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DIFERENCIAS DE GÉNERO A TRAVÉS DEL CURSO DE LA VIDA ENTRE LOS AYMARAS DEL NORTE DE CHILE

GENDER DIFFERENCES THROUGH THE COURSE OF LIFE AMONG THE AYMARAS FROM NORTHERN CHILE

DIFERENÇAS DE GÊNERO AO LONGO DA VIDA DE AIMARÁS DO NORTE DO CHILE

Ana María Carrasco G.
Universidad de Tarapacá, Chile

DIFERENCIAS DE GÉNERO A TRAVÉS DEL CURSO DE LA VIDA ENTRE LOS AYMARAS DEL NORTE DE CHILE

Interciencia, vol. 45, núm. 3, pp. 124-131, 2020

Asociación Interciencia

Recepción: 23 Enero 2019

Corregido: 26 Agosto 2019

Aprobación: 31 Agosto 2019

Financiamiento

Fuente: La información contenida en este artículo forma parte del proyecto Mayor de Investigación Código N° 3733-18, Universidad de Tarapacá, Chile.

Nº de contrato: proyecto Mayor de Investigación Código N° 3733-18

Beneficiario: Ana María Carrasco G.

Financiamiento

Fuente: La información contenida en este artículo forma parte del proyecto Mayor de Investigación Código N° 3733-18, Universidad de Tarapacá, Chile.

Nº de contrato: proyecto Mayor de Investigación Código N° 3733-18,

Beneficiario: Ana María Carrasco G.

Resumen: Estudios realizados entre los aymara del norte de Chile, desde una perspectiva de género, permiten concluir que las relaciones entre hombres y mujeres se construyen de manera diferencial a lo largo de la vida de los individuos. Un buen punto de partida para dar cuenta de lo anterior es el análisis del ciclo vital femenino y masculino, ya que permite información acerca de las formas en que se practica y piensa el crecimiento biológico y social de los seres humanos y su estructuración por género. En este escrito mostraremos como el esquema de género que opera entre los aymaras contemporáneos del sector altiplánico sur, se construye y transforma a lo largo de la vida, haciendo que estas relaciones varíen con momentos de mayor y/o menor valoración social para hombres y mujeres, las que quedan de manifiesto en las ideas y las prácticas que se expresan en el ciclo vital.

Palabras clave: Aymara, Ciclo Vital, Género, Norte de Chile.

Abstract: Studies conducted among the Aymara of northern Chile, from a gender perspective, lead to conclude that relations between men and women are constructed differentially throughout the life of the individuals. A good starting point is the analysis of the feminine and masculine life cycles, as it allows to collect information regarding the manner in which the biological and social growth of human beings is practiced and thought about, and its structure by gender. In this paper we will show how the gender scheme operates among the contemporary Aymaras of the southern altiplano sector, and how it is built and transformed throughout life, making relationships vary with moments of greater and/or lesser social value for men and women, being evident in the ideas and practices that are expressed in the life cycle.

Resumo: Estudos realizados em aimarás do norte do Chile, da perspectiva de gênero, permitem concluir que as relações entre homens e mulheres se constroem de maneira diferencial ao longo da vida dos indivíduos. Um bom ponto de partida para comprovar o anterior é a análise do ciclo vital feminino e masculino, já que permite obter informação a respeito das formas em que é praticado e pensado o crescimento biológico e social dos seres humanos e sua estruturação por gênero. Neste escrito mostraremos como o esquema de gênero que opera nos aimarás contemporâneos da região do altiplano sul, se constrói e transforma ao longo da vida, fazendo com que estas relações oscilem com momentos de maior e/ou menor valoração social para homens e mulheres, as quais se evidenciam nas ideias e práticas expressadas no ciclo vital.

Introducción

Investigaciones realizadas entre los aymaras del norte de Chile han demostrado que el género es uno de los principios organizativos desde donde se concibe y ordena la vida social, económica, política y religiosa de esta sociedad (Arnold y Yapita, 1996; Carrasco, 1998, 2001; Gavilán, 2005;Carrasco y Gavilán, 2009; Gavilán y Carrasco, 2018). Por ello, conocer los significados culturales que la cultura aymara asigna al género y las relaciones que se producen con las experiencias sociales, resulta fundamental para dar cuenta de las diferencias entre hombres y mujeres, las cuales son en gran parte definidas en torno a la fase del ciclo vital de las personas y al rol social que éstas cumplen (Gavilán, 1996;Carrasco, 1998).

En este artículo mostraremos como el esquema de género que opera entre los aymaras contemporáneos del sector altiplánico sur se construye y transforma a lo largo de la vida, haciendo que las relaciones varíen con momentos de mayor y/o menor valoración social para hombres y mujeres, quedando de manifiesto en las ideas y las prácticas que se expresan en el ciclo vital. Los grupos de edad que conforman las distintas fases adquieren contenidos con actividades y ritos que distinguen cada período y que permiten, a la vez, la constitución de los géneros y sus diferencias.

En las páginas siguientes se partirá por caracterizar el ciclo vital aymara; luego, definir la terminología utilizada para designar las distintas fases de vida; y finalmente, conocer los contenidos, ideas y prácticas, comprendidos en estos grupos de edad.

Metodología

Metodológicamente, este estudio tiene un carácter cualitativo, utilizándose información tanto primaria como secundaria. La información primaria, que es la que prima en las páginas siguientes, se obtuvo a través de la aplicación de 30 entrevistas en profundidad, a hombres y mujeres, en la región altiplánica sur (altos Iquique), según edad, sexo y estado civil. Se utilizó, además, como información adicional, historias de vida, entrevistas y notas de campo, proveniente de material etnográfico acopiado por el grupo de investigación al cual pertenecía la investigadora, entre los años 1995-2010. También, se ha incorporado como información secundaria, bibliografía general (libros, artículos y manuscritos) sobre la problemática abordada.

Ciclo Vital

En la cultura aymara en general y entre los aymaras del sector altiplánico sur del norte de Chile en particular, tiene lugar un complejo proceso de diferenciación de los sujetos durante el ciclo de vida de las personas, el que se divide en distintas etapas marcadas por símbolos, ritos, ceremonias, en las cuales se educa, adiestra y adquiere experiencia (Carrasco, 1998). Estudios realizados en la zona, así como respuestas de los informantes, identifican como los momentos más importantes en la vida de un individuo: el nacimiento, definido como la llegada al mundo terrenal y a la vida social; el matrimonio, que corresponde a la adquisición de un nuevo rol social como miembro pleno de la comunidad; y la muerte, considerada el paso a un nuevo mundo no terrenal (Carrasco, 1998;2003).

Existe en la cultura aymara una terminología específica utilizada durante el ciclo de vida de los individuos que distingue las edades de mujeres y hombres, en grupos de edad e implica comportamientos diferenciados (Carrasco, 1998). De esta forma, las normas de la construcción del género se dan a través de estas agrupaciones etarias, en donde los individuos comienzan su aprendizaje de lo que debe ser un hombre y una mujer aymara.

La educación, entre ellos, se desarrolla relacionada íntimamente con el progresivo avance de toda persona en la adopción de roles sociales y económicos cada vez más importantes y estratégicos para la vida adulta. Así visto, el género, la edad y los roles sociales serían principios que ordenan el proceso de crecimiento de los individuos (Gavilán, 2002; Carrasco, 1998).

Los valores que a manera de esquemas conceptuales y normativos dirigen las conductas y el desempeño de todo individuo en las distintas fases de su ciclo de vida son entregados tradicional y preferentemente por la familia y los parientes, aun cuando sabemos que, históricamente, este esquema de socialización y el cuadro valórico tradicional se ha visto modificado y cada vez más influenciado por la escuela, los medios de comunicación, las vivencias urbanas, la religión cristiana, etc., provocando una realidad valórica multiforme (Carrasco y Gavilán, 2012). Pese a lo anterior existen, obviamente, normas y procederes socialmente establecidos como modelos de lo que debe ser un individuo aymara y de cómo debe actuar y relacionarse con los demás.

Podemos hablar entonces de un orden genérico de la vida social aymara, que parte de un principio binario y que refleja las atribuciones definidas en forma diferencial para mujeres y para hombres, así como también las relaciones dentro y entre géneros. Ahora, la vivencia de los atributos de género no es igual a lo largo de la vida de los sujetos, ya que en cada persona se van definiendo paulatinamente, a lo largo de etapas marcadas por ritos de pasaje. Así tenemos que los grupos de edad que marcan el ciclo de vida de los individuos se entrelazan con la organización genérica, de manera que ciertos atributos se integran a la vida de los sujetos en determinados momentos o etapas de su desarrollo, siendo solo los sujetos adultos portadores plenos de los atributos de género.

Terminología Aymara y Ciclo Vital

Entre la población aymara en estudio, las edades de hombres y mujeres se diferencian e identifican terminológicamente en grupos de edad, formando parte de su identidad de género. Si nos basamos solo en la terminología utilizada en el ciclo vital, dejando fuera denominaciones parentales o rituales, es posible distinguir términos que identifican nueve etapas vitales: a) período prenatal, b) recién nacido, c) pre-niñez, d) niñez, e) pre-adolescencia, f) adolescencia, g) adultez, h) vejez, i) muerte (Tabla I).

TABLA I
CICLO VITAL AYMARA, TERMINOLOGÍA Y DISTINCIÓN DE GÉNERO *
CICLO VITAL AYMARA, TERMINOLOGÍA Y DISTINCIÓN DE GÉNERO *
* Basado en estudios de aymaras del altiplano sur, altos de Iquique

En el presente trabajo, la presentación escrita de las palabras en lengua aymara serán transcritas respetando al máximo la pronunciación que entregan los/as entrevistados/as. Los términos para designar las primeras tres categorías, a través de las cuales todos los individuos comienzan su vida, son similares: Suyu, Suyuwawa o Asuwawa y Wawa. Suyu corresponde al feto durante su permanencia en el vientre materno, desde la concepción y hasta el nacimiento y refiere a la condición aún no humana del individuo en desarrollo. Suyuwawa o Asuwawa es el recién nacido con pocas semanas de vida; y Wawa el infante durante el largo período de amamantamiento. Si bien es posible reconocer que los recién nacidos, e incluso los fetos, son varones y mujeres, no existe una diferencia de género ni en la denominación propiamente tal, ni en el trato que se les otorga.

Durante la niñez (Imilla/niña y Yoqalla/niño), momento cuando los menores dejan su fuerte dependencia materna, terminan con el amamantamiento, caminan, juegan, comen solos y empiezan a expresarse oralmente, se inicia terminológicamente, como asimismo en las ideas y en las prácticas, la distinción entre ambos sexos, característica que se mantendrá hasta la muerte de los individuos, momento donde, nuevamente, hombres y mujeres responden a una denominación común (Hiwata). La mencionada diferenciación se entrelaza con una fuerte socialización, basada en tareas diferenciadas para ambos géneros, que culminaría en la adultez.

Cabe destacar también la presencia de términos específicos para designar la ‘pre-adolescencia’ (Maldaya/mujer y Majta/hombre), etapa netamente de transición. Se identifican por los cambios físicos que, en las mujeres se marca o finaliza con la menarquía y en los varones por las primeras manifestaciones de desarrollo corporal, además por conductas más independientes respecto a sus mayores. La adolescencia también es distinguida (Tawaqu/mujer y Wayna/hombre) siendo las características principales, aparte del desarrollo anatómico propio de este período, una mayor autonomía, independencia económica e inicio de relaciones sexuales.

Los términos que identifican a los adultos (Warmi/mujer y Chacha/hombre) no refieren a un tramo de edad determinada sino, más bien, a si se tiene o no pareja estable. Esta condición se obtiene solo con el matrimonio o Chachawarmi. En el mundo andino la complementariedad tiene un profundo sentido; se presenta en todas las dimensiones de la vida y la muerte, constituyendo un principio de cosmovisión basada en la paridad. Son dos maneras de ser y hacer. Esta concepción de la complementariedad, acompañada de la reciprocidad, influye en las relaciones humanas y ha sido traducida en el mundo andino como Chacha warmi, refiriéndose a la relación mujer y varón (Choque, 2009). Por otra parte, el término Jak'e o Jak'i, que también refiere a la adultez de los individuos, se da referido a la idea de persona o ‘persona social’. Otra particularidad presente en la adultez es la incorporación, solo en los grupos de edad femenino, del término Tayka, que también lo encontramos asociado a la condición de madre y utilizado en un sentido más amplio para designar a una mujer mayor, en el sentido de ‘señora’, pero que en el ciclo vital designa, claramente, a la mujer adulta reproductiva. Si bien existe un término similar, Auki, para los hombres, este se usa sólo en sentido parental, como padre, los entrevistados/as no lo identifican con categorías del ciclo vital. Otro aspecto que resalta en la terminología, es la inexistencia de un término para designar ‘mujer’ y ‘hombre’ en sentido genérico, más amplio. Los que existen, Warmi y Chacha, refieren a hombre y mujer, adultos y casados.

La designación para ancianos es Apachi (anciana) y Achachi (anciano). Destaca que, para las mujeres, es clara la identificación de esta categoría con el fin de su vida reproductiva, es decir con la menopausia.

Finalmente, vemos como la terminología aymara y la identificación de cada fase permite dar cuenta de la importancia que se le da a la sexualidad y capacidad reproductiva de las mujeres (adolescencia-menarquía, adultez-reproductiva, ancianidad-menopausia, Tayka-reproductiva). Visto de esta forma y de acuerdo a la información primaria recopilada, es posible afirmar que la sociedad aymara enfatiza fuertemente en el carácter reproductivo de las mujeres.

Diferencias de Género en las Ideas y en las Prácticas

En las ideas

Entre la población aymara sujetos de esta investigación, pero también ideas compartidas por otros estudiosos del tema (Arnold, 1997; Arnold y Yapita, 1996;Isbell 1997; Carrasco, 2003), los primeros símbolos sobre lo femenino y lo masculino se pueden encontrar durante la concepción, la cual se produciría por la mezcla de la esperma del hombre, con la sangre de la mujer. “Cuando estamos con hombre, ahí se cría la Wawa en la mensual, ahí cae la Wawa. Cuando va perdiendo tu mensual, al tercer o cuarto día ahí vas a tener, según gente también. En ese agarra… hombre su parte, mujer su parte.” (Altiplano Sur; mujer, 60 años)

A partir de este momento, ambas ‘contribuciones’ darían inicio a la vida, identificándose el aporte de la madre con aquellas sustancias corporales más blandas: sangre y carne; y la del padre con las más duras: el semen y los huesos (Arnold, 1997; Arnold y Yapita, 1996; Carrasco, 2003; Carrasco y Gavilán, 2005).

Durante el período de desarrollo del feto, aparecen con más fuerza representaciones que diferencian ambos fetos. Así, el Suyu de sexo femenino formaría primero las manos a diferencia del masculino, en el cual sería la cabeza. Los vientres más duros y en punta se identifican con la gestación de un varón; quienes dentro de la barriga son más inquietos, con mayor movilidad, más pesados, más desarrollados y tienen un tiempo de gestación mayor que las mujercitas. Por su parte éstas serían más tranquilas, más livianas, con menos movilidad y menos desarrolladas; los vientres de las madres más aplanados, redondos y se sienten más blandos. “Es diferente, porque el hombre es más pesado, es más...más pesado como dicen. O sea, yo en el peso sentía, las niñas es más livianita, más redonda es la guatita, no tan puntiada como pa´ hobrecito. El hombre agarra sueño no más” (Altiplano Sur; mujer, 38 años).

Con posterioridad, en el nacimiento se hace una distinción entre si el recién nacido es mujer u hombre. “Una niña mujer en el primer hijo es ‘casa llena’, es felicidad, es amor, es tener todo, entonces se celebra. Y ese matrimonio se dice va a durar mucho, mucho tiempo. No igual cuando es hombre. Cuando es hombre dicen que es ‘casa vacía’, que el matrimonio no será bueno, porque siempre van a ver como más quiebres. Cuando es un niño también se celebra igual pero tal vez no con la misma alegría, pero ya después del primero se espera que todos los demás hijos sean hombres pu’” (Altiplano Sur; mujer, 38 años).

Vemos, entonces, que si el primogénito es mujer se piensa que es bueno porque augura suerte, abundancia y ‘casa llena’ para la familia; por el contrario, si es hombre, se cree que viene una trayectoria familiar difícil. Luego y hasta la niñez, las ideas sobre los pequeños son similares para ambos sexos, destacándose en ellos la condición de no humanos (‘como pajaritos’), lo frágiles, débiles y propensos a enfermedades y males.

Relacionado con los rituales, vemos que el recién nacido es objeto de ceremonias cuyo motivo central es su protección. Dentro de estos ritos encontramos ‘la echada de agua’ y el ‘bautizo’. La primera es una ceremonia familiar que se realiza a los pocos días de vida del sujeto y consiste en rezos y aplicación de agua con sal, con el objeto de recibir y proteger al infante de posibles males que pueden afectarles en este período. La realiza una pareja (familiares o no), elegida por los padres, quienes asumen la calidad de ‘padrinos de agua’. La segunda, el bautizo, es el tradicional rito cristiano, realizado por la iglesia católica, cuyo objetivo es ‘bendecir’, ‘limpiar’ y ‘proteger’ a la nueva criatura de todo mal y ‘hacerla cristiana’. Asociado al tema de la protección del recién nacido, es posible encontrar una serie de creencias, las cuales son contrarrestadas con prohibiciones y con el apoyo de ciertos amuletos. “Viste que cuando nacido están como pajarito, un día está bien otro no está bien; un día ya enferma, no lo tienes. Mejor es no encariñar... …ya más grandecito ya cambia la cosa, más difícil es que enferme grave, pués, siempre hay que llevar su espejito, su lanita… …eso es bueno” (Altiplano Sur; mujer, 60 años)

La conclusión de esta fase, terminológicamente definida como Wawa y el inicio de la niñez (Imilla y Yoqalla) es marcada con el rito público de ‘corte de pelo’, que consiste básicamente en vincular a los menores de ambos sexos, con la constitución de su patrimonio o herencia.

Con la niñez aparece la imagen infantil asociada a humanidad, a que empiezan a ‘aprender a vivir’, considerándose la capacidad de raciocinio, el interés por aprender de sus mayores, una mayor independencia materna. Niñas y niños se piensan prácticamente con atributos similares, diferenciándose solo en que los varones siguen considerándose más inquietos y ahora cercanos al padre; y las niñas más tranquilas y aún ligadas a la madre o a sus mayores del mismo género. De esta manera, en esta fase la madre, el padre y otros parientes van transmitiendo comportamientos ideales de cada género. Se sancionan o se premian las conductas de acuerdo a lo que se espera de él o de ella. “Mi mamá nos enseñaba, así cuando mi mamá hilaba, ya viéndonos jugar nos enseñaba a tejer, o pastear ganao, o lavar, todo era como juego. Uno recogía lanas por ahí, de esas que no sirven y con esos jugábamos. Mi papá también se preocupaba cuando estaba, enseñaba pero no tanto. Él enseña más a los hombres. Todo lo que es ceremonia y esas cosas porque el hombre va a tomar parte de todo lo que el abuelo o el papá le está dejando, en cambio la niña se va, no queda en su pueblo, se va.” (Altiplano Sur; mujer, 47 años)

Durante la etapa de pre-adolescencia y mayormente adolescencia las ideas presentes marcan ya diferencias claras entre géneros. En las mujeres adolescentes, destaca la consideración de ‘sexualmente fuertes’, ya que es este momento de ciclo de vida donde se inician las primeras experiencias sexuales; se valora también, su habilidad y capacidad para el trabajo principalmente textil y doméstico propiamente tal. En los adolescentes varones se aprecia su independencia, autonomía y la capacidad para ‘ganarse la vida’, principalmente. "Las mujeres y los hombres ya deben salir a trabajar, eso si no están estudiando. La mujer debe trabajar sea en la ciudad o en el campo con el ganao trabajan, con los tejidos, todo lo que se dice debe hacer. Hombres también, debe asegurar que gana su plata.” (Altiplano Sur; mujer, 28 años).

Los momentos más propicios y que se pueden utilizar para el pololeo es durante el pastoreo y las fiestas, especialmente el carnaval. Todo esto fuera del alcance de las miradas y el cuidado de los padres y mayores y apoyados por los grupos de amigos. "Yo no conocía fiesta y de ahí conocí el carnaval, siempre quería ir, no me quería quedar. Los papás me llevaron, siempre observándome estaban, todo lo que se hace...viste que ahí te podís pololear" (Altiplano Sur; mujer 39 años).

En la adultez, los símbolos están ligados fuertemente, en el caso de las mujeres, con su capacidad reproductiva y condición de madres y esposas (responsabilidades dentro de la familia). Se espera que en este momento de su vida sean muy trabajadoras (‘laboriosas’), de conducta pública intachable, austeras, sumisas, humildes, reservadas, respetuosas con el esposo y los parientes políticos. Por su parte, en el hombre adulto se valora su capacidad para trabajar, tener descendencia y solventar la familia, tomar decisiones, representar al hogar (valorándose fuertemente su rol público). Por otra parte, debe también demostrar buena reputación, ser honesto, honrado, un tanto autoritario, recíproco y sociable. “Uno siempre debe estar en trabajo, sino ¿cómo haces para que tu familia no pase necesidades? Sola no puede, uno está pa’ eso pués. Si te gustó tener familia vas a tener que saber dispensar pa’ que no falte nada… …de mañana de noche lo que sea para que este bien” (Altiplano sur; hombre, 47 años).

En la vejez y tal como ocurría en la etapa de pre-niñez, nuevamente las ideas presentes entre nuestros/as entrevistados/as, no hacen mayor diferencia entre géneros. Ambos ancianos son considerados físicamente débiles, que deben ser respetados y valorados porque simbolizan la tradición, destacándose también su capacidad de críticos y consejeros. Para las mujeres ancianas se remarca su condición de no reproductivas, como asimismo una mayor libertad de conducta que en esta etapa del ciclo vital pueden tener, cuestión que creemos se vincularía con esta esterilidad. "En las ceremonias, siempre ellos deben participar, ves que es como la sabiduría, siempre deben estar pendientes y enseñando. En esto hombres y mujeres igual, en las ceremonias, en los ritos, en todas esas cosas, son siempre ellos; dentro de la comunidad y dentro de la familia también" (Altiplano Sur; hombre, 35 años).

Finalmente y en relación con la muerte, las representaciones giran en torno a los difuntos sin distinción de género, centrándose completamente en los atributos que tiene o debe tener esta nueva condición, que no correspondería a un fin sino solo a un paso a un mundo no terrenal. "Una Wawa es ángel no más y es como de menos importancia... …no se avisa a nadie que murió la Wawa, la gente sabe que murió no más. No es lo mismo por ejemplo cuando fallece un abuelo, ahí es como que toda la comunidad te va a acompañar porque fue conocido, porque fue respetao, porque se ven todas las cualidades que tuvo la persona, sea abuelo hombre o mujer, todo igual también. Cuando es una persona mayor, si es mayor hay mayor respeto.” (Altiplano Sur; mujer, 38 años).

En las prácticas

El patrón de diferencia de género se construye a nivel social durante la etapa de niñez, iniciándose una clara distinción entre lo que deben hacer un niño y una niña a través de acciones prácticas y de una socialización que tiene un sentido paralelo, en donde los descendientes aprenden de los padres u otro pariente cercano del mismo sexo. Luego, en la adolescencia, se continúa con el adiestramiento para la vida adulta, el cual comienza a transformarse en algo más serio, duradero y aceptado socialmente, marcándose en esta etapa el desarrollo individual, que en la adultez adquiere dominios claramente diferenciados (Carrasco y Gavilán, 2014).

A nivel de las prácticas es posible afirmar que el ser humano parece iniciar su existencia y regresar, con la muerte, a una categoría sin género definido. Esto porque tanto el trato que se les da a lo recién nacidos como a los difuntos no es distinguido por género. De esta forma, el género y su diferenciación aparece solo en ciertas fases del ciclo vital y, en estas, con más fuerza, solo en ciertos contextos de relación. El contexto de relación donde el género tendría mayor importancia es el matrimonio, debido a que son las personas casadas las que de mejor forma pueden desarrollar su identidad de género, ya que aquí culminan el aprendizaje que han venido adquiriendo durante el curso de sus vidas.

Así como en cada etapa de vida los individuos tienen un estilo ideal o, dicho en otras palabras, una norma que es la correcta, también en las prácticas es posible observar expectativas y diferencias que comienzan a observarse en la niñez, ya que en las etapas anteriores el tratamiento dado y esperado es similar para ambos sexos.

Es solo a partir de la niñez cuando hombres y mujeres comienzan a ser socialmente reconocidos como de uno u otro género. Se les empieza a llamar en términos específicos de género, a diferenciar su vestimenta, e incluso la cabellera es arreglada de manera distinta. En esta fase la socialización es enfocada progresivamente hacia aquellas conductas y habilidades apropiadas de los roles de cada género. En este período se observa un gran intercambio de actividades entre niños y niñas. El trabajo es compartido, pero sin duda se marcan diferencias entre lo que se considera trabajos más pesados y menos pesados, entre labores más exigentes y menos exigentes, entre actividades dentro del hogar y en las proximidades de este con aquellas en espacios más alejados, etc. Con todo, y en lo tradicionalmente ideal, el aprendizaje de las niñas tiene que ver con los quehaceres del hogar, tales como preparación de alimentos, lavado, cuidado de hermanos menores; pastoreo, hilado y tejido; y labores agrícolas, tales como siembra de quinoa y papa. Los niños con actividades de pastoreo, especialmente alpacos y llamos; trabajo textil en cordelería, como confección de sogas y hondas; labores domésticas de acarreo de agua y leña a lugares más alejados; observación de procedimientos en las ceremonias familiares; y acompañamiento del padre en viajes de comercialización u otros. "Como a los 5 años ya empieza a ayudar. Se va igual al campo, buscar agua, hay que ir a buscar leña; entonces es casi igual con hombre con mujer, es compartido...entre ir a buscar los animales, entre ir a buscar los alpacos e ir a buscar las ovejas. Las niñas van siempre a buscar las ovejas y no los alpacos ni los llamos… los niños están como para eso. Y la ayuda en la casa es casi todo de las niñas, o sea ir a buscar el agua, ir a buscar leña, cocinarse para el almuerzo, preparar fiambre…mientras los niños están más preocupados de los animales...” (Altiplano Sur; mujer, 35 años).

Es en la pre-adolescencia y específicamente en la adolescencia cuando se observa una participación más plena en el trabajo, no solo como ayuda a los mayores; se profundiza en la diferenciación de labores por género. En este momento muchos dejan la escuela, comienzan a realizar trabajos remunerados y adquieren mayor independencia económica, desenvolviéndose de manera autónoma. Las mujeres se dedicadan al hilado y tejido confeccionando sus propias prendas, sean estas para su ajuar (vestido, fajas, frazadas, etc.) o para la comercialización; salen por temporadas a la ciudad a emplearse, principalmente como domésticas (Carrasco, 1994) y/o se dedican al pastoreo a través de la mediería. Con la generación de ingresos propios acceden a ropa y ajuar doméstico; hay también una preocupación permanente de aumentar su propiedad de animales; participan en actividades recreativas. Los hombres de igual forma y en mayor medida trabajan asalariadamente para terceros, siembran chacras, aumentan el número de animales propios generando ya un rebaño. Comienza el adiestramiento para el comercio, la música, con mayores responsabilidades e involucramiento en actividades comunales, acompañando al padre en actividades públicas y reemplazándolo en diligencias locales, cuando éste se ausenta; participan en actividades recreativas. "Ahora se compara el trabajo con la mamá, antes era ayuda de la mamá, ahora trabaja igual que la mamá... …yo pastié llamas y mamá pastea ovejas y, igual yo criaba a los menores. Más antes uno ayudaba no más a la mamá pu'. Comparte el trabajo con la mamá, medio a medio. Los hombres ya supongo que los jóvenes ya también igual pu', comparte con el papá... ya sale a trabajar, o sale viajar o siembra más chacra, niño chico como ayudaba no más" (Altiplano Sur; mujer, 55 años).

La adolescencia es considerada una etapa decisiva en la vida de las mujeres, pues es el momento en que mantienen un alto nivel de responsabilidades y cuando logran mayor autonomía económica, estatus entre sus hermanos e independencia en su accionar. Dentro de esto último, destaca la libertad para incursionar en el ámbito de la sexualidad, participar en las festividades de su localidad y de otros pueblos cercanos, dedicar mayor tiempo en su aspecto personal, posibilidad de compartir con grupos de amigas, etc. Sin embargo, también aumenta el control de su conducta pública y la presión por mejorar sus habilidades textiles y domésticas. Los adolescentes varones cuentan, comparativamente, con tanta o mayor libertad que las mujeres. Se estimula y evalúa su capacidad para ‘ganarse la vida’, resaltándose, la búsqueda de ingresos en otras zonas, la habilidad para el comercio, el apoyo al padre en las actividades que realiza en la comunidad, etc. "Los jóvenes antes no participaban mucho en la comunal, ahora sí… Realmente todo lo comunal, todo lo que es terreno, lo que es ganadería, más los adultos; pero los hijos jóvenes pueden estar escuchando, pero no dan su opinión. Ahora digamos que si el papá no está entonces tiene que ser reemplazado por el hijo. Por ejemplo, en la faena de limpiar acequias, el hijo reemplazar al papá, viste" (Altiplano Sur; mujer, 37 años).

En esta etapa se inician también las relaciones con jóvenes del sexo opuesto. Es común, que a raíz de estas primeras experiencias amorosas surjan embarazos no esperados, los cuales no constituyen un problema social grave, ya que si bien resulta una conducta no apropiada, la iniciación sexual no requiere de un compromiso previo y, ante todo, se valora la capacidad reproductiva de la mujer. "Hay muchos hijos naturales, primero porque a la mujer no se le educa en el sexo. O sea, la mujer cuando es chica no sabe por qué te llega la regla, cuándo te debe llegar la regla, cuales son los problemas que te pueden acarrear las relaciones sexuales, no sabe lo que le va a ocurrir, hay mucho desconocimiento. Todo se hace como jugando y quedas embarazada, no sabes. No sabes ni siquiera que estás embarazada, la única que se da cuenta es tu mamá porque te está creciendo la guata" (Altiplano Sur; mujer, 30 años).

Es en la adultez cuando se termina el aprendizaje diferenciado por géneros que se inicia en la niñez. El estatus de adulto se define culturalmente por el matrimonio, por el cual se entra a la madurez social, se está en plenitud de derechos y obligaciones y se llega a ser ‘persona íntegra’ o Jak'e o Jak'i. Esto es parte de un proceso y, por lo tanto, para obtener esta condición es necesario demostrar, con acciones, comportamientos y conductas, el reconocimiento que permitirá a la nueva pareja adquirir el respeto de los demás. "Uhhh… sí, me acuerdo de ese tiempo, de mi suegra... La suegra me decía que yo era una floja, que no servía pa' nada, que mis hijos no eran hijos de su hijo; y las hermanas igual. Me tiraban la comida... …y uno todos los días en el campo con los animales y ellas felices en la casa. Yo pasteaba los animales de todos. Cargado en la espalda, me la llevaba mi wawa. Mi suegro no era tanto, pero igual no más, me hablaba mal. El (esposo) era siempre apegado a su mamá, su mamá no más y yo ahí...para mí, eso era tan difícil, yo estaba como sola” (Altiplano Sur; mujer, 38 años).

Durante el primer momento de la relación la esposa vive con la familia del esposo, en las tierras de esta (patrilocalidad/patrilinealidad). No corresponde a lo que los entrevistados más antiguos mencionan como Serviñacu o Sirvinacuy, costumbre andina en la que se da una convivencia de los novios previa al matrimonio. Esta convivencia acá vivida, obedece a un proceso en que la mujer, a la vez que asume numerosos roles domésticos, adquiere un reconocimiento social formal. Aumenta su carga laboral, en actividades de pastoreo, agrícolas y domésticas. Este período, que puede definirse como menos exigente para el hombre, en el sentido que él no debe demostrar que es aceptado por una familia ajena a la de origen, no está exento de importantes cambios respecto a su comportamiento y libertades de juventud y adolescencia que, sin duda, disminuyen. Ahora, él debe solventar su familia, adquirir aquellos bienes necesarios y requeridos para armar su nuevo hogar, participar en faenas comunitarias, tener una mayor preocupación por su ganado, estar atento a la búsqueda de nuevas alternativas de trabajo, etc.; en definitiva, demostrar ser capaz de representar socialmente a la unidad doméstica y abastecer de bienes a la familia.

Como resultado de esta fase, el nuevo matrimonio logra adquirir bienes y pertenencias que le permiten independizarse del hogar paterno y crear su propia unidad doméstica, dentro de la que hay actividades y responsabilidades diferenciadas por género.

Dentro de las actividades económicas se hace una clara diferencia entre la función de proveedor de hombre, respecto de responsabilidades y obligaciones de la mujer casada, que dicen relación con la administración de la unidad doméstica, en términos de reproducción, como con actividades productivas principalmente cuidado de animales y chacras. "La mujer tiene trabajo en la cocina, lava, acarrea agua cuidar la wawa cuidar el ganao… …para los hombres está su trabajo y traer el dinero, traer el sustento, el alimento de uno y de sus hijos. Mas antes los dos juntos pasteaban ganao, todos pasteabamos llamo por igual. Ahora el ganao queda a cargo de la señora. Cuando él se va a trabajar, hacer sus negocios por ahí, sola se queda. Mucho trabaja la mujer; hay veces a las 5 de la mañana estamo levantá, pa' hacer trabajo pa' que rinda. Viste que hilar, hacer desayuno, de ahí a pastear" (Altiplano Sur; mujer 66 años)

El acceso a la organización comunal lo tiene solo la unidad familiar, representada por la pareja a través del hombre/esposo. Si bien hay funciones diversificadas para mujeres y hombres adultos, en asambleas, fiestas y celebraciones el rol público es asunto masculino; las mujeres participan en funciones más ‘domésticas’ (despensa, cocina, atención invitados), asumiendo hoy día la representación familiar solo cuando el hombre está ausente.

Lo ritual corresponde a una esfera común para hombres y mujeres, pero hay roles diferenciados por género (por ejemplo, la música es de los hombres, el canto de las mujeres, etc.). También existen momentos en que ambos son festejados y reconocidos, ya que asumir cargos sociales y rituales les otorga mayor estatus en la estancia y la comunidad. "Las mujeres trabajan en las fiestas apoyando a los alferes o mayordomos, son las cocineras o despenseras generalmente; o van a bailar y a divertirse, cuando jóvenes van más a bailar y a divertirse...también a observar; pero cuando las mujeres son casadas van acompañando al marío. El marío las lleva y bailan con el marío o con un familiar muy cercano... Los casados ya igual van a ayudar en tareas más pesadas: buscar leña, acarrear agua y también a tomar." (Altiplano Sur; mujer 35 años).

Durante el largo proceso de crecimiento, hombres y mujeres se van educando en el camino social y culturalmente definidos de cada género. Es en la madurez y con el matrimonio cuando logran ser seres sociales completos, personas íntegras; momento cuando, podríamos decir, culmina su aprendizaje, pudiendo ejecutar plenamente la división del trabajo por género y desarrollar los comportamientos esperados. Visto así, podemos concluir que son las personas casadas las que de mejor forma pueden desarrollar su identidad de género.

Los ancianos, por ser a esta edad poco aptos para todas aquellas labores pesadas y de representación, son reemplazados por los hijos. Productivamente tienen muy pocas obligaciones, siendo sus principales responsabilidades la ejecución de tareas menores, tales como hilado, pastoreo de ovejas, cuidado de niños pequeños. Son importantes consejeros y agentes socializadores de roles, normas y actitudes; son críticos; su opinión es altamente considerada y debe ser oída y respetada.

Los ancianos varones son fundamentales en el desarrollo de ritos y celebraciones familiares y comunitarias. Las mujeres, por su experiencia de vida, son reconocidas como autoridades en aspectos de salud, principalmente en la atención del parto, donde generalmente actúan como parteras. Por otra parte, son ellas las encargadas de traspasar, de una generación a otra, conocimientos tradicionales vinculados al aspecto textil, conocimientos de flora, fauna, cuentos y leyendas, etc. "En las ceremonias, siempre ellos participan, ves que es como la sabiduría, siempre están pendientes y enseñando. En esto hombres y mujeres igual, en las ceremonias, en los ritos, en todas esas cosas, son siempre ellos; dentro de la comunidad y dentro de la familia también." (Altiplano Sur; hombre, 38 años).

Otro aspecto que es preciso destacar es la mayor libertad de conducta que, especialmente, tienen las ancianas; cuestión que como algunos investigadores (Arnold, 1997; Arnold y Yapita, 1996; Carrasco, 2003) sostienen, se vincularía con el levantamiento de las restricciones sociales relacionadas con su nueva condición de no reproductivas. No existe el fuerte control sobre el comportamiento de las mujeres que es observado durante la adolescencia y principalmente la adultez; incluso en la vejez si se enviuda, tanto hombres como mujeres pueden volver a buscar pareja, decisión considerada aceptable. "Cuando muere un esposo o una esposa queda como faltando uno en la casa, queda triste uno. Si estás acostumbrada a vivir sola, si todavía estás joven, si quieres tener marío, puedes entonces casarte con otro hombre... …bien estará no más." (Altiplano Sur; mujer, 66 años).

Recién muerto el individuo y hasta los tres años de fallecido, sigue con su identidad personal; se le continúa asumiendo y pensando con las mismas características y particularidades que tenía en vida, aún cuando no existe en los ritos, diferenciado por género. Las diferencias se marcan por variables tales como edad, rol público, condición económica. Al morir, terminológicamente, tanto a hombres como mujeres se les designa con un término común; en este momento y al igual que lo que ocurre durante el nacimiento, los individuos parecen regresar a una categoría sin género definido, al menos en el trato que se les da. “… cuando fallece un abuelo, ahí es como que toda la comunidad te va a acompañar porque fue conocido, porque fue repetado, porque se ve todas las cualidades que tuvo la persona, sea abuelo hombre mejor también. En cambio, si es una 'wawita' está como recién nacida, o de un par de años es como...que vas acompañar porque estás dolida no más…, si es mayor hay mayor respeto.” (Altiplano Sur; mujer, 38 años)

Conclusiones

En las páginas anteriores hemos mostrado como el esquema de género que opera entre los aymaras contemporáneos del norte de Chile, del altiplano sur, es construido y transformado a lo largo del curso de la vida de los individuos. Vimos las ideas presentes en cada grupo de edad y cómo estas adquieren contenidos y se expresan a través de las actividades y ritos de paso que distinguen cada período y que permiten la constitución de los géneros. Las diferencias entre hombres y mujeres se modifican, provocando momentos de mayor o menor valoración social para unos y otros.

Un primer resultado que resalta ha sido el consignar que las ideas sobre constitución y reproducción de las diferencias de género se apoyan en concepciones fundamentales presentes ya en la concepción y el desarrollo del feto. Por otra parte, si bien aparentemente para el individuo, la vida terrenal termina con la muerte, queda claro que aún existe un largo camino por recorrer después de esta, durante el cual desconocemos el significado que adquiere el género. De esta forma, podemos decir que el esquema de género entre los aymara es construido y transformado no desde el nacimiento hasta la muerte; sino que desde la concepción y hasta después de la muerte.

El ciclo vital aymara que nos presentan los resultados de nuestro estudio se concibe como un proceso complejo, dividido en distintas etapas identificadas terminológicamente en grupos de edad, los cuales se vinculan y relacionan con ciertas actividades y ritos de paso, en los que se adiestra, se enseña y se adquiere experiencia de acuerdo a las enseñanzas de género que corresponden a cada etapa. Un primer gran momento, que es cuando se alcanza la madurez en este aprendizaje, es con el matrimonio o Chachawarmi, donde no es fundamental la edad, sino ser persona social, ser persona íntegra, Jak'e, condición que se adquiere con este vínculo. Las etapas previas, definidas según cronología, preparan para este momento, educándose en el camino del género, para lograr la madurez social requerida.

Son las personas casadas las que de mejor forma estarían desarrollando su identidad de género. Durante el largo proceso de crecimiento del individuo, este se va educando en los caminos social y culturalmente definidos de cada género. Es en la madurez y con el matrimonio cuando logra ser un ser social completo; el momento donde, por así decirlo, culmina su aprendizaje, cuando pueden ejecutar plenamente la división del trabajo por género y exhibir los comportamientos esperado. Los solteros, las viudas y los viudos, aun siendo cronológicamente adultos, son los que salen del esquema, del patrón, por lo que frecuentemente tienen que asumir tareas que en lo ideal son las del otro género.

Dentro del ciclo vital el género, la edad y los roles sociales son principios que ordenan el proceso de crecimiento. Hombres y mujeres deben cumplir roles y demostrar comportamientos que dependen de su condición de género, pero que son mediatizados principalmente por la edad, el estatus, e incluso el parentesco.

Finalmente, y en concordancia con lo expresado por Isbell (1997), los resultados indican que el ser humano parece iniciar su existencia y regresar a una categoría sin género, al menos definido. A pesar del reconocimiento que existe que tanto fetos como recién nacidos son varones y mujeres, el trato propiamente tal que se les da no es distinguido por género. De esta forma, el género en sí y su diferenciación, solo aparece en ciertas etapas del ciclo vital y aún allá, en ciertos contextos de relación. El contexto de relación donde el género tiene mayor importancia es el matrimonio. La muerte, a su vez y al igual que el nacimiento, vuelve al individuo a una categoría no diferenciada genéricamente, aun cuando se sigan pensando a los difuntos con las características sexuales que en vida tenían.

Agradecimientos

La información contenida en este artículo forma parte del proyecto Mayor de Investigación Código N° 3733-18, Universidad de Tarapacá, Chile.

DIFERENCIAS DE GÉNERO A TRAVÉS DEL CURSO DE LA VIDA ENTRE LOS AYMARAS DEL NORTE DE CHILE

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Notas de autor

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