Ilustración
Ilustración
Ilustración
Revista argentina de cardiología, vol. 87, núm. 5, pp. 1-2, 2019
Sociedad Argentina de Cardiología
JORGE SIMONETTI
(escultor argentino contemporáneo)
Hay tanta realidad entre el hombre y el arte de Jorge Simonetti que se convierte en desatino modificar la presentación de sus obras. El creador, como un demiurgo, modela bajo una fronda paradisíaca. Árboles centenarios se juntan en sus techos haciendo que la luz baje escabulléndose dentro de un laberinto. En un solar de acolchado tapiz verde las obras que construye son tan efímeras como el hombre y los sucesos. La arcilla se desgranará sin pausa haciendo del tiempo su veredicto. La pasión, que desde su corazón se vierte por sus manos hace de las figuras una representación fidedigna de lo que convirtió el hombre a su existencia. Simonetti va hasta el extremo cruel, entonces denuncia esa visión azorada del sufriente, lo que no debió haber sucedido en este paso atroz de la humanidad, a la que los santos, los vagabundos y los artistas se opusieron con el fervor, con el ejemplo y con la pasión.

El artista esculpía bajo la llovizna bajo un precario techo de chapa en el anfiteatro natural que se le ofrece de atelier cada día. Lo observé sin intentar modificar su tensión de hacedor. Las figuras humanas se elevaban desde superficies de maderas desteñidas, ancianas, resquebrajadas, salpicadas de arcilla. No intenté modificar nada para llevar a la página. El ser se creaba en ese nacimiento con un arte de estricta pureza y legitimidad, en un mundo que el hombre había convertido en fango y ficción. Antonio Pujía (1929-2018), el gran escultor argentino, solía decir que nunca había visto en Bellas Artes un artista con la sensibilidad emocional que atesora Jorge Simonetti. Creo que el artista adivinó mis cavilaciones mientras retocaba “La marcha de los desposeídos” (obra de tapa). Luego habló sin dejar su trabajo.

–Si Dios no existe esto es una tragedia.
–Usted cree en él.
–Siempre dudé.
–¿Entonces?
–Comprenda señor que la duda en religión es una esperanza.
Quizás impresionado por la profundidad existencial que observaba intenté moderar la conversación. –Usted transforma a la vida en una agonía. La muerte es inevitable.
–-Comprenda que la vida también. El sentido de mi arte es intentar justicia y delatar la angustia.
-Dostoyevski decía que si Dios no existe estamos libre de actuar como queramos.
Simonetti levantó su rostro que no denunciaba los 97 años de vida, salvo las sienes tupidas y cenicientas. Detuvo sus manos. ¿Somos salvajes?
-Solo que lo disimulamos.
-Nunca pude asimilar esta frase. Se escapa de nosotros. Depende de la condición inicial en la sociedad que nos hacemos.
-Coincido, pero parece que hay que adaptarse al mal para sobrevivir. Usted ya vivió bastante para no entender esto de la vida.
-Se equivoca, el artista es el único que grita.
-Se me ocurre que lo que nos hacen ignorar es mucho más importante que lo que podemos saber.
-¿y qué es lo que debemos ignorar?– me contestó intrigado volviendo a detener su labor.
-Que la creación no tiene un significado y menos una moral-. Ya no me contestó, había vuelto a su escultura.
No debería pensar el hombre en su centralidad, pero sí comprender que los extremos de su temporalidad, llenos de nada y vacío, son el sustento de esa subjetividad que lo identifica. El hombre no puede elaborar su humanismo a través de hallarle un sentido existencial a su vida, por el contrario debe edificarlo a partir de desatenderse de toda metafísica y hallar su significado con el prójimo. Humanismo no es un patrimonio natural del hombre, sino una construcción que debe instalar con el deber ético y el afecto, debiendo tener que sobreponerse a su ignominia de no ser el centro de la escena y sí el testigo de su temporalidad consciente e histórica. En esta construcción deberá volver sobre sus sombras tantas veces necesite para cotejarlas con la luz, porque luz y sombras conviven en el hombre. Este es su desafío, separarlas a cada paso, sabiendo que no son absolutas ni en el individuo ni en la propia esencia de ellas.
El hombre reconoce las cosas para experimentar su propio ser. Relata Heidegger en la “Carta sobre el Humanismo” que el viejo filósofo Heráclito de pronto es sorprendido por unos visitantes inesperados que lo fueron a ver pensar. Al hallarlo sentado junto a un horno de pan tratando de protegerse del frío entran en desilusión. Entonces Heráclito les dice “también aquí están presentes los dioses”. El hombre no tiene un principio superior que rija el absoluto del bien y del mal, sino que es el mismo el que dicta su deber ético y el humanismo con su “fervor al prójimo”. Y esto es posible a través de su ética. En este punto estamos parados en el ser-ahí de Heidegger. El hombre está condenado a tensar la subjetividad como sujeto y profundizar la metafísica para hallar su sentido. No se accede al pensamiento dejando de lado el subjetivismo. El hombre piensa las cosas desde su ser, por eso las precauciones sobre la ética y el humanismo deben ser inobjetables, antes que se transformen en acto. Deberán congeniar con que nada es tan peligroso como la certeza de tener razón. En este punto halla la posición más digna que le compete.
Las sociedades son sistemas en evolución dentro de rasgos de valores, creencias y costumbres que dictan los hombres. Ellas en su evolución están sometidas al principio de los sistemas alejados del equilibrio, los cuales son alineales y se hallan supeditadas a bifurcaciones y estados caóticos que intentan un proceso reorganizativo. Estos estados se hallan lejos del equilibrio dinámico, siendo estructuras que reproducen sus elementos y sus interrelaciones para conservarse. Como todo sistema tiende a un nivel organizativo superior en relación a la simplicidad.
Hay tres grandes variables que influyen en la producción de las bifurcaciones humanas. Ellas son el progreso técnico, las situaciones económicas y los conflictos que suceden en la sociedad. Sin embargo, estas variables no modifican el sentido individual de la supervivencia humana con su angustia existencial, la cual subyace en cualquier actividad o situación que suceda.
La evolución de las sociedades no son fáciles de preverse pero los hombres pueden dirigirlas interviniendo en el momento justo. El manejo y la estrategia por miembros conscientes pueden incidir en las bifurcaciones y evitar los sistemas caóticos. Hay que producir un cambio en la ética que evite la mezquindad egoísta y ciega que interfiere en la cooperación entre los hombres y que coloca a las naciones ante bifurcaciones catastróficas. En la actualidad las organizaciones sociales adolecen de convergencias (hiperciclos en los sistemas de tercer estado en la teorías de las estructuras disipativas de Ilya Prigogine) que conduzcan a la equidad. Los flujos de moneda, materias primas, manufacturas, alimentos, personas, técnicas, constituyen los elementos para una reorganización, pero la herramienta fundamental siempre será el “factor humano”, el “fervor al prójimo”. Pero este esquema necesita de una actitud diferente por parte del hombre. Por el contrario, la revolución industrial que incluye la información, la automatización y lo comunicacional, ha profundizado la brecha entre las naciones, las empresas y los hombres. De esta manera no alcanzan únicamente las nuevas tecnologías ni los desarrollos económicos. Hacen falta valores, imágenes y una nueva ética. Los proyectos deben encauzarse hacia el humanismo y no concebirse los cambios a través de revoluciones industriales con elevado costo humano. La convergencia del poder económico en unas pocas naciones y empresas multinacionales no lleva a la justicia y a la equidad. En la sociedad actual las consideraciones políticas y económicas y los mecanismos del poder resultan más predominantes que las técnicas innovadas, promoviendo el desarrollo de una aristocracia rayana a las monarquías. En este punto la frase de Einstein “la energía liberada del átomo ha cambiado todo, salvo nuestra forma de pensar” es la profecía de que los sistemas no nos llevan al humanismo sino que el mismo debe ser una construcción del propio hombre.
La lluvia todavía bajaba zigzagueando cuando me alejaba. Sentí sus pasos apresurados a mis espaldas. Me tomó del brazo y con una voz convencida y susurrante me acercó: “cuando el hombre entienda que nació de un artista lo salvará el afecto. Me espanta más la conducta del hombre que la no existencia de Dios”.