MONOGRÁFICO II
Hiperglobalización y geoeconomía ¿el futuro que emerge?
Hyperglobalization and Geoeconomics: the Emerging Future?
Hiperglobalización y geoeconomía ¿el futuro que emerge?
Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, vol. 22, núm. 44, pp. 521-543, 2020
Universidad de Sevilla

Recepción: 14 Abril 2020
Aprobación: 23 Mayo 2020
Resumen:
Una estrategia de seguridad y defensa comienza con un buen diagnóstico que permita identificar el principal desafío. El momento que nos toca vivir no facilita las cosas. Todo fluye, apuntaba Heráclito, pero ahora más rápido y fuera de los cauces habituales. La hiperglobalización puede transformar el contexto con un salto diferencial de escala nunca visto. La cuarta revolución industrial ha abierto nuevos dominios. La geografía del espacio exterior y cibernético, del espectro electromagnético, de las aguas profundas y de los intangibles no puede proyectarse en un mapa político donde las líneas y colores definen los ámbitos de soberanía y de influencia. En esta nueva era, quien pueda configurar y adaptarse al entorno operativo, estratégico, político, psicológico e intelectual obtendrá una gran ventaja en términos de poder. Ganar esta disputa supone imponer una cultura y un modo estratégico principal. Por ahora, China parece tener ventaja con una guerra geoeconómica sin restricciones.
Palabras clave: Hiperglobalización, geoeconomía, legitimidad, zona gris, intangibles, bipolar.
Abstract:
A security and defence strategy begin with a good diagnosis that allows the identification of the main challenge. The moment we are living does not make things easier. Everything flows, Heraclitus pointed out, but now faster and out of the usual channels. Hyperglobalization can transform the context with a differential jump in scale never before seen. The fourth industrial revolution has opened new domains. The geography of outer and cyberspace, of the electromagnetic spectrum, of deep waters and intangibles cannot be projected on a political map, where lines and colours define the spheres of sovereignty and influence. In this new era, those who can configure and adapt to the operational, strategic, political, psychological, and intellectual environment will gain a great advantage in terms of power. Winning this dispute means imposing a major strategic culture and mode. For now, China seems to have an advantage with an unrestricted geo-economic war.
Keywords: Hyperglobalization, Geoeconomics, Legitimacy, Grey Zone, Intangibles, Bipolar.
Efectos en los debates de seguridad y defensa
Introducción
Los debates en torno al concepto seguridad han sido siempre complejos, en gran medida por el grado de subjetividad que necesariamente va unido a cada una de las diferentes evaluaciones. La seguridad surge como necesidad cuando se percibe un peligro contra los valores y los objetivos de un grupo y, ciertamente, el peligro no puede medirse con la matemática aplicada.
Realmente el problema no es la seguridad; el verdadero problema es sentir su ausencia. La inseguridad es lo que nos preocupa. La dificultad arranca de la falta de objetividad en la percepción de la amenaza, de su naturaleza, de su comportamiento y de los efectos que sobre ella ejercen nuestras acciones.
Por otra parte, el estudio de la seguridad es objeto de constantes reevaluaciones y adaptaciones, siendo este elemento un factor añadido de debate e incertidumbre. El campo de estudios de la seguridad es un elemento fundamental en las relaciones internacionales, y no escapa, como el resto de disciplinas relacionadas, a las profundas transformaciones que caracterizan a la humanidad en este tercer milenio.
Cada época tiene sus propias percepciones y exigencias de seguridad, siendo en este aspecto interesante considerar que un mismo tiempo cronológico no supone necesariamente una misma época. Las fracturas del presente en distintas épocas tienen que ver con el desarrollo tecnológico, pero también con las realidades culturales de cada espacio. Desde luego no perciben la inseguridad de la misma manera el mundo desarrollado que el subdesarrollado, Oriente que Occidente, el mundo del centro y el de la periferia, el mundo ordenado por la democracia liberal que el sometido a un gobierno autocrático o teocrático.
El fenómeno de la globalización se ha superpuesto con las diferentes dinámicas culturales y de niveles de desarrollo económico. No considerar el efecto diferencial de la penetración de los desarrollos técnicos en distintas realidades sociales puede colocarnos delante de una aparente paradoja. Simultáneamente a una creciente interrelación entre personas y organizaciones alejadas hasta ahora, ha surgido un rechazo a la imposición de un único modelo monocultural que ha empoderado la dimensión local. “La tecnología produce el espejismo de la uniformización cultural”. Por lo que “cabe hablar de uniformización en lo poco profundo y de diferencias culturales profundas”. Surge el término “glocalización” que alude a este proceso simultáneo de actuación global y local: “Piensa globalmente, actúa localmente”2.
Por otra parte, a la inversa, grupos sociales alejados por el espacio se vinculan con fuerza, mientras se desligan de las relaciones con los más próximos, pudiendo exacerbar tensiones internas.
La revolución tecnológica
Mientras tanto, el amplio y efervescente desarrollo de los cauces de la globalización está empezando a reconfigurar un fenómeno diferenciado que podemos identificar como hiperglobalización. La revolución tecnológica de la segunda etapa de la era de la información será el origen de un nuevo marco de interrelaciones y flujos, que deja atrás la potencialidad y las pautas de la primera fase para configurar algo diferente.
El fenómeno no es nuevo y es lo que cabe esperar de un salto tecnológico disruptivo. Los avances de los nuevos descubrimientos científicos se implementan por fases, produciéndose rebotes y mutaciones cada vez más profundas. Los cambios de paradigma se producen de forma intermitente. La innovación no sigue una senda continua porque se combinan e interrelacionan los descubrimientos y desarrollos de varias tecnologías que progresan en paralelo, reforzándose mutuamente y que, a través de distintos saltos cada vez más amplios, conducen a un patrón diferente de producción, de organización social, de seguridad y de defensa.
El cambio comienza con una primera fase de instalación, en la que se inventa y comercializa un nuevo conjunto de tecnologías, a menudo coincidiendo con una burbuja financiera. La segunda fase es la de despliegue del crecimiento económico constante. En esta segunda fase, la implantación de los cambios se aplica en una escala cualitativa y cuantitativamente más amplia y transcendente. Entre ambas fases existe un punto de inflexión en el que la nueva economía sustituye a la antigua y la sociedad se reestructura para adaptarse3. En estos momentos, nos encontramos precisamente acercándonos al mencionado punto de inflexión.
La hiperglobalización será un nuevo escenario en el que la capacidad de proceso, aceleración y tratamiento de información y datos alcanzará nuevos niveles. Tan relevante puede ser la transformación del contexto como para que sectores importantes de la punta de lanza de la ciencia y del pensamiento consideren la nueva revolución tecnológica, la Cuarta Revolución Industrial, como un salto diferencial de escala, superior en alcance a todos los que ha vivido la humanidad hasta el momento. La hiperglobalización puede suponer una alteración de los fundamentos de la forma de vivir, de trabajar, de producir, de consumir, de hacer negocios, de relacionarse las personas y, por supuesto, de competir y combatir.
Especialmente relevante es el potencial de desarrollo de la inteligencia artificial, que permite utilizar algoritmos perfeccionados que facilitan el tratamiento y procesamiento de un inmenso volumen de datos, tanto estructurados como no estructurados, para optimizar las decisiones y favorecer el aprendizaje de los propios sistemas. Los revolucionarios avances en la robótica anticipan no solo un aprendizaje cognitivo de las maquinas sino incluso una capacidad de aprendizaje prospectivo. La Inteligencia Artificial permitiría poner en funcionamiento sistemas capaces de evaluar, seleccionar la información y tomar decisiones para el futuro adaptándose al riesgo. Estos avances irían de la mano de otros como el Internet de las cosas, los vehículos autónomos, la impresión en tres dimensiones, la nanotecnología, la biotecnología, la ciencia de materiales, el almacenamiento de energía y la computación cuántica, con tanto potencial como para reconfigurar la propia naturaleza de no pocos procesos sociales.
La hiperglobalización abre un debate entre los especialistas sobre su impacto en el propio concepto de seguridad y defensa. El nuevo escenario pone en cuestión muchas de las anteriores referencias. Surge de esta manera la tensión entre el cambio y la permanencia. La tarea es identificar y analizar tanto las líneas de ruptura como las de continuidad que existen con los elementos que hasta ese momento eran válidos en el campo de la estrategia. Inevitablemente, tenemos que añadir los cuestionamientos éticos necesarios que el desarrollo, en el campo de la seguridad y la defensa, presentan las nuevas oportunidades que la revolución tecnológica promete proporcionar.
No sería extraño que la rapidez del ritmo de cambio tecnológico fuese por delante de los cambios de enfoque teórico, de los conceptos y de la formulación de las estrategias nacionales o colectivas4.
Una estrategia de seguridad y defensa comienza con un buen diagnóstico del contexto, de los actores, de los procesos de cambio, de sus diferentes ritmos y sus efectos, para resaltar nítidamente el principal desafió. El momento que nos toca vivir no facilita las cosas. Todo fluye, apuntaba Heráclito, pero ahora más rápido y fuera de los cauces habituales. Cuanto más dinámica e intempestiva es la realidad, más incertidumbre emerge de las evaluaciones descriptivas y preceptivas, que requiere el diseño, el planeamiento y la conducción de las estrategias de seguridad y defensa.
La situación es potencialmente peligrosa para los equilibrios de poder en un mundo multipolar en evolución. Sabemos que surgirá un escenario completamente diferente. Tomar la delantera en el desarrollo de los avances técnicos definirá su arquitectura de soporte. La ventaja de llagar primero tendrá efectos en su posterior aplicación a diferentes ámbitos, también a los nuevos sistemas de armas y su implementación en la doctrina militar, otorgando una ventaja clara para quien defina las reglas del juego.
En noviembre de 2014, el secretario de Defensa, Chuck Hagel, presentó la Iniciativa de Innovación en Defensa, conocida como la tercera estrategia de compensación (Third Offset Strategy). El documento reconoce que la intensidad de los cambios impone la necesidad de poner en marcha una estrategia de compensación, que como en las dos anteriores ocasiones, acepta la necesidad de superar un desajuste en las capacidades de las fuerzas armadas norteamericanas. El objetivo de la propuesta es una reconfiguración del diseño de los medios y doctrina militar, para afrontar con garantía de éxito el reto de superar los desafíos que se derivan de la transformación de las capacidades de las llamadas potencias revisionistas5.
La cuestión que debemos considerar es en qué medida, la propuesta de compensación estratégica, es suficientemente amplia o, por el contrario, en qué medida se presenta excesivamente polarizada en una nueva revolución de los asuntos militares, desconectada en exceso de todo lo demás.
El Estado, la soberanía y los nuevos dominios
Después de esbozar el necesario debate que provoca el cambio tecnológico en la seguridad y la defensa, es necesario considerar la más ampliamente tratada discusión sobre el papel del Estado en la nueva configuración de la distribución del poder en el mundo. Tradicionalmente se ha entendido que el estado era el único protagonista de las relaciones internacionales y de los temas relacionados con la paz y la guerra. Este enfoque se ha visto superado por una realidad cada vez más compleja. Aparecen nuevos protagonistas con peso creciente como las organizaciones internacionales, las empresas multinacionales, las organizaciones no gubernamentales, las opiniones públicas, el crimen organizado transnacional, los grupos terroristas con estrategias globales, etc.
El nuevo planteamiento aumenta el número de protagonistas en el escenario de conflicto o de prevención del conflicto, creando una situación que genera una relación más enrevesada entre actores desiguales. La asimetría de los jugadores no facilita los acuerdos y las nuevas cooperaciones añaden más incertidumbre al escenario. Una apuesta por una aproximación integral a los problemas apunta a la necesidad de una acción concertada. El Estado seguirá siendo el actor imprescindible para articular la capacidad de adaptación e integración necesaria para permitir cambiar los registros, posibilitar la interlocución, reunir energías, perspectivas y legitimidad.
Tradicionalmente los desafíos de la seguridad estaban relacionados con la soberanía, el territorio y las instituciones del Estado. Este enfoque está en cuestión y aparecen nuevas amenazas que requieren ampliar el horizonte. Los graves desafíos que vienen asociados con el terrorismo internacional, el crimen organizado transnacional, la agresión al medio ambiente, las violaciones de los derechos humanos, las pandemias, la inmigración irregular, la protección de la libertad de uso del espacio exterior, el ciberespacio, el espectro electromagnético, las aguas profundas para navegar en superficie o debajo de ella y el ámbito de la información y comunicación, requieren una acción concertada de aliados y socios que compartan principios comunes. La libertad en un mundo hiperglobalizado es cada vez más claramente indivisible. Estos nuevos desafíos no están constreñidos a una población o a un territorio y se presentan como cuestiones de carácter regional o global que requieren una acción convenida.
La expansión de las posibilidades de agresión en los nuevos dominios implanta en todos los cálculos un nuevo operador exponencial, que dispara el nivel de incertidumbre, asociado siempre al conflicto. La guerra siempre fue la comarca de la incertidumbre, pero ahora las alarmas en el campo de la seguridad y la defensa son más sensibles y pueden sonar continuamente, sin necesidad de que la violencia adquiera demasiado protagonismo. En estos momentos, se puede hacer daño y colapsar una sociedad sin matar y derramar sangre.
Las guerras de la información y las ciberguerras son reales, suceden a la velocidad de la luz, son globales, no son fáciles de atribuir y evitan la batalla decisiva al crear nuevos espacios de batalla, amplificando las dimensiones de las zonas grises.
La amplitud de la zona gris es cada vez mayor. Por lo tanto, requiere una rápida adaptación de la misión y de los objetivos impulsando el cambio en el entorno operativo. El adversario buscará obtener ventaja de la indefinición y la confusión, que genera este ambiente diluido en términos de tiempo, geografía y dominios, donde aparecen difuminadas las diferencias entre un estado de paz y de guerra. Las fronteras y ámbitos de soberanía se desvanecen y los Estados no pueden defender sus fronteras porque se han evaporado,
La ventaja en el dominio de la información que proporciona el desarrollo de la quinta generación de las tecnologías y estándares de comunicación inalámbrica por una empresa china es entendida por algunos de nuestros aliados como una grave amenaza. Otros, sin embargo, pueden entenderlo como una oportunidad de desarrollo de la industria tecnológica nacional. En cualquier caso, este puede ser solo un ejemplo. En otro momento sería una cuestión exclusivamente comercial, económica o técnica. Ahora adquiere un nuevo sentido al afectar a una nueva dimensión donde se compite por la supremacía tecnológica, por la definición del marco del nuevo espacio y por algo tan valioso como la información y los mensajes. Esta competencia entre empresas tiene también una nueva dimensión de seguridad y defensa, especialmente relevante si tenemos en cuenta la naturaleza singular de las compañías chinas.
Tradicionalmente se diferenciaba la seguridad interior de la exterior porque el tratamiento de la amenaza era distinto. Los problemas de seguridad internos no iban normalmente asociados a un estado de excepcional potencial, como ocurre con los externos. El papel de la fuerza era distinto dentro y fuera. Sin embargo, las amenazas transnacionales han roto las viejas barreras. La frontera entre la seguridad interna y la externa se ha difuminado.
La geografía del espacio exterior, del dominio cibernético, del espectro electromagnético, de las aguas profundas de superficie o submarinas y de los intangibles no puede proyectarse en un mapa político donde las líneas y colores definen los ámbitos de soberanía. Las acciones desde estos ámbitos permiten realizar operaciones desde cualquier región del mundo y, en no pocas ocasiones, dirigidas contra objetivos civiles. Quizá especialmente claro es el caso del ciberespacio, desde el que se puede violar cualquier frontera política de un Estado y actuar contra todo tipo de instalaciones por su grado de conexión. Un ciberataque puede afectar al funcionamiento de las infraestructuras críticas, del sistema financiero, del comercio, de la distribución, de cualquier sector económico y, evidentemente, sin distinción de lo privado, público o militar.
¿Dónde están los límites?
El tercer debate tiene que ver con las funciones militares de las fuerzas armadas en el nuevo contexto operativo, estratégico, político y geopolítico. Tradicionalmente la seguridad y mucho más la defensa se ha entendido como una cuestión esencialmente militar. En la actualidad, los aspectos no militares de la seguridad se imponen de tal manera que algunos incluso llegan a olvidar la necesidad de tener en cuenta los aspectos militares. Parece que se impone una creciente securitización de la defensa.
Establecer una barrera entre lo civil y lo militar es una práctica maniquea que no podemos permitirnos. Es difícil posponer el pago siempre, al final antes o después nos encontraremos con problemas de solvencia. El pago hay que hacerlo en términos de disuasión, estrategia de la no acción o en términos de empleo, estrategia de la acción. En no pocas ocasiones, las compañías quiebran no por falta de negocio, sino por falta de liquidez. En términos de seguridad y defensa, la fuerza es la caja que permite disponer del dinero necesario para, si fuera preciso, asegurar las transacciones que nos interesan. Es malo un exceso de liquidez, pero es peor un déficit si uno tiene limitadas o cerradas las líneas de crédito. El flujo de caja es una medida suficiente del nivel de solvencia del conjunto del sistema.
Sin necesidad de recurrir a un ejemplo militar, se puede ilustrar esta necesidad de músculo estratégico recordando la alarma generada por la COVID-19. Uno de los más graves problemas para muchos países, entre ellos Estados Unidos y algunos de la Unión Europea, es su actual dependencia de la industria farmacéutica y de maquinaria hospitalaria china.
Desde los años 90, la política norteamericana aceptó como axioma que el ascenso de China y su integración en el sistema internacional respondía a sus intereses estratégicos. Los norteamericanos actuaron consecuentemente intentando favorecer la integración de China en el mundo, sacándola de su aislamiento. China vendió y los Estados Unidos compraron el concepto de ascenso pacífico. 30 años después, China ha desarrollado su poder y potencial a expensa de la soberanía de otros.
Los planteamientos del pasado han saltado por los aires y han comenzado las guerras comerciales que son guerras por la posición de cada uno en el mundo. La lentitud de los Estados Unidos en responder al ascenso asertivo de China es desconcertante. China siempre ha sido una potencia revisionista, antes cuando era miserablemente pobre y ahora más cuando ha conseguido convertirse en la fábrica del mundo y aspira a convertirse en el líder de la innovación económica mundial.
Con la situación comentada, el tercer debate podríamos presentarlo de otra forma. En qué medida, con un contexto de competición geopolítica global entre poderes que aspiran a reconfigurar la distribución de equilibrios y fijar nuevos espacios de influencia, las décadas venideras estarán marcadas por una disputa determinada por el poder económico y tecnológico más que por el militar.
A lo largo del tiempo el escenario estratégico no ha dejado de expandirse. La tecnología tiene algo que ver con esta ampliación. Han aparecido nuevas dimensiones y posibilidades para los sistemas de armas. Hoy en día el armamento alcanza con precisión y poder letal cualquier objetivo independientemente de su naturaleza civil o militar. El campo de batalla ha desbordado todos los viejos límites y el mundo entero es un único teatro de operaciones militares. Tierra, mar, aire, espacio exterior, ondas electromagnéticas, ciberespacio, control de las tecnologías emergentes y capacidad de imponer los propios estándares y reglas en los nuevos dominios, capacidades industriales, control de las cadenas de suministros globales, control de las cadenas de valor, poder en los mercados financieros y de divisas, son dimensiones donde simultáneamente se compite por el poder.
Por otra parte, el cambio social y político tiene también relevancia en este aumento de la proyección de la acción estratégica. Hoy se combate también por el dominio de las opiniones públicas, por el dominio de las ideas, por el control de los deseos y ambiciones, por la conquista de los corazones y las mentes de los demás. Las dimensiones inmateriales cada vez pesan más frente a las materiales. Los intangibles son cada vez más poderosos.
La guerra en la era de la información no trata fundamentalmente de aspectos militares. La guerra de la era de la información trata de ganar el derecho a ser escuchado primero, de sintonizar mejor, para influir en las personas y las decisiones que toman.
Tradicionalmente la guerra no tenía sentido, solo tenía función. En el pasado, la guerra descubre quién gana y quién pierde. Sin embargo, no descubría quién tenía razón. No resolvía el debate de los valores, ni el de los intereses. La guerra se ajustaba al veredicto de las armas. El campo de batalla se reducía a un choque de discursos, donde el discurso que ganaba era el del mejor guerrero. Pero actualmente las cosas son más complejas.
El centro de gravedad ha dejado de ser físico y, por lo tanto, el resultado es todavía más impredecible. La nueva situación nos coloca en paz y en guerra simultáneamente, siempre en medio de la incertidumbre y la complejidad. El centro de gravedad del conflicto ha dejado de ser militar y la guerra es mucho más que batallas. Desde hace tiempo, las batallas han dejado de ser el acontecimiento decisivo.
Este repaso de aspectos controvertidos, generados por los cambios impuestos por la hiperglobalización que llega, nos coloca delante de un punto de ruptura. La situación es especial, requiere analizar la naturaleza controvertida de algunos conceptos básicos. La interpretación y la relación entre poder y fuerza, seguridad y defensa, guerra y paz, público y privado, interior y exterior, competencia y colaboración son esencialmente un campo más en disputa. La controversia conceptual y terminológica no es inocente y forma parte del juego que intenta imponer el discurso de cada contendiente. La confusión está servida, es ineludible y forma parte del continuo movimiento de los adversarios en escenarios siempre cambiantes.
La ambigüedad y la niebla de la guerra han invadido también el campo semántico y de las ideas. La expansión del campo de batalla ha llegado a ocupar también el espacio académico, convirtiendo el conocimiento en un dominio más de la complicada comarca de la incertidumbre, donde reina el conflicto.
La tensión que surge por intentar definir el campo de acción, los mecanismos de trabajo, la tipología de los procesos y los fines propios de la seguridad y la defensa no solo es consecuencia de los diferentes enfoques posibles desde las distintas disciplinas académicas. La disputa conceptual persistirá porque va más allá. Quien fija la doctrina de lo que es o no campo propio de la seguridad y la defensa se otorga una gran ventaja en términos de poder, porque define el entorno operativo, estratégico, político, psicológico e intelectual donde medirse. Ganar esta disputa supone imponer una cultura y un modo estratégico principal, ajustado a las preferencias, fortalezas y debilidades del vencedor.
China parece haber conseguido ventaja al declarar una guerra sin restricciones6. Una competencia entre voluntades que no resuelve el derramamiento de sangre. Una generalización del estado de guerra en todos los entornos con un empleo sin restricción de todos los medios, tácticas, técnicas y procedimientos, al margen de cualquier limitación de leyes, usos o costumbres.
Una guerra sin reglas que afecta a todos los planes, decisiones, relaciones y vínculos que establece la República Popular China con cualquier actor interno o externo en cualquier ámbito.
China ha jugado con las cartas marcadas siempre, a la vista de todos. Mientras tanto, el mundo seguía haciendo buenos negocios y ganando dinero dejándola hacer. El armonioso ascenso de China se ha forjado con el fuego de la codicia de muchos y la insuficiente atención a sus prácticas y a la evolución del contexto por parte de los Estados Unidos y la Unión Europea. El éxito de China ha sido ganar poder saliéndose del estrecho marco de seguridad y defensa definido por sus competidores. China ha ampliado el marco conceptual tanto como ha podido para recolocarse como el imperio del centro. El resto ha tardado demasiado tiempo en entender que es para China seguridad y defensa, algunos no lo han hecho del todo todavía.
Aproximación geopolítica
Evolución de los modelos
En los últimos 50 años, el poder en el mundo ha estado ordenado por tres sistemas geopolíticos diferentes. Cada uno de ellos parecía tan sólido como para marcar una era. Sin embargo, al menos los dos primeros, seguramente también el que nos ha tocado vivir, duraron mucho menos de lo previsto. En menos de dos décadas es más que posible que veamos emerger otra vez un mundo bipolar, pero con otras características.
La URSS se disolvió por dentro sin que la OTAN disparase un solo tiro. Como todos los grandes imperios, la URSS no fue destruida por el enemigo exterior, sino corrompida por sus males internos. Fue infectada por una epidemia política, social, económica y moral desintegradora que tiene su origen en las mismas fuerzas que la llevaron a convertirse en gran potencia. No fue una guerra, sino la pérdida de legitimidad del sistema comunista quien hundió a la gran potencia soviética.
El escenario geopolítico de la post-Guerra Fría, en un mundo globalizado y complejo, emerge una hiperpotencia con poder material e inmaterial suficiente para ejercer la hegemonía, sin que nadie pudiera y quisiera entonces disputarla. El siglo XXI empezó siendo el siglo de los Estados Unidos, pero lo que parecía anunciar una nueva era pronto terminó descubriéndose como un breve momento. Los ataques a terroristas del 11 de septiembre de 2001 impulsaron a los Estados Unidos a actuar, utilizando la fuerza, pero sin conseguir aumentar su poder. La sobreextensión estratégica y el coste de sostenerla pusieron al descubierto los límites de la fuerza y las vulnerabilidades del poder de los Estados Unidos.
La cita, atribuida a Benjamin Franklin, apunta aceradamente que “las guerras no se pagan durante el tiempo de guerra, la factura viene después”. Sin que todavía se pueda dar por terminada la guerra en Afganistán, la guerra más larga sostenida por los Estados Unidos, el desembolso de la guerra viene ahora. La factura es, por supuesto, económica, tiene que ver con el coste y con costes de oportunidad, pero también con la distribución del poder, con la imagen proyectada por los Estados Unidos y la legitimidad o falta de ella de sus acciones.
Sin embargo, el comienzo del fin de la hegemonía norteamericana tiene que ver más con la crisis financiera de 2008 que con las guerras en Oriente Próximo. La crisis de 2008 anuncia el inicio de un discurso de impugnación global crítico con la libertad de mercado y con la democracia liberal. Es como pasó con el comunismo en la URSS una crisis de legitimidad.
En 2010, la primera Estrategia de Seguridad Nacional del presidente Obama anunciaba la necesidad de reconstruir los cimientos de la fuerza y la influencia de los Estados Unidos. La economía norteamericana se estaba debilitando y los Estados Unidos reconocían que habían llegado demasiado lejos. Mientras sus soldados luchaban en tierras lejanas, los tiburones financieros luchaban codiciosamente por ganar más, especulando en los mercados mientras los manipulaban. El resultado no era el descrédito de unas fuerzas armadas o de unos mercados financieros. El resultado era el descrédito de un sistema político, la democracia, y el de un sistema económico, el capitalismo.
Reinstaurar la confianza era una tarea imposible a corto plazo. El presidente Obama intentó recuperar la centralidad norteamericana a través del dominio del conocimiento y de los mercados globales. El nuevo pilar del poder norteamericano no tenía que ver con un balance, sino con la capacidad de desequilibrarlo favorablemente mediante la innovación7.
El presidente Obama vinculó en su estrategia el desarrollo de la economía estadounidense con su seguridad. En esta orientación geoeconómica, seguían apareciendo dos dimensiones que desaparecerán después con la llegada a la presidencia de Donald Trump.
El presidente Obama no renuncia del todo a ejercer el liderazgo de los procesos de globalización, a respetar a los compromisos y alianzas, a respetar las pautas del orden internacionales y sus organizaciones y a mantener los mercados internacionales cada vez más abiertos. Su nueva política se identifica con el conocido lema de Leading from behind, que podía interpretarse como un Business as usual. El fin de la hegemonía norteamericana se reconoce dentro de los Estados Unidos cuando gana las elecciones el lema American First.
La primera NSE del presidente Trump es reflejo de una nueva concepción que rompe con el enfoque de 70 años de política exterior norteamericana. Se presenta como una estrategia de principios realistas, guiada por los resultados, no por la ideología. La nueva NSE de 2017 supone una reevaluación del panorama estratégico que reconoce que el éxito ha provocado tanta complacencia como para llegar a creer que el poder de los Estados Unidos sería no solo indiscutible, sino también capaz por sí mismo de financiar su sostenimiento.
Los cambios que se introducen reflejan la incapacidad de la clase política norteamericana de aceptar los cambios. Washington había establecido consensos entre visiones incompatibles, envuelto en una retórica brillante llena de carisma prefabricado, pero incapaz de formular un designio estratégico concreto.
La actitud del viejo y acomodado establishment ha permitido a otros actores implementar sus planes a largo plazo para desafiar a los Estados Unidos. La autosatisfacción permitió a los competidores estratégicos avanzar paso a paso en el desarrollo de sus desafiantes agendas, explotando las ventajas que les proporcionaba el sistema internacional y las instituciones que los Estados Unidos habían ayudado a construir. Fareed Zakaria resumía con acierto, en un artículo titulado “La autodestrucción del poder norteamericano”, la nueva situación, “The greatest error the United States committed during its unipolar moment was to simply stop paying attention”8.
El ascenso de China a potencia global
La planificación financiera, económica e industrial de China durante más de 30 años se había centrado en la penetración y dominio de los recursos, las cadenas de valor, las cadenas de suministro y las infraestructuras de los Estados Unidos y sus aliados. China, con una aproximación aparentemente ordenada por un marco internacional abierto, había conseguido subvertirlo. La estratégica de Pekín ha conseguido asegurarse la dependencia norteamericana y de muchos de sus aliados de la fábrica del mundo, para mientras tanto acumular los recursos y la tecnología que necesitaban para dar un gran salto adelante que le permite en la actualidad competir con ventaja en el dominio de sectores claves del futuro desarrollo económico.
Durante décadas, China ha ido vaciando de capacidades industriales y técnicas a los Estados Unidos, cooptando gran parte de las ventajas competitivas de las empresas occidentales. China ha integrado gran parte de la industria básica y tradicional de Occidente en su estructura de producción y ha sabido dirigir sus incentivos para desplazarla. Una vez consolidado este proceso ha comenzado a apuntar más alto con el propósito de conseguir el mismo éxito con los sectores tecnológicos más avanzados de la cuarta revolución industrial. En estos momentos, cuando el mundo se enfrenta a una pandemia provocada por el coronavirus, alrededor del 80 % de los productos farmacéuticos vendidos en los Estados Unidos se producen en China. El mayor y, a veces, único proveedor mundial de los ingredientes activos de algunos medicamentos vitales es China. No solo es el proveedor mundial dominante de productos farmacéuticos, sino que también es el mayor proveedor de dispositivos médicos de Estados Unidos, como por ejemplo respiradores artificiales. El suministro de estos productos esenciales aún no ha sido severamente interrumpido por el coronavirus, pero si China no quisiera o no pudiera suministrarlos, miles de occidentales podrían morir9.
Estados Unidos ha permitido que su industria médica y farmacéutica dependa de China y también que sea inhibida, paralizando el desarrollo de sus capacidades. La situación de la industria farmacéutica y médica norteamericana no es la única; muchos otros sectores industriales viven un estado semejante. La pérdida de capacidad industrial y la dependencia de China no podrán corregirse, sino a largo plazo.
El desajuste de la producción industrial norteamericana y, en general, de Occidente no es casual. El desequilibrio de la economía productiva, de la economía real, es el resultado de una voluntad ordenada en un plan diseñado e implantado por China desde hace tiempo. El éxito de la economía china, en gran parte, se debe a las inadmisibles prácticas comerciales, financieras, cambiarias, medioambientales y laborales que exigen los mercados de libre competencia del siglo XXI10. El modelo de guerra sin restricciones, propuesto en 1999 por los coroneles del Ejército Popular de Liberación chino, Quiao Liang y Wang Xiangsui, es una réplica de las prácticas económicas sin restricciones de China. El valioso paraguas diplomático chino sumergió durante años sus ambiciones revisionistas, proyectando una imagen simpática e inocente de un ascenso enmascarado como pacífico.
La aceptación de una nueva era de competencia con las llamadas potencias emergentes, especialmente con China, es la base del nuevo enfoque de las relaciones internacionales del presidente Trump. La dimensión geoeconómica es para esta administración fundamental. Desde la investidura del presidente Trump, su Administración se ha centrado en cuestionar la regulación de los flujos de la globalización que han favorecido la deslocalización de industrias, las transferencias forzadas de tecnología, las distorsiones impuestas a los mercados por China, la manipulación del valor de las divisas y los movimientos desordenados de inmigrantes. El cambio de filosofía política en el exterior también se aplica a las políticas internas. La política económica de la Administración demócrata estaba ahogando a las empresas y a su capacidad innovadora con una regulación excesiva con altos niveles impositivos y con una creciente intervención social del Estado. La situación dentro de los Estados Unidos también tenía que reconvertirse.
Es cierto que la respuesta del American First comparte con la anterior aproximación estratégica del presidente Obama la relevancia de la actividad económica como fuente de poder y prosperidad, pero rechaza la ceguera ideológica de los que entienden que la competencia comercial, productiva y tecnológica es un juego abierto, donde inevitablemente los valores y los intereses de los Estados Unidos se impondrán. El dogma ideológico, que vincula el desarrollo económico y social con la evolución política hacia modelos más participativos y democráticos con mayor grado de respeto a los derechos y libertades personales, sencillamente no podía seguir sosteniéndose. La reacción requería que Estados Unidos respondiera a la creciente competición de las potencias emergentes, China y Rusia, en los campos político, económico y militar. Estados Unidos anunciaba que no aceptarían un modelo de enfrentamiento que le atase las manos a las espaldas.
El emergente orden bipolar plus
El mundo multipolar de nuestros días, igual que los anteriores modelos, está en crisis y sujeto a cambios muy rápidos que pueden pasar desapercibidos. En los actuales escenarios de competencia global, donde un conflicto armado abierto y directo entre grandes potencias destruiría la continuidad de sus fundamentos de poder y su posición de privilegio, la probabilidad de que la disputa económica y tecnológica se convierta en el principal escenario de rivalidad es muy alta.
En un escenario donde la probabilidad de un enfrentamiento militar directo entre las grandes potencias es absolutamente improbable, por no decir imposible, la fuente más importante de poder es la economía, que será determinante en el reposicionamiento de cada una. El enfoque geoeconómico requiere nuevos métodos de defensa y ataque que serán comerciales, financieros, tecnológicos, de inversión y desarrollo, de gestión empresarial, de inteligencia, de mejora del capital humano, logísticos y de liderazgo.
En el nuevo orden bipolar plus que emergerá en breve, China y Estados Unidos simultáneamente podrán ser socios, colaboradores y competidores estratégicos. Esta pluralidad de naturalezas en la relación la hace más compleja e inestable, pero también menos peligrosa; existen más espacios de negociación con mayor número de opciones de enfoque.
La hegemonía norteamericana de comienzos del siglo XXI suponía el reconocimiento del fin de las esferas de influencia de las grandes potencias en competición geopolítica. La supremacía de los Estados Unidos superaba el viejo reparto para imponer, en singular, una única esfera de influencia global, gestionada por una poder hegemónico indiscutido. En la nueva era de competición entre grandes potencias en la que ahora mismo nos encontramos, vuelven a emerger en plural las esferas de influencia. La otra cara de esta realidad es el resurgimiento simultáneo de áreas abiertas a desplazamientos y oscilaciones, donde la competencia abierta, no necesariamente militar o directamente política, es posible.
Por lo tanto, el juego de competencia entre los grandes actores se restringe geopolíticamente a las regiones no incluidas en los espacios de interés estratégico vital, incluso para los Estados Unidos. En estas partes del mundo lo que está en juego no es tan relevante como para que, en un mundo desideologizado, sea preciso recurrir fundamentalmente a medios militares. La competencia será en los nuevos cinturones de quiebra, es decir, en las zonas de transición, especialmente geoeconómica11.
El panorama descrito no supone una desmilitarización de los Estados Unidos, China y Rusia; todo lo contrario. La competencia tiene una dimensión militar importante porque asegura los irrenunciables extranjeros próximos o de interés vital a cada parte. Los nuevos desarrollos militares exigirán grandes inversiones que tendrán asociados proyectos civiles de doble uso para mantener el pulso competitivo.
La función de los nuevos arsenales será disuasoria y proporcionará también una herramienta de negociación. Los arsenales estarán ahí para no ser utilizados y también para evitar que los utilice el competidor. Las tres grandes potencias aspirarán a alcanzar tanto la disuasión por negación como la disuasión por castigo. Uno y otro modelo se refuerzan.
El desarrollo de capacidades antiacceso y denegación de área (A2/AD) por parte de China y de alguna manera de Rusia ha permitido a estas potencias colocarse al mismo nivel que los Estados Unidos, asegurándose que, en sus áreas de influencia, no habrá una intervención de las fuerzas norteamericanas convencionales con éxito, reduciendo la tensión de la escalada. El peligro para todos es el coste de mantener una carrera de armamentos que pueda desajustar su economía.
El colapso de la URSS como potencia fue consecuencia del fracaso de un modelo económico incapaz de mantener el ritmo de avance de las sociedades abiertas y libres. El colapso de la hegemonía norteamericana fue consecuencia de su autoconfianza en el control del modelo económico de integración internacional de las cadenas de valor y suministro impulsado por la globalización. El multipolarismo inestable actual caerá por su incapacidad de ordenar los flujos generados por la globalización. El modelo de hoy no puede reajustar la redistribución de los efectos perversos que provoca y por eso será puesto en cuestión. Los norteamericanos lo han hecho ya con el presidente Trump y los británicos con Boris Johnson y el brexit.
El único modelo estable que podemos esperar es un condominio de los Estados Unidos y China que permita conformar un marco equilibrado de los cambios impulsados por los crecientes movimientos globales de capitales, mercancías, servicios, personas e información. La competencia geoeconómica es más que probable que termine pronto siendo un duopolio imperfecto. Al final, lo más razonable es que las dos partes descubran el mutuo interés por mantener una posición de privilegio compartida, aunque sea asociada a tensiones continuas de diferente magnitud.
En esta situación, tanto China como los Estados Unidos buscarán posicionarse favorablemente frente a su competidor, explorando posiciones de ventaja. Sus decisiones llegarán tan lejos como sea posible y serán pragmáticas y pacientes. El equilibrio se mantendrá mientras no se desajuste. Consecuentemente, las dos partes se esforzarán por mantenerse en el juego, intentando igualar sus ganancias marginales con sus costes marginales, empleando su poder para no dilapidarlo.
El resto del mundo deberá, por lo tanto, estar muy atento a la gestión de esta competencia para encontrar oportunidades que le permita sincronizar las políticas nacionales con el gran juego global bipolar. Ahora bien, según avance el modelo bipolar plus, algunos Estados tendrán que empezar a tomar posiciones más claras. El modelo bipolar plus está a las puertas y, con el paso del tiempo, es posible que deje de ser plus para ser fundamentalmente bipolar.
El ministro de Defensa de Singapur, Eng Hen, expresó la nueva situación con claridad. En los próximos años, los vecinos de China se enfrentarán a un dilema impuesto por la relación de las dos grandes potencias. Cuanto mayor sea la distancia entre Estados Unidos y China, más difícil será para todos los países del Sudeste Asiático mantener una posición neutral12. Por supuesto, lo que aspiran a conseguir los Estados de la región es una solución diplomática entre China y los Estados Unidos que les evite tener que terminar tomando partido. Elegir para no pocos de ellos supondrá renunciar y el coste de la renuncia puede ser alto en términos económicos. Tal y como están las cosas no parece que un acuerdo general entre China y Estados Unidos en el Pacífico Occidental sea una opción con muchas posibilidades de éxito. Desde el punto de vista de uno y otro competidor, el comportamiento de su adversario no es aceptable. Cada uno de ellos confía en poder reconducir las ambiciones de su rival para, mientras tanto, imponer las suyas. Ambos intentarán reforzar su peso en su propia esfera de influencia mientras intentan erosionar la influencia de su adversario en su periferia.
La evolución estratégica, de la coacción a la seducción
El profesor José Antonio Marina Torres, en el primer capítulo de su libro La pasión del poder: teoría y práctica de la dominación, nos descubre el proceso de evolución del poder a lo largo de la historia estructurado en tres fases.
En la primera fase, el hombre descubre el poder como fondo primordial de su actividad. La voluntad de poder es una voluntad de mejorar la vida y de afirmarla. No es voluntad de existir, es voluntad de ser más. Frente a la voluntad de vivir, la voluntad de poder no se conforma con sostener la vida porque no se vive para sobrevivir. Se vive para crecer, crear, expandirse, dominar, realizarse. Con nuestra especie apareció en el universo un dinamismo expansivo, una inquietud emprendedora que no tiene que ver solo con la supervivencia, en algunos casos la llega a poner en peligro.
La segunda fase aparece con el desarrollo de mecanismos más sofisticados de dominación que la propia coacción. Tradicionalmente la prueba de una gran potencia era su fuerza bélica. La guerra era el juego crucial en el que se jugaban las cartas de la política internacional y se comprobaban las apuestas de poder relativo. A lo largo de los siglos, al evolucionar la tecnología y la sociedad, las fuentes del poder han cambiado. Las sociedades posindustriales anhelan más el bienestar social que la gloria y aborrecen los números elevados de bajas, excepto cuando está en juego la supervivencia. En la era de la información global, el poder se está haciendo menos tangible y menos coercitivo, sobre todo en los países más avanzados, pero en gran parte del mundo no existen sociedades totalmente incorporadas a la nueva realidad globalizada.
La tercera fase exige dotar al poder de un fondo de legitimidad que le permita fundamentar su acción en el convencimiento. El poder de esta manera se sostiene en la identificación de su acción con los valores e intereses que comparten los sujetos que se están afectados por el alcance de su dominio. La fuerza no es suficiente, sino en momentos de excepcionalidad y de forma; es, por lo tanto, provisional. En esta fase, fuerza y poder se distancian por la necesidad de legitimar la intervención del poder. Las grandes potencias de nuestros días se encuentran en esta fase, aunque no quisieran. La globalización y los flujos de información y de ideas imponen una dinámica que las atrapa.
La necesidad de legitimar el poder, especialmente en tiempos de crisis, impone un salto en la evolución la estrategia. Las fuentes de poder han cambiado con el tiempo. La antigua relevancia de la fuerza ha perdido su puesto de privilegio. En un mundo cada vez más pequeño y mejor informado, los resultados dependen de los mecanismos y los recursos que el poder utiliza, pero también, de manera creciente, de la ética y del estilo que le preceden. La forma en que se ejerce el poder, su puesta en escena, y el fondo en que se sustenta, su fundamento de legitimidad, pesan cada vez más porque todo está a la vista. A estas alturas del curso, el juego del poder y el uso de la fuerza han dejado de ser un pasatiempo exclusivo de una aristocracia, al margen del resto de la gente.
Las amenazas o los incentivos envenenados no son suficientes, porque provocan rechazo y resistencia, incluso en grupos inicialmente indiferentes. El poder duro a secas cada vez tiene menos margen y más pronto que tarde termina siendo insostenible, incluso entre los más convencidos de sus partidarios porque resulta demasiado caro.
El contexto donde el poder se ejerce se ha expandido. El dominio de ese contexto otorga una ventaja insuperable, porque permite diseñar la agenda, marcar los preestablecidos y fijar las cuestiones previas que quedan al margen de cualquier disputa. La capacidad de marcar las preferencias tiene que ver con resortes intangibles que se activan por la cultura, la moda, el estilo de vida, la forma de vivir, la cosmovisión y la eficacia institucional de cada actor estratégico. El arte de seducir obliga al poder a ser mejor y más guapo, con la intención de inspirar los sueños y los deseos de los propios y si se puede de los otros. La evolución estratégica como arte además de acciones decisivas necesita palabras, discurso y un relato coherente. El movimiento de los anhelos ha dejado de ser un medio para convertirse en un fin estratégico.
Donde se percibe la acción de la fuerza del poder surge la resistencia. Resistir es una forma de autoafirmarse frente a una imposición más o menos evidente. Pero si autoafirmarse es precisamente no resistir, sino dejarse conquistar por quien antes nos ha seducido, las cosas se vuelven más fáciles. Sin resistencia el poder no se desgasta. Si los objetivos deseados están al alcance de la mano, la potencia no necesita transformarse en acto. Evidentemente esta situación no es espontánea. Seducir cuesta trabajo y dinero. La seducción empieza por el oído, sigue por la vista y olfato para terminar en el gusto y el tacto. Trabajar la secuencia supone dotar al poder de una inteligencia capaz de enamorar con sus palabras, de una estética irresistible para la vista y el olfato y de una ética suave para el gusto y el tacto.
Mientras que la fuerza del poder es indiferente a la subjetividad del contrario, el poder de la legitimidad quiere actuar sobre su conciencia y sobre sus sentimientos, para que se convierta en sujeto obediente, incluso para alcanzar su colaboración. El poder legitimado no se enfrenta a la resistencia, la incorpora a la relación, por eso admite, dentro de unos márgenes, cierto rango de alternativas.
“La fuerza como único recurso del poder deja lugar a otros recursos más sofisticados e irreales. La seducción sustituye a la coacción y los mecanismos de dominación se van haciendo cada vez más simbólicos”13. Esta tendencia se ha impuesto en nuestros días y lo simbólico tiene cada vez más relevancia en el ejercicio del poder. La relevancia de lo simbólico convierte a las palabras y a las imágenes en las más poderosas armas en las decisivas batallas de las ideas y de la memoria. La cultura al servicio del poder y de la fuerza tendría, en este escenario, la función de contribuir a crear una comunidad de ideas y sentimientos, pero también una comunidad de obligaciones.
Todos sabemos que al carro se le combate preferentemente con otro carro, al avión con otro avión, a la guerrilla con otra guerrilla, de la misma forma a los símbolos y mitos se les combate con símbolos y mitos, a las narrativas se las combate con narrativas más adaptadas y esperanzadoras. Mandar es generar esperanzas, luego gobernar será ofrecer un porvenir. Las operaciones basadas en el ámbito de los símbolos requieren armas con suficiente alcance en el campo de los sentimientos, de las creencias, de las percepciones, de la memoria, de los deseos. Se trata de conseguir imponer a la nación, a los aliados, a los escépticos e incluso al enemigo lo que conviene pensar y sentir.
La estrategia evoluciona, porque aspira a persuadir y no a convencer dentro y fuera de casa. Cada acción, cada gesto, cada palabra, cada noticia, cada acuerdo o desacuerdo forman parte de la dinámica estratégica que pretende emitir mensajes concurrentes y coherentes con el relato de justificación sobre el que se sostiene el ejercicio del dominio y su proyección.
La comunicación estratégica se convierte en la función que sincroniza todos los niveles de autoridad y cada una de sus decisiones en los distintos ámbitos. La nueva estrategia requiere una administración paciente de los medios, una medida aversión al riesgo y una mirada serena en unos propósitos que solo se vislumbran a largo plazo, pero que se saborean con pequeños avances diarios.
La articulación de los distintos horizontes temporales es la competencia crítica del planeamiento estratégico. Su objetivo es sostener el adecuado equilibrio entre el querer, el saber y las capacidades para tintinear una melodía descriptiva y evocadoramente armoniosa.
En este capítulo de la historia de la estrategia, en el campo táctico, los mensajes son la munición, los medios de información son los cañones y fusiles y los ámbitos de comunicación y control son el terreno y el ambiente donde se combate. No es por lo tanto extravagante destacar la singular relevancia de la ciberseguridad. La ciberguerra es real y posiblemente sea la piedra angular que sostiene la capacidad moderna de disuadir o de hacer la guerra.
En la actualidad, más de 20 Estados disponen de capacidad para lanzar ciberataques. Disuadir a estos potenciales atacantes es inducirles a contener sus agresiones como consecuencia de una evaluación de la respuesta y efectos de nuestras capacidades demostradas, dentro de un suficiente nivel de incertidumbre. El problema de la disuasión en este dominio es demostrar las propias capacidades sin lanzar un ataque14. Una errónea valoración por parte de un adversario de la capacidad propia de respuesta podría inducirle a lanzar un ciberataque preventivo de grandes dimensiones, confiando en anular el segundo golpe y, de esta manera, alcanzar el dominio de la información desde el principio. La potencia que fuese capaz de asegurarse el dominio de la información con un único golpe habría ganado la confrontación sin necesidad de disparar un solo misil.
La trampa de Tucídides no es un imperativo
Tanto Rusia como China saben, por experiencia, que el déficit de gobernanza de un Estado determina su capacidad de defender sus intereses y su relevancia como actor geopolítico y, por lo tanto, tomarán todas las precauciones necesarias para que este déficit no aumente sin control dentro de sus fronteras. El desarrollo social y económico requiere el desarrollo de nuevos mecanismos de control político que necesariamente deben ser progresivamente más simbólicos. La fuerza, como recurso fundamental de poder, deja lugar a otros modos más sofisticados e inmateriales, como exigencia de este poder que, sin embargo, puede convertirse en una palanca de contrapoder.
En el caso de China y de Rusia, los avances colectivos en los campos económicos, técnicos, de prestigio internacional, militares y también sociales es la fuente de legitimidad de sus dirigentes. La rigidez autoritaria y la insuficiencia de derechos personales y libertades políticas se aceptan como un precio necesario para mantener el orden y avanzar en la consecución de objetivos nacionales que, además, tienen su proyección en un entorno personal más favorable o al menos más esperanzador. Estas razones se refuerzan con la experiencia histórica y la cultura política de antiguos imperios donde los súbditos no tenían derechos políticos y, en la mayoría de los casos, sus derechos individuales eran muy limitados.
En este contexto, las subidas de aranceles y las guerras comerciales no son un capricho de un populista. Se trata de un ataque a la base de legitimidad de Estados que fundamenta el control político en las perspectivas de progreso y mejora personal y colectiva, pero no en las libertades individuales y los derechos políticos de los ciudadanos. En todas las guerras, también en las comerciales o económicas, las partes enfrentadas pierden, pero unas más que otras. Al final suele haber un reajuste más o menos claro de las posiciones.
La crisis financiera de 2008 ha socavado la confianza en el sistema de mercado desregulado y ha debilitado la confianza de las propuestas optimistas más liberales. El resultado ha puesto en valor los modelos de las potencias revisionistas. El ascenso de China y los cambios en la distribución del poder global que ha provocado han permitido descubrir que el poder económico puede ser utilizado y será utilizado por algunos como un modo estratégico de desarrollo geopolítico. La geoeconomía surge como una geoestrategia que utiliza el poder económico para definir y dirigir el entorno global, para alcanzar los objetivos fundamentales del interés nacional sin recurrir al uso directo de la fuerza.
El actual orden multipolar fluido es un modelo abierto a cambios de posición de los Estados situados fuera de la esfera de influencia de las grandes potencias. Los movimientos en las regiones de transición serán clave en la determinación de los equilibrios de poder y estarán vinculados con las ventajas económicas que supongan tomar posición. Consecuentemente, los factores estructurales del orden multipolar globalizado alentarán a las grandes potencias a utilizar instrumentos económicos para sus propósitos geoestratégicos.
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial hemos visto progresivamente cómo el acontecimiento decisivo, la batalla, la campaña o la guerra ha dejado de ser el regulador fundamental de los cambios geopolíticos. En este siglo XXI no es fácil imaginar un acontecimiento capaz de recomponer la distribución de poder mundial. El duelo tendrá que ver con la capacidad de mantenerse de forma prolongada en pie y en equilibrio a pesar de todas las pruebas. La disposición a aprender y adaptarse es crucial en esta lucha prolongada. Si las partes demuestran su aptitud para resistir, con el tiempo los factores no militares se harán progresivamente más importantes. La trampa de Tucídides no es inevitable15.
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Notas