Reseñas
Lo que revela el juicio de Tepames
Lo que revela el juicio de Tepames
Estudios sobre las Culturas Contemporáneas, vol. XXI, núm. 42, pp. 173-176, 2015
Universidad de Colima
Lo que revela el juicio de Tepames1

Hurgando en los secretos de un historiador…
Todo aprendiz debe tener ojos abiertos y colmillos afilados para adiestrarse. Cazar los secretos del investigador no es tarea sencilla; sobre todo en un tiempo en que el recelo de los profesionales los fuerza a ocultar las técnicas que adquieren a través de la experiencia. Una excepción a esta regla es la obra del historiador y trotamundos Servando Ortoll, Artífices y avatares: lo que revela el juicio de Tepames, Colima (1909-1914). El texto de Ortoll reconstruye el proceso judicial de un asesinato ocurrido en el poblado colimense de Tepames. El marco histórico del homicidio es el Porfiriato. Las víctimas: dos jóvenes campesinos del poblado; los verdugos materiales: el comandante de la policía estatal y una comitiva de hombres armados.
Sobre la historia en sí diré que además de estar basada en una investigación documental rigurosa, se lee de manera fácil y fluida. Está construida con el cuidado literario que tiene una novela: una trama llena de incógnitas, intrigas, confusiones y revelaciones; personajes reales y sus historias conectadas a través de una prosa bien estructurada y basada en una amplia gama de fuentes. Sin embargo, más que hablar de la historia en sí, que es muy interesante, proyectaré el texto como un recurso didáctico para cualquier investigador de las ciencias sociales; especialmente, claro, para el dedicado a escribir historia. No entraré en detalles específicos de la trama para no robar a los lectores la oportunidad de disfrutarla; pero sí abordaré algunos temas generales que Ortoll esclareció a partir de su labor historiográfica.
Lo primero que llamó mi atención al hojear el libro fue la nota aclaratoria que aparece en las primeras páginas. En dos hojas, el autor dilucida los criterios que utilizó para trasladar partes de los documentos históricos a esta versión del libro: cambió los subrayados por cursivas, actualizó la ortografía, “desató” abreviaturas, agregó y quitó acentos, corrigió “silenciosamente” errores que para él no tuvieron importancia, entre otros cambios que ayudaron también a estandarizar el formato del texto y propiciar una lectura más sencilla. En este apartado, Ortoll aprovecha para criticar de manera explícita los defectos del estilo de citado de la American Psychological Association (APA) y posicionarse como un defensor de las notas al calce.2 Estas dos páginas, constituyen una buena herramienta que guiará a quienes se inician en la tarea de la escritura. Esta primera parte da cuenta del trabajo de edición académica del autor; muestra su honestidad ante los lectores y, al mismo tiempo, esboza una postura específica con respecto a la escritura y su manejo de los documentos.
Otro aspecto que encuentro ilustrativo en el libro de Ortoll es el tipo de fuentes que utilizó, así como el cúmulo de información que es posible obtener de ellas si se tiene una mirada aguda y una pregunta abstracta clara.3 El libro comienza con el testimonio de don Fernando Rodríguez Alonso, sobrino de don Emilio Rodríguez Iglesia, periodista y autor de El crimen de los Tepames, novela que tomó Ortoll como referencia principal para indagar sobre el asesinato.4 En sus breves remembranzas, don Fernando dibuja a su tío a través de los recuerdos de la infancia. Ortoll utilizó este recurso para evidenciar, entre otras cosas, la obsesión que el caso representó para el periodista y posteriormente para sus parientes en Asturias, quienes nunca volvieron a escuchar de él. Con éste y otros ejemplos Ortoll proporciona pistas sobre el uso de los testimonios en la reconstrucción histórica. Además de este encuentro con el sobrino de don Emilio, Ortoll entrevistó a dos familiares cercanos a sendos personajes centrales de la historia que narra, en su afán por entenderlos más que ellos a sí mismos.5
Construir una narrativa confiable de un caso como el de Tepames, requirió trabajo de archivo en distintos acervos: el Archivo Histórico del Estado de Colima; el Registro Agrario Nacional (delegación Colima); la Colección Nettie Lee Benson de la Universidad de Texas; bases electrónicas de la Universidad de California, en La Jolla; la Colección Porfirio Díaz de la Universidad Iberoamericana; la hemeroteca de la Biblioteca Pública del Estado de Jalisco, así como bibliotecas privadas. En estos acervos, Ortoll localizó y analizó cartas escritas por diferentes actores, entre ellos el presidente Porfirio Díaz; artículos de distintos diarios de la época, regionales y nacionales; entrevistas periodísticas a los personajes como parte de la cobertura que la prensa concedió al caso; planos y fotografías; además de declaraciones y documentos del juicio impuesto a los acusados del crimen material y otras fuentes bibliográficas del mismo periodo histórico.
Otro secreto que identifiqué en la obra de Ortoll fue la cantidad de hallazgos que obtuvo a través de un análisis documental meticuloso. Primero desenterró evidencias inéditas sobre el suceso, que pasaron desapercibidas al periodista Emilio Rodríguez Iglesia (autor de la novela que narraba el asesinato a partir de una ardua investigación de campo). Estas evidencias, entre otras cosas contemplaron un periodo de tiempo más amplio que el abordado por Rodríguez Iglesia.6 Con lo anterior, Ortoll demostró la trascendencia de este hecho en el tiempo y el espacio; por ello y tras meditarlo, decidió que el caso ameritaba formular más preguntas e hipótesis sobre el móvil del homicidio de los hermanos Suárez.
En su libro Ortoll desarrolló además varios temas generales que confluyen en el caso de Tepames: la microestructura de poder de los gobiernos estatales durante el Porfiriato; cómo eran las relaciones entre campesinos y hacendados; el papel de los periódicos como principal medio de comunicación de la época; así como la forma en que éstos influían en la opinión pública y formaban alianzas y facciones; los efectos y trascendencia de la mediatización de un suceso de índole local; las formas de control de la información que ejercían los diferentes grupos de poder; las estrategias y mecanismos de negociación, conciliación o ejercicio de poder por parte del Estado; atisbos para pensar la enigmática figura de don Porfirio Díaz; y las inconsistencias, contradicciones y paradojas que rodean a un problema local que trasciende al ámbito nacional. Todo esto es ejemplo de cómo se construye el contexto histórico de un tema de investigación en el campo de las ciencias sociales.
Artífices y avatares muestra la metodología a seguir para analizar el hecho histórico: tener una pregunta genuina que interese al autor; formularse más preguntas que se deriven de ella; recopilar información, abundante información, ampliando al máximo el abanico de las fuentes para recuperar diferentes puntos de vista sobre los sucesos; plantearse más preguntas; interrogar a las fuentes; leer, volver a preguntar, volver a leer, conectar y tejer; encontrar relaciones, convergencias, divergencias, contradicciones; construir una narrativa que responda a la pregunta original. Finalmente y para confirmar el valor de esta obra, Ortoll asevera que al hacer su investigación intentó “no juzgar desde la óptica del presente” los hechos del pasado; sin embargo, para mí fue inevitable, al percibir que los ecos de ese pasado resonaban aún en mi presente, concluir que, en México, la justicia, desde el Porfiriato, “parece seguir dormida”.
Notas