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				<journal-title>Atenea (Concepción)</journal-title>
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					<subject>NOTAS</subject>
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				<article-title>HACER HISTORIA LITERARIA EN CHILE<xref ref-type="fn" rid="fn1"><sup>1</sup></xref>
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					<institution content-type="original">Profesor Emérito Universidad de Concepción, Concepción, Chile. Correo electrónico: mostria@udec.cl</institution>
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		<p>El volumen II de la <italic>Historia crítica de la literatura chilena</italic><xref ref-type="fn" rid="fn2"><sup>2</sup></xref> -coordinado por Bernardo Subercaseaux (2018, Santiago, Editorial Lom, 440 pp.)-está conformado por una serie de estudios que abordan las manifestaciones literarias producidas en la llamada 'Era Republicana', entre 1810 (Primera Junta de Gobierno) y 1883 (fin de la Guerra del Pacífico y la mal llamada pacificación de la Araucanía).</p>
		<p>La <italic>Historia</italic> no es un mero repertorio de autores y obras, períodos, tendencias o movimientos. El propósito es más ambicioso: dar cuenta del fenómeno literario en la complejidad de sus relaciones internas, transtextualidades, influencias, pero también de su inserción en los procesos culturales y sociales. En el &quot;Prefacio&quot; (pp. 11-12) se advierte sobre &quot;la índole todavía imprecisa de lo literario&quot; en aquella época y la estrecha &quot;conexión entre literatura y sociedad&quot; (p. 11).</p>
		<p>Distinguido(a)s especialistas abordan los temas con perspectivas diversas; pero confluyen en una totalidad que dialectiza las relaciones, mostrando afinidades y diferencias, oposiciones, contrastes y contradicciones, presencias y ausencias de un proceso que apenas comienza a deslindar lo literario de lo político, lo educativo, lo histórico. El lector dispone, entonces, de un mosaico complejo y comprensivo del quehacer literario chileno en aquel siglo de formación republicana.</p>
		<p>En la &quot;Introducción&quot; (pp. 13-16), Subercaseaux señala: &quot;El discurso de la elite letrada procura la construcción de una nación de ciudadanos. Se trata de educar en el marco de un imaginario de progreso de rasgos utópicos, republicanos y liberales, con la conciencia de que la educación y la literatura son centrales en esta tarea&quot; (p. 13). Durante gran parte del siglo XIX, la literatura carece, entonces, de autonomía y transita desde una vocación fundacional y utilitaria hacia una vocación estética.</p>
		<p>El volumen se apoya en seis pilares (capítulos) de los que se desprenden enfoques referidos a autore(a)s y obras. Cada capítulo consta de un estudio general y de artículos específicos.</p>
		<p>En el primer pilar (pp. 17-68), Subercaseaux aborda el tema &quot;Independencia y Literatura de ideas&quot;, subrayando que: entonces se entendía por literatura toda expresión escrita, generalmente, dominada por &quot;un ideario republicano y liberal&quot;, cuya autoría &quot;era la élite letrada criolla y masculina&quot; (pp. 20-23). Distingue dos generaciones: la de la Independencia, entusiasmada con la cultura anglosajona (Camilo Henríquez, Juan Egaña, Manuel de Salas, Andrés Bello) y la del 42, con la ilustración francesa (Lastarria, Bilbao, Vicuña Mackenna, Blest Gana). Ambas silencian autorías femeninas. Luego, José Leandro Urbina estudia a &quot;Camilo Henríquez&quot; y su drama <italic>&quot;Camila o la patriota de Sudamérica&quot;,</italic> una &quot;alianza imaginaria, pero deseada de indígenas y criollos&quot;: sus indígenas son personajes ilustrados y la naturaleza, &quot;el espacio primigenio de la libertad&quot; (pp. 51-52). Vasco Castillo se refiere a &quot;Juan Egaña&quot;, &quot;pensador de la virtud&quot; y &quot;contrario al poder mi litar&quot; (p. 58) y Claudia Zapata a las <italic>&quot;Cartas pehuenches</italic> (1819)&quot;, de Egaña, en las que &quot;Chile aparece observado por una alteridad cultural indígena&quot; (p. 64); se trata de un &quot;indigenismo criollo&quot; o &quot;primer indigenismo&quot;, que interpreta &quot;el presente a la luz de un pasado indígena idealizado y asumido como propio&quot; (p. 65).</p>
		<p>Jaime Concha introduce el segundo pilar (pp. 69-167) con su estudio &quot;Identidad, costumbres y experiencia de la nación&quot;. Aborda, principalmente, la narrativa de Alberto Blest Gana, a propósito de la cual advierte: &quot;anota la nueva topografía&quot; (de Santiago), que responde a exigencias de una autoridad que busca controlar la desigualdad social del país&quot; (p. 76). Para Blest Gana -afirma Concha- las costumbres significativas son las del pueblo... es decir, la posición del novelista es totalmente opuesta al ideario de la Independencia. Así, &quot;en <italic>El loco Estero</italic> (1909), Chanfaina: el pobre hombre termina siendo antídoto vivo de la retórica de la victoria&quot; (p. 82): el novelis ta percibe lo &quot;precario de la unidad nacional&quot; (p. 84). Concha estudia también el <italic>Diario</italic> de Vicuña Mackenna, a quien define como &quot;anti-indigenista visceral&quot; (p. 86) que habla de &quot;identidades contrastantes e incluso contrapuestas&quot; (p. 90); concluyendo: &quot;Blest Gana y Vicuña Mackenna, sin embar o, proponen una visión convergente&quot;: &quot;en ambos será la carreta colonial el gran símbolo del país, de su inercia oligárquica y su letargo rural&quot; (p. 91). &quot;Andrés Bello&quot; es abordado por Carlos Ruiz, que subraya como tema central, &quot;La construcción de una literatura nacional en la formación de nuestra identidad&quot;, al tiempo que &quot;preconiza la reconciliación entre clásicos y románticos&quot; (p. 99). Hugo Bello Maldonado estudia a &quot;José Victorino Las-tarria&quot;, quien pensaba que &quot;la literatura debía expresar las peculiaridades de la nación&quot;, procurando &quot;la formación de un sujeto colectivo nacional&quot; (pp. 101-102). Bello Maldonado se refiere, asimismo, al &quot;Discurso inaugural de la Sociedad literaria (1842)&quot;, donde Lastarria afirma: &quot;La literatura debe ser útil, tener una función didáctica, dentro de un sistema que integre las ideas clásicas y románticas&quot; (p. 109). Curiosamente, advierte el crítico, sus creaciones no se ajustan a sus ideas. Así, en su novela <italic>&quot;Don Guillermo</italic> (1860)&quot;, donde destacan la &quot;pluralidad de verosímiles (relato mítico, sátira, alegoría, cuadro costumbrista), la inclusión de formas ficticias de oralidad, correspondientes al habla popular y la construcción de un mundo grotesco&quot; (p. 116) que apunta a la oposición sarmientina: civilización y barbarie. En capítulos sucesivos, Juan A. Epple aborda la figura y obra de &quot;José Joaquín Vallejo&quot;, la voz más destacada de provincia en el círculo literario chileno. Jotabeche: &quot;exalta la vida de provincia en contraste con el mundo santiaguino&quot; (p. 120). Sobre sus <italic>&quot;Artículos y estudios de costumbres chilenas</italic> (1841-1847)&quot;, Epple afirma que marcan el inicio de una concepción realista de la literatura. Por último, apunta que Jotabeche &quot;anticipa en algunos de sus artículos, lo que va a ser el cuento como género independiente&quot; e &quot;inicia el tópico del provinciano en Santiago&quot; (p. 126). Darcie Doll rescata la figura de &quot;Mercedes Marín&quot;, &quot;reconocida como la primera poeta chilena&quot; (p.129), cuya carta &quot;es una muestra excepcional de las condiciones de producción de las primeras mujeres ilustradas chilenas&quot; (p. 131). Concluyen el capítulo tres estudios dedicados a Blest Gana: uno de Concha; otro, de Nicolás Salerno, sobre <italic>&quot;Martín Rivas&quot;</italic> y un tercero de Juan Durán sobre <italic>&quot;Durante la Reconquista&quot;,</italic> a la que estima: &quot;La más chilena de sus novelas, que asume &quot;ese pasaje crucial desde la oscura y lenta vida colonial a la vorágine de la república&quot; (p. 164). Concha, a propósito de la misma novela, destaca: &quot;Nunca el pueblo adquiere más grandioso relieve en Blest Gana&quot; (p. 149) y, de paso, comenta que Guillermo (hermano de Alberto) es el más importante romántico del siglo XIX.</p>
		<p>Alejandra Bottinelli asume, casi exclusivamente, el tercer pilar (pp. 171 277). &quot;En un Chile americanista&quot; distingue cuatro momentos: &quot;americanismo independentista: idealista&quot;, plegado a la retórica romántica, con preponderancia de un discurso indigenista criollo (C. Henríquez); &quot;Periodo inmediato a la Independencia, centrado en la emancipación cultural (A. Bello); &quot;Entre 1855 y 1866. Afirmación de la autonomía política&quot; (Lastarria), y &quot;Reformulaciones políticas después de la Guerra del Pacífico&quot; (Bilbao, Vicuña Mackenna). Luego, Bottinelli aborda la figura de &quot;Francisco Bilbao&quot;, destacando su crítica al orden tradicional y oligárquico; asimismo, en su estudio sobre <italic>&quot;El evangelio americano</italic> (1864)&quot;, enfatiza el llamado de Bilbao a una emancipación mental, cultural, social y política. en busca de &quot;un nuevo espacio de expresión americana&quot; (p. 215). Concluye que Bil bao subraya el valor de la libertad, postula una literatura al servicio de la sociedad, rescata la heterogeneidad de los pueblos y recobra el optimismo americanista de la independencia. Manuel Vicuña, por su parte, escribe sobre &quot;Benjamín Vicuña Mackenna&quot;, afirmando que en él &quot;La historia se trenza con la literatura&quot; (p. 229) y que &quot;practicó el género biográfico como un &quot;culto fúnebre&quot;; discriminando a los héroes de los villanos y aun de los monstruos&quot; (p. 230). &quot;Vicuña Mackenna -afirma- encarna la pasión por el saber erudito y la crítica en la esfera pública&quot; (p. 231). Bottinelli también estudia un texto de Vicuña Mackenna: &quot;Los <italic>Lispergery la Quintrala</italic> (1877)&quot;, subrayando: &quot;La Quintrala es definida con todo tipo de hipérboles y figuras condenatorias, connotativas de ferocidad y amenaza&quot; y &quot;La historia de la familia es representativa de la Colonia&quot;, &quot;caracterizada como el cronotopo de lo bárbaro&quot; (pp. 238-240). Aunque el narrador declara que se trata de un relato histórico, Bottinelli advierte que: &quot;son evidentes la marca subjetiva, el juicio de valor y las fantasías del autor&quot; (p. 238), resumiendo: &quot;El relato se organiza en torno a la idea de una genealogía femenina/indígena del mal&quot; (p. 247). Luego, Carol Arcos, en sendos artículos, se refiere a &quot;Rosario Orrego&quot; y su novela <italic>&quot;Alberto, el jugador</italic> (1860)&quot;. Señala que Orrego comienza a publicar poesía en 1858, convirtiéndose en una asidua colaboradora de periódicos y revistas, reconocida en los círculos literarios. También escribe novelas, folletines y ensayos. Es una de las primeras ensayistas chilenas, problematizando el lugar de las mujeres de su tiempo, así como el carácter materialista de la sociedad. Sobre su folletín, <italic>Alberto, el jugador,</italic> Arcos concluye que es expresión del malestar femenino en la cultura patriarcal. Por último, Javier Pinedo se ocupa de &quot;Vicente Pérez Rosales&quot;, al que caracteriza por su &quot;marcado escepticismo&quot; (p. 267), inspirado en el pensamiento liberal: &quot;rechazo del pasado colonial, defensa de la libertad de expresión, fomento de la propiedad, pensamiento laico, impulso a la emigración, admiración por modelos europeos y norteamericanos, soluciones modernas para pobreza y desempleo, rechazo de mayorazgos y monopolios&quot; (p. 270). Pinedo advierte: &quot;Inspirado en Sarmiento, no consideró al mundo popular e indígena, a los que calificó de bárbaros&quot; (p. 271). En relación a su autobiografía <italic>&quot;Recuerdos del pasado</italic> (1882-1886)&quot;, Pinedo sostiene que configuran las memorias de su aventurera vida, entre 1814 y 1860. Y resume: lo más aplaudido en Pérez Rosales es &quot;su gracia para captar los rasgos físicos y sicológicos del chileno, su preocupación por develar el alma nacional, el paisaje y el habla&quot;, y su &quot;tono burlón y picaresco&quot; (p. 276).</p>
		<p>El cuarto pilar (pp. 279-311) consta de un capítulo general, &quot;Autoría femenina y literatura&quot;, a cargo de Carol Arcos, y otro dedicado a la escritora &quot;Martina Barros Borgoño y sus <italic>Recuerdos de mi vida&quot;,</italic> de Marcela Prado, quien describe el texto como relato testimonial de 'episodios menores' de la historia nacional, que recoge &quot;el legado intelectual y social de muchas mujeres de su condición acomodada&quot; (p. 310); podría reconocerse en su discurso -comenta Prado- &quot;una temprana conciencia feminista, más bien prefeminista&quot; (p. 283). Carol Arcos reflexiona sobre la escritura de mujeres desde una perspectiva teórica y discursiva, señalando que &quot;la categoría de autor, en relación con la escritura de mujeres&quot; considera, además del discurso, otras variables como las relaciones de género y sexualidad y las cate gorías relacionadas con la subjetividad&quot; (p. 282); La autoría -afirma- alude no solo a un nombre, sino a las formas en que el sujeto se inscribe en el discurso; la noción de sujeto implica asimismo el cuerpo y la experiencia de su sexo/género. En el siglo XIX -afirma Arcos- emerge la figura de la autora en los círculos letrados a través de actividad literaria asidua en periódicos y revistas; también en la gestión de medios propios: las mujeres participan de los debates intelectuales y el arbitraje cultural y asumen mayor conciencia de su autoría en la cultura letrada. Las autoras provienen de la oligarquía, poseen formación autodidacta, se posicionan en las fronteras de la legitimidad escritural y cultural, a través de tres formas: la publicista, la literata y la escritora. Aunque son excluidas de la historia literaria liberal-romántica, la presencia de mujeres es constante en los periódicos, sobre todo hacia la segunda mitad del siglo. Entonces, comienzan a tener mayor visibilidad y logran erosionar al sujeto nacional masculino.</p>
		<p>En el quinto pilar (pp. 313-396), Juan Poblete (&quot;Formación de la sociedad lectora en el siglo XIX&quot;) distingue tres sectores sociales en el proceso: El Estado, la Iglesia y los diversos públicos ciudadanos. Tal interacción implicó una lucha discursiva manifiesta en artículos en revistas, periódicos, hojas sueltas. La lectura era entendida como un bien social: se crean biblio tecas populares y se diversifica la oferta de libros; asimismo, se difunden almanaques, álbumes, periódicos, revistas y novelas (incluyendo folletines). Los nuevos sujetos fueron las mujeres y los sectores medios del artesanado. Gertrudis Payás, en tanto, se ocupa de &quot;La Traducción e idearios de la nación&quot;, afirmando que &quot;la traducción está en el centro del sistema literario: a través de ella se ponen en circulación repertorios innovadores como los del positivismo y el romanticismo&quot; (p. 337). La traducción está comprometida con los idearios que confluyen en el movimiento de emancipación y las iniciativas republicanas; buena parte de las traducciones &quot;se dirige a una burguesía naciente que expresa sus intereses intelectuales en tertulias y en su afición por el teatro y la ópera&quot; (p. 347). A partir de 1870 se producen las &quot;primeras traducciones del mapudungun y las primeras recolecciones de relatos orales autóctonas&quot; (p. 353). Subercaseaux, en &quot;De la imprenta a la industria editorial&quot; propone una historia material del libro, sosteniendo que &quot;entre 1840 y 1890 se crean las bases para una industria impresora, apoyada en traducciones y reimpresiones de autores europeos&quot; (p. 367). Después de la Guerra del Pacífico, advierte, hay un notorio crecimiento de la industria editorial, surgen las librerías de viejos, los bibliógrafos y bibliófilos y, junto a las imprentas, las editoriales. &quot;El libro devino medio de expresión y constitución de identidad de diversos sectores socioculturales&quot; (p. 371); mientras &quot;el folletín y la novela experimentaron un auge&quot;, &quot;también la poesía popular se imprimió en liras o colecciones de décimas&quot; (pp. 371-372). Concluye este capítulo con el estudio de Carol Arcos y Andrea Kottow, &quot;Sociabilidad literaria&quot;, donde postulan que en el siglo XIX, escribir es &quot;dotar a la nación de identidad e historia&quot; (p. 377); así, &quot;la literatura es entendida como conocer, civilizar y educar&quot; (p. 377). La preocupación por construir una sociabilidad ciudadana está presente en toda la literatura del siglo XIX: la creación de sociedades, instituciones educacionales, concursos y premios, salones y tertulias. Asimismo, la edición de revistas y textos está pensada desde un proyecto, basado en prácticas de sociabilidad colectivas. &quot;La literatura es, de este modo, una forma de comunicación que une a escritores y lectores, conformando no solo un público lector sino una comunidad nacional&quot; (p. 383).</p>
		<p>El último pilar, &quot;Canon y exclusiones&quot; (pp. 397-427), comprende dos textos: &quot;Historiografía literaria del siglo XIX&quot;, de María Teresa Flórez y &quot;Literatura indígena durante el siglo XIX&quot;, de Fernanda Moraga-García. El primero es un &quot;Análisis crítico ideológico de diez historias de la literatura chilena, con énfasis en el siglo XIX&quot; (p. 400). Flórez observa -en esas historias- la ausencia de una reflexión explícita del ejercicio de construir una historia: objetividad y/o imparcialidad. Efectúa, luego, un análisis crítico del corpus: origen de la literatura chilena, construcción del corpus: inclusiones y exclusiones, metodologías. Y concluye: &quot;un análisis crítico revela que nuestra memoria ha estado mediada por totalizaciones ideológicas presentadas como un discurso de la verdad y de lo incuestionable&quot; (p. 418); la cultura chilena aparece como &quot;inexistente antes de la conquista&quot; y &quot;centrada en las representaciones coloniales&quot; (p. 418); la selección de autores y textos responde a criterios políticos, institucionales e identitarios, no necesariamente literarios; se excluye lo popular, lo indígena, las mujeres. Por último, Fernanda Moraga estudia la presencia/ausencia del indígena en la literatura del siglo XIX. Señala que &quot;La visión criolla intelectual fijó sus intereses literario-culturales en la naturaleza americana y en los héroes indígenas que lucharon por la independencia. Luego se impone la idea de civilización y barbarie&quot; (p. 422). Primero -subraya Moraga- individualizaron al indígena real, para luego mitificarlo y degradarlo. Sin embargo, &quot;en el siglo XIX existe un vasto campo de producciones escritas por indígenas, siendo las cartas el género mayor&quot; (p. 423).</p>
		<p>En conclusión: los lectores del volumen II de la <italic>Historia crítica...</italic> estamos frente a un conjunto de voces diversas, autorizadas, dotadas del repertorio conceptual, metodológico y referencial pertinente; voces que interactúan y que en su conjunto construyen un escenario suficientemente comprensivo de la literatura en el siglo XIX chileno.</p>
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			<title>REFERENCIAS</title>
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				<mixed-citation>Rojo de la Rosa, G. y Carol Arcos Herrera(coords.) (2018). <italic>Historia crítica de la literatura chilena: La Era Republicana: Independencia y formación del Estado nacional</italic>. Bernardo Subercaseaux Sommerhoff (coordinador); Fernanda Moraga-García; María Teresa Flórez Petour (et al.); Vol. 2, 1<sup>a</sup> ed., Santiago, Chile: Lom Ediciones</mixed-citation>
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			<p> Adaptación de la presentación, leída en la Casa Central de la Universidad de Chile, el 12 de abril de 2019; replicada en la Universidad de Concepción, el 26 de abril.</p>
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			<label>2</label>
			<p>La obra total, coordinada por Grínor Rojo y Carol Arcos, está concebida en cinco volúmenes.</p>
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