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El rigor de lo etnográfico como socioantropología públicamente orientada: una aproximación a la reflexividad de un proceso investigador

Rigour in ethnography as a public-oriented socioanthropology: an approach to reflexivity in a research process

Sergio Moreno Robles
University of Texas at Austin/Universidad Autónoma de Madrid, España

El rigor de lo etnográfico como socioantropología públicamente orientada: una aproximación a la reflexividad de un proceso investigador

EMPIRIA. Revista de Metodología de las Ciencias Sociales, vol. 57, pp. 145-164, 2023

Universidad Nacional de Educación a Distancia

Recepción: 30 Marzo 2022

Aprobación: 11 Diciembre 2022

Resumen: Este artículo plantea la objetivación de algunos de los procesos reflexivos más relevantes de una investigación cualitativa. Concretamente, busca subrayar la centralidad de la reflexividad en el oficio etnográfico a la hora de poner en práctica unas u otras perspectivas epistémico-metodológicas, lo que coadyuvaría a la construcción de una investigación etnográfica que tienda a la rigurosidad, facilitando con ello, la inserción pública del conocimiento socioantropológico generado. En este trabajo, se presenta el conjunto de herramientas teórico-conceptuales que, en cierta medida, ha resultado útil para la articulación de la dimensión reflexiva enunciada, y gracias al que se delimitan diversos obstáculos y reorientaciones de una investigación doctoral. Entre esas herramientas, las de mayor calado habrían sido: el distanciamiento epistemológico, la implicación metodológica, los vaivenes entre el objeto investigador, la política del terreno, el producto final y su inserción pública; la imbricación entre los niveles micro-social y estructural, así como el tiempo de inmersión en el terreno y la relación con los tempos definitorios de los micro-mundos compositivos de lo cotidiano.

Palabras clave: Rigor epistemológico y metodológico, etnografía, socio-antropología pública, reflexividad investigadora.

Abstract: This paper contemplates objectification of some of the most relevant reflexive processes of a qualitative research. More precisely, it seeks to highlight the centrality of reflexivity in the ethnographic craft when putting into practice one or another epistemic-methodological perspective, which would contribute to outlining an ethnographic investigation that tends to rigour, thereby enabling the public insertion of the generated socio-anthropologic knowledge. In this work, it is shown the set of theoretical-conceptual tools that, to a certain extent, has been useful for the articulation of the aforementioned reflexive dimension, and thanks to which several obstacles and reorientations of a doctoral research are framed. Amongst these tools, the most important are: epistemological distancing, methodological implication, the fluctuation among the research object, the politics of the field, the final product, and its public insertion; the interweaving of the microsocial and structural levels, as well as the time of immersion in the field and the relationship with the defining tempos of the micro-worlds composing everyday life.

Keywords: Epistemic-methodological rigour, ethnography, public socio-anthropology, research reflexivity.

1. INTRODUCCIÓN1

Alrededor de un mes después de haber comenzado el trabajo de observación participante en el barrio de Las Margaritas (Getafe), mantengo una reunión con un trabajador social que interviene en la zona. De su despacho, me llaman la atención los diversos carteles que, pegados sobre la puerta y las paredes, parecen recordar los eventos organizados en el barrio; y que, a pesar de la relativa frialdad de la mañana, algunas de las ventanas están abiertas y, aún así, hace cierto calor en la sala. El trabajador de lo social, que me aclara que no puede regular la calefacción de su despacho, expresa sus opiniones sobre determinados procesos de Las Margaritas y Getafe, a la vez que me facilita el contacto de diversas personas y entidades barriales que podrían interesarme. Al final de la conversación, con cierta seriedad desconfiada, me comenta literalmente: «pero tú en el barrio, vas a hacer una investigación acción participativa, ¿no?»

Con el paso del tiempo, aquella pregunta, directamente dirigida al tipo de oficio etnográfico que desarrollaría en Las Margaritas, se convirtió en una de las dimensiones centrales de la reflexividad articuladora de la investigación desplegada en y fuera de Getafe. Pues el mecanismo reflexivo es uno de los elementos definitorios del oficio socioantropológico, ya que «es necesario someter las operaciones de la práctica sociológica a la polémica de la razón epistemológica, para definir, y si es posible inculcar, una actitud de vigilancia que encuentre en el completo conocimiento del error y de los mecanismos que lo engendran uno de los medios para superarlo» (Bourdieu, Chamboredon y Passeron 2013: 15-16). Una actitud vigilante, atenta, continuada, irresoluble y multidimensional definida por hábitos reflexivos que, junto con los prerreflexivos, conformarían el conjunto de hábitos singulares a la vez que heterogéneos incorporados por cada investigador (Lahire 2004), a partir de los que, en cierta manera, se podrían repensar algunas de las características definitorias del oficio antropológico-social.

De la pluralidad de dimensiones articuladoras de esos hábitos reflexivos, como podrían ser las condiciones sociales de producción de los interlocutores objeto de estudio y las mías como sujeto investigador, mi posición en el campo académico y en el terreno, o la «falacia escolástica» (Baranger 2018: 35); en este trabajo, se plantea una aproximación a los desplazamientos y posicionamientos (consciente e inconscientemente asumidos), relativos a las diferentes corrientes epistemológicas y metodológicas (así como a las limitaciones y re-direccionamientos generados), que atraviesan mi tesis doctoral (Moreno Robles 2021). Se incluyen, además, unas breves alusiones a mis condiciones sociales de producción y a la dimensión ética, abordada más allá de su vertiente deontológica, es decir, desde los modos de producción de conocimiento, debido a su importancia en el desplazamiento hacia la corriente epistemológica constructivista que atraviesa mi proyecto doctoral.

Para desarrollar la aproximación planteada, comparto diversas herramientas teórico-conceptuales implicadas en el desarrollo del proceso investigador que, por lo demás, podrían llegar a considerarse como algunas de las características centrales del oficio de antropólogo desde el constructivismo social. La ruptura epistemológica, la implicación política, el vaivén continuo entre las problemáticas de investigación, la construcción empírica del campo, el análisis y la producción conceptual sobre el terreno, la elaboración del producto final y la inserción pública del conocimiento producido; las vinculaciones entre las prácticas ordinarias y los procesos estructurales definitorios de lo social, así como los tiempos y tempos de inmersión en el terreno y del proceso investigador en su conjunto, serían algunas de las herramientas más destacables. Tal conglomerado de procedimientos es el que, en mi caso, habría coadyuvado a plantear un acercamiento relativamente riguroso a la realidad social, contribuyendo con ello al posible enriquecimiento de debates disciplinares, así como a eventuales propuestas e intervenciones prácticas y políticas en la esfera pública. Es decir, a impulsar una inserción del conocimiento producido tanto en el interior como más allá del campo académico. Esta inserción pública es propuesta y definida, al final del trabajo, como un momento central más de los procesos investigadores socioantropológicos.2

Con la intención de abordar las ideas anteriores, el trabajo dibuja un itinerario que parte de las dificultades relacionadas con los intentos iniciales de implementar las perspectivas metodológicas aplicada y empirista. En lo que sigue, se detalla el re-direccionamiento hacia el constructivismo social del proceso, reflexionando sobre los problemas a la hora de construir y reconstruir el objeto de investigación, las hipotecas positivistas, empiristas, constructivistas y de cariz moral en los ámbitos empírico, político y estratégico del trabajo en el terreno, así como las dificultades con el análisis de datos realizado tanto fuera como dentro del campo. Más adelante, se pone en relación el conjunto de problemas apuntado hasta el momento con las limitaciones analíticas, teóricas y empíricas que presenta el producto final doctoral, y se apunta hacia la importancia radical de los tiempos largos en la investigación etnográfica. Para cerrar el trabajo, se proponen brevemente algunas rutas posibles para la inserción pública de la tesis doctoral que aquí es tomada como objeto de reflexión sobre el oficio etnográfico3.

2. HIPOTECAS INICIALES: DESDE UNA PROPUESTA PRÁCTICOPOLÍTICA HACIA EL DESBORDE FESTIVO-EMPIRISTA

Los problemas más tempranos surgieron en relación con el proyecto de tesis inicial, siendo uno de los de mayor calado la propuesta eminentemente práctica y política que contenía, y que incluso aparecía en el propio título: En busca de la mejora de la cohesión social en territorios de alta diversidad en España, a través de las representaciones sociales, el gusto cultural y la fiesta popular. El proyecto, que planteaba mejorar la cohesión a través de la convivencia intercultural (utilizando para ello las nociones de representación, gusto y espacio social festivo), subordinaba los planteamientos teóricos a desarrollos e iniciativas prácticas y políticas. Esta subordinación escondía, además, un uso arquitectónico de las nociones articuladoras de la investigación. Efectivamente, cohesión social, diversidad, identidad, fiesta popular, gusto y convivencia intercultural eran presentados como el sustento de proyectos prácticos, cuya implementación estaba programada como una parte de la tesis doctoral.

Más allá de las relaciones entre los ámbitos práctico y teórico-conceptual señaladas, la propuesta metodológica explicitada en aquel proyecto constituía otra hipoteca relevante. Y es que quedaba definida por una coexistencia de la observación participante, algunos grupos de discusión y el análisis de fuentes secundarias. La tarea fundamental que las técnicas debían desempeñar era la recogida de datos sobre las nociones vertebradoras de la investigación. Una investigación que, por lo demás, se planteaba en cinco lugares diferentes del territorio nacional y quedaba dividida en varias fases estancas. Se trataba, por tanto, de una propuesta alejada de las tesis de Bourdieu, Chamboredon y Passeron (2013) acerca del ensamblaje de dispositivos epistémico-metodológicos que, como se podrá comprobar, se asumió con posterioridad.

Este proyecto inicial, vigente alrededor del primer año de trabajo, fue abandonado, más inconsciente que conscientemente, al comienzo del trabajo de campo (allá por septiembre de 2016). Pues, durante alrededor de los cinco primeros meses de inmersión en el terreno, se produjo una redefinición caracterizada por un desborde investigador relativo a un despliegue de una perspectiva empirista en el ámbito festivo. Ese desborde habría estado relacionado con una ausencia de problematización teórica y de concreción de las nociones centrales de la investigación, generando que problemas sociales (como cohesión social, convivencia intercultural o identidades culturales), no fueran articulados como un conjunto de problemáticas socioantropológicas.

La desorientación de la mirada antropológico-social se encontraba relacionada con la ausencia de objeto investigador; lo que, a su vez, impedía la especificación del trabajo, imposibilitando la re-traducción indicial de nociones sistematizadoras en operacionales o la «construcción de descriptores» (Olivier de Sardan 2018: 61). Dicha ausencia operacional habría producido, además, una limitación multinivel en la producción de datos observacionales en contextos festivos. Una limitación tanto a nivel de paisaje social como situacional a la que podríamos aproximarnos ejemplificando brevemente el primero de ellos. Parece diferente, en este sentido, plantear una jornada de trabajo de campo en las celebraciones festivas de Las Margaritas desde el constructivismo social, que desde el empirismo más radical. En el segundo de los casos, no existiría orientación teórica, mientras que en el primero, las celebraciones podrían articularse en torno a paisajes sociales en los que se dibujan morfologías sociales diversas, relacionadas con un determinado foco interaccional. Se trazarían también diferentes geografías festivas; e incluso, se tendría en cuenta que pueden desarrollarse situaciones paralelas a ese paisaje en espacios físicos cercanos, o que puede haber sujetos, que, si bien son vecinos, no participan. Esta construcción, que aquí se presenta de forma breve, podría reflejar ciertos problemas en el despliegue práctico de las políticas interculturales. Esta situación se daría si los tipos agrupaciones sociales, los movimientos en el contexto festivo y las posiciones de los diferentes grupos en el espacio fueran diferentes en función de los grupos sociales de pertenencia de los sujetos que componen la geografía festiva.

Una inmersión en el campo sin una construcción parecida a la que se acaba de apuntar, habría estado implicada en una asistencia, directa o indirectamente relacionada con el proceso festivo de Las Margaritas, masiva e injustificada. En esos acontecimientos, mi posición tendía a situarse entre la contemplación aséptica y la toma desmedida de notas, encontrándose de fondo una suerte de representación del investigador axiológicamente neutro (Weber 1979). Lo que parecía subyacer, en esos procesos de inmersión en el terreno, era una confusión entre una acumulación de datos inconexos y una producción de conocimiento de cierto rigor. Un rigor, al que, sin embargo, se podría trazar una aproximación, mediante registros descriptivos teóricamente orientados y reflexionados, gracias a la construcción previa de guías observacionales y conversacionales singulares, relacionadas con el objeto investigador a la manera propuesta por Devillard, Franzé y Pazos (2012). Este acercamiento al campo al que me vengo refiriendo, en el que la relación con el diario de campo tendía a la unilinealidad irreversible y sin incursiones analíticas, estuvo atravesado, por lo tanto, por una espontaneidad investigadora, que habría estado directamente implicada en la producción de un momento investigador desbordante.

Ahora bien, gracias al contacto con la corriente epistemológica y metodológica constructivista; allá por febrero de 2017, comencé a plantear una relación de ruptura entre los ámbitos teórico-conceptual y práctico en la línea marcada por Bourdieu, Chamboredon y Passeron (2013). De este modo, y al mismo tiempo que el empirismo seguía articulando las herramientas, estrategias y decisiones del trabajo de campo, inicié un proceso de distanciamiento con las «representaciones esquemáticas y sumarias» (Durkheim 2001: 58) que permiten la producción y reproducción de la vida cotidiana, en tanto que obstáculos epistemológicos (pero nunca metodológicos), entre las que, por supuesto, se encontraban las propias. A pesar de la puesta en marcha de este y otros mecanismos reflexivos, las hipotecas de investigación, procedentes de posiciones epistemológicas plurales (empiristas, positivistas y un constructivismo mal entendido), (re)aparecían en el proceso etnográfico, al mismo tiempo que el objeto de investigación era (re)construido tanto dentro como fuera del terreno. Acerquémonos, en el siguiente apartado, a algunas de las limitaciones que se desarrollaron durante la primera aproximación a la construcción del objeto de investigación.

3. LA CONSTRUCCIÓN DEL OBJETO DE INVESTIGACIÓN EN TIEMPOS DE INMERSIÓN EN EL TERRENO

Poner en práctica la tarea señalada en el párrafo anterior (la ruptura epistemológica), es sinónimo de construir un objeto de investigación. Para ello, se hace imprescindible desplegar el procedimiento de la problematización; es decir, poner en marcha ese, en palabras de Guber (2005: 192), «proceso de desnaturalización de lo real», hilvanando a través del lanzamiento continuado, pero en su justa medida, y por tanto reflexionado y justificado, de preguntas teóricas sobre la realidad efectiva, posibilitadoras de «las relaciones conceptuales de los problemas» (Weber 1985: 43-44).

En relación con estas ideas, que allá por febrero de 2017 no eran manejadas con esta claridad, puse en cuestión y relacioné algunos temas de investigación como la gubernamentalidad neoliberal, el gobierno de la diferencia y la fiesta que, por lo demás, eran el conjunto temas que definían el momento empirista por el que atravesaba el proceso. Este momento desembocó en la construcción del embrión del objeto de investigación de mi tesis doctoral. En él, se realiza un acercamiento a las formas de reproducción, dificultades y desplazamientos del despliegue práctico de las políticas interculturales en la ciudad de Getafe (Moreno Robles 2018). Quedaban definidas, esas políticas interculturales, como herramienta de construcción y desdibujamiento de la gubernamentalidad neoliberal de la diferencia, y eran planteadas como unidades de análisis de distintos espacios entre los que, por ejemplo, se encontraban los procesos festivos. La construcción teórica que se viene definiendo presentó, no obstante, diversos problemas, generando un desequilibrio, carencia de dirección analítica y dificultades en la articulación de las problemáticas de investigación del trabajo final; el trabajo presentaba, así, carencias en su articulación y sentido global. A pesar de este inconveniente (y otros que no pueden ser explicitados por falta de espacio), los avances en la construcción del objeto posibilitaron la mejora en el diseño de investigación, permitiendo la elaboración de diversas estrategias etnográficas.

Uno de los ejes centrales de esas estrategias fue la «epistemología enraizada» (Olivier de Sardan 2018: 11). Se trataría de una concepción del oficio etnográfico, definida por la porosidad entre la epistemología y la metodología, en la que se ponen en marcha procedimientos analíticos y reflexivos sobre los datos producidos para, así, realizar una conceptualización y reconceptualización continuada sobre el terreno. Precisamente, esta tensión entre el objeto de investigación y la realidad efectiva, lo que permitiría caminar hacia una investigación empíricamente fundamentada, generó reorientaciones en el proceso etnográfico, produciendo, a su vez, la construcción y reconstrucción de conceptos descriptores y de los ámbitos empíricos de investigación. Este tipo de labores las llevé a cabo, en la línea mostrada en el apartado anterior con los procesos festivos (a través del nivel de paisaje social), con espacios de la ciudad de Getafe como las charlas y patrullajes del dispositivo policial local y la Mesa de la Convivencia, espacios del barrio de La Alhóndiga como el movimiento vecinal Construyendo Barrio, los trabajos realizados con un animador juvenil, la asamblea juvenil festiva, la comisión de fiestas y los propios eventos festivos; así como con los espacios sociales de Las Margaritas: los procesos festivos, la comisión festiva del barrio y el Centro Social de Empoderamiento Vecinal La Regadera. No obstante, esta construcción de descriptores y ámbitos empíricos de investigación, que desarrollé en distintos tiempos y medidas desde finales de 2017, tendí a hacerla con cierto retraso. En ocasiones, esta cuestión desembocó en una asistencia a eventos no tan preparados ni construidos como hubiera sido oportuno.

Entre los espacios de investigación citados en el párrafo anterior, no se encuentran, sin embargo, aquellos en los que el acceso me fue denegado en tanto que investigador. La Mesa de Inclusión Social de Getafe, el Servicio de Mediación Intercultural de los Servicios Sociales, el Servicio de Cooperación al Desarrollo del Ayuntamiento y el Proyecto de Intervención Comunitaria Intercultural quedaban fuera del análisis etnográfico. Diversos elementos característicos de toda inmersión en el terreno podrían estar relacionados con estas denegaciones. Entre ellos, la discrecionalidad de los y las representantes institucionales, los problemas para generar estrategias de investigación por mi parte, los grupos a los que pertenecí... Pero, además, podría existir cierta relación entre los espacios en los que se permite desarrollar una investigación y la salud con la que gozan esos espacios. En efecto, en términos generales, el Ayuntamiento de Getafe permitiría investigar en los espacios que cuentan con los mayores recursos materiales y personales, y que se llegan a reconocer en público (tal y como hizo una representante del Ayuntamiento) como motivo de orgullo para la ciudad. Esta idea puede dar pistas sobre las razones por las que, en Getafe, es más fácil acceder y conocer algunas de las aristas de la mano explícitamente represiva del Ayuntamiento, que los diversos componentes de su mano relacionada con la protección social. Llegados a este punto, es imprescindible echar mano de Fassin (2016: 47) para señalar que la negativa frente a la realización de investigaciones sociales supone, entre otras cosas, una carencia de «salud de la democracia y de la calidad del debate público que en ella se desarrolla».

Otra de las estrategias etnográficas relevantes, sin la que sería complejo situarse en el marco del enraizamiento epistemológico que se viene abordando, es el procedimiento iterativo. Olivier de Sardan (2018) defiende la centralidad de una iteración multinivel para alcanzar el rigor en la investigación cualitativa. El primero de los niveles, conocido como iteración abstracta, se refiere al vaivén permanente entre la producción y el análisis de datos, y las problemáticas de investigación. Unos movimientos que generarían reorientaciones continuas en el objeto de investigación y, por tanto, en los objetivos generales, supuestos hipotéticos, objetivos secundarios, ámbitos empíricos, guías observacionales y conversacionales, así como en las estrategias investigadoras. En el caso de mi tesis doctoral, la iteración abstracta fue implementada con tendencias a lo latente y lo discontinuo en numerosas ocasiones. Los motivos habrían estado relacionados con un anudamiento de las contingencias de la etnografía y mi lentitud en el aprendizaje del oficio, lo que derivó en que los redireccionamientos de la investigación fueran más tardíos de lo que hubiera sido ideal. No obstante, sí que es destacable que los diarios de campo evolucionaron, desde aquella posición acumulativa, clasificatoria, cronológica e irreversible hacia una suerte de documento arqueológico, interconectado y deconstructivo.

El segundo de los niveles de la iteración es conocido como concreto. Si lo pensamos de la mano de Scheper-Huges (1997: 35) comprenderemos que «el trabajo antropológico, si quiere estar en el centro de un proyecto radical y ético, ha de ser transformador del yo, pero no (y aquí está la cuestión) transformador del otro». En efecto, el respeto hacia la vida cotidiana de los interlocutores es un aspecto ético central. Se hace imprescindible, de esta manera, no transformar las formas e informalidades de lo ordinario, o hacerlo lo menos posible (dada la imposibilidad de no hacerlo), tanto a través de las relaciones en el campo como mediante los productos de investigación generados. Estas cuestiones pasan, entre otros aspectos, por adoptar una posición por la que la etnografía, sustentada por una implicación prolongada del o la etnógrafa en el terreno, dance a los tempos de la realidad social. En diferentes momentos del proceso investigador, por el contrario, se produjo la producción de un conocimiento que viró hacia lo veloz, estando atravesado por lo falaz de los tiempos cortos etnográficos. Con el paso del tiempo, me fui dando cuenta de que, tras esta elección, se encontraban imbricadas la angustia, relacionada con la incomprensión de uno de los elementos centrales de la metodología etnográfica: la producción de conocimiento a fuego lento en procesos investigadores de largo recorrido, y una especie de lógica académico-autoreproductiva, más relacionada con cubrir criterios de determinadas agencias evaluadoras que con el rigor de lo etnográfico.

La danza del método a los tempos de la realidad social apuntada no es posible, como ya se ha adelantado, sin la implicación política del sujeto investigador en el campo. Es decir, sin la involucración multiforme a diversas intensidades en los diferentes espacios sociales seleccionados y construidos como focos empíricos. Frente a la aséptica posición inicial, fui trazando un desplazamiento hacia esa parcialidad a la que Scheper-Huges (1997: 35) se refiere cuando considera «no razonable (...) que los etnógrafos dejen la arena sobre la que caminan sin huella alguna de sus sandalias». El etnógrafo es, por tanto, «parcial» (1997: 38) lo que conlleva preguntarse, por ejemplo, de la mano de Becker (1967: 239): «¿de qué lado estamos?» En mi caso, traté de comprometerme, a la vez que desplegué un distanciamiento reflexivo, con aquellos movimientos y trabajadoras que, en la práctica, lucharon por desplazar la construcción de la convivencia insecuritaria. Mi decisión fue, por lo tanto, ayudar en todo lo posible a la reproducción de El Centro Social de Empoderamiento Vecinal La Regadera, Construyendo Barrio y la Asamblea Joven de Fiestas.

La vinculación emocional que logré construir en cada uno de los movimientos sociales que acabo de señalar, como en el resto de los ámbitos empíricos, fue plural y diversa. Estas diferencias podrían haber estado relacionadas con la naturaleza de los espacios, mis herramientas subjetivas, la cantidad y calidad de tiempo compartido y las características de los grupos de referencia. De esta manera y si planteamos un gradiente cuyos polos serían, por un lado, un observador integral y por otro, un participante integral, y teniendo en cuenta que los procesos de inserción inicial tienden hacia el primero, podría apuntarse que, por lo general, mi posición etnográfica en El Centro Social de Empoderamiento Vecinal La Regadera se movió entre una participación integral y un participante que observa. En Construyendo Barrio y la Asamblea Juvenil de Fiestas, giró en torno a un observador que participa y un participante que observa. En las celebraciones festivas de ambos barrios, la diversificación fue mayor: desde un observador integral, hasta una suerte de participante desbordado, pasando por posiciones intermedias que podrían virar en torno a un observador festivo. En el caso de la organización festiva institucional, las inmersiones se caracterizaron, en La Alhóndiga, por una suerte de observador-investigador, mientras que, en Las Margaritas, por una especie de movimiento circular que habría ido desde un observador-investigador-vecino, hacia un participante de La Regadera para volver a una posición de vecino observante. En la Mesa de la Convivencia, la posición era de observación con determinados momentos propositivos. En los trabajos con el animador juvenil, los encuentros se desplazaban desde una observación conversacional hacia las entrevistas en profundidad. Mientras que en el dispositivo policial, pivotaban entre la observación integral y la observación participante tanto voluntaria como involuntaria.

Con respecto a esta pluralidad de posiciones, ha de adelantarse la relevancia del tiempo etnográfico; pues tal y como apunta Bourgois (2015), una inmersión en el campo durante un tiempo prolongado, en el que se puedan cultivar vinculaciones afectivas de cierta profundidad, resulta imprescindible para acceder con cierto rigor a la compleja pluralidad de regiones articuladoras de lo social. En este sentido, el conocimiento producido más alejado de la realidad habría sido el relacionado con la organización festiva institucional de La Alhóndiga, así como con el dispositivo policial local. Para haber intentado frenar esta deriva, hubiera sido de gran importancia realizar ejercicios de reflexividad sobre las implicaciones epistemológicas de las posiciones que se acaban de señalar en el momento del trabajo de campo. De esta forma, podrían haberse replanteado las estrategias investigadoras, y haber intentado reconstruir las limitaciones generadas por la superficialidad afectiva relacionada con los tiempos cortos etnográficos.

Como se ha podido comprobar a lo largo de este apartado, han sido nombrados espacios sociales que pertenecen a un segundo barrio de Getafe: La Alhóndiga. He de aclarar en este sentido que, tras pasar injustificadamente de un planteamiento de trabajo de campo en cinco territorios diferentes del ámbito nacional, a un único barrio en Getafe, a partir de octubre de 2017, realicé una incursión en diversos procesos sociales de La Alhóndiga. En aquellos momentos, la justificación se limitaba a la fuerza de algunos de sus movimientos vecinales. Con el tiempo, sin embargo, me fui dando cuenta de que qué mejor manera de aproximarse a la singularidad de lo social, tan defendida por Passeron (2011), que incluir nuevos focos empíricos de la misma ciudad, y que por tanto, han estado en el marco de las mismas políticas municipales, pero que muestran acontecimientos y dinámicas relacionadas con la convivencia intercultural diferenciadas, por lo que, en definitiva, traslucen la singularidad de lo social en el ámbito barrial de un mismo contexto local.

4. SALIR DEL CAMPO Y RECONSTRUIR DESDE LA MESA DE TRABAJO

Tras finalizar el trabajo de campo en Las Margaritas y La Alhóndiga (allá por diciembre de 2018), el conjunto de datos con el que contaba era, en una línea similar a lo descrito por Bateson (1990: 279), «fragmentario e inconexo (...). Después de todo, partimos a hacer lo imposible, a recoger en unos pocos meses una cultura extremadamente compleja (...)». Si en el caso de Bateson, esa fragmentariedad habría estado alimentada por la colisión entre el intento de una aplicación del «análisis funcional ortodoxo» y «la falta de método» (1990: 281); en mi caso, lo inconexo de los datos producidos habría estado relacionado con las confusiones generadas por el aprendizaje de una posición constructivista desde la que producir conocimiento, así como por el gran problema que el objeto de investigación venía arrastrando desde su nacimiento: la inconsistencia en su sentido general. Con el objetivo de afrontar esta última cuestión, en los momentos iniciales de la etapa pos-campo volví a mi diario para analizarlo desde otras perspectivas, me ocupé de materiales que hasta la fecha no había analizado, generé numerosas fichas analíticas y realicé múltiples lecturas. Entre ellas, un trabajo que resultaría ser clave para la investigación: Castigar a los Pobres. El gobierno neoliberal de la inseguridad social. Con el paso del tiempo, ese gobierno neoliberal de la inseguridad social analizado por Wacquant (2012), se perfiló como el fenómeno de nivel estructural que, desde el ámbito micro-social, estaban alimentando los procesos vividos e inventariados en Las Margaritas y La Alhóndiga. Se trataba, de hecho, en la línea explicitada por Burawoy (1998), del fenómeno de mayor generalidad en el que la pluralidad de interacciones constitutivas de la vida ordinaria de lo sujetos estudiados se inscribía.

No obstante, durante la pugna contra la fragmentariedad de la etnografía, aparecieron diferentes hipotecas como la llegada tardía y elusiva a uno de los conceptos de mayor importancia de la investigación: el de convivencia, y con él al de convivencia insecuritaria. Sin embargo, fue el trabajo sobre esos conceptos el que posibilitó el ensamblaje de las piezas microsociológicas que mostraba el terreno del, hasta entonces, rompecabezas etnográfico. Me permitió, concretamente, pensar en un análisis a través de un campo de fuerzas específico de la construcción de la convivencia en Las Margaritas y La Alhóndiga, articulado por dos dispositivos (policial y de la intervención social) en desequilibrio de fuerzas (en favor del primero) que, a su vez, cuentan con diversas posiciones internas (tal y como queda definido en el pie de página número tres). El concepto de convivencia se convertía, por tanto, en uno de los centrales del trabajo, dotando a la investigación del sentido general que hasta el momento carecía.

Más allá de la llegada tardía a esta importante noción, emergieron nuevas limitaciones a lo largo de las rutas que permitieron su construcción. Una de ellas fue el planteamiento de relaciones causales entre los dispositivos definitorios del campo de fuerzas. Esas relaciones aparecían atravesadas por una retórica populista y destructiva, así como por metáforas relacionadas con lo mecánico y la naturaleza. Este conjunto de obstáculos generó que, allá por septiembre de 2020, se plantease el siguiente título para la tesis: La construcción del giro preventivo-punitivo a través del campo de fuerzas convivencial como producción, reproducción y desdibujamiento de la tecnología biopolítica neoliberal. Se trata de un título que contacta con una investigación des-indexada de un contexto espaciotemporal determinado, apuntando a la explicitación de un fenómeno estructural, del que podría entenderse que los casos de Las Margaritas y La Alhóndiga fueran dos elementos particulares. Sin embargo, posteriormente, se adoptó un razonamiento sociológico en el que el conocimiento avanzaba de hecho singular en hecho singular, articulado por configuraciones espaciotemporales diferenciales no esenciales, que posibilitan el acercamiento relativo a movimientos de carácter estructural (Passeron 2011). Estaríamos, por tanto, ante el razonamiento de un oficio etnográfico que, en términos de Bensa (2008: 20), «consiste en describir y en pensar cada situación local en su originalidad, libre después para mostrarse, por comparación, las convergencias entre los diferentes procesos que actúan en cada caso».

Entender de esta manera el oficio de etnógrafo, podría ser una de las características epistemológicas y metodológicas articuladoras de un modo constructivista de producir conocimiento que, además, estaría definido por una ética investigadora que va más allá de la deontología profesional (Olivier de Sardan 2018). Precisamente, uno de los mecanismos relevantes de esta epistemología moral podría ser lo que Bourdieu (2003: 43) denomina «objetivación del sujeto objetivante». Esta herramienta, fundamental para todo proceso investigador reflexivo, no la puse en funcionamiento de forma óptima a lo largo del desarrollo del trabajo de campo. Ahora bien, a medida que avanzaba en la restitución de mis condiciones sociales de producción, llegué a la conclusión de que la ausencia de este mecanismo había generado dos tipos de limitaciones. En primer lugar, las relacionadas con las identificaciones inconscientes con determinados sujetos, grupos sociales e incluso barrios que ocupaban las posiciones de mayor vulnerabilidad; y, en segundo lugar, con el abandono irreflexivo de los conceptos de identidad, gusto, pueblo, cuerpo y convivencia. Estas identificaciones y borrados habrían estado relacionados, en gran medida, tanto con mis procesos de socialización como con ignorar y reprimir determinados atrapamientos traumáticos. El abandono de la problematización de la mayoría de las nociones señaladas no supuso mayor problema para la investigación; sin embargo, y he aquí una de las razones principales para desplegar esa objetivación del sujeto objetivante, en el caso de la noción de convivencia, generó, casi desde los inicios hasta el final del proceso, un problema considerable relativo al sentido global del trabajo.

5. ALGUNAS IMPLICACIONES DEL PROCESO HIPOTECARIO: SOBRE LAS LIMITACIONES DEL PRODUCTO FINAL

Como se ha podido comprobar en los apartados anteriores, las limitaciones y desplazamientos del rigor de lo etnográfico a lo largo del desarrollo de la investigación fueron numerosos. Esto generó diversos problemas en el producto final a los que me acerco en el presente apartado. Sin duda alguna, el gran desconocimiento del oficio etnográfico al inicio del proceso, sus formas de rigor específico y, con mayor concreción, el tiempo que llevó la reorientación de la investigación, articulando el objeto y diseñando e implementando el proyecto, son elementos claves para entender, siempre teniendo en cuenta los ajustados tiempos de depósito de las tesis doctorales actuales, los problemas descritos a continuación.

El objeto de investigación con el que abre la tesis doctoral presenta un desequilibrio en la justificación de sus problemáticas. Se aprecian desarrollos conceptuales débiles, como es el caso de la fundamentación realizada sobre lo intercultural en tanto que elemento definitorio de la noción de convivencia, de las relaciones entre las diferentes formas de organización y despliegues policiales como limitación para la convivencia intercultural, del trabajo sobre los proyectos barriales de intervención social en contextos neoliberales, así como del fenómeno de la inseguridad social como dimensión característica de la gubernamentalidad neoliberal. Este conjunto de elementos aparece menos trabajado que el concepto de convivencia que, sin embargo, habría requerido de una justificación con una mayor diversidad bibliográfica. En el caso del trabajo teórico sobre los movimientos vecinales críticos y de los procesos festivos, las debilidades mutan en ausencias, pues no pudieron ser definidos como espacios de pugna y (de)construcción de convivencia intercultural. En el otro extremo del desequilibrio, se encuentra la excesiva justificación del conjunto de segmentos (mercado de trabajo, dispositivo de intervención social, vivienda, salud, educación y ocio y tiempo libre) fundamentales para la aparición y desarrollo del campo de fuerzas de la convivencia de Las Margaritas y La Alhóndiga, así como de las ordenanzas de convivencia, entendidas como herramientas que limitan el desarrollo intercultural. Precisamente, el espacio desmedido dedicado (ya en el cuerpo etnográfico), a los hipotéticos castigos que la Ordenanza de Convivencia de Getafe podría generar sobre las trabajadoras sexuales, habría estado relacionado con el problema de reflexividad que cierra el apartado anterior (las identificaciones inconscientes con los grupos sociales de mayor vulnerabilidad).

Si continuamos adentrándonos en el cuerpo etnográfico, una de sus partes analiza las actuaciones del dispositivo policial de Getafe en Las Margaritas y La Alhóndiga. Describe, en mayor medida, el nuevo modelo centrado en la convivencia, relegando al modelo de seguridad ciudadana a unos breves apuntes. Sin embargo, una confrontación detallada de estructuras, lógicas y tácticas de actuación, servicios e imagen a proyectar de cada uno de ellos hubiera permitido un mayor acercamiento a la realidad social para, de esta manera, entresacar convergencias, divergencias, cambios y continuidades, y definir cómo viejos elementos son re-ensamblados en el nuevo contexto. En estos desarrollos, además, se busca articular varios espacios de puntos de vista (Bourdieu 2013), cuya mayor elaboración habría permitido dar cuenta de las subjetivaciones relacionadas con los diferentes modelos policiales, y con el intento por parte de la Administración, de desplazar la preminencia del modelo de seguridad ciudadana hacia el centrado en la convivencia. Por lo demás, entre los dos tipos ideales planteados (el modelo de seguridad ciudadana y el centrado en la convivencia), se muestra una escasa heterogeneidad interna, cuando la realidad efectiva estudiada presentaba una mayor complejidad. Finalmente, con respecto a los problemas que muestra esta parte de la investigación, podrían destacarse: la ausencia de un órgano de gobierno institucional importante en el «campo» (debido a la falta de tiempo en el proceso de escritura), en tanto que espacio de lucha por la definición y redefinición de la convivencia intercultural: la Mesa de Convivencia de la ciudad de Getafe; los problemas para llegar a los sentidos específicos en el análisis de las charlas impartidas por el dispositivo policial local en los centros cívicos de Getafe (a través de la teoría de los rituales de interacción (Collins 2009)), el apoyo en mi experiencia para justificar alguna de las tesis del trabajo, y la debilidad en la adecuación empírica de algunos de los procesos de insecuritización que pretendo describir, y que son propuestos como formas cotidianas de ruptura con la convivencia intercultural.

Otra de las partes del cuerpo etnográfico se adentra en el análisis del dispositivo de la intervención social convivencial de Las Margaritas y La Alhóndiga. La mayor limitación procede de las denegaciones por parte del Ayuntamiento para realizar inmersiones etnográficas en sus propios espacios. Los escuetos análisis se basan, en consecuencia, en diferentes conversaciones informales con las y los trabajadores y en el análisis documental. En estas posiciones institucionales del dispositivo, toma una gran importancia la idea de Fassin (2016) acerca de que la escritura constituye una traición a la realidad efectiva, ya que esencializa sus mundos y posiciones afectivas y morales. En todo caso, este tipo de traición aparecería también en los desarrollos relacionados con las posiciones populares del dispositivo, especialmente con los desarrollos dedicados a uno de los movimientos críticos de La Alhóndiga: Construyendo Barrio; pues no se recogen numerosos de los interesantes procesos de discusión que acompañaron sus intervenciones en el barrio. En el caso del Centro Social de Empoderamiento Vecinal La Regadera del barrio de Las Margaritas, podría parecer que la traición hubiera sido mayor, pues de las diferentes texturas que definían su cotidianidad, en la monografía final únicamente se aborda su presencia en los procesos festivos. Ahora bien, ha de aclararse que sus formas y esfuerzos de lucha por la mejora del barrio quedarían bien reflejadas en el contexto festivo, ya que La Regadera le dedicó una gran cantidad de tiempo y esfuerzo.

Esa escritura como traición a la complejidad social sostenida anteriormente, permitiría reflexionar sobre una suerte de no escritura como protección. En este sentido, una de las partes más interesantes del trabajo de campo fue una serie de encuentros que mantuve con uno de los animadores juveniles de la ciudad. Sin embargo, debido a que fue el único trabajador de lo social con el que oficialmente pude hacer observación participante (tareas conocidas en el barrio y por sus superiores en el Ayuntamiento), y debido a su tono crítico, pensé en que incluir algún desarrollo relacionado con su trabajo, quizás, podría llegar a perjudicarle e incluso ser utilizado en su contra. Él mismo me comentó en algunas ocasiones: «Sergio, me van a decir que me he confesao». Unas más que interesantes confesiones que, a pesar de no enriquecer el producto final, me permitieron conocer algunos de los entramados de la intervención social de la ciudad que, hasta el momento, permanecían entre bastidores. Más allá de la escritura como traición y protección, el tipo de texto que quise tejer en mi tesis aspiraba a mostrar la compleja tensión entre la ruptura epistemológica, la implicación política y los puntos de vista de los sujetos estudiados, atravesado todo ello por una redacción vibrante emocionalmente hablando. Algo que, sin duda, no logré con la brillantez que se aprecia en las etnografías de García Navarro (2022) y Gutiérrez Cueli (2021), o las ya citadas de Scheper-Huges (1997) y Bourgois (2015).

En el epílogo de mi tesis, pretendía presentar la justificación epistemológica, metodológica y técnica de la investigación. Por ello, traté de abordar en profundidad las principales dimensiones reflexivas de mi proceso; es decir, las condiciones sociales de producción propias y de mis interlocutores, mi posición en el campo académico y mis distintas posiciones en el terreno, las derivas intelectualocentristas de mi trabajo, así como las elecciones y posicionamientos conscientes e inconscientes relativos a determinadas perspectivas epistémicometodológicas y técnicas, en tanto que obstáculos en la producción de un conocimiento que aspira a aproximarse a la realidad social con cierto rigor. No obstante, quedó más que inconcluso y hecho a la carrera, de nuevo, por falta de tiempo. Fueron escritas, de hecho, unas escasas páginas que cierran la tesis, y que, en cierta manera, constituyen el embrión del trabajo que aquí se presenta; un embrión que ha sido profundamente complejizado, desarrollado y transformado hasta elaborar el presente trabajo. Como se habrá ido advirtiendo hasta ahora, no darle la centralidad merecida al tiempo etnográfico fue otra de las hipotecas que marcaron profundamente la investigación de principio a fin.

6. FALTAR AL RESPETO AL MÉTODO: LA CENTRALIDAD DEL TIEMPO ETNOGRÁFICO

Debido a problemas como los señalados en el apartado anterior, se hace imprescindible la defensa de una metodología etnográfica de largo aliento, en tanto que manera de plantear, cuando menos, un doble compromiso. El primero con las y los interlocutores en el terreno, persiguiendo reducir los posibles problemas deontológicos y epistemológicos, que podrían ser generados por una producción de conocimiento rápida y estandarizada. Y el segundo de los compromisos sería el del propio investigador consigo mismo, ayudando a la gestión de sus «metamorfosis cognitivas, afectivas, incluso éticas» (Bensa 2008: 24), que lleva asociado todo proceso de investigación, facilitando una mejor implementación de los diversos mecanismos reflexivos.

Al calor de estos compromisos, he de señalar que, las limitaciones temporales no fueron una hipoteca al uso en el desarrollo de mi tesis, sino que, seguramente, fueron la mayor de las hipotecas. En su ya clásica etnografía sobre la venta de crack en Harlem, Bourgois (2015) describe la vergüenza que siente por haberle faltado al respeto al administrador de las casas de crack en las que realizó su trabajo de campo. En mi caso, me avergüenzo de haberle faltado al respeto, por supuesto que de forma involuntaria, a los largos recorridos etnográficos, o al menos, haber estado al borde de ello. La compatibilidad del primer año de investigación con otros estudios oficiales, a la vez que trataba de conseguir un contrato de investigación para desarrollar el proyecto de tesis; la realización de una especialización en antropología (tras realizar un cambio hacia esta disciplina desde el ámbito educativo), el inicio de la construcción del objeto de investigación en paralelo a la inmersión en el terreno, al inicio de tareas docentes, a la participación en un proyecto de investigación, a un desplazamiento epistemológico, metodológico, técnico, ético y teórico y, por tanto, en el campo académico, son algunos de los elementos definitorios de una trayectoria heterodoxa que, unidos a unos plazos de entrega de tesis que dan escaso margen para los errores y los redireccionamientos, estarían implicados en la articulación de la mayor de las hipotecas del trabajo.

Con el itinerario que acabo de describir, parece difícil respetar una de las características más relevantes de la metodología etnográfica: vivir el proceso etnográfico prolongada y sosegadamente, permitiendo que el método dance a los tempos de los sujetos y sus mundos sociales, posibilitando el establecimiento de vinculaciones sociales estrechas que permitan, a su vez, el acceso a regiones y texturas de lo social que mediante los cortos alientos no se «pueden provocar, ni siquiera presentir» (Bensa, 2008:19). Pues, «solamente tras establecer lazos de confianza, proceso que requiere mucho tiempo, es posible hacer preguntas incisivas con respecto a temas personales y esperar respuestas serias y reflexivas». De esta manera, es central subrayar que «los etnógrafos viven en las comunidades que estudian y cultivan vínculos estrechos de larga duración con las personas que describen» (Bourgois 2015: 43).

La reflexividad sobre la construcción de las vinculaciones, los tiempos y tempos es, por tanto, fundamental para la articulación de procesos investigadores de cierto rigor. Esta dimensión temporal formaría parte de ese conjunto de herramientas éticas, metodológicas y epistemológicas que perseguirían la construcción de investigaciones que reflejen, en la mayor medida posible, la realidad social. Esas herramientas, mecanismos y procedimientos, cuya finalidad mayor es minimizar las hipotecas investigadoras, serían los instrumentos que, puestos en marcha mediante un conjunto de hábitos investigadores, permitirían apuntar hacia una manera de entender el oficio de etnógrafo. Un oficio que perseguiría la rigurosidad a través de un modo de habitar la investigación social que, quizás, podría repensarse de la mano de Neurath (en Moreno Pestaña 2011: 45) y la metáfora con la que propone entender la actividad científica. Imaginemos por un momento a unos marineros que, en alta mar, tratan de transformar su embarcación. «Para modificar el esqueleto y el casco de la embarcación, además de la madera de la antigua estructura, emplean otra que han encontrado arrastrada por la corriente. Pero les es imposible poner en cala seca al bajel para comenzar el trabajo en debida forma. Así, durante el trabajo tienen que permanecer sobre la vieja estructura, sujetos a los embates de los vientos huracanados y de las encrespadas olas. (...) Paso a paso, la embarcación se va convirtiendo en otra nueva. Puede incluso que, mientras están trabajando en la construcción, los marineros ya estén pensando en otra nueva estructura, sin que puedan ponerse de acuerdo entre sí. Todo este asunto seguiría un curso que nos es imposible anticipar hoy». Quizás, el rigor de lo etnográfico proporcionado por el constructivismo social podría entenderse como el conjunto de procedimientos, técnicas, y herramientas que, interconectadas, se ponen en funcionamiento mediante un «stock de hábitos» investigador multidimensional y singular en cada sujeto investigador (Lahire 2004: 207), posibilitando habitar esos embates de los vientos huracanados, las olas encrespadas y las fugas que surjan en el proceso. Y con habitar el proceso etnográfico, hago referencia a la gestión de las prácticas pre-reflexivas, las incertezas, los vaivenes, los errores, los avances y las deconstrucciones características de toda investigación social desde la pluralidad de dimensiones reflexivas a las que vengo apuntando, permitiendo, en cierta medida, su entendimiento, vigilancia y control. Pero siempre teniendo en cuenta que, tarde o temprano, aparecerán fugas que, en mayor o menor medida, hipotequen la navegación etnográfica.

7. A MODO DE CONCLUSIÓN: ENTENDER, VIGILAR Y CONTROLAR LAS HIPOTECAS INVESTIGADORAS PARA ORIENTAR PÚBLICAMENTE LA ETNOGRAFÍA

El mecanismo reflexivo, que posibilita el entendimiento, vigilancia y control de las diversas hipotecas investigadoras, coadyuvaría, por tanto, a la producción de un conocimiento caracterizado por obturar la realidad social en la menor medida posible. Un conocimiento cuya finalidad última no es ser producido por el mero hecho de hacerlo. Atendería, por el contrario, a un encuadre ético y público de mayor generalidad, entendido como sustento o material de referencia para la producción de reflexiones políticas y éticas sobre la propia sociedad y, por ende, para la eventual articulación de debates y propuestas de intervención prácticas y políticas. Ahora bien, ¿cómo podría trabajar el o la investigadora, una vez elaborado el producto final de una determinada investigación, dicha orientación ética y voluntad práctica? Podría ser de cierta utilidad pensar esta cuestión con Fassin (2017), y su propuesta acerca de las diferentes vidas con las que debería contar una etnografía. Argumenta que la vida etnográfica suele reducirse a un primer momento, que se corresponde con el trabajo de campo, y un segundo momento que comprende tanto el análisis de materiales empíricos como la creación del producto final en diversos formatos (monografías, artículos, documentales...). El autor defiende un último momento vital de la etnografía en el que se plantee y replantee la construcción de su inserción pública. Rompe, así, con la representación de que la investigación finalizaría con la publicación de los productos finales y su hipotético encuentro con públicos diferenciados. Este proceso de inserción constituiría, junto a la construcción del objeto de investigación, el trabajo de campo, y la escritura o elaboración del producto final otro momento central del proceso investigador. Y, por tanto, otro espacio indispensable que ha de ser sometido a una constante reflexividad con el objetivo de construir procesos etnográficos rigurosos

En esta línea, entiendo que labrarle una vida pública a la etnografía sobre la que se ha reflexionado aquí, requeriría de un doble esfuerzo. El primero sería académico, a través del que, quizás, pueden realizarse y recibirse aportes en distintos debates relacionados con las temáticas de la tesis y formas de construir la investigación; concretamente, se propone la recepción comentarios críticos mediante la presentación de seminarios, la asistencia a congresos respetuosos con el tiempo o la publicación de algunos artículos. En lo referido a las publicaciones escritas, sería de mayor pertinencia una eventual publicación de la investigación en formato monografía, pues permitiría entender mejor los desarrollos conceptuales, facilitando la comprensión del sentido general de la investigación. Ahora bien, no se puede pasar por alto que, si se pretende que la recepción pública del trabajo sea más amplia, la investigación ha de reelaborarse, especialmente la parte en la que se presenta el objeto de investigación. Se hace imprescindible, en este sentido, una reorganización del trabajo que lo oriente hacia una re-traducción divulgativa propia de la vida pública de la etnografía. Más allá de esa monografía, y con el objetivo de una inserción pública que trascienda los mundos académicos, se abre la puerta a la realización de ejercicios de traducción de la investigación de diversas naturalezas construidos junto a los protagonistas de la investigación (como la realización de charlas, la creación de artículos periodísticos...). Del mismo modo, existe la predisposición al trabajo con otras instancias de la ciudad Getafe, siempre que el tono crítico de la etnografía sea respetado. También se muestra la disposición para realizar productos divulgativos en diversos formatos para espacios, medios o movimientos más allá de Getafe, pues podrían generar algún tipo de reflexión, debate o intervención que favorezca la vida pública del trabajo.

Este esfuerzo por labrarle una vida pública a la etnografía estaría, como ya se ha adelantado, atravesado por procesos reflexivos que giren en torno a las dificultades, problemas y usos que puedan realizarse del conocimiento producido en los procedimientos de inserción pública. Esta reflexividad nos conduce a extremar las precauciones frente a las tentaciones de eliminar los mecanismos de entendimiento, vigilancia y control de las hipotecas de investigación, utilizando como pretexto la traducción necesaria para la construcción de una etnografía de carácter público. Uno de los fundamentos del rigor de lo etnográfico, por el contrario, como se aprecia a lo largo de este trabajo, se sustenta sobre una reflexividad atenta, continuada, irresoluble y multidimensional que se pone en marcha sobre una pluralidad de mecanismos y herramientas epistemológicas, metodológicas, morales y técnicas que atraviesan la investigación desde la construcción del objeto hasta su inserción en la esfera pública, pasando por la articulación del diseño de investigación, el trabajo de campo y la creación del producto final. Sin esta reflexividad epistemológica y metodológica, parece difícil pensar en una propuesta etnográfica que tienda hacia el rigor y, por ello, en una etnografía que aspire a tener una vida pública de cierto vigor.

REFERENCIAS

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Notas

1 La investigación objeto de reflexión en este trabajo fue financiada mediante un contrato predoctoral FPU (14/00813). A su vez, parte del proceso que aquí se aborda se desarrolló en el contexto del Proyecto I+D «Convivencia y barrios multiculturales: conflicto y cohesión en una España en crisis» (CSO2014-54487-R), y las correcciones y publicación de este artículo se producen en el marco de un contrato posdoctoral Margarita Salas (CA1/RSUE/2021-00905). Agradezco las aportaciones realizadas por Ángeles Ramírez, Adela Franzé y Francisco Torres sobre algunos de los aspectos que aquí se problematizan, en tanto que integrantes del tribunal de mi tesis doctoral. Agradezco también, a las evaluadoras de Empiria por sus detallados comentarios y aportaciones, pues han permitido mejorar el trabajo presentado en gran medida. Un trabajo que, en ningún caso, hubiera sido posible sin la colaboración, ayuda y apoyo de las y los vecinos de Las Margaritas y La Alhóndiga.
2 Utilizo la noción socioantropología para, siguiendo a Olivier de Sardan (2018), subrayar el espacio epistemológico y metodológico común ocupado por la antropología social y la sociología cualitativa
3 Esa etnografía doctoral se titula La construcción de la convivencia insecuritaria en Las Margaritas y La Alhóndiga (Getafe): reproducción y desdibujamiento del gobierno neoliberal de la inseguridad social. En ella, se sostiene que más que (re)producirse una convivencia intercultural por la que el Ayuntamiento de Getafe venía apostando desde el comienzo de los años 2000, y que, por lo general, persigue la igualdad social, el derecho a la diferencia y la creación de espacios de interacción, lo que en la práctica se estaría construyendo es una convivencia insecuritaria. Es decir, aquella en la que se desplazan las formas de percibir, sentir y practicar la (in)seguridad cotidiana por gran parte de las y los vecinos de Las Margaritas y La Alhóndiga. Ese desplazamiento en la noción de seguridad lleva aparejado un giro punitivo esencialmente neoliberal. La inseguridad, entonces, ya no estaría tan relacionada con la creciente desigualdad que atraviesa a ambos barrios, la mala calidad y el acceso desigual a los sistemas sanitarios, educativos, de protección social y de ocio, ni con la precarización del mercado laboral e inmobiliario, como con el castigo, la vigilancia y el control de los grupos sociales de mayor vulnerabilidad (jóvenes de orígenes nacionales diversos, migrantes internacionales, personas en situación de (poli)toxicomanía...) y con las quejas y expresiones de malestar sobre aquellos elementos, nunca estructurales, que pudieran relacionarse con lo precario (excrementos caninos sin recoger en el espacio público, pequeños desperfectos urbanos o arbóreos...). Estamos, por tanto, ante una convivencia que encarna la inseguridad en cuerpos vulnerables y los castiga de diferentes modos, por lo que alimenta lo que estructuralmente Wacquant (2012) ha denominado gobierno neoliberal de la inseguridad social. Esa convivencia insecuritaria, que nutre ese gobierno neoliberal de la inseguridad social entre 2016 y 2018 en Las Margaritas y La Alhóndiga, es construida en buena medida por el Ayuntamiento de Getafe. Lo hace acondicionando un «campo» específico del gobierno de la convivencia en el que dota de gran fuerza, material y personal, al dispositivo de la policía local en detrimento del dispositivo de la intervención social. Así, en lo referente a las posiciones internas (institucionales y populares) de este último dispositivo, el Ayuntamiento contribuye a generar unas relaciones y posiciones que «hacen vivir» en la desarticulación a sus proyectos institucionales (Proyecto de Intervención Comunitaria Intercultural y Resolución de Conflictos en Situaciones de Convivencia), «dejan morir» a los movimientos sociales críticos (Construyendo Barrio y al Centro Social de Empoderamiento Vecinal La Regadera) y desarticulan procesos barriales con intencionalidad de transformación social (fiestas del barrio de Las Margaritas). El origen y despliegue de este campo de fuerzas convivencial específico de Las Margaritas y La Alhóndiga no se entiende, por lo demás, sin considerarlo como un mecanismo de invisibilización de la perdurabilidad (e incluso aumento en algunos de los segmentos que la articulan), de los niveles de desigualdad social alcanzados en Getafe durante la crisis sistémica que comenzó en 2008.
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