¿PORQUÉ SE ESCRIBE TAN MAL?
¿PORQUÉ SE ESCRIBE TAN MAL?
Interciencia, vol. 42, núm. 4, p. 201, 2017
Asociación Interciencia
¿PORQUÉ SE ESCRIBE TAN MAL?
En un editorial reciente de Interciencia, acerca de la correcta manera de escribir, abordamos la cuestión de la importancia del estilo y la forma en la literatura científica. Las diferentes estructuras de las publicaciones científicas y la importancia del uso adecuado del lenguaje, cualquiera que este sea, fueron someramente expuestos. No obstante, dentro de un enfoque positivo y con ánimo constructivo cabe la pregunta de porqué nuestra juventud y, dado nuestro interés particular, los investigadores en formación escriben tan mal.
Las debilidades de la educación primaria y media en cuanto a la enseñanza de la lengua no constituyen toda la respuesta. Las generaciones nacidas a finales del milenio anterior adolecen de una laguna inmensa en lo que respecta al lenguaje. Los materiales a los que los miembros de esas generaciones han estado continuamente expuestos no han sido, en muchos casos (y quizá en la mayoría de los casos) sometidos a revisión por personal adecuadamente entrenado. Entre las muchas virtudes de las redes sociales la de la corrección lingüística no está incluida. Con algunas excepciones, por supuesto, el lenguaje utilizado en las redes sociales y otros medios presentes en la Internet no representa lo más depurado de la lengua. Por el contrario, para algunos es simplemente deplorable.
Se trata de los elementos básicos de la escritura, del respeto por la correcta ortografía y el uso adecuado de la puntuación, de los elementos gramaticales y, particularmente, de la sintaxis. De la expresión clara de las ideas propias y de los demás, así como de su ilación, siempre facilitando el trabajo y comprensión por parte del lector.
Si no se ejercita el hábito de la lectura, en particular de los maestros de la lengua y la literatura, no es posible desarrollar una capacidad de escritura coherente y de calidad. Durante el siglo pasado la alfabetización masiva y el uso generalizado de los medios de comunicación trajeron consigo una avance espectacular en las posibilidades de acceso a la información de toda la población, así como la participación ciudadana. La escritura, hasta entonces reservada a las élites sociales y/o económicas, se ha convertido en un bien común.
El hecho que esa escritura deje mucho que desear no significa que ello sea un defecto de tales redes sociales o medios de comunicación, ni es un defecto de la prensa el que las noticias estén a menudo escritas en un leguaje deficiente. En todo caso, es un problema de la falta de control de calidad en los medios electrónicos y del adiestramiento deficiente de quienes practican el periodismo. De cualquier forma, el resultado es una calidad idiomática mediocre a la que la literatura científica no escapa.
Es menester que la educación superior y particularmente las escuelas en las disciplinas científicas afronten el problema y busquen mecanismos para motivar entre sus miembros la mejora en el uso del lenguaje. Para ese fin no es suficiente, como pudiese parecer, promover el hábito de la lectura… de la buena lectura. Es necesario igualmente estimular la escritura, pues es solo escribiendo que se aprende a escribir. Con la ejercitación permanente, revisando de manera consciente y cuidadosa lo que ha sido escrito, es como uno aprende a hacerlo. Debe estimularse la formación de grupos para intercambiar el material escrito y revisarlo conjunta y repetidamente. No hace falta decir que tales deben ser prácticas usuales al interior de los laboratorios de investigación y que ningún trabajo debe ser enviado para publicación sin antes haber sido cuidadosamente revisado.
Abogar por aquello que parece estar en contra de la corriente en la actualidad es ciertamente difícil. Sin embargo, desde el lado de las publicaciones científicas hay una clara necesidad de asegurar que la escritura sea mejorada. En el caso de Interciencia, nos son sometidos numerosos trabajos resultantes de trabajos de tesis realizados en nuestras universidades. Lamentablemente, la presencia eventual de los maestros como coautores, en ocasiones en gran número, no garantiza que ellos hayan leído y corregido el material. Esa debe ser la norma.