Reseñas

Comprensión, mapeo y compromisos. Consideraciones acerca de La Corposfera de José Enrique Finol. Finol, José Enrique (2015). La Corposfera. Antro-Semiótica de las cartografías del Cuerpo. Quito: CIESPAL

Rafael Arturo Chico Quintana
Universidad del Zulia, Venezuela

Comprensión, mapeo y compromisos. Consideraciones acerca de La Corposfera de José Enrique Finol. Finol, José Enrique (2015). La Corposfera. Antro-Semiótica de las cartografías del Cuerpo. Quito: CIESPAL

Opción, vol. 32, núm. 80, pp. 311-316, 2016

Universidad del Zulia

Finol José Enrique. La Corposfera. Antro-Semiótica de las cartografías del Cuerpo. 2015. Quito. CIESPAL. 0pp.

De ciertas lecturas, no se sale indemne. La sentencia bien podría recordar la amenaza que recorriera los pasillos de la abadía de la novela El nombre de la rosa y de su secreta, laberíntica y vedada biblioteca de volúmenes prohibidos. Sin embargo, en el caso de la reciente obra de José Enrique Finol, el que se enuncie tal juicio es menos una advertencia y más una recomendación de lectura. La Corposfera, como clara y puntualmente nos anuncia su subtítulo, se propone como la carta geográfica de uno de los más vastos y prometedores campos de investigación y, sin embargo, también, uno de los más recientemente explorados. No en vano Finol nos lo dice en su breve introducción al libro: “Como objeto de estudio el cuerpo permaneció olvidado durante muchos años” (Finol, 2015, p. 17). A este olvido, según nos explica él, contribuyeron las ciencias médicas y el arte, porque si las primeras estudiaron el cuerpo bajo la premisa de que era un dominio propio de la naturaleza y no de la cultura, el segundo, durante la Edad Media y el Renacimiento, se restringió a considerarlo como un dominio simbólico destinado a representar valores estéticos y religiosos. A esta forma de olvido, es a la que responde el libro de Finol, pues se nos ofrece como el más sincero intento de brindarnos una visión más o menos completa de lo que las ciencias sociales y humanas han teorizado acerca del cuerpo como dominio de la cultura en sus tres grandes roles: como enunciado (sintagmática y paradigmática), como instancia de la enunciación y la comunicación (enunciador/enunciatario) y como objeto soporte para el discurso (superficie de inscripción).

Bajo estas tres grandes perspectivas, la obra de Finol nos propone un recorrido por los territorios del cuerpo no entendido éste como presencia material o imaginada, sino como sujeto-objeto semiótico y cultural:

la corporeidad como conjunto imaginarios dinámicos que una sociedad, gracias a la acumulación de experiencias, en un momento histórico determinado y en una cultura concreta, atribuye al cuerpo, considerado como un objeto semiótico inserto en un mundo que lo caracteriza, lo significa, y al que, al mismo tiempo, el cuerpo, gracias a su riqueza comunicativa, también caracteriza y semiotiza (Finol, 2015, p. 23).

Dicho recorrido inicia con una revisión a los aportes y concepciones que nos brindan la filosofía, la sociología, la antropología y la religión. Pero, luego, transciende ese interés revisionista para llevarnos, en los capítulos III, IV, V y VI a comprender la manera en la cual la corporeidad se instituye como imaginarios sociales acerca de la belleza, la salud, la longevidad pero también de la identidad de los otros cuerpos y la socialización. Así, pues, Finol nos habla de las relaciones cuerpo – espacio, cuerpo – movimiento, cuerpo – estética y cómo ello contribuye a las nociones de lo bello, a la ritualidad en su más amplio sentido (religioso y cotidiano), la participación en las ceremonias de la socialización, la construcción de identidades y de individualidad.

Sin embargo, todo esto no debe llevarnos a pensar en la Corposfera como una especie de reconstrucción de un estado del arte. El compromiso de Finol va más allá. Él nos deja claro que la corporalidad, en sus tres roles, conforma una totalidad que hace parte de un sistema mayor la semiosfera. La corporalidad conjunta todos los relatos acerca del hombre en el mundo pero también del hombre como presencia que hace significar ese mundo: “la sociedades humanas no solo organizan el espacio sino que al hacerlo organizan otros aspectos de sus vidas (…) y esas estructuras están fuertemente marcadas por las dimensiones de nuestro cuerpo” (Finol, 2015, p. 145). Así, pues, el mundo es habitado por el hombre, pero a su vez es modelado por acción de su cuerpo como forma y como contenido, como enunciador y enunciatario (2015, p. 144) de sus puestas en discurso, de sus semiotizaciones. Finol nos ejemplifica con el caso de cómo se organiza el espacio de la vivienda en función de las necesidades corporales de temperatura, visibilidad y desplazamiento. Pero, consideramos, aún más dramática la manera en la cual la corporalidad se proyecta en las categorías de lo público vs. lo privado, de la intimidad vs. el espectáculo (2015, pp. 134-136), de lo externo vs. lo interno (2015, pp. 141-144). Categorías en las cuales se configuran los imaginarios de y acerca de las fronteras y los límites; es decir, los relatos acerca de las demarcaciones de las diferencias sociales: las jeraquías, las diferencias ideológicas y hasta los conflictos, pero también los trayectos de intercambio realizados entre cuerpos sociales (grupos, colectividades entendidas como totalidad) e individuales. Por ejemplo, el velamiento de la intimidad, pero también su desvelamiento a causa de fenómenos culturales como la sociedad del espéctaculo que ha convertido al cuerpo semidesnudo y desnudo en objeto comerciable y apreciado por los espectadores modernos. Aquí nos viene a la memoria —y este es un ejemplo propio— el cómo es construida la identidad de éxito social en base a los imaginarios de la belleza corporal, por ejemplo, en personajes públicos como Kim Kardashian. Pero otro ejemplo personal que podríamos brindar aquí es el de cierta campaña publicitaria dirigida a motivar a niños, que han sido objeto de abuso o violencia, a denunciar, hacer públicas sus historias de victimización. Dicha campaña se basó en la llamada impresión lenticular. Una técnica que genera dos imágenes superpuestas, las cuales no son visibles simultaneamente, sino que hace falta un cambio del punto de vista; en este caso concreto, el de la diferencia de altura del cuerpo adulto con respecto al cuerpo infantil. Así, el aviso incentivador a la denucia es visible para el cuerpo de la victima y no del victimario1.

Ahora bien, cabe aquí precisar esta concepción del cuerpo como agente organizador del mundo que nos brinda Finol en su obra. Esto lo haremos a través del siguiente esquema:


Como intentamos ilustrar con nuestro esquema, el cuerpo es construcción semiótica (corporeidad), resultado de la configuración de imaginarios (experiencias); por ejemplo, el cuerpo como identidad de grupo (el cuerpo tatuado, perforado, escarificado), el cuerpo como opuesto al alma, etc.

Esta corporeidad opera entonces como agente semiotizador al ocupar el rol de instancia del discurso. Esto sucede, por ejemplo, con la corporalidad del creyente judío o cristiano, configurado por ciertas prohibiciones (no tatuarse o la censura frente a la visibilidad del erotismo; por ejemplo). Este percibe el cuerpo del aficionado a las técnicas de modificación corporal (tatuaje ocular, escarificaciones, etc.) y lo categoriza o comprende bajo una mirada disfórica y sancionatoria. Esto vendrá a conformar una memoria que a su vez le servirá en nuevos eventos de percepción relacionados con tipos de modificación corporal no vistos antes.

Ahora bien, cabe agregar algo más acerca de esta nueva obra de José Enrique Finol. La Corposfera, además de cartografía y propuesta de un modelo teórico para la comprensión de la corporalidad, es un compromiso con nuestro tiempo. Con esto, queremos dar a entender que la obra de Finol no se conforma con hacernos comprender desde una perspectiva científica el fenómeno del cuerpo como objeto semiótico y dominio de la cultura. Finol nos quiere llevar a problematizar acerca de lo que él llama nuevos imaginarios del cuerpo (Finol, 2015, pp. 110-114), los cuales se encuentran menos al servicio de una verdadera revalorización del cuerpo que al de su mercantilización. Esto lo deja claro a propósito de los imaginarios de la salud, la belleza y la longevidad. Finol muestra como el descubrimiento de la interioridad fisiológica del cuerpo y el paulatino desvelamiento de la desnudes han sido convertidos en monedas de cambio de las industrias cosméticas, alimentarias, farmacéuticas, médicas y del entretenimiento, porque en nuestra contemporaneidad la salud es sinónimo de cuerpo joven, esbelto, delgado y bello. Estas industrias manipulan por tentación, prometiendo resultados gracias a la autogestión de la propia salud. Es por ello que se legitima el uso de fármacos con fines preventivos, se comercializan dietas dirigidas a conservar la lozanía, se ponen al alcance de la mano cirugías y procedimientos cosméticos que garantizan la conservación de la juventud y el mejoramiento de la apariencia física según los cánones de belleza masificados por la industria del entretenimiento.

Por todo lo anterior y, en especial, por esto último, es que afirmamos al inicio del presente texto que de ciertas lectura no se sale indemne. La obra de Finol nos lo muestra al ponernos frente al retrato de un agente crucial para la semiotización y, por ende, de la comprensión de nuestro mundo cotidiano de nuestras creencias: la corporalidad.

Notas

Notas de autor

Magíster en Semiótica

Profesional en Lingüística y Literatura Cartagena, Bolívar, 3 de abril del 2016

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