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Comunicación, cultura y relato Una propuesta para repensar las bases teóricas de la comunicación participativa

Communication, Culture and Story A Proposal to Rethink the TheoreticalBases of Participatory Communication

Catalina Gayà Morlà. *
Universidad Autónoma de Barcelona, España
Marta Rizo García *
Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México
David Vidal Castell *
Universidad Autónoma de Barcelona, España

Comunicación, cultura y relato Una propuesta para repensar las bases teóricas de la comunicación participativa

Estudios sobre las Culturas Contemporáneas, vol. XXVIII, núm. 55, pp. 11-28, 2022

Universidad de Colima

Recepción: 03 Julio 2021

Aprobación: 05 Octubre 2021

Resumen: En este ensayo planteamos que la relación entre comunicación, cultura y relato tiene un gran potencial explicativo para fundamentar la propuesta teórica-metodológica de la comunicación participativa. Exponemos que la reflexión desde la comunicación y la cultura, con el relato en el centro, aporta un sustento teórico sugerente al campo (teórico y empírico) de la comunicación participativa. Para lograr este objetivo, dividimos el ensayo en tres partes. En un primer momento, exponemos de forma general la relación entre comunicación y cultura, a partir de un repaso de algunas de las concepciones interaccionistas de la comunicación que, creemos, se articulan mejor con la cultura como principio organizador de la experiencia de los sujetos en el mundo. La segunda parte del ensayo establece algunas distinciones conceptuales básicas entre las nociones de narración, relato y narrativa, a menudo usadas –de forma equívoca– como sinónimas. Una vez vinculados los tres términos clave –comunicación, cultura y relato–, en la tercera parte aterrizamos esta triada conceptual en la reflexión sobre la comunicación participativa, comprendida como una herramienta teórico-metodológica que, a partir de la incorporación de la articulación comunicación-cultura-relato, puede dar pie a la construcción de relatos emergentes que ponen en duda la hegemonía. El texto cierra con unas reflexiones finales a modo de síntesis de la propuesta presentada.

Palabras clave: Comunicación, Cultura, Relato, Comunicación participativa.

Abstract: In this article, we argue that the relationship between communication, culture and narrative has great explanatory potential with regards to supporting the theoretical-methodological proposal of participatory communication. We argue that reflection from the fields of Communication and Culture, with narrative at its core, adds to the theoretical and empirical fields of participatory communication. To achieve this objective, the essay is divided into three parts. First, we describe the general relationship between Communication and Culture. This is based on a review of some of the interactional concepts of communication that, we believe, are best expressed when culture is an organizing principle of the experience of the world’s subjects. Secondly, the article establishes some basic conceptual distinctions between the notions of narration, storytelling, and narrative. These are often mistakenly used as synonyms. Thirdly, once the three key terms (communication, culture, and narrative) have been linked, this conceptual triad is incorporated into the reflection on participatory communication. It is understood as a theoretical-methodological tool that, based on the incorporation of the expression of the communication-culture-narrative, can encourage the construction of emergent narratives that cast doubt on hegemony. The article concludes with some final reflections through a synthesis of the presented proposal.

Keywords: Communication, Culture, Storytelling, Participatory Communication.

Comunicación y cultura,una relación indisoluble

En sus acepciones más antiguas, el término comunicación hacía referencia a la comunión, la unión, la puesta en relación y el compartir algo. Esta definición, sin duda, se aleja de la asociación casi automática de la comunicación con la transmisión de información a través de un vehículo técnico: los medios.

Tanto la cultura como la comunicación son conceptos ampliamente definidos en el ámbito de las ciencias sociales. Son muchísimas las aproximaciones a ambos conceptos y no es este el espacio para recoger con minuciosidad todas las definiciones. Más bien sintetizamos sólo algunas acepciones de cada término, en aras de presentar una propuesta de articulación teórica entre comunicación y cultura, en general, que permita posteriormente plantear las relaciones entre la comunicación participativa, la cultura y el relato.

La comunicación es un término polisémico y pese a la notable institucionalización del campo académico de la comunicación, aún no existe un consenso cabal sobre su definición. Son muchos los modos de concebir al fenómeno comunicativo, riqueza que plantea retos y posibilidades interesantes aunque, simultáneamente, genera confusiones. La comunicación puede definirse como la interacción a través de la cual gran parte de los seres vivos adaptan sus conductas al mundo que los rodea, mediante la transmisión de mensajes, de signos convenidos por el aprendizaje de códigos comunes; por otra parte, la comunicación es también el propio sistema de transmisión de mensajes o informaciones, entre personas físicas o sociales, o de una de éstas a una población, a través de medios personalizados o de difusión colectiva. Y más aún, la noción de comunicación puede referirse al sector económico que aglutina las industrias de la información. Estas tres acepciones ponen en evidencia que nos encontramos, como decíamos, ante un término polisémico (Rizo, 2005).

Aunque en el campo académico de la comunicación suele privilegiarse una visión de la comunicación como asociada a los procesos mediáticos, consideramos que el fenómeno comunicativo no puede, ni debe, reducirse a la transmisión de información a través de los llamados medios de comunicación. Sin lugar a dudas, la comunicación va mucho más allá de los medios: por una parte la comunicación, en un sentido que aquí no nos ha de interesar abordar y que es previo a la reflexión sobre la comunicación humana, es una práctica indispensable que fundamenta la vida del mundo natural en numerosas especies –por no decir en todas–; por otra, el ser humano, como ser fundamentalmente simbólico, antes incluso que racional, se construye individualmente y socialmente a través de procesos comunicativos. Así, en nuestra propuesta, entendemos que toda actividad simbólica y de construcción de sentido, como toda actividad social, se lleva a cabo a través de mediaciones que implican en una medida u otra, comunicación.

De tal forma que, más que un telón de fondo, la comunicación es la actividad y la capacidad con la que se construye el ser como semiótico y político: para el ser humano, casi sin excepción, el mundo que lo rodea es una realidad oculta, brumosa, llena de trampas, y desearía, en cambio, que fuera diáfana y accesible, en términos concordantes con su anhelo de razón (Duch 2019:12). Convertir el caos en cosmos, a través de una praxis de dominación de la contingencia, siempre necesitada de ser simbólicamente ordenada, que necesita de la palabra y del relato. Y no sólo la realidad es, en palabras de María Zambrano un enigma, también lo es la presencia del propio ser en el mundo (Zambrano, 2005:31-32). Siguiendo las propuestas de Geertz (1987), debemos tomar conciencia del hecho que el ser humano es más un animal simbólico que racional: “ubicado en tramas de significación que él mismo ha tejido” (Ibidem:109). En estas redes, según los términos de Ernst Bloch, el ser busca pasar de homo absconditus a homo revelatus (Ibid:13). Así todo trabajo cultural es constitutivamente un intento de dar orden, de dar sentido, de construir un medio significativo para el ser y este trabajo, como apuntan García Canclini (1982) o Tresserras, es fundamentalmente una actividad lingüística, narrativa, por ende, comunicativa, con los otros y con uno mismo. Por ello, cuando hablamos de cultura, escribe Tresserras (1996:73), debemos entender que nos referimos a “un sistema comunitario de lenguajes en acción”.

En este sentido, decimos que los humanos vivimos, como sujetos, en un constante estado de comunicación (Duch, 2002:35) porque al ser le es incesantemente imprescindible, para vivir, la relación con lo ausente y con lo presente. En términos antropológicos, esto lleva a una fecunda vinculación entre la idea de deseo y la necesidad de comunicarse (y comunicarlo), que siempre se debe expresar simbólicamente. La cultura denota, según escribe Geertz,

un esquema históricamente transmitido de significaciones representadas en símbolos, un sistema de concepciones heredadas y expresadas en formas simbólicas por medio de las cuales los hombres comunican, perpetúan y desarrollan su conocimiento y sus actitudes ante la vida (1987:20).

La comunicación supone una relación en la que se comparten contenidos cognoscitivos, es decir, “exige algo que compartir, la voluntad de compartir, alguien con quien hacerlo y la acciones de los que comparten: la expresión y la interpretación” (Moreno, 2008). Es por ello que, como reguladora de las relaciones humanas, la comunicación debe entenderse, por lo tanto, como base de toda interacción social. La noción de interacción es básica porque ayuda a comprender la naturaleza de las relaciones sociales (Rizo, 2005).

La comunicación es fundamental en toda relación social; es el mecanismo que regula y hace posible la interacción entre las personas y, con ella, la existencia de las redes de relaciones sociales que conforman lo que denominamos sociedad. Las personas establecen relaciones con los demás por medio de interacciones que pueden calificarse como procesos sociales. Y como ya dijimos, toda interacción se fundamenta en una relación de comunicación.

Dado que toda interacción social se fundamenta en la comunicación, es pertinente hablar de interacción comunicativa. Esta puede entenderse como el proceso de organización discursiva entre sujetos que, mediante el lenguaje, actúan afectándose de forma recíproca. La interacción comunicativa es la trama discursiva que permite la socialización del sujeto por medio de sus actos dinámicos, en tanto que imbrican sentidos en su experiencia de ser sujetos del lenguaje. Así, interactuar es participar en redes de acción comunicativa, en redes discursivas que posibilitan la aprehensión, comprensión e incorporación del mundo (Rizo, 2005).

Una de las corrientes de pensamiento que más aporta a esta noción de interacción y su relación con la comunicación es el Interaccionismo Simbólico. Sus postulados básicos,1 que asumimos, tienen en común el énfasis dado a la naturaleza simbólica (y por tanto, comunicativa) de la vida social.

La inevitable capacidad narrativa del ser humano participa de forma relevante en esta interacción social, puesto que, como escribió Borrat: “comprender narrando y explicar narrando son acciones básicas para los interactuantes en sus comunicaciones intra e interpersonales” (2000:46). Y no sólo es fundamental esta dynamis narrativa, “la hermenéutica exige a los actores en interacción lo que después exigirá a los autores de relatos informativos: inferir, imaginar, sospechar” (Borrat, 2000:44), en tanto que comprender implica, desde la perspectiva de las ciencias del espíritu de Dilthey (1949), revivir los estados mentales de los otros.

La relación entre comunicación y cultura es fundamental para la consolidación del campo de la comunicación, sobre todo a partir de la importancia otorgada a los Estudios Culturales. ¿Es primero la comunicación o la cultura? ¿Se puede pensar únicamente la comunicación desde lo cultural o existe una lectura comunicativa de la cultura? (Rizo, 2009).

La sociología y la antropología proponen comprender a la cultura a partir de características como las siguientes: la cultura se basa en símbolos universales que nos ayudan a comunicarnos; se comparte entre los diferentes seres humanos y es aprendida o adquirida. En estas aproximaciones a la cultura está presente la comunicación de múltiples modos: en la existencia de símbolos que ayudan a las personas a comunicarse; en la idea de que la cultura se transmite y, por tanto, necesita de medios para su difusión de generación a generación; también en la idea de que la cultura se aprende o adquiere, puesto que toda situación de aprendizaje implica formas comunicativas de mediación entre los sujetos (Rizo, 2009).

Con matices distintos, pero también con una mirada que articula claramente comunicación y cultura, Thompson (1993) afirma que la cultura está caracterizada por formas simbólicas que pueden ser de cinco tipos: intencionales, es decir, construidas y producidas para un sujeto; referenciales, que se refieren a algo; estructurales, o conformadas por elementos interrelacionados; convencionales, referidas a su construcción, empleo e interpretación por parte del sujeto que las recibe; y contextuales, en el sentido que están insertas en procesos mayores.

La cultura proporciona a las personas un marco de referencia general para que éstas puedan comprender el mundo y su funcionamiento. Ello les permite interactuar, comunicarse, con otras personas. Esta aproximación, junto con la que ya hemos recuperado de Thompson y en general, las visiones antropológica y sociológica de la cultura, ponen énfasis en su dimensión subjetiva (Triandis, 1977). Esta dimensión subjetiva permite definir a la cultura como la respuesta de la gente a la parte del medio ambiente hecha por el ser humano, o la forma característica de un grupo de percibir y de significar su medioambiente social (Brislin, 1981). Otra definición de cultura que nos parece sugerente para los propósitos de este texto es la que proporciona María Jesús Buxó (1990), para quien la cultura es el sistema de conocimiento a partir de cuyos significados el sujeto tamiza y selecciona su comprensión de la realidad, así como interpreta y regula los hechos y los datos de su entorno. Y es ineludible aquí hacer también referencia a la cultura como proceso, para lo cual se toma la definición ya clásica de Clifford Geertz (1987): la cultura como red de significaciones o sentidos, traducidos en una especie de programa, que sirven para significar la vida cotidiana.

Eagleton (2017), desde el análisis crítico de las aportaciones de Edmund Burke, Herder, T.S. Elliot y Raymond Williams, opone dos definiciones del término cultura que son recurrentes en la gran mayoría de los trabajos emprendidos desde una gran diversidad de disciplinas. Por una parte, el término cultura entendido, de una forma canónica o prescriptiva, como corpus de obras intelectuales o artísticas, acompañado de la experiencia de desarrollo espiritual e intelectual que conllevan. Por otra, la acepción más próxima a la perspectiva antropológica, según la cual cultura sería el acervo de valores, hábitos, creencias y prácticas simbólicas, lo que Eagleton resume como “una completa forma de vida en su conjunto” (2017:14).

Lo paradójico es que la primera acepción de cultura, entendida como arte que eleva, es minoritaria e implica innovación y originalidad, conexión con lo vanguardista, mientras que la segunda está volcada en el concepto de tradición o de hábito. Siguiendo la primera acepción podríamos decir de alguien que no tiene ninguna cultura, sencillamente porque no ha frecuentado el canon construído para un determinado grupo social; en cambio en la segunda acepción, esa frase es inconcebible, porque al ser humano le está negado ser extracultural: todos participamos ya no de una sino de diversas culturas. De hecho, Eagleton (2017) apunta, siguiendo la perspectiva de Raymond Williams, que:

[...] la dificultad de la idea de cultura es que constantemente nos vemos obligados a ampliarla hasta que llega a identificarse con la totalidad de nuestra vida colectiva (15).

En este sentido, consideramos que Néstor García Canclini aporta una síntesis interesante de estos dos polos de la acepción de cultura cuando la concibe como “la producción de fenómenos que contribuyen, mediante la representación o reelaboración simbólica de las estructuras materiales, a comprender, reproducir o transformar el sistema social, es decir, todas las prácticas e instituciones dedicadas a la administración, renovación y reestructuración del sentido” (1982:41).

La mayoría de las definiciones que recuperamos ponen el énfasis en la cultura como principio organizador de la experiencia humana (González, 1987) y no como un conjunto de producciones materiales de una sociedad o grupo humano determinado. Así, siguiendo la reflexión de García Canclini, consideramos que la relación entre comunicación y cultura requiere, sobre todo, concebir a la comunicación como el proceso básico para la construcción de la vida en sociedad, como el mecanismo activador del diálogo y la convivencia entre sujetos (Rizo, 2009). De esta manera, la comunicación es el ingrediente básico de las relaciones humanas, la base de la sociedad. Lo anterior se expresa claramente en la siguiente idea: es en las relaciones de comunicación cotidianas entre las personas donde se manifiesta de forma más clara la cultura como principio organizador de la experiencia humana.

Estamos apostando por una articulación de la comunicación y la cultura que ve a ambos conceptos como interdependientes y en la que la actividad narrativa es parte, en consecuencia, de dicha articulación.

Narración, relato y narrativaDistinciones conceptuales básicas

Pese a que en el uso coloquial con frecuencia confundimos los términos narración, relato y narrativa, es de capital importancia para el desarrollo de nuestra propuesta establecer una distinción entre estos conceptos, sin más pretensión que la de fijar los significados en el desarrollo de nuestra perspectiva. Esta distinción no está clara, tampoco, en las contribuciones de los diversos autores que consideramos nuestros referentes en este ensayo, como García Canclini, Ricoeur, Rincón, Lynch, Chillón o Duch. Lynch (2000) cuestiona, por ejemplo, que García Canclini utilice la expresión narrativa, la considera sólo un anglicismo de narración que poco aporta, más allá de la intención, apunta, de encontrar un trasfondo ideológico a la narración. En el desarrollo sistemático de nuestro pensamiento, en cambio, entendemos que no es lo mismo narración que narrativa y nos urge,asimismo, distinguir relato de narración. Lo haremos a continuación, usando los sentidos en que autores de esta tradición de usan dichos términos de forma mayoritaria, así como atendiendo también a la pura descripción léxica y a su uso más común.

Consideraremos tres niveles en el trabajo hermenéutico que el ser desarrolla a través de su capacidad de narrar, que le es consustancial: en primer lugar, la narración, entendida como la acción de narrar y, al mismo tiempo, como su resultado, es decir, tanto la acción discursiva de explicar o de desarrollar una historia como la historia desarrollada en sí misma, en una gran diversidad de formatos (pensemos, en este sentido, tanto en una interacción cotidiana, como en un hilo mental del pensamiento, como en una noticia, como, dentro de la actividad literaria, en cuentos, novelas, dramas y todo tipo de actos discursivos); en segundo lugar, en un nivel superior de abstracción, en las narraciones concretas hallamos implícitos los relatos, formas a priori de tipo ideológico, que transmiten información y opinión sobre cómo debe funcionar el mundo desde una determinada perspectiva –el relato de la mujer fuerte, el relato del loco sabio, el relato del triunfador–, es un concepto cercano al de arquetipo colectivo; expresa lo que Gadamer, en su Verdad y método (1993), llamó el mundo de los pre-juicios, aunque obviamente son operativos solamente dentro de una determinada cultura. La articulación de varios de estos relatos dentro de una determinada tradición podría ser considerada un meta-relato. Por tanto, las narraciones concretas se nutren del repertorio de relatos, como principios de sentido, disponible en su acervo cultural, entendidos como los principios ideológicos implícitos (tanto en su forma como en su contenido, buscando siempre pragmáticamente la máxima eficacia para su cometido funcional). Los relatos, de forma articulada y global en una determinada cultura o perspectiva cultural, conforman un meta-relato.

Finalmente, haremos caso a Lynch (2000:105) y seremos cautos con el término narrativa: en su sentido recto se aplica a cualquier cometido que tenga relación con la acción de narrar; también se usa de forma generalizada para designar al conjunto de narraciones o de géneros narrativos, por ejemplo en una tradición literaria o en la obra de un autor. Así decimos, en este orden citado, El talento narrativo de Maupassant, La narrativa colombiana o La narrativa de García Márquez. Es por ello que aquí usaremos el término narrativa, preferiblemente, en el sentido de conjunto de narraciones. Inevitablemente, como vemos que emerge de los citados ejemplos, entendemos también por la narrativa las capacidades expresivas y las posibilidades técnicas vinculadas a un autor, un género, un dispositivo o un medio. Hablaremos así propiamente de la narrativa del videojuego o de las nuevas narrativas audiovisuales. Por último, no olvidemos el apunte de Lynch: con frecuencia el uso de la expresión narrativa o narrativas sugiere el descubrimiento de lo ideológico bajo la narración.

Como ya hemos establecido líneas arriba, citando los trabajos de numerosos antropólogos, la capacidad simbólica y comunicativa del ser humano se vehicula de forma compleja, y a la vez básica, a través de la narración, que a su vez transmite los relatos de su medio significativo cultural en el que crece y se interpela por el sentido y por la identidad. En este entorno simbólico y narrativo, el ser humano es el único animal capaz de concebir y comunicar una nueva representación a los otros; es capaz de articular un relato en torno a sí mismo que genere cambios culturales. Es por ello que en la articulación entre comunicación y cultura, la reflexión incorpora la capacidad narrativa, que nos identifica como sujetos en la cultura y que construye meta-relatos que conforman comunidad y, por ende, identidades individuales y colectivas.

Esta capacidad de transformación y cambio se fundamenta en la naturaleza de animal loquens del ser. Así, Albert Chillón expresa: “No hay pensamiento sin lenguaje, sino pensamiento en el lenguaje […] al fin y al cabo, la experiencia es siempre pensada y sentida lingüísticamente” (Chillón, 1998: 70). El autor añade que el ser humano es fruto de una narración, se forma y se desarrolla como tal en ésta, y su existencia discurre en un medio narrativo. Los individuos necesitan relatos que les ayuden a identificar estructuras (tramas argumentales), que les den estructuras asimilables de significación e interpretación de su identidad y su experiencia.

De esta manera, aparte de ser una condición de la existencia humana, el relato también se configura en una posibilidad para comprender el entorno, así como comprenderse las personas unas a otras, en la complejidad del devenir social a lo largo de la historia.

El relato sitúa (posiciona) los sujetos en relación a la comunidad y al imaginario social que estos sujetos comparten y, al mismo tiempo, ayuda a articular un relato: el cual puede ser homogeneizador y excluyente o, por el contrario, equitativo y diverso.

Reflexiona Vidal (2018) que, desde que Paul Ricoeur escribió Tiempo y Narración (1995) sabemos que “el relato es el recurso inevitable por el cual los seres nos instalamos (y nos humanizamos) en el tiempo. El relato nos sitúa en un tiempo y en un lugar y nos otorga una identidad. El relato nos aporta conciencia del tiempo (un aquí y un ahora en oposición a un antes y un después); de la topografía (y no nos referimos a un lugar físico, sino en el espacio simbólico que ocupa el individuo y el grupo del que forma parte), y de la cronografía (descripción del tiempo en que se vive, una vez además desde un punto de vista simbólico)”. Es decir, el relato nos ayuda a explicarnos colectivamente de manera retrospectiva, a pensarnos en el presente y, en un escenario de cambio, a reinventarnos prospectivamente. Nos da las claves para interaccionar entre el ello para conocer y el yo; entre el nosotros y el yo, e, inevitablemente, entre el vosotros y el yo.

El relato ayuda a las comunidades humanas a explicarse colectivamente de manera retrospectiva, a pensarse en el presente y, en un escenario de cambio, a reinventarse prospectivamente.

El relato, reflexiona Bruner (2003), está constituido por acontecimientos humanos que se desarrollan en el tiempo; está hecho de situaciones humanas que terminan por moldear nuestra percepción del mundo y, a su vez, dependen de las creencias que tengamos de la realidad. “Sin la capacidad de contarnos historias sobre nosotros mismos no existiría una cosa como la identidad” (122). Así, el relato no es neutro. Como constructor de realidad, tiene una función con respecto a la persona y a la cultura. Y, si bien planteamos que cada persona encuentra una pluralidad de relatos con los que puede identificarse, también nos referimos al hecho de que, en el proceso intersubjetivo, el relato permite un proceso dialéctico de reconocimiento relacional.

El relato se entiende, así, como la producción discursiva para la articulación de sentidos que los miembros de una comunidad construyen en el momento de ser interpelados –preguntados, observados, escuchados– en torno a diferentes aspectos (prácticas culturales, cosmovisión) de la comunidad a la que pertenecen.

Comunicación participativa y relatos emergentes El caso de los relatos feministas

La comunicación permite a los sujetos participar en prácticas culturales compartidas con fines emancipatorios, es decir, en procesos de intercambio así como de construcción de significados y sentidos. Entendida así, la comunicación como dispositivo de construcción colectiva de sentidos, puede poner en duda los relatos dominantes y generar otros relatos posibles. Permite también generar nuevos modos para construir conocimiento sobre determinados fenómenos.

Así, si bien toda comunicación es participativa, en este ensayo nos interesa poner el énfasis en el concepto de participación como práctica que nos permite, a través del diálogo, reconocer, reconstruir y resignificar la experiencia humana. Proponemos entonces, en un texto que aborda comunicación, cultura y relato, detenernos en las posibilidades que la comunicación nos brinda como acción política de emancipación.

Nos parece que la reflexión desde la comunicación y la cultura, con el relato en el centro, aporta un sustento teórico sugerente al campo(teórico y empírico) de la comunicación participativa, que se ha desarrollado ampliamente en América Latina desde los años 70 del siglo XX, que suele asociarse generalmente con nociones más relacionadas con la cienciapolítica, como la participación, la ciudadanía y la democracia. Nosparece sugerente traer a colación un acercamiento al concepto decomunicación participativa (Tufte, 2015; Ramiro Beltrán, 2005; Gumucio-Dagrón, 2008) como herramienta teórico-metodológica para la generaciónde relatos emergentes que ponen en duda la hegemonía.

La comunicación participativa supone implementar un proceso de reflexión de segundo orden en el que se reconoce la invisibilización de unos sujetos del relato y se establecen los mecanismos para que estos participen de forma plena en la construcción de los relatos culturales. Así, la comunicación participativa puede ser pensada como acto de interacción horizontal que conlleva a la participación de sujetos diversos –hasta ahora excluidos o marginalizados– en el establecimiento de nuevos relatos que idealmente definirán una nueva cultura.

Si bien –como apuntábamos al inicio–, la comunicación posibilita la cultura, la comunicación participativa aflora como un artefacto emancipador del relato hegemónico y, a su vez, como posibilitador de nuevos relatos. Emerge, así, como una acción incómoda para la hegemonía, ya que en el proceso simbólico de interacción, participación y mediación de sujetos (Martín Barbero, 1989) permite el acceso y la participación en la toma de decisiones de sujetos hasta ahora excluidos; visibiliza una denuncia de los mecanismos de subordinación, opresión y dominación; y cuestiona los privilegios a los que dichos mecanismos responden.

A su vez, es una acción transformadora: genera la posibilidad de relatos emergentes que proponen nuevos imaginarios compartidos. Es importante resaltar que no sólo supone un proceso de reconocimiento de la voz de los sujetos implicados, sino que estos son escuchados y son parte de la toma de decisiones de los procesos que les afectan.

En este sentido, proponemos reflexionar sobre comunicación, cultura y relato en el marco de la cuarta ola feminista,2 con el objetivo de ilustrar cómo su potencia narrativa ha permitido visibilizar la emergencia de (nuevos) relatos construidos desde unos márgenes, en los que los sujetos se distancian de un relato hegemónico androcéntrico, que conceptualizamos como patriarcal.

Detengámonos primero en la definición de patriarcado para abundar, en los próximos párrafos, en nuestra propuesta. Marcela Lagarde define al patriarcado como el “poder cimentado en la dominación genealógica (tribal, clánica, familiar y personal) de los hombres sobre sus mujeres, sus descendientes, sus esclavos y sus animales, es decir, su familia” (2012:360). La autora plantea que

[…] la categoría patriarcado ha sido resignificada por feministas y otros científicos sociales, hasta convertirla en una teoría analítica multidisciplinaria sobre formas de organización social (prácticas, relaciones e instituciones) basadas en la dominación del género masculino sobre el género femenino, a partir del supremacismo del hombre, los hombres y lo masculino, sobre la mujer, las mujeres y lo femenino, colocadas en una posición de inferioridad y subordinación (360-361).

Queda claro entonces que el sistema patriarcal está, sobre todo, fundamentado en la subordinación de las mujeres respecto de los hombres y en un relato androcéntrico de la vida, esto es, en la consideración que los hombres/lo masculino son el modelo a seguir. Como construcción intelectual, el patriarcado necesita y desarrolla un relato hegemónico. Dicho relato, podemos decir, se convierte en la doxa3 de la sociedad actual: esconde y es perpetuador de las opresiones y violencias patriarcales necesarias para perpetuar unos privilegios.

La revisión feminista del relato nos lleva a visibilizar cómo éste convierte en hegemónico aquello que Scott (2000) concibe como discurso oculto –aquello que no puede enunciarse libremente– del patriarcado. Al mismo tiempo, nos posibilita un escenario de reflexión en el que el relato, cuestionando dichas estructuras de poder, se construye y plantea otras posibilidades.

Pensar la relación comunicación, cultura, relato desde el feminismo supone inevitablemente repensar cómo construimos el relato; cómo el relato patriarcal nos ha situado –instalado– en el tiempo y el espacio; cómo nos ha identificado y explicado colectivamente; cómo nos ha hecho partícipes de tramas argumentales que hemos asimilado como estructuras de significación e interpretación de nuestra identidad y experiencia sin cuestionar quién ha tenido acceso en la construcción de este relato, al que ha reconocido y al que –todavía– representa. Nos ayuda a visibilizar los mecanismos que privilegian lo masculino –o construido con la etiqueta de masculino– y desvalorizan a las mujeres así como a otras expresiones de género. El debate nos plantea cuál es el papel de la comunicación en la despatriarcalización de la definición de cultura y, por ende, del relato.

A modo de cierre

En el ensayo hemos expuesto que la relación entre comunicación, cultura y relato tiene un gran potencial explicativo para fundamentar la propuesta teórica-metodológica de la comunicación participativa. En este sentido, se ha argumentado que la comunicación participativa como una herramienta teórico-metodológica permite la interacción con las personas y las comunidades así como, a su vez, a partir de la incorporación de la articulación comunicación-cultura-relato, puede dar pie a la construcción de relatos emergentes que ponen en duda la hegemonía.

La reflexión expuesta sitúa la comunicación en un rol central en la búsqueda de significados que nos ayuden a interpretar –y a organizar– el presente, es decir nuestras vidas, a partir de relatos construidos colectivamente desde experiencias diversas. Dicho relato, producido en la interacción comunicativa entre las personas, construye un imaginario simbólico intersubjetivo, colectivo, negociado y negociable. Es decir, en “las relaciones, establecidas e investigadas a través de sus múltiples mediaciones, entre la producción de sentido y la identidad de los sujetos sociales en las más diversas prácticas socioculturales” (Fuentes, 2008:113).

En este sentido, entendemos a la comunicación participativa como una forma de comunicación comunitaria, ya que supone un modelo circular que, en el propio proceso, crea comunidad y, por ende, relato en torno a ésta. La narración que emerge de la interacción no solamente afecta a los sujetos participantes; la interacción potencia la emergencia de un relato que ayuda a significar la vida cotidiana más allá del relato hegemónico.

Resaltamos que la propuesta que presentamos en este ensayo, al mismo tiempo que visibiliza lo emergente, es capaz de articular un relato que puede generar cambios culturales. Así, si bien la capacidad narrativa comunitaria –procurada por la comunicación participativa– nos identifica como sujetos en la cultura hegemónica, también es una puerta abierta a la construcción de meta-relatos que conforman comunidad y, por ende, a identidades individuales y colectivas.

El relato que emerge de dicha comunicación participativa se configura en una posibilidad para comprender lo cambiante del entorno, para comprenderse las personas unas a otras, en una sociedad que afronta retos ineludibles como la igualdad real o la justicia social. Es más, dichos retos solamente se pueden abordar si hay una verdadera participación de sujetos diversos y si, en el proceso de interacción, se plantea la emergencia de meta-relatos construidos desde agendas temáticas no hegemónicas.

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Notas

1. Nos referimos a las premisas establecidas por Herbert Blumer (1968): 1) Los humanos actúan respecto de las cosas sobre la base de las significaciones que éstas tienen para ellos; 2) La significación de estas cosas deriva, o surge, de la interacción social que un individuo tiene con los demás actores; y 3) Estas significaciones se utilizan como un proceso de interpretación efectuado por la persona en su relación con las cosas que encuentra y se modifican a través de dicho proceso.
2. Debemos situar la cuarta ola feminista en la segunda década del siglo XXI. Se trata de la tercera vez en la historia que el feminismo se convierte en un movimiento masivo, esta vez, además, globalmente interconectado. Situamos la primera manifestación en Argentina: el 3 de junio de 2015, en la Plaza del Congreso, en Buenos Aires, una multitud de voces, hasta 200 mil, gritaron: “Ni una Menos” para protestar contra el asesinato de mujeres. Después vendrían los pañuelos verdes, por un aborto”. En 2016, las mujeres de Polonia lograron frenar el plan del gobierno de prohibir el aborto en casi todos los supuestos con un paro masivo. En España, en el 2018, decenas de miles de personas salieron a la calle contra La Manada y contra los asesinatos machistas. Las feministas nicaragüenses estaban en campaña contra las detenciones ordenadas por el régimen de Daniel Ortega. En Turquía, miles de mujeres se rebelaron contra la cruzada de Erdogan en defensa de la familia. En Bangladesh, miles de trabajadoras textiles hacían huelga para acabar con la sobreexplotación de la que se alimentan multinacionales como H & M, Primark, o Inditex. En Brasil, había protestas en recuerdo a Marielle Franco, la concejala y activista por los derechos de la mujer negra y los homosexuales asesinada tras denunciar la militarización de las favelas. En Bulgaria, las mujeres se levantaban contra la decisión del gobierno del ultraderechista Boyko Borisov de retirarse de la convención europea para combatir la violencia sexista. En Chile, salían a las calles para reivindicar el derecho al aborto. En Francia, había paradas de mujeres para «igual trabajo, igual salario». En Rusia, las mujeres protestaban contra un Gobierno que había aprobado que la violencia de género dejara de ser juzgada por el código penal y se considerase sólo un “delito civil”. En Estados Unidos, un millón de mujeres se manifestaban contra la política misógina, racista y capitalista que encarnaba el gobierno de Donald Trump. Después, vendría el #Metoo, que se haría viral y global. También #Cuéntalo y #Timesup.
3. González expone que el concepto de doxa, acuñado por Pierre Bourdieu, alude “a los esquemas de interpretación de primer orden, generalmente irreflexivos, aprendidos y vividos como naturales, obvios y evidentes. Operan en la base de toda práctica y se aprenden o asumen por simple familiarización” (1998:161).

Notas de autor

* Española. Doctora en Comunicación por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Profesora Lectora del Departamento de Medios, Comunicación y Cultura de la Facultad de Comunicación. Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Líneas de investigación: Comunicación participativa,;Relatos no hegemónicos; Políticas culturales. Publicación más reciente: Gayà Morlà, C. y Seró Moreno, L. (2021). Ulisses era una mujer. Capitanas, observadoras, pescadoras, oceanógrafas, patronas y tantas otras mujeres. Un relato no oficial de la mar. Museo Marítimo de Barcelona (MMB): Barcelona. ORCID 0000-0001-6190-6824; Gaya@uab.cat.
* Española y mexicana. Doctora en Comunicación por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Profesora-Investigadora de la Academia de Comunicación y Cultura de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Líneas de investigación: Teoría y epistemología de la comunicación; Comunicación intersubjetiva; Comunicación intercultural; Cuerpo y comunicación. Publicación más reciente: “Cuerpo(s), comunicación y cultura. Balance académico sobre el cuerpo y la corporalidad como objetos de estudio de la comunicación”, en: Palabra Clave, Volumen 24 (4), 2021, Facultad de Comunicación, Universidad de La Sabana, Colombia.eISSN: 2027-534X / ISSN: 0122-8285 ORCID 0000-0003-3066-1419;marta.rizo@uacm.edu.mx.
* Español. Doctor en Comunicación por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Director del Departamento de Medios, Comunicación y Cultura de la Facultad de Comunicación. Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Líneas de investigación: Filosofía de la comunicación y del periodismo; Epistemología; Teoría de los géneros discursivos; Periodismo literario. Publicación más reciente: Vidal Castell, D. (2020). “Las ‘fake-news’ como recurso de legitimación de los medios convencionales. Análisis discursivo de artículos publicados en los principales diarios de Barcelona(2017-2019)”, en: VV.AA. Comunicación y diversidad: VII Congreso Internacional de la AE-IC. Madrid: AE-IC, 2,591-2,615. ORCID 0000-0002-8178-6580; David.Vidal@uab.cat.
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