Artículos
Muerte y suicidio en la obra de Emil Cioran
Death and suicide in the work of Emil Cioran
Muerte y suicidio en la obra de Emil Cioran
Tópicos, núm. 45, e0048, 2023
Universidad Nacional del Litoral

Recepción: 01 Septiembre 2021
Aprobación: 01 Noviembre 2021
Resumen: El siguiente trabajo pretende realizar una aproximación a los conceptos de muerte y de suicidio, en tanto ideas filosóficas, en la obra del filósofo rumano Emil Cioran. Se plantea un recorrido por la obra del autor, poniendo en discusión dichas ideas a lo largo de la obra del filósofo. En Cioran, veremos cómo el suicidio se trata de una idea, mientras que la muerte es aquella posibilidad de salvación que se encuentra en la vida. Se hará presente el lirismo cioraniano desde su primer libro, para denotar desde allí el diálogo posible entre las ideas de muerte y suicidio. Vale aclarar que no tratamos el suicidio como un concepto clínico / médico, sino como concepto filosófico presto a la discusión del mismo atravesado por susodichas obras.
Palabras clave: Cioran, Muerte, Suicidio.
Abstract: The following work aims to make an approach to the concepts of death and suicide, as a philosophical ideas, in the work of the Romanian philosopher Emil Cioran. A tour of the author’s work is proposed, putting these ideas into discussion throughout the philosopher's work. In Cioran we will see how suicide is about postponement, while death is that possibility of salvation found in life. The Cioranian lyricism will be present from the first book of his, to denote from there the possible dialogue between the ideas of death and suicide. It is worth clarifying that we do not treat suicide as a clinical / medical concept, but as a philosophical concept ready to discuss it through the aforementioned works.
Keywords: Cioran, Death, Suicide.
Los males desesperados o son incurables o se alivian con desesperados remedios.[1]
William Shakespeare
Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado.[2]
Emil Cioran
Introducción
La filosofía cioraniana es una filosofía pesimista, por lo que temas como la muerte o el suicidio son recurrentes en su obra. El peso de la existencia, la lucidez como conmoción interior, el inconveniente del nacimiento, son todos hechos que invitan a problematizar y pensar ideas un tanto problemáticas y engorrosas como lo son la muerte y el suicidio. La muerte goza de un tinte misterioso pero a la vez aterrador, ya que representa la finitud del humano y el fin de la vida. En tanto, el suicidio es un tema tabú para la sociedad, una posibilidad de morir de la que es preferible no hablar y ante la cual se guarda un silencio atroz. Cioran no solo habla de la muerte a lo largo de su obra, sino también del suicidio en tanto considerado como una idea, un concepto filosófico el cual merece ser explorado desde el pensamiento del rumano. Si la muerte es el final de la vida, el suicidio es la liberación de las cadenas impuestas por la misma.
Cioran no hace apología del suicidio, sino que en todo momento esta idea funciona como un fármaco contra la realización y consumación del acto suicida. El suicidio no es más que una posibilidad, una posibilidad que debe ser explorada y explotada para no caer por las cimas de la desesperación a la locura, la depresión o el fin mismo de la vida. El rumano hace mucho hincapié en la idea del suicidio como posibilidad, como puerta de emergencia ante el malestar de la existencia: no sabemos si haremos uso de esta idea, pero es mejor que nos acompañe y tenerla como opción a ser un optimista que nunca haya soslayado al menos esta idea en alguna noche de insomnio.
En este artículo, primero haremos un rodeo acerca de la idea de muerte en la obra cioraniana. Una vez explicado dicho concepto, pasaremos a tratar el suicidio en tanto posibilidad, tratando de explayarnos de la manera más adecuada y cuidada al respecto, siempre teniendo de guía la obra del filósofo rumano.
1. Acerca de la muerte
En la producción cioraniana notamos que la aparición de la figura de la muerte se da con violencia y verborragia desde Las cimas de la desesperación. La muerte en Cioran más que una idea[3] es una obsesión que ha brotado ya en sus primeros años. El tedio que lo asoló desde temprana edad, la lucidez y el vértigo demencial de las noches sin fin despertaron en el joven rumano una fuerte conciencia sobre la muerte que logró ser transfigurada en su obra, así como la sensación de un terror particular en torno a esta imagen:
Todo se reduce, de hecho, al miedo a la muerte. Cuando vemos una serie de formas diferentes de miedo, no se trata en realidad más que de diferentes aspectos de una misma reacción ante una realidad fundamental; todos los temores individuales se hallan vinculados, mediantes oscuras correspondencias, a ese miedo esencial. (…) Todo individuo que se plantea seriamente el problema de la muerte no puede evitar el miedo. Y es el temor el que guía a los adeptos de la creencia en la inmortalidad.[4]
Este temor es el motor de todo consuelo metafísico ante la realidad sin esperanzas que se cierne sobre nosotros: no hay nada más que este mundo carente de sentido. Buscar la salvación en tal o cual religión o filosofía es simplemente desgajar las capas de una cebolla infinita, como ya lo ha señalado Franz Rosenzweig.[5] El filósofo alemán invita a transitar la vida siendo conscientes de que ello implica el camino hacia la muerte, del mismo modo en que Cioran nos dice “…cada paso en la vida es un paso en la muerte”.[6] Si la muerte se presenta como todo en la perspectiva cioraniana, la nada de la vida es su contraparte necesaria para intentar comprender la existencia.[7]
El enigma y el temor que la muerte representan, no menor que el nacimiento, nos conducen a desvelos y vértigos metafísicos los cuales son tratados durante las largas horas insomnes o incluso toda la vida: “Haber dedicado a la idea de la muerte todas las horas que un oficio hubiera reclamado”.[8] Quizás haya en esta idea algún rastro de filosofía heideggeriana, aunque más que precursar la muerte, Cioran ha quedado casi embelesado o prendado de ella.[9] Hemos dicho que en la obra del rumano la muerte es una obsesión que es aclarada por el autor en estos términos: “Nada nos seduce tanto como la obsesión de la muerte; la obsesión, no la muerte”.[10] La muerte se presenta como un misterio que en definitiva no es tal, pero bajo esta condición logra seducirnos. ¿Por qué habría de seducirnos un concepto tan oscuro y no, por caso, una ficción quizás más feliz? Pedirle tal cosa a Cioran sería un error. Desde el momento en que estamos vivos la existencia solo presenta un camino de ida hacia la desesperación: recordemos que para el rumano el nacimiento es una catástrofe,[11] una tragedia maldita de la cual escapamos al encontrar el reposo mortal. ¿Acaso hay algo más reconfortante[12] que considerar la idea de la muerte en un mundo de penurias y amargura? ¿Al cabo de llevar un tiempo estando vivos quién no ha considerado la condición de ser muerto?[13] Al respecto Cioran escribe:
Ningún pensamiento más corrosivo ni más tranquilizador que el pensamiento de la muerte. Si lo rumiamos hasta el punto de no poder prescindir de él es sin duda a causa de esa doble cualidad. Qué suerte encontrar dentro de un mismo instante un veneno y un remedio, una revelación que nos mata y que nos hace vivir, un tóxico fortificante.[14]
La posibilidad de encontrar en la misma idea un veneno y un remedio permiten que se vuelva algo tan deseable. Este “tóxico fortificante” es, después de todo, solo un regreso a lo inorgánico que nos permite vivir y encontrar un alivio al pensar que alguna vez correremos tal desenlace. Que esta obsesión inquiete nuestra conciencia incesantemente es también una cura contra el miedo que ella misma suscita: una vez que la lucidez nos asalta y nos revela el inconveniente que representa la existencia, que no podemos ni estar ni salir indemnes de ella y que el dolor impregna todo lo creado es que hemos comprendido que vivir es fracasar. Quienes fracasaron en la vida han comprendido todo,[15] de modo que para ellos la muerte no es más que: “la providencia para aquellos que han tenido el gusto y el don del fracaso, es la recompensa para todos los que no han logrado nada, que nada tenían que lograr… Les da la razón, es su triunfo”.[16] La muerte, para quien se ha atrevido al fracaso, no es mero consuelo o alivio: representa el mayor triunfo posible ante la nada que es la vida, de la cual (y en la cual) nada debemos esperar.
¿Acaso hay algo que debamos lograr en la vida? Sometidos a existir en medio de la amargura más infinita, nos vemos precedidos por la inútil e inservible degradación a la que nos llevan los oficios: el de vivir no alcanza y se espera, incoherentemente, que busquemos algún éxito fugaz que oriente nuestra existencia. No hay tal cosa. No debemos siquiera esperarla. ¿Sería correcto, pues, arrojarnos desde cimas de la desesperación y poner fin a nuestros días hundiéndonos en el abismo mortal de la caída? ¿Es propicio precipitar el final al saber de antemano que nada, ni siquiera el lirismo, puede reparar la desgarradura que significa el nacimiento? ¿Podemos morir a tiempo para evitar más miserias, considerando la vida la más deplorable de las tragedias? Que la idea de la muerte transmute en obsesión es comprensible cuando tantas preguntas, inservibles, nos invaden. ¿Pero hasta qué punto podemos convivir con esta obsesión, con esta revelación “que nos mata y hace vivir”? No sabremos cuando terminaremos de morir, pero sí sabemos que puede ocurrir un quiebre en el cual la obsesión ya no alcance y lo que nos seduzca sea la muerte sin más. Entonces ya no podemos hablar de un encuentro con la muerte, puesto que incluso esta idea ya no nos libera. Es menester, pues, considerar ahora un nuevo concepto, mucho más radical y adecuado: el suicidio.
2. Acerca del suicidio
Para llegar a la tesis planteada y abordar finalmente la cuestión del suicidio fue necesario el recorrido anterior, quizás algo intrincado pero inevitable. Quienes hayan dedicado pensamientos a esta posibilidad habrán podido identificarse en las líneas precedentes; habrán experimentado en primera persona la desesperación, la lucidez, la amargura, los irrefrenables deseos de poner un fin al dolor; habrán sabido conocer el fracaso de la escritura terapéutica para así rodearse ya no de ilusiones o falsas esperanzas, sino de muerte. La muerte, cuya presencia constituye y precede nuestra existencia, que nos atemoriza como ninguna otra fantasmagoría pero que al mismo tiempo nos seduce con su misterioso ceremonial puesto que ella es la única salida de este mundo. ¿Por qué querríamos abandonar la existencia? Sencillamente porque es un error que hemos heredado. No hay condena más insoportable que la de despertar cada día para enfrentar una realidad no deseada, que posa sobre nuestras espaldas el yugo de la desdicha.
Cioran se preguntaba no cómo vivir, sino cómo soportarse, comprendiendo que la vida que nos han dado es el mayor de los males, un mal incurable que se intenta aliviar mediante la trasfiguración lírica del dolor pero que aun así se yergue implacable. Al mal desesperado que representa para algunos seres la existencia se le presenta una única terapia tan desesperada como la enfermedad: el suicidio.
Pensar el suicidio como figura conceptual conlleva ciertas dificultades. La muerte por suicidio ha sido condenada en Occidente debido a la supremacía de la moral judeocristiana, en la cual las conductas autolesivas son una ofensa para una doctrina donde prima el valor de la vida regalada por su Dios. Este sesgo dogmático ha vuelto el suicidio un tema tabú en nuestra sociedad,[17] volviendo su recepción algo escandalosa pero a la vez llamativa en ciertos casos o hasta personajes: no se habla del suicidio, pero hay figuras que nos lo deben. Es el caso del mito creado en torno a la imagen del artista maldito, tan rico en genio como en humores melancólicos y cuya cercanía a la muerte y el suicidio alejan de este asunto la cuestión moral o salubre para delinear una romantización del acto suicida.
Quizás el caso de Cioran sea distinto, considerando que el suicidio ha sido un problema que la filosofía ha tratado tanto desde una perspectiva ética o metafísica a lo largo de su historia; pero aun así es un concepto algo molesto incluso para esta disciplina. Pariligua Vargas escribió respecto el rumano y el suicidio:
El tema de la muerte, o mejor, el del suicidio, es tomado por Cioran de una forma frontal, sin prejuicios, sin miedos, sin dogmas. Este tema puede ser incómodo ya que se trata de un acto de acabar por sí mismo, bajo el valor de la audacia, con la vida, la única posible. Pero también es la idea de un recurso posible para el hombre.[18]
El ateísmo de Cioran fue suscitado por su escepticismo, por lo que no encontró ninguna postura ética o doctrinaria que no le permitiese dedicarle pensamientos y aforismos a esta cuestión que ocupa un lugar especial en su filosofía. Incluso a pesar de la incomodidad que despierta esta idea ya sea en una charla de café, el ámbito académico o encontrándose en soledad frente a un espejo, Cioran la considera necesaria para poder vivir. Decir que la idea del suicidio es estimulante para continuar existiendo[19] es un oxímoron que intentaremos explorar para poner en manifiesto la tesis propuesta del suicidio como posibilidad a partir de una lectura cioraniana.
El suicidio como posibilidad en Emil Cioran
Cioran se considera a sí mismo un “teórico del suicidio”,[20] mote tan acertado como llamativo. No debemos olvidar que toda su obra contiene una carga de humor e ironía un tanto retorcida, como su ya mencionada propuesta de escribir una tesis sobre las lágrimas. Ahora bien, ¿por qué habría de considerarse un “teórico del suicidio”? Volviendo quizás a la diferencia entre contemplación y acción aristotélica, Cioran es un teórico del suicidio en el sentido que solo se limita a pensarlo. Su teoría fue producida a partir de sus desvelos insomnes,[21] no en un estudio o una cátedra sino en las caminatas nocturnas y pobladas de personajes mundanos que resultaron ser para él grandes filósofos. Rotiroti dice, al respecto, lo siguiente:
Probablemente el aspecto más significativo, que tiene hoy valor, es la cuestión del suicidio que figura como predominante en el primer libro, titulado En las cimas de la desesperación, y que se convertirá en un sello de signature de la totalidad de la obra de Cioran. Es una idea que acompaña al autor toda la vida, semejante a un estribillo musical obsesivo y a veces humorístico.[22]
Si es que hay una teoría del suicidio en la obra cioraniana (del suicidio y no del suicida) la consideraremos aquí como posibilidad: en un mundo carente de sentido la única forma de no desesperar hasta la locura es sabiendo que tenemos en nuestro poder la posibilidad de abandonar este mundo. Del modo en que el amor sirve de defensa contra el vacío de la existencia,[23] esta idea aparece con la fuerza de una ficción regulativa para sostener nuestros días: si el pesimista necesita razones diarias para continuar viviendo,[24] la oportunidad del suicidio se vuelve casi una religión,[25] una religión pervertida, que acompaña al melancólico a lo largo de su vida; quizás la única a la que se consagre. Pensar esta posibilidad se vuelve una “coalición contra la muerte”,[26] nos lleva a un estado de “no suicidio” constante que nos permite continuar. Ahora bien, ¿para qué continuar? Antes de intentar dar respuesta a esta pregunta, si es que la hubiese, seguiremos explorando la potencia suicida.[27]
La posibilidad hace perseverar el suicidio puro,[28] a diferencia de ese brusco y febril impulso que ha guiado a los suicidas occidentales y modernos[29] a la herejía del acto. Si Cioran ha perdurado como creyente en la religión del suicidio es de entender que se autoproclame “teórico” del mismo. Solo se vence el suicidio al pensar en él, al llenar con esta idea nuestras horas de tedio y desdicha; es entonces cuando “Este pensamiento, en lugar de ser desvitalizador, deprimente, es un pensamiento exaltante”.[30] Nos estimula, pues, la idea de poder abandonar la tragedia de la vida cuando lo queramos, la idea de rivalizar con la muerte[31] y apropiarnos de la más inapropiable: nuestra propia muerte.
La idea del suicidio posible se torna más que un refugio, un deseo. “Desear es no querer morir”[32] indica Savater ya que el deseo mismo marca una distancia con el objeto deseado. No obstante son posibles los encuentros con el suicidio, tal como indica la obra cioraniana.[33] En medio de la podredumbre del mundo concretar una cita con esta idea no parece algo descabellado, puesto que a través de ella sentimos el “paroxismo de la salvación”:[34] consagrarle nuestros pensamientos más profundos nos concede un alivio y una sensación de libertad[35] comparadas con el hecho mismo. Ayme Hacen hace una aclaración respecto de la idea del suicidio en Cioran:
Intentar soportarse y soportar la vida teniendo presente a cada instante “la idea de la renuncia”, se distingue fuertemente de la renuncia o el suicidio a secas. La diferencia es la siguiente: el suicidio al estar relacionado con lo posible y lo inminente es un veneno que amenaza la vida en lo inmediato, mientras que la idea del suicidio es un antídoto contra el suicidio, pues supone una suspensión de la acción a favor de la reflexión.[36]
La “insoportable lucidez”[37] nos invita a pensar la viabilidad del suicidio, sino solo a pensarla. Sabiendo que podemos matarnos, conservando esta idea en potencia y pensando su posibilidad nos guarecemos del acto mismo: sin la idea del suicidio la vida no solo sería insoportable, sino también peligrosa. Si consideramos la escritura de un libro como un suicidio diferido,[38] debemos hacer lo propio con la idea de su posibilidad. ¿Por qué pensar en esta suerte de ficción nos permite perseverar y no derrumbarnos? La respuesta nos la da el mismo Cioran: “Penser…c’est temporiser, ce n’est pas agir”.[39] Remitirnos a pensar la posibilidad nos permite temporalizarla, proyectarla en la realidad sin volver acto la potencia. “Depuis quelques jours, je suis repris par l’idée de suicide. J’y pense, il est vrai, souvent; mais y penser est une chose; en subir la domination une autre”:[40] pensar para que la idea no nos domine y no nos lleve a una resolución súbita, más bien resguardarla como probabilidad y hacer de ello un antídoto. De esto trata el encuentro con el suicidio, un encuentro timorato que ni siquiera llega a ser un coqueteo. En todo caso se atiende el llamado,[41] puesto que para considerar la posibilidad del auto aniquilamiento debemos sentirnos ajenos a esta existencia, sin que ello signifique abandonarla desenfrenadamente. Si estamos predestinados más que predispuestos[42] a esta idea, cuanto más vale oír la llamada, encontrarse con la posibilidad del suicidio y así poder reflexionar sobre la propia anulación; suspendiendo la inmediatez de la acción, persuadiéndonos de lo irreparable de la existencia y entonces volver a la quietud de la teoría.[43]
En Breviarios de podredumbre Cioran aclara la cuestión:
La consolación por el suicidio posible amplía infinitamente esta morada donde nos ahogamos. La idea de destruirnos, la multiplicidad de los medios para conseguirlo, su facilidad y proximidad nos alegran y nos espantan; pues no hay nada más sencillo y más terrible que el acto por el cual decidimos irrevocablemente sobre nosotros mismos.[44]
La posibilidad del suicidio es un consuelo que permite prorrogar nuestra estadía en “esta morada donde nos ahogamos”. Hay cierta terapéutica en torno al suicidio, la cual es mencionada por Liliana Herrera:
Cuando decimos que la reflexión sobre la muerte y el suicidio, que lleva a cabo Cioran, tiene un sentido terapéutico, es porque no sólo tiene un efecto paliativo frente a la angustia sino también porque retrotrae la existencia a sus justas dimensiones.[45]
Anteriormente hemos preguntado para qué continuar, a lo que hemos de responder “Hay tantas razones de suprimirse como razones de continuar”.[46] No hay un sentido último que oriente nuestra existencia, así que “continuar” es la única forma en la que podemos seguir viviendo, casi resignados. ¿Pero no sería esto aletargar el suplicio? A medida que continuamos no solo nos ahogamos, sino que también perdemos peso para ganar liviandad:[47] “Durar es disminuirse: la existencia es pérdida de ser”.[48] La violencia de la juventud conduce, con los años, a una quietud propia de la pérdida del ser: ahogados, repletos de la náusea de la vida, hemos tocado fondo agotados tras haber intentado vanamente salir a la superficie.
Obsesionarse con la posibilidad del suicidio hasta que nos hayamos agotado tanto que nos encuentre la muerte, esa es la propuesta cioraniana. Una vez que el ser nos abandone y poseamos la completa levedad a la que podemos aspirar nos sumiremos en la decrepitud de la vejez. Sucumbir al acto es apresurarse, puesto que los suicidas acaban antes de tiempo. La obra cioraniana, desbordante de escepticismo, propone que bebamos de la posibilidad del suicidio y, sabiendo que no hay salvación alguna, no nos precipitemos al acto, entendiéndolo como una actitud propia de los fanáticos. Vivir sabiendo que tenemos la posibilidad de la solución definitiva ante los males del mundo confiere una nueva perspectiva dentro del mismo, tan liberadora como reconfortante. Tal como escribió Cioran en sus Cuadernos: “Il est étrange que j’en sois à tant parler de suicide, alors que j'aime la vie autant que n’importe qui, mieux que n’importe qui”.[49]
Conclusión
Hemos dado cuenta de cómo Cioran se sirve del concepto del suicidio desplegándolo a través de su obra de manera tal que no podemos obviarlo. No podemos dejar de advertir el poder que le es conferido: a la tristeza y belleza[50] que guarda, le podemos agregar la cualidad de necesariedad para que cada obra continúe desarrollándose. El autor no solo se anima a escribir y hablar de una idea tan escandalosa y alarmante como lo es el suicidio, sino que esta también se establece como una revelación (algo sombría tal vez) para quienes indaguen en sus obras. Esta revelación carece de contenido escatológico pero encierra dentro de sí la posibilidad de la continuación, que ni siquiera está cerca de poseer algún atisbo de salvación: continuar o acabar son las posibilidades que se nos presentan en tanto seres existentes. ¿Hay alguna posibilidad de liberarnos de la angustia que nos acompaña desde el nacimiento y que crece conforme nuestra lucidez sobre las penurias del mundo se vuelve más evidente? Ante la decepción de la vida requerimos de una terapéutica para aliviar nuestro peso: la escritura ha fracasado, tal como hemos visto anteriormente, por lo que la idea del suicidio asoma como la mejor terapia para proseguir.
Si bien su aparición en el corpus cioraniano puede ser vista como un anticipo (su cercanía, el coqueteo con la misma y el interés por los fines últimos), esta luego despierta el deseo de una nueva categoría. ¿A qué se debe esta necesidad? Cioran escribió:
Anhelas el deseo de la muerte y no la muerte, porque no has llegado al límite de la repugnancia de vivir y todavía estás orgulloso de ser víctima del error de existir. Pero quien ha descubierto el deseo de morir no puede apegarse ya ni a la vida ni a la muerte. Ambas son terribles. Sólo existe goce en ese deseo…, en ese estremecedor confín que constituye el agridulce equívoco de morir.[51]
La necesidad de una nueva categoría consoladora surge desde nuevas profundidades, de la imposibilidad de encontrar asilo en la vida o la muerte. Aquí es donde el concepto del suicidio se vuelve un deseo, quizás el único, capaz de proporcionarnos algún tipo de goce en el intolerable mundo. El sabor agridulce que detenta la idea del suicidio se detecta con facilidad como una noción en la obra cioraniana, y allí es donde radica su goce y/o actuar terapéutico. La muerte despierta una pasión absurda como la vida misma y tras una larga reflexión sobre estas y nuestra condición de caídos en la existencia es que el suicidio comienza a brotar de entre el miedo y la desesperación para que ya no sintamos más:[52] la dulzura del reposo y el corrosivo comportamiento autolesivo confluyen en esta idea. Cioran se sirven de este concepto para escapar de las espantosas realidades que desfilan cotidianamente en la existencia. Considerar el anticipo de la muerte propia sea quizás la mejor forma de intentar reparar la herida provocada por la vida, ya que en esta consideración se adelanta la espera del final.
Al recurrir a la idea del suicidio como posibilidad es que la obra cioraniana da cuenta de la posibilidad de continuar, de disminuirse y dejarse llevar por dicho sentimiento de pérdida del ser. Pensar el suicidio posible dista mucho de ser algún tipo de salvación, más allá de que Cioran lo consideré como su religión, sino que se trata de una consideración o elección tan arbitraria como libre. Las razones que empujan hasta tal idea son metafísicas;[53] el malestar provocado por el tedio va más allá de razones orgánicas que no pueden ser compartidas con otros. Pero esta idea sí es común a toda la humanidad. De esta forma, la posibilidad se vuelve el recurso más terapéutico con el que contamos dado que nos permite disponer de matarnos cuando queramos.[54]
¿Acaso puede hablarse de determinismo en esta última consideración mientras que la posibilidad cioraniana conserva la libertad de elección? No necesariamente, puesto que la decisión ha sido tomada del mismo modo que la posibilidad implica una elección (la de pensar y/o actuar). El hecho de postergar la decisión difuminándola a través de la obra también implica un acto de libertad, ya que no hay un plazo fijado de manera absoluta. Incluso se puede pensar que la elección de hacer del suicidio un concepto tal que esté presente en todo el corpus de ambos autores sea también una manera de disminución: he ahí la continuación (ya sea posible, ya sea postergada).
Si no eres un asiduo de las farmacias, escribir es el gran recurso, es curarse. Le doy este consejo: si odia a alguien sin querer particularmente suprimirlo, escriba cien veces su nombre seguido de ‘voy a matarte’. Al cabo de media hora, se sentirá aliviado.[55]
Hay cierta dificultad en pensar y escribir sobre el suicidio resguardándolo tan solo como concepto filosófico, poético, dato estadístico o médico. Esta idea se presenta de algún modo revulsiva dado que la moralidad imperante con la que lidiamos en tanto occidentales la ha ocultado y condenado. Por esta razón, tal vez, resulta tan cautivante como peligrosa. Lautréamont escribió “El aniquilamiento intermitente de las facultades humanas, cualquiera que sea la opinión de vuestro pensamiento, no es un mero conjunto de palabras”,[56] pasaje de Los Cantos de Maldoror que viene a cuento del concepto que se ha venido tratando y en donde entendemos la dificultad al pensar el mismo: no es un simple conjunto de palabras, no es una idea usual o sencilla; sino una lacerante, tanto como la vida misma.
Más allá de las predisposiciones clínicas que puedan empujar a esta idea, las cuales no fueron ni serán tratadas aquí, podemos considerar una predisposición metafísica: la del abismo y las tinieblas, la del insomne atormentado por el vicio de la existencia en cada uno de sus hastiados instantes. En la obras cioraniana, hemos encontrado indicios de estos síntomas, los cuales intentamos ordenar y, en la medida de lo posible, contrastar. La enfermedad que nos atormenta es la existencia, que nos provee de una herida inherente a ella y ante la cual solo nos queda soportar, desesperar o sucumbir. En las obras cioraniana y pizarnikiana hay incipientes intentos de soportar los dolores del mundo, la toma del vacío que nos aqueja resulta ser el impulso de las mismas; filtrándose en ellas también el deseo del aniquilamiento al que refiere el Conde.
La principal dificultad al tratar esta idea es, precisamente, el momento de enfrentarla no como un mero conjunto de palabras o articulaciones simbólicas sino con todo el peso que le cabe, peso que nos ha arrastrado hasta los precipicios más vertiginosos de la obra trabajada. Si el principio de amargura que nos precede lograr calar en nuestros huesos y fijarse con ellos como una artrosis maldita, recurrirá alguna vez al consuelo del suicidio. Ese encuentro es el que hallamos en estos autores, sin mediaciones ni sesgos: casi como el encuentro desesperante con un ojo sin pupila que vigila sempiternamente. Pizarnik lo definió en sus Diarios, sin titubeos: “Suicidarse es poseer aquella máxima lucidez que permite reconocer que lo peor está ocurriendo ahora, aquí”.[57] Este “aquí y ahora” no es un antes o un después, sino cada instante en que la existencia se perpetua y reproduce; reconocer esto y considerar el suicidio es lo que, por otro lado, abre la puerta a la posibilidad en la obra cioraniana.
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Notas