Lingüística

Recepción: 02 Abril 2024
Aprobación: 04 Junio 2024
DOI: https://doi.org/10.15517/rfl.v50i2.60559
Resumen: El presente artículo estudia el “Lenguaje vulgar, familiar y folklórico de Chile y Nicaragua” (1928), glosario escondido y comparativo publicado en la Revista chilena de Historia y Geografía por el nicaragüense Anselmo Fletes Bolaños. Tras describir el contexto del momento en el que se publica la obra, así como el periplo vital del autor y su relación con el folclorismo hispanoamericano, se examina el repertorio y se clasifican los lemas introducidos en función del grado de semejanza y disimilitud entre la variedad chilena y nicaragüense. Finalmente, se dota de valor al corpus estudiado, pues se considera un material comparativo poco común, que no tiene como referencia al español peninsular, sino que parte de la comparación de dos variedades lingüísticas hispanoamericanas.
Palabras clave: glosario, comparativo, folclorismo, Chile, Nicaragua.
Abstract: This study analyses “Lenguaje vulgar, familiar y folklórico de Chile y Nicaragua” (1928), a hidden comparative glossary published by Anselmo Fletes Bolaños in Revista chilena de Historia y Geografía. Firstly, the context and the biography of the author are presented, followed by a deep comparative study between the variety Chilean and Nicaraguan. Finally, the glossary is valued like a rare comparative material, which doesn’t have normative Spanish as a reference, but it is based on the comparison of two Latin American languages.
Keywords: glossary, comparative, folklorism, Chile, Nicaragua.
1. Introducción, objetivos y metodología
Desde mediados del siglo XIX, se desarrolla toda una corriente lexicográfica que persigue la creación de vocabularios y diccionarios especializados. Sin embargo, muchos de ellos no aparecen en los catálogos bibliográficos, son poco conocidos y, por tanto, resulta complejo acceder a su localización para su posterior estudio. Paralelamente, el movimiento folclorista empieza a difundir sus principios, toma fuerza como disciplina autónoma y concibe el lenguaje del pueblo como una de las herramientas esenciales para cumplir su finalidad, esto es, dotar de carácter científico a lo estrictamente popular. Por ello, no sorprende que aparezcan pequeños glosarios y vocabularios lingüísticos en el interior de obras folclóricas más extensas (cuentos, adivinanzas, poesías, etc.).
En este sentido, el presente artículo pretende dar a conocer “Lenguaje vulgar, familiar y folklórico de Chile y Nicaragua” (1928) de Anselmo Fletes Bolaños, pequeño glosario escondido y localizado en la prensa chilena de comienzos del siglo XX. Además de este objetivo general, se persiguen otros propósitos secundarios, a saber: (1) manifestar la relación evidente entre los hechos culturales y sociales y los puramente lingüísticos, pues el desarrollo del folclore en el siglo XIX promueve la publicación de obras de carácter lingüístico; (2) valorar a Anselmo Fletes Bolaños y su lucha incesante por revalorizar la cultura nicaragüense en un momento político y cultural decisivo; (3) analizar el valor que adquiere su repertorio, identificado como una obra lingüística comparativa entre dos variedades hispanoamericanas, y (4) realizar y clasificar los lemas incorporados en su colección con el fin de extraer conclusiones sobre el grado de semejanza y diferencia entre el léxico popular de Nicaragua y Chile.
Para ello, se muestra un panorama general sobre el desarrollo del folclore en Hispanoamérica y, particularmente en Nicaragua, y se observa cómo influye este contexto cultural en la conformación de repertorios lingüísticos.2 Seguidamente, se esboza una pequeña nota biográfica del autor y de los intereses que busca con sus publicaciones y, finalmente, se presenta el análisis de su obra, que se puede dividir en tres secciones: clasificación y tipología, estudio y presentación de las fuentes en las que se basa para realizar su estudio comparativo, y clasificación de las voces populares constatadas en función de si son comunes en Chile y Nicaragua, si solo se emplean en una de las variedades, si presentan un significado distinto, etc.
2. El folclore en Hispanoamérica
El movimiento folclorista3 nace en Europa con el objetivo de otorgar valor científico al saber popular4 (Montoro del Arco, 2010, p. 232). William J. Thomas (1846) fue el primero en acuñar el término folklore5 e incluía el estudio de las tradiciones, la literatura, las locuciones, los juegos y las costumbres propias del pueblo como contraposición a la emergente sociedad industrial (Mendoza, 2006, p. 22).
En América Latina6 se hereda el concepto de la tradición europea. Así pues, el folclore se refería al estudio y a la enseñanza del saber (-lore) de un pueblo o de una cultura (folk-) (Mendoza, 2006, p. 22). El establecimiento de los estudios folclóricos como campo de investigación intelectual emergió a finales del siglo XIX, donde investigadores, coleccionistas, escritores, músicos, periodistas o educadores desarrollaron prácticas de recopilación, transcripción, clasificación y difusión de aspectos populares (Fischman, 2018, p. 24). Dentro de la conformación del folclore en América, se pueden distinguir tres momentos (Blache y Dupey, 2007; Fischman, 2018):
a) 1880-1920: se empieza a difundir el término folclore, se crean las primeras recopilaciones y se fundan las primeras asociaciones, como la Sociedad de Folklore Chileno (1909-2008). Esta sociedad, fundada por Rodolfo Lenz, divide el estudio del folclore en cuatro ámbitos: literatura, música, costumbres y lenguaje vulgar (Cáceres y Rojas, 2021, p. 412).
b) 1920-1970: el folclore se proyecta como una disciplina autónoma, adquiere valor científico7 y se crean diferentes instituciones culturales, a saber, el Instituto Nacional de la Tradición (1943, Argentina), la Comisión Nacional de Folclor (1943, Colombia) o el Comité Interamericano de Folklore (1952, Perú) (Blache, 1991, p. 79; Pérez Montfort, 2010).
c) 1970-siglo XXI: surgen debates acerca de los principios básicos del folclore en comparación con el desarrollo de la corriente en Europa o Estados Unidos.8
El folclore se encuentra estrechamente relacionado con el carácter nacional (Blache, 1991, p. 72) y ha contribuido a la valoración positiva de las expresiones culturales de grupos sociales que los intelectuales de “élite” no juzgaban como productores de cultura (Fischman, 2018, p. 30). Además, no se enseña por medio de libros o instituciones, sino que se transmite oralmente y representa a un grupo específico (Blache, 1983, p. 138). Dentro de los ámbitos de los que se ocupa el saber popular, el folclore lingüístico incluye las actividades de recopilación y reflexión en torno a las manifestaciones lingüísticas, pues la lengua refleja el pensamiento, la cultura y la civilización de los pueblos (Montoro del Arco, 2010, p. 225). En Chile, pero aplicable a todo el continente, se consideró necesario el estudio del lenguaje vulgar con la finalidad de poder interpretar las manifestaciones del pueblo y así conocer el origen y la historia del colectivo humano (Cáceres y Rojas, 2021, p. 412).
3. El folclore en Nicaragua: la labor incipiente de Anselmo Fletes Bolaños
En el caso específico de Nicaragua, paralelamente al desarrollo de la conciencia de nacionalidad también se empezó a dar valor al movimiento del folclore, pues la población comenzó a cuestionarse su identidad (Cuadra y Pérez Estrada, 1978, p. 5). El movimiento tomó fuerza en las primeras décadas del siglo XX en el ámbito literario9 y pretendía cumplir los siguientes propósitos: defender la identidad nacional, fortalecer las expresiones y rescatar el patrimonio del pueblo, arrinconado y devaluado por la invasión estadounidense10 (Cuadra y Pérez Estrada, 1978, p. 7). Además, la revitalización cultural se produjo en Masaya, ciudad identificada como la capital del folclore nicaragüense debido a que se preocupó en gran medida por las políticas culturales11 (Koch, 2007, p. 258).
En este contexto, Anselmo Fletes Bolaños (1878-1930) fue un escritor12 granadino considerado el primer folclorista nicaragüense, ya que las aportaciones anteriores habían sido muy puntuales.13 Realizó sus primeros estudios en las escuelas primarias y públicas de Granada y asistió al Colegio de Segunda Enseñanza, fundado por españoles en 1874. Sin embargo, no pudo terminarlos como consecuencia de la mala situación económica, lo que le llevó a trabajar como contabilista en una casa comercial (Cuadra y Pérez Estrada, 1978, p. 5). De hecho, completó su educación a través de la lectura individual de libros gramaticales y obras literarias, que le abrieron las puertas como escritor. Recolectó y publicó leyendas, cuentos, canciones, mezcladas con productos de creación personal (Cuadra y Pérez Estrada, 1978, p. 6). Se alejó de la corriente purista y normativista predominante14 en el continente americano, y valoró el lenguaje propio de Nicaragua, pero siempre en relación con la cultura y la historia del país, es decir, fruto de sus intereses folclóricos identificaba positivamente el americanismo, tan respetable como el léxico de Madrid (Arellano, 1992, p. 23).
A lo largo de su periplo vital, mantuvo una incesante lucha por conservar, recrear y difundir las expresiones propias del pueblo.15 Esta situación le llevó a entrar en conflicto con la policía norteamericana, pues hay que tener presente que la mayor parte de su labor como escritor y folclorista se desarrolló durante la ocupación estadounidense en Nicaragua. Incluso, en una de sus publicaciones se identifica como el único folclorista nicaragüense que pretende contribuir al estudio científico del saber popular del pueblo centroamericano: “yo, que casi todo lo que he escrito es más o menos folklore, y que creo ser el único folklorista nicaragüense en el sentido científico de la palabra” (Fletes Bolaños, 1929, p. 3).
Publicó numerosas obras en Nicaragua vinculadas con el folclore, a saber, Ajiaco (1903), Regionales (1922),16El fraile Andrés (1926), Casos de Nicaragua (1926), Adivinanzas nicas (1929) y “Filología al natural”, “Lingüística comparada”, “Vocabulario folklórico nica” y “La letra A del diccionario de nicaraguanismos. Conversaciones con el pueblo”17, incorporadas en su revistilla Gil Blas18 (Fletes Bolaños, 1929, prologuillo). Sin embargo, sus trabajos lingüísticos más conocidos vieron la luz en Chile y se inspiró, para su confección, en intelectuales del país como Rodolfo Lenz o Ramón A. Laval (Arellano, 1992, p. 24). Entre ellos pueden citarse “Lenguaje vulgar, familiar y folklórico de Chile y Nicaragua” (1928) y “Fraseología comparada de Chile y Nicaragua” (1930). Su prematura muerte provocó que su quehacer lingüístico quedara incompleto, pero contribuyó notablemente al estudio científico de las voces usadas por el pueblo nicaragüense.
4. Análisis del corpus: “Lenguaje vulgar, familiar y folklórico de Chile y Nicaragua” (1928)
4.1. Tipología
Desde mediados del siglo XIX, la mayoría de los intelectuales americanos se ocupan de temas relacionados con la identidad del español hispanoamericano, su diversidad y su relación con España19 (Bertolotti y Coll, 2012, p. 444). Además, comienzan a publicarse los primeros diccionarios de provincialismos, a saber, el Diccionario de provincialismos (1836) de Pichardo, las Voces usadas con generalidad en las Repúblicas de la Plata (1845) de Múñiz, el Diccionario de chilenismos (1875) de Zorobabel Rodríguez, el Diccionario de peruanismos (1882) de Arona, el Diccionario de barbarismos y provincialismos de Costa Rica (1892) de Gagini, el Diccionario de mejicanismos. Colección de locuciones i frases viciosas, con sus correspondientes críticas y correcciones fundadas en autoridades de la lengua, máximas, refranes, provincialismos y remoques populares de todos los Estados de la República Mejicana (1895) de Ramos i Duarte, etc., por mostrar solo un pequeño número de la larga serie de lexicones publicados a partir de la segunda mitad de siglo. Por su parte, muchos de los repertorios lexicográficos presentan un propósito normativo, esto es, recopilan un conjunto de barbarismos y muestran la dicotomía correcto/incorrecto en comparación con el diccionario académico (Blanco, 1991, p. 57). Por último, se crean otros repertorios lexicográficos que buscan describir el habla de las clases sociales más bajas, entre los que pueden citarse el Diccionario de americanismos e indigenismos (1887) de Teijero Martínez o el Diccionario lunfardo-español de Dellepiane (1894) (Bertolotti y Coll, 2012, p. 448).
Sin embargo, y al margen de estos materiales lexicográficos, existen otros muchos que no presentan la misma extensión ni se publican como materiales aislados, sino que forman parte de la estructura de otras obras. Estos han recibido el nombre de glosarios escondidos20 (Haensch, 1982) e identifican a aquellas producciones que reflejan el léxico propio de una determinada profesión, variedad, oficio, etc. y que han quedado desatendidas por parte de los lexicógrafos por incluirse en manuscritos o publicaciones no conocidas y no formar parte del corpus habitual (Gutiérrez Rodilla, 2010, p. 60; Abad Canós, 2018, p. 86). Esta denominación estuvo emparentada con las voces técnicas, de artes u oficios, pero Ahumada Lara (2000) amplió el ámbito de aplicación e incluyó también los estudios dialectológicos, pues consideró los diccionarios de regionalismos una valiosa fuente de alimentación para conocer las variedades del español desde una perspectiva metalexicográfica (p. 118). Aunque han visto la luz trabajos que analizan el léxico de estos glosarios escondidos (Sánchez Mora, 2018; Torres Martínez, 2018; Abad Canós, 2018; Núñez y De Beni, 2019; García Aranda, 2021; Carpi y De Beni, 2021; Moreno Moreno, 2023, etc.), la mayoría estudian glosarios relacionados con disciplinas como la botánica, la cocina, la medicina, etc., y publicados en España.
Así pues, “Lenguaje vulgar, familiar y folklórico de Chile y Nicaragua” (1928) de Anselmo Fletes Bolaños se considera un glosario escondido diferente en gran medida al resto de compendios analizados por dos razones principales. En primer lugar, no se considera un lexicón específico incorporado en el interior de una obra o tratado general de mayor extensión,21 sino que se publica en prensa, en concreto, en la Revista chilena de Historia y Geografía, 59(63). En segundo lugar, se identifica como un glosario comparativo regional, pues recoge voces propias de dos variedades de Hispanoamérica (Chile y Nicaragua). Además, las 30 páginas que conforman el vocabulario adquieren importancia debido a que no se han encontrado,22 a lo largo de las investigaciones previas, repertorios que muestren comparativamente el léxico de dos variedades hispanoamericanas.23 En el interior de la obra, es posible distinguir cuatro secciones: una presentación, en la que describe la relación de su obra con el folclore (Fletes Bolaños, 1928, pp. 271-272) y tres capítulos en los que se compara la lengua popular de Nicaragua con la de Chile a través de las obras de Rodolfo Lenz y Ramón A. Laval (pp. 273-299). En estos capítulos, la disposición de la página siempre es la misma: se divide en dos columnas y se refleja, primeramente, el lema chileno para después presentar la voz propia de la variedad nicaragüense (cuando es distinta). El propio Fletes Bolaños expone la metodología seguida: “cuando haya igualdad de significados, primero la voz o expresión chilena, = en medio y la nicaraguana cierra la igualdad, sin orden alfabético” (Fletes Bolaños, 1928, p. 282). Además, las entradas se acompañan de una definición o de una explicación en la que se esbozan las semejanzas o diferencias respecto al uso del término en Chile y Nicaragua. Por último, no se sigue un orden alfabético directo, sino que el autor las presenta según las identifica en las obras que son objeto de la comparación. Sirvan como ejemplos las siguientes entradas:
Zorzal = baboso, guanaco, guanábana, etc. – Persona a quien se puede engañar fácilmente, un bobo, de quien los nicas dicen: así se engaña a los bobos, con manteca de garrobo; quisiera otro poquito para engañar a otro bobo [énfasis añadido]. (Fletes Bolaños, 1928, p. 285)
Pilón. – El pilón nica es muy distinto del chileno que es nuestro zonto con la particularidad, creemos, de que el pilón de allá solo significa “con una oreja menos”, mientras que aquí tenemos zonto de las dos orejas también. El pilón nicaraguano se aplica para designar azúcar de forma regional. (Fletes Bolaños, 1928, p. 275)
Fletes Bolaños (1928) define su obra como folclórica, otorga valor al pueblo y al lenguaje popular en contraposición con el saber culto. Además, defiende que las voces que él incorpora en su colección no son propias de la gente ilustrada, sino que forman el elemento popular del país:
Esta obra es más folklórica que de otros caracteres que tenga, pues que del “saber popular” salen casi todas las voces que son objeto de nuestras comparaciones. Y no podría dejar de ser así, ya que el pueblo es el primer filólogo, el primer lingüista, el primer todo. No hay un solo conocimiento humano cuya base no esté en el folklore [énfasis añadido]. Todo fue primitivamente folklórico. En otro lugar (todo es viejo) nos extendemos más al respecto. Y el pueblo es más viejo que el saber formal, académico [énfasis añadido], o como quiera llamársele. (Fletes Bolaños, 1928, p. 271)
Sin embargo, aunque afirma su tendencia folclorista, la obra constituye un intento de crear un diccionario comparativo de las hablas hispanoamericanas e incluso el propio autor define su obra como un estudio de lingüística comparada (Fletes Bolaños, 1928, p. 285):
Como la raza hispano-americana está bien definida desde México hasta el Cabo de Hornos pasando por las Antillas, a pesar de las diferencias por las tres sangres que la componen, blanca, india y negra, y por otras causas, hasta adivinanzas son comunes entre las hijas de España, no digamos tradiciones, consejas y provincialismos …. Estas comparaciones se refieren al lenguaje vulgar, familiar o folklórico, común a éste y aquel o aquellos países de la América Hispana, en cuanto lo permitan las obras filológicas, lexicográficas o folklóricas que caigan en nuestras manos [énfasis añadido]. (Fletes Bolaños, 1928, p. 272)
La decisión de comenzar el análisis lingüístico comparativo con Chile no es aleatoria, sino que las obras chilenas son las primeras a las que ha podido acceder y sus autores, Rodolfo Lenz y Ramón A. Laval, están considerados los representantes principales del folclore chileno. En Adivinanzas nicas (1929), Fletes Bolaños admite que Rodolfo Lenz es uno de los primeros folcloristas mundiales y el primer filólogo del habla castellana en América (Fletes Bolaños, 1929, prologuillo). Los intelectuales mantuvieron una relación epistolar y realizaron intercambios de los distintos repertorios o escritos que publicaban (Arellano, 1992, p. 24). Las siguientes dos citas reflejan esta idea:
Empezamos con Chile y Nicaragua porque de Chile hemos recibido las primeras [obras filológicas, lexicográficas o folklóricas] con que comparamos nuestro Diccionario de nicaraguanismos24 y nuestras observaciones críticas (Fletes Bolaños, 1928, p. 272)
Bendito sea Dios, que a centenares de leguas de nuestro desgraciado país, hemos encontrado sabios que no solo nos alientan a nuestras labores literarias, sino que también nos distinguen en lo poco que valemos; al contrario de lo que hacen los hombres de letras nicaragüenses. (Fletes Bolaños, 1928, p. 299)
4.2 Rodolfo Lenz y Ramón A. Laval como figuras de autoridad: sus obras como fuente de comparación
A finales del siglo XIX, Alemania25 concentraba un interés por la élite cultural chilena26 y fueron numerosos los intelectuales27 que viajaron a Europa para ponerse en contacto con los métodos y programas educativos prusianos.28 Esto desembocó en la creación del Instituto Pedagógico Chileno29 (1889) y, para la implantación adecuada de los métodos educativos, fue esencial la contratación de docentes extranjeros experimentados, a saber, Hans Steffen (historia), Federico Hanssen (filología clásica), Rodolfo Lenz (inglés, francés, italiano), etc. (Mellafe y González, 2007, p. 79).
En este sentido, Rodolfo Lenz (1863-1938) fue un investigador, maestro y sabio de la filología (fonética, léxico, ortografía y gramática),30 de la enseñanza de lenguas31 y de la cultura folclórica,32 interesado en el castellano chileno y en las lenguas indígenas (Rojas et al., 2021, p. 156). De hecho, fundó la primera institución científica dedicada a la investigación de la cultura en América Latina, la Sociedad de Folklore Chileno (1909) (Dannemann, 2000, p. 336). Algunas de sus obras más conocidas vieron la luz en la Revista de Folklore Chileno, publicación dependiente de la sociedad: “Un grupo de consejas chilenas. Estudio de noveléutica comparada (1912)” y “Sobre la poesía popular impresa en Santiago de Chile” (1919). Uno de sus objetivos principales era otorgar valor al estudio científico del habla del pueblo y de las personas menos instruidas, lo que le llevó incluso a enfrentarse a la corriente normativista encabezada por Andrés Bello, que consideraba como antiejemplos todas las voces populares ajenas a la normatividad (Ennis y Rojas, 2020, p. 14). Rabanales33(2002) explica la situación a la que tuvo que enfrentarse el intelectual alemán: “en aquella época, Lenz tenía que justificarse, pues el ambiente intelectual de Chile saturado de intereses gramaticales, no era … favorable al estudio de las hablas rurales y plebeyas” (p. 166).
Por su parte, Ramón A. Laval (1862-1929) fue uno de los socios que propulsaron el desarrollo de la Sociedad del Folklore Chileno. Además, formó parte de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía, fue director de la Revista Chilena de Historia y Geografía, así como secretario de la Biblioteca Nacional (1905) y miembro de la Academia Chilena de la Lengua (1913) (Dannemann, 2017, p. 15). A pesar de los distintos cargos que tuvo que ocupar, su verdadera pasión fue el folclore y el estudio de la cultura popular. Se encargó de reunir estudios y cuentos folclóricos chilenos durante el primer cuarto del siglo XX, fecha en la que la tarea de recopilación de manifestaciones propias del pueblo no había comenzado a difundirse (Dannemann, 2017, p. 14).
El hecho de que Chile fuera el primer país hispanoamericano que crease una institución científica para el estudio del saber popular provoca que Fletes Bolaños decida utilizar como fuentes de autoridad las obras de Rodolfo Lenz y Ramón A. Laval, intelectuales prestigiosos de la primera mitad del siglo XX y cuyas aportaciones fueron esenciales para el devenir de la disciplina:
A más de la Refranesca que hemos dado, he aquí otra que comparamos con la que trae Don Ramón A. Laval en su Contribución al Folklore de Carahue, Chile, por ser esa República del Pacífico el país hispanoamericano donde tal vez se haya escrito más al respecto [énfasis añadido]. (Fletes Bolaños, 1930, p. 185)
Finis con nuestro queridísimo amigo y compañero, don Ramón A. Laval, o con sus amenas e instructivas y hasta curiosas obras que, con las del doctor Rodolfo Lenz, el primer filólogo del habla castellana hoy en día, nos han inspirado varios trabajos, estos estudios, el último en que estamos empeñados. (Fletes Bolaños, 1928, p. 298)
[Sobre Ramón A. Laval] hombre de letras que, a pesar de sus 65 años, aprovecha las vacaciones de su magisterio para salir de Santiago a honrar más a su patria con el Folklore y la Lingüística, viendo y palpando las cosas en otros lugares, en vez de proceder de oídas como hacen muchos. (Fletes Bolaños, 1928, p. 293)
Específicamente y para la elaboración de su estudio lingüístico comparativo, Fletes Bolaños se sirve de dos obras de Lenz, Un grupo de consejas chilenas, estudio de noveléutica comparada (1912) y Los elementos indios del castellano en Chile (1912); y de tres publicaciones de Ramón A. Laval, a saber, Contribución al Folklore de Carahue (1910), Tradiciones, leyendas y cuentos populares recogidos en Carahue(Chile) de la tradición oral (1920) y Cuentos de Pedro Urdemales (1925).34
4.3 Estudio lingüístico de las voces incorporadas en su colección
El glosario está formado por un total de 284 voces que se presentan aleatoriamente, sin ninguna clasificación ni ordenación. Sin embargo, tras una aproximación al texto y siempre teniendo presente la comparación entre el español de Chile y Nicaragua,35 se han identificado voces que podrían encuadrarse en grupos diferenciados:
a) Términos/expresiones que presentan el mismo significado en Chile y Nicaragua.
b) Voces/expresiones con distinto significado en Chile y Nicaragua.
c) Palabras/frases que se usan en Chile y no en Nicaragua.
d) Palabras/frases que se usan en Nicaragua y no en Chile.36
e) Dos términos/frases distintas (Chile y Nicaragua) para un mismo significado.
f) Lemas que presentan marcas fonéticas, fonológicas, gramaticales, acompañadas de la correspondencia del castellano estándar.
Uno de los propósitos principales de Fletes Bolaños es revindicar el valor del folclore hispanoamericano a través de la comparación del lenguaje popular de Chile y Nicaragua. Por ello, hemos decidido analizar y ver el caudal de términos que se incorporan en cada uno de los grupos identificados anteriormente.
En primer lugar, la Tabla 1 muestra los términos (97 ejemplos, 34.15 %) que mantienen el mismo significado37en Chile y Nicaragua.

En segundo lugar, la Tabla 2 refleja las voces que presentan un significado distinto en Chile y Nicaragua (30 ejemplos, 10.56 %):

En tercer lugar, se han identificado lemas, univerbales o pluriverbales, que únicamente se emplean en Chile (3 ejemplos, 1.06 %) o viceversa, esto es, sí en Nicaragua, pero no en Chile (17 ejemplos, 5.99 %). El hecho de que se hayan encontrado más voces exclusivas de Nicaragua no sorprende si se tiene en cuenta el hecho de que Fletes Bolaños posee mayor conocimiento sobre las voces nicaragüenses y solo se ha basado, para conocer el léxico chileno, en un número reducido de obras de Lenz y Laval. Las Tablas 3 y 4 reflejan los resultados obtenidos:


En cuarto lugar, se han identificado entradas (77 ejemplos, 27.11 %) que incorporan dos términos o expresiones diferentes (una propia de Chile y otra de Nicaragua) que presentan el mismo contenido semántico. Este grupo adquiere relevancia, pues es aquel que nos permite observar la variedad de voces utilizadas para hacer referencia a la misma realidad en función del lugar en el que se emplea (variedad diatópica). En la Tabla 5 es posible identificar estos casos:

Por último, se muestran aquellos casos (56 ejemplos, 19.72 %) que muestran la dicotomía correcto/incorrecto. Al igual que ya se percataron Cáceres y Rojas (2021)71 en el estudio la obra de Cavada (1914), hay entradas en las que se observa una “traducción” al estándar, esto es, se refleja la idea de que los lemas principales son formas lingüísticas muy vigentes en el habla popular de Chile y Nicaragua y están marcadas sociolingüísticamente no solo por su valor diatópico (Chile y Nicaragua), sino por su valor social (asociado al habla del vulgo). Estos ejemplos se consideran una especie de Appendix Probi (Cáceres y Rojas, 2021, p. 416) y afectan a aspectos fonéticos, gramaticales, léxicos, etc., tal y como se muestra en la Tabla 6:

Fletes Bolaños (1928) incorpora voces que son propias de los estratos sociales más bajos, pues solo en una ocasión introduce que una voz es empleada también por las clases ilustradas, como en manito, “diminutivo de mano, por manecita, de uso muy corriente, hasta en las personas educadas” (Fletes Bolaños, 1928, p. 289). Además, se han identificado dos ejemplos en los que se “enfrenta” a la Real Academia Española y da valor al término americano:
Zunco o sunco o tunco no lo necesitará el castellano académico, pues tiene manco; pero ¿cómo hace para distinguir la mutilación si ésta es de tal o cual dedo? … Más que bonitos esos “mutilados de”, encontramos expresivos, determinantes y gráficos el zunco o sunco chileno y nuestros tunco y coto seguidos de la preposición de. Manco de tal brazo hemos visto (leído y oído), pero no “manco de la muñeca”; y en Centro América decimos “coto o cuto, de la muñeca”. (Fletes Bolaños, 1928, p. 273)
La tortilla nica rivaliza en todo el país con el plátano y ell [sic] tamal, entendiéndose por éste no el popularísimo nacatamal, en lo que no se halla bien informada la Real Academia Española [énfasis añadido], pues el tamal … no contiene carne de chancho o de chosupipe o jolote (pavo) como si el legítimo nacatamal, porque (dicen los entendidos en lenguas indígenas) naca significa carne. (Fletes Bolaños, 1928, p. 283)
Finalmente, se han identificado lemas (4 ejemplos, 1.5 %) que no presentan importancia desde el punto de vista comparativo y que se enumeran a continuación: quepú (Fletes Bolaños, 1928, p. 279), cuico (p. 279), chueco (p. 282) y usted (p. 291).
5. Unas primeras conclusiones
En este estudio nos hemos aproximado a un tratado lingüístico comparativo extraído de la prensa periódica chilena de principios del siglo XX, “Lenguaje vulgar, familiar y folklórico de Chile y Nicaragua” (1928) de Anselmo Fletes Bolaños, con la finalidad de estudiar el glosario escondido entre sus páginas. El autor, vinculado con el folclore de la época, quiere revindicar el estudio científico del saber popular y para ello, pretende identificar las voces o expresiones propias del pueblo. Así pues, y como consecuencia del desarrollo prematuro del folclore en Chile, utiliza las obras de Rodolfo Lenz y Ramón A. Laval como fuentes para extraer el léxico popular chileno y realizar así el estudio lingüístico comparado entre las dos variedades hispanoamericanas.
Al revisar el tratamiento del léxico, se percibe cómo el lenguaje se identifica como símbolo de cultura y marcador de identidad. A su vez, la clasificación de los lemas incorporados posibilita observar las diferencias entre el vocabulario popular chileno y nicaragüense. Los resultados han sido los siguientes: 97 voces mantienen un significado muy similar en ambas variedades, 30 presentan contenidos semánticos muy diversos, 3 son propias de Chile, pero no de Nicaragua, 17 son utilizadas en Nicaragua, pero no en Chile, 77 entradas incorporan dos voces (una chilena y otra nicaragüense) que reflejan el mismo contenido semántico, y 56 proyectan la influencia del castellano académico, pues muestran la variante normativa. Con todo ello, pretende no solo dar importancia al léxico, sino a toda la realidad cultural, social y política que se esconde tras las voces incorporadas en su glosario.
Estas obras proporcionan materiales léxicos abundantes y bien organizados, que son de gran utilidad y permiten ampliar el panorama de estudio de la historia de la lexicografía. Con todo ello, el análisis de la obra de Fletes Bolaños resulta ser una contribución al estudio de los glosarios escondidos, que han quedado desatendidos durante las investigaciones por no registrarse en los catálogos puramente lingüísticos y por las dificultades de localización que contienen. Además, el glosario adquiere relevancia pues se considera el único estudio lingüístico comparativo encontrado entre las dos variedades hispanoamericanas con el único objetivo de reflejar el habla popular, dada su relación con los movimientos folcloristas. Estudios futuros incidirán en el análisis interno de la microestructura del glosario, pues se piensa que las definiciones constatadas reflejan aspectos acerca de las actitudes lingüísticas del autor. Finalmente, este trabajo continúa en la línea de investigaciones anteriores (Martín Cuadrado, 2022, 2024, en prensa a y b), que tratan de valorar y rescatar del olvido la labor de los intelectuales y pioneros en el estudio de la lengua de Nicaragua desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX.
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Notas
La primera teoría es defendida por Jorge Martínez Ríos, “El grupo folk como grupo marginal” (1971) y Carlos Vega, La ciencia del Folklore (1960), entre otros. Los representantes de la segunda corriente son Efraín Morote Best, Elementos del Folklore: definición, contenido, procedimientos (1950) y Julia Elena Fortún de Ponce, Manual para la recolección de material folklórico (1957). Finalmente, la tercera propuesta es defendida por Manuel Dannemann, considerado el investigador más relevante del folclore en América. Para profundizar en su labor, puede verse el trabajo de Christian Spencer Espinosa, “Cultura, folclore y tradición: reflexiones en torno a la vida y obra de Manuel Dannemann Rothstein (Santiago, 1932-2021)” (2021).
Para estudiar el estatus del folclore, pueden verse los trabajos de Martha Blache y Juan Ángel Magariños de Morentín, “Enunciados fundamentales tentativos para la definición del concepto de Folklore” (1980), “Criterios para la delimitación del grupo folcklórico” (1986), “Lineamientos metodológicos para el estudio de la narrativa folcklórica” (1987), etc.
Posteriormente, Rabanales (2002) saca a la luz un estudio titulado “Rodolfo Lenz” (Onomazein, 7) en el que afirma que se trata de la versión corregida y ampliada del artículo aquí citado.