Notas y Comentarios Bibliográficos
La segunda fundación del Fondo de Cultura Económica*
No son pocas las ciudades -ni las instituciones- que cuentan con dos fundaciones, tanto por haber resultado fallido el primer intento como por contar con una fundación mítica. Por ejemplo, a Jorge Luis Borges le gustaba decir que Buenos Aires había tenido dos fundaciones: una real, fáctica, y la otra mítica, ambas válidas para él, por supuesto. En el caso de la Ciudad de México, solemos asociar las dos, o más bien a la mítica la consideramos escrupulosamente real, fáctica, histórica, aunque carezca de toda prueba arqueológica.
El Fondo de Cultura Económica tuvo, según mi interpretación personal de su historia, dos fundaciones. No es que hubiera fracasado la primera, pero es evidente que tuvo un cambio radical de naturaleza, estructura y objetivos al cumplirse cinco años de su primera fundación, aunque lo correcto es decir que fue refundado, o, más elegantemente, que tuvo una segunda fundación. Paradójicamente, la primera cuenta con una fecha precisa: los primeros días de septiembre de 1934. La segunda fundación, en cambio, fue un proceso que abarcó varios años.2
Curiosamente, no tuvo dos fundadores, pues en ambos casos el protagonista fue el mismo: Daniel Cosío Villegas, un hombre de muchas vocaciones, todas cumplidas a cabalidad. Nacido en el paso del siglo XIX al XX, fue abogado, economista, historiador y politólogo, por lo que puede decirse que fue el primer -y el mejor- científico social de México en el sentido amplio del término. Además, fue un gran creador de instituciones educativas y un inmejorable empresario cultural, en particular en el campo editorial. Como tantos jóvenes de su generación, estudió derecho a falta de otras opciones profesionales. Después hizo estudios de economía en los Estados Unidos y Europa.3 Impactado por la crisis económica de 1929, fue pieza clave en la creación de la “carrera” de economía en el país ese mismo año, primero como una sección de la Escuela de Derecho, dirigida por Narciso Bassols, y poco después como institución independiente (Vega Contreras, 2015).
Muy pronto se dio cuenta de que en México se carecía de los libros especializados con los que los profesores debían enseñar y los alumnos estudiar dicha materia. Por lo mismo, en 1932 aprovechó que fue invitado por el nuevo gobierno republicano español a impartir unas conferencias sobre economía agrícola y la reforma agraria en México, a fin de plantear a las principales casas editoriales españolas -Aguilar y Espasa, entre otras- la pertinencia de fundar una editorial, o al menos una colección de temas económicos. Para su sorpresa, su propuesta no suscitó mayor interés. Peor aún, incluso sufrió algunos “desaires”, para colmo con tintes nacionalistas.
A pesar del rechazo, Cosío Villegas estaba convencido de la urgencia de contar en idioma español con la bibliografía básica de la ciencia económica, escrita sobre todo en inglés. Así, en 1934 fundó el Fondo de Cultura Económica, editorial que se concentraría en publicar la revista El Trimestre Económico y en traducir algunos libros de economía, sin fines de lucro.4 Los tiempos en el país eran complejos con el inicio del sexenio cardenista, por lo que los comienzos de la editorial fueron difíciles. Para colmo, a mediados de 1936 Cosío Villegas aceptó un mediano puesto diplomático en Portugal -“encargado de negocios”-. Paradójicamente, su breve estancia en Lisboa sería el parteaguas de su vida, pues cuando llegaba, al mismo tiempo estalló la Guerra Civil en España.
Debido a que muy pronto desarrolló una buena amistad con el embajador español en Portugal, el notable historiador medievalista Claudio Sánchez Abornoz, los temas de la guerra y de las vicisitudes de los intelectuales españoles fueron los que dominaron sus conversaciones (Enríquez Perea, 1938).5 Cosío Villegas, siempre atento a los problemas internacionales, estaba plenamente enterado de la obligada huida de numerosos intelectuales alemanes de origen judío, quienes estaban siendo acogidos por las mejores universidades inglesas y estadunidenses. Con tal ejemplo, Cosío percibió la conveniencia de que México diera cobijo temporal a algunos científicos, académicos y artistas españoles. Su propuesta fue aceptada por el gobierno de Lázaro Cárdenas, y dos años después, en 1938, se fundó La Casa de España en México, para que se encargara de coordinar las actividades de los académicos españoles que aceptaran trasladarse a México.
Comprensiblemente, el gobierno de Cárdenas pidió a Cosío Villegas que fuera el organizador de La Casa, y lo nombró su secretario (Lida, 1988). Por otra parte, al regresar a México, Cosío Villegas pudo retomar la dirección de su abandonado Fondo de Cultura Económica, el que pronto habría de transformarse radicalmente, al grado de que gracias a la integración del Fondo con La Casa de España puede hablarse de su segunda fundación. Sucedió que, con la derrota del gobierno republicano y el triunfo franquista, se multiplicó el número de refugiados españoles; así, La Casa llegó a contar con un número inmanejable -y creciente- de ellos. Recuérdese que había sido creada para durar unos dos años, pues se tenía un diagnóstico totalmente optimista del conflicto bélico en España. Puesto que no sería una institución permanente, no necesitaría instalaciones ni tendría programas de estudio propios. En rigor, sería una oficina coordinadora con un solo objetivo: enviar a sus miembros a que impartieran cursos, cursillos y conferencias en las principales universidades y centros culturales del país (Enríquez Perea, 2014).
Cosío Villegas, hombre pragmático y de personalidad austera, facilitó a La Casa un par de cuartos del Fondo de Cultura Económica, cuyo local estaba muy cerca del Zócalo. En rigor, el entonces pequeñísimo Fondo utilizaba unas oficinas del Banco Nacional Hipotecario Urbano y de Obras Públicas, situadas en la calle de Madero. Cuando se mudó a la Colonia Juárez, se llevó consigo El Colegio de México, sucedáneo de La Casa de España. Con su proverbial desenfado, Alfonso Reyes, nombrado por Cárdenas como presidente de La Casa a principios de 1939, cuando se jubiló del servicio diplomático, le dijo a su amigo y mentor Pedro Henríquez Ureña -radicado en Argentina- que eran “instituciones gemelas que despachamos en oficinas contiguas y pasamos el día trabajando juntos”.6
Que el Fondo y La Casa -luego El Colegio de México- compartieran dicho espacio fue la circunstancia más provechosa para la historia y el futuro del sector editorial de habla hispana, pues Cosío Villegas inmediatamente se dio cuenta de que los refugiados españoles que laboraban en La Casa se dedicaban a casi todas las ciencias sociales y las humanidades. En efecto, los había economistas, historiadores, juristas, politólogos y filósofos. Además, todos eran cuando menos bilingües: desde principios del siglo XX, y para contrarrestar la “crisis del 98”, en España se había promovido un proyecto “regeneracionista” que buscaba “europeizar” al país. Muchos jóvenes fueron “pensionados” por la Junta de Ampliación de Estudios para hacer estudios de posgrado o de especialización en diferentes universidades europeas. Al regresar a España, empezaron su carrera académica, que incluía traducir los libros con los que habían estudiado.7 Se dio entonces un gran impulso a la traducción de libros académicos en editoriales como Revista de Occidente, Espasa-Calpe, Labor y Aguilar.8 Para desgracia de España, y para beneficio de México, este proyecto se canceló con el triunfo del franquismo.
Muchos de aquellos jóvenes “expensionistas” fueron los que recalaron en México y se integraron a La Casa, y luego a El Colegio de México. Cosío Villegas inmediatamente procedió a reestructurar el Fondo, a refundarlo, con lo que dejó de ser una editorial exclusivamente de economía, aunque éste seguiría siendo el tema principal. Con sus nuevos colaboradores, reorganizó el Fondo en colecciones disciplinarias: a la ya existente de Economía se le agregaron las de Política y Derecho, Sociología, Historia y Filosofía. Cada una de ellas sería organizada por un español refugiado, y entre todos harían las traducciones de los libros seleccionados. La de Economía quedó a cargo de Javier Márquez; la de Política y Derecho sería dirigida por Manuel Pedroso y Vicente Herrero; la de Sociología por José Medina Echavarría; la de Historia por Wenceslao Roces y Ramón Iglesia, y la de Filosofía por José Gaos y Eugenio Imaz. Para éstos, era la posibilidad de continuar con las labores de traducción que habían iniciado en España, pero también de mejorar sus ingresos sin tener que desplazarse por una ciudad que apenas estaban descubriendo; tampoco tendrían dos patrones, sólo uno, el mismo, el “visionario” Daniel Cosío Villegas. La simbiosis era tal que algunos colaboradores del Fondo luego recordarían, como Eugenio Imaz, que les pagaban su salario, indistintamente, en el Fondo o en El Colegio.
Aunque la transformación del Fondo es fácilmente medible en términos cuantitativos y temáticos, sus consecuencias son invaluables. En síntesis, entre 1934 y 1938, antes de la llegada y la integración de los refugiados españoles, se habían publicado 20 números de la revista El Trimestre Económico y tan sólo 10 libros, todos de economía, con un promedio de dos por año. A partir de 1939 el cambio fue radical. Si se limita la estadística hasta 1945, en esos seis años aparecieron 62 libros de Economía, 47 de Política y Derecho, 35 de Sociología, 26 de Historia y 11 de Filosofía, o sea, más de 180 en total.9 El primer libro de la nueva época no era de tema económico; fue una biografía de Pierre-Joseph Proudhon escrita por el sociólogo francés Armand Cuvillier y traducida por María Luisa Díez Canedo. No es un asunto meramente lingüístico, pero la editorial pudo empezar a llamarse Fondo de Cultura “Ecuménica”.
Aunque con ligeras variantes, todas las colecciones -o secciones- tendrían la misma estructura y los mismos componentes -o series-. Se publicarían los “clásicos”, para dar profundidad a cada disciplina mediante el estudio de sus raíces y fundamentos; también se publicarían las grandes aportaciones recientes de cada disciplina, a fin de conocer el proceso de cientifización del siglo XX, así como algunos textos coyunturales, para comprender desde diferentes ángulos los problemas del día; por último, se publicarían algunos manuales y libros introductorios, para coadyuvar en la docencia universitaria, a la que también se dedicaban los traductores españoles, con lo que se conservaría el propósito original de la editorial.
Sin el deseo de convertir este texto en un simple listado bibliográfico, la gran aportación del Fondo sólo puede apreciarse al describir lo que fueron esas colecciones, con sus diferentes contenidos. Comencemos por la de Economía. Si bien era la única materia preexistente, la sección de Economía se profesionalizó con la llegada del madrileño Javier Márquez, quien había estado pensionado en París y en la London School of Economics, lo que facilitó que se publicaran algunos libros de sus principales profesores londinenses. Una prueba entre dramática y humorística de la falta anterior de profesionales de la economía en el país fue que los primeros libros, previos a la llegada de los españoles, habían sido traducidos por Salvador Novo y Antonio Castro Leal.
El mayor rigor de la colección no se reflejó solamente en los traductores. Más relevante fue publicar a los grandes economistas de la historia, “en versiones escrupulosas con el indispensable aparato crítico para situar las obras en el tiempo y el espacio y para apuntar su exacta importancia y significación en la evolución de la disciplina” (Calvo, 1955: 6-7). Algunos de los “clásicos” publicados serían Adam Smith, David Ricardo, Thomas Malthus,10 y obviamente, Karl Marx, prueba palpable de su eclecticismo teórico y de su pluralidad ideológica; en cuanto al principal autor reciente, se publicó a Keynes en 1943, apenas siete años después de la edición original inglesa; la traducción fue hecha, por cierto, por el mexicano Eduardo Hornedo, el primer egresado de la Escuela Nacional de Economía, lo que evidenciaba la vinculación entre el Fondo y la docencia universitaria. Por lo que se refiere a los economistas importantes de esos tiempos, fueron varios los publicados: Maurice Dobb, John Hicks, Joan Robinson, Joseph Schumpeter y John Strachey, entre varios más. Respecto a los manuales y libros introductorios, el Curso superior de economía de F. C. Benham -cuidada su edición por el propio Cosío Villegas- fue por muchos años el libro más vendido de la colección. En síntesis, su aportación a la ciencia económica -su “motivo originario” y su “apellido patronímico”- fue de tal magnitud que a partir de entonces México fue el país hispanoamericano más “adelantado” en el tema.11
En términos cronológicos, la segunda sección fue la de Política y Derecho. Algunos de los autores “clásicos” traducidos fueron el estatista Hobbes,12 el liberal Locke y el conservador Edmund Burke, así se confirma su pluralidad teórica e ideológica; entre las grandes aportaciones del siglo xx sin duda destacaban las obras de Herman Heller y G. D. H. Cole, el primero, austriaco de nacimiento, pero radicado pronto en Alemania; fue miembro del Partido Social Demócrata, y en 1933, con la llegada del nazismo, se refugió en España, donde murió poco después. El segundo era profesor en Oxford, activista fabiano y en sus ratos libres -seguramente pocos- autor de novelas policiacas. Por su parte, fueron varios los libros coyunturales dedicados al fascismo y a la segunda Guerra Mundial, como el Behemoth de Franz Neumann; por último, pocos manuales tan útiles y longevos como la Historia de la teoría política, de George Sabine, profesor en la universidad estadunidense de Cornell, traducida por Vicente Herrero (Lira, 2014), uno de los dos coordinadores de la colección. El otro, recuérdese siempre, era don Manuel Pedroso, también más traductor que autor,13 y profesor legendario para todos los que fueron sus alumnos, ya se tratara de futuros abogados políticos o de escritores como Carlos Fuentes y Sergio Pitol.
Sin duda, una de las grandes novedades temáticas traída por los españoles fue la sociología, entre cuyos “clásicos” se publicó a Comte y a Max Weber, vertido, por cierto, primero al español que a otros idiomas occidentales.14 Entre los grandes sociólogos del siglo XX figuraron el alemán Karl Mannheim y el estadunidense Thorstein Veblen; de los libros coyunturales destacan la Anatomía de la revolución, de Crane Brinton, y Raza, de Ruth Benedict; por último, entre los manuales sobresalían la enorme Historia del pensamiento social, de Harry Elmer Barnes, así como un par de libros del propio coordinador de la colección, don José Medina Echavarría. Una curiosidad: en 1944 apareció en esta colección la popularísima obra La rama dorada, de James Frazer, el mayor antropólogo de la primera mitad del siglo XX, y que bien pudo ser el primer libro de una colección de antropología.
En Historia la organización fue la misma: “clásicos”, como Von Ranke, Burckhardt y Mommsen, único historiador que por su capacidad narrativa recibió el premio Nobel; grandes autores del siglo XX, como John Bury, Benedetto Croce, Johan Huizinga y Henri Pirenne, y contemporáneos como Carl Becker; entre los manuales de introducción a la historiografía se publicaron los de James Shotwell y George P. Gooch.
Sin duda, la colección de Filosofía tuvo características singulares: si bien se publicaron clásicos como Spinoza y Hegel, la opción fue incluir también a los grandes autores de las principales corrientes filosóficas de aquellos días, como Martín Heidegger y Edmund Husserl para el existencialismo y la fenomenología, pero también al neokantista Ernst Cassirer, a Collingwood, al pragmatista John Dewey, a Nicolai Hartmann y al neohumanista Werner Jaeger, muchos de éstos traducidos por los propios coordinadores, José Gaos y Eugenio Imaz (Valero Pie, 2015; Ascunce, 1991). Por lo que respecta a Marx, casi toda su obra se publicó en la colección de Economía. El primer libro publicado de filosofía fue la célebre Paideia, en 1942, del alemán trasladado a la Universidad de Harvard Werner Jaeger, traducida al principio por Joaquín Xirau,15 la que sigue -y seguirá- reimprimiéndose venturosamente.
Por impresionante que parezca, la lista anterior es sólo una parte de los muchos autores publicados durante los años en que Cosío Villegas dirigió el Fondo, hasta 1948. Más de 200, muchos de ellos, auténticos “clásicos” modernos y contemporáneos, y todos los demás, libros y pensadores relevantes. Alfonso Reyes se quejaba poco antes -en 1936- de que México no disfrutaba aún del “banquete de la civilización”. Habíamos tenido durante la época colonial una educación dominada por una Iglesia católica contrarreformista; nuestra Ilustración fue escasa y tardía; el siglo XIX se caracterizó por la confrontación ideológica, y fue hasta el siglo XX, con Justo Sierra y Vasconcelos, cuando se les dio prioridad a la educación y a la cultura. Sin embargo, el proceso revolucionario nos aisló por un par de décadas de las principales corrientes artísticas e intelectuales del mundo. Sin duda, el Fondo de Cultura Económica fue una de nuestras primeras ventanas al exterior.
Varias características distintivas tuvo el Fondo de Cosío Villegas. Para comenzar, era muy clara su preferencia por los pensadores modernos, ya que prácticamente no publicó clásicos grecolatinos, pues los varios “clasicistas” que había en México estaban vinculados con las instituciones católicas, y los que llegaron con el exilio, como Juan David García Bacca, José Manuel Gallegos Rocafull y Agustín Millares Carlo, desarrollaron su labor en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en la célebre colección Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana. Con Cosío tampoco se publicó a autores medievales, fueron pocos los renacentistas16 y sólo algunos ilustrados, como Vico y Voltaire, figuraron en su catálogo. Sin duda, la mayoría pertenecía al siglo XIX y a la primera mitad del XX.
De hecho, el Fondo de Cultura Económica puso a México, y a todo el mundo hispanoamericano, en contacto con los autores que definían la Modernidad: Marx, Max Weber y Martin Heidegger, por cierto, los tres alemanes, gran aportación para un continente que se había nutrido hasta entonces de pensadores franceses e ingleses. Cierto es que el Fondo apostó por un cuarto autor, Wilhelm Dilthey, al que atribuyó la misma importancia que a Marx, Weber o Heidegger. Probablemente el equivocado pronóstico procedía del gran aprecio que Ortega y Gasset, maestro de varios de los exiliados, tenía por él. El gran animador de este proyecto fue el entrañable vasco Eugenio Imaz, quien tradujo y organizó 10 gruesos tomos que en rigor serían casi sus obras completas. En cambio, no publicó a los otros pilares de la Modernidad: Darwin, Nietzsche y Freud. La explicación es sencilla: el pragmático Cosío Villegas sabía que ya habían sido, o estaba siendo, generosamente publicados en España o Argentina, lo que no era el caso de Marx, Weber ni Heidegger, los tres publicados en buena forma, por primera vez en español, en el Fondo de Cultura Económica.
Cuatro grandes méritos destaco de Cosío Villegas. Coadyuvar a que se estudiaran seriamente la economía, la política y la sociología era coadyuvar a superar los diagnósticos y las propuestas de solución a los problemas sociales del país que hacían nuestros políticos y funcionarios exrevolucionarios, quienes podrían tener gran sensibilidad social, pero adolecían de una terrible baja escolaridad. En este sentido, Cosío Villegas era un leal representante de la generación de 1915, la de “Los Siete Sabios” (Calderón Vega, 1961), convencidos de que la solución a los problemas nacionales debía ser técnica, con diagnósticos rigurosos y propuestas profesionales.
Asimismo, Gabriel Zaid (1985), gran estudioso de los esfuerzos y los logros editoriales de Cosío Villegas, subraya su impacto “público”, que debe considerarse como auténticamente democratizador. Gracias a su obra en el Fondo y en otros ámbitos educativos y culturales, aumentó el número de lectores profesionales en el país y se enriqueció la conversación pública con autores como Marx, Werner Sombart, G. D. H. Cole y muchos, muchos más. Sin duda, así crecieron la calidad y el rigor de la crítica entre los mexicanos. Tercero: en el Fondo de Cosío predominaron la pluralidad y el balance ideológico. Si bien fue la primera editorial en español que publicó profusa y correctamente a Karl Marx, también publicó a Adam Smith, a David Ricardo y a Heidegger. Esto es, no era una editorial de una sola escuela. Cuarto y último: gracias a la colección de Historia pudimos superar nuestra perspectiva chovinista, propia de las décadas del nacionalismo revolucionario.
También es digno de admiración que toda esta labor se haya hecho durante la segunda Guerra Mundial y los inicios de la Guerra Fría, años de comunicaciones muy deficientes, a lo que se deben agregar las paupérrimas condiciones bibliotecarias del país. En efecto, hubo casos de libros que se querían traducir pero de los que no había ejemplares en México, y casos de autores que pidieron que las regalías y derechos se les pagaran “en especie”. Tal fue el caso de Alfred Weber, hermano de Max y autor de una Historia de la cultura, aparecida en 1941, que tuvo una gran acogida durante varios años. Fue traducida por otro exiliado notable: don Luis Recasens Siches.
Daniel Cosío Villegas dejó la dirección del Fondo en 1948. Su sucesor fue Arnaldo Orfila, otro editor cabalmente encomiable. No hay duda de que su nombramiento trajo cambios muy positivos. Menciono tres: con Cosío Villegas el Fondo había sido una editorial de traducciones, sin autores locales, frase que debe matizarse con el caso de Jesús Silva Herzog y con la colección latinoamericana Tierra Firme, diseñada por Pedro Henríquez Ureña.17 Al margen de cualquier discusión, esto empezó a modificarse con Orfila. También se le cuestionó a Cosío que no hubiera publicado literatura de creación, por lo que a principios de la década de los cincuenta comenzó a publicarse la colección Letras Mexicanas. Lo cierto es que Cosío Villegas, coherente y rígido, había concebido al Fondo como una editorial vinculada con la docencia universitaria en ciencias sociales y humanidades.
Sin embargo, debido a que varios de los españoles que colaboraban con él como traductores, tipógrafos o editores, eran escritores de creación, como Josep Carner, poeta y traductor de Vico; Enrique Díez Canedo, polígrafo y traductor de Benedetto Croce; Juan José Domenchina, poeta y último secretario de Manuel Azaña, y José Moreno Villa, poeta y crítico de arte, entre otros, Cosío permitió que hubiera una colección autofinanciada, la que se dice que se quedó con un nombre equivocado: Tezontle en lugar de Cenzontle. Tezontle es el nombre náhuatl de una piedra rojiza de origen volcánico, mientras que el Cenzontle es un ave que se distingue por sus numerosos y variados cantos, nombre muy apropiado para una colección mayoritariamente de poesía, aunque en ella también aparecieron los ensayos y notas de Eugenio Imaz.18 Por otra parte, es falsa la acusación de que a Cosío Villegas no le gustaba la literatura; incluso de joven había pretendido ser escritor. Recuérdese que en 1922 publicó su libro Miniaturas mexicanas. La explicación es sencilla: el Fondo había sido concebido como una editorial académica. Para ser precisos: la colección Tezontle la compartió con La Casa de España y El Colegio de México, pues algunos de sus miembros también eran escritores, como León Felipe, cuyas obras se canalizaban a esta colección.
Por último, con Orfila se hicieron dos colecciones emblemáticas del Fondo desde su aparición: los Breviarios y la Colección Popular. A diferencia de las series anteriores, ninguna de éstas tendría una definición temática. Las distinguirían su naturaleza multidisciplinaria, su carácter introductorio, su tamaño, su precio y su formato. Acaso pudiera decirse que los Breviarios eran más rigurosos, con muchos volúmenes científicos, con temas de astronomía, de física o de biología, etc. Por su parte, la Colección Popular incorporó más temas coyunturales, e incluso obras literarias de gran aceptación.
Cosío Villegas abandonó el Fondo para concentrarse en su desarrollo como historiador. En 1947 había publicado su influyente ensayo “La crisis de México”, y uno de sus más lúcidos críticos -José Revueltas- le señaló que su crítica carecía de perspectiva histórica. Fue entonces cuando decidió hacerse historiador. Empezó a preparar su voluminosa Historia moderna de México, de la que fue autor y coordinador. Al mismo tiempo fundó, en 1951, la revista Historia Mexicana, que hoy se sigue publicando puntualmente en los términos con los que la creó Cosío Villegas. Diez años después fundó la revista Foro Internacional, para politólogos e internacionalistas, la que también se sigue publicando como él la diseñó. Con estas dos revistas académicas, Cosío Villegas volvía a sus orígenes, cuando creó El Trimestre Económico. Seguía comprometido con fortalecer las instituciones académicas, convencido de que los problemas nacionales debían resolverse con una técnica muy rigurosa. Luego asumiría otra faceta como editor, al fungir como coordinador de un par de obras colectivas dedicadas a la historia del país, una pequeña y otra grande: la Historia mínima de México, que apareció en 1973, y la Historia general de México, de un par de años después, que son sin duda las obras más influyentes en la conformación de la conciencia histórica del país.
Acumulados todos estos abrumadores trabajos como editor, esfuerzo que se prolongó por más de 40 años, tiene que concluirse que la labor editorial de Cosío Villegas es comparable con la de José Vasconcelos, cuando encabezó el proyecto de “los clásicos verdes”, o a la de Jaime Torres Bodet, cuando poco antes de 1960 lanzó su invaluable proyecto del Libro de texto gratuito. Sí, con el Fondo de Cultura Económica, o Ecuménica -como quieran llamarlo-, Cosío Villegas se convirtió en uno de los principales editores de nuestro país, y el Fondo es, desde su segunda fundación, la editorial más importante de todo el mundo hispanoamericano.
Regreso a mi párrafo inicial: parafraseando el poema “Fundación mítica de Buenos Aires”, publicado por Borges en su libro Cuaderno San Martín, de 1929: “a mí se me hace cuento que empezó alguna vez [el Fondo de Cultura Económica], lo juzgo tan eterno como el agua y el aire”.