la tierra que labra, sin embargo, la ausencia de vivir en la tierra y el no cultivarla a lo largo de las generaciones si puede devenir en que los hijos y nietos de campesinos ya no sean campesinos; si su habitar, sus costumbres y tradiciones ya no se amparan en esta proximidad tan propia del ser campesino. No obstante, tampoco podemos reducir el campesino a un estar inmediato y presencial, localizado, pero si podemos comprenderlo desde sus experiencias y vivencias, las cuales le ofrecen un saber, un sentir, un hacer, un afecto con la tierra y una estrecha relación con ella. Asimismo, no toda persona que está en el campo es campesina, existen todo tipo de habitantes en el campo y no todos tienen formas de vida campesina (Saade: 2018). La tierra y el campo no son solo en la dimensión física cartesiana, su presencia, aunque profundamente material excede esta dimensión, se sumerge en el sentir mismo, ocupa un lugar en el corazón, en el ser y el estar.
El campo es el en dónde del campesino. En la existencia del campesino el campo es lugaridad[1] y territorialidad intensa[2], profunda, pues el campo es la tierra natal de la cultura campesina, que en los afectos y significados hacen al campesino ser lo que es. El ser campesino es ser y estar con la tierra, ser y estar con el campo. Ser campesino nos dice de un habitar más aterrado, telúrico, poético, de la tierra.
Campesino es quien viene de la tierra y está en ella, con ella, la lleva consigo: en sus manos fuertes por trabajarla, en sus pies resistentes de tanto caminar las trochas, en su mirada que ha aprendido a ser minuciosa y detallista para poder observar los gestos de la tierra y sus frutos. El campesino carga en su piel, en sus memorias y hábitos la tierra-campo que es. Si en la ciudad la vida se evoca en el barrio, los conjuntos y las calles, en el campo son las veredas y corregimientos, linderos y trochas, entre la huerta, el terreno y la casa (Fals Borda: 2017).
En buena parte del ser campesino existe un fuerte vínculo con la tierra y este vínculo está atravesado por un vivir, un traer los frutos de la tierra. En este traer los frutos la agricultura es fundamental, pues ella, en la labor del día a día, en la comprensión de la lengua de la tierra que en geo-grafías (Porto-Gonçalves: 2006a) y geopoeticamente se escribe y se reescribe (Pardo: 1991). La agricultura es culto a la tierra. La palabra agricultura se desglosa en dos derivaciones latinas agri y cultura: la palabra agri como el arte de cultivar el campo y cultura del verbo colere, el cual quiere decir cultivar y habitar (Giraldo: 2013, 2018), que a su vez implica reverenciar la tierra, hacerse con y como tierra, reconocer su sacralidad como estancia y soporte para nosotros y la vida misma en el nutrir (Noguera, 2016). El ritual de fecundar la tierra y hacer posible el existir trayendo los frutos de la tierra es la sagrada labor que hace el campesino con la agricultura. El campesino cultiva y siembra la tierra y así cultiva y se siembra a sí mismo en ella. Ontológicamente la agricultura llama a un arraigo y a una pertenencia a la tierra. La agricultura, no es meramente técnica (en su sentido reducido) es además un horizonte de sentido para la vida (Porto-Gonçalves: 2016), que expresa muy bien la forma de habitar del humano en un saber milenario (diez mil años) que se soporta en la tierra, pero que además reconoce que es gracias a su cultura como manera de adaptación que es posible existir (Ángel-Maya: 1996; Giraldo: 2013; 2018).
La palabra campesino, el ser campesino, es de una complejidad, de una diversidad conceptual, política y ontológica gigante y nuestro interés en este trabajo no es desarrollarla a fondo, ni centrarnos en una definición cerrada de lo que puede o no ser campesino. Como nos inspira el recuerdo del geógrafo brasileiro, Carlos Walter Porto-Gonçalves (2012; 2017), queremos aportar desde la comprensión de expresiones que conforman ese amplio tejido del ser campesino, su lugar propio (topoi) que es geográfico, epistémico y ontológico, visando su habitar; sus modos de vida desde su propia experiencia. Es por eso que aludimos ontológicamente a relaciones como la de campo-campesino-agricultura que a definiciones. En la complejidad del ser campesino, el campo es su tierra natal, su dónde, su ahí, su lugar y, la agricultura su hacer, aquel que le permite estar y ser. Es en la relación entre estas es posible que hagamos el reconocimiento de su hábitat, con la que va creando sus hábitos y de los que emerge el habitar que le hace ser campesino.
Deseamos también mostrar algunas de las reflexiones hechas sobre el habitar campesino, sin por esto cerrarlo en una categoría o definición y, al contrario, procurando comprender diferentes trazos de estas formas de habitar. En las muchas reflexiones y discusiones sobre qué es ser campesino, se pueden situar a grandes rasgos las corrientes campesinistas y las descampesinistas, apuntando unas a la persistencia y resistencia de los campesinos y otras a la desaparición de estos frente a una modernización (Hernández: 1993).
Dentro de las comprensiones del campesinado algunas de ellas apuntan a características socioeconómicas como la economía campesina y un modo de producción específico diferente a la producción capitalista. Existe también una diferenciación por clase social donde el campesino se presentaba como obrero o asalariado, lo que se ha debatido al evidenciar como las características propias del trabajo campesino se salen de las formas tradicionales del capital, teniendo un fuerte soporte en la familia y en relaciones de vecindad y compadrazgo que se concretizan en acciones como las mingas o el llamado brazo prestado; que consisten en reunirse y trabajar comunitariamente apoyándose entre ellos (Molano: 2013; Fals Borda: 2017).
Los campesinos en sus diversas formas de vida pueden ser agricultores, colonos, aparceros, terrajeros, ganaderos, cocaleros, pescadores, mineros, entre otros, y hacer parte o no de grupos étnicos. Y aunque la agricultura es primordial para comprender las formas de vida campesina, estos son pluriactivos, lo que significa que se dedican a muchas otras actividades (Camacho; Robledo: 2018). Otro factor complejo al momento de hablar de los campesinos es su origen, pues, aunque muchos afrodescendientes e indígenas también son campesinos, debido a la diferenciación étnica que poseen, estos se reconocen más desde su condición étnica, racial, sin por eso negar que son campesinos.
Frente a los campesinos también se presentan muchos estereotipos, asumiéndolos como atrasados y pobres (Camacho; Robledo: 2018) o localizándolos solo en el campo, como si por el hecho de salir del campo perdieran todo lo que han sido, como si fueran comunidades aisladas de la ciudad y el resto de la sociedad. Contrario a esto, los campesinos no se encuentran aislados; muchas de sus relaciones las hacen en la ciudad donde viven familiares, donde comercializan productos y trabajan miembros de la familia. Sus relaciones no se encuentran solamente circunscritas al campo, inclusive muchos pueden irse a vivir a la ciudad sin por esto dejar de ser campesinos. Esto se debe a que el que exista un arraigo no quiere decir que en ese momento debe haber un anclaje físico al lugar.
La tenencia de la tierra es otro factor a tener en cuenta, ya que muchos campesinos trabajan la tierra, pero no son propietarios, y cuando si lo son las características de sus terrenos son generalmente la de pequeñas propiedades, contrarias a los modelos latifundistas de los terratenientes y de las grandes empresas y trasnacionales (Fajardo: 2015; Fals Borda: 2017).
Los campesinos en Colombia han sufrido el olvido, la negación y devastación que va de la mano del olvido, la negación y devastación de la tierra. Esta guerra contra la tierra ha sido también una guerra contra las comunidades campesinas por su fuerte vínculo con ella; una guerra que es contra todas aquellas comunidades que tienen vínculos más profundos, más enraizados. De este modo, la negación del campesinado además de la negación de un sujeto social, es de todo lo que encarnan sus maneras de habitar. En Colombia las políticas del gobierno y la violencia han hecho parte de esa negación y devastación que ha llevado en muchos casos al desplazamiento forzado. Este tipo de desplazamiento es un destierro, una desterritorialización que también es una tentativa de despolitización (Porto-Gonçalves: 2012), un quitarle la tierra al campesino, no solo desde lo jurídico, legal y material, sino también desde su propia vinculación telúrica, pues las formas de violencia destrozan los tejidos socioafectivos, las relaciones de cariño y, en su lugar, buscan colocar sentimientos de miedo, pasando de una topofilia, de un amor al lugar (Tuan: 2012), a una topofobia, un miedo al lugar.
Se ha dado una espiral de despojo (Fajardo: 2015) con el campesinado. La violencia ha ocasionado el desplazamiento forzado y el despojo de muchas tierras campesinas que han pasado a ser de terratenientes y empresarios, conllevando a una alta concentración de la propiedad; sea por mecanismos jurídicos o de forma ilegal y violenta (López: 2021). Por ello, el campesino desplazado por la violencia ha tenido que colonizar la periferia rural, en tierras que se encuentran en condiciones más adversas, menos fértiles o al borde de la frontera agrícola. Este monopolio de la tierra por el latifundio, junto con la acumulación por despojo tendría sus orígenes desde la colonia, en ciclos que Fajardo (2015) denomina colonización-conflicto-migración-colonización.
Las prácticas y políticas de muerte, la ausencia de políticas a favor del campesino de parte del Estado Nación Territorial (Porto-Gonçalves: 2012), el bajo apoyo presupuestal en contraposición con una alta ayuda a los grandes empresario, el menosprecio, el despojo de sus tierras, la flexibilización en los mercados laborales, las altas tasas de informalidad, la alta desigualdad en la propiedad de la tierra, el narcotráfico, el reemplazo de cultivos diversos por monocultivos y el asesinato selectivo de sus líderes, son algunas de las formas como se ha buscado acabar con el campesinado. Sin embargo, contrario a los desoladores pronósticos y a los continuos intentos por eliminar al campesinado, el ethos de resistencia (Fals Borda, 2017) y las ganas de vivir, hacen que estos sigan vigentes, produciendo para el año 2018 hasta el 70% de los alimentos que se consumen en Colombia con un total de hasta 4.532.650 trabajadores permanentes (Camacho; Robledo: 2018).
Los campesinos han continuado en su labor de lucha, resistencia y re-existencia[3] como parte de su historia, ganando fuerza con estructuras más organizadas, con movimientos sociales regionales, nacionales e internacionales. Igualmente, toda su riqueza cultural y su gran relevancia para la soberanía alimentaria, para el cuidado de los ecosistemas, para la reconciliación con la tierra y la vida que somos, se ha venido visibilizando gracias a las practicas emancipatorias y la lucha constante de los campesinos por que los reconozcan y respeten sus formas de habitar, por un determinado horizonte de sentido para la vida digna (Porto-Gonçalves: 2015, 2016). Son miles las manifestaciones y exigencias que el campesinado le ha hecho al gobierno para que reconozca su importancia, siendo algunos de los frutos de este ethos de resistencia campesino que en el 2018 las Naciones Unidas hiciera la Declaración de los derechos de los campesinos y de otras personas que trabajan en las zonas rurales y, pese a que Colombia se abstuvo de votar a favor de estos derechos, en el 2019 por primera vez en la historia del país se realizó un censo de la población campesina (López: 2021).
En Latinoamérica las formas campesinas emanan de vertientes de las comunidades indígenas precoloniales y de la colonización de campesinos españoles pobres, así como de los africanos esclavizados que llegaron a América, surgiendo en el país de forma precaria en las tierras de los resguardos indígenas a lo largo de los siglos XVI y XVIII (Hernández: 1993). Pero sabemos por sentido común que el ser campesino viene de más atrás, desde que se inició el bello acto de nutrir la vida en la tierra con la agricultura. En estas tierras no es hasta el siglo XIX que el termino campesino aparecerá para remplazar al de labrador (Arango: 2014; Camacho; Robledo: 2018), aunque en la constitución nacional de Colombia regente (de 1991) más que aparecer campesino se les llame como trabajadores asalariados, lo cual sigue negando sus maneras propias de ser y su riqueza cultural.
En Valle del Cauca el cómo se conforma el campesino se presenta desde diferentes tendencias; una relacionada con la montaña en las vertientes de la cordillera Occidental y Central, con la llegada de campesinos de diferentes partes del país que huían de la guerra de los Mil Días (entre 1899 y 1902) en la búsqueda de mejores oportunidades laborales, y otra en la planicie, la cual se habría iniciado desde el siglo XVIII con todo el mestizaje entre criollos, españoles, negros esclavizados, indígenas y mestizos. La violencia bipartidista (entre 1944 y 1960), el conflicto social y armado (de 1964 a la actualidad) y la búsqueda por mejores oportunidades también han hecho parte de la migración y colonización campesina y de las actuales condiciones del poblamiento campesino. Así, entre la guerra y la existencia que solo ha sido posible en la re-existencia, entre el terror y la esperanza, entre el miedo y la dignidad, entre montañas y planicies, paramos, ríos y lagunas, entre el abandono y el despotismo estatal y el culto a la tierra y a la vida de las comunidades, se han tejido las maneras del habitar campesino colombiano.
CAMPESINOS DE SALSIPUEDES-LA LACRANERA-SAN ISIDRO
Hijos de tierra y agua, de montaña y de río, son los campesinos de los Andes colombianos. En el Valle del Cauca, territorio nacido con las cordilleras Central y Occidental junto con el majestuoso río Cauca se tejen las historias de los campesinos vallecaucanos. Son muchos los ríos con diferentes tamaños y formas que nutren y pintan con sus aguas el río Cauca, el Valle del Cauca y sus campesinos. Para relatar un poco que es este devenir campesino río, cuáles son sus pasos andados, sus flujos y corrientes de vida, nos detendremos en dos de estos ríos y su habitar con una comunidad campesina. Las preguntas ¿Cómo es este habitar de los campesinos en estos ríos? Y ¿Cuáles son las hidropoéticas[4] y geograficidades[5] que han tejido? Serán el horizonte que nos ayudarán en este relato y en los sentidos del habitar campesino-río.
Estos ríos de los que les queremos contarles son los ríos Salsipuedes y la Lacranera; hijos de los andes, ríos que nacen en las montañas y que en su transcurso en el Valle y en su camino al mar son parte del rizomático e impetuoso río Cauca. Son ríos afluentes del río Parraga, que vierte sus aguas al Fraile y que con el Bolo se hace parte del Guachal que desemboca en el majestuoso río Cauca (Alcaldía de Pradera: 2016; CVC: 2012). En la vertiente occidental de la cordillera Central, en el suroriente del Valle del Cauca, en la zona rural de un municipio llamado Pradera nos deparamos con estos dos ríos y con la comunidad campesina del corregimiento de San Isidro. En esta tierra de prados se han constituido dos modelos territoriales; uno en la zona plana con el latifundio y el monocultivo de caña, y otro en la ladera con el minifundio y microfundio campesino, especialmente en la zona media de la montaña. Pradera es una tierra que en la zona rural está poblada principalmente por comunidades campesinas y por la comunidad indígena Nasa con su resguardo Kwet Wala, mientras en la zona urbana se presenta un alto poblamiento del pueblo afrodescendiente (Salcedo: 2014; Alcaldía de Pradera: 2016).
Se ha estimado que la comunidad campesina (mestiza) asciende a 6.253 personas (IEI: 2021), representando el 11,11% de la población. En el caso de San Isidro los pobladores del corregimiento llegaron entre los años 40s y 60s del siglo XX, huyendo de la violencia bipartidista, migrando la gran mayoría del Tolima, Nariño, Cauca, Huila y municipios del Norte del Valle del Cauca (Giraldo R: 2020; IEI: 2021). Como con los moradores de San Isidro, la violencia y la Guerra en Colombia ha configurado la geografía y la historia de este país. La travesía que muchos tuvieron que vivir no ha sido para nada fácil. Cuentan los moradores de San Isidro, recordando los relatos de sus padres, que era un heroica y peligrosa travesía; muchos debían atravesar el páramo con unos pocos corotos y con los hijos a cuestas, soportando el inclemente frío de la parte alta de la montaña, esperando no encontrarse con más actores armados en el camino.
Pradera y su zona rural ha sido uno de tantos pueblos en los que las marcas de la guerra han quedado con mayor hondura, siendo una de las zonas rojas del país, es decir, uno de aquellos territorios donde la guerra y sus huellas han dejado cicatrices más profundas. A pesar de estas circunstancias adversas, la comunidad de San Isidro tiene un largo proceso organizativo, un histórico de lucha y preocupación por su territorio, el río y el agua.
Desde las antiguas épocas de ir a recoger el agua al río y bañarse en él, hasta el de las sequias y la llegada de los acueductos comunitarios, el río ha estado presente en su habitar campesino. Esas maneras de ser con el río se expresan desde la experiencia en sus geograficidades e hidropoéticas como relación telúrica con el río y el agua, desde las cuales los campesinos de San Isidro han tejido sus historias de vida. Ser un campesino de San Isidro es también serlo del río Salsipuedes y del río La Lacranera. Estos dos ríos siempre han fluido al costado de sus propias moradas y parcelas, como un vecino más, un compañero y dador de vida. Los ríos estaban antes que la comunidad y fueron quienes los recibieron haciendo posible el surgimiento del corregimiento de San Isidro y el habitar de la comunidad. De los dos ríos Salsipuedes ha sido el que más fuerza ha cobrado para la comunidad, por su tamaño y caudal (aunque esté haya disminuido) y porque baña y nutre a muchas más familias de San Isidro que el río La Lacranera, incluso a familias de corregimientos vecinos por donde también transita. El río la Lacranera, presenta un caudal menor y solo llega a algunos de los hogares de San Isidro, por lo que su presencia queda algo oculta frente a su hermano Salsipuedes. Ambos son ríos de terrenos que tienen grandes pendientes a sus márgenes, a lo que hace alusión el nombre de Salsipuedes, recordando un pasado más caudaloso.
El hacerse campesino-río de las personas de San Isidro ha surgido de lo más profundo y esencial de su habitar, ha nacido de su necesidad de agua, vida y tierra. En esta necesidad primaria, en este soporte y fundamento que da el agua se hace el campesino-río, en la necesidad de saciar la sed de vida como vida que son, nutriéndolos. Los campesinos de los ríos Salsipuedes y la Lacranera van creando estas maneras de ser y estar con el agua en el encuentro y despliegue del río que, al verterse en el campo, más allá de su caudal, penetra y ayuda a ser a la huerta y la casa, a la parcela y los cultivos y al campesino con su trabajo y sudor.
Los siguientes son algunos de los relatos que surgieron fruto del compartir con la comunidad de San Isidro, en ellos se presentan las experiencias de varios moradores. Muchos de estos relatos se entretejieron polifónicamente desde las diferentes historias y experiencias de los moradores, mezclándose y dando lugar a los sentidos del río aquí narrados, razón por la que algunos de ellos no son colocados con un nombre específico, sino que se presentan de forma general, por lo cual queremos recalcar que, aunque no siempre aparezca un nombre individual, estos son los saberes que tan bondadosamente compartió la comunidad de San Isidro.
Tiempos de abundancia, tiempos de escasez
El transitar del río y su tiempo con la comunidad, aunque sea un tiempo corto para el río (antiguo sabio de la tierra) y largo para la comunidad, ha traído grandes cambios para el río, los cuales han sido ocasionados tanto por acciones locales, como por cambios a nivel planetario resultado del cambio climático. El río Salsipuedes según los moradores ha disminuido hasta cinco veces su tamaño, el agua se ha profundizado, se ha escondido dicen.
Desde finales de 1940 con el proceso de colonización campesina de las zonas de montaña conocidas como ladera y, debido a la necesidad de tierra para cultivar, se ha dado la expansión de la frontera agrícola, que junto con la presencia de los Ingenios azucareros, como el Ingenio Castilla que utiliza las aguas de la quebrada Salsipuedes, ha ocasionado la disminución de los caudales y la perdida de cuerpos de agua.
La precipitación para San Isidro oscila entre 1750 en la zona alta y 1550 en la zona baja, sin embargo, actualmente Pradera tiene una alta demanda hídrica, que en épocas de sequía generan grandes presiones sobre los ecosistemas y las fuentes hídricas, disminuyendo hasta en un 90% los caudales de sus ríos en temporadas secas en comparación con las temporadas de precipitaciones (IEI; 2021). Pradera, y en ella San Isidro, se localizan en la unidad hidrogeológica llamada acuifugas, la cual se refiere a zonas donde los suelos y las rocas no logran almacenar aguas subterráneas (IDEAM: 2019). Además, posee muy baja capacidad de recarga hídrica debido a las altas pendientes que dificultan la infiltración del agua (IDEAM, 2019). Por estas razones la quebrada Salsipuedes desde hace varios años cuenta con muy poco caudal.
Desdichadamente no hay nada que torne más vigente la gran importancia del agua y del río como su falta, por lo que en los últimos años ha emergido con más fuerza una preocupación por ellos. Resuena en la palabra de moradores, cómo antes la preocupación por el agua no existía, pues llegaba en grandes cantidades por lo que nunca se imaginaron que esta podría llegar a escasear, mucho menos hasta el punto de que se dieran conflictos por ella y tener que hacer racionamiento. En palabras de don Sen Chagüendo “había agua de sobra en ese entonces, cuando yo era muchacho, porque yo estudie aquí en esta escuela y a mí me tocaba pasar esa cañada y había agua, pero harta, bastante “(Comunicación personal):
Contaban los moradores que la quebrada era tan grande que en épocas de lluvia era difícil pasarla, por lo que tenían que crear caminos o esperar a que la lluvia pasara y el caudal bajara. El agua era tan exuberante en Salsipuedes que en esa época se pescaba en la parte alta del río según recuerda don Sen en los recorridos que hacía con su padre. Con la misma perdida del río y de sus aguas se dio también la perdida de la biodiversidad y de la población de peces. Con el tiempo en San Isidro también mudó la costumbre de ir a nadar al río. Hasta hace no muchos años los moradores de San Isidro iban con más frecuencia a nadar al río Salsipuedes; a bañarse, a lavar la ropa o a recoger el agua. Contaban los moradores como en su pasado este era un río más caudaloso y abundante, haciendo mérito al nombre que le habían dado.
En la generación que le prosiguió esta costumbre de ir al río era menos frecuente a la época de sus padres y tíos. Actualmente la práctica de nadar en el río Salsipuedes no es común, se ha ido perdiendo, no porque haya desaparecido el deseo de entrar al río y nadar en sus aguas, sino porque el mismo río se ha profundizado, se ha secado a los pocos. Su lecho rocoso es parte de su nuevo paisaje y la poca agua que llega no da para nadar en ella. Así que, aunque cuando llueve y se crece y uno que otro va y nada en el río, la comunidad generalmente nada en zonas más abajo o en otros ríos con más caudal. Otra de las razones que alguna vez relataron varios moradores por la que no nadaban en esa agua es porque es de la que se bebe, así que prefieren nadar en otro lugar. Herney Chagüendo contaba como “antes sí teníamos la costumbre. Ahora no, pues porque esta pequeñito y porque a uno le da como este ir a enmugrar el agua” (Comunicación personal).
Ante esta dramática situación en la que se pasó de tiempos de abundancia a tiempos de escasez del agua y, frente a la perdida de los ecosistemas y el deterioro de los ríos, la comunidad se ha puesto en la labor de pensar sus propias maneras de habitar y en un acto autopoiésico, ha ido entendido desde el sentido más esencial y práctico la necesidad de un habitar cada vez más enraizado, un habitar más comprensivo y cuidadoso del río.
Acueducto Comunitario: soberanía hídrica
La historia de la proximidad de la comunidad con el agua y el río, y como han podido acceder a ella, ha pasado por diferentes acciones, prácticas y herramientas, que se han ido dando de la mano de la misma historia de la comunidad, con sus diferentes posibilidades y formas según su propia poiesis; sus saberes, su autoorganización, su economía, su acceso a técnicas, materiales y herramientas.
El agua la recogían por tierra, en canales o en vasijas de barro grandes llamadas tinajas y los que tenían más modo hacían canales. Luego llegaron las sequias, en todo lado había sequías y el canal lo hicieron para que pasara por las casas bajando y bañando todas las finquitas y de allí era de donde la comunidad cogía el agua. Para esto cuentan los moradores que contrataron a un señor de Caldas o de Antioquía (hay varias versiones de su origen), que se encargó de zanjear y enroscar las hojas de zinc para hacer los canales y llevar el agua. Después llegaron las mangueras que fueron toda una noticia en la comunidad, todo mundo se cambió a ellas porque eran más resistentes y más fáciles de manipular. El agua se cogía de arriba, donde ahora están los tanques, para que bajara con más fuerza para poder regar. Los relatos de varios de los moradores narran el trayecto histórico que han tenido en su relación con el agua, hasta llegar en la actualidad al acueducto comunitario que abastece principalmente a la parte alta de San Isidro.
Todo esto solo fue posible gracias a las juntas de acción comunal (juntas refiriéndose a la misma junta con diferentes dirigentes a lo largo del tiempo). Ellas lograron hacer el primer proyecto para construir el primer acueducto a finales de 1960 e inicios de 1970, así como la creación de la Junta de Acueductos.
Como el cuidado del agua y del río no es solamente la instalación de infraestructura, y esto lo sabe muy bien la comunidad, lograron que el municipio comprará el predio La Cuchilla y se la diera en el año 2007 en comodato para que la cuidara. Se hizo el plan de manejo ambiental y la propuesta de la Reserva Ambiental Campesina (RAC); la cual resalta la importancia del habitar campesino. Desde entonces con la guía de un plan de trabajo que diseño la comunidad se han realizado diagnósticos, siembra y reforestación, primando la urgencia de cuidar el agua y la biodiversidad.
La comunidad también compró la finca las Delicias, la cual cuenta con dos nacimientos que caen al acueducto del que se benefician. Al ser la finca de las Delicias de la comunidad fue mucho más fácil que la gente se apropiará y participará con mingas en la reforestación, lo que continuo con las mingas[6] en el predio de La Cuchilla y con mingas para recolectar las basuras del río. Posteriormente la nueva Junta logró conseguir un nuevo acueducto. Lo que evidencia que aunque la propiedad es indispensable la lucha no es solo de la tierra en cuanto propiedad, sino del territorio como expresión identitaria y cultural de la comunidad (Porto-Gonçalves, 2012; 2016)
Todo el arduo proceso de autogestión que ha hecho la comunidad ha posibilitado que conozcan muy bien (en especial los líderes y quienes más han estado acompañando) todo el detalle del funcionamiento del acueducto, así como de la Junta de Acueducto que cada vez más se logra organizar mejor. Todo esto y muchas más acciones realizadas por la comunidad han favorecido para que no haya tanta escasez de agua. Es así como se ha ido pasando del racionamiento largo y obligado a un hacer más sensible del cuidado y la protección. Hay resaltar que a la Junta del Acueducto también le dicen la Junta del agua, al pensarla articulada con el comité ambiental, lo que se comprende mejor cuando vemos que para la comunidad el acueducto no es solamente la infraestructura sino toda su complejidad, en todas las relaciones que lo hacen posible, en lo que reconocen como el entorno, la cuenca. Por esto, para la comunidad hablar del acueducto es hablar de la microcuenca, del río que se relaciona con todo el territorio y, territorio, es hablar de lo que son todos ellos: es hablar de la junta del agua, que a su vez significa la protección de los animales, de los árboles, de la flora, la sensibilización de la propia comunidad, el trabajo político y organizativo (Comunicación personal Herney Chagüendo). Aquí el agua no es externa a la sociedad, ni un simple recurso que precisa ser gestionado (Porto-Gonçalves: 2006a; 2006b) sino que hace parte del habitar de la misma comunidad, de sus lugaridades y territorialidades (Bernal: 2022).
En varios de los encuentros la comunidad habló de las diferentes dificultades que se presentaron con el gobierno institucional y la autogestión comunitaria del acueducto, pues más que crear un verdadero apoyo se volvía una traba que se concentraba en un seguimiento punitivo. Otra de las cuestiones que salió a flote fue la del tratamiento del agua y la diferencia en las formas de habitar y los usos, siendo para la zona rural un gran problema que el agua sea clorada, pues el cloro puede afectar negativamente sus cultivos, así que en vez de pedir un agua clorada necesitan un agua que llaman segura.
Los acueductos comunitarios no son solamente una estructura que trae el agua, sino que son tradición, un legado ancestral que en las comunidades ha pasado de generación en generación por la defensa del agua, de la vida, de su cultura, su identidad, sus lugares y territorios. Son una forma de soberanía hídrica, de soberanía alimentaria, de solidaridad y autonomía de los pueblos que se enfrentan a la visión más capitalista, más mercantilista del agua y los ríos. Con ellos la comunidad tiene la autonomía para ejercer un gobierno propio en sus territorios vividos, en sus lugares habitados con una propuesta de Ley Propia que propende por el derecho a la autogestión comunitaria (RNACC: 2020).
Los acueductos comunitarios tienen un esquema diferencial en el que se respetan la diversidad de las comunidades; pues son ellas mismas quienes proponen su hacer comunitario y su visión de la vida y el agua en el que reconocen las verdades necesidades y usos del agua, los diferentes lugares con los que es el agua. En ellos el agua es vista como vida y a nosotros como agua, un agua que no es solo para beneficio humano sino para todos los seres vivos, para la misma agua, para el río y para la vida (RNACC: 2020). Se estima que para el año 1996 existían en Colombia cerca de 1.500 acueductos comunitarios en la zona urbana y 12.000 en la zona rural (Gómez: 2014). A partir del año 2006, después de que se hizo el Referendo por el agua y ante la pérdida de este se vio la necesidad de seguir adelante por lo cual se creó la Red Nacional de Acueductos Comunitarios de Colombia, de la cual ya hacen parte organizaciones de acueductos comunitarios desde el norte hasta el sur del territorio colombiano, desde la Guajira hasta Pasto.
Guerra de todos contra todo
Por siglos hemos creído que la guerra ha sido solo entre humanos y con la misma petulancia de un antropocentrismo que únicamente se ve a sí mismo, no hemos querido mirar la devastación causada al resto de seres no humanos, como si la única violencia a ser registrada fuera la que es contra los humanos, como si nosotros fuéramos los únicos que han sufrido con esta crisis ambiental y nuestro dolor fuera el único a ser tenido en cuenta, cuando al contrario, como lo evidencia de Michel Serres (1991) la guerra nunca ha sido únicamente contra el humano, sino contra todos los seres.
Sin duda, esta guerra ha tenido las marcas de una violencia contra la misma tierra y la vida en una lucha incesante por devastarlas. Nuestros ríos y los hijos de estos ríos también han vivido esta guerra que se ha presentado en una infinidad de formas.
Históricamente la violencia en Colombia se ha vivido con más intensidad y magnitud en la zona rural, padeciéndola en mayor proporción las poblaciones campesinas, afrodescendientes e indígenas. Pradera no ha sido la excepción. Debido a su localización geográfica que conecta la alta montaña de la Cordillera Central, la zona rural de Pradera es un corredor estratégico para los grupos armados ilegales, posibilitando una comunicación entre los departamentos del Valle del Cauca y Tolima, permitiendo conectar el centro y el oriente del país. Es por esto que esta parte del país ha sufrido en carne propia los estragos de la guerra, en los que la muerte y el desplazamiento han acaecido a Pradera y, donde hasta la misma tierra y el río se han visto afectados.
Pradera es una zona roja, que es la forma como se ha denominado a los territorios colombianos donde el conflicto armado ha sido mayor. Entre los hitos de guerra y violencia los moradores de San Isidro cuentan varios que quedaron en la historia de toda la comunidad de San Isidro. El primero en el 2009 cuando en la cancha de futbol aparecieron entre 100 y 200 hombres (los números varían según quien relata) y la comunidad debió resguardarse en sus casas esperando a que se marcharan. El segundo en el 2011, en un confrontamiento entre la guerrilla y el ejército en el que la comunidad quedó en el medio; en aquella ocasión los obligaron a desplazarse forzadamente y todo San Isidro tuvo que bajar a la Casa campesina en el casco urbano de Pradera, donde estuvieron 15 días hasta que pudieron retornar al corregimiento. Y como la guerra es una guerra de todos contra todos, el tercer hito muestra como la guerra afecta no solo a los humanos. En su paso por Pradera los actores armados han sembrado muerte en la propia tierra, enterrando minas antipersonas (quiebrapatas) en la parte alta de la montaña. En estas zonas se encuentran muchos de los nacimientos, incluso el predio de la Cuchilla y los nacimientos de Salsipuedes han sido plantados con estas minas.
Con el sembrado de minas las comunidades dejaron de ir al territorio y se frenó en esos lugares parte del proceso comunitario de cuidado de la tierra. Después de que sembraran las minas la comunidad dejó de subir al predio de la Cuchilla y tuvo que parar con las mingas. Decía Herney Chagüendo como la forma menos riesgosa (sin decir por esto segura) que utilizaban algunas personas de la comunidad para subir al predio era siguiendo al ganado, porque como las vacas pesan bastante podían activar las minas, así que si no le pasaba nada al ganado ese era un camino menos peligroso para andar (Comunicación personal).
Con todo y el miedo si se dio un momento en el que la comunidad se vio obligada a subir. Se estaba quemando la parte alta del predio la Cuchilla y las personas veían como habían pasado ocho días y seguía saliendo humo, por lo que ante el temor de que el bosque, los nacimientos, el río y el agua se vieran afectados, la comunidad se juntó con el resguardo de Kwet Wala y subieron a apagar el incendio.
“Patricia Uribe: se estaba quemando la parte alta del predio La Cuchilla y entonces la gente se arriesgó. Y salía ese humo, ocho días ese humito saliendo y la gente, no entonces, y se arriesgaron a pasarse. Entonces no, ¡vamos! Entonces se fueron que, todo para que no se siguiera quemándose la parte alta, porque donde se queme y ahí sí, mejor dicho, nos quedamos ahí sin agua (Comunicación personal).”
Como cuenta Patricia en aquella ocasión no sucedió nada grave con las minas, sin embargo, si se sabe de un soldado al que le estalló una mina y de varias vacas que perdió un vecino. De esto nos queda el registro de un árbol cuarteado en la mitad después de que en la explosión de una de las minas le cayera una de sus esquirlas.
Se ha hecho un proceso de desminado en San Isidro, sin embargo por el mismo proceso que funciona a tanteo, siempre es incierto si han quedado minas en el territorio y si este ya es un lugar seguro para la comunidad.
Nacimientos y muertes
“Neftalí Lozada: Allá arriba, allá en la parte alta, arriba de esos dos árboles, allá en época de lluvias siempre se hace una nube que después hace un pequeño laguito. Ese laguito siempre se forma ahí, yo no sabía que esa nube se hacía ahí hasta que alguien me lo contó y luego fui y vi que sí era así (Comunicación personal).”
Este relato es quizás el más bello, pues muestra la sensible y cuidadosa contemplación del cielo, de la tierra, de la lluvia, el agua y la profunda compenetración de estas dos personas con su lugar habitado, el gran conocimiento que tienen de su territorio. Para ellos cobraba sentido un simple gesto que para cualquier otro habría pasado desapercibido. Ellos lo pudieron sentir y reconocer, porque recorrían su territorio y sabían que cada tanto, en ciertas fechas específicas del año, justo allí, se formaba ese laguito en medio de los árboles, por lo que además de conocer el lago y las fechas en que aparecía, su mirada persistente forjada en un largo compartir, en un estar cotidiano, les permitió percibir que antes de que se formara el lago, en el cielo, en ese lugar exacto, se posaba una grande nube gris.
Esta comprensión de la lengua de la tierra, de sus geopoéticas, es lo sensible que aflora en una profunda relación telúrica, en una geograficidad. No cualquier persona, no cualquier mirada es capaz de observar esto, de sentirlo y verle un sentido. No cualquier persona habría podido escuchar la voz de la tierra en este lugar.
La nube y el lago son dos de los tantos nacimientos que tiene el río. En varios de los recorridos que hice con Neftalí Lozada pude ver un sinnúmero de nacimientos que aumentaban su cantidad entre más arriba subíamos en la montaña. Estos nacimientos eran pequeños charquitos que se asomaban como pequeños huequitos entre la tierra empantanada, la mayoría rodeados de verde, como con pequeños musgos a su alrededor. Si bien en la parte alta de la montaña son abundantes los nacimientos de un río, este sigue naciendo a lo largo de todo su recorrido. Nace gracias a los páramos, a la tierra y a la flora que conserva el agua, nace en los lagos y lagunas que se van formando en su recorrido, nace en muchos de los ríos que como afluentes llegan y lo nutren, nace en las comunidades que reforestan y respetan sus márgenes, nace en el viento y las nubes con las que el agua vuelve a él. Nace una y mil veces con todos los que le ayudan a seguir siendo, a permanecer.
Autopoiesis campesina
La Autopoiesis campesina se presentan en la relación entre los conflictos que atraviesan el territorio y las maneras en que las comunidades los han enfrentado en su mismo existir y re-existir.
En Pradera y San Isidro, son muchos los conflictos que lo atraviesan. Mencionaremos solo algunos de ellos: insuficiente apoyo institucional, continua violencia ocasionada por diferentes actores armados y por el mismo Estado, turismo capitalista descontrolado, contaminación y desabastecimiento hídrico, altos índices de deforestación, pérdida de ecosistemas y su biodiversidad, extracción de material de arrastre, alta demanda de agua para el monocultivo de caña de azúcar de los ingenios, alta concentración de la tierra en pocos propietarios, incremento del precio de la tierra.
Como forma para enfrentar esta gran variedad de conflictos han sido muchas las maneras en que la comunidad de San Isidro ha procurado un habitar poético. En una poiesis, un crearse y recrearse; un ser, un estar, un sentir y un hacer comunitario, que han heredado a través de las generaciones, la misma comunidad ha engendrado formas de relacionarse y de organizarse para su permanecer como campesinos de San Isidro, Salsipuedes y La Lacranera, siendo ya muchas las formas de organización y los proyectos que existen y se han realizado en San Isidro en el enraizamiento de esta relación campesinos-río, hasta llegar al punto en que puede llegar a ser una de las primeras Zonas de Reserva Campesina del Valle del Cauca. La comunidad también ha formulado una propuesta de Reserva Ambiental Campesina (RAC) (Rodríguez: 2010; Giraldo R: 2020), han hecho encuentros de Saberes y Sabores campesinos y una propuesta de agroturismo, teniendo en común todos estos trabajos el deseo de actuar por el cuidado de su territorio en un habitar poético campesino. Adicionalmente, varios de los moradores de San Isidro se han unido a la Coordinación Campesina del Valle del Cauca (CCVC), a la Asociación Nacional de Zonas de Reservas Campesinas (ANZORC), favoreciendo un proceso organizativo fuerte al articularse con otros campesinos.
Las luchas y el ethos campesino de resistencia también se han heredado desde saberes comunitarios. Varios de los y las niñas y de los jóvenes que vieron a sus padres hacer parte del proceso comunitario y organizativo siguieron su legado, continuaron con la herencia de un hacer por la comunidad:
“Patricia Uribe: pues bien, porque la gente acá, más sin embargo, en la época siempre he visto a mi familia muy dada al tema de la junta comunal en la reunión. Me acuerdo que mi mamá me llevaba a las reuniones y todo a la sede comunal, porque antes era un pedacito que la gente fue haciendo, haciendo, así como, como a lo largo. Porque yo me acuerdo que cuando la junta era don Moisés Guamanda y don Miguel Patiño que también hace lo mismo que estamos haciendo ahorita (Comunicación personal).”
Esta herencia ha crecido, se ha ido metamorfoseando, transformándose y aprendiendo, incluso el tema de género, ha ido cobrando fuerza, al punto que en el 2019 el grupo directivo de la Junta de Acción Comunal (JAC) estaba liderado mayoritariamente por mujeres, resaltando además que fue la primera vez que una mujer era la presidenta de esta junta. Patricia Uribe nos contaba como “ahora todos son mujeres, yo, la secretaria, estaba la presidenta, la vicepresidenta y el único que era el hombre era el tesorero…Ahora que estoy de presidente junta es que brego a resaltar el tema de la mujer allí” (Comunicación personal).
Con el tiempo los moradores de San Isidro se han organizado cada vez más, y esto ha sucedido en muchos sentidos, incluso el debate político ha ganado fuerza, porque como dice la misma comunidad, había mucha politiquería y los intereses de los políticos se mezclaban con los de ellos y con las juntas, con las típicas promesas de más viviendas, primando un interés de afuera del lugar y del territorio. Actualmente no es así, no porque ese tipo de politiquería haya dejado de existir, sino porque la comunidad está más organizada, la junta se encuentra más estructurada y llevan un proceso reflexivo de formación y crecimiento, que ha ayudado a que prevalezcan los intereses de la comunidad.
La tierra, el territorio, el lugar, el río, el agua, la familia, los vecinos, el cultivar, el campo, el ser campesino, han sido el fundamento que ha entretejido esta poiesis campesina. En esta poiesis la Junta de Acción Comunal (JAC) ha tenido un papel primordial, ya que su principio es reconocer a la comunidad y sus maneras de hacer y a la vez es la forma de organización que tiene la potestad jurídica a nivel territorial en la zona rural en los corregimientos y veredas. De la JAC se derivan las juntas y comités de trabajo, como la Junta de Acueductos (Jac).
Desde el proceso organizativo de la JAC, la Jac y toda su gobernanza, en su autopoiesis campesina, la comunidad ha generado diversas acciones en diferentes escenarios, desde los de la propia comunidad hasta los institucionales. Su actuar político se ha desarrollado de diversos modos: través de formación constante, pliegos de exigencias, diálogos institucionales y mingas que se han enfocado principalmente en la conservación del agua y la protección de los ríos. Así como en diversos proyectos en los que se han realizado planes de trabajo que expresan un fuerte deseo comunitario por cuidar la tierra y el habitar campesino.
Como observamos se hace visible en los diferentes proyectos la necesidad de que sean respetadas sus maneras de habitar expresadas en su cultura campesina, reconociendo el carácter más simbólico, existencial, ontológico del habitar campesino y tal y como el geógrafo brasilero Porto-Gonçalves (2015; 2017) ya nos habría dicho, sus exigencias no son simplemente por tierra y agua, sino por sus territorialidades, sus lugaridades, sus maneras de ser y estar como campesinos. Ellos comprenden el territorio como algo dinámico que se entreteje en las relaciones, que es tanto en las características físicas, ecológicas, como existenciales, políticas y afectivas.
Asimismo, saben que no son los únicos en el territorio y que sus lugaridades y territorialidades no son las únicas, que este es un habitar con otras comunidades humanas y no humanas. Lo ambiental y lo territorial, el cuidar la tierra, la vida, el agua y el río ha permitido que la comunidad comprenda muy bien el habitar relacional que se debe enhebrar en todo el territorio, en todo el río, para que realmente se dé un habitar poético. Saben muy bien que no es una tarea de una sola comunidad y que es necesario trabajar conjuntamente, colectivamente con la comunidad del resguardo Nasa Kwet Wala como con las comunidades campesinas de las otras veredas de Pradera y con todos los hijos de estas tierras y con todos los que a ellas van.
RIBEREÑOS DE LA TIERRA: RE-EXISTENCIA
Las geograficidades e hidropoéticas de los campesinos-río de San Isidro, Salsipuedes y Lacranera que pudimos observar en las diferentes circunstancias y situaciones nos narran la copresencia y coexistencia de todas las lugaridades y territorialidades que recorren estos ríos con las diversas comunidades que aquí habitan y que lo transitan. Al igual que el río y con el río, la comunidad campesina de San Isidro es en estas relaciones con otras comunidades y actores con los que se dan encuentros y desencuentros.
Este territorio como buena parte de Colombia se encuentra en disputas, conflictos, acuerdos y armonías de distintas índoles: económicas, epistémicas, ontológicas, sensibles. De este modo, la comunidad de San Isidro puede presentar tensiones con comunidades campesinas vecinas, con grupos armados ilegales que minan el nacimiento de sus ríos, con grandes empresas como el ingenio Castilla que desangran desaguando al río, hasta consigo mismos, ya que una comunidad tampoco es una masa uniforme en la que todos siempre opinan igual y van en la misma dirección. Así como puede encontrar apoyo en un trabajo conjunto con la comunidad indígena del resguardo Nasa Kwet Wala y con otras comunidades campesinas de la región en el propósito de cuidar la vida y la tierra, el río, o con grupos académicos e investigativos que brindan un apoyo a sus saberes y necesidades y, con otras organizaciones políticas que buscan el reconocimiento y la reivindicación del habitar campesino.
Son todas estas las formas como se van dando las maneras como se crea y se recrea, como surgen y permanecen en poiesis, en la otredad, en la relacionalidad que reconoce que son y puede ser con y gracias a los otros, con las comunidades, en sus lugares y territorios, sus maneras de hacer, sentir y actuar, existiendo y re-existiendo contra aquellas formas que afrentan contra la vida arraigada en la tierra.
En estas geograficidades e hidropoéticas de los campesinos-río de San Isidro podemos desvelar esa pluralidad que llama a la copresencia y coexistencia de los que habitan esos territorios y que fluyen con el río, desde un interés por la vida y un grande respeto por la tierra enfrentado las fauces de la guerra, la devastación, la muerte y la codicia.
Para los campesinos de San Isidro-Salsipuedes-La Lacranera el río es un ser sensible, porque la comunidad también es sensible al río, reconociendo a su modo propio, como son afectados y afectan el río, sintiéndolo y siendo sentidos y, al comprender como su propia existencia se entreteje con el río. El río que es vecino y fundante de su propia existencia, que lleva agua a la casa, a las huertas, el río con el que con el tiempo han aprendido a habitar poéticamente.
Para la comunidad el río es sensible porque a lo largo de su historia han procurado ser sensibles a él; por reconocer su propio topos[7] hídrico, porque han aprendido a ser-con, a cuidar del río en esa constante preocupación y cuidado que muestran en su autopoiesis campesina, en la complicidad que tienen con el río en sus lugaridades y territorialidades, en esa intimidad. Ellos en su habitar poético nos recuerdan justamente el contacto íntimo con la tierra y lo terrenal que hemos olvidado, ellos que en su morar fecundan la vida y que nutren la tierra, abrigándola en sus modos de habitar, siendo estancia para el río, para que así este pueda seguir vivo.
Su procura no es mudar el río y sí fluir simbióticamente con él; en un mutuo entregarse. Fluir con el río como ribereños son maneras de habitar poético-políticas[8] que se resisten a esta dominación y devastación de la tierra-agua-vida. Frente al destierro, desangramiento, desecamiento, contaminación, minado y erosión de los ríos, el campesino-río habita en un nutrir, humedecer, florecer, plantar, reforestar y re-existir.
Ante el desarraigo, el miedo y la prepotencia de una civilización escindida en una guerra contra todos y todo, tenemos el ethos de resistencia del campesino-río, que, con la misma persistencia y perseverancia de la tierra, la vida y el río, los cuida y los defiende con su enraizamiento, su pulsión vital con la tierra. Esto se evidencia fehacientemente en la sagrada agricultura que como principal hacer campesino continúa siendo una evocación en acto, un enraizamiento, un volver a la tierra y al río; en la reforestación que preserva el bosque, los márgenes de sus ríos, sus nacimientos y todas las comunidades que en ellos habitan.
Notas
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[2] Aquí hablamos de lugaridades y territorialidades como la forma adverbial y la cualidad existencial y vivida que reconoce los territorios y lugares como seres sensibles, en constante transformación (Marandola Jr.: 2012, 2020). Al hablar de lugaridad y territorialidad intensa, hacemos referencia a que existen fuertes vínculos existenciales y afectivos.
[3] El concepto re-existencia nace en el contexto latinoamericano en el seno de las luchas sociales. Emerge en grupos que han sido subalternizados y cuya existencia ha buscado ser negada por el colonialismo del modelo de poder dominante con sus diferentes opresiones epistémicas y ontológicas, como la raza, la clase, el género, etc. Son grupos, pueblos y movimientos sociales que procuran ir más allá de la resistencia y la oposición, retornando a su ancestralidad y proyectando el porvenir en procesos emancipatorios y alternativos al modelo de desarrollo capitalista y su ontología reduccionista y dualista que despoja y destruye la vida. Por ello procuran permanecer en lo comunitario, en la recreación y sanación de la vida, en su producción y reproducción metabólica, en la territorialización y re-territorialización cotidiana, con horizontes de sentidos propios que a lo largo de los años han inventado y reinventado otras maneras de ser y de estar, afirmando sus formas de existencia propia, sus modos de vida en formas plurales de soñar, sentir, pensar y actuar con otrxs (Porto-Gonçalves: 2016; Hurtado; Porto-Gonçalves: 2022).
[4] Las hidropoéticas evocan las maneras propias de ser y estar del agua, de crearse y recrearse en la poiesis de la vida (Bernal: 2015; 2022).
[5] Geograficidad: concepto del francés Eric Dardel (2011) que hace alusión a la esencia del ser geográfico, en una relación afectiva y profunda con la tierra, en el amor al suelo natal, donde se da un espacio primitivo de los actos cualificado por una situación concreta que nos afecta. La geograficidad evoca la tierra que es destino, circunstancia, limite y resistencia a nuestras acciones como seres humanos.
[6] En Colombia las mingas son una tradición indígena que se ha expandido a muchas más comunidades; es una práctica de encuentro de la comunidad en la que se comparte y se trabaja por un fin común y que puede variar tanto como el mismo hacer y el compartir, por lo que podemos encontrar mingas para: sembrar, cultivar, construir, reforestar, limpiar, cocinar.
[7] La palabra topos hace referencia lugar propio (Malpas: 2008). Es el espacio existencial en su vinculación ontológica, el local que reúne y permite la revelación de lo otro y de nosotros, membrana existencial, conexión que deja ser, emerger (Saramago, 2008).
[8] Las poético-políticas evocan el copertenecimiento mutuo entre la poética y la política en el habitar, lo que significa esto significa que la poética da lugar a la política y la política da lugar a la poética (Bernal: 2022).