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Trabajadores del campo y familias de la tierra. Instantáneas de la desagrarización

Countryside workers and land families: the decline of agriculture in rural society at a glance

Luis Camarero
Universidad Nacional de Educación a Distancia, Eslovenia

Trabajadores del campo y familias de la tierra. Instantáneas de la desagrarización

Ager. Revista de Estudios sobre Despoblación y Desarrollo Rural, núm. 23, pp. 163-195, 2017

Centro de Estudios sobre la Despoblación y Desarrollo de Áreas Rurales

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Recepción: 04 Diciembre 2016

Aprobación: 22 Febrero 2017

Resumen: Durante el siglo XX las áreas rurales han experimentado importantes transformaciones socioeconómicas. El proceso de configuración de economías urbanas primero y de economías globalizadas después ha modificado sustantivamente el papel que las poblaciones rurales tienen en el seno de la sociedad global así como las formas de subsistencia de dichas poblaciones. El proceso dual de desagrarización del campo e industrialización agraria se interpreta dentro de la lógica de división regional del trabajo que impo- nen las cadenas globales de valor. En este contexto de economía-mundo se analiza el proceso de continua adaptación de las poblaciones y economías rurales. Mediante el seguimiento de series temporales demográ- ficas, migratorias, y ocupacionales se exploran los cambios en las estructuras productivas y sociales de España desde la segunda mitad del siglo XX. Se concluye mostrando una estrecha vinculación entre orien- taciones productivas y composición sociodemográfica.

Palabras clave: Globalización agroalimentaria, reestructuración rural, desagrarización.

Abstract: During the twentieth century rural areas have experienced important socioeconomic changes. The role that rural populations play in global society and their subsistence practices have been deeply modified by urbanization and globalization. The decline of agriculture in rural society and the indus- trialization of agriculture are parts of a process that is interpreted in terms of the regional division of labour imposed by global value chains. It is in this theoretical framework that the article analyses the adaptation of rural populations and economies. Changes in the productive and social structures of rural Spain during the second half of the twentieth century are explored through an analysis of demographic, migration and occupational time series. The conclusions highlight the existence of close ties between productive orienta- tion and socio-demographic composition.

Keywords: Agro-food globalization, rural restructuring, rural diversification.

La desagrarización significa la pérdida de centralidad que la actividad agraria ha tenido como base económica de las sociedades y hace referencia especialmente la disolución del papel director que ha tenido para la organización de la vida rural y en la configuración de las estructuras sociales de dichas áreas. Su explicación ha estado vinculada a la idea de declive rural y progreso urbano. Sin embargo, aunque es cierto que de forma continuada se ha venido reduciendo la contribución del PIB agrario al conjunto de la riqueza y ha venido descendiendo tanto la población rural como la agraria, ello no ha implicado, ni mucho menos, una reducción de la producción agro- pecuaria. Al contrario, durante el periodo de la desagrarización se ha experimentado una mejora de la productividad agropecuaria. Esta paradoja, desagrarización con aumento de la productividad, es la que este texto quiere indagar.

En cierta medida podemos considerar la desagrarización no como declive, sino como reajuste. Es decir la pérdida global de peso económico y social de la agricultura no es producto de ningún proceso de marginalización rural. La idea que exploramos es que el proceso de desagrarización es resultado de la reestructuración de los siste- mas económicos, pero nuestra interpretación va más allá de la tesis del “ajuste estruc- tural” (Arnalte, 2006) e implica la conexión de la actividad agraria en el seno de cadenas largas y transnacionales de valor.

Mediante el seguimiento de datos de series históricas referidas al caso español para la segunda mitad del siglo XX se relaciona el proceso de ajuste estructural de la economía española con el proceso de conformación del objeto-mundo de las cadenas de valor agrario. Los objeto-mundo son sistemas dinámicos unitarios a escala plane-taria que actúan tanto como motores como transmisores de la globalización (Navarro, 2016). Las cadenas de valor agroalimentario son un tipo de objeto-mundo, un sistema que articula las relaciones de producción y de consumo de ciertos productos a nivel global. (Bonanno et al., 1994) y cuyo funcionamiento está embebido en la estructura social. Si hoy admitimos que el resultado de la transformación y cambio rural ha sido su integración global, ¿no deberíamos interpretar dichos cambios en relación con el funcionamiento de los nuevos objetos-mundo?

El texto comienza con un recorrido por la desagrarización para avanzar en la incorporación de la agricultura española en el seno de las cadenas globales de valor y en el efecto que han tenido sobre la desagrarización y sobre la transición rural (Baptista y Arnalte, 2008) o la nueva articulación de las poblaciones rurales con los usos territoriales. Esta transformación solo es posible en un contexto de creciente des- familiarización de las unidades productivas y de movilidad de las poblaciones como elementos que soportan las nuevas formas socioproductivas adaptadas al territorio. Apreciará el lector que se propone una lectura de cuestiones clásicas del proceso de desagrarización desde una perspectiva global.

Despoblación y Desagrarización

Durante los años 50 del siglo pasado la población rural de España toca techo y alcanza las mayores densidades demográficas conocidas1. A partir de ese momento se acelera la secular emigración rural cuyo volumen superará ampliamente al creci- miento vegetativo. El resultado será un descenso drástico en el tamaño de las pobla- ciones rurales. Posteriormente la caída de la fecundidad ampliará aún más la pérdida demográfica de las áreas rurales. Durante la segunda década del siglo XX la densidad demográfica de las áreas rurales se reduce en un 40%. A principios del siglo XXI, el territorio considerado rural –que supone alrededor de las tres cuartas partes de la superficie- tiene una densidad netamente inferior a 20 habitantes por kilómetro cua- drado2 (17,6 hab/km2 en 2001). El despoblamiento rural es paralelo a la caída de población activa agraria (figura 1). Esta alcanza en 1950 su máximo valor histórico, casi 6 millones de personas que suponen la mitad del total de activos que había en ese momento. Este proceso de despoblamiento rural es parte de un proceso general de concentración de población en conexión con el proceso de modernización del sistema económico. Las áreas rurales son liberadas de la presión demográfica que condicio- naba entonces su modernización y ese excedente demográfico se moviliza para la conformación de polos urbanos que concentran la producción industrial y el consumo.

Pérdidas de población rural y agraria
Figura 1.
Pérdidas de población rural y agraria
Elaboración propia a partir de Goerlich et al. (2015) y de Maluquer de Motes, y Llonch (2005: 1216).

Sin embargo, a pesar de la pérdida demográfica de las áreas rurales y de la caída de población activa agraria no hay asociado ningún retraimiento en la producción agraria, así como tampoco vaciamiento o abandono de la superficie cultivada. Los datos muestran que durante las décadas de los 70 y de los 80 se mantiene la superficie puesta en explotación –superficie labrada– e incluso llega a aumentar gracias a la puesta en marcha de programas de modernización y regadío (figura 2). Hay que espe- rar a la última década del siglo XX para observar algún descenso significativo de la superficie cultivada, reducción que está asociada al abandono de tierras marginales de secano y en zonas de montaña3.

No resulta fácil valorar el aumento de la producción agraria dado el cambio y sustitución de cultivos que se produce en un periodo de tiempo tan largo. No obstante la tendencia es clara al crecimiento de las producciones. El cuadro 1 permite observar, por ejemplo, la evolución de crecimiento de la producción de cereales, uno de los cul- tivos que ocupan mayores superficies. El trigo, a pesar de la reducción de superficie que experimenta en favor de otros cereales, aumenta la producción. La cebada y el maíz, cereales que ocupan el espacio que deja el trigo, multiplican su producción por 5 durante la segunda mitad del siglo XX. La sustitución del trigo, cuyo principal destino era la alimentación humana, por cebada y maíz es un síntoma del cambio de régimen alimentario. El aumento de estos cereales permite aumentar la producción ganadera así como incrementar la cantidad de alimentos transformados. Se alargan, en defini- tiva, los procesos de elaboración alimentaria y se alargan las cadenas de valor.

Cuadro 1.
Producción media anual de cereales (miles de toneladas) en la segunda mitad del siglo xx
TrigoCebadaMaíz
1945-19553.9412.033617
1990-20005.5749.5583.588
Crecimiento141%470%582%
Elaboración propia a partir de Barciela, Giráldez y López (2005: 306-310).

Otros grandes indicadores (figura 2) que permiten valorar la producción agraria muestran una evolución positiva de constante crecimiento. Esta tendencia es espe- cialmente patente en los aprovechamientos ganaderos que aumentan en la misma medida en que lo hacen las necesidades alimentarias de una población creciente y urbana. La producción total de leche se triplica durante la segunda mitad del siglo XX mientras que en el mismo periodo la producción de carne de bovino se sextuplica.

Paralelo al despoblamiento y a la pérdida de población agraria se experimenta una reducción en el aporte del PIB agrario a la economía nacional. A finales del siglo XX el PIB agrario no llega a suponer el 4 por ciento del total, mientras que a principios de los 50 se situaba en el 28 por ciento. Sin embargo que la agricultura pierda peso no quiere decir ni mucho menos que pierda valor en términos absolutos. Significa úni- camente que hay otras ramas que crecen más en importancia económica.

Por lo que respecta a la tendencia del PIB agrario se observan dos periodos (figura 2); un fuerte crecimiento que se aprecia durante la fase más intensa del des- poblamiento rural y un parón a finales de la década de los 70. Arnalte y Ceña (1993) han identificado esta reducción como “crisis de precios”. Terminado el éxodo rural, la ralentización del crecimiento urbano produce una contención de la demanda alimen- taria, a ello se unirá el aumento de los costes industriales y energéticos que suponen una crisis de rentas “hasta entonces desconocida en la agricultura española” (Arnalte y Ceña, 1993: 298). Este periodo, que precede a la incorporación de España a la enton- ces Comunidad Económica Europea a mediados de los 80, supone el punto final del “ajuste estructural” (Abad y Naredo, 2002) que arrancaba en los 60 y marca la defini- tiva transferencia sectorial de los factores productivos y el desplazamiento de la gene- ración de valor de la agricultura hacia otras ramas de la actividad como la agroindustria.

A finales de los 70 se hace ya evidente el proceso de desagrarización rural. El aprovechamiento de autosubsistencia se ha reducido progresivamente hasta hacer que prácticamente las economías campesinas hayan desaparecido o transitado hacia las agriculturas de mercado. Se han abandonado explotaciones pero estos abandonos han permitido el redimensionamiento y mejora de la viabilidad de parte de las que continúan. Un dato resulta significativo de este tránsito: en los 60, los inputs agrarios procedentes del propio sector –reempleo– suponen el 61 por ciento, en los 80 han caído a la mitad, y solo el 33 por ciento de los inputs provienen del propio sector (Abad y Naredo, 2002). La agricultura como sector productivo abandona su relativo aisla- miento y se hace progresivamente interdependiente de otras ramas de actividad.

Indicadores evolución producción agraria 1950-2000
Figura 2.
Indicadores evolución producción agraria 1950-2000
Elaboración propia a partir de Barciela, Giráldez y López (2005: 304-305 y 308-310) y de Carreras, Prados de la Escosura y Rosés (2005: 1346-1348).

Una perspectiva global para comprender la desagrarización

La disonancia entre usos del territorio que se mantienen –y como es patente se intensificarán gracias a la mecanización e innovación tecnológica– y vaciamiento demográfico puede interpretarse bien desde las posiciones de la ecología humana (Hawley, 1950) como un ajuste entre población y territorio dentro del proceso de modernización. La reducción de la presión demográfica en áreas rurales permite una mayor tecnificación productiva y aumento de la producción alimentaria y el conse-cuente trasvase de mano de obra hacia las ciudades para favorecer la puesta en mar- cha de complejos urbano-industriales.

Pero esta interpretación puede ampliarse si se incorpora una perspectiva global y se atiende al desarrollo de las cadenas de valor y división regional del trabajo a esta asociada. En este sentido resulta muy apropiado el trabajo de Wallerstein (1974) sobre sistemas-mundo. Este autor analiza la división regional del trabajo dentro del proceso de conformación de un sistema económico interdependiente y global. El modelo de economía-mundo puede sintetizarse mostrando el proceso de separación socioterrito- rial entre las áreas productoras de materias primas, que se localizan en regiones de baja densidad situadas en zonas periféricas, y las áreas centrales densas y urbanas en las que se consolidan las operaciones que contribuyen a generar el mayor valor aña- dido de las cadenas productivas. Esta diferenciación y especialización regional se con- vierte en un importante mecanismo de acumulación.

La globalización económica a través de la división regional entre áreas de pro- ducción y lugares de consumo diferencia territorios, y por ende sociedades locales. Pero a su vez, enlaza los lugares entre sí, dentro de una lógica de fuerte interdepen- dencia. Buena parte de las áreas rurales se incorporan en distintos momentos de las cadenas de la industria agroalimentaria global y disuelven progresivamente su auto- nomía y formas organizativas propias al integrarse en relaciones y organizaciones de ámbito planetario. En el marco de los regímenes agroalimentarios (Friedmann y McMichael, 1989), podemos observar como los territorios rurales son, por una parte, desposeídos de sus atributos locales en cuanto que el direccionamiento de sus capa- cidades productivas y de acumulación es asumido por organizaciones exógenas. Estos autores han mostrado el papel que tiene la agricultura dentro del proceso de acumu- lación global de capital. Para estos autores la Segunda Guerra Mundial marca profun- das diferencias en los regímenes de acumulación. Después de un periodo de conformación de un mercado global y desigual en el intercambio de mercancías agra- rias y manufactureras las estrategias de acumulación pasan por el alargamiento de las cadenas de valor. Este segundo régimen de acumulación se sintetiza metafóricamente en la expresión “de la cocina a la factoría” (Pilcher, 2006). La producción agraria se dirige a circuitos de transformación agroalimentaria e industrial, se reduce el consumo final de productos frescos en favor de productos procesados. Esta tendencia es extra- polable a toda la producción agropecuaria aunque su destino no sea ya la alimenta- ción humana. La producción agraria se convierte en input o materia prima de procesos de elaboración de alimentos u otros bienes. El empeño está en producir materias pri- mas antes que productos de consumo directo. El peso de la ganadería crece. El papel interventor del estado resulta crucial para dirigir el proceso de modernización y decambio, por ejemplo mediante la subvención y promoción de nuevas variedades industriales. La producción de valor se desplaza desde el proceso de producción hasta el proceso de transformación.

Distintos autores diferencian un tercer periodo o régimen alimentario a partir de 1980. Coinciden en destacar la erosión de la regulación estatal y el poder directivo de los mercados. El tercer régimen de acumulación viene determinado por dos ele- mentos novedosos: por una parte el crecimiento de la biotecnología, que ha despla- zado la acumulación de valor a otros segmentos (farmacéuticas, laboratorios y especialmente empresas energéticas) y por otra parte el valor que como mercancía de cambio adquieren ciertos productos agrarios que les ha permitido establecerse como productos financieros traspasando el papel que desempeñaban los stocks como capital e integrando también la actividad agraria dentro del área de dominio de los mercados financieros (financiarización).

La desagrarización entendida como la separación territorial y social entre rura- lidad y agricultura se ha venido explicando, por regla general, en clave interna. Se ha expresado en términos de un ajuste de las economías-nación y bajo el cántico de la desaparición del campesinado se ha reducido a un mero proceso de modernización. Se ha interpretado como un mero tránsito de economías agrarias de fuerte contenido campesino y de autosubsistencia a economías urbanas industriales demandantes de mano de obra (que libera el campo) y alimentos que produce una agricultura mercan- til. Ha faltado en este análisis la incorporación del contexto de la globalización, espe- cialmente de la globalización alimentaria (Etxezarreta, 2006) y la interpretación del papel de la agricultura y el efecto que los cambios en la naturaleza de la actividad y en los modos de regulación de las cadenas de valor agroalimentarias han tenido sobre las poblaciones agrarias. Sobre la modernización de las tradicionales economías agra- rias se han sumado los efectos de la incorporación de la actividad agraria al proceso de acumulación global de valor.

En España la modernización agraria de la segunda mitad del siglo XX ha sido analizada bajo una perspectiva distinta por Abad y Naredo (2002). Este autor anticipa el radical cambio y tránsito desde una agricultura cuya principal función es servir al consumo alimentario directo para ir adquiriendo la función de productor de materia prima de procesos de transformación. El cuadro 2, basado en los modelos input-out- put, resume estas transformaciones y muestra cómo la agricultura española se ha venido haciendo cada vez más dependiente del sector industrial, sector que es su prin- cipal fuente de inputs productivos, y debilita su relación directa con el consumo mediante el incremento de la producción dirigida hacia la exportación y la reducción que supone el consumo directo de los hogares.

Cuadro 2.
Tres indicadores de la evolución de la actividad agraria
19952011Crecimiento (1995=100)
Inputs de ramas industriales sobre
el input total del sector agrario45,70%55,80%122,1%
Peso del consumo final de los hogares
sobre la producción total agraria28,30%25%88,3%
Peso de la exportación
sobre la producción total agraria14,90%25,30%169,8%
Elaboración propia a partir de las Tablas Input-Output. WIOD databases.

Este tránsito, el paso de una agricultura productora de alimentos a otra conver- tida en suministro de inputs, se corresponde con el Segundo Régimen Alimentario. La reducción de población agraria y rural permitió el aumento del tamaño de las explo- taciones y facilitó su redimensionamiento, pero no únicamente para aumentar la pro- ductividad mediante la incorporación de capital, sino para hacerlas competitivas en mercados cada vez más disputados y también más remotos.

No es sencillo determinar cuál es papel de la agricultura española dentro del proceso de división internacional del trabajo. Se observan tendencias diversas. Por una parte se aprecia una fuerte dependencia de las importaciones de productos como el maíz o semillas de soja4 con destino a la alimentación animal así como para la pro- ducción de alimentos elaborados y por otra destaca un fuerte dinamismo de la horti- cultura y fruticultura de exportación5 así como el crecimiento de la exportación de vinos y aceites6. Es decir, España desarrolla un papel dual como centro de transformación, patente en la exportación de carne de porcino7 y productos elaborados, y a su vez intensifica la producción de frescos perecederos con destino al mercado regional de Europa. Estos cambios en la actividad agraria no son sino síntomas de la incorpo- ración de la actividad agraria a regímenes de acumulación global y de inserción en cadenas de valor cada vez más extensas.

Esta dualidad de inserción en el sistema agroalimentario se transmite a la con- formación territorial de la actividad, como veremos mediante la polarización entre un territorio dedicado a la producción industrial extensiva, cada vez menos exigente en mano de obra, y un territorio vinculado a producciones intensivas con demandas muy variables de mano de obra. En este tránsito ha tenido que ajustarse la disposición y movilidad de la mano de obra pero también ha exigido el ajuste entre las poblaciones rurales y estos nuevos escenarios socioproductivos.

Nueva ruralidad: heterogeneidad y movilidades

La desagrarización tiene su corolario en el aumento de la heterogeneidad social de las áreas rurales. La pérdida del peso que tenía la agricultura como actividad rural dominante abre una diversidad desconocida tanto en la estructura social, donde apa- recen nuevos grupos y actores, como en la organización de la vida cotidiana y en la regulación del funcionamiento comunitario. Las áreas rurales han ido diversificando sus actividades. En algunos casos ha sido la propia actividad agraria la generadora de nuevas actividades de suministro de inputs –no agrarios–, de transporte, almacena- miento y de transformación agroalimentaria. En muchos otros casos ha sido el des- arrollo de nuevos usos territoriales, ambientales, residenciales y turísticos en las áreas rurales el motor de dicha diversificación. Para España los datos del último censo (201 ) señalan que las actividades agrarias suponen únicamente el 12 por ciento del con- junto de la ocupación de los habitantes rurales, cifra inferior a la ocupación que dichos habitantes tienen en sectores de industria (15 por ciento), construcción (13 por ciento) o comercio (13 por ciento). La diversidad de ocupaciones es fruto de la nueva articulación territorial entre las áreas rurales y urbanas que permite el desarrollo de tecnologías de la comunicación y de transporte.

Pero no solo estamos ante territorios diversificados sino también altamente interconectados. Dos procesos referidos a la movilidad resultan, en este sentido, fun- damentales para comprender el funcionamiento de las áreas rurales españolas: el importante trasvase poblacional diario (commuting) y estacional (segunda residencia). La población rural ocupada tiene una fuerte dependencia de los mercados de trabajo extralocales. Según los datos del último Censo de Población, la tercera parte de los residentes rurales (entre 25 a 50 años) que trabajan se desplazan diariamente a un núcleo urbano por motivos laborales. La cifra de desplazamientos diarios resulta aún mucho mayor en edades juveniles. Así, el 70 por ciento de los jóvenes de 18-20 años se desplazan diariamente a centros urbanos por motivos educativos y también aunque en menor medida laborales (Camarero y Oliva, 2016). Estos datos muestran la impor- tancia que tiene la movilidad para permitir la subsistencia de áreas rurales de muy baja densidad con mercados de trabajo locales muy restrictivos.

A este proceso de incremento de heterogeneidad contribuye que las áreas rura- les estén ganando nuevos habitantes desde mediados de los 80 y de manera genera- lizada y visible desde mediados de los 90 del siglo pasado. Un saldo migratorio no implica necesariamente crecimiento demográfico porque en muchas comarcas el cre- cimiento vegetativo es negativo y de tal intensidad que difícilmente puede ser com- pensado por la llegada de nuevos residentes. Sin embargo el efecto, que rompe la secuencia de éxodo y despoblamiento, es grande en cuanto que permite diversificar la vida rural (Rivera, 2013). Además, el crecimiento y volumen que tiene la segunda resi- dencia rural (Del Pino, 2014) así como el crecimiento y desarrollo del turismo rural aumentan la población estacional y ofrecen nuevas lógicas de poblamiento cruzado entre el campo y la ciudad y en la conformación de ruralidad híbridas. (Camarero y Oliva 2016). La aparición de nuevos residentes y la diversidad de ocupaciones disuel- ven la tradicional división social propia de las áreas rurales que se soportaba en la pro- piedad agropecuaria. Las áreas rurales se igualan progresivamente en términos de estructura social con el conjunto de la población.

Además de la adaptación y transformación agraria la globalización incide en la aceleración de las migraciones transnacionales. Si bien la nueva división regional del trabajo ha impulsado principalmente las migraciones internacionales hacia destinos urbanos, el efecto que han tenido en las áreas rurales ha sido también patente. El con- texto de despoblamiento y fuerte envejecimiento de las comarcas rurales ha propi- ciado la atracción de mano de obra no solo para actividades agrarias sino también para el conjunto de actividades económicas de desarrollo. La figura 3 muestra laimportancia que ha tenido para las áreas rurales durante la primera década del sigloXXI el aporte de población extranjera.

Balance migratorio de las áreas rurales (1990-2014)
Figura 3.
Balance migratorio de las áreas rurales (1990-2014)
Elaboración propia a partir de la Estadística de Variaciones Residenciales. INE.

La diferencia entre el saldo total y el interno señalan el volumen de los nuevos residentes procedentes del extranjero. Este conjunto de nuevos residentes incluye tam- bién, aunque con un peso menor sobre la migración laboral, las migraciones de retiro de jubilados procedentes de países centroeuropeos. Pero tanto las migraciones labora- les como las de retiro son movilidades producidas en el contexto de la globalización y ambas inciden de forma aguda en el aumento de la heterogeneidad y diversidad social de las áreas rurales.

Las formas de movilidad –commuting, migración, estacionalidad– configuran nuevas formas de organización del hábitat y ofrecen nuevas oportunidades para estructurar las formas de organización de las actividades entre ellas también la propia actividad agraria. La desagrarización es bidireccional, no solo habla de la pérdida de importancia de la agricultura para liderar la vida rural sino también de la capacidad que tiene la nueva ruralidad para condicionar la actividad agraria.

No obstante los procesos han sido muy desiguales en el territorio. Hoy conviven viejos procesos de éxodo y despoblamiento con nuevos procesos de interconexión amparados en la movilidad y producen situaciones muy dispares. Encontramos áreas rurales situadas en el interior y en zonas de montaña que se encuentran en retroceso, muy envejecidas, con fuertes desequilibrios demográficos, de escasa densidad y muy dependientes de políticas sociales. Estas áreas contrastan con otras situadas próximas a los litorales con gran diversidad y dinamismo económico, muy interconectadas regionalmente y muy atractivas demográficamente.

Agriculturas en territorios desagrarizados: familias y trabajadores

Un indicador central para observar la secuencia de la desagrarización es la caída de la población agraria. Este indicador, que se presentó en la figura 1, se puede des- componer en dos dimensiones: por una parte la evolución de las familias agrarias y por otra parte la de los trabajadores asalariados agrarios. Las mayores caídas se con- centra en la población agraria de carácter familiar hasta el punto en el que se invierte la relación entre trabajo familiar y asalariado. Mientras en 1930 solo el 24 por ciento de los trabajadores agrarios eran asalariados, en la actualidad lo son el 64 por ciento.

La figura 4 permite hacer un seguimiento conjunto del peso que tiene la pobla- ción agraria y del peso que tiene la familia dentro de la actividad agraria. El primer indi- cador se refiere a la desagrarización, el segundo al proceso que detallaremos más adelante, de desfamiliarización. Dentro del proceso de desagrarización demográfica podemos observar tres periodos. El primero, desde los años 30 hasta los 50, se caracte- riza por las secuelas de la guerra civil. La actividad agraria se mantiene y se produce un ajuste ligero de cambio de actividad familiar por asalariada. Se trata del proceso clásico de asalarización de los agricultores de explotaciones insuficientes –propietarios pobres– que en la medida en que caen sus rentas se incorporan como fuerza de trabajo.

Un segundo periodo que abarca casi toda la segunda mitad del siglo XX desde 1955 a 1990. Es durante esos años cuando se produce una reducción fuerte y drástica del peso que tiene el conjunto de la población agraria que pasa de un 40% a un 15%. Sin embargo, la reducción de la población agraria apenas tiene efecto en la distribu- ción interna de la población agraria entre familiares y asalariados, que mantiene la relación constante de un asalariado por cada dos trabajadores familiares.

González y Gómez (1997; 2002) estudian las diferencias en los ritmos de desaga- rización entre mano de obra familiar y asalariada. Sus observaciones muestran la rela- ción clara entre crecimiento económico, que implica mayor demanda de mano de obra industrial y de servicios, y salida de efectivos familiares de la agricultura y su incorpora- ción como asalariados urbanos. Señalan que la agricultura familiar aprovecha el creci- miento económico para ajustar demanda y oferta de trabajo familiar –que implica el abandono de la explotación en favor de otros sectores–. Sin embargo, en el caso de la mano de obra agraria el efecto no es tan directo e incluso, en regiones de fuerte con- centración de trabajadores agrarios llegan a hablar de “efecto contracíclico”: los asala- riados agrarios llegan a ganar peso justo cuando lo pierde el sector. En el contexto de la reducción de la actividad familiar observan que en los mercados de trabajo agrario se produce un desequilibrio entre oferta de empleo que viene reduciéndose y demanda que se mantiene casi constante debido a una baja movilidad residencial y laboral del colec- tivo de jornaleros. A partir de los años 90 el peso de los activos familiares se reduce de forma aún más drástica por la reducción del número de pequeñas explotaciones fami- liares. Ello implica el crecimiento en proporción de asalariados, pero también, el cambio en las estructuras productivas y la aparición de nuevos enclaves de producción alta- mente intensificada favorece un aumento creciente de demanda de mano de obra.

Desagrarización y desfamiliarización agraria
Figura 4.
Desagrarización y desfamiliarización agraria
Elaboración propia, hasta 2000 con datos procedentes de Maluquer de Motes, y Llonch (2005). Desde 2000, INE, Encuesta de población activa (www.ine.es).

Los distintos indicadores utilizados –trabajadores y jornadas– muestran la ten- dencia clara de vaciamiento de la agricultura familiar. En la actualidad el proceso de desagrarización es función de la caída de la actividad familiar. Por el contrario el peso y volumen del trabajo asalariado se mantiene (figuras 5 y 6) e incluso durante los pri- meros años del siglo actual aumenta tanto el volumen de trabajadores asalariados como el propio volumen del trabajo asalariado.

Si tomamos como referencia 1995 los trabajadores asalariados agrarios han cre- cido hasta 2015 un 28 por cien, según la EPA, y un 30 por cien en términos equivalen- tes a trabajadores a tiempo completo según la estimación de Contabilidad Nacional (1995-2016). Este periodo de dos lustros resulta inusitado dentro del contexto de fuerte pérdida de mano de obra agraria desde la segunda mitad del siglo XX. En el mismo periodo el trabajo familiar se ha reducido aproximadamente a la mitad. Ambas fuentes señalan que el trabajo asalariado agrario supera al trabajo familiar.

El cambio estructural de la agricultura era patente en la década de los 80, pero como mostraron González y Gómez (1997; 2002), había dificultades de movilidad, lle- gándose a la paradoja de que mientras en ciertas regiones el paro agrario resultaba elevado en otras regiones había dificultades para encontrar mano de obra. La llegada de inmigrantes a finales de los 90 va a permitir el reequilibrio regional de los mercados de trabajo. Los recién llegados se dirigirán a aquellas regiones de fuerte demanda y escasa oferta de trabajo. La disponibilidad creciente de mano de obra también permi- tirá a su vez la movilidad de las propias actividades productivas agrarias.

Número de activos agrarios
Figura 5.
Número de activos agrarios
Eurostat, EPA.

Número de puestos de trabajo agrarios equivalentes a tiempo completo
Figura 6.
Número de puestos de trabajo agrarios equivalentes a tiempo completo
INE, Contabilidad Nacional. Datos trimestrales corregidos de efectos estacionales y de calendario. Incluye Agricultura, ganadería, silvicultura y pesca

Desfamiliarización y cambios en las estrategias familiares

El proceso de desagrarización rural está claramente asociado a la progresiva des- familiarización de la agricultura (Oliva y Camarero, 2002), pero esta transición del cam- pesinado a la moderna explotación familiar no resulta automática. Mientras un grupo reducido de explotaciones familiares logra insertarse en las formas modernas de produc- ción mercantil, la gran mayoría de explotaciones quedan atrapadas en una lógica que exige complementar sus rentas con unos ingresos extra-agrarios. Señalan Abad y Naredo (2002) que a finales del siglo XX tanto en Europa como también en USA las rentas no agra- rias constituyen el principal aporte de renta de los propios hogares agrarios. El creci- miento de la pluriactividad en el contexto europeo se convierte en un síntoma de una agricultura que difícilmente puede mantener un carácter eminentemente familiar.

Las economías rurales diversifican sus actividades pero también las familias también lo hacen. La desagrarización no es solo territorial sino que también se pro- duce en el seno del ámbito doméstico. Los datos, del Censo de Población de 2011, señalan que solo el 20 por ciento de los hogares agrarios españoles tiene al menos 2 miembros dedicados a la actividad agraria. Quiere esto decir que la forma dominante de familia agraria es aquella en la que solo un miembro del hogar tiene dicha actividad teniendo el resto otras ocupaciones en sectores no agrarios (Camarero, 2014). Visto desde los hogares el corolario es que las unidades denominadas como agricultura familiar, y que según el Censo Agrario de 2009 serían al menos el 79 por ciento de las explotaciones agrarias, son realmente empresas dirigidas por autónomos8.

Cabría una interpretación de la importancia que tiene el hogar uni-agrario extendiendo la noción de agricultura familiar en términos de negocio familiar. Podría pensarse que el hecho de que solo haya un miembro dedicado a la actividad agraria es resultado de una estrategia familiar basada en la especialización y división de tareas de los miembros del hogar en actividades complementarias a la explotación. Sin embargo cuando se observan las actividades de los cónyuges del miembro activo agra- rio (cuadro 3) el resultado muestra dedicaciones profesionales bastante alejadas de las que podrían resultar características de la búsqueda de complementariedad de rentas asociadas al mantenimiento de la explotación agraria. Destaca que la mayoría de los y de las cónyuges no tengan ocupación, indicativo del envejecimiento del colectivo. Es interesante observar el peso que tiene la agricultura el 6 por ciento para ellos y el 8 por ciento para ellas. Se trata de asalariados agrarios pero que trabajan fuera de la propia explotación doméstica. Este dato es indicativo del carácter insuficiente de la propia explotación. Entre las actividades que desarrollan los cónyuges destacan para ellos la construcción –alrededor del 12 por ciento– y para ellas el grupo que confor- man sanidad, educación y servicios públicos cuya actividad alcanza el 16,54 por ciento del total. Los datos muestran una diversidad grande de estrategias de subsistencia de los grupos familiares, estrategias en las que la explotación agraria no llega a ocupar el centro de la actividad, es decir también las familias se desagrarizan.

Cuadro 3.
Ocupaciones de los cónyuges de los agricultores familiares únicos (%)
Los cónyugesLas cónyuges
Sin Ocupación51,841,1
Agricultura, ganadería, silvicultura y pesca6,27,9
Industrias extractivas0,30,1
Industria manufacturera7,16,4
Suministro de energía eléctrica, gas, vapor y aire acondicionado0,40,2
Suministro de agua, actividades de saneamiento, gestión de residuos y descontaminación0,50,2
Construcción1 ,61,6
Comercio al por mayor y al por menor; reparación de vehículos de motor y motocicletas5,09,8
Transporte y almacenamiento4,01,0
Hostelería2,04,5
Información y comunicaciones0,40,4
Actividades financieras y de seguros0,71,0
Actividades inmobiliarias0,10,2
Actividades profesionales, científicas y técnicas0,91,6
Actividades administrativas y servicios auxiliares1,32,5
Administración Pública y defensa; Seguridad Social obligatoria3,74,2
Educación0,95,1
Actividades sanitarias y de servicios sociales1,07,3
Actividades artísticas, recreativas y de entretenimiento0,30,6
Otros servicios de bienes y servicios para uso propio1,02,5
Actividades de los hogares como empleadores de personal doméstico; actividades
de los hogares como productores de bienes0,62,1
Actividades de organizaciones y organismos extraterritoriales0,10,0
TOTAL100%100%
INE, Censo de población 2011. Elaboración propia.

La tradicional realidad –una familia una explotación– (Gasson et al., 1988) queda hoy desbordada por multitud de formas de relación entre la familia y la explo- tación. Los datos mostraban el reducido peso que tenían los hogares con más de un miembro agrario. Ello no obsta para que varios agricultores que son únicos en sus hogares sean de facto agricultores familiares en la medida en que la explotación es compartida por varios hogares. Es lo que se denominan explotaciones multifamiliares, es decir explotaciones que son llevadas a cabo por varios hogares y que han sido estu- diadas por Moreno-Pérez y Lobley (2015). El peso que tienen estas explotaciones resulta desconocido y es difícil de estimar con las estadísticas agrarias o de población existentes. Sin embargo dentro de las explotaciones familiares resulta un grupo de fuerte profesionalización. En el caso francés las empresas multifamiliares han tenido un reconocimiento jurídico a través de las GAEC (Grupos agrícolas de explotación común). En el estudio realizado por estos autores, especialmente las denominadas explotaciones multifamiliares horizontales, señalan que tienen mayores superficies, gestionan cultivos más intensivos y productivos, y demandan mucha más mano de obra respecto al resto de explotaciones de carácter familiar y también respecto incluso al grupo no familiar. Sobre esta diversidad de formas familiares y estrategias de pro- ducción se superponen distintas agriculturas. Más adelante observaremos la relación que existen entre formas familiares y territorios, pero antes es necesario detenerse en los efectos de la movilidad en los mercados de trabajo y en las estrategias de las fami- lias rurales

Cambios en la naturaleza de los mercados de trabajo agrarios

Dentro de las mutaciones que ha supuesto el cambio de régimen agroalimen- tario destaca la progresiva independización de la producción agraria respecto de las propias poblaciones rurales. Dos tendencias muestran la importancia de este hecho: la urbanización de los activos agrarios y la extranjerización de los asalariados agrarios. La desvinculación entre agricultura familiar primero, y entre agricultura y población local después es una fuente de diversificación y de hibridación de las identidades en comarcas rurales amparada fuertemente por las nuevas oportunidades de movilidad espacial.

Como podemos ver en la figura 7 a finales del siglo pasado, aproximadamente las dos terceras partes de los trabajadores agrarios residían en municipios de pequeño tamaño considerados como rurales. Hoy en día, dos décadas más tarde, el conjunto de localidades rurales no llega siquiera a concentrar a la mitad de los agricultores.

Distribución de los activos agrariospor tamaño del municipio de residencia
Figura 7.
Distribución de los activos agrariospor tamaño del municipio de residencia
INE, Censos de Población. Elaboración propia.

La explicación viene derivada de la pérdida del carácter familiar de la agricultura y de la emergencia de hogares pluriactivos. La desagrarización familiar permite que ciertos grupos familiares organicen sus estrategias domésticas primando la elección de residencias urbanas con mayor acceso a servicios así como con posibilidades más amplias de empleo no agrario. Esta situación novedosa se ampara en las capacidades y posibilidades de movilidad. Los datos del cuadro 4 muestran la importante concen- tración de la mano de obra familiar en municipios urbanos. Este efecto que la desfa- miliarización agraria sea antes rural que urbana resulta paradójico. Los activos agrarios que más se urbanizan son aquellos que tienen carácter familiar. Ante la tendencia general de urbanización únicamente el reducido grupo, aunque el de mayor importan- cia en el sector, el grupo de empresarios con trabajadores se resiste con más intensidad al abandono de las áreas rurales. Históricamente ha sido el grupo más urbanizado y el de menor o únicamente de presencia estacional en las áreas rurales.

Pero los datos también señalan que no son únicamente los grupos familiares los responsables de la progresiva urbanización, sino también los asalariados y entre ellos con mayor intensidad los trabajadores temporales.

Cuadro 4.
Evolución del porcentaje de ocupados agrarios que residen en áreas rurales
199120012011Evolución 1991-2011
Empresario con asalariados50,1%50,9%53,0%+2,9%
Autónomo76,9%74,1%67,6%-9,3%
Trabajador familiar78,3%58,5%48,4%-29,9%
Asalariado fijo49,9%45,0%42,7%-7,1%
Asalariado eventual61,2%44,1%44,4%-16,9%
Total67,3%55,1%48,5%-18,8%
INE, Censos de Población. Elaboración propia.

Este proceso de urbanización, especialmente de trabajadores temporales guarda relación y se añade a otra gran transformación como es el cambio en la procedencia de mano de obra agraria. La agricultura ha experimentado desde principios de este siglo un incremento significativo de la presencia de trabajadores extranjeros en las actividades agropecuarias. Hoy suponen más de la quinta parte de los trabajadores agrarios (22 por cien de quienes realizaron trabajos agrarios en el segundo trimestre de 2015).

Proporción de trabajadores inmigrantes por sector
Figura 8.
Proporción de trabajadores inmigrantes por sector
INE, Censos de población y Encuesta de población activa.

El trabajo de Gadea, Pedreño y de Castro (2016) muestra la importancia que tiene el mercado de trabajo agrario para la conformación de una mano de obra vul- nerable y de un infraproletariado. La primera llegada y primera presencia de trabaja- dores extranjeros se produce para el sector agrícola. Este sector se convierte en el primer eslabón dentro de la cadena de movilidad sectorial de la mano de obra. El sec- tor agrario aprovecha las diferencias de género y de etnia para configurar una mano de obra segmentada y dependiente. Esta mano de obra se irá desplazando posterior- mente a otros sectores que demandan a este tipo de trabajador que ya ha sido disci- plinado y socializado en la precariedad. En este proceso juegan un papel crucial las empresas de intermediación, las ETT, que se convierten en un nuevo actor del sistema agroalimentario. La irrupción de las empresas de trabajo temporal en el sector agrario sanciona la disolución de la especificidad de los mercados de trabajo agrario.

Distintos estudios han mostrado la alta rotación espacial que tiene la mano de obra inmigrante en áreas rurales. Esta población extranjera no llega a asentarse ni en el territorio rural ni tampoco en el sector agrario, y conforma sus estrategias laborales y residenciales sobre la movilidad (Camarero, Sampedro y Oliva, 201 ). Generalmente optan por residencias periurbanas que les permiten desplazarse de forma ágil y así pueden combinar trabajos de temporada entre los sectores agrarios, turísticos y de construcción.

Estos dos procesos –urbanización y extranjerización– muestran la definitiva deslocalización de la actividad agraria respecto del factor trabajo. Por un lado, encon- tramos agricultores que practican el commuting en el sentido inverso al habitual pro- pio de los obreros-campesinos y se desplazan diariamente desde residencias urbanas a los campos y explotaciones situadas en las áreas rurales. Por otro lado, encontramos trabajadores de paso, estacionales y temporales en las actividades agrarias. Estos hechos remarcan la progresiva independencia de la agricultura de los mercados de trabajo locales y la forma en que esta actividad traslada sus demandas de mano de obra a los mercados globales. La agricultura ya no depende de la disponibilidad de tra- bajadores locales sino que compite como otra actividad cualquiera para atraer tempo- ralmente trabajadores.

daptabilidad socio-territorial

Los procesos de salarización, desfamiliarización y urbanización son consecuen- cia de la adaptación al nuevo contexto de integración global de territorios en los quese mueven los regímenes de acumulación agroalimentaria. Esta adaptación supone la diferenciación entre agricultura y ruralidad. Sin embargo los territorios rurales siguen observándose como agrarios aun cuando no lo sean necesariamente sus poblaciones. El paisaje agrario sigue siendo dominante en buena parte del territorio. El territorio agrario se conforma de forma diversa. Por una parte destacan los enclaves producti- vos, que son conglomerados empresariales que integran producción, transformación y comercialización de productos frescos (Moraes et al., 2012) situados en lugares de alta accesibilidad y disponibilidad de mano de obra, especialmente en el entorno metropo- litano de las áreas del litoral mediterráneo y sur-atlántico. Por otra encontramos terri- torios fuertemente despoblados, envejecidos, alejados en comarcas de interior que también conservan aprovechamientos agrarios.

Hemos investigado en qué medida hay agriculturas diferentes en términos socioproductivos y en qué medida esas distintas agriculturas se relacionan con las características socioterritoriales. Con ese propósito se han relacionado tres variables, tipo de explotación en términos de OTE (Orientación Técnico Económica), dimensión económica en Unidades de Producción Estándar (UDE) y edad de los titulares para acercarnos a las característica socioproductivas. Son variables muy sintéticas que per- miten una aproximación esquemática a los tipos de agriculturas. Los tipos de explota- ción aparecen bastante bien ordenados en el espacio que conforman las variables edad y dimensión económica.

El espacio socioproductivo
Figura 9.
El espacio socioproductivo
Elaboración propia con datos de la Encuesta de estructuras de las explotaciones agrarias 2013. INE.

Las relaciones que se establecen entre cultivos y cultivadores arrojan resultados muy interesantes. La figura 9 muestra una asociación fuerte entre dimensión econó- mica y edad para los distintos tipos de explotaciones agrarias definidas según orienta- ción técnico económica (se ha obtenido un coeficiente de correlación r=0,8 para un ajuste logarítmico). En las explotaciones de pequeña dimensión el envejecimiento se hace fuerte mientras que en las producciones bien dimensionadas económicamente se produce la situación contraria. Varios estudios señalan el umbral de las 40 UDE como el punto de separación entre el “núcleo duro” de la agricultura española (Arnalte et al., 2013; Moreno-Pérez, 2013). Es en las explotaciones mayores de ese tamaño –funda- mentalmente orientaciones intensivas (horticultura, frutas y hortalizas y ganadería especializada– donde se concentran los factores productivos –superficie y trabajo–. (Moreno-Pérez et al., 2015). Sobre la correspondencia entre tamaño económico y orientación el gráfico añade la característica de la edad del titular. Hay una correspon- dencia entre tamaño-orientación y edad que resulta visible. Esta relación puede inter-pretarse en términos de ajuste de la actividad agraria al paisaje social. Si observamos los cultivos de menor dimensionamiento –cereales, olivo, leguminosas así como orien- taciones inespecíficas– son cultivos dominantes en el interior peninsular, extensivos, mecanizados y adaptados a los sistemas de gestión de empresas de servicios. Los cítri- cos que también se encuentran en el mismo cuadrante del gráfico pertenecen también al grupo de cultivos gestionados por empresas. Un interesante trabajo de Gallego Bono (2010) muestra la importancia que tiene la combinación de agricultura a tiempo parcial) con las empresas de servicios agrarios en el mantenimiento de la citricultura del interior, una alianza entre propietarios y empresarios que permite el rendimiento patrimonial y la producción industrial.

Los trabajos de Arnalte et al. (201 ) señalan la importancia que tiene precisa- mente en el interior y en los cultivos extensivos mecanizables la figura del agricultor profesional que a su vez es empresa de servicios y da asistencia a diversas explotacio- nes. Otros estudios como el realizado por Moragues-Faus (2014) para el caso de los propietarios de olivos en áreas del interior levantino han permitido distinguir varios tipos de propietarios familiares: 1) agricultores reales (que están al cargo de la ges- tión); 2) agricultores vinculados (que contratan y subcontratan, y que por lo general tienen unos ingresos complementarios de la explotación), y 3) propietarios desvincu- lados (cuyo objetivo se centra en el mantenimiento patrimonial antes que en el pro- ductivo). Estas tipologías de situación en la actividad nos hablan de estrategias diferentes pero también de posicionamiento en el entorno. La tipología de Moragues- Faus establece un gradiente entre distintas formas de implicación pero también de conexión empresarial, formas que guardan relación con las capacidades de territorios concretos para combinar orientaciones productivas en contextos de mercados de tra- bajo pluriactivos.

En los territorios en declive demográfico y despoblamiento la inserción en las cadenas globales de valor agrario se produce bajo otra lógica. Benard de Raymond (2013) en su recorrido por la evolución de la desagrarización en Francia constata a tra- vés del análisis del boletín estadístico del Ministerio de Agricultura (Agreste, 201 ) la tendencia creciente hacia la especialización productiva en el sector de cereales y ole- aginosas. Este proceso es paralelo al que puede observarse en las áreas del interior de España y consistente con los datos que ofrece la figura 9. Este autor destaca la imagen de un territorio volcado en producciones altamente mecanizadas, sin apenas demanda de mano de obra que por sus características pueden ser gestionados por empresas o asociaciones profesionales. Estaríamos ante el tipo 2 y 3 del empresariado descrito por Moragues-Faus (2014). Esta imagen, campos extensivos de trabajo muy mecanizado, es también fácilmente reconocible en muchas de las zonas del interior de España ycorrelaciona con las regiones de fuerte vaciamiento demográfico. Este análisis resulta similar al panorama que en España han descrito Arnalte et al. (2006) en su estudio sobre el regadío. El trabajo muestra distintas configuraciones socioproductivas depen- dientes de la composición demográfica y de la situación de las comarcas dentro del tejido urbano y logístico. En líneas generales, sus resultados muestran un paisaje agra- rio de interior volcado en cultivos extensivos de fuerte mecanización, bajo consumo de mano de obra e importante externalización a empresas de servicios agrarios. Este paisaje productivo se produce en el seno de territorios despoblados y envejecidos. Por el contrario los espacios del litoral están volcados en la rotación de producciones de temporada con alta demanda estacional de mano obra y productos fuertemente pere- cederos, baja mecanización y alta dependencia del transporte. Estos espacios están insertos en regiones de fuerte inmigración y dinamismo productivo multisectorial.

Hay un ejemplo paradigmático que permite observar la movilidad y adaptabili- dad de las producciones: el actual proceso de urbanización de las producciones gana- deras. La reciente desaparición de las cuotas lácteas -abril de 2015- ha producido en pocos meses efectos evidentes en la distribución territorial de la producción. Vidal Maté (2016a, 2016b) utilizando datos del Fondo Español de Garantía Agraria (FEGA) constata una concentración de los productores en el entorno de las áreas metropoli- tanas, cerca de los consumidores, pero principalmente cerca de los centros de elabo- ración y transformación de lácteos. Las explotaciones de vacuno crecen alrededor de las grandes ciudades y puertos marítimos en detrimento de las áreas tradicionales de pastos. Un análisis de esta tendencia señala que en la producción agraria priman la reducción de costes logísticos y de transporte frente a las ventajas territoriales de pro- ducción y al uso del territorio. Las cuotas, al repartirse territorialmente, impedían la concentración de producción contribuyendo a la distribución de las explotaciones de vacuno por el conjunto de las áreas rurales.

Los datos aquí expuestos no tienen la fuerza suficiente para ser conclusivos pero permiten mostrar la adaptación de la agricultura al paisaje social. Las áreas de fuerte envejecimiento y despoblamiento que conforman la ruralidad del interior se adecúan a un modelo de cultivos extensivos, mecanizados, de baja rotación, de menor valor añadido, de productos con costes reducidos de conservación y con necesidades reducidas de mano de obra y que pueden ser gestionadas mediante empresas de ser- vicios de tamaño reducido. Por el contrario las actividades de mayor rentabilidad y que exigen una integración ágil con los distintos procesos de generación en valor, así como demandas importantes de mano de obra se localizan en territorios dinámicos en pai- sajes sociales de características periurbanas.

Notas finales

En las páginas anteriores se ha realizado un recorrido por el proceso de des- agrarización. Proceso que consiste en la pérdida de centralidad de la agricultura en las áreas rurales y en la progresiva desvinculación entre territorios rurales y agrarios. Este proceso ha sido interpretado como mera modernización. Bajo esta concepción se ha supuesto, por una parte, el ineludible declive de las áreas rurales. Y, por otra parte, se ha invisibilizado su carácter necesario para la conformación de la agricultura como modelo de acumulación. La desagrarización ha reducido la presencia de la agricultura en las áreas y para las poblaciones rurales dentro de un proceso de ajuste a la nueva distribución regional del trabajo asociada al desarrollo de las cadenas alimentarias globales.

Los resultados muestran la progresiva desvinculación que tiene la actividad de producción agroalimentaria del territorio y de las poblaciones locales. También se des- vincula del tradicional carácter de actividad familiar. Dentro de ese contexto, y aquí reside uno de los hallazgos principales, se desarrolla la búsqueda de independencia de la actividad agraria respecto de los mercados de trabajo locales. La producción agro- pecuaria procura conectarse con los mercados de trabajo globales, y sitúa su capaci- dad de atracción de mano de obra en el contexto periurbano y de población transnacional. Actúa con la misma estrategia que lo hacen otros sectores de alta demanda laboral como son la construcción o el turismo.

Territorialmente la desagrarización ha tenido efectos intensos y ha modelado un territorio muy desigual. Un interior fuertemente despoblado, envejecido y desco- nectado frente a una ruralidad prelitoral muy interconectada con las áreas urbanas y con los centros logísticos de distribución de mercancías y de atracción de mano de obra en el que se concentra la agricultura de enclave.

Se observan dos estrategias de desarrollo agrario que pueden etiquetarse de forma sintética como intensiva la una y extensiva la otra. Las estrategias intensivas de productos perecederos, dirigidos a consumos temporales y con costes de almacena- miento a largo plazo elevados, que por su carácter perecedero y temporal acumulan en la fase de producción parte del valor que genera la cadena se localizan en esas áreas prelitorales. Frente a esta estrategia se desarrolla otra extensiva. Producciones anuales, con costes de almacenamiento reducidos, muy mecanizables y fácilmenteexternalizables. Producen bajo valor añadido en fase de cultivo, pero por su carácter de bienes poco perecederos y fácilmente transformables en inputs duraderos y acu- mulables pueden conseguir aumentar de valor comportándose como valores financie- ros. Estas producciones se concentran en las áreas más despobladas y envejecidas. También, y aunque no han sido específicamente tratadas en este texto, la protección y la gestión ambiental vinculadas a la agricultura multifuncional (Baptista y Arnalte, 2008) podrían incluirse dentro de esta línea de desarrollo.

Pero además de los territorios han cambiado las poblaciones agrarias. Se han reducido y se han desfamiliarizado. El proceso de desfamiliarización, asociado a la modernización agraria, implica salarización. El transcurso de la salarización agraria esconde varias formas contrapuestas. Por una parte se basa en el crecimiento de las grandes explotaciones empresariales, pero también por otra se sustenta en el cambio de estrategias en la explotación familiar. En este caso el mecanismo consiste básica- mente en transferir la explotación del trabajo familiar al trabajo asalariado. La inten- sificación productiva así como el engarce de las pequeñas agriculturas familiares a las cadenas de valor comparten el incremento de la demanda de mano de obra, de carác- ter descualificado, temporal y flexible en un mercado laboral que se nutre de las des- igualdades de género y de etnia y que adquiere la dimensión de global.

El análisis realizado tiene carácter eminentemente exploratorio y por ello resulta difícil su extrapolación fuera de las regiones del sur de Europa. Aquí se han apuntado tendencias que sin duda llevan ritmos muy distintos en las diferentes áreas que en el contexto de división regional del trabajo se configuran. Pero probablemente las tendencias de desfamiliarización, aumento de heterogeneidad rural, diferenciación entre agricultura y ruralidad y desvinculación de la actividad agraria de mercados de trabajo locales sean, aunque en intensidades distintas, elementos comunes y un efecto del modelo que imponen los regímenes corporativos agroalimentarios. Probablemente en análisis comparativos en otras regiones encontremos mayor diversidad en las for- mas socioproductivas que produce la distribución de los eslabones de las cadenas agroalimentarias sobre territorios fuertemente desagrarizados. Este análisis de los pro- cesos de adaptación de las formas productivas a los paisajes sociales es un campo de reflexión fundamental para repensar y orientar las políticas de desarrollo rural.

Agradecimientos

Este trabajo se ha realizado bajo el soporte de las Redes de Excelencia: Investigaciones socioterritoriales y desarrollo rural. (CSO2014-52862-REDT y CSO2016-81728-REDT) de financiación pública. MINECO. También se ha beneficiado este artículo de los comentarios de los revisores anónimos que han sido de una ines- timable ayuda.

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