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Noam Chomsky: crítico del colonialismo estadounidense sobre América Latina
Noam Chomsky: Critic of American colonialism regarding Latin America
Contribuciones desde Coatepec, núm. 43, pp. 183-204, 2025
Universidad Autónoma del Estado de México

Artículos de investigación


Recepción: 21 Octubre 2023

Aprobación: 28 Febrero 2025

Resumen: América Latina ocupa un lugar muy importante en la obra del pensamiento del filósofo Noam Chomsky. En este artículo se abordará el proceso de neocolonización estadounidense a partir de los escritos que aluden a proceso de llegar de los primeros europeos al norte de América; así como el relato retórico en el que se legitima el dominio; para ilustrar lo anterior, en este texto se mencionarán episodios históricos de los últimos cinco siglos en los cuales se fraguó la idea de que América Latina es un componente básico para complementar la supremacía y hegemonía económica de los Estados Unidos, en un intento de ser la gran nación que guía al mundo en valores tan caros como la democracia, la libertad, la igualdad y los derechos humanos.

Palabras clave: Dependencia, política, imperialismo, capitalismo, democracia.

Abstract: Latin America holds a very important place in the political thought of the philosopher Noam Chomsky. To address the process of American neo-colonialism of this region, Chomsky traces his analysis back to the first Europeans who arrived in North America and their rhetorical narrative in which they considered themselves entitled to explore, dominate, and control the territory and its resources. To illustrate the above, this paper will mention historical episodes of the last five centuries in which the idea that Latin America has to be a basic pillar to complement the supremacy and economic hegemony of the United States in its attempt to be the great nation that guides the world in values as dear as democracy, freedom, equality, and human rights.

Keywords: Dependence, politics, imperialism, capitalism, democracy.

Introducción

El filósofo estadounidense Noam Chomsky es, sin duda, uno de los intelectuales vivos con mayor reconocimiento mundial por sus aportes fundamentales en dos campos: la lingüística y el pensamiento político. La publicación de su libro Estructuras Sintácticas (1957) lo situó en el centro de un gran debate académico y con ello ganó prestigio y fama de alcance mundial, lo que dio pie a que los intentos por censurar sus primeros trabajos políticos no hayan prosperado.[1] Además, en esos años no era común que en su país aparecieran obras con una energía y radicalidad como las que lo han caracterizado.

Aunque sus inquietudes políticas surgen a una edad muy temprana[2]es hasta la década de 1960 cuando aparecen sus primeras críticas al proceder de la política exterior estadounidense, país que estaba en una guerra en el pacífico contra Vietnam del Norte —respaldado por China y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS)—. Estas eran las manifestaciones de una lucha de décadas entre la ideología comunista y el capitalismo (“mundo libre”), conflicto en el cual los Estados Unidos se sentían comprometidos moral, ideológica y militarmente a ser los defensores de este segundo grupo.

A lo largo de su vida, Chomsky ha practicado un método singular en sus análisis sobre cuestiones políticas. A diferencia de otros filósofos que se entregan a minuciosos estudios sobre categorías, conceptos, corrientes o teorías políticas plasmándolos en pesados y difíciles volúmenes, él piensa los conceptos políticos en un despliegue temporal y espacial muy concreto. Es decir, el tema del que escribe suele ser poco analizado en su nivel semántico pero muy desarrollado en su ejemplificación con los acontecimientos históricos del pasado y del presente haciendo uso de una prodigiosa memoria y erudición.

De este modo, la teoría se aclara cuando es referida dialécticamente con la realidad y al extraer de ella el contenido semántico de los conceptos[3]. Esta forma de trabajar le ha servido para consolidarse como un gran pedagogo de la política. Para él, lo más importante es crear trabajos que puedan ser leídos y comprendidos por la mayoría de la población. En este trabajo, particularmente, se dará un seguimiento al tema de América Latina a partir de su pensamiento político a través de un recorrido histórico del que se pretende comprender el desarrollo de esta región.

La retórica idealista de la política estadounidense

La llegada de los primeros migrantes europeos a las tierras norteamericanas, en el siglo xvii, comenzó a germinar el pensamiento que legitimó un proceso histórico. A ello se les percibió como los continuadores de un proyecto civilizador que conjugó los avances de dos manifestaciones culturales de la tradición europea: su creación filosófica y su cristianismo, cuya raíz se encuentra en los relatos histórico-míticos contenidos en la Biblia[4]. La evolución de este pensamiento fue compleja y respondió a las exigencias propias de las etapas históricas. Sin embargo, la idea central se mantuvo a través de los siglos. El espíritu industrioso de los colonos norteamericanos —sumado a los conflictos político-económicos con la metrópoli— generó, paulatinamente, la idea de separarse definitivamente de la tutela de Inglaterra, hecho que se consumó en 1776.

Al establecerse como nación, los Estados Unidos de América tuvo la firme convicción de ser los legítimos herederos de la tradición ilustrada y liberal del siglo xviii. Este pensamiento se vio reflejado en sus expresiones morales, teológicas, ideológicas y culturales de los siglos futuros. En los escritos de personalidades como George Washington, Thomas Jefferson, John Adams, Benjamin Franklin, James Madison, Alexander Hamilton, John Jay y otros presidentes, líderes políticos e intelectuales se encuentran múltiples manifestaciones de esta creencia. Es el espíritu de herencia europea, aquel que hunde sus raíces en la cultura griega e israelí que, en su despliegue en el nuevo continente, viene a dar cumplimiento efectivo a los ideales de la razón: libertad, democracia, igualdad, fraternidad y justicia.

La elaboración de una constitución política de corte liberal les permitió autoproclamarse como el faro principal del desarrollo civilizatorio en el mundo, lo que derivó en un carácter excepcionalista y universalista (no hay nación parecida y, por lo tanto, su ejemplo influirá en todas las demás). Para Chomsky, éste es el relato retórico, idealista y propagandístico con el que su país ha pretendido legitimar las prácticas históricas de su política interior y exterior. En su difusión se han utilizado diversos términos eufemísticos (de manera semejante a lo escrito por George Orwell en su novela distópica 1984) que son manejados hábilmente por políticos, periodistas e intelectuales. No obstante, si se hace una revisión crítica del pasado se logrará ver que hay una gran brecha entre ese discurso ideal y lo que los Estados Unidos han practicado.

El colonialismo de Norteamérica

En los documentos históricos de las primeras expediciones colonizadoras de Norteamérica podemos encontrar la génesis de una idea que creció con el pasar de los siglos. Los primeros inmigrantes no sólo buscan establecer nuevas comunidades ultramarinas subordinadas a Inglaterra, sino que querían redefinir un proyecto guiado por Dios. El ministro puritano John Cotton (1584-1652), quien fue un guía espiritual de la Compañía Massachusetts Bay, sostenía que las nuevas colonias recibían su autoridad política de una fuente divina. Lo que él hacía era una singular interpretación de ciertos textos bíblicos para que se acomodaran a los acontecimientos de la época, por ejemplo: “…mirad bien que consideréis cualquier lugar asignado a vosotros como venido de la mano de Dios” (Sigler, 1972: 33). De modo que los colonos se creían instrumentos en las manos de Dios, pues los favorecerá con riquezas especialmente dispuestas para ellos. En cuanto a los territorios en los que se establecieron, es necesario recalcar que no estaban despoblados, pues eran el hogar de millones de indígenas que tenían una forma distinta de entender su relación con la naturaleza, la comunidad y los bienes materiales; por lo que para cimentar los pilares de una nueva nación fue necesario asesinarlos y expulsarlos de esas tierras.

En este contexto tiene su origen la elaboración del Destino Manifiesto (aunque su formulación definitiva se creará en 1845 por John O´Sullivan). Éste fue una proyección teológica que concibió a la nueva civilización norteamericana como la heredera natural de la estirpe de Israel y cuyo plan divino se daba cumplimiento en el natural avance de los inmigrantes hacia el oeste:

La voluntad divina también se patentizaba como un derecho de ocupación de las nuevas tierras y de dominio político-económico sobre la nueva gente (…) en la imperiosa obligación que tenían los ingleses de implantar y propagar la fe cristiana reformada en el ámbito americano que la Divina Providencia les había reservado. (Ortega, 1989: 29).

Para Chomsky, Hegel es el filósofo europeo en el que se encuentran referencias de un pensamiento que dan voz a aquellas naciones que se arrojan a la conquista de otros pueblos. Para el filósofo alemán, los habitantes originarios de América eran de tan poca valía que, incluso, estaban por debajo de los negros del África. De ahí se comprende la razón del porqué el destino de las nuevas tierras era ser poseídas y explotadas por personas que comprendieran su verdadero valor y potencial. Chomsky parafrasea la filosofía de Hegel y su visión del destino de América:

[...] nos aproximamos a la última «etapa de la Historia Mundial», cuando el Espíritu alcanzará «su plena madurez y fuerza» […] declara que la América nativa era «física y psíquicamente impotente», que su cultura era tan limitada que «no podía menos que expirar tan pronto como el Espíritu se aproximó a ella». De ahí que «los aborígenes… desaparecieron gradualmente ante el soplo de la actividad europea». «Una disposición blanda y desprovista de pasión, una ausencia de espíritu, y una sumisión que no duda en humillarse… son las principales características de los nativos americanos» (Chomsky, 1993: 11).

A lo anterior, habría que añadir lo que menciona Walter Mignolo respecto a la lectura de Kant y su visión de las razas del mundo, pues él menciona que

[…] Kant relacionó a Asia con la raza amarilla, a África con la raza negra, a América con la roja y a Europa con la blanca. Y, por supuesto, atribuyó a los europeos (en especial a los alemanes, los ingleses y los franceses) la superioridad de la razón y del sentido de lo bello y lo sublime. (Mignolo, 2007: 95).

Texto en el que queda de manifiesto un racismo extremo hacia los indígenas de dos de los más destacados filósofos europeos de todos los tiempos; no obstante, también existieron otras visiones originadas desde el viejo continente. Algunos sostuvieron que los indígenas americanos estaban muy abajo en la escala humana, mientras que otros dudaban de la naturaleza de estos seres. Fernández de Oviedo, primer historiador oficial de las Indias, ante el encuentro de los conquistadores españoles con los indígenas del Caribe, se pregunta: “¿Son hombres los indios?” (citado en Dussel, 1977: 15). Siglos más tarde, los colonizadores ingleses se sorprenderán al ver llorar a los indios de Norteamérica, no podían concebir que tuvieran ese tipo de sentimientos propios de los hombres (Brown, 2012: 139). Oviedo logró registrar la violencia con la cual fueron tratados los nativos, aunque lo justificó a partir de la idea imperante de un proyecto civilizador sobre los barbaros que deben ser integrados a los valores cristianos; pues “Describió «innumerables muertes crueles tan incontables como las estrellas». Pero esto era aceptable ya que «usar la pólvora contra paganos es como ofrecer incienso al Señor»” (citado en Zinn, 2006: 17).

En una lectura opuesta, como es el caso del notable fraile Bartolomé de las Casas, los indígenas eran seres iguales a los europeos. Éste no sólo se dedicó a la defensa de los indios, sino que escribió tratados que daban cuenta teológica y filosóficamente de la dignidad humana de los conquistados. El historiador Howard Zinn, amigo y colaborador de Chomsky, cita las palabras de Colón sobre la impresión que le habían dado los nativos americanos del Caribe: "Son la mejor gente del mundo y sobre todo la más amable, no conocen el mal –nunca matan ni roban... aman a sus vecinos como a ellos mismos y tienen la manera más dulce de hablar del mundo... siempre riendo" (Zinn, 2000: 5). Para de las Casas, al ser un creyente cristiano, los indígenas formaban parte del reino de Dios, lo cual obligaba a tratarlos como tales. A su manera de ver, los conquistadores, de algún modo, tendrían que rendir cuentas a Dios, en lo que él consideraba la vida más allá de la terrenal, por sus pecados cometidos en su afán de riquezas: “Dios descargaría sobre España su ira y su furia, ya que prácticamente toda España había participado en una riqueza manchada de sangre, usurpada a costa de tanta ruina y tantas muertes” (Chomsky, 1993: 48).

Chomsky nos recuerda que entre las culturas americanas existía una sabiduría que podía competir con la europea de aquellos siglos, aunque debido a la profunda arrogancia y desprecio a los demás pueblos se llegó a desconocer la historia de la América profunda, que fue la “…cuna de algunas de las civilizaciones más avanzadas del mundo.” (2010: 15). Asimismo, menciona los casos de la región mesoamericana y la andina en la que los prodigios arquitectónicos, de ingeniería, agricultura y orden social, basados en el respeto por la naturaleza son reconocidos actualmente. Esto dio pie a una sistemática destrucción de valiosos progresos en filosofía, poesía, arquitectura, astronomía, conocimiento de las medicinas, etc.

El caso más notable fue el de su cosmovisión mítica, o sea, su referencia insustituible bajo la cual giraba toda su vida comunitaria. Las guerras floridas, su politeísmo, los sacrificios humanos y otras prácticas sirvieron de ejemplo para enlistarlas dentro de las culturas salvajes, pertenecientes a una edad incivilizada, ajenas al modelo de las culturas ilustradas europeas. De manera que la mezcla de racismo, ignorancia y violencia fue lo que estuvo en la base de la expansión europea y, posteriormente, la estadounidense. Tema que Chomsky trata ampliamente en su libro Año 501: la conquista continúa (1993).

Un caso notable del trabajo de justificación de la conquista fue el de Ginés de Sepúlveda, quien creía que la corona española se encontraba legitimada a emprender “guerras justas” para someter por el terror a seres inferiores, incapaces de velar por su propio bien, pues decía que “[…] se niegan a admitir el imperio de los que son más prudentes, poderosos y perfectos que ellos; imperio que les traería grandísimas utilidades magnas commoditates(Dussel, 1994: 2).

En todo momento, los conquistadores se veían a sí mismos como grandes benefactores de indios e incluso se llegó a interpretar su avance como un proyecto de ayuda hacia los indígenas para escapar de una vida llena de vicios. En una manera de mostrar el cinismo de esta visión Chomsky escribe: “[…] los conquistadores «tenían buenas intenciones, y creían sinceramente» que estaban ofreciendo a sus víctimas «un orden que contaba con la aprobación divina» mientras les asesinaban, torturaban y esclavizaban [...]" (Chomsky, 1993: 47). Puesto que al ser considerados subhumanos, más próximos a los animales que a un hombre, los europeos trataron a los indígenas como si estuvieran realizando una labor civilizadora y pedagógica, en el mejor de los casos; en el peor, su intención simplemente era exterminar a esa raza infecunda, tal y como lo mencionaba Hugo Grotius en el siglo xvii: “La guerra más justa es la que se libra contra las bestias salvajes, seguida de aquella que se libra contra hombres que son como bestias" (citado en Chomsky, 1993: 34).

En el caso específico de E.E. U.U, nuestro autor menciona que en el relato de la “ciudad en una colina” (1630) de John Winthrop se expone la idea del surgimiento de una grandiosa nación ordenada por Dios y, como rasgo distintivo de ésta, su inherente preocupación por el bien de los indígenas se constituye cuando

[…] se representa a un indio de cuya boca sale un rollo de papel, sobre el que se leen las palabras «Venid, ayudadnos». De esa forma, los colonos británicos eran humanistas benévolos que respondían a las súplicas de los miserables nativos por ser rescatados de su cruel destino pagano. (Chomsky, 2012: 110).

De acuerdo con la apreciación de Chomsky, este relato fundador bien puede ser considerado uno de los primeros ejemplos de “ayuda humanitaria”, siempre y cuando se entienda esta expresión en su sentido eufemístico. Para nuestro autor, el surgimiento de la nación norteamericana tiene como fundamento el despliegue una psicología europea que ha sido “[...] un tipo de cultura del salvajismo, «la furia de la guerra europea, que todo lo destruye» y que «horrorizó» a las poblaciones conquistadas desde las Indias orientales al Nuevo Mundo.” (Chomsky, 2001: 207).

Movidos por la idea de obtener nuevas riquezas no dudaron en justificar su avance por medio de las nuevas teorías científicas recién formuladas en Europa. El principal caso fue la lectura ad hoc que hicieron de la “Teoría de la selección natural”, elaborada por el inglés Charles Darwin, pues su postura se vio reflejada, audazmente, en el despojo que hicieron de más de la mitad del territorio mexicano a mitad del siglo xix:[5]

«seguirá librándose una guerra exterminadora entre las dos razas hasta que la raza india se extinga» [...] «hay mucha verdad en la creencia de que el maravilloso progreso de los Estados Unidos, así como el carácter de la gente, son resultado de la selección natural»” (Chomsky, 2017a: 58).

Por otra parte, George Washington, considerado el padre de la patria estadounidense, también era partidario de este tipo de pensamiento, pues mencionaba que: “«la ampliación gradual de nuestros asentamientos hará, con toda certeza, que el salvaje, al igual que el lobo, se retire; ambos son animales de presa, aunque difieran en la forma».” (citado en Chomsky, 2010: 30). De acuerdo con nuestro autor, a Washington también se le puede atribuir la conquista y expulsión de la civilización iroquesa, a finales del siglo xviii. De ahí que este pueblo le haya llamado al destacado político como el “destructor de pueblos” (Chomsky, 2017b: 138).

Otro de los argumentos que se utilizó para el despojo a los indígenas fue el concepto de terra nullius que sostenía el postulado de que los inmigrantes europeos podían adjudicarse las tierras de los indios puesto que éstas no tenían valor alguno en las manos de sus habitantes originarios. Aun cuando existían acuerdos legales pactados entre indígenas y colonos que, en su ambición desmedida, estos pactos siempre eran anulados y violados por los segundos. En terra nullius se mencionaba que “…los indios no tenían derechos de propiedad porque eran nómadas en una tierra salvaje. Por consiguiente, los esforzados colonos podían conferirle valor a lo que no lo tenía al darle a la tierra salvaje un uso comercial.” (Chomsky, 2016: 114).

Para los expansionistas, la adquisición de nuevas tierras no debía verse como un simple y deshonroso robo, por lo que los políticos adujeron que los terrenos eran debidamente pagados. Tal fue el caso, entre muchos, del territorio mexicano de Texas y sus alrededores (se pagó a México 15 millones, en 1848). De ahí que comentaran, sin percatar la ironía, eso parece: “no tomamos nada por conquista… gracias a Dios” (Zinn, 2006; 120).

A este tipo de lectura de la política expansionista Bernard Porter le llama la “falacia del agua salada” y la ejemplifica al decir que “…la conquista se hace imperial solamente cuando cruza el agua salada, de manera que la destrucción de las naciones indias y la conquista de la mitad de México no fueron «imperialismo»” (citado en Chomsky, 2018: 83). Es así como la elaboración del Destino Manifiesto está basada en la idea de que los norteamericanos, por derecho propio, pueden poseer los territorios supuestamente vacíos y carentes de dueño:

El documento del prestigiado padre fundador de la Democracia estadounidense demuestra que la república fue conceptualizada, desde su inicio, como un imperio en expansión y con total desprecio de la soberanía de otros Estados y pueblos. República imperial hacia el exterior, democracia excluyente hacia el interior -con negación absoluta de los derechos de la población indígena y africana- y demagogia política que oscila entre el chauvinismo desmesurado y la cursilería calvinista del Destino Manifiesto, marcan la identidad política de Estados Unidos desde su génesis (Dieterich, 1998: 167).

Imperialismo y Doctrina Monroe

Los Estados Unidos han tenido un crecimiento geográfico como ningún otro país en la era contemporánea. Pasaron de 13 colonias, en 1776, a 51 estados en la actualidad. La idea de apropiación territorial está expresada con claridad por los políticos más representativos de la historia estadounidense. Thomas Jefferson explicó, a finales del siglo xviii, cuál debía ser la misión de su país en la nueva configuración del poder mundial de su época. Sus declaraciones pueden ser tomadas como indicativas de la mentalidad dominante de cierta elite de su nación. Mencionaba:

Ya no creemos en las luchas de Bonaparte para la liberación de los mares más que en las luchas de Gran Bretaña por la liberación de la humanidad. El objetivo es el mismo, arrogarse el poder, la riqueza y los recursos de otras naciones. (Chomsky, 2017b: 70).

Con el pasar del tiempo, el supremacismo racial se concretaría en políticas expansionistas donde el exterminio de indígenas, la esclavitud hacia los negros y el desprecio hacia los latinoamericanos serían sus logros más destacados.

Chomsky considera que América Latina siempre ha estado entre los objetivos prioritarios de la política exterior de su país. El deseo de mantenerla en una posición de subordinación ha sido explícitamente mencionado en los documentos gubernamentales más importantes, en los que se muestra, muchas veces con crudeza, el desprecio a los habitantes del sur del continente. Durante el siglo xix, los Estados Unidos reconocieron la imposibilidad de luchar contra los europeos por el dominio territorial latinoamericano (especialmente Inglaterra), su objetivo estaba puesto en otro tipo de dominación: el económico. Este argumento sostenía que los latinos carecían de la capacidad para autogobernarse, aunado a ser malos administradores de sus valiosos recursos naturales. Con este postulado se puede reconocer el avance del pueblo norteamericano como si de un secreto plan de la naturaleza se tratara y, por lo tanto, se limitara simplemente a cumplir una ley ajena a la voluntad humana:

Thomas Jefferson declaró que «Norteamérica tiene para sí un hemisferio», y John Quincy Adams, mientras formulaba el pensamiento que condujo a la doctrina Monroe, declaró al gabinete que el mundo «debería familiarizarse con la idea de nuestro propio derecho a ser el continente de Norteamérica». Dijo además que «nuestra pretensión debe convertirse en una ley de la naturaleza, de la misma manera que el Mississippi debe fluir hacia el mar» (Chomsky, 1985: 96).

En la obra de Chomsky encontramos cientos de comentarios sobre este tipo de pensamiento que condujo a los norteamericanos a librar batallas para imponer sus deseos y, con el pasar de los años, sus intereses. Para este filósofo, las raíces se remontan a la llegada de los primeros migrantes europeos al continente, pues su advenimiento tuvo una fuerte carga misionera y, como se mencionó previamente, su legitimación se dio a partir de una lectura singular de los escritos bíblicos.

Con el inicio de los procesos independentistas en Latinoamérica se reformularon los propósitos de la política exterior de los Estados Unidos hacia el sur del continente. La imposibilidad de los imperios europeos por reconquistar sus antiguas colonias abrió el camino para que estas regiones fueran objeto de nuevas ambiciones. Gómez Robledo escribió que “Europa fuera de América significaba, por tanto, para los Estados Unidos, manos libres en América” (1994: 21). Con ello, el país norteamericano aprovechó la vulnerabilidad económica e inestabilidad política de las nuevas naciones para plantearse seriamente la posibilidad de integrarlos a un nuevo tipo de colonización. La Doctrina Monroe es formulada como un discurso beligerante contra los intereses de las potencias coloniales europeas. En el séptimo informe presidencial de James Monroe, en el año 1823, dejaba clara la postura de que los estadounidenses no tenían el ánimo para tolerar que las potencias europeas intentaran reconquistar sus antiguas regiones en América, ya que estas empresas serían consideradas un acto de hostilidad; con esto en mente y con las luchas independentistas en latinoamericana, Monroe mencionó que

[…] en honor de la sinceridad y a las relaciones amistosas existentes entre los Estados Unidos y esas potencias, declarar que consideraríamos cualquier intento de su parte para extender sus sistemas o cualquier porción de este hemisferio, como un peligro para nuestra paz y nuestra seguridad. […] ninguna intervención de cualquier potencia europea con el propósito de oprimirlos o de controlar su destino en otra forma podría ser interpretada por nosotros más que como la manifestación de una actitud hostil hacia los Estados Unidos (Ampudia, 1996: 47).

Para Chomsky, la expresión “América para los americanos” sintetiza la intención de su país por apropiarse de todo aquello que tiene valor comercial en los territorios del sur del continente. La idea planteaba que la dominación de Latinoamérica sólo cambiaría de manos, aunque con modificaciones sustantivas, y que ya no interesaría administrarla a la antigua usanza. También se concibió a esta región como una historia de interminable conquista, ahora bajo la avaricia insaciable del país del norte, tal como lo mencionó Simón Bolívar en 1822: “A la cabeza de este gran continente hay un país muy poderoso, muy rico, muy belicoso, y capaz de cualquier cosa.” (citado en Chomsky, 1993: 194). A principios del siglo xix, cuando inician las independencias latinoamericanas, Simón Bolívar hizo notar las diferencias entre los proyectos civilizatorios de los imperios europeos y el de la integración sudamericana, del que él era el principal arquitecto. Los primeros quieren implantar un sistema fundado en la monarquía, la dependencia y la tiranía. Naturalmente, la propuesta de Bolívar fue opuesta, ya que en ella se buscaba libertad, independencia, unidad latinoamericana y justicia: “Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria.” (Citado en Saladino, 2009: 67).

El nuevo colonialismo fue disfrazado como integración comercial en el que los excedentes tendrán como destino la nación norteamericana, para ello había que hacer dos cosas:

a) impedir que América Latina cayera de nuevo bajo un sistema colonial-proteccionista; y b) beneficiarse de su dominio industrial mundial, es decir, imponer la forma neocolonial de explotación mediante el libre comercio y los empréstitos, sin necesidad de ocupar militarmente el enorme subcontinente (Dieterich, 1998: 168).

Debido a que los Estados Unidos todavía no eran lo suficientemente fuertes como para llevar a cabo lo planteado en la Doctrina Monroe, los imperios europeos siguieron con su intervención en el hemisferio americano, ya que México sufrió un intento de reconquista por los españoles en 1829; a su vez, los franceses intervienen en el país en 1838 y luego en 1862, con Maximiliano de Habsburgo, como estrategia para cobrar ciertas deudas. Ese mismo año los franceses incursionan en el Rio de la Plata, Argentina. En 1845 los ingleses hacen lo mismo en este país, además de que tienen presencia en Guayana y Belice. En 1864 los españoles atacan a Chile y Perú.

Entre 1861 y 1865 los Estados Unidos experimentaron una convulsión interna con su guerra civil y por un tiempo descuidó su política exterior con América Latina; además, reconocieron que no contaban con el suficiente poder para competir con potencias europeas. A principios del siglo xx las cosas cambiaron radicalmente. Según Alberto Pla (1971: 12), la Doctrina Monroe estuvo encaminada a redondear sus territorios durante el siglo xix, ya que, con su avance al oeste y la anexión del territorio robado a México en la guerra de 1846, su proyección política en América Latina fue para reconocer sus independencias y establecer acuerdos económicos que robustecieran su sistema capitalista.

En 1889, Estados Unidos presentó la iniciativa de la Unión Panamericana que representó la oportunidad de ligar a todo el hemisferio a los intereses económicos del norte. Ya en 1826, habían saboteado la iniciativa presentada por Simón Bolívar en el Discurso de Jamaica en el que abogaba por la unión de toda América del sur. Al respecto, Chomsky comenta que “El concepto de panamericanismo que propugna Bolívar estaba diametralmente opuesto al de la Doctrina Monroe de la misma época.” (1993: 196). En el juego de ganar y perder, Estados Unidos —como “hermano mayor”— estaba en condiciones de tolerar la hermandad latinoamericana, incluso la intervención de Napoleón en la región, con la condición de que les fuera cedida Cuba por los españoles. Jefferson y Adams pensaban que esta isla representaba un lugar estratégico que debía ser parte de su nación: “…la ocupación de Cuba por parte de EE. UU. era «de importancia trascendental» desde el principio de la historia estadounidense, y sigue siendo así. La necesidad de poseer Cuba es el tema más antiguo de la política exterior estadounidense” (Chomsky, 2001: 109).

Sin embargo, fue con el presidente Theodore Roosevelt y su política del “gran garrote” con la que Estados Unidos comenzó a imponer su política económica con mayor determinación. El llamado Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe dejó claro que su país iba a utilizar todos los medios posibles para intervenir en aquellos países irresponsables, incivilizados e inmaduros con el propósito de corregirlos. Es el inicio de la política imperialista hacia América Latina en la que los E.E.U.U se abroga el derecho a ser la policía internacional. A lo anterior habría de añadirse, años más tarde, el conocido Corolario Wilson que extendía la Doctrina Monroe al rechazo “…a la intervención europea financiera, política o militar.” (Chomsky, 1985: 100). Para nuestro filósofo, este discurso retador y excluyente está en la base de las relaciones que se dieron en todo el siglo xx entre los E.E.U.U y las naciones latinoamericanas.

Hegemonía capitalista en el siglo xx

Gran parte de la relación histórica entre los Estados Unidos y América Latina en el siglo xx se puede comprender, en grandes términos, dentro del contexto internacional de la lucha ideológica entre el capitalismo y el comunismo. Para los Estados Unidos, esta lucha, real o imaginaria[6], le permitió tener una excusa para intervenir durante todo el siglo en, prácticamente, todos los países latinoamericanos. De acuerdo con Chomsky (1993), la finalidad se puede plantear en términos muy sencillos: los estadounidenses se consideran los dueños de los recursos de América Latina y cualquier ideología que pretenda plantear otra cosa debe ser descalificada y combatida. Esto se mencionó explícitamente en su doctrina de la política exterior. Así, en los documentos del Consejo de Seguridad Nacional (NSC 144) se puede leer el objetivo clave de la política estadounidense: “… la adecuada producción en Latinoamérica de materias primas esenciales para la seguridad de Estados Unidos, así como el acceso de Estados Unidos a las mismas.” (Friedman, 2015: 198).

Durante todo el siglo xx, los Estados Unidos condenó la ideología comunista y su pretendida dominación mundial. Las políticas nacionalistas fueron vistas con furia, puesto que concibieron que sus recursos debían servir al desarrollo de los países latinos y no usados para complementar la economía de países extranjeros. Un primer caso se encuentra en Guatemala 1954, donde los Estados Unidos, por medio del patrocinio de la United Fruit Company y la ejecución de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), maniobraron para el derrocamiento del gobierno legítimo de Jacobo Arbenz, quien pretendía hacer algunas reformas para tener una economía más independiente en beneficio de una población muy pobre, y con ello vino la imposición del régimen de Carlos Castillo Armas que se alineó a los postulados ideológicos de los Estados Unidos.

Sin duda, el acontecimiento que marcó la historia política de América Latina —durante toda la segunda mitad del siglo xx— fue la Revolución cubana (1959) liderada por Fidel Castro y Ernesto Guevara. Desde las primeras décadas de la nación estadounidense, esta isla había estado entre los objetivos de su política exterior, como se ha mencionado líneas atrás. Esta revolución, con una clara ideología comunista, sacudió la conciencia norteamericana y el liderazgo capitalista de libre mercado en todo el hemisferio.

Para Chomsky, el que un país, situado en las puertas del imperio, adopte ideas contrarias a las dominantes significa un gran peligro de contagio para el resto de los países. Según su apreciación, esto obedece a un principio básico que se pude enunciar de la siguiente manera: no se puede permitir que ningún país pobre utilice sus propios recursos en mejorar las condiciones de vida de su propia población (Dieterich, 1998: 69). Países vecinos, con condiciones similares, podrían tomarlo como un modelo a seguir. Chomsky lo nombra el peligro de la “manzana podrida” y la “amenaza del buen ejemplo”. En grandes términos, esto es lo que combatió la política exterior estadounidense durante todo el siglo xx y lo que va del presente en América Latina.

En la obra de Chomsky se encuentran ejemplos de cómo su país ha movilizado una gran cantidad de recursos para manipular los procesos electorales de las naciones del sur. Su principal causa para intervenir en los procesos democráticos es lograr que gane un candidato que le garantice condiciones propicias para los negocios y sus empresas. Cuando este método no logra concretarse y gana un candidato incomodo o de ideología de izquierda, se abre la puerta para derrocarlo.

Uno de los ejemplos más paradigmático es el de Chile, con su injerencia en el golpe de Estado de 1973, que terminó con la muerte del presidente Salvador Allende el 11 de septiembre —ganador en la elección de 1970— por tener un plan de gobierno socialista. La participación de Estados Unidos tuvo como objetivo mantener importantes negocios, principalmente, el referido a los minerales (cobre) y la solución fue un plan de desestabilización político-económica. Chomsky suele equiparar este acontecimiento con los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001 en los Estados Unidos, pues ambos dejaron una profunda huella en la política mundial. Cita un documento de la CIA en el que se revela la evaluación sobre el proceso chileno en la década de 1970:

1) Estados Unidos no tiene intereses nacionales y vitales en Chile. Sin embargo, podría haber pérdidas económicas tangibles. 2) El balance mundial militar no sufrirá un cambio significativo con un gobierno de Allende. 3) Sin embargo, una victoria de Allende tendría costos políticos y psicológicos considerables: a) La cohesión hemisférica sería amenazada por el desafío que representaría un gobierno de Allende para la OEA y por las reacciones que generaría en otros países. No vemos, sin embargo, ninguna amenaza para la paz en la región. b) Una victoria de Allende sería seguramente una derrota psicológica para Estados Unidos y, sin lugar a dudas, un avance psicológico para la idea marxista (Citado en Dieterich, 1998: 191).

El siglo xxi y los avances por la democracia

En los últimos años, Venezuela ha recibido una atención mediática internacional muy importante, primero bajo el régimen comandado por Hugo Chávez hasta su muerte en 2013 y, posteriormente, con Nicolás Maduro. Tras la muerte de Chávez, el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, declaró, el 8 de marzo del 2015, que Venezuela era una “amenaza extraordinaria e inusual a la seguridad nacional y la política exterior estadunidenses” (la Jornada, 2015).

Desde esa fecha, el país sudamericano ha recibido una serie de agresiones diplomáticas, económicas y mediáticas con el objetivo de generar un descontento de la población hacia su gobierno. Chomsky identifica un mismo proceder en este caso con el que ocurrió con Chile en 1973, ya que cuando se evaluó la posible llegada de Allende al poder, el gobierno de los Estados Unidos puso sobre la mesa dos soluciones, la blanda y la dura: la primera era hacer que la economía estallara, la segunda era apuntar un golpe militar (Chomsky, 2013: 214).

En todo este proceso se conjugaron varios elementos de manipulación de la opinión pública mundial para unificar la condena a un régimen de Estado fallido[7]. Entre los elementos principales se encuentra a los organismos económicos mundiales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Departamento del Tesoro estadounidense, intelectuales apegados a la ideología neoliberal, medios de comunicación y el sector político opositor, quienes trabajan juntos para lograr este objetivo.

La “misión democrática” culmina cuando los Estados Unidos logra poner en el gobierno a personalidades que obedezcan las directrices económicas que favorezcan la neocolonización, con sus efectos históricos conocidos: un país de puertas abiertas al mercado (inversiones), saqueo de recursos naturales, transferencia de capital hacia el centro (EE. UU.) y mano de obra barata a disposición de empresas trasnacionales. De esta forma, cuando los sectores pobres en los países latinoamericanos “…votan por sus propios intereses, el resultado es el terror organizado y dirigido por la superpotencia del hemisferio […] los pobres a veces prefieren votar por el opresor, con tal de no sufrir la violencia de los ricos…” (Chomsky, 2013: 84). Es un método que tiene varios ejemplos en el curso de los dos últimos siglos y que, en términos generales, sigue en el presente y amenaza con continuar en el futuro[8].

En las primeras décadas del siglo xxi, en varios países latinoamericanos han llegado gobiernos de ideología de izquierda o progresistas, entre ellos están los casos de Hugo Chávez en Venezuela (1999); Lula da Silva en el Brasil (2003); el matrimonio Néstor Kirchner (2003) y Cristina Fernández (2007) en Argentina; Evo Morales en Bolivia (2006); Rafael Correa en Ecuador (2007); José Mujica en Uruguay (2010); Michelle Bachelet (2006) y Gabriel Boric (2022) en Chile; Andrés Manuel López Obrador (2018) y Claudia Sheimbaum (2024) en México; etc. Aunque cada uno de ellos tiene sus características propias, derivado de las luchas históricas por la democracia y sus avatares históricos se denominan progresistas en tanto que no logran llevar a cabo trasformaciones profundas o radicalizarse al punto de que se les denomine procesos revolucionarios; es decir, intentan llevar a cabo cambios político-económicos dentro un marco general dominado por el capitalismo mundial. A nivel retórico cada uno de ellos rechaza el modelo neoliberal y se inscriben en un proyecto de construcción de un sistema poscapitalista y antiimperialista. Aunque mantienen diferencias, se pueden reconocer elementos afines que los sitúan en un único proceso latinoamericano emancipatorio cuyo fin común es la mejora de las condiciones de vida de las mayorías.[9]

Boron y Klachko (2023:18-19) enumeran una serie de indicadores del ciclo progresista latinoamericano: 1) Avances en conquistas populares respecto a sus intereses; 2) Unidad de la clase obrera y el pueblo, integrando ciertos grupos del gran capital; 3) Toma de posiciones de gobierno por el pueblo mediante el voto; 4) Avance popular en la toma de decisiones; 5) Avance en los grados de soberanía e independencia nacional; 6) Mejora en el nivel de vida de las mayorías populares; 7) Capacidad para defender de manera organizada las conquistas sociales y políticas.

Al respecto, Chomsky (2012: 104) ha mencionado que una posibilidad para combatir los ataques a la soberanía de las estas naciones es su urgente y necesaria cooperación mutua en tres niveles: global —establecer relaciones mundiales sur-sur para diversificar la economía, ver en China a un aliado estratégico—, regional —mayor integración de estos países para resistir juntos posibles amenazas imperiales— y local —avanzar en sistemas democráticos y combatir la extrema desigualdad económica entre los pocos ricos y la multitud de pobres—.

En los últimos años se han experimentado algunas formas de integración regional como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) en 2004, impulsados especialmente por Cuba y Venezuela; la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) en 2008 o la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) en el 2010. Los distintos esfuerzos por realizar la unión latinoamericana pueden llevar a cambios profundos en la relación neocolonial con los Estados Unidos. Sin embargo, desde las primeras décadas del siglo xix, Simón Bolívar abogaba por la unidad en el sur del continente para contener a la gran nación del norte en sus empeños por dominar; poco después, la misma idea fue defendida por José Martí.

De manera parecida, Chomsky considera que la desunión entre los países ha provocado que las distintas potencias extranjeras los sometieran a por un largo tiempo. Asimismo, considera que la integración no garantiza que América Latina pueda revertir sus graves problemas históricos, muchos de ellos arrastrados a lo largo de cinco siglos, desde 1492; pero, que sí pueden modificar las dinámicas coloniales cuando no es un pequeño país a quien se trata de someter, sino una gigantesca región con lazos culturales e históricos muy parecidos y con los que se comparte la idea de una autentica soberanía político-económica.

El filósofo norteamericano comenta al respeto: “Antes a la región se la denominaba el patio trasero, un juego para Estados Unidos. «Allí hacemos lo que queremos». Ahora la región se encamina hacia una verdadera independencia.” (Chomsky y Vltchek, 2013: 79). A fines del siglo xx, nuestro autor advertía que la emergencia de nuevas potencias —entonces se hablaba de Japón y Europa— podía ser una oportunidad para que los países latinoamericanos entablaran relaciones económicas con éstas. Toda diversificación es saludable cuando se trata de combatir a una potencia como Estados Unidos. En la actualidad, las nuevas potencias mundiales ya son la China y Rusia. Ante un panorama en cambio y de pronóstico reservado, las ideas políticas de Chomsky nos pueden servir para comprender el papel que ha de desempeñar América Latina en su lucha por concretar su auténtica libertad, soberanía y democracia.

Conclusiones

Desde la llegada de los primeros colonizadores europeos a lo que hoy es Estados Unidos, este país ha elaborado un discurso político retórico fundado en una lectura peculiar de textos bíblicos en el que se considera como el legítimo heredero de la estirpe de Israel. Aunado a lo anterior, se legitima una ideología de corte liberal e ilustrada en la que se concibe el defensor de los grandes ideales de la modernidad filosófica: democracia, justicia, libertad, igualdad, propiedad privada y los derechos humanos. Para el filósofo Noam Chomsky, bajo de este relato se esconde un interés más mundano y vulgar: acrecentar su poderío económico y mantener una hegemonía planetaria.

Para lograrlo, desde su independencia en 1776, ha intentado por distintos medios mantener subyugado a lo que ellos consideran su “patio trasero”: América Latina. Sin embargo, esta región experimentó procesos de independencia desde los primeros años del siglo xix. No obstante, tan pronto como las potencias coloniales europeas se retiran del hemisferio americano, la región comenzó a padecer un proceso de neocolonización por parte del coloso estadounidense. Este fenómeno no ha buscado directamente el dominio político -administrativo de los distintos países, su objetivo está en la explotación por medio de acuerdos económicos; para lograrlo, los Estados Unidos se han servido de múltiples herramientas que tiene a su disposición: coerción militar, discurso ideológico, medios de comunicación, intervención política, chantaje y bloqueo económico.

En los últimos años, América Latina ha vivido un proceso político en el que se ve una predisposición por gobiernos de izquierda, con esto buscan una vía distinta al neoliberalismo que se ha ejercido en las últimas décadas y que ha dejado resultados económicos desastrosos para la mayoría de sus poblaciones. Alejarse de los dictados estadounidenses y buscar nuevos caminos y experiencias político-democráticas no es algo que sea visto con agrado por el poderoso vecino del norte.

Empero, pesé a estas políticas, es necesario mencionar que E.E.U.U necesita de los recursos que se encuentran en América Latina para mantener su supremacía mundial. Ante la emergencia de nuevas potencias mundiales es probable que la política exterior estadounidense se replantee y agudice su histórico carácter hostil y coercitivo. De acuerdo con la apreciación de Chomsky, si América Latina quiere conquistar su segunda independencia y salir de su etapa neocolonial debe organizarse para construir una gran unión de países que le permitan manejar su destino con mayor libertad en busca de justicia y dignidad para sus habitantes.

Referencias

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Sobre el autor

Martín Quiroz Pavón

Licenciado en Filosofía, Maestro en Humanidades: filosofía contemporánea por la Universidad Autónoma del Estado de México. Sus intereses académicos se enfocan en el debate entre la modernidad vs postmodernidad; la filosofía política contemporánea, en especial la relación Estados Unidos- América Latina. Ha publicado en revistas como Espacios públicos artículos enfocados al discurso político del filósofo Noam Chomsky.

Notas

[1] Su primer trabajo político apareció en 1967 con el título La responsabilidad de los intelectuales, que, tiempo después, fue integrado en la colección de artículos American Power and the New Mandarins (1969) y publicado en español como La responsabilidad de los intelectuales y otros ensayos históricos y políticos (los nuevos mandarines) por la editorial Ariel, de Barcelona, España. En él denuncia la complicidad existente entre la comunidad académica y el gobierno estadounidense en su empeño por librar una guerra de exterminio contra Vietnam, país pobre donde se probaron las tecnologías bélicas más avanzadas de ese tiempo. La censura hacia los trabajos políticos de Chomsky se dio desde que comenzó a publicar, por ejemplo, cuenta cómo en 1973 los funcionarios de Warner Modular Publications Inc. se “horrorizaron” por lo contenido en su libro Washington y el fascismo en el tercer mundo, escrito en coautoría con Edward Herman. Con el pasar de los años las anécdotas de censura aumentaron. En su país es ninguneado por el gobierno y en el exterior se le considera un gran pensador político.
[2] Desde los 13 años comienza a interesarse por temas políticos, motivado por un tío que tenía un kiosko de revistas en Nueva York. En aquel lugar se daban reuniones de migrantes europeos judíos quienes debatían temas como el comunismo, fascismo, la guerra civil española y anarquismo. Argumentos que décadas más tarde se vieron abordados en sus libros. Según palabras de Chomsky, fue en ese lugar en el que “…recibió su primera formación ideológica” (Roffinelli, 2003: 15).
[3] Sus lectores se han preguntado en muchas ocasiones sobre la razón del por qué Chomsky no tiene una teoría política en un sentido estricto, es decir, a la manera académica, sistemática y desarrollada con un lenguaje especializado. Aunque estos ejercicios tienen su valor, por ejemplo, lo realizado de manera notable por Marx en El Capital, él ha apostado por descripciones claras que guíen la conciencia política de muchos ciudadanos (Bricmont y Chomsky, 2022: 42).
[4] Sobre este punto comenta Perry Anderson (2013): “Se sumaron dos potentes legados subjetivos, uno cultural y otro político: la idea –derivada del puritanismo de los primeros colonos– de que esta nación gozaba del favor divino y que tenía que llevar a cabo una misión sagrada; y la creencia –derivada de la guerra de la Independencia– de que en el Nuevo Mundo había surgido una república dotada de una constitución capaz de garantizar la libertad para los tiempos venideros.” (11). Este autor habla de un componente político y no filosófico como nosotros sostenemos. Pareciera que hablar en el segundo sentido permite ampliar los términos en los cuales se fue construyendo la nación estadounidense. Recordemos la amplia influencia que tuvo la filosofía de Locke en la elaboración de la constitución estadounidense y en el diseño de un gobierno que da prioridad a los derechos individuales de sus ciudadanos y, en particular, al derecho a la propiedad privada. De ahí que Locke sea reconocido como el padre teórico de los Estados Unidos.
[5] “…en febrero de 1848, se firmó el Tratado Guadalupe Hidalgo, mediante el cual se cedió el control total sobre Texas, Alta California, Nuevo México y otros territorios como Arizona, California, Nevada, Utah, parte de Colorado, Kansas, Wyoming y Oklahoma. México perdió 2.263.866 kilómetros cuadrados y más de 100.000 habitantes, además de nueve islas del archipiélago del Norte, frente a las costas de California, que no fueron incluidas en el Tratado de Guadalupe Hidalgo.” (Tellería y Quintana, 2023: 143)
[6] Chomsky ha sostenido que los Estados Unidos montaron una enorme campaña para difundir la idea de que la URSS tenía intenciones manifiestas por dominar el mundo con su ideología totalitaria del comunismo. Aunque hay hechos que prueban una rivalidad entre bloques, exagerar el tamaño ha servido para controlar y manipular la opinión de la población al interior de su país y, en cierta medida, la opinión pública de las regiones bajo la influencia capitalista. Los medios de comunicación se ven ayudados por eminentes intelectuales para construir la retórica de la guerra contra un gran enemigo. Chomsky suele citar a Daniel Bell y al profesor de Harvard Samuel Huntington para ejemplificar esta situación. Este último llegó a escribir en 1981: “…presentar la intervención u otra acción militar de tal manera que se cree la falsa impresión de que se está luchando contra la Unión Soviética.” (Chomsky, 2007a: 32).
[7] Son aquellos estados que están fuera de la ley y no respetan los tratados internacionales de justicia como la Organización de las Naciones Unidas o la Corte Penal Internacional. Representan un peligro para la estabilidad regional y mundial e, incluso, para su propia población. Son regímenes bastante antidemocráticos y suelen ser llamados “estados patrocinadores del terrorismo”. Chomsky (2007b) nos hace notar, con mucha ironía, que su país cumple a cabalidad con estas descripciones, mismas que aplica a diestra y siniestra a aquellos países que no se someten a sus criterios políticos (49).
[8] Por razones de espacio, es imposible hacer una lista de los países en los que Estados Unidos han intervenido para vulnerar los procesos político-electorales. Chomsky ha estudiado el tema a profundidad y lo ha plasmado en miles de páginas. El discurso oficial difundido en los principales medios de comunicación establece que este país está preocupado por la democracia en el mundo, sin embargo, para nuestro autor, la finalidad es “… mantener «el orden básico de… sociedades bastante no-democráticas» y de evitar «cambio basado en el populismo» que podría trastornar «ordenes económicos y políticos establecidos» y abrir «una dirección de izquierda».” (Chomsky y Dieterich, 1996: 28).
[9] La cantidad de pobres en el proceso venezolano se debe comprender bajo las circunstancias del bloqueo económico y ataque permanente que ha recibido por parte de los Estados Unidos y aliados en un intento prolongado por destruir su proceso revolucionario. Las estadísticas en otros países, gobernados por líderes de izquierda, la cantidad de personas que salen de la pobreza da cuenta de que es posible revertir este problema endémico. Sólo por poner un ejemplo, en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador (2018 – 2024) salieron de la pobreza 9.5 millones de mexicanos, de acuerdo con datos del Banco Mundial (Olivares et al., 2024).

Información adicional

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