Artículos de investigación
El papel del doble en La ciudad y el viento: ante la conflictiva concepción de la felicidad femenina
The role of the double in La ciudad y el viento: In the face of the conflicting conception of female happiness
El papel del doble en La ciudad y el viento: ante la conflictiva concepción de la felicidad femenina
Contribuciones desde Coatepec, núm. 43, pp. 45-70, 2025
Universidad Autónoma del Estado de México

Recepción: 02 Septiembre 2024
Aprobación: 06 Enero 2025
Resumen: La ciudad y el viento, de Dolores Castro, es una novela que alberga variados tópicos; entre ellos, “el doble”, el cual se encuentra encarnado en María, quien presumiblemente es el reflejo de Consolación. La idea del doble entre ambos personajes femeninos resulta indispensable para comprender su conexión no sólo como hermanas, sino también como mujeres y más aún como un reflejo que dicta polos opuestos: si bien el doble muestra un lado similar al de su “original”, los puntos conflictivos se llevan a cabo dependiendo del problema central. Consolación y María discuten del valor, destino y verdadera felicidad que debería tener una mujer: por casamiento e hijos de cualquier hombre que presente un interés hacia una mujer, pues este hecho representa una oportunidad de salir del núcleo familiar para insertarse en otro muy similar; la otra opción que se resalta es la libre elección de destino.
Palabras clave: Doppelgänger, Dolores Castro, maternidad, reglas sociales, género.
Abstract: La ciudad y el viento, by Dolores Castro, is a novel that encompasses various themes; among them “the double”. This double is embodied in María, who is presumably the reflection of Consolación. The idea of the double between both female characters is essential to understand their connection not only as sisters, but also as women and even more so as a reflection that dictates opposite poles: although the double shows a similar side to that of its "original", the conflicting points are carried out depending on the central issue. Consolación and María discuss the value, fate and true happiness that a woman should have: through marriage and children of any man who shows interest in a woman. This fact represents an opportunity to leave the family nucleus and move into a very similar one; the other option highlighted is the free choice of destination.
Keywords: Doppelgänger, Dolores Castro, maternity, social rules, gender.
Introducción
La producción literaria de Dolores Castro está conformada por La ciudad y el viento (1962),[1] su única novela; así como un cuento, “El viaje entre dos sueños”[2], y un ensayo en el que estudió las funciones de la lengua. Su “trayectoria literaria fue dedicada principalmente a la poesía y la formación y promoción de futuros escritores” (Ortiz, 2023: 65). Alexis Ortiz recupera el estudio Gender, Nation and the Formation of the Twentieth-century Mexican Literary Canon (2011), de Sarah Bowskill, donde se analiza el canon del siglo XX mexicano y su proceso de construcción a través de la literatura. Ortiz reproduce a partir de Bowskill que la obra de Dolores Castro tuvo críticas severas: la “recepción y las dificultades editoriales y críticas que la novela sufrió se deben a una combinación de factores, entre los que destacan las cuestiones de género y el tratamiento imparcial que concede a sus personajes y ambas partes del conflicto” (Ortiz, 2023: 65).
En La ciudad y el viento se menciona el año 1934 y ciertos lugares de un Zacatecas de la época; estos son los primeros indicios para relacionar el hecho literario con el hecho histórico; por otro lado, se destacan conflictos e ideologías del mismo momento, lo cual resulta una conexión importante. Es fundamental reconocer el hecho histórico, pues el lector no sólo detecta el tiempo o la batalla, sino también el estado de los inmuebles, la posición económica, social y política. Esto se confirma porque el narrador describe a una ciudad derrumbada, en ruinas, casi destruida, primero, desde fuera, como si nos llevara desde las letras caminando por aquellas veredas para dar entrada a la ciudad y tener un enfoque desde adentro, como leemos toda la novela.
Y la recepción negativa incluye una posición neutral o imparcial entre dos formas de concebir la batalla, y Ortiz insiste en ello: “como suele ocurrir a quienes rompen esquemas: lo hacen a gran costo individual y literario” (Ortiz, 2023: 76), pues Dolores Castro ilustra la novela “en su reticencia a narrar la Cristiada con prejuicio y parcialidad” (Ortiz, 2023: 77), un tópico sensible hallado en la historia oficial del país.
La novela mantiene el estilo que la caracterizaba desde su niñez: sensibilidad y contemplación; su forma de expresión. En uno de los estudios más recientes acerca de la obra de Castro, Alexis Ortiz repara en el momento historiográfico como eje temático de La ciudad y el viento: “fue una novela cuyo tratamiento de la historia se puede describir como un ejercicio creativo y artístico, anclado en la memoria histórica como marco epistémico exploratorio del conflicto, adelantándose a su tiempo y tomando a la crítica literaria de la época por sorpresa en el proceso” (Ortiz, 2023: 65). En una entrevista que le realizó Mariana Bernárdez, Dolores Castro habla de ello: “No me dio trabajo publicarla porque en ese momento “Ficción” no era tan importante como lo fue después, y además —y con esto se disminuye la importancia de mi novela—” (Bernárdez, 2015a: 12). En este tenor, esta obra literaria retoma un momento histórico particular.
En México de 1934 comenzó la segunda ola de la Guerra Cristera y en la obra se menciona —casi sin querer— la Revolución Mexicana. Sin entrar en detalles, la primera es una batalla entre dos puntos ideológicos aparentemente contrarios: el gobierno con una postura liberalista[3]y unos dirigentes de la religión católica se niegan a salir del ojo público, así como a retirarse de las actividades económicas y sociales de las que se hacían cargo; la segunda es un antecedente de esta batalla, así como la justificación del actuar de los personajes femeninos.[4]
Diana Cruz, quien escribió acerca de la dicotomía literatura e historia en Cartucho y La ciudad y el viento, de Nellie Campobello yDolores Castro, sucesivamente, afirma que ambas autoras “dieron a conocer lo que los personajes femeninos habían hecho durante la guerra; disiparon la idea de mujeres sumisas, pasivas, asustadas y trajeron una imagen disímil de la que se había considerado” (Cruz, 2023: 88), así, esta novela es producto del “valor documental y artístico palpable” (Cruz, 2023: 88) de Dolores Castro, pues fue testimonio y grabó cada cuadro (Cruz, 2023: 95) de las consecuencias de la Revolución Mexicana y los estragos de la Cristiada en su segunda etapa.
Con el conocimiento del momento histórico, se comprende el ser y el hacer general de las mujeres: son presentadas con distintas situaciones apelando a la importancia de la individualidad; es decir, no existe una generalización, y este estado es consecuencia del antecedente histórico de la Cristiada. Por lo tanto, los personajes femeninos —y los masculinos— de la novela se consideran con posiciones activas, pasivas o neutrales en cuanto al conflicto: piensan, valoran y actúan, pues en la novela de Castro se resaltan las individualidades, ya que éstas incluyen su entorno pasado y presente, sus anhelos o ambiciones, y sus adeptos cívicos y morales.
La ciudad y el viento aborda tópicos que recaen generalmente en los personajes, pues esta categoría narrativa posee mayor relevancia al presentar una serie de discursos. Se enmarca todo lo que se dice con lo que no, con aquello que se deja entrever en la simbología, en las frases que no se terminan, en la caracterización del retrato físico y emocional, así como del lenguaje corporal; por supuesto, se toma en cuenta la información recabada a través del entorno individual y colectivo.
En este tenor, los personajes de esta obra tienen una estructura que dialoga —y problematiza— el hacer con el ser o el pensar, es decir, se leen las acciones y los pensamientos de los actantes. Aunque en el presente estudio no se detalla este conflicto en todos los personajes, es importante mencionarlo para comprender su conformación individual y su trance hacia lo colectivo porque, inevitablemente, los discursos se apegan a una ideología determinada, condicionados a los que retoma La ciudad y el viento.
Así, este estudio se enfoca sólo en dos actantes femeninos, Consolación y María, que se presentan divididas en la novela. Dentro del mundo literario las interpretaciones son finitas; alcanzarán variados análisis que sustenten dicha conexión entre ambos personajes como una cuestión dividida y literal. No obstante, el caso que compete abordar aquí tiene relación con el papel del doble de las hermanas Consolación y María, en el que se interpela su discurso particular y unificado del concepto universal de la felicidad, en condición de su género, de la educación familiar, así como el contexto que dicta la propia novela.
Independientemente de los diversos tópicos de la obra, el “doble” es un tema que tiene un alcance considerable dentro de los estudios literarios y propiamente de los movimientos histórico-literarios: el Romanticismo cuadrado en la segunda mitad del siglo XIX mexicano estuvo plagado, entre otras vertientes, en la valoración de la subjetividad —la exaltación del “yo” relacionado con la melancolía, el amor y el vínculo con la naturaleza—; los sentimientos intensos —de misterio, patriotismo, religiosidad, la noche enaltecida y la realidad en tópicos de la muerte y los sueños— (Domínguez, 2019); y el ideal de libertad que impulsaban la independencia, todo ello vinculado con el artista.
En este sentido, el doppelgänger o doble tiene su antecedente en este movimiento literario (antes de este periodo se encontraban las llamadas “sosias” o “gemelos” que buscaban un efecto cómico), y se centra en el misterio de la naturaleza humana y de la materialización de su “lado oscuro”, en una respuesta evidente a la exaltación del “yo”. La importancia del doble en La ciudad y el viento tiene relación directa con el Romanticismo que funge como explotación del “yo” o del “otro” en necesidad de contemplar el opuesto que, más allá de lo físico, se halla en la realidad del original.
En el caso de Consolación y María, la contraposición es evidente: el quehacer de las mujeres y la manera de concebir el destino y la felicidad femeninos. Dolores Castro tiene influencia de este antecedente, y quizás la principal causa de esto sería su configuración como una de las grandes escritoras del siglo XX, misma época en la que se sumergen acontecimientos históricos mexicanos importantes y nuevas manifestaciones literarias. En un sentido general, el doble es, en palabras de Ana Parra (2016: 134), “una expresión de la crisis del sujeto moderno”.
La construcción de Consolación y María como personajes individuales
Es indispensable mencionar a la familia como primer círculo social limitante: Consolación, María, Jesús y Pablo son los cuatro hijos de Doña Soledad y Don Pascual Lara. Este último es un hombre que heredó temporalmente la fortuna económica de la iglesia;[5] es vigilante de su esposa y controlador de las acciones y pensamientos de sus hijos; es un personaje secundario del cual la narración no profundiza y su aparición se limita a los diálogos: preside las juntas con su familia en los que se resalta la catolicidad, la hipocresía y el “secreto a voces” del personaje que se refleja en la economía que posee.
Se empezará con un papel onomástico de Consolación y María, aunque esta visión está más enfocada en una simbología bíblica —e, incluso, en una dinámica dentro de los estándares ideológicos que maneja la novela, esto es, una ideología católica—. Consolación, por ejemplo, tiene su raíz en palabras como “consolar” —“Aliviar la pena o aflicción de alguien” (Real Academia Española, 2024)—, o “consuelo” —“Descanso y alivio de la pena, molestia o fatiga que aflige y oprime el ánimo” (Real Academia Española, 2024) —. En este sentido, si se intenta interpretar por el apelativo, puede extenderse su significado al “poder” que tiene el personaje al aliviar la pena y otorgar descanso al oprimido: en este caso, Manuel Berumen, quien muestra interés amoroso a Consolación. En consecuencia, más allá de estas intenciones, se entenderían como el orden y el consuelo que necesita el personaje en su existencia. Así, el sentido que se le pudiera otorgar al nombre “consolación” no tiene mayores detalles ni relevancias adicionales.
Por otro lado, María es una figura reconocida por la cultura católica, ya que fue madre de Jesús —el profeta más resaltado de la religión de origen—; además, fue un personaje dependiente de las figuras de “Dios”, de José y del mismo Jesús; por ende, su presencia ha estado arraigada al cuidado, al acogimiento y a la protección de quien la alude o de aquel que camina a su lado, según las interpretaciones de la Biblia. María es la traducción griega que se le adjudicó, pero el nombre en realidad es Myriam en hebreo y cuenta con el significado de “luz del mar”. Sin embargo, en el tenor de la traducción griega y de la obra narrativa de Castro, se opta por María y este apelativo está encarnado en dos personajes en La ciudad y el viento: la hija de Pascual y Soledad; por lo tanto, María fungiría como un espejo en el que Consolación se mira, se consuela y se identifica a través del diálogo en voz alta. Esa sería la primera condición del papel del doble que se juega en estas dos figuras: Consolación, por afirmarse en una posición correcta, conversa “con el otro”, con María.
En un estricto orden cronológico, en escena se dicta a Consolación en diálogo con Soledad; asimismo, se alude a otro personaje femenino: Estela. Ambos enlaces no son gratuitos, pues se descubren situaciones que se adhieren al discurso de Consolación y que tienen soporte en las menciones; además, se figura una comparación del ser mujer en un contexto determinado. Posteriormente, un segundo momento se puede dividir en dos acciones: Consolación lee una carta donde Manuel Berumen le declara su amor, y después conversa con María sobre la carta. La tercera aparición de Consolación es una discusión entre ella y María mientras recorren la ciudad con dirección a su casa. Estas tres escenas ayudan a delimitar la construcción emocional de Consolación y, por ende, de su propio discurso, así como a afirmar la existencia del doble de Consolación.
Así, estas temáticas tienen dos percepciones contrapuestas y se presentan tres momentos determinantes en la construcción del personaje “original”. El primero es la discusión entre las hermanas: Consolación se muestra rebelde ante la presencia de Soledad; por lo mismo, ésta le tiene confianza a su madre, pues, según Consolación, es la única que la soporta. Por consiguiente, ella expone su anhelo: quiere pasear sin temer ni fijarse si está entre “pelados o gente decente […] ¡romper el pesado silencio de esta casa, aunque sea con una sola palabra: hipócritas!” (Castro, 2014: 38), esto es, ser libre tanto como debería tener la oportunidad de serlo.
No obstante, tenemos un importante dato: los demás miembros de su familia son hipócritas, salvo quienes justamente están hablando. Esta nominación también incluye a María y a Pablo, quienes fungirían como el doble de Consolación y de Jesús, respectivamente. En el espacio interno y seguro, que es la casa, no entra el aire ni la luz del sol, pues de manera simbólica es un lugar de encierro y de mentira; por tanto, transgrede la visión de seguridad, intimidad y confianza que representaría un hogar.
Por otro lado, se reconoce a otro actante que está inmerso en la novela: Estela. En términos generales, es un personaje femenino con problemas individuales que resolver; por ello, no se enfoca en el conflicto principal de la narración; su posición es meramente neutral: tratar con solemnidad a los creyentes y a los que no lo son. A pesar de esta posición liberal, Estela posee un problema interno relacionado con las cuestiones de género: “los hombres se quedan solos y son libres, nosotras no […] No podemos ser libres, no podemos estar solas” (Castro, 2014: 30).
Para Estela, la concepción del quehacer de una mujer es opuesta a la que tiene Consolación, ya que ésta desea ser libre y hablar de matrimonio en equiparación con el amor y la felicidad; y Estela no quiere estar sola porque a pesar de que es “libre”[6]—y quizás no por decisión propia— su mayor deseo es la compañía, independientemente de quien ocupe ese estado. Con este acercamiento, se comprende que Consolación es una mujer de 20 años, un tanto rebelde en su pensamiento, pero en sus acciones no logra objetar esa rebeldía, aun así, no deja de cuestionar los valores inculcados por su padre y de equipararlos con la idea de amor que le ofrece Manuel Berumen.
El segundo momento se divide en dos partes: Consolación lee una carta de declaración de amor en la que piensa que es para su hermana María y, en consecuencia, le genera curiosidad, pero al enterarse de que es para ella siente un rechazo inmediato y se exalta por el atrevimiento de Manuel: comienza a enumerar sus aspectos físicos y el miedo que le tiene. María, al ver a Consolación en un estado turbado, se conmueve. La segunda parte es la conversación “confidencial” entre Consolación y María, en donde, al saber de la carta y de su emisor, le brinda total apoyo a Manuel, pues no lo considera un “mal hombre”; esta acepción se mantiene hasta el final porque representa una opción para “vivir con pena y con gloria” (Castro, 2014: 102). Se sobreentiende que esta frase está ligada al matrimonio y a todo lo que implica.
El último momento de la aparición y diálogo de Consolación con María inicia en la casa de Dolores Llamas —otro personaje de la novela— cuando repentinamente aparece Manuel Berumen para informar sobre los acontecimientos recientes. Sin ahondar en este principio contextual, los hechos que refiere en parte son mentira y en parte son verdad; su finalidad es desviar una verdad que lo condena y logra su función. Consolación y María, expectantes de todo aquello, salen con dirección a su casa y mientras caminan por las calles conversan. Este diálogo tiene la construcción en la que se pregunta conociendo de antemano la respuesta, pues el veredicto está preparado para sentenciar lo anterior; se deja entrever un conocimiento de lo que en realidad piensa la otra.
Así, María comienza el cuestionamiento para dictar que Consolación no creyó la historia de Manuel, y Consolación no sólo lo confirma, sino también lo acusa de farsante. En seguida, se conoce otro indicio importante: María quiere decirle algo a Consolación y ahora que están solas, sin nadie vigilándolas, es el momento idóneo, pues se sinceran, lo cual no pueden hacer con la presencia de alguien más, ni siquiera en su casa “donde comienza la mentira” (Castro, 2014: 104).
La configuración del doble: entre Consolación y María
La figura del doble se comprende como la existencia de un personaje que se ve a sí mismo en alguien más o un ente con un rasgo similar a otro: “dentro de la narración el 'otro' se presenta al mismo tiempo como un doble autónomo, o un doble 'fantástico' que produce angustia y desasosiego porque esa figura viene a perturbar el orden normal y natural de las cosas” (Martín, 2006: 48). Es en todo su esplendor el Doppelgänger, cuyo término tiene su origen con Jean-Paul Richter (1763-1825) comprendiéndolo como la imagen desdoblada del yo en un individuo externo en un yo-otro (Martín, 2006: 48).
Antes de este concepto, los tipos de doble encontrados en la literatura de diversas culturas “carecen de la profundidad que acabarán cobrando a partir del Romanticismo […] no presentan problemas de identidad: cada uno sabe quién es y qué es y actúa en consecuencia, sin presentar equívocos ni ambigüedades con respecto a su identidad” (Parra, 2016: 134). En cambio, el Doppelgänger de Jean Paul revela la construcción de la identidad del sujeto y los conflictos que se hallan en ella; es, por ende, la pérdida de una identidad estable: “el doble denuncia que la construcción de la propia identidad es inconsistente porque deja demasiados cabos sueltos” (Parra, 2016: 135). Entonces, Jean Paul dota al Doppelgänger mayor contenido y hondura filosófica (Parra, 2016: 135).
Desde el psicoanálisis el doble adquiere una profundidad todavía mayor. Otto Rank y Sigmund Freud, principalmente, colocan el foco de atención a este motivo literario: Rank, por ejemplo, lo comprende como la “sombra que aparece como imagen del cuerpo, pero de sustancia más ligera” (Rank, 2023: 129) y, por tanto, una consideración del doble más interna o psíquica. Freud, por otro lado, afirma una duplicación o una permutación del “yo” para concebir al doble. En estricto sentido, desde la percepción de Freud, el doble resultaría ser una autocrítica o una “conciencia moral” al igual que si hablamos de posibilidades incumplidas, eufemismo de las llamadas “fantasías”. En este sentido, el doble muestra “las vidas alternativas, las posibilidades que se van dejando atrás frente a las imposiciones sociales y una identidad socialmente aceptable” (Parra, 2016: 135).
La condición de la sociedad no sólo se halla al momento de admitir cierta identidad de cada individuo y que ésta se encuentre en los estándares de determinada cultura, sino también se inserta la presión en la construcción de dicha identidad. Según Parra (2016: 135), el doble tiende fundamentalmente dos tipos: el que “es capaz de evadir el mundo que oprime al ser humano y el doble como la realidad que no se reconoce, aunque forma parte del hombre”:
El capitalismo suscita individuos independientes para cumplir funciones socioeconómicas; pero cuando estos individuos se convierten en individualidades subjetivas, que exploran y desarrollan su mundo interior, sus sentimientos particulares, entran en contradicción con un universo fundado en la estandarización y la cosificación […] El Romanticismo representa, al respecto, la rebelión de la subjetividad y de la afectividad reprimida, canalizada y deformada (Lowy y Sayre, 2008: 36).
“El doble que surge en esta situación, es aquel que refuerza la identidad frente a los otros y protege de la realidad del ahora” (Parra, 2016: 139). Sin embargo, es probablemente una realidad que el individuo no concibió para sí mismo. Ahí comienza el extrañamiento que se muestra a través del doble frente al individuo mismo porque “se desvela una identidad que acaso no sea aquella en la que uno se reconoce, pues lo que descubre no le gusta o descubre que sus acciones no responden a su identidad consciente” (Parra, 2016: 138-139); ese extrañamiento es precisamente frente a la “realidad del ahora”. En este sentido, también se podría afirmar que también los “otros” suscitan la aparición del doble.
Estos existentes “yo” pueden explicarse con otra teoría, como la de Fichte (1762-1814), quien elabora un sistema de oposiciones entre el “yo” absoluto y el “yo” relativo:
El Yo absoluto afirma su libertad generando el mundo exterior por oposición a sí mismo, y ese mundo incluye al yo empírico o relativo. Éste es un yo desdoblado que debe oponerse también a sí mismo para afirmarse como yo real representándose el mundo frente a él. El Yo absoluto es el yo deseado por el yo relativo que se encuentra escindido y debe afirmarse enfrentándose a la sensación de vacío y a la nada. Para eso tiene que convertirse en “otro”, identificarse con un “doble” que sea el reflejo o la imagen en negativo de alguna de sus múltiples aspiraciones (Herrero, 2011: 22).
El Yo relativo, por otro lado, sería en sí el personaje, original o autónomo; aquel con problemas de identidad y que necesita conocerse o problematizarse con la ayuda de un semejante en el que pueda mirarse y explorar una posibilidad contraria: “el doble es a la vez idéntico y diferente, opuesto y complementario. Bajo la perspectiva de la complementariedad, el doble podría considerarse un ser benevolente; un espíritu protector cuya misión sería suplir las deficiencias del yo” (Martín, 2006: 48); puede presentarse de inicio como la búsqueda del “yo”, la identificación del “otro” o del “yo” absoluto como si fuese un reflejo viviente.
El diálogo concreto es uno de los primeros indicios para identificar el doble, pero cabe aclarar que no es la única estrategia narrativa para hallar este tópico en una obra literaria. Si Consolación y María no entraran en conflicto una con la otra, no habría sentido de su discurso ni comprensión de su existencia separada. Consolación es un personaje meramente físico; conversa con otros personajes, es decir, corresponde al mismo plano narrativo de los demás; María, en cambio, es mencionada por otros, pero no existe un contacto estrecho que pueda detallarse con ella, no así con Consolación: ellas dos conversan y se problematizan cuando se encuentran solas, reconociendo en esta complicidad dual la producción de un cambio en el plano en el que se hallan los demás seres.
Sin embargo, ambas se encuentran en el mismo nivel temporal y espacial, pero la estructura de la novela está conformada por escenas en las que se da acercamiento a algunos personajes; los demás fungen como complemento o justificación de un hecho. En este tenor, la presencia de María tendría un sentido: complementar a Consolación; María, quizá, muestra psíquicamente en lo que podría convertirse Consolación o en lo que ésta intenta o ha excluido por completo de sí misma.
La concepción del doble en La ciudad y el viento cobra sentido al reconocer a estos dos personajes: Consolación dicta su propia cosmovisión y se reafirma a través de María, pero de alguna manera dependen una de la otra. Consolación no reconoce su soledad, por tanto, la existencia de ambas se presenta como dividida, es decir, el tipo de doble es de aspecto físico, como lo señala Rebeca Martín López, “de carne y hueso con identidad propia” (Martín, 2006: 98). Por su parte, María representa el otro extremo que materializa Consolación en su diálogo; es decir, María parte de Consolación. Incluso, el lazo de hermanas revelado sirve como punto inicial para dar cuenta de un doble subjetivo meramente distinto a su “original”. Si bienMaría camina al lado de Consolación como una sombra, no figura como un doble fantasmagórico (Güntert y Fröhlicher, 1995: 224): es producto de las exigencias sociales; es en sí misma la enseñanza de aquellos valores aprendidos y en última instancia el polo opuesto que defendería Consolación y, probablemente desde su visión, María pueda convertirse en ese doble con tendencia contraria.
De acuerdo con la teoría de Fichte, ese “yo” absoluto se encuentra encarnado en María, y ese “yo” relativo, en Consolación, ya que esta última mantiene una posición opuesta y totalmente radical a la de María, quien representa ese modelo aprendido de mujer que se debe seguir; no obstante, estas oposiciones ayudan a Consolación a “encontrar la unidad frente a la multiplicidad de las aspiraciones y de los deseos” (Herrero, 2011: 22) que ella va adquiriendo y que son contrapuestos ideológicamente.
No obstante, para Rebeca Martín el doble es un producto negativo del yo relativo; es “un personaje que, inevitablemente, pone en evidencia los secretos del protagonista, pues aporta sentido en tanto que deja ver lo que está escondido del primer personaje” (Martín, 2006: 48). María es el doble; muestra de esto es que se materializa con ella lo que Consolación ha intentado excluir de sí misma; el desarrollo de estos tópicos se podrá argumentar conforme se analice su discurso, como individuos y como pares, pues conforman un discurso completo, además de que por medio de su conversación se comprenden los deseos ocultos del yo relativo y del yo absoluto.
La concepción del doppelgänger, por otro lado, ayuda a distinguir las cuestiones filosóficas de María como el doble: parte de Consolación se puede figurar como otro personaje, pues tiene una identidad propia con los problemas que conlleva dentro. María denuncia de manera implícita la noción de identidad debido a las aristas relacionadas con el doble: la identidad es inconsistente y totalmente dependiente de la familia y de la sociedad como contexto limitante; además, la complicidad no existe entre el lazo consanguíneo y la transgresión hacia ese linaje femenino porque representan dos formas contrarias de concebir el mundo. A Consolación se le cree porque en La ciudad y el viento simboliza al tipo de personaje femenino transgresor tanto de la novela en cuanto a su memoria histórica como también en el canon literario en el que se cosificaba a los personajes femeninos: este aspecto proviene del antecedente de las mujeres en la historiografía, así como de las vivencias propias de Dolores Castro frente a la guerra y el arte.
Aunada a la percepción del doble de Fichte, Jean Paul y Rebeca Martín, Rank, en términos generales, devela este motivo como la sombra en imagen duplicada del “yo”, es decir, del “otro” que se parece al “yo”, pero, a diferencia del original o “yo”, tiene aspecto más ligero. Freud, en un sentido similar al de Rank, lo afirma como una permutación del “yo”. Tanto Rank como Freud comprenden al doble desde un aspecto interior del individuo, por lo que la presencia del doble tendría forma de autocrítica o de “conciencia moral” del sujeto, del personaje original, y que se materializa en otro individuo.
Consolación, a pesar de su soledad, la decepción de una ruptura amorosa y el repudio a Manuel Berumen, rechaza el matrimonio como conveniencia a no quedarse sola; ella sabe y puede elegir. Esta identidad reforzada, en unión del original y del doble, tiene una función primordial: protege de la realidad que acecha al individuo. Parra interpreta lo anterior como un extrañamiento frente a esa realidad sospechosa y que el sujeto pudo no haberla elegido así, pues éste no se reconoce ni admite sus acciones, ya que no corresponden a la identidad consciente que Consolación tiene (Parra, 2016: 139). Finalmente, María se presenta como un personaje que concibe su vida tal cual la sociocultura la ha preparado, mediante los preceptos de su familia y su contexto inmediato: una ciudad derrumbada y pocas oportunidades de elección.
Ahora bien, el doble en los personajes femeninos funciona con actante de la misma realidad y presumiblemente de la misma composición: son figuras que representan valores humanos. Así, Consolación puede no reconocer o dar por “natural” que exista una perturbación, pues el desdoblamiento no se produce en el campo material porque no estamos ante seres fantásticos: “El doble materializa el lado oscuro del ser humano, los aspectos sombríos que el individuo destierra (o pretende desterrar) al olvido en su vida cotidiana” (Martín, 2006: 32). En este sentido, a partir del proceso del doble, se adopta un componente social todavía más complicado: “entre el Ser —con todos sus anhelos profundos y a menudo inconfesables, pugnando por materializarse— y el Deber —aquello que la sociedad /la ley espera de nosotros—” (Martín, 2006: 32).
Si nos acercamos un poco más al tópico que se incluye en la conversación entre Consolación y María, la esencia es precisamente los deberes morales frente a los anhelos personales, pues se habla del matrimonio y como prueba se halla la declaración de amor de Manuel Berumen. De hecho, cuando la discusión se encuentra en su punto decisivo, se enlistan diversas justificaciones para convencerse en rechazar a Manuel y a la idea de la felicidad a partir de un matrimonio con alguien a quien desprecia y, con ello, a formar una familia. Bajo esta demanda, Rebeca Martín tendría razón al apuntar:
[…] el doble puede considerarse el depositario de los sentimientos execrables, según los dictados morales o sociales, del individuo. Bajo esta perspectiva, constituye una amenaza, pero también un medio de canalizar los impulsos reprimidos y ejecutarlos soterradamente, una excusa para librarse al instinto sin tener que asumir la responsabilidad de sus actos, atribuibles al otro yo (Martín, 2006: 32).
El doble, ese “yo absoluto”, es quien asume la responsabilidad de la forma en que se ejecutan los deseos reprimidos, aunque el origen sea la necesidad creada, es decir, el culpable es el “yo relativo” al que oprimieron los dictados morales o sociales. María no representa algún deseo u objetivo no permitido; es la imagen viva que le mostraría a Consolación en lo que pudiese convertirse. Tal como dicta la premisa de Robert Stevenson (1850-1894) en su obra El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde (1886): “el hombre no es verdaderamente uno, sino verdaderamente dos” (Stevenson, 1995: 162-163).
La relación de Consolación y María se basa en el lazo consanguíneo de familia: no se contempla el riguroso secreto entre hermanas que no se odian, pero que tampoco se sabe si mantienen un afecto. Esto puede explicarse desde el punto temático de la novela como la difícil comunicación creada en la familia Lara y con términos apuntados al estudio literario del doble: “entre el personaje y su doble se establece una tensión que se resuelve en términos de afinidad y rechazo, complicidad y odio” (Martín, 2006: 46). Existe una complicidad entre Consolación y María, pero es limitada.
María pudiera representar la problematización de un conjunto de ideas que tiene Consolación respecto a la felicidad y a su destino como mujer. Sin embargo, al parecer tan lejana y al desmantelar el nulo apoyo de María, Consolación busca salvaguardar su integridad y la profundidad de lo que la construye de la amenaza que simboliza María: no se expresa tan libremente como lo hiciera con Soledad. La comunicación limitada que tiene Consolación hacia María figura en una liberación; y Consolación coloca a María en una posición inferior ante las ideas que ésta tiene; al final se percibe confianza, pero también recelo y frustración entre ellas.
El Doppelganger se ciñe bajo una esfera inquietante en la existencia de los personajes, pero, “¿cómo explicar la inquietud provocada en el lector real y el interés que todavía sigue suscitando al género fantástico?” (Roas, 2004: 40). Aparentemente, María no tiene una connotación diferente a la de Consolación en cuanto a su conformación física, sino es la construcción a nivel discurso en donde se hallan los conflictos verdaderos entre una y otra.
Ambas siempre van juntas; una camina al lado de la otra mientras discuten. María aparece ante Consolación —personaje “original”— para ayudarla a exponer ideas contrarias: María es un opuesto y representa una posibilidad de lo que podría ser Consolación o “la otra vida” que ésta tendría si actuara conforme a las leyes sociales. María no sufre; no se conoce nada más respecto a ella, ya que toda la información la obtenemos de Consolación. Este cambio tiene que ver con el motivo de la aparición del doble: “la dificultad de aceptarse a sí mismos y la disolución de una personalidad inestable que poco a poco se les escurre de las manos, se ven objetivadas en la figura ominosa del doble” (Martín, 2006: 46).
La protagonista “se define en relación con su otro yo: al compararse con éste, pone de manifiesto todas sus flaquezas y deseos inconfesos” (Martín, 2006: 46). En María se depositarían los sentimientos execrables, según su contexto general (Martín, 2006: p. 32), pues es el pretexto que anhela la protagonista para dejar la responsabilidad y las consecuencias al otro yo; una forma de expresar ese delirio colectivo. El desdoblamiento logra fijar un extrañamiento o una desfamilizarización de la tipología normalizada del personaje.
En primer momento, el contexto familiar no parece relevante para inducir algún tipo de juicio respecto a los actos de Consolación ni de la presencia de María, pero, analizando sus lazos familiares a través de su conversación, la familia sí posee influencia con la ideología que propaga, pues afecta al personaje “original” en sus costumbres sociales. Este solipsismo tiene origen en la familia; es el primer contacto con el mundo social, con esas reglas no escritas; es una formación del comportamiento y la propagación de la ideología que apoya el núcleo familiar, “de manera que su réplica modifica sustancialmente el vínculo con todo lo que le rodea” (Martín, 2006: 49-50).
Para Louis Althusser (1918-1990), la ideología es eterna bajo su forma inmutable en toda la historia (Althusser, 1988: 16). Althusser se refiere a los sacerdotes cuando habla de los “profesionales de la ideología” y sostiene una premisa muy importante: aquellos que mantienen el poder sutilmente a través de la ideología “saben tratar a las conciencias con el respeto, es decir, el desprecio, el chantaje, la demagogia conveniente adaptados a los acentos de la Moral, la Virtud, la trascendencia, la Nación […]” (Althusser, 1988: 15).
El matrimonio y la maternidad como destino y felicidad son parte de un sistema de creencias. Consolación lo materializa de una forma más personalizada, individual: adueñarse del poder de elección que posee como individuo antes que como mujer. No obstante, en ellas los tópicos del matrimonio y del doble, añadiendo su lazo consanguíneo, son inevitables, así como la relación entre mujeres desde el foco social de La ciudad y el viento.
El doble limitado por “lo femenino”
La norma social en cuanto al deber ser-hacer de la mujer en la novela está dictaminado por dos polos opuestos, y en la familia de Consolación esto no cambia. Por un lado, Soledad, la madre, engloba la figura modelada de una mujer sumisa, vigilada y controlada; por otro, Consolación representa la rebeldía, pues rechaza la idea del matrimonio como único destino, así como hallar la felicidad y, quizás, el amor también después de casarse; en cambio, María es la contraposición de Consolación, ya que ni como hermanas ni como mujeres logran congeniar en sus ideales.
Existen ciertas “leyes” no escritas en los lazos de los hermanos y otras muy distintas entre hermanas (Downing, 2002). El doble se diferencia en personajes femeninos y masculinos, lo cual se ha manejado de forma intencional para resaltar ciertos aspectos que tienen que ver con lo femenino y las reglas sociales culturalmente compartidas, como lo señaló Rebeca Martín: “El desdoblamiento femenino se desarrolla en un segundo plano, siempre en función de la peripecia masculina y suele hacerse efectivo bien en una figura demoniaca, bien en una imagen pictórica que se convierte en el objeto de deseo del protagonista” (Martín, 2006: 49).
Incluso, supone el cuestionamiento de la norma, pues la identidad del original se concebía en términos masculinos, ya que “el hecho sobrenatural amenaza aquello que de algún modo está establecido, sancionado por la convención, la lógica o la moral pública, y la identidad de la mujer constituía todavía un ente en construcción” (Martín, 2006: 49). La concepción de lo femenino, al menos en la temática del doble, se ha ido reconfigurando con la presencia del personaje original a paridad con el doble; de esta manera, se han forjado otras interpretaciones que tienen que ver con el ser y hacer de lo femenino en un contexto dado.
La relación de hermanas no las condena a que sus posturas sean iguales o mantengan alguna similitud, mucho menos siendo dobles opuestos y complementarios a la vez. De hecho, los puntos que defienden difieren tanto que se convierten en posturas contrarias. Precisamente, a Consolación le sorprende que su relación no esté trazada por tener un lazo consanguíneo: a fin de cuentas, tampoco existiría la complicidad (Downing, 2002).
Por su parte, la tesis de María engloba: no se tiene tiempo para “conocer muchachos, de tener novio” (Castro, 2014: 101) y no se van a casar (aclarando en que esta afirmación transgrede una norma social); por ende, si un hombre muestra interés, significa una opción —quizás, la única— para contraer matrimonio, independientemente del amor y la felicidad que vienen después, según ella, ya que el matrimonio y los hijos podrían entenderse como una salida del plano familiar que las moldea, del destino de una mujer y, en general, de una vida feliz o una nueva forma de vida en la que se crea una familia repitiendo el núcleo familiar aprendido y propagado. El ejemplo claro es su padre, y Consolación lo afirma: su padre no hizo feliz a su madre por más que lo intentara, a pesar de su posición económica estable; exigencia que también se les imponía a los varones para que cumplieran su función de “líderes” de las familias.
En oposición de María, la construcción de Consolación se ciñe por la misma “rebeldía” que la caracteriza, así como los cuestionamientos y las aseveraciones con los que responde: “¿he de elegir por eso a Manuel aun cuando lo desprecio?” (Castro, 2014: 102). Coloca una respuesta a manera de pregunta, pues, por encima de la propuesta de Manuel, halla su propia decisión; María, con una posición que antepone la felicidad de otros, afirma sorda a la postura que tiene Consolación: la tarea de hacer feliz a Manuel para que éste deje de ser despreciable, como si fuera obligación de otros buscar la felicidad para él.
Así, de manera implícita se lee que, si Manuel ya no es despreciable, Consolación no lo vería de la misma manera; entonces habría esperanza de que crezca amor en ella por Manuel. La felicidad es el punto que se resalta en este discurso y Consolación lo expone: “la tiene uno o no la tiene, no ha de venir de afuera” (Castro, 2014: 102), puesto que la felicidad no surge con engaños. Sin embargo, ella misma, a pesar de construir una fachada rígida en cuanto al ser-hacer como mujer, concluye con una postura pesimista: “Yo no la conozco muy bien, pero sé que debe ser verdadera. De un lazo verdadero de nacimiento” (Castro, 2014: 102).
Se intuye, primero, que Consolación no es feliz; segundo, que Manuel está destinado a ser infeliz en el tenor de que él, según Consolación, es un farsante, por ende, no puede ser feliz porque Manuel miente. Agrega que no se imagina a Manuel presidiendo un consejo de familia: “su hija mayor la odiaría”. Quizás porque ella se lo reprocha a Soledad: la responsabilidad de tener una familia que nadie tolera.
Y nuevamente nos encontramos ante otra dualidad en la que Dolores Castro no rescata ninguna postura, aunque tampoco se mantiene al margen: “la escritura de una novela cuya voz narrativa se mantiene objetiva y neutral distinguen a Castro y su aproximación a un conflicto multifacético y complejo como la Cristiada” (Ortiz, 2023: 77). Quizás la idea de la neutralidad sirva en primera instancia para exponer la realidad en sus aspectos más crudos.
El motivo del doble también se encuentra condicionado al género y esto tiene relación con el momento histórico: el estado de las mujeres no es gratuito, así como la continua lucha ideológica entre lo que está normado y las múltiples transgresiones que respondían a una época caracterizada “por una retórica enardecida, así como por la violencia e inestabilidad política y social” (Ortiz, 2023: 77). Respecto al lazo de hermanas, aun cuando se esperaría unión y complicidad, resulta extraño que el doble aparezca en este sentido: ambas se mantienen en un tono opuesto en cuestiones del quehacer femenino.
Hacia la búsqueda de la felicidad femenina
La estructura del discurso que se genera del diálogo de Consolación y María figura en tres partes y nos enfocamos en la consecuenciadel origen:una carta que trata de una declaración de amor de parte de Manuel Berumen hacia Consolación, donde el primero tiene 30 años y la segunda, 20. Manuel trabaja en un museo y tiene expectativas monetarias basadas en la imaginación: “si tuviera el dinero que tiene Pascual […]” (Castro, 2014: 37). En cambio, Consolación es una mujer que anhela la igualdad sobre los extremos: “entre pelados y gente decente” (Castro, 2014: 38). Es hija de familia hasta cierto punto rebelde, pero dependiente de las órdenes de Pascual Lara. Sin embargo, ella tiene poder de decisión, pues rechaza a Manuel por sus características físicas y emocionales, no por su posición económica: ella sobrepone una familia que no desea, contando que no imagina a Manuel presidiendo una junta familiar como Pascual lo hace.
Volviendo a la premisa inicial del doble, Consolación rechaza a Manuel y María insiste en hacer ver a Consolación una parte positiva; para ella, Manuel no es tan malo y representa una oportunidad; Consolación, por otro lado, afirma que no lo quiere e, incluso, lo desprecia y no puede haber felicidad de esta manera. Y el tema de la felicidad, a pesar de sus variantes concepciones, no depende de los otros, sino de la persona misma, de nacimiento, según Consolación; y se relaciona con la idea de felicidad femenina en reconocimiento con el otro para no “desvariar” con el propio pensamiento y confirmar la idea que se sostiene.
Por consiguiente, Consolación contraataca y cuestiona a María sobre cómo sería la felicidad para ella. María se coloca en un estado casi reflexivo: “que los que viven con ella fueran felices” (Castro, 2014: 103) porque “el problema es conformarse con lo que se tiene” (Castro, 2014: 102). Independientemente de que esa línea corresponda a una forma intertextual de María, madre de Jesús, Consolación piensa en una forma de felicidad individual: la conquista de su propia alegría y felicidad, y añade que para que sean buenas deben ser verdaderas porque ayuda a que se creen correspondencias genuinas.
Quizás, como la gran diferencia del concepto de felicidad en Platón y Aristóteles, desde la Grecia Clásica: comprendida como el alcance de lo virtuoso en función de la polis, “hacer lo que corresponde al individuo” o en dependencia con el alcance de su sabiduría meramente individual. Consolación coloca inevitablemente de ejemplo a Pascual: “trató de gobernarla [como se gobierna una ciudad], de dominarla, de hacerla tan suya como para que desapareciera y no quedara de ella más que la sombra de su sombra” (Castro, 2014: 104). Comprendemos así que Soledad no contaba como persona independiente, libre ni con razón; era un objeto, una sombra y las sombras no pueden ser felices porque dependen de a quien iluminen, pero también se vislumbra que su condición de mujer la hacía notar vulnerable, aun cuando se encontrara dentro de los roles de género impuestos en el mismo contexto de la novela.
Para comprender mejor esta posición, se retoma la felicidad como un concepto universal que no se limita a hechos particulares y que la misma Dolores Castro afirmaba ser testigo de ella en sus poemas (Bautista, 2022).La ciudad y el viento surgió de la ciudad fantasmal de Zacatecas, en la que la autora vivió con asombro de la pobreza y la ruina material (Bernárdez, 2015b). El concepto de felicidad, en su perspectiva más simple, es el “estado de grata satisfacción espiritual y física” (Real Academia Española, 2024); por ende, es dada por varios momentos de satisfacción, ya que cada uno cuenta como instantes particulares —quizás, hasta breves—. De este término resulta variable su comprensión, pues cada personaje, con su propia cosmovisión y anhelos, podrá adherirse a ella de múltiples maneras; incluyendo, por supuesto, las percepciones del matrimonio y la maternidad, es decir, la felicidad no depende del “manual” que dota la sociedad de forma implícita para una vida feliz y, por supuesto, socialmente aceptada y aceptable.
El tema de la felicidad se enfoca a la feminidad y a su quehacer en el mundo; el matrimonio significa, en el contexto general de la novela, una salvación para la feminidad, ya que esta comunicación entre dos personajes combate la soledad en las mujeres: la compañía de un ser masculino es necesaria, pues las mujeres no pueden estar solas. Esta acepción está ligada a la lógica de Estela. El doble significa entonces la apertura o la muestra hacia lo que pudo haber sido o en lo que puede convertirse Consolación si admite las reglas sociales para sí misma. La ciudad y el viento retoma la idea de matrimonio, aparte de salvación, como el destino, el propósito final de vida o de la felicidad plena, pero es sólo una percepción que se le ha impuesto con mayor exigencia social al género femenino. Sin embargo, el matrimonio es un acto que rechaza María, no Consolación, incluso es esta última quien tuvo una relación amorosa con un personaje ambiental, Juan José:
—¡No tengas ahora el poco tacto de hablarme de Juan José! ¡No estoy herida! Eso terminó porque debía terminar. Un hombre no se casa con una planta de sombra como soy yo. Un hombre no encuentra ningún placer en hablar de lejos con un fantasma. Así fue mi noviazgo y así tuvo que terminar (Castro, 2014: 39).
De manera paradójica, María se inquieta al instante mismo en que Consolación le cuenta de la carta de declaración de Manuel y dicta que ella tiene que hacerlo feliz para que no sea despreciable y, con el paso del tiempo, Consolación lo quiera también. Es decir, el doble, María, tiene una recepción de aceptación hacia lo declarado por Manuel; Consolación, personaje por excelencia original, rechaza la idea y comienza a enlistar los defectos físicos del actante, mas no el medio económico, como lo expresa su padre. Empero, ni con todas estas observaciones se podría explicar la razón por la que se espera felicidad en el matrimonio: tampoco no se contempla que la felicidad está en el rechazo al matrimonio. Soledad, incluso, la tilda de “terca”, pues Consolación afirma que ese era el único hombre para ella.
Asimismo, ella promueve el casamiento en condición del placer del hombre, y entre líneas se lee la elección y el consentimiento para hallar un lugar a las expectativas sociales. Sin embargo, se intuye que Consolación culpa a Soledad por la familia que tienen (otra vez enunciando a Pascual), y quizás también por la ruptura de su relación. Si bien se menciona con el personaje original, el doble lo confirma al sustentar que ellas no se van a casar. Entonces, la perspectiva hacia el matrimonio tiene un giro, ya que Consolación pudo aceptar las leyes implícitas del matrimonio y la maternidad, pero con el hombre que ella había elegido:
No puedo acercarme siquiera a Manuel Berumen. Mira, yo no hablo de mi fracaso, a nadie le gusta mencionar siquiera sus derrotas, pero sí, fue un verdadero fracaso el mío. Yo quería a mi novio, hubiera muerto por él […] Al principio sé que él me quería. Supe mantener vivo su interés con los escasos medios de tiempo y de soledad con que podía contar. Pronto se hicieron las cosas insoportables en la casa. Nadie tolera a una familia como la nuestra (Castro, 2014: 102-103).
María afirma no poder vivir sin sobrinos, pero Consolación le asegura que Berumen no sería un líder aceptable para presidir las reuniones de familia, además de que como lo desprecia no puede acercarse a él de ninguna forma. Por otro lado, el personaje original le anuncia a su doble sobre la relación amorosa fallida que tuvo con Juan José, por el que pudo haber muerto de puro cariño. Además, los sacrificios que hizo para “retenerlo” desmantelan la figura de mujer rebelde, aunque innegablemente añade un punto importante a las imposiciones: la elección y el consentimiento de la figura femenina.
¿Por qué resulta tan intrigante el tema de la maternidad como felicidad femenina? ¿O por qué se le adjudica a la mujer el maternar[7] como quehacer “normal” en su cotidianeidad? La respuesta básica estaría en los órdenes biológicos: las mujeres tienen la capacidad de embarazarse y de parir consecuentemente. Sin embargo, tanto el llamado “instinto maternal” como la normalidad a maternar es un constructo sociocultural enfocado a las mujeres, pues sus funciones se encuentran adheridas a las tareas del hogar, mientras que a los varones se les espera como “líderes”, portadores de la economía a sus familias. Quizás, Pascual por eso critica la economía de Manuel, en tanto que Consolación está preocupada por la persona que significa: su aspecto físico y sus formas de convivir.
Ahora bien, ¿se puede hablar de la maternidad como una ideología? Ciertamente, no estaría tan alejada la concepción que se tiene de maternidad de lo exigente que puede llegar a ser una ideología. Según Van Dijk (2005), “son sistemas de creencias”, pero no cualquier conjunto de ideas o creencias. De acuerdo con el autor, todas aquellas contraposiciones no son ideologías como tal, pues no son dominantes, aunque pueden definir resistencia y oposición: “no son iguales a discursos u otras prácticas sociales que las expresan, reproducen o promulgan; y no son iguales como cualquier otra creencia o sistemas de creencias socialmente compartidos” (Van Dijk, 2005).
La cultura propaga la idea de que “la maternidad llevará a la felicidad” o “sólo se será feliz si son madres”; incluso, si no se es feliz con este concepto, es “normal” sentir culpa por no pensarlo de ese modo; ya existe de por medio una obligación a estar en un estado u otro. En este sentido, la maternidad no respondería a las generalidades de una ideología; son creencias socialmente transmitidas por medio de la cultura de generación en generación para salvaguardar la identidad de la mujer no desarticulada del rol materno, o de las funciones mujer-hija o mujer-esposa, etcétera.
La aparición del doble importa en la medida en que se desarticulan los discursos iniciales de las hermanas: Consolación busca cumplir ciertos roles, pero sólo con la persona que ella decida; si esto es así, en la línea de María, ¿por qué no hacerle caso a Manuel quien tiene interés en Consolación? La respuesta se encuentra en la libertad de elección. El tema del doble a partir de la existencia del Doppelgänger condiciona otros aspectos profundos que viajan desde la filosofía y el psicoanálisis hasta la literatura logrando crear la figura, si bien no fantasmagórica, en una presencia a imagen y semejanza del personaje individual.
Así, las diferencias que se encontrarán en este Doppelgänger serán en el discurso y en el pensamiento del personaje original: ese “yo” relativo será también el “otro”, el “yo” absoluto, pero con una distancia considerable en la que resaltará una realidad posible o reflejará, como un espejo, las necesidades y los deseos inconfesos del original, mostrando a su vez la identidad fracturada e incompleta que surge como respuesta a las diversas demandas, condicionamientos y expectativas de la sociocultura en un determinado contexto.
Consideraciones finales
Si nos adentramos al tema de identidad, se retoma la pregunta ¿qué es ser mujer? La respuesta incluiría aseveraciones que giran en torno a la belleza, a la procreación, a la protección o a la delicadeza, según las creencias socioculturales. Por consiguiente, colocar la figura intertextual de María no es gratuita, pues, como se comentó, se encuentra relacionada con el acompañamiento y la protección; roles cuestionados por diversas autoras desde el foco feminista o los estudios de género, tales como Simone de Beauvoir (1908-1986), Virginia Woolf (1882-1941), Marcela Lagarde (1948) o Emilia Pardo Bazán (1851-1921), que desde la filosofía y la literatura cuestionan distintos valores con los que se identifica a las mujeres.
Entonces, la temática del doble sería más evidente todavía, pues la presencia de dos entes femeninos en conflicto dictaría que no necesariamente las mujeres tienden a pensar de la misma manera, sin importar si mantienen una relación consanguínea o no —María, Soledad o Estela— y el problema recae en asimilar los valores y las enseñanzas generales vinculados con los roles de género socialmente compartidos; a su vez, la identidad, o lo que se piensa sobre ésta, se corrompe al no cumplir con las exigencias que se le adjudican: una mujer es también un individuo que toma sus propias decisiones en concordancia y equilibrio de su contexto, así como de sus anhelos personales.
Si se presentaran Consolación y María como personajes divididos e independientes, habría un conflicto de rol de género igualmente discursivizado. Al afirmar la existencia del doble, se comprende el impacto reflexivo sobre la identidad de las mujeres, así como de su linaje, es decir, se expone claramente la dualidad en la que el género femenino se enfrenta a las exigencias sociales para cumplir determinados roles. Consolación, quien se mira también a través de María, mantiene un problema profundo entre lo que le han enseñado y lo que ha concientizado y ha decidido mantener; esto sólo es posible valorándose como individuo y no sólo conforme a su género y las funciones sociales impuestas.
En ese tenor, Consolación se ha reconocido y su identidad se construye en torno al deseo, a su capacidad de elección y a esa posibilidad para identificarse como ella quiera. De ahí que se pueda observar la relación paradójica entre la maternidad y la identidad, ya que, siguiendo la tesis de María, se percibe de forma incompleta a la mujer cuando no se convierte en madre; a contrariedad de la defensa de Consolación: puede presentarse una sensación de descuido ante otras posibilidades de desarrollo del deseo femenino, más allá del matrimonio y de la maternidad.
Consolación y María representan esas dos facetas con las que se ha identificado el ser/hacer femenino: dos extremos que hablan de la maternidad, de la felicidad y de las elecciones femeninas. El libre albedrío o la posibilidad de la felicidad como destino se vincula con la percepción trazada por valores socioculturales que moldean los espectros de la identidad femenina en relación con sus funciones biológicas y sociales en lo público y en lo privado. Incluso, es crítico que en La ciudad y el viento esta discusión se presente a paridad, con un lazo consanguíneo de por medio y que una dependa de la otra, de ese personaje original: una situación que se discute y que quizás representa una forma de contemplar las consecuencias de enseñanzas sociales que no aplica para las diversas individualidades.
Consolación, para no saberse sola, se problematiza con María y enfatiza su posición activa en contra de la pasividad de la condición o la norma impuesta a la mujer; sin embargo, con la indocilidad que presenta no es suficiente para oponerse a su contexto, esto es, la idea de la rebeldía enjaulada en un sistema que controla su individualidad. En este sentido, también se retoma la idea de la felicidad femenina en reconocimiento con un par contrario para no “desvariar” con el propio pensamiento y reafirmar el camino elegido. De esta felicidad trazada por el contexto social surgen dos estados que Consolación y María se permiten explorar: el matrimonio y la maternidad.
La maternidad es un estado que ejerce la presión social en las mujeres, mayormente, pues se considera que toda persona con útero no sólo debe ser esposa y madre para considerarla completa, sino también para alcanzar la felicidad humana y cumplir con las expectativas de lo femenino. Este estándar se espera que se cumpla, pero no respeta la diversidad ni la individualidad. Si la maternidad no es en sí una ideología, sí es un constructo social impuesto a las mujeres y a los hombres que desde la familia se les demanda continuar con el árbol genealógico. Ligado a esto, el instinto maternal y la acción y efecto de “maternar” sostienen que toda mujer trae inherente lo que le permite cuidar mejor a un hijo; no obstante, la comprensión de la maternidad como constructo social es retomarla como un proceso que requiere un contexto de aprendizaje.
En el diálogo entre ellas se vislumbra el conocimiento de una por la otra. El doble dentro del diálogo funciona a manera que este saber de un personaje y otro sea completamente genuino: Consolación expone y entrecruza las opciones opuestas para escucharse a sí misma y convencerse. Si María opinaba lo contrario, a Consolación no le era gratuito. Con el ejemplo del matrimonio de sus padres, debía plantearse los escenarios; se da cuenta que, independientemente de las características físicas de Manuel que le aterrorizan, repetiría el mismo ciclo de Soledad; por ende, ya no quiere hablar más del tema y ahí concluye; de hecho, en ninguna otra parte de La ciudad y el viento se retoma esta historia.
Aunque existen más estructuras del “doble” dentro de La ciudad y el viento, tales como Don Alberto, padre, y Alberto, hijo; o Jesús y Pablo Lara, en particular, nos centramos en el tema de la felicidad en lo “femenino”, pues resulta atractivo comprender el quehacer de este género, no sólo en una época específica, sino como un hecho general y socialmente compartido a través del tiempo. Respecto a la delimitación del contexto, se observa uno que gira en torno a adversidades: dos lugares contrapuestos histórica y culturalmente, la ciudad y el campo, en una época específica, 1934[8]; y una continua lucha entre el gobierno y los civiles, enfrentados por la creencia en una ideología u otra; el problema de la identidad que poseen estos dos seres; la tensión a las normas sociales, así como a su transgresión.
Todo ello en aras de la creencia católica o de su negación, de los papeles que cada género debe cumplir, del problema económico que ha dejado la guerra y la despreocupación por “reparar las ruinas”, entre otros ejes temáticos. En este sentido, los personajes masculinos tienen una perspectiva interesante: “se perciben como sujetos débiles que no logran reunir el suficiente coraje para revelar sus sentimientos y deseos a las mujeres que buscan amor ante el desamparo” (Cruz, 2023: 100). Al igual que sucede con las figuras femeninas, los hombres en la novela también se encuentran condicionados al contexto mismo de La ciudad y el viento.
Consolación toma por consuelo al otro, a María, para no saberse sola y enfatiza su posición activa en contra de la pasividad de la condición o la norma impuesta a la mujer. Se enfrenta a uno de los mayores retos inquietantes: sostener la propia identidad en una sociedad que tiende a disolver su individualidad. Así, se vislumbra una afirmación que tiene límites, pero que aún no se han podido determinar: ¿hasta qué punto la maternidad es un deseo o es un mandato social? Finalmente, la decisión de no convertirse en madre ni esposa es una transgresión en todo su esplendor.
La ciudad y el viento recupera desde la literatura un contexto histórico: “uno de los momentos más amargos en la historiografía mexicana revive un conflicto y un fantasma perenne que urgía olvidar y considerar como saldado, para no obstaculizar la marcha del progreso modernizador del Estado secular liberal” (Ortiz, 2023: 79). Aunque en este trabajo se haya tratado el tema del doble en dos personajes femeninos, el Doppelgänger responde a los movimientos literarios que a su vez coinciden en las necesidades de cada momento histórico.
El Doppelgänger figurado en María coloca en relieve la desfragmentación de una identidad incompleta y totalmente exigente: no corresponde a la realidad consciente de Consolación, pero, sin duda, el doble logra mostrar el opuesto del personaje original, problematiza la concepción de la felicidad femenina, así como desmantela el papel de “mujer rebelde” que se le adjudicaba a Consolación en las primeras páginas de la novela, pues es en sí un contexto en donde todos los personajes de Dolores Castro se enfrentan a la violencia, a la incertidumbre y al desamparo.
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Sobre la autora:
Es licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Autónoma del Estado de México. Actualmente es maestrante en Humanidades con énfasis en Estudios Literarios por la misma universidad. Promotora de cultura y lectura en áreas de salud pública. Sus líneas de investigación son: la literatura femenina del siglo XX y Lo mexicano y lo femenino frente a la realidad latinoamericana del siglo XXI.
Notas
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