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La innovación epistémica reticular: De la transferencia del conocimiento al conocimiento transferido

The reticular epistemic innovation: from the knowledge transference to the transfered knowledge

José Antonio MARÍN-CASANOVA
Universidad de Sevilla, España

La innovación epistémica reticular: De la transferencia del conocimiento al conocimiento transferido

Opción, vol. 32, núm. 80, pp. 112-140, 2016

Universidad del Zulia

Recepción: 19 Mayo 2016

Aprobación: 21 Junio 2016

Resumen: El estudio filosófico de la innovación epistémica comportada por la transferencia reticular del conocimiento transferido se hace en el doble sentido del genitivo. En el sentido objetivo reflexiona sobre la evolución de los canales distributivos hasta llegar a la red ciberespacial como soporte del nuevo fenómeno de las comunidades del conocimiento y la acción. En el sentido subjetivo argumenta cómo el retículo hipervinculado innova la propia noción de conocimiento: el conocimiento reticular es yaen sí mismo conocimiento transferido. En conclusión: la principal innovación cognitiva de las redes consiste en que eliminando todo apriori se convierten en el nuevo a priori del conocimiento.

Palabras clave: Conocimiento (distribuido), Comunidades (del conocimiento y la acción), Innovación, Redes (hipervinculadas), Transferencia (del conocimiento).

Abstract: Philosophical study of the epistemic innovation produced by the reticular transference of knowledge in the double sense of the genitive. In the objective sense it is considered the evolution of the distributive channels up to coming to the cyberspatial network as support of the phenomenon of the communities of knowledge and action. In the subjective sense it is argued how the hyperlinked network innovates the very notion of knowledge: the reticular knowledge is already a transferred knowledge in itself. In conclusion: the main innovation consists of the fact that the networks, while removing every cognitive apriori, become the new apriori.

Keywords: Communities (of Knowledge and Action), (Transferred) Knowledge, Innovation, (Hyperlinked) Networks, (Knowledge) Transfer.

1. Presentación

Incorporando el Faktum de nuestro tiempo al alma de Occidente.

La tradición intelectual de Occidente va indisociablemente ligada al problema del conocimiento o ciencia de la realidad. Sin ello no se reconoce eso que pueda constituir el alma o identidad occidental. Ahora bien, ese problema obviamente no se ha enfocado de la misma manera a lo largo de los tiempos. En los antiguos, se reparaba en el lado objetivo del genitivo: lo que preocupaba de la ciencia de la realidad era el objeto del conocimiento, la realidad. En los modernos, se reparaba en el lado subjetivo del genitivo: lo que preocupaba de la ciencia de la realidad era el sujeto del conocimiento, la ciencia. El Faktum de la Antigüedad era la realidad; el de la Modernidad, la ciencia. ¿Pero qué pasa tras el llamado “fin de la Modernidad”? Quizá el hecho principal que marca la propia “despedida” de lo moderno, sea el hecho tecnológico: las TIC son el Faktum de nuestro tiempo (Marín- Casanova, 2009: 13-19).

En el siglo XXI resulta que, si queremos repensar el viejo problema occidental del conocimiento o ciencia de la realidad, nos encontramos con que no tenemos ciencia sin más y que tenemos una nueva realidad, una nueva realidad no “natural”. En efecto, la ciencia actual es tecnociencia y la nueva realidad es tecnológica. Esto es, la ciencia hodierna no sólo es producto intelectual sino actividad técnica, una acción transformadora y no meramente contemplativa, descriptiva o predictiva del mundo, una intervención (Hacking, 1983) práctica e innovadora, que crea un entorno más allá del natural (del “objetivo” espacio geográfico) o del cultural (del “subjetivo” tiempo histórico), un “tercer entorno” (Echeverría, 1999) tele-real: el ciberespacio. Ambos sentidos del genitivo ya no pueden verse separados, toda vez que hoy el mundo no está lleno de hechos y observaciones, sino que es red de acciones (Pickering, 1992). Los instrumentos condicionan la investigación: la ciencia surge de una acción intencional y no viene dada directamente por el mundo.

El ciberespacio presenta la paradoja constitutiva de ser en él lo real virtual y lo virtual real. Esa paradoja cuestiona la noción misma de conocimiento y forzosamente la innova. El conocimiento en el ciberespacio es reticular en el doble sentido del genitivo. La red del conocimiento no es solamente una metáfora para ofrecer una imagen del conocimiento, sino que el conocimiento asume bajo esa metáfora la condición literal de reticular. La metáfora reticular del conocimiento deja de ser mero tropo, para pasar a ser constituyente del concepto de conocimiento. La red no es tanto consecutiva cuanto constitutiva del conocimiento de hoy.

No se habla de “red del conocimiento” ya entonces en sentido figurado, sino que el conocimiento no puede ser figurado sin la noción de red. Y es que la red ciberespacial comporta asimismo la distribución o transferencia del conocimiento en el doble sentido del genitivo. Ya no es solamente que el retículo hipervinculado sirva para distribuir el conocimiento como cualquier otro sistema de transferencia, y nos representemos así el conocimiento, sino que el conocimiento en red se encuentra ya distribuido de antemano: el conocimiento reticular es un conocimiento intrínseca y sistemáticamente transferido.

2. De la transferencia del conocimiento

El conocimiento ya se lo conciba al modo clásico, como saber contemplativo, como “teoría” o desvelamiento, ya al modo moderno, como saber operativo o “poder”, como “praxis”, ha sido, por la feliz culpa del olvidadizo Epimeteo, la secular herramienta básica de supervivencia de nuestra especie, seguramente un instinto o una pulsión antes que una “facultad”. Ese instrumento sólo ha sido válido y valioso cuando ha generado valor eficaz. El útil epistémico genera valor eficaz cuando es transmitido o transformado, pues distribuyéndose se comparte o hace común, se comunica. El conocimiento que vale es el conocimiento transferido.

Cuando la especie humana vivía en el espacio, es decir, en la naturaleza, o sea, cuando la humanidad no era aún la Humanidad y no vivía en la Historia (no tenía tiempo para ello, siendo su tiempo exclusiva y simplemente natural o cósmico, cíclico), esto es, durante la mayor parte de la historia, la forma de transferencia cognitiva prioritaria, por orden temporal y de importancia, era la práctica mimética: a través de la imitación de la conducta se reproducía y trasladaba el conocimiento de generación en generación. Entre la muda gestualidad o la copia reproductiva más tarde también, complementándolas o reemplazándolas, irrumpe la palabra hablada.

En efecto, la expresión oral terminó convirtiéndose en la forma predominante de manifestación y repartición del conocimiento. Sin embargo, más “recientemente”, apenas hace unos milenios, cuando la especie se hace “humanidad” y entra en la (conciencia de) la Historia, el conocimiento (sobre todo, el considerado más valioso o “auténtico”) se plasma también y preferentemente por escrito. Ciertamente, la humanidad se hace (esto es, se cree y se crea como) Humanidad cuando pasa a vivir en el tiempo (lineal), cuando deja la simultaneidad espacial ocular y asume la sucesividad temporal auditiva, que es la de la escritura (y la de las Escrituras en tanto que esta gesta de la Historia es principalmente de raigambre bíblica, es el esquema o marco conceptual judeocristiano). En la palabra escrita, aunque se leyera en alta voz, pues el ojo cosmológico se metamorfoseó en oído histórico, se deposita el conocimiento. De ahí los libros sapienciales. Se sabe por escrito. Y el saber se transfiere gráficamente.

Ese grafocentrismo cognitivo propio de cuando, al absorberse la naturaleza dentro del proyecto intencional de la Humanidad, el humano abandonó la conciencia natural en favor de la conciencia histórica, se hipertrofió cuando en la llamada Modernidad el conocimiento se hizo ciencia, la ciencia, empresa, y la empresa, impresa. La Ciencia moderna, el capital y la imprenta son fenómenos gemelos, de idéntico genotipo. Esta triple alianza, verdadera moderna trinidad (sin misterio esta vez), ha sujetado y configurado el mundo moderno, el “mundo heredado”.

Ahora bien, ese mundo ya no es el nuestro, al menos, no del todo. Nuestro mundo ya no es “nuestro” mundo. Para quitar las comillas habría de darse un sujeto, cosa que hoy se ha hecho problemática con la crisis del modelo humanista, el cual es puesto en cuestión cuando las grandes configuraciones de sentido son puestas en cuestión. Y esto se agrava cuando no son ya las ideas las que desafían a los metarrelatos, sino un “hecho”, el hecho neotecnológico. Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, en general, y la maraña de las redes hipervinculadas, en particular, desafían al Sujeto moderno, al Hombre del Humanismo, desde el momento y hora en que están produciendo la inversión de la relación medio/fin (Galimberti, 1999): los media constituyen ya casi la entera finalidad. El sistema tecno-científico, dada su exponencialmente creciente e imparable autonomía (Ellul, 2012: 133), es cada vez más un fin en sí mismo y, en consecuencia, no nos deja pensar la técnica como un instrumento al que el humano dote de finalidad (ése era clásicamente el fin de la praxis política como “técnica regia)”.

Y cuando la técnica muestra su carácter ateleológico, perdida toda finalidad, la Historia llega a su “fin”, un fin que viene a identificarse con su disolución en el fluir insignificante del tiempo. Cuando ya no hay historia cualitativamente connotada, ensordecida la conciencia histórica, el tiempo se resuelve en mera cantidad y se desvanece, “colgado” en una “nube” amnésica, el Sujeto. Perdido todo perfil cualitativo del tiempo, un sujeto sin rostro humano da al traste con el Humanismo en medio del “anonimato tecnológico” (Marín-Casanova, 2009: 21-40). En consecuencia, el espacio de la proyectualidad se vacía: no puede haber proyecto sin referencia a un sujeto, de igual modo que no puede haber sujeto sin referencia a un proyecto. Por eso la técnica, nuevo “sujeto” (sin conciencia) del tiempo, es sin memoria histórica. Su memoria es sólo procedural y siempre externa, un dispositivo periférico “celeste”, casi ya sólo nefelibata.

Esta inaudita condición, la llamada Condición Postmoderna, no puede menos que afectar al conocimiento. A su concepto mismo y a su distribución. Hoy las computeletecnologías y el novedoso fenómeno de las redes sociales hipervinculadas por ellas mediado, hace que el conocimiento cambie de naturaleza y que el proceso de su adquisición y transmisión haya alterado su consuetudinario modo de expresión y generación, desbordando los cauces habituales, sobre todo, los marcos reglados.

La experiencia finisecular de las denominadas TIC ciertamente ha provocado un cambio innovador en la concepción y gestión del conocimiento que reta a la Academia. Los medios, esto es, los media, tienen un protagonismo epistémico inusitado en la denominada Postmodernidad permitiendo reducir el espacio y el tiempo para acceder al conocimiento y su propagación, alterando así, aunque también ampliando y enriqueciendo, los procesos de un conocimiento que es cada vez más acción de conocimiento. Y ello hasta el punto de que esos media no pueden ser juzgados nostálgica o reactivamente como si supusieran una mera distorsión o disfunción de la dinámica gnoseológica. Antes al contrario, no se puede omitir que los medios ciberespaciales y las comunidades de conocimiento y acción por ellos mediadas son ellos mismos un síntoma del cambio cualitativo que ya se ha producido en ese proceso hasta llegar a convertirse en referentes de primera magnitud en el ámbito del propio conocimiento.

Y es que esas comunidades, creadas a través de las redes de telecomunicaciones autónomas pero interconectadas, diversas, abiertas e interactivas, propician una honda transformación de la gestación y gestión, valga la paranomasia, del conocimiento en muchos sentidos concretos, siempre sobre la base de que la información se presenta como producto dinámico coproducido, construido con y sobre la labor de los demás, vueltos todos co-creadores. Ello comporta la ruptura de canales usuales tales como las inversiones estatales o privadas, proyectos estándar de investigación y política científica en I+D+i. Un caso ejemplar es así el del softwarelibre, con la producción de sistemas operativos completos como Linux o de software específico como Open Office . Firefox. Las comunidades de conocimiento y acción se caracterizan también por la hibridación no sólo de software sino también de contenidos como es el caso del llamado “conocimiento libre”, así Wikipedia y otros fenómenos similares. Semejantes comunidades paradigmáticas del softwarelibre y del conocimiento abierto (open knowledge)1 en ciencia, algunas de ellas supinamente activas y exitosas, comparten en sentido estricto una estructura comunitaria, un ethos común con códigos de valores, éticas y hasta organización política. Lo que estas comunidades están demostrando es una forma de arquitectura social diversa, cuyo factor de cohesión es precisamente la producción y expansión epistémicas por canales telemáticos y con específicas características propias, como, por caso, la transmisión “vírica” de actitudes o posturas ante el fenómeno tecnológico. Como comunidades verdaderas presentan tanto en la consecución de sus objetivos activistas cuanto en su dinámica los valores de granularidad, hospitalidad y mediación (Alonso y D’Antonio, 2015). El lenguaje que las une exhibe caracteres retóricos singularmente definibles (Marín-Casanova, 2002, 2009, 2015). Asimismo están generando una ética muy particular, a veces sin teorizar, pero perfectamente delimitada en su práctica. Esta ética, en tanto que pública, logra un rango de política cuando dichas organizaciones se presentan como alternativas a otras formas de producción cognitiva como es el caso del softwarepropietario y el copyright intelectual.

Quizá ya huelgue señalar que, además de estas comunidades que podríamos denominar “fuertes”, con objetivos claramente perfilados y políticas nítidas, han surgido grupos y comunidades más difusas, “débiles”, basadas no tanto en la colaboración con proyectos tecnológicos o de difusión gnoseológica como en la compartición de informaciones e intereses de índole social. Esto es lo que se denomina generalmente como web social o “web 2.0”. You Tube, FaceBook, Pikasa, Twitter, MySpace, etc. agrupan así a individuos y grupos que se unen por razones distintas a las que presentan otras características distintas. Existen palmarias conexiones entre comunidades fuertes y débiles; las primeras son las que han facilitado en gran medida la popularización de los métodos y procedimientos para constituir las redes sociales.

El pensamiento precisa dar respuesta a los desafíos que suponen en la actualidad las nuevas formas de conocer y transferir dentro de la creciente complejidad social, la globalización y la cultura mediática o tecnocultura. Se trata de centrarse en la realidad tanto de lo que está ocurriendo en este momento como de lo que con bastante probabilidad ocurrirá en un futuro, lo que comporta a su vez investigar sobre un filón de producción epistémica que está adquiriendo enorme importancia. Se puede pronosticar que, en su conjunto, más del 80% del contenido de Internet será producido por usuarios agrupados en diversas comunidades, antes que en empresas o corporaciones privadas. Esta producción de contenido cognitivo, se tiene la expectativa, alcanzará todo tipo de conocimientos, desde el científico al artístico, pasando por el social, el cultural, etc. De hecho, hay ya bancos de pruebas para determinados conocimientos técnicos, como, valga el ejemplo, los efectos de medicamentos en grupos de pacientes que se unen en foros, blogso listas de distribución, conocimiento que es seguido y depurado por compañías farmacéuticas. Estos “bancos de conocimiento” son realizados por individuos no necesariamente expertos en la materia y cuyo lazo de unión es la enfermedad entendida como nexo social. Por ello, comprender el funcionamiento de estas comunidades significa anticipar determinados cambios sociales que previsiblemente serán relevantes en un futuro aceleradamente más presente.

En este sentido se hace oportuno reflexionar sobre las implicaciones antropológicas, estéticas, éticas, políticas, retóricas y experienciales que conforman estas comunidades gnoseológicas y praxeológicas. La inteligencia de estas dinámicas permitirá anticipar y comprender mejor la naturaleza de esas redes, encontrar guías de actuación al respecto y, por ende, aportar una pluralidad de dimensiones para conseguir contextualizarlas.

La hipótesis con la que habría que trabajar en un principio vendría a ser la siguiente: que el fenómeno social de las redes de conocimiento en computelecomunicaciones involucra una ingente alteración de los medios hasta ahora acostumbrados de producir y distribuir conocimiento y que tal forma emergente merece un análisis desde diversas perspectivas. Ello se debe a que este fenómeno tiene muchos aspectos diferentes y su entendimiento permite comprender la naturaleza de este cambio. Esta comprensión habría de facultar un aprovechamiento mayor de la innovación desde el punto de vista social al tiempo que, desde el punto de vista de la política científica, la detección de criterios de evaluación y gestión de estas comunidades.

El objetivo de las investigaciones pertinentes consistiría2 así en identificar y comprender las comunidades de conocimiento y acción a fin de contribuir a:

Ahora bien, como prius de este ambicioso proyecto de investigación y a la base de todas y cada una de las investigaciones particulares sugeridas se propone en el acápite siguiente una reflexión cuyos mimbres ya están implícitos en el epígrafe que ahora acaba. Se trata de no soslayar que el retículo hiperconectado es canal de distribución de conocimiento y conocimiento mismo simul et semel, es decir, que “si el medio es el mensaje, el mensaje es la Web” (Markoff, 1995).

La repartición reticular del conocimiento lo es necesariamente en el doble sentido del genitivo: un conocimiento que se distribuye en red tiene que ser a la fuerza un conocimiento intrínsecamente reticular. El conocimiento que se transfiere reticularmente es de suyo un conocimiento transferido. Lo explicamos de inmediato en el apartado:

3. Al conocimiento transferido

Sobre la retórica de la red se puede hablar en el doble sentido del genitivo (Marín-Casanova, 2015). No es ya que la red hipertextual, como cualquier otro “texto”, pueda ser susceptible de análisis desde el punto de vista retórico (como ya hiciera Burbules, 1998). No es ya que la textura reticular tenga una retórica. Es que la textura reticular es retórica. Que la retórica de la red digital haya de leerse también en el sentido subjetivo pone de relieve algo que juzgamos de extrema importancia, a saber, que lo trópico es inherente a lo ciberreticular. Ahora bien, decir esto acarrea algo de fuste no menor: el hecho de no poder separar lo oblicuo de lo recto, toda vez que estos dos polos, diametralmente opuestos en el espacio analógico o “real”, en el espacio digital se tocan. En efecto, si lo oblicuo es recto, como sucede en el ciberespacio, entonces lo recto es oblicuo: cuando lo figurado se hace real lo real se hace figurado. Así resulta en realidad (virtual).

Y, en particular, esa paradoja constitutiva de la nueva realidad, de la virtual re(d)alidad, el hecho de que en la realidad virtual lo real sea digital y lo digital sea real, afecta especial e innovadoramente a la propia noción de conocimiento, puesto que la red del conocimiento ya no sólo habrá de ser interpretada en el sentido objetivo, sino también en el subjetivo del genitivo. Lo que significa que la red cognitiva no es solamente una metáfora para ofrecer una imagen más o menos representativa del conocimiento, sino que el conocimiento bajo esa metáfora posee ab originela condición de reticular. La metáfora reticular del conocimiento deja de ser un mero tropo para pasar a ser constitutiva del concepto mismo de conocimiento en red. No se hablará entonces de red del conocimiento ya meramente en sentido figurado, sino que ahora el conocimiento ya no podrá ser figurado sin la noción de red.

Y si eso es así, también el conocimiento habrá de gozar eo ipso de la propiedad distributiva, que es interna a la noción de retícula. De modo que habremos de asumir que el conocimiento en red comporta asimismo la distribución del conocimiento en el doble sentido del genitivo. Ya no hablaremos, como mayormente en el epígrafe anterior, de la distribución del conocimiento en el sentido objetivo, sino, y he aquí donde se enfatiza al máximo la innovación epistémica de las redes, en el sentido subjetivo del genitivo. Ya no es solamente que la retícula digital sirva para transferir el conocimiento como cualquier otro sistema de transferencia, y nos representemos de este modo el conocimiento, sino que el conocimiento en red se encuentra de antemano ya transferido: el conocimiento reticular goza de la condición de ser a priori un conocimiento intrínseca y sistemáticamente transferido.

Precisamente podemos ver (así De Kerckhove, 1999b: 183) la significación de la Webno en ser otro sistema de distribución, un sistema entre otros, sino en constituir un sistema distribuido en sí mismo. Y la Web, aunque parezca ser de perogrullo, tiene como esencia su Webness. La reticularidad epistémica no es tanto consecutiva al conocimiento en red cuanto constitutiva suya. Se trata de una innovadora condición cognitiva configurada por la megaconvergencia de hipertexto, multimedia, realidad virtual, redes neuronales, agentes artificiales y vida artificial. Lo que hay tras este proceso convergente es la digitalización de todos los contenidos, la interconexión de todas las redes, la “humanización” del software y del hardwarede interfaz y los efectos globalizadores de los satélites.

Las condiciones subyacentes a esta novedad epistemológica son tres: 1) la interactividad: la relación entre la persona y el entorno digital definida por el hardware que conecta a ambos; 2) la hipertextualidad: el acceso interactivo a cualquier cosa desde cualquier parte; y 3) la conectividad: la potenciación del natural estado de la interacción comunicativa humana, o reticularidad propiamente dicha3. La red hipervinculada es, así pues, el medio conectado por antonomasia, la tecnología que hace explícita y tangible la conectividad, a la que la www añadió otra dimensión con el hipertexto (Nelson, 1981; Landow, 1995, 1997) enlazando el contenido almacenado con su transferencia o distribución4. En efecto, mientras que la digitalización es la nueva condición de producción de contenidos, la hipertextualidad es la nueva condición del almacenamiento y la entrega de contenidos. Esta hipertextualidad ha invadido los dominios usuales del suministro de contenidos en forma de datos, texto, sonido y vídeo, y casi ha sustituido del todo los sólitos métodos de distribución de noticias en todos los lugares en donde hay redes numéricas. La hipertextualidad también se convierte en la ocasión para reconfigurar modos de producción y acceso de medios lineales, por cuanto, mientras que las tecnologías de la información del pasado son ayudas para la memoria y el almacenamiento, las principales tecnologías de los medios de información actual, los media, son ayudas al procesamiento, a la inteligencia misma.

Una de las características de mayor relevancia de esa hipertextualidad es poder establecer una estructura que se aleje de la secuencialidad y del hilo discursivo lineal (Clément, 1995; Caldeiro, s/f) propios de los medios analógicos y sus soportes, desde el inicial libro a la postrer película. La tecnología hipertextual posibilita enlazar nodos de información de cualquier tipo en forma de retículo, y un retículo se caracteriza por no tener un centro determinado, sino múltiples “centros” enlazados los unos con los otros. Los elementos que conforman la estructura hipertextual (nodos, enlaces y anclajes) son la clave de la estructura reticular. Y esto es lo que justo encontramos en la maraña ciberespacial en su “forma de la world wide web (www), una red flexible de redes dentro de Internet” (Castells, 2001a: 477), esa que ha terminado por ser una telaraña mundial de comunicación interactiva (Markoff, 1995). En efecto, la red de redes, la hiperretícula que conecta entre sí a la mayoría de las redes de dispositivos computerizados, de las cuales existen hoy millones en el mundo, columna vertebral de las comunicaciones globales informatizadas (particularmente, sobre todo, en su versión Internet 2.0, una de cuyas propiedades eminentes es la colaboración, la participación activa en la conexión), comporta un determinado tipo de relaciones eminentemente asociativas y semánticas, justo como un retículo sin jerarquías y sin líneas o secuencias temporales, graduales, causales, argumentales, estructurales, etc.

El orden lineal, orden lógico-causal, el del texto del libro, pierde entonces su funcionalidad y viene a ser sustituido por una estructura multilineal, es decir, por varios recorridos de lectura posibles para un mismo conjunto de fragmentos. El hipertexto es texto inacabado al que se accede de forma no secuencial. Esto quiere decir que se puede “navegar” por él indefinidamente sin seguir un orden “lógico”, es decir, sin el sentido de lectura que se concibió en la modernidad. Frente al texto producido con la tecnología de la imprenta, el mismo Nelson reconoce de este modo a la criatura a la que ya varias décadas atrás dio nombre propio:

Con “hipertexto”, me refiero a una escritura no secuencial, a un texto que bifurca, que permite que el lector elija y que se lea mejor en una pantalla interactiva. De acuerdo con la noción popular, se trata de una serie de bloques de texto conectados entre sí por nexos, que forman diferentes itinerarios para el usuario (1981: 2 [énfasis gráfico nuestro]).

El cuestionamiento de la autoridad del texto impreso y su moderno, demasiado moderno, modelo gnoseológico libresco, por parte de las redes hipertextuales y sus discontinuos bloques textuales, interconectables electrónicamente, con los que continuamente se teje y reteje el conocimiento, hace que, a nuestro entender, el conocimiento reticular signifique el cambio más importante operado por la tecnología de la información desde la invención de la imprenta, el tránsito de la “Galaxia Gutenberg” a la “Galaxia McLuhan” o, como diría Castells (2001b), “Galaxia Internet”.

La inteligencia, concebida reticularmente, bajo el modelo hipertextual o de retículo hipervinculado, se vuelve, así pues, “inteligencia conectiva” como condición de la mente que nace de la asociación espontánea o deliberada de numerosas personas en grupos5. Esta condición, por una parte, parece verse favorecida hoy por la dimensión de conectividad simultánea, propia de la cibercultura (y que ha permitido el afloramiento de nuevas formas de intelección basadas en la interdependencia), al tiempo que, por otra parte, expresaría muy bien la nueva realidad emergente de ese creciente hiperconectivismo en los distintos sectores de nuestra sociedad.

Para comprender en qué consiste la nueva situación epistemológica de la cibercultura propia de la “revolución electrónica”, sigue siendo interesante la descripción de la evolución cultural en tres fases ofrecida por Pierre Lévy. La primera fase es la de las sociedades pequeñas y cerradas, de cultura oral, que vivían una totalidad sin universalidad. La segunda fase es la de las sociedades “civilizadas”, imperiales, que utilizaban la escritura e hicieron surgir una universalidad totalizadora. La tercera fase, la de nuestros encuentros, es la de la cibercultura, que corresponde a la mundialización o globalización concreta de las sociedades, e inventa lo que sin hipérbole podemos calificar de un novum, la innovación de la universalidad sin totalidad:

el ciberespacio acaba con la pragmática de la comunicación que, a partir del invento de la escritura, había unido universalidad y totalidad. Nos conduce, en efecto, a la situación anterior a la escritura -aunque a otra escala y en otra órbita- en la medida en que la interconexión y el dinamismo en tiempo real de las memorias en línea hacen compartir de nuevo el mismo contexto, el mismo inmenso hipertexto viviente a quienes participan en la comunicación (Lévy, 1998: 23).

Lo común de estos tres tipos de cultura es la idea de universalidad. Mientras en el primero era posible el sentido, éste, en cuanto totalidad del conocimiento, era apenas local, restringido a la tradición, cerrado. En las sociedades modernas, debido al descubrimiento de la escritura, se hace posible una práctica de la universalidad entendida como la fijación del sentido (“clausura semántica”). Así es como las obras se valoran en la medida en que sus mensajes pueden circular o distribuirse por todas partes, independientemente de su proceso de producción: la obra escrita se hace autoexplicativa y la condición de universalidad, así entendida, se extiende a otras dimensiones de la cultura, en la medida en que su base se hace “textual”. En la tercera fase, el concepto de totalidad es relativizado. Sin embargo, la idea de universalidad no desaparece, pero se comprende de otra manera: ya no depende del cierre del sentido o clausura semántica, de la posibilidad de completar un trayecto, sino de la posibilidad de conectar muchos, de la interconexión generalizada: “este universal no lleva a cabo su empresa totalizadora a través del sentido, sino que relaciona por medio del contacto, de la interacción general” (Lévy, 1998: 24). Y este modo de relacionar ya no es totalizador, “mantiene la universalidad al tiempo que disuelve la totalidad” (Lévy, 1998: 30). Lo universal propio de la cibercultura sería entonces el deseo, la necesidad de conjunto y comunión de los seres humanos. Esta aportación de Lévy refuerza nuestra hipótesis acerca del hipertexto reticular como innovador modelo gnoseológico de los tiempos postmodernos.

La conciencia sobre la realidad de la susodicha “inteligencia conectiva” no sólo está permitiendo, sino además fomentando la sinergia de los procesos de conocimiento descentralizado, pues su dinámica no tiene un único centro, un solo yo, sino que viaja de individuo a individuo. Surge así una nueva propiedad, un nuevo funcionamiento, que podría estar afectando no sólo a las tradicionales formas de conciencia compartida, sino a las estructuras mentales mismas, dando lugar a un yo múltiple y fluido, constituido en la interacción lingüística, ni sujeto a estructura central alguna ni sujeto de estructura central alguna. A un nuevo objeto del conocimiento, telerreal, le corresponde efectivamente un nuevo sujeto del conocimiento, un “sujeto” interactivo, plural y periférico (“descentrado” o, por mejor decir, acéntrico). De hecho, junto a la crítica del humanismo que “centra” al humano, ya Heidegger en un ensayo de 1938, sobre La época de la imagen del mundo, prefigura (como ha indicado Vattimo, 1997) el significado “explosivo” de una tecnociencia que, en la complicación y multiplicación de sus representaciones especializadas de los diversos sectores y planos de lo real, hace progresivamente imposible cualquier imagen “central” del mundo.

He ahí una cierta “verificación” empírica, valga la paradoja semántica, de los planteamientos intelectuales postmodernistas. De hecho, Sherry Turkle (1997) ya destacó cómo la tecnología informática va aproximando ciertas ideas postmodernas a la vida cotidiana. También hay autores, como Taylor y Saarinen en su libro “hipertextual” (1994), que observan que en el ciberespacio la teoría es práctica antes de que sea teoría. La propia “muerte de Dios”, el “fin de la historia”, el “final del libro” o la “disolución del yo” son nociones que se encuentran anticipadas o realizadas de antemano en las redes hipervinculadas. Y el mismo adalid del pensamiento débil acabado de citar reconoce paladinamente que:

si el término post-moderno tiene un sentido (y, a mi parecer, lo tiene), éste se funda en la disolución del modelo ‘central’ del motor y sobre su sustitución, todavía simplimente esbozada y vaga, por la red (...) la instauración de la red hace un llamamiento a la filosofía mucho más sustancial, el de repensar la existencia y la misma esencia del pensamiento fuera de los modelos heredados de la modernidad (Vattimo, 1997).

Y es que la tecnología de las computelecomunicaciones comporta un giro epistemológico o “re(d)volución” cognitiva no menos radical que la revolución copernicana de Kant. Las mismas formas a través de las cuales percibimos y las categorías con las cuales pensamos quedan transformadas por las tecnologías de producción distributiva del conocimiento. Las cosas dan lugar a eventos, las identidades a diferencias, y las sustancias a relaciones. Todo está simultáneamente interconectado y en flujo acéntrico. Con lo que ya casi convenga mejor hablar de interstanding que de understanding, toda vez que “en la mediatriz ya nada está debajo, todo está entre” (Taylor & Saarinen, 1994).

Las formas puras de la sensibilidad, las intuiciones del espacio y el tiempo, cambian en el retículo digital, que espacializa y temporaliza sin tener éste límite alguno ni espacial ni temporalmente. El espacio en el ciberespacio se encuentra deslocalizado: es cualquier lugar, que no es ni todo lugar ni es ningún lugar. Utopía. Así:

El espacio del hipertexto es, en efecto, el ciberespacio. La gente que está conectada a la Red tiene orientaciones diferentes al horizonte y los puntos cardinales. Éstos son remplazados por los URL (Universal Resource Locator; Localizador de recursos universal). Los URL son direcciones, no lugares. Se hace referencia a ellos mediante botones hipertextuales que funcionan como disparadores, igual que la necesidad de recordar algo en tu mente desencadena una idea o una imagen. El acceso directo instantáneo elimina el espacio y el tiempo, la duración y la extensión, de la imaginación del ciberespacio (De Kerckhove, 1999b: 118-119).

Asimismo, el tiempo del ciberespacio es cualquier tiempo, una temporalidad que no es ni efímera ni eterna. De hecho, el cibertiempo es, en el más fuerte y estricto de los sentidos, insignificante, flujo sin sentido. Ucronía. Mientras las coordenadas espacio-temporales son una representación del espacio tipográfico del texto, el espacio-tiempo de la red ciberespacial es la reinscripción de la espaciación performativa del hipertexto: “Se navega, se interactúa, es decir, se opera en un contexto que a la vez contribuimos a crear. La red hipertextual no está en el espacio, ni en el tiempo –como una Enciclopedia– ella es el espacio y el tiempo” (Vásquez Rocca, 2004: 4) –como una Cosmopedia– (Lévy, 1994).

Irrumpe aquí en escena la noción de virtualidad como prerrequisito de la inteligencia conectiva, lo que nos permitirá llegar a una mejor comprensión del conocimiento reticular o distribuido o transferido. La virtualización de lo real (Quéau, 1988: 44-48; 1995) se basa en la potenciación de las posibilidades que el lenguaje tiene para dar cuenta de lo real en detrimento del papel desempeñado sólitamente en esa labor por la categoría de lugar: no basta con que las realidades estén ahí dispuestas a conectarse, sino que es precisa la disolución del lugar físico en favor de la información y del lenguaje para que se dé la conectividad. Una de las consecuencias de esta circunstancia es que lo ostensible- verificable, el ir a ver los hechos, condición para una comprensión de la realidad basada en la categoría de lugar, se ve desplazado por lo conectable, la relación de los hechos, que es la condición propia de la virtualidad. De modo que a mayor virtualización mayor conectividad, así como viceversa, a mayor conectividad mayor virtualización, pues la virtualización facilita la conectividad, la cual sólo es eficaz por una alta virtualización de la realidad (Marín-Casanova, 2007). En la ciberretícula las limitaciones de la espacialidad y la temporalidad parecen superadas en una experiencia como fuera del cuerpo, desterritorializada, desubicada, descentrada, lo que quizá vendría a realizar electrónica e irónicamente el viejo sueño de las religiones antiguas y su esperanza de inmortalidad.

Dios habrá muerto en la cruz reticular, sí, pero “la muerte de Dios” no es un hecho literal, sino un evento retórico y en el retículo hipervinculado ningún evento es un pseudoevento porque todo evento es un pseudoevento. Al navegar por las redes el juego de superficies expone la profundidad justo como otra superficie, con lo que se constata la ausencia de profundidad. La superficie ya no es superficial, ni es profunda, pues lo que se abisma en un espacio bidimensional es la misma bina, la dicotomía entre superficial y profundo (Marín-Casanova, 2006). Con ello también la profundidad deja de ser profunda. La profundidad no llega a ser más que un efecto de superficie. Esta desaparición de lo profundo es la imagen invertida de la “muerte de Dios”, tropo de la desaparición de toda realidad substancial que esté por debajo, por encima, o más allá de la superficie del mundo digital. En el ciberespacio, efectivamente, lo que llamamos “real” no es sino un juego de superficies, lo que no quiere decir que eso real no sea complejo o que la superficie sea simple, sólo que las redes hipervinculadas no admiten un nodo último y supremo, un fundamento:

Decisiva es, en este último modelo [el de la red], la presencia de nodos y entrecruzamientos que no requieren un nodo último; y la reciprocidad de la comunicación, que excluye la misma idea de una instancia suprema o, en términos filosóficos, de un fundamento (Vattimo, 1997).

La complejidad de la superficialidad no comporta, sin embargo, dimensiones ontológicas o gnoseológicas alternativas. Eso es virtualmente la “muerte de Dios”: la desaparición del referente, la aparición de (la) nada. El espacio reticular es un espacio postestructuralista, “derridiano” (Marín-Casanova 2002, 2009), donde las superficies se pliegan en superficies creando un convoluto de estructuras infinitamente diversas, en constante juego metamórfico y perpetuamente móviles. Intentar escapar del juego de las superficies transferidas y transferentes es querer continuar el juego de la tradición metafísica de Occidente. Pero esto el retículo interconectivo no lo consiente como “espacio postmetafísico” que es. En lugar de una realidad independiente con un significado intrínseco, de un primer analogado, lo “real” en la ciberretícula es un significante electrificado, imagen, tanto transferente como transferida, o figura retórica, “metáfora”, o dicho sea pasando del griego al latín, transferencia.

La desaparición de la profundidad fundamental nos deja en manos de la contingencia. Nada es necesario cuando lo que aparece como necesario es una permutación “superficial”. En la dinámica superficialidad reticular todo se hace azaroso y nada tiene sentido. La retícula superficial está libre del problema del sentido, que sólo se da cuando se busca una profundidad que encuentre la palabra necesaria respecto de la cual las demás sean aleatorias: la superficie de palabras es un “no-lugar”, donde el sentido desaparece al abrirse ventanas que abren otras ventanas cuyas superficies revelan otras superficies sin encontrar ninguna ventana que, por profunda, sea marco de referencia único, fijo, estable y permanente6.

4. (In) Conclusión

Y así tenemos la paradoja con la que desconectar ahora este discurso: que toda experiencia va siendo mediada en un medio donde las tecnologías de mediación siempre están cambiando (en puridad, no se trata de un medium, sino de media). El conocimiento reticular transferido, casi como las toneleras Danaides, produce tecnologías que producen conocimiento reticular transferido que produce tecnologías que producen conocimiento reticular transferido que produce tecnologías que producen conocimiento reticular tranferido que… Un conocimiento reticular transferido que por su modo de ser producido –invirtiendo por completo la jerarquía clásica que subordinaba la téchne o poíesis a la prâxis y ésta a la theoría– ya es antes que dialéctico relacional; antes que sintético, conectivo; antes que unitivo, asociativo… Y es que en la medida en que en la retícula desaparece todo apriori, justo en esa medida, la retícula aparece como elapriori. Por eso el distribuidor actual de conocimiento por antonomasia, la red hipervinculada, al ser a priori de la transferencia, hace que el conocimiento que transfiere sea a priori transferido.

En efecto, la retícula ha terminado por convertirse en condición de posibilidad de toda experiencia nuestra. De modo que para entendernos a nosotros tenemos que entender la hiperred7 y su lógica peculiar, que no es lineal y causal, sino multilineal y casual: asociativa8. En el espacio reticular las conexiones casuales reemplazan a las relaciones necesarias. El salto mortal a la asociación aleatoria se produce “con red”, debido, primero, a que la memoria se hace externa: la capacidad de memoria de los ordenadores en red pone al alcance de la mano, de sus dedos tecleando, bancos de datos megatéricos, con lo que se sabe mucho más de lo que se puede saber que sabemos, y hablamos en plural porque las cantidades de datos a nuestro alcance superan infinitamente la capacidad de conocimiento individual. Además de estas conexiones “objetivas” del conocimiento, que nunca uno habría descubierto por sí mismo, y que de pronto aparecen en pantalla, resulta que, en segundo lugar, las redes hipervinculadas nos enlazan con “sujetos” de todo el mundo que contribuyen de modo también inesperado a nuestra actividad, una actividad de la que ya no somos sujetos en el sentido aquilatado en la modernidad, que nos imaginaba como sujetos autoconscientes y responsables individuales exclusivos. La identidad reticular ya no es tanto crítica como diacrítica: para los objetos ser es ser relativo, y para los sujetos eso mismo significa que ser es estar conectados, ser relativos a los “contactos”, o dicho con esperanzada ilusión, a los “hipervínculos de amistad”…

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Notas

1 En calidad de director de Argumentos de Razón Técnica, nos permitimos recomendar el volumen 17 (2014) de esta revista, monográfico sobre “Conocimiento científico libre”, coordinado por Andoni Alonso Puelles y Javier Echeverría Ezponda como editores invitados.
2 Hablamos en condicional, pero, de hecho, esta hipótesis de trabajo ya ha sido puesta en marcha en el Proyecto Nacional de Investigación FFI2009/07709 (Ministerio de Ciencia e Innovación, España), “Ciencia, Tecnología y Sociedad: estudio multilineal de las comunidades de conocimiento y acción en el ciberespacio”, dirigido por el malogrado Ramón Queraltó, y cuyos resultados parciales se han publicado como dossier monográfico, bajo nuestra coordinación como editor invitado, en el volumen 20, número 69 (2015), de Utopía y Praxis Latinoamericana. Revista Internacional de Filosofía Iberoamericana y Teoría Social. Quede constancia de que las presentes reflexiones no pueden menos que rendir tributo a lo ahí publicado.
3 La tendencia que se podría asociar a este planteamiento incluiría una cuarta generación de sistemas, aquellos que precisamente conforman la propia Red, y que incluiría, no sólo a sistemas groupware sino a herramientas que permiten conectar a todos con todos: weblogs, páginas wiki, comunidades de aprendizaje, mundos virtuales. Entraría dentro de lo que M. Federman y De Kerckhove identificaron como software social en su curso Mind, Media and Society I, Otoño 2003- 2004, Universidad de Toronto (Amorós, 2009).
4 Todo este panorama de potencialidades tecnológicas converge en un espacio para nuevas estructuras psicológicas conducentes al surgimiento de una sensibilidad conectada, una nueva psicología, algo que De Kerckhove (1999b: 27) lleva a ultranza al sostener con tan exacerbado y complaciente como injustificado optimismo que: “Con los sentidos y los sistemas nerviosos normales de la población mundial, ahora en manos de los satélites, y con las máquinas acercándose a la condición de mente, y las mentes de los humanos conectándose a través del tiempo y del espacio, el futuro puede y debe ser más una cuestión de elección que de destino”.
5 Con significaciones no estrictamente coincidentes, pero concomitantes y matizadoras del fenómeno intelectual conectivo, del hecho de la nueva dimensión en la experiencia de la conciencia, del salto cualitativo epistemológico provocado por la aparición del conocimiento en red, Gavriel Salomon (1993) ha hablado de “cogniciones distribuidas” y Pierre Lévy (1994), de “intelecto colectivo”. De Kerckhove (1999a: 209-220) empezó utilizando una denominación similar a la del tunecino, sin ser en principio consciente de la coincidencia onomasiológica (1999a: 219), para terminar usando luego la designación de “inteligencia conectiva” (1999b), la cual de hecho da nombre propio al original de la obra acabada de referir, que en su versión española lleva el título algo modificado de “inteligencias en conexión”.
6 Como apuntan Taylor y Saarinen (1994) refiriéndose a “Windows” y programas equivalentes: “La productividad de las superficies se actualiza en las tecnologías hodiernas del software”. Estos autores reflexionan sobre cómo esta tecnología, al ser adoptada por la industria de las telecomunicaciones, da lugar a una diseminación sin precedentes de la información. Así las limitaciones del texto impreso ceden a favor de una extensión lateral interactiva en la que los tópicos informacionales se expanden sin límites. Con lo que irónicamente dentro de las retículas hipertextuales de las comunicaciones la superficialidad consiente una “profundidad” que nunca antes había sido posible.
7 “se puede pensar con buen derecho que el el tema que se propone a la filosofia de finales de esto siglo y de los decenios que la seguirán es el de repensar la existencia humana –todavía la cuestión de la libertad y de la historia- en relación con el delinearse de la red” (Vattimo, 1997).
8 La recusación de los principios metafísicos que sostienen al texto impreso, a saber, centro, jerarquía y linealidad, en favor del descentramiento, la deposición de la jerarquía piramidal y la postulación de lo multilineal también la encontramos, aplicada a la cuestión de los valores y desde un punto de vista pragmatista, como “Ética en forma de retícula”, en Queraltó (2008).
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