VIVIENDO CON LOS ANCESTROS: LA VIDA CEREMONIAL DE LAS POBLACIONES PREHISPÁNICAS EN EL PUKARA DE SAN LORENZO, VALLE DE AZAPA, NORTE DE CHILE IVÁN MUÑOZ OVALLE
LIVING WITH THE ANCESTORS: THE CEREMONIAL LIFE OF PRE-HISPANIC POPULATIONS IN THE SAN LORENZO PUKARA, AZAPA VALLEY, NORTH OF CHILE
VIVENDO COM OS ANCESTRAIS: A VIDA CEREMONIAL DAS POPULAÇÕES PREHISPÂNICAS NO PUKARA DE SAN LORENZO, VALE DE AZAPA, NORTE DO CHILE
VIVIENDO CON LOS ANCESTROS: LA VIDA CEREMONIAL DE LAS POBLACIONES PREHISPÁNICAS EN EL PUKARA DE SAN LORENZO, VALLE DE AZAPA, NORTE DE CHILE IVÁN MUÑOZ OVALLE
Interciencia, vol. 42, núm. 12, pp. 789-797, 2017
Asociación Interciencia
Recepción: 29 Mayo 2016
Aprobación: 02 Noviembre 2017
Resumen: Se discute la importancia que habrían tenido los ancestros para la comunidad prehispánica de San Lorenzo, Valle de Azapa, Norte de Chile. Para tal efecto fueron analizados diferentes tipos de entierros hallados en el asentamiento de San Lorenzo (Az-11) y en los cementerios Az-75 y Az-76. Los datos cotejados de algunos entierros-tumbas representativos fueron relacionados con modelos de construcción, dimensiones, ubicación e interacción en el espacio. Esta información fue procesada a partir de un plano topográfico ya existente, complementándose con nuevos datos sobre prácticas funerarias en las poblaciones aldeanas del valle de Azapa. La información antes señalada, sumado a las características del entorno del asentamiento, ha sido fundamental para el planteamiento en torno a cómo habrían interactuado las poblaciones de San Lorenzo con sus muertos y la importancia que estos habrían tenido en el devenir de su historia. Finalmente, mirado en la perspectiva histórica esta convivencia no fue una relación espontánea, sino más bien una relación originada como producto de un proceso que se remonta con los inicios de la agriculturización del valle de Azapa.
Palabras clave: Ancestro, Entierros, Poblaciones Prehispánicas, Vida Ceremonial.
Abstract: The importance that the ancestors would have had on the pre-Hispanic community of San Lorenzo, Azapa Valley, North of Chile, is dicussed. To that end, different types of funeral contexts found burials found in the settlement of San Lorenzo (Az-11) in the cemetery Az-75 and Az-76 were analyzed. The com- pared data of some representative tombs were related to models of building, dimensions, location and interaction in the space. This information was processed from an existing topographic map, complemented with new data about funerary practices in the village populations from Azapa Valley. The above information plus the characteristics of the environment of the settlement has been essential for the approach on how could have interacted the populations of San Lorenzo with their dead and the importance that these would have had in the transformation of their history. Finally, from the historical perspective this coexistence was not a spontaneous relationship, but a relationship originated from a process dated back from the beginnings of the agricultural development of the Azapa Valley.
Resumo: Se discute a importância que haveriam tido os ancestrais para a comunidade pré-hispânica de San Lorenzo, Vale de Azapa, Norte do Chile. Para tal efeito foram analisados diferentes tipos de enterros encontrados no assentamento de San Lorenzo (Az-11) e nos cemitérios Az-75 e Az-76. Os dados cotejados de alguns enterros-tumbas representativos foram relacionados com modelos de construção, dimensões, localização e interação no espaço. Esta informação foi processada apartir de um plano topográfico já existente, complementandose com novos dados sobre práticas funerárias nas populações de aldeias do Vale de Azapa. A informação antes destacada, somado às características do entorno do assentamento, tem sido fundamental para a abordagem em torno a como haveriam interatuado as populações de San Lorenzo com seus mortos e a importância que estes haveriam tido no decorrer de sua historia. Finalmente, visto na perspectiva histórica esta convivência não foi uma relação espontânea, mas sim uma relação originada como produto de um processo que se remonta com os inicios da agriculturização do Vale de Azapa.
Shennan (1994), Ashmore y Knapp (1999), Reimers (1999) y Johnson (2007), entre otros, plantean que desde el punto de vista del paisaje, ciertos lugares pueden ser ‘sentidos’ como identidades; es decir, pueden ser reconocidos y mantenidos por la comunidad como puntos que incorporan y evocan una identidad. Tal es el caso de los entierros y cementerios, evidencias fúnebres que se hallan relacionados con los orígenes, con los antepasados, y por lo tanto, con la memoria, constituyéndose en un antecedente importante transmisor de la cultura (Thomas, 1983, 1991). Bajo esta perspectiva, los espacios fúnebres son vistos como elementos estructuradores del paisaje social, con una fuerte vinculación con la historia e identidad de las poblaciones (Criado, 1991). Dicho de otra manera, el culto a los antepasados constituyó una fuerza conservadora del orden social y territorial que ata al individuo a una comunidad y a una tierra protegida por sus ancestros (Isbell, 1997; Dillehay, 2000; Kaulicke, 2001; Millones, 2001; Gil, 2003; Muñoz y Chacama, 2006).
En los Andes, Nielsen y Boschi (2007: 52-57), señalan que “los difuntos tenían una enorme importancia en la vida de los pueblos andinos del siglo XVI. Los antepasados representados por sus momias, eran los guardianes y benefactores de las comunidades y el estado, por lo que se les rendían grandes homenajes y se acudía regularmente a ellos en busca de salud, prosperidad y consejo en temas de importancia para el grupo, concebidos como fundadores del ayllu, propietarios originales de sus tierras y fuentes ultimas de toda autoridad. Los ancestros y las wak’as desempeñaban un papel importante en la construcción de identidades colectivas; por lo tanto, los ancestros dejan de ser algo mítico para convertirse en parte de la experiencia cotidiana de las personas (...) plantean que el culto a los antepasados constituía un conjunto de prácticas religiosas que permitieron la intervención de los muertos en los asuntos de los vivos. Es una forma de invocar el pasado en función del presente, apela a la memoria colectiva, para crear identidades y negociar derechos”.
El estudio que se presenta a continuación, analiza la presencia de los ancestros en la vida ceremonial de las poblaciones asentadas en el pukara de San Lorenzo, el asentamiento más emblemático desde el punto de vista habitacional de la arqueología del periodo Medio y comienzo del periodo Intermedio Tardío en el valle de Azapa, norte de Chile. Cronológicamente se sitúa entre los años 790 a 980 d.C., alcanzando un período de 200 años como comunidad agrícola (Muñoz, 2004). Está registrado en el catálogo de sitios arqueológicos en el valle de Azapa como Az-11. Desde el punto de vista de los asentamientos, involucra dos ocupaciones bien definidas ubicadas en la ladera sur del valle de Azapa; el sector habitacional, un gran emplazamiento habitacional, ubicado en las coordenadas 19k 374.993E 7951.560N y el cementerio de Az-75 y Az-76, ubicados en el sector suroeste a 400m al suroeste del asentamiento habitacional (Muñoz, 2004). Distintos nombres le han sido dados a este asentamiento: pukara por ser un asentamiento defensivo; ‘aldea’, por presentar una relación directa con los recursos agrícolas y tener un número mayor de recintos y áreas de ocupación; y ‘poblado’, por haber albergado una amplia población de agricultores. Por ello, como lo señala Prieto (2011) su estudio constituye una herramienta metodológica interesante para la reconstrucción del pasado prehispánico.
Desde el punto de vista del asentamiento, Muñoz y Focacci (1985) lo definen como una gran aldea cuya función habría sido la de un centro administrativo en el sector bajo del valle de Azapa. Plantean esta hipótesis al considerar: su ubicación estratégica en el valle, las características arquitectónicas que presenta, la extensión territorial, el amplio número de recintos, la plaza, el muro perimetral, etc.; además de una serie de evidencias que convergen en el asentamiento, tales como redes viales, cementerios, petroglifos etc. Para ambos autores, estos indicadores sugieren que el pukara de San Lorenzo habría sido un espacio nuclear de múltiples relaciones económicas y sociales (Figura 1).
Desde el punto de vista de los entierros, Muñoz (2004), plantea que éstos tendrían una larga vigencia en el tiempo, caracterizados por diversos tipos de tumbas distribuidas tanto en el asentamiento habitacional como en cementerios; sin embargo, dos aspectos llaman la atención: en primer lugar, en las excavaciones de los cementerios Az- 75, Tumba 123 y Az-76, tumba 7c, fue posible determinar una serie de características propias relativas a categorías etarias y estatus social que se traducen en ofrendas novedosas de buena manufactura y en algunos casos la presencia de entierros de mascotas. En segundo lugar, en cuanto a los entierros contemporáneos con la ocupación del pukara de San Lorenzo vinculados con las fases Maitas y San Miguel (800-1000 d.C.), es posible observar una clara sectorización de las tumbas por fase cultural. Ahora bien, desde el punto de vista de entierros hallados en el interior del asentamiento, podemos determinar entierros depositados en distintos niveles de ocupación, desde tumbas cistadas construidas sobre superficie, entierros depositados en cistas en las esquinas de los aterrazamientos, hasta cuerpos depositados en las oquedades del cerro, lo que explicaría distintas funciones que habrían cumplido los rituales de la muerte en el poblado de San Lorenzo. Turner (1973), Tainter (1978), Chapman et al. (1981), Van Gennep (1982), Lull y Picazo (1989), y Gianotti (2005), entre otros, señalan que los lugares donde se hayan enterrados los antepasados de una comunidad son espacios dinámicos, de una profunda complejidad en cuanto al trata- miento que cada población le da al ceremonial de la muerte.

Ancestro y Comunidad en San Lorenzo
El culto a los antepasados en el poblado de San Lorenzo nos trae a la discusión lo planteado por Foucault (1971), quien señala que las maniobras políticas de las personas o grupos que comienzan a manejar el poder, pro- ponen varias estrategias para lograr espacios destacados en una sociedad, entre ellas, el culto a los antepasados. Consideramos que a través de la construcción de cementerios y montículos funerarios, en su fase inicial del poblamiento, los grupos San Lorenzo habrían legitimizado el control del espacio y los recursos naturales del valle basándose en su relación con los antepasados enterrados, lo que habría permitido el derecho de acceso a los recursos como el agua de vertientes y tierras agrícolas, tan apetecidas en estos valles desérticos por los agricultores prehispánicos.
El Espacio Fúnebre Previo a la Construcción del Pukara
Los primeros registros funerarios en el sector de San Lorenzo (Figura 2) se remontan al Período Formativo, específicamente el cementerio de túmulo Az-12, cuya primera capa de fibra vegetal fue datada en el 500 a.C. (Muñoz et al., 2014), constituyéndose en el indicador cronológico más antiguo de las ocupaciones en el área de San Lorenzo. Por otro lado, la datación de la capa superficial de túmulo arrojó una fecha de 200 a.C., lo cual indica que la tradición de enterrar cuerpos en el túmulo Az-12 abarcaría un periodo de ~300 años. (Muñoz et al., 2014). Posteriormente,durante el Periodo Medio,se emplaza el cementerio denominado Az-75, vinculado con la fase San Lorenzo;registros de fechados de radio carbono obtenidos de algunos entierros lo sitúan entre el 325 al 675 d.C. (Muñoz,1995/1996). Una fecha similar a estas (590 d.C.) proviene de una muestra tomada de un cuerpo encontrado en el muro perimetral del asentamiento de San Lorenzo (Focacci, 1982). Este antecedente cronológico sería un indicador de que alrededor del 550 d.C. el área de San Lorenzo estaba siendo ocupada y tal vez se comenzaba a trazar los primeros lineamientos de lo que más tarde sería una gran aldea; de esta manera, la construcción del perímetro pudo haber sido una de las primeras obras arquitectónicasconstruidas por las poblaciones vinculadas a la fase San Lorenzo.
Ahora bien, adyacente al cementerio Az-75 se ubica el cementerio Az-76; los registros de ofrendas hallados en los cuerpos, en especia la cerámica y tejidos, presentan similitudes a las halladas en el piso habitacional del poblado de San Lorenzo, lo que sugeriría que esta población habría sido la que ocupó y habitó los recintos del pukara entre 800 y 1000 d.C. (Muñoz y Focacci, 1985). Durante este período el asentamiento alcanzó su mayor desarrollo como urbe y estaría vinculado a los inicios del Período Intermedio Tardío, denominadoado también Cultura Arica (Muñoz, 2004).
También observamos que la relación que pudo haberse establecido entre ancestro y comunidad en San Lorenzo pudo haber servido ideológicamente para homogenizar diferencias sociales, en relación a los grupos que vivieron en dicho asentamiento y los que vivieron en las aldeas menores que giraban en torno a este gran asentamiento. En este contexto pensamos que no solamente el asentamiento fue importante por tener la función de eje articulador desde el punto de vista económico y social, sino que su importancia radica en el sentido que en los cementerios Az-76 y Az75 se habrían enterrados individuos de distintos lugares del valle, lo cual permitió una participación directa de la comunidad del valle en torno a ofrendar y realizar ceremonias fúnebres a sus antepasados en la mayor urbe del valle de Azapa.
En la perspectiva territorial, la irrupción de las prácticas funerarias depositando los cuerpos en diversos sectores del poblado explicaría tal vez el surgimiento de una tradición funeraria en la cual los antepasados se convirtieron en argumentos de derecho para regular el acceso y uso de los recursos naturales que ofrecía el valle de Azapa. De tal manera que el culto a los ancestros en San Lorenzo, y su distribución en distintos sectores del poblado, nos lleva a reflexionar sobre su importancia en la formación de identidades territoriales, como un espacio lleno de significado que refleja y fue parte de la constitución de un grupo cultural en un tiempo determinado. Visto de esta manera, los entierros en San Lorenzo, al igual como lo señalan Nogué y San Eugenio Vela (2011:26), fueron espacios transmisores de significados genealógicos, que ayudaron a instaurar una nueva concepción del tiempo basado en la memoria social de los agricultores del valle de Azapa.

A comienzo del segundo milenio d.C., el poblado de San Lorenzo lentamente comienza a perder vigencia, para transformarse a partir del Período Tardío Prehispánico e Indígena colonial en una waka o lugar de adoratorio. Siguiendo con la idea que San Lorenzo después de haber sido abandonado por las poblaciones del Intermedio Tardío pasó a ser un espacio de culto, cabe señalar la observación de Espoueys et al.(1995) al señalar que el sector de las Maytas donde se ubica el poblado, Latcham (1929) lo traduce como ‘Las estatuas o los ídolos’, término que lo vincularía con una historia ancestral. Sin embargo, este mismo vocablo en aymara significa ‘el que aconseja y enseña con bondad’.
Esta historia nos permite plantear que el sector de San Lorenzo fue un área privilegiada y atractiva desde el punto de vista territorial, ya que presenta una amplia visibilidad y en él se concentran los mayores recursos de agua subterránea que brotan en el sector. Todo esto, sumado a una larga tradición de entierros, hizo que fuera tal vez un espacio percibido con una profunda ritualidad, lo que permitió una estrecha relación entre el hombre y su entorno.
Problema, Objetivos y Método
El culto a los ancestros forma parte del mundo en el cual el pasado y el presente interactúan. De esta manera, como lo señala Millones (2001), los muertos forman parte de la vida de la población, de sus valores y de su tradición cultural, que se conserva e impone a través del tiempo. La muerte no solo se recuerda sino que forma parte de ellos, vive con las personas; el muerto está presente cuando la necesidad de relación y acercamiento lo exige.
Las evidencias fúnebres en el pukara de San Lorenzo muestran la importancia que tuvieron los difuntos en el diario vivir de estas poblaciones, lo que nos lleva a plantear el rol significativo que habrían jugado los ancestros en el contexto ideológico y político. Entre otros aspectos, ellos habrían sido los actores de la domesticación agrícola del valle y por lo tanto, los entes protectores de las comunidad de San Lorenzo.
Nuestras indagaciones apuntan a conocer ¿Cómo distribuyeron los espacios? ¿Dónde enterraron a sus muertos? y ¿Cuál pudo haber sido la relación entre las poblaciones vivas con los muertos?
Desde el punto de vista metodológico, el estudio se planteó a partir de la información obtenida en los trabajos de campo realizados en las décadas de 1980 y 1990, la revisión de colecciones bioantropológicas del asentamiento de Az- 11, depositadas en el Laboratorio de Antropología Física del Museo Arqueológico San Miguel de Azapa, Universidad de Tarapacá. Complementan esta información los registros obtenidos de la información osteológica del cementerio de Az-75 y Az-76 publicado por Muñoz (1983 y 2004). La información obtenida corresponde a característica de las tumbas, sexo, edad, patologías, estado de conservación y otras características generales presentes en los cuerpos.
Características de los Entierros
El análisis de los restos funerarios indica que .n el área de San Lorenzo se hallaba una gran concentración de entierros, quizás las más alta del valle de Azapa, durante el periodo aldeano. Los cuerpos fueron depositados en diferentes tipos de tumbas que iban desde el uso de oquedades a complejas construcciones arquitectónicas. Respecto a los entierros depositados en las oquedades del peñón, en cotas de mediana altura, hay registro de osamentas de un adulto en posición semifetal, orientado hacia la caja del rio; la bóveda mortuoria es estrecha y se aprovechó la materialidad misma del promontorio para construir un pircado de mampostería simple a modo de sello (Figura 3). Aparentemente corresponden a entierros aislados donde se aprovecharon las oquedades naturales del cerro.
Otro tipo de sepulturas lo constituyen entierros depositados fuera del muro perimetral del montículo 1, específicamente en las esquinas de las terrazas del sector S.O. y S.E., sobre las cuales se construyeron las viviendas. Los cuerpos fueron depositados dentro de rudimentarias cistas de piedras sin utilización de morteros. Los entierros se caracterizan por presentar los cuerpos en posición decúbito lateral y dorsal con las piernas flexionadas. Aparecen envueltos en una manta o camisa confeccionada en lana de camélido que va cosida en forma vertical; las ofrendas corresponden a fragmentos de cerámicas con diseños de volutas y tejidos de lana con forma de bolsas decorados con listas. Un caso excepcional lo constituye el entierro Nº 10, el que si bien aparece disturbado, esto se habría hecho con la intensión de colocar una cruz de madera.
En el montículo 2 fueron hallados cuatro entierros disturbados asociados a los recintos 41 y 42, que corresponden a 14b, 15, 16 y 18. Ahora bien, en la cárcava que se conforma entre los montículos 1 y 2 fueron hallados los entierros 9, 10, 12, 13, 13a y 14a, los cuales aparecen altamente disturbados (Tabla I). Otros entierros, 3 y 8a, fueron hallados adosados al muro perimetral; el primero corresponde a un niño de 4-5 años y sexo indeterminado; el segundo cuerpo, de sexo femenino, tiene una edad aproximada de 40-45 años. Ambos cuerpos fueron depositados en decúbito dorsal con las piernas flexionadas a una profundidad de 50 y 57cm. Estos cuerpos estaban altamente disturbados con ausencia de ajuares y de vestimentas.


Una tumba especial desde el punto de vista constructivo se ubica en el centro del montículo 1 y constituye la Cista 1-X (R.55), hasta el momento el único caso de un entierro al cual se les construyó un sepulcro sobre la superficie del terreno. Corresponde a una estructura circular construida con piedras lajas pegada con mortero (Figura 4); en su interior se hallaron osamentas humanas con ausencia del cráneo, correspondientes a un adulto posiblemente de sexo femenino, y fragmentos de cerámica correspondiente al estilo Maitas.
Junto a estos entierros depositados en el espacio habitacional doméstico se hayan los cementerios Az-75 y Az-76, ubicados a 400m, en el sector S.O. del pukara. En Az-75, hemos podido determinar distintos momentos (fases) dentro del desarrollo agrícola, especialmente en lo que corresponde a los Períodos Formativo, Medio y comienzo del Intermedio Tardío. En cuanto a los entierros que caracterizan el momento de ocupación del pukara, estos se hallan mayoritariamente en el cementerio Az-76, donde se hallaron dos tipos de sepultura: las primeras corresponden a las tumbas San Miguel, caracterizadas por ser de forma cilíndrica o ampollar, selladas por lajas graníticas, las cuales conservan en la cara inferior restos de sorona (Tessaria absinthioides) o paja de cadillo (Figura 5). Algunas presentan un cordel de fibra vegetal, el que en un extremo aparece amarrado a la altura de la cabeza del difunto, el otro extremo se conecta con la piedra sello, lo cual constituye un elemento simbólico muy particular de entierro, tal vez vinculado a la vida del difunto después de su muerte. Las del segundo tipo corresponden a las tumbas Maitas, que tienen forma circular, están revestidas por piedras lajas o cantos rodados de río, y en algunas se utilizó argamasa para pegar las piedras; las tumbas no presentan señalizadores de entierros tales como troncos, maderos o caña. Tanto en San Miguel como en las Maitas, los cuerpos depositados presentan la cabeza orientada hacia el Este, Noreste y Suroeste, y en general están disturbados. Las tumbas tienen 70 a 90cm de diámetro y presentan una profundidad de 90 a 120cm. En ambas tipos de tumbas se hallaron cuerpos de adultos de ambos sexos y de niños, en general envueltos en camisas o mantas y cobertores púbicos que cubren sus genitales.

En ambos cementerios hay registros de tumbas que sobresalen del resto. En primer lugar, la tumba 123 en Az-75, donde se utilizó la piedra retocada y mortero como pegamento, constituyendo un tipo de construcción especial tanto por su técnica constructiva. Destacan su amplitud de espacio y objetos depositados al difunto, como dos estatuillas de madera, una de las cuales representa un personaje que lleva un gorro de cuatro puntas, un peinado de trenzas y el lóbulo de la oreja deformado lo cual nos hace sugerir la figura de un ídolo (Figura 6). También se halló un vaso kero de madera que a modo de asa lleva la figura esculpida de un lagarto; estas piezas únicas sugieren que en la tumba 123 fue enterrado uno o más personaje(s) de la élite de la comunidad prehispánica de San Lorenzo.
Una segunda tumba corresponde a la 7C del cementerio Az-76. En ella, Muñoz (1983) señala que junto al cuerpo de un niño al cual se le depositó un conjunto de ofrendas representativas del Periodo Intermedio Tardío, se encontró un pequeño simio de la especie Aluatta seniculus (Figura 7). Este cementerio es el espacio fúnebre con mayor presencia de ofrendas constituidas por objetos y piezas exóticas encontradas en el valle, tales como plumas de colores, tejidos multicolores con variados diseños, cerámicas finamente decoradas, metales, animales de variadas especies, etc., contextos que al parecer fueron obtenidos como consecuencia del intercambio de productos (Muñoz, 1983).
Un aspecto que llama la atención en relación al patrón de entierro, es que los hallazgos muestran una remoción de tumbas tanto del área habitacional como de los cementerios Az-75 y Az-76; incluso en éste hay reemplazo de tumbas por otras, todo lo cual hace complejo entender la distribución de los cuerpos en dicho cementerio. De la misma manera, los entierros hallados en el pukara de San Lorenzo se hallan altamente disturbados, esto sugiere la idea de una estrecha relación entre los muertos y la población que habitaba el pukaraque se manifestaba en abrir las tumbas para sacar el cuerpo y una vez concluido el ritual volver a reenterrarlo.



Conclusiones
La presencia de entierros depositados en el área habitacional y el peñón donde se construyó el asentamiento de San Lorenzo, demostraría que dicho espacio fue ‘sagrado’ en la perspectiva que allí vivían junto a las poblaciones vivas, los ancestros, constituyéndose por lo tanto dicho peñón en una waka donde las ceremonias mortuorias fueron parte esencial en la vida de las personas que ocupaban el asentamiento. Sin embargo, se tienen antecedentes que dicho espacio fue un lugar de culto desde los primeros asentamientos agrícolas que enterraban a sus muertos en túmulos. Los entierros fueron depositados abarcando todo el espacio de habitabilidad del peñón central, es decir, el montículo 1 y 2 y la cárcava que se produce entre ambos cerros, y en el perfil del peñón del montículo 1; sin embargo, el mayor número de entierros se hallan en espacios exteriores y definen los cementerios Az-75 y Az-76.
Las vertientes y los cerros constituyeron hitos geográficos trascendentales a partir de los cuales se planificó el asentamiento humano de San Lorenzo. La idea de integrar los cerros y vertientes en el contexto de la planificación del asentamiento sugiere una dualidad paisajística donde el hombre y la naturaleza fueron parte de un mismo cosmos. Ahora bien, las características geomorfológicas del cerro, un abrupto peñón rocoso, sumada a un color oscuro como consecuencia de la formación rocosa, y una vista panorámica del lugar, constituyen valiosos antecedentes para sugerir que dicho peñón fue escogido por los agricultores azapeños prehispánicos puesto que reunía condiciones paisajísticas favorable para construir un poblado (aldea), el que con el tiempo se constituyó en el mayor centro ceremonial administrativo en el valle de Azapa. De esta manera se puede entender que hasta la época colonial el peñón y el asentamiento eran venerados por las poblaciones indígenas del valle. Posiblemente el mito relacionado con los antepasados habría vinculado a este peñón y el asentamiento humano que se construyó en su cima con la historia agrícola, lo cual hizo que dicho peñón se constituyera en un monumento, que periódicamente era ofrendado.
La remoción que presentan los entierros al parecer habría sido consecuencia por parte de la comunidad de San Lorenzo por ritualizar periódicamente a sus antepasados con el propósito de homogenizar diferencias sociales en el seno de la comunidad. Por otro lado, la irrupción de prácticas funerarias depositando los cuerpos en distintos lugares del asentamiento, explicaría el surgimiento de una tradición funeraria en la que los antepasados se convirtieron en argumentos de derecho para regular el acceso y uso de ciertos espacios ceremoniales.
Entre los elementos formales que dibujan el paisaje durante el período de ocupación del pukara de San Lorenzo se halla la arquitectura funeraria, conformada por tumbas construida a partir de una fosa, como es el caso de la tumba 123 en el cementerio de Az-75. La construcción de este tipo de tumba al parecer constituyó un cambio significativo en el proceso de complejización aldeana en el valle de Azapa. Su estilo constructivo y distribución espacial refleja una nueva concepción del espacio y el tiempo, siendo tal vez una vía para acceder a la dimensión simbólica dado el carácter ideológico y político que subyacía en las prácticas funerarias de las poblaciones de San Lorenzo, quienes habrían logrado el control de los principios de legitimidad basándose en su relación con los antepasados enterrados.
Por otro lado, los cambios generados en el patrón funerario, en el sentido que reemplazar las construcciones de túmulos por tumbas cistadas cavadas en el subsuelo, al parecer estuvo relacionada con la entrada al inframundo, el espacio de los muertos, donde vivían los achachilas (abuelos), almas tutelares que debieron proteger la población del valle, de tal manera que estos espacios de entierro habrían sido el punto central sobre el cual se organizó y levantó el asentamiento humano de San Lorenzo, constituyéndose por lo tanto, en espacios fundacionales vinculados con la identidad de la población.
Un aspecto a destacar en los cementerios Az-75 y Az-76 dice relación con los entierros que presentan un rico ajuar (tumbas 123 y 7c), evidencias que habrían sido parte de los rasgos estructurales del entramado simbólico de los individuos, a través de los cuales habría operado, entre otros, la redistribución de bienes y el establecimiento de alianzas con otros grupos, así como la reafirmación de pertenencia de una unidad social, la sucesión de posiciones de prestigio o el control de los recursos.
En el caso de San Lorenzo, la presencia de objetos de prestigio importados sumado a determinado espacios donde la arquitectura resalta como indicador de diferenciación como fue el caso de la tumba Cista 1-X (R.55) ubicada en el centro del montículo 1 o la tumba 123 en el cementerio de Az-75, indicaría la presencia de una elite con capacidad para movilizar una inversión de mano de obra y tener a su disposición bienes suntuarios. Por lo tanto, el florecimiento de esta complejidad social, que se expresa en el fortalecimiento de la actividad monumental (emplazamiento habitacional) habría traído consigo el surgimiento de nuevas expresiones de organización, entre ellas un mayor desarrollo de las actividades productivas que implicó el uso de un mayor espacio territorial y un patrón de asentamiento jerarquizado, evidencias elocuentes de las necesidades sociales de una comunidad cuya presencia territorial y niveles de integración iban en aumento.
Si bien es cierto que el desierto de Atacama, a pesar de sus inhóspitas condiciones de vida, constituyó un espacio de interacción social permanente, las poblaciones locales buscaron elementos claves de representación simbólica, como fueron los entierros y cementerios que les permitieron, además de enterrarse, ser indicadores de la organización territorial, vinculada estrechamente con los recursos hídricos, elemento vital para las prácticas agrícolas. Pensamos que en San Lorenzo los rituales de la muerte fueron realizados en escenarios especialmente regulados, más que en un escenario espontáneo. El disturbio que presentan los cuerpos indicaría que estos fueron removidos y tal vez trasladados de un lugar a otro, bajo un escenario regulado tanto social como materialmente, al igual como lo señala Moore (1996). De esta manera, los ancestros (antepasados), se habrían integrado en la vida cotidiana de la población de San Lorenzo, participando de instancias compartidas con las poblaciones vivas en rituales relacionados con hechos económicos, políticos y sociales que marcaban la historia de esta comunidad prehispánica.
En relación con la función de los entierros descritos para el asentamiento de San Lorenzo nos aventuramos a plantear algunas hipótesis. En el caso del entierro del peñón constituiría evidencias concreta de un ritual de la muerte relacionado con el culto al cerro. Además sería uno de los entierros más tempranos vinculado con el poblamiento inicial del peñón, en los montículos 1 y 2. Por su parte, la tumba Cista 1-X (R.55) ubicada en la cima del montículo 1, construida con una fina técnica en el trabajo de la piedra, sugiere que allí se enterró un personaje de rango social; interesante resulta que la identificación de los restos de osamentas probablemente correspondan a una mujer joven. En cuanto a los entierros depositados en las esquinas de las terrazas ubicadas fuera del perímetro, probablemente su función se relacionó con las ceremonias de fundación de los recintos habitacionales, donde una vez más resalta la importancia de los ancestros. Finalmente los cementerios Az-75 y Az-76, donde fue enterrado el grueso de la población, los entierros muestran un patrón común; sin embargo, la tumba Az-123 por su complejidad y su rica ofrenda pudo haber correspondido a un personaje de elite dentro de la comunidad de San Lorenzo durante su mayor desarrollo. Finalmente, dentro de estas tumbas excepcionales cabe destacar la tumba 7C que, más allá del rico ofertorio que presentaba, refleja la relación afectiva entre un niño y su mascota (mono), lo que sugiere la importancia social del infante, dada la dificultad existente en aquella época para acceder a dicho animal. Su presencia estaría asociada a la importancia que habría adquirido el asentamiento de San Lorenzo en el sector bajo del valle de Azapa como un centro de intercambio económico, donde se habrían dado múltiples relaciones de carácter político y ceremonial que incluyó el intercambio de regalos, algunos de ellos traídos de lejanas tierras tropicales como el caso del mono, maderas de chonta, plumas de aves, semillas de Mucuna elliptica, etc.
Agradecimientos
Este artículo es producto de la investigación desarrollada en el marco del proyecto Fondecyt 1130249 y UTA 3740-14. Se reconoce el apoyo del Convenio de Desempeño Universidad de Tarapacá-Mineduc. Se agradece la colaboración de José Raúl Rocha en la confección de las figuras. Agradecimientos especiales a Octavio Lagos Flores por la edición del manuscrito y sus comentarios en la formulación del texto final de este artículo.
REFERENCIAS
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Notas de autor