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Diplomacia cultural socialista en la Argentina y el problema de la identidad nacional desde una perspectiva estatal. Repercusiones de la propaganda de los países socialistas en las políticas represivas locales de los años 50 (1953-1961)
Diplomacia cultural socialista en la Argentina y el problema de la identidad nacional desde una perspectiva estatal. Repercusiones de la propaganda de los países socialistas en las políticas represivas locales de los años 50 (1953-1961)
Revista Tempo e Argumento, vol. 13, núm. 32, e0102, pp. 1-29, 2021
Universidade do Estado de Santa Catarina

Recepción: 31 Octubre 2020
Aprobación: 14 Marzo 2021
Resumen: El presente artículo indaga en el impacto de la propaganda comunista en las políticas represivas ar-gentinas, implementadas a mediados del siglo XX. En el marco general de la diplomacia cultural de los países socialistas europeos respecto de Argentina, se analiza específicamente un tipo de propa-ganda orientada a un público reducido, formado por las comunidades de inmigrantes eslavos, con el objetivo de lograr su re-desplazamiento a territorio soviético u ocupado por regímenes comunistas en Europa del Este. Estas campañas de repatriación implementadas entre 1953 y 1961 despertaron en los sucesivos gobiernos locales preocupaciones en torno al estatus legal y a la identidad nacional de los repatriados. En respuesta a ello, el Estado argentino reforzó sus mecanismos de control y repre-sión, esbozando en estas medidas un primer concepto de “enemigo interno”.
Palabras clave: Argentina, Propaganda Comunista, Identidad Nacional.
Abstract: This article analyzes the impact of Communist propaganda on Argentine repressive policies, imple-mented in the mid-20th century. In the general framework of the cultural diplomacy of the Europe-an Socialist countries with respect to Argentina I intend to analyze a type of propaganda aimed at a reduced public, formed by the Slavic immigrant communities, with the aim of achieving their re-displacement to Soviet territory or territories occupied by communist regimes in Eastern Europe. These repatriation campaigns implemented between 1953 and 1961 raised concerns in successive local governments about the legal status and national identity of the returnees. In response to this, the Argentine State reinforced its mechanisms of control and repression, outlining in these measures a first concept of "internal enemy”.
Keywords: Argentina, Communist propaganda, National identity.
Introducción
En la Argentina, la década del 50 se vio enmarcada historiográficamente, a partir de los acontecimientos políticos locales. Así, los años 50 se vieron atravesados por las disputas en torno a los cambios políticos, económicos, culturales y sociales que caracterizaron a las dos primeras presidencias de Juan Domingo Perón. A partir del golpe autodenominado Revolución Libertadora, que en 1955 terminó con la presidencia constitucional de Perón, habría comenzado una nueva era, definida sobre todo por la modernización cultural, la proscripción del peronismo y las consiguientes reconfiguraciones intelectuales y políticas que darían inicio a un largo período de radicalización de la violencia política (ALTAMIRANO, 2011; SPINELLI, 2005).
Sin embargo, este sobredimensionamiento de la mirada centrada en lo local soslaya alguno de los aspectos de relevancia que fueron pasados por alto por la historiografía del período, como por ejemplo, el análisis de las consecuencias culturales domésticas de la posguerra en los albores de la Guerra Fría. Es que, fue precisamente en este momento cuando se sucedieron una serie de procesos de cambios políticos y culturales, tanto en la Argentina como en el contexto internacional, que tuvieron varios puntos de contacto. En efecto, aun cuando numerosos aspectos culturales de las consecuencias de la posguerra y la Guerra Fría en la Argentina fueron estudiados por la historiografía reciente,[1] persiste una vacancia en el estado de la cuestión, respecto de la manera en que la propaganda internacional propia de la Guerra Fría afectó la cuestión de la identidad nacional en la Argentina.
La estabilidad política lograda por los gobiernos peronistas (1946-1952 y 1952-1955), el crecimiento económico y el aumento generalizado de la calidad de vida de los sectores populares coincidieron con los reposicionamientos inmediatos de posguerra en función del nuevo orden geopolítico. El final de la segunda presidencia de Juan Domingo Perón se caracterizó por el declive de su popularidad y de la bonanza económica, en un contexto tanto de oposición a Estados Unidos como de rechazo al modelo socialista. A su vez, con la muerte de Stalin en 1953, comenzó una apertura de la URSS hacia el mundo que, en el caso de la Argentina, se tradujo en un acercamiento al Bloque Oriental que facilitó la firma de convenios comerciales y la importación de productos culturales, medidas que en ambos casos fueron imitadas por otros países del Este. Pero las relaciones cordiales entre Argentina y el Bloque Socialista terminaron abruptamente dos años después, con el golpe militar de la “Libertadora”.
La proscripción al peronismo que se decretó luego del golpe, no sólo implicó un reacomodamiento de los actores políticos, sociales, culturales y económicos locales, sino que afectó también la cotidianidad misma de la sociedad argentina en todos los niveles. En ese marco, comenzó a instalarse en el Estado un anticomunismo exacerbado por la diplomacia cultural[2] de los países de la Europa comunista en la Argentina, que contribuyó, junto al antiperonismo, a terminar de darle forma a un primer ensayo del concepto de “enemigo interno” que se perfeccionaría en los años subsiguientes. Es decir, la sincronía de los procesos locales e internacionales repercutió indudablemente en el carácter de determinadas políticas diseñadas en ese período.
En el contexto del interés de los países socialistas por difundir internacionalmente su ideario, se implementó una campaña propagandística orientada hacia un público específico. De este modo, en la década del 50, los inmigrantes eslavos residentes en el país fueron objeto de atención de los recientemente constituidos Estados socialistas[3]. En particular, la Unión Soviética (URSS), Bulgaria, Checoslovaquia, Rumania, Polonia y Hungría iniciaron entre 1953 y 1955 una campaña internacional de repatriación voluntaria de ciudadanos originarios de sus territorios que habían migrado hacia países occidentales. En general, la campaña apuntaba a los refugiados del último período bélico y también a algunos focos de propaganda anticomunista coordinada por organizaciones de inmigrantes eslavos anticomunistas, nucleada en torno a criminales de guerra que habían huido de la ocupación soviética.
Efectivamente, en el caso de Argentina, la emigración eslava de posguerra fue fundamentalmente anticomunista e incluso contó con algunos conocidos colaboracionistas del régimen nazi, como el eslovaco Ferdinand Durčansky. Así, muchos de los nacionalistas eslavos de posguerra que se habían refugiado en el país luego de la Segunda Guerra Mundial eran agentes transnacionales que representaban una “nación en el exilio” y pertenecían a redes internacionales de propaganda anticomunista (GALVAN, 2018, 2019).
Las expresiones de este nacionalismo de posguerra en la Argentina y su alcance fueron percibidos por los gobiernos de la Europa socialista crecientemente como una amenaza y por eso se presentaron quejas formales ante la Cancillería argentina. Sin embargo, la actividad anticomunista de las colectividades eslavas en la Argentina representaba sólo un caso más dentro de la amplia red propagandística comunitaria en el resto de los países occidentales (AMREC 1948, 1955).
En este marco, se dieron inicio a las campañas de repatriación comunista en América y Europa Occidental. En la Argentina, esta campaña que buscaba en última instancia el re-desplazamiento de la población a sus territorios de origen, afectó principalmente a las generaciones más jóvenes. En general, se trataba de nacidos en suelo argentino y se encontraban plenamente asimilados a la sociedad y cultura nacional.
Así, las campañas de repatriación tuvieron como primer objetivo disolver los vínculos entre los inmigrantes de Europa del Este y la sociedad de recepción. Pero en el caso de Argentina, la sociedad local había constituido su identidad nacional sobre la base de su diversidad étnica (BJERG, 2010). Por este motivo, las campañas de repatriación desataron un conflicto de relevancia, al poner en jaque cuestiones relativas a la identidad nacional de ciudadanos que eran considerados argentinos[4]. Para llevar a cabo su campaña en la Argentina, los estados comunistas se apoyaron, principalmente, en la sociabilidad preestablecida en el marco de los clubes y asociaciones de inmigrantes rusos, bielorrusos, ucranianos, lituanos y checoslovacos. En estas organizaciones (algunas de ellas previas a la campaña de repatriación pero muchas de ellas fundadas por causa de ella) los inmigrantes junto a sus familias, mantenían vivo el lazo que los unía a una comunidad de origen diferente a la sociedad de recepción, a través de cursos de idiomas, festejos de efemérides, lecturas colectivas de periódicos, fiestas, etc.
Esta actividad buscaba exaltar el nacionalismo banal de la “patria” de origen con el objetivo principal de construir, en la mayoría de los casos, un supra-nacionalismo que era, de por sí, diferente del que traían los inmigrantes al pisar suelo argentino (soviético, en vez de ruso, bielorruso, polaco, ucraniano o lituano; checoeslovaco, en vez de eslovaco o checo). El nacionalismo banal es entendido como la insinuación sutil de la nacionalidad en la vida cotidiana, a través de rituales y otras simbologías (BILLIG, 1995).
Esta vitalidad comunitaria de los eslavos en la Argentina ha sido trabajada sobre todo en relación a los clubes y asociaciones de inmigrantes fundados en el período previo al comienzo de la Guerra Fría y que, en general, eran anticomunistas (CIPKO, 1995; LOBATO; JAMES, 2004; PORADA, 2016)
A diferencia de estas asociaciones, los clubes denunciados por los individuos repatriados promocionaban y difundían marcadores culturales comunitarios entre sus miembros para, en última instancia, exaltar la idea de “patria”. Desde ese punto de vista, esta actividad de propaganda de los Estados europeos por intermedio de los clubes comunitarios conmovió los pilares de la identidad nacional argentina que no era una sociedad de recepción más, sino que también era una sociedad fundada precisamente sobre la base de su diversidad étnica. En ese sentido, las diplomacias culturales de los países socialistas, que involucraron periódicos, cartas de familiares y programas de radio para difundir las ventajas del modo de vida socialista por sobre el modo de vida local, impactaron, en primer término, en la cuestión identitaria de los individuos afectados y, en segundo lugar, incentivaron políticas represivas de parte del Estado argentino, en defensa de la Nación.
En este sentido, en este trabajo se pretende recuperar el impacto de la propaganda comunista en la discusión estatal acerca de la identidad nacional de los inmigrantes eslavos que se plegaron a las campañas de repatriación socialistas[5]. Así, luego de un breve recuento de la trayectoria general de la diplomacia cultural comunista en este período en la Argentina, me concentro en un aspecto de ella, orientado específicamente a las comunidades de inmigrantes, las campañas de repatriación. Finalmente, analizo su impacto en el Estado argentino y en el diseño de políticas represivas.
Propaganda comunista en la Argentina de mediados del siglo XX
La diplomacia cultural, entendida como el instrumento con el que cuentan los Estados para difundir su sistema de creencias y valores internacionalmente, fue ejercida por la Unión Soviética desde los años 20[6]. Sin embargo, fue recién en la década del 50 cuando se reestructuró el aparato propagandístico de la URSS y, en consecuencia, se pusieron en marcha renovadas técnicas de cooptación, más regionalizadas, en estrecha coordinación con el partido. Estos cambios, en definitiva, materializaron el objetivo principal de la nueva diplomacia cultural soviética: proyectar una imagen renovada y moderna de la URSS hacia los países occidentales. Con dicho propósito se incluyó como factor novedoso la pretensión de ganar una audiencia no-politizada (GOULD DAVIES, 2003; RUPPRECHT, 2015).
En relación a esto, por ejemplo, la política de publicación y distribución de revistas se renovó y modernizó, con el fin de volver estas publicaciones más atractivas al público de la época y comenzó a incluir más tópicos sobre el Tercer Mundo. También se “occidentalizó” el vocabulario y se comenzaron a utilizar términos como “democracia” o “elecciones”. El diseño de las revistas se volvió más amable a la lectura, con más fotos a color y menos tópicos políticos (sólo se hablaba de progreso, independencia, paz), reemplazados por artículos de cultura general sobre ciencia, tecnología, deportes y cultura de los pueblos soviéticos. Asimismo, una de las principales innovaciones fue la traducción al español y portugués. En la Argentina, se distribuyeron el Boletín Argentina-URSS, Cultura y Vida, Tiempos Nuevos . Novedades de la Unión Soviética (RUPPRECHT, 2015).
Novedades…, fue lanzada por la sección de prensa de la embajada en Buenos Aires en 1955 y llegó a ser la publicación soviética de mayor llegada en la Argentina incluso hasta la década del 80. Publicada en español, se caracterizaba en sus primeros años, precisamente, por sus fotografías de página entera a color, sus notas de cultura general y vida cotidiana (que abordaban tópicos tales como la alta cultura, tecnología, deportes, avances científicos, moda urbana, folclore, vida privada de personajes célebres como actores, músicos, cosmonautas o héroes del trabajo). A pesar de que algunas fotos todavía mostraban cumbres políticas internacionales, el contenido político era liviano y meramente descriptivo, sin mención a ningún concepto revolucionario. Es decir, en conjunto, la revista proyectaba la nueva imagen de la URSS pero adaptada a los intereses de Latinoamérica: un país industrializado e independiente, moderno en términos culturales y económicos y cuya población estaba satisfecha. Los lectores la podían conseguir en cualquier puesto de diarios, por un precio accesible. Es decir que las características materiales de la revista en general hablan de un lector modelo joven, medianamente culto, de clase media, urbano y no necesariamente comunista.
Es que en efecto, la escena cultural de fines de los años 50 y principios de los 60–fundamentalmente en Buenos Aires– comenzaba a ver emerger al joven como consumidor cultural y actor político por sí mismo. En este sentido, la nueva figura protagónica, el “joven”, comenzaba a apropiarse de determinados espacios de sociabilidad como las salas de cine, los festivales; se comenzaba, también, a interesar por el turismo y estaba interesado en la actualidad política internacional (MANZANO, 2017; COSSE, FELITTI; MANZANO, 2010; BARTOLUCCI, 2017).
Este nuevo contexto cultural fue aprovechado también por una política editorial de traducciones del ruso, por una editorial local, fundada en 1955, Nueva Senda y por la radiodifusión soviética a países hispano parlantes. En cada número de Novedades…se publicitaba la programación regular de Radio Moscú, que transmitía en castellano y portugués. Pero, además de esto, en 1956 la Misión Comercial Soviética comenzó a financiar también un programa de 15 minutos para una radio local, Radio Mitre, y se transmitía 3 veces por semana. El programa se dedicaba sobre todo a la alta cultura rusa y pasaba publicidades de productos soviéticos (KIRKPATRICK, 1957).
Además de las revistas, libros y la radio, estaba también el cine. La industria fílmica soviética era en los años 50 era moderna, de calidad y estaba claramente orientada a un público internacional. Por todo ello, en Argentina el cine soviético encontró un verdadero nicho, al que pronto se sumaron las filmografías de otros países de Europa del Este, fundamentalmente de Checoslovaquia y Polonia. Efectivamente, una de las estrategias de cooptación que mayor incentivo estatal tuvo en este período fue la propaganda a través del cine narrativo. De este modo, el renovado imaginario socialista desembarcó en las pantallas porteñas (y también de algunas otras ciudades importantes del país) y definió el gusto del espectador local medio durante décadas, compitiendo con las películas de las grandes productoras norteamericanas y de Europa Occidental. Algunos de los agentes de mediación cultural fundamentales en este proceso fueron instituciones estatales como el IRCAU (Instituto de Relaciones Culturales Argentino-URSS) y, sin dudas, los empresarios cinematográficos locales. Entre ellos, se destacó el rol desempeñado por Argentino Vainikoff, dueño y fundador de la distribuidora Artkino Pictures (KIRKPATRICK, 1957).
Si bien Artkino no fue la única compañía distribuidora de cine soviético en Argentina, fue principalmente a partir de su desempeño comercial que el imaginario socialista llegó y permaneció en las pantallas porteñas por varias décadas. De esta manera, la iconografía y los valores comunistas acerca de los beneficios de la vida cotidiana socialista, los avances de la ciencia y la heroicidad del soldado ruso en la guerra contra el fascismo, terminaron por moldear el gusto del emergente consumidor cultural porteño de la década del sesenta. El espectador- tipo de Artkino era el joven citadino, moderno, de clase media, con inquietudes intelectuales y que concurría asiduamente a los eventos de los círculos de arte vanguardista locales. En este contexto, la primera edición del Festival de Mar del Plata se llevó a cabo un año después de la muerte de Stalin. Ahí, la industria fílmica soviética tuvo una gran oportunidad de presentar sus películas, en un marco de pujantes acuerdos económicos entre Perón y la URSS y, pocos años después esta alcanzó su pico de exportaciones de películas hacia la Argentina (1957-1958) (GALVAN; ZOUREK, 2016).
Por otro lado, los cines checoslovaco y polaco de mediados de siglo XX también encontraron un nicho en el público local, gracias a las gestiones comerciales de Artkino y también de otras distribuidoras internacionales como la empresa Orbe/ Elga/ Gala, del productor Néstor Gaffet. Asimismo, a partir del estrechamiento de los vínculos comerciales del gobierno peronista con Checoslovaquia y Polonia, aumentaron también los intercambios culturales con estos países[7]. No obstante estos datos que parecen corroborar que, según las fuentes exploradas hasta el momento, la diplomacia cultural de otros países socialistas en la Argentina en este período siguió el modelo soviético, la historiografía sobre el tema es escasa (PORADA, 2016;ZOUREK, 2014).
El período de mayor cordialidad en el intercambio comercial y cultural entre Argentina y el Bloque comunista se cortó abruptamente en 1955. Con el golpe de la “Revolución Libertadora”, y, fundamentalmente, durante la presidencia del general P.E. Aramburu se incumplieron acuerdos económicos con países del Este y se tensó el diálogo diplomático. En relación a esto, las autoridades argentinas también comenzaron a expresar la necesidad de intervenir más activamente para frenar la propaganda comunista en el plano local. Sin embargo, las repercusiones de este tipo de propaganda destinada a un público más general no son de fácil medición. En relación a este punto, justamente, fue el otro tipo de propaganda comunista, la más específica, orientada a los inmigrantes, la que despertó mayor interés, exacerbó el anticomunismo y motivó el accionar del Estado argentino.
La identidad nacional en cuestión
En el contexto del cambio en la disposición de la diplomacia cultural comunista, se implementó un aparato propagandístico renovado específicamente pensado para resolver la situación de los emigrados. Así, como parte de esa estrategia, en septiembre de 1955, el gobierno de la URSS decretó una amnistía general para todas las personas desplazadas de territorios soviéticos, sospechados de crímenes de guerra o colaboracionistas. Asimismo, esta política que buscaba mostrar un costado más humano, se materializó poco tiempo después en la creación del Comité Soviético para el Regreso a la Patria, situado en Berlin Oriental. Estas políticas fueron imitadas por alguno de los países satélites (Bulgaria, Hungría, Checoslovaquia y Rumania), que dictaron sus propias leyes de amnistía y crearon sus propios comités de repatriación.
De este modo, la Unión Soviética había iniciado enmarcó la amnistía otorgada en una campaña de repatriación que apuntaba a lograr el regreso voluntario de ciudadanos soviéticos que habían emigrado durante la posguerra. Asimismo, la campaña buscaba contrarrestar los numerosos focos de propaganda comunista fomentada por la CIA norteamericana en las comunidades de inmigrantes del Este en el mundo occidental (MIKKONEN, 2011). En el contexto de la batalla cultural que se entabló durante la Guerra Fría. Las estrategias utilizadas por esta campaña buscaron disuadir a las poblaciones desplazadas a regresar y, al mismo tiempo, se apostó a mejorar la imagen de la URSS entre las comunidades de Europa del Este.
Efectivamente, luego de que las Naciones Unidas se opusieran a continuar con el retorno forzoso de ciudadanos soviéticos (MIKKONEN, 2011), la URSS giró hacia tácticas que apelasen más a lo emocional como modo principal de persuasión. Así, por ejemplo, el Comité no sólo estuvo a cargo de publicitar las leyes de amnistía, sino también de distribuir propaganda escrita (folletos) y de editar un periódico internacional propio (Para el Retorno a la Patria), con versiones en los idiomas de las poblaciones afectadas, checo, polaco, búlgaro, rumano, letón, etc. y también tuvieron su propia estación de radio, también en varios idiomas (MIKKONEN, 2011). En Argentina se recibía regularmente el boletín editado en ruso en Berlin Oriental. Del mismo modo, el comité checo enviaba desde Praga su boletín Hlas Domova y se editaba acá el periódico polaco Ogniwo (AMREC, 1956). A esta literatura llegaban quienes concurrían a los clubs eslavos (Vissarion Belinsky, Ostrovsky, Pushkin, Maiakovsky) asiduamente. Pero además de esto, los miembros concurrentes a dichos clubes solían recibir cartas de familiares que vivían en la Unión Soviética. Este fenómeno – que se replicó en otros países occidentales con inmigrantes rusos, ucranianos, lituanos, letones, checoslovacos, etc.– perseguía el objetivo de apelar a los sentimientos patrióticos y a emociones positivas relacionadas con los valores familiares para convencerlos de volver a su “auténtica patria” (ROBERTS, CIPKO, 2008; ZALKALNS, 2014).
A pesar de la sofisticada maquinaria propagandística puesta en práctica, en el mundo, la campaña soviética fue un fracaso en sus primeros años. En efecto, en septiembre de 1955 tan solo 250 individuos regresaron (MIKKONEN, 2013). Pero ya en 1957, el número subió a 2200. Es probable que este incremento brusco en el número total de repatriados soviéticos haya sido influenciado por la inyección de confianza que el comité recibió a partir de las 3500 conseguidas solo en Sudamérica, particularmente en Argentina (MIKKONEN, 2011, p. 55; ZALKALNS, 2014).
Así, a partir del inicio de las actividades específicas de propaganda orientadas a miembros de las comunidades de inmigrantes con residencia en el país, comenzaron a aparecer denuncias en los documentos de las embajadas y legaciones argentinas en Europa del Este contra supuestas acciones de propaganda ejercidas por el cuerpo diplomático de las embajadas socialistas y por visitas culturales.
En este contexto, fue sobre todo la embajada argentina en Moscú la que empezó a recibir un caudal importante de denuncias de familias enteras que, alegando su ciudadanía argentina, pedían refugio en la embajada. En los informes, las historias coincidían en describir una sociabilidad basada en la cotidianidad de los clubes de inmigrantes, donde, además de actividades culturales, quienes luego serían repatriados, eran instruidos en la ideología comunista que se filtraba en los cursos de idioma ruso que se dictaban, en los cursos de comida típica, en los bailes o en los grupos de lectura colectiva que se realizaba en esas sedes (GALVAN, 2016).
En los informes elevados al canciller argentino del momento, los emigrados describían que, luego de haber llegado al puerto de Odessa (la única puerta de entrada para estos contingentes) con altas expectativas, comenzaba el declive de sus sueños socialistas y se enfrentaban a las dificultades de la vida de un típico obrero soviético que era mucho más dura que la de un obrero argentino (AMREC,1960).
En general, las comunidades eslavas afectadas por esta campaña se enfrentaron al momento de emigrar a la disyuntiva entre la nacionalidad argentina y la supranacionalidad soviética, construida y fomentada, precisamente, en los espacios de sociabilidad comunitarios. Así, esta última se impregnó eficazmente en los jóvenes ucranianos, bielorrusos, rusos, polacos y también lituanos, por lo que muchos optaron de manera permanente por la nueva supranacionalidad. Efectivamente, no todos los repatriados solicitaron permiso para regresar al país, pero las denuncias de los que sí lo hicieron coinciden en lamentarse por el detrimento de su calidad de vida al llegar a territorio soviético, lo que sumado a los problemas de algunos con el idioma o a la dificultosa adaptación social propia o de los hijos, llevaron a solicitar una nueva repatriación, de vuelta a su “verdadera patria”, Argentina. Frente a esto, los informes diplomáticos muestran un esfuerzo por enfatizar el vínculo con la nación argentina que había sido atacado, principalmente, por los clubes mencionados.
De hecho, en el plano oficial, el estado argentino tuvo que reconocer que la infiltración propagandística de parte de los clubes de estas colectividades era un problema (AMREC, 1960). En este marco, los informes basaban en la preocupación por la defensa de la identidad nacional de los repatriados su fuerza argumentativa. Precisamente, la idea de Nación argentina, contrapuesta con la alteridad representada por la identidad soviética, terminaba de dar forma al pedido de ayuda estatal para los repatriados.
En efecto, el imaginario nacionalista argentino, siempre se caracterizó por identificar factores externos como amenazas a la identidad nacional (BARTOLUCCI, FAVERO; TARONCHER, 2021; DEVOTO, 2002; FINCHELSTEIN, 2016; GOEBEL, 2013; LVOVICH, 2003; MALLIMACCI; CUCHETTI, 2011). Pero más allá de esta dimensión ideológica de la identidad nacional, tal y como fue tradicionalmente considerada en la Argentina, también la identidad nacional entendida como una construcción permanente, negociada y activa de parte de los individuos –como comenzó a ser trabajada historiográficamente de manera relativamente reciente (BARTOLUCCI, FAVERO; TARONCHER, 2021; GIORI, 2017; MOLINA APARICIO, 2013; NÚÑEZ SEIXAS, 2020; STYNEN; VAN GINDERACHTER; NÚÑEZ SEIXAS, 2021)– permite entender la urgencia con la que los funcionarios estatales locales abordaron la problemática de la propaganda comunista orientada a la re-construcción de una identidad nacional ajena a la local. De este modo, considerando que el Estado argentino había tenido siempre un rol activo en la construcción de una identidad nacional homogénea, amalgamando múltiples vertientes étnicas, culturales y religiosas que pasaron así a formar parte de la joven nación (DEVOTO, 2010), la erosión “desde la raíz” –es decir, desde prácticas comunitarias ligadas a lo familiar, a lo emotivo– de esos lazos de unidad tan cuidadosamente construidos desde el Estado local, representaba una amenaza a atender.
En este marco, la embajada argentina en Moscú fue la que más denuncias y solicitudes de repatriación recibió, pero también las legaciones comerciales en otros países del mundo socialista fueron focos de recepción de reclamos de la misma índole. Así, por ejemplo, en 1953 la legación argentina en Bulgaria informaba a la Cancillería acerca del comienzo de la amnistía declarada que dio origen a la campaña de repatriación búlgara ese mismo año. La amnistía declarada por Bulgaria había sido la primera dada por un país socialista durante la posguerra y, con ella, se daría inicio a las campañas de repatriación a las que se plegarían otros países detrás de la Cortina de Hierro (ROBERTS; CIPKO, 2008).
En este sentido, ya en julio de 1955, la legación argentina en Checoslovaquia informaba a Cancillería, acerca de la relevancia de las amnistías declaradas por Checoslovaquia y Rumania:
[…] la Dirección de Europa Oriental y Cercano Oriente estima conveniente sugerir al Departamento de Asuntos Consulares que, a fin de evitarnos ulteriores conflictos de doble nacionalidad y los consiguientes difíciles trámites de repatriación, se aconseja a los checoslovacos y rumanos la inconveniencia de regresar a su país de origen si se hicieron ciudadanos argentinos, y/o se hubiesen casado con argentinas nativas y tuviesen hijos nacidos en la República. Igual temperamento convendría adoptar con las personas de origen ruso, búlgaro, húngaro y polaco, en similares situaciones. (AMREC, 1955, p.3)
En este primer informe, el secretario de la Legación en Praga llamó la atención acerca de los posibles conflictos con la nacionalidad que podrían surgir con los individuos que adoptasen la ciudadanía soviética, checoeslovaca, húngara o búlgara y para ello, abandonasen la argentina. El principal inconveniente que, en efecto, no tardaría en aparecer como problema para la estructura burocrática local sería el concerniente a los hijos de padres con estas nacionalidades, nacidos en la Argentina. Debido a que en aquellos países regía el principio del ius sanguinis, los hijos de los repatriados pasarían a tener ciudadanía soviética, checoeslovaca, búlgara o húngara, a pesar de haber nacido en la Argentina, donde rige el principio delius solis, por lo que estos individuos tendrían doble ciudadanía. Esto, eventualmente, implicaría que la defensa de los intereses de estos ciudadanos argentinos ejercida por los funcionarios consulares correspondientes, cuando, al haber alcanzado la mayoría de edad, quisieron volver a ingresar a Argentina, los enfrentara directamente con los estados socialistas mencionados, que se negaban a reconocer su ciudadanía argentina.
Si bien las otras representaciones diplomáticas argentinas en Europa del Este también participaron de las gestiones de estos movimientos poblacionales específicos, desde el comienzo de la campaña fue, principalmente, la embajada en Moscú, la encargada de advertir sobre los peligros que esta propaganda implicaba para la Argentina, sobre todo, en el contexto de la “Revolución Libertadora”, gobierno local militar de facto, cuya legitimidad y estabilidad institucional podían deteriorarse aún más a causa de las populosas repatriaciones hacia los países comunistas. Así, en una carta al ministro de Relaciones de Exteriores y Culto del momento, Luis Podestá Costa, el embajador argentino en Moscú, Emilio Donato del Carril, elevó un detallado informe sobre la publicidad que había realizado la agencia de noticias soviética TASS acerca del último barco (el “Entre Rios”) que había arribado al puerto de Odessa con 800 repatriados de Argentina y Paraguay. En el relato destacaba que pudo
[…] que la noticia había hecho impresión en los miembros del cuerpo diplomático y de la prensa de otros países occidentales destacados en Moscú […] [Por ese motivo] fui abordado por los periodistas que deseaban conocer los motivos determinantes de ese importante éxodo, que se consideraba el más numeroso realizado desde que fue creado el comité de repatriación y preguntaron si en nuestro país se tomaban medidas para impedirlo […] En cuanto a los llamados `repatriados’, dije que iban a crear un serio problema, pues ya en la actualidad son muchos los que han llegado en las mismas condiciones y hacen toda clase de trámites para volver a nuestro país. (AMREC, Europa Oriental, 1956, p. 4).
El nuevo gobierno provisional buscó revertir la política exterior peronista y acercarse a los Estados Unidos. En principio, la intención de Aramburu era resolver la crisis económica argentina por lo que, en este marco, también había decidido el ingreso del Fondo Monetario Internacional en 1956. Sin embargo, la búsqueda del visto bueno de Washington, también tenía para Aramburu la intención de distanciarse ideológicamente de la “Tercera Posición” sostenida por Perón, quien se había preocupado explícitamente desde su primera presidencia por mostrarse ajeno al panamericanismo norteamericano (MORGENFELD, 2013). En efecto, las relaciones distantes con los Estados Unidos habían caracterizado a ambas presidencias de Perón y, aun cuando ya en 1953 la asunción del presidente norteamericano D. Eisenhower produjo un cambio positivo en la relación con los Estados Unidos, la Argentina de Perón volvió a perder el efímero visto bueno norteamericano al negarse a votar la resolución anticomunista de la décima Conferencia Interamericana de Caracas en 1954 (MORGENFELD, 2010). Pero con el triunfo de la “Revolución Libertadora” y, sobre todo, a partir de la asunción de Aramburu, comenzó una nueva etapa en las relaciones internacionales argentinas, frente a la mirada preocupada de los países del Bloque del Este y al optimismo de ciertas organizaciones anticomunistas transnacionales que lograron beneficiarse de este giro del gobierno argentino (GALVAN, 2018; HU OSA, 1956; ZOUREK, 2015).
En este contexto, el embajador, Del Carril, no sólo se hacía eco de la mala prensa que el éxito de la campaña de repatriación implicaba para el nuevo gobierno de facto argentino, cuya legitimidad se encontraba en permanente discusión, sino que también deslizaba la crítica encubierta a las buenas relaciones del gobierno peronista anterior con el Bloque Comunista y, con ello, se dejaba leer entrelíneas una evidente satisfacción porque el cambio de rumbo de las relaciones diplomáticas con los comunistas fuera reconocido internacionalmente:
La referencia poco cordial [de las autoridades soviéticas a la situación en la Argentina] es considerada por los periodistas [occidentales] como una reacción contra la reciente ratificación de nuestro país de la declaración de Caracas, pues si bien los términos agresivos son habituales con relación a las potencias de Occidente, hace mucho que no eran dirigidos contra nuestro país. (AMREC, 1956, p. 04)
En ese marco, se solicitó expresamente que se remitieran copias de esta carta a la Dirección de Informaciones Antidemocráticas y al Servicio de Informaciones del Ejército, flamantes organismos de inteligencia federal creados en el marco de la proscripción de corte represivo contra el peronismo. Pero baste por ahora aclarar que de este modo, se sugería que la problemática de los repatriados era, en efecto un problema de seguridad interna.
En este sentido, la problematización de parte de los diplomáticos argentinos de la campaña de repatriación no sólo tenía que ver con las polémicas sobre la identidad nacional, sino también con la infiltración propagandística en suelo argentino. Así, ya se puede observar en los informes de los inicios de la campaña que se responsabilizaba a la propaganda comunista realizada en el país, como la principal causa de las repatriaciones:
[…] la decisión de abandonar el suelo argentino, disponiendo generalmente de los bienes y ahorros acumulados durante años de trabajo, se debe, según manifiestan, a la propaganda que mediante revistas y películas efectúa entre los rusos radicados en nuestro país. En muchos casos han recibido también cartas de parientes domiciliados en la URSS, incitándolos a trasladarse. (AMREC, 1956, p. 4).
Los diplomáticos argentinos en Europa del Este, también advirtieron sobre otros medios específicos de propaganda que se acomodaron en función de llegar a las comunidades de inmigrantes, como la revista Novedadesde la Unión Soviética, donde se citaban las notas “Vengan a vernos” y “Mejor se está en la Patria” (AMREC, 1956), las revistas checoslovacas Rudé Pravo y Prace, que en sus números del 24 de marzo de 1956 publican acerca de la salida del barco “Entre Ríos” hacia el puerto de Odessa, el libro checoslovaco 21 años en Argentina (sobre el caso de una inmigrante checoslovaca que luego de 21 años en Argentina, decide volver a su patria) (AMREC, 1956) y las actividades de sociabilidad comunitaria desarrollada en los clubes de inmigrantes rusos, bielorrusos y lituanos en la Capital Federal y el conurbano bonaerense:
En esos clubes (Belinsky, Ostrovsky, Máximo Gorki, Taras Schvechenko, Maiakovsky, etc.) se desarrolló una actividad ideológica que se dirigió primero a exaltar en su auditorio los sentimientos nacionalistas; luego se trató de sembrar el descontento entre los trabajadores, oponiendo un supuesto estado ideal de alto nivel de vida en la URSS a la realidad proletaria de los concurrentes a dichos clubes, intencionalmente desfigurada y denigrada. Finalmente, tuvo lugar el reclutamiento, por millares […]. (AMREC, 1956, p. 2)
En esos ámbitos de sociabilidad contenidos y controlados, según se denunciaba, se apelaba a repudiar el vínculo con la Nación argentina, que ya no tendría nada para ofrecerles a sus “connacionales”.
Cuando el gobierno dictatorial de la “Revolución Libertadora” convocó a elecciones generales democráticas en 1958 y salió victorioso el radical intransigente Arturo Frondizi, las relaciones diplomáticas con el Bloque Comunista volvieron a ser cordiales en una primera instancia. Sin embargo, la problemática de los repatriados ya había resentido la posición de los diplomáticos argentinos. Así, los informes de la embajada en Moscú se volvieron más insistentes en el pedido de auxilio a ciudadanos, menores o no, nacidos en territorio argentino y que habían sido llevados por sus padres o cónyuges (según el caso) a la Unión Soviética, contra su voluntad expresa o mediante engaños (AMREC, 1961).
Asimismo, las denuncias de acciones propagandísticas específicamente orientadas a los ciudadanos argentinos, miembros de las comunidades de inmigrantes eslavos, buscaron interpelar más directamente a la intervención del gobierno nacional. Así, en relación a un relato acerca de la experiencia de una mujer repatriada, publicado en la edición para Latinoamérica de “La mujer soviética”, el embajador argentino en Moscú, César Barros Hurtado, escribía en 1961 al canciller de aquel entonces, Diógenes Taboada:
[…] en nuestro país, lamentablemente, aun no se ha iniciado una acción oficial tendiente a prevenir, públicamente, acerca de las contingencias que pueden sufrir quienes emigran ilusionados con encontrar condiciones de vida en la URSS que corresponden a las que la propaganda soviética ha ponderado en Argentina […] me permito sugerir la conveniencia de estudiar las formas mediante las cuales pudiera neutralizarse la actividad soviética. (AMREC, 1961, p. 2)
En esto, el Estado argentino tomó una actitud diferente, por ejemplo, a la del Estado canadiense, que debió afrontar la resolución de las repatriaciones en su país en el mismo momento, con un porcentaje de éxito tan alto como el argentino. Sin embargo, Canadá se resistió a tomar como propia la causa de ciudadanos que querían regresar a su suelo, ya que se consideraba que éstos, aun cuando se habían dejado convencer por el partido comunista, habían renunciado voluntariamente a la ciudadanía canadiense (ROBERTS; CIPKO, 2008).
La cancillería argentina, sin embargo, desresponsabilizaba a los individuos repatriados y veía como principales culpables de la propaganda para la repatriación, por un lado a la acción de diplomáticos soviéticos (que facilitaban el ingreso de material de propaganda y de agentes encubiertos) y por otro lado a las asociaciones de inmigrantes (AMREC, 1961). De igual modo, se denunciaba la amplitud del aparato que bajo la apariencia de misiones científicas, culturales o económicas, infiltraban contenido propagandístico (AMREC, 1961). En este sentido, el embajador en Moscú solicitó la revisión de visas de personal diplomático y de turistas de todo el bloque del Este. Es que, en efecto estos funcionarios consideraban que:
Obvio resulta señalar que si se niega el acceso al país de algún visitante, un soviético, por ejemplo, con cualquier pretexto pero con igual fin poco después tratarán de cumplir la misión encomendada a aquel, polacos, checos, rumanos, etc. En otros términos, para que el control sea efectivo debe ejercerse sobre todos los miembros de la Organización Comunista Internacional que es una sola. (AMREC, 1961, p. 2)
Por todo esto, además de pedir por el control del personal diplomático de los países comunistas, la embajada de Moscú sugería que se realizase una contrapropaganda a las repatriaciones. Debido a que estos informes diplomáticos lograron el objetivo de despertar la preocupación de las autoridades del Ministerio del Interior, funcionarios policiales y de inteligencia fueron destinados a controlar de cerca las actividades de posibles focos de difusión propagandística.
Impacto de las campañas de repatriación en la construcción oficial de un enemigo interno
En efecto, con el golpe a Perón en 1955, además de perseguir a los peronistas el gobierno de Pedro Eugenio Aramburu había comenzado a perseguir a los militantes comunistas locales. Con ese fin, se habían creado en 1956 la División de Investigaciones de Partidos Antidemocráticos de la Policía Federal y la Junta de Defensa de la Democracia (decreto-ley 18787) para investigar las actividades públicas y clandestinas que llevaba adelante el comunismo en el país. En este marco, se creó también la Secretaría de Informaciones del Estado (SIDE) y la Dirección de Informaciones Antidemocráticas (DIA), que tenía por objetivo coordinar y reunir la información producida por otros organismos de inteligencia[8]. Asimismo, como parte de este proceso, se creó también la Central de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, que luego (en 1961) cambiaría su nombre a Servicio de Informaciones de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (llamada sucesivamente SIP, SIPBA y DIPBA).
De este modo, si bien este proceso de especialización de las actividades de inteligencia del Estado argentino, indudablemente, se inició en paralelo a las presiones crecientes recibidas de las legaciones y embajadas en Europa del Este, la historiografía argentina lo atribuye, sobre todo, a los lineamientos anticomunistas de Estados Unidos dirigidos hacia la región y al contexto de “desperonización”, caracterizado por la proscripción política y simbólica de toda adhesión o simpatía hacia el peronismo (FUNES, 2006; KAHAN, 2007; MARENGO, 2015). Sin embargo, aun cuando la modernización y especialización del aparato represivo del Estado argentino se vieron influenciadas, sin dudas, por los factores mencionados, también acusaron el impacto de las denuncias oficiales contra la actividad de la diplomacia cultural de los países comunistas en la Argentina. Es decir que la especificidad del caso de los repatriados argentinos radica en que esta especialización de las actividades de inteligencia del Estado local se vieron desencadenadas también por la presión ejercida por el Ministerio de Relaciones Exteriores por controlar y suprimir la propaganda de los Estados comunistas orientada a lograr las repatriaciones de sus supuestos conciudadanos.
Efectivamente, en este período, los organismos de inteligencia argentinos fueron delimitando sus instrumentos y campos de acción. En este proceso, los espacios de actuación del enemigo llamado “criptocomunismo” (o comunismo encubierto) coinciden con los mismos ámbitos de sociabilidad que son denunciados como focos de propaganda comunista: ámbitos gremiales, culturales, deportivos y científicos. Es que, como se aclaró en la sección anterior, las notas e informes que llegaban a Cancillería desde las legaciones o embajadas argentinas en el exterior, relativas a las campañas de repatriación, iban siempre con copia a estos organismos de inteligencia. Así en los repositorios documentales de estos últimos se encuentran varias carpetas específicas confeccionadas en la época sobre las repatriaciones a países comunistas: sobre los contingentes que habían salido del puerto de Buenos Aires hacia Odessa, sobre sus nombres, nacionalidades, etc.[9].
Asimismo, a comienzos de 1957 y hasta 1961, se volvió a solicitar a los organismos de inteligencia policiales más especificaciones y detalles acerca del destino final de los repatriados (principalmente Bulgaria, Checoslovaquia y Polonia, además de la URSS), fecha probable de viaje, otros familiares residentes en el país, actividades políticas ejercidas por estos individuos cuando vivían en el país, fuentes de financiamiento para realizar el viaje, motivo del viaje, personas que visitaron al individuo antes del viaje, si el viaje respondía a la campaña de alguna entidad y vinculación que el viaje pueda tener con las autoridades soviéticas[10].
El aporte que representa este registro para una historia del impacto de la propaganda comunista en la Argentina pone de relieve el crecimiento de un anticomunismo generalizado al interior del Estado argentino que se volvió prioritario en la agenda estatal local antes de que la Revolución Cubana motivase temores relacionados a la expansión del comunismo en el continente. Si bien este programa anticomunista se ubica como heredero de otras oleadas de miedos al “peligro rojo” en el plano local (LOPEZ CANTERA, 2017; MALLIMACCI, 1996; RUBINZAL, 2012), el anticomunismo estatal de esos años guarda relación con ciertas especificidades de la Guerra Fría, como, por ejemplo, el miedo a la expansión del imperialismo soviético o al avance incontenible del marxismo por sobre los valores cristiano-occidentales, particularmente amenazados, por la posición de privilegio que había ganado el régimen soviético en el nuevo orden mundial de la posguerra. Asimismo, en combinación con el proyecto desperonizador, influye en la creciente burocratización del aparato de inteligencia argentino que va delimitando, a la sombra del caso de los repatriados, un concepto más acabado y sofisticado de enemigo.
Es que, si bien durante el gobierno de Aramburu aparecieron algunas variables de control del comunismo de forma asistemática e intercaladas con definiciones acerca de los militantes peronistas (focos de resistencia al gobierno de mayor riesgo que el comunismo), éstas se fueron organizando en los años siguientes hasta formar un concepto más ordenado y claro del enemigo interno. Al finalizar la presidencia de Aramburu, en los años del gobierno democrático de Arturo Frondizi se implementó el Plan CONINTES (1961)[11]. A partir de ese momento, la subversión se sustantivizó, se articuló discursivamente con entidad propia y sirvió para amalgamar grupos de diversas ideologías, que solo tenían en común la oposición al gobierno (VITALE; BETTENDORF, 2016).
Esto, en relación a los repatriados, implicó un mayor desarrollo de las técnicas de vigilancia y control sobre los probables focos desde donde emanaría la propaganda para la repatriación: los clubes que habían sido denunciados por la embajada en Moscú, las publicaciones periódicas de las comunidades de inmigrantes y las agencias de viaje a través de las cuales los repatriados compraban los pasajes en barco[12].
En síntesis, las similitudes en los términos usados en informes diplomáticos y del Ministerio del Interior y el importante acervo archivístico de los organismos de inteligencia sobre los individuos repatriados, sus filiaciones políticas y contactos soviéticos dan cuenta del diálogo entre ambas carteras del Estado argentino en relación a este tema de los repatriados. Asimismo, este proceso acompañó una sofisticación paralela de las técnicas de vigilancia de la seguridad interna. En conjunto, todo ello resultó en la definición de un concepto más acabado de “enemigo interno”, que comenzó a amalgamar diferentes disidencias políticas, antes de que la Revolución Cubana popularizara en la región la preocupación por el avance soviético en Latinoamérica.
Conclusiones
La diplomacia cultural de los países socialistas en la Argentina fue prolífica a mediados del siglo XX y logró interesar a un sector de la población local, sin embargo, fue la propaganda más específica orientada a los inmigrantes, la que alertó al Estado argentino. Así, con el gobierno de Aramburu el anticomunismo se volvió política de estado y esta se potenciaría más tarde, ya al calor de la Revolución Cubana.
El vínculo entre la propaganda comunista y las políticas represivas implementadas por el Estado argentino resultó de la percepción de la primera como una amenaza a la identidad nacional, desde sus cimientos. En este marco el caso de los argentinos repatriados como ciudadanos soviéticos, checoslovacos, búlgaros era una evidencia de las potencialidades del peligro comunista en suelo argentino. Si bien podría pensarse que la actividad del anticomunismo transnacional en el país también buscaba reforzar vínculos identitarios nacionales diferentes a la identidad argentina, ese caso no fue considerado un problema (GALVAN, 2019).
Sin embargo, la diplomacia cultural de los países socialistas impactó de manera directa en el ajuste de los mecanismos de control y criminalización de las actividades de las comunidades eslavas y contribuyó, así, a delimitar la definición de enemigo interno que se combinó con la coyuntura local posperonista, es decir, con la proscripción al peronismo.
Indudablemente, el “éxodo comunista” ponía en cuestión la capacidad del estado argentino de proteger y administrar la suerte de sus propios ciudadanos. En este sentido, las campañas de repatriación terminaron suscitando interpretaciones defensivas que las asimilaban a un ataque contra la soberanía nacional.
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Notas