Reseña
Kariotis o la enfermedad del resentimiento
Kariotis o la enfermedad del resentimiento
Estudios sobre las Culturas Contemporáneas, vol. XXII, núm. 44, pp. 179-183, 2016
Universidad de Colima
Kariotis o la enfermedad del resentimiento
Hace unos meses, recibí un correo del Doctor José Miguel Romero de Solís, diciéndome que había publicado una novela y que le gustaría saber si yo podía participar en su presentación; respondí de inmediato a esta grata sorpresa. Me mandó el archivo digital, luego me avisó que cambiaría la fecha. Y, con las mil cosas entreveradas que siempre marcan el paso de mi vida, dado el cambio de fecha, esperé tener el libro impreso entre mis manos para leerlo.
Cuando vi la portada, dije: ¡es José Miguel! y sin dar todavía inicio a la lectura, alabé el juego de Gil Garea entre las tres figuras que me venían en cascada: Jesús, el Maestro; Judas, el traidor y José Miguel, el autor. Pero mi entusiasmo fue creciendo a medida que leía las páginas del prólogo. Desde ahí reviví los momentos de la escritura del adolescente, la presencia y correcciones del padre, el viaje y la entrega de la novela al Premio Nodal y la espera. ¡Con cuánta pasión nos cuenta José Miguel aquellos días de espera y la noticia de que su obra quedó como finalista! Pero ¿por qué esperó tanto para publicarla?, pensé, como seguramente ustedes también se preguntarán. ¡La novela nació antes que yo y apenas está viendo la luz en estas páginas! Sus motivos tendrá el autor para haberla guardado más de cincuenta años. El caso es que hoy, estamos celebrando una voz nueva del Doctor José Miguel Romero de Solís, la voz del narrador, del literato, del creador.
Kariotis es una novela marcada por la enfermedad y por el resentimiento. Muchos sabemos que Judas Iscariote fue el apóstol que entregó, por treinta monedas, a Jesús de Nazaret. Pero José Miguel Romero de Solís retoma la historia con el asombro que debió causarle la revelación del personaje a sus 15 años. Porque esta novela de adolescencia toca con gran acierto – como dice en la portada de Puertabierta Editores–, este gran tema de la literatura universal.
En 1963, Rafael Vázquez Zamora, jurado del Premio Nadal de novela, resalta: “La versión de un Judas como víctima no es nueva [...] Pero nunca hemos leído una versión tan impresionante como la de Kariotis. Esta novela es estremecedora... Jesús no cura la lepra de Judas y esto lo hace un resentido”.
El texto de José Miguel inicia con dos epígrafes que retoma en la parte final de su historia. Primero, del evangelio según San Marcos: 27, 3-5:
Entonces Judas, el que le entregó, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los grandes sacerdotes y ancianos, diciendo:
–He pecado entregando sangre inocente.
Pero ellos dijeron:
–¿A nosotros qué? ¡Tú verás!
Él tiró la monedas en el Templo, se fue y se ahorcó.
El segundo, de Hechos de los Apóstoles 1, 18, que enuncia:
Cayó de cabeza y reventó por mitad,
y se esparcieron sus entrañas.
En la novela, los hechos se van narrando de manera sintética. Frases cortas, escenas que podrían ser de un guión teatral o cinematográfico atrapan al lector, quien se entera que Judas vive en casa de su madre, con su hermana Mara. Pero madre está leprosa y abandonó la ciudad; lleva como los demás enfermos una campanilla que la excluye del mundo “normal” y la estigmatiza. Metáfora y estigma, dos términos que se pueden retomar para dialogar con el mundo de Kariotis, desde Susan Sontag, cuando habla de la enfermedad como metáfora, y desde Erving Goffman, con la identidad deteriorada y la abominación del cuerpo.
La historia muestra con crudeza la realidad de los leprosos y va envolviendo a Judas como el portador de la muerte. Mata a su madre y a su Maestro, pero además se mata él. Tres crímenes que nos hacen ver al personaje desorbitado en un mundo pestilente, lleno de cuervos que acechan, que se adentran en las entrañas de los muertos.
Siete simbólicos capítulos dedica José Miguel al desarrollo de esta tragedia narrativa. En el primero, aparece Judas en casa de su hermana y en el espacio leproso de su madre. El pecado de Mara embarazada, el vacío que arrastra a los tres personajes y la enfermedad, la lepra que también se asoma en el cuerpo de Judas, generan el ambiente de tristeza:
Cuando a través de la Puerta alcanzó el valle de Hinnón, con su hedor de desperdicios, tomó conciencia de su soledad (35).
En este capítulo, una de las escenas que revelan la competencia narrativa del autor para delinear a su personaje, aparece en las primeras páginas:
Observa el cuenco de la leche: es de barro bermejo, sobre el que se refleja la cal de la calle. Lo atrae y alzándolo ceremonioso como un sacerdote lo acerca a los labios. Brilló la leche unos instantes en sus ojos, luego, era el frescor entre los dientes, debajo de la lengua. Oyó el trago profundo, al hundirse por la garganta. Bebía con lentitud degustando la leche de camella (20).
La mirada ocupa muchas de las descripciones. Los ojos que acechan, que persiguen, que huyen.
El capítulo dos narra la vida de Jesús, los milagros con el leprosos, y de cómo Judas pide limosna para su maestro; resalta los sentimientos encontrados que van surgiendo tanto a partir de las acciones como a partir del cuerpo que se va llenando de manchas. En este capítulo, José Miguel presenta estratégicamente a Jesús, a través del discurso de la parábola que utiliza cuando el leproso está relatando su historia y no le hace caso a su hija. En cambio, el discurso de Judas se vuelve enfático cuando empieza a culpar de su lepra a Jesús: “Él ha sido, ¡Él! Mi mancha aquí está por su culpa. ¿Qué le he hecho? ¿Qué? Estoy enfermo y solo, muy solo, convertido en ridículo mendigo, incapaz de gozar de la alegría” (44).
El capítulo tercero muestra cómo Judas es repudiado debido a la lepra, pero también de qué manera sus acciones van encaminándose a la “noche oscura” destinada para él. Se encuentra con Jesús y le dice que está leproso.
–Es tu prueba– le anunció Jesús.
–Es una tentación muy grande –le corrigió Judas.
–Tú podrás sobre ella.
–Haré lo que deba hacer (71).
El sueño y las pesadillas se unen a la enfermedad de Judas y sirven como estrategia en el texto para mostrar el estado de angustia del personaje. Un remolino sintético, obsesivo, son sus palabras. Repiten la enumeración caótica que cada vez se alarga, se arrastra como serpiente en el discurso.
El capítulo cuatro muestra a un Judas deprimente. Odia a Jesús, aunque defiende su crítica a los sacerdotes, quienes aparentemente viven en otra espera, pero su mundo no escapa a la inmundicia de la basura y la enfermedad. En este ambiente gris, Judas visita a su madre, degradada, deformada por la lepra; la mata, se duerme junto a su cuerpo, luego despierta y la quema, frente a los demás leprosos.
Judas iba y venía azuzando las llamas, empujando leños, pateando ascuas. Chabola arde, arden adobes, palmas, vigas, y en el corazón del incendio arde madre. El calor del pasto se cuaja con pestilencia. Los adobes se doblan negros. El cuerpo de madre, al encenderse el petate, se va encogiendo, arrugándose las facciones, estallando los poros. Quemado el vestido, el desnudo se chamusca y rechina. Las manos se crispan (96-97).
En el capítulo cinco, Jesús busca a Judas. Judas cuenta a Mara la muerte de madre, va en busca de Jesús, lo encuentra llorando. Judas tiene una pesadilla bajo la lluvia, maldice a Jesús, busca a Caifás y lo denuncia: “Él ha sido! ¡Él! ¿Para qué seguir dándole vueltas al asunto?” (110). Las pesadillas vuelven como un espacio-tiempo recurrente en donde dan vueltas las palabras significativas de lo que hace, dice y recuerda Judas Iscariote. Es como la voz del coro en la tragedia griega.
El capítulo seis cuenta cómo entrega Judas a Jesús. Se representa la última cena. Todos saben que Judas es el traidor. Se siente señalado una vez más.
En el capítulo siete, Judas se arrepiente. Va al Templo, regresa las monedas. Habla con Lázaro, se suicida. La imagen del árbol aparece con una gran carga simbólica en medio del valle de las inmundicias.
Judas experimentó un escalofrío. El coro de pesadillas, los ojos del Rabí a horcajadas, lamiéndole la piel, las manchas, las llagas, su lepra.
La sombra del árbol se enrosca en las peñas.
[...]
El árbol está arrugado, concentrado en sí mismo, tenso y retorcido.
[...]
El árbol quedaba frente a él, interrogante y a la espera. Judas, de pie en la noche, apretándose la sienes, tapándose los oídos, azotado por las voces, acuciante la memoria, chillándole los recuerdos.
[...]
El árbol seguía con sus ramas desnudas gesticulando frente a él; su sombra se aferraba a su carne enferma.
[...]
El árbol quedaba a un solo paso de Kariotis. Era alto, delgado, tenso, retorcido, de ramas desnudas y abiertas (148-149).
Con esta última cita, podemos pensar en el árbol como en el cuerpo de Jesús crucificado. Así, si seguimos el simbolismo del árbol, vemos que en la novela de José Miguel, Judas es atraído por su maestro hasta en el momento de su muerte. Muerte por muerte, dice, haciendo alusión a la ley de tailón, que antes quiso imponer a Jesús y que recae sobre él.
La novela cierra con lo que José Miguel anotó en uno de los epígrafes. Judas aparece ahorcado y comido por los buitres.
En el valle de Hinnón, el valle donde la Ciudad que espera la Pascua de Dios vierte sus desperdicios, carcajea el cuervo, hundiendo pico y garras en la carne leprosa. / Aquel despojo no se enterró. / Los cuervos se lo llevaron (149).
Así, a través del ambiente y de los acontecimientos, esta novela nos entrega imágenes dantescas, estremecedoras. En ese inframundo representado, de enfermedad, miseria e hipocresía, todo aniquila: el agua, el fuego, el hedor, las ratas, las aves de rapiña. La miseria humana se muestra en todos los sentidos. Despojo de cuerpos, despojo de almas doblemente señaladas, estigmatizadas, encubiertas por el abandono. Y en el centro el miedo, el odio, la desesperanza. Éste es, sin duda, un ejercicio ejemplar, el de José Miguel Romero de Solís, para mostrar la condición humana.

Notas