Clásicos de la Economía

Desarrollo económico con oferta ilimitada de mano de obra*

Economic development with unlimited supplies of labour

W. Arthur Lewis
Autor Independiente, Saint Lucia

Desarrollo económico con oferta ilimitada de mano de obra*

El trimestre económico, vol. 91, no. 364, pp. 973-1029, 2024

Fondo de Cultura Económica

Resumen: Este artículo retoma el esquema clásico respecto a los problemas de distribución, acumulación y crecimiento, primero en una economía cerrada, después en una abierta. Busca actualizar tal teoría a la luz del conocimiento moderno y ver hasta qué punto puede ayudar a comprender los problemas contemporáneos en distintos territorios geográficos del mundo, en particular respecto a los niveles de salarios de subsistencia en un escenario de oferta ilimitada de mano de obra.

Clasificación jel:E24, J01, J2, J31, O15.

Palabras clave: Distribución del ingreso, oferta ilimitada de mano de obra, salario de subsistencia, sector capitalista, formación de capital, economía subdesarrollada.

Abstract: This paper takes up the classical scheme regarding the problems of distribution, accumulation, and growth, first in a closed economy, and then in an open one. It seeks to update such a theory in the light of modern knowledge and to see to what extent it can help to understand contemporary problems in different geographical territories of the world, in particular concerning subsistence wage levels in a scenario of unlimited labour supply.

jel codes:E24, J01, J2, J31, O15.

Keywords: Income distribution, unlimited supplies of labour, subsistence wages, capitalist sector, capital formation, underdeveloped economy.

Desarrollo económico con oferta ilimitada de mano de obra, de W. Arthur Lewis

Nota introductoria

El artículo que ahora presentamos, “Economic development with Unlimited Supplies of Labour”, apareció originalmente en la revista The Manchester School en el número de mayo de 1954; desde entonces ha sido objeto de estudio, discusión y debate en los ámbitos de la academia y la política económica.

En forma compacta, su argumento relativo al mecanismo de crecimiento se basa en la existencia de una estructura dual en las economías llamadas “en vías de desarrollo”. Uno de los sectores que conforman esta estructura es denominado “tradicional”, muchas veces identificado con un sector agrícola de autosubsistencia, además hay un sector conocido como “moderno”, que se caracteriza por una producción capitalista, identificada con el nombre de sector industrial. El proceso de desarrollo económico se concibe como la migración de trabajadores del sector tradicional al moderno, impulsado por la diferencia salarial entre un salario de subsistencia en el sector tradicional y uno mayor en el moderno. Este último sector habrá de crecer gracias a la reinversión de las ganancias de los propietarios capitalistas. Tal crecimiento continuaría hasta que la oferta de mano de obra proveniente del sector tradicional se agotase, de modo que se tendría un solo sector en la economía.

Ahora bien, el punto de partida de este modelo, y a la vez el que demostró ser más polémico, es el supuesto de la existencia de una oferta ilimitada de fuerza de trabajo, es decir, de un segmento de la economía donde “la productividad marginal del trabajo era insignificante, nula o incluso negativa”. Este supuesto confrontaba la hipótesis neoclásica de una oferta fija de trabajo con productividad marginal positiva.

Se trata, pues, de un artículo que marca un hito en la teoría del desarrollo económico, ya que retoma preocupaciones de los economistas clásicos sobre los mecanismos del desarrollo a partir del abandono de los supuestos neoclásicos vigentes en la época.

La mejor descripción del artículo y el origen de esta novedosa óptica del desarrollo puede encontrarse en la siguiente cita, tomada de la ficha autobiográfica que Arthur Lewis escribió a raíz de haber obtenido el premio en Ciencias Económicas del Banco Central de Suecia a la memoria de Alfred Nobel en 1979:

Desde mis días de estudiante, había buscado una solución a la cuestión de qué determina los precios relativos del acero y el café. El enfoque a través de la utilidad marginal no tenía sentido para mí. Y el marco Heckscher-Ohlin no podría utilizarse, ya que supone que los socios comerciales tienen las mismas funciones de producción, mientras que el café no puede cultivarse en la mayoría de los países productores de acero.

Otro problema que me preocupaba era histórico. Aparentemente, durante los primeros 50 años de la Revolución industrial, los salarios reales en Gran Bretaña se mantuvieron más o menos constantes, mientras que las ganancias y los ahorros se dispararon. Esto no podía cuadrar con el marco neoclásico, en el que un aumento de la inversión debería incrementar los salarios y deprimir la tasa de rendimiento del capital.

Un día de agosto de 1952, mientras caminaba por una calle de Bangkok, se me ocurrió de repente que ambos problemas tienen la misma solución. Desechemos el supuesto neoclásico de que la cantidad de trabajo es fija. Una “oferta ilimitada de mano de obra” mantendrá los salarios bajos, produciendo café barato en el primer caso y altas ganancias en el segundo. El resultado es una economía dual (nacional o mundial), donde una parte es una reserva de mano de obra barata para la otra. La oferta ilimitada de mano de obra se deriva en última instancia de la presión demográfica, por lo que es una fase del ciclo demográfico.

La publicación de mi artículo sobre este tema en 1954 fue recibida igualmente con aplausos y gritos de indignación. En los 25 años siguientes, otros académicos han escrito cinco libros y numerosos artículos argumentando los méritos de la tesis, evaluando datos contradictorios o aplicándolos para resolver otros problemas. El debate continúa.1

 

 

 

 

 

 

1.

Este ensayo está escrito conforme a la tradición clásica: hace el supuesto clásico y formula la pregunta clásica. Los clásicos, desde Smith hasta Marx, defendían o impugnaban el supuesto de que en los niveles de salarios de subsistencia se disponía de una oferta ilimitada de mano de obra. Después inquirieron en qué forma se incrementa la producción con el transcurso del tiempo. Hallaron la respuesta en la acumulación de capital, a la que explicaron en los términos de su análisis de la distribución del ingreso. De tal suerte, los sistemas clásicos determinaron en forma simultánea la distribución y el incremento del ingreso, estableciendo, como un subproducto de menor importancia, los precios relativos de los artículos.

El interés por los temas de los precios y de la distribución del ingreso sobrevivió en la era neoclásica, pero la mano de obra dejó de considerarse ilimitada en cuanto a su oferta, y no se esperó que el modelo formal del análisis económico explicara la expansión del sistema a través del tiempo. Estos cambios, en cuanto al supuesto y al interés mostrado, fueron de bastante utilidad en los países europeos, donde efectivamente la oferta de mano de obra es limitada y donde, durante el medio siglo subsiguiente, pareció como si la expansión económica fuese automática en efecto. Por otra parte, en una gran extensión de Asia la oferta de mano de obra es ilimitada, y evidentemente no puede darse como segura la expansión económica. Sin embargo, los problemas de Asia atrajeron la atención de muy pocos economistas durante la era neoclásica (incluso los economistas de Asia adoptaron los supuestos y las preocupaciones de la economía europea); durante casi un siglo, apenas si se ha logrado efectuar progreso alguno en el género de economía que hubiese arrojado luz sobre los problemas de países con excedentes de población.

Cuando apareció la Teoría general de Keynes se pensó inicialmente que éste era el libro capaz de esclarecer los problemas de países con excedentes de mano de obra, puesto que suponía una oferta ilimitada de fuerza de trabajo al precio corriente, aparte de que, en sus páginas finales, contenía unas pocas observaciones respecto a la expansión económica secular. No obstante, la reflexión ulterior reveló que el libro de Keynes no solamente suponía que la oferta de mano de obra es ilimitada, sino también -en forma más fundamental- que la tierra y el capital son igualmente susceptibles de una oferta ilimitada; más fundamentalmente en los dos casos: a corto plazo, en el sentido de que tan pronto como se interpola el factor monetario, el límite real a la expansión no corresponde a los recursos físicos, sino a la oferta limitada de mano de obra, y también a la larga, en el sentido de que la expansión secular llega a verse obstaculizada no ya por una contracción del ahorro, sino por una superabundancia del mismo. Dados los remedios keynesianos, vuelve a imponer su fuero el sistema neoclásico. Así, desde el punto de vista de los países con mano de obra excedente, el keynesianismo no es otra cosa sino una nota al pie de página del neoclasicismo, aunque sea una nota extensa, importante y fascinadora. En consecuencia, el estudioso de tales economías tiene que trabajar al remontarse, hacia atrás, hasta los economistas clásicos, antes de establecer la estructura analítica dentro de la cual pueda encajar, en forma provechosa, sus problemas.

El propósito de este ensayo es, en consecuencia, ver qué puede hacerse con el esquema clásico cuando se trata de resolver problemas de distribución, acumulación y crecimiento, primero en una economía cerrada, después en una abierta. No se trata primordialmente de un ensayo sobre historia de la doctrina económica, y, por consiguiente, no nos detendremos en escritores individuales, al inquirir lo que significan o establecer su validez o veracidad. Nuestro propósito es más bien poner al día su esquema, a la luz del conocimiento moderno, y ver hasta qué punto puede ayudarnos, después de esa tarea, a comprender los problemas contemporáneos de extensas zonas de la Tierra.

I. La economía cerrada

2. Comenzaremos por elaborar el supuesto de una oferta ilimitada de mano de obra y por establecer que se trata de un supuesto provechoso. No pretendemos, repitámoslo, que pueda hacerse este supuesto con referencia a todos los territorios del mundo. Evidentemente no es válido para el Reino Unido ni para la Europa norte occidental. Tampoco lo es para algunos de los países ahora agrupados, como un todo, bajo el rubro de “subdesarrollados”; por ejemplo, en algunas zonas de África o de América Latina existe una aguda escasez de mano de obra masculina. Por otra parte, es éste, evidentemente, el supuesto fundamental para las economías de Egipto, la India o Jamaica. Nuestra tarea actual no es la de sustituir la economía neoclásica, sino la de elaborar, tan sólo, un esquema distinto, para aquellos países a los que no es posible adaptar los supuestos neoclásicos (y keynesianos).

En primer lugar, puede decirse que existe una oferta ilimitada de mano de obra en aquellos países cuya población es tan amplia, respecto al capital y a los recursos naturales, que existen vastos sectores de la economía en los cuales la productividad marginal de la mano de obra es despreciable, cero, o incluso negativa. Diversos escritores han llamado la atención respecto a la existencia de esa desocupación “disfrazada”, en el sector agrícola, y han demostrado, en cada caso que la parcela familiar es tan pequeña que si algunos miembros de la familia encontrasen otra ocupación, los restantes podrían cultivar la parcela con la misma eficiencia (naturalmente, tendrían que trabajar más duro: el argumento incluye el supuesto de que deberían estar dispuestos a trabajar más intensamente en tales circunstancias). El fenómeno no está limitado, sin embargo, en modo alguno, a los distritos rurales. Otro amplio sector al cual se aplica es el de las ocupaciones accidentales: los trabajadores portuarios, el joven que se presta a cargar el equipaje, en cuanto lo ve, el jardinero eventual, y otros casos por el estilo. Estas ocupaciones tienen, por lo común, un número de trabajadores que es un múltiplo de los necesarios, y cada uno de ellos gana sumas muy pequeñas con esa ocupación ocasional; con frecuencia su número podría reducirse a la mitad, sin afectar el producto, en el sector respectivo. El pequeño comercio al detalle es también exactamente de esa misma naturaleza: se halla enormemente difundido en las economías superpobladas; cada vendedor efectúa sólo un reducido nú mero de transacciones; los mercados se encuentran atiborrados de puestos o tendejones, y si el número de éstos se redujera considerab lemente, los consumidores no resultarían perjudicados; incluso saldrían ganando, porque desaparecerían los márgenes propios de este tipo de ventas. Hace 20 años no hubiéramos podido escribir estos párrafos sin vernos obligados a detenernos y explicar por qué, en estas circunstancias, los trabajadores eventuales no se ven forzados a reducir sus ganancias a cero, o por qué el producto de los cultivadores no queda análogamente absorbido por la renta, pero tales proposiciones no constituyen ya problemas ingentes para los economistas contemporáneos.

Todavía tenemos que ofrecer una breve explicación más respecto de aquellos casos en que los obreros no trabajan por su cuenta, sino por un salario, pues difícilmente creeríamos que los empleadores estén dispuestos a pagar salarios que excedan la productividad marginal. El más importante de estos sectores es el del servicio doméstico, que habitualmente adquiere mayores proporciones en países superpoblados de lo que ocurre en el comercio pequeño (en Barbados, 16% de la población está ocupada en el servicio doméstico). La razón está en que en los países superpoblados el código moral de conducta se perfila de tal suerte que es recomendable para cada persona ofrecer tantos puestos de trabajo como le sea posible. La divisoria entre empleados y “arrimados” es sumamente tenue. El prestigio social requiere que las personas tengan sirvientes, y el gran señor puede verse obligado a mantener un verdadero ejército de adscritos que, en realidad, no hacen otra cosa sino incrementar las cargas de su presupuesto. Tal hecho se advierte no sólo en el servicio doméstico, sino también en cualquier sector de ocupación. La gran mayoría de las negociaciones en países subdesarrollados emplea un gran número de “mensajeros”, cuya contribución es casi despreciable; se les puede ver sentados en el exterior de las oficinas o deambulando por el patio.

Aun en los casos de la más severa contracción de los negocios, el empleador agrícola o comercial se ve obligado a mantener, de un modo u otro, a sus sirvientes; sería, en efecto, inmoral deshacerse de ellos, porque ¿cómo podrían comer, en países donde la única forma de asistencia al desempleo es la caridad de los pudientes? Así, sucede que incluso en los sectores en que las personas trabajan para ganar un salario, en particular en el sector doméstico, la productividad marginal puede ser despreciable, y aun llegar a cero, lo cual, sin embargo, carece de importancia fundamental para nuestro análisis. El precio de la mano de obra, en tales economías, es un salario que se mantiene al nivel de subsistencia (ulteriormente definiremos este concepto). La oferta de mano de obra es, por consiguiente, “ilimitada”, cuando la oferta de trabajo, a ese precio, excede la demanda. En esta situación pueden crearse nuevas industrias o expandirse ilimitadamente las de antiguo arraigo a los tipos de salarios vigentes, o bien, para expresarnos con mayor exactitud, la escasez de mano de obra no pone límite a la creación de nuevas fuentes de ocupación. Si dejamos de preguntar si la productividad marginal del trabajo es despreciable, e inquirimos, en cambio, tan sólo, la cuestión relativa a qué sectores ofrecerán una mano de obra adicional, en el caso de que las nuevas industrias vengan a ofrecer ocupación a salarios de subsistencia, la respuesta será todavía más comprensiva. En efecto, no sólo tenemos a los agricultores, a los trabajadores eventuales, a los comerciantes en pequeño y a los “arrimados” (domésticos y comerciales), sino, además, a otras tres clases o grupos de donde elegir.

En primer lugar, las mujeres y las hijas de la unidad doméstica. La ocupación de mujeres fuera del hogar depende de un gran número de factores, religiosos y tradicionales, y desde luego no es exclusivamente una cuestión de oportunidades de empleo. Existen, sin embargo, numerosos países donde el límite corriente es tan sólo, en el orden práctico, el de las oportunidades de ocupación. Así ocurre, por ejemplo, en el mismo Reino Unido. La proporción de mujeres empleadas con remuneración en la Gran Bretaña varía muy considerablemente de una región a otra, de acuerdo con las oportunidades de ocupación para mujeres. Por ejemplo, mientras que en 1939 en Lancashire había 52 mujeres empleadas con remuneración por cada 100 hombres, sólo había 15 mujeres en las mismas condiciones por cada 100 hombres en Gales del Sur. Análogamente, aunque en la Costa de Oro se registra una aguda escasez de mano de obra masculina, cualquier industria que ofreciese a las mujeres un buen empleo se vería asediada con solicitudes. La transferencia de trabajo femenino, desde el hogar a ocupaciones comerciales, es uno de los rasgos más notables del desarrollo económico. No todo es ganancia, en modo alguno, pero la ganancia es sustancial, porque la mayor parte de las cosas que de otro modo harían las mujeres en el hogar puede hacerse, realmente, mucho mejor o más barato fuera de él, gracias a las economías de gran escala resultantes de la especialización, y también al uso de capital (molienda de grano, acarreo de agua desde el río, confección de tejidos y de vestidos, preparación de los alimentos para la comida principal, instrucción de los niños, asistencia de enfermos, etc.). Uno de los medios más efectivos de incrementar el ingreso nacional es, por consiguiente, crear nuevas fuentes de empleo para las mujeres, fuera de su hogar.

La segunda fuente de mano de obra para las industrias que se expanden es el incremento de población resultante del exceso de nacimientos sobre defunciones. Este manantial es importante en cualquier análisis dinámico de cómo puede ocurrir la acumulación de capital e incrementarse la ocupación, sin ningún aumento de los salarios reales. Tal es la razón de que ésta fuese una piedra angular en el sistema ricardiano. En rigor, el incremento demográfico no es de importancia ni para el análisis clásico ni para el método analítico del presente estudio, a menos que pueda revelarse que el incremento de población está generado por el desarrollo económico y que sin éste no sería de tal magnitud.

La prueba de esta proposición fue suministrada a los economistas clásicos por la ley de población de Malthus. Existe ya una extensa literatura de este tipo: “lo que realmente pensaba Malthus”, de la cual no vamos a ocuparnos. La moderna teoría de la población ha logrado ligeros avances, al analizar por separado los efectos del desarrollo económico sobre la tasa de natalidad, así como sus efectos sobre la tasa de mortalidad. Del primer conjunto de problemas poco es lo que sabemos. No existe prueba concluyente de que la tasa de natalidad crezca siempre en forma paralela al desarrollo económico. En la Europa occidental dicha tasa ha bajado durante los últimos 80 años. No estamos muy seguros del porqué; sospechamos que fue por razones asociadas con el desarrollo y esperamos que otro tanto pueda haber ocurrido en el resto del mundo a medida que el desarrollo se ha ido expandiendo. De la tasa de mortalidad estamos más seguros. Va descendiendo con el desarrollo, desde alrededor de 40 a aproximadamente 12 al millar. En una primera etapa, porque la mejora en comunicaciones y comercio elimina las causas de muerte debidas al hambre, en determinadas regiones; en la segunda etapa, porque la disponibilidad de mejores servicios de salubridad pública erradica las grandes enfermedades epidémicas, como el sarampión, el cólera, la malaria, la fiebre amarilla (y, eventualmente, la tuberculosis); en la tercera etapa, porque las facilidades más amplias para tratar al enfermo arrebatan de las garras de la muerte a muchos seres humanos que de otro modo perecerían en la infancia o en la primera adolescencia. Como el efecto del desarrollo sobre la tasa de mortalidad es tan veloz y tan ostensible, mientras que su efecto sobre la tasa de natalidad es inseguro y retardado, podemos dar por cierto que el efecto inmediato del desarrollo económico es el de ser motivo de que la población crezca; transcurridas algunas décadas, la población, creemos, empieza a incrementarse con menor rapidez. De aquí que en cualquier sociedad donde la tasa de mortalidad sea de alrededor del 40 al millar, el efecto del desarrollo económico será el de incrementar la oferta de mano de obra.

Marx ofreció una tercera fuente de mano de obra que agregar al ejército de reserva; a saber, el desempleo generado por el incremento de la eficiencia. Ricardo había admitido que la creación de maquinaria podría reducir la ocupación. Marx se apoderó del argumento y de hecho lo generalizó, porque no sólo arrojó al foso del desempleo a quienes quedaban desplazados por la maquinaria, sino también a los individuos que se empleaban a sí mismos y a los pequeños capitalistas que no podían competir con capitalistas más poderosos, cuyas empresas adquirían una magnitud cada vez mayor, circunstancia que les permitía beneficiarse con las economías de escala. Actualmente estamos rechazando esa argumentación por razones empíricas. Es evidente que el efecto de la acumulación de capital en el pasado ha sido el de reducir la magnitud del ejército de reserva y no el de aumentarla, por cuya razón hemos dejado de interesarnos por las opiniones respecto a lo que es “teóricamente” posible.

Cuando tomamos en cuenta todas las fuentes a las que nos hemos referido: los agricultores, los trabajadores eventuales, los buhoneros, los sirvientes innecesarios (tanto domésticos como comerciales), las mujeres en el hogar y el incremento de la población, resulta bastante claro que en una economía superpoblada puede acaecer una enorme expansión de nuevas industrias o de nuevas oportunidades de empleo, sin que llegue a ser ostensible en el mercado de trabajo la escasez de mano de obra no calificada. Desde el punto de vista del efecto del desarrollo económico sobre los salarios, la oferta de mano de obra es prácticamente ilimitada.

Semejante aserto sólo se aplica a la mano de obra no calificada. Puede existir en todo tiempo una escasez de mano de obra calificada de cualquier grado, desde albañiles, electricistas o soldadores hasta ingenieros, biólogos o administradores. La mano de obra calificada puede significar el punto de estrangulamiento en la expansión, en forma parecida a como puede serlo el capital o la tierra. La mano de obra calificada, sin embargo, representa lo que Marshall pudo haber denominado un “casiestrangulamiento”, si no hubiera tenido un sentido tan gentil de la elegancia del lenguaje. En efecto, solamente es un estrangulamiento de tipo muy pasajero, en el sentido de que si se dispone de capital para el desarrollo, los capitalistas -o sus gobiernos- pronto suministrarán los servicios necesarios para adiestrar a más gente calificada. En consecuencia, los estrangulamientos efectivos a la expansión son el capital y los recursos naturales, circunstancia que nos permite avanzar, descansando sobre el supuesto de que, tan pronto como esos elementos estén disponibles, será igualmente fácil procurarse la destreza necesaria, aunque acaso ello requiera el transcurso de un cierto periodo de tiempo.

3. Si se dispone en forma ilimitada de mano de obra, y, en cambio, escasea el capital, sabemos que, en virtud de la “ley de las proporciones variables”, el capital no debería repartirse en una capa delgada y general sobre el total de las disponibilidades de mano de obra. Sólo debería usarse con capital tal cantidad de mano de obra como fuera necesaria para reducir a cero la productividad marginal de la fuerza de trabajo. Sin embargo, en la realidad no se dispone de mano de obra con un salario igual a cero. El capital sólo se aplicará, en consecuencia, hasta el punto en que la productividad marginal del trabajo iguale el salario corriente. Este hecho se ilustra en la Gráfica 1. El eje horizontal mide la cantidad de mano de obra y el vertical su producto marginal. Se dispone de una cantidad fija de capital. OW es el salario corriente. Si el producto marginal de la mano de obra fuese cero, fuera del sector capitalista, la ocupación debería ser igual a OR. Pero en el sector capitalista sólo será rentable dar ocupación a ON. WNP es la plusvalía capitalista. OW PM va en concepto de salarios a los obreros en el sector capitalista, mientras que los obreros situados fuera de ese sector (es decir, más allá de M) ganarán lo que puedan en el sector de subsistencia de la economía.


Gráfica 1
Fuente: elaboración propia.

El análisis requiere una ulterior elaboración. En primer lugar -tras de lo que dijimos antes respecto a ciertos empleadores que, en esas economías, retienen sirvientes innecesarios- puede parecer extraño argumentar ahora que la mano de obra será empleada hasta el punto en que el salario se equipare a la productividad marginal. Sin embargo, éste es probablemente el supuesto correcto que tenemos que hacer cuando procedemos a analizar la expansión del sector capitalista de la economía. Ahora bien, el género de capitalista que provoca la expansión económica no es el mismo que el género de empleador que trata a sus empleados como sirvientes innecesarios. Aquél tiene una mentalidad más comercial y es más consciente de la eficiencia, el costo y la rentabilidad. De aquí que, si estamos interesados en expandir el sector capitalista, el supuesto de la maximización del beneficio representa probablemente una aproximación plausible a la verdad.

Además, advertimos que se hace uso de los términos sector “capitalista” y sector de “subsistencia”. El sector capitalista es aquella parte de la economía que utiliza capital reproducible y paga a los capitalistas por el uso que de él se hace. (Esto coincide con la definición dada por Smith de los trabajadores productivos, es decir, los que trabajan con capital y cuyo producto puede venderse, en consecuencia, a un precio superior a sus salarios.) Podemos pensar, si queremos, en capitalistas que ceden, en uso, su capital a los agricultores. En este caso, si por definición existe un número ilimitado de agricultores, sólo algunos recibirán capital y éstos pagarán por su uso un precio que no les deja sino salarios de subsistencia. Con más frecuencia, sin embargo, el uso del capital está controlado por capitalistas que alquilan los servicios de la mano de obra. El resultado fue que el análisis clásico se hizo descansar sobre el supuesto de que el capital era utilizado para alquilar gente. Ello no modifica en modo alguno la argumentación, y por razones de conveniencia seguiremos este uso. El sector de subsistencia es, por residuo, toda aquella parte de la economía que no usa capital reproducible. El producto per cápita es más bajo en este sector que en el capitalista, porque no está fructificado por el capital (tal es la razón de que sea denominado “improductivo”; la distinción entre productivo e improductivo no tiene nada que ver con que el trabajo rinda una utilidad, como algunos neoclasicistas han subrayado con enojo, aunque erróneamente). A medida que va disponiéndose de más capital, más obreros pueden ser transferidos del sector de subsistencia al capitalista y su producción per cápita se eleva desde que pasan de un sector a otro.

En tercer lugar hemos de tener en cuenta que tanto el sector capitalista como el de subsistencia pueden ser subdivididos. Lo que tenemos no es una isla de ocupación capitalista, de índole expansiva, rodeada por un vasto mar de trabajadores en régimen de subsistencia, sino más bien un cierto número de esos islotes. Este hecho es muy típico de países en sus primeras etapas de desarrollo.

Encontramos unas pocas industrias altamente capitalizadas, como la minería o la energía eléctrica, que coexisten con técnicas más primitivas; unas pocas tiendas de alta categoría, rodeadas por masas de mercaderes a la antigua usanza; unas pocas plantaciones altamente capitalizadas, circundadas de un mar de peones agrícolas. Encontramos también los mismos contrastes fuera de su vida económica. Existen una o dos ciudades modernas, con una refinada arquitectura, abastecimiento de agua, comunicaciones y otros servicios análogos; a ellas acuden personas de otras ciudades y poblados que pueden ser consideradas como pertenecientes a otro planeta. El mismo contraste existe entre la gente misma: entre unos pocos nativos altamente occidentalizados, bien vestidos, educados en las universidades de Occidente, hablando idiomas occidentales, entusiasmados con Beethoven, Mill, Marx o Einstein, y, frente a ellos, la gran masa de sus conciudadanos que viven en mundos completamente diferentes. El capital y las ideas nuevas no están extendidos, siquiera sea en forma superficial, por la totalidad de la economía; más bien se hallan altamente concentrados en un cierto número de puntos, a partir de los cuales irradian hacia el exterior.

Aunque el sector capitalizado puede subdividirse en islas, sigue constituyendo un sector individualizado a causa del efecto de la competencia, que tiende a igualar los rendimientos obtenidos del capital. El principio competitivo no exige que en cada “isla” se emplee la misma cantidad de capital por persona ni que el beneficio marginal sea el mismo. Así, aun cuando los beneficios marginales fueran idénticos con carácter general, ciertas “islas” que rinden utilidades pueden ser mucho más rentables que otras, puesto que los primeros capitalistas ocuparon, en primer lugar, los puntos de mayor ventaja. En cualquier caso, los beneficios marginales no son los mismos con carácter general. En las economías atrasadas el conocimiento tecnológico es uno de los bienes más escasos. Los capitalistas tienen experiencia en ciertos tipos de inversión, por ejemplo, en la agricultura comercial o en la de plantación, y no en otros tipos, por ejemplo, en la manufactura; en consecuencia, se aferran a lo que conocen. De este modo, la economía se encuentra frecuentemente perturbada en el sentido de que existen un exceso de inversiones en algunas zonas y una subinversión en otras. Igualmente, las instituciones financieras se hallan más ampliamente desarrolladas para ciertos propósitos que para otros: el capital puede obtenerse a menor costo para el comercio, pero no para la construcción de viviendas o para la pequeña agricultura, por ejemplo. Aun en las economías altamente desarrolladas, es muy débil la tendencia del capital a fluir en forma homogénea a lo ancho de toda la economía; en una economía retrasada ese flujo apenas existe. Inevitablemente, lo que uno encuentra en la economía corresponde a manchones altamente desarrollados, en torno a los cuales reina la oscuridad económica más profunda.

Enseguida, tenemos que decir algo acerca del nivel de salarios. El salario que el sector capitalista expansivo tiene que pagar está determinado por lo que la gente puede ganar fuera de ese sector. Los economistas clásicos solían opinar que el salario está determinado por los requerimientos del consumo de subsistencia, y ésta puede ser la solución correcta en algunos casos. En cambio, para las economías donde la mayor parte de las personas corresponde a agricultores modestos que trabajan su propia tierra, tenemos un índice más objetivo, porque el mínimo al cual puede obtenerse mano de obra se expresa en el producto promedio del agricultor; la gente no abandona su finca familiar para buscar empleo si el salario se cifra por debajo de lo que serían capaces de consumir si lo hicieran en su casa. Este patrón objetivo, sin embargo, desaparece de nuevo si los granjeros tienen que pagar renta, porque sus utilidades netas dependerán, entonces, de la renta que hayan de pagar, y en los países superpoblados probablemente la renta estará ajustada de tal modo que tan sólo les deje lo preciso para alcanzar el nivel tradicional de subsistencia. No es, sin embargo, de gran importancia para la argumentación que los rendimientos en el sector de subsistencia estén objetivamente determinados por el nivel de la productividad campesina, o subjetivamente en términos de un patrón tradicional de vida. Cualquiera que sea el mecanismo, el resultado es una oferta ilimitada de mano de obra, para la cual existe un nivel mínimo de rendimientos.

El hecho de que el nivel de salarios en el sector capitalista dependa de los rendimientos en el sector de subsistencia es, a veces, de una inmensa importancia política, puesto que su efecto es que los capitalistas tengan un interés directo en mantener baja la productividad de los obreros del sector de subsistencia. De este modo, los propietarios de plantaciones no se interesan porque el conocimiento de nuevas técnicas o de semillas mejoradas sea dado a conocer a los agricultores, y si pueden influir en el gobierno, no usarán esa influencia para expandir las facilidades conducentes a una mayor extensión de la tecnología agrícola. No apoyarán tampoco propuestas relativas a la colonización rural, y con frecuencia más bien se les verá incorporados a movimientos cuyo propósito es sacar a los campesinos de su tierra. (Véanse textos de Marx acerca del tema de acumulación primaria.) Ésta, por ejemplo, es una de las características más perniciosas del imperialismo. Los imperialistas invierten capital y contratan obreros; es ventajoso para ellos mantener bajos los salarios, y aun en aquellos casos en que no procedan a empobrecer a la economía de subsistencia, por lo menos no se esforzarán en modo alguno por hacerla más productiva. Basándonos en la realidad, la experiencia de cada potencia imperialista en África, durante los tiempos modernos, es la del empobrecimiento de la economía de subsistencia, ya sea arrebatando sus tierras a la gente, demandando trabajo forzado en el sector capitalista o imponiendo contribuciones que obligan a la gente a trabajar para los empleadores capitalistas. En comparación con lo que esas potencias imperialistas han gastado en suministrar servicios para la agricultura o la minería europeas, sus gastos para mejoras en la agricultura africana han sido insignificantes. El fracaso del imperialismo en la tarea de elevar el nivel de vida no debe atribuirse solamente al egoísmo, sino que existen numerosos lugares donde directamente pueden referirse a los efectos resultantes de invertir capital imperial en la agricultura o en la minería.

Los rendimientos en el sector de subsistencia establecen un tope para los salarios en el sector capitalista, pero, en la práctica, los salarios tienen que ser más altos que dicho nivel, y que exista habitualmente un margen de 30% o más entre los salarios capitalistas y los rendimientos en el sector de subsistencia. Este margen puede explicarse de diversos modos. Parte de la diferencia es ilusoria por ser más alto el costo de la vida en el sector capitalista. Ello puede deberse a que el sector capitalista se halla concentrado en ciudades sumamente congestionadas, donde las rentas y los gastos de transporte son más elevados. No obstante, existe también, habitualmente, una diferencia sustancial en cuanto a los salarios reales. Ello puede ser atribuible al costo psicológico de la transición desde el tipo de sector de subsistencia, sumamente simple, hasta el más regimentado y urbanístico que constituye el ambiente en el sector capitalista. Incluso puede ser un reconocimiento de que aun el trabajador no calificado es más útil para un sector capitalista, después de que ha permanecido durante algún tiempo en el ambiente urbano, que si se trata de reclutamientos directamente efectuados en los distritos rurales. O bien, puede significar una diferencia respecto a los módulos tradicionales, cuando los obreros en el sector capitalista adquieren gustos y un prestigio social que necesitan ser reconocidos tradicionalmente en forma de salarios reales más altos. Que esta última pueda ser la explicación resulta sugerido por casos en que los obreros capitalistas se organizan en sindicatos y se esfuerzan por proteger o incrementar ese margen de diferencia. La diferencia existe, aun cuando no existan agrupaciones sindicales.

El efecto de este margen se presenta, en forma diagramática, en la Gráfica 2, trazada sobre la misma base que la Gráfica 1. OS representa ahora los salarios de subsistencia y OW el salario capitalista (salario real, no monetario). Haciendo uso de una analogía marina, la frontera de la competencia entre la mano de obra capitalista y la de subsistencia no aparece como una playa, sino como una rompiente.


Gráfica 2
Fuente: elaboración propia.

Este fenómeno de la diferencia o el margen entre los rendimientos de proveedores que compiten entre sí se encuentra incluso en las economías más avanzadas. Gran parte de la diferencia entre los rendimientos de las distintas clases de la población (grado de destreza, de educación, de responsabilidad o de prestigio) puede describirse solamente en esos términos. Ni siquiera puede decirse que el fenómeno está confinado a la mano de obra. Sabemos, en efecto, que dos firmas en un mercado competitivo no necesitan tener las mismas utilidades promedio si una tiene una cierta superioridad sobre la otra: esa diferencia la reflejamos en rentas y solamente exigimos que las tasas marginales de utilidad sean las mismas. Sabemos también que las tasas marginales no son las mismas si la ignorancia prevalece, punto al cual nos hemos referido anteriormente. Lo que a veces enturbia el cuadro, en una industria competitiva, es encontrar una diferencia en las utilidades marginales o en los costos marginales, sin “ignorancia” y aun sin que la firma más eficiente expulse a sus rivales del mercado. Es como si el más eficiente dijese: “Puedo competir contigo, pero no lo haré”; eso mismo es, también, lo que la mano de obra de subsistencia piensa cuando no se transfiere a una ocupación de tipo capitalista, a menos que los salarios reales sean sustancialmente más elevados. La firma más eficiente, en lugar de competir en aquellos casos en que sus costos reales son marginalmente menores que los de sus rivales, establece por sí misma tasas más elevadas de remuneración. Paga más a sus obreros y derrama entre ellos prestaciones y servicios, becas y pensiones. Demanda una tasa más alta de utilidad para sus inversiones marginales; donde sus competidores estarían satisfechos con 10%, reclaman 20% para mantener su promedio tradicional. Esa firma más eficiente incurre en gastos de prestigio, contribuye a los hospitales y las universidades, socorre en casos de inundaciones y efectúa otras atenciones por el estilo. Sus más prominentes ejecutivos gastan su tiempo asistiendo a las sesiones de comités públicos y tienen que recurrir a sustitutos que hagan su tarea. Si todo esto se tiene en cuenta, no nos sorprenderá que encontremos un equilibrio competitivo en el cual las firmas de costos más altos sobreviven fácilmente al lado de firmas que tienen una eficiencia mucho mayor.

4. Hasta aquí hemos estado montando el escenario. Ahora va a comenzar la función. Podemos iniciar nuestras consideraciones al rastrear el proceso de la expansión económica. La clave del proceso es el uso que se hace de la plusvalía capitalista. En la medida en que se reinvierte, creándose nuevo capital, el sector capitalista se expande, absorbiendo mayor cantidad de personas procedentes del sector de subsistencia, en el sector de empleo capitalista. La plusvalía se hace entonces más amplia, y la formación de capital, también; este proceso continúa hasta que desaparezca el excedente de mano de obra.

Según la Gráfica 3, OS expresa, como antes, los rendimientos promedio de subsistencia, y OW, el salario capitalista. Como parte de esa plusvalía se reinvierte, aumenta la cantidad de capital fijo. A consecuencia de ello, el patrón de productividad marginal del trabajo se eleva, con carácter general, hasta el nivel de N2Q2. Las dos cosas -la plusvalía y la ocupación capitalista- son ahora más amplias. Una ulterior reinversión eleva el patrón de la productividad marginal de la mano de obra a N3Q3. El proceso continúa mientras existe mano de obra excedente.


Gráfica 3
Fuente: elaboración propia.

Parecen necesarias determinadas aclaraciones. En primer lugar, en lo que se refiere a las relaciones de capital, progreso técnico y productividad. En teoría, sería posible distinguir entre incremento de capital e incremento de conocimientos técnicos, pero en la práctica no es posible ni necesaria tal distinción para el presente análisis. Como punto de análisis estadístico, diferenciar los efectos del capital y los conocimientos en el agregado de las industrias es cosa sencilla, si el producto es homogéneo a través del tiempo, si los insumos físicos permanecen inalterados (en especie) y si los precios relativos de los insumos han permanecido constantes. Ahora bien, cuando tratamos de hacerlo para una determinada industria en la práctica, usualmente advertimos que el producto ha cambiado, los insumos también, y otro tanto ha ocurrido con los precios relativos, de suerte que obtenemos diversos índices de progreso técnico sobre la base de unos mismos datos, según sean los supuestos y el tipo número-índice utilizados. En cualquier caso, para los fines del análisis es necesario distinguir entre formación de capital e incremento de conocimientos dentro del sector capitalista. El desarrollo del conocimiento técnico fuera del sector capitalista sería de fundamental importancia, puesto que elevaría el nivel de los salarios y reduciría, en consecuencia, la plusvalía del capitalista. Ahora bien, dentro del sector capitalista, el conocimiento tecnológico y el capital trabajan en la misma dirección, en el sentido de elevar la plusvalía e incrementar la ocupación. Ambos trabajan, además, conjuntamente. La aplicación del nuevo conocimiento técnico requiere usualmente nueva inversión, y tanto en el caso de que el nuevo conocimiento venga a “ahorrar capital” (y sea, por lo tanto, equivalente a un incremento de capital) o a “ahorrar mano de obra” (siendo equivalente, en este caso, a un incremento en la productividad marginal del trabajo), el hecho no tiene importancia diferencial en nuestra gráfica. El capital y el conocimiento técnico trabajan, así, conjuntamente, en el sentido de que en las economías cuyas técnicas son estacionarias los ahorros no suelen aplicarse fácilmente al incremento del capital productivo; en dichas economías es más usual utilizar los ahorros para la construcción de pirámides, iglesias y otros bienes duraderos. De acuerdo con ello, en el presente análisis el incremento del capital productivo y el de los conocimientos tecnológicos se tratan como un mismo fenómeno, exactamente como en anteriores pasajes resolvimos tratar el incremento de la oferta de mano de obra y el de capital como un mismo fenómeno en el análisis a largo plazo.

Enseguida tendremos que considerar de modo mucho más preciso el problema de la plusvalía capitalista. Malthus se proponía saber qué harían los capitalistas con esa plusvalía que iba creciendo en forma ilimitada; ¿seguramente traería consigo una perjudicial acumulación de mercaderías? Ricardo argumentaba que no habría tal acumulación: lo que los capitalistas mismos no consumen lo usarán para pagar salarios obreros y crear más capital fijo (ésta es una interpretación sui generis, pues los economistas clásicos asociaban la expansión del empleo con una expansión de la circulación, con un incremento del capital circulante, más que del capital fijo). Este nuevo capital fijo, en la etapa inmediata, haría imposible la ocupación de más gente en el sector capitalista. Malthus insistía: ¿por qué los capitalistas producirían más capital para producir mayor plusvalía, que solamente podría utilizarse para producir todavía más capital, y así ad infinitum? A esta pregunta Marx daba la siguiente respuesta: los capitalistas tienen una pasión, la de acumular capital. Ricardo ofrecía otra distinta: si no quieren acumular, consumirán en lugar de ahorrar; con tal de que no exista una propensión a atesorar, no podrá existir una acumulación excesiva. La ocupación en la etapa subsiguiente no será tan grande como hubiera sido de haberse creado más capital fijo, provocándose de esta manera una mayor atracción de obreros al sector capitalista; pero en cuanto no exista atesoramiento, no resulta una diferencia respecto al nivel corriente de la ocupación, tanto en el caso de que los capitalistas deseen consumir o ahorrar. Malthus planteaba otra cuestión: “Supongamos que los capitalistas ahorran e invierten sin atesorar; si el capital crece más rápidamente que el consumo, ¿se producirá una disminución en la tasa de utilidad del capital y llegará un tiempo en que los capitalistas tendrán que decidir si no es ya conveniente seguir invirtiendo?” Esto, replicaba Ricardo, es imposible: como la oferta de trabajo es ilimitada, siempre puede encontrarse empleo para cualquier cantidad de capital. Esta afirmación es absolutamente correcta para su modelo; en el modelo neoclásico el capital crece más rápidamente que la mano de obra, y, así, uno tiene que preguntarse si la tasa de utilidad no descenderá, pero en el modelo clásico la oferta ilimitada de mano de obra significa que la ratio capital/trabajo y, por consiguiente, la tasa de plusvalía, pueden mantenerse constantes para cualquier cantidad de capital (es decir, la expansión ilimitada es posible). El único inconveniente es que puede desarrollarse una escasez de recursos naturales, de tal modo que, aun cuando los capitalistas obtengan cualquier cantidad de mano de obra a un salario constante, tendrán que pagar rentas crecientes a los propietarios de la tierra. Esto es lo que preocupaba a Ricardo; para él era importante distinguir la porción de la plusvalía que va a los terratenientes y aquella otra parte que va a los capitalistas, pues a su juicio el desarrollo económico inevitablemente incrementa la escasez relativa de tierra. No estamos tan seguros de que las cosas ocurran como él pensaba. Ciertamente, el desarrollo incrementa la renta de las parcelas urbanas en forma fantástica, pero su efecto sobre la renta rural depende de la tasa de progreso técnico en la agricultura, que ambos -Malthus y Ricardo- subestimaban en exceso. Si suponemos progreso técnico en la agricultura, que no hay atesoramiento y que se dispone ilimitadamente de mano de obra a salario constante, la tasa de utilidad del capital no puede bajar. Debe aumentar, por el contrario, puesto que todo el beneficio del progreso técnico en el sector capitalista afluye a los capitalistas.

El interés de Marx en la plusvalía era tanto ético como científico. La consideraba como un expolio de los trabajadores. Sus descendientes están menos convencidos de ello. Después de todo, la plusvalía sólo se consume parcialmente; la otra parte se destina a la formación de capital. En cuanto a la porción consumida, parte de ella es un pago genuino de servicios prestados, tanto por servicios del gerente o el empresario como por los de los administradores públicos, ya sea que se les pague con salarios, con lo percibido por impuestos o que vivan de sus rentas mientras desempeñan cargos públicos ad honorem como magistrados, tenientes de alcalde u otros por el estilo. Incluso en la URSS se paga a esos funcionarios con cargo a una plusvalía, y muy decentemente, por cierto. Cabe argumentar que estos servicios se pagan en exceso; he ahí por qué existen impuestos progresivos, y ése es también uno de los argumentos dudosos de las nacionalizaciones (más dudosos aún porque los funcionarios de los entes autónomos han de ser remunerados conforme a las tasas de mercado, si la economía está sólo parcialmente nacionalizada). No puede argumentarse que toda esta porción de la plusvalía (es decir, la porción consumida) pertenece moralmente a los trabajadores (en cualquier sentido). En cuanto a la parte utilizada para la formación de capital, la experiencia de la URSS es que se incrementa, y no se reduce, al transformarse la propiedad del capital. La expropiación priva a los capitalistas del control sobre esa parte de la plusvalía y del derecho a consumir esa porción en fecha posterior, pero no se hace absolutamente nada para transferir esa parte de la plusvalía a los trabajadores. El enfoque emocional de Marx fue una reacción natural a los escritores clásicos, quienes, a veces, en momentos de distracción, llegaron a suponer en sus escritos que la plusvalía capitalista y su incremento eran lo único que contaba en el ingreso nacional (véase a Ricardo, quien la denominó “el ingreso neto de la producción”). Todo esto de pasada, desde luego, porque nuestro interés actual no se centra en cuestiones éticas, sino en cómo opera el modelo.

5. El problema central en la teoría del desarrollo económico es comprender el proceso en virtud del cual una colectividad que anteriormente ha estado ahorrando e invirtiendo 4 o 5% de su ingreso nacional o menos se convierte a sí misma en una economía en la que el ahorro voluntario se cifra de 12 a 15% del ingreso nacional o más. Éste es el problema central, porque el hecho central del desarrollo económico es la rápida acumulación de capital (incluyendo en él los conocimientos tecnológicos y la calificación del trabajador). Imposible resulta esclarecerse una revolución “industrial” (como pretenden hacerlo los historiadores de la economía) hasta que podamos explicarnos por qué el ahorro crece relativamente al ingreso nacional. Es posible que la interpretación sea simplemente que se produce un cambio psicológico en virtud del cual las personas se hacen más sobrias. Esa explicación, sin embargo, no es plausible. No estamos interesados en la gente en general, sino sólo, digamos, en el 10% que percibe los ingresos más elevados, y que en los países de mayor plusvalía percibe hasta 40% del ingreso nacional (cerca de 30% en los países subdesarrollados). El 90% restante de las personas nunca alcanza a ahorrar una porción apreciable de sus ingresos. La cuestión importante es ¿por qué ese 10% ahorra más? La razón puede ser porque deciden consumir menos, pero eso no cuadra con los hechos. No existe prueba alguna de que tal 10% de los situados en la cúspide disminuya su consumo personal mientras ocurren revoluciones industriales. Es posible que, aun sin ahorrar más, ese 10% gaste menos de su ingreso en bienes duraderos para consumidores (mausoleos, casas de campo, templos) y más en capital productivo. En efecto, si comparamos entre sí distintas civilizaciones, advertiremos una notoria diferencia respecto a la disposición del ingreso. Las civilizaciones donde se registra un rápido desarrollo del conocimiento técnico o una expansión de otras oportunidades, ofrecen posibilidades más rentables para la inversión que las civilizaciones aletargadas, y se arriesgan a llevar el capital por canales productivos, en vez de hacerlo en el levantamiento de monumentos. Pero si consideramos un país en el lapso de 100 años durante el cual experimenta una revolución en la tasa de formación de capital, no se advertirá cambio alguno apreciable al respecto. Ciertamente, a juzgar por las novelas, en Inglaterra ese 10% no estaba gastando aparentemente menos, en bienes duraderos para consumidores, en 1800 que como lo hacía en 1700.

Gran parte de la explicación más plausible es que la gente ahorra más porque tiene más que ahorrar. Ello no significa simplemente afirmar que el ingreso nacional per cápita es mayor, pues no hay prueba concluyente de que la proporción del ingreso nacional ahorrado aumente con el ingreso nacional per cápita; por lo menos las pruebas fragmentarias para el Reino Unido y para los Estados Unidos sugieren que no ocurre tal cosa. Probablemente la explicación es más bien que el ahorro aumenta en relación con el ingreso nacional, porque los ingresos de los ahorradores se incrementan relativamente al ingreso nacional. El hecho central del desarrollo económico es que la distribución del ingreso se altera en favor de la clase ahorradora.

Prácticamente todo el ahorro se hace por personas que reciben utilidades o rentas. Los ahorros de los trabajadores son muy pequeños. Las clases medias ahorran un poco, pero en casi todas las comunidades los ahorros, detraídos de sus salarios por quienes pertenecen a esas clases, son de escasa trascendencia para la inversión productiva. La mayoría de los miembros de la clase media están empeñados en la eterna lucha por hacer lo mismo que otras personas situadas a nivel superior. Pueden ahorrar para educar a sus hijos o para asegurarse un retiro pasable en su vejez, pero este ahorro queda contrarrestado por el uso de dichas disponibilidades para los aludidos propósitos. En la clase media el seguro es la forma predilecta de ahorrar en las sociedades modernas; incluso en el Reino Unido, donde esa costumbre está sumamente desarrollada, el incremento neto anual en los fondos de seguros de todas clases, ricos, clase media y pobres, es inferior a 1.5% del ingreso nacional. Es dudoso que las clases asalariadas y los perceptores de sueldos puedan ahorrar, en ninguna parte, siquiera 3% neto del ingreso nacional (una excepción posible es Japón). Si estamos interesados en los ahorros, necesitamos concentrar nuestra atención en las utilidades y en las rentas.

Para el objeto de nuestro análisis es indiferente que las utilidades sean o no distribuidas; la fuente más importante de ahorros corresponde a las utilidades, y si comprobamos que los ahorros se incrementan proporcionalmente al ingreso nacional, podemos dar por sentado que tal cosa ocurre porque va creciendo la participación de las utilidades en el ingreso nacional (como un refinamiento, para las comunidades cuya carga fiscal es alta, deberíamos decir: utilidades netas, es decir, después de pagados los impuestos sobre la renta, tanto de personas como de sociedades o corporaciones). Nuestro problema, en consecuencia, se plantea así: ¿cuáles son las circunstancias en que se incrementa la porción representada por las utilidades en el ingreso nacional?

El modelo clásico modificado que estamos usando en nuestro caso tiene la virtud de responder a la pregunta. Inicialmente, el ingreso nacional consiste casi totalmente en el ingreso de subsistencia. Si abstraemos el crecimiento de la población y suponemos que el producto marginal del trabajo es igual a cero, ese ingreso de subsistencia permanece constante a lo largo de la expansión, ya que, por definición, la mano de obra puede ser absorbida por el sector capitalista y se incrementa sin reducir la producción del de subsistencia.

El proceso, en consecuencia, incrementa la plusvalía capitalista y el ingreso de los trabajadores ocupados en ese sector, en su conjunto, como proporción del ingreso nacional. Cabe imaginar, sin embargo, ciertas condiciones en que la plusvalía no se incrementa relativamente al ingreso nacional. A tal efecto la ocupación en el sector capitalista debería expandirse relativamente mucho más deprisa que la plusvalía, de tal suerte que, dentro del sector capitalista, los grandes márgenes -o sea, la utilidad más la renta- desciendan significativamente, en comparación con los salarios. Sabemos, sin embargo, que no ocurre tal cosa. Incluso aun cuando los grandes márgenes permaneciesen constantes, las utilidades en nuestro modelo se incrementarían en relación con el ingreso nacional. Ahora bien, no es probable que los grandes márgenes sean constantes en nuestro modelo, el cual supone que, prácticamente, el beneficio de la acumulación de capital y del progreso tecnológico en su integridad va a hacer crecer la plusvalía; como los salarios reales son constantes, todo cuanto los obreros se benefician de la expansión es que un mayor número de ellos encuentra empleo a un nivel de salario superior a los ingresos de subsistencia. El modelo dice, en efecto, que si se dispone de cantidades ilimitadas de mano de obra a un salario real constante, y si cualquier monto adicional de utilidades se reinvierte en capacidad productiva, las utilidades crecerán continuamente en relación con el ingreso nacional, y la formación de capital, relativamente a dicho ingreso, crecerá también.

El modelo cubre también el caso de una revolución tecnológica. Algunos historiadores han sugerido que el capital para la Revolución industrial inglesa se generó mediante plusvalías que fueron posibles gracias a un cierto número de inventos simultáneamente acaecidos. Tal sugestión es difícil de encajar en el modelo neoclásico, puesto que implica el supuesto de que tales inventos elevaron la productividad marginal del trabajo, proposición difícil de establecer en cualquier economía donde la mano de obra escasea. (Si no hacemos ese supuesto, otros ingresos se incrementan justamente tan deprisa como las utilidades, y la inversión no crece relativamente al ingreso nacional.) Por el contrario, la sugestión se acopla magníficamente al modelo clásico modificado, puesto que en este modelo prácticamente el beneficio entero de las invenciones va a parar a la plusvalía y resulta disponible para nuevas acumulaciones de capital.

Este modelo nos ayuda también a confrontar francamente la naturaleza del problema económico. Si preguntamos “por qué ahorran tan poco”, la respuesta idónea no es “porque son tan pobres”, como nos podríamos ver tentados a concluir, de acuerdo con las correlaciones precursoras y muy estimables del señor Colin Clark. La respuesta adecuada es “porque su sector capitalista es tan pequeño” (recordando que capitalista no significa aquí capitalista privado, sino que se aplicaría igualmente al capitalista de Estado). Si tuviesen un sector capitalista más amplio, las utilidades compondrían una gran parte de su ingreso nacional, y el ahorro y la inversión serían, también, relativamente mayores. (El capitalista de Estado puede acumular capital con rapidez todavía mayor que el capitalista privado, puesto que puede usar para tal propósito no solamente las utilidades propias del sector capitalista, sino las que además puede arrancar, o gravar con impuestos, al sector de subsistencia.)

Otro punto que debemos tener en cuenta es que si bien el incremento del sector capitalista implica un aumento en la desigualdad del ingreso, entre los capitalistas y el resto, la simple desigualdad respecto del ingreso no es suficiente para asegurar un elevado nivel de ahorro. En efecto, la desigualdad del ingreso es mayor en los países superpoblados y subdesarrollados de lo que es en las naciones industriales avanzadas, por la sencilla razón de que las rentas agrícolas son tan elevadas en los primeros. Los economistas ingleses del siglo XVIII consideraban evidente que la clase terrateniente es propensa a la prodigalidad en el consumo más que a la inversión productiva, y esto es de toda evidencia lo que ocurre con los terratenientes en los países subdesarrollados. De ello se infiere que si se trata de dos países de iguales ingresos, en los que la distribución es más desigual en uno que en otro, los ahorros pueden ser mayores donde la distribución es más equitativa, si las utilidades son más elevadas en relación con las rentas. Es la desigualdad que da lugar a beneficios la que favorece la formación de capitales, y no la desigualdad que se traduce en rentas. Correlativamente, es muy difícil argumentar que estos países no pueden lograr mayores ahorros, cuando 4%, poco más o menos, del ingreso nacional va a parar al 10% del grupo culminante, con lo que queda correlativa y pródigamente disipada la participación del ingreso correspondiente a las rentas.

Más allá de este análisis, se sitúa el problema sociológico de la emergencia de una clase capitalista, es decir, de un grupo de personas que piensa en términos de invertir capital productivamente. Las clases dominantes en los países atrasados -terratenientes, comerciantes, prestamistas de dinero, sacerdotes, soldados, príncipes- no piensan normalmente en tales términos. Cuáles son las causas de que una sociedad llegue a generar una clase capitalista es una cuestión muy difícil, para la cual, probablemente, no existe una respuesta válida en lo general. La mayoría de los países comienza, al parecer, importando a sus capitalistas del extranjero: en estos días (por ejemplo, la URSS o la India) están generando una clase de capitalistas de Estado que, por razones políticas de una u otra especie, está resuelta a crear rápidamente capital en la cuenta pública. En cuanto a los capitalistas privados del país, su surgimiento probablemente está ligado a la emergencia de nuevas oportunidades, especialmente de algo que ensanche el mercado, asociado con alguna nueva técnica que incremente considerablemente la productividad del trabajo, si la mano de obra y el capital se usan de manera conjunta. Tan pronto como ha surgido el sector capitalista, es sólo cuestión de tiempo que éste llegue a adquirir un volumen considerable. Si el progreso técnico es pequeño, la plusvalía sólo crecerá lentamente. Pero si, por una u otra razón, se incrementan rápidamente las oportunidades de usar la productividad del capital, la plusvalía crecerá también en forma rápida, y con ella la clase capitalista.

6. En nuestro modelo, y hasta ahora, el capital se ha creado solamente sobre la base de utilidades ganadas. En el mundo real, sin embargo, los capitalistas crean también capital como resultado de un incremento neto en la oferta de dinero, especialmente crédito bancario. Ahora tenemos que tomar en cuenta este último problema.

En el modelo neoclásico el capital sólo puede ser creado al retirar recursos de la producción de bienes de consumo. En nuestro modelo existen, sin embargo, excedentes de mano de obra; entonces si (como suponemos) su productividad marginal es igual a cero y, por añadidura, el capital puede ser creado por la mano de obra sin retirar tierra y capital escasos de otros usos, entonces puede crearse capital sin reducir la producción de bienes de consumo. Este segundo supuesto es importante, puesto que si necesitamos capital o tierra para crear capital, los resultados en nuestro modelo son los mismos que en el modelo neoclásico, pese a que en el primer caso existe mano de obra excedente. Sin embargo, en la práctica ese supuesto se cumple con frecuencia. Los alimentos no pueden crearse sin la tierra, pero carreteras, viaductos, canales de riego y construcciones pueden hacerse mediante el trabajo humano, sin apenas requerir capital en forma apreciable; testigo de ello son las pirámides o los maravillosos túneles ferroviarios construidos a mediados del siglo xix, casi con las puras manos. Incluso en los países industriales modernos la actividad de la edificación, que descansa casi totalmente en el trabajo humano, representa hasta 50 o 60% de la inversión bruta fija, y, por consiguiente, no es difícil imaginar que el trabajo, por sí solo, puede crear capital sin utilizar otra cosa que instrumentos muy livianos. Los economistas clásicos no erraban al pensar que la falta de capital circulante constituía un obstáculo más serio a la expansión, en su mundo, que la falta de capital fijo. En el análisis subsiguiente de este capítulo suponemos que la mano de obra excedente no puede utilizarse para crear bienes de consumo sin ocupar más tierras o más capital, pero sí puede usarse para crear bienes de capital sin emplear ningún género de factores escasos.

Si una comunidad tiene escasas disponibilidades de capital y posee recursos ociosos que pueden ponerse en juego para crear capital, parece muy recomendable, en tal caso, que se proceda así, incluso aunque ello signifique crear dinero adicional para financiar la ocupación adicional. No se pierde la posibilidad de otra producción mientras se crea nuevo capital, y cuando ya se ponga en uso, se elevarán la producción y el empleo, justamente de la misma manera como lo haría el capital, financiado no ya mediante creación de crédito sino sobre la base de utilidades. La diferencia entre capital financiado con utilidades y capital financiado con créditos no estriba en los últimos efectos sobre la producción, sino en los efectos inmediatos sobre los precios y la distribución del ingreso.

Antes de que examinemos los efectos sobre los precios nos detendremos un momento, sin embargo, para advertir lo que ocurre con la producción de bienes de consumo en este modelo y en los otros, mientras se crea capital financiado con créditos, pero antes de que comience a ser utilizado. En el modelo neoclásico un incremento en la formación de capital tiene que ir acompañado por un descenso correlativo en la producción de bienes de consumo, puesto que los recursos escasos sólo pueden hacer una cosa o la otra. En el modelo keynesiano un incremento en la formación de capital acrece también la producción de bienes de consumo, y si el multiplicador es mayor que dos, la producción de bienes de consumo aumenta todavía más que la formación de capital. En nuestro modelo esta última sigue un rumbo ascendente, pero la producción de bienes de consumo no resulta afectada de un modo inmediato. Es éste uno de los casos esenciales en que importa mucho estar seguro de que estamos utilizando el modelo correcto, cuando se trata de dar consejos en materia de política económica.

En nuestro modelo, si el trabajo excedente se aplica a la formación de capital y se remunera con dinero recién creado, los precios suben, porque la corriente de compras monetarias se agranda mientras la producción de bienes para consumidores permanece constante a lo largo del tiempo. Lo que está sucediendo es que la cantidad fija de bienes de consumo se redistribuye hacia los obreros recientemente empleados, al margen del resto de la colectividad (a partir de este momento entra en el cuadro la falta de capital circulante). Este proceso no constituye “ahorro forzoso” en el sentido habitual del término. En el modelo neoclásico la producción de bienes para consumidores se reduce, lo que obliga a la comunidad, como un todo, a ahorrar. Por el contrario, en nuestro modelo la producción de bienes para consumidores no queda reducida en ningún momento; existe una redistribución forzosa del consumo, pero no un ahorro forzoso. Y, en efecto, tan pronto como los bienes de capital empiezan a rendir producción, el consumo comienza a elevarse.

Este proceso inflacionario no dura indefinidamente: llega a su fin cuando los ahorros voluntarios se elevan a un nivel igual al nivel inflado de la inversión. Como los ahorros son una función de las utilidades, esto significa que la inflación continúa hasta que los beneficios aumenten tanto en relación con el ingreso nacional que los capitalistas deban financiar ahora la tasa más alta de inversión sobre la base de sus utilidades, sin recurrir por más tiempo a la expansión monetaria. Esencialmente el equilibrio se asegura al elevar la ratio de las utilidades en relación con el ingreso nacional. Sin embargo, el equilibrador no necesita estar constituido por las utilidades; pueden ser igualmente los ingresos gubernamentales, si existe una estructura impositiva de tal naturaleza que la ratio de las recaudaciones gubernamentales, respecto al ingreso nacional, aumenta automáticamente, al mismo tiempo que se eleva el ingreso nacional. Este hecho parece ser, justamente, el que ocurrió en la URSS. En los años cruciales, cuando la economía estaba transformándose, desde el nivel de un ahorro de 5% hasta otro de 20% (probablemente), existió una tremenda inflación de precios (aparentemente los precios llegaron a subir hasta alrededor de 700% en una década), pero las utilidades inflacionarias afluyeron en su mayor parte al gobierno en la forma de un impuesto sobre las ventas, y al finalizar la década estaba ya a la vista un nuevo equilibrio.

Sin embargo, no es siempre cosa sencilla elevar las utilidades en relación con el ingreso nacional al hacer funcionar simplemente la prensa emisora de billetes. El modelo más sencillo y más extremo de una inflación consistiría en suponer que cuando los capitalistas financian la formación de capital mediante la creación de créditos, todo el dinero retorna a ellos, al acabar una corriente circulatoria, en forma de un incremento de sus utilidades. En semejante modelo las utilidades, los ahorros voluntarios y la formación de capital pueden elevarse a cualquier nivel deseable en muy breve tiempo, sin hacer otra cosa que recurrir a un pequeño incremento en los precios. Algo parecido puede muy bien aplicarse a la URSS. No obstante, en términos reales esto implica que ha existido un descenso de la participación del ingreso nacional percibido por otras personas, incluidas una baja en su consumo real, puesto que se han tenido que liberar bienes para consumidores y destinados a quienes anteriormente carecían de ocupación y que ahora se encuentran dedicados a la formación de capital. Puede ocurrir que los granjeros salgan perdiendo y que este hecho se exprese en los precios de las manufacturas que se elevan relativamente a los precios agrícolas. También puede ocurrir que los más perjudicados sean los obreros en el sector capitalista, debido a que los precios agrícolas y los industriales se eleven con mayor rapidez que sus salarios. Igualmente puede acaecer que el golpe se descargue sobre los asalariados, los pensionistas, los terratenientes o los acreedores. Ahora bien, en el mundo real ninguna de estas clases aceptará de buen grado semejante deterioro. En la URSS, donde el propósito era que la formación de capital se realizara a expensas de los agricultores, provocó a fin de cuentas la violencia organizada de ambas partes. En nuestro modelo es difícil proseguir tal política a expensas de los trabajadores, puesto que el salario en el sector capitalista debe mantenerse a un cierto nivel mínimo, por encima del salario de subsistencia, para que exista disponibilidad de mano de obra. Por lo general, lo que ocurre cuando suben los precios es que los nuevos contratos tienen que hacerse tomando en consideración la posibilidad de alzas en el nivel de precios. Algunos sectores de la población resultan perjudicados, pero sólo temporalmente.

Ahora bien, si uno prosiguiera lógicamente semejante argumento, llegaría a la conclusión de que nunca puede alcanzarse el equilibrio, por lo menos hasta que el sistema bancario se avenga a suministrar todas las “legítimas” demandas de dinero. Si ninguna de las demás clases puede ser victimada, parece imposible que las utilidades crezcan relativamente al ingreso nacional, salvo por un cierto lapso, lo que, por consiguiente, señala la imposibilidad de alcanzar un nivel de equilibrio para los ahorros igual a un nuevo nivel de inversión. La inflación, una vez iniciada, se perpetúa. Sin embargo, esto no es posible por otra razón; a saber: porque el ingreso nacional real no permanece estacionario, sino que crece como resultado de la formación de capital. En suma, lo único que se requiere es que el ingreso real de los capitalistas crezca más rápidamente que el de las demás personas. Transcurridos uno o dos años, cuando empiezan a aparecer bienes adicionales para consumidores, ya no resulta necesario que determinadas clases reduzcan su consumo. Entretanto, se ha iniciado ya el periodo de recontracción, la producción comenzó a subir, y resulta posible alcanzar un modus vivendi.

Podemos dar una descripción exacta de tal equilibrio en nuestro modelo clásico modificado. En este modelo el ingreso promedio real de subsistencia está dado y otro tanto ocurre con el salario real en el sector capitalista. No es posible, ni por inflación ni de otra manera, alcanzar un nuevo equilibrio en el que la plusvalía capitalista haya crecido a expensas de alguno de ellos. Si, en consecuencia, los capitalistas comienzan a financiar la formación de capital partiendo del crédito, sólo temporalmente se reducen los ingresos de los demás. Los salarios, en ese caso, continuamente estarían persiguiendo a los precios, pero como la producción está creciendo, las utilidades estarían incrementándose todo el tiempo. Por consiguiente, la parte de inversión que se financia mediante créditos va disminuyendo sin cesar, hasta que se alcanza el equilibrio. Supongamos, por ejemplo, que una inversión de 100 libras arroja unas utilidades anuales de 20 libras, de las cuales se ahorran anualmente 10 libras. En tal caso, si los capitalistas invierten anualmente 100 libras adicionales, todas las cuales durante el primer año se financian con créditos, al terminar el undécimo año las utilidades serán 200 libras anuales más, los ahorros serán anualmente 100 libras más, y no se producirá ninguna otra presión monetaria sobre los precios. Todo lo que permanecerá de este episodio es que existirán 1 000 libras más, de capital útilmente productivo en operación, del que hubiera existido de no haber tenido lugar la creación de crédito.

Tenemos de esta forma dos modelos simples que caracterizan los casos extremos. En el primero, todo el crédito creado retorna inmediatamente como utilidades a los capitalistas (o en forma de impuestos al Estado). En tal caso el equilibrio se alcanza fácilmente, al ganar los capitalistas a expensas de todos los demás. En el segundo modelo los capitalistas sólo pueden ganar temporalmente; el equilibrio, entonces, requiere mucho más tiempo para ser alcanzado y sólo de modo eventual se logra. En el primer caso únicamente necesitamos una expansión del ingreso monetario; en el segundo, es la expansión del ingreso real la que eventualmente procura a los capitalistas la proporción requerida del ingreso nacional.

El hecho de que la formación de capital incrementa la producción real debe tenerse en cuenta en el análisis de los efectos de la creación de crédito sobre los precios. Las inflaciones que más nos impresionan son las que acaecen durante tiempos de guerra, cuando se retiran recursos de la producción de bienes para consumidores. Si la oferta de dinero va creciendo mientras falla todavía la producción de bienes, cualquier cosa puede ocurrir con los precios. Sin embargo, la inflación con el propósito de formar capitales es harina de otro costal. Se traduce en un incremento en la producción de bienes para consumidores, circunstancia que reduce los precios si la cantidad de dinero permanece constante.

Acaso sea conveniente aducir, como explicación, un caso sencillo. Supongamos que 100 libras se invierten cada año, en el primer ejemplo, mediante creación de crédito, y que cada inversión arroja un rendimiento anual de 30 libras en el segundo año y en cada uno de los sucesivos. Supongamos que no cuesta nada lograr este rendimiento; el precio de 30 libras, cargado para el producto, es una pura renta, derivada del hecho de su escasez (la inversión en una obra de riego nos proporciona un ejemplo casi perfecto). Si utilizamos, entonces, la forma keynesiana para la inflación de la demanda, y suponemos que el multiplicador es dos, el ingreso monetario se elevará hasta un nivel de equilibrio anual de +210 libras. La producción, sin embargo, comenzará a aumentar anualmente a razón de +30 libras a partir del segundo año. Hacia el octavo año la producción se habrá incrementado +210 libras, mientras que el ingreso monetario habrá crecido solamente poco menos de +200 libras. A partir de ese momento, los precios se situarán por debajo del nivel inicial y continuarán descendiendo sin cesar. La pretendida precisión de ese análisis está sujeta, en efecto, a todo género de objeciones usuales en contra de la aplicación del análisis del multiplicador a las condiciones inflacionarias, especialmente la inestabilidad de la propensión a consumir, el efecto de la inversión secundaria y los peligros de la inflación de costos. Ahora bien, aunque la precisión es dudosa, el resultado es, sin embargo, real. La inflación, con el propósito de formación de capital, es autodestructiva. Los precios comienzan a subir, pero más pronto o más tarde son alcanzados por la producción creciente, y pueden, a fin de cuentas, terminar situándose en un nivel más bajo del que estaban al principio.

Podemos recapitular ahora esta sección. La formación de capital se financia no solamente sobre la base de utilidades, sino también mediante la expansión del crédito. Gracias a ello se acelera el crecimiento de capital y el de la renta real. También trae consigo una cierta redistribución del ingreso nacional, ya sea temporal o permanente, de acuerdo con los supuestos que hayamos hecho; en el modelo que estamos utilizando la redistribución sólo es temporal. También evita que los precios caigan, como de otro modo ocurriría (si el dinero es constante y la producción creciente), y esto puede elevar sustancialmente los precios si (como ocurre en nuestro modelo) la distribución del ingreso no puede ser permanentemente alterada a través de medidas monetarias, puesto que los precios continuarían subiendo hasta que la producción real lograra elevarse de tal suerte que pudiese efectuar la redistribución requerida. Posteriormente los precios seguirán bajando, porque la inflación los eleva mientras se está creando el capital, pero con el incremento de la producción éstos descienden de nuevo. Queda un punto por examinar. Hemos visto que si se usa dinero nuevo para financiar la formación de capital, el alza de los precios estalla, mientras que los ahorros crecen hasta entrar en equilibrio con la inversión; el fenómeno se revierte tan pronto como empieza a fluir la producción de bienes para consumidores. Sin embargo, el nuevo equilibrio puede exigir un cierto tiempo hasta alcanzarse, y si además el flujo de dinero nuevo es sustancial, el alza de precios resultante puede provocar temores en el público. Las personas no incurren en el pánico si los precios siguen subiendo durante dos o tres años, pero posteriormente se empieza a perder confianza en el dinero y puede resultar necesario marcar un alto decidido. Ésta es la limitación práctica más importante respecto a la extensión conforme a la cual la formación de capital puede financiarse por medio de ese procedimiento. Ésta es, además, la razón de que las autoridades bancarias hayan propendido siempre a alternar breves periodos de crédito fácil con vigorosos periodos de restricción. El crédito bancario sube tres escalones y baja uno, en lugar de proceder en forma continuamente ascendente. Este hecho nos sitúa en el umbral del ciclo económico. Si el capital fuese financiado exclusivamente sobre la base de utilidades y no existiese atesoramiento, la formación de capital procedería en forma constante. Principalmente es la existencia de un sistema de crédito elástico lo que convierte al ciclo económico en una parte integral del mecanismo del desarrollo en una economía no planeada. Para nosotros no es necesario, sin embargo, entrar en el análisis del ciclo, puesto que a este respecto el modelo que estamos utilizando no produce resultados diferentes de los otros modelos.

7. Muy poco hemos dicho hasta ahora acerca de las actividades del gobierno, puesto que nuestro modelo básico solamente usa capitalistas, sus empleados y productores del sector de subsistencia. Los gobiernos afectan de diversos modos el proceso de acumulación de capital, muy particularmente por las inflaciones en que incurren. Muchos gobiernos en países atrasados se esfuerzan todo lo posible con el fin de usar los excedentes de mano de obra para la formación de capital, y como son muchas las cosas que pueden hacerse con mano de obra y unos pocos instrumentos (carreteras, obras de riego, diques fluviales, escuelas, etc.), es útil hacer algunas consideraciones al respecto. Trataremos, por consiguiente, de analizar el efecto de la formación de capital gubernamental mediante financiamiento por inflación, lo que nos permite de paso la posibilidad de recapitular el análisis del apartado anterior.

Los resultados, recordémoslo, se hallan entre dos extremos. En uno de ellos todo el dinero erogado por el gobierno retorna a él en forma de impuestos, y esto es aceptado por todos los sectores. En este caso los precios suben muy poco. En el otro extremo todas las clases se niegan a aceptar una redistribución entre ellas mismas y el gobierno. De esta forma, los precios tienden a subir continuamente, salvo en la circunstancia de que la producción creciente (como resultado del capital que se formó) más pronto o más tarde se pone al paso con los precios y los obliga a descender. La producción creciente incrementará, además, la participación “normal” del gobierno en el ingreso nacional y toda la presión monetaria cesará cuando la participación “normal” haya alcanzado el nivel inflacionario que se trataba de alcanzar.

Dichos resultados suscitan las preguntas que nos interesa responder: 1) ¿qué parte del ingreso marginal retorna automáticamente al gobierno?, 2) ¿qué efecto tendrá la inflación sobre las diversas clases? y 3) ¿qué efecto tiene la formación de capital por el gobierno sobre la producción?

(Se precisa recordar otro punto. Hasta ahora, en todo este análisis hemos partido del supuesto de una economía cerrada. En una economía abierta la inflación pone en peligro la balanza de pagos. En consecuencia, tenemos que suponer que el gobierno ejerce un riguroso control sobre las transacciones internacionales. Este supuesto mantiene su validez para algunas economías atrasadas; otras caerían en el caos si se lanzaran por el camino de una financiación inflacionaria.)

No es posible que todo el dinero gastado por el gobierno retorne a él en la primera corriente circulatoria, puesto que esto implicaría que el gobierno absorbió 100% del ingreso marginal. Si el gobierno absorbe cualquier porción del ingreso marginal, algo de dinero retornará a sus manos, pero ni siquiera el multiplicador keynesiano hará retornar su totalidad, a menos que el impuesto sea el único modo de filtración (es decir, que no haya ahorro). Mientras mayor sea la participación gubernamental en los ingresos marginales, mayor será el volumen del dinero que retorne al gobierno, más pronto lo recaudará y menor será el efecto sobre los precios.

Desde la segunda Guerra Mundial, un cierto número de gobiernos de países industriales modernos parecen estar afectando, mediante la tributación, aproximadamente de 40 a 50% de los ingresos marginales, y ésta es una de las razones más importantes de acuerdo con las cuales sus niveles de precios no se han elevado todavía más, a pesar de la fuerte presión sobre los recursos para la formación de capital, la defensa, etc. En los países atrasados, sin embargo, los gobiernos absorben sólo una parte muy pequeña de los ingresos marginales. Aquellos mejor situados, desde este punto de vista, son los de los países donde la producción está concentrada en unas pocas unidades de gran magnitud (minas, plantaciones) y, por consiguiente, fuertemente gravadas, o donde el comercio exterior absorbe una gran parte del ingreso nacional y por eso es fácilmente gravado mediante impuestos a la importación y la exportación. Uno de los países peor situados al respecto es la India, pues una gran parte de cuya producción es creada por productores de subsistencia y en unidades de pequeña escala, difíciles de alcanzar mediante impuestos y con menos de 10% derivado hacia el comercio exterior. En numerosos casos el gravamen marginal es inferior al promedio, porque cuando el ingreso monetario aumenta, el gobierno continúa exigiendo los mismos precios para el tráfico ferroviario o para los timbres de correo, y se abstiene de elevar los impuestos a los agricultores, con el resultado de que los ingresos monetarios crecen más de prisa que las recaudaciones gubernamentales. Ningún gobierno consideraría la posibilidad de una financiación en déficit sin asegurarse asimismo de que una gran parte de los incrementos del ingreso monetario retornaría a él automáticamente. Por contraste, la URSS, con su tasa muy elevada de impuestos sobre las rentas, succiona automáticamente fondos excedentes inyectados en el sistema, antes de que sean capaces de generar inflación excesiva mediante el proceso del multiplicador.

La cuestión inmediata es el efecto de la inflación sobre la distribución del ingreso. El dinero redundante eleva los precios, algunos de ellos más que otros. Probablemente el gobierno tratará de evitar el alza de los precios, pero tendrá más éxito en unos casos que en otros. Cosa fácil es aplicar el control de precios a empresas de gran escala, pero muy difícil evitar que los campesinos eleven los precios de los artículos alimenticios o que los pequeños comerciantes se beneficien con la obtención de grandes márgenes. Desde el punto de vista de la formación de capital, lo mejor que puede suceder es que el dinero excedente vaya a los bolsillos de aquellas personas que lo reinvertirán en forma productiva. Las clases mercantiles probablemente lo utilizarían, en lo sustancial, para especular en aquellas mercaderías que escasean. Las clases medias preferirían comprar con él grandes autos norteamericanos o hacer viajes a Europa, especulando de algún modo con los cambios exteriores. Los campesinos lo utilizarían para introducir mejoras en sus granjas, pero probablemente muchos de ellos preferirían utilizarlo para enjugar deudas o para comprar más tierras. En realidad solamente existe una clase acerca de la cual casi podemos tener la evidencia de que reinvertirá sus utilidades en forma productiva, y ésta es la clase de los industriales. Los efectos de una inflación sobre la formación secundaria de capital dependen, por consiguiente, en primer lugar, de la magnitud de la clase industrial, y, en segundo lugar, de si las utilidades afluyen preferentemente a esa clase. En los países que solamente tienen una pequeña clase industrial, la inflación conduce en forma sustantiva a especular con mercaderías y con terrenos, así como a atesorar moneda extranjera. Ahora bien, en cualquier país con una clase industrial de una cierta importancia, debido a la pasión que esa clase tiene por hacerse con plantas industriales cada vez más grandes y mejores, incluso con las inflaciones más pavorosas (por ejemplo, la de Alemania a partir de 1919), deja tras de sí un incremento sustancial en la formación de capitales. (¿Acaso nos hemos topado ahora con algún profundo instinto psicológico que impulsa al industrial a hacer uso de su riqueza en forma más creadora que otros? Probablemente no.) Se trata justamente de que este tipo de actividad es de aquellos en que la pasión por el éxito se concreta en la formación de capital. El cultivador campesino desea tener más tierras, no más capital en su tierra (a menos que se trate de un granjero capitalista a la moderna), de manera que su pasión se disipa simplemente en cambios relativos al precio y a la distribución de la tierra. El comerciante desea lograr un margen más amplio o un giro más rápido, ninguna de cuyas cosas incrementa el capital fijo. El banquero desea más depósitos. Solamente la pasión del industrial impulsa a utilizar sus beneficios para crear un imperio más grande que ladrillos y acero. De ello se deduce que es en las colectividades industriales donde las inflaciones resultan más eficientes para la formación de capital; por el contrario, en países donde la clase industrial es insignificante, no existe nada que permita advertir cuándo la inflación ha pasado, salvo la inversión originaria que la inició. Debemos advertir también que a muchos gobiernos no les gusta que la inflación permita a los industriales cosechar las utilidades excedentes con las cuales crean capital fijo, puesto que ello se traduce en un incremento de las fortunas privadas. En consecuencia, hacen cuanto pueden para impedir que la inflación incremente las utilidades de los industriales. De modo especial, se aferran al mantenimiento de precios industriales bajos, que son también, desde el punto de vista administrativo, los precios más fáciles de controlar. Como la clase industrial es la que más ahorra, el resultado es exacerbar la inflación. Sería mucho más sano poner en juego políticas que condujeran a elevar con más rapidez las utilidades de los industriales, que otros ingresos, y luego gravar dichas utilidades, ya sea en forma inmediata o por vía sucesoria.

La inflación continúa siendo generada en tanto que la colectividad no muestra su deseo de mantener un volumen igual al del gasto incrementado de inversión. En consecuencia, no es suficiente que los ahorros se incrementen hasta ese nivel, porque si dichos ahorros se aplican a inversión adicional, el hiato inicial se mantiene. Dicha laguna solamente se cierra si los ahorros se atesoran o si se utilizan para adquirir bonos gubernamentales, de tal modo que el gobierno puede financiar ahora sus inversiones tomando dinero en préstamo, en lugar de crear nuevo dinero. De aquí que en la práctica, si el gobierno desea poner término a la inflación sin reducir su inversión, debe encontrar medios de llevar a sus arcas una cantidad equivalente a la que está gastando, al recurrir a los impuestos o a los préstamos. Si deja de hacer esto, la inflación continuará; es mejor que siga porque los capitalistas están gastando sus utilidades en nueva formación de capital, en lugar de que otras clases se interesen por una producción más limitada de bienes para consumidores, pero si desea poner término a la inflación tan pronto como sea posible, todas las clases deben ser estimuladas a invertir en bonos gubernamen tales, mejor que gastar su dinero en otras formas.

Llegamos finalmente a la relación entre capital y producción. Si el propósito es financiar la formación de capital al crear crédito, los mejores objetivos de semejante política son aquellos que procuran rápidamente un ingreso crecido. Si la construcción de escuelas se financia mediante la creación de crédito, seguramente desencadenaremos una perturbación. Por otra parte, existe toda una serie de programas agrícolas (suministro de agua, fertilizantes, viveros, obras de extensión) donde pueden obtenerse resultados rápidos y sustanciales con gastos reducidos. Si se dispone de algunos recursos ociosos, para la formación de capital, sería insensato no utilizarlos simplemente por dificultades técnicas o políticas relativas a la recaudación de impuestos. Pero igualmente insensato sería utilizarlos en programas que reclaman el transcurso de un largo periodo para obtener un pequeño resultado, cuando existen otros que pueden dar rendimientos bastante amplios con notoria celeridad.

Podemos resumir lo antedicho en la siguiente forma. Si la mano de obra es abundante y los recursos físicos escasos, el efecto primario sobre la producción será exactamente el mismo, ya sea que el gobierno genere el capital sobre la base de impuestos o mediante la creación de crédito, la producción de bienes para consumidores sigue siendo del mismo volumen, pero se redistribuye; de aquí que la creación de crédito deba considerarse primordialmente como una alternativa a la tributación, que bien vale las perturbaciones que provoca si con el intento de establecer impuestos tales perturbaciones serían todavía mayores. Sin embargo, la creación de crédito tiene una nueva ventaja sobre la tributación, en el sentido de que si redistribuye ingreso hacia la clase industrial (cuando esta clase existe), también acelerará la formación de capital generado por las utilidades. Si es imposible incrementar los impuestos y la alternativa está entre crear capital sobre la base de crédito y no crearlo de ningún modo, la elección que uno ha de hacer es entre precios estables o aumento de la producción. No existe fórmula alguna -sencilla- para hacer esa elección. En algunas colectividades cualquier ulterior inflación de precios arruinaría su frágil equilibrio social o político; en otras este equilibrio quedaría destruido si no se registra un fuerte incremento de producción en el próximo futuro; en algunos otros casos el equilibrio se arruinaría por cualquiera de esos dos medios.

8. Procedamos ahora a resumir nuestro análisis. Hemos visto que si se dispone de mano obra en forma ilimitada a un salario real constante, la plusvalía capitalista aumentará continuamente y la inversión anual será una proporción creciente del ingreso nacional. Huelga decir que esto no puede durar eternamente.

El proceso debe detenerse cuando la acumulación de capital se ha puesto al paso con la población, de modo que ya no existe excedente de mano de obra por más tiempo. Sin embargo, debe detenerse antes de esto. Puede llegar, en efecto, este momento por toda una serie de razones que están fuera de nuestro sistema de análisis, desde un temblor de tierra o una peste bubónica hasta la revolución social. Pero también puede detenerse por la razón económica de que, aunque exista un excedente de mano de obra, los salarios reales pueden elevarse a tan alto nivel que reduzcan las utilidades de los capitalistas a un nivel en el cual se consuman todos los beneficios y no se registre una nueva inversión.

Esto puede resultar por una de cuatro razones. Primera, si la acumulación de capital se produce con mayor rapidez que el crecimiento de la población, y, por consiguiente, está reduciendo de modo absoluto el número de personas en el sector de subsistencia y el producto promedio per cápita en este sector aumentará automáticamente, no porque la producción se altere, sino porque existen menos bocas que participen en el producto. Transcurrido un cierto tiempo, el cambio se hace realmente perceptible y el salario capitalista comienza a aumentar. Segunda, el incremento en la magnitud del sector capitalista, en relación con el sector de subsistencia, puede hacer que se modifiquen los términos de intercambio en contra del sector capitalista (si están produciendo cosas distintas) y se fuerce así a los capitalistas a pagar a los obreros un porcentaje más alto de su producto, con objeto de mantener constante su ingreso real. Tercera, el sector de subsistencia puede llegar a ser también más productivo en sentido técnico; por ejemplo, puede comenzar a imitar las técnicas del sector capitalista; los campesinos pueden empezar a utilizar algunas nuevas semillas o a conocer que existen nuevos fertilizantes o formas de rotación de cosechas. También pueden beneficiarse directamente de algunas de las inversiones capitalistas; por ejemplo, en obras de riego, servicios de transportes o electricidad. Cualquier cosa que eleve la productividad en el sector de subsistencia (promedio por persona) alzará los salarios reales en el sector capitalista, y reducirá, por consiguiente, la plusvalía capitalista y la tasa de acumulación de capital, a menos que, en el mismo tiempo, los términos de intercambio se muevan correlativamente en contra del sector de subsistencia. En forma alternativa, incluso si la productividad del sector capitalista permanece inalterada, los obreros en el sector capitalista pueden imitar el modo de vida de sus patronos y necesitar entonces más ingresos para atender sus necesidades. El nivel de subsistencia es solamente una idea convencional y las convenciones cambian. El efecto de esto sería ensanchar el abismo entre las percepciones en el sector de subsistencia y los salarios en el sector capitalista. Ello es difícil de lograr si la mano de obra es abundante, pero puede alcanzarse mediante una combinación de presiones sindicales y conciencia capitalista. Si ello se consigue, se reducirá el excedente capitalista y también la tasa de acumulación de capital.

La más interesante de estas posibilidades es que los términos de intercambio puedan moverse en contra del sector capitalista. Ello supone que los sectores capitalistas y de subsistencia están produciendo cosas distintas. En la práctica éste es un problema de relación entre industria y agricultura. Si los capitalistas están invirtiendo en agricultura de plantación simultáneamente con su inversión en la industria, podemos pensar que el sector capitalista alcanzó ya su autonomía. La expansión de este sector no genera entonces demanda alguna de artículos producidos en el sector de subsistencia, y, por consiguiente, no existen términos de intercambio que trastornen el cuadro que hemos trazado. Para que los términos de intercambio ejerzan su influencia, el supuesto más sencillo que se precisa es que el sector de subsistencia esté integrado por campesinos que produzcan artículos alimenticios, mientras que el sector capitalista produce todo lo demás.

Ahora bien, si el sector capitalista no produce artículos alimenticios, su expansión incrementa la demanda por tales artículos, eleva el precio de los alimentos en términos de productos capitalistas y, en consecuencia, reduce las utilidades. Es éste uno de los casos en los cuales la industrialización depende de las mejoras en la agricultura; no es provechoso producir un volumen creciente de manufacturas a menos que la producción agrícola crezca en forma simultánea. He aquí por qué las revoluciones industriales y agrarias van siempre juntas, y por qué las economías en las que la agricultura se halla estancada no registran un desarrollo industrial. De aquí que, si postulamos que el sector capitalista no está produciendo artículos alimenticios, debemos postular también que el sector de subsistencia está aumentando su producción o concluir que la expansión del sector capitalista llegará pronto a su término en virtud de relaciones adversas de intercambio que se comen los beneficios. El problema de incrementar las rentas, planteado por Ricardo, es primo hermano de esa conclusión; él se preocupó por el crecimiento de las rentas dentro del sector capitalista, mientras que a nosotros nos interesan las rentas fuera del sector.

Por otro lado, si suponemos que el sector de subsistencia está produciendo más artículos alimenticios, si bien escapamos del Scylla de los términos adversos de intercambio, podemos quedar atrapados por el Carybdis del alza de los salarios reales, porque el sector de subsistencia es más productivo. Evitaremos ambas cosas -Scylla y Carybdis- si la productividad creciente en el sector de subsistencia queda más que compensada por la mejora en los términos de intercambio.

Sin embargo, si el sector de subsistencia está produciendo artículos alimenticios cuya elasticidad de demanda es menor que la unidad, los incrementos en productividad quedarán más que contrarrestados por las reducciones en los precios. Un alza en la productividad del sector de subsistencia perjudica al sector capitalista si no existen transacciones entre ambos, o si la demanda del sector capitalista para el producto del sector de subsistencia es elástica. Sobre los supuestos que hemos formulado, un alza en la productividad de artículos alimenticios beneficia al sector capitalista. Ahora bien, si tenemos en cuenta el alza en la demanda, no es de modo alguno improbable que el precio de los alimentos no descienda tan rápidamente como crece la productividad, y ello obligará a los capitalistas a pagar, en forma de salarios, una porción mayor de su producto.

Si no es de esperar que los precios desciendan tan rápidamente como la productividad aumenta, porque la demanda es creciente, la mejor acción que pueden emprender los capitalistas es evitar que el granjero logre un ingreso excedente. En Japón se consiguió este objetivo al elevar las rentas en desventaja de los cultivadores y hacer mayor su gravamen tributario, por lo cual una gran parte del rápido incremento de productividad que acaeció (entre 1880 y 1910 alcanzó al doble) fue arrebatado a los cultivadores y dedicado a la formación de capital; al mismo tiempo, el deterioro en el ingreso de los agricultores trajo consigo un deterioro de los salarios que fue ventajoso para las utilidades en el sector capitalista. En buena parte esto mismo ocurrió en la URSS, donde los ingresos agrícolas per cápita se mantuvieron bajos, a pesar de la mecanización agrícola y de una considerable liberación de mano de obra para los distritos urbanos; esto se realizó, conjuntamente, al elevar los precios de las manufacturas, en relación con los productos del campo, y además al imponer fuertes gravámenes fiscales sobre las granjas colectivas.

Esto define también para nosotros cuando es acertado decir que la agricultura es la que financia la industrialización. Si el sector capitalista tiene consistencia, su expansión no depende en modo alguno de los campesinos. La plusvalía se logra totalmente “a expensas” de los obreros del sector capitalista. Ahora bien, si el sector capitalista depende de los campesinos respecto a los artículos alimenticios, es esencial conseguir de ellos que produzcan más, porque si al mismo tiempo puede impedirse que disfruten de ellos de fruto pleno de su trabajo excedente, los salarios pueden ser reducidos en relación con la plusvalía capitalista. Por contraste, un Estado que está regido por los campesinos puede ser feliz y próspero, pero no es probable que genere una acumulación tan rápida de capital. (Por ejemplo, ¿divergirán, a este respecto, China y la URSS?) Podemos concluir, por consiguiente, que la expansión del sector capitalista puede ser frenada como consecuencia de un alza en los precios de artículos de subsistencia, porque el precio no baja con la misma rapidez con que está creciendo la productividad per cápita en el sector de subsistencia o porque los obreros capitalistas elevan el nivel de lo que necesitan para subsistir. Cualquiera de estas causas puede elevar los salarios con base en la plusvalía. Si ninguno de estos procesos es suficiente para frenar la acumulación de capital, el sector capitalista continuará expandiéndose hasta que no quede ya ningún excedente de mano de obra. Esto puede ocurrir incluso aunque la población siga creciendo. Por ejemplo, si es preciso tomar del ingreso nacional anual 3% para emplear a 1% más de gente, una inversión neta anual de 12% permitirá acoplarse con un incremento de 4% de la población. Ahora bien, la población de Europa occidental creció solamente en periodos característicos a razón de 1%, poco más o menos, en promedio anual (que es también la tasa actual de crecimiento en la India), y las tasas de crecimiento que rebasan 2.5% anual siguen siendo raras actualmente. No podemos decir que el capital crecerá siempre con mayor rapidez que la mano de obra (no ha ocurrido así, por ejemplo, en Asia), pero podemos decir que si las condiciones son favorables para que se incremente con más rapidez la plusvalía capitalista que la población, llegará un día en que la acumulación de capital se habrá puesto al paso con la oferta de mano de obra. Ricardo y Malthus no tuvieron en cuenta dicha circunstancia en sus modelos, porque sobreestimaron la tasa de crecimiento de la población. Tampoco Marx hizo provisión al respecto, pues se persuadió a sí mismo de que la acumulación de capital incrementa el desempleo en lugar de reducirlo (él mismo tiene un curioso modelo donde el efecto de la acumulación a corto plazo es reducir la desocupación, elevar los salarios y provocar, como consecuencia, una crisis, mientras que el efecto a largo plazo es incrementar el ejército de reserva de los desocupados). De los economistas clásicos solamente Adam Smith advirtió con claridad que la acumulación de capital crearía eventualmente una escasez de mano de obra y elevaría los salarios por encima del nivel de subsistencia.

Cuando desaparece el excedente de mano de obra no se sostiene ya nuestro modelo de la economía cerrada. Los salarios ya no están vinculados al nivel de subsistencia. Adam Smith pensaba que entonces dependerían del grado de monopolio (una doctrina que se volvió a presentar en la década de 1930 como una de las novedades del moderno análisis económico). Los neoclásicos inventaron la doctrina de la productividad marginal. El problema no se ha resuelto todavía a satisfacción de todos, excepto en los modelos estáticos que no tienen en cuenta la acumulación de capital ni el progreso técnico. Esta cuestión se halla, sin embargo, fuera de los términos de referencia del presente ensayo, y por tal razón no la desarrollaremos en el mismo.

Sin embargo, nuestra tarea no queda terminada. En el mundo clásico todos los países tienen mano de obra excedente. En el mundo real, sin embargo, ciertos países que registran escasez de fuerza de trabajo continúan estando rodeados por otros que tienen abundante mano de obra. En lugar de concentrarse en un país y de examinar la expansión de su sector capitalista, tenemos que considerar ahora ese territorio como parte del sector capitalista en expansión del mundo entero, como un todo, e inquirir en qué forma la distribución del ingreso dentro del país en cuestión y su tasa de acumulación de capital se ven afectadas porque existe, por doquier, abundante mano de obra disponible al nivel de subsistencia.

II. La economía abierta

9. Cuando la acumulación de capital se pone al paso de la oferta de mano de obra, los salarios comienzan a subir por encima del nivel de subsistencia y la plusvalía capitalista resulta afectada de modo adverso. Sin embargo, si existe todavía excedente de fuerza de trabajo en otros países, los capitalistas pueden evitar ese inconveniente por uno de dos procedimientos: bien al estimular la inmigración, o bien al exportar su capital a países donde todavía existe abundante mano de obra al nivel de subsistencia. En lo sucesivo examinaremos cada una de estas posibilidades.

10. Procuremos, en primer término, eliminar el modo conforme al cual produce su efecto la inmigración de obreros calificados, puesto que nuestra preocupación principal se refiere al caso de una inmigración abundante de obreros no calificados, liberados por los sectores de subsistencia de otros países. Es teóricamente posible que la inmigración de obreros calificados pueda reducir la demanda de servicios procurados por obreros nativos no calificados, pero ello es muy improbable. Con mayor probabilidad hará posible que sobrevengan nuevas inversiones y se establezcan industrias que antes no fue posible establecer y que de este modo se incremente la demanda para todas las clases de trabajo en relación con su oferta.

También tenemos que eliminar los casos de inmigraciones relativamente pequeñas. Si 100 000 puertorriquenses emigran cada año a los Estados Unidos, el efecto sobre los salarios norteamericanos es despreciable. Tales salarios no se rebajan al nivel de los de Puerto Rico; son los salarios puert orriquenses los que se elevan al nivel de los estadunidenses.

La inmigración en masa es, desde luego, otro problema bien distinto. Si existiera inmigración libre de la India y de la China a los Estados Unidos, el nivel de salarios norteamericanos seguramente decaería a los niveles indios y chinos. De hecho, en un modelo competitivo, el salario estadunidense sólo podría exceder al asiático por una cantidad que cubriese los costos de migración, más la “laguna” a la que antes nos hemos referido. El resultado es el mismo, si suponemos rendimientos crecientes o decrecientes para la mano de obra. Los salarios son constantes al nivel de subsistencia. Todo el beneficio del incremento en la remuneración va a parar a la plusvalía capitalista.

Es ésta una de las razones en virtud de las cuales en cada país donde el nivel de salarios es relativamente alto los sindicatos son sumamente hostiles a la inmigración, salvo cuando se trata de personas de categorías especiales, y se esfuerzan por restringirla por todos los medios a su alcance. El resultado es que los salarios reales son más altos de lo que de otro modo serían, porque las utilidades, los recursos de capital y la producción global, son más reducidos de lo que lo serían de otra suerte.

11. La exportación de capital es, por consiguiente, un procedimiento mucho más cómodo para los capitalistas, puesto que los sindicatos proceden con rapidez para restringir la inmigración, pero son mucho más lentos en someter a control la exportación de capital.

El efecto de exportar capital es reducir la creación de capital fijo en el país de referencia, y, por consiguiente, disminuir la demanda de mano de obra. La fuerza de trabajo será requerida todavía para crear el capital (por ejemplo, para fabricar las máquinas que habrán de exportarse), pero la mano de obra interna no será requerida para operar el capital, como ocurriría si éste se invirtiera en el propio país.

Sin embargo, éste es tan sólo uno de los aspectos del cuadro, porque el capital puede usarse en países extranjeros de tal suerte que eleve el nivel de vida del país exportador de capital (compensando total o parcialmente el primer efecto), o en forma tal que lo rebaje (agravando en este caso el primer efecto). El resultado depende del tipo de competencia existente entre los países exportadores y los importadores de capital.

12. Supongamos inicialmente que no existe competencia, y ni siquiera transacciones comerciales. Ambos países son autosuficientes. Sin embargo, los salarios se elevan en el país A, mientras que la mano de obra es abundante en el país B. Los rendimientos comerciales muestran, en primer término, el excedente de exportación de A, lo que representa la transferencia del capital y ulteriormente el excedente de importación que equivale al retorno de dividendos al país exportador. No se registra efecto alguno sobre los obreros en A, salvo que sus salarios dejan de crecer, como hubiese ocurrido si el capital hubiera sido invertido en el país propio. Si los recursos de A y los recursos de B son exactamente idénticos, los salarios no pueden subir en A hasta que la acumulación de capital en B haya absorbido el excedente de mano de obra en B.

Ahora bien, en el mundo real los recursos de dos países nunca son exactamente idénticos, y no puede darse por supuesto que sería más provechoso invertir en B si las utilidades en A fuesen más bajas (cosa que tampoco puede darse por segura). La rentabilidad de invertir en un país depende de sus recursos naturales, de su material humano y del monto de capital anteriormente invertido en el país de referencia.

Las inversiones más productivas son aquellas que se efectúan para alumbrar recursos naturales abundantes y fácilmente asequibles, como tierras fértiles, minerales, carbón o petróleo. Ésta es la razón principal en virtud de la cual la mayor parte del capital exportado durante los últimos 100 años fue a las Américas y a Australasia, en lugar de a la India o a China, zonas donde los recursos conocidos eran utilizados ya. En las zonas bien desarrolladas del mundo (desde el punto de vista de los recursos), la oportunidad principal para la inversión productiva radica en el progreso de la técnica; estos países son desarrollados (incluso superdesarrollados) en materia de recursos, pero subdesarrollados en sus técnicas. Es rentable utilizar el capital para introducir nuevas técnicas, pero no es tan provechoso como emplear capital con objeto de disponer, a un tiempo, de nuevas técnicas y de nuevos recursos. Esto explica también por qué razón el Reino Unido se convirtió rápidamente en un país exportador de capital (pues fueron rápidamente alcanzados los límites de sus recursos naturales), mientras que los Estados Unidos sólo en tiempos muy recientes han alcanzado esa etapa, puesto que sus recursos naturales son tan amplios que la inversión del capital en Norteamérica misma sigue siendo todavía muy rentable, aun cuando los salarios son, en dicho país, muy altos.

La productividad depende también del material humano. Incluso cuando la composición genética de la gente puede ser la misma en lo fundamental, en lo que a la productividad potencial se refiere, su herencia cultural es muy distinta. Las diferencias en alfabetización, las formas de gobierno, las actitudes respecto al trabajo y las relaciones sociales pueden ser también grandes por lo que hace a la productividad. Los capitalistas encuentran más provechoso y seguro invertir en países cuya atmósfera es capitalista que en otros países de culturas muy distintas.

Pero esto no es todo. En efecto, la productividad de la inversión en B no sólo depende de los recursos naturales de B y de sus instituciones humanas, sino también de la eficiencia de todas las demás industrias cuyos servicios precisa usar con motivo de la nueva inversión. Ello depende parcialmente de cuán altamente capitalizadas se encuentran esas otras industrias. La productividad de una inversión depende de otras inversiones anteriormente efectuadas. En consecuencia, puede ser más provechoso invertir capital en países que disponen ya de un cierto cúmulo de capitales, en lugar de hacerlo en un país nuevo. Si las cosas se desarrollaran siempre así, no se exportaría capital, y la discrepancia entre salarios en países con excedentes (de mano de obra) y otros sin ellos no disminuiría, sino que antes bien se haría más grande. En la práctica la exportación de capitales es pequeña y el foso se ensancha; no podemos en modo alguno excluir la posibilidad de que exista una tendencia natural del capital hacia los países capitalizados: apartándose de los que no lo están.

Si pudiésemos suponer que existe una tendencia natural al descenso de la tasa de utilidad en una economía cerrada, podríamos afirmar que por baja que fuese la tasa en otros países, la de los países de economía cerrada decaería, a fin de cuentas, hasta el nivel pasado, el cual debe comenzar la exportación de capital. Prácticamente todos los mejores economistas de cualquier escuela, en cualquier centuria, han afirmado que semejante tendencia existe, aunque las razones aducidas al respecto han variado considerablemente. La excepción más notable es la de Marshall, quien dio la respuesta correcta; a saber: que el capital creciente per cápita tiende a rebajar el rendimiento del capital, mientras que un creciente conocimiento tecnológico tiende a elevarlo. Así, por ejemplo, dijo Marshall, el rendimiento decayó de 10% en la Edad Media a 3% a mediados del siglo xviii -prolongado periodo de lento progreso técnico-, después de lo cual el descenso fue detenido por el gran incremento de las oportunidades de utilizar capital. Así las cosas, la tendencia natural del rendimiento del capital a disminuir no es sino un mito popular. La rentabilidad puede descender o no: nos es imposible preverlo.

Llegamos a una respuesta diferente, sin embargo, si desde el campo correspondiente a la tasa de utilidad del capital en general nos trasladamos al de la tasa en líneas particulares de inversión. En cualquier línea específica las posibilidades de una expansión interior se agotan pronto o, por lo menos, se reducen en forma considerable. Todas las industrias se desarrollan sobre un patrón logístico, y crecen con relativa lentitud en un principio, luego rápidamente, para crecer más tarde de nuevo con una cierta lentitud. De aquí que los inversionistas en una línea particular lleguen más pronto o más tarde a un punto a partir del cual no existe mucho más ámbito para invertir dentro de esta línea en el propio país. Les queda, sin embargo, la posibilidad de colocar sus utilidades acumuladas en industrias muy distintas. Pero también surge la tentación de aferrarse al campo donde poseen conocimientos especializados y de utilizar los beneficios obtenidos al trasladar la industria a países nuevos.

Lo que provoca la exportación de capital no es inevitablemente la caída de las utilidades en el propio país o el alza de salarios en la misma nación, sino simplemente que los países extranjeros con diversos recursos sin utilizar en diferentes grados ofrecen ciertas oportunidades provechosas de invertir en el exterior. Ello no depende siquiera de que la acumulación de capital corra pareja con la disponibilidad de trabajo excedente; en efecto, aunque exista todavía mano de obra redundante en el propio país, a los salarios de subsistencia las oportunidades de inversión en el extranjero pueden ser más ventajosas. Numerosos capitalistas que residen en los países con excedentes de mano de obra invierten su capital en Inglaterra o en los Estados Unidos.

Debemos cuidarnos, por consiguiente, de decir que un país empezará a exportar capital tan pronto como la acumulación de capital en la nación propia corra pareja con la oferta de mano de obra. Sin embargo, ciertos países exportan capital y podemos decir que si la mano de obra es escasa en ellos, el efecto es la reducción de la demanda de fuerza de trabajo en dichos países, y evitar así que los salarios se eleven tanto como lo harían de otro modo.

13. Supongamos ahora que los dos países no compiten, sino que comercian entre sí. Existen dos variantes de este caso. Una corresponde al caso de dos países que producen solamente un artículo, aunque diferente en cada uno de ellos. En este caso los niveles de salario no están determinados conforme a una relación mutua. En la segunda variante, cada país produce dos o más bienes, uno de los cuales es común a ambos, siendo éste el producido en el sector de subsistencia.

Supongamos que, en el primer caso, el país A produce trigo y el país B produce cacahuates. Los precios relativos están lisa y llanamente determinados por la oferta y la demanda. Supongamos que en A se desarrolla un sector capitalista que aplica técnicas nuevas a la producción de trigo. En un principio puede disponer de mano de obra ilimitada, a un salario promedio expresado en trigo que se relacione con la producción promedio de trigo para subsistencia. Con el andar del tiempo, sin embargo, el excedente desaparece y los salarios expresados en trigo comienzan a subir. Si las técnicas capitalistas que fueron fecundas en la producción de trigo son igualmente aplicables a los cacahuates, será rentable exportar capital a B, donde la disponibilidad de mano de obra es ilimitada a un nivel que guarda relación con la producción promedio de cacahuates para subsistencia. Como en el caso anteriormente examinado, los salarios en A se mantendrán deprimidos por la rentabilidad consiguiente a invertir capital en B. Sin embargo, un nuevo elemento entra en consideración a causa de los efectos de la inversión en los términos de intercambio. Si se invierte capital en A y se aumenta la producción de trigo, el precio del cacahuate comenzará a subir en relación. En consecuencia, los obreros capitalistas en A e igualmente sus obreros del sector de subsistencia empeorarán sus condiciones en términos de cacahuates, aun cuando perciben el mismo salario real en trigo. Los obreros en B resultarán más favorecidos en términos de trigo, aunque ganarán lo mismo en términos de cacahuates. Cuando el capital se invierte en B, ocurre lo contrario. Los términos de intercambio se mueven en contra de los obreros de B y en favor de los obreros de A.

La moraleja es que la exportación de capital puede beneficiar a los obreros por saldo, si se aplica a incrementar la oferta de artículos que importan. Por ejemplo, en la Inglaterra de 1850, la inversión exclusiva en el país dentro de la industria algodonera, aunque tendió a elevar los salarios, contribuyó acaso más todavía a empeorar los términos de intercambio, en perjuicio de la industria del algodón.

Si pasamos al segundo caso, el resultado es el mismo, salvo que los términos de intercambio se hallan ahora determinados. Supongamos que ambos países producen artículos alimenticios, pero no realizan transacciones con ellos. El país A produce además acero, y el país B produce también hule. Si B puede liberar ofertas ilimitadas de mano de obra de la producción de artículos alimenticios en régimen de subsistencia, los salarios en B igualarán productos promedios (no marginales) en alimentos (prescindiendo de la diferencia entre salarios de subsistencia y salarios capitalistas). Además, en A el salario no puede caer por debajo de la productividad en la industria de artículos alimenticios. Podemos simplificar suponiendo, en el primer caso, que la mano de obra es el único factor de producción, y que el trabajo de un día produce en A tres artículos alimenticios o tres de acero; en B un artículo alimenticio o uno de hule.

La remuneración en A será tres veces mayor que la de B (por la diferencia en la productividad de alimentos). El tipo de intercambio será 1 alimento = 1 acero = 1 hule. Supongamos ahora que la productividad aumenta solamente en la industria hulera de B, de tal modo que el trabajo de un día produce ahora tres artículos de hule. Esto es excelente para los obreros en A, puesto que un artículo de acero comprará ahora tres artículos de hule. En cambio no le reportará ventaja alguna a los obreros en B (salvo cuando compren hule), puesto que su salario continuará siendo de un artículo de alimento. Si, por otra parte, la economía de subsistencia se hiciese más productiva, los salarios se elevarían correlativamente. Supongamos que el trabajo de un día en B produce ahora tres alimentos o un artículo de hule: en tal caso, los salarios serían tan elevados en B como en A, y el precio del hule se expresaría ahora así: 1 hule = 3 acero. Los obreros en A se benefician si la productividad en B aumenta en lo que compran, y se perjudican si la productividad en B se incrementa en el sector de subsistencia de B. Los obreros en B sólo resultan beneficiados cuando su productividad aumenta en su sector de subsistencia; todos los demás incrementos en productividad se pierden en los términos de intercambio.

Aquí hallamos la clave respecto a la pregunta de por qué los productos tropicales son tan baratos. Tomemos como ejemplo el caso del azúcar. Se trata de una industria cuya productividad es extremadamente elevada, según cualquier módulo biológico. Es ésta una industria cuyo rendimiento por acre casi se ha triplicado en el curso de los últimos 75 años, una tasa de crecimiento de la productividad que no tiene paralelo en ninguna otra gran industria del mundo, y desde luego no en la del trigo. No obstante, los obreros en la industria azucarera continúan caminando descalzos y viviendo en tugurios, mientras que los obreros en la industria del trigo disfrutan los patrones de vida más elevados del mundo. La razón es que los salarios en la industria azucarera guardan relación con que los sectores de subsistencia en las economías tropicales permiten liberar a tantos obreros de la industria azucarera como se deseen a salarios que se mantienen bajos, porque la producción tropical de alimentos es baja. Por abundantemente productiva que pueda llegar a ser la industria del azúcar, las utilidades benefician principalmente a los compradores industriales en forma de bajos precios para ese producto primo. (Los capitalistas que invierten en azúcar no lo hacen en la argumentación, porque sus rendimientos no están determinados por la productividad en el azúcar misma, sino por la tasa general de utilidad sobre el capital; he aquí por qué al dejar nosotros el capital fuera de este análisis y del subsiguiente, en cuanto a los efectos del cambio de productividad sobre los salarios y los términos de intercambio, simplificamos el análisis sin afectar notablemente sus resultados.) Para elevar el precio del azúcar resulta necesario incrementar la productividad de las economías tropicales de artículos alimenticios en el sector de subsistencia. Ahora bien, la contribución de la zona templada del mundo al universo tropical, ya sea en capital o en conocimientos, ha quedado confinada en lo fundamental a los productos agrícolas comerciales para la exportación, cuyo beneficio aventaja principalmente a las zonas templadas, en virtud de los precios más bajos. Los precios de los productos comerciales del trópico sólo permitirán salarios de subsistencia hasta que en el proceso del cambio el capital y el conocimiento se pongan a disposición de los productores de subsistencia para incrementar la productividad de la producción de bienes alimenticios tropicales para el consumo doméstico.

El análisis se aplica a todos los productos comerciales tropicales de los cuales puede producirse una oferta ilimitada porque existen recursos naturales ilimitados en relación con la demanda -es decir, tierra de adecuada calidad-. No se aplica cuando los recursos naturales de una determina da especie son escasos. Por ejemplo, las tierras adecuadas para cultivar azúcar o cacahua te son muy extensas. Pero los países ricos en minerales o aquellos otros que son aptos para cultivar cacao son relativamente escasos. De aquí que el precio de un mineral o del cacao pueda elevarse hasta alcanzar cualquier nivel coherente con la demanda. Si las tierras son propiedad de los capitalistas que emplean obreros, la circunstancia no trasciende a sus salarios, pero si tales tierras son propiedad de campesinos, éstos pueden efectivamente hacerse ricos. En general los campesinos han sacado bien poco de sus tierras con yacimientos minerales, especialmente cuando éstas han sido expropiadas por gobiernos imperialistas (o declaradas propiedad de la Corona) y vendidas a los capitalistas extranjeros por una bicoca. El cacao es el único caso (y aun así dudoso) donde parece que una escasez mundial de tierras adecuadas puede procurar ahora, y permanentemente, a los campesinos utilidades más altas de las que podrían obtener de la producción de artículos alimenticios en el sector de subsistencia.

Esto no significa que los países tropicales no ganen nada al contar con capital extranjero invertido en la producción comercial para la exportación. Ganan una fuente adicional de empleo y los impuestos. La acumulación de capital fijo en su ámbito acerca, además, el día en que la demanda de mano de obra se equilibre con la oferta (incluso aunque esto no eleve los salarios en cualquier país tropical hasta que empiecen a subir en todos, puesto que de otro modo el capital simplemente se transferiría a los países donde todavía existe un excedente). Lo que no ganan es un alza en los salarios reales; el beneficio entero del incremento de la productividad en el sector comercial favorece al consumidor extranjero, por lo menos en las primeras etapas. En las ulteriores pueden ganar también si los campesinos imitan las técnicas capitalistas de tal modo que se eleve la productividad en el sector de subsistencia; o bien, el continuo incremento en la producción de artículos primarios comerciales modifica los términos de intercambio en favor de la producción de artículos de subsistencia; cualquiera de estos cambios reacciona sobre los salarios reales (véase la subsección 8), pero sólo lo harán de un modo efectivo cuando los cambios se hayan extendido por todo el ámbito del mundo tropical.

14. En el próximo caso suponemos que los dos países pueden producir las mismas cosas y comerciar entre sí. A es el país donde escasea la mano de obra, B el país donde se dispone de mano de obra ilimitada en el sector de subsistencia (productor de alimentos). Mediante el esquema clásico para la ley de los costos comparativos, podemos decir que un día de trabajo produce en A tres alimentos o tres manufacturas de algodón; en B, dos alimentos o una manufactura de algodón.

Esta expresión nos procura en efecto una respuesta falsa a la pregunta “quién debe especializarse en qué cosa”, puesto que los datos se refieren a productos promedio en lugar de marginales. Podemos suponer que éstos coinciden en A y también en la manufactura de algodón en B. Tenemos que escribir, por consiguiente, en términos marginales: se produce en A tres alimentos o tres manufacturas de algodón; en B, cero alimentos o una manufactura de algodón.

B debería especializarse en manufactura de algodón e importar alimentos. En la práctica, sin embargo, los salarios serán de dos alimentos en B y entre tres y seis alimentos en A, a cuyos niveles será “más barato” para B exportar alimentos e importar algodón.

Esta divergencia entre lo que es y lo que debería ser constituye una diferencia más seria que la existencia de un excedente de mano de obra representa para la teoría neoclásica del comercio internacional. Ha confundido a muchos economistas, quienes erróneamente han aconsejado a los países subdesarrollados sobre la base de los costos monetarios corrientes, en lugar de levantar el velo y ver lo que hay debajo de él. También ha sorprendido a varios países, que han permitido (o se han visto forzados a permitir) que sus industrias sean destruidas por las importaciones extranjeras baratas, con el único efecto de incrementar la magnitud del excedente de mano de obra, cuando el ingreso nacional pudo haberse aumentado si, en lugar de ello, las industrias domésticas hubieran sido protegidas contra las importaciones. La falla no es de la ley de los costos comparativos, que continúa siendo válida si se expresa en términos marginales reales, sino de quienes han olvidado que los costos monetarios nos desorientan por completo en aquellos países donde existe excedente de mano de obra a los salarios vigentes.

En efecto, si la mano de obra es un bien libre, pero las dos industrias utilizan algún recurso escaso -como la tierra o el capital-, la comparación tiene que hacerse no ya en términos del costo de la fuerza de trabajo, sino del recurso escaso. Así, incluso aunque la mano de obra no esté ocupada, puede ser más económico utilizar capital para incrementar la producción de alimentos que usarlo en la creación de nuevas industrias manufactureras. Adam Smith se produjo en este caso en la forma acostumbrada; lo sustancial de su argumentación consistía en que una tarifa puede no elevar el ingreso nacional, incluso aunque crezca la ocupación, puesto que simplemente puede trasladar el capital de usos productivos a otros que lo son menos. (El modelo keynesiano no nos sirve, puesto que supone capital ilimitado y al mismo tiempo desempleo.) Sin embargo, pueden darse casos en que resulta más económico utilizar capital para crear nuevas industrias, con preferencia a mejorar las ya existentes, y en que ello no constituye, sin embargo, la resolución más provechosa en el sentido financiero, porque la mano de obra tiene que recibir un salario cuando su productividad marginal es realmente cero. Además, muchas actividades financieras no usan realmente otro recurso escaso sino la mano de obra. El artesanado y las pequeñas industrias en las granjas, especialmente -que pueden procurar empleo hasta para 10% de las personas en países subdesarrollados-, no utilizan recursos de capital dignos de mención. Sin embargo, son éstas las primeras industrias que quedan aniquiladas por las importaciones de manufacturas baratas (tal fue, por ejemplo, la catástrofe que afectó a la industria algodonera de la India en la primera mitad del siglo XIX).

La ley de los costos comparativos, correctamente aplicada, nos permite predicar el patrón del comercio internacional. Cabe afirmar que aquellos países que tienen recursos agrícolas inadecuados en relación con sus poblaciones (por ejemplo, la India, Japón, Egipto, Gran Bretaña, Jamaica) deben vivir importando productos agrícolas y exportando manufacturas; manufacturas de metal, si disponen de carbón y mineral de hierro (la India, Gran Bretaña), y manufacturas ligeras si no disponen de ellos (Japón, Egipto, Jamaica). Correlativamente, los países que son ricos en tierras laborables (los Estados Unidos, Argentina) deberían ser exportadores netos de productos agrícolas en términos de intercambio relativamente favorables. En la práctica, este patrón queda distorsionado por la divergencia entre costos monetarios y costos reales. Pero si la población mundial continúa creciendo a su tasa corriente, tal patrón debería imponerse a su debido tiempo, a menos que se produzcan desarrollos revolucionarios en la ciencia agrícola.

Continuemos, sin embargo, en el examen de este caso, suponiendo que no sobreviene ninguna distorsión. Como en el caso anterior, A es un país desarrollado, mientras que B tiene mano de obra excedente en la producción de alimentos. Supongamos que un día de trabajo produce en A cinco alimentos o cinco manufacturas de algodón; en B, un alimento o tres manufacturas de algodón (en promedio).

B debería especializarse en algodón y efectivamente lo hará. Los salarios y los precios están determinados. El salario en B será un alimento, y el precio del algodón será un algodón igual a un tercio de alimento; el salario en A será cinco alimentos, y A obtendrá todo el beneficio del cambio. Supongamos ahora que la producción se incrementa en la industria algodonera de B. El salario en B permanece inalterado y el beneficio entero favorece a A. Pero si la productividad aumenta en la industria alimenticia de B (al elevarse, por ejemplo, el promedio de uno a dos) se incrementará el salario en B (de un alimento a dos). El salario en A continuará siendo cinco alimentos, pero ahora el algodón se encarecerá (un algodón equivale a dos tercios de alimentos), en ventaja de B y en desventaja de A. (El salario en B está determinado, porque existe en dicho país mano de obra ilimitadamente disponible, al salario de subsistencia, y todo el beneficio del cambio va a parar a A, porque B está produciendo los dos artículos.)

15. Ya es hora de decir unas palabras acerca del efecto resultante de incrementar la productividad de subsistencia en países con mano de obra excedente. El análisis es el mismo que hicimos para la economía cerrada (subsección 8), salvo que ahora debemos pensar en el mundo como conjunto de la economía cerrada. También hay que considerar el sector comercial de estas economías como parte del sector capitalista mundial.

Así, si el sector capitalista mundial no depende de los campesinos para su alimentación, incluso para alimentar la mano de obra que trabaja en plantaciones y minas en los países con excedente, un aumento en la productividad de los campesinos elevará los salarios en desmedro de los capitalistas. Sin embargo, para lograr este efecto, la productividad debe elevarse en todos estos países; de otro modo, los capitalistas se limitarán a transferir sus capitales desde aquellos países cuya productividad en el sector de subsistencia se ha elevado hasta otras donde no se ha registrado ese aumento.

Si, por otra parte, suponemos que los capitalistas necesitan los alimentos que producen los campesinos y que la demanda de alimentos es inelástica, entonces la productividad incrementada reduce todavía más el precio de los artículos alimenticios y disminuye, por consiguiente, la participación de los obreros capitalistas en el producto capitalista. A su vez, esto significa y presupone que los cambios son de magnitud mundial; si un país eleva su productividad, el precio de los alimentos no descenderá; los salarios se elevarán en dicho país, y los capitalistas se desplazarán a otros países. Sin embargo, si el precio de los productos alimenticios baja, los campesinos consumirán mayor proporción de su producto y mejorarán su situación. Por ejemplo, supongamos que un campesino produce 100 alimentos, consume 80 y vende 20 a cambio de 20 manufacturas. Supongamos ahora que esta productividad se eleva a 200, lo que reduce el precio del alimento a más de la mitad, por ejemplo, a 0.4. El campesino puede lograr ahora 30 manufacturas que cuestan 75 alimentos, y todavía consume 125 alimentos en lugar de 80. El nivel de vida en los países con excedente queda así elevado hasta el de los países desarrollados, pero los términos de intercambio se mueven en desmedro tanto de los productos alimenticios como de los industriales en los países con excedentes (se moverían en favor de los productos comerciales si la elasticidad de la demanda para alimentos fuese de uno o más).

En la práctica, la producción de alimentos en países tropicales con excedentes de mano de obra es tan sólo una pequeña parte de la producción alimenticia mundial (Asia y África producen, conjuntamente, menos de 20% de los productos alimenticios mundiales). En consecuencia, los incrementos en la productividad de alimentos en los trópicos no podrían reducir pari passu el precio de los alimentos. Los salarios reales se elevarían, por consiguiente, y los términos de intercambio se moverían en favor de los productos comerciales del trópico. Ello causaría un deterioro en la fuerza de trabajo de los países industriales, en la medida en que comprasen dichos productos, y la beneficiarían en la medida en que los países tropicales estuviesen compitiendo en la producción industrial.

16. Esto nos lleva finalmente al caso en que los dos países -A y B- produzcan bienes competitivos para vender en terceros mercados. No nos detendremos demasiado en este caso. Si el capital se exporta conforme a métodos que eleven la productividad de subsistencia en el país importador de capital, se beneficiarán los obreros en el país que exporta capital, puesto que los salarios de sus rivales habrán aumentado. Si, por el contrario, se exporta para incrementar la productividad en el sector exportador del país que importa capital, los obreros en el país exportador de capital resultarán doblemente afectados, primero por la reducción registrada en la acumulación de capital, en su país propio, y luego por la baja de precios de sus rivales.

17. Podemos concluir de la siguiente forma. La exportación de capital tiende a reducir los salarios en los países exportadores de capital. Este efecto queda contrarrestado, en todo o en parte, si el capital se aplica a abaratar las cosas que los obreros importan o a elevar los costos de salarios en países que compiten en terceros mercados (al elevar la productividad en sus sectores de subsistencia). Sin embargo, la reducción de salarios se agrava si se invierte el capital conforme a métodos que elevan el costo de las importaciones (al incrementar la productividad en sectores de subsistencia) o que aumentan la productividad de las exportaciones competitivas. Hemos visto también que los países importadores de capital con mano de obra excedente no ganan un incremento en salarios reales por tener invertido capital extranjero, a menos que este capital se traduzca en un incremento de productividad en los artículos que producen para su propio consumo.

III. Sumario

18. Podemos resumir este artículo de la siguiente forma:

  1. 1. En diversas economías se dispone de una oferta ilimitada de mano de obra con salarios de subsistencia. Éste fue el modelo clásico. El modelo neoclásico (incluso el keynesiano), cuando se aplica a dichas economías, conduce a resultados erróneos.
  2. 2. Las fuentes principales de donde proceden los obreros, a medida que progresa el desarrollo económico, son la agricultura de subsistencia, el trabajo eventual, el comercio al menudeo, el servicio doméstico, las esposas y los hijos en el hogar, así como el incremento de la población. En muchos de estos sectores, aunque no en todos, si el país está superpoblado en relación con sus recursos naturales, la productividad marginal del trabajo es insignificante, cero, o incluso negativa.
  3. 3. El salario de subsistencia al cual se dispone de mano de obra adicional puede ser determinado mediante una consideración convencional del mínimo requerido para la subsistencia, o puede equipararse al producto promedio por trabajador en la agricultura de subsistencia más un margen.
  4. 4. En una economía de esa naturaleza la ocupación se expande en un sector capitalista a medida que va acaeciendo la formación de capital.
  5. 5. La formación de capital y el progreso técnico no se traducen en elevación de salarios, sino en incremento de la participación de utilidades en el progreso nacional.
  6. 6. La razón en virtud de la cual son bajos los ahorros en una economía subdesarrollada, respecto al ingreso nacional, no es que la gente sea pobre, sino que las utilidades capitalistas son bajas en relación con el ingreso nacional. A medida que se expande el sector capitalista, crecen relativamente las utilidades y se reinvierte una proporción ascendente del ingreso nacional.
  7. 7. El capital se forma no solamente sobre la base de utilidades sino, también, mediante la creación de crédito. El costo real del capital creado mediante inflación es cero en este modelo, y ese capital es precisamente tan útil como el creado en forma más respetable (es decir, sobre la base de utilidades).
  8. 8. La inflación con el propósito de acopiar recursos para la guerra puede ser cumulativa; a su vez, la inflación con el objeto de crear capital productivo es autodestructiva, suicida. Los precios suben mientras se crea capital y bajan luego a medida que la producción llega al mercado.
  9. 9. El sector capitalista no puede expandirse indefinidamente por esos procedimientos, puesto que la acumulación de capital puede avanzar con mayor rapidez que el crecimiento de la población. Cuando el excedente se agota, los salarios empiezan a subir por encima del nivel de subsistencia.
  10. 10. El país se encuentra todavía, sin embargo, rodeado por otros países que tienen mano de obra redundante. De acuerdo con ello, tan pronto como sus salarios empiezan a aumentar, la inmigración en masa y la exportación de capital vienen a atajar el alza.
  11. 11. La inmigración en masa y la mano de obra no calificada pueden aumentar incluso la producción per cápita, pero su efecto sería el de mantener en todos los países los salarios cerca del nivel de subsistencia de los países más pobres.
  12. 12. La exportación de capital reduce en el país respectivo la formación de capital y mantiene bajos los salarios. Esa tendencia se contrarresta si la exportación de capital abarata los artículos que importan los obreros o eleva los costos por salarios en los países competidores. Por el contrario, se agrava si la exportación de capital eleva el costo de las importaciones o reduce los costos por salarios en los países competidores.
  13. 13. La importación de capital extranjero no eleva los salarios reales en países con excedentes de mano de obra, a menos que el capital genere un incremento de la productividad en los artículos que producen para su propio consumo.
  14. 14. La principal razón por la cual el producto tropical comercial es tan barato, en términos del nivel de vida que procura, es la ineficiencia de la producción tropical de artículos alimenticios “per cápita”. Prácticamente todo el beneficio resultante de incrementar la eficiencia en las industrias de exportación va a parar al consumidor extranjero; por el contrario, si se elevase la eficiencia en la producción de alimentos de subsistencia, automáticamente se encarecería el producto comercial.
  15. 15. La ley de los costos comparativos es justamente tan válida en los países con excedente de mano de obra como en los demás. Ahora bien, mientras en estos últimos constituye un fundamento válido para los argumentos librecambistas, en aquéllos representa un argumento igualmente válido para los argumentos del proteccionismo.

Notes

*Artículo publicado originalmente como W. Arthur Lewis (1954). Economic development with unlimited supplies of labour. The Manchester School, 22(2), 139-191. Versión al castellano de Manuel Sánchez Sarto, publicada en 1960, El Trimestre Económico, 27(108), 629-675. [Resumen del editor.]
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