Editorial
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Biblioteca universitaria, vol. 21, núm. 1, 2018
Universidad Nacional Autónoma de México
La información es como el aire que respiramos, abundante y escaso al mismo tiempo, por lo menos el que sea de calidad, sin agentes dañinos, tóxicos o contaminantes, oxigenado, limpio, aspirable. Pero, al mismo tiempo, por su condición de abundancia lo percibimos de manera tan natural que inconscientemente no nos percatamos que sin él no podríamos vivir, y que sin la calidad necesaria nos causaría más un perjuicio que un beneficio, que repercutiría en la condición de nuestra salud.
La información, como ese aire, existe por todas partes, verdadera o falsa, fidedigna o desvirtuada, confiable o de dudosa calidad o procedencia, y el bibliotecólogo, el profesional de la información, como el neumólogo, es quien debe cuidar que aquélla que consumimos los que la necesitamos sea de óptima calidad; en orientar, por ejemplo, sobre una buena o determinada lectura o autor. Quizás el común de los ciudadanos podría pensar que se puede vivir sin información pero no es verdad, ya que todos los actos de la vida del ser humano generan y consumen información en un sinnúmero de presentaciones: para cultivar su conocimiento, desarrollar la ciencia, para tomar decisiones, educarse, alimentarse, trabajar, incluso divertirse.
Hoy en día, un tema de suma actualidad y que requiere de nuestra mayor atención es el de las noticias falsas o el de la posverdad, y por ende el de la información falsa o que se creía fidedigna y después se descubre que no lo era. Y en el resolver esta disyuntiva o problemática y orientar sobre ello al ciudadano común, ya sea el estudiante o el profesor o el trabajador o ama de casa, etcétera, el bibliotecólogo tiene un papel fundamental y de profunda repercusión social, pues tiene la formación profesional y el conocimiento para asesorar en esa materia, o incluso conseguir la información y datos necesarios sobre algún determinado asunto para quien lo solicite o le sea indispensable.
Dos factores, preponderantemente, motivan a considerar a la biblioteca y al profesional que la conduce como un tamiz en materia de calidad de la información y de sus fuentes que la generan: la excesiva cantidad de datos que hoy se producen y difunden y las nuevas tecnologías y esquemas de información y comunicación que hoy existen, como las redes sociodigitales y la proliferación de los dispositivos móviles y las publicaciones electrónicas.
Ya desde el año 2000 Lluís Codina nos propuso -con un enfoque profundo e integral- una metodología para evaluar recursos digitales en línea, y en el libro editado por Kristi Thompson y Linda Kellam, que lleva como título Databrarianship: The Academic Data Librarian in Theory and Practice, publicado en 2016, ante las crecientes tendencias actuales de los datos masivos y la persistente álgida discusión en torno al acceso abierto a la información científica resultado de las investigaciones financiadas con recursos de carácter público o gubernamental, se reconoce que las bibliotecas académicas se enfrentan actualmente a un tópico “críticamente importante” en materia de los servicios que ofrece, que es el de la curación de datos de investigación, lo cual le asigna al bibliotecólogo una función estratégica que tiene que ver con los contenidos de los recursos de información ante la avalancha de datos.
Este tipo de nuevas oportunidades para que las bibliotecas y los bibliotecarios coadyuven con sus instituciones y las diversas comunidades para enfrentar los desafíos del futuro ya han sido asumidos por organismos internacionales como la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios y Bibliotecas (IFLA) y la Asociación Bibliotecas Americanas (ALA), ahora corresponde a aquéllas responsabilizarse de ese reto.