Artículos
Relaciones laborales e informalidad en Brasil: un análisis del periodo posgolpe (2016-2023)*
Labor relations and informality in Brazil: An analysis of the post-coup period (2016-2023)
Relaciones laborales e informalidad en Brasil: un análisis del periodo posgolpe (2016-2023)*
El trimestre económico, vol. 91, no. 364, pp. 847-876, 2024
Fondo de Cultura Económica
Resumen:
El objetivo de este artículo es realizar un análisis de los indicadores de informalidad en Brasil después del golpe de 2016 hasta el periodo reciente, que considere su comportamiento en línea con el ciclo económico y las políticas implementadas por los distintos gobiernos en el poder en estos años. En general, la informalidad está directamente asociada con la dinámica de la economía: aumenta en tiempos de crisis y disminuye en tiempos de crecimiento. Sin embargo, en los últimos años se ha expandido incluso cuando la tasa de desempleo se ha reducido. En este sentido, el análisis investigará dos elementos: el carácter estructural de la informalidad en la economía brasileña, y las nuevas tendencias que pueden explicar su aumento, incluso en situaciones de recuperación o crecimiento económico.
Clasificación jel:E24, J46, O17.
Palabras clave: Informalidad, Brasil, desempleo, golpe.
Abstract:
The main aim of the paper is to analyze data regarding informality in Brazil from the 2016 coup to the present, considering its connection to the economic cycle and the policies implemented by the different governments in power over those years. Altogether, informality is directly associated with economic dynamics, which increase during a crisis and decrease during economic growth periods. However, over the last years, informality has expanded even in situations where unemployment rates are decreasing. Therefore, the analysis will consider two elements to be investigated: informality as a structural aspect in the Brazilian labor market, and new trends that may explain its increase in conditions of economic recovery or growth.
jel codes:E24, J46, O17.
Keywords: Informality, Brazil, unemployment, coup.
Introducción
Generalmente caracterizada por el establecimiento de relaciones entre capital y trabajo no ancladas en un contrato firmado entre empleador y empleado, la informalidad es una característica inherente a los mercados de trabajo de los países capitalistas, pero es más prominente en las regiones periféricas y subdesarrolladas, por lo que en algunos de estos países adquiere un carácter estructural en sus relaciones económicas y sociales. Datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL)1 indican que desde principios de siglo XXI la informalidad siempre ha representado una fracción cercana a 50% de la clase trabajadora en el conjunto de la región. Un documento de la Organización Internacional del Trabajo (OIT, 2023) señala que entre 2022 y 2023 la tasa de informalidad pasará de 49 a 48%, y se concentrará siempre en los grupos más vulnerables, lo que indica que la recuperación de la actividad económica y de los niveles de empleo no ha tenido un impacto significativo en las condiciones de formalización de la clase trabajadora.
Si la informalidad es una realidad típica de los países latinoamericanos, y si existe una nueva era, puede decirse que su construcción viene de lejos. En efecto, la dinámica económica de los países subdesarrollados, caracterizada por elevados excedentes de mano de obra e incorporación tecnológica desigual en sus más diversas actividades, ha provocado continuamente dificultades para absorber mano de obra en los sectores productivos organizados, lo que ha abierto espacio para la expansión del desempleo y la desigualdad de ingresos. Los conflictos de clase, marcados por las disputas entre burguesías vinculadas con el capital extranjero y casi siempre carentes de autonomía, así como con una clase trabajadora vulnerable y debilitada, contribuyeron casi siempre a bloquear el avance de los derechos laborales y el establecimiento de reglas mínimas en los contratos de trabajo. Estos aspectos se intensificaron con la crisis del fordismo/taylorismo y el auge del toyotismo, que exigía no sólo un trabajador multifuncional, sino también relaciones laborales y de producción más flexibles. En las últimas décadas -específicamente, para América Latina, a partir de la década de 1980- otras transformaciones en el modo de producción capitalista volverían a orientar las relaciones laborales hacia la flexibilización. La globalización y las políticas neoliberales coronaron la era de la acumulación flexible y la financiarización, lo que reforzó la liberalización de todos los mercados, incluido el laboral. En tiempos más recientes la difusión de la ideología del emprendimiento y el avance de la industria 4.0 han propiciado el más inverosímil de los escenarios, lo cual ha llevado a que una fracción significativa de la clase trabajadora rechace los contratos laborales en nombre de una supuesta libertad de elección en el desarrollo de su actividad. Todos estos cambios en la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI han dado cabida a la informalidad como eje de esta nueva era.
Brasil, como país periférico y subdesarrollado, se inscribe en esta lógica. Históricamente, la informalidad ha representado una fracción importante del número de trabajadores ocupados y, en muchas situaciones, ha servido de amortiguador de la tasa de desempleo. En el caso más general responde a la dinámica del ciclo económico -que siempre cae en épocas de expansión del ciclo-, pero incluso en periodos de alto crecimiento económico nunca ha estado por debajo de 30%. En los últimos años -siguiendo la tendencia latinoamericana- la informalidad se ha expandido incluso cuando la tasa de desempleo ha disminuido. Por lo tanto, hay dos elementos muy importantes que hay que investigar: la naturaleza estructural de la informalidad en la economía brasileña y las nuevas tendencias que pueden explicar su aumento incluso en situaciones de recuperación o crecimiento económico. Éstos son los dos elementos que guiarán el análisis en el texto.
Con el fin de analizar la informalidad en Brasil en el periodo reciente, el texto se organiza en dos secciones, además de la introducción y las conclusiones. En la primera discutimos brevemente los conceptos de informalidad propuestos y debatidos por autores brasileños a partir de las interpretaciones de la OIT; además, presentamos la metodología utilizada para analizar los datos. En la segunda sección describimos la situación económica de Brasil en los últimos años y, a continuación, estudiamos los datos sobre la informalidad desde esta perspectiva. La propuesta es analizarlos a partir de 2015, y abarcar los efectos inmediatos del golpe de 2016, los gobiernos de extrema derecha, la pandemia y el primer año del gobierno de Lula. Los datos analizados fueron tomados de la Encuesta Nacional Continua por Muestra de Domicilios (PNAD Contínua).
I. El concepto de informalidad
1. Breve análisis del concepto de informalidad
El debate sobre el concepto de informalidad ha estado históricamente impregnado de polémica y, en cierto sentido, marcado por la falta de convergencia entre las distintas corrientes de pensamiento, debido a la complejidad de reunir en un solo término un universo de relaciones productivas, sociales y laborales. No en vano, frente a la existencia de una definición unívoca, se desarrollaron otras expresiones -sector informal, economía informal, relaciones laborales informales- en un intento por englobar todas estas relaciones de la forma más general posible.
El término “mercado laboral informal” fue utilizado por primera vez por Keith Hart en un estudio sobre el empleo urbano en Ghana en 1973. Hart introdujo la idea de “oportunidades formales e informales de generación de ingresos” con el fin de estudiar la ocupación urbana entre los estratos de población con ingresos más bajos; distinguía entre formal e informal al identificar el primero con el empleo asalariado y el segundo con el empleo por cuenta propia. Sin embargo, la difusión mundial del término tiene su origen en los estudios realizados por la OIT en el marco del Programa Mundial del Empleo, cuyo objetivo era investigar y proponer estrategias de desarrollo económico centradas en la creación de empleo. En los términos planteados el sector informal se entendía como un fenómeno propio de los países subdesarrollados, en los que la especificidad del desarrollo capitalista no había permitido la incorporación significativa de una parte de la población trabajadora, por lo que, como alternativa para esta población, se abría la posibilidad de la aparición de otras estrategias de supervivencia que se circunscribían al conjunto de las denominadas actividades informales.
Según Cacciamali (1983), el objetivo del concepto presentado en este informe era crear una categoría de análisis que permitiera describir las actividades generadoras de ingresos relativamente bajos que reunían a los grupos de trabajadores más pobres de las zonas urbanas, con el fin de proponer políticas de empleo e ingresos dirigidas específicamente a ellos. La definición de lo que era el sector informal se apoyaba en la necesidad de estudiar las formas de organización de la producción en los países económicamente atrasados. Una vez establecida la doble distinción entre el sector formal y el informal en función de la manera en que se organiza la producción, puede decirse que el primero es el que, en los países subdesarrollados, reúne un conjunto de actividades urbanas caracterizadas por la facilidad de entrada, la dependencia de los recursos locales, la propiedad familiar, la tecnología intensiva en mano de obra, las cualificaciones adquiridas fuera del sistema educativo formal, así como los mercados no regulados y competitivos.
Específicamente para América Latina, el Programa Regional de Empleo para América Latina y el Caribe (PREALC) fue creado a finales de los años de 1960 como parte del Programa Mundial de Empleo. Al mantener el concepto dual presentado inicialmente por la OIT, el PREALC consideraba el sector informal como un conjunto de actividades de baja productividad, con empresas muy pequeñas, no organizadas y trabajadores independientes, cuya demanda de mano de obra no obedecía a una definición técnica de empleos disponibles, sino que dependía de la fuerza de trabajo no absorbida por el sector formal y de las oportunidades que este grupo de trabajadores tenía para producir y vender bienes que les proporcionaran algún nivel de ingresos. Al servir ya sea como estructura amortiguadora del mercado laboral o como reserva de mano de obra, el sector informal era visto en esta interpretación como funcional al desarrollo de las fuerzas capitalistas, especialmente al permitir bajar el costo de la mano de obra. Además, el PREALC también llamó la atención sobre una heterogeneidad dentro del sector informal, con la coexistencia de un estrato superior con un nivel relativamente más alto de productividad y potencial de crecimiento en condiciones favorables, y un estrato inferior formado por pequeñas unidades con baja productividad y propensión a desaparecer.
Según Krein y Proni (2010), desde los estudios iniciales de la OIT y el PREALC, y a medida que las relaciones laborales se hicieron más complejas, surgieron otras perspectivas sobre la informalidad que tomaron forma a partir de las propias limitaciones que la perspectiva dual presentaba para comprender el desenvolvimiento del desarrollo capitalista en la periferia. A partir de este diagnóstico, se generalizaron tres líneas de interpretación en la región. La primera se refiere a la lógica de supervivencia en un contexto económico adverso, en el que el excedente estructural de mano de obra ejerce una presión constante sobre el mercado de trabajo, que hace insuficiente la oferta de empleos en el sector estructurado. La segunda considera los cambios en la división internacional del trabajo en la era de la globalización y la adaptación de las empresas modernas ante la inestabilidad de la demanda, la cual las lleva a adoptar medidas de descentralización productiva asociadas con la subcontratación de empresas laborales. El tercer enfoque sería el que caracteriza al sector informal en función de su ilegalidad, de modo que lo que motiva la informalidad sería tanto el impago de impuestos como el incumplimiento de la legislación laboral -debido a los elevados costos y el tiempo invertido en el proceso de formalización-.
En los años noventa, teniendo en cuenta los cambios en las relaciones laborales que se produjeron a partir de entonces, la OIT introdujo nuevos elementos teóricos para actualizar el análisis propuesto 20 años antes. A partir del diagnóstico de que el dilema contemporáneo que debían enfrentar los países donde predominaba el trabajo informal era elegir entre la eliminación gradual de todo el conjunto de actividades que conformaban el sector y explotar el potencial de generación de ocupación e ingresos que estas actividades ofrecían a gran parte de la población, la organización pasó a considerar como sector informal tanto las empresas unipersonales y familiares como las microempresas con mano de obra asalariada. En la década del 2000, a raíz de la 90ª Conferencia Internacional del Trabajo, la OIT adoptó un enfoque más amplio: sustituyó el término sector por el de economía informal, a partir de la idea de que en la mayoría de los países existían diferentes grados de formalización en la estructura económica, por lo que el objetivo de las políticas públicas debía ser promover el trabajo decente. El nuevo criterio considera dentro de la economía sumergida a los trabajadores autónomos típicos -microempresas familiares, trabajadores en cooperativas y trabajadores autónomos a domicilio-, a los “falsos” autónomos -trabajadores subcontratados externalizados, trabajadores a domicilio, trabajadores en falsas cooperativas, falsos voluntarios del tercer sector-, trabajadores dependientes “flexibles” o “atípicos” -empleados de microempresas, trabajadores a tiempo parcial, empleos temporales o de duración determinada, trabajadores domésticos, “teletrabajadores”-, microempresarios, productores para el autoconsumo, así como trabajadores voluntarios del tercer sector y de la economía solidaria.
Respecto del debate sobre el concepto de informalidad para el caso específico de Brasil,2 el primer aspecto a destacar es la introducción de los conceptos de proceso de informalidad, mercado informal de trabajo y trabajo informal por Cacciamali (2000). Tras adoptar el concepto de “sector informal” con el fin de analizar las relaciones laborales que se han configurado en los países subdesarrollados, el autor lo considera demasiado estrecho para abordar el conjunto de transformaciones que se han producido en las relaciones de producción y de trabajo en los últimos años en América Latina. Con la mayor complejización de estas relaciones, adopta el uso conjunto de diferentes conceptos como forma de abarcar distintos aspectos de la informalidad, pues el análisis esquemático ya se mostraba limitado para explicar un conjunto de elementos que ya no se basaban en la dicotomía y el dualismo entre los mercados formal e informal. En estos términos define el proceso de informalidad a partir de los cambios estructurales que tienen lugar en la sociedad y en la economía, los cuales inciden en la redefinición de las relaciones de producción, las formas de inclusión de los trabajadores en la producción, los procesos de trabajo y las instituciones, y que se traducen en dos fenómenos: la reorganización del trabajo asalariado y el surgimiento del autoempleo como estrategia de supervivencia emprendida por quienes tienen dificultades para insertarse en el mercado de trabajo. El mercado de trabajo informal, por su parte, es el lugar donde las personas compran y venden su fuerza de trabajo sin registrarla y, en consecuencia, sin estar vinculadas con la seguridad social. Por último, el trabajo informal se constituye por todas las formas de trabajo realizadas al margen de la legislación vigente o que pasan a estar permitidas como consecuencia de los cambios institucionales imperantes tras el proceso de desregulación laboral.
Con el mismo objetivo de presentar diferentes conceptos de informalidad que permitan analizar distintas situaciones en relación con las nuevas formas de contratación laboral, Filgueiras, Druck y Amaral (2004) parten de tres concepciones de informalidad para establecer un nuevo conjunto de criterios a ser utilizados para la verificación empírica del caso brasileño. La primera concepción se refiere a la existencia de un sector informal como consecuencia del excedente de mano de obra resultante del elevado crecimiento demográfico; la segunda corresponde al surgimiento del sector informal como resultado de la crisis del fordismo y del Estado de bienestar en los países desarrollados, que condujo a programas de reestructuración productiva y liberalización económica; por último, la tercera describe el surgimiento de la llamada nueva informalidad en los países periféricos, como resultado de la irrupción de los mismos mecanismos que condujeron al proceso de reestructuración productiva en los países centrales, con la transferencia de trabajadores de los sectores protegidos a las actividades informales.
A su vez, este conjunto de criterios conduce a tres enfoques diferentes de la informalidad. El primero delimita el concepto de informalidad por el criterio de actividades que no son típicamente capitalistas, por lo que puede considerarse que la informalidad y la formalidad constituyen sectores diferentes de la economía: el sector formal incluye las actividades capitalistas, y el informal, las actividades no capitalistas. El segundo enfoque considera que la actividad está regulada, por lo que es más coherente tratar la informalidad no como un sector, sino como una actividad económica. Así, las actividades formales serían aquellas que están registradas, en las que los ocupados cotizan a la seguridad social, y las informales, o sumergidas, son aquellas en las que los ocupados no cotizan en la seguridad social. Finalmente, el último enfoque combina los dos criterios considerados en los anteriores, de manera que la informalidad está representada por las personas empleadas en el sector informal más las personas empleadas en el sector formal pero que no están registradas. Con esto, los autores llegan al criterio de actividades fordistas -actividades capitalistas registradas- y actividades no fordistas -actividades capitalistas clandestinas más actividades no capitalistas, registradas o clandestinas-.
Siguiendo una lógica similar, pero en busca de recuperar las conexiones entre desarrollo, dependencia e informalidad, Barbosa (2009) presenta un argumento que muestra que, en un contexto de permanente heterogeneidad estructural, la comprensión de lo que constituye formal e informal se redefine constantemente a partir de la propia modificación de las relaciones que operan en el capitalismo periférico. Por ello, los esfuerzos por tratar de encajar en un solo término lo que se entiende por informalidad terminarían limitando la propia capacidad de análisis, máxime cuando el sistema capitalista, en regiones donde predomina como característica estructural el excedente de mano de obra y enormes diferenciales salariales intra e intersectoriales, recrea permanentemente formas de contratación para permitir una mayor explotación del trabajo. Si, por un lado, los enfoques adoptados para tratar la informalidad durante las décadas de 1970 y 1980 fueron suficientes, en cierto sentido, para analizar la amplia gama de relaciones laborales no reguladas o precarias que se consolidaron en Brasil, nuevas formas de abordaje se hicieron necesarias a partir de la década de 1990, cuando el mercado de trabajo pasó a presentar una nueva configuración estructural debido a la implementación de políticas neoliberales. Así, por la complejidad de las relaciones laborales contemporáneas, el autor señala la dificultad de adoptar explicaciones genéricas para comprender la informalidad, especialmente ante la constatación de que en la actualidad hay una expansión tanto de empleos formales precarios como de empleos no regulados que no son considerados precarios. La comprensión de las formas que adoptan las relaciones laborales debe hacerse en cada época, siempre con el telón de fondo de las características estructurales de la economía.3
Una vez presentadas las interpretaciones teóricas, pasamos a analizar la información sobre la informalidad en el periodo reciente, con el fin de identificar su dinámica en conjunto con los diferentes acontecimientos que han tenido lugar en Brasil en los últimos años, especialmente después del golpe de 2016 y la llegada de la extrema derecha al poder en 2019.
2. Metodología y enfoque conceptual
La discusión de la sección anterior destaca la amplitud de enfoques conceptuales sobre la informalidad. A pesar de las diferencias y las particularidades entre ellos, es posible identificar puntos de convergencia, los cuales consideramos fundamentales para un análisis cuantitativo y cualitativo de la informalidad en Brasil. Fundamentalmente, todas las perspectivas descritas tienen en común la comprensión de que existe un sector informal y una fuerza de trabajo informal.
Los sectores informales son aquellos que se identifican a partir de la manera en que se organiza la actividad, generalmente fuera de las estructuras típicas del modo de producción capitalista y también sin vínculos con los aparatos normativos, legales y burocráticos de cada sociedad. En este sentido, son actividades sin un tipo de organización definida y realizadas de forma tal que permiten a la población acceder a un ingreso que garantice sus condiciones mínimas de reproducción. A su vez, la fuerza de trabajo inf or mal comp rende a los individuos que conforman la fuerza de trabajo vinculada con los sectores informales, y también a aquellos relacionados con actividades organizadas, pero sin ningún tipo de vínculo contractual. Se trata, por lo tanto, de trabajadores asalariados, autónomos o por cuenta propia que prestan algún tipo de servicio para un empleador, pero sin establecer ningún tipo de relación contractual entre ellos y, por lo tanto, sin acceso al conjunto de derechos laborales y sociales. De alguna manera, estos dos enfoques logran encajar en los tipos más distintos de lecturas e interpretaciones presentadas anteriormente sobre la informalidad.
Cuando pensamos en la naturaleza dinámica de las relaciones entre capital y trabajo en el modo de producción capitalista, esperamos no sólo cambios en la forma en que describimos las categorías que definen las relaciones laborales, sino también la proposición de nuevas categorías, una lógica que incluye la comprensión de la informalidad. En el caso particular de Brasil, además de los efectos ya resultantes de la acumulación flexible y de la consolidación de las políticas neoliberales, sumados al avance de la ideología del emprendedurismo y al impacto de la industria 4.0 en las formas de organización del trabajo en los últimos tiempos, es necesario considerar también los cambios provocados por la reforma laboral, los cuales alteraron puntos importantes en las formas de contratación de los trabajadores y que, por lo tanto, exigen también nuevos debates sobre la cuestión de la informalidad. Todos estos elementos deben tenerse en cuenta a la hora de acotar el concepto que aquí abordaremos y también para definir las variables utilizadas para su verificación cuantitativa.
Para los objetivos de este debate utilizaremos la información proporcionada por la PNAD Contínua. La encuesta, realizada por el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), busca seguir las fluctuaciones trimestrales y la evolución a corto, medio y largo plazos de la población activa, así como otra información necesaria para estudiar el desarrollo socioeconómico del país. La encuesta está diseñada para producir indicadores trimestrales sobre la población activa e indicadores anuales sobre temas complementarios permanentes, como el trabajo y otras formas de trabajo, el cuidado de personas y las tareas domésticas, la tecnología de la información y la comunicación, etc., investigados en un trimestre específico o aplicados a parte de la muestra cada trimestre y acumulados para generar resultados anuales. Además, se elaboran indicadores sobre otros temas complementarios, con periodicidad variable.4 Se trata, por lo tanto, de una de las encuestas más completas realizadas actualmente en Brasil, por lo que utilizaremos sus informaciones, por considerarlas adecuadas a la realidad contemporánea de las relaciones laborales en el país.
Las dos principales variables analizadas en este texto serán “personas de 14 años y más empleadas en la semana de referencia, por situación de informalidad en el empleo principal” (IBGE, 2023a) y “tasa de informalidad de las personas de 14 años y más empleadas en la semana de referencia” (IBGE, 2023b). La situación de informalidad se refiere a las personas ocupadas como “asalariado del sector privado, excluido el trabajador doméstico, sin permiso de trabajo firmado”, “trabajador doméstico, sin permiso de trabajo firmado”, “empleador sin CNPJ [registro nacional de personas jurídicas, por sus siglas en portugués]”, “por cuenta propia sin CNPJ” y “trabajador familiar auxiliar en el empleo principal”. La tasa de informalidad se calcula en relación con el número total de trabajadores empleados. Los datos están disponibles de 2016 a 2023 y son acumulados a partir de las primeras visitas, excepto para 2020-2022, que se recogen a partir de las quintas visitas, debido a la pandemia de covid-19.
Además de las variables específicas relativas a la informalidad, analizaremos otras por considerar que son expresiones de la dinámica económica y de las relaciones laborales estrechamente relacionadas con ella, y también permiten un análisis más detallado de los trabajadores en situación de informalidad. Se trata de algunos indicadores del mercado de trabajo -como información sobre ocupación, desempleo y subutilización de la fuerza de trabajo- e indicadores de personas empleadas como patrones o autónomos sin CNPJ, en un intento por identificar los sectores de actividad en los que la informalidad es más evidente. Al analizar estos indicadores en conjunto creemos que es posible trazar un cuadro de la informalidad en Brasil en el periodo reciente.
Sin embargo, antes de hacerlo, presentaremos un resumen de la situación económica de Brasil en los últimos años.
II. La informalidad en brasil
1. La coyuntura económica
La década de 1990 fue un periodo relativamente complejo para la economía brasileña. Tras la inestabilidad permanente de la “década perdida” y los acontecimientos que marcaron el escenario político, la economía encontró un nuevo camino de saneamiento con la aplicación del Plan Real, todavía bajo el gobierno de Itamar Franco, y la consolidación del marco neoliberal durante los dos mandatos de Fernando Henrique Cardoso. Sin embargo, la estabilización monetaria tuvo un alto costo: el mantenimiento de tipos de interés elevados para implantar el anclaje cambiario presionó sobre la deuda pública, mientras que la política de apertura comercial contribuyó a la destrucción de importantes eslabones de la cadena productiva nacional, lo que promovió un amplio proceso de desindustrialización en Brasil. Para la clase trabajadora, la recuperación del poder adquisitivo no tuvo resultados significativos en términos de caída de la desigualdad de renta, mientras que las políticas neoliberales contribuyeron al avance de la flexibilización laboral: los datos presentados por el Instituto de Pesquisa Econômica Aplicada (IPEA, 2006) indican una caída del índice de Gini a lo largo de la década, después de un aumento significativo entre 1992 y 1993, cuando pasó de 0.602 en ese año a 0.593 en 2001. Este escenario se vería coronado por las diversas crisis internacionales de finales de la década, cuyo panorama fue de estancamiento: los ingresos laborales reales cayeron 15% entre 1998 y 2002, el crecimiento medio del producto interno bruto (PIB) fue de 2.3% entre 1995 y 2002 y la inflación retomó una nueva trayectoria de escalada (Souza, 2008).
Lula llegó a la presidencia en 2003 en una situación económica y social relativamente inestable. Sin embargo, a pesar de indicar el mantenimiento de la estructura de la política macroeconómica, el nuevo gobierno encontró un panorama externo ampliamente favorable, con el ascenso de China y el aumento de la demanda de materias primas (Medeiros y Cintra, 2015; Correa y Xavier, 2013). Fue en este marco que se implementaron las primeras medidas del gobierno: un aumento de la meta de superávit primario -de 3.75 a 4.25% del PIB- y de la tasa de interés -de 25 a 26.5%-, así como la propuesta de reformas tributarias y de la seguridad social. Con estas políticas, a partir de 2004 los efectos del nuevo ciclo de crecimiento internacional comenzaron a derramarse en la economía brasileña, con un superávit primario en las balanzas comercial y por cuenta corriente y una reducción de la relación deuda/PIB (Oliveira, 2012).
Si bien hasta 2006 la situación económica general fue relativamente favorable, con un crecimiento que alcanzó 4%, las condiciones cambiaron a partir de 2007, primer año del segundo gobierno de Lula y también el año en que estalló la crisis de las hipotecas de alto riesgo en los Estados Unidos. De hecho, los principales cambios en la política económica se implementaron a partir de 2009, con la aplicación de políticas fiscales, monetarias y cambiarias anticíclicas que fueron fundamentales para la recuperación del crecimiento económico: en 2010 el PIB se expandió 7.5%, el consumo final creció 6.1% y las exportaciones 11.5%. Estos resultados se reflejaron en los indicadores sociales: entre 2003 y 2009 el desempleo disminuyó 1.5 puntos porcentuales, y el índice de Gini se redujo sustancialmente de 0.583 a 0.543.5 El grado de informalidad, en sus tres mediciones,6 pasó de 54.3 a 48.7% (tipo I), de 54.8 a 48.8% (tipo II) y de 51.8 a 46.4% (tipo III), respectivamente, en el mismo periodo (Duarte, 2015).7
A partir de 2010 Dilma Rousseff se enfrentó al reto de mantener los buenos resultados económicos y sociales alcanzados por la presidencia anterior, pero en circunstancias internas y externas menos favorables. Mientras la economía internacional aún sufría los efectos de la crisis de 2008, con repercusiones en la demanda, y el precio de las commodities y en el flujo de financiación exterior, el modelo de crecimiento económico orientado por el consumo interno había alcanzado sus límites de expansión. Por esta razón, la política macroeconómica se orientó hacia una agenda industrialista, con un enfoque en la mejora de la rentabilidad de las empresas privadas, con el fin de crear incentivos para aumentar la inversión privada. Para ello, las políticas se basaron en aumentar las desgravaciones fiscales y los beneficios crediticios. La política fiscal mantendría los gastos altos, pero sustituyendo aquellos con un efecto multiplicador alto (gastos de capital) por otros con un multiplicador bajo (desgravaciones fiscales) (Duarte, 2020).
La política de industrialización resultó ser un completo fracaso, con una caída de la inversión pública, sin compensación por el aumento de la inversión privada. Por otra parte, las desgravaciones fiscales ascendieron a 343 000 millones de reales al final del primer gobierno. El mantenimiento del crecimiento del gasto primario como proporción del PIB forzó una reducción del superávit primario, lo que contribuyó al aumento del déficit nominal. Para Dweck y Teixeira (2017) el punto nodal no fue el aumento irresponsable del gasto público, sino la caída abrupta de los ingresos, que detuvo cualquier maniobra del gobierno para recuperar el crecimiento económico. Ni siquiera los resultados de las políticas monetaria y cambiaria lograron amortiguar los efectos deletéreos de la política fiscal.
Con el deterioro de las cuentas públicas, el segundo gobierno de Dilma se guió por la austeridad. Hubo una fuerte reducción de la inversión pública en 2015 (29%) y una subida de los tipos de interés como forma de contener el proceso inflacionista, así como la interrupción de los mecanismos de intervención en el mercado de divisas. Incluso con estas medidas la economía no se ha recuperado. Los datos presentados por Mello y Rossi (2018) muestran que el indicador de endeudamiento creció casi 10% en un año; la inversión pública y privada se desplomó; los precios se expandieron 10%, y el PIB cayó 10% en 2015, mientras que la deuda bruta saltó de 56.3 a 65.5% del PIB entre 2014 y 2015. A la crisis económica se ha sumado la crisis política en curso desde 2013, que desembocó en el golpe de Estado contra Rousseff y la llegada de Michel Temer al poder.
Las directrices propuestas por Temer para su gobierno se organizaron en el documento Un puente hacia el futuro, lanzado por la Fundación Ulises Guimarães, vinculada con su partido. Para Motta Filho y Duarte (2021) el tono del documento recordaba las formulaciones del apogeo del neoliberalismo en la década de 1990, pero no sólo como una continuación lineal de las propuestas anteriores, sino que profundiza sus elementos, a partir de la proposición de un conjunto de reformas orientadas por la restricción fiscal y, por lo tanto, ancladas en la reducción masiva de recursos para educación y salud. A pesar de la amplitud de las propuestas, el gobierno sólo avanzó en la aprobación y la implementación de la reforma laboral de 2017, que representó uno de los procesos más avanzados de modificación de artículos de la Consolidación de las Leyes del Trabajo (CLT) para flexibilizarlas, en particular, al implementar mecanismos de debilitamiento de la representación sindical e insertar en las normas legales un conjunto de actividades y relaciones con alto nivel de vulnerabilidad e inestabilidad, y, por lo tanto, con un impacto sustancial en la informalidad, específicamente en la informalidad disfrazada, que se manifiesta, por ejemplo, en los contratos intermitentes y en las normas sobre teletrabajo y autoempleo.
Sin embargo, el discurso sobre la necesidad de reformas sirvió de plataforma para el ascenso de la extrema derecha en Brasil, que se coronó con la elección de Jair Bolsonaro en 2018. Incluso sin un proyecto de gobierno estructurado, la estrategia de Bolsonaro llevó al extremo las propuestas de reestructuración de Temer, en un discurso claramente promercado y, por lo tanto, dirigido a realizar los intereses del mercado, en detrimento de los servicios públicos, que pasaban por un periodo de desmantelamiento y recortes de recursos. Parte de este proyecto se vio frustrado por el estallido de la pandemia, que no sólo obligó a interrumpir parte de la actividad productiva y la prestación de servicios, sino que también presionó al gobierno para que pospusiera su proyecto ante demandas más inmediatas en materia de salud y política social, especialmente para la población más vulnerable.
Como resultado, Bolsonaro no sólo no avanzó en las reformas estructurales -el gobierno únicamente aprobó algunas propuestas de enmienda constitucional (pec), además de avanzar en las privatizaciones-, sino que también sufrió uno de los peores resultados en términos de crecimiento económico de las últimas décadas. La tasa media anual de crecimiento del PIB fue de 1.4% entre 2019 y 2022, mientras que el desempleo alcanzó 14.9% en el tercer trimestre de 2020. Para Araújo (2023), tras la aplicación de medidas para hacer frente a la crisis, lo que se observa es que al final del gobierno los índices apuntaban a una recuperación del PIB hasta los niveles anteriores a la pandemia, pero con un patrón heterogéneo de recuperación, más vigoroso en los sectores agrícola y de servicios, y más lento en la industria manufacturera. En el mercado laboral la recuperación fue más rápida, pero a costa de una mayor informalidad, con la tasa de desempleo que cayó tres puntos porcentuales en el transcurso de 2021, pero la tasa de informalidad alcanzaba niveles altos, similares a los prevalecientes antes de la pandemia.
El regreso de Lula a la presidencia en enero de 2023 trajo consigo la expectativa de un nuevo ciclo de inversión pública y crecimiento económico, pero éste se ha visto arrastrado tanto por el inestable escenario externo como por el enfoque del gobierno de organizar la política económica en torno al ajuste fiscal. Aunque la economía ha mostrado algunos signos de recuperación, esto todavía no es suficiente para caracterizar una nueva senda de expansión. Es a partir de estos elementos que en la próxima sección analizar emos algunos puntos relativos al mercado de trabajo, con foco en la informalidad.
2. Relaciones laborales e informalidad
Como se destacó en la introducción, si bien la informalidad es una característica común de las relaciones laborales en el modo de producción capitalista, se vuelve más prominente en los países periféricos y subdesarrollados por diversas razones, que van desde disfuncionalidades en la estructura de los mercados de trabajo hasta la dinámica de los sectores productivos y su adecuación al tejido social. Si se entiende que se trata de un indicador que representa un empeoramiento de las relaciones laborales, es de esperar que siempre aumente en situaciones de crisis e inestabilidad económica y política, y disminuya en épocas de expansión. Sin embargo, el proceso gradual de flexibilización de la legislación laboral en Brasil en los últimos años ha cambiado este escenario. Para entender su comportamiento ante este nuevo panorama analizaremos otras informaciones del mercado de trabajo junto a los indicadores de informalidad. El objetivo es analizar datos desde los últimos años del gobierno de Dilma Rousseff hasta la actualidad.
En la sección anterior mostramos que el segundo mandato del gobierno de Dilma estuvo marcado por una desaceleración económica que se justificó, entre otros factores, por la baja capacidad del proyecto formulado en la agenda industrial para estimular la inversión, especialmente en el sector privado. Al mismo tiempo, la caída de los ingresos públicos creó obstáculos en el proceso de expansión del sector público. Este escenario tuvo un impacto en el empleo, que cayó en el último año de gobierno y continuó en una trayectoria descendente, aunque con oscilaciones, hasta 2021, durante el gobierno de Bolsonaro, cuando la tasa de desempleo alcanzó su nivel más alto de 14%. Esta tasa de desempleo fue explicada por los efectos de la pandemia, lo que también justifica la recuperación en los años siguientes, debido a la reanudación gradual de la actividad económica. El número de parados en 2021, que superó los 14 millones de personas, representó la mayor tasa de desempleo de la historia. En 2023, bajo el gobierno de Lula, el nivel de empleo alcanzó su posición más alta desde 2014. Los datos pueden verse en los Cuadro 1 y 2.


El empeoramiento de las condiciones laborales desde 2015 también queda patente al analizar los datos de las distintas medidas de subutilización de la mano de obra. Al igual que el número de desempleados, el número de trabajadores subempleados alcanzó su máximo en 2021, y descendió a partir de ese año, pero llegó a 2023 sin alcanzar los niveles de 2016. En una línea similar, también se observa una expansión de la población activa potencial, que alcanzó su punto más alto en 2020: más de 11 millones de personas, de las cuales casi la mitad eran trabajadores desanimados, cuyo nivel se duplicó con creces en el mismo periodo.8 Incluso cuando excluimos los años que ya tuvieron los efectos de la pandemia, las cifras siguen siendo significativas, con un aumento de más de 2 millones de trabajadores subempleados en 2019, más de 5 millones en la fuerza laboral potencial, y de éstos más de 3 millones desalentados en 2020. Lo que formalmente se produce es una expansión de estos últimos como proporción de la población activa potencial: si en 2015 representaban 40.81%, y eran 47.14% en 2020, el indicador alcanza su punto más alto en 2023, al llegar a 52.92%. Aunque todos estos indicadores muestren un descenso a partir de 2023 y alcancen ya niveles inferiores a los de antes de la pandemia, lo cierto es que siguen expresando el alto nivel de vulnerabilidad de las relaciones laborales, sobre todo cuando se observa el aumento del número de trabajadores desanimados, que representan más de 5% de la población activa y todavía representarán 3.3% en 2023. La información puede verse en los Cuadro 3 y 4.


En el contexto de la crisis y la desaceleración, especialmente con los efectos de la pandemia, esta inflexión en la dinámica del mercado de trabajo era de esperarse, con un aumento en el número de desempleados y subempleados, lo que invariablemente crea las condiciones necesarias para la expansión de la informalidad. Los datos del Cuadro 5 muestran una trayectoria ascendente en el aumento de la informalidad entre 2016 y 2019, cuando llega a casi 95 millones de trabajadores. Mientras que la tasa de crecimiento de los trabajadores ocupados en el mismo periodo fue de 4.63%, la de los trabajadores informales fue de 9.46%, lo que provocó que la tasa de informalidad aumentara casi 2% en el periodo y alcanzara 40.9%. Se trata de una exacerbación de una tendencia en las relaciones laborales que se viene dando en Brasil desde 2013, pero que comenzó a cobrar fuerza en 2015.


De hecho, hasta 2012 la tendencia era de reducción de la informalidad en Brasil. El resultado fue un reflejo no sólo de los años anteriores -de crecimiento económico-, sino especialmente de un conjunto de políticas destinadas a estructurar mejor las relaciones laborales, que combinaban no sólo la política de aumento real del salario mínimo, sino también los diferentes incentivos a la formalización de los contratos, que incluían asimismo la labor del Ministerio de Trabajo como agente de inspección. Carvalho (2015 y 2016) sostiene que a partir de 1999 se produjo un aumento significativo de la formalización, de modo que la proporción de trabajadores formales pasó de 37.5 a 50.6% en 2012, lo que se explica más por la caída de la informalidad que por el número de trabajadores por cuenta propia: mientras que la proporción de trabajadores informales se redujo en 3.7 puntos porcentuales entre 2006 y 2012, y alcanzó 20.7% de los ocupados, la proporción de trabajadores por cuenta propia cayó apenas 0.6 puntos porcentuales en este periodo. Sin embargo, si se considera todo el lapso, la tasa de formalización aumentó 12.6 puntos porcentuales, de los cuales 65% se explica por la caída de los trabajadores no remunerados, que pasaron de 15.5% en 1995 a 7.3% en 2012. A partir de 2012 hubo un aumento gradual en la tasa de informalidad, pero esto comenzó a explicarse menos por la caída en el número de trabajadores no registrados y más por el aumento de los trabajadores por cuenta propia, que pasó de alrededor de 23% en 2013 y principios de 2014 a 24.8% en el cuarto trimestre de 2015.
A partir de 2015 la trayectoria era ascendente, con un aumento del número de trabajadores informales de más de 3 millones de personas hasta 2019. Además de la persistencia de la crisis económica y el estancamiento del crecimiento, fue el periodo de convergencia de la reforma laboral, cuyos efectos ya empezaban a notarse en 2018. Esta trayectoria se interrumpió en 2020, cuando hubo una caída sustancial en el número de trabajadores informales -la tasa de informalidad cayó de 40.9 a 37.6%-, pero no por la recuperación económica, sino por el agravamiento de la crisis causada por la pandemia. Formalmente, con la interrupción de la actividad productiva y de varios sectores de servicios, ha habido una reducción de la población económicamente activa que, como consecuencia, se refleja también en una disminución del número de trabajadores informales. Asimismo, ha habido una reducción significativa en el número de trabajadores ocupados -de 94 a 86 millones de personas- aunque esta caída es proporcionalmente menor que el número de trabajadores informales, ya que esto también incluye a los trabajadores de los servicios públicos y a algunos sectores privados que, incluso con la interrupción de las actividades, mantuvieron sus contratos de trabajo en vigor.
En otras palabras, se trata de un escenario particular en el que la reducción de la informalidad, más que significar una mejora de las condiciones económicas, fue un reflejo de la intensificación de la situación de crisis. La situación era más crítica en 2020, por lo que en los dos años siguientes el número de ocupados y de informales volvió a crecer -el número de ocupados aumentó en más de 10 millones de personas, mientras que el de informales lo hizo en casi 6 millones-, pero con algunas particularidades. Mientras que la tasa de crecimiento del número de ocupados fue de 11% entre 2020 y 2022, la de crecimiento de la informalidad fue de 17%. La tendencia continuó a lo largo de 2023, cuando Brasil alcanzó la tasa de desempleo más baja desde 2015, pero con la informalidad logrando los mismos niveles que en 2016. Por lo tanto, si bien ya había surgido un crecimiento sustancial en el sector informal desde 2015, se ha convertido en un actor importante en la expansión de las ocupaciones en Brasil desde la pandemia. Esto es evidente cuando pensamos en la expansión del sector de servicios, especialmente los servicios de entrega, que han experimentado un gran crecimiento durante la pandemia, a través de los trabajadores en apps. Los datos de la PNAD Contínua indican que en 2023 del total de trabajadores de plataforma, 77.1% era autónomo; 9.3% no tenía contrato formal, y sólo 5.9% tenía un contrato formal. Los datos del Cuadro 7 también nos dan una visualización de la cuestión: aunque el número de personas empleadas como trabajadores familiares auxiliares ha caído a niveles inferiores a los de 2015, el número de personas empleadas en el sector privado sin contrato formal ha crecido de manera constante, incluso durante los años de la pandemia, con un aumento de 28%. Aunque estas ocupaciones son insuficientes para un análisis detallado de la situación, nos dan una visión general de la significativa expansión de la informalidad después del periodo más crítico de la pandemia.

Con el fin de proporcionar una evaluación más individualizada de los trabajadores informales, presentamos en los cuadros siguientes algunos datos sobre los trabajadores autónomos y los empleadores. Además de aquellos que ocupan estos puestos sin permiso de trabajo, entre los informales se incluyen los empleados sin permiso de trabajo y los empleados como trabajadores familiares auxiliares -que se muestran en el Cuadro 7- y los empleadores sin permiso de trabajo. Así, con la siguiente información tendremos una imagen casi completa de estos trabajadores.
Los datos del Cuadro 8 muestran los trabajadores autónomos y los empleadores según el registro de la empresa en el CNPJ. Se observa un aumento absoluto tanto de los trabajadores registrados como de los no registrados, aunque la distribución porcentual ha sido más favorable a los primeros que a los segundos. De todos modos, al igual que en el caso de los trabajadores sin contrato formal en el sector privado, el aumento de obreros y empleados sin registro en el CNPJ es continuo durante todo el periodo analizado, con excepción de 2022. Sin embargo, la clave de este análisis radica en otro aspecto: que una proporción importante de los empleadores y los cuentapropistas con registro en el CNPJ son trabajadores en situación de informalidad encubierta, ya que no tienen ningún tipo de contrato de trabajo y, por lo tanto, no están regidos por la legislación laboral. Este fenómeno es un reflejo de la “precarización” que ha tenido lugar en la economía nacional en los últimos años, con el fomento del registro de trabajadores individuales como personas jurídicas, como forma de posibilitar su contratación mediante un servicio y no un contrato de trabajo. Otra forma de informalidad encubierta son los contratos intermitentes, legalizados a partir de la reforma laboral de 2017. Según Oliveira (2023), el número de trabajadores intermitentes en Brasil pasó de 7 367 en 2017 a 243 554 en 2021. Los datos del Registro General de Ocupados y Desocupados (CAGED) (Brasil de Fato, 2024) del Ministerio de Trabajo y Empleo (MTE) muestran que, en 2023, el 5.86% de las vacantes de empleo con contrato formal creadas en Brasil era intermitente, mientras que en 2021 éstas suponían 3.33% del saldo de contratación y en 2022 representaban 4.41% del total. Así, si tomamos en cuenta las formas encubiertas de informalidad, se podría decir que la informalidad alcanza actualmente niveles mucho más altos que los que muestran los datos.

Finalmente, con el objeto de identificar a los trabajadores informales por sector, el Cuadro 9 presenta informaciones sobre el número de trabajadores por cuenta propia por grupo de actividad. Aquí no hay separación entre trabajadores con y sin registro en el CNPJ, pero la información proporcionada por la PNAD Contínua muestra que del total de trabajadores por cuenta propia 18.4% estaba registrado y 81.6% no lo estaba en 2015; en 2023 cambian los porcentajes a 24.9 y 75.1%, respectivamente. Así, debido a que la mayor proporción de trabajadores autónomos no está registrada, es posible indicar, a partir del análisis del total, la concentración sectorial de los trabajadores informales. Los trabajadores por cuenta propia se concentran en gran medida en el sector servicios, que representaba 32.5% del total en 2015, cifra que aumentó hasta 44.6% en 2023. Considerando conjuntamente a los trabajadores de los sectores de servicios y comercio, reparación de vehículos de motor y motocicletas, los totales eran de 53.6 y 63.3%, respectivamente. De forma aislada, todos los demás sectores han reducido su cuota del total de trabajadores por cuenta propia.

En resumen, desde 2015 hasta el final de la pandemia, hubo una tendencia de empeoramiento de los indicadores del mercado de trabajo, especialmente la informalidad, sin tener en cuenta las particularidades de los efectos durante los años de la pandemia. En el periodo más reciente hay señales de recuperación, con incremento del número de ocupados y consecuente caída del desempleo, pero con incremento continuo de la informalidad, así como de las ocupaciones consideradas como informalidad disfrazada. A partir de estos elementos, podemos pasar a concluir.
III. Conclusión
A pesar de ser una característica permanente de las relaciones laborales en los países periféricos y subdesarrollados, la informalidad, por regla general, responde a la dinámica del ciclo económico: se reduce en épocas de expansión y crece en épocas de crisis e inestabilidad. Por esta razón, para algunos analistas a menudo actúa como un amortiguador en el mercado laboral, al absorber trabajadores en situaciones en las que la tasa de desempleo aumenta. En Brasil que la informalidad se mantenga en niveles elevados exige un análisis más detallado y complejo para tratar de identificar sus características, su comportamiento y, especialmente, su comprensión como fenómeno estructural del mercado de trabajo.
El análisis aquí realizado muestra que hasta 2020 el comportamiento de la informalidad siguió el ciclo económico. Mientras que hasta 2012 hubo una tendencia a la baja en el número de trabajadores informales, tras los años de crecimiento económico de la segunda mitad de la década del 2000 y las políticas anticíclicas implementadas para contrarrestar los efectos de la crisis internacional de 2008, el panorama cambió a partir de 2013, con un aumento gradual debido a los efectos de la desaceleración económica combinada con la crisis política, con un aumento en el número de trabajadores por cuenta propia superior al que hubo en el número de trabajadores sin contrato formal. Aunque se afirmaba que la reforma laboral podría frenar el crecimiento del desempleo y la informalidad, el resultado ha sido exactamente el contrario. Además, la reforma ha dado lugar a formas de contratación que se consideran informalidad encubierta, como los trabajadores intermitentes y los autónomos con registro en el CNPJ.
Todos estos efectos se han agravado con la llegada de Bolsonaro a la presidencia de la República. Además de tomar medidas enérgicas para intensificar los mecanismos de flexibilización del trabajo, el gobierno ha enfrentado los efectos de la pandemia durante casi toda su duración, lo que ha aumentado exponencialmente la tasa de desempleo, debido a la interrupción de una serie de actividades productivas y de servicios. En este caso, el comportamiento de la informalidad fue atípico -pues cayó durante la pandemia-, pero esto se explica más por la salida masiva de trabajadores del mercado laboral, seguida de una caída en el número de trabajadores subempleados y un aumento en el número de trabajadores desalentados. Sin embargo, este efecto de la informalidad sólo se observa en 2020, ya que comienza a aumentar de nuevo en 2021. Con la elección de Lula en 2022 y el cambio de rumbo en la planificación de la política económica, la actividad productiva volvió a recuperarse, con un aumento de los indicadores de crecimiento económico y una reducción del desempleo y de la desigualdad de ingresos. Sin embargo, la informalidad adquirió un carácter particular: su tasa aumentó paralelamente a la caída del desempleo. Como consecuencia, parte de los empleos creados en el último año corresponden a ocupaciones informales.
Por lo tanto, podemos decir que hay indicios -que se verificarán en los próximos años- de que el mercado de trabajo en Brasil está experimentando un cambio significativo en su morfología, en el que la informalidad tal vez esté desempeñando un papel más destacado. Esto se debe a tres razones. En primer lugar, los aspectos de la reforma laboral de 2017, que intensificó los mecanismos de flexibilización del trabajo, al mismo tiempo que legalizó formas de contratación que pueden entenderse como informalidad encubierta. Aunque no se entienden como tipos de ocupación informal, se acercan a ellas en la medida en que limitan y restringen -cuando no impiden- el acceso de los trabajadores a la legislación laboral y a los derechos sociales. En segundo lugar, la difusión de la ideología del emprendimiento que, unida con el avance de la industria 4.0, ha provocado un efecto atípico entre la propia clase trabajadora, cuando una fracción significativa de la misma -especialmente entre los jóvenes- comienza a abogar por contratos más flexibles, cuando no por la ausencia de contratos, y por la contratación mediante la prestación de servicios, lo que les garantizaría libertad en la organización de su propio trabajo. Se trata de un elemento nuevo que requiere una observación más atenta de sus efectos en los próximos años, sobre todo por la posibilidad de bloqueo del acceso a la legislación laboral y las repercusiones sobre la financiación del sistema de seguridad social, entre otros impactos. Por último, y quizás como nexo entre estos diferentes temas, la propia consolidación de la flexibilización laboral que, en cierto sentido, nos orienta hacia un fenómeno reciente en el mercado de trabajo, donde se está estableciendo como la norma típica en las relaciones entre capital y trabajo. Además, hay un cuarto elemento que hemos señalado y que también requiere mayor observación en los próximos años: los probables efectos del avance de las tecnologías de la información y de la inteligencia artificial sobre el mundo del trabajo, ya que su mayor desarrollo podría provocar una ola de desempleo estructural y tecnológico nunca vista en el modo de producción capitalista, debido a su amplia capacidad para sustituir mano de obra. Si hay efectos innegables sobre el nivel de empleo, sin duda también los habrá sobre la renta y la informalidad, y tal vez precisamente en el sentido de reafirmarla como la “nueva normalidad” de las relaciones laborales en Brasil.
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Notes