Artículos de investigación

Una ética desde el pensamiento de Freud como propuesta para la actualidad

An ethics from Freud’s thought as a proposal for today

Cristian Salazar Cepeda *
Universidad Autónoma del Estado de México, México

Una ética desde el pensamiento de Freud como propuesta para la actualidad

Contribuciones desde Coatepec, núm. 38, 2023

Universidad Autónoma del Estado de México

Recepción: 01 Marzo 2022

Aprobación: 19 Enero 2023

Resumen: El objetivo del presente escrito es bosquejar una postura ética dentro del psicoanálisis freudiano, sorteando sus malentendidos, en vinculación con la filosofía. De esa forma, se pretende que pueda fungir de brújula al actuar, orientando la conducta a través del conocimiento, la crítica y la reflexión de la propia naturaleza humana. Las relaciones entre personas comúnmente resultan inmersas en distintas problemáticas y, para hacerles frente, se han presentado posturas guiadas por la censura, la represión o lo políticamente correcto, sin embargo, dichos intentos por orientar moralmente a la sociedad son insatisfactorios. Así, resulta imperativo buscar alternativas para mejorar el trato interpersonal, por lo cual se muestra idóneo partir desde una postura ética viable basada en la aceptación y guía de la constitución humana, bajo principios psicoanalíticos, en lugar de cancelar sus aspectos más oscuros.

Palabras clave: Ética, Psicoanálisis, Sublimación, Energía, Ambivalencia.

Abstract: The aim of this paper is to outline an ethical stance within the realm of Freudian psychoanalysis, avoiding its misunderstandings and associating it with philosophy. In which way, it is intended for it to act as a compass when acting, guiding human behavior through knowledge, criticism, and reflection of its own nature. Analyzing the relationships between people, they are more often than not immersed in different problems; in order to face them, positions guided by censorship, repression or “political correctness” have been regularly ineffective; in that vein, seeking alternatives to improve humans’ interactions is of major importance. There have been attempts to guide society in moral terms with suboptimal results, therefore, it is important to look for a feasible ethical stance in, as of now, little-referred to literature, in other words, based on the acceptance and guidance of human constitution under psychoanalytical principles, instead of the cancellation of the darkest aspects, which is an alternative that could serve to guide people in life.

Keywords: Ethics, Psychoanalysis, Sublimation, Energy, Ambivalence.

Introducción: Los problemas de la actualidad y necesidad de la ética

Partiendo de una rápida mirada a la realidad humana, como la que nos proporciona la Unesco (1990, 2013, 2020), resulta innegable el panorama desalentador en el que vivimos; la explotación, violencia, malestar, acoso, desigualdad, etcétera, forman parte de las vicisitudes que enfrentan las personas a lo largo de su existencia. Desafortunadamente tales conflictos no se limitan a un territorio o tiempo específico; antes bien, tienden a observarse de manera continua en diversos contextos.

Si bien, puede sostenerse que las problemáticas sociales son coyunturales de una amplia gama de fenómenos interrelacionados, que incluyen lo económico, político, social, tecnológico, entre otros, es de resaltar que, a pesar de los cambios o mejoras científico-tecnológicas, no se refleja un desarrollo a la par en la cuestión social y en el trato de los unos a los otros. “Mientras que en el dominio de la naturaleza ha realizado la humanidad continuos progresos y puede esperarlos aún mayores, no puede hablarse de un progreso análogo en la regulación de las relaciones humanas” (Freud, 2011: 2962).

Si se comparan los progresos en las distintas esferas, como la producción o la tecnología —en las cuales se hacen cosas que en el pasado eran inimaginables, como recorrer el mundo en horas o la comunicación instantánea—, con los adelantos sociales —donde existía una mala repartición de bienes, pocos ricos y la mayoría de la población vivía en condiciones desfavorables—, se observa con relativa facilidad la disparidad en el desarrollo de ambos tópicos. En la cotidianidad resulta cada vez más sencillo vislumbrarlo, gracias a fenómenos como la guerra y el aumento en magnitud y frecuencia de la desigualdad, la pobreza o la enfermedad.

Por lo anterior, se abre la posibilidad de considerar una postura más social, no centrada únicamente en la producción, tecnología o indicadores económicos, para mejorar la situación. A partir del análisis de las causas y consecuencias de la diferencia de avances en las dos esferas mencionadas, podría ser tiempo de considerar alternativas que versen más sobre el trato entre personas, con el fin de mejorar el escenario actual de la humanidad y encaminar su conducta, entrando en terrenos de lo filosófico. Para ello, es necesaria la optimización en el ámbito del dominio natural, debido a que este se vincula con el desarrollo social,1

Estas direcciones de la cultura no son independientes una de otra; en primer lugar, porque la medida en que los bienes existentes consienten la satisfacción de los instintos ejerce profunda influencia sobre las relaciones de los hombres entre sí; en segundo, porque también el hombre mismo, individualmente considerado, puede representar un bien natural para otro (Freud, 2011: 2962).

En este caso, se propone una óptica más social, psicológica y filosófica, donde sea posible entrar en terrenos de la ética para orientar el trato interpersonal. Asimismo, la importancia de abordar estos temas no se debe a la búsqueda de una vida perfecta y sin conflictos. Más allá de pensar en utopías imposibles, su urgencia se debe a que algunos peligros, lejos de prosperar, se agravan; a pesar de que se pretende optimizar la vida de las personas con mayor producción, desarrollo o progreso, en diversos casos se refleja lo opuesto.

En el ámbito de lo ético-social, se ha buscado dar respuesta a las problemáticas humanas, a través de los intentos de inclusión, comités éticos u organismos reguladores, sin embargo, estas persisten. Su falta de solución abre un área de oportunidad para cuestionar las medidas que se han tomado. Otra de las respuestas comúnmente planteadas en la actualidad es apelar al conocimiento teórico de la ética y/o su aplicación en diferentes contextos para tratar de solucionar los conflictos; pretenden brindar orientación con sus postulados.

La ética aplicada, o mejor, las éticas aplicadas forman ya parte irrenunciable del saber práctico en las sociedades pluralistas a comienzos del tercer milenio, de ese saber que desde antiguo se ha caracterizado por intentar orientar las acciones de los seres humanos (Cortina, 2003: 9).

Otro ejemplo de los lugares donde interviene la ética es su inclusión en programas de estudio, talleres laborales, códigos deontológicos, discursos políticos, entre otros. Al respecto, es viable apelar a un análisis más allá de lo acostumbrado en el ámbito teórico-filosófico, como posibilidad para lograr resultados distintos. Es decir, más que negar la importancia de la ética filosófica y la aplicada, se abre la alternativa de extender los estudios indagando en teorías o disciplinas menos acostumbradas en el terreno ético, como es, en este caso, el psicoanálisis freudiano;2 a partir de sus concepciones y propuestas, servirá para analizar las relaciones de las personas e incidir de manera favorable en ellas.

Concepciones sobre ética

Para vincular la ética y el psicoanálisis, es necesario esclarecer lo que se entiende por ambas disciplinas. Al acercarse al terreno ético, desde un primer momento encontramos un aspecto relevante: la multiplicidad de formas en las que puede entenderse. Entre ellas, el análisis filosófico referente a las costumbres o moral de los pueblos, “investigación sobre lo valioso o lo que realmente importa […] la investigación acerca del significado de la vida, o de aquello que hace que la vida merezca vivirse, o de la manera correcta de vivir” (Wittgenstein, 1989: 34).

La multiplicidad del término presenta conflictos a la vez que posibilidades para relacionarlo con otras áreas; por ello es menester establecer que el presente trabajo no versa sobre la mejor concepción de la ética,3 sino que pretende enlazarla con saberes distintos y bosquejar una postura diferente. Es así que es viable utilizar como definición general el concepto de ética de Abaggnano, para una aproximación con la capacidad de conectarse con el psicoanálisis, más allá de una mera aplicación para la terapia, sino también como una potencial teoría, alejándose del sentido simplista o peyorativo del término aplicación.4 Abbagnano (2008: 425) entiende por ética “[la] ciencia del fin al que debe dirigirse la conducta de los hombres y los medios para lograr tal fin y deducir, tanto el fin como los medios, de la naturaleza humana”.

Lo anterior quiere decir que no solo se puede (ni se pretende) utilizar la ética y el psicoanálisis para dictar reglas de clínicas, o para dirigir la conducta del especialista, sino que va más allá. Su conjunción nos permite reflexionar acerca del fin, los medios y la naturaleza humana en la conducta consecuente; ya que se encuentra una visión acerca de los mismos en la disciplina freudiana, permitiendo una postura ética (o aproximación a la misma) para hacer frente a los problemas actuales.

Malentendidos sobre el psicoanálisis

Para adentrarnos en terreno psicoanalítico y enlazarlo con la ética, es menester considerar la percepción, en algunos casos desfavorable, de la propuesta freudiana.5 Este es un terreno confuso con diversas interpretaciones, que incluso pueden dificultar su acercamiento con la ética, ya que “es fácil sentirse desalentado ante la abundancia de las críticas basadas en comprensiones incompletas” (Hall, 2009: 10). En relación con lo anterior se encuentran diversas acusaciones, malinterpretaciones o tergiversaciones que suelen permear el campo psicoanalítico, muchas de las cuales no son nuevas.

Entre las imputaciones más llamativas, en primer lugar, está que es un tratamiento para locos, la cual no solo es incorrecta, sino también simplista. En respuesta, el mismo Freud (2007e: 231) sostuvo que:

Psicoanálisis es el nombre: 1) de un procedimiento que sirve para indagar procesos anímicos difícilmente accesibles por otras vías; 2) de un método de tratamiento de perturbaciones neuróticas, fundado en esa indagación, y 3) de una serie de intelecciones psicológicas ganadas por ese camino, que poco a poco se han ido coligando en una nueva disciplina científica.

Por esas razones, no debe considerarse solo como terapia;6 de él se desprende un método para abordar distintos temas, como los pedagógicos, sociológicos, filosóficos, artísticos, entre otros, y una teoría. Esta última es el terreno donde es más factible relacionarlo con la ética aplicada, pero también con la ética general, por su particular concepción sobre el ser humano y su propuesta para el actuar.

En segundo lugar, se encuentran las posturas reduccionistas acerca de que en el psicoanálisis todo es sexo; si bien, este es fundamental en la teoría freudiana, no es lo único que se trata. Este es el aspecto que suele recordarse más, a pesar de tener escritos que tratan temas como lo religioso, lo social, lo educativo, lo literario o lo artístico. En palabras de Freud (2007b: 121):

[la] insistencia en la importancia de la vida sexual, construyó desde siempre el motivo más fuerte de resistencia al psicoanálisis […] se ha llegado a hablar de “pansexualismo” de psicoanálisis y a hacerle el disparatado reproche de que lo explica todo a partir de la “sexualidad”.

Es cierto que existe una constante mención de lo sexual por parte de Freud, pues la censura de su tiempo le indicaba al autor que allí había algo que atender; sin embargo, lo relaciona con la energía, la satisfacción7y la falta, no solo con el coito.

Para finalizar algunos conocidos reproches hacia la teoría freudiana, en tercer lugar, se encuentra el libertinaje sexual. Sin embargo, la propuesta psicoanalítica no busca ni propone la promiscuidad como vía para abordar el malestar; incluso parece volcarse hacia lo opuesto. Se vincula con la necesidad de aprender a tratar la naturaleza inacabada de la especie humana y lo insaciable de la pulsión,8 para obtener una especie de dominio de sí mismo, acercándose así al terreno de lo ético.

De lo anterior, se aprecia una multiplicidad de concepciones acerca del psicoanálisis;9 en presente el caso se concibe como una disciplina científica, que no se dirige hacia una aplicación aislada, sino que, como teoría, puede influir en diversas esferas.

Bosquejo sobre la naturaleza y la finalidad de la vida humana en Freud

Una vez aclarados algunos aspectos que podrían impedir la concepción del psicoanálisis en terrenos de la ética, corresponde ahora adentrarse en el aspecto teórico. A partir de ahí se busca vislumbrar el fin y los medios de la conducta humana, en función de la perspectiva freudiana; entrando así en elementos éticos. Para ello es menester remontarnos a los primeros estudios del autor sobre la histeria,10 donde encuentra que las personas enfermaban al experimentar vivencias cargadas de afecto, en ocasiones inconciliables, cuando estas no podían descargarse y tenían que reprimirse:

los síntomas histéricos debían su génesis a que a un proceso anímico cargado con intenso afecto se le impidió de alguna manera nivelarse por el camino normal que lleva hasta la conciencia y la motilidad (se le impidió abreaccionar), tras lo cual el afecto por así decir “estrangulado” cayó en una vía falsa y encontró desagote dentro de la inervación corporal (Freud, 2007e: 232).

Para explicar por qué las vivencias cargadas de afecto causaban tales reacciones, Freud vinculó a lo humano como parte de un esquema natural, por lo cual podía abordarse bajo esos términos; “La nueva física, empero, posibilitó una visión aún más radical del hombre: pudo concebir que el hombre es un sistema de energía y que obedece a las mismas leyes físicas” (Hall, 2009: 15). El padre del psicoanálisis determinó que el actuar de las personas se relacionaba íntimamente con el manejo de sus afectos y la energía interna en ellos —llamada de diversas formas por el autor,11 como fuerza, pulsión, energía neuronal, psíquica, entre otras—. Esto no quiere decir que lo expuesto sean propuestas distintas del autor (la terminología no se utiliza de manera unívoca para distinguir el estado de la energía, si es libre o ligada, sino que también depende del modelo explicativo: económico o pulsional); por el contrario, existe un vínculo profundo entre ellas pues todas son energía que deviene en una acción, quizá con falta de claridad, por ser algo nuevo. “Muchas veces hemos oído sostener el reclamo de que una ciencia debe construirse sobre conceptos básicos claros y definidos con precisión. En realidad, ninguna ni la más exacta, empieza con tales definiciones” (Freud, 2007d: 113).

En el ser humano tal energía es una fuerza constante y obedece al principio de la conservación: no se crea ni se destruye, solo se transforma; así, todo acto es resultado de esa dinámica especial. El hecho de que estas cuestiones afecten al hombre no es algo nuevo; ya había sido abordado desde ámbitos como el religioso, pero en el pensamiento de Freud abrió paso, en épocas modernas y en estudios multidisciplinarios, a comprender el pensar y la vida anímica como actividad de la energía.

Para comprender lo anterior, debemos reconocer dentro del pensamiento psicoanalítico “el papel que cumplen las grandes necesidades fisiológicas y pulsiones del organismo en cuanto a provocar aumentos de excitación que exigen la descarga y destaca la importancia de la pulsión sexual como la más fuerte” (Breuer y Freud, 2007: 15). Esta última es de gran relevancia, puesto que, entre las necesidades de los individuos, es la que avasalla con mayor arrebato, volviéndose en muchos casos el arquetipo de satisfacción.

Se observa que en el psicoanálisis todo es energía,12 la cual se percibe más fácilmente en lo sexual, sin ser lo única existente. La motilidad de los seres humanos se dirige hacia una descarga, así el hombre “registra estímulos de los que puede sustraerse mediante una acción muscular, y a estos los imputa a un mundo exterior” (Freud, 2007d: 115). Esas fuerzas influyen en la vida anímica para actuar y su demanda se puede transformar, pero no borrar. Entonces buena parte del actuar cae en un primer momento en el ámbito de lo orgánico y sus exigencias, en el cual se debería mantener un nivel bajo de tensión para no alterar el sistema o provocar malestar:

El sistema nervioso se afana por mantener constante dentro de sus constelaciones funcionales algo que se podría denominar la “suma de excitación”, y rechaza esta condición de la salud en la medida en que tramita por vía asociativa todo sensible aumento de excitación o lo descarga mediante una reacción motriz (Freud, 2007a: 190).

Para esta explicación freudiana del hombre, la energía tiene su origen en el propio cuerpo; en las zonas erógenas, vinculadas con la capacidad de recibir estímulos.13 Congruente con un sistema científico empírico, teóricamente debería poder observarse y medirse, lo cual Freud (2007a: 341) intentó en su Proyecto de psicología: “El sistema de neuronas recibe estímulos desde el elemento corporal mismo, estímulos endógenos que de igual modo deben de ser descargados. Estos provienen de las células del cuerpo y dan por resultado las grandes necesidades: hambre, respiración, sexualidad”.

El comportamiento del ser humano se da así por la acumulación de energía, o suma de excitación. Esta demanda una reacción motriz o conducta específica en las personas por medio del displacer o malestar; de no exteriorizarse, no desaparece sin más: “solo cesan bajo precisas condiciones que tienen que realizarse en el mundo exterior; por ejemplo, la necesidad de alimento” (Freud, 2007a: 341).

Lo primero que se debe resaltar es que la energía en el hombre no se da únicamente en lo sexual; es parte de los imperativos de una especie, pero no lo único. En segundo lugar, la energía se vincula con acciones determinadas para reducir tensión; y tercero, es posible y hasta común que dichas exigencias no se satisfagan, ocasionando así una molestia,

Todas son impresiones a las que se les denegó la descarga adecuada, sea porque los enfermos, por miedo a unas penosas luchas anímicas, no quisieron saber nada de tramitarlas, sea porque lo prohibían la pudibundez y unas circunstancias sociales (como el caso de las impresiones sexuales), o, por último, porque estas impresiones se recibieron en estados en que el sistema nervioso se encontraba incapacitado para la tramitación (Freud, 2007a: 190).

Las diversas causas por las que se inhibe la energía en la vida humana van desde la simple imposibilidad física, hasta la social, la voluntaria y la inconsciente. Si la persona no es capaz de satisfacer el estímulo, cae en un estado de tensión. En casos graves, cuando la perturbación de la vida anímica crece en magnitud y frecuencia, aparecen los síntomas psicológicos, que son acciones que la liberan de manera momentánea, con la ganancia de reducir el malestar “El motivo para enfermar es en todos los casos el propósito de obtener una ganancia” (Freud, 2007c: 39).

Si la energía se reprime, puede volcarse en alguna enfermedad mental, ya no solo encasillable al ámbito clínico individual; se encuentran aquí conductas o rasgos patológicos de orden más social como el abuso, la violencia, el acoso, etcétera.14 Para evitarlas, el individuo requiere una especie de equilibrio en una dinámica constante de tensión-liberación, que aleja o disminuye el desasosiego, alejándose así de la simple represión.

El sistema de neuronas está forzado a resignar la originaria tendencia a la inercia, es decir, al nivel cero. Tiene que admitir un acopio de (cantidad interna intercelular) para solventar las demandas de la acción específica. No obstante, en el modo en que lo hace se muestra la perduración de la misma tendencia, modificada en el afán de mantener al menos la (cantidad interna intercelular) lo más baja posible (Freud, 2007a: 341).

La energía en el ser humano debe conservar un balance, pero más que pensar en un equilibrio absoluto, es preciso pensar en una tendencia, la dinámica intrínseca de la vida, el ciclo de tensión-satisfacción que la acompaña perennemente; el autor lo ejemplifica con un símil del castigo del titán Prometeo, al cual, por más que le devoren el hígado, se le regenera.

Es propio de las personas tratar de mantener un nivel de tensión al mínimo, ya que no se suprime de manera absoluta. Freud lo llama principio de inercia,15donde la energía debe mantenerse en los niveles de excitación más bajos para el buen funcionamiento del sujeto. La finalidad de la vida humana es alcanzar ese estado de inercia;16 un hombre diverso busca así alejarse del malestar en el que “el sistema de neuronas tiene la más decidida inclinación a huir del dolor” (Freud, 2007a: 351).

El dolor, el síntoma, entre otros, son producto de un ahorcamiento de energía que no pudo salir en una acción exterior para volver a un nivel de menor, poca o nula tensión. Con la descarga que produciría placer se llegaría a un lugar más adecuado, propio del sujeto y su psique: “Siendo consabida para nosotros una tendencia de la vida psíquica, la de evitar displacer, estamos tentados a identificar con la tendencia primaria a la inercia. Entonces placer se coordinaría con[…] un acrecentamiento cuantitativo de presión[…] Placer sería la sensación de descarga” (Freud, 2007a: 356).

De lo anterior, se sostiene que la búsqueda del placer en la teoría freudiana no se hace solo por la aparente sensación agradable, sino por aliviar la tensión, mostrando ese ciclo constante y necesario de falta-satisfacción o displacer-placer. Esto ya fue abordado por filósofos como Platón (2010), no como finalidad humana, sino en función de la dualidad o relación entre el placer y el dolor.

Al no poder demostrar esta teoría de forma empírica en un marco neuronal, pero observar resultados con pacientes bajo esa dinámica de liberación, Freud (2007a) cambia algunos aspectos de la propuesta, pero no la idea en sí. En lugar de hablar de energía neuronal, se refiere a energía psíquica; en vez de principio de inercia, utiliza el término principio de placer; en lugar de energía anímica, llama pulsión al elemento que empuja, demanda o dirige a cierta motilidad. Así arma una teoría que se aleja de lo empírico-fisiológico y se acerca más al ámbito de la psicología; Freud (2007a) sostiene: “No pido más que se me permita pasar al terreno de la psicología, ineludible cuando uno se ocupa de histeria”.

Mientras desarrolla su teoría, Freud (2007b) señala que la energía no se encuentra del todo libre. Esta proveniente de la instancia psicológica denominada ello, vinculándose a objetos y metas —no siempre personas o coito, respectivamente— que, junto con el aspecto fisiológico, posibilitarán acumular o bajar tensión. Sin embargo, no es simple, no solo por el hecho de no poder alcanzar la liberación a nivel físico, sino que al involucrar lo psicológico, el panorama se complica, porque algún elemento que la facilitaría puede no ser aceptado por una parte el sujeto o de su sociedad.17 Cuando una exigencia es muy fuerte y no puede satisfacerse se aloja en lo profundo del ser, se excluye junto con su carga energética, se convierte en un recuerdo reprimido. Eso no quiere decir que sea cancelado por siempre, “su esencia consiste en rechazar algo de la conciencia y mantenerlo lejos de ella” (Freud, 2007d: 142). Es una defensa del individuo que, al no poder liberar el evento, lo deja tan fuera que no se acuerda de eso que se le negó y le causó un mal; así obtiene la ganancia de evitar el dolor y de continuar con su vida.

El sujeto cae en un estado de malestar psicológico al reprimir la energía,18 lo cual deriva de más de una causa: “porque las circunstancias sociales la imposibilitaron, o porque se trataba de cosas que el enfermo quería olvidar y por eso adrede las reprimió (desalojó) de su pensar consciente” (Breuer y Freud, 2007: 36).

A partir de la mencionada dinámica, Freud (Breuer y Freud, 2007) descubre lo inconsciente como parte normal de la vida, ahí van a parar algunos de esos eventos incompatibles, dolorosos, cargados de afecto, sin satisfacer. El inconsciente es ese lugar recóndito donde se arroja la energía y/o el representante que supondría su descarga; parte de la psique humana, por lo cual, lo depositado allí no desaparece, solo se desplaza fuera de la conciencia: “La represión no impide a la agencia representante de pulsión seguir existiendo en lo inconsciente, continuar organizándose, formar retoños y anudar conexiones. En realidad, la represión […] solo perturba el vínculo con lo consciente” (Freud, 2007d: 144).

La energía queda vinculada en una formación consciente e inconsciente, así, a pesar que al individuo le es propio liberar la tensión, también le genera un malestar hacerlo en determinadas circunstancias, entonces: “La satisfacción de la pulsión sometida a represión sería sin duda posible y siempre placentera en sí misma, pero sería inconciliable con otras exigencias y designios. Por lo tanto, produciría placer en un lugar y displacer en otro” (Freud, 2007d: 142).

La energía estrangulada se topa con, por lo menos, dos obstáculos para salir; por una parte, las exigencias del mundo; por otra, las exigencias de uno mismo.19 Ambas pueden caer en la represión de la que se vale el sistema para evitar una tensión mayor; así, dicha energía se encapsula en lo inconsciente, empujando para salir y desgastando al sujeto que intenta conservarla ahí sin que lo perturbe por completo:

La represión exige un gasto de fuerza constante; si cesara, peligraría su estado haciéndose necesario un nuevo acto represivo […] Lo reprimido ejerce una presión continua en dirección a lo consciente, a raíz del cual el equilibrio tiene que mantenerse por medio de una contrapresión incesante. El mantenimiento de una represión presupone, por lo tanto, un dispendio continuo de fuerza, y en términos económicos su cancelación implicaría un ahorro (Freud, 2007d: 146).

La energía y su representante quedaron fuera de la conciencia, canceladas para no seguir en esa tensión-malestar. Lo desagradable es desalojado (no del todo de forma voluntaria) al inconsciente; mantenerlo allí implica un desgaste, un esfuerzo del aparato anímico, por lo cual tampoco sería propio del estado de inercia.

El psicoanálisis pretende liberar esa energía acumulada, pero no es simple. En los casos donde se reprime algo penoso o doloroso, se requiere hacer consciente lo inconsciente, eso conlleva reconocer el monto de afecto o en una escena y sacarlo de allí. Por eso informar no sirve, puesto que el hecho fijado y la energía estrangulada son cosas diferentes. Volverlo consciente no significa informar lo doloroso que sucedió, sino abreaccionar o descargar la energía que el sujeto ligó a ese evento y que no pudo salir, para encauzarla hacia un flujo libre. Eso es conocerse a sí mismo, no quedarse en lo superfluo de un evento, sino ver qué monto de afecto se ligó a él; es por ello que un mismo suceso no es traumático para todos, eso depende del sujeto, su temperamento pulsional y del manejo de su psique.

Al colocar de relieve lo inconsciente, se resalta otro elemento importante en su naturaleza para la teoría freudiana, ya que en ese terreno desconocido pueden existir elementos contradictorios e inconcebibles con lo cual “Freud sostiene que los opuestos coinciden en lo inconsciente” (Etcheverry, 2007: 19). Es posible pensar en el sujeto como un ser racional y no racional,20 que puede amar y no amar, ser consciente e inconsciente, destruir y conservar al mismo tiempo. Para el psicoanálisis esta es una verdad evidente; en otras palabras, la inclusión de contrarios es inevitable, gracias a una dinámica consciente-inconsciente, “en tal coexistencia de los opuestos reside el carácter de lo que llamamos ‘ambivalencia de sentimientos’” (Freud, 2007c: 249). Esto es propio del ser humano, no un mero agregado, por lo tanto, tiene un papel central al momento de orientar su ser y su actuar:21 “La ambivalencia de sentimientos en el sentido genuino, vale decir, la coincidencia de amor y odio en el mismo objeto… se puede aceptar el supuesto de que es un fenómeno fundamental de nuestra vida de sentimientos” (Freud, 2007c: 158).

Ejemplo de lo anterior son los orígenes de la sociedad para Freud; es decir, la horda primordial que asesinó al padre y siente culpa cuando cae en cuenta de lo realizado. Se puede sostener que en ese yo y su oposición con el ello se origina lo moral; por lo tanto, si el hombre es un ser de contradicción, también lo es la moral y todo su actuar

Es probable que también la conciencia moral nazca sobre el suelo de una ambivalencia de sentimientos proveniente de unas relaciones humanas bien definidas a las que se adhiere esa ambivalencia y nazca bajo las condiciones que […] a saber, que un miembro de la oposición sea inconsciente y se mantenga reprimido por obra de otro, que gobierna compulsivamente (Freud, 2007c: 73).

Para Freud la conciencia y la conciencia moral se encuentran ligadas “conciencia moral es la percepción interior de que desestimamos determinadas mociones de deseo existentes en nosotros… esa desestimación no necesita invocar ninguna otra cosa, pues está cierta de sí misma” (Freud, 2007c: 73).22 Conciencia es estar al tanto de los acontecimientos; conciencia moral es la que frena el deseo sin recurrir a otro; a saber, en esta última se introyectan los límites y se forma otra instancia psíquica denominada superyó. A través de ella también fluye la energía, a veces provoca que las mociones internas del hombre se contradigan, mociones de deseo que se debaten en la conciencia e inconciencia, ello y superyó. Estos deseos y su funcionamiento denotan una de las características primordiales, a saber, que en el “consciente-inconsciente, se expresa en nivel más alto, la dialéctica de lo humano” (Etcheverry, 2007: 22).

La cuestión energética y su búsqueda de inercia corresponden a sentimientos opuestos. Para Freud el ser humano no es simple, bueno o malo por naturaleza, sino ambivalente en relación con una dinámica de fuerzas conscientes e inconscientes. Si bien, parte de un estado primitivo, o del ello, este no lo define, sino la interacción entre todas las instancias psíquicas. Al considerar esto, es posible explicar cómo la humanidad es capaz de cosas tan elevadas, así como de las peores atrocidades.

Todo lo anterior explica por qué el conocimiento de sí es complejo en la teoría freudiana; implica reconocer en nosotros mismos la ambigüedad y el manejo de la energía. Esta se vincula con el exterior, trascendiendo al sujeto; si bien, no se queda en el plano de lo físico tampoco se resume en lo abstracto; entra en ese esquema de tensión (displacer-malestar) y liberación o abreacción (satisfacción-placer). Basta conocerlo para explicar varias características del ser del hombre.

Se puede establecer entonces que el hombre es un ser de energía ambivalente; la cual no se crea ni se destruye, sino que busca fluir ligándose a objetos y metas (acciones). Su finalidad es evitar el displacer para alcanzar la inercia, el equilibrio o plenitud. En otras palabras, busca una regresión a un estado previo donde no había tensión; una dinámica constante y sin fin, que es preciso conocer y que, a falta de una satisfacción perenne, se puede encaminar u orientar para lidiar con ella, en lugar de solo buscar desaparecerla, puesto que no es factible.

Una propuesta ética en Freud: los medios en el psicoanálisis

Después de bosquejar el fin y los medios de la conducta humana dentro del psicoanálisis, de acuerdo con la concepción ética de Abaggnano, restaría ahora indagar acerca de la propuesta para lidiar con esa naturaleza energética ambivalente.

Al analizar la ética y su influencia en las problemáticas actuales, se observa un panorama en el que es fácil caer en una desilusión acerca de los preceptos morales. Sin embargo, para Freud dicha desilusión sería injustificada, pues dentro del acontecer humano nunca ha habido y “no hay desarraigo alguno de la maldad” (Freud, 2007d: 282). Para el autor no se ha establecido una marcada superación de los conflictos sociales o el abandono de los aspectos negativos en el trato entre personas.23 A saber, aquello que se ha realizado durante largo tiempo se vincula más a querer ignorar, reprimir o negar el contenido pulsional, principalmente en la cuestión fisiológica del individuo.

Lo anterior expresa que, en la mayoría de ocasiones, ese gran avance en terrenos de civilización, más que una realidad es una falsa percepción cotidiana. Esto es producto del desalojo de contenido pulsional, en muchos casos ligado a tendencias destructivas, egoístas o primitivas. Se quiere creer que estas se han superado, y al descubrir que no es así, surge la desilusión.

Esos elementos desagradables han acompañado a las sociedades a lo largo de su existencia. Por más que se trató de ocultarlos o de imponer modos de ser opuestos a dicha naturaleza,24 salen a la luz de forma constante; como ejemplo están las guerras, la inquisición, las revoluciones, etcétera. Tales acciones no solo son propias de épocas conflictivas; en el terreno de la terapia, Freud (2011) las observaba constantemente, ya que la búsqueda de satisfacción utilizando al otro como objeto es un común denominador a través de la historia.

Para hacer algo al respecto, lo primero que sugiere la propuesta psicoanalítica es el conocimiento de sí mismo; es decir, conocer la propia naturaleza pulsional (violenta-racional) ambivalente, para hacer consciente lo inconsciente y cambiar el comportamiento. Para eso, es necesario reconocer la situación inacabada del ser humano, que por más que tenga placer, nunca estará completo —dicha satisfacción temporal puede volcarse hacia terrenos más allá del placer fisiológico—. Ello puede lograrse no solo con terapia, sino también con educación: “El hombre integra las más diversas disposiciones instintivas, cuya orientación definitiva es determinada por las tempranas experiencias infantiles. De este modo, los límites de la educabilidad del hombre supondrán también los de la eficacia de tal transformación cultural” (Freud, 2011: 2963).

Diversos autores han vinculado su propuesta ética con la educación, (como Platón en La República o Aristóteles en su Política); no obstante, la educación freudiana implicaría conocer, aceptar y dirigir la naturaleza humana, inconsciente, energética, ambivalente y pulsional. Resalta que en muchas ocasiones se ha hecho lo opuesto; se califican los deseos y pulsiones como malos, impuros, anormales o inexistentes, pretendiendo ignorarlos. Así terminan en un camino de censura o ahorcamiento de la energía, no de flujo; aumentando así la destemplanza, tanto del individuo como de la cultura. De esta forma se muestra la naturaleza ambivalente del hombre; a pesar de que “el hombre es por naturaleza un ser social” (Aristóteles, 2000: 35), dichas relaciones le provocan un malestar dentro de las sociedades:

Se da el hecho singular de que los hombres, no obstante, serles imposible existir en el aislamiento, sienten como un peso intolerable los sacrificios que la civilización les impone para hacer posible la vida en común. Así, pues la cultura ha de ser defendida contra el individuo y a esta defensa responden todos los mandamientos, organizaciones e instituciones (Freud, 2011: 2962).

Para sortear lo anterior se retoma la cuestión energética en Freud; se debe conocer su finalidad antes de colocarle etiquetas, con lo que se abre el abanico de opciones para darle salida y mejorar la vida de las personas. Por lo común, se muestra una visión errada del tema, ya que para el padre del psicoanálisis: “Estas mociones pulsionales no son ni buenas ni malas. Las calificamos así, a ellas y a nuestras exteriorizaciones de acuerdo con la relación que mantengan con las necesidades y las exigencias de la comunidad humana” (Freud, 2007d: 283).

La pulsión que empuja a un inasequible estado de plenitud lleva al individuo a proyectarse, a buscar, a no quedarse estático. Por otro lado, depende de las sociedades, la cultura, la educación y el mismo individuo otorgarle connotaciones provechosas o buenas y descargarla o dominarla. En este sentido, “el hombre rara vez es íntegramente bueno o malo; casi siembre es bueno en esta relación, malo en aquella otra, o bueno bajo ciertas condiciones exteriores, y bajo otras, decididamente malo” (Freud, 2007d: 283).

Para el psicoanálisis, la formación humana debe reconocer el contenido pulsional consciente —y no solo informado— de que la plenitud es inalcanzable; por eso, utilizar al otro para ese fin carecería de sentido. Si bien, es imposible que las pulsiones desaparezcan, se propone vincularlas con aspectos más realistas y deseables, para alcanzar un estado de equilibrio o lo más próximo a uno. La propuesta freudiana, entonces, se dirige hacia una formación ética para el dominio de sí y no a la simple satisfacción inmediata; es decir, encaminar ese ciclo de placer-displacer.

Hay que recordar que la sociedad se forma a través de la renuncia a las pulsiones (Freud, 2011) —desde la horda primordial con la muerte del padre y la organización de los responsables, hasta la actualidad—, eso no implica que se abandonen sin más. Al respecto, Freud (2007c) señala el desarrollo del superyó, que no se limitan a la terapia, donde los seres humanos son capaces de dirigir lo energético por caminos que lo alejen de su autodestrucción, como sucedió con la organización de la horda primordial para no exterminarse entre sí. Dicha organización se guió por la coerción del padre internalizada y el sentimiento de culpa; así comenzó uno de los avances en la civilización.

Es inexacto que el alma humana no haya realizado progreso alguno desde los tiempos más primitivos y que, en contraposición a los progresos de la ciencia y la técnica, sea hoy la misma que al principio de la historia. Podemos indicar aquí uno de tales progresos anímicos. Una de tales características de nuestra evolución consiste en la transformación paulatina de la coerción externa en coerción interna por la acción de una especial instancia psíquica del hombre, el super-yo, que va acogiendo la coerción externa entre sus mandamientos (Freud, 2011: 2965).

A pesar de la evidente ambivalencia humana —mostrada ahora entre el ello y superyó—, en lo social prefiere recurrirse a la censura, represión o fuerza, en vez de abordar los fenómenos sociales en función de la naturaleza energética de las personas. En cambio, la propuesta psicoanalítica buscaría otra alternativa: “el hecho de que solo mediante cierta coerción puedan ser mantenidas las instituciones culturales es imputable a dos circunstancias ampliamente difundidas entre los hombres: la falta de amor al trabajo y la falta de argumentos contra las pasiones” (Freud, 2011: 2963).

Una educación con base en los principios psicoanalíticos propondría, además, encontrar actividades que disminuyan el malestar provocado por la renuncia al placer. Al reconocer que la sensación de falta nunca desaparecerá por completo, es posible buscar otras opciones para liberar la energía o dominarla de algún modo; además no tendría caso buscar actividades reprochables, puesto que se sabría que tampoco con ellas se alcanzará la satisfacción.

El autor propone trabajar en relación al superyó, no solo mediante el conocimiento de sí, sino haciendo uso de elementos como la sublimación,25 el amor al trabajo, las ligazones afectivas y la identificación, entre otros. No se limita a una educación en el aula, en casa o a una terapia, sino que se vincula a políticas públicas o ajustes sociales que permitan desarrollar actividades para que el sujeto libere tal carga

En todo niño podemos observar el proceso de esta transformación, que es la que hace de él un ser moral y social. Este robustecimiento de super-yo es uno de los factores culturales psicológicos más valiosos. Aquellos individuos en los cuales ha tenido efecto cesan de ser adversarios de la civilización y se convierten en sus más firmes substratos (Freud, 2011: 2965).

Con la teoría freudiana se pretende generar y mostrar nuevos caminos con relación a las exigencias del superyó, el yo y el ello. En esa suerte de compromiso, se establecería una clase más avanzada de placer, que apunta a un ideal, renuncia y orgullo en actividades como ayudar al otro, ser solidario, desprendido, etcétera. Dichos aspectos pueden inculcarse en los sujetos, provocando un flujo diferente, un camino más allá del placer inmediato del ello; así se vislumbra un elemento ontológico dentro del psicoanálisis, al sembrar un ideal del yo.

Estas mociones pulsionales están condicionadas entre sí, subsisten unas junto a las otras sin influirse y no se contradicen entre ellas. Cuando son activadas al mismo tiempo dos mociones de deseo cuyas metas no podrían menos que parecernos inconciliables, ellas no se quitan nada ni se cancelan recíprocamente, sino que confluyen en la formación de una meta intermedia, de un compromiso (Freud, 2007d: 183).

Este juego particular de pulsiones implica una dinámica específica entre las fuerzas y las instancias psíquicas que las contienen. Eso resulta en la posibilidad de una contradicción en el sujeto, puesto que no se habla de una dialéctica en la que una de las instancias resulte avasallante o vencedora,

Una disputa entre dos tendencias: una inconsciente, en todo caso reprimida, que aspira una satisfacción —cumplimiento de deseo—, y una que reprime y repele, y con probabilidad pertenece al yo consciente; como resultado de este conflicto tenemos una formación de compromiso —el sueño, síntoma— en la que las dos tendencias han hallado una expresión incompleta (Freud, 2007e: 238).

Ninguna de esas fuerzas e instancias se impone de manera intacta, sino de forma incompleta, modificada y alterada. Confluyen en una especie de negociación no del todo consciente; con la que la teoría propone trabajar. No intenta desaparecer o imponer una moción por otra, sino enseñar al sujeto a atender dichas demandas.

La energía también se puede liberar por medio de la sublimación; a saber, un camino en función de actividades mejor vistas por la sociedad, como las deportivas o artísticas, “el arte ofrece satisfacciones sustitutivas compensadoras de las primeras y más antiguas renuncias impuestas por la civilización al individuo” (Freud, 2011: 2967).

Con actividades como las artes o los deportes, en su gran variedad, se podría reducir la pulsión que busca destruir o utilizar al otro; el problema es que estas no reciben apoyo y no se establecen educativamente, sino como pasatiempo. Realizarlas de modo psicoanalítico implica un cambio de concepción, así como de políticas públicas que aseguren su existencia y desarrollo. Sin embargo, antes de armar una propuesta concreta para la actualidad, es necesario conocer y recuperar lo que establece la teoría en cuestión.

De lo anterior se desprende una crítica a la sociedad actual, donde sucede lo contrario a la propuesta freudiana: se menosprecia lo artístico, mientras lo deportivo se minimiza al dinero; en lugar de realizarlos por orgullo, gusto o fines sociales, se les relaciona más con el placer efímero, fomentado en publicidad, propaganda, espectáculo, etcétera. Si a eso le incorporamos el encierro debido a la pobreza, la inseguridad, sucesos como las cuarentenas, entre otros, la tensión aumenta y, sin elementos para descargar la pulsión, la gente explota de diversas maneras hacia los demás. Esto ocasiona los eventos tan atroces de los cuales nos asombramos injustificadamente, puesto que al no trabajar la dinámica energética, y propiciar su acumulación, son de esperarse esos brotes de brutalidad o conductas tan escandalosas.

Lo anterior muestra una cultura opuesta a la postura psicoanalítica: una sociedad que pretende inhibir la energía en vez de dirigirla para el beneficio de sus miembros, lo cual es reprochable, “una cultura que deja insatisfecho a un núcleo tan considerable de sus partícipes y los incita a la rebelión […] no puede durar mucho tiempo ni tampoco lo merece” (Freud, 2011: 2965-2966). No puede existir un compromiso con instancias tan desiguales, es decir, entre un ello robustecido y un superyó tan minimizado.

Las propuestas para resolver las problemáticas sociales actuales carecen de una salida para los elementos energéticos. Hablar con un lenguaje inclusivo, censurar, castigar o rechazar a algunos por medio de la creación de comités u organismos26 no llevan consigo la disminución de las pulsiones, una diferencia en su flujo, una autopercepción distinta, una manera diferente de ser e interactuar con el mundo o el dominio de sí: “Si hasta ahora no ha habido en ninguna cultura colectividades humanas de esta condición, ello se debe a que ninguna cultura ha acertado aún con instituciones capaces de influir sobre los hombres en tal sentido y precisamente desde su infancia” (Freud, 2011: 2963).

Las propuestas deben considerar el fin, no solo los medios; a saber, se debe abordar el propósito que persiguen las personas al relacionarse con otros, para ir más allá de una mera satisfacción egoísta, sobre todo fisiológica. Al aceptarlo, se buscan alternativas con fines más sociales como apoyar, ayudar o identificarse con los demás, una liberación distinta.

La vinculación de la ética con el psicoanálisis en este escrito no pretende una solución perfecta para los conflictos sociales; más bien ofrece una posibilidad de conocerse a sí mismo dominarse y desenvolverse en sociedad. Plantea un mejor manejo energético en las acciones, la reducción del malestar, recordando que no se alcanzará nunca esa utopía de perfección, sino solo una mejora en el trato interpersonal. “Probablemente cierto tanto por ciento de la humanidad permanecerá siempre asocial […] Pero si se consigue reducir a una minoría la actual mayoría hostil a la cultura se habrá alcanzado mucho, quizá todo lo posible” (Freud, 2011: 2964).

Conclusión

Los problemas sociales son temas evidentes que requieren solución; no obstante, si se quieren resultados diferentes hay que pensar en propuestas distintas. La teoría freudiana posee su propia visión acerca del objetivo de la vida humana desde la compleja descarga energética y reducir la tensión; ahí se encuentran elementos que se vinculan a la ética para ofrecer una solución diferente. Ello no implica dar rienda suelta al placer, sino aprender a dominar o lidiar con la naturaleza inacabada, ambivalente, autoconservadora y destructiva. Propone los medios para orientar a las personas, desde las relaciones afectivas, la identificación, la sublimación, el orgullo y el amor al trabajo, entre otros, con el desarrollo adecuado del superyó.

Para lidiar mejor con la pulsión, es necesario desarrollar el elemento que establece límites, el deber o el ideal, es decir, el superyó. Sin su expansión o mejora, nunca se logrará un compromiso equilibrado entre las instancias psicológicas que exigen satisfacción y que, de no obtenerla, provocan malestar; ya que el ello, regularmente robustecido en la actualidad, termina por avasallar e imponer sus demandas. Para descargar esa energía sin dañar a terceros se debe disminuir el ello o acrecentar el yo y el superyó para lo cual la educación, las artes y la sociedad deben modificar sus mecanismos.

La propuesta freudiana podría parecer fácil, pero implica al menos un triple desafío. En primer lugar, el conocimiento de nosotros mismos, que desde la época socrática se sabe que no es simple, conlleva esfuerzo, reflexión y análisis; debe ser una actividad que todos conozcan y trabajen. Además, esta labor se complica con el psicoanálisis, al introducir lo inconsciente. En segunda instancia, implica una aceptación de lo reprimido, que no es igual a la simple resignación; cuesta trabajo acceder a ello por la defensa hacia lo doloroso, que no se quiere conocer. El ser humano se debe acostumbrar a experimentar el sufrimiento (como ya lo mencionaban los griegos) y no anhelar una vida sin dolor, porque no es factible. Por último, es necesario realizar ajustes personales, políticos y sociales que permitan el desarrollo del superyó, trascender los muros de la terapia, para ir más allá de la satisfacción física inmediata. Esto se encaminaría hacia una descarga energética ligada a elementos como el orgullo, el ideal y modelos a seguir, fuera del placer fisiológico, para sublimarla en relación con el ello y el yo.

Lo anterior quiere decir que las propuestas morales de censura, represión y comités de vigilancia logran poco si no se trabaja con el aspecto pulsional de los seres humanos. Castigar a las personas no lo desaparece, antes bien lo acumula, generando un malestar social y personal del que el individuo tarde o temprano intentará sustraerse. Por eso es menester orientarlo a un terreno donde, si no pueden aprovecharse, las pulsiones hagan el menor daño posible y, a través de un flujo organizado de la energía, mejorar la situación actual a partir del conocimiento, aceptación y aplicación de los principios psicoanalíticos.

En el presente trabajo no se pretende dar una propuesta ética acabada en Freud, así como tampoco se busca ofrecer un esquema total del psicoanálisis o de la ética. Antes bien, se muestra la oportunidad de actuar en función de cómo es la humanidad en realidad, y no basarse en cómo nos gustaría que fuera, para guiar moralmente a las personas, abriendo la posibilidad de propuestas más refinadas y concretas en un futuro.

Referencias

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Wittgenstein, L. (1989). Conferencia sobre ética. Barcelona: Paidós.

Notas

1 “Las guerras no podrán cesar mientras los pueblos vivan en condiciones de existencia tan diversas” (Freud, 2007d: 277-278).
2 Para el presente escrito se considerarán los postulados base del psicoanálisis; es decir, el ortodoxo. Se realiza un análisis documental de las obras de Freud para vincularlas con la ética.
3 Permitiéndose, como lo hace Wittgenstein en su “Conferencia sobre ética”, utilizar una concepción provisional, al menos para comenzar con el vínculo, puesto que encontrar la mejor definición indiscutible resultaría más que complicado en un texto de esta índole.
4 “La ética aplicada no solo requiere construir teorías éticas sino también quiere ofrecer soluciones para problemas normativos relevantes de carácter social y real; por tanto, tiene —en un sentido más directo que el común de la ética general— objetivos prácticos” (Cortina, 2003: 63).
5 En este trabajo se utilizará solo el psicoanálisis ortodoxo escrito por Freud, sin que ello implique la imposibilidad de vincular otras teorías psicoanalíticas con la ética.
6 Aunque fuera el caso, dicha concepción estaría equivocada, puesto que el psicoanálisis no es para locos, sino para pacientes neuróticos (Freud, 2007c), cuyos rasgos tenemos todos (Freud, 2007b). Además, la palabra locura denota una concepción peyorativa de la enfermedad.
7 “El amor sexual nos ha procurado la experiencia más intensa de sensación placentera, avasalladora, dándonos así el arquetipo para nuestra aspiración a la dicha” (Freud, 2007f: 82).
8 “Es preciso trasladar las metas pulsionales […] para ello, la sublimación de las pulsiones presta su auxilio” (Freud, 2007f: 79).
9 Este apartado podría parecer innecesario para los conocedores del tema; no obstante, para los legos o no lectores de este tipo de temas, suelen ser obstáculos reales para un acercamiento serio al autor y para interpretar las propuestas en cuestión.
10 En el psicoanálisis, esta se concibe mediante un largo recorrido en relación a Charcot, Breuer, Fliess y otros, pasando por ideas como los estados hipnoides, la hipnosis, la abreacción y la catarsis.
11 “Freud revisaba, modificaba y expandía continuamente sus teorías” (Hall, 2009: 10). Por ello, el objetivo del presente escrito no es realizar un esquema claro del psicoanálisis, sino bosquejar sus posibles elementos éticos para establecer una propuesta.
12 Para profundizar en el tema véase Salazar (2013).
13 “Un órgano que recibe estímulos (piel, mucosa, órganos de los sentidos) […] debe designarse aquí como zona erógena: órgano cuya excitación confiere a la pulsión carácter sexual” (Freud, 2007b: 153).
14 “Todos los hombres integran tendencias destructoras —antisociales y anticulturales— y que en gran número son lo bastante poderosas para determinar su conducta en la sociedad humana” (Freud, 2011: 2962).
15 Posteriormente principio de placer, con sus debidos ajustes.
16 “Es simplemente, como bien se nota, el programa de principio de placer que fija su fin en la vida” (Freud, 2007f: 76).
17 Para Freud, existe un “irremediable antagonismo entre las exigencias pulsionales y las restricciones impuestas por la cultura” (Freud, 2007f: 60), lo que genera un malestar hasta nuestros días.
18 Cuando Freud se refiere a una energía psíquica estrangulada, se refiere a que quedó fijada, ligada o investida a un evento; al no exteriorizarse, se reprimió para evitar el displacer, pero debido a su fuerza, no desaparecerá con el tiempo “Si se tratase del efecto de un estímulo exterior, es evidente que la huida sería el medio apropiado. En el caso de la pulsión, de nada vale la huida, pues el yo no puede escapar de sí mismo” (Freud, 2007d: 141).
19 Estas suelen derivar de la introyección de demandas culturales como las de la familia, la sociedad y la religión. Esta última perjudica dicho juego de elección y adaptación al imponer su camino a todos por igual (Freud, 2007f).
20 Dentro del marco del psicoanálisis es posible una explicación del hombre que incluya el esquema lógico (P .-P).
21 Lo anterior siempre se presenta en el hombre, sin embargo, no siempre se encuentra en la conciencia; por ejemplo, las mociones destructivas son a menudo reprimidas por el superyó o el yo, las disfraza o reconduce, pero nunca las borra, “esa Hostilidad escondida en lo inconciente tras un tierno amor existe en casi todos los casos de ligazón intensa del sentimiento a determinada persona; es el ejemplo clásico, el arquetipo de la ambivalencia de las mociones de sentimiento de los seres humanos. Los individuos llevan en mayor o menor grado esa ambivalencia en su disposición”(Freud, 2007c: 66).
22 “La conciencia de culpa del tabú en nada aminora cuando la violación aconteció inadvertidamente; tampoco en el mito griego la culpa de Edipo resulta cancelada por haber incurrido en ella sin saberlo ni quererlo” (Freud, 2007c: 73). Porque eso no elimina el deseo ni la fuerza de tales pensamientos, por ello la ignorancia y la falta de intención consciente no siempre exime la culpa.
23 “Infinitos hombres civilizados, que retrocederían temerosos ante el homicidio o el incesto, no se privan de satisfacer su codicia, sus impulsos agresivos o sus caprichos sexuales, ni de perjudicar a sus semejantes […] cuando pueden hacerlo sin castigo” (Freud, 2011: 2965).
24 “Las restricciones propias de la cultura son impuestas desde fuera” (Freud, 2007f: 61).
25 “Es preciso trasladar las metas pulsionales de tal suerte que no puedan ser alcanzadas por la denegación del mundo exterior. Para ello, la sublimación de las pulsiones presta su auxilio” (Freud, 2007f: 79).
26 Si los miembros de tales organismos y comités tampoco saben tratar los elementos pulsionales, solo se propicia un ciclo de represión, acumulación de la pulsión y malestar.

Notas de autor

* Doctorante en Humanidades, licenciado en Filosofía y en Psicología y maestro en Humanidades con énfasis en filosofía contemporánea, actualmente es profesor certificado de asignatura definitivo de la Uaemex, adscrito a la Facultad de Humanidades; además es instructor de Ética en el Departamento de Recursos Humanos y profesor en la Facultad de Ciencias de la Conducta, ambas dependencias pertenecientes a la Uaemex.
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