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La teología como metáfora instrumental de la culturas del rock y el metal: paradigma postreligional y desmitologización

Theology as Instrumental Metaphor of the Cultures of Rock and Metal: Postreligional Paradigm and Demitologization

Sergio Miranda Bonilla *
Centro de Formación Humanista de la UIA León, México

La teología como metáfora instrumental de la culturas del rock y el metal: paradigma postreligional y desmitologización

Estudios sobre las Culturas Contemporáneas, vol. XXVI, núm. Esp.6, pp. 69-92, 2020

Universidad de Colima

Derechos reservados Universidad de Colima

Recepción: 03 Enero 2019

Aprobación: 17 Septiembre 2019

Resumen: En continuidad con la propuesta de abordaje teológico del rock y la música metal expuesta en los tres volúmenes de Estéticas del Rock (UIA León/UCEM/ICL) y el Seminario Permanente de Estudios sobre Heavy Metal (ENAH/INAH/UNAM), este texto articula la pertinencia de una mirada teológica al rock/metal que opera como metáfora instrumental para dar cuenta de sus dogmáticas, morales y mitologías, partiendo de la visión de la cultura como palimpsesto de Martín-Barbero y la perspectiva de las tribus de Maffesoli. Los horizontes de sentido que configuran el rock y el metal se comprenden desde esta plataforma, más allá de las identidades, como “espiritualidades”. A partir de aquí, el conflicto entre las autenticidades nostálgica y vanguardista, sintetizadas por Fernán del Val Ripollés basado en Frith, Keightley o Grossberg, entre grupos ortodoxos de aficionados a la música metal, encontraría un mecanismo descriptor en el paradigma postreligional de la Asociación Ecuménica de Teólogos del Tercer Mundo. Ello permite ensayar la desmitologización propuesta por el teólogo Rudolf Bultmann como ejercicio de crítica cultural.

Palabras clave: Rock y Metal, Teología, Autenticidades, Desmitologización, Paradigma postreligional.

Abstract: In line with the proposed theological approach to rock and metal music exposed in the three volumes of Estéticas del Rock (UIA León / UCEM / ICL) and the Permanent Seminar on Heavy Metal Studies (ENAH / INAH / UNAM), this text articulates the relevance of a theological view to rock / metal that operates as an instrumental metaphor to account for its dogmatics, morals and mythologies, starting with Martin-Barbero’s vision of culture as palimpsest and the the Maffesoli perspective of tribes. The horizons of meaning that rock and metal configure are understood from this platform, beyond identities, as «spiritualities». From here, the conflict between the nostalgic and avant-garde authenticities, synthesized by Fernán del Val Ripollés based on Frith, Keightley or Grossberg, among orthodox groups of metal music fans, could find a descriptive mechanism in the paradigm of the Ecumenical Association of Theologians from the Third World. This enables testing demythologization, proposed by theologian Rudolf Bultmann, as an exercise in cultural criticism.

Keywords: Rock and Metal, Theology, Authenticity, Demythologization, Postreligional Paradigm.

Antedecentes

La mirada teológica a las culturas del rock y el metal que aquí se establece busca proponer metáforas instrumentales, lenguajes, dispositivos de abordaje que permitan aportar nuevas vías a la revisión de las culturas del rock y el metal en tanto identidades que construyen sentido, en tanto prácticas que sin exageración pueden describirse como re-ligadoras, como se verá más adelante en relación con el paradigma postreligional (EATWOT’s International Theological Commission, 2012).

Por tanto, la propuesta va más allá de adscribirse, o al menos no lo hace explícita y necesariamente, a la prácticas teológicas que pretenden fundamentar y desarrollar creencias, prácticas y rituales en las religiones establecidas. En ese sentido, la revisión del material cultural con enfoque teológico no pasa por la confrontación de contenidos discursivos ni morales entre los campos de la religión y la música popular. Tampoco por una aprobación o desaprobación del rock y el metal desde alguna perspectiva religiosa. Ni mucho menos, al estilo del rock o el metal cristiano, por proponer la inclusión de la estética o las experiencias artísticas del rock o el metal en los ejercicios rituales de alguna iglesia o comunidad que se identifique abiertamente como religiosa.


En 2009, el teólogo norteamericano Tom Beaudoin inició en Internet el Rock and Theology Blog con el objetivo de sostener un diálogo con profesionales de la música y académicos que permitiera enriquecer mutuamente las reflexiones en las disciplinas teológica y de análisis cultural (Beaudoin, 2009). El esfuerzo se circunscribió en el proyecto más amplio Rock and Theology, auspiciado por la editorial benedictina norteamericana Lithurgical Press, y culminó con la publicación en 2013 del libro Secular Music and Sacred Theology, coordinado por el mismo Beaudoin, y que desde la óptica de Simon Frith recoge trabajos de varios autores bajo la premisa de que la música popular tiene la capacidad de “cifrar” el material teológico, como si fuese una partitura, cuando la teología mira de modo abierto el ámbito de lo cultural y su praxis (Beadoin, 2013:XV).


Alrededor de la misma época, en diciembre de 2009 un grupo de académicos celebró en Nueva York el primer simposium de Teoría del Black Metal. Organizado por Nicola Masciandaro, profesor de literatura medieval en el Brooklyn College, las ponencias vertidas en el simposium se recogieron en el volumen Hideous Gnosis (2010), después del cual vendrían otras dos ediciones del simposium, la última de las cuales se desarrollaría en Dublín, Irlanda (V. A., 2013). Con un enfoque que muchos calificarían de transdisciplinario, Black Metal Theory, por su título original en inglés, abreva en la filosofía, los estudios de la cultura, la estética y la teología desde la perspectiva existencial del black metal como propuesta estética y como dispositivo generador de sentido.


En México, a iniciativa de Héctor Gómez Vargas y como consecuencia de una serie de conversatorios sobre rock y Los Beatles, tuvo lugar durante 2015 en León, Guanajuato el primer Seminario Estéticas del Rock, al que seguirían otras dos ediciones en los años siguientes. Las ponencias han sido recogidas en sendos libros que abordan el rock desde la mirada de la cultura y la comunicación, donde se discuten las preguntas por las configuraciones de sentido que el rock ha aportado a la cultura contemporánea.


Por su parte, el Seminario Permanente en Estudios de Heavy Metal, auspiciado por la Escuela Nacional de Antropología e Historia, el INAH y la UNAM, bajo la tutela de Olivia Domínguez y Alfredo Nieves, con sesiones en Ciudad de México, Guanajuato y Ciudad Juárez, aborda en su última edición de manera explícita los fenómenos de espiritualidad en el ámbito de la música metal.


La respuesta está soplando en el viento, diría Bob Dylan... https://bit.ly/36qJOhk

Rock y cultura:sedimentos, palimpsestostribales y modelo religioso

La pregunta que enlaza el rock y la cultura es una pregunta operativa, que visibiliza la emergencia de procesos y contenidos en una larga y compleja sedimentación. Se opera con cierta vocación geológica, en tanto la pretensión es dar cuenta de las capas que han conformado lo actual pero cuya estructuración no se detiene porque sigue viva. Jesús Martín-Barbero emplea la metáfora del palimpsesto para referirse los procesos de conformación y transformación de la cultura y el papel que los jóvenes han jugado en las últimas décadas, desde la elasticidad cultural y la forma no territorial de vivir las ciudades, donde:

[...] el sonido y el ritmo del Heavy Metal convocan a un sujeto transclasista [...] el rock en español dice en voz alta la experiencia, la sensibilidad de las nuevas tribus urbanas: la de la magia y las culpas cristianas, el machismo y el culto a la madre [...] La oralidad cultural de las mayorías en estos países descubre ahí su compenetración y complicidad con la visualidad electrónica develándonos las desconcertantes hibridaciones de que están hechas las nuevas identidades (Martín-Barbero, 1997: 93-94).

Iron Maiden - “Killers” https://bit.ly/2Gn7MiZ

Martín-Barbero se apoya en la aproximación operativa de Michel Maffesoli, que otorga el título de “tribus” a los colectivos, sobre todo juveniles, vertebrados desde un eje identitario con una perspectiva sociológica (2004). La metáfora no es pobre en absoluto, ya que permite poner sobre la mesa no únicamente la naturaleza nómada y la reconfiguración de las territorialidades en que se desarrollan las culturas juveniles de finales del siglo XX, sino también las narrativas, los contenidos discursivos que permiten al individuo acoplarse en la tribu y configurar cultura, es decir, no sólo mecanismos de significación y operación en la comunidad humana, sino también horizontes de sentido. El mismo Maffesoli se refiere a tales mecanismos y horizontes asumiendo lo que llama “modelo religioso” como metáfora descriptora:

Perspectiva metafórica si la hay, al grado que más allá de todas las especializaciones, y sin invalidarlas en modo alguno, es importante utilizar imágenes religiosas para captar in nuce las formas de agregación social. Mirada transversal, o comparatismo en cierto sentido, que constata que es a partir de un imaginario vivido en común cómo se inauguran las historias humanas. Aun cuando la etimología esté sujeta a discusión, la religión (religare), la re-ligación es una manera pertinente de entender el vínculo social (Maffesoli, 2004:110 y ss.).


Hablar de palimpsestos en relación con un modelo religioso para la cultura implica, entonces, no sólo una dimensión política ante las instituciones y las industrias culturales que intencionalmente pretenden barrer con los estratos anteriores para construir nuevas identidades y sentidos, frecuentemente con poco tino, sino también una dimensión en cierto modo arqueológica, aportando la sensibilidad adecuada para detectar que en las relaciones actuales de sentido se manifiestan las anteriores, nunca borradas del todo y que, por el contrario, configuran la actual textura de lo cultural (Martín-Barbero, 2017:46 y ss). Sin embargo, lo que Martín-Barbero entendió en su momento como la asunción de un presente permanente por parte del las culturas juveniles, como si la desmemoria no fuera la tragedia de los adultos sino el estado natural del presente, se confronta con ciertos golpes de realidad. Por un lado, las culturas del rock y el metal ya no son jóvenes en absoluto, y por otro, tales identidades han generado sus propios mecanismos de fosilización, dogmatización y ortodoxia. Es por ello que en este trabajo se nombra al rock y al metal como un continuo, siendo el rock la gran fuente de la que el metal se considera heredero... signifique lo que signifique.

La revisión de los fenómenos del rock y el metal desde una plataforma que permita poner en diálogo a la cultura con la perspectiva teológica se encuentra en paralelo con el vuelco cultural en el ámbito de la música popular durante el siglo XXI que Simon Reynolds nombra retromanía (2011). Mientras asistimos a lo que parece un repliegue del rock, un alejamiento de la oferta cultural dirigida a las actuales generaciones jóvenes, presenciamos también la sedimentación de lo que el rock ha aportado a la praxis cultural. Por un lado, la nostalgia, los revivals, las reuniones, las últimas giras. Pero por otro, la constatación viva de que lo que el rock hizo caló hondo en nuestra historia, generó identidades y configuró motivaciones para enfrentar el mundo.

Rock, metal y horizontes de sentido:de las identidades a las espiritualidades

De la articulación entre las aproximaciones del palimpsesto y el modelo religioso para describir lo tribal en las culturas contemporáneas, se sucede la necesidad de abordar la experiencia de la música como un elemento vertebrador en la conformación de la identidad de los jóvenes (y no tan jóvenes) del último tercio del siglo XX, con “la fuerte sensación de que se participa en la construcción de una cultura que está emergiendo, de que cada acto, cada gesto, cada sonido es un acto de invención, una ruta hacia adelante” (Gómez Vargas, 2016:11).

Así, la experiencia estética en un ámbito cultural concreto puede ser asumida como una sustracción desde la inmanencia que proyecta a la persona hacia lo trascendente, en términos de arrebato o rapto. Se trata de un potencial salvífico de la dimensión estética, de su capacidad de substracción de lo inmanente, que fue descrita por Platón como sentirse en las islas de los bienaventurados, o por Dante como pasar el tiempo sin sentir, mientras que Amiel se pierde en horas de éxtasis y Van Gogh se enfrenta a un olvido de sí mismo. Valéry se experimenta separado del resto de los hombres y Stokowsky se va lejos de este mundo (Plazaola, 2008:307-311).

Rotting Christ - Devadevam (Official Lyric Video) https://bit.ly/2NYisc2

La cultura otorga al individuo el lenguaje, los recursos, las herramientas simbólicas y prácticas para operar en el mundo de modo particular pero en relación, lo que le implica la capacidad de mirarse a sí mismo desde esa referencia, desde esa óptica. Aquí es donde entra en juego la espiritualidad como dispositivo conceptual que permite dar cuenta de un trayecto vital con una cierta perspectiva escatológica.

Como reconocen Casaldáliga y Vigil (1992:12 y ss.), el concepto de espiritualidad es uno problemático. En este caso conviene apelar a la etimología. Lo primero sería superar el dualismo griego que opone lo espiritual a lo material. En la lengua protoindoeuropea, las raíces etimológicas de espíritu se ubican en la partícula spēs, que se relaciona con el aliento, con la respiración, con el aire que permite la vida. La misma idea se encuentra en la ruaj del judaísmo precristiano:

En este contexto semántico, espíritu significa vida, construcción, fuerza, acción, libertad. El espíritu no es algo que está fuera de la materia, fuera del cuerpo o fuera de la realidad real, sino [...] que inhabita la materia, el cuerpo, la realidad, y les da vida, los hace ser lo que son; los llena de fuerza, los mueve, los impulsa; los lanza al crecimiento y a la creatividad en un ímpetu de libertad. En hebreo, la palabra espíritu, ruah, significa viento, aliento, hálito [...] Es, como el aliento, el viento corporal que hace que la persona respire y se oxigene, que pueda seguir viva. Es como el hálito de la respiración: quien respira está vivo; quien no respira está muerto (Casaldáliga y Vigil, 1992:13).

Siguiendo esta línea de ideas, el concepto de espiritualidad no necesita estar atado a un contexto religioso específico, y puede constatarse como experiencia antopológica fundante (Casaldáliga y Vigil, 1992: 21), más allá de los recursos de que las diferentes ciencias humanas y naturales echen mano para describirla.

La teodicea cristiana propone un modelo de humanidad y de conducta en térrminos de alfa y omega, principio y fin. En ese sentido, la espiritualidad conecta el impulso con el destino. Es el hálito que mueve hacia un horizonte específico, el aliento y la llegada. El dispositivo conceptual de espiritualidad, entonces, adquiere densidad en el sentido del ἔσχατος griego, éskhatos, aquello que se encuentra al final de una serie o de un continuo. El continuo es la vida, es la propia existencia en relación, donde la cultura aporta la capacidad de nombrar, en un sentido wittgensteineano, y donde por tanto el lenguaje configura realidad, y aquello fuera de sus límites no existe. O, de otro modo, dentro de los límites de la propia experiencia nombrada se despliega el mundo y su desafío a lo largo del vector de tiempo de existencia.

Se trata entonces de mirar la espiritualidad. Las espiritualidades, de hecho. El plural es importante, en la medida en que el rock y el metal pueden entenderse como “términos sombrilla” bajo los cuales se puede agrupar una ingente diversidad de estilos estéticos y, por tanto, de experiencias artísticas y configuraciones de sentido. Si bien las mecánicas de industria cultural que les acompañan son similares, nunca será lo mismo comprender, por ejemplo, un episodio histórico de violencia desde el power metal que desde el black metal. El primero quizá destacaría los valores de la nobleza y gloria del guerrero, mientras que el segundo posiblemente centraría la mirada en el dolor y el sufrimiento como condición existencial humana. De tal suerte, los marcos dogmáticos y morales resultantes, para emplear categorías teológicas, son diferentes y particulares.


El lenguaje teológico:metáfora instrumental

Si bien desde la perspectiva de la ciencias sociales y humanas la teología se puede juzgar como “ciencia imposible” en cuanto a su objeto, su rigor reflexivo ha generado marcos de pensamiento con la posibilidad de tender puentes con diversas disciplinas, rebasando cualquier intención “misional” para alinearse con la preocupación por entender la dinámica humana. Así, en la medida en que el rock y el metal, como campos culturales y como experiencias estéticas, contribuyen a configurar horizontes de sentido, se vuelven pertinentes un lenguaje y una perspectiva teológicas que operen como una metáfora instrumental para develar sus estructuras y dinámicas.

Son cuatro los lenguajes en que la experiencia humana de conocimiento, según José María Mardones (2007), es susceptible de comunicación y socialización:

Lenguaje

El teólogo español afirma que únicamente el lenguaje científico tiene la capacidad de comunicar de modo eficaz aquello que se encuentre en el ámbito de lo tangible y lógico. Los lenguajes psíquico, estético y religioso, por otro lado, tienen la tarea de hacer presente lo que no aparece a simple vista, lo que se halla en el dominio de la interioridad humana. En el ámbito de lo estético, de las artes en general, y con frecuencia de lo teológico, la subjetividad y los sentidos profundos desplazan las abstracciones. Por ello el vínculo entre entre arte y teología se organiza en torno a los lenguajes simbólicos, que ofrecen:

una verdad metafórica, simbólica, de acuerdo a su ámbito último y radical, pero no exenta de verdad […] lo trascendente simbolizado siempre está más allá de lo que podemos decir. De ahí la necesidad permanente que tenemos de purificar nuestro lenguaje y de someter a crítica lo que decimos acerca de Dios (Mardones, 2007:31).

Transmetal - “El infierno de Dante” en El Garage https://bit.ly/2t1WU7b

Las raíces de esta línea de pensamiento pueden encontrarse en el abordaje teológico de la cultura propuesto por Paul Tillich (*Brandeburgo, 1886 - +Chicago, 1965). En su influyente Theology of Culture, Tillich ubica la cultura en una dimensión revelatoria, dando un papel primordial al lenguaje, en tanto creación humana, como manera de dar cuenta de las preocupaciones últimas, afirmando que desde una perspectiva existencial, tales preocupaciones no son competencia exclusiva de lo religioso (Tillich, 1964:41 y ss). El lenguaje, entonces, en tanto desarrollo cultural, se encuentra sometido a los vaivenes de sentido que impone la dinámica humana y, por tanto, coloca el lenguaje religioso en la misma jerarquía de cualquier otro, otorgando a la creación artística la misma capacidad de dar cuenta de la búsqueda de sentido.

En ese sentido, el trabajo de Tom Beaudoin (2012) es particularmente útil, pues concibe la relación entre la reflexión teológica y el abordaje de la cultura como el cifrado de una partitura, como poner soundtrack al trabajo reflexivo. Pero no se trata de un soundtrack que sólo acompaña o corrobora, sino que también construye sentido en relación con la teología y la cultura.

Luzbel - Por Piedad 2013 HD https://bit.ly/38F5XKk

Así, la labor teológica sobre la música implica la lucha por hallar lo que podría llamarse el acompañamiento musical adecuado a través de la cual pensar la vida individual y social del modo en que es plasmada en textos, prácticas e ideas conectados a prácticas culturales, contextos, acciones y eventos específicos. A final de cuentas, toda visión teológica particular manifiesta la “musicalización” del contexto teológico.

Para Tom Beaudoin (2009), interpretar las prácticas culturales desde la teología no es sino ponerle partitura a eventos culturales, así como una banda sonora construye sentidos gracias al montaje o diálogo entre visualidad y audición en una película. Ello deriva en que el material cultural se «cifra” (como en una partitura) cuando se escucha poéticamente a través de la mirada re-ligiosa. De este modo, la brecha entre las disciplinas de lo sagrado y lo profano o secular no es más que una derivación de cómo las teologías se elaboran a desde, y operan relacionadas con, las realidades y productos de las culturas. Es a través del engranaje con la música que tenemos la idea de una teología que “cifra” la cultura, y cómo esta “partitura” es potencialmente un microcosmos de todo el trabajo teológico. Se abre el panorama a formas de pensar (logos) pero, sobre todo, de experimentar (pathos) (Miranda, 2017: 76).


De ese modo, podemos encontrar en el lenguaje teológico dispositivos y categorías que permiten dar cuenta de los procesos culturales en ámbitos identitarios que lidian con la postura ante el mundo, lo que hemos nombrado antes como espiritualidades. Un ejemplo de esto sería el tratamiento de las dogmáticas, morales y mitologías de las espiritualidades del metal.

Teología dogmática y moral del metal: dar nombre a las mitologías

Si se miran las culturas del rock y el metal desde una perspectiva identitaria que aborde sus alfas y omegas, sus motores y sentidos, como espiritualidades, la teología como metáfora instrumental aporta herramientas categoriales que dan cuenta de conductas y narrativas.

Clásicamente, la teología se organiza en torno a dos grandes ramas disciplinares: la teología dogmática y la teología moral. La primera, teología dogmática, se encarga de los contenidos de la creencia, de la descripción y explicación de las ideas que se consideran verdaderas en un ámbito religioso dado. Por su parte, la segunda, teología moral, aborda el carácter trascendente de la conducta humana, de modo preciso en relación con el vector escatológico que se trató arriba.

Blind Guardian - Banish From Sanctuary https://bit.ly/2U1ritA

Para el texto sobre rock y teología que apareció el primer volumen de Estéticas del Rock (Miranda, 2016: 88-90), se realizó un ejercicio exploratorio en redes sociales que no tenía mayor objeto que establecer una aproximación al discurso de personas aficionadas al metal tomando como criterio categorial las dimensiones dogmática y moral de su identidad metalera en perspectiva religiosa. Una síntesis del ejercicio muestra cómo ambas dimensiones emergen con facilidad ante afirmaciones en el sentido de que un verdadero metalero no se deja llevar por lo que otras personas opinan, es auténtico y desprecia lo comercial; sin embargo, la experiencia estética del metal implica un fuerte componente comunitario, siendo el concierto masivo el epítome de la celebración identitaria. Por otro lado, a la vez que se considera juvenil y vigente, en no pocos casos se tiende a despreciar propuestas estéticas novedosas o iconoclastas, por considerarlas “de moda” o “vendidas”. Sin embargo, ello no impide comprar boletos en Ticketmaster para asistir a conciertos de músicos sexagenarios sin el menor cuestionamiento. Es decir, parece haber una cierta claridad sobre lo que ciertos círculos identitarios del metal “creen” (dogmática), y cierta claridad sobre lo que “deben hacer” (moral), aunque pueda existir una profunda disonancia entre ambas dimensiones.

Ello se pone en relación con otra dimensión del modelo religioso de Maffesoli aplicado como teología a las culturas del rock y el metal: la mitología, el conjunto de los relatos fundantes que contribuyen a generar identidad y, sobre todo, legitiman la moral y la dogmática de los grupos. Como señala Gómez Vargas al retomar los planteamientos de Womack y Davis o Debray sobre los procesos de mitologización en las culturas del rock, como es el caso de Los Beatles:

[...] la estrategia en torno a las subjetividades colectivas de edificar un mito por renovar, continuar y conformar una herencia [...] comunicar algo a la audiencia para administrar un estado de ánimo, pero igualmente constituir un legado en el tiempo [...] (Gómez Vargas, 2016: 76-79).

En el caso del rock y el metal, los procesos de mitologización muestran un vaivén entre las intenciones de la industria cultural y lo que Chess y Newsom (2015: 61-74) llaman narrativa de código abierto, en el contexto de análisis del desarrollo de la mitología de Slender Man en internet, a lo que se refieren como open sourcing horror. El concepto es interesante, porque implica las aportaciones libres y colectivas de grupos identitarios a la construcción de la mitología mediante diversas estrategias comunicativas entre las que destacan los medios digitales, algo que en el caso del metal ha sido instrumental desde los años noventa, en particular con la irrupción del black metal en la escena mundial. El término “irrupción” es intencional, dado que en cierto modo el black metal atrae la mirada no desde el campo musical, sino de las noticias de corte sensacionalista, cuando se conocen mundialmente los casos criminales de quema de iglesias nórdicas medievales y un asesinato en el contexto del llamado “inner circle” del black metal noruego (Franco, 2014).


En este caso, el proceso de mitologización pasa de nuevo por el concepto de una autenticidad artística que para mantenerse congruente niega por medios violentos las imposiciones de la tradición judeocristiana que colonizó el paganismo nórdico y alteró los valores de sus sociedades, privilegiando un conformismo colectivo sobre la fuerza individual del guerrero nórdico originario.

Asistimos, entonces, a un proceso como el descrito por René Girard desde su teoría mimética en cuanto sublimación de la violencia y su elevación a un plano sacralizado mítico por la donación sacrifical del héroe que tanto responde violentamente como cae violentamente y se resignifica(Girard, 1983:263).

De ese modo, parte de lo que sustenta la narrativa mitológica de las culturas del metal, en lo concerniente a su capacidad para visibilizar los aspectos obscuros de la dinámica humana, abordar lo podrido, lo sucio, lo repelente en una experiencia estética de choque, o como lo llamaría Barrios (2010: 21), la “fascinación por lo atroz”, contrasta con los grandes festivales europeos patrocinados abiertamente por poderosas empresas trasnacionales sin que ningún fan parezca incomodarse por ello.

Otro ejemplo de la visión sacrificial descrita por Girard en las culturas del rock y que se inscribe en los contenidos mitológicos tiene que ver con los grandes “mártires” del llamado “Club de los 27”: los músicos que fallecieron a los 27 años, en la cima de su popularidad. Ya de entrada, el número 3 elevado a la 3ª potencia implica una carga morbosa para el ojo numerológico o esotérico. Las causas de muerte de estos músicos se vinculan con lo que la dogmática asocia al rock n’ roll lifestyle, como el abuso de alcohol y drogas o el suicidio. En dicha dogmática, Janis Joplin, Robert Johnson (protagonista, además, de otras mitologías), Brian Jones, Morrison o Hendrix traen al siglo XX el arquetipo del artista romántico del XIX, cuya exacerbada sensibilidad es a la vez fuente de inspiración y tormento. De ahí a que, en términos morales o de práxis ética, rara vez se asocie un inofensivo té de manzanilla a las culturas del rock, o que se soslaye el extendido consumo de drogas duras entre cantantes de baladas. Sí, José José, te estoy viendo a ti…


Paradigma postreligional:crisis de autenticidades

Ante la realidad “moral” y “dogmática” que la mirada teológica revela en las culturas del rock y el metal es posible plantear algunas tareas reflexivas. Una de ellas tiene que ver con abordar el encuentro, con frecuencia conflictivo y paradójico, entre lo que Frith, Keightley o Grossberg han llamado autenticidades nostálgica y vanguardista, y que Fernán del Val Ripollés sintetiza en varios de sus trabajos, particularmente en su tesis de doctorado.

Para Fernán del Val (2015:88 y ss.), sin la centralidad del concepto de autenticidad no se podría comprender el desarrollo de las culturas del rock. El artista de rock y metal se considera “auténtico” en la medida en que sigue sus propios dictados éticos y estéticos sin someterse a las presiones económicas o tendenciales de la industria musical. Sin embargo, Simon Frith (1981: 159) ya había señalado la contradicción del empleo de la música rock por parte de sus escuchas en términos de música “folk”, es decir, asignando una carga significativa de autenticidad artística a una oferta musical que se produce en masa y por parte de las industrias culturales, como si tal oferta representara espontáneamente el sentir de una comunidad o un pueblo, en uno de los sentidos clásicos del término folklore. Tal contradicción permanece hasta nuestros días en la praxis de los campos culturales del rock y el metal.

Por tanto, y aunque parezca un concepto unívoco, la autenticidad en el rock tiene al menos dos modos de manifestarse.


Uno de ellos, la llamada autenticidad nostálgica o romántica, podría entenderse desde el lugar común de que todo tiempo pasado fue mejor, tanto en la vida como en el rock y el metal. Es aquí donde las mitologías fundantes encuentran una función de anclaje al pasado para explicar el presente. Por tanto, los proyectos musicales actuales que se alejan de la estética de los “padres fundadores” son considerados, ante la opinión de ciertos colectivos, como inauténticos y seguidores de modas pasajeras (Miranda, 2016:88-89). En términos poéticos, la autenticidad nostálgica es tierra, es telúrica.

The Jimi Hendrix ExperiencePurple Haze (Live at the Atlanta Pop Festival) https://bit.ly/2uL6HPK

El otro modo se denomina autenticidad vanguardista, y recupera la moral de la rebeldía y la iconoclasia que, según la dogmática, ha caracterizado al rock desde su inicio. El artista y el escucha que se mueven desde la autenticidad vanguardista valoran lo que podríamos llamar “mestizaje musical”, incorporan y abrazan los adelantos tecnológicos a la producción musical y exploran los vínculos entre la música y otras expresiones artísticas (Del Val, 2015: 100). Los pasos de riesgo que grandes artistas dieron en su momento para definir sus estilos se pueden describir desde esta apuesta por la vanguardia. En términos poéticos, la autenticidad vanguardista es viento, es eólica.

La tensión entre ambas autenticidades ante los rumbos de las culturas del rock y el metal durante el siglo XXI seguiría una lógica análoga a la que la Asociación Ecuménica de Teólogos del Tercer Mundo explica en el desarrollo de su paradigma postreligional. De acuerdo con este planteamiento, la actual crisis que enfrentan las grandes religiones organizadas se explica como resultado de un cambio de paradigma. Las religiones, como las conocemos hoy, son construcciones culturales y sociales que siguen patrones gestados durante la emergencia de la prehistoria neolítica. Pero la dimensión religiosa, re-ligante del ser humano rebasa este modo histórico concreto de hacer religión, que aquí se identifica específicamente como paradigma religional (EATWOT`s International Theological Commission, 2012:282).

En otras palabras, lo que está en crisis actualmente es el modo religional concreto de vivir la dimensión religiosa, no dicha dimensión en sí misma. Por tanto, en la medida en que la humanidad globalizada abandona la organización agraria de las sociedades y se involucra en dinámicas postindustriales, se hace necesario pensar la búsqueda humana de absoluto desde un paradigma postreligional que, entre otras cosas, reconoce que la espiritualidad no es monopolio de las organizaciones religiosas tradicionales y se abre a la búsqueda de sentido en otros ámbitos de la dinámica humana (EATWOT’s International Theological Commission, 2012:284). Ello urge a buscar nuevos lenguajes, nuevas maneras de abordar los grandes relatos que desde la dogmática y la mitología explicaron el mundo para las culturas desarrolladas con cierta configuración social en momentos históricos determinados, pero cuyos contextos no son eternos. Es decir, se impone la necesidad de desmitologizar. Desmitologizar la búsqueda de sentido y sus prácticas culturales asociadas. Desmitologizar el ejercicio y la experiencia estética. Desmitologizar el rock y el metal.


La desmitologización de Bultmann:lo “post” del metal como crítica cultural

En el ámbito de la teología, se debe a Rudolf Bultmann la propuesta de un programa de desmitologización que implica, ante todo, un método hermenéutico, es decir, de interpretación de las narrativas que tratan de hacer accesible el más allá al más acá (Gómez, 2015), pretendiendo despojar de todo elemento contextual ajeno un contenido existencial que latería en el núcleo de contenido del mito, lo cual coincide con el paradigma postreligional cuando pretende poner la mirada no en el “segundo piso”, sino en el nuestro. Es decir, no se trata de mirar hacia arriba, sino a los lados. La desmitologización, en la concepción de Bultmann:

[...] pretende revalorizar la que considera auténtica intención del mito [...], es decir, su hablar de la existencia del hombre. Éste es el aspecto positivo. Negativamente, la d. es una crítica de la imagen mítica del mundo, en cuanto que ésta oculta la verdadera intención de aquél.

Si, siguiendo a Bultmann, comprendemos por mito el fenómeno histórico determinado que da cuenta de las fuerzas sobrehumanas actuando en el ámbito de lo humano, y por mitología la manera de pensar asociada a él, en términos de ideología vinculada a lo identitario que justifica y explica este contacto, entonces “en el mito y en el pensar mítico la acción divina que se describe se concibe y expresa según la analogía de la acción humana” (González de Carrea, 1991).

Hacia un planteamiento de crítica cultural asociada al rock y al metal, un programa de desmitologización implicaría, de entrada, la deconstrucción de los relatos que han dado sustento a un pantheon donde los theos campan en su Valhalla más allá del ámbito de realidad de los simples mortales. En términos concretos, por ejemplo, el cuestionamiento del star system y del mismo concepto de rock star. La apertura a salir de los límites que la racionalidad romántica impone e impide a sus involucrados ver el campo cultural del rock y el metal en términos de industria cultural. La posibilidad de un diálogo fecundo entre los grupos identitarios asociados a los diversos géneros del rock y el metal y sus espiritualidades, que pudiese revertir el repliegue de la oferta o, en todo caso, ligar los grandes ideales de las grandes épocas del rock, que en la actualidad no dejan de estar afectados por cierto aroma a traición, a la praxis de la cultura después del reconocimiento de su dimensión como producto cultural masivo.


En ese sentido, las propuestas post del rock y el metal son las que pueden estar llevando hoy la antorcha de la esperanza, más allá de entrar en el debate sobre la manera de definir los géneros o estilos musicales y su articulación con las culturas del rock y el metal en términos identitarios. Un ejemplo concreto es el llamado blackgaze. El término es una contracción que implica la mezcla de elementos estéticos y temáticos de dos propuestas distintas. Por un lado, el black metal, de corte oscuro, violento y místico, frecuentemente satánico, encarnado en actos como Mayhem, Burzum, Immortal o Dimmu Borgir.

Mayhem - Anti (Official) https://bit.ly/2S12KhA

Por otro, el shoegaze, como se definió a una corriente del post punk en la década de los ochenta, caracterizada por largos pasajes atmosféricos y psicodelia, como es el caso de My Bloody Valentine o el primer The Verbe. El sonido de los guitarristas de shoegaze suele depender extensivamente de sus pedales de efectos, y es frecuente que durante las actuaciones su atención esté centrada en sus pedaleras, más que en el público. De la constante mirada hacia abajo viene la palabra shoegaze, “contemplar zapatos” (Walschots, 2014).

Alcest - Kodama https://bit.ly/2UcZYbE

A diferencia del modo en que David Byrne entiende el concepto de “escena musical” en Cómo funciona la música, el blackgaze responde más a lógicas postmediales que geográficas, aparentemente sin los dogmatismos y autoconstricciones que tanto han limitado otras propuestas en el rock. Tanto los franceses Alcest y sus referencias al ánime japonés como los norteamericanos Deafheaven convocan sin problema a sus audiencias en Ciudad de México o Guadalajara. Red Sparrowes aborda la tragedia rural de la Revolución Cultural china en uno de sus álbumes conceptuales, mientras If These Trees Could Talk construyen paisajes sonoros que remiten de modo ambivalente a la tragedia de la Tunguska siberiana o a la reconquista de la naturaleza después de un escenario apocalíptico. Es decir, mantienen abiertos los caminos de búsqueda de sentido por las preguntas desafiantes, retadoras, sobre la naturaleza humana y sus obscuridades. Estos actos se presentan libres de dogmatismos y narrativas heredadas, tratando de abrirse camino a fuerza de redes sociales en la época de una industria musical predadora que vuelca en el streaming sus mecanismos de explotación y en un momento en que el disco objeto parece ganar fuerza a nivel mundial, pero invisibles a una buena parte del público del rock y el metal que encontró en sus tótems su consuelo y dejó de buscar hace años, sobreviviendo de revivals, reediciones y reencuentros.

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If These Trees Could Talk “They Speak with Knives”https://bit.ly/38SWrUh

Conclusiones

“Teniendo ojos no ven y teniendo oídos no oyen”

(Mc 8, 18)

Si se apela únicamente a ciertas categorías sociológicas de uso corriente, resulta polémico definir a las identidades vinculadas a la música metal como subculturas, partiendo de que en su mayoría estos grupos identitarios no se han politizado activamente, a diferencia de, por ejemplo, colectivos organizados en torno al punk de segunda generación (Brown 2003:210). Por ello, la disponibilidad de dispositivos conceptuales y categoriales heredados del ámbito teológico permite abordar estos fenómenos con una lógica que abraza la tribalidad de las culturas del rock y el metal en su dimensión espiritual. Ello plantea la exploración del sentido de vida, en el vector que corre del impulso al destino, que se configura desde la experiencia estética con una vocación trascendente.

En la propuesta que aquí se expone, la configuración de espiritualidades o de horizontes de sentido, articuladas desde las culturas del rock y el metal, adquieren significación desde la concepción palimpsestual de las culturas juveniles de Martín-Barbero como un proceso dialéctico complejo, un juego entre sedimentos culturales que se inscribe en un marco tribal a partir del modelo religioso postulado por Maffesoli. Los grupos se van aglutinando o separando en torno a visiones trascendentes de mundo, y su desarrollo supone política, ritualidad, manifestación cultural, adhesión y ruptura. La dialéctica, entonces, se manifiesta como un juego entre ortodoxias y heterodoxias.

Los Antiguos - Senda de la Luz Fantasmal https://bit.ly/37IV1vu

La comprensión del conflicto entre lo ortodoxo y lo heterodoxo en las espiritualidades configuradas con lo musical, se acopla con categorías culturales en el análisis que Simon Frith o Keir Keightley han hecho sobre las llamadas autenticidades nostálgica y vanguardista presentes en la diversidad del rock, que Fernán del Val Ripollés (2015) expone sistemáticamente en su tesis doctoral. Estableciendo esto, la dialéctica ortodoxia/heterodoxia o nostalgia/vanguardia que se verifica en las culturas de música metal tiene en el paradigma postreligional de la Asociación Ecuménica de Teólogos del Tercer Mundo un mecanismo descriptor eficaz. De ese modo, tales manifestaciones culturales son susceptibles de un ejercicio de crítica cultural tomando como base la propuesta de desmitologización del teólogo Rudolf Bultmann, en la que se rebasa la literalidad de la mitología en favor de interpretaciones más profundas y legibles desde la actualidad de la cultura.

Con esta plataforma, queda revelado que las culturas ortodoxas del metal han quedado debilitadas políticamente por sus propios dogmatismos e insertas sin conciencia profunda en las lógicas de producción, distribución y consumo de bienes culturales, contribuyendo a un conservadurismo fosilizante. Las identidades más ortodoxas ligadas al rock y al metal han perdido la capacidad de respuesta crítica ante el onanismo de sus propias narrativas mitológicas. Han exacerbado cierta caricatura de masculinidad, mantenido estereotipos raciales, fantaseado con batallas épicas, justificado la evasión alcohólica y narcótica y mostrado un aparente disconformismo que, rayando en lo nihilista, incapacita para incidir políticamente en la dinámica social en términos de la rebeldía liberadora y creativa que supuestamente les impulsan.

Ello no significa que las narrativas y mitologías asociadas al rock o al metal estén condenadas a perder toda legitimidad. Las culturas del metal están encontrando en llamadas propuestas “post” nuevas vías de hermenéutica de la realidad y de posicionamientos que, desde lo estético, manifiestan éticas viables. Y, en lo académico, merece una mención notable el esfuerzo del Grupo de Investigación Interdisciplinaria en Heavy Metal Argentino (GIIHMA), quien con su propuesta de Parricidas ejerce sin miedo y con rabia una crítica a las culturas del metal en su país que se han fosilizado al punto de defender posturas y creencias incompatibles con lo que de dinámico e iconoclasta late en el núcleo de la música metal:

El GIIHMA ha respondido virtual y presencialmente a todas las patrañas de los totemizadores y del propio tótem... nos permitió asumirnos en esa tradición pero, al mismo tiempo, tajear las zonas que nos hacían ruido de nuestros dioses susurrantes (Scariccaciottoli, 2018:20).

En tanto dinamismo humano básico, el hambre de sentido se manifiesta en diversas experiencias estéticas, y en la misma medida las propuestas que pretenden satisfacerla. En ese tenor, si las imágenes demoníacas ligadas a cierto rock y metal se han usado para crear tensión basada en la fealdad, en lo desagradable, en lo abyecto, es porque, como reconoce Umberto Eco en su Historia de la Fealdad (2007:421), en realidad ese olor a azufre es inherente a la realidad humana y es necesario confrontarlo, asumiendo la tensión entre la ortodoxia y la hererodoxia, entre la tradición y la ruptura, entre la necesidad de institucionalización y la creatividad flexible.


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Doce piezas para leer y escuchar

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4. Luzbel (1986). “Por piedad”, en: Pasaporte al Infierno. México: Warner.

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11. If These Trees Could Talk (2012). “They Speak with Knives”, en: Red Forest. EUA: Science of Silence.

12. Los Antiguos (2019). “Senda de la Luz Fantasmal”, en: Oro para las Naves. Argentina: Los Antiguos.

Notas de autor

* Mexicano. Licenciado en Comunicación por laUniversidad Iberoamericana León. Sus áreas de interés son: teología y paradigma postreligional, cultura y comunicación, discurso y mitologías contemporáneas, rock y metal. Sus publicaciones más recientes son “Teología del black metal desde el paradigma postreligional y el anateísmo”, en Gómez Vargas, Héctor (coord.), 2018. Estéticas del Rock III: Después de las culturas del rock. León: UIA, ICL; y “Sin partituras: hacia el diseño de una herramienta musicográfica para abordaje del discurso musical mediático en formación humanista universitaria” en Entretextos, año 11, núm. 31, abril-junio de 2019, ISSN: 2007-5316. Actualmente es académico de tiempo del Centro de Formación Humanista de la UIA León. Blvd. Jorge Vértiz Campero 1640, Col. Cañada de Alfaro. León, Gto., México. Apdo. Postal 1-26 C.P. 37238. Teléfonos institucionales: +52 (477) 710 06 26, +52 (477) 710 06 00 ext. 3204. Fax +52 (477) 711 54 77; sergiomirandabonilla@gmail.com, sergio.miranda@iberoleon.mx
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