Artículos de investigación
Los héroes de Thomas Carlyle
Thomas Carlyle's On Heroes
Los héroes de Thomas Carlyle
Contribuciones desde Coatepec, núm. 43, pp. 153-182, 2025
Universidad Autónoma del Estado de México

Recepción: 03 Octubre 2024
Aprobación: 06 Enero 2025
Resumen: La lectura reciente de Los héroes, de Thomas Carlyle suscitó en mí algunas preguntas que busco responder en este texto. ¿Se trata de una obra literaria de tema histórico, de una Historia o de una filosofía de la historia? Un recorrido a vuelo de pájaro me lleva a mirar con particular interés algo de lo mucho que ha generado la obra quizá más difundida del autor escocés y hacerlo desde tres ángulos: el de su presencia más visible como producto de un escritor; el de su aparición notoria o discreta en libros de Historia de la Historia y, finalmente, desde su idea de la historia como acontecer y de la Historia como narración. En primer término, presento algunos argumentos acerca de la trascendencia del autor y su obra en los territorios de la literatura; después, muestro la valoración que hacen de él y de sus aportaciones quienes se ocupan de la historia de la escritura de la Historia, y, por último, la selección de ciertos registros me lleva a destacar el sentido de trascendencia de lo histórico que pude observar en Los héroes.
Palabras clave: Historiografía, trascendencia, narración.
Abstract: The recent reading of Thomas Carlyle's On Heroes raised some questions in me that I seek to answer in this text. Is it a literary work on a historical theme, a History or a philosophy of history? A bird's-eye view leads me to look with particular interest at some of the much that perhaps the most widespread work of the Scottish author has generated and to do so from three angles: that of his most visible presence as the product of a writer; that of his notorious or discreet appearance in books on the History of History and, finally, from what I notice in his lines that brings me closer to his idea of history as an event and of History as a narration. First, I present some arguments about the transcendence of the author and his work in the territories of literature; then, I show the assessment made of him and his contributions by those who deal with the history of the writing of History, and, finally, the selection of certain registers leads me to highlight the sense of transcendence of the historical that I was able to observe On Heroes.
Keywords: Historiography, transcendence, narration..
Los héroes de Thomas Carlyle. Una ocasión para hablar de la trascendencia y la historia
Una lectura reciente de Los héroes,[1]de Thomas Carlyle sugirió el título que encabeza estas líneas y suscitó algunas preguntas que intentaré responder en las siguientes páginas. La primera es acerca del ámbito en el que se inserta, ¿Se trata de una obra literaria, de una Historia o de una filosofía?[2] Un recorrido general por la obra quizá más difundida del autor escocés, me sugiere abordar este estudio desde tres ángulos, dos relacionados con su recepción y uno derivado de su contenido: su presencia como producto de un escritor, su aparición notoria o discreta en libros de Historia de la Historia,[3] y la idea de la historia como acontecer y como narración que advierto en sus líneas.
En primer término, presento dos versiones acerca de la importancia del autor y su obra en los territorios de la literatura; después, con base en algunos ejemplos, muestro la valoración de él y de sus aportaciones por parte de quienes se ocupan de la historia de la historiografía. Por último, selecciono ciertos registros que permiten destacar el sentido de trascendencia de lo histórico en Los héroes.[4]
Comienzo por señalar algunos rasgos de lo que puede advertir un lector común —es decir, cualquiera que se sienta atraído por el título o por el autor— en las páginas en que se introduce la obra de Carlyle y se destacan algunas características de su texto; después procedo a detectar aquello que estudiosos de la disciplina histórica encuentran sobre él en libros dedicados al quehacer de los historiadores. Finalmente, comparto una reflexión sobre la lectura de una obra de indudable impacto desde que se diera a conocer en unas conferencias dictadas en 1840 por Thomas Carlyle. Antes de iniciar el recorrido, presento algunos datos indispensables para entrar en materia y una precisión sobre la palabra trascendencia, que forma parte del título.
El individuo y sus obras
Thomas Carlyle nació el 4 de diciembre de 1795 en Ecclefechan, Escocia, y murió en Chelsea en 1881. Fue el mayor de nueve hermanos, hijos de un albañil y granjero, de religión calvinista y apegado a su fe. De los catorce a los dieciocho años incursionó en diversas áreas de estudio en la Universidad de Edimburgo, sin decidirse a seguir la voluntad de su padre de ser ministro. A los veintitrés fue profesor de matemáticas. Tuvo entre sus amigos a Stuart Mill Dickens, Emerson y Whistler. Se le define como un individuo de espíritu crítico, agudo, irónico y amargo. Alcanzó la posición de rector en la Universidad de Edimburgo, siendo un hombre de más de setenta años.[5]
Las obras que le dieron renombre se publicaron a lo largo de cuarenta años; estas abren y cierran con el nombre de personajes de alto rango en el mundo del pensamiento (Vida de Schiller, 1825) y del poder (Historia de Federico el Grande de Prusia, 1858-1865). En medio de ellas, lucen sus libros dedicados al más notable asunto de su tiempo (Historia de la Revolución francesa, 1837) y a uno de los personajes más relevantes de su entorno (Cartas y discursos de Oliverio Cromwell, 1845). En el centro, la publicación de Los héroes, el culto de los héroes y lo heroico en la historia,1841,data del momento en que Carlyle tenía cuarenta y cuatro años.
Respecto a la palabra trascendencia, atendiendo a una de sus definiciones,[6] no hay duda de que Thomas Carlyle trasciende los límites de su experiencia. Su presencia en Los héroes no se discute, ya que la vigencia de su obra y de su pensamiento están más allá de su tiempo y espacio. Por otra parte, como se verá en las siguientes páginas, uno de los sellos que distingue su pensamiento es aquello que entendió por trascendencia.
El escritor en dos estudios preliminares de sus héroes[7]
Dos ejemplares de Los héroes de Thomas Carlyle forman parte de colecciones señeras en el medio mexicano y, presumiblemente, latinoamericano, Sepan cuantos…, de la Editorial Porrúa (1976)[8] y Biblioteca Universal, de Conaculta Océano (1999). Las palabras de Raúl Cardiel Reyes[9]y Jorge Luis Borges preceden a cada una de estas ediciones. ¿Por qué detener la mirada en ellas? Quizá porque resultan una pequeña muestra de la vigencia de una obra en la medianía del siglo xx y despiertan la curiosidad sobre lo que representó para ellos interesar a los lectores en unos textos producidos más de cien años atrás.
Cardiel Reyes (1976: ix) escribe en su estudio preliminar que Carlyle fue “uno de los grandes escritores románticos del siglo pasado”; y señala entre sus cualidades literarias su juicio sobre “la relevancia de la fuerza creativa del hombre, de su fantasía y sobre todo del poder infinito de su voluntad”. Haciendo gala de su formación filosófica, aborda la filiación del escritor con Fichte —uno de los más importantes representantes del idealismo alemán— y con Goethe, el notable poeta. Aunque Cardiel aclara en qué consiste esa influencia, encuentra que la raíz romántica más profunda de Carlyle radica en su actitud de protesta contra “el materialismo mecanicista y el utilitarismo obtuso del industrialismo, contra el avance oscuro e implacable de las masas en el panorama político de su tiempo” (Cardiel, 1976: ix).
Cardiel sigue en buena medida las ideas de Ernst Cassirer, en El mito del Estado, para presentar las seis conferencias de Carlyle —dictadas los martes y viernes de mayo de 1840— que dieron origen a la publicación de la obra. Por su parte, los editores que publicaron la obra dentro de la Biblioteca Universal —con una ligera variación en el título— señalan que el canon establecido para la colección fue que abarcara las obras literarias más relevantes desde la epopeya homérica hasta los umbrales del siglo xx. La selección y producción estuvo a cargo de algunos de los representantes más destacados del mundo literario hispanoamericano. Para el caso que aquí se trata, el estudio preliminar se le encomendó a Borges, quien, en un número considerablemente menor de páginas respecto a las escritas por Cardiel, presenta tanto esta obra como la de Emerson, Hombres representativos, que también forma parte del volumen.
¿Quién era Thomas Carlyle para estos dos presentadores de Los héroes?
Cardiel Reyes (1976) cumple su tarea al anotar los datos suficientes para dar una idea del paso de Carlyle por el mundo: sus estudios, la reverencia que profesó a su padre, el conocimiento de la literatura inglesa y francesa y, de especial interés para los fines de este escrito, el hecho de que en 1817 se sintió poseído por el ateísmo, pero pronto reconoció que esa posición le era repugnante y experimentó enseguida un nuevo nacimiento espiritual.
El filósofo menciona los trabajos de Carlyle publicados a partir de los años treinta, porque en ellos se encuentra mucha de la reflexión sobre sus ideas y su mundo. Por el momento, basta con subrayar que el descubrimiento de la literatura germana y la reverencia por Goethe a los que alude son cuestiones que no pueden perderse de vista para comprender el proceso de su pensamiento y de sus obras.
Señala asimismo que Carlyle vivió en Londres desde 1834 hasta su muerte, en 1881. Cultivó allí amistades con las que tuvo coincidencias y diferencias notables, según cambiaron sus ideas. Un ejemplo representativo fue su relación con John Stuart Mill; conforme Carlyle se inclinó a una oposición cada vez más franca respecto al liberalismo, la confrontación entre los dos pensadores se hizo patente.
En los últimos años treinta, apunta Cardiel (1976), Carlyle alcanzó cierta popularidad por algunos de los cursos que dictaba y, en ese contexto, pronunció las conferencias sobre los héroes en 1840.
Una cuestión que también atiende y que importa para el acercamiento aquí propuesto es la de la posición ambigua de Carlyle respecto a la religión: rechazo a los credos establecidos, un cierto deísmo, mas no escepticismo, ni materialismo. Asunto que puede relacionarse con lo que Cardiel (1976) destaca cuando ahonda sobre la influencia que recibió de Fichte[10] y sus Caracteres de la Edad Contemporánea, obra en la que el autor prusiano critica la falta de sentido moral que observaba en su tiempo, el de la Ilustración. Esto junto con una inclinación por el tema de la voluntad frente a la razón, de la acción frente al pensamiento, derivado de la filosofía de la vida de Goethe, sustentó las convicciones de Carlyle para observar su mundo, valorar a los hombres y explicar el pasado.
La semblanza de Thomas Carlyle que ofrece Cardiel debe complementarse con las páginas que dedica a la recepción de su obra. Cabe destacar que los nombres de Marx, Nietzsche, Max Weber, así como los de Ernst Cassirer y Raymond Williams cumplen la función de llevar al lector la noticia de un repertorio de autores que sirvieron a Cardiel para formarse una idea tanto de la vida del escritor escocés, como de la complejidad de su pensamiento y de los efectos que tuvo su difusión a largo plazo. De ahí que cobre interés tomar en cuenta la opinión de este autor sobre una cuestión esencial para acercarse a las conferencias sobre los héroes: atender por igual lo correspondiente al mundo de las ideas y al de las creencias:
Carlyle creía en una ley del mundo, que regía el desenvolvimiento histórico, en el que se manifestaba esa fuerza universal, que identificaba con Dios, a veces con un simple instinto racional que actuaba en lo profundo de la naturaleza humana. Los héroes son las encarnaciones sucesivas de ese gran impulso universal (Cardiel, 1976: xviii).
En ese vínculo entre la religión y la filosofía del romanticismo alemán se encuentra un apoyo para responder algunas de las dudas que genera la lectura de Los héroes.[11]
Con esos elementos recogidos de otras voces, y con la propia, Cardiel termina el estudio que abre la edición de Sepan cuantos. Incluye las semejanzas entre Carlyle y Hegel en la manera en que conciben al héroe y al genio, respectivamente, reitera el influjo de Fichte en ambos; y ve la sombra de este último en el afán del escocés por dejar el liderazgo de la historia en el individuo y no en la masa, cuestión que le acarrea la acusación de ser precursor de doctrinas fascistas.
Cardiel no esconde sus reparos a la obra de Thomas Carlyle, por ejemplo, habla del tratamiento distinto de cada caso; pero siguiendo a Cassirer insiste en poner de relieve el interés de Carlyle por valorar sobre todo la fuerza moral de sus héroes.[12] No duda en recomendar la lectura de la obra que presenta, aun cuando consigna que “La posteridad de Carlyle sigue siendo tormentosa” (Cardiel, 1976: xxii).
Esa posteridad tormentosa la elige el insigne Jorge Luis Borges para dar un anticipo al lector de lo que encontrará en el volumen que contiene las obras de Carlyle y Emerson. Seis páginas más que suficientes para tomar el pulso de lo que ve en el texto de Carlyle y en general de lo que opina sobre él. Destaco los puntos que interesa recuperar.
En primer término, aparece una clave sobre el origen de las conferencias del escocés. Borges apunta que la lectura de Las mil y una noches, en 1839, planteó a Carlyle una pregunta sobre Mahoma y su influencia en el pueblo árabe y ese fue el punto de partida de la idea plasmada en las conferencias. En esa obra ve una teoría de la historia y es fácil adivinar, aunque no lo puntualice, que se trata de la que indica la preeminencia del individuo sobre cualquier otro tema. Para apuntalar su consideración cita expresiones del autor referentes a ver la historia universal como Escritura Sagrada y anota que en su Sarto Resartus señala que los hombres de genio son verdaderos textos sagrados.
En esa misma línea, coincide con Spencer respecto a que, pese a que Carlyle creyó abjurar de la fe de sus padres, en sus concepciones del mundo y del hombre, se muestra como un calvinista rígido, partidario de la herencia presbiteriana de una doctrina de los pocos elegidos.
Sin embargo, Borges deja esas notas para subrayar que la teoría política de Carlyle es más importante que sus convicciones de corte religioso. Para desarrollar esta idea hace un viaje hacia adelante, menciona a Bertrand Russell y a Chesterton, y cita las acusaciones hechas a Carlyle sobre proporcionar argumentos al nazismo, debido a su oposición a la democracia y el hecho de aclamar la victoria de Alemania contra Francia, en 1870, calificando a cada una de estas naciones con adjetivos muy elocuentes en favor y en contra.
Borges recoge de otras obras del autor algunas frases que abonan a la condena, como la alabanza de la Edad Media, su crítica al parlamentarismo y su rechazo a la abolición de la esclavitud. Llega a decir que veneró y acaso inventó la raza teutónica e invita a revisar obras posteriores de Carlyle, fechadas en 1843 y 1850; cierra el párrafo con la afirmación de que frases de ese tipo abundan en Los héroes. Concluye señalando que en la última conferencia “defiende con razones de dictador sudamericano la disolución del parlamento inglés por los mosqueteros de Cromwell” (Borges: 1999: xi).
Pese al empeño con el que se suma a esa acusación, Borges asegura que ve lógica en sus planteamientos, puesto que postulada la misión divina del héroe es inevitable juzgarlo libre de obligaciones humanas. Reconoce en él sinceridad, pues dice: “Nadie ha sentido como él que este mundo es irreal (irreal, como las pesadillas, y atroz)” (Borges, 1999: xii). En un rasgo de esfuerzo comprensivo, anota que Carlyle, “hace poco más de cien años, creía percibir a su alrededor la disolución de un mundo caduco y no veía otro remedio que la abolición de los parlamentos y la entrega incondicional del poder a hombres fuertes y silenciosos” (Borges, 1999: xii); pero agrega, denotando que esta idea no basta para exculpar el daño derivado de la obra, que “Rusia, Alemania, Italia han apurado hasta las heces el beneficio de esa universal panacea; los resultados son el servilismo, el temor, la brutalidad, la indigencia mental y la delación” (Borges, 1999: xii). Evidentemente, en su ánimo pesaba el entorno de la dictadura y la sombra cercana de las experiencias europeas.[13]
Hasta aquí se presentaron dos lecturas de Carlyle en las que no faltan las convergencias, pero los acentos son diversos; mientras el ánimo de Cardiel va en busca de las motivaciones filosóficas que explican su obra, Borges subraya los efectos nocivos que se desprenden de su teoría política. Una tarea para visualizar las divergencias respecto a esa obra implicaría rastrear los contextos históricos, biográficos e ideológicos de cada uno de quienes, desde la ciencia política, la filosofía y la literatura, por ejemplo, han dado a conocer sus opiniones sobre la calidad de esa obra por más de un motivo. Un ejemplo puede ser la alusión a la distancia que media entre las opiniones que sostiene Emilio Castelar (1832-1899), quien, desde la mirada de un escritor y político, prologa la obra de Carlyle, y señala entre sus características algo que suena más a defecto que a cualidad:
Nosotros, en la exterioridad de nuestra vida plástica, siempre que ponemos la pluma en el papel, nos acordamos del público; mientras Carlyle, en la interioridad de su individualismo germánico, escribe para deleitar su espíritu propio e íntimo, como si nadie debiera de leerlo, ni de escucharlo (Castelar, 1893: vi)
Y agrega que “la juventud debe admirarlo, sí, pero no seguirlo; debe leerlo, sí, pero no imitarlo” (Castelar, 1893: x). En sus palabras es elocuente la diatriba en contra del idealismo germánico.
En la misma publicación, Leopoldo Alas Clarín (1893: 22), en la introducción, ve como deseable que cundiera el espíritu “de este noble idealismo septentrional para refrescar las almas, secas de tanto intelectualismo positivista”.
Los límites de este estudio, como ya se mencionó, son estrechos y, sin embargo, son muestra fehaciente de los alcances de un producto decimonónico que sigue presente entre el público lector en general, y atendido en los textos que se tratan del desarrollo de la Historia.
El historiador, juicios y prejuicios en algunas historias de la historiografía
Algunos autores a lo largo del siglo xx dieron a conocer sus opiniones sobre Thomas Carlyle como historiador, al incluirlo en los recuentos de la producción historiográfica del siglo xix. Un recorrido por dichas obras permite observar desde distintas perspectivas el reconocimiento y la crítica que han merecido tanto los textos históricos como las ideas de Carlyle. Si bien, las referencias a Los héroes no están presentes en todos los casos, es evidente que esta obra en particular forma parte de las apreciaciones acerca de su legado en el campo de la investigación y el pensamiento sobre la historia.
Cinco textos de diferentes autores, publicados en 1913, 1951, 1965, 1973, 1981, más una obra colectiva impresa en 1999, forman la base para destacar ciertos aspectos que quiero poner de relieve. El primero y el último de los libros provienen de Inglaterra; el segundo, de Alemania; el tercero, de México; el cuarto, de los Estados Unidos; y el quinto, de Francia. Con intenciones variadas, cada uno abre expectativas para conocer a Carlyle y, a la vez, proyecta algo del horizonte historiográfico en que está escrito.
George P. Gooch (1873-1968), en Historia e historiadores en el siglo xix,[14] hace presente a Thomas Carlyle en numerosas ocasiones.[15]Revela apreciaciones del historiador que van del reconocimiento de su autoridad en la materia y el elogio a sus cualidades como narrador, a la crítica indispensable por no cumplir con los requisitos de la historia. Es fácil adivinar que cierto orgullo nacional marca las primeras, mientras que la convicción de un deber ser de la disciplina es el motivo de sus reparos.
Por ejemplo, toma en cuenta opiniones de Carlyle sobre historiadores de la talla de Ranke, Thiers y Mignet; e incluso sobre Macaulay y Bancroft.[16] Igualmente, señala la capacidad que desarrolló para captar el carácter de los individuos (Gooch, 1942) y la brillantez de sus descripciones, que lo lleva a compararlo favorablemente con Michelet: “Con la excepción de Carlyle, el libro de Michelet presenta la más brillante descripción conocida del más grande acontecimiento de la historia moderna” (Gooch, 1942: 190), dice refiriéndose al tratamiento de la Revolución francesa que hicieron en sus respectivas obras. Gooch (1942) apunta que la publicación de Carlyle, en 1837, le dio una reputación nacional y es la única obra histórica inglesa de la primera mitad del siglo que aún se lee universalmente, además de los Ensayos de Macaulay. Ve en ella la más épica de las narraciones y, en lo que concierne a su aportación como historiador británico, afirma que: “Durante la primera mitad del siglo xix nadie, exceptuando a Macaulay, dio a los estudios históricos tanto ímpetu como Carlyle” (Gooch, 1942: 326) Sin embargo, observa en ambos autores lo que juzga digno de crítica; mientras Macaulay utilizaba la historia para justificar sus convicciones políticas, “el calvinista escocés la empleaba para ilustrar y reforzar su enseñanza ética” (Gooch, 1942: 326).
Aunque el uso de la historia en este sentido moral no se toma como un defecto, sí lo es el problema de la interpretación del acontecer histórico en Carlyle cuando transita de una idea que reconoce la aportación de los humildes al edificio de la civilización, en sus primeros escritos, a la pregunta que se hace después de si es biográfico todo el propósito de la historia (Gooch, 1942: 326-327). Esta incapacidad de ver más allá de los individuos hace que no pueda concebir la vida colectiva, ni establecer relaciones entre causas y efectos. Junto a esta falla, Gooch coloca la investigación deficiente; precisa que en su tiempo no se consultaban los archivos, de manera que su libro sobre la Revolución francesa tiene un lugar inexpugnable como epopeya “pero nunca fue revisado y su autoridad en el mundo de la erudición ha desaparecido hace tiempo” (Gooch, 1942: 330). En otro pasaje anota que ponía poco cuidado en la interpretación exacta de los materiales.
Gooch reconoce que el curso sobre los héroes y el culto a los héroes, que dictara Carlyle, despertó entusiasmo; pero la referencia le permite abundar en el mensaje que lo evidencia como teólogo calvinista “pensaba que eran pocos los elegidos. Sin el mastín el rebaño se descarriaría” (Gooch, 1942: 330). Abunda en ello y prevé las graves consecuencias de ver verdades eternas en el hecho de que sea el héroe el que señala el camino, ya que puede desembocar en la idea de que la causa vencedora es la buena. “La descarnada doctrina de valores que surge en los Héroes domina y desfigura mucha de su obra posterior” (Gooch, 1942: 330).
Sin embargo, el juicio de Gooch con respecto a Carlyle no está exento de ambigüedades; pues si el tema de la biografía y del héroe le parecen cuestionables, a la vez afirma que la obra más grande del historiador “fue la de devolver a Inglaterra uno de sus mejores hijos” (Gooch, 1942: 331) cuando reivindicó a Cromwell. Aunque también señala que no comprendió el anhelo de quienes reclamaban un gobierno más libre y atribuye todo a la creencia de Cromwell en la aristocracia. Añade además que su estudio lo convenció de que los hombres de acción forman la médula de la historia.
Gooch revela sus propias convicciones al criticar que Carlyle no creía en la democracia, ni en la ciencia. Si bien, insiste en ver en el historiador escocés al más grande de los retratistas históricos ingleses, lo acusa de ceguera para ver a las masas y de usar expresiones negativas respecto a los negros, a los defensores de la esclavitud (Gooch, 1942) y concluye con una frase condenatoria: “Toda su filosofía era que el rebaño vulgar debe ser entrenado, dirigido y castigado por sus superiores. Lo mismo en política que en historia se alejó cada vez más de las generosas intenciones de su juventud” (Gooch, 1942: 335).
Al historiador británico le interesa colocar en un alto nivel la contribución de Carlyle a la historia producida en Inglaterra en la primera parte del siglo xix, —pese a los defectos que detecta en su obra—. Sin embargo, destaca que la escuela inglesa se encaminó a una disciplina representada por quienes cultivaron mejores métodos y dejaron atrás los partidarismos. Mientras, en la segunda parte del siglo, Carlyle, fiel a su divisa, se ocuparía de escribir sobre Federico el Grande. Gooch lo mantiene presente hasta el final de su obra, ya sea para insistir en sus errores o para no olvidar su grandeza; la comparación con dos historiadores estadounidenses le brinda ambas oportunidades. Respecto a Prescott, Carlyle no sale favorecido, puesto que las páginas del norteamericano “están libres del culto a los héroes y de prejuicios partidistas” (Gooch, 1942: 416); en cambio, admite la opinión de Froude, quien afirma que El nacimiento de la República holandesa, de Motley, “encontraría un lugar entre los clásicos históricos, y que en la descripción dramática ningún historiador moderno, exceptuando tal vez a Carlyle, lo había superado” (Gooch, 1942: 416-417).
Casi cuatro décadas más tarde (1951), La ciencia de la historia, de Fritz Wagner (1908-2003),[17]un historiador alemán inmerso en preocupaciones distintas a la concepción del siglo xix como el siglo de la afirmación de la disciplina en los territorios de la ciencia, contiene unas cuantas referencias a Carlyle que contribuyen a destacar el problema de la subjetividad en el ejercicio de conocer el pasado. Si en Gooch se manifiesta la importancia de atenerse más a la investigación en los archivos, Wagner (1958: 11) expresa que “El historiador, cuando merece este nombre, es otra cosa que el teólogo y el filósofo, y algo aparte también del filólogo y el archivista, aunque se halle en deuda con todos ellos”.
De allí, no debe extrañar que, en el índice onomástico, se presente a Carlyle como un escritor que se dedicó a la ética social y a la historiografía. Se mencionan tres de sus obras más destacadas, La Revolución francesa, Los héroes y La historia de Federico de Prusia (Wagner, 1958). En el interior de la obra de Wagner, Carlyle aparece solamente en dos ocasiones; en el capítulo sobre marxismo, cuando menciona que antes de Marx hubo —entre los historiadores del siglo xviii y en el romanticismo no burgués, así como en la Escuela Histórica del Derecho— autores que se ocuparon de hacer estudios sobre la historia social y económica, y entre ellos coloca los nombres de Tocqueville y de Carlyle; sin precisar nada más. Posteriormente, en uno de los párrafos en que da a conocer el pensamiento de Wilhelm Dilthey aparece la siguiente idea:
Es menester establecer una conexión, más honda, de las relatividades con la validez universal. La comprensión simpática de todo el pasado se tiene que convertir en una fuerza para configurar el futuro. El espíritu humano tiene que coordinar la potenciación de sí mismo, lograda por la conciencia histórica verdadera, con las conquistas de los siglos xvii y xviii. Los exploradores de esta vereda fueron Hegel, Schleiermacher, Carlyle y Niebuhr (Wagner, 1958: 357).[18]
A pesar de la escasa presencia de Carlyle en esta obra elaborada en su mayor parte con fragmentos de textos elegidos para dar cuenta de la ciencia de la historia, es claro que para Wagner resulta significativa la presencia de la ética social y el esfuerzo por darle un sentido universal a los distintos episodios en la obra del escocés.
De un talante distinto, Historia de la historiografía de Josefina Vázquez (1932) cumple el propósito central de la colección en que se publica por primera vez, en 1965, en México, para dotar a los estudiosos de la historia de la historiografía de un manual esencial para conocer el desarrollo de la disciplina. Con la intención didáctica que lo rige, el texto comienza por presentar a Carlyle diciendo que “habiendo hecho estudios eclesiásticos, se convirtió primero en profesor y, más tarde en escritor” (Vázquez, 1965: 110). Considera sus obras dentro del romanticismo y entre ellas menciona Los héroes y apunta que más que un impulso nacional, busca plasmar sus impresiones personales. Puntualiza que admiraba a aquellos hombres con ideales y que trataba siempre grandes figuras, retratándolas como sostenedoras del conjunto del pueblo.
Al referirse a la Historia de la Revolución francesa sigue en varias apreciaciones las afirmaciones de Gooch; por ejemplo, la expresividad de sus cuadros y la falta de fuentes para conseguir una visión más equilibrada. Incluye, sin embargo, detalles que muestran un afán más comprensivo sobre el particular: como su intento era dar vida a sus impresiones personales sobre el drama revolucionario, la bibliografía desempeñaba un papel secundario.
Respecto a Los héroes, Josefina Vázquez es más explícita sobre su contenido y acerca del entusiasmo que provoca la obra. Señala que sigue ocupando un lugar entre las lecturas favoritas (en el contexto de mediados del siglo xx). Añade que en sus semblanzas destacan hombres de gran energía e ideales, capaces de destruir un orden decadente para arrastrar al pueblo a un orden nuevo. Presta atención al caso de Cromwell, por incitar a la realización de estudios más minuciosos del personaje, con el cual ella supone que Carlyle encontraba afinidad. Considera que la obra Cartas y Discursos de Oliverio Cromwell, a pesar de haber sido concebida solo como un aporte de documentación, es la obra más importante desde el punto de vista de la Historia, entre otras razones, porque la elaboró con más seriedad. Reitera el carácter romántico de Carlyle y apunta que quiso hacer con los héroes lo que otros pretendieron hacer con el pueblo.
La inclusión de Carlyle en el capítulo sobre Historiografía romántica cumple su cometido. Heredera de un magisterio preocupado por la comprensión, Josefina Vázquez la ejerce al tomar siempre con medida la perspectiva de sus fuentes. No descarta la precisión de los datos, pero a la vez trata de entender las motivaciones del autor (Vázquez, 1965).
Publicado poco más de un lustro después del recuento didáctico de la doctora Vázquez y difundido en español en 1992, el ya célebre texto Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo xix, de Hayden White (1928-2018) presenta un acercamiento de diversa índole a Carlyle . Uno que hace a partir del discurso del historiador y de la proximidad entre su lenguaje y el que suele emplear el filósofo de la historia.
Carlyle aparece desde la introducción, en la que White muestra su propuesta de atender a la explicación por argumentación formal que lleva a cabo un historiador. Lo ubica, como a Herder y Michelet, entre los historiadores románticos y grandes narradores que cultivan la argumentación formista, en la cual la descripción de la variedad, el color y la viveza del campo histórico es el objetivo central del trabajo. En este caso, advierte que quien usa tal explicación tiende a hacer generalizaciones sobre la naturaleza del proceso histórico en su conjunto. Sin embargo, lo hace a partir de dar unicidad a los agentes, lo cual redunda en que los elementos aparecen dispersos más que integrados en un todo. Por consiguiente, aunque el relato intenta abarcar el panorama histórico, no presenta rigor en el uso de conceptos que lo expliquen (White, 1992).
Otro rasgo que obliga a White a mencionar a Carlyle proviene de su indicación de los tres tipos de historia, de acuerdo con Nietzsche, que caracterizan a este pensador: anticuaria, crítica y monumental. En comparación con lo producido en el siglo xviii que, según White (1992), se mostró más débil en la forma monumental al servicio del héroe, la época romántica de comienzos del siglo xix concibió la historia como relato de héroes, tal como lo hizo Carlyle. En una cuestión más, señala que la historia estudiada como relato de grandes hombres falla cuando presenta los efectos sin ocuparse de las causas y procede estableciendo analogías para encontrar una grandeza común en todos los individuos.
A propósito del modo de argumentar que no acepta sistemas formales para la explicación, se refiere a la teoría del conocimiento que —en palabras de Carlyle— caracteriza el campo histórico como caos del ser y que conduce al historiador a tomar actitudes diferentes. Ejemplo de ello son románticos como Constant, Novalis y Carlyle, esa diferencia que a la vez implica una concepción distinta de la tarea del historiador. Frente al escepticismo que genera ese caos, la actitud de Carlyle es de carácter esteticista y responsable éticamente, según White. Afirma que su concepción de la historia, al igual que de la filosofía “era más activista que contemplativa” (White, 1992: 145).[19]
White remite a algunos escritos del escocés para respaldar sus ideas y en concreto señala que Carlyle decía que el historiador debía enfrentar ese caos con un espíritu científico y poético. Había que encontrar en la humanidad el significado de la vida, “dar a la vida humana una conciencia de su naturaleza potencialmente heroica” (White, 1992: 146). Carlyle, desde una comprensión metafórica del campo histórico, veía la posibilidad, por un doble movimiento de pensamiento e imaginación, de poesía y ciencia, de aprehender las cosas en su semejanza con otras y después captarlas en su aspecto único o diferencia de todo lo demás.
La historia como proceso representa una lucha interminable de la turba contra el hombre excepcional, el héroe […]. Para Carlyle, entonces el conocimiento histórico se adquiere simplemente indagando en el ‘Caos del Ser’ a fin de determinar los puntos en que algunos individuos excepcionales aparecieron e impusieron su voluntad a una turba indolente y recalcitrante (White, 1992: 146-147).
White interpreta que el héroe representa una victoria del libre albedrío humano sobre la necesidad. En cierto modo esto implica que la manera de ver la historia de los románticos no estimulaba la idea de que todo el proceso histórico tiene una significación, sino que se traducía en una fiesta de formas a las cuales el poeta puede acudir en busca de inspiración.
Carlyle vuelve a aparecer en Metahistoria cuando White se ocupa de Michelet y reitera la noción de caos de ser, que impulsaba a los románticos a comprenderlo, según fuera el caso: “como tan solo un caos (Constant), como una plenitud de fuerza creadora (Novalis) y como un campo de lucha entre hombres heroicos y la propia historia (Carlyle)” (White, 1992: 148). Y añade que esas comprensiones se proponen “como verdades que deben ser aceptadas por fe en la sensibilidad poética de sus respectivos defensores” (White, 1992: 148).
Las apreciaciones de los estudiosos de la historiografía resultan de indudable utilidad para entender las aportaciones de Carlyle. En el recuento que hace White para precisar algunos juicios de quienes a principios del siglo xx miraron la producción del xix, para distinguir la historia de la filosofía de la historia, incluye, junto a Fueter y a Croce, a Gooch. Apunta que este último en History and historians in the Nineteenth Century hizo una clasificación por naciones, pero “también asignó a su propia época la tarea de sintetizar por fin, en términos apropiadamente ‘histórico-científicos’, las realizaciones del siglo anterior” (White, 1992: 259). Asimismo, menciona que Dilthey “identificaba a los tres contribuyentes principales a la tradición historiográfica de comienzos del siglo xx en Ranke, Carlyle y Tocqueville” (White, 1992: 262). Con lo cual hace constar la importancia de la obra de Carlyle para distintas miradas sobre el deber ser de la historia.
La historiografía de Charles-Olivier Carbonell (1930-2013), publicada en 1986, en español, con intención didáctica, puede considerarse un pequeño clásico entre las Historias de la historiografía. A poco menos de ochenta años del texto de Gooch, el libro, que recorre la producción historiográfica desde los orígenes hasta el siglo xx, apareció en la prestigiada colección de Breviarios, del Fondo de Cultura Económica.
El capítulo ix de esa obra lleva el nombre de “El siglo de la historia” y, bajo el subtítulo de “La tentación del filosofismo y del cientificismo” se encuentra el nombre de Carlyle. En ese apartado, Carbonell (1986) sostiene que se dieron distintos sentidos a la palabra filosofía aplicada a la historia, por ejemplo, señala que con frecuencia es sinónimo de ciencia en la época romántica. Cita a Guizot (1830), en la primera lección de su Historia de la civilización en Francia, porque ve en sus palabras “con bastante claridad que el autor llama historia filosófica a una historia compuesta a la manera de los historiadores del siglo xviii, de un Montesquieu o de un Gibbon: una historia que descubre la explicación de un vasto problema” (Carbonell, 1986: 109-110). Entre otros, menciona al Carlyle que “canta los raros genios que hacen la Historia” (Carbonell, 1986: 109-110).[20]Así, sin pretender dar razón del historiador escocés, desdibujado y en medio de una propuesta que reclama atención, él y sus héroes quedan consignados en las páginas de Carbonell.
Finalmente, casi para cerrar el siglo xx, Writing National Histories. Western Europe since 1800, un libro colectivo editado por Stefen Berger, Mark Donovan y Kevin Passmore y publicado en 1999, en Londres, recupera algo más de lo que apenas indica Carbonell en su apretada síntesis sobre el proceso de la historiografía. Esa obra colectiva me permite concluir el trayecto iniciado de la mano de Gooch.
En el tercer capítulo, “Literature, liberty and life of the nation”, Benedikt Stuchtey (1965) es el primero en referirse a Carlyle, cuando alude a su cuestionamiento de la civilización y al indudable acuerdo con su discípulo Froude, quien consideraba que la gloria nacional de Inglaterra databa de la Reforma. El caso de John Robert Seeley, historiador que contribuyó a alimentar la idea del imperialismo inglés y perteneció a un tiempo de profesionalización, historia científica y creciente politización de la historia hacia 1870, bajo la influencia del historicismo alemán, le lleva a señalar que después de Carlyle, Seeley fue el historiador británico más germanófilo en el siglo xix (Stuchtey, 1999: 37). Esta cuestión obliga a recordar las consideraciones de Cardiel que se apuntaron arriba.
Otro asunto que conduce a Carlyle es el de la popularidad de la biografía en Inglaterra. Al mencionar el hecho de que Leslie Stephens (1832-1904) fundara, en 1885, el Dictionary of National Biography —que para 1891 había publicado veintiséis volúmenes—, Stutchey (1999: 40) llama la atención sobre el paralelo de esa obra con el programa de Sobre los héroes, en lo que toca al elitismo. Stuchtey precisa que el método biográfico de Carlyle fue pasando de moda, porque su reacción conservadora contra la democracia, contra el racionalismo y su disgusto por la ciencia moderna, no fueron del agrado de los intelectuales de fines del siglo xix. La Historia, según Carlyle, servía para un propósito literario y moral, no para uno académico, y esto lo coloca más cerca de Walter Scott y la herencia literaria de Macaulay que de Lord Acton (Stuchtey, 1999: 40). Desde mi punto de vista, estos juicios indican la distancia que se hacía y, en muchos casos, se hace entre las características que debe tener el texto histórico y los riesgos que corre bajo la perspectiva literaria.
En consonancia con la idea de su germanofilia, se califica a Carlyle como admirador de Goethe y de Federico el Grande. En relación con su actitud crítica respecto a la Revolución Industrial, y su profecía nietzscheana del declive nacional a causa del capitalismo y la crisis de la libertad, se le adjudica representar un llamado poderoso para fomentar el puritanismo y la política autoritaria. No sorprende que su héroe personal fuera Cromwell. Incluso se plantea que el intento de Seeley de reemplazar libertad con imperio como el nuevo modelo de la historia inglesa pudo aprovechar las ideas de Carlyle sobre la superioridad de la nación británica; su compromiso con las normas, el poder y el amor al trabajo, se adecúan bien a la filosofía imperial (Stuchtey, 1999: 40).
En las conclusiones, Passmore, Berger y Donovan (1999: 287) vuelven sobre el punto del pensamiento antidemocrático de Carlyle. Mencionan que Froude era más mesurado que su maestro al escribir que el gran interés del Imperio no podía estar a merced de las intrigas parlamentarias o de los gustos de la opinión pública, puesto que Carlyle había aprobado el despotismo y condenado las instituciones representativas en su historia de Federico el Grande.
La última referencia al escocés en esta obra presenta dos caras de su recepción. Por un lado, el dato de que Hitler, en 1945, pasó el tiempo en su bunker leyendo la biografía de Federico el Grande de Carlyle —lo cual, aclaran, no prueba el profascismo del escocés— y, por otro, la nota de que los líderes del Partido Laborista también leyeron a Carlyle (Passmore, Berger y Donovan, 1999: 290).
Los autores del libro agregan comentarios que hacen justicia a la complejidad que advierten los historiadores de fin del siglo xx, tanto en la historia que se escribe como en la manera en que se recibe.[21]El futuro del pasado tendrá siempre implicaciones en lo que se atribuye a las intenciones y también en lo que nos induce a exigir a los historiadores un comportamiento de acuerdo con las normas presentes de la disciplina histórica.
La trascendencia en Los héroes
Hasta aquí, he incorporado algunos ejemplos sobre la trascendencia de Carlyle y su obra histórica, aludiendo directa o indirectamente al contenido de Los héroes. Mi propósito en este último apartado es dar cuenta de una lectura personal, la que suscitó las preguntas iniciales, y me conduce a referirme a la trascendencia como aquello que está más allá de lo perceptible y encuentro plasmado en el peculiar trabajo del autor escocés.
Como apunté antes, el libro sobre los héroes es producto de seis conferencias que dictó Carlyle en 1840. La obra consta de igual número de capítulos en los que revisa los distintos aspectos de los héroes y las funciones que desempeñan en el mundo. Así, aparecen en sus páginas el héroe como dios, profeta, poeta, sacerdote, literato y rey; mas no como cualquiera de los que cabrían en estas denominaciones generales, sino que, en cada caso, con nombres propios y ubicaciones en el curso de los siglos. Ahí se ubica la dimensión histórica de la obra. Para Carlyle, el culto a los héroes hace que avancen las sociedades, es decir quienes hacen la historia en comunidad. Las implicaciones de esta idea dan lugar a gran cantidad de interpretaciones que a la vez tienen efectos de diverso signo, provocando admiración en algunos y descalificación absoluta de parte de otros, como se ve en las páginas anteriores.
Tras la presentación brevísima del elenco que ofrece Carlyle en su libro, destaco, de manera sucinta, los rasgos que atribuye a los héroes en general. Fijo la atención en el caso de los sacerdotes, por considerarlo sumamente representativo del asunto que interesa observar: la trascendencia implicada en el acontecer histórico.
¿Quiénes son los héroes de Carlyle? En primer término, está Odin, el dios de la mitología escandinava; enseguida, Mahoma, el profeta que guía hacia Dios y dice cómo amar; en tercer sitio, Dante y Shakespeare, los poetas que enseñan qué amar, iluminados por Dios en su talento; en cuarto lugar, Lutero y Knox, en su función de sacerdotes; los literatos Johnson, Rousseau y Burns, con sus lecciones de humildad; y, finalmente, Cromwell, que cierra el desfile heroico junto a Napoleón. Así inicia el viaje. Odín representa esa relación que la humanidad establece con el misterio y permite una declaración sustantiva:
Con razón se dice que el hecho culminante del hombre es su religión. [...] Lo que realmente cree […], lo que el hombre toma a pecho lo que sabe de cierto referente a sus relaciones vitales con este misterioso Universo, su deber y destino, es siempre lo principal para él, determinando todo lo demás, produciéndolo. Eso es su religión (Carlyle, 1999: 4).
Cuando toca su turno a Mahoma, el profeta, Carlyle declara que el paso del paganismo nórdico al mahometismo árabe le parece un importante cambio en el estado universal y el pensamiento de los hombres. Esta vez no es el héroe como dios, sino a quien él inspiró. Para este caso, juzga importante establecer la relación del gran hombre con la naturaleza. Estar en franca comunicación con ella y ser sincero son características que auguran la acogida que una época puede dar al héroe, da la pauta del aspecto más significativo de su historia, revela el estado espiritual. Aun de manera inconsciente, el factor de la sinceridad es esencial. Mahoma, fue franco, más que ser el más eminente o el más sincero de los profetas, según Carlyle (1999).
Sin mediar explicación, menciona que hablar de Mahoma le permite discurrir con más libertad. En medio de las alusiones a los sitios sagrados de los árabes y lo que llama su idolatría, incluye un párrafo por demás sugerente cuando señala que al parecer hubo un periodo de vacilación y: “Por ese tiempo tuvo eco en Arabia la vaga nueva del Acontecimiento de mayor importancia para este mundo: la Vida y Muerte del Hombre Divino en Judea, síntoma y causa al mismo tiempo del inmensurable cambio en el mundo” (Carlyle, 1999: 49). Más adelante, entre algunos datos sobre la vida de Mahoma, anota su consideración de que su viaje más significativo fue a las Ferias de Siria. Entró en contacto con un elemento de “infinito alcance para él: la Religión Cristiana” (Carlyle, 1999: 49). Así, con algunas frases y comparaciones entre el islamismo y el cristianismo, plasma la importancia de este último. Mahoma no debe considerarse un impostor, su nexo con la naturaleza y su sinceridad definen su condición de héroe.
Carlyle sigue adelante, respeta el orden de los tiempos y, a grandes saltos, se ocupa ahora del que define como poeta-profeta, aquel que penetra los misterios, ve más allá de la apariencia, alcanza la idea divina del mundo. Aunque todos los hombres tienen algún rasgo de lo universal, ninguno está únicamente integrado por él. Al vate profeta le corresponde la capacidad de comprender el sagrado misterio en su aspecto moral, el que permite distinguir el bien del mal; al vate poeta, en lo que toca a lo bello (Carlyle, 1999: 73-74). Carlyle remarca el valor de la mirada que rebasa lo palpable para trascenderlo. “Así como el italiano Dante, fue enviado para realizar melódicamente la religión de la Edad Media, la de Europa Moderna, su Vida Interior, Shakespeare realiza la Vida Exterior que nuestra Europa ha desarrollado” (Carlyle, 1999: 91).[22] Ambos tienen el mérito de dar a conocer la visión de Europa en cuanto a la fe y a la práctica. Uno reveló el espíritu; el otro, el cuerpo.
En la cuarta conferencia, “El héroe como sacerdote. Lutero. La Reforma. Knox, El puritanismo”, Carlyle ofrece el nudo de su trama. En las primeras once páginas y media de las treinta y cuatro que le corresponden en el libro, reproduce ideas ya presentes en sus conferencias anteriores. Por ejemplo, advierte que la esencia de todos los héroes es idéntica, aunque su forma exterior depende de la época y el ambiente en que vive; lo distingue su capacidad de discernir la divina significación de la vida. Sin embargo, manifiesta que el héroe como sacerdote es el lazo que une a los seres con la invisible santidad; hace comprender lo invisible en la vida ordinaria.
Lutero y Knox cumplieron por vocación expresa lo que se espera del sacerdote ideal, según Carlyle (1999:105). Aunque quizá hubo otros como ellos, su característica es que enfrentaron tiempos difíciles. Fueron reformadores al apelar a la “invisible justicia del cielo contra la fuerza visible de la Tierra” (Carlyle, 1999: 106).[23]
La historicidad y el teorema
En este punto, Carlyle toma en sus manos elementos filosóficos cuando, sin descartar la historicidad de lo que ocurre, plantea la existencia del teorema de la historia. Es decir, avanza en el tiempo histórico para mostrar la importancia de la historicidad, pero solo si se considera el nexo que guardan ciertas expresiones con lo que denomina el teorema[24]del universo. Así, cuando explica la necesidad del reformador en la historia, afirma que lo ocurrido antes fue necesario, pudo ser incluso perfecto, pero terminó. Todo cambia, aún el teorema que animó a Dante a realizar tan prodigiosamente una representación de la existencia humana: “la conducta de Dios para con los hombres” (Carlyle, 1999: 107) es algo que caduca.
A la manera en que Homero afirma en la Iliada que la generación de los hombres se asemeja a la de las hojas y Herodoto alude al inevitable cambio cuando afirma estar persuadido de la inestabilidad del poder humano y de que las cosas de los hombres nunca permanecen constantes en el mismo ser, Carlyle (1999: 107) se pregunta por qué no continuó el catolicismo de Dante, siendo necesario que fuera seguido el protestantismo de Lutero?, y responde “¡Ay de mí, nada continúa!”.
Aun cuando Carlyle declara su falta de fe respecto a la idea del perfeccionamiento de las especies, y con ello muestra su desconfianza en las ideas de su tiempo, su convicción sobre la caducidad de los sistemas lo lleva a decir que:
El sublime Catolicismo de Dante, increíble hoy teóricamente, deteriorado por la práctica infiel, desconfiada y falsa, tiene que ser destrozado por un Lutero; el noble feudalismo de Shakespeare, tan bello como parecía y lo era en su tiempo, tiene que finalizar en la Revolución Francesa (Carlyle, 1999: 108).
En fin, por explosión se resuelven las cosas; pero no se debe pensar que hay muerte, pues esta solo sucede en lo corporal, no en la esencia. Se espera creación en mayor escala. El valor del odinismo y la humildad del cristianismo van en una suerte de avance de calidad, acercándose a la verdad esencial, por sincera penetración. Todo esto se deriva de que el teorema del universo es infinito.
Los hombres tienen que creer en un objetivo y dirigirse hacia él como si fuera el final, porque está en la naturaleza humana hacerlo; es preciso reconocer pues el valor de cada etapa si en ella hay sinceridad: “El grito de batalla de Lutero, la marcha melódica de Dante, todo lo que encierra sinceridad está de nuestra parte no contra nosotros. A todos los manda el mismo Capitán” (Carlyle, 1999: 110). El providencialismo de Carlyle está completamente a la vista y obliga a reparar en cuándo y cómo observa la manifestación de Dios en el mundo.
El verdadero enemigo a vencer
Según Carlyle (1999), para dar lugar a la presencia de Lutero, es preciso referirse a la idolatría. Mahoma luchó contra ella. En todos los credos existe, puesto que se utilizan símbolos de Dios que son símbolos y no Dios; sin embargo, es claro que el hombre los requiere, hay que dejárselos; porque el verdadero problema de la idolatría es que falte la sinceridad.
Tras un largo preámbulo, en la cuarta conferencia se abre paso el caso de Lutero como el sacerdote por excelencia. “Lo que caracteriza al Héroe en toda época, latitud y situación es la consideración de la realidad, lo que son las cosas y no las apariencias” (Carlyle, 1999: 112). La cuestión es que el protestantismo es obra de un profeta; del hombre que en el siglo xvi dio “el primer golpe de la sincera demolición de una cosa vieja, falseada e idólatra, precursora de otra nueva, que tiene que ser cierta y auténticamente divina”. Enseguida, en una curiosa sucesión, señala la rebelión contra la soberanía espiritual que lleva a cabo Lutero y que precede a la terrenal que emprende el puritanismo inglés; por último, menciona a la Revolución francesa. Quedan abolidas todas las soberanías, pero comenzando siempre por la espiritual.
A Carlyle no le convence que se hable de libertad, igualdad, independencia y más, pues cree que, sin la soberanía terrenal y espiritual, el mundo no tendría esperanza —los historiadores ya han dado cuenta de su suspicacia y hasta oposición a la democracia—. Pero también cree en la rebelión contra la falsedad. Piensa que siempre ha existido la libertad en cuestión de creencias, ya que nada puede obligar al alma de un hombre a creer o no creer; eso depende de la gracia de Dios.
Vuelve con insistencia sobre el tema de la sinceridad como primera condición para el héroe; aunque cualquiera puede ser sincero, el Gran Hombre aparece solamente en ciertas épocas; su presencia se requiere para liberar a otros de las tinieblas. Los hombres, según esta idea, no pueden prescindir del héroe. Si bien, tiene presentes los lemas revolucionarios de su tiempo —libertad, igualdad, sufragio efectivo, independencia—, los ubica como fenómenos temporales, no finales. Él va tras algo que juzga mucho más sustancial.
Lutero: un hombre providencial, un parteaguas de la historia
El nacimiento de Martín Lutero en cuna pobre lleva a Carlyle (1999: 116) a insinuar la semejanza con Jesús: “venía al mundo un Hombre Poderoso, cuya luz tenía que brillar como faro que sirviese de guía a muchos siglos; el mundo y la historia esperaban a este hombre”. En un lenguaje evocativo, alude a lo ocurrido dieciocho siglos atrás y ante la pregunta de si pasó la época de los milagros, responde que no pasa nunca.
Carlyle dedica el relato de la vida de Lutero a convencer de su misión providencial; lo definen pobreza, revelación y vocación. Es un héroe que amerita innumerables adjetivos, un niño de tosca figura, débil en su salud, alma grande y ávida. Su destino fue familiarizarse con las realidades, así, subrayando el término. El descubrimiento de la Biblia de la que no se apartará jamás; su viaje a Roma para enfrentar la falsedad. Deseaba enmendar los agravios, no pensó en escindir la Iglesia. En el fondo, debe considerarse un profeta iconoclasta, un “hombre que condujo de nuevo al hombre a la realidad, función de grandes hombres y maestros” (Carlyle, 1999: 121). Una vez más, Carlyle se refiere a una realidad que parece accesible solo para los elegidos.
La insistencia en ver en la Reforma el parteaguas de la historia es elocuente. “La escena de mayor grandeza en la Historia Moderna Europea es la Dieta de Worms, en la que se presentó Lutero el 17 de abril de 1521, originándose en ella la subsiguiente historia de la civilización” (Carlyle, 1999: 122). La negativa de Lutero a retractarse de sus palabras es para Carlyle el momento de culminante grandeza en la historia moderna del hombre (ya no solamente de la historia de Europa). Ve en ello un auténtico acto de purificación:
De haber obrado Lutero de otro modo en aquel instante, el Puritanismo inglés, Inglaterra y sus Parlamentos, las Américas y a labor de dos siglos, la Revolución Francesa, Europa y lo hecho por ella hasta hoy en todo el mundo, se hubiera desarrollado de otra manera (Carlyle, 1999: 123).
Carlyle exculpa a Lutero de las guerras que siguieron a la Reforma, asegura que los verdaderos culpables son los simulacros que lo forzaron a protestar y procede a hacer profesión de fe de un progreso en el acontecer histórico, cuando afirma que con la obra de Lutero “se iniciaba una unión y organización espiritual y material en el mundo, mucho más noble que el Papado y el Feudalismo en sus días de mayor sinceridad basada en los Hechos, no en las Apariencias y Simulaciones” (Carlyle, 1999: 123-124). Se trata de un progreso que no radica en lo aparente de las ideas de igualdad, independencia, etc., sino en la sinceridad que empuja a una acción de orden superior, emanada de una fuente más auténtica. Como si al fin pudiera hacerse visible la justicia divina en el mundo.
El valor de lo viejo: vitalidad del protestantismo y caducidad del papado
Como si reparara en el peligro de apreciar solo lo nuevo, eso que a fin de cuentas se detecta en el curso de la historia, Carlyle vuelve sobre un tema que vincula lo esencial con lo existencial y subraya la necesidad en la historia: ocurre lo que tiene que ocurrir. No hay que mostrarse injustos con lo viejo, está a salvo de un juicio adverso porque fue sincero o cumplió con lo que debió cumplir, solo que terminó su ciclo y dejó su lugar, así fuera forzadamente, a lo nuevo. Aunque Carlyle reconoce que en su tiempo es caduco el grito de ¡Abajo el papismo!, advierte que durará únicamente hasta que lo bueno que tuvo se haya infundido en lo práctico nuevo. Incluso, con algunas frases, parece indicar en qué consiste la vida de lo que se considera protestante, al señalar que:
Muchas de las necedades que se consideran Protestantes han muerto, pero no el Protestantismo, porque si bien miramos, él es el productor de su Goethe y su Napoleón, de la Literatura alemana y de la Revolución Francesa, importantes signos de vida (Carlyle, 1999: 124).
Carlyle alaba sin reserva rasgos de la personalidad de Lutero que le hicieron cumplir con su misión; entre ellos, tolerancia, nobleza y fuerza afirman que no fue un adalid de luchas no esenciales. En referencia a su estilo, señala que, si en sus veinticuatro volúmenes en cuarto no hay buena redacción, es por la prisa y porque no tenían intención literaria; la tarea de Lutero era elaborar un poema épico, no escribirlo. Carlyle elogia su sinceridad, su manera de enfrentar al malo y su profunda confianza en Dios. Se vale de las frases recopiladas por sus amigos en la obra póstuma Sobremesa de Lutero, para acercarse a esos planos del hombre en quien reconoce, además, un corazón humano grande, una grandeza de alma que tenía como polos su amor a la música y su valor para desafiar a la muerte. En el último largo párrafo que le dedica, Carlyle se basa en el retrato de Kranach para decir que ve en él la expresión de la personalidad de este héroe. Concluye con una declaración que no tiene desperdicio:
Para mí Lutero es el verdadero Gran Hombre, grande intelectualmente, en valor, afecto e integridad, uno de los más amables y valiosos, no de la grandeza del esculpido obelisco, sino de la montaña alpina, tan sencillo honrado espontáneo que no piensa en la grandeza […] Es Héroe Espiritual y Profeta, verdadero Hijo de la Naturaleza y de los Hechos, cuya aparición agradecerán al Cielo los siglos pasados y venideros (Carlyle, 1999: 128-129).
El autor pasa enseguida, de manera breve pero sustanciosa, al asunto que le permite transitar al centro de sus preocupaciones. De allí en adelante, los héroes seleccionados provendrán del ámbito de la isla, puesto que los que ubica fuera de ella no se presentan con el mismo relieve.
El puritanismo
Carlyle inicia la última parte de la cuarta conferencia, pronunciada el 15 de mayo de 1840, con una frase: “La fase más interesante asumida por la Reforma es el Puritanismo, para los ingleses especialmente” (Carlyle, 1999: 129). Así coloca no solo en la historia, sino en la geografía, la valiosa contribución de quien parece ser su héroe por excelencia.
Considera que la aridez que adquiere el protestantismo en el país de Lutero se debe al hecho de haber dado lugar a la contienda teológica y al escepticismo de Voltaire que desembocaría en la Revolución francesa; en cambio, en la isla originó un puritanismo que se estableció como Iglesia Presbiteriana y Nacional de Escocia: “fue la sola fase del protestantismo que gozó de la jerarquía de Fe, verdadera comunión cordial con el Cielo” (Carlyle, 1999: 129). Es allí donde aparece Knox, jerarca y fundador de una fe abrazada por Escocia, Nueva Inglaterra y Oliverio Cromwell.
Producto de la sinceridad, fundamental para Carlyle, el puritanismo es motor de progreso en el sentido de que proviene de la lucha y de la fuerza; encabalga con ese juicio la acción de los peregrinos llegados a América, de esos expedicionarios que cumplían una misión. “Por aquellos días el Puritanismo era despreciable, irrisorio, pero hoy nadie lo toma a broma” (Carlyle, 1999: 130). Para él la única cuestión de interés mundial, en Escocia, es la Reforma de Knox. De ser un país casi sin alma, allí se encendió la vida interior al sobrevenir la Reforma. Carlyle rinde tributo a su patria, hace descender la obra más trascendental de la historia moderna de Europa, según su juicio, hasta su terruño.
Carlyle lanza una serie de preguntas que indudablemente están preñadas de su convicción de que todo lo humano es perecedero, pero sobre todo de su convicción de que algo dura más allá de lo aparente. La obra de Knox por su pueblo fue de resurrección. En opinión de Carlyle, la influencia del reformador influye en la literatura escocesa, el pensamiento y la industria. Así, James Watt, David Hume, Walter Scott y Robert Burns dieron a Escocia lo que la proyectaría, Inglaterra y la Nueva Inglaterra adoptaron el puritanismo y de allí se derivarían cosas como la Revolución Gloriosa. Considera que el mundo está en deuda con Knox y le parece increíble que tenga que defenderse de sus acciones siglos más tarde.
Según Carlyle , Knox no quiso ser profeta en su pueblo. En su biografía de eclesiástico estaba abrazar la reforma y se vio precisado a figurar aun cuando su humildad no lo quería. Tenía como característica principal la sinceridad; se atenía a la verdad y a la realidad. No admitió adorar un trozo de madera en que se representaba a la Virgen. Hombre franco, cuya inflexibilidad, intolerancia y lealtad a la verdad Divina le asemejan a un profeta hebreo, aunque con los hábitos de un sacerdote del siglo xvi (Carlyle, 1999: 133-134).
La actitud de Knox contra la reina de Escocia es plenamente justificable para nuestro historiador. Su intolerancia radica en su lucha contra la falsedad y es muestra de que sabía distinguir lo accidental de lo trascendente. Carlyle pinta su personalidad con una suma de adjetivos: jovial, sociable, simpático, práctico, paciente, cauteloso, etc., y hace hincapié en su pertenencia a un lugar:
[tenía] mucho del carácter típico escocés actual: cierta melancolía sardónica, suficiente discernimiento, solidez de corazón que no ignoraba, sin preocuparse de lo que no le atañía vitalmente, sin callar lo que vitalmente le concernía, expresándolo del modo que todos tenían que escuchar (Carlyle, 1999: 137).
Merece ser honrado, pues su labor no ha muerto; ya que perece la letra, pero no el espíritu. El agravio que no se le perdona es haber querido que los sacerdotes sustituyesen a los reyes; en ello Carlyle ve el deseo de que todos los personajes al frente del gobierno se condujesen, en público y en privado, de acuerdo con el Evangelio de Cristo. No hay lugar para el reproche; luchar por la teocracia, el gobierno de Dios, es algo digno de reconocimiento, y todos los profetas o sacerdotes lo han hecho. Se ratifica el ideal celeste de que la justicia y la verdad, o Ley de Dios, reinen sobre la tierra. Sin embargo, con una suerte de resignación, concluye reconociendo que se puede alabar al héroe sacerdote que hace lo posible por establecer el reino de Dios entre los hombres, mas reconoce que “¡Nunca la Tierra será demasiado divina!” (Carlyle, 1999: 138).
Las conferencias no terminan con la del héroe como sacerdote. Las figuras del literato y el rey, temas de las dos últimas sesiones, ameritan un tratamiento cuidadoso que no atenderé en estas líneas. Solo diré que Samuel Johnson, Jacobo Rousseau y Robert Burns se abordan en el héroe como literato y sus características difieren solo en parte de las que se esperan para cada uno de los grandes hombres. Si bien es cierto que la historicidad aún deja huella y atiende en alguna medida a las circunstancias de cada uno, la nacionalidad también influye una vez más. En Johnson, a quien Carlyle juzga una de las grandes almas inglesas por naturaleza, advierte sinceridad, realidad y, como cumplimiento de la tarea, propagación de la prudencia moral. Con Rousseau deja patente su desconfianza respecto al ámbito afrancesado, pero el hecho de ser esencialmente serio para ver la realidad lo eleva a la heroicidad. Burns, el campesino escocés, tuvo como cualidad dominante la sinceridad, tantas veces valorada. Finalmente, los tres hicieron valer por medio de la palabra su comprensión del mundo.[25]
En lo que toca al héroe como rey, Carlyle procede, como lo ha hecho en todas las conferencias, distribuyendo el tiempo según el interés en cada tema. Cromwell, Napoleón, y el que denomina revolucionismo moderno, requieren de una amplia introducción sobre la idea de rey: el hombre capaz —según la etimología inglesa—, el de corazón más sincero, justo y noble. Después, todas las frases necesarias para destacar a Cromwell como el que encarna la misión de poner orden que todo hombre auténtico propone. Para Carlyle, el calvinista es un hombre justo, religioso, razonable, resuelto y práctico “el sincero necesita discernir la verdad práctica” (Carlyle, 1999: 192-193); no admite que se le califique de falsario. Napoleón, en cambio, solo requiere unas cuantas consideraciones para justificar su presencia en este elenco. Lo condena partir del enciclopedismo escéptico y no de la Biblia, como Cromwell, y lo eleva la sinceridad y cierto sentimiento de realidad; pero al creer en las apariencias perdió esa cualidad.
Reflexiones finales
Distribuidos a lo largo de siglos que se remontan a la antigüedad escandinava y llegan al xix, los héroes de Carlyle marcan los momentos en que un hombre elegido sabe ver la realidad que está más allá de lo visible y al hacerlo devela a sus contemporáneos ese fragmento de verdad, la justicia celeste, sin que por ello garantice la unión con lo que parece estar más allá del alcance de los hombres. Su asedio a las figuras en las que ve encarnada la revelación del misterio, así sea de manera inconsciente, recuerdan versiones sobre el curso del tiempo que, en la pluma de Vico, por ejemplo, indican un camino de aparente progreso que sin embargo nunca llega a plenitud. No en balde, al iniciar su sexta conferencia, recupera palabras de Schiller, el objeto de su primera biografía: “En este mezquino mundo el hombre no debe medir con la escala de la perfección el mediocre producto de la realidad, …porque en este caso no le estimaríamos prudente, sino insensato, descontentadizo, tonto” (Carlyle, 1999: 178). Sin embargo, a esta queja de Schiller, añade Carlyle que no hay que olvidar que existen los ideales y que, si no nos aproximáramos a ellos, todo iría a la deriva.
Es preciso decir que muchas de las cuestiones que abre la lectura de Los héroes quedan sin respuesta; sus interlocutores desde la literatura y desde la filosofía aciertan cuando indican una o más posibles rutas para apreciar su obra. En los casos aquí citados, la mirada de Cardiel Reyes, centrada en la comprensión de la obra, acierta al indicar con insistencia la deuda de Carlyle con el idealismo; al igual que Borges, cuando subraya una de las consecuencias políticas de esos textos en los que el individuo adquiere tintes de divinidad y se erige como guía del rebaño. Los estudiosos que lo suman a sus consideraciones sobre el desarrollo de la Historia proporcionan luces y sombras que iluminan su caso, así como las formas de observar los cauces que toma la disciplina histórica.
Por otra parte, en atención a las preguntas iniciales de mi estudio, observo en la obra sobre los héroes de Thomas Carlyle la presencia de: Literatura capaz de atraer la atención de quienes quieren saber al menos el significado de una variedad de figuras que pueblan la historia de la humanidad; Historia que sigue el paso del tiempo al ritmo que el autor le quiere dar, para destacar logros, intenciones y fracasos de sujetos que, por su singularidad, ameritan un sitio heroico; Filosofía de la Historia (en cuanto filosofía crítica para orientar la diciplina), que plantea cuestiones a quienes pretenden penetrar en la historia por la puerta estrecha y luminosa a la vez de asediar el papel del individuo y sus repercusiones. Y, asimismo, Filosofía de la historia (en cuanto reflexión sobre el acontecer), para quienes, en un afán de encontrarle sentido al proceso de los hombres en el mundo, suelen idear que los hechos deben tener algún significado, alguna finalidad difícil de detectar a simple vista.
Este último atributo, es preciso decirlo, no elimina la idea de que el aporte de Carlyle a la reflexión filosófica sobre el sentido de la historia se nubla más de una vez con la dosis de nacionalismo que le imprime su tiempo, y aún más con las consecuencias que se le han adjudicado a ese afán de colocar en los hombros de ciertos individuos la posibilidad de determinar el curso de los acontecimientos.
Referencias
Abbagnano, N. (1982). Diccionario de filosofía (trad. de Alfredo N. Galletti). México: Fondo de Cultura Económica.
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Sobre la autora:
Evelia María del Socorro Trejo Estrada
Es Doctora en Historia por la UNAM. Investigadora Titular C del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. Premio Edmundo O’Gorman (1996), por investigación en el área de Teoría de la Historia y la Historiografía. Profesora de Historiografía General e Historiografía de México en el Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras y tutora del Programa de Posgrado en Historia. Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores. Co-coordinadora del Seminario Interdisciplinario de Estudios Comparados México y España. Los límites de un discurso. Lorenzo de Zavala, su “Ensayo histórico" y la cuestión religiosa en México; La historiografía del siglo XX en México. Recuentos, perspectivas teóricas y reflexiones; en colaboración con Álvaro Matute: Escribir la historia en el siglo XX. Treinta lecturas y De historiografía y otras pasiones. Homenaje a Rosa Camelo, y en coautoría La Historia.
Notas
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