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Prácticas de crianza y regulación emocional en infantes: Una revisión sistemática de estudios empíricos
Parenting Practices and Emotional Regulation in Infants: A systematic review of empirical studies
Revista Interamericana de Psicología/Interamerican Journal of Psychology, vol. 58, no. 3, e1884, 2024
Sociedad Interamericana de Psicología

Artículos


Received: 08 March 2024

Accepted: 11 May 2024

DOI: https://doi.org/10.30849/ripijp.v58i3.1884

Resumen: Las prácticas de crianza abarcan las respuestas de los/as cuidadores/as primarios hacia las necesidades del niño/a, siendo de gran relevancia para el desarrollo infantil. Por esto, la parentalidad se asocia con el desarrollo de la regulación emocional de niños/as, producto de la interacción entre los/as cuidadores/as y los infantes. Se presenta una revisión sistemática de literatura científica con el objetivo de analizar estudios empíricos con alcance explicativo y/o asociativo publicados durante 11 años consecutivos de los cuales solo 42 cumplieron con los criterios de inclusión. Se evaluó la contribución de las conductas parentales en la regulación emocional de niños/as de 0 a 36 meses, la robustez de estas relaciones y se identificaron los efectos mediadores del nivel socioeconómico sobre la regulación emocional y la reactividad emocional en niños/as con desarrollo típico. La mayoría de los artículos indican que las conductas parentales de sensibilidad, gentileza, conocimiento de las emociones y tiempo compartido se asociaron con una mayor regulación emocional del niño/a, específicamente con control esforzado y disminuyendo expresiones de reactividad emocional. Se concluye que es importante poder orientar a cuidadores/as primarios en prácticas de cuidado sensibles por sus resultados positivos sobre la regulación emocional en infantes.

Palabras clave: Parentalidad, infantes, regulación emocional, temperamento.

Abstract: Parenting practices include the different ways in which primary caregivers respond to children's needs, which is of great relevance to children's development. Therefore, parenting is associated with the development of children's emotional regulation, as a result of the interaction between caregivers and infants. A systematic review of scientific literature is presented with the aim of analysing empirical studies with explanatory and/or associative scope published over 11 consecutive years, of which only 42 met the inclusion criteria. We assessed the contribution of parental behaviours to emotional regulation in children aged 0-36 months, the robustness of these relationships and identified the mediating effects of socioeconomic status on emotional regulation and emotional reactivity in typically developing children. Most of the articles indicate that parental behaviors of sensitivity, gentleness, knowledge of emotions and time-sharing were associated with greater emotional regulation of the child, specifically with effortful control and decreased expressions of emotional reactivity. It is concluded that it is important to be able to guide primary caregivers in sensitive caregiving practices because of their positive results on emotional regulation in infants.

Keywords: Parenting, infants, emotional regulation, temperament.

Introducción

Regulación emocional infantil

La regulación emocional infantil se entiende como la capacidad que poseen los/as niños/as de supervisar, evaluar y regular sus estados internos, ajustando sus reacciones emocionales al contexto social ( Gross, 1999, 2007; Shewark y Blandon, 2015). Es definida como el "proceso de modular la aparición, duración e intensidad de los estados internos de sentimiento (tanto positivos como negativos) y los procesos fisiológicos relacionados con las emociones" ( Morris et al., 2017). Es así que, existen diferentes etapas en los niños pequeños en el desarrollo de la autorregulación, lo cual comprende la capacidad para lidiar de manera efectiva con estímulos emocionales internos y externos para que el niño se involucre en comportamientos intencionales orientados hacia un objetivo. Esto implica tener un control sobre los impulsos, como se observa en la habilidad de posponer la gratificación ( Kopp, 1982). Esta capacidad que poseen los niños/as se encuentra modulada por factores tanto endógenos como exógenos ( Bell et al., 2012; Nigg, 2017). Sin embargo, existe ambigüedad en el uso del término "regulación emocional" debido a la falta de una distinción clara con la autorregulación (Morrison y Grammer, 2016; Nigg, 2017). Según diversos enfoques teóricos, la regulación se refiere a la capacidad de modular y modificar las respuestas emocionales y cognitivas de acuerdo con las demandas de situaciones específicas (Vohs y Baumeister, 2004; Lewis y Todd, 2007). Mientras tanto, la autorregulación implica procesos internos que influyen en el modo en que el individuo controla sus procesos emocionales y cognitivos ( Eisenberg et al., 2007; Eisenberg y Spinrad, 2014).

En cuanto a factores internos, un aspecto que se considera que afecta al desarrollo de las habilidades reguladoras es la variabilidad individual que los niños presentan en cuanto a su reactividad y capacidad de autorregulación. Estas diferencias tienen su origen en la constitución genética de cada individuo, conocida como temperamento (Carranza y González, 2003; Rothbart, 2007). La reactividad abarca las respuestas de los sistemas emocionales, de activación y excitación, mientras que la autorregulación se refiere a procesos como la aproximación, la evitación y la atención, que se utilizan para modular esta reactividad. A medida que los niños crecen, la reactividad inicial y las habilidades iniciales de autorregulación se desarrollarán con la capacidad cada vez mayor de ejercer un control voluntario (Rothbart y Bates, 2006). Es así que, se esperan cambios en la expresión de las características del temperamento a medida que los individuos atraviesan transiciones de madurez y experimentan diferentes vivencias.

Diversas investigaciones han comprobado que el temperamento influye en otras medidas de regulación durante los primeros años de vida ( Rothbart y Ahadi, 1994; Rothbart et al., 1994; Lemelin et al., 2006). Los estilos temperamentales se agrupan en extroversión (caracterizado por afecto positivo, nivel de actividad, impulsividad y disposición a correr riesgos), afecto negativo (que incluye emociones como el miedo, la ira, la tristeza y la irritabilidad/malestar) y control esforzado (que implica cambios de atención y enfoque, sensibilidad perceptiva, control inhibitorio y activación) ( Rothbart, 1981, 2011; Rothbart et al., 2000). Aunque la investigación sobre el temperamento se ha centrado principalmente en las diferencias individuales en las primeras etapas del desarrollo también es importante destacar que el control esforzado se plantea como una habilidad emergente en etapas posteriores, impulsada por el desarrollo de la red de atención ejecutiva ( Rothbart et al., 2000). Es así que, el temperamento está relacionado con la autorregulación emocional (en el primer año de vida) y con las funciones ejecutivas (en los años previos a la escuela), siendo que un mayor control esforzado en la primera infancia favorece la capacidad de memoria de trabajo y el control inhibitorio, mientras que la presencia de afecto negativo lo disminuye ( Freund, 2018; Lin et al., 2019). Estos procesos permiten al niño posponer la realización de acciones deseadas y, en consecuencia, lograr metas individuales y adaptarse socialmente (Eisenberg y Spinrad, 2014; Kopp, 1982).

En este sentido, en el presente estudio se han incluido investigaciones que evalúan autorreporte parental de temperamento ( Braungart-Rieker et al., 2010; Braungart-Rieker et al., 2014; Bridgett et al., 2011; Brown et al., 2011; Burney y Leerkes et al., 2010; Cipriano y Stifter, 2010; Díaz et al., 2019; Edwards y Yu, 2018; Farkas et al., 2018; Feng et al., 2017; Frick et al., 2017; Gago Galvagno et al., 2019; Grady et al., 2012; Graham et al., 2010; Gudmundson y Leerkes, 2012; Kim et al., 2014; Li et al., 2014; Lowe et al., 2016; Merz et al., 2015; Petrenko et al., 2019; Rigal et al., 2016), prueba comportamentales entre las cuales se encuentran Delay of Gratification task, que representa la capacidad de demorar la gratificación y manejar las emociones para lograr una meta ( Brophy-Herb et al., 2012; Cipriano y Stifter, 2010; Feng et al., 2017; Gago Galvagno et al., 2019; Senehi y Brophy-Herb, 2020), el comportamiento emocional infantil a través de la Situación Extraña de Apego mediante la separación y reencuentro con el cuidador principal ( Braungart-Rieker et al., 2010; Braungart-Rieker et al., 2014; Braungart-Rieker et al., 2019; Kim et al., 2014; Planalp et al., 2019; Roque et al., 2013), la tarea comportamental Novelty Task (de novedad) para evaluar la respuesta emocional al introducir una novedad y Limitation Task donde se limita el contacto con un juguete de interés ( Graham et al., 2010; Gudmundson y Leerkes, 2012). Además, se utilizan la Toy removal task que evalúa la regulación emocional tras la eliminación de un juguete de interés ( Bozicevic et al., 2020; Braungart-Rieker et al., 2010; Feldman et al., 2011; Frick et al., 2017; Kim et al., 2014; Nozadi et al., 2013) y Boring Toy task ante la presencia de juguetes aburridos mientras la madre realiza un cuestionario ( Cipriano y Stifter, 2010). Finalmente, la prueba comportamental llamada Paradigma Still-Face (en adelante, SFP por sus siglas en inglés) ha sido la más repetida, mediante la cual se evalúa la interacción entre el bebe y su cuidador en tres fases, cuya fase II implica una expresión facial neutra en el cuidador, evitar contacto con el niño y ausencia de respuesta emocional ( Braungart-Rieker et al., 2019; Erickson et al., 2019; Feldman et al., 2011; Gago Galvagno et al., 2019; Gunning et al., 2013; Lowe et al., 2012; Lowe et al. 2016; MacLean et al., 2014; Mastergeorge et al., 2014; Planalp et al., 2019).

Desde una perspectiva teórica, se puede entender que las variaciones en el temperamento tienen relevancia en el contexto del SFP, ya que muchas de las conductas analizadas en esta prueba están directamente relacionadas con el temperamento. Por ejemplo, la extraversión se define en términos de afecto positivo y nivel de actividad. Por lo tanto, la conexión entre una menor expresión de afecto negativo y una mayor extroversión con interacciones más positivas y afectuosas en el SFP ha demostrado su asociación según las diferencias individuales en el temperamento ( Gago Galvagno et al., 2019; Haltigan et al., 2014; Yoo y Reeb-Sutherland, 2013). Además, es probable que el temperamento influya en el papel de los padres en la crianza de los niños por su relación con las respuestas interactivas de la madre. Por ende, se espera que la extraversión y el control esforzado pronostiquen una interacción más sensible entre las díadas madre-hijo ( Planalp et al., 2013).

Aunque se reconoce que el temperamento implica la presencia de diferencias estables determinadas por la genética, también se cree que estas diferencias son influenciadas por el entorno y el aprendizaje ( Rothbart et al., 2000). En consecuencia, la regulación emocional, se encuentra influenciada no sólo por los factores endógenos sino también los exógenos ( Bell et al., 2012; Nigg, 2017). Es así que, se considera que el desarrollo de la autorregulación emocional ocurre en un continuo, comenzando con la regulación externa facilitada por los padres y las características del entorno (Cox et al., 2010; Lozano et al., 2004). Yace aquí la significación respecto a estudiar las variables externas influyentes en la regulación de las emociones y comportamientos de los y las infantes debido a que en sus primeros años de vida la regulación es mayormente extrínseca (Cox et al., 2010; Tronick, 1989) siendo que la regulación intrínseca, denominada autorregulación emocional, sucede en etapas posteriores del desarrollo ( Eisenberg y Zhou, 2016). Por esto, el cuidador primario se convierte en un importante regulador de las conductas infantiles, posibilitando el andamiaje para esta habilidad que en un segundo momento el niño interioriza para apropiarse del comportamiento autorregulatorio ( Cerezo et al., 2008; Muñoz et al., 2013; Myruski y Dennis-Tiwary, 2022).

El rol de las prácticas parentales

Según el modelo bioecológico propuesto por Bronfenbrenner y Morris (2006), los entornos familiares pueden afectar el desarrollo de las relaciones padres-hijos y el desarrollo psicológico de los niños (Bronfenbrenner y Evans, 2000). El modelo bioecológico es bidireccional y las interacciones entre los diferentes sistemas son sinérgicas en su naturaleza. Según Bronfenbrenner (2006), el desarrollo de un niño es moldeado tanto por los sistemas del entorno del niño como por las interacciones entre estos sistemas. La relación entre el niño y el entorno, tal como se observa, es recíproca; el entorno influye en el niño y el niño influye en el entorno. Asimismo, la investigación ha proporcionado amplia evidencia sobre la conexión entre diferentes aspectos de las prácticas positivas de crianza y la regulación emocional de los niños ( Morris et al., 2007). Se ha sugerido que el vínculo afectuoso de la madre fomenta el desarrollo de la regulación emocional a lo largo de la infancia ( Eisenberg et al., 1998; Morris et al., 2007), y el apoyo de los padres es un factor crítico en los procesos de desarrollo emocional de los niños ( Brophy-Herb et al., 2013; Thompson y Goodwin, 2007). Además, se ha observado de manera empírica que la sensibilidad y las prácticas positivas maternas están asociadas con la regulación emocional de los niños (Chazan-Cohen et al., 2009; Norona y Baker, 2017).

Se ha planteado la idea de que los factores maternos de apoyo pueden tener un impacto positivo en el desarrollo de la competencia emocional del niño, mientras que los factores maternos que carecen de apoyo pueden obstaculizar el desarrollo de estas habilidades emocionales (Bronfenbrenner y Evans, 2000; Bronfenbrenner y Morris, 2006; Ellis et al., 2012). A medida que los niños/as avanzan en su desarrollo cognitivo, las funciones ejecutivas y las interacciones durante la etapa de la infancia media se vuelven cruciales para adquirir habilidades avanzadas de regulación emocional. Dado que las interacciones emocionales entre madre e hijo también se vuelven más complejas durante este período, es esencial comprender mejor cómo los factores maternos pueden influir en la regulación emocional de los niños en esta etapa (Thompson y Goodman, 2010; Zelazo y Cunningham, 2007).

En concordancia a lo mencionado anteriormente, las prácticas de crianza son conceptualizadas como un patrón de conductas, estrategias o actitudes habituales en la crianza de los hijos/as ( Darling y Steinberg 1993). Asimismo, los estilos de crianza que favorecen el desarrollo integral de los niños/as están incluidos en el concepto de parentalidad positiva, definida como aquellas conductas que permiten que los niños/as desarrollen “comportamientos prosociales, la capacidad de pensar y entender el mundo que les rodea y el despliegue de una creciente autonomía personal y social” ( Rodrigo et al., 2015: 28). A su vez, los estilos de crianza que favorecen el crecimiento óptimo de niños/as son aquellos que incluyen conductas sensibles y contingentes a las necesidades del infante, a la vez que buscan la seguridad y protección integral de los mismos ( Barudy y Dantagnan, 2010; Gomez y Munoz, 2015; González et al., 2017). El apoyo de los/as cuidadores/as primarios se basa en expresión afectiva, aceptación, disponibilidad emocional, y calidez (Cummings et al. 2000; Verhage et al., 2016). Por consiguiente, los aspectos a tener en cuenta dentro de los estilos parentales son los patrones de respuesta, comunicación, calidez, control y disciplina por parte de los adultos hacia los niños/as ( Power, 2013). Estas conductas se encuentran englobadas bajo el término de sensibilidad materna, dentro del marco teórico del apego, siendo definida mediante la disposición emocional que implica que los padres interpretan y perciben las necesidades de sus hijos y responden a ellas de manera adecuada ( Ainsworth et al., 1978; Cerezo et al., 2006; Nóblega et al., 2016).

La sensibilidad del cuidador implica prestar atención a las expresiones y necesidades emocionales y físicas del niño. Además, incluye la presencia de una respuesta sincronizada del cuidador principal, que se ajusta a las distintas etapas de desarrollo del niño, lo que facilita la regulación de las emociones y el comportamiento ( Ainsworth, 1982, 1978; Bowlby, 1969; Clerici et al., 2020; De Grandis et al., 2019; Giesbrecht, 2017; Sethna et al., 2017), lo cual es crucial para el desarrollo infantil ( González et al., 2017; Isabella y Belsky, 1991). Para poder estudiar estas relaciones, las investigaciones posibilitan la operacionalizacion de dicha variable por medio de la codificación de conductas maternas (sensibles, intrusivas, protectoras, indiferentes) mediante una sesión de juego libre (donde se le pide al cuidador principal que juegue como normalmente lo suele hacer) ( Braungart-Rieker et al., 2010; Braungart-Rieker et al., 2014; Díaz et al., 2019; Farkas et al., 2018; Farkas et al., 2020; Feldman et al., 2011; Feng et al., 2017; Gago Galvagno et al., 2019; Galvez y Farkas, 2017; Mastergeorge et al., 2014; Merz et al., 2015; Nozadi et al. 2013; Pentreko et. al., 2019; Ramos et al., 2020; Senehi y Brophy-Herb, 2020) y con rompecabezas de creciente dificultad ( Díaz et al., 2019), el autorreporte de las conductas parentales ( Bridgett et al., 2011; Brown et al., 2011; Burney y Leerkes, 2010; Deichmann y Ahnert, 2021; Edwards y Yu, 2018; Farkas et al., 2020; Feldman et al., 2011; Galvez y Farkas, 2017; Graham et al., 2010; Gudmundson y Leerkes. 2012; Li et al., 2014; Ramos et al., 2020; Wade et al., 2018) y actividades compartidas ( Bridgett et al., 2011), codificación de calidez materna mediante la tarea de un cuento ( Brophy-Herb et al., 2012; Wade et al., 2018), como también así, la sensibilidad a las señales y respuesta frente a las necesidades del niño/a por medio de la Escala de Enseñanza de PCI ( Brophy-Herb et al., 2012), Escala de Sensibilidad del Adulto ( Farkas et al., 2020; Galvez y Farkas, 2017; Ramos et al., 2020), la escala de sensibilidad de Mary Ainsworth para codificación de lo observacional ( Braungart-Rieker et al., 2010; Braungart-Rieker et al., 2019; Planalp et al., 2019), Escalas de Evaluación del Comportamiento Modificado de Mahoney (MBRS) ( Mastergeorge et al., 2014) y la escala de disponibilidad emocional ( Kim et al., 2014), entre otras. Además, la capacidad de respuesta y aceptación se evaluó mediante la escala Home Observational Measurement of the Environment, que involucra parte de entrevista/parte de observación (HOME) ( Brophy-Herb et al., 2012). También se han incluido antecedentes cuya evaluación del estilo primario ha sido mediante el autoinforme de la madre y la frecuencia de expresiones afectivas en la familia ( Brophy-Herb et al., 2012), tanto como, la escala de afrontamiento materno a fin de evidenciar las conductas maternas en respuesta a las expresiones afectivas negativas del infante ( Brophy-Herb et al., 2012; Graham et al., 2010; Gudmundson y Leerkes, 2012).

Aunque se ha estudiado ampliamente la sensibilidad como predictor de la calidad del apego ( Ainsworth et al., 1978), también es importante examinar otras conductas maternas que tienen implicaciones en la regulación de las emociones negativas de los niños y en su desarrollo cognitivo ( Cerezo et al., 2008; Muñoz et al., 2013). Como hemos mencionado anteriormente, estas prácticas pueden reflejar sensibilidad hacia las necesidades y acciones del niño, pero también pueden incluir comportamientos intrusivos-protectores, intrusivos o indiferentes hacia el niño ( Trenado et al., 2014). Según Trenado et al. ( 2014; 2020), estas conductas pueden tener una connotación positiva cuando se acompañan de expresiones faciales, gestos, posturas corporales o voces cálidas, una connotación neutra cuando falta calidez, y una connotación negativa/hostil cuando el comportamiento del adulto involucra un tono de voz negativo, una expresión facial rígida, enfado o disgusto.

En dicha línea, la crianza autoritaria podría asociarse a conductas agresivas en niños/as y eso a su vez desfavorecer competencias sociales de infantes ( Eisenberg et al., 2006; Valencia y Lopez, 2012), mientras que la crianza sensible y cálida por parte de los/as cuidadores/as primarios se asocia a mayores habilidades sociales en los infantes, la promoción de comportamiento prosocial y un desarrollo socioemocional óptimo ( Cooke et al., 2022; Richaud de Minzi et al., 2001). Por esto, la sensibilidad materna juega un papel fundamental como precursor de la seguridad en el apego entre padres e hijos, y a su vez, predice la regulación emocional temprana ( Calkins y Leerkes, 2011). Varios estudios han establecido una relación entre un apego seguro entre el bebé y la madre y el uso de estrategias de regulación emocional dirigidas hacia la madre por parte del bebé ( Zimmer Gembeck et al., 2017). Además, algunas investigaciones han encontrado que los bebés con un apego inseguro-evitativo utilizan más estrategias de regulación emocional para calmarse a sí mismos en comparación con otros bebés ( Zimmer-Gembeck et al., 2017). Asimismo, los bebés que confían más en las estrategias de regulación emocional orientadas por la madre cuando están angustiados han mostrado resultados de desarrollo más saludables, como una mayor atención sostenida y habilidades cognitivas y de lenguaje, en comparación con los bebés que confían menos en estas estrategias ( Graziano et al., 2011; Robinson y Acevedo, 2001).

Momento a momento, tanto el infante como la madre modifican sus estados afectivos y conductuales en base al otro ( Beeghly y Tronick, 2011). Estudios longitudinales como transversales han demostrado las relaciones que existen entre las conductas parentales y los niveles de autorregulación en infantes y niños ( Cohodes et al., 2022; Vallotton et al., 2017). Por esto, el cuidador principal desempeña un papel fundamental en la regulación de las conductas del niño, proporcionando el apoyo necesario para desarrollar esta habilidad, que luego el niño incorpora y adopta para regular su propio comportamiento de forma autónoma ( Muñoz et al., 2013; Myruski y Dennis-Tiwary, 2022). A lo largo de la historia se ha destacado el rol de la parentalidad en el desarrollo de los infantes, y específicamente en la salud emocional de los niños/as ( Clarke et al., 2013; Gar et al., 2005).

Parentalidad y Regulación emocional

El comportamiento de crianza materna tiene una influencia significativa en cómo los bebés interactúan con sus madres para facilitar la regulación del comportamiento, lo cual, a su vez, afecta otros aspectos de la regulación emocional ( Ekas et al., 2011; Khoury et al., 2016). Durante la etapa de la infancia, estos procesos de regulación se desarrollan en el contexto familiar, donde las madres y otros cuidadores primarios desempeñan un papel fundamental, ya que los bebés suelen depender de ellos para recibir apoyo en la regulación emocional ( Eisenberg et al., 1998; Morris et al., 2017). En tanto, los intercambios verbales entre cuidadores e infantes colaboran con la regulación de las emociones en los infantes, ya que el lenguaje permite comprender, clasificar y conocer las emociones y el comportamiento ( Madigan et al., 2019; Sharp y Fonagy, 2008).

En conclusión a lo mencionado y siguiendo la revisión realizada por De Grandis et al. (2019), los factores más relevantes en la regulación emocional infantil son la sensibilidad de la madre ( Simó y D'Ocon, 2011; Vargas-Rubilar y Arán-Filippetti, 2014), los entornos de vulnerabilidad social ( Beeghly y Tronick, 1994; Lipina y Segretin, 2015; Raver, 1996) y los estilos de crianza de los padres ( Arcos y Flores, 2017; Mills-Koonce et al., 2015; Vallotton, Mastergeorge, Foster, Decker y Ayoub, 2017). Por esto, el contexto socioeconómico también actúa como un modulador de la regulación emocional en los infantes ( Richaud et al., 2013). Vargas-Rubilar y Arán-Filippetti (2014) afirman que es principal la influencia del contexto social y familiar en el desarrollo socioemocional y cognitivo del niño. Esto se debe a que la falta de recursos económicos conlleva situaciones estresantes, generando ansiedad e ira, lo que a su vez afecta las habilidades de regulación y la sensibilidad de los padres o madres, resultando en déficits en las capacidades de autorregulación de los niños ( Beeghly y Tronick, 1994; Lipina y Segretin, 2015). La duración de la vulnerabilidad social es una noción importante en el estudio de este tema, siendo que las familias que habían experimentado pobreza durante más tiempo obtuvieron puntuaciones más bajas en tareas que requerían autorregulación infantil, presentaron problemas de conducta y mostraron falta de adecuación en las prácticas de crianza y sensibilidad materna ( NICHD Early Child Care Research Network, 2005), siendo este último un factor relevante en diversas capacidades cognitivas, incluida la autorregulación ( De Grandis et al., 2019).

El objetivo del presente estudio fue revisar de forma sistemática las investigaciones realizadas entre 2010 y 2021 con el de evaluar la contribución de (a) las conductas parentales en la regulación emocional de niños/as de 0 a 36 meses, (b) el nivel socioeconómico en la regulación emocional y el temperamento infantil. Se seleccionaron y analizaron 2081 artículos publicados en los últimos 11 años.

Método

Criterios de elegibilidad

Esta revisión se basó en las guías propuestas por la metodología PRISMA para la presentación de informes de revisiones sistemáticas (Celestino y Bucher-Maluschke, 2018).

Implica anticipar los criterios de selección de los trabajos a incluir. Se revisaron las investigaciones realizadas en la última década (2010-2021), en los idiomas de inglés, portugués y español, con estatus de artículo “publicado”.

Fuentes de información

Se utilizaron las bases de datos de EBSCO, Redalyc y Sciencedirect, a partir de la búsqueda de las palabras en inglés [(infants OR toddler OR early childhood) AND self regulation AND parenting styles -adolescent -disability] en español [(bebés O infantes O niños O infancia temprana) Y autorregulación Y estilos de crianza -adolescente - discapacidad] y en portugués [(bebês OU bebês OU crianças OU primeira infância) E auto-regulação E estilos parentais - adolescente -deficiência]. Se realizó una búsqueda retrospectiva y prospectiva a partir de los artículos seleccionados, abarcando desde las referencias bibliográficas citadas en el artículo hasta los artículos que citan el artículo científico objetivo que se está leyendo. La búsqueda se llevó a cabo dentro de un rango de meses específico.

Selección de estudios

Se llevó a cabo, en primer lugar, la lectura del título, resumen y palabras clave de los artículos. Las características que debían cumplir los artículos fueron: a) artículos de los últimos 11 años (2010-2021), b) en infantes de 0 a 36 meses c) desarrollo típico, d) investigaciones con poder explicativo (no descriptivo o exploratorio) y/o asociativo e), y sin diagnóstico de salud mental presente en los/as cuidadores/as , f) con variables tales como la parentalidad, conductas de crianza, competencias parentales y-o estilos parentales, que influyeran sobre la autorregulación emocional y-o temperamento del niño. Además, se tendrán en cuenta aquellos estudios que reporten los efectos del nivel socioeconómico y-o contexto de crianza en la regulación emocional de niños. Todas las publicaciones que cumplieron con estos criterios de elegibilidad se compilaron para obtener la muestra final. Tres codificadores independientes realizaron la búsqueda, utilizando el mismo esquema de codificación para analizar las contribuciones recuperadas. Una discusión entre el equipo de investigación resolvió las pocas diferencias menores que surgieron en el proceso de codificación.

Se descartaron investigaciones que analizaban únicamente la conducta materna o la conducta del infante, variables psicofisiológicas como variable dependiente, y aquellos estudios que incluyen estrategias de regulación emocional en cuidadores primarios ya que no aportaban al objetivo de la presente investigación. Además, fueron descartados aquellos estudios que estudiaban a las conductas parentales como variable dependiente.

En el caso que estos criterios de inclusión no fueran cumplidos, o que la mera lectura del título, resumen y palabras clave no fuesen suficientes, se accedía a leer el artículo completo, analizando finalmente si cumplía con los requisitos de la revisión.

En la búsqueda inicial fueron recolectados 2081 artículos, de los cuales en la segunda selección solo 24 cumplieron con los criterios de inclusión.


Figura 1
Identificación de estudios a través de bases de datos
Nota. Autoría propia.

Resultados

Tabla 1
Resumen de Investigaciones Empíricas que Evaluaron el Efecto de la Parentalidad sobre la Regulación Emocional Infantil











































En la Tabla 1 se resumen los resultados principales de cada uno de los estudios. Se categorizaron las muestras utilizadas por cada uno, los diseños e instrumentos. Las variables teóricas principales utilizadas por cada estudio fueron la parentalidad y la regulación emocional infantil. De los artículos considerados en esta revisión, únicamente dos han sido publicados en español, siendo casi la totalidad de los mismos escritos en inglés.El 64,3% fueron realizados en Estados Unidos (n= 27), 14,3% en Europa (n=6), 4,8% en Asia (n=2), 14,3% en Latino América (n=6) y 2,4% en Oceanía (n=1). El 59,5% (n= 25) utilizó un diseño longitudinal y los restantes fueron transversales. La mayoría de los estudios 69% evaluaron díadas de madre-infante, 10 artículos evaluaron tanto a los padres como a las madres, 3 artículos evaluaron a padres madres y otros cuidadores primarios ( Brophy-Herb et al., 2012; Merz et al., 2016; Nozadi et al., 2013). Las muestras totales de los estudios variaron entre 31 y 2.958 con una media de 1.494,5.

Ningún estudio presentó un muestreo representativo, siendo el intencional el más recurrente. De los 42 estudios, la mayoría de ellos emplearon técnicas de recolección de datos psicométricas y comportamentales simultáneamente (n= 27, 56%), siendo que el 20,83% empleó sólo técnicas psicométricas únicamente (n= 5), y de los artículos evaluados solo el 3,8% (n=10) de ellos utilizaron únicamente técnicas comportamentales.

Respecto de la evaluación de la regulación emocional infantil, la mayoría de los estudios (n= 27, 64,3%) utilizaron técnicas comportamentales, de los cuales el 23% fueron mediante el Paradigma Still Face y el 15% utilizaron pruebas que implicaban limitar el acceso del niño a un juguete (Toy Removal Task). Es así que, se emplearon con menor frecuencia otras pruebas comportamentales estructuradas para las medidas del infante y la prueba de la situación extraña. Por su parte, juego libre (n=14, 35,7%) fue la medida más repetida para el estudio comportamental de la parentalidad. En cuanto a los test psicométricos, menos de la mitad evaluaron las conductas de parentalidad (n= 7, 16%) exclusivamente por medio de autorreporte. De los artículos que usaron pruebas psicométricas como instrumento de recolección de información, el 85,7% (n=36) informó sobre la confiabilidad del instrumento por medio de alfa de Cronbach, siendo entre 0,60 y 0,97, lo cual es aceptable para este tipo de muestra (Nunnaly, 1978).

Es necesario destacar, que cuatro de los estudios, además de emplear ambas técnicas de recolección de datos, realizó análisis psicofisiológico ( Erickson et al., 2019; Gudmundson y Leerkes, 2012; Gunning et al., 2013; MacLean et al., 2014). Además, 17 artículos incluyeron variables sociodemográficas ligadas a las familias (e.g., nivel educativo, nivel socioeconómico, etc.) ( Bozicevic et al., 2020; Braungart-Rieker et al., 2019; Deichmann y Ahnert, 2021; Edwards y Yu, 2018; Farkas et al., 2020; Feng et al., 2017; Frick et al., 2017; Gálvez y Farkas et al., 2017; Gago Galvagno et al., 2019; Ispa et al., 2017; Kilm et al., 2019; Lowe et al., 2012; Nozadi et al., 2013; Petrenko et al., 2019; Planalp et al., 2019; Ramos et al., 2020; Senehi y Brophy-Herb et al., 2020).

Además, solo el 69% (n = 29) informó sobre el tamaño del efecto de sus resultados. En ellos, el 11.9% (n = 5) obtuvo un tamaño del efecto bajo. En cuanto a la medición de las conductas, el 17% (n = 7) de los estudios utilizó la técnica de doble ciego como control de la confiabilidad, y 1 de ellos garantizó que los codfiicadores sean ciegos a las otras variables del estudio mientras codificaban las estrategias regulatorias. Por último, la edad mínima evaluada en los estudios reportados fue de 2 meses, y el 62% (n= 26) de los estudios trabajaron con una muestra de niños mayores a 1 año.

La búsqueda inicial arrojó 2.081 artículos, 1.143 en ScienceDirect, 163 en EBSCO, y 775 en Redalyc, de los cuales solo 24 cumplieron los criterios de inclusión. A estos se agregaron 18 artículos resultantes de una revisión retrospectiva y prospectiva arrojando finalmente un total de 42 estudios que incluyeron las variables de estudio y las asociaciones y/o predicciones que fueron objetivo de esta investigación. El 9,5% de los estudios no han encontrado relaciones significativas entre las variables investigadas, mientras que el 85,7% confirman asociaciones positivas entre la parentalidad y la regulación emocional infantil, a la vez que sólo un 16,7% evidencian una asociación negativa entre la presencia de contexto de vulnerabilidad social en la crianza y la regulación emocional de niños/as.

En la Tabla 1 se resumen los resultados principales de cada uno de los estudios. Se halló que cuanto mayores fueron las conductas parentales positivas (la sensibilidad materna), mayor fue la regulación emocional infantil (menores expresiones afectivas negativas en los infantes, tales como la ira, y mayor regulación de su comportamiento; prevención de la reactividad frente al cortisol; un incremento en el afecto positivo y mayores conductas de autoconsuelo) ( Bozicevic et al., 2020; Braungart-Rieker et al., 2010; Braungart-Rieker et al., 2014; Diaz et al., 2019; Erickson et al., 2019; Farkas et al., 2020; Feng et al., 2017; Frick et al., 2017; Galvez y Farkas, 2017; Grady et al., 2012; Gunning et al., 2013; Ispa et al., 2017; Lowe et al., 2012; MacLean et al., 2014; Mastergeorge et al., 2014; Nozadi et al., 2013; Owen et al., 2013; Ramos et al., 2020).

Sin embargo, otro estudio confirma que la sensibilidad materna no es un predictor más fuerte que la estimulación verbal de los/as cuidadores/as sobre las habilidades socioemocionales de niños/as ( Page et al., 2010), ya que el uso de las referencias de deseos, emociones y estados de conciencia por parte de las madres se asoció positivamente con la regulación emocional infantil ( Bridgett et al., 2011; Farkas et al. 2018; Merz et al., 2015). Es importante considerar la bidireccionalidad y sincronicidad de las prácticas parentales y la regulación de los estados emocionales de los hijos/as, siendo que el nivel de cumpliento del niño provocan respuestas más sensibles y de apoyo por parte de la madre, lo que a su vez fomenta resultados adaptativos en el desarrollo de la autorregulación, mientras que la incapacidad para cumplir inicialmente con la madre probablemente exponga a los niños a respuestas parentales no sensibles y riesgo posterior de dificultades en la autorregulación ( Feng et al., 2017). Asimismo, se ha demostrado que ante bebés evitativos las madres son más rechazantes de las expresiones emocionales, a la vez que los niños pequeños identificados como ambivalentes con sus madres durante la infancia, presentaron mayores niveles de afecto negativo que los clasificados como seguros ( Braungart-Rieker et al., 2019). Sin embargo, cuando los bebés eran calificados como altos en afectividad negativa utilizaban estrategias adaptativas de regulación emocional cuando la calidad de la relación entre madre e hijo era alta, otorgando un valor fundamental al rol de la parentalidad en el temperamento infantil ( Kim et al., 2014).

En concordancia con lo anteriormente expuesto, una mayor presencia de conductas parentales intrusivas se asocia a una menor regulación emocional infantil (específicamente un incremento de afectividad negativa, ira), por lo que aquellos niños con irritabilidad con madres con insensibilidad tuvieron los peores resultados en cuanto a regulación emocional ( Feldman et al., 2011). Las madres menos responsivas tuvieron bebés con menos afecto positivo en el juego ( Lowe et al., 2012). Otro estudio demostró que aquellas conductas parentales de control severo (en vez de una orientación gentil del comportamiento infantil) produjeron menor regulación emocional (principalmente enojo) en los niños dificultando su autorregulación, a la vez que aquellos infantes con bajo control inhibitorio fueron más sensibles a este tipo de conductas parentales que a conductas de sensibilidad hacia ellos/as ( Rigal et al., 2016). En relación a esto, conductas parentales positivas (tales como brindar declaraciones prohibitivas en tono emocional positivo) aumentó las probabilidades de una mayor regulación emocional infantil (específicamente mediante un aumento del control esforzado) en aquellos niños con un temperamento tendiente a la extraversión, este último definido por un alto afecto positivo (tales como expresiones faciales de alegría y vocalizaciones positivas con entusiasmo) y búsqueda de proximidad física (comportamientos de acercarse a la madre, tocar y abrazar a la madre) ( Cipriano y Stifter, 2010).

Por otro lado, respecto de las interacciones parentales, el contacto lúdico entre las madres incrementó diversos aspectos de la regulación emocional infantil (tales como el afecto positivo de los niños), a la vez que un mayor tiempo dedicado a los niños/as, mayor regulación (específicamente control esforzado) ( Bridgett et al., 2011). Esto se contradice con lo hallado por Ramos et al., (2020), ya que la subescala de sensibilidad de estímulo lúdico es la única que no se correlacionó con el desarrollo socioemocional del niño. Finalmente un contacto físico intrusivo se asoció a una menor regulación ( Lowe et al., 2016). Sin embargo, es relevante mencionar que en relación a la accesibilidad y disposición para interactuar con los niños/as se halló que tanto los padres como las madres pasaban mayor tiempo durante su jornada laboral con aquellos niños con mayor tendencia a la desregulación emocional (temperamento irregular y desafiante) ( Brown et al., 2011). Por su parte, en los días no laborales, los padres (a diferencia de las madres) eran menos accesibles, pasaban menos tiempo interactuando y jugaban menos cuando los niños eran percibidos como más difíciles. Asimismo, en el uso de estrategias ante los estados emocionales las madres tendieron a proteger al niño del malestar, mientras que los padres ayudaron al niño a enfrentar la frustración ( Deichmann y Ahnert, 2021). A su vez, a medida que las madres minimizaban el malestar emocional de los niños y aplicaban más restricciones físicas y menos distracciones, los niños mostraban una mayor intensidad en la expresión de emociones negativas posteriormente y menos capacidad para esperar en intervalos posteriores ( Senehi y Brophy-Herb, 2020). Esto sugiere que diferentes aspectos de la crianza pueden influir de manera única en diferentes aspectos de la autorregulación infantil, con la crianza materna relacionada principalmente con la inhibición de respuestas simples y la paterna relacionada con la inhibición de respuestas más complejas (mayor nivel de control cognitivo) ( Owen et al., 2013).

En relación a esto, una parentalidad compartida positiva y satisfactoria entre ambos cuidadores modera la percepción sobre la reactividad emocional de los/as hijos/as, evidenciando a los/as niños/as como menos reactivos ( Burney y Leeks, 2010; Gudmundson y Leerkes, 2012). Conductas de parentalidad positiva por parte de la madre, tales como una participación activa favorecen la regulación emocional infantil ante situaciones amenazantes tanto en aquellos niños que evidencian disponibilidad y apoyo en el vínculo que su madre promueve (apego seguro) como en aquellos con conductas asociadas a expectativas negativas sobre sí mismos y los demás significativos (apego inseguro) ( Roque et al., 2013). En consonancia con esto, se halló que una alta seguridad en el apego se asoció a una frustración tardía y menos duradera en los infantes ( Deichmann y Ahnert, 2021) y una mayor mentalización (considerado aspecto de la sensibilidad parental al estar sintonizados con las necesidades de su hijo, dando una respuesta correcta a las señales de comportamiento del bebé) a la vez que los padres de bebés inseguros-resistentes usaron más mentalización no sintonizada, reflejando interpretaciones inapropiadas o incorrectas ( Planalp et al., 2019). Sin embargo, para los bebés con mayor negatividad, una mayor mentalización apropiada de los padres se relacionó con un apego seguro, mientras que una mayor mentalización no sintonizada se relacionó con un apego inseguro-resistente, pudiendo ser un amortiguador relevante que predice el tipo de apego del niño/a.

En contraste a lo reportado, en tres estudios reportados las conductas maternas no se han asociado con el temperamento infantil ( Graham et al., 2010; Li et al., 2014; Petrenko et al., 2019), específicamente con el control esforzado ( Wade et al., 2018).

Finalmente, respecto de las variables contextuales, las repercusiones de la tensión económica sobre el comportamiento del niño se vieron explicadas ante la presencia de prácticas de crianza severa ( Edwards y Yu, 2018). Por esto, se ha comprobado que ante situaciones económicas de riesgo, la expresividad emocional positiva materna y el apoyo de las madres en los intentos de regulación del infante juegan un papel fundamental en la autorregulación de aquellos niños/as que crecen en contextos de adversidad ( Nozadi et al., 2013). Se halló que a mayor caos en el hogar (ej. ruidos y ausencia/presencia de rutinas), menor es la regulación en las niñas, pero no así en los niños ( Petrenko et al., 2019). En este sentido, ante mayor educación materna y mayores ingresos se observó una mayor sensibilidad materna y un mejor desempeño infantil en las tareas de cumplimiento comprometido y demora de la gratificación ( Feng et al., 2017; Ispa et al., 2017). En concordancia con lo mencionado, un mayor nivel socioeconómico, educativo y ocupacional de los padres se asocia con mejor regulación emocional infantil ( Gago Galvagno et al., 2019). La mayoría de los padres con un perfil de paternidad hostil tenían ingresos familiares inferiores a la mitad del nivel federal de pobreza, y la paternidad orientada a los hijos (considera sus necesidades, desarrollo, bienestar y experiencias como elementos centrales) era más probable cuando los padres trabajaban que cuando no lo hacían ( Owen et al., 2013). Además, los niños y madres de nivel socioeconómico medio-alto presentan mejor desarrollo socioemocional y mayor sensibilidad materna en comparación con aquellos de nivel socioeconómico bajo ( Galvez y Farkas, 2017; Ispa et al., 2017). Si bien dicho estudio ha hallado que al controlar el nivel socio económico desaparece la relación entre sensibilidad materna y desarrollo socioemocional infantil ( Galvez y Farkas, 2017) otra investigación demuestra la permanencia de estas relaciones incluso bajo el control de dicha variable ( Ramos et al., 2020).

Discusión

A partir de la revisión realizada, se analizaron inicialmente 2.081 artículos a lo que se le sumó una revisión retrospectiva y prospectiva desde el 2010 hasta 2021, con el fin de analizar la evidencia empírica sobre la contribución de las conductas parentales en la regulación emocional de niños/as de 0 a 36 meses, evaluar la robustez de estas relaciones y por último, identificar los efectos del nivel socioeconómico sobre la regulación emocional y/o temperamento infantil. A partir de los 42 artículos que cumplieron los criterios de inclusión, la literatura científica confirma empíricamente la relación e influencia existente entre las conductas parentales y la regulación emocional de los niños/as en la primera infancia, siendo que una mayor presencia de prácticas de crianza positivas, tales como una mayor sensibilidad, una mayor habilidad de autorregulación infantil ante situaciones de estrés ( Bozicevic et al., 2020; Braungart-Rieker et al., 2010; Braungart-Rieker et al., 2014; Diaz et al., 2019; Erickson et al., 2019; Farkas et al., 2020; Feng et al., 2017; Frick et al., 2017; Galvez y Farkas, 2017; Gunning et al., 2013; Ispa et al., 2017; Lowe et al., 2012; MacLean et al., 2014; Mastergeorge et al., 2014; Nozadi et al., 2013; Owen et al., 2013; Ramos et al., 2020; Grady et al., 2012), disminuyendo el efecto negativo a lo largo del desarrollo ( Díaz et al., 2019) y aumentando la sensibilidad afectiva del bebé (Braungart-Rieker et al., 2014) promoviendo también conductas autorregulación emocional tales como el autoconsuelo en los niños/as ( Schuhmacher et al., 2017).

Además, se ha evidenciado que la expresión y regulación de la ira de los niños pequeños se relacionan diferencialmente con el comportamiento materno y las representaciones mentales, ya que la ira se correlaciona positivamente con el comportamiento intrusivo y las representaciones enojadas de las madres, mientras que la maternidad sensible y las representaciones marcadas por la alegría y la narrativa coherente se relacionaron con menos ira y el uso de comportamientos reguladores funcionales por parte de los niños/s ( Feldman et al., 2011; Nozaki et al., 2013). Es así que, la crianza basada en control severo dificulta la autorregulación del infante, especialmente en los niños con bajo control inhibitorio ( Cipriano y Stifter, 2010; Rigal et al., 2016). Otros de los efectos positivos de la crianza basada en emociones es el afrontamiento efectivo por parte de niños pequeños y el retraso de la gratificación ( Brophy-Herb et al., 2012). Además, la capacidad de respuesta de los padres hacia sus hijos/as predice positiva y significativamente en los niños el conocimiento de las emociones hasta un año después ( Merz et al., 2015). Por consiguiente, la investigación indica que el apoyo emocional de los padres, el entrenamiento emocional y el afecto positivo están asociados con una regulación emocional más efectiva en los niños ( Morris et al., 2017).

Por otro lado, variables individuales asociadas al temperamento, tales como la irritabilidad neonatal predicen una peor recuperación de la frecuencia cardíaca y del comportamiento después de la tarea de frustración del desafío Still face y se obtuvo que en aquellos bebés con mayor predisposición a la irritabilidad y con madres con menores índices de sensibilidad, se observaron comportamientos más disfuncionales ( Gunning et al., 2013). Además, se ha encontrado que las madres tienden a rechazar más las expresiones emocionales de los bebés evitativos. Por otro lado, los niños pequeños que muestran ambivalencia hacia sus madres experimentan niveles más altos de afecto negativo en comparación con los niños seguros ( Braungart-Rieker et al., 2019). En adherencia a esto, diversos trabajos han hallado que el contexto de crianza y social en el que el niño se desarrolla (junto con su temperamento como característica individual) predicen resultados de desarrollo socioemocional ( Capano y Ubach, 2013; Richaud de Minzi et al., 2013).

En relación a lo mencionado, aquellos sujetos cuya figura significativa se muestra receptiva y contingente a sus señales y necesidades desarrollaran creencias sobre disponibilidad y apoyo en sus vínculos ( Ainsworth et al., 1978). La literatura previa evidencia que estas expectativas positivas o negativas sobre los/as cuidadores/as primarios influyen en las conductas de regulación emocional de los niños/as siendo que en aquellos que han vivenciado apego inseguro tengan expectativas negativas sobre sí mismos y sobre los demás; a diferencia de quienes hayan tenido cuidados de seguridad, confianza y disponibilidad ( Girme et al., 2021; Liu y Ma, 2019) Sin embargo, un estudio reciente confirma que una participación activa por parte de la madre favorece la regulación emocional infantil ante situaciones amenazante independientemente del apego que el niño/a haya establecido (sea seguro o inseguro) ( Roque et al., 2013).

Además, el contacto lúdico resultó en un incremento positivo en el afecto infantil tanto antes como después de la presencia de un estresor, pero el incremento fue mayor posterior al estímulo estresor ( Lowe et al., 2016). En dicho punto, los estilos de afrontamiento materno moderaron la relación entre la reactividad temperamental y la sensibilidad observada e informada por las madres ( Gudmundson y Leerkes, 2012). En adherencia a lo mencionado, no solo contribuye el tipo de conductas del cuidador primario, sino el tono con que estas se imparten, siendo que niños/as exuberantes cuyas madres usaban órdenes y declaraciones prohibitivas con un tono emocional positivo eran más propensos a tener un puntaje más alto en el control esforzado informado por los padres 2.5 años después. Cuando las madres transmitieron redirecciones y razonamiento-explicaciones en un tono neutral, sus niños exuberantes mostraron un control más pobre a los 4,5 años ( Cipriano y Stifter, 2010).

Otros estudios han demostrado que la regulación de las propias emociones en los/as cuidadores/as genera un impacto positivo en la autorregulación de los infantes, por lo que, cuando los padres logran modular estas respuestas se observa un efecto activador sobre el desarrollo cognitivo ( Morris et al., 2017; Pekrun, 2011). En este sentido, es de gran relevancia considerar la dimensión diádica e interaccional del vínculo entre cuidadores/as primos/as y niños/as, por lo que también el temperamento del infante es reconocido como una importante influencia en el comportamiento de las madres y padres (Cooke et al., 2019; Mikulincer y Shaver, 2019).

A partir de la presente revisión, resulta interesante mencionar que la percepción de los/as cuidadores/as respecto del contexto familiar también contribuye sobre el desarrollo emocional infantil, siendo que aquellas madres que informaron una coparentalidad más negativa e insatisfacción con la división de tareas de crianza con sus parejas, percibían a sus bebés como más reactivos ( Burney y Leerkes, 2010). Mientras que los padres informaron una coparentalidad más negativa cuando se enfrentaron a un bebé más reactivo y reportaron una relación marital de baja calidad ( Burney y Leerkes, 2010). Por consiguiente, la percepción del cuidador contribuye, siendo que mayores niveles de perfeccionismo adaptativo están asociados y predicen una visión menos negativa del temperamento del infante ( Macedo et al. 2011). Sin embargo, el nivel educativo materno podría aminorar el impacto sobre la regulación emocional infantil, ya que, niños/as en edad preescolar con madres de nivel educativo alto muestran menores niveles de poca estrategia de regulación emocional y a su vez, el nivel educativo de la madre modera la asociación entre expresión emocional negativa en la madre y las estrategias de regulación emocional negativa en infantes ( Cheng et al., 2018).

En lo que refiere al contexto, el riesgo demográfico materno se relacionó negativamente con la crianza relacionada con las emociones (tamaño del efecto grande), pero se relacionó positivamente con el afrontamiento efectivo de los niños pequeños (tamaño del efecto medio); la edad y el sexo de los niños pequeños no se relacionaron significativamente con las conductas de socialización relacionadas con las emociones de los padres (características y conductas como expresividad emocional positiva materna, apoyo en los intentos de autorregulación del infante y el discurso emocional entre el infante y la madre). Los resultados sugieren que las conductas de socialización relacionadas con las emociones de los padres juegan un papel en la autorregulación de los niños pequeños que se encuentran económicamente en riesgo. Inesperadamente, ante un contexto de mayor riesgo psicosocial se observó un mejor afrontamiento eficaz de los niños pequeños ( Brophy-Herb et al. 2012). En este sentido, se podría interpretar que el apoyo social por parte de programas de crianza tiene un efecto particularmente beneficioso sobre las conductas punitivas de crianza entre los padres de ingresos más bajos.

La presencia de estrés en los contextos de crianza podría representar un factor de riesgo para el desarrollo socio emocional y cognitivo en la primera infancia, tales como una alta exposición de la familia a conflictos de pareja ( Hinnant et al., 2013). Asimismo, aquellos padres que viven en circunstancias estresantes, pasan menos tiempo en actividades que contribuyen al aprendizaje de niños/as, realizan menores conductas sensibles y afectuosas y son más autoritarios ( Neece et al., 2012; Sparks et al., 2012). Por consiguiente, en ambientes estresantes se observa una activación prolongada de la respuesta al estrés en los niños/as, siendo de gran relevancia el efecto amortiguador de esto resultante de una relación de apoyo de adultos ( Harris et al., 2016; Pascoe et al., 2016). En relación a esto, diversos estudios han hallado que la sensibilidad materna colabora en la modulación del afecto negativo del niño/a ( Díaz et al., 2019; Cerezo et al., 2021). Los antecedentes en esta área afirman que los niveles de afectividad negativa en los primeros dos años de los infantes son resultado de la interacción del funcionamiento neurofisiológico individual junto con las conductas maternas ( Díaz et al., 2019). En lo que respecta a las variaciones contextuales, si bien la mayoría de los artículos son de Norteamérica y Europa, la presente revisión demuestra que en el contexto latinoamericano también se confirman resultados previos respecto de la asociación positiva entre las respuestas contingentes de los/as cuidadores/as y el desarrollo de la regulación emocional en los niños, siendo que a niveles más altos de sensibilidad materna se observa un comportamiento infantil más regulado ante situaciones de frustración ( Farkas et al., 2018; Farkas et al., 2020; Gago Galvagno et al., 2019; Galvez y Farkas, 2017; MacLean et al., 2014; Ramos et al., 2020).

Finalmente, la actual revisión presenta una serie de limitaciones. Respecto de la metodología, los estudios incluidos no han utilizado muestreos de tipo probabilístico. Sin embargo, se reconocen los obstáculos que implica realizar muestreos representativos. Si bien la mayoría de investigaciones fueron realizadas con las diadas madre-infantil, casi la mitad de los estudios incluyeron a los padres u otros cuidadores principales. Además, la mayoría de las investigaciones han evaluado a infantes desde los 3 meses de edad, lo que permite generar conocimientos desde los primeros momentos de la infancia en relación a la regulación emocional y vínculos con sus cuidadores principales.

Por otro lado, las variables moduladoras fueron asignadas, por lo cual las estadísticas utilizadas fueron correlaciones, asociaciones, bien comparaciones entre diferentes grupos y en algunos casos estudios de regresión. En ese sentido, ninguna de estas variables debe considerarse estrictamente causal. Sin embargo, es relevante mencionar que casi la mitad de los estudios evaluados han sido longitudinales.

En cuanto a la presente investigación, la principal limitación fue que solo se evaluaron artículos de revistas, excluyendo las publicaciones en otros tipos de formato (libros, capítulos de libro, congresos u otros). Además, se revisaron artículos publicados en español, inglés y portugués, lo cual introduce un sesgo de idioma.

Direcciones Futuras

En aquellos estudios que utilizan instrumentos psicométricos sería necesaria explicitar los índices de consistencia interna y validez; reportar el tamaño del efecto; medir de forma comportamental las variables parentales e infantiles, y finalmente que los observadores sean independientes a ciegas para evaluar la validez de los resultados. También son necesarios muestreos más representativos y mayor presencia de estudios longitudinales que permitan conocer para analizar la variación de las respuestas de regulación emocional a lo largo del desarrollo, en relación con la parentalidad. A su vez, es importante continuar ampliando las evaluaciones a otros cuidadores significativos tales como padres y/o abuelos/as. Finalmente, aunque la realización de diseños experimentales es una limitación difícil de resolver, estudios multivariados o modelos de ecuaciones estructurales podrían establecer mayor robustez en las conclusiones para explicar cada variable, sus relaciones y las varianzas de error. Asimismo, se propone a futuro realizar un metaanálisis para evaluar además el tamaño del efecto compuesto de los artículos evaluados que permita conocer así el grado de asociación entre las variables junto con un sistema de códigos y sus niveles para futuras investigaciones.

Por otro lado, dado que la mayoría de los estudios fueron realizados en Estados Unidos, es relevante continuar estudiando en otros países y culturas para generar aportes en los contextos de crianza y por ende, en la regulación emocional de los niños/as. A partir de un estudio más generalizado de estas variables, se podrían promover intervenciones tempranas en las infancias para favorecer el desarrollo socioemocional. Finalmente, considerando la importancia de un afrontamiento funcional ante situaciones de frustración y de exclusión social, los estudios sobre las influencias de los estilos parentales sobre la regulación emocional infantil, brinda respuestas para poder evaluar intervenciones que favorezcan a los niños/as y sus cuidadores principales.

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Author notes

a Correspondence about this article should be addressed Ailin Charo Simaes: ailinsimaes@gmail.com

Additional information

Conflicts of Interest: The authors declare that the research was conducted in the absence of any commercial or financial relationships that could be construed as a potential conflict of interest.



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