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			<journal-id journal-id-type="publisher-id">alhe</journal-id>
			<journal-title-group>
				<journal-title>América Latina en la historia económica</journal-title>
				<abbrev-journal-title abbrev-type="publisher">Am. Lat. Hist.
					Econ</abbrev-journal-title>
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			<issn pub-type="epub">2007-3496</issn>
			<issn pub-type="ppub">1405-2253</issn>
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				<publisher-name>Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis
					Mora</publisher-name>
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			<article-id pub-id-type="publisher-id">00004</article-id>
			<article-id pub-id-type="doi">10.18232/alhe.921</article-id>
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					<subject>Artículos</subject>
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			<title-group>
				<article-title>Alternativas de gestión del trabajo en una industria monopólica: el
					caso de la cementera El Melón, Chile (1930-1950)</article-title>
				<trans-title-group xml:lang="en">
					<trans-title><italic>Work Management Alternatives in a Monopolistic Industry:
							The Case of the Cement Company El Melón, Chile
						(1930-1950)</italic></trans-title>
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						<surname>Venegas</surname>
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					<xref ref-type="aff" rid="aff1"><sup>1</sup></xref>
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						<surname>Morales</surname>
						<given-names>Diego A.</given-names>
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					<xref ref-type="aff" rid="aff1"><sup>1</sup></xref>
					<xref ref-type="corresp" rid="cor1">*</xref>
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						<label>1</label>
						<institution content-type="original">Universidad de Santiago de Chile,
							Santiago, Chile.</institution>
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							Chile</institution>
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							Chile</institution>
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				<corresp id="cor1">* E-mail: <email>diegobtos@gmail.com</email></corresp>
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					<p><bold>Organismo colaborador: </bold>Universidad de Santiago de Chile.</p>
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			</author-notes>
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				<season>Jan-Apr</season>
				<year>2019</year>
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			<volume>26</volume>
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				<copyright-holder>Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis
					Mora</copyright-holder>
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					<license-p>Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia
						Creative Commons</license-p>
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			<abstract>
				<title>Resumen</title>
				<p>La principal productora de cemento en Chile, la Sociedad Fábrica de Cemento de El
					Melón, se emplazó en la pequeña ciudad de La Calera e intervino directamente en
					el espacio urbano con una serie de iniciativas destinadas a desmovilizar a los
					trabajadores y afianzar los lazos de lealtad de los mismos hacia la empresa.
					Apoyada en una situación económica expansiva, El Melón desarrolló prácticas de
					control extensivo diseñando espacios físicos (poblaciones obreras) y un moderno
					servicio de bienestar, acercándose a las prácticas del urbanismo paternalista,
					mediante el cual logró intervenir con éxito en los ámbitos privados de los
					trabajadores y sus familias, fortaleciendo una identidad obrera ligada a la
					fábrica.</p>
			</abstract>
			<trans-abstract xml:lang="en">
				<title>Abstract</title>
				<p>The <italic>Sociedad Fábrica de Cemento de El Melón</italic>, the main company in
					the production of cement during the first half of the 20th century, it started
					in the small city of La Calera and directly intervene in the urban space. The
					company’s objective was to strengthen the relationships among workers and
					managers, as well as the workers’ families. With its successful economic
					expansion, the company designed, built, and maintained two working towns where
					employees were able to find different ways of social assistance, which were
					managed by the Welfare Service. These two towns introduced some aspects from the
					European Natural Hygiene, and it represented in Chile an urban paternalism,
					which were used to intervene in the working families’ domestic space.</p>
			</trans-abstract>
			<kwd-group xml:lang="es">
				<kwd>industria del cemento</kwd>
				<kwd>urbanismo paternalista</kwd>
				<kwd>bienestar social</kwd>
			</kwd-group>
			<kwd-group xml:lang="en">
				<kwd>cement company</kwd>
				<kwd>urban paternalism</kwd>
				<kwd>social welfare</kwd>
			</kwd-group>
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			</counts>
		</article-meta>
	</front>
	<body>
		<p><bold>Clasificación JEL:</bold>L61,M1,N16,N56,N66</p>
		<sec id="sec-1" sec-type="intro">
			<title>Introducción</title>
			<p>A comienzos del siglo <sc>xx</sc> en Chile se propiciaron iniciativas industriales
				que cubrieran los requerimientos de un rápido crecimiento urbano que se manifestaba
				no sólo en los volúmenes de población, sino en el crecimiento de las actividades
				económicas en el centro y sur del país (<xref ref-type="bibr" rid="B21">Kirsch,
					1977</xref>). Ciudades como Santiago, Valparaíso y Concepción atrajeron gran
				parte de esa actividad y estimularon con sus demandas nuevos establecimientos
				industriales en el ámbito metal mecánico, textil, alimentos y bebidas, papel, gas,
				materiales de construcción y, por cierto, la producción de cemento (<xref
					ref-type="bibr" rid="B32">Muñoz, 1968</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B36"
					>Palma, 1984</xref>). Este último, paulatinamente sustituyó poco a poco a otros
				materiales en la construcción de obras públicas y viviendas al ser un requerimiento
				indispensable de la más moderna ingeniería (<xref ref-type="bibr" rid="B13"
					>Fernández, 2015</xref>) y arquitectura nacional (<xref ref-type="bibr"
					rid="B27">Mondragón, 2010</xref>).</p>
			<p>Una parte importante de la demanda de cemento fue cubierta con la importación desde
				distintos mercados mundiales (<xref ref-type="bibr" rid="B42">Tafunell, 2007, p.
					305</xref>), pero después de 1908 se contó con la oferta de origen nacional
				suministrada por la fábrica cementera El Melón, que los propietarios de la sociedad
					(<xref ref-type="bibr" rid="B21">Kirsch, 1977, p. 197</xref>) inauguraron a
				cerca de cien kilómetros al norte de Santiago, aprovechando los materiales calcáreos
				de las canteras de La Calera y El Navío como uno de sus principales recursos
				primarios (<xref ref-type="bibr" rid="B5">Chermakian, 1965</xref>). Como otras
				iniciativas creadas en esa década, El Melón debió sortear la coyuntura crítica que
				supuso el conflicto mundial iniciado en 1914, las turbulencias sociales de los años
				veinte y la dramática crisis económica de 1929 (<xref ref-type="bibr" rid="B35"
					>Ortega, 2012</xref>). Al mismo tiempo, debió hacer frente a problemas más
				estructurales derivados de su posición periférica a nivel mundial, dificultades de
				capitalización, dependencia técnica, así como a la inexistencia de un moderno
				mercado laboral que contribuyera adecuadamente a la dotación de personal calificado
				para las tareas de naturaleza industrial que se estaban emprendiendo, problemas que
				por lo demás debieron enfrentar otras iniciativas del mismo tipo en otras partes
				mundo (<xref ref-type="bibr" rid="B22">Lemiez, 2007</xref>; <xref ref-type="bibr"
					rid="B24">López, 2010</xref>).</p>
			<p>Situados en una coyuntura adversa, los administradores de la cementera ensayaron
				diversos mecanismos para subsanar uno de sus principales problemas: dotarse de una
				mano de obra dispuesta a abrazar el trabajo industrial, y atraerla, en una región en
				que muchos de los trabajadores circulaban, a veces cíclicamente, entre las tareas
				agrarias, ganaderas y una intensa actividad de pirquinaje minero de características
				ancestrales,<xref ref-type="fn" rid="fn1"><sup>1</sup></xref> al menos para esa región del llamado
				Norte Chico chileno (<xref ref-type="bibr" rid="B49">Videla, 2010</xref>). Para
				ello, edificaron un completo modelo de bienestar social entre sus operarios,
				esperando asegurar sus condiciones de vida y reproducción. Parte de estos programas
				surgieron con el siglo debido al convencimiento de que el salario había sido un
				instrumento insuficiente para persuadir y comprometer al trabajador en la medida en
				que, como lo sugieren Luc Boltanski y Eve Chiapello, el salario “constituiría, a lo
				sumo, una razón para permanecer en un empleo, no para implicarse en él” (<xref
					ref-type="bibr" rid="B2">Boltanski y Chiapello, 2002, p. 41</xref>). Ante ello,
				compañías como la cementera El Melón innovaron y al adiestramiento técnico sumaron
				la idea de protección al trabajo.</p>
			<p>La dualidad de ambas estrategias se remonta a un debate ideológico anglosajón más
				amplio y largo. Casi en la misma época en que el ingeniero estadunidense Frederick
				Winslow Taylor visualizaba las distintas formas para hacer más eficiente el trabajo
				industrial a través de la racionalización de los gestos y de las tareas concretas de
				cada operario en una sucesión encadenada de actividades, base del llamado
					<italic>scientific management</italic> (véase en <xref ref-type="bibr" rid="B8"
					>Coriat, 2011, pp. 33-37</xref>), el economista británico Alfred Marshall
				sentaba las bases de una creciente preocupación por los efectos de la actividad
				productiva en los trabajadores, pues en <italic>Principios de economía</italic>
				(1903) observa la “estrecha vinculación entre nivel de vida y eficiencia económica
				de la población” (véase en <xref ref-type="bibr" rid="B12">Díez 2014, p.
				497</xref>). Esta fue la matriz en que convergió el capitalismo reformulado tras la
				Depresión de 1929 y un punto crítico en los programas de bienestar social tanto a
				nivel gubernamental como en el caso específico de las industrias, en circunstancia
				que diseñaron y financiaron sus propios planes de asistencia social. Ciertamente,
				tales proyectos dependieron de las posibilidades económicas de las empresas de
				acuerdo a la mayor magnitud y complejidad alcanzada por las grandes corporaciones a
				fines del siglo <sc>xix</sc> (<xref ref-type="bibr" rid="B25">Melling, 1992</xref>;
					<xref ref-type="bibr" rid="B39">Shapayer-Makov, 2004</xref>). Pero, junto con
				ello, también se encuentran diversas raíces ideológicas. El socialismo utópico
				representado por Robert Owen (<xref ref-type="bibr" rid="B12">Díez, 2014</xref>), el
				higienismo médico-social (<xref ref-type="bibr" rid="B14">Fijalkov, 2012</xref>) y
				el reformismo social de la Iglesia Católica tras la encíclica <italic>renun
					novarum</italic> (<xref ref-type="bibr" rid="B43">Valdivieso, 2006</xref>),
				formularon desde diversas tradiciones intelectuales un campo de debate y reflexión
				común en torno a la importancia de las condiciones de vida para el desarrollo de la
				industrialización.</p>
			<p>Parte de dicha encrucijada se comenzó a percibir en diferentes proyectos industriales
				en el Chile de la década de 1920, en la medida en que presentaron la dualidad entre
				la costosa y lenta materialización de la racionalización maquínica, por una parte, y
				la asistencia y bienestar social, por otra (<xref ref-type="bibr" rid="B44"
					>2015</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B44">Venegas y Morales, 2017</xref>).
				Es lo que, precisamente, se observa en la cementera El Melón en la medida en que
				impulsó nuevas políticas para atraer fuerza de trabajo en el distrito de La Calera
				persuadiendo a los trabajadores para que ingresaran en la dinámica salarial moderna,
				pero, al mismo tiempo, seduciéndolos con mecanismos de otra naturaleza, cercanos a
				las prácticas de control extensivo.</p>
			<p>De acuerdo con el control extensivo, en la nomenclatura señalada de <xref
					ref-type="bibr" rid="B16">Jean Paul de Gaudemar (1991)</xref>, se propone que El
				Melón dispuso un modelo donde su interés por el comportamiento de la mano de obra
				excedía los límites del espacio productivo y se ampliaba en aquellos ocupados por el
				conjunto de operarios (propios o creados por las mismas sociedades industriales),
				incluyendo sus familias, viviendas y los tiempos dedicados al ocio y esparcimiento.
				Esto debía acompañarse por una suerte de higienismo médico y, principalmente, moral,
				lo que debía calar en la vida cotidiana de los trabajadores y en su convivencia
				hogareña mediante la restricción de prácticas tan nocivas como la ingesta excesiva
				de alcohol, las apuestas y la prostitución. El programa de intervención, entonces,
				debía ser capaz de incidir en el fortalecimiento de la identidad del mundo obrero,
				vinculando el destino de los numerosos empleados con el de la empresa y con el
				ámbito social cementino construido por la fábrica. La concreción de este anhelo, se
				propone, estuvo materialmente representada por las creaciones urbanísticas de la
				compañía y orientada por la necesidad de incidir en el <italic>habitar
					obrero</italic>, sobre todo después de la edificación de dos grandes y modernas
				poblaciones destinadas a albergar a empleados y obreros, ya sea en las cercanías del
				complejo industrial, en la ciudad de La Calera, o en las inmediaciones de la pequeña
				localidad de El Melón.</p>
			<p>El concepto de habitar obrero remite a una forma de vida particular de obreros
				asociados a fábricas que fueron capaces de incidir en la vida cotidiana de los
				sujetos, mejorar considerablemente sus estándares de vivienda, salud, educación,
				previsión y formas de consumo pero, al mismo tiempo, desarrollaron prácticas de
				asociatividad fuertemente influenciados por las empresas y sus agentes específicos
				como las entonces llamadas visitadoras sociales (<xref ref-type="bibr" rid="B20"
					>Illanes, 2001</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B30">Moyano, 2016</xref>),
				directores de los departamentos de bienestar o jefes de población. Lo anterior se
				manifestó no sólo en el diseño de las viviendas y los espacios comunes, sino también
				en prácticas cotidianas, fiestas y formas de consumo, que llegaron a consolidar una
				identidad que colocó a la compañía como uno de los vértices más importantes de la
				vida de los sujetos, sin que se prescindiera de la vida política y sindical, o
				fenómenos más complejos como la huelga obrera, no obstante, su limitada
				frecuencia.</p>
			<p>En complemento de la hipótesis anterior, es posible afirmar que, a diferencia de
				otras experiencias de paternalismo industrial, la matriz interventora de la gestión
				de la mano de obra implementada por El Melón, si bien presenta rasgos avanzados en
				la década de 1930, alcanzó su consolidación en el decenio siguiente. Entonces, se
				trata de una propuesta más tardía si se le compara con industrias como la azucarera
				de Viña del Mar o las carboníferas del sur (<xref ref-type="bibr" rid="B28">Morales,
					2013</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B45">Venegas, 2014</xref>, <xref
					ref-type="bibr" rid="B46">2015</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B47">Vergara,
					2013</xref>). Además, su política habitacional estuvo integrada en un discurso
				social de marcado acento católico que impregnó muchas de las actividades extensivas
				del Departamento de Bienestar. Así, se manifiesta un fuerte trasfondo higienista en
				muchas de sus iniciativas, acompañado de una propuesta moralizadora de acento
				cristiano, patrocinador de equilibrios y paz social tan caros a los intelectuales
				conservadores nacionales de raíz católica, tal como se percibe en los perspicaces
				trabajos del senador Juan Enrique Concha en las primeras décadas del siglo
					<sc>xx</sc> (<xref ref-type="bibr" rid="B7">Concha, 1918</xref>; <xref
					ref-type="bibr" rid="B43">Valdivieso, 2006</xref>) y que en el caso de la
				cementera es posible encontrar en las páginas de su periódico
					<italic>Cemento</italic>, editado por el Departamento de Bienestar entre los
				años cuarenta y setenta del siglo <sc>xx</sc>.</p>
			<p>El artículo está organizado en tres apartados, el primero de ellos presenta algunos
				antecedentes de El Melón desde el punto de vista económico y su afán por el
				bienestar social. El segundo reconoce los componentes del programa paternalista y,
				por último, se reconocen las iniciativas empresariales relacionadas con su propósito
				de intervención urbana y en las dinámicas del habitar obrero. Finalmente se avanzan
				algunas conclusiones en el sentido de relacionar la gestión de la cementera con las
				prácticas del paternalismo industrial.</p>
		</sec>
		<sec id="sec-2">
			<title>Trayectoria de una empresa monopólica</title>
			<p>La Sociedad Fábrica de Cemento de El Melón se constituyó legalmente el 12 de mayo de
				1906 aunque sus estatutos fueron aprobados por decretos supremos el 13 de julio y el
				15 de septiembre de ese mismo año. Se establecía como sociedad anónima, domiciliada
				en la ciudad de Valparaíso y su duración inicial estaba planteada por 50 años. El
				objetivo principal de la sociedad era:</p>
			<disp-quote>
				<p> explotar el negocio de la fabricación de cemento portland y cal y sus
					manufacturas, y explotar minas, fábricas y talleres que tengan por objeto
					extraer o elaborar materias que se empleen en la fabricación de cemento y cal y
					sus manufacturas o que se utilicen conjuntamente con ellos; establecer empresas
					de transporte para la movilización de los productos que elabore o requiera su
					explotación, pudiendo extenderlas a toda clase de productos, y tener
					participación en sociedades anónimas, colectivas o en comandita que tengan por
					objeto algunos de los fines expresados o cualquiera otro que interese a la
					sociedad (<xref ref-type="bibr" rid="B41">Sociedad Fábrica de Cemento de El
						Melón [en adelante SFCM], 1920, p. 4</xref>). </p>
			</disp-quote>
			<p>La compañía entró en funciones en 1908 a partir de la utilización de piedra caliza
				obtenida de la hacienda El Melón, ubicada en la actual región de Valparaíso (<xref
					ref-type="bibr" rid="B5">Chermakian, 1965, p. 5</xref>). Para ello contó con un
				capital social inicial de 300 000 libras esterlinas, representado por igual cantidad
				de acciones, totalmente pagadas. En adelante, se convirtió en una de las primeras
				fábricas productoras de cemento a lo largo de casi toda la primera mitad del siglo
					<sc>xx</sc> en Chile, contribuyendo a la construcción de viviendas, caminos y
				las principales obras públicas del país. Según precisaba Guillermo Foerster,
				diputado y miembro del directorio de El Melón, en 1914 el cemento de La Calera era
				altamente estimado por la Dirección General de Obras Públicas, que lo adquirió para
				desarrollar obras tan importantes como el Ferrocarril Transandino, las
				fortificaciones en Arica, la pavimentación de Santiago y emblemáticas construcciones
				como el edificio del Banco de Chile y de la Caja de Crédito Hipotecario
					(<italic>Boletín de la Sociedad de Fomento Fabril</italic>, 1914, 1, p. 26). En
				este sentido su producción participó plenamente de la lenta remodelación
				constructiva de las principales ciudades del país.</p>
			<p>Si bien se trató de una empresa de naturaleza monopólica, debió competir con la
				importación de cemento Portland, en circunstancias que su propia producción era
				insuficiente para cubrir la demanda nacional. En su primer año de ejercicio, produjo
				11 000 toneladas de cemento, es decir cerca de 260 000 sacos.<xref ref-type="fn" rid="fn2"><sup>2</sup></xref>
				.footnoteRef} Sin embargo, en esos mismos años se importaban cerca de 70 000
				toneladas, las que se elevaron a algo más de 100 000 en los años inmediatamente
				anteriores a la primera guerra mundial (<xref ref-type="bibr" rid="B42">Tafunell,
					2007, p. 306</xref>); cifra que sólo fue superada en 1929 y 1930, con ocasión
				del enorme plan de construcciones realizado por la dictadura del general Carlos
				Ibáñez, oportunidad en que se importaron algo más de 200 000 toneladas de cemento.
				Ante esto, la cementera interpeló en reiteradas ocasiones al Congreso para obtener
				un aumento en los derechos de internación, haciéndose parte de la misma campaña que
				venía realizando el gremio de los industriales, nucleada desde 1883 en la Sociedad
				de Fomento Fabril.</p>
			<p>A fines de 1930 la compañía se acogió a las disposiciones del arancel aduanero que
				autorizaba al gobierno a elevar los derechos de importación hasta 35%. La medida
				había sido patrocinada por el gobierno de Ibáñez, que, con la idea de construir un
				Chile nuevo, aspiraba a una política de protección de las iniciativas nacionales de
				naturaleza industrial y a la necesidad de ahorrar divisas en un momento en que los
				efectos de la grave recesión mundial ya se hacían sentir en el país (<xref
					ref-type="bibr" rid="B18">Henríquez, 2014, pp. 144-152</xref>). El
				decreto 2345 referido específicamente a la producción de cemento por la fábrica de
				El Melón, establecía el aumento de tasa a 35%, pero además señalaba que: “Los
				precios posteriores fijados, podrán ser alterados por acuerdo entre el gobierno y la
				Sociedad Fábrica de Cemento de El Melón, si experimentaran variación las actuales
				condiciones de costo de producción.”<xref ref-type="fn" rid="fn3"><sup>3</sup></xref> A partir de
				allí, la industria tuvo que acogerse a la fijación de sus precios, pero a cambio
				obtuvo como garantía el reconocimiento por parte del Estado de su posición
				estratégica en relación con la recuperación económica del país y aún más, su
				participación en un espacio de negociación permanente a propósito de una variable
				fundamental para el mercado interno: el precio de venta del cemento. Con certeza, en
				1941 se produjo la situación más compleja en estas tratativas ya que por decreto no
				sólo se aumentó el precio de venta, sino que el comisariato de precios dispuso la
				compra total de la producción y ante sí se ocupó de la comercialización de todo el
				cemento producido en La Calera; lo cual fue seguido en 1944 por la ley 7280, que por
				plazo de un año liberó de todo derecho de internación al cemento extranjero en el
				país.</p>
			<p>Con todo, la relación entre los niveles de producción respecto de los indicadores de
				importación de cemento recorrió un camino contrapuesto (véase <xref ref-type="fig" rid="ch1">gráfica 1</xref>). Lo que se
				convirtió en una constante durante el periodo que abarca esta investigación.</p>
			<p>
				<fig id="ch1">
					<label>GRÁFICA 1</label>
					<caption>
						<title>PRODUCCIÓN E IMPORTACIÓN DE CEMENTO EN CHILE, 1925-1948 (MILES DE TONELADAS<sup>a</sup>)</title>
					</caption>
					<graphic mimetype="image" xlink:href="2007-3496-alhe-26-01-921-g1.png"/>
					<attrib><sup>a</sup> Desde 1945, la contabilidad chilena registra lo producido en la
						cementera Juan Soldado, Coquimbo.</attrib>
					<attrib>Fuente: <italic>Anuario estadístico de la República de Chile</italic>
						(1925-1948).</attrib>
				</fig>
			</p>
			<p>Hacia 1941 El Melón experimentaba una época de expansión y estaba ad portas de
				incrementar sustantivamente su producción, dejando atrás sus años más difíciles
				desde el punto de vista económico, entre 1929 y 1934. El segundo semestre del año
				1931, debido a la acumulación de 554 000 sacos de cemento, paralizó parte de sus
				faenas hasta el mes de octubre (<sc>sfcm</sc>, 1932, pp. 2-3) y de hecho redujo su
				personal en forma transitoria de 677 a 611 obreros al año siguiente. En esa misma
				ocasión, y a pesar de que se informaron utilidades en el balance financiero por más
				de 5 000 000 de pesos en 1931, la empresa sin inconveniente redujo los salarios a
				sus operarios. Mediante estos y otros ajustes logró superar la crisis económica, con
				la misma flexibilidad que tuvo en el ciclo 1920-1922, momento en que también acusó
				la paralización de sus faenas ante la realización de sucesivas huelgas en sus
				instalaciones de La Calera.</p>
			<p>Sin embargo, las dificultades de El Melón fueron coyunturales porque en el mediano
				plazo la misma crisis y la incapacidad de pagos de la economía chilena garantizaban
				su rápida expansión al condicionar con fuertes restricciones las importaciones de
				cemento (véase <xref ref-type="table" rid="t1">cuadro 1</xref>). Si en 1932 la importación sólo se situaba en 11 000
				toneladas, en los dos años siguientes la introducción de cemento no superó las 1 000
				toneladas y de hecho con la excepción de 1935, cuando se importaron 17 000
				toneladas, hasta 1939 el cemento extranjero fue definitivamente marginal en la
				economía chilena. Así, los hornos que se habían paralizado algunos meses de 1931 se
				encendieron en enero de 1932 y al finalizar el año se encontraba en funcionamiento
				un segundo horno de calcinación. Pese a esto, los administradores afirmaban que
				parte de sus aflicciones persistían debido a una “fuerte competencia y dificultades
				porque la Comisión de Control de Cambios exige entregar al Banco Central una parte
				del valor de la exportación en oro al cambio oficial”, es decir, todavía se dejaban
				sentir los efectos de la recesión internacional (<sc>sfcm</sc>, 1933, p. 3).</p>
				<p>
			<table-wrap id="t1">
				<label>CUADRO 1</label>
				<caption>
					<title>COMPORTAMIENTO ECONÓMICO SOCIEDAD FÁBRICA DE CEMENTO DE EL MELÓN 1929-1946 (MILES DE PESOS)</title>
				</caption>
				<alternatives>
					<graphic xlink:href="t1.jpg"/>
				<table>
					<thead>
					<tr>
						<th align="left"><italic>Año</italic></th>
						<th align="left"><italic>Capital social</italic></th>
						<th align="left"><italic>Utilidad <sc>CLP</sc> 1938</italic></th>
						<th align="left"><italic>Producción (toneladas)</italic></th>
						<th align="left"><italic>Número de trabajadores</italic></th>
						<th align="left"><italic>Gastos del bienestar <sc>clp</sc>
							1938</italic></th>
						<th align="left"><italic>Inversión población <sc>clp</sc> 1938</italic>
							<sup>a</sup></th>
					</tr>
					</thead>
					<tbody>
					<tr>
						<td align="left">1929</td>
						<td align="left">24 000</td>
						<td align="left">7 631</td>
						<td align="left">143 234</td>
						<td align="left">–</td>
						<td align="left">–</td>
						<td align="left">–</td>
					</tr>
					<tr>
						<td align="left">1930</td>
						<td align="left">24 000</td>
						<td align="left">7 645</td>
						<td align="left">163 609</td>
						<td align="left">–</td>
						<td align="left">–</td>
						<td align="left">–</td>
					</tr>
					<tr>
						<td align="left">1931</td>
						<td align="left">24 000</td>
						<td align="left">5 334</td>
						<td align="left">102 310</td>
						<td align="left">737</td>
						<td align="left">–</td>
						<td align="left">–</td>
					</tr>
					<tr>
						<td align="left">1932</td>
						<td align="left">24 000</td>
						<td align="left">5 201</td>
						<td align="left">117 441</td>
						<td align="left">676</td>
						<td align="left">–</td>
						<td align="left">–</td>
					</tr>
					<tr>
						<td align="left">1933</td>
						<td align="left">24 000</td>
						<td align="left">5 793</td>
						<td align="left">139 058</td>
						<td align="left">934</td>
						<td align="left">–</td>
						<td align="left">–</td>
					</tr>
					<tr>
						<td align="left">1934</td>
						<td align="left">24 000</td>
						<td align="left">11 541</td>
						<td align="left">203 057</td>
						<td align="left">916</td>
						<td align="left">144</td>
						<td align="left">–</td>
					</tr>
					<tr>
						<td align="left">1935</td>
						<td align="left">24 000</td>
						<td align="left">18 228</td>
						<td align="left">283 385</td>
						<td align="left">1 176</td>
						<td align="left">375</td>
						<td align="left">–</td>
					</tr>
					<tr>
						<td align="left">1936</td>
						<td align="left">24 000</td>
						<td align="left">16 184</td>
						<td align="left">248 424</td>
						<td align="left">1 212</td>
						<td align="left">406</td>
						<td align="left">–</td>
					</tr>
					<tr>
						<td align="left">1937</td>
						<td align="left">24 000</td>
						<td align="left">14 073</td>
						<td align="left">317 140</td>
						<td align="left">1 498</td>
						<td align="left">1 767</td>
						<td align="left">3 262</td>
					</tr>
					<tr>
						<td align="left">1938</td>
						<td align="left">24 000</td>
						<td align="left">12 409</td>
						<td align="left">363 974</td>
						<td align="left">1 661</td>
						<td align="left">2 157</td>
						<td align="left">6 764</td>
					</tr>
					<tr>
						<td align="left">1939</td>
						<td align="left">24 000</td>
						<td align="left">9 378</td>
						<td align="left">340 786</td>
						<td align="left">1 807</td>
						<td align="left">2 918</td>
						<td align="left">7 595</td>
					</tr>
					<tr>
						<td align="left">1940</td>
						<td align="left">72 000</td>
						<td align="left">5 123</td>
						<td align="left">385 091</td>
						<td align="left">2 038</td>
						<td align="left">2 468</td>
						<td align="left">7 922</td>
					</tr>
					<tr>
						<td align="left">1941</td>
						<td align="left">72 000</td>
						<td align="left">4 734</td>
						<td align="left">359 720</td>
						<td align="left">2 134</td>
						<td align="left">4 026</td>
						<td align="left">7 806</td>
					</tr>
					<tr>
						<td align="left">1942</td>
						<td align="left">120 000</td>
						<td align="left">4 923</td>
						<td align="left">364 584</td>
						<td align="left">2 119</td>
						<td align="left">1 167</td>
						<td align="left">7 008</td>
					</tr>
					<tr>
						<td align="left">1942-1943</td>
						<td align="left">120 000</td>
						<td align="left">9 139</td>
						<td align="left">374 747</td>
						<td align="left">1 939</td>
						<td align="left">1 004</td>
						<td align="left">9 627</td>
					</tr>
					<tr>
						<td align="left">1943-1944</td>
						<td align="left">120 000</td>
						<td align="left">8 991</td>
						<td align="left">362 404</td>
						<td align="left">2 054</td>
						<td align="left">1 996</td>
						<td align="left">10 210</td>
					</tr>
					<tr>
						<td align="left">1944-1945</td>
						<td align="left">120 000</td>
						<td align="left">13 371</td>
						<td align="left">411 088</td>
						<td align="left">–</td>
						<td align="left">1 106</td>
						<td align="left">9 591</td>
					</tr>
					<tr>
						<td align="left">1945-1946</td>
						<td align="left">160 000</td>
						<td align="left">14 525</td>
						<td align="left">579 906</td>
						<td align="left">–</td>
						<td align="left">1 128</td>
						<td align="left">8 368</td>
					</tr>
					</tbody>
				</table>
			</alternatives>
				<table-wrap-foot>
						<fn id="TFN1">
							<p><sup>a</sup>Aunque en valores corrientes crecen anualmente, cambian al ser
								deflactados.</p>
						</fn>
				</table-wrap-foot>
							<attrib>Fuentes: <sc>sfcm</sc>, 1929-1946 y <italic>Anuario Estadístico de la República de
					Chile</italic> (1929-1946).</attrib>
			</table-wrap>
		</p>
			<p>El incremento en la producción más decisivo de la cementera se produjo en el segundo
				quinquenio de los años treinta, cuando las utilidades declaradas sobre el capital se
				elevaron en años seguidos más de 55%, alcanzando una cifra récord de 62% en
				1937.<xref ref-type="fn" rid="fn4"><sup>4</sup></xref> A partir de 1934 la fábrica aumentó
				progresivamente su producción y desde el primer semestre del año siguiente
				funcionaba con normalidad, comenzando la ampliación de sus instalaciones. Para ello,
				el directorio informó a sus accionistas que se comenzaría a incorporar tecnología de
				Estados Unidos, esperando un aumento de la capacidad de producción hasta de 40%
					(<sc>sfcm</sc>, 1936, p. 3).</p>
			<p>Con los adelantos en la producción generados gracias a la intervención de la empresa
				tras los años críticos inmediatos a la crisis de 1929, se observa un caso exitoso de
				sustitución de las importaciones. A fines de 1938 su papel monopólico no era
				impedimento para ser reconocida por el gremio de los industriales en la
					<italic>Revista Industria</italic>, editada mensualmente por la Sociedad de
				Fomento Fabril, que se manifestaba complacida señalando que, “con las cifras leídas
				queda claramente establecido que la Soc. Fábrica de Cemento El Melón está en una
				situación floreciente…”.<xref ref-type="fn" rid="fn5"><sup>5</sup></xref> Hacia 1945 esa condición
				continuaba plenamente vigente, aun cuando la Ley 7280 hizo aumentar la importación a
				más de 30 000 toneladas en 1944 y en el rubro del cemento ya estaban en
				funcionamiento las faenas de otras explotaciones, que con el apoyo directo de la
				Corporación de Fomento de la Producción (en adelante <sc>Corfo</sc>), se
				establecieron en el cerro Blanco de Polpaico y en las cercanías de Coquimbo, aunque
				esta última fue adquirida a pocos años de entrar en explotación por la cementera de
				La Calera, en 1948 (<xref ref-type="bibr" rid="B5">Chermakian, 1965, p.
				9</xref>).</p>
			<p>Ciertamente la posición tutelar en el mercado que consiguió la Sociedad Fábrica de
				Cemento de El Melón se produjo por la intervención protectora del Estado al limitar
				la importación y promover la recuperación económica general del país, pero para el
				directorio había algo más: una política económica austera y previsora en la época
				recesiva. Cuando sólo despuntaba su fase de prosperidad económica, el directorio
				añadía un factor de su propia incumbencia al destacar que “durante siete años no
				pagó a sus accionistas dividendos en efectivo y después los hizo modestos, [lo cual]
				ha permitido afianzar nuestra posición financiera, evitándonos pagos de intereses
				por el capital de explotación y permitiéndonos formar alguna reserva para las
				reparaciones y renovación de la maquinaria” (<sc>sfcm</sc>, 1934, p. 4). En su
				óptica estos recaudos le permitieron afrontar con agresividad el florecimiento
				económico e iniciar actividades ajenas a la producción de cemento, pero igualmente
				rentables. En ese plano se inscribió la consolidación de una nueva línea productiva
				asociada a la venta del fertilizante con Fosfatos Melón para la agricultura; además
				de los diversos proyectos en materia de provisión energética: primero, manteniendo
				su participación en la mina carbonífera de Lirquén y segundo, adquiriendo el
				yacimiento Cosmito, ubicado en sus proximidades, en la provincia de Concepción.
				Sumado a ello, la empresa también construyó la central hidroeléctrica Los Quilos con
				las aguas del río Aconcagua. Un proyecto que recibió la generosa inversión estatal a
				través de la <sc>Corfo</sc> en 1941 (Sociedad de Fomento Fabril 6, 1941, p. 399), la
				que facilitó 10 000 000 de pesos para su concreción. Así, la Sociedad Fábrica de
				Cemento de El Melón no sólo consiguió mayor seguridad en su abastecimiento
				energético al dejar de depender exclusivamente del carbón, sino que también se
				permitió colocar en el mercado eléctrico parte de los excedentes de su producción a
				la espera de sus nuevos hornos eléctricos en los años cincuenta, que estuvieron
				plenamente operativos en La Calera en 1959.</p>
			<p>Ubicada en el centro de los requerimientos de la política de la industrialización
				dirigida por el Estado, la empresa debió plantearse nuevas metas productivas y
				alinearse con las políticas de la <sc>Corfo</sc>, entidad que se convirtió en el
				brazo ejecutor de la intervención estatal (<xref ref-type="bibr" rid="B34">Ortega,
					1989</xref>). En esto, existieron circunstancias coyunturales que maximizaron
				sus oportunidades, tal es el caso del plan de reconstrucción creado tras el desastre
				causado por el terremoto de 1939 que afectó dramáticamente a las provincias del
				centro-sur del país, porque coincidió con la ampliación de las instalaciones que se
				venían proyectando por parte del directorio, al menos desde 1935. Entre ellas cabe
				destacar los nuevos hornos rotatorios adquiridos en Estados Unidos –cuya instalación
				experimentó demoras provocadas por el ingreso de dicho país en la segunda guerra
				mundial– puesto que, con ellos, la compañía esperaba conseguir un aumento de la
				capacidad de su producción, alcanzando hasta 500 toneladas diarias. Su idea era
				llegar a mediados de los años cuarenta a la producción de 1 000 000 de sacos
				mensuales, logrando la cifra récord en junio de 1946 cuando se informó a los
				accionistas que la producción había superado la meta autoimpuesta (<sc>sfcm</sc>,
				1946, p. 3).</p>
			<p>Para lograrlo, la compañía necesitó de inversiones en patentes comerciales, hornos,
				nuevas instalaciones para abastecerse de electricidad o altas gestiones políticas en
				las oficinas del Comisariato General de Subsidencias y Precios, entidad dependiente
				del Ministerio del Trabajo que reguló desde 1930 el precio del saco de cemento en el
				mercado local, o como ya está indicado, en las oficinas siempre generosas de la
					<sc>Corfo</sc>. Estas condiciones fueron fundamentales porque le permitieron
				insertarse con éxito en el proceso sustitutivo de importaciones que venía gestándose
				en Chile, posición que se consolidó no sólo con el aumento de los precios, sino con
				la adquisición por parte del comisariato de la totalidad del cemento extraído de las
				canteras El Navío y La Calera a partir de marzo de 1941. El asunto es que, por sí
				mismas, todas estas iniciativas no resolvían la gestión global del negocio. Un
				aspecto igualmente crucial se refirió a la mano de obra que, en el periodo de los
				años treinta y cuarenta engrosó en forma progresiva las faenas mineras y fabriles
				involucradas en la elaboración del cemento, pasando de 737 operarios a principio de
				la década de 1930 a algo más de 2 000 en 1944, es decir, un aumento que significó
				casi el triple de los trabajadores comprometidos en la fábrica antes de su expansión
				más definitiva. Lo importante es que, en adelante, la mayor parte de dichos
				operarios se transformaron en una parte interesada tanto en la proyección económica
				de la empresa, como en sus propias condiciones laborales y de vida, tarea en que
				como veremos en seguida, la Sociedad Fábrica de Cemento de El Melón se ocupó con
				denodado esfuerzo al intentar desplegar un amplio plan de asistencia y bienestar
				social, aunque en el marco de una política salarial que no admitió grandes
				variaciones al alza. Como lo señala <xref ref-type="bibr" rid="B4">Robert Castel
					(2012)</xref> “el proletariado convertido en asalariado dotado de un estatuto de
				empleo tiene en adelante mucho más que perder que sus cadenas” (p. 21).</p>
		</sec>
		<sec id="sec-3">
			<title>La estabilidad social como requisito de los desafíos productivos</title>
			<p>Muchas actividades productivas, especialmente aquellas vinculadas a la minería,
				vieron condicionado su emplazamiento a las cercanías de las fuentes primarias e
				insumos necesarios para su trabajo. Algunas experiencias industriales también
				debieron rendirse a esa necesidad. Este es el caso de la Sociedad Fábrica de Cemento
				de El Melón puesto que privilegió su localización en las cercanías de las
				importantes minas de piedra caliza ubicadas a escasos kilómetros de la ciudad de La
				Calera o del poblado de El Melón, en las inmediaciones del yacimiento El Navío. Si
				bien esa decisión resolvía el problema del abastecimiento oportuno y barato del
				principal componente del cemento Portland, dejaba abierto otro problema que la
				empresa debió esmerarse en enfrentar: la provisión de fuerza de trabajo, y más
				precisamente, la atracción y formación de obreros industriales.</p>
			<p>La presencia de trabajadores chilenos en ocupaciones sistemáticas, modernas desde el
				punto de vista de la organización laboral y el uso de la tecnología, y que además
				aceptaran la condición salarial era bastante débil. Si bien muchos de los que se
				enlistaron en la fábrica habían pasado por el trabajo minero asalariado –varios de
				los cuales incluso habían retornado desde el norte salitrero– también era una
				realidad que, hasta muy avanzado el siglo <sc>xx</sc>, una parte importante de esos
				trabajadores había rehuido una condición salarial permanente y había preferido una
				vida itinerante entre la actividad pastoril, las tareas mineras por cuenta propia o
				un empleo temporal como complemento a una vida más autónoma (<xref ref-type="bibr"
					rid="B49">Videla, 2010</xref>). De este modo, el atractivo representado por una
				fábrica como la cementera El Melón debía estar en la diferencia que se establecía
				entre esas prácticas ancestrales y sus ofrecimientos para compensar el sacrificio de
				la pérdida de la libertad que los trabajadores del Norte Chico parecían defender. La
				estabilidad laboral y mejores salarios debían complementarse con otras prestaciones
				para atraer y fidelizar a la masa laboral que necesitaba para sus operaciones. Por
				esta misma razón es posible advertir en la gestión de la mano de obra diseñada por
				la Sociedad Fábrica de Cemento de El Melón un punto de inflexión, que se produce
				justamente en el momento en que logra acuerdos sustantivos con oficinas estatales
				para consolidar su posición monopólica en el mercado nacional, asegurando una fase
				de expansión económica.</p>
			<p>Así, de la clásica fase de control, vigilancia y castigo que la llevó a un
				enfrentamiento frontal con sus trabajadores a comienzos de la década de 1920, la
				fábrica de La Calera transitó hacia mecanismos más sutiles y exitosos de
				intervención social que ayudaron a generar un clima en que muchos de los
				trabajadores se sintieron atraídos por la política empresarial y, aún más, mostraron
				evidentes signos de consentimiento hegemónico en la perspectiva que lo discutiera el
				sociólogo británico <xref ref-type="bibr" rid="B3">Michael Burawoy (1985)</xref> al
				examinar las distintas políticas ideológicas que han organizado la vida
				industrial.</p>
			<p>Lo que se señala, según <xref ref-type="bibr" rid="B16">Gaudemar (1991)</xref>, <xref
					ref-type="bibr" rid="B40">Sierra (1990)</xref>, <xref ref-type="bibr" rid="B24"
					>López (2010)</xref>, <xref ref-type="bibr" rid="B31">Muñiz (2007)</xref>, <xref
					ref-type="bibr" rid="B15">Frey (1986)</xref> entre otros, es que la cementera
				diseñó y puso en práctica una estrategia de control extensivo que tuvo su principal
				motor en el servicio de bienestar y en la política de arraigo a través de la
				construcción de poblaciones obreras modelos que albergaron a un importante número de
				sus trabajadores. Allí radicó una diferencia fundamental en la vida de las familias
				obreras, que, en el marco de una oferta asistencial variada provista por la empresa,
				convivieron con exiguos incrementos salariales (véase <xref ref-type="table" rid="t2">cuadro 2</xref>).</p>
			<table-wrap id="t2">
				<label>CUADRO 2</label>
				<caption>
					<title>JORNAL PROMEDIO NOMINAL Y DEFLACTADO DE LA SOCIEDAD FÁBRICA DE CEMENTO DE EL MELÓN, 1938-1948</title>
				</caption>
				<alternatives>
					<graphic xlink:href="t2.jpg"/>
				<table>
					<thead>
					<tr>
						<th align="left"><italic>Valor/año</italic></th>
						<th align="left"><italic>1938</italic></th>
						<th align="left"><italic>1939</italic></th>
						<th align="left"><italic>1940</italic></th>
						<th align="left"><italic>1941</italic></th>
						<th align="left"><italic>1942</italic></th>
						<th align="left"><italic>1943</italic></th>
						<th align="left"><italic>1944</italic></th>
						<th align="left"><italic>1945</italic></th>
						<th align="left"><italic>1946</italic></th>
						<th align="left"><italic>1947</italic></th>
						<th align="left"><italic>1948</italic></th>
					</tr>
					</thead>
					<tbody>
					<tr>
						<td align="left">Valor peso corriente</td>
						<td align="left">21.84</td>
						<td align="left">25</td>
						<td align="left">29.45</td>
						<td align="left">35.81</td>
						<td align="left">42.07</td>
						<td align="left">52.9</td>
						<td align="left">61.18</td>
						<td align="left">69.35</td>
						<td align="left">75.84</td>
						<td align="left">94.11</td>
						<td align="left">116.47</td>
					</tr>
					<tr>
						<td align="left">Valor peso a 1938<sup>a</sup></td>
						<td align="left">21.37</td>
						<td align="left">19.17</td>
						<td align="left">20.05</td>
						<td align="left">21.17</td>
						<td align="left">19.78</td>
						<td align="left">21.40</td>
						<td align="left">22.17</td>
						<td align="left">23.09</td>
						<td align="left">21.77</td>
						<td align="left">20.22</td>
						<td align="left">21.22</td>
					</tr>
					</tbody>
				</table>
			</alternatives>
			</table-wrap>
			<p><sup>a</sup> Los jornales fueron deflactados a 1938 con base en Instituto Nacional de
				Estadísticas y en <xref ref-type="bibr" rid="B11">Díaz, Lüders y Wagner
					(2016)</xref>.</p>
			<p>Fuentes: <italic>Anuario Estadístico de la República de Chile</italic> (1938-1948), y
					<xref ref-type="bibr" rid="B6">Comisión Económica para América Latina y el
					Caribe (1951)</xref>.</p>
			<p>Los jornales de los trabajadores cementeros no sufrieron alzas que respondieran a la
				trayectoria económica expansiva de la empresa. Es lo que se colige cuando se
				correlacionan con el índice de precios al consumidor por diez años, a partir de la
				fecha de inauguración de la primera población obrera en 1938. De tal modo, el
				atractivo laboral no radicó en los ingresos autónomos que se garantizaban, más sí en
				el salario diferido (el conjunto de prestaciones ya señaladas) que se colocó en el
				horizonte próximo del obrero, su esposa, hijos e hijas.</p>
			<p>El modelo de gestión del trabajo de la cementera se aproximó a lo que en la región
				venía desarrollando la Compañía de Refinería de Azúcar de Viña del Mar, pionera en
				la zona en materializar políticas asistenciales y de bienestar social de acuerdo con
				lo trabajado por <xref ref-type="bibr" rid="B23">Robinson Lira (1996)</xref> en un
				breve pero sugestivo artículo en el que aseveraba que la empresa de Julio Bernstein
				había logrado en los años treinta “la adhesión del sindicato” estableciendo una
				alianza “cuya finalidad fue contar en la industria con trabajadores ‘sanos’,
				ordenados, laboriosos y, por tanto, más subordinados” (<xref ref-type="bibr"
					rid="B23">Lira, 1996, p. 7</xref>). Un anhelo que, en las décadas de 1930
				y 1940, los empresarios industriales buscaron aprovechando un marco de regulación
				laboral amplio y complejo, que contemplaba nuevas exigencias y posibilidades en el
				afán de proveer respuestas a las diferentes demandas de los sectores del trabajo
					(<xref ref-type="bibr" rid="B29">Morris, 2011</xref>).</p>
			<p>El diseño urbano se convirtió en piedra angular de la política social de la
				cementera. En concordancia con experiencias industriales francesas, españolas y
				estadunidenses (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Darley, 2010</xref>), en La Calera
				se edificaron dos poblaciones con clara influencia del higienismo social (<xref
					ref-type="bibr" rid="B33">Oblet, 2005</xref>), que propugnaba desde mediados del
				siglo <sc>xix</sc>, la creación de espacios residenciales limpios y ordenados para
				el cobijo de los sectores del trabajo. Gracias a esta influencia grandes capitales
				europeas iniciaron obras de transformación urbana e introdujeron jardines públicos,
				amplias avenidas y espaciosos barrios obreros. De acuerdo con <xref ref-type="bibr"
					rid="B17">David Harvey (2014)</xref> en relación con las obras de Haussmann en
				París, se “actuó sobre el espacio urbano como una totalidad en la que los diferentes
				barrios de la ciudad y las diferentes funciones se ponían en relación unas con otras
				para formar una unidad de funcionamiento” (2014, p. 143). Una unidad semejante se
				proyectó en el diseño urbano desarrollado por El Melón, que construyó con un afán
				totalizador (<xref ref-type="bibr" rid="B40">Sierra, 1990</xref>) dos conjuntos
				residenciales para sus obreros en espacios contiguos a las instalaciones
				productivas, donde la familia obrera cementina quedó aislada de la ciudad puesto que
				en su conjunto la población estuvo provista de escuelas, una iglesia, exclusivos
				centros deportivos y recreativos.</p>
			<p>Pareciera que, con la puesta en práctica de este conjunto de medidas, la empresa
				deseaba olvidar los aciagos años de comienzos de la década de 1920 que sólo fueron
				conjurados por el autoritarismo ibañista (1927-1931). Entonces, un movimiento obrero
				politizado se había empeñado en conducir a amplias capas de mineros y a los primeros
				núcleos de trabajadores industriales en formación. Así, no resulta extraño que
				dirigentes como Luis Víctor Cruz, en su condición de diputado por el partido Obrero
				Socialista, visitara el pequeño pueblo de El Melón, desafiara al empresariado y
				animara la huelga dirigida por un consejo de la Federación Obrera de Chile que
				incluía trabajadores cementeros en 1921 (La Federación Obrera de Chile, 25 de
				diciembre de 1921). En aquella oportunidad, la huelga duró cerca de un mes
				(diciembre de 1921 y parte de enero de 1922) y aunque se firmaron acuerdos
				conciliatorios, la compañía se negó a reconocer la organización obrera, hostilizó a
				sus dirigentes y cometió arbitrariedades dada su capacidad de intervención en los
				distintos planos administrativos de la comuna: “Esta fábrica tiene injerencia
				interna en cada uno, y todos los actos de la vida comunal. Como si poseyera un largo
				brazo, ella pone la mano sobre innúmeras actividades administrativas y sociales, que
				están reservadas a poderes públicos privativos del pueblo. Ni los estrados de la
				justicia se le escapan a la gerencia de El Melón, pues todo lo invade” (La
				Federación Obrera de Chile 24 de febrero de 1922).</p>
			<p>El comportamiento de la administración de la Sociedad Fábrica de Cemento de El Melón
				no escapó a lo obrado por otros empresarios organizados en la Asociación del Trabajo
				–gremio activo en enfrentar la autonomía obrera formado con anterioridad a la
				Confederación de la Producción y el Comercio– y aun por las autoridades políticas
				del Estado. Distintas fábricas, siguiendo los dictados de la asociación, mantuvieron
				medidas represivas contra los trabajadores como lo fueron el despido o el rechazo a
				la sindicalización, pero con base en la idea de conciliación y armonización del
				conflicto laboral, también introdujeron iniciativas tendentes a “promover el
				mejoramiento de la vida obrera”,<xref ref-type="fn" rid="fn6"><sup>6</sup></xref> tal como lo
				destacó en innumerables conferencias el director del ente gremial, Enrique
				Caballero, a partir de 1922 en sus recorridos por Santiago, Valparaíso y Concepción.
				Dicho horizonte se reprodujo en La Calera hacia los años treinta cuando la gestión
				de las relaciones entre los operarios y la fábrica El Melón se enmarcó en una nueva
				estrategia de contención de los conflictos tan propios de los periodos de tránsito
				económico.</p>
			<sec id="sec-3.1">
				<title>Diseño urbano, bienestar y compromiso social</title>
				<p>Tras la grave crisis de la economía chilena y mundial a comienzos de los años treinta
					y embarcada en un ambicioso plan de expansión a mediano plazo, la Sociedad Fábrica
					de Cemento de El Melón se sintió llamada a dar un golpe de timón en la gestión de su
					mano de obra. Una vez despejados los últimos síntomas de un ciclo recesivo en el
					segundo semestre de 1934, el directorio de la Sociedad Fábrica de Cemento de El
					Melón anunciaba la creación de su sección de bienestar social, el acto fundacional
					de su nueva estrategia: “La Sección de Bienestar Social recientemente organizada se
					ha hecho cargo de todo lo relacionado con la situación de los obreros, atención
					médica, escuela, entretenimientos, etc., y esperamos de esta sección resultados
					beneficiosos para el bien general de nuestro personal” (<sc>sfcm</sc>, 1935, p.
					3).</p>
				<p>La compañía usó buena parte de su energía en un proyecto de fidelización de sus
					trabajadores –obreros y empleados– a través de una serie de beneficios que debían
					convertirse en un importante atractivo. En un primer momento el servicio de
					bienestar social aseguró prestaciones en asistencia social (en caso de enfermedad o
					retiro), medicina general y más adelante incluyó la atención dental, escuelas,
					instancias de ocio y diversos equipamientos que estimularon el desarrollo de
					prácticas deportivas y facilitaron la realización de diversos eventos culturales y
					celebraciones anuales, entre las que destacó la fiesta de la primavera. En 1935, los
					balances financieros consignan por primera vez gastos de bienestar social, con una
					cifra cercana a 144 000 pesos, bastante menos que los 2 400 000 que encierra dicho
					ítem en el año 1940 y, ciertamente, que los 4 000 000 de pesos que se imputaron en
					el año siguiente, justo cuando el jefe de la sección de bienestar, Carlos Morel H.,
					fue electo regidor en la municipalidad de La Calera (véase cuadro 1).</p>
				<p>Aunque los anuncios de la creación de una población obrera se hicieron en 1935, la
					obra se materializó tres años después. Se inició en el primer semestre de 1936 con
					la inversión de casi 2 500 000 pesos, lo cual permitió edificar 100 casas para
					obreros y quince destinadas a la categoría de empleados, todas entregadas con
					anterioridad al 10 de diciembre de 1938. Pero el plan urbano era más extenso: para
					1939 se contemplaba el término de otras 100 casas y se proyectaba un conjunto de
					500, así como la edificación de pabellones para solteros, cuya capacidad esperada
					atendería las necesidades de no menos de 1 700 obreros (<sc>sfcm</sc>, 1939, p. 3);
					tal planeación tuvo algún grado de continuidad debido a que los fondos acumulados
					año tras año en la construcción de viviendas se pueden estimar en cerca de 30 000
					000 de pesos, moneda corriente, invertidos en un periodo de poco menos de una década
					hasta 1946 (véase <xref ref-type="table" rid="t1">cuadro 1</xref>).</p>
				<p>Evidentemente, la política de fijar a los trabajadores en un ámbito construido por la
					propia industria y de acuerdo con sus reglas encerraba un interés que acompañaba su
					pretendida obra benefactora. Desentrañarlo requiere examinar con especificidad la
					forma y modalidad constructiva que asumieron las viviendas y sus equipamientos
					comunitarios, entendiendo que existían diferentes posibilidades y tecnologías para
					domiciliar a los obreros en los años treinta. En el Chile de esa época era común,
					por una parte, el conventillo, donde un número variable de familias compartían un
					largo callejón y, por otra, edificios en bloques de cuatro pisos (<xref
						ref-type="bibr" rid="B19">Hidalgo, 2005</xref>). La población Cemento inaugurada
					en 1938, así como otras poblaciones construidas por diferentes industrias en la
					misma década (<xref ref-type="bibr" rid="B44">Venegas y Morales, 2017</xref>),
					representó una vía de asentamiento diferente a ambas técnicas de diseño
					arquitectónico, pues el conjunto habitacional privilegiaba a través de viviendas
					sólidas e individuales, el recogimiento y privacidad de la familia obrera. Hasta
					cierto punto, las viviendas, jardines, avenidas y centros comunitarios, invitaron a
					que cada familia obrera se autorregulara como unidad doméstica. De este modo, El
					Melón no sólo domicilió a sus operarios, sino que también se propuso transmitir
					normas de convivencia social, de salud pública, higiene familiar y comportamiento,
					en todo lo cual la empresa se apoyó en sus cuadros administrativos y en la
					permanente presencia de representantes de la Iglesia católica, miembros que
					alcanzaron un lugar privilegiado en la población al participar de manera habitual en
					su sociabilidad al involucrarse, por ejemplo, en el mantenimiento de la escuela de
					varones, dirigida por la Congregación de los Hermanos Maristas.</p>
				<p>Atraídos por el experimento urbano de los empresarios de El Melón, los editorialistas
					de la <italic>Revista</italic>
					<italic>Industria</italic> dieron a conocer la novel población Cemento, inspirada en
					“un plan de satisfacción social para los asalariados, que a la vez que permita
					exigirles un máximum de actividad, esos trabajadores puedan cumplir sus funciones
					dentro de un mínimum de comodidades y bienestar que les haga más llevadera y grata
					su labor.”<xref ref-type="fn" rid="fn7"><sup>7</sup></xref></p>
				<p>La población era única en su género y un verdadero ejemplo de vida higiénica: “demos
					una ojeada a la población misma. Un centenar de casas de un piso, pintadas con un
					color amarillo muy agradable, forma las calles por las cuales discurrirá más
					adelante una vida activa y feliz. Las calzadas tienen pavimento de concreto, las
					aceras, con árboles ya plantados, cuentan también con pavimento del mismo material y
					con espacios para jardines frente a cada habitación”.<xref ref-type="fn" rid="fn8"><sup>8</sup></xref>
					.footnoteRef}</p>
				<p>La descripción destacaba el carácter de conjunto y las consideraciones estéticas que
					conservaba la población en su inauguración, siguiendo las proposiciones que en el
					clima intelectual anglosajón se dieron a conocer bajo la escuela de la ciudad
					jardín. Según Margaret Crawford en la planificación de las comunidades industriales
					progresivamente se fueron adoptando modelos de responsabilidad social y grandes
					empresas de Estados Unidos se comprometieron a elevar las condiciones de vida de los
					trabajadores a fines del siglo <sc>xix</sc> (<xref ref-type="bibr" rid="B9"
						>Crawford, 1999, pp. 51-52</xref>). Para ello una de las medidas más
					llamativas se tradujo en modernas viviendas para los obreros insertas en jardines,
					áreas verdes y amplias avenidas (<xref ref-type="bibr" rid="B26">Miller, 2002, p.
						99</xref>), que acentuaron el contraste paisajístico resultante de la
					contraposición entre la monotonía de la fábrica y una adecuada vida hogareña. Así,
					resulta coherente que las viviendas de la población Cemento contemplaran
					antejardines y huertos con árboles frutales, a la usanza arquitectónica y
					urbanística empleada en diversas experiencias europeas (<xref ref-type="bibr"
						rid="B26">Miller, 2002, pp. 99-101</xref>). Es lo que se colige de los
					planos de las primeras viviendas obreras de dicha población.</p>
				<p>
					<fig id="ch2">
						<label>FIGURA 1</label>
						<caption>
							<title>VIVIENDAS OBRERAS POBLACIÓN CEMENTO (1938)</title>
						</caption>
						<graphic mimetype="image" xlink:href="2007-3496-alhe-26-01-921-f1.jpg"/>
						<attrib>Fuente: <italic>Revista Industria</italic>, 2[1939], 2.</attrib>
					</fig>
				</p>
				<p>En la población “todas estas casitas cuentan con servicios higiénicos completos y
					reciben aire, luz y sol en perfectas condiciones”,<xref ref-type="fn" rid="fn9"><sup>9</sup></xref>
					bondades que se acentuaban por una manifiesta preocupación paisajística en el
					sentido de que “los cerros enmarcan la población, y en medio se destacan las notas
					amarillas de las casas como un alegre penacho de plumas de
					ave”.<xref ref-type="fn" rid="fn10"><sup>10</sup></xref> A esto se agregaban los espacios
					interiores y la distribución de las edificaciones. Cada vivienda para empleados era
					de 110 m<sup>2</sup> e incluía “Living room, tres dormitorios, un comedor, sala,
					toilette, cocina, despensa, pieza servidumbre, WC
					servidumbre”.<xref ref-type="fn" rid="fn11"><sup>11</sup></xref> Esto indica que los espacios
					interiores habían sido minuciosamente diseñados y se alejaban ostensiblemente de las
					formas tradicionales de habitación obrera o popular en la medida en que estaban
					acondicionadas para familias nucleares que no admitían parentescos extendidos ni
					allegados circunstanciales. Del mismo modo, cada unidad establecía una clara
					distinción de los espacios y una especialización de los mismos. Los dormitorios,
					sala de estar y la cocina aislada del resto de los habitáculos, alentaban la
					especialización del trabajo femenino y la reclusión de la mujer en el hogar. En el
					caso de las casas destinadas a los obreros, se reproduce un patrón semejante aunque
					en un espacio doméstico más reducido ya que la edificación alcanzaba 75
					m<sup>2</sup> construidos, donde se distribuía un living room, hasta tres
					dormitorios, una cocina y baño en el interior del domicilio.</p>
				<p>En sí mismo, un patio suficiente para el desarrollo de huertos provisto de parras y
					árboles frutales (véase <xref ref-type="fig" rid="ch2">figura 1</xref>), el baño interior y la cocina separada de todas
					las habitaciones de cada casa, eran tecnologías que pocas familias obreras habían
					alcanzado a fines de los años treinta. Sobre estos nuevos materiales constructivos,
					amplios espacios para la vida familiar y un paisaje urbano articulado sobre avenidas
					limpias y jardines, los obreros comenzaron a forjar un nuevo habitar en El Melón. En
					él, el higienismo, sea en su vertiente física o moral, se vuelve una matriz útil
					para interpretar lo que fue destacado en la época por su singularidad y
					excepcionalidad: el orden, la amplitud y armonía del conjunto barrial, la limpieza,
					áreas verdes y la luminosidad del proyecto.</p>
				<p>Por cuanto se reparó en los beneficios del proyecto habitacional: “Si se atraviesa la
					calle que separa los dos recintos, se ve un cambio fundamental. En La Calera no hay
					pavimentos sólidos, ni duraderos, ni hay este lujo de árboles y esta animación de
					coloridos que se ven en la población ‘El Melón’. Mientras todo en aquella es gris,
					terroso, polvoriento, porque años de incuria y de pobreza se han detenido allí, en
					‘El Melón’ todo ríe y todo canta”.<xref ref-type="fn" rid="fn12"><sup>12</sup></xref></p>
				<p>La incuria no sólo era fruto del contraste de los domicilios obreros predominantes en
					La Calera y El Melón. Esto era algo palpable a la vista de cualquier observador,
					pero no era lo único en la medida que el servicio de bienestar de la Sociedad
					Fábrica de Cemento de El Melón junto con realizar inversiones consecutivas en la
					ampliación de sus poblaciones, procuró asistencia social y un cúmulo de diferentes
					iniciativas que buscaron intervenir directamente en el bienestar de la familia
					obrera. Así se tiene que el complejo urbanístico consideró entre otros un
					policlínico, una cooperativa de consumo, baños y lavandería, sala de teatro, plazas
					de juegos infantiles, piscina y restaurant popular. Todo ello daba cuenta de un
					esfuerzo global diseñado a transformar las pautas de comportamiento obrero, sea en
					sus nociones sobre el consumo o gasto de los salarios, como en sus nociones sobre la
					higiene o la limpieza. Esto igualmente se percibe en la provisión de huertos en cada
					residencia obrera, pues con ellos se intentaba que los miembros de la familia obrera
					utilizaran sus tiempos libres en forma productiva, sana y privada. El huerto en cada
					vivienda, el variado equipamiento comunitario y de entretenimiento que acompañaron a
					la población, dieron vida y forjaron las relaciones de los trabajadores fuera de las
					maestranzas, talleres, hornos y los yacimientos mineros. Considerando todo ello el
					contraste con la ciudad de La Calera era aún más radical, puesto que los servicios
					médicos y educacionales, así como el gimnasio o el estadio, eran incomparablemente
					mejores que cualquier otro al que tuvieran acceso los trabajadores de la ciudad.</p>
				<p>El complejo urbanístico, contó desde sus inicios con una escuela de varones. Esta se
					edificó sobre una superficie de 10 800 m<sup>2</sup>, tuvo un costo de 883 000 pesos
					y una capacidad inicial de 450 estudiantes. La iniciativa fue encargada a la
					Congregación de los Hermanos Maristas, con un grupo de seis profesores religiosos y
					catorce civiles, considerando una nómina anual de 120 000 pesos en su primer año de
					funcionamiento, en 1937, orientada tempranamente a la formación de cuadros técnicos
					destinados a servir en la propia fábrica. Aunque hasta abril de 1941 se tuvo que
					esperar la apertura de una escuela semejante para mujeres, la presencia de dicha
					congregación tiñó no sólo las actividades escolares con su enseñanza confesional,
					sino las más variadas instancias de sociabilidad que se desplegaron en el interior
					del recinto residencial. En cada ceremonia, fiesta o agasajo entregado a obreros
					premiados por alguna circunstancia especial, algún miembro de la congregación tomó
					un lugar especial, el mismo que ocupó el obispo de Valparaíso en la inauguración de
					las viviendas en 1938. Este rasgo, tan acusado en El Melón, no es fácil hallar en
					otras experiencias donde las industrias montaron servicios completos de bienestar
					(<xref ref-type="bibr" rid="B48">Videla, Venegas y Godoy, 2016</xref>), o al
					menos no con la intensidad y cobertura que obtuvieron en la compañía gestionada por
					Enrique Ariztía pues junto con tomar un lugar privilegiado en la escuela de hombres,
					que llegó a tener una matrícula de 1 200 estudiantes en 1941, también lo alcanzaron
					en la <italic>Revista Cemento</italic> que comenzó a circular ese año, lugar desde
					donde se difundieron habitualmente “colaboraciones al servicio de la moral” firmados
					por el capellán de la escuela u otro miembro de la misma.</p>
				<p>Hasta qué punto fue relevante la escuela financiada por la empresa para crear un tipo
					de relaciones laborales armoniosas, no es algo que se pueda esclarecer, pero su
					incidencia tuvo que ser importante si se complementa con las otras garantías a las
					que accedieron con regularidad los trabajadores y sus respectivas familias. En ese
					ámbito destaca el complejo deportivo que se diseñó sobre tres hectáreas colindantes
					a la población por un costo inicial de 382 400 pesos. Consideraba “tribunas de
					concreto con 1 200 asientos y 8 camarines con servicios higiénicos y un Buffet, 2
					canchas de Tennis, una cancha de Basket-ball, 1 cancha de Foot-ball, velódromo, foso
					de saltos”,<xref ref-type="fn" rid="fn13"><sup>13</sup></xref> infraestructura que dejaba de
					manifiesto el interés por, si no administrar el tiempo libre de los trabajadores, al
					menos orientarlo hacia una vida sana y virtuosa a través del deporte. Una
					perspectiva similar llevó a la compañía a patrocinar también la consolidación de un
					club deportivo que animó las competencias de fútbol a nivel nacional, que además
					recibió la visita de clubes del fútbol profesional como Colo Colo o la Universidad
					Católica en la década de los cuarenta, lo que seguramente incidió en la sensación de
					menor aislamiento de quienes vivían en la burbuja urbanística creada por el servicio
					de bienestar.</p>
				<p>A esta notable infraestructura urbana se fue agregando una serie de otras
					construcciones que se integraron al complejo programa de gestión, que, en su aspecto
					medular, estuvo organizado desde la oficina de bienestar y, en particular, por la
					activa labor realizada por las asistentes sociales. Hacia los años veinte, dichas
					profesionales se involucraron en los recintos industriales, primero como
					facilitadoras de la implementación de las normativas de legislación social
					–accidentes laborales, cargas familiares u otras– y, junto con ello, para contener y
					resolver de problemáticas domésticas en los núcleos familiares de cada operario.
					Como lo ha sostenido <xref ref-type="bibr" rid="B38">Karin Rosemblatt (1995)</xref>,
					la promoción de dichos núcleos se transformó en un aspecto crucial de las políticas
					asistenciales del Frente Popular. Al respecto, por ejemplo, Raquel Fernández,
					asistente de Cristalerías de Chile, señalaba que era prioritario educar al obrero
					pues se “le enseña la manera de aprovechar lo que le ofrece la comunidad, le inculca
					aspiraciones, le enseña el ahorro, higiene, da nociones de puericultura a la esposa,
					la orienta en la confección de menú sano, propicia el buen empleo de las horas
					libres de él y de su familia”.<xref ref-type="fn" rid="fn14"><sup>14</sup></xref></p>
				<p>En El Melón, el papel de las asistentes sociales era central y por lo mismo se
					proyectaron dos casas de 110 m<sup>2</sup> para que dichas funcionarias convivieran
					cotidianamente con la población obrera. Las primeras asistentes habían sido
					contratadas en 1933 y con su experiencia se hicieron cargo de poner en práctica el
					servicio de bienestar (<xref ref-type="bibr" rid="B1">Alexander, 1949, p.
						374</xref>). Ellas mantuvieron un entendimiento directo con las familias obreras,
					realizaron permanentes visitas a sus domicilios y se entrevistaron preferentemente
					con las esposas y dueñas de casa, con lo que se naturalizó su labor social en la
					medida en que se convirtieron en el brazo ejecutor del proyecto interventor y
					modelador de la empresa.</p>
				<p>Todo lo anterior muestra un panorama muy distinto al que habitaba la gran mayoría de
					los trabajadores chilenos de extracción popular, no solamente del mundo urbano, sino
					también de los espacios rurales cercanos al que se emplazaba la cementera. La
					influencia del espacio físico, los materiales de construcción, el diseño y
					distribución de las viviendas actuaron sobre las personas, y si bien estas
					construyeron sus propias dinámicas, no lograron zafarse completamente de las
					orientaciones impuestas verticalmente. La mayor parte de los hijos e hijas de los
					trabajadores fueron a las escuelas administradas por la compañía y la Iglesia
					católica acompañó la vida cotidiana de sus poblaciones obreras. Del mismo modo, la
					visita de las asistentes sociales se constituyó en un evento periódico de los
					hogares cementeros. Todo ello se hizo ostensible en la percepción de algunos de los
					extrabajadores, manifestado en una expresión de genuina gratitud habitual: “todo se
					lo debo a la empresa”. Aún hoy, quienes recibieron los beneficios de la compañía se
					manifiestan en ese mismo tenor, la mayoría de los recuerdos tienden a reforzar los
					lazos identitarios en una dimensión positiva.</p>
			</sec>
		</sec>
		<sec id="sec-4" sec-type="conclusions">
			<title>Conclusiones</title>
			<p>La Sociedad Fábrica de Cemento de El Melón fue distinguida en los círculos
				empresariales como una de las principales compañías que emprendió una decidida
				campaña por mejorar sustantivamente las condiciones de vida de sus obreros y
				empleados. De acuerdo con la Sociedad de Fomento Fabril dicha actitud se rodeaba de
				un aura benefactora. Suponiendo que haya sido de ese modo, claramente las
				estrategias utilizadas por estas empresas y particularmente por la compañía
				cementera, constituyeron un plan diseñado para gestionar la fuerza de trabajo y
				evitar los conflictos frontales que en los años previos al autoritarismo ibañista
				(1927-1931) habían distanciado al capital y al trabajo.</p>
			<p>La búsqueda de la paz social estuvo en el centro de la gestión social empresarial, lo
				que cobraba particular importancia en momentos en que la industria El Melón disponía
				de prácticamente todos los factores a su favor para consolidar su posición de
				privilegio en la escena económica nacional de Chile.</p>
			<p>Como única iniciativa en condiciones de cubrir la demanda local de cemento, la
				compañía gozó de ventajas incomparables respecto de otras experiencias de la nación
				chilena. Amparada, a lo menos hasta 1944, por una legislación aduanera favorable,
				pudo capitalizar esas ventajas ampliando su capacidad productiva, a la vez que
				copaba la oferta chilena de cemento. Sin duda los años que van desde 1934 hasta 1946
				constituyen, en la primera época de formación de la industria, su periodo de mayor
				dinamismo y transformación. El desempeño de la compañía fue exitoso y por lo mismo
				estuvo en condiciones de ensayar una forma particular de control sobre uno de los
				factores productivos más complejos, la mano de obra. Para ello, si bien buscó
				incidir en términos políticos a nivel de la institucionalidad local (en la
				municipalidad, por ejemplo) y de la organización política de los trabajadores
				(particularmente a nivel sindical), concentró sus afanes más bien en la intervención
				y diseño de los espacios sociales que involucraban al conjunto de trabajadores y las
				relaciones resultantes. Vínculos que iban desde el comportamiento al interior de la
				fábrica, hasta aquellos que normaban la vida cotidiana, pública y privada, de la
				familia cementina. La acción empresarial tuvo en el hogar obrero su principal foco
				de atención y herramienta de intervención social y por ello dedicó sus mayores
				esfuerzos y recursos a definir una política urbana coincidente con esa importancia.
				La construcción de este mundo ideal debía ser la llave que asegurara la continuidad
				de los trabajos y, más importante aún, la fidelización de sus trabajadores. La casa,
				la población y la fábrica, puesto que tuvieron continuidad funcional y proximidad,
				constituyeron una fuerte seña de identidad obrera que difícilmente encontraron en
				otro elemento de identificación. Se trataba de la formación de una clase obrera
				diferenciada que paulatinamente dejaba atrás los estragos de la pobreza y se
				encaminaba, de la mano empresarial, a una sociedad de consumo. Una sociedad con
				rasgos y formas de vida urbana y moderna marcada por la difusión de nuevas pautas de
				consumo doméstico.</p>
			<p>Esa identidad fue disputada desde el sindicato, el partido político y las legítimas
				acciones de resistencia de los trabajadores como es posible constatar en torno a
				1941, momento en que la compañía enfrentó una oleada de agitación obrera patrocinada
				por el Partido Comunista, que se mantuvo en el manejo de los conflictos con la
				empresa hasta 1946 (<xref ref-type="bibr" rid="B37">Peñafiel, 2017</xref>). Sin
				embargo, la penetración empresarial por la vía del paternalismo fue un difícil
				escollo para lograr la autonomía plena del obrero industrial involucrado en ese tipo
				de experiencias. La construcción de un modo de ser paternalista no fue privativa de
				la experiencia de El Melón, aunque encontremos en él uno de los ejemplos más
				acabados. Con seguridad se puede afirmar que lo que vivió El Melón tuvo como
				complemento un listado de otros complejos industriales que mantuvieron a lo largo de
				nuestro país componentes del paternalismo industrial hasta mediados del siglo
					<sc>xx</sc> y, según el caso, algunos años más. La Compañía de Cervecerías
				Unidas, Cristalerías de Chile, Manufactura de Papeles y Cartones de Puente Alto,
				Fábrica Nacional de Sacos, Fábrica Nacional de Paños Tomé, Fábrica Nacional de Loza
				de Penco, Refinería de Azúcar de Viña del Mar, Yarur Manufacturas Chilenas de
				Algodón, Manufacturas <sc>sumar</sc> o Manufacturas de Cobre (M<sc>adeco</sc>),
				compartieron un modo de gestión de la fuerza de trabajo que excedió los ámbitos
				propiamente productivos y canalizó sus esfuerzos para crear la ficción de la familia
				industrial, aun cuando, en la cementera existieron rasgos singulares como la activa
				presencia de la Iglesia católica en la cotidianidad de sus recintos residenciales,
				asumiendo un papel protagónico en la educación y en cada liturgia cívica organizada
				por los servicios de bienestar. El mismo que asumió en la <italic>Revista</italic>
				<italic>Cemento</italic>, donde el mensaje religioso se transformó en un insumo
				regular de la lectura de la comunidad obrera de la fábrica. Este rasgo no es fácil
				de observar en las empresas carboníferas y textiles del centro-sur del país ni en
				los programas de asistencia creados en grandes empresas de Santiago, como
					<sc>sumar</sc> o <sc>Madeco</sc>.</p>
			<p>De esta forma, es muy probable que los trabajadores, motivo de esta gestión, hayan
				mejorado realmente sus condiciones de existencia en términos concretos aun cuando,
				según se observó, no alcanzaran aumentos sustantivos en sus jornales durante diez
				años a partir de 1938. Y, además, es posible que retrocedieran en términos de su
				autonomía e identidad proletaria pues las garantías sociales a las que accedieron
				debieron ser sopesadas en cada momento crítico de su lucha por incrementar demandas
				sociales. En algunos casos sacudieron la impronta paternalista y avanzaron en su
				identificación de clase, en otros sucumbieron a sus ventajas y se pusieron al lado
				de la patronal defendiendo posturas que creyeron comunes.</p>
		</sec>

		<sec id="sec-6">
			<title>Hemerografía</title>
			<p><italic>Boletín de la Sociedad de Fomento Fabril</italic>, 1908-1930, vols.
				25-47.Santiago, Chile: Sociedad de Fomento Fabril</p>
			<p><italic>El Mercurio de Santiago</italic>, 1920-1923, 1937-1939. Santiago, Chile.</p>
			<p><italic>La Federación Obrera de Chile</italic>, 1918-1924. Santiago, Chile.</p>
			<p><italic>La Patria</italic>. Santiago, Chile.</p>
			<p><italic>Servicio Social</italic>. Santiago, Chile.</p>
			<p><italic>Revista Industria</italic>, 1935-1950. Sociedad de Fomento Fabril,
				Santiago,Chile.</p>
			<p><italic>Revista Cemento</italic>. Santiago, Chile.</p>
		</sec>
	</body>
	<back>
		<ref-list>
			<title>Referencias</title>
			<ref id="B1">
				<mixed-citation>Alexander, R. (1949). Industrial social workers in Chile.
						<italic>Social Service Review</italic>,
					<italic>23</italic>(3),373-376.</mixed-citation>
				<element-citation publication-type="journal">
					<person-group person-group-type="author">
						<name>
							<surname>Alexander</surname>
							<given-names>R.</given-names>
						</name>
					</person-group>
					<article-title>Industrial social workers in Chile</article-title>
					<year>1949</year>
					<source>Social Service Review</source>
					<volume>23</volume>
					<issue>3</issue>
					<fpage>373</fpage>
				</element-citation>
			</ref>
			<ref id="B2">
				<mixed-citation>Boltanski, L. y Chiapello, E. (2002). <italic>El nuevo espíritu del
						capitalismo</italic>. Barcelona: Akal.</mixed-citation>
				<element-citation publication-type="book">
					<person-group person-group-type="author">
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							<surname>Boltanski</surname>
							<given-names>L.</given-names>
						</name>
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							<surname>Chiapello</surname>
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					</person-group>
					<source>El nuevo espíritu del capitalismo</source>
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			<title>Notas</title>
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				<p>Minería practicada a pequeña escala, la mayoría de las veces en términos
					independientes.</p>
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				<label>2</label>
				<p>Cada saco contenía 42.5 kilos de cemento.</p>
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				<p><italic>Revista Industria</italic>, 5[1938], 435-438.</p>
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				<label>4</label>
				<p><italic>Industria</italic>, 8[1938], 547.</p>
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				<label>5</label>
				<p><italic>Industria</italic>, 8[1938], 547.</p>
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				<label>6</label>
				<p><italic>La Patria</italic>, 18 de diciembre de 1923, p. 2.</p>
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				<label>7</label>
				<p>La población obrera de la Sociedad Fábrica de Cemento El Melón (1939).
						<italic>Revista</italic>
					<italic>Industria</italic>, 2, 91.</p>
			</fn>
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				<label>8</label>
				<p><italic>El Mercurio de Santiago</italic>, 14 de diciembre de 1938, p. 20.</p>
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				<label>9</label>
				<p><italic>Revista Industria</italic>, 2[1939], 91.</p>
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				<label>10</label>
				<p><italic>El Mercurio de Santiago</italic>, 14 de diciembre de 1938, p. 20.</p>
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				<label>11</label>
				<p><italic>Revista Industria</italic>, 2[1939], 91.</p>
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				<label>12</label>
				<p><italic>El Mercurio de Santiago</italic>, 14 de diciembre de 1938, p. 20.</p>
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				<label>13</label>
				<p><italic>Revista Industria</italic>, 2[1939], 92.</p>
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				<label>14</label>
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