Monográficos
¿Dónde comienza la (in)sostenibilidad social de un enclave agrícola de producción de uva de mesa en Sonora, México?
Where does the social (un)sustainability of an agricultural enclave begin?Table grape production in Sonora, Mexico
¿Dónde comienza la (in)sostenibilidad social de un enclave agrícola de producción de uva de mesa en Sonora, México?
Ager. Revista de Estudios sobre Despoblación y Desarrollo Rural, núm. 24, pp. 95-122, 2018
Centro de Estudios sobre la Despoblación y Desarrollo de Áreas Rurales

Recepción: 16 Enero 2017
Aprobación: 20 Diciembre 2017
Resumen: El objetivo del artículo es analizar si la conformación y consolidación de un enclave de producción de uva de mesa de exportación en Sonora –al noroeste de México-, que depende de decenas de miles de trabajadores temporales, en su mayoría migrantes, ha generado un mayor desarrollo económico y socialmente sostenible, tanto en el lugar donde se encuentra implantado como en las regiones de origen de esos trabajadores. Con base en datos de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social y de información reca- bada en campo, se da cuenta de los desequilibrios sociales, económicos y demográficos que causa la ope- ración de dicho enclave productivo, así como de la precaria situación laboral y de vida de miles de trabajadores en sus lugares de origen.
Palabras clave: Enclaves agrícolas, marginación social, mercados de trabajo, migración laboral, sostenibilidad social.
Abstract: The objective of this article is to analyze whether the conformation and consolidation of an export-oriented enclave of table grape production in Sonora (northwestern Mexico), which depends on tens of thousands of (mostly migrant) temporary workers, has contributed to economic development and social sustainability in the Sonora region and in the regions where these workers come from. On the basis of statistics from the Ministry of Labor and Social Welfare and data collected from our own fieldwork we find that the participation of these workers in the table grape labour market has not taken them out of poverty. It is precisely the precarious employment and life situation of thousands of workers in their places of origin that supports the competitiveness of this enclave in the global chains of fruits and vegetables.
Keywords: Agricultural enclaves, social marginalization, labor markets, labor migration, social sustainability.
Introducción
En este artículo nos interesa analizar un enclave de producción de uva de mesa ubicado en el estado de Sonora, en México. La pregunta central que aquí nos hacemos es si este enclave productivo, orientado a la exportación, tiene la capacidad de generar un dinamismo económico en la región en donde se encuentra implantado (en este caso Hermosillo-Pesqueira, Sonora), a la par que un desarrollo social que satisfaga las necesidades materiales y subjetivas de todos los grupos de trabajadores que hoy se encuentran laborando en torno a la producción de uva de mesa. Más aún, si los ingre- sos que reciben los trabajadores que intervienen en esta producción permiten que dicho desarrollo social y económico se extienda a las regiones de donde ellos son ori- ginarios.
Para dar cuenta de ello este artículo se divide en cuatro partes. La primera expone la historia del surgimiento de este enclave productivo; en segundo lugar, se explica el tipo de desarrollo que ha generado en la región de estudio. En la tercera parte se caracterizan las regiones de origen en el sur del país que aportan el mayor número de trabajadores temporales en las etapas más intensivas del proceso produc- tivo. Finalmente, se discute la evidencia encontrada a la luz de ciertos referentes teó- ricos y se sugieren conclusiones.
Antecedentes regionales
Sonora es un estado ubicado en el noroeste del país, fronterizo con Estados Unidos. En la temporada 2015-2016 concentró el 70 por cien de la producción nacio- nal de uva de mesa en una superficie de 17.200 hectáreas. Se estima que ese año se cosecharon 20 millones de cajas de fruto de 8,2 kilogramos cada una, de las cuales se exportaron más del 75 por cien. Estados Unidos es su principal mercado, pero también se comercializa en Canadá, Inglaterra, Tailandia, Malasia, China y Singapur, entre otros países1.
La especificidad de la región de nuestro estudio resulta de una ventana de oportunidad que tienen los productores sonorenses para colocar su producción en el mercado norteamericano, tres semanas (entre mayo y junio) antes de que dé inicio la cosecha del Valle de Coachella, en California, o de la uva chilena. Esta situación se convierte en una ventaja comparativa que aprovecha un momento de escasez en el mercado, a lo que se añade que el costo de la mano de obra es mucho más barato en México que en Estados Unidos o en Chile (Lara y Sánchez 2015).
Es, sin duda, el microclima del que goza la región de Hermosillo-Pesqueira y el uso de tecnologías modernas lo que induce a la planta a un estado de dormancia que fuerza a las vides a dar cosechas más precoces, generando el 81% de las exportaciones de uva de mesa del estado de Sonora2. Gracias a ello, Sonora despunta como líder nacional en la producción de este fruto fresco.

De estación de ferrocarril a enclave productivo
Estación Pesqueira era, como su nombre lo dice, una instalación ferroviaria que inició sus operaciones hacia finales del siglo XIX. Toma su nombre del apellido de quien fuera gobernador de Sonora en 1857 y promoviera la construcción de una vía que conectó a la ciudad de Hermosillo con Nogales, otra ciudad fronteriza de ese estado (Corral 1990). No obstante, fue hasta el primero de enero de 1881 que se inauguró el primer tramo que iba del puerto de Guaymas a Hermosillo. Ese mismo año se hacen modificaciones a la concesión, decidiéndose que el tren llegaría a Nogales, en vez de a El Paso, y atravesaría por Magdalena. De esta manera, entre Hermosillo y Magdalena se construyeron las estaciones de: Zamora, Pesqueira, Carbó, Poza, Querobabi, Puerto, Llano y Santa Ana (Corral 1990: 80).
La estación de Pesqueira entró en operación hasta 1904, cuando se estableció allí un punto de abastecimiento de agua para la máquina de vapor, así como para el embarque y desembarque de ganado y trigo que se producían en la región, para ser transportados al interior del país y a los Estados Unidos, ya que desde finales del XIX y principios del siglo XX se caracterizó por ser ganadera.
Durante las primeras décadas del siglo XX, junto con el ganado vacuno, la pro- ducción de trigo, maíz, frijol y algodón eran hegemónicas en la región de Hermosillo y habían permitido el desarrollo regional (Grijalba y Gracida 2017). La Hacienda Codorachi contaba con un molino de trigo, mientras la Fábrica de Hilados y Tejidos del pueblo de Los Ángeles producía manta afelpada, mezclillas y lona. Su mercado princi- pal se dirigía hacia la costa occidental de México y centro del país, así como hacia algunos puntos de Estados Unidos. El algodón, necesario para los hilados de la fábrica y la incipiente industria textil de Hermosillo se transportaba en tren desde Caborca hasta Estación Pesqueira y, posteriormente, en carruajes hacia la fábrica. En conse- cuencia, tanto el ferrocarril, como la fábrica y los molinos fueron foco de atracción de foráneos hacia una región que, desde entonces, quedó expuesta al constante vaivén de personas provenientes de lugares distintos.
En sus inicios solo 350 habitantes conformaron la pequeña localidad de Estación Pesqueira, instalados en tres o cuatro calles en torno a los espacios estraté- gicos para estacionar y bañar al ganado. Eran las primeras familias que subsistían del trabajo en la estación del ferrocarril, así como de la siembra de pequeñas superficies de frijol, maíz, hortalizas y flores, o de la crianza de cabezas de ganado vacuno en pequeña escala. Son ellos los que se constituyeron como los fundadores de la locali- dad3.
En abril de 1924, esos habitantes solicitaron a la Comisión Agraria Mixta la dotación de tierras que les fueron concedidas el 19 de octubre de 1934 por el presi- dente Lázaro Cárdenas. La dotación de 3.126 hectáreas, de las cuales 480 correspon- dían a terrenos susceptibles de cultivo para formar 60 parcelas, 2.616 hectáreas de agostadero cerril, mientras que 30 hectáreas que fueron destinadas a construcción de la zona urbanizada, cuyo fin era el uso colectivo de los peticionarios de tierra4.
Hacia la década de los cincuenta, gracias al reparto agrario y a la construcción de la presa Abelardo L. Rodríguez se produjo un boom agrícola en la región. Los anti- guos trabajadores de la estación comenzaron a producir sandía, algodón, tomate y ajo, destinados al mercado de Hermosillo, ciudad capital del estado de Sonora. Estos nue- vos productores requirieron fuerza de trabajo para la preparación de los terrenos de cultivo, la siembra, la cosecha y la recolección de leña, lo que atrajo la llegada de ole- adas de trabajadores agrícolas procedentes de las llanuras costeras y de otras entida- des del país (Pérez 2014). El contingente con mayor presencia provenía de los estados de Guanajuato, seguidos de Sinaloa y Chihuahua; muchos de ellos, una vez terminada la temporada agrícola, se fueron asentando en la localidad y años después, demanda- ron también la dotación de tierras, su incorporación al ejido, y su reconocimiento como miembros fundadores de la localidad.
La llegada de la uva
Jack Frankfurt arribó desde Estados Unidos con el capital y el conocimiento para iniciar en la localidad el cultivo de la uva de mesa5. No bien se instaló, comenzó los trabajos de perforación de pozos para extraer agua de las inmediaciones del río El Zanjón; así, en julio de 1956 se levantó la primera cosecha de este producto.
A partir de ese momento, el rumbo de la economía de Pesqueira se volcó sobre el cultivo de la vid. El clima de la región recibió las cepas con facilidad y se multipli- caron en abundancia; en torno a ello empezó a girar la vida social de esa localidad.
Los pobladores pronto descubrieron que el clima era ideal, sobre todo para el cultivo de una uva temprana: una de las mayores ventajas en la rentabilidad de la pro- ducción en este lugar. La oportunidad que encontraron de introducir la cosecha al mercado norteamericano, con mayor anticipación que lo hacen los productores de California, atrajo a nuevos inversionistas de la ciudad de Hermosillo y del estado con- tiguo de Sinaloa6, abriéndose nuevos campos al cultivo; así, en los años que siguieron la apertura de viñedos se aceleró, más aún cuando otros cultivos como el algodón, que habían sido importantes en la región, declinan hacia finales de la década de los cin- cuenta, en gran parte como consecuencia de la competencia generada por las fibras sintéticas.
En cuanto a los ejidatarios se refiere, estos se agruparon en una sociedad de crédito para producir hortalizas y, más tarde, ellos mismos se interesaron en cultivar la vid, abriendo el campo Los Vergeles. Sin embargo, pronto comenzaron a tener con- flictos debido a la dificultad que tenían para pagar el crédito, para invertir en la per- foración de pozos de agua y, sobre todo, por la incapacidad para garantizar la calidad de una producción que pretendía destinarse a mercados de calidad. De esta manera, debieron disolver su asociación y comenzaron a rentar sus terrenos a los inversionistas que contaban con el capital necesario y los contactos con los broker para comerciali- zar su producción en los Estados Unidos.
Desde ese momento, la uva generó un intenso movimiento en la región, no solo de capitales invertidos en la producción sino en la comercialización de todo el tipo de insumos que se requieren para garantizar un producto de calidad, capaz de disputar con otras regiones del mundo, donde destaca la competencia con la producción de California, así como de Chile.
La introducción de la producción de uva fue el principal motor de cambio en la localidad; no solo atrajo población originaria de otros estados, sino que con ellos sur- gieron nuevas necesidades solventadas mediante la apertura de comercios, restauran- tes, lugares para alojamiento, servicios, etcétera. Sin duda, generó un importante desarrollo económico en Estación Pesqueira, así como en la Costa de Hermosillo, y con ello una diversificación en la composición social y cultural de sus pobladores. Gracias a los distintos flujos migratorios, hoy conviven allí distintos grupos sociales de dife- rentes etnias, todos ellos laborando en torno a este producto.
Conocida como la “uva de primavera” o con el landmark de “Sonora Spring Grapes”, este producto ha provocado importantes cambios socio-territoriales en la región Hermosillo-Pesqueira. En primer lugar, porque ha creado una competencia por el espacio y los recursos entre aquellos pequeños productores que buscan mantenerse como agricultores, cultivando hortalizas, trigo o algún otro producto de consumo nacional, y los que están insertos en el negocio de la uva, acaparando la tierra, pero sobre todo el agua que es extraída de pozos profundos. En segundo lugar, por el des- equilibrio social, ecológico y demográfico que ha generado en la región, como resul- tado de la intensificación de la demanda de mano de obra, sobre todo en la temporada de cosecha.
Las tres o cuatro semanas que comprende la temporada alta de exportación del “oro verde” no solo hace llegar a la región a inversionistas, comercializadores de todo tipo, agentes encargados de la certificación y transportación del producto, entre otros, sino a un inmenso flujo de migrantes procedentes de varios estados del país, que arri- ban para laborar en la cosecha y empaque del producto. Se calcula conservadora- mente que entre 20.000 y 25.000 personas llegan a la región. Así, lo que otrora fuera solamente una pequeña estación de ferrocarril hoy en día debe atender a una inmensa masa de trabajadores pobres, dispuestos a vivir e instalarse en condiciones extrema- damente precarias, con tal de ganar un poco más de lo que logran obtener en sus lugares de origen. Algunos llegarán directamente a los campamentos instalados al interior de las empresas, otros se alojarán en “cuarterías”7. Bajo distintas modalidades de empleo establecidas por las grandes o las medianas empresas, a través de contra- tistas o de comercializadores que los enganchan, todos laboran sin contratos escritos, con salarios establecidos al día, por lo regular con base en el número de kilos cosecha- dos y empacados. Es decir, empleo y condiciones de vida sumamente precarias, impuestas por la extrema flexibilidad que requiere el uso de la mano de obra para hacer rentable este enclave.
Caracterización del enclave
Cuando se habla de desarrollo rural, por lo regular, se piensa en el desarrollo económico como fuente de prosperidad y crecimiento. Los procesos de innovación tecnológica y de aprendizaje se observan como motores de dicho desarrollo8. Las cues- tiones medioambientales o sociales son consideradas como externalidades que los poderes gubernamentales deben resolver con políticas públicas de compensación (subsidios, precios controlados, etcétera). Más tarde, la sostenibilidad medioambiental entendida como la garantía de la conservación de los recursos naturales para las futu- ras generaciones, reemplazó a lo social en el orden de prioridades, y constituyó una forma de “alienación ecológica” (Ballet et al. 2011: 92). Sin embargo, hablar de “soste- nibilidad social” exige considerar en primer lugar, mantener el equilibrio demográfico en los territorios rurales, pero con una calidad de vida que garantice la satisfacción de las necesidades materiales y subjetivas de todos los colectivos que componen la población de un territorio (Camarero et al. 2009: 23).
En oposición a esta noción del desarrollo regional, lo que observamos en nues- tro caso de estudio es que al ponerse en marcha la producción intensiva de una uva que se destina a la exportación se generó una disputa local por los recursos, tierra y agua, fundamentalmente, marginando a pequeños y medianos productores regionales orientados al mercado interno. Emma Paulina Pérez (2014: 26-27) menciona lo siguiente:
“La modernización agrícola generó una problemática compleja que poco a poco fue mostrando su cara menos alentadora. Los problemas abarcaron desde el deterioro de los recursos naturales por el abatimiento del manto acuífero, la salinización de las tierras agrícolas, la tala inmoderada de bosques desérticos, la presencia antigua y reciente de explotaciones ganaderas extensivas, hasta una gran diversidad de obstáculos tecnológicos y financieros que tuvo que enfrentar la agricultura empresarial de la región”.
En efecto, uno de los problemas más graves que hoy enfrenta la región es la escasez de agua, el agotamiento de los mantos acuíferos, ya que se trata de agua que se extrae del subsuelo por medio de bombeo, así como fuertes problemas de saliniza- ción de la tierra (Moreno 1994).
Otro problema, asociado al despunte de esta agricultura moderna es que pro- vocó importantes desplazamientos de trabajadores agrícolas a la región y su estable- cimiento en colonias con escasa infraestructura para alojarlos. Muchos de ellos llegaron en los años cincuenta como jornaleros y buscaron ser beneficiados con el reparto ejidal para liberarse del trabajo asalariado. Los poblados de Miguel Alemán y Kino Viejo, al igual que Pesqueira, crecieron de manera desordenada, con urbanización improvisada y caótica (Pérez 2014). De su lado, Estación Pesqueira creció a la par de las exportaciones, pasando de 976 personas que vivían en la localidad en 1980 a 2.354 en 1990, en gran parte como resultado de los flujos de trabajadores que se fueron asentando. Hoy en día, los más de 9.000 habitantes que allí viven dan cuenta de la constante movilidad y asentamiento que se ha generado como resultado de la demanda de mano de obra de las empresas productoras de uva y de hortalizas en la región.
De acuerdo con los testimonios de los lugareños, fue entre 1983 y 1989 que se dio un cambio significativo en el perfil de la población que llegó a trabajar a los cam- pos de uva de mesa, y en la movilidad que se creó en torno a este cultivo. Como ya lo hemos mencionado, en sus inicios fue básicamente población mestiza, originaria de los estados vecinos o del centro del país quienes se fueron instalando en la localidad y que hoy en día se reivindican como los “oriundos”. Posteriormente, la fiebre por exportar ese “oro verde” fue atendida a través de contratistas que comenzaron a traer trabajadores indígenas de los estados más pobres del sur país, especialmente de Oaxaca y Guerrero. Es así que hicieron su aparición en Pesqueira los llamados despec- tivamente “sureños”, quienes se fueron, igualmente, asentando en la localidad y adquiriendo los saberes para laborar en todas las tareas que demanda el cultivo de la uva. A la larga, la población asentada también ha tenido sus inconvenientes para los empresarios, situación que exponemos más adelante.
El arribo de los sureños y su asentamiento en la localidad creo un desequilibrio demográfico importante. A la vez, generó problemas sociales (carencia de escuelas, centros de salud, etcétera) y ambientales (sistema insuficiente de recolección de basura, problemas de abastecimiento de agua potable, carencia de servicio de drenaje, etcétera), que se convirtieron en fuente de conflictos. Esta situación se hace aún más grave en temporadas de alta demanda, cuando llegan masivamente los trabajadores temporales, quienes son alojados en campamentos precarios de las propias empresas, o en cuarterías, igualmente precarias.
Precariedad de vida
En 2007, un diagnóstico realizado en la localidad arrojó información relevante respecto a las condiciones de vida de la población asentada. Si bien la mayoría de las viviendas contaba con agua y luz, en 27 por cien de los casos no había alumbrado eléctrico en las calles y en 98 por cien no había pavimentación, 35 por cien de las casas no contaban con drenaje, 43 por cien no tenía baño, 46 por cien no tenían una cocina y solo 11 por cien tenía red telefónica (CDI 2007).
No obstante, en este contexto de precariedad, la población asentada había construido cuartos en sus terrenos, a fin de alojar a los migrantes temporales que lle- gan por su cuenta, es decir para aquellos que no van a vivir en los campamentos de las empresas, o aquellos que se han “fugado” de dichos campamentos (Lara y Sánchez 2015). Algunos de los asentados se vuelven contratistas y trabajan para las empresas, aportándoles la mano de obra que requieren estas, sobre todo durante las temporadas de mayor demanda. De esta manera, alojan a los trabajadores que laboran a su cargo, otros simplemente son “raiteros”, es decir transportistas que trasladan a los trabaja- dores que ellos alojan hacia los campos de las empresas9. Muy seguido, las mujeres de estos contratistas se encargan de vender comida a los trabajadores, de lavar su ropa, e incluso establecen pequeñas guarderías a donde cuidan a los niños de las trabaja- doras, cobrando por cada servicio que ofrecen. Algunos, también tienen en su propio predio una tienda a donde abastecen (a precios más altos que los que se encuentran en las ciudades cercanas) de alimentos y productos básicos a los migrantes.
Todas estas actividades conformaron una “industria de la migración” (Hernández 2012) que supone un saber de las privaciones que genera la movilidad y que son resueltas a través de una economía “de pobre a pobre” (Tarrius 2007), con lo que ello supone en el sentido de que son servicios que se ofrecen en condiciones de extrema precariedad, sin que los que los reciben puedan exigir que estos mejoren, ya que resultan de relaciones de aparente solidaridad. Lo que es el resultado de la falta de una infraestructura otorgada, sea por las empresas o por las autoridades locales, para alojar a dichos trabajadores temporales en condiciones dignas.
Impactos laborales
Las empresas han desarrollado formas de empleo y ocupación novedosas, pro- pias de las que se ponen en marcha en otros sectores de la economía que se han modernizado, gracias a la automatización de ciertos procesos. Sin embargo, persisten las condiciones de trabajo precarias, como son: bajos ingresos, inestabilidad laboral, contrataciones temporales, carencia de prestaciones sociales, sistemas de remunera- ción a destajo, baja presencia sindical y trabajo no registrado. En el caso sonorense, existe el Sindicato de Jornaleros Agrícolas “Salvador Alvarado” (de la Confederación Nacional Campesina), pero los trabajadores temporales desconocen su existencia o desestiman su utilidad.
Algunos organismos públicos, como la Secretaría de Trabajo y Previsión Social (STPS), otorgan apoyos a los trabajadores para su traslado y realizan inspecciones en las empresas que los contratan10. Sin embargo, la habilidad de las empresas para eva- dir dichas inspecciones y las normas de trabajo, supera la capacidad de dichas instan- cias para realizar un seguimiento permanente de las condiciones de empleo, de pago y de alojamiento de los trabajadores migrantes. Aun cuando ciertos empresarios incor- poraron algunas mejoras, con tal de lograr la acreditación necesaria para poder exportar, no cambiaron la precariedad de las condiciones de trabajo y de vida que ofrecen a sus trabajadores. Por otro lado, el paradigma de calidad, que exigen las distintas nor- mas de certificación, ha repercutido en la organización del trabajo e incluso en la composición de los flujos migratorios, ya que los jornaleros indígenas provenientes de Oaxaca y Guerrero se trasladaban en grupos de familias extensas e incorporaban a sus hijos al trabajo. Actualmente, las empresas que operan bajo el régimen de “responsa- bilidad social” e inocuidad, en su preocupación por cumplir con la norma internacional de “prohibición de trabajo infantil”, prefieren buscar trabajadores temporales, solos, hombres o mujeres muy jóvenes, quienes, dada la vulnerabilidad en la que se encuen- tran al ser temporales y migrantes, sin otras alternativas laborales, se someten a sus exigencias.
Por todo lo anterior, consideramos que el despunte de este enclave productivo ha sido incapaz de generar un desarrollo económico, ambiental y socialmente soste- nible, situación que se repite en la mayor parte de las regiones de agricultura intensiva de México, lo que ha sido ampliamente documentado por investigadores, periodistas y organizaciones no gubernamentales11.
Caracterización de las regiones de origen
Hoy en día, los trabajadores agrícolas temporales que llegan a Sonora provienen de casi todos los estados del país. En 2014, 19 de los 32 estados aportaron al menos una cuadrilla (40 personas). Es decir, se diversificó la fuente de abasto de mano de obra, no obstante, destacan como nuevas regiones de suministro de trabajadores migrantes los estados de Puebla y Chiapas, como puede leerse en el cuadro 1.

En segundo lugar, se observa una demanda ascendente de jornaleros tempora- les. De acuerdo con los registros del Servicio Nacional de Empleo (SNE), en 2010 el número de trabajadores agrícolas colocados en el estado de Sonora por el Subprograma de Movilidad Laboral Interna (SUMLI) fue de 21.077, en tanto que para el 2014 se había incrementado a 29.281. Sin embargo, estas cifras no consideran a los trabajadores locales (asentados), ni a aquellos que llegan directamente “por su cuenta” a emplearse, y que no fueron beneficiarios del programa mencionado.
Cabe advertir que la movilización de estos miles de trabajadores migrantes depende de un eficaz sistema de intermediación laboral. Este sistema asegura la pre- sencia oportuna de mano de obra en los campos agrícolas, así como su repliegue al término de las tareas para las que son requeridos. Como ya hemos analizado en otros trabajos (Lara y Sánchez 2015; Sánchez y Saldaña 2015), tiene una estructura pirami- dal que se compone de contratistas y sus respectivos equipos de trabajo, compitiendo entre sí para ofrecer a las empresas agrícolas mejores precios y calidad en las tareas que realizan las cuadrillas que controlan. Esto supone un trabajo importante de selec- ción, capacitación y disciplinamiento de los trabajadores.

La construcción de la insostenibilidad en reservorios de mano de obra poblanos
Los trabajadores que proceden de Puebla son originarios mayoritariamente de las regiones de Valle de Atlixco y Matamoros (29,5 por cien), Tehuacán y Sierra Negra (19,1 por cien) así como de la Mixteca (18,1 por cien) las que en conjunto aportan más de la mitad de los trabajadores. A su vez, a nivel municipal destacan Izúcar de Matamoros (13,4 por cien) (homónimo de la región); le siguen en importancia Tehuitzingo (7,8 por cien) de la región Mixteca y Ajalpan (5,1 por cien), perteneciente a Tehuacán y Sierra Negra.

De acuerdo con nuestros informantes, los poblanos comenzaron a trabajar en la cosecha de uva de mesa en Sonora desde mediados de los años ochenta y progresiva- mente fueron predominando, extendiendo esta actividad para realizar la poda y el raleo de las matas. Algunos de estos trabajadores también se insertaron en labores de otros cultivos hortícolas en la región, buscando extender sus periodos de empleo, lo que posteriormente ha dado lugar a que algunos contingentes permanezcan varios meses después de la cosecha de uva.
Los lugares de origen de trabajadores poblanos se caracterizan por altos niveles de pobreza y falta de oportunidades locales de empleo. Señalan que, en sus lugares de origen, si acaso, siembran la milpa (maíz, calabaza, chile y frijol) para el autoconsumo, en tierras propias o prestadas, y crían ganado en pequeña escala (Testimonio de CC, Izúcar de Matamoros, 2013). Estas actividades se desarrollan de manera complemen- taria a su participación en el mercado de trabajo de la uva de mesa.
Los datos registrados por el SUMLI son consistentes con nuestra investigación de campo respecto a la relevancia del reclutamiento que tiene la región de Valle de Atlixco y Matamoros, donde viven cuadrilleros y contratistas. Incluso, algunos de ellos han extendido sus redes de enganche al vecino estado de Morelos o a estados más ale- jados como Veracruz y Chiapas, apoyándose en relaciones de confianza creadas en el trabajo estacional.
En otro artículo (Sánchez y Saldaña 2015) hemos mostrado los vínculos paren- tales y de paisanaje que existen entre trabajadores y contratistas, quienes aseguran la comunicación oportuna para garantizar su incorporación en las temporadas de poda, raleo o cosecha. Son ellos quienes se encargan de organizar el embarque de los traba- jadores en los autobuses que los trasladan hasta Sonora, y de resolver todo tipo de problemas logísticos que resultan durante su traslado, a la vez que son quienes orga- nizan y asignan el trabajo a desempeñar en los campos agrícolas, de allí la importancia de que ambos sean oriundos de las mismas regiones.
Un representante de la delegación estatal de la STPS en Puebla, entrevistado en 2012, explicaba que existe una preferencia de los empresarios sonorenses por la con- tratación de jornaleros de Puebla, porque encuentran que son más disciplinados que el trabajador “sureño” (chiapaneco y veracruzano). No obstante, este juego de percep- ciones y de atribuciones sobre ciertas características que se les imputan a los conjun- tos de trabajadores puede estar asociado a un proceso de cambio del perfil de la mano de obra deseada. En tanto se fueron imponiendo los sistemas de certificación, se ha ido privilegiando la contratación de población joven, con mayores niveles de escolari- dad y, preferentemente, mestiza. De hecho, las empresas solicitan explícitamente a los contratistas que los trabajadores que llevan sepan leer y escribir, lo que no era muy común entre aquellos que llegaron en décadas anteriores, procedentes de las zonas indígenas de los estados de Guerrero y Oaxaca. Sin duda, hoy se busca que los traba- jadores que contratan garanticen la aplicación de las normas que les permiten lograr la certificación por Buenas Prácticas Agrícolas.
El incremento de jornaleros originarios del estado de Puebla nos lleva a pregun- tarnos acerca de las condiciones que prevalecen en sus comunidades de origen y lo que los conduce a desplazarse miles de kilómetros para encontrar trabajo en el estado de Sonora. Centrándonos en la Región de Valle de Atlixco y Matamoros, que es la fuente más importante de trabajadores de la entidad, se puede señalar que, por su ubicación geográfica, representa un enlace entre Puebla y los estados vecinos de Morelos, Guerrero y Oaxaca, con una importante red de vías de comunicación. A la vez, la presencia del ingenio azucarero de Atencingo, uno de los más importantes del país por el volumen de caña de azúcar que se produce en esa zona, ha generado importan- tes movimientos regionales de jornaleros temporarios para laborar sobre todo en la zafra cañera. Durante décadas, la región fue foco de atracción, articulando mercados de trabajo agrícolas estacionales (caña, cítricos, plátano y café), tanto en Puebla como en los vecinos estados de Veracruz y Morelos. Ciertamente era una migración ligada a (y alternada con) la agricultura de subsistencia de las economías campesinas, para las cuales el empleo estacional fuera del pueblo era complemento de sus estrategias de reproducción social hasta los años setenta (Ibarra y Rivera 2011).
Ya desde la segunda mitad de los años ochenta se empezaron a sentir con fuerza las consecuencias de la crisis económica en la región, derivada del impulso a las políticas neoliberales (Rivera 2007). No solo se constató localmente una drástica reducción de los niveles de consumo, sino sobre todo la contracción, debilitamiento o desaparición de fuentes de empleo temporal –urbano y rural–, que exigieron reorien- tar los flujos migratorios, pues la gente estaba acostumbrada a desplazarse para con- seguir trabajo. Más aún, en todo el sur de Puebla, se resintió especialmente el deterioro de los salarios que obtenían en el vecino estado de Veracruz, tradicional des- tino de flujos migratorios regionales de la mixteca poblana, lo que redundó en la desa- parición, venta y/o reorganización de algunas empresas estatales (como los ingenios azucareros, o las agroindustrias tabacalera y cafetalera, entre otras), generándose un amplio desempleo en las regiones meridionales de Puebla (Rivera 2007: 189).
En este creciente proceso de desempleo y recesión, la migración hacia Estados Unidos se convirtió en la principal alternativa para lograr la sobrevivencia, tal como sucedió en otros lugares del país, que aparecieron como “regiones emergentes”, puesto que no contaban con la tradición migratoria que tenían otros estados del norte y cen- tro del país (Rivera 2007: 189)12.
No obstante, a medida que se fue endureciendo cada vez más la política migra- toria de Estados Unidos, y el cruce de la frontera se hizo más peligroso, aquellos que no habían logrado irse o habían sido deportados, así como los más jóvenes, encontra- ron esta puerta de salida cerrada e iniciaron la búsqueda de otras alternativas. Para la década del 2000 la migración hacia el noroeste del país: Sonora, Sinaloa o Baja California se convierte en una nueva opción, sobre todo, tomando en cuenta que la pobreza rural se incrementa en el país, y justamente el estado de Puebla, con el de Chiapas, Guerrero y Oaxaca, presentan los porcentajes más altos de población en situación de pobreza13.
Sin duda, la migración hacia los campos sonorenses se ha convertido en una válvula de escape para los jóvenes rurales que hoy en día no pueden irse a los Estados Unidos. Pese a las condiciones laborales, los ingresos que obtienen por trabajar en la uva de mesa son más altos que los que perciben, por ejemplo, en las zafras cañeras. No obstante, dichos ingresos no son capaces de revertir la situación de pobreza y mar- ginación de sus familias ni de las localidades de donde provienen.
De acuerdo con datos de CONEVAL, en 2010 entre los municipios poblanos que tuvieron los porcentajes de población en situación de pobreza más altos fueron: Ajalpan (83 por cien) e Izúcar de Matamoros (66,8 por cien)14. En tanto, tomando en consideración los datos del Consejo Nacional de Población (CONAPO) sobre el índice de marginación municipal vemos, por ejemplo, que el municipio de Ajalpan desde 1990 y hasta 2010 ha sido clasificado con un índice de marginación “Muy Alto”15.
De la finca al agronegocio: jornaleros chiapanecos
Para entender lo que sucede en el lugar de origen del segundo grupo más importante de jornaleros que llega a la viticultura sonorense es necesario saber que Chiapas es el estado que cuenta con el grado de marginación social más elevado en el país. En 2014, de acuerdo con datos de CONEVAL, 76,2 por cien de su población se encontró en situación de pobreza, y 31,8 por cien en pobreza extrema. Asimismo, se trata de un estado predominantemente rural (71 por cien) e indígena, el cual, sobre todo a partir de 1988, enfrentó una crisis de los productores y de la producción agro- pecuaria, que no ha podido revertir. En cambio, se ha agudizado la desigualdad social en el campo, lo que aunado a una fuerte caída del empleo urbano y a las repercusiones sociopolíticas derivadas del levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en 1994, han precipitado el masivo éxodo de chiapanecos a diferentes lugares del país y del extranjero.
En este contexto se explica la presencia de los jornaleros chiapanecos en los campos sonorenses, siendo en 2014 cerca de siete mil personas las que se movilizaron a través del SUMLI. Estos migrantes son originarios principalmente de tres de sus quince regiones: los Altos de Chiapas, que aporta el 36,7 por cien, la región de la Selva el 24 por cien y Norte, con 17,2 por cien. En menor proporción se encuentran los oriundos de las regiones Centro y Frontera con alrededor de diez y cinco puntos por- centuales, respectivamente.
En particular, se observa que seis municipios de la primera de estas regiones concentran una tercera parte de todos los jornaleros migrantes que reclutan las agroindustrias sonorenses: San Juan Cancuc, Calchihuitán, Tenajapa, Larráinzar, Oxchuc y Chamula. Su colindancia sugiere la existencia de una zona de reclutamiento y embarque de los trabajadores migrantes.

Los especialistas mencionan que en la región de Los Altos se encuentran doce de los cien municipios más marginados de todo el país. No parece casual que ocho de esa rezagada docena sean lugares de origen de los jornaleros temporales, contratados para la uva de mesa, donde se observan los siguientes porcentajes de pobreza: San Juan Cancuc (97,3 por cien), Chalchihuitlán (96,8 por cien), Larraínzar (96,3 por cien), Oxchuc (93,5 por cien), Chamula (94,8 por cien), Chanal (96,1 por cien), Pantelhó (96,1 por cien) y Huiztán (92,9 por cien). Por ese motivo, dichos municipios han sido incor- porados en el Programa “Cruzada Nacional contra el Hambre”16.
Diagnósticos sobre la migración chiapaneca (entre otros, Villafuerte y García 2006, 2014; y Cruz et al. 2007) permiten identificar que el fenómeno que nos interesa es parte de un proceso más amplio de diversificación de trayectorias migratorias hacia el norte del país y a los Estados Unidos. El actual momento sería el último de tres gran- des ciclos de movimientos de población que se iniciaron a fines del siglo XIX con el flo- reciente desarrollo capitalista en las fincas y plantaciones cafetaleras que ocupaban decenas de miles de jornaleros. Los Altos es una región con población mayoritaria- mente indígena, hablantes de tzeltal-tzotzil que fue, desde hace un siglo, reservorio de peones asalariados para las fincas cafetaleras del Soconusco17. No obstante, a lo largo del siglo XX la mano de obra local fue desplazada por trabajadores guatemaltecos, que por su condición migrante resultaban más baratos, en tanto muchos chiapanecos ini- ciaron la búsqueda hacia nuevos destinos18. Esto explica, en parte, un segundo momento, que inicia en la década de los setenta cuando se presentan movimientos interestatales y en una modalidad del tipo campo-ciudad: las zonas petroleras en Tabasco y la construcción del megaproyecto turístico de Cancún, Quintana Roo, fueron los principales polos de atracción; junto con estos, los desplazamientos de población se desarrollaron hacia otros estados del centro del país, proceso que se amplía en los años ochenta.
Finalmente, el tercer momento se da hacia finales de los años noventa, y está marcado con la acelerada migración hacia Estados Unidos, llevando a que actual- mente un significativo porcentaje de hogares sean receptores de remesas (Aquino 2012). Los municipios que tienen mayor intensidad migratoria internacional se encuentran en las regiones de la Costa y del Soconusco, lo cual podría deberse a que en ellas la crisis de la agricultura se expresa con mayor fuerza, siendo un hecho signi- ficativo la caída de los precios internacionales del café, lo que profundizó el declive de los pequeños productores; de cualquier forma, casi todos los municipios del estado tienen migración hacia Estados Unidos (Villafuerte y García 2014).
Los registros del SUMLI registran la importancia que ha ido adquiriendo en la última década la movilidad interna de jornaleros que se dirigen hacia el noroeste del país, principalmente hacia Ensenada (Baja California), Mulegé (Baja California Sur), Culiacán (Sinaloa), Hermosillo y San Miguel Horcasitas en Sonora. Estos últimos siendo los que incorporan más población jornalera que cualesquiera de los otros destinos19.
La migración jornalera a Sonora ha sido una de las varias modalidades de bús- queda de mejores oportunidades de ingreso que sus economías locales no les garan- tiza20. Sin embargo, el saldo de estas experiencias es cuestionable si atendemos al grado de marginación estimado por CONAPO para los municipios de donde proviene la mano de obra, pues desde 1990 a la fecha son considerados con marginación “Muy Alto”. Por ejemplo, Larráinzar, que ocupa el cuarto lugar de procedencia de jornaleros chiapanecos, es un municipio donde casi toda su PEA percibe menos de dos salarios mínimos; o el caso del municipio de Chalchiutlán, donde 86,2 por cien de su PEA per- cibía menos de dos salarios mínimos en 1990 y una década después dicho porcentaje se había incrementado a 93,4 por cien.
Las distintas etapas de la migración chiapaneca dan cuenta de la urgencia que tiene la población de encontrar otras fuentes alternativas de empleo tanto al interior del país como en los Estados Unidos. No obstante, al igual que lo señalado para el caso poblano, sin duda que el cierre de la frontera norteamericana ha sido lo que ha llevado a diversificar destinos, siendo los viñedos sonorenses una esas opciones.
Discusión y conclusiones
La apuesta de las políticas neoliberales en la agricultura mexicana es la de crear polos altamente dinámicos, orientados a la exportación, que permitan atraer capitales y generar empleos. Desde esta perspectiva, la evaluación que se hace de la cadena de producción de uva de mesa resulta favorable, a pesar de los traspiés que ha podido tener la incorporación de tecnologías que buscan favorecer el ingreso temprano de la uva de mesa sonorense al mercado norteamericano.
De acuerdo con la Fundación Produce la producción de uva de mesa constituye un caso exitoso, resultado de los logros obtenidos por la Asociación Agrícola Local de Productores de Uva de Mesa (AALPUM). En particular, pondera el positivo impacto social y económico en otros estados del país, por el trabajo temporario generado.
No obstante que, en efecto, en torno a la producción de uva de mesa se ha con- formado un enclave altamente productivo que demanda importantes contingentes de trabajadores agrícolas al año, lo que las evaluaciones no miden es el tipo de empleos que crea, ni de desarrollo que genera localmente. Se habla de “derramas económicas”, pero no se menciona las fuertes desigualdades en el reparto de la riqueza que produce.
En este artículo hemos querido dar cuenta cómo un producto, como la uva de mesa, que se dirige fundamentalmente a la exportación, ha generado cambios tan sig- nificativos en la región donde se cultiva. En nuestro caso, hemos querido mostrar cómo las bondades del clima de la región Hermosillo-Pesqueira han permitido el des- punte de un enclave productivo. De tal manera que una localidad como Estación Pesqueira pasó de ser el asiento de una pequeña estación de ferrocarril, en torno a la cual no vivían más de mil personas, a un lugar que presenta una alta concentración demográfica durante los meses en los cuales se lleva a cabo la cosecha. Dicha concen- tración corresponde a la importante presencia de trabajadores agrícolas temporales, provenientes de casi todo el país, quienes junto a migrantes ya asentados en la loca- lidad se encargan de realizar las distintas tareas del cultivo.
Esta situación no tendría por qué considerarse problemática si no fuese porque las empresas que se benefician de esta mano de obra no se han interesado –como tampoco el Estado-, en que exista la infraestructura adecuada para recibirlos, alojarlos y abastecerlos de alimentos, de modo que durante su estancia en el lugar vivan dig- namente. Hemos mostrado cómo ha tenido que surgir una “industria de la migración” (Hernández 2012) que presta servicios particulares a los trabajadores asentados y tem- porales, debido a la falta de infraestructura y servicios públicos suficientes.
También hemos dado cuenta de que las formas de reclutamiento y de empleo que ofrecen las empresas son muy precarias, y si los trabajadores migran para laborar allí es porque en sus regiones de origen no tienen alternativas de empleo ni de generar ingresos como campesinos, o las que encuentran son aún peores. Situación que hemos ilustrado con los casos de Puebla y Chiapas, estados que aparecen como importantes fuentes de abastecimiento de mano de obra. Aunque disímiles y distantes entre sí, coinciden en la creación de condiciones suficientes que han devastado a las socieda- des rurales y ha orillado a su población al nomadismo laboral.
De esta manera, si el enclave de producción de uva de mesa de Sonora puede considerarse como “exitoso” es desde una perspectiva tradicional de concebir el desa- rrollo regional, donde ninguna distinción se hace entre crecimiento económico y bien- estar social. En donde el desarrollo privilegia la economía del mercado capitalista y el avance tecnológico sin considerar otras esferas esenciales al desarrollo regional, como son equilibrio ecológico, la conservación del medio ambiente y de los recursos (evitar la escasez de agua y la salinización de las parcelas, en este caso), así como el bienestar de la población concernida (Moulaert y Mehmood 2008). Donde se tiene una visión instrumental de las instituciones como agentes que intervienen para paliar los des- ajustes sociales provocados por un desarrollo desigual (Ballet et al. 2011).
Así es como hemos visto el papel de las instituciones (dependencias guberna- mentales, sindicatos, empresas, etcétera), cuya intervención se orienta, si acaso, a atender problemas relacionados con el bienestar social mediante medidas compensa- torias. Tal es el caso de la función que realiza la Secretaría del Trabajo a través del SUMLI, o de la Secretaría de Desarrollo Social, mediante el Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas (PAJA). Pero, como lo analizan Ballet et al. (2011), el desarrollo social no es simple, está cargado de ambigüedad entre lo social y lo societal. Entre mirar el bienestar mediante indicadores medibles (salud, educación, reducción de la pobreza, etcétera) o considerar la calidad de las interacciones sociales que se producen en el seno de una sociedad.
Inspiradas en la noción de sosteniblidad social de Camarero y sus colaboradores (2009: 23), consideramos que este concepto hace referencia a: “un entramado humano diverso y equitativo, suficientemente activo y articulado para generar diná- micas sociales y económicas capaces de mantener la satisfacción de las necesidades materiales y subjetivas de todos los colectivos que componen la población de un terri- torio”. En este artículo hemos mostrado qué lejos se está de lograrlo. Estos enclaves productivos compiten entre sí para ganar un pequeño espacio en el mercado global y se convierten en polos de atracción de importantes flujos de trabajadores migrantes, en busca de empleos, aún si estos son temporales y precarios. Ponen en competencia a pequeños y medianos productores frente a las grandes empresas integradas con los mercados mundiales.
Al hacer la historia de Estación Pesqueira, se demuestra que la implantación de un enclave productivo, como el que analizamos, resulta exitoso si no se considera el despojo de pequeños y medianos productores regionales y la manera en cómo se han visto desplazados del mercado, debiendo arrendar o vender sus tierras a las grandes empresas. Esto sin contar con los graves problemas que se han suscitado en términos de sustentabilidad ecológica y ambiental, por la sobreexplotación de pozos y de los mantos acuíferos, tema que rebasa los objetivos de este artículo.
También hemos querido mostrar la manera en que las empresas ponen en com- petencia a los migrantes ya asentados, y con cierta experiencia laboral, con trabajado- res jóvenes, contratados por temporadas cortas, que igual laboran en la uva que en la manzana; que igual tratan de cruzar la frontera que permanecen laborando en secto- res de la construcción o los servicios; pero, cuyo atractivo está en su desorganización, su falta de exigencias para defender sus derechos laborales, lo que los convierte en una mano de obra extremadamente flexible y precaria. Incluso, cómo privilegian la contratación de jóvenes, sobre todo hombres, con ciertos niveles de escolaridad, que se contratan solos. Con ello, han desplazado los flujos de migrantes que llegaban en familia para laborar en los campos, la mayoría indígenas y con bajos niveles educati- vos. Es a ellos a los que les toca quedarse a vivir en la pobreza de sus lugares de origen.
Por eso, cuando nos preguntamos ¿dónde comienza la (in) sostenibilidad social del enclave agrícola productor de uva de mesa de Sonora?, en realidad es porque con- sideramos que esos trabajadores jóvenes, migrantes, provienen de localidades suma- mente pobres, hoy en día despojadas de su fuerza de trabajo y de los saberes que antes les permitían explotar su medio ambiente. La migración de esos jornaleros es un pro- ceso que interconecta espacios con desarrollos económicos desiguales y que lleva a la población rural, de las regiones más empobrecidas a abandonar la agricultura tradi- cional. Que convierte a los jóvenes en trabajadores circulantes, desechables, remplaza- bles y sujetos a un sistema de expoliación que impide cualquier proceso de acumulación y les niega la experiencia de bienestar. Justamente porque la forma como se estructura la organización del trabajo en este enclave productivo genera un con- junto de desequilibrios económicos y sociales tanto en los territorios donde se implan- tan y operan, como entre los territorios que conectan a través de la fuerza de trabajo que emplean.
Agradecimientos
Este artículo se basa en hallazgos del estudio de caso mexicano a cargo de las autoras, del Proyecto de Investigación Sostenibilidad Social de los Nuevos Enclaves Productivos Agrícolas: España y México –ENCLAVES– (Ref.: CSO2011-28511), siendo responsable general el Dr. Andrés Pedreño Cánovas. Agradecemos los comentarios de los evaluadores anónimos de Ager.
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