Sección Teología
Pensamiento de Cristo e idealismo griego: para una relectura de Laberthonnière
Thought of Christ and greek idealism: for Laberthonnière rereading
Pensamiento de Cristo e idealismo griego: para una relectura de Laberthonnière
Veritas, núm. 35, pp. 187-215, 2016
Pontificio Seminario Mayor San Rafael Valparaíso
Recepción: 31 Marzo 2016
Aprobación: 30 Mayo 2016
Resumen: El realismo cristiano y el idealismo griego, obra de Laberthonnière, propone una cuestión que es actual justamente por el hecho que ha sido dada por obvia, censurada y olvidada en el contexto teológico de casi toda la historia de la Iglesia. Es decir, plantea preguntas acerca de la posibilidad y conveniencia del uso de la forma mentís del pensamiento griego (expresado por su filosofía) en el ámbito de la fe cristiana y de su filosofía-teología. Para Laberthonnière, como muestra en esta obra, es imposible una concordancia entre estos dos pensamientos so pena de una desnaturalización de la misma fe cristiana. Indirectamente, esta obra pone a tema la originalidad del pensamiento de Cristo que es hebreo y no griego y cómo la asunción del pensamiento filosófico griego puede llevar a una desnaturalización del pensamiento hebreo de Cristo y de la fe cristiana vivida en la Iglesia.
Palabras claves: Idealismo griego, realismo cristiano, pensamiento hebreo de Cristo, onto-teología, sobrenatural.
Abstract: Christian realism and Greek idealism, Laberthonnière work, puts a question that is now precisely because it has been given by obvious, censured and forgotten in the theological context of almost the entire history of the Church. That is, it puts questions about the possibility and desirability of using the forma mentis of Greek thought (expressed by its philosophy) in the field of Christian faith and philosophy-theology. To Laberthonnière, as shown in this work, there is an impossible concordance between these two thoughts on pain of distortion of the Christian faith. Indirectly, this book puts theme originality of thought of Christ which is Hebrew and not Greek and as the assumption of Greek philosophical thought can lead to a distortion of Hebrew thought of Christ and the Christian faith lived in the Church.
Key words: Greek idealism, Christian realism, thinking of Christ, ontotheology, supernatural.
Introducción
San Pablo ha afirmado: “Tenemos el pensamiento de Cristo” (1 Co 2, 16). A este propósito, habría que preguntarse en qué medida el docetismo, en sus varias formas, no ha sido la mentalidad que más ha influido en la cristiandad (Molteni, 2015). Docetismo que, sintéticamente, consiste en la negación de la verdadera carne y cuerpo de Cristo, ya que elimina el pensamiento hebreo de Cristo. La carne-cuerpo de Cristo es así reducida a mera biología sin pensamiento. Sin embargo, junto con esta remoción del pensamiento hebreo de Cristo, en la historia de la teología y de la fe cristiana se ha caído, a menudo, en el riesgo de sustituir este pensamiento de Cristo por el pensamiento ontológico griego, platónico y aristotélico (Balthasar, 1986). Esta censura y remoción del pensamiento hebreo y no griego de Cristo lleva evidentemente a la desnaturalización de la originalidad y novedad del acontecimiento de Cristo (Oratoriana, 1972)1.
Si este es el riesgo que puede aún ser actual en la teología y en la vida cristiana, nos parece importante retomar la lección contenida en la obra del padre oratoriano Lucien 14 Laberthonnière 2 Le réalisme chrétien et l'idéalis- megrec (1904) que, junto con su Essais dephilosohie religieuse de 1903, fueron condenados al Index en 19063. Esta relectura, además de ofrecer intuiciones y sugerencias, plantea preguntas que han sido olvidadas y removidas por la teología del siglo pasado y que pueden servir como aportes para la teología y la fe de nuestros tiempos. En efecto, es difícil negar que esta obra es fascinante, original, llena de intuiciones realmente cristianas, aunque algunas afirmaciones pueden ser equivocadamente consideradas como “modernistas”4.
La metodología que usaremos es la bibliográfica-documental. Lo que nos interesa, ante todo, es presentar los núcleos fundamentales de esta obra que están olvidados de modo que puedan ser conocidos. Además, estos datos se examinarán y se interpretarán de modo sintético juntamente con la tentativa de prolongar las intuiciones inconclusas presentes en esta obra5, para así llegar a sugerir algunas preguntas que puedan servir para una renovación del pensamiento teológico que se nutra realmente del pensamiento de Cristo.
La necesidad de este método es dada también por el estado del arte. En efecto, por lo que hemos podido averiguar no existen estudios detallados, menos aún recientes, sobre esta obra lo que probablemente se debe a su condena al Index6. Claro está, las tesis de Laberthonnière contenidas en esta obra, en su tiempo y en el nuestro, no eran ni son theologically correct, dado que se ha hablado y se habla a menudo, del encuentro fecundo entre el pensamiento cristiano con el griego7. La condena al Index ha imposibilitado una discusión sobre las tesis y preguntas de esta obra. Sin embargo, pasados aquellos años próximos a la condena, es como si la teología dominada casi totalmente por la neoescolástica hasta el concilio Vaticano II, hubiera condenado por una segunda vez al olvido eterno las inquietudes de Laberthonnière, mientras habría sido más razo nable intentar entender su postura8. Tal vez examinándola con una mirada no teológicamente acostumbrada, se habría podido averiguar si había motivos que muestran su razonabilidad y su validez9. En efecto, para él, como escribía muy joven en 1882, “la idea predominante que me ha guiado en el estudio de la filosofía es la de reconocer la racionalidad del cristianismo” (Laberthonnière, 1966: 13).
Nuestra hipótesis de trabajo es presentar la cuestión fundamental que Laberthonnière pone a la fe cristiana y la teología. Queremos, por tanto, señalar las razones que Laberthonnière aporta para mostrar la incompatibilidad entre el idealismo griego y el pensamiento cristiano y al mismo tiempo indicar en qué consiste el realismo cristiano, es decir, los aportes originales que Laberthonnière ofrece a la teología y a la fe cristiana una vez que han sido librados de las categorías del idealismo griego.
Dicho de otro modo, investigando sobre esta obra, queremos mostrar la necesidad de que la teología y la fe cristiana de nuestros tiempos vuelvan a interrogarse, a inquietarse sobre la oportunidad de una asunción obvia de las categorías del pensamiento griego para comprender y testimoniar al mundo los contenidos del pensamiento de Cristo. Péguy (1992: 1269) decía que “una gran filosofía (...) es la que introduce una inquietud, que obra una sacudida, un estremecimiento”. En este sentido, esta obra de Laberthonnière, que para Gilson (1962: 73) es “el mejor de sus libros”, puede provocar esta inquietud, está sacudida en el pensamiento teológico contemporáneo obligándolo a re-pensar su mismo pensamiento, método y contenidos. Releyendo esta obra, queremos volver a proponer su inquietud, su sacudida: ¿Es posible pensar en griego el pensamiento hebreo de Cristo expresado en los Evangelios y en el Nuevo Testamento? Es la misma cuestión que había puesto Tertuliano (2001: 165-169) y que retomaremos en las conclusiones. Es una inquietud que el mismo Laberthonnière invocaba en contra de una “fe tranquilizadora (foi sécurisantej” (Oratoriana, 1972: 192). Como justamente ha afirmado
Poupard a propósito de la obra de Laberthonnière y de sus amigos, “una vez que la tempestad [modernista] se ha calmado (...) ¿hemos respondido en profundidad a las verdaderas cuestiones que habían sido puestas?” (Perrin, 1975: 6).
Hay que notar de antemano que la lección de Laberthonnière no representa el menosprecio de la filosofía platónico-aristotélica. Se puede decir que su blanco no es esta filosofía, sino su uso y asimilación acrítica hecha por la filosofía y teología cristiana en la historia10 que culmina, para Laberthonnière, en el aristotelismo neoescolástico que lo ha puesto en el Index11.
De modo positivo, el aporte de esta obra de Laberthonnière consiste en la afirmación -removida en la casi totalidad de la historia de la cristiandad- de que Cristo tiene un pensamiento original que no es griego, que la fe cristiana tiene este pensamiento, que su contenido es no querer “saber sino Cristo” como dice san Pablo (1 Co 2, 1-2). Laberthonnière lo escribe claramente: “El cristianismo en lugar de superponerse a una filosofía cualquiera o ya hecha, elaborada o que se debe elaborar independientemente de él (...) no puede sino sustituirse a toda filosofía siendo él mismo la filosofía, en el sentido etimológico, es decir, la sabiduría, la ciencia de la vida por la cual se explica lo que somos” (Hendecourt, 1947: 16). Más allá del estilo dialéctico de esta afirmación, lo que importa notar es que, para él, la fe cristiana tiene un pensamiento original, que es el de Cristo que no debe ser ni mezclado ni sustituido cómodamente con un sistema de pensamiento ya hecho. En este sentido, nos parece que Laberthonnière no tiene el problema de la modernidad que tienen los neoescolásticos, no está preocupado en asimilar, validar, confirmar y corregir en sede cristiana las categorías del pensamiento moderno, ni tampoco de cristianizar al mundo12. A él le interesa el pensamiento de Cristo, volver a proponer su originalidad y poner en guardia a los cristianos de la tragedia que representaría la perdida de este pensamiento en favor de una acomodación a un sistema de pensamiento ya hecho (platónico- aristotélico)13.
Nos limitaremos a señalar los posibles aportes que esta obra ofrece a la apologética o, como se define en nuestros tiempos, a la teología fundamental. No es nuestra intención comparar esta obra de Laberthonnière con la apologética de su tiempo, referirnos a las fuentes que pueden haber influenciado sus tesis o detenernos en los aspectos de teología dogmática que esta obra contiene.
Siguiendo la lección de Laberthonnière, ante todo señalaremos como la utilización sumisa del pensamiento idealista griego por parte del pensamiento cristiano lleva como consecuencia a la visión de un sobrenatural deshumano. En seguida, veremos la diferencia entre el Dios hebreo-cristiano y el de onto-teología griega. Proseguiremos señalando en qué sentido el idealismo griego impide la concepción de una sociedad Dios-hombre lo que, al contrario, es posible en la visión hebreo-cristiana. Luego verificaremos como la asunción del idealismo griego impide entender de modo adecuado la contemporaneidad de Cristo y los métodos históricos críticos. Ulteriormente indicaremos lo que Laberthonnière afirma sobre el pensamiento de Cristo. En las conclusiones trataremos de mostrar como su lección pone preguntas y cuestiones que pueden ser útiles para repensar la teología y la fe cristiana actual.
1. Un sobrenatural deshumano
El problema fundamental que interesa a Laberthonnière en “El realismo cristiano y el idealismo griego” es la sobrenaturalidad del acontecimiento cristiano que puede ser equivocadamente pensada como “algo que habría sobrevenido a la humanidad por un decreto arbitrario de una voluntad dominadora” (Laberthonnière, 1904: 7); lo que obliga a pensar en un sobrenatural puramente exterior, de pacotilla (pacotille) (Laberthonnière, 1904: 8). De modo no pertinente, Hendecourt (1947: 119) escribe que la apologética de Laberthonnière se debe entender como “el llamado a las conciencias a descender al fondo de ellas mismas para ponerlas en presencia del infinito que llevan en sí”. Esto significa asimilar la apologé tica de Labethonniere al gnosticismo modernista, lo que es falso. La apo logética de éste consiste en mostrar la conveniencia humana, es decir, razonable, de la relación con Cristo. Para él, Cristo es el camino en cuanto mediador entre Dios y los hombres (Laberthonnière, 1904: 69).
Para Laberthonnière (1904: 5-36) esta concepción extrinsecista de lo sobrenatural es deudora de la influencia del idealismo griego que ha engendrado en el seno de la cristiandad una falsa idea de surnaturel. En efecto, la filosofía griega se pregunta sólo acerca de las cosas, no por la vida del hombre y por su sentido (Laberthonnière, 1904: 13). Se interesa sólo de cosas, de sus esencias y no de actos.Hendecourt (1947: 6) ha señalado justamente que “la palabra física despertaba en él desconfianza, evocaba el adversario”, adversario que para esta autora es sólo Aristóteles, mientras debería ser incluido también el nombre de Platón.
Para Laberthonnière, y esta es una primera gran lección, el pensamiento filosófico y teológico se ha fijado sólo en cosas, en esencias, es un pensamiento naturalista que se ha desinteresado de los actos imputables por sus frutos-beneficios. La concepción de Laberthonnière rechaza así cualquier naturalismo de causas-efectos, rechaza cualquier reducción del ámbito del pensamiento a la mera naturaleza, pues no le interesa la naturaleza de las cosas, le interesan actos.
Es más, el idealismo griego, a través de la abstracción14, llega al conocimiento de ideas que son formuladas en conceptos, de modo que, en lo que es móvil, se fija sólo en la estabilidad y la inmovilidad de las ideas universales que son las únicas que tienen derecho de ciudadanía. Entre estas ideas, la idea de Dios es “una especie de idea de ideas” (Laberthon- niere, 1904: 15-16)15. Al contrario, para Laberthonnière (1966: 84), “se adquiere el conocimiento de Dios como se adquiere el conocimiento de un amigo, viviendo de su vida, penetrando en su intimidad, deviniendo él mismo”.
Como consecuencia del idealismo griego, la salvación para el hombre consiste en “pensar en ideas” (Laberthonnière, 1904: 17), es decir, consiste en una contemplación de un “ideal estático” (Laberthonnière, 1904: 20) al cual el hombre en última instancia es sumiso16. Esto porque la experiencia real, individual, es el “escándalo del pensamiento griego” (Laberthonnière, 1904: 18). Para este pensamiento se puede conocer sólo el universal, lo abstracto que, desde arriba, domina la experiencia real. Aunque Laberthonnière no lo diga, hace intuir que la epistemología griega es como un superyó que desde arriba (epi) domina la competencia individual del sujeto que vive la experiencia real. En efecto, el idealismo griego considera intolerable que se “piense personalmente” y quiere la “abdicación de la autonomía del sujeto y la renuncia a su humanidad” (Laberthonnière, 1904: 106).
Este pensamiento idealista griego pregona sólo la fuga del mundo hacia otro mundo, dejando que la experiencia real vivida por los hombres sea dominada por el Destino (Laberthonnière, 1904: 19), por la heimarmene despótica e impersonal griega. La vida del hombre, vivida frente a este Dios que es un mero ideal estático que debe ser contemplado catatónicamente, no es urgida a ninguna respuesta. Abauzit observa (1934: 24) que para Laberthonnière “la afirmación de Dios no es el resultado de una visión sobre-sensible (...) ni es la conclusión de un razonamiento”. Para el idealismo griego, se trata sólo de ver, no de obrar, ya que este ideal estático “es y nada más” (il est, et rien de plus) (Laberthonnière, 1904: 19), es decir, no pide ningún trabajo, ningún acto por parte del hombre, ya que este ideal, este Dios es mero ser que ya es y que no necesita trabajar, acontecer.
Se podría decir, prolongando su lección, que Laberthonnière individúa aquí el enorme error del idealismo griego que ha pensado sólo en el ser y en el devenir, desconociendo absolutamente una tercera realidad, la del ser que propiamente es “acontecer”. El ser es el trabajo de acontecer. Además indica que este pensamiento griego lleva a la negación de la dimensión histórica de la fe cristiana. De hecho, esta concepción del ser que ya es y nada más, afecta la misma concepción de Dios que es pensado por el idealismo griego como exterior al hombre17, fuera de la historia. El hombre, como consecuencia, no puede vivir de este Dios, pues es “un universal que es y que no acontece” (Laberthonnière, 1904: 23).
El esencialismo griego introducido en el pensamiento cristiano puede muy bien pensar en los atributos ontológicos de Dios (Infinito, Todopoderoso, Bien, Acto puro que piensa en sí mismo). Sin embargo, estos atributos ontológicos para Laberthonnière no son mínimamente interesantes, pues son inimputables como actos en la historia. El Dios del idealismo griego es sólo un Dios soberano de un mundo de ideas, un Dios que está ya hecho, que no debe hacer nada más que “permanecer siempre lo que es independientemente de lo que pase en la realidad” (Laberthonnière, 1904: 24). Dios es, así, “totalmente otro”, totalmente extraño y exterior al hombre, pues entre el hombre y Dios hay “una indiferencia completa” (Guerin, 1939: 8).
Para Laberthonnière la causa de esta concepción es la tendencia del pensamiento griego a “fijar lo que por su naturaleza es movimiento” (1904: 24). El hombre viviente, que es movimiento y acción18, es visto sólo en una “fijeza y determinación lógica” (Laberthonnière 1904: 25-26), desinteresándose de la existencia histórica, del porqué los hombres nacen y mueren. Aislado en su contemplación de la idea de Dios, “cada sabio se basta a sí mismo, ignorando cualquier solidaridad con los otros hombres y con los acontecimientos de la historia” (Laberthonnière, 1904: 27-28), contentándose con un dogmatismo abstracto e individualista, pues se trata sólo de “pensar estáticamente” (Laberthonnière, 1904: 28).
Notamos que Laberthonnière está lejos de condenar el pensamiento filosófico-metafísico griego del pueblo, el de los trágicos, de los historiadores, de los estoicos y epicúreos19. Su blanco es el platonismo y el aristotelismo, el idealismo de estas filosofías que superpone su ideal abstracto a la realidad, lo que ha tenido como efecto histórico la incapacidad de crear una “organización social” (Laberthonnière, 1904: 29), pues este idealismo era una mera superposición (superposition) a las tradiciones religiosas y morales del pueblo griego que no tenían nada en común con él.
El resultado es que los sabios filósofos han constituido una “ciudad” infinitamente distinta de la de los artesanos, soldados y esclavos (Laberthonniére, 1904: 30).
El idealismo griego ha sabido sólo “pensar el mundo [las “cosas”] para olvidarse de vivir, encantarse de especulaciones para sustraerse al misterio desgarrador de la existencia y a la responsabilidad que la existencia implica. (...) Ha hecho del tiempo un sueño de la eternidad” (Laberthonnière, 1904: 31). Esta pretensión, sin embargo, no eliminaba la tristeza de la existencia, la fatalidad. Y, si bien los poetas, los estoicos, los epicúreos, los historiadores, los moralistas no se contentaban con este Dios ideal, el platonismo y el aristotelismo dominaron en la historia del pensamiento, olvidando el esfuerzo existencial del que había nacido la misma filosofía (Laberthonnière, 1904: 33-34).
Nos hemos detenido sobre este aspecto del pensamiento de Laberthonnière, pues no sólo es contracorriente aún en nuestros días, sino porque pensamos que es exacto. Desarrollando sus afirmaciones, se podría decir que, de este modo, la nada que es el mundo de las ideas es creído real y la realidad viviente, movediza, flexible, es considerada irrealidad. ¿El origen del nihilismo no está ya en la ontología griega en su abstracta y estática presencia del ser sin ninguna conveniencia con el hombre, de modo que el ser es “nada” para la existencia humana?
2. El Dios cristiano y la onto-teología griega
Si el idealismo griego es meramente un “sistema de ideas fijo e inmóvil” (Laberthonnière, 1904: 38) que acecha desde arriba con su episteme dominadora la realidad en movimiento, para Laberthonnière no puede haber sino contradicción con el cristianismo, o mejor, con Cristo, que “no es un concepto, una idea general, ya que nosotros entramos en relación con él no por una relación lógica” (Laberthonnière, 1904: 39). Es más, Cristo es un acontecimiento en la historia que supera el historicismo positivista. El cristianismo es una historia de actos y en acto, más que una simple enumeración de hechos neutrales que podrían ser fichados por el historicismo positivista. La Escritura, en efecto, es “interpretación de actos” que “deben ser vistos desde adentro, desde el acto vital de donde emanan”, pues la historia sagrada es historia de “la acción misma de Dios” (Laberthonnière, 1904: 46-49). A este propósito, Boisset ha mostrado cómo la lección de Laberthonnière consiste en incluir en la fe la dimensión histórica que era desconocida por una teología tributaria del idealismo griego (Laberthonnière 1977: 305-308). Esta inserción de la fe en la historia que Laberthonnière desea expresar en su obra, para Boisset, se actúa por su arraigo en “una visión bíblica de un Dios personal” (Laberthonnière, 1977: 305), es decir, de un Dios que demuestra su existencia en cuanto actúa.
Esta acción de Dios en la historia es testimoniada en el Génesis donde es evidente que hay “un acto de Dios, un acto positivo por el cual las existencias no derivan de una esencia; ellas no son deducidas, ellas son hechas; y, por eso, la existencia no se explica lógica y estáticamente, sino histórica y dinámicamente” (Laberthonnière, 1904: 53). De este modo, el peligro mortal para la fe cristiana consiste justamente en el hecho de servirse del idealismo griego para definir la naturaleza del acontecimiento cristiano, llegando a hacer coincidir el contenido del anuncio cristiano con doctrinas inmutables, abstractas, estáticas. La imposible relación del idealismo griego con el realismo cristiano estriba justamente en que el ser griego que es estático, ya hecho, concluido, antecedente, patológicamente presupuesto, no puede jamás ser Sujeto que encuentra al hombre en su deseo de salvación. Como afirma justamente Abauzit (1934: 16), para Laberthonnière “el ser es siempre un sujeto”. Es como si Laberthonnière dijera, usando una expresión moderna, que de la onto-teología de un Ente supremo jamás puede engendrarse el acto de un Sujeto. Algo jamás puede ser Alguien y el ser entendido como cosa, como causalidad natural, jamás puede hacer a Alguien capaz de un acto jurídica y económicamente imputable por el hombre, jamás puede ser satisfacción, camino, verdad y vida para el hombre20.
Hendecourt (1947: 5) ha escrito que “el centro del pensamiento de Laberthonnière es el problema del destino”. Destino que, a nuestro parecer, debe ser entendido en Laberthonnière como heimarmene, una necesidad y fatalidad a la cual el hombre y Dios mismo (incluyendo a Cristo) serían sometidos, sin ninguna posibilidad de relación de partnership humana y divinamente razonable. En efecto, es el dios de Aristóteles que no tiene ningún provecho en la relación con los hombres, ya que lo único que le interesa es un “provecho de dominación” (Guerin, 1939: 8).
A este propósito, la apologética de Laberthonnière quiere liberar a Dios y al hombre de su cosificación naturalista, de un Destino-heimarmene mecánicamente prestablecido (ya sea en Dios, ya sea en el hombre), pues la urgencia de Laberthonnière es “una respuesta al problema de la liber tad” (Hendecourt, 1947: 9)21. La apologética de Laberthonnière es la de la cooperación Dios-hombre y de la cooperación del hombre con los demás: “Todo se hace por la cooperación (cooperátion)” (1966: 102; 106)2 . Es una cooperación universal, ya que no se puede decir que para Dios sea suficiente el hombre excluyendo a los demás hombres: “Necesitamos de todos para afirmarnos a nosotros mismos y para afirmar a Dios” (Laberthonnière, 1966: 96)22.
Si se trata más bien de la cooperación Dios-hombre, es evidente para Laberthonnière que el Dios bíblico-cristiano no está ya hecho, inmóvil y que, por tanto, naturalmente no deba trabajar (Aristóteles). El Dios cristiano es capacidad y poder de acción, acto en movimiento, acto y movimiento de su pensamiento, pues el acto remite al pensamiento, lo que se muestra en la creación y en la redención. Para Laberthonnière, el dogmatismo moral que pregona es fruto de “la participación, intervención, colaboración, cooperación (concours) de Dios, de los otros y de nuestra misma acción” (Laberthonnière, 1966: 103). Es un dogmatismo que afirma el ser en el acto imputable. En este sentido escribe que “yo no puedo afirmarme a mí mismo, sin afirmar a Dios y sin afirmar a los otros” (Laberthonnière, 1966: 102). De este modo, el Dios cristiano es un Dios que se hace presente en la historia, que no huye del tiempo y del espacio en una dimensión meramente “sobrenatural” como el dios de la filosofía griega. Es un Dios que puede ser “constatado”, es decir, juzgado, imputado, como viviente en la historia. Dios existe porque actúa. No existe Dios sino en su imputabilidad.
De aquí se origina el realismo cristiano que sería radicalmente distinto del idealismo griego, entendido como una fuga hacia un hiperuranio habitado por Ideas (Platón) o por un Motor inmóvil (Aristóteles). El Dios cristiano es un Dios presente en la historia, no es el Dios abstracto y estático griego, un Dios-idea universal e inmóvil con su dogmatismo abstracto, sobrenatural, separado radicalmente del hombre. El dogmatismo moral de Laberthonnière es el que quiere imputar a Dios por sus actos-comportamientos, no por su esencia, lo que sería un dogmatismo ilusorio23. Es más, el Dios-persona cristiano demuestra en qué sentido es propiamente sobrenatural en cuanto no es un Dios-naturaleza, sino justa mente un Dios-persona que acontece en la historia de los hombres y que, por eso, supera la causalidad natural inimputable. A este propósito, hay que notar que Laberthonnière condena cualquier divinización del mundo característica de los griegos.
Podríamos así decir que la gran intuición de Laberthonnière es afirmar que el Dios cristiano es un Dios jurídico, es decir, que actúa en la historia y, por eso, se hace imputable. Es un Dios que, en Cristo, por ser humano no pierde nada de su sobrenaturalidad: el carácter humano del cristianismo no perjudica su carácter sobrenatural (Laberthonnière, 1904: 103-116). Es más, el hecho que “la revelación divina no consiste en introducir en el espíritu humano una verdad que es exterior y extraña a la realidad viviente que nosotros somos” (Laberthonnière, 1904: 105) manifiesta aún más su sobrenaturalidad. Esto significa que el ser de Dios no es no es cosa, sino sujeto jurídico sobre-natural. Un Dios superpuesto a la historia de los hombres sería inimputable, sería sólo Algo, un Destino que se debe aceptar servilmente con sumisión, Algo que no respondería para nada por sus actos frente a los hombres (Laberthonnière, 1904: 105). Al contrario, la revelación de Cristo consiste justamente en esta imputabilidad de Dios en la historia: en Cristo, Dios se hace imputable, ya que actúa en el presente de la historia y no permanece superpuesto al hombre. Y el hombre no es un ser sumiso a Dios, sino un cooperador en la oeconomia salutis, como afirma san Pablo: “Nosotros somos cooperadores de Dios” (1 Co 3, 9).
En efecto, para Laberthonnière, el servilismo es la otra cara del autoritarismo (Oratoriana, 1972: 222). A este propósito, es muy interesante la observación que hace cuando afirma que no sólo la asunción del idealismo de Aristóteles ha llevado a la desnaturalización de la fe cristiana, sino también la asimilación “del espíritu mahometano que los filósofos árabes habían inculcado a la escolástica” (Oratoriana 1972: 221). Esta observación es interesante porque profetiza una islamización de la fe cristiana, es decir, la sumisión supina a un Dios ontológicamente grande, afirmación que merecería un desarrollo mucho más amplio, lo que no podemos hacer en el espacio de este artículo.
3. La ciudad cristiana de Dios y del hombre
De modo agudo, Laberthonnière afirma que la oposición entre el cristianismo y la filosofía ontológica griega es la oposición entre “dos ciudades” (Laberthonnière, 1904: 99). La ontología griega habla de un “Dios-idea suprema”, de un “Dios-naturaleza” (Dieu-nature) (Laberthonnière, 1904: 65)24, de un “Dios como el de Aristóteles que es cosa absolutamente hecha, terminada, completa, determinada y que, como consecuencia, no actúa, pues no tiene nada que hacer” (Laberthonnière, 1904: 67). Un Dios, por tanto, sobrenatural, absolutus, desligado de cualquier trabajo de partnershp-sociedad con los hombres, en cuanto separado de ellos y de su pensamiento jurídico-económico que imputa a Dios por sus frutos-beneficios. El cristianismo, al contrario, habla de un Dios-persona (Dieu-personne) (Laberthonnière, 1904: 66), es decir, de un Dios que vive y actúa, que es poder actuante, distinto del acto puro estático de Aristóteles. Como afirma Abauzit (1934: 31), para Laberthonnière “el Dios de Platón y Aristóteles es la Idea suprema, inmóvil, en su perfección, inoperante y estático. (...) El Dios bíblico es Dios-persona, un poder de actuar El Dios cristiano es Trinidad, “una sociedad que se engendra ella misma desde adentro (...) acción eterna de una eterna vida y no una idea o una esencia fijada en un eterno reposo” (Laberthonnière, 1904: 69).
De este modo, el hombre no es cosa25, sino persona, a imagen y semejanza del Dios-persona. Para Laberthonnière (1904: 23), el hombre “no es un ser que está cerrado en lo que es”. Es evidente la diferencia entre la antropología ontológica estática del idealismo griego y la antropología cristiana del acontecimiento-hombre. Se podría decir, continuando el pensamiento de Laberthonnière, que el hombre es engendrado no creado, es decir, que el hombre no es una cosa creada con sus leyes físicas predeterminadas de causa-efecto que pueden ser silogísticamente deducidas, sino que, por ser engendrado, es meta-físico, sobre-natural. De aquí que el hombre, por ser meta-físico y sobre-natural (es decir, que no tiene una naturaleza ontológicamente predeterminada por leyes mecánico-físicas), es el único socio-partner adecuado de una Alianza26. Bohm escribe (1997: 350) que Laberthonnière está lejos de querer “reducir lo sobrenatural a lo natural, sino que cree que lo natural está siempre penetrado por la gracia divina”. Se podría especificar mejor diciendo que, para Laberthonnière, lo sobrenatural no se relaciona con el hombre como con algo natural, sino que con alguien que es imagen y semejanza de lo sobrenatural.
A este propósito, se podría decir que, para Laberthonnière, la prueba de la existencia de Dios-persona (no de un Dios-cosa, ni Causa mecánica) es justamente la existencia de los hombres meta-físicos, engendrados no creados-causados27.
En esta antropología meta-física cívica de Laberthonnière, la revelación de Cristo no es meramente una “manifestación exterior y material” (1904: 17) que acontece en un ámbito extraño a Cristo. En efecto, el Verbo inpropria venit, “vino entre los suyos” (Jn 1,11). Decir esto significa afirmar que lo sobrenatural cristiano no es extrínseco al hombre metafísico, que la revelación no es mera exterioridad, cosa que está ahí ya hecha. Sin embargo, hay que notar que jamás Laberthonnière ha reducido el carácter exterior de la revelación ni ha reducido ésta a una toma de conciencia gnóstica y modernista de la religiosidad ya presente en el hombre.
Siendo que los hombres no son esencias que derivan y emanan lógicamente de la esencia de Dios, la relación hombre-Dios es moral, es comportamiento (sentido etimológico de mos-moris), no es “mera sumisión de la inteligencia sino conversión integral del ser” (Laberthonnière, 1904: 22). Es amor, es la “metafísica de la caridad” que es el tema que Laberthonnière desarrolló en las Conférence de Notre Dame entre los años 1925-1927 (Laberthonnière, 1966: 10; Hendecourt, 1947: 9). Para él, la metafísica es una relación que no se da entre objetos-naturalezas físicas- cosas, sino entre sujetos28, pues “el ser no es una cosa, un objeto. Los otros son sujetos, como yo soy sujeto” (Abauzit, 1934: 25-26).
En este sentido, los hombres no pueden relacionarse con Dios con una lógica aristotélico-deductiva (la de una causa-efecto naturalista- física), sino viviendo esta relación que es siempre acontecimiento, amor (Laberthonnière, 1904: 71). Abauzit (1934: 30) afirma de modo muy pertinente que para Laberthonnière “Dios no viene una vez por todas, en un momento dado, por una idea que entra en el espíritu. Él viene sin cesar”, es decir, es acontecimiento. Dios es “Quien es”, “acción suprema” (Laberthonnière, 1904: 73), según la lectura que él hace de Ex 3, 14, es decir, de la revelación del nombre de Dios a Moisés. No es un Dios “inerte más arriba del movimiento y de la vida” (Laberthonnière, 1904: 73).
A este propósito, se podría así decir que Laberthonnière contesta a la idea de la analogia entis de la escolástica decadente, la cual “partiendo de las cosas, de los efectos, pretende llegar a la Causa suprema que es Dios por un razonamiento silogístico” (Guerin, 1939: 28). De las cosas no se llega a Alguien, se llega a lo máximo a Algo, a una Causa predeterminada, a un “Destino” que decide mecánicamente lo que debe ser causado. Para Laberthonnière, el hombre (y no las cosas, los entes naturales) es la analogía conveniente para conocer a Dios como Alguien, Persona, ya que el hombre es imagen y semejanza de Dios, es decir, alguien, no algo. Para él, “el hombre es el camino de la Iglesia”, como dirá la encíclica Redemptor hominis (Juan Pablo II, 1979: n. 14).
Para Laberthonnière, a diferencia del idealismo griego que conoce a Dios sub specie aeternitatis, el cristiano conoce a Dios sub specie temporis, cívicamente, en una coopemción-partnership. Esto no disminuye en nada su eternidad, pues su eternidad no es una especie de reloj roto, detenido, no es un “tiempo detenido donde no habría ya vida (...) pues Él es el máximo de la vida” (Laberthonnière, 1904: 74) y la eternidad no está fuera del tiempo sino en el tiempo.
Esto significa que no fuimos arrancados del pecado y del error por medio de una dialéctica que construye un mundo inteligible donde refugiarnos temporáneamente en un éxtasis catatónico, sino por la obra cívica de Cristo y por la fe en él (Laberthonnière, 1904: 98).
4. La contemporaneidad de Cristo y los métodos histórico críticos
A Laberthonnière interesa sobre todo la contemporaneidad cívica del hombre con Cristo que es Dios que se hace imputable por su pensamiento y actos en la historia. Surge entonces la pregunta de cómo vivir en el presente la pretensión de Cristo de ser juzgado por sus actos-obras, uno de los grandes temas del evangelio de Juan. De hecho, si Dios no fuera persona (pensamiento y voluntad), para los hombres no quedaría sino la imposible relación con una necesidad, con un Destino como para el idealismo griego.
Aquí se injertan las reflexiones de Laberthonnière (1904: 90) sobre la Iglesia que “vive por la presencia real y viviente de Cristo en ella”. Significativas, ortodoxas y anticipadoras del Vaticano II son las afirmaciones de Laberthonnière sobre la Iglesia contendidas en esta obra29. Al mismo tiempo que afirma decididamente que “adherimos a Cristo por él mismo” (Laberthonnière, 1904: 148), es decir, que la Iglesia no sustituye a Cristo, para él la Iglesia es “cuerpo místico” de Cristo, “comunión” (Laberthonnière, 1904: 90. 167) que no se puede separar de Cristo, pues de otra forma no se entendería su ministerio sacramental y su autoridad directora (Laberthonnière, 1904: 167-168). Laberthonnière (1904: 138) habla de “la Iglesia por la cual Cristo viene a nosotros y nosotros vamos hacia él, por la cual ligamos nuestra vida a su vida” y dice que “no se recibe ni se acoge la verdad de Cristo más que por el testimonio viviente de la Iglesia” (Laberthonnière, 1904: 148). Iglesia que “hace una sola cosa con Cristo siempre viviente” (Laberthonnière, 1904: 151). Por eso, “en la Iglesia y por la Iglesia, Cristo es por nosotros medio de salvación” (Laberthonnière, 1904: 163) y “a través de la realidad de la Iglesia, es la realidad de Cristo que es continuada y que se continua en la tierra” (Laberthonnière, 1904: 167).
Dicho esto, Laberthonnière puede así contraponer la Iglesia en que Cristo continúa vivo, presente, a la “Iglesia de la ciencia” con sus métodos historiográficos, a la iglesia que él llama “científica” fuera de la cual, y lo afirma con tono irónico “no habría salvación” (Laberthonnière, 1904: 142), a la iglesia clerical compuesta por los eruditos historiadores positivistas que tendrían en las manos -ellos solos- los instrumentos para conocer a Cristo (Laberthonnière, 1904: 152). Pretensión bien estúpida necia, dice Laberthonnière, pues la humanidad para creer en Cristo no ha esperado el desarrollo de los métodos históricos y filológicos que pretenden demostrar la existencia de Cristo y autentificar los textos (Laberthonnière, 1904: 152). Sin embargo, hay que notar que él no condena en absoluto un sano espíritu crítico, no tiene miedo de éste: “Bien lejos de que el Evangelio y la Iglesia se disuelven al fuego de la crítica, como por una parte se pretende hacer y por otra parte se tiene miedo (...) ella puede, al contrario, poner en luz su verdadero carácter y vitalidad” (Oratoriana, 1972: 183).
La Tradición eclesial, lejos de ser pensada como algo estático que se transmite en los siglos como “letra muerta”, es una “vida” (Laberthonnière, 1904: 77. 172-173), es el acto mismo de Dios y, por eso, debe ser vivida orgánicamente trabajando con este pensamiento y acto de Dios que se ha revelado en Cristo30. Es como si Laberthonnière dijera que toda Tradición debe ser recibida por el cristiano con beneficio de inventario, no de modo mecánico, sino viviente, por un conocimiento subjetivo y personal que permite “reconocer a Dios en el movimiento mismo de su vida” (Laberthonnière, 1904: 115), pues la verdad de Cristo es una “verdad orgánica y la fe es un crecimiento en el conocimiento de Dios, lejos de cualquier dogmatismo abstracto y rígido” (Laberthonnière, 1904: 115) constituido por una verdad ya hecha, típico del idealismo griego que pretende responder con ideas artificiales a los problemas reales del hom bre. En fin, para Laberthonnière se necesita un dogmatismo viviente y flexible, pues la fe es igual a la relación con “un amigo que se conoce cada día más” (Laberthonnière, 1904: 96).
Contrariamente a lo que escribe Bohm (1997: 350) para el cual Laberthonnière “reduce todo a la acción, ya que su preocupación es la vida concreta de la acción”, él está lejos de disminuir la importancia del pensamiento en la dinámica de la fe que es más bien un “realismo dinámico” (Laberthonnière, 1904: 101-102). Varias son las afirmaciones a este respecto: “Con la ayuda de la revelación, de la tradición, de la autoridad es necesario pensar personalmente” (Laberthonnière, 1904: 109-110); “Para vivir humana y religiosamente hay que pensar. (...) En lo ya hecho se debe buscar lo que se debe hacer, y en lo ya pensado lo que se debe pensar: es una lógica viviente” (Laberthonnière, 1904: 93), pues “hay que proporcionar un punto de aplicación a la invisible eficacia de la acción redentora” (Laberthonnière, 1904: 110). De este modo, las definiciones dogmáticas, lejos de pretender agotar el contenido y el objeto de la fe en conceptos ya hechos, son “direcciones que ellas dan y no cadenas que ellas imponen” (Laberthonnière, 1904: 94), pues la fe cristiana consiste en “la afirmación de un ser en quien se confía” (Laberthonnière, 1904: 95).
A este propósito, Laberthonnière, en el capítulo sexto (Laberthonnière, 1904: 117-153), muestra la insuficiencia del método histórico- crítico tal como había sido desarrollado por el protestantismo liberal de los siglos XVIII y XIX. Para él, “saber que Cristo ha existido no significa creer en él” (Laberthonnière, 1904: 120). Agudamente ataca el método histórico-crítico de esta teología, ya que pretende encontrar el origen de la fe en una reconstrucción histórica exhaustiva de la figura de Cristo, es decir, estudiando a Cristo como se estudia a Alejandro Magno o a Julio Cesar, como un hecho del pasado (Laberthonnière, 1904: 119.124). De esta forma, este supuesto método histórico-crítico no sólo termina en contradicciones entre sí (Laberthonnière, 1904: 133), sino que elimina a Cristo antes de estudiarlo, pues lo echa y recluye en un pasado lejano. Dos años más tarde, en 1906, Schweitzer (1990), en su famoso Historia de la investigación sobre la vida de Jesús, había llegado a la misma conclusión, de que era imposible reconstruir históricamente la figura de Cristo.
Al contrario, la pretensión de Cristo es justamente la de no ser un hecho del pasado que se alcanza a través de una erudición supuestamente neutral, sino una realidad presente: “En la enseñanza de la Iglesia, Cristo no se ofrece como un hecho del pasado (...) sino como una realidad presente” (Laberthonnière, 1904: 122-123). Presencia que hace vivir al hombre, pues es conveniente, correspondiente a su deseo: “Es viviendo y no simplemente haciendo historia o crítica que se acoge la verdad de Cristo” (Laberthonnière, 1904: 157). A este respecto, Laberthonnière (1977: 93) se opuso a Lebreton para el cual “el dogma no corresponde a nada de lo que nosotros somos y de lo que experimentamos” como si fuera un “bloque caído del cielo” (1977: 83). La apologética de Laberthonnière quiere mostrar, al contrario, la conveniencia y correspondencia de la revelación de Cristo a lo que es el hombre, a sus urgencias existenciales. En este sentido, se opuso a una concepción deductivista, extrinsecista, lógica, mecánica de la revelación que viene desde afuera, desde arriba, sin ninguna relación con el hombre, como un bloque de nociones que el hombre debería sólo acatar sin poder entender su razonabilidad existencial, como “un bloque nocional de verdades que se imponen al nosotros sin poder ser la verdad de nosotros” (Laberthonnière, 1977: 174).
Esto no significa que, para Laberthonnière, no sea necesaria la investigación histórica en la fe cristiana (1904: 155-190). Por eso, elogia a Bossuet, creyente e historiador, que ha sabido encontrar en el cristianismo la verdad vital que Cristo es para nosotros (Laberthonnière, 1904: 131). En efecto, menospreciar la historia significaría desconocer el realismo cristiano y no reconocer que Dios en Cristo se hizo y se hace presente, imputable en la historia. Significaría no reconocer que el Evangelio es el testimonio histórico de los apóstoles acerca de la verdad de Cristo, verdad que es una sola cosa con su realidad histórica (Laberthonnière, 1904: 159. 165).
Así, por un lado, el acontecimiento cristiano es mucho más que una historia que se puede poner en fichas y archivarla, es un acontecimiento que huye de una mirada meramente historiográfica-positivista que quiere reducir lo viviente a lo abstracto, a lo ya sabido por una camarilla de eruditos que representarían “una especie de academia de mandarinos” (La- berthonniere, 1904: 132) que repiten una vez más los contenidos abstractos del idealismo griego. Para Laberthonnière, como escribe en una carta de 1904, entre estos “mandarinos” historicistas están “el padre Lagrange y Mons. Batiffol que tienen realmente la pretensión de que les basta la exégesis y la teología positiva” (Poulat, 1974: 500). Juicio que nos parece injusto.
Por otro lado, hay “una historia propiamente dicha de Cristo y de sus discípulos” (Laberthonnière, 1904: 160) de la cual se puede reconocer su carácter histórico. Por eso, la fe puede utilizar la “historia” con provecho, ya sea para reconocer la realidad histórica de Cristo en su existencia terrenal, ya sea para que “su verdad sea considerada en los testimonios que la han expresado” (Laberthonnière, 1904: 162). Cristo tiene en los hombres que él encuentra “una acción interior y exterior” (Laberthonnière, 1904: 163) y el único método adecuado para conocer a Cristo como hecho histórico, como verdad para el hombre y no como mito o fábula puede sólo ser éste: “Es aprendiendo a creer en él, a causa de lo que él es [en el presente] que nosotros aprendemos y creemos lo que él ha sido [en el pasado] (Laberthonnière, 1904: 164).
A este propósito, el protestantismo se ha equivocado porque ha pensado el contenido de la fe cristiana testimoniado en la Escritura como algo “inmóvil”, como un bloc de granit, un “bloque de granito” (Laberthonnière, 1904: 178), terminando en una creencia supersticiosa en los textos de la Biblia considerados como “oráculos que cada uno no tiene más que consultar para recibir la respuesta que esperaba” (Laberthonnière, 1904: 178-179). El éxito de esta concepción es que el acontecimiento cristiano se ha disuelto en una “nebulosa evanescente (...) pues como acontece a un cuerpo del que se retira el alma, así el contenido del cristianismo se ha disuelto para ellos” (Laberthonnière, 1904: 179). Y se ha disuelto justamente porque se ha hecho de este contenido “una especie de absoluto caído del cielo, una cosa completa y acabada, lo divino sin lo humano” (Laberthonnière, 1904: 180), un sobrenatural que no tiene relación viva con el hombre. De este modo, para Laberthonnière, el protestantismo no es sino una consecuencia del idealismo griego.
Sin embargo, del mismo modo que el protestantismo, los “tradicionalistas” con su dogmatismo rígido “no quieren descender en el terreno de la historia y de la crítica” (Laberthonnière, 1904: 181), pues piensan que el contenido de la fe cristiana es un “bloque” de piedra y “no un organismo que se comporta como un organismo” (Laberthonnière, 1904: 183). Ambos, protestantismo y tradicionalismo, sólo saben hacer síntesis rígidas, mientras “la síntesis real se muestra flexible (souple) y es por la flexibilidad y no por la rigidez que la fe es resistente y conquistadora” (Laberthonnière, 1904: 184).
5. El pensamiento de Cristo
Para Laberthonnière, Cristo no ha pretendido ser un “teólogo” (Laberthonnière, 1904: 199), no ha venido para hacer un discurso o dictar un libro que se habría registrado de modo estenográfico (Laberthonnière, 1904: 185). Cristo no ha pretendido comunicar una verdad que debe ser recibida por los hombres “ya hecha y ya formulada” (Laberthonnière, 1904: 187).
El acontecimiento de Cristo es histórico, lo que implica que es también una doctrina, es decir, un pensamiento: es una “doctrina concreta” (Laberthonnière, 1904: 39) que nos da cuenta “de las condiciones de nuestra existencia, de lo que somos y de lo que debemos hacer” (Laberthonnière, 1904: 40).
Es un pensamiento original que contiene una metafísica31. Para Laberthonnière, la metafísica del Evangelio y del Nuevo Testamento es “una interpretación directa de Cristo mismo captada en su realidad y en sus manifestaciones temporales, para descubrir por él la presencia y la acción en nosotros de un Dios Padre” (Laberthonnière, 1904: 56). En una carta escribe: “Para mí, Cristo es el eje (pivot) de una metafísica que no se superpone (superpose), sino que sustituye a todo lo que se ha llamado filosofía” (Hendecourt, 1947: 12). Es evidente que esta “filosofía” es la platónico-aristotélica que ha continuado dominando en la historia del pensamiento. De hecho, para los apóstoles y evangelistas, Cristo “no era un simple hecho histórico que ellos constataban y reporteaban, sino el principio y el alimento de una fe por la cual han vivido y han muerto” (La- berthonniere, 1904: 58). De este modo, “no se puede establecer científicamente su testimonio” (Laberthonnière, 1904: 58) y Cristo no puede ser reducido a objeto de mera certeza histórica, pues es “una realidad que se vuelve objeto de fe, es decir, una realidad sobre la cual nos apoyamos para vivir. (...) Cristo no es solamente un hecho exterior a nosotros que se produce en el pasado. (...) Si nos adherimos a Cristo no es por simple constatación empírica, sino porque reconocemos que nuestro ser hunde sus raíces en él” (Laberthonnière, 1904: 60).
En el último capítulo de El realismo cristiano y el idealismo griego, Laberthonnière habla del “pensamiento de Cristo” en contra de aquellos que piensan que, siendo el dogma inmutable, también Cristo habría tenido como un dispositivo mecánico-ontológico-dogmático que lo deslegitimaría de pensar en la verdad de su persona y de su misión, en la verdad que Él era y es para los hombres, pues de esta verdad Él habría tenido sólo un “sentimiento vago y mal definido” (Laberthonnière, 1904: 196).
Si Cristo no fuera un pensador que pensaba con su razón en la verdad de su persona, que era definida en relación con el Padre y el Espíritu, si Cristo no fuera un pensador que viviendo y muriendo no conocía la verdad que él era y es para nosotros, él no habría sido nuestro “Mediador y Redentor”, habría sido sólo una “victima inconsciente y, en consecuen cia, estéril” (Laberthonnière, 1904: 196). Nótese esta observación de Laberthonnière: si Cristo no tuviera un pensamiento sano, si fuera patológicamente víctima inconsciente, sin un pensamiento propio, su redención sería estéril. Es la acusación moderna hecha al pensamiento de Cristo de ser psicopatológico32. Al contrario, para Laberthonnière sólo si Cristo tiene un pensamiento sano, es decir, imputable, puede salvar. Cristo salva al hombre porque es sano, pues nadie quiere ser salvado por un demente. Salud y salvación vienen así a coincidir para el hombre que, por Cristo, es sano y salvo. En efecto, “Cristo no ha sufrido un destino más fuerte que él” (Laberthonnière, 1904: 196) y, por eso, su agonía y pasión es “esencialmente un acto de amor” (Laberthonnière, 1904: 197). De este modo, su pasión es la acción suprema de Cristo que, habiéndose hecho solidario con la humanidad, ha hecho a la humanidad solidaria con él y la ha lleva do de modo libre y voluntario a su Padre (1904: 198).
En este sentido, es equivocado decir que Laberthonnière “quiere pensar religiosamente, religiosear (religioser) su pensamiento” (Guerin, 1939: 29) como si Cristo pensara en Dios y no en el Padre y según su pensamiento. Esto significaría adscribirlo al modernismo, al religiosismo modernista. Al contrario, el pensamiento de Laberthonnière es, fiel al pensamiento de Cristo, pensamiento patrologico, pensamiento del Padre. En este sentido, tampoco es un pensamiento teológico.
En este punto se injerta la reflexión de Laberthonnière sobre la relación Cristo-dogma. No siendo un “teólogo”, Cristo “no ha querido hacer una teoría de sí mismo” (Laberthonnière, 1904: 199), no ha querido fijar para siempre su pensamiento en un lenguaje ya hecho, dogmáticamente concluido y frente al cual no quedaría nada por comprender o decir. Cristo no ha querido sustituirse a los hombres, pues de este modo su pensamiento, verdad y vida, serían una teoría sobrenatural griega y Él terminaría siendo “extraño y exterior” al hombre (Laberthonnière, 1904: 200). Para Laberthonnière, si Cristo se ha acomodado a los hombres, si ha hablado el lenguaje de los hombres que ellos podían entender, no lo ha hecho para fingir, pues de este modo su humanidad sería una mera apariencia. Esto sería el docetismo que se imagina a Cristo como un matemático o un filósofo que habla a gente ignorante con su lenguaje especializado (Laberthonnière, 1904: 201). Al contrario, Cristo se ha hecho realmente hombre, se ha realmente introducido en su ambiente para vivir y actuar en él: esto es el “milagro de la caridad” de Cristo (Laberthonnière, 1904: 201-202).
A este propósito, Laberthonnière comenta espléndidamente el himno cristológico de la Carta a los Filipenses: “Permaneciendo en lo que era en sí mismo, se ha mezclado con los hombres, ha compartido realmente su suerte, ha trabajado con ellos, ha sufrido con ellos, ha tenido hambre y sed. (...) La caridad ha hecho en él, en Cristo, la síntesis de lo divino y de lo humano, excepto en el pecado” (Laberthonnière, 1904: 203). Bien lejos del dios del idealismo griego que no necesita trabajar puesto que “ya es y nada más”, el Dios cristiano trabaja con los hombres. Su naturaleza es el trabajo, no la aristotélica contemplación de sí mismo.
Para Laberthonnière no se puede pensar en Cristo y en la misma Iglesia, que es Cristo que continua en la historia, con las categorías del idealismo griego. No se puede “transformar en especulación abstracta la solución de un problema vital” (Laberthonnière, 1904: 203). Este “problema vital” es como el fil rouge, el contenido específico de esta obra de Laberthonnière que pone en guardia a los cristianos para que no reduzcan la respuesta que es la persona de Cristo, su pensamiento y obras, respuesta al problema vital de la existencia humana, a una explicación dogmática concluida, ya hecha, presupuesta y dada por descontada.
Esta especulación abstracta repetiría la del idealismo griego y serviría sólo para tranquilizar y anestesiar clericalmente a los cristianos, sin urgirlos a la necesidad de un trabajo de partnership, de sociedad con Cristo. En efecto, “Cristo ha venido justamente para fundar una vida y, por eso, una sociedad” (Laberthonnière, 1904: 185). Para Laberthonnière, “cuando el hombre le dice ‘sí’, formamos con Dios una sociedad, una unión, en lugar de absorbernos en Él como si nosotros fuésemos una esencia que vuelve a una Esencia” (Oratoriana 1972: 192). Abauzit (1934: 21) sintetiza de este modo este pensamiento de Laberthonnière: “No se trata de una absorción que suprimiría nuestra personalidad, se trata de una comunión”. Sociedad no de esclavos sumisos a una especulación “sobrenatural” y ajena a la existencia humana, sino una unión, una comunión de socios, amigos del pensamiento de Cristo para los cuales es realidad la frase de san Pablo citada por Laberthonnière: Mihi vivere Christus est33. Infinita es aquí la distancia con el idealismo griego para el cual sólo los esclavos trabajan en la polis, siendo así meros instrumentos, cosas (Laberthonnière, 1904: 195)34. El pensamiento de Cristo afirma, al contrario, que “mi Padre trabaja siempre y yo también” (Jn 5, 17). Este trabajo es propiamente el trabajo no sólo al interior de la Trinidad, sino el de partnership con el hombre. De este modo, “entre Dios y el hombre no existe ni la trascendencia que pone el primero fuera del alcance del segundo, ni la separación” (Guerin, 1939: 15-16)35.
Para Laberthonnière, en los tiempos modernos en que muchos crucifican a Cristo, hay otros, los cristianos, que están preocupados únicamente de poner a Cristo “en una tumba con sus fajas rígidas” (La- berthonniere, 1904: 214), las fajas de los dogmas idealistas de influencia griega que permitirían mirar las peripecias de una batalla desde afuera y desde lo alto, sin tomar parte en ella para no arriesgar una tranquila seguridad dogmática.
Conclusión
Laberthonnière, de algún modo, retoma la cuestión puesta por Tertuliano (2001: 165-169) a los cristianos de su tiempo36: “Desdichado Aristóteles, que les ha enseñado la dialéctica, maestra en el arte de construir y destruir, astuta en las proposiciones, forzada en las conjeturas, firme en las argumentaciones, obradora de disputas. (...) ¿Qué tiene, por tanto, en común Atenas y Jerusalén (Quid ergo Athenis et Hierosolymis)? ¿Qué tienen en común la Academia y la Iglesia? ¿Qué tienen en común los herejes y los cristianos? Nuestra doctrina viene del pórtico de Salomón que, también él, había enseñado que el Señor ha de ser buscado con simplicidad de corazón. Allá se las vean los que han inventado un cristianismo estoico, platónico, dialéctico”. Tertuliano, en este famoso texto, pone en cuestión la validez de “pensar en griego” los contenidos del pensamiento hebreo de Cristo. Superficialmente se ha reprochado a Tertuliano el sostener la no razonabilidad de la fe. Nos parece que, al contrario, Tertuliano afirma la razonabilidad intrínseca del pensamiento hebreo de Cristo (engendrado en “Jerusalén”) que no necesita de argumentos griegos para dar razones de la fe cristiana. Es decir, para Tertuliano la fe que proviene del pensamiento hebreo de Cristo es intrínsecamente razonable, tiene razones, sin necesidad de recurrir a la razón griega37.
Estas preguntas y cuestionamientos hechos por Tertuliano han sido proseguidos, de algún modo, por Laberthonnière en El realismo cristiano y el idealismo griego, preguntas y cuestionamientos que la teología actual podría valorar, pues pueden ser fecundas de un pensamiento teológico que resultaría nuevo justamente porque es al mismo tiempo fiel al de Cristo. La fe cristiana que vive del pensamiento hebreo de Cristo, ¿no es un pensamiento razonable en sí? ¿Es necesario recurrir, para mostrar la razonabilidad de la fe, al aporte de la razón que sería propiedad exclusiva del idealismo griego de Platón y, sobre todo, de Aristóteles? ¿La fe no tiene razón? ¿El pensamiento hebreo de Cristo es sólo una fe religiosa (en el Padre) que no posee intrínsecamente razones? ¿El cristicidio actuado en ámbito cristiano, no ha consistido y no consiste justamente en menospreciar el pensamiento hebreo de Cristo? Si el cristiano posee, como afirma san Pablo, el pensamiento de Cristo, este pensamiento es hebreo, no es ontológico griego, para el cual el árbol se conoce por el árbol, por su esencia oculta. En efecto, el pensamiento hebreo y de Cristo es jurídico-económico38: el árbol se conoce-imputa (dimensión “jurídi ca”) por los frutos-beneficios-provechos (dimensión económica). Enton ces, ¿de dónde la necesidad de recurrir para la inteligencia de la fe a las categorías estático-ontológicas del pensamiento idealista griego?
La originalidad de Laberthonnière consiste en haber entendido la oposición del pensamiento filosófico griego con el pensamiento cristiano y de haber mostrado además las consecuencias para la fe de esta asunción acrítica-fideista, diríamos docetista39. Habría tenido que subrayar más que este pensamiento cristiano, que es el pensamiento de Cristo, es justamente antitético al pensamiento ontológico-esencialista griego en cuanto es pensamiento hebreo (bíblico), es decir, “jurídico-económico”, pensamiento de una oeconomia salutis universal, engendrada por el pensamiento de Cristo y del Padre imputable por sus “frutos”, por sus “actos”.
A este propósito, retomar el pensamiento hebreo de Cristo como principio hermenéutico definitivo significaría para la teología actual evitar cualquier marcionismo, cualquier separación entre Antiguo y Nuevo Tes tamento que puede estar siempre latente. Significaría, por ejemplo, reco nocer (aunque parezca un dato obvio) que el Dios de Jesucristo no es un genérico Dios religioso-ontológico, sino es el Dios de la Alianza con Israel, un Dios bíblico, un Dios que es Dios porque es Padre, no en cuanto dotado a priori de atributos ontológicos. Además, nutrirse del pensamiento hebreo de Cristo implicaría para la teología actual constituirse como una teología hebreo-católica40. Más radicalmente, la teología actual podría volver a re-pensar sus contenidos con un pensamiento “jurídico-económico” que es el de Cristo, el de la imputación de los frutos, no de esencias ontológicas que son inimputables. Esto no lleva de ningún modo a rechazar la ontología de los contenidos teológicos, sino más bien a encontrar esta ontología en un pensamiento “jurídico- económico”, el de la oeconomia salutis Trinitaria. Oeconomia que es la misma de Cristo que, en cuanto heredero, revela este pensamiento patrimonial a los cristianos, según la definitiva expresión de san Pablo: “Y si hijos, también herederos, herederos de Dios, y coherederos de Cristo” (Ro 8, 17). El pensamiento teológico y de la fe de todo cristiano sería así un pensamiento de hijos-herederos y no sucumbiría bajo una epi-steme griega entendida como un conocimiento que se impone desde lo alto. De este modo, las enormes y, a nuestro parecer, insuperables dificultades que implica para la teología y la fe cristiana una asunción acrítica del pensamiento ontológico-ontologista griego (entre otras: la relación Eternidad-tiempo, Infinito-finito, Sobrenatural-natural, Gracia-libertad) encontrarían en la retoma del pensamiento hebreo-jurídico-económico de Cristo una solución mucho más simple, católica, es decir, adecuada al pensamiento laicamente sano de cualquier hombre.
Volver a leer de manera cordial la lección contenida en El realismo cristiano y el idealismo griego puede hacer entrever atisbos de esta originalidad del pensamiento hebreo de Cristo que, sin despreciar el idealismo griego es, sin embargo, otra raza de pensamiento. De hecho, Laberthonnière escribe que los Evangelios son un testimonio de la fe que no ha sido formulado en abstracto, sino en una sociedad, la hebrea, que “este testimonio ha nacido de ésta y en ésta” (Oratoriana, 1972: 183-184). Sintetizando el pensamiento de Laberthonnière, Abauzit (1934: 17) ha afirmado: “El Dios del Evangelio no es el Dios de Platón o de Aristóteles”. Laberthonnière habría bien podido poner como lema de esta obra la frase de Cristo: Unaquaeque enim arbor defructu suo cognoscitur, “cada árbol se conoce por los frutos”. Unaquaeque: cada raza de pensamiento tiene sus frutos que son propios, originales. Por sus frutos-beneficios-provechos- ganancias producidas en la historia se puede conocer, es decir, imputar, juzgar cada pensamiento. Laberthonnière, en El realismo cristiano y el idealismo griego, muestra que los frutos del pensamiento de Cristo son sanos, reales (el “realismo cristiano”), buenos, humanamente razonables, convenientes para el hombre. El reverso de esta cuestión constituye la necesidad de preguntarse si los frutos del idealismo griego son igualmente sanos y buenos para la producción de una oeconomia salutis que sea conveniente para el hombre41.
Frente al Dios inimputable del idealismo griego, que se hace fuerte por sus atributos ontológicos presupuestos y que no necesita validar en la historia, el Dios cristiano se propone en Cristo como imputable en la historia, mostrando la validez de sus atributos ontológicos en los frutos de la construcción de la civitas Dei que es engendrada en cooperación con los hombres, socios de trabajo, no esclavos sumisos de un idealismo griego (e islámico) falsamente sobrenatural.
Referencias
-Abauzit, F. (1934). La pensée du Pere Laberthonnière. Revue de théologie et philosophie (90), 5-33.
-Balthasar von H.U. (1981). El complejo antirromano: integración del papado en la Iglesia universal. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos.
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Notas
Notas de autor