ARTICULOS
TERRITORIO, ÉTNICIDAD Y RITUALIDAD AFRODESCENDIENTE. LA CRUZ DE MAYO EN EL VALLE DE AZAPA, NORTE DE CHILE
TERRITORY, ETHNICITY, AND RITUALS OF AFRO-DESCENDANTS. THE MAY CROSSES IN THE AZAPA VALLEY, NORTH OF CHILE
TERRITÓRIO, ETNICIDADE E RITUALIDADE AFRODESCENDENTE. A CRUZ DE MAIO NO VALE DE AZAPA, NORTE DO CHILE
TERRITORIO, ÉTNICIDAD Y RITUALIDAD AFRODESCENDIENTE. LA CRUZ DE MAYO EN EL VALLE DE AZAPA, NORTE DE CHILE
Interciencia, vol. 45, núm. 3, pp. 132-141, 2020
Asociación Interciencia
Recepción: 21 Marzo 2019
Corregido: 10 Septiembre 2019
Aprobación: 02 Octubre 2019
Financiamiento
Fuente: Esta publicación es resultado del Proyecto FONDECYT 1181844 y del Proyecto Mayor de Investigación Científica y Tecnológica de la Universidad de Tarapacá N° 5767-18.
Nº de contrato: Proyecto FONDECYT 1181844 y del Proyecto Mayor de Investigación Científica y Tecnológica de la Universidad de Tarapacá N° 5767-18
Beneficiario: Alberto Díaz Araya, Oscar Corvacho Ganahin,Wilson Muñoz Henríquez,Carlos Mondaca Rojas.
Resumen: El objetivo de este artículo es analizar la presencia de cruces en las laderas el valle de Azapa, en la frontera norte de Chile, y su vínculo con la construcción territorial, étnica y ceremonial de la población afrodescendiente. La metodología incluyó el uso de las siguientes técnicas de recolección de información: catastro de caracterización, técnicas etnográficas (observación y entrevistas), y registro de información geo-referencial e imágenes. Luego de evidenciar la clara presencia de cruces de mayo asociadas a familias y colectivos afrodescendientes en Azapa, se muestra que tanto la ubicación espacial como la celebración en torno a estos artefactos religioso-culturales son claves para la reapropiación territorial y étnica de esta población.
Palabras clave: Afrodescendientes, Cruces, Etnicidad, Ritualidad, Territorio.
Abstract: The goal of this paper is to analyze the presence of crosses on the slopes of the Azapa Valley, on the northern border of Chile, and its connection with the territorial, ethnic, and ceremonial construction of the Afro-descendant population. The methodology included the use of the following information-gathering techniques: cadastral characterization, ethnographic techniques (observation and interviews), registration of geo-referential information, and images. After evidencing the distinct presence of Cruces de Mayo (May Crosses) associated with Afro-descendant families and groups in Azapa, it is shown that both the spatial location and the celebration around these religious-cultural artifacts are critical to the territorial and ethnic re-appropriation of this population.
Resumo: O objetivo deste artigo é analisar a presença de cruzes nas ladeiras do vale de Azapa, na fronteira norte do Chile, e seu vínculo com a construção territorial, étnica e cerimonial da população afrodescendente. A metodologia incluiu o uso das seguintes técnicas de coleta de informação: cadastro de caracterização, técnicas etnográficas (observação e entrevistas), e registro de informação georeferenciada e imagens. Logo de evidenciar a clara presença de cruzes de maio associadas a famílias e coletivos afrodescendentes em Azapa, se mostra que tanto a localização espacial como a celebração em torno a estes artefatos religioso-culturais são chaves para a reapropriação territorial e étnica desta população.
Introducción
La celebración de la Cruz de Mayo es una de las festividades religiosas de relevancia en la zona andina en general (González, 1992a, b; Molinié, 1997;Kuon-Arce, 2007; Millones y Tomoheda, 2011) y en el norte de Chile en particular (Barrientos, 1984; Van Kessel, 2006; Choque y Pizarro, 2013; Díaz et al., 2012; Galdames et al., 2016). Cada mes de mayo, mujeres y hombres de diversos orígenes sociales, culturales y étnicos se congregan en los valles y sierra de la región de Arica y Parinacota para realizar una serie de prácticas rituales vinculadas a un altar con una cruz familiar o asociada a una comunidad.
Una de las áreas significativas donde se realiza esta celebración es el valle de Azapa, zona caracterizada por la presencia histórica de población afrodescendiente y por la magnitud de celebraciones y cruces presentes a lo largo del valle. Por un lado, hay estudios que documentan la presencia de poblaciones y grupos con diversos orígenes étnicos (Barrientos, 1984;Durston e Hidalgo, 1997; Galdames et al., 2008; Quiroz et al., 2011;Briones, 2013;Díaz et al.,2014), destacándose especialmente los afrodescendientes (Díaz et al., 2013). Por otro, en dicho valle existe una gran cantidad de cruces emplazadas en la cima o laderas de los cerros, constituyéndose como un elemento distintivo del paisaje del valle de Azapa. En tal escenario, la celebración de la fiesta de la Cruz de Mayo, o ‘las cruces’, posee connotación territorial e identitaria para los afrodescendientes.
Las y los afrodescendientes de Arica y sus valles tienen una presencia histórica desde la época colonial, cuando fueron traídos como esclavos para el trabajo en las haciendas, yacimientos mineros o para las labores del puerto (Díaz et al., 2013). Para mediados del siglo XIX la república del Perú abolió la esclavitud, por lo cual, en su condición de libertad se quedaron habitando en Azapa, Lluta y/o en sectores periurbanos como la Chimba o Lumbanga en Arica. Luego de la Guerra del Pacífico (1879-1883), el Estado chileno implementó una estrategia sociopolítica de aculturación denominada ‘chilenización’, siendo un período de persecución, negación e invisibilización de los indígenas y afrodescendientes, tanto en su reconocimiento como en el relato histórico tradicional. No obstante, en la actualidad las y los afrodescendientes se reconocen miembros de la sociedad chilena, desplegando una doble adscripción (étnica y nacional) con tradiciones y costumbres propias, que los han posicionado políticamente a través del movimiento social de afrodescendientes nortinos (Báez, 2012, 2018;Salgado, 2012).
En lo relacionado con sus manifestaciones culturales, según la información etnográfica recogida por Van Kessel durante la década de 1970 en Azapa, pese a que la celebración de la fiesta de las cruces era el día 3 de mayo, los agricultores solían celebrarla durante la primera quincena de mayo y en los días más convenientes (Van Kessel 2006). Hoy, las celebraciones son desde mayo hasta julio, sobre todo los fines de semana o en fechas calendarizadas que responden tanto a linajes familiares como a diferentes sectores de cultivos, revistiendo el paisaje vallestero (cerros, senderos, sectores de cultivos, parcelas, etc.) con elementos identitarios y religiosos. Para ello, se sirven de una serie de símbolos y prácticas que son activados ritualmente, lo que permite que la cruz opere como un marcador étnico y/o familiar/comunitario al momento de la celebración. Con estos antecedentes, el presente estudio analiza el emplazamiento espacial de las cruces, las cuales se reconocen como claves para que las comunidades afrodescendientes constituyan en la fiesta territorialidades étnicas.
Aquí, las expresiones religiosas y rituales en el paisaje intervienen como geosímbolos, al interactuar dinámicamente con el territorio, como resultado de una producción que nace a partir del espacio como construcción socio-material, la cual integra su valoración y apropiación social como uno de sus elementos fundamentales (Antequera, 2007; Carballo, 2009; Flores, 2013). De manera más concreta, la ritualidad adquiere relevancia en el territorio, estableciendo un orden que se materializa en espacios, momentos y objetos de significación para los celebrantes (Rosendahl, 2009). En el despliegue cúltico, es plausible comprender dinámicas socioterritoriales, no solo por la influencia que ejercen sobre las personas, sino también porque pueden ser determinantes dentro de los procesos de territorialización (Racine y Walther, 2006; Rosendahl, 2009; Díaz et al., 2014). Del mismo modo, las tradiciones, formas, expresiones, conocimientos, ideas y actividades, pueden otorgar sentido al espacio, marcando y reconstruyendo paisajes y territorios (Gonçalves, 2001; Díaz et al., 2014). Siguiendo esta línea, analizamos la presencia de distintas cruces en el valle de Azapa y su vínculo étnico y ritual (Tabla I).

Metodología
El área de estudio comprende los sectores medios y bajos del valle de Azapa, Arica, Norte de Chile (Figura 1), localizados entre los 18°29' y 18°35'S, y los 70°17' y 69°52'O. Esta zona presenta principalmente asentamientos rurales diseminados a lo largo del valle, con una población que incluye a indígenas aymaras y quechuas, así como a afrodescendientes, y cuya principal actividad económica es la agricultura (Briones, 2013; Díaz et al., 2013).

En el plano metodológico, la actividad catastral ha sido desarrollada en tres fases. La primera responde a un reconocimiento e inventario, donde se registraron mediante fichas de campo todas las infraestructuras con características de sitio ceremonial o culto reconocibles, así como sus emplazamientos en laderas o parcelas interiores. Para ello se utilizaron como información base las imágenes del Satélite WorldView-2 del año 2018 para el valle de Azapa (en alta resolución espacial), lo que permitió la identificación de sectores destinados al culto reconocibles por sus infraestructuras, caminos o senderos ceremoniales y disposición o morfología espacial del sitio asociado al paisaje. Con esta identificación preliminar de los sectores, el trabajo de campo generó un inventario de sitios mediante fichas de catastro que incorporaron información geodésica obtenida por GPS cartográficos (georreferenciación por coordenadas UTM), descripción del paisaje y entorno, comunidades o familias cercanas, tipología de la infraestructura, conservación y estética (color, materialidad, ornamentación, cercado, orientación, entre otros) para definir los atributos principales para la caracterización. En la segunda etapa, se consideró un trabajo de reconocimiento de las familias, comunidades y conocedores en los sectores aledaños a los sitios previamente identificados, permitiendo asociar etnicidad a determinados grupos del valle, reconociendo el tipo de vínculo social a determinado sitio catastrado. La tercera etapa consistió en graficar y generar una base de datos geoespacial en GIS (software ARCGIS 10.5). La sistematización de la representación gráfica obtenida en esta fase con la recopilación de información anterior permitió la obtención de tipologías de relación entre la comunidad y la disposición geográfica del sitio, arrojando cuatro modelos de construcción de relaciones socioespaciales a partir del sitio ceremonial de la cruz de mayo.
Seguidamente se realizaron reportes etnográficos en torno a la festividad de las cruces, que permiten contextualizar el soporte cultural y simbólico donde se emplazan las cruces, realizando levantamientos en diferentes trabajos de campos llevados a cabo entre 2014 y 2018. Para efectos de este trabajo, aportamos con registros etnográficos complementarios a la problemática territorial atingente a las descripciones y análisis de los geosímbolos en zona de valles. Estudios sobre festividades cruces, ritualidad y significación han sido publicados en trabajos anteriores que permiten relevar una discusión sobre los emplazamientos en lugares sígnicos para las comunidades andinas como afrodescendientes (Díaz et al., 2014; Galdames et al., 2016). Puntualizando para estas instancias, las observaciones se centraron en cuatro elementos clave: contexto, materiales, visuales y estéticos, que se trabajaron con entrevistas a informantes clave que son cultores y celebrantes de cruces de comunidades afros, que aportan una información del contexto étnico de las prácticas socioculturales de los asistentes y cultores, respectivamente (Flick, 2002; Willis y Trondman, 2002).
Ritualidad y Etnicidad
En términos generales, el ritual de la cruz de mayo para el valle de Azapa considera la presencia de cruces emplazadas en sectores de ladera, adornadas con arcos de ramas de olivo y ornamentadas con colgantes de telas (pintados y/o bordados). En tiempo de fiesta, estas cruces son transportadas hasta las casas de los cultores donde se ha preparado un altar adornado y acondicionado para albergar la cruz durante gran parte del proceso ritual. Durante los días de celebración es posible identificar al menos tres momentos: a) "Bajada de la Cruz" que corresponde al traslado desde el cerro, ladera o predio hasta la casa o recinto para la celebración; b) "Velorio" donde se acompaña a la cruz y se realizan cánticos y oraciones; y c) "Subida de la Cruz", reconocido como el proceso ritual de regresar la cruz al sector de descanso o ubicación en el lugar sagrado como el cerro, para que la cruz permanezca otro año más protegiendo y custodiando a la comunidad. Este momento puede estar acompañado de diversas actividades asociadas, como son la participación de bailes religiosos, música de bandas de bronces o comparsas de lakitas (zampoñeros), comidas típicas, danzas, bebidas, etc. A este ritual se le reconoce como objetivo la protección de la casa, la tierra y los animales, y es fundamental la presencia de familiares, vecinos y amistades.
Para profundizar, veamos un caso. En la medianía del mes de mayo, la organización social y cultural ‘Sra. Julia Corvacho’ celebra la cruz en el valle de Azapa. En la festividad se honra a la cruz y especialmente la memoria de la ‘abuela’ Julia Corvacho Ugarte, considerada la matriarca de un linaje afrodescendiente ampliamente reconocido en la región. Consignemos que la familia Corvacho, al igual que los Carrasco, Yáñez, Ríos, Salgado, Báez, Zavala, Butrón, entre otras, corresponden a familias afrodescendientes con una documentada presencia histórica en la zona, que mantienen costumbres en común, como los carnavales y el culto a la cruz.
Para el caso de la cruz de la Sra. Julia Corvacho, la conmemoración se realiza en una parcela familiar, a un costado de la carretera y al pie del cerro donde descansan las cruces durante todo el año. Nueve días antes bajan la cruz desde el cerro, ubicándola al interior de la capilla de la parcela. En los días siguientes se lleva a cabo la ‘novena’, instancia donde las cruces son veladas por parientes y amistades, quienes entonan (alabanzas) en su honor. Se programa la celebración para un fin de semana, instancias donde diversos familiares concurren al lugar para asear y adornar el templo y la parcela, siendo el alférez el encargado de organizar la celebración. Antiguamente, nos relató una descendiente, “mi abuelita [Julia Corvacho] era la que corría con todos los gastos... Ya no, ahora se hace por donación de la gente, de los que queremos aportar por la Cruz” (M.J. S.). Sobre el sistema de cargos religiosos como los alférez y/o mayordomos en contextos andinos y afros ver nuestros trabajos anteriores (Díaz et al., 2014).
En la pequeña capilla se instala una tarima al costado del altar, adornada con flores y velas. Sobre ella, se colocan las tres cruces de madera. Seguidamente, adornadas con arcos de flores, se les instala a cada cruz una estola blanca que posee la escritura (en dorado): ‘Stma. Cruz A. Corvacho, Laféres’. La cruz pequeña es de color café, y está ubicada en la zona más alta del altar, siendo utilizada, dicen, en vida por la Sra. Julia Corvacho para las festividades. Las dos restantes son de propiedad familiar. A los pies de la tarima, en un altar menor, se encuentra la imagen de la matriarca, rodeada de flores y velas (Figura 2).

El arribo de los concurrentes comienza en horas de la tarde. Provenientes, en su mayor parte, de la ciudad de Arica o desde el propio valle, teniendo entre ellos vínculos parentales asociados al linaje Corvacho. Al atardecer llega el sacerdote y después de la liturgia, miembros de la comunidad, entre familiares y amigos, cantan a la cruz y a las imágenes de Julia Corvacho. Posteriormente, asisten bailes Morenos para saludar a la cruz.
Al caer la noche, el alférez y la familia más cercana instalan las tres cruces frente a un escenario, acomodando arreglos florales. Luego, ingresa una banda de bronce, quienes musicalizan la celebración. Tras alabanzas musicalizadas, el alférez y la familia portan las cruces fuera del recinto, y junto a la banda inician la ascensión al cerro con melodía de marchas. El dirigente afrodescendiente Cristián Báez señala que el canto típico que los cantores realizan para ‘saludar’ a la Cruz en la celebración es una conocida alabanza, tanto en la familia Julia Corvacho como en otras familias afrodescendientes en el Valle de Azapa y en la región. A través de este canto, los cantores y la comunidad realizan efectivamente un saludo y alabanza a la cruz y a Julia Corvacho. Cristian Báez agrega que Bernardo Quintana Ugarte era un antiguo músico afrodesendiente miembro del ‘Conjunto Quintana’. “Salíamos a tocar a todas las fiestas de las cruces en Azapa y Lluta, ramadas y otras fiestas. Generalmente tocábamos mucho en la cruz de la Tía Julia Corvacho, uuuhh, estas llegaban a durar tres días. También en esta fiesta tocábamos a la cruz con zampoñas, mientras bailaban los Morenos, esos que bailan en Las Peñas” (Báez 2012: 81).
Volviendo al relato: al llegar al calvario, los alférez ubican las cruces lentamente, de menor a mayor tamaño, posicionando la de Julia Corvacho en el centro. El altar posee un arco de mediana altura, adornado especialmente con ramas de palmeras y flores, rodeado con una silueta en el suelo con forma de corazón a base de envases plásticos y velas. Allí, se realizan nuevos cantos y el alférez toma la palabra para agradecer la asistencia y recordar a Julia Corvacho, pidiendo salud, bienestar y unidad.
La ceremonia concluye con la colocación de las cruces y ejecución de cantos. Descendiendo el cerro, se continúa la celebración en la parcela familiar, sirviendo comida y bebida a los asistentes mientras grupos de cumbia andina armonización el ambiente junto a la banda de broce.
Una vez finalizada la comida, el alférez proyecta una sucesión de gigantescas fotografías de Julia Corvacho y su descendencia sobre un gran telón blanco. Seguidamente, se entonan tres valses peruanos bailados por el alférez, su esposa y sus familiares más cercanos. La música y el baile finaliza cuando el alférez retoma la palabra para recordar el motivo de la celebración: la unidad familiar y la fe cristiana celebrada en un ambiente de respeto. Aprovecha además de extender la invitación a la fiesta del año siguiente y pide compromiso para quienes deseen colaborar, siendo registrados mientras el alférez anuncia públicamente las donaciones. Después, continúa la festividad durante toda la noche, con música de cumbias y estilos andinos y afro hasta el amanecer.
Distribución y Caracterización de las Cruces
Durante el registro y sistematización de los sitios ceremoniales y las cruces del valle de Azapa en el año 2015, se pudo reconocer 96 cruces y 80 sitios ceremoniales (tenemos antecedentes que para 2018, ya hay más de 100 cruces en el valle). La distribución espacial de cruces y sitios presenta dos grandes áreas de concentración con pertenencia étnica. Existe una zona notoriamente asociada a las comunidades afrodescendientes, que corresponde a los primeros kilómetros del flanco norte y el sector medio del valle (lugar donde se emplaza la cruz de la Sra. Julia Corvacho). Ambos sectores son cercanos a las áreas residenciales de Azapa. El primero, denominado Pago de Gómez, es un sector de parcelas agrícolas situado en los primeros kilómetros del mencionado valle. El segundo, llamado San Miguel, es poblado del valle, lugar donde se realizan reuniones y agrupa bienes y servicios de uso público.
Por otra parte, en las zonas interiores del valle se exhiben una mayor presencia de sitios vinculados a comunidades indígenas. Si bien la concentración no se muestra tan exclusiva como en el caso de los sitios afrodescendientes en San Miguel y Pago de Gómez, presenta una clara mayoría de presencia indígena. Particularmente, el sector norte (sobre el kilómetro 24 de la carretera A-27) exhibe una alta presencia de sitios con reconocimiento indígena o influencia andina. Finalmente, el resto de zonas del valle poseen una diversidad en cuanto a la asociación con un especifico grupo étnico, identificándose sitios comunitarios o de familias afro indígenas dispersos de manera heterogénea (Figura 1).
Si bien las cruces presentan una diversidad de atributos, se percibieron cuatro características materiales comunes: la presencia de altares o terrazas para la contención de la cruz, la ornamentación asociada al sitio o a la cruz, un camino de acceso ceremonial reconocible, y la relativa proximidad de los calvarios respecto a los hogares o tierras de resguardo (protección) de los principales cultores. La Figura 3 presenta un tipo característico de sitio ceremonial de la cruz de mayo para el valle de Azapa, donde se distinguen: terrazas artificiales para el sustento físico (C2-T), ornamentación (C2-O), camino de acceso reconocible a la cruz o sitio (C2-C), la cercanía entre el sector de emplazamiento de la cruz (C1-A y C2-A) y el hogar cultor (C1-B y C2-B).

Si consideramos las variables ubicación y accesibilidad, se constata que gran parte de los sitios se localizan en espacios de acceso público (92%): un 89% en las laderas de cerros fiscales y a gran altura respecto al lugar de resguardo o protección, y un 3% en espacios de baja altura como sitios eriazos o de uso común; mientras que solo un 8% se ubica en una propiedad privada como predios agrícolas, sectores aledaños a la residencia de los cultores o en alguna colina ubicada dentro de la propiedad. Esto da cuenta del tipo de culto que se rinde a la cruz y la vinculación que establecen con ella las familias y comunidades del valle.
En cuanto a la vinculación a los colectivos, se han identificado tres rasgos que permiten aproximarse a la comprensión de la dimensión religiosa expresada en la cruz de mayo y su vínculo con la configuración socio-territorial del valle de Azapa: la presencia de ciertos modelos espaciales predominantes, la existencia de un reconocimiento social por parte de la población y la vinculación étnica.
Organización y Modelos Socio-Espaciales
Los sitios donde se emplazan las cruces presentan ciertos patrones de organización vinculado a dos elementos: la relación ritual que el o los grupos principales establecen con la cruz, y la localización espacial de los cultores que limita o condiciona el acceso y pertenencia al calvario. En un esfuerzo por categorizar y distinguir estos patrones de organización, hemos propuesto cuatro modelos de organización socio-espacial obtenidos del análisis de datos de los 80 sitios catastrados.
El primero, que hemos denominado Modelo A, se caracteriza por situar al sitio ceremonial en un centro neurálgico (Figura 4). Además, cada cultor puede establecer una relación de valoración autónoma con la cruz. No obstante, durante la festividad se definen roles de participación para comandar las prácticas de la bendición de la cruz y su acompañamiento. Para esto, la cruz se traslada a la capilla o templo reconocido y determinado por la colectividad, y allí es albergada y acompañada durante el periodo festivo. Con esto se busca que la cruz brinde resguardo a los predios y familias de la comunidad.

El sentido de pertenecía y la relación que se establece con el sitio ceremonial son de carácter comunitario, existe acceso libre a la cruz, su localización es central respecto al emplazamiento de predios y propiedades de la comunidad. La cruz y el sitio ceremonial juegan un doble papel en este caso: son espacios sacralizados que brindan protección y resguardo, pero también son lugares de articulación de relaciones sociales, donde la comunidad se reúne, establece y refuerza lazos de convivencia.
En el valle de Azapa, los ejemplos más evidentes de este modelo se reconocen en la comunidad del sector La Cruz. Ubicado aproximadamente en el kilómetro 34 ½ hacia el interior del valle, el sector está cubierto por predios agrícolas, salvo el área de emplazamiento de la cruz. Las familias cultoras se localizan en sectores adyacentes al sitio, pese a encontrarse a pocos metros de un sector de ladera. El espacio ceremonial se ha mantenido en un área central a baja altura y es accesible a la comunidad.
En el Modelo B, el sitio ceremonial y la cruz están ubicados en zonas de altura, habitualmente en la ladera de un cerro (Figura 5). Aquí existe una sola familia cultora, que es dueña y encargada de la cruz, y que tiene su hogar o predio muy próximo al sitio, manteniendo usualmente visibilidad desde y hacia la cruz. Durante la festividad, la cruz se traslada a la casa o predio familiar, la que se encarga de organizar las ceremonias. Uno de los eventos más importantes de la fiesta es la cena, la cual se brinda de manera abierta a todos los celebrantes. Con ello no solo se busca recibir de la mejor manera a los comensales, sino también involucrar a otros para que se interioricen sobre la celebración.

La cruz de mayo de la familia Chong presenta atributos asociados al modelo B. En este, la cruz también se ubica en un sector de ladera. No obstante, hay algunos aspectos que distinguen dos cuestiones que se alejan de la estructura de la organización normal de la cruz en Azapa. Al respecto, no existen caminos ceremoniales destinados exclusivamente para el acceso al sitio. Además, la ornamentación tiende a ser más alegórica, probablemente debido a la proximidad entre la casa y el sitio ceremonial. También existe preocupación en difundir socialmente la existencia de la cruz, lo que puede ser visto como una forma de compensar su poca visibilidad y accesibilidad.
El Modelo C presenta características similares al B, pues la cruz se ubica en sectores de mayor elevación y su localización cumple con la visibilidad desde todos los predios o casas vinculados a los cultores y posee un solo camino ceremonial y de uso exclusivo para el ingreso, siendo de acceso libre para los peregrinos (Figura 6). Una particularidad de este tipo de cruz comunitaria, es que se traslada normalmente a una casa o predio de turno durante la fiesta, los que pueden variar anualmente. La familia, con la ayuda de la comunidad, prepara el escenario para la ejecución del ritual. La organización es comunitaria y durante la festividad se definen las funciones de los distintos celebrantes. Así, por ejemplo, la ornamentación y acondicionamiento del espacio ceremonial queda a cargo de la comunidad.

Hacia la bifurcación sur del valle de Azapa, perteneciente a la quebrada Las Llosyas, se encuentra emplazada la cruz de la Comunidad Santuario de la Divina Misericordia, la cual presenta una disposición y organización socio espacial atribuible al Modelo C.
En el Modelo D generalmente se observa una localización de los sitios y cruces dentro del mismo predio o propiedad que resguardan, normalmente ubicados en sectores aledaños y a la misma altura de la casa o inmueble al que se traslada la cruz durante la festividad (Figura 7). Esta situación suele estar asociada a dos hechos: los cultores pueden ser una familia de edad muy avanzada o incapacitada para posicionar la cruz en una ladera que permita establecer una relación como en el modelo B; o los inmuebles se encuentran ubicados muy distantes de áreas de elevación, con una ladera que cumpla la condición de permitir la visibilidad desde y hacia la cruz.

En este caso, la cruz queda a cargo de la familia cultora propietaria del predio en el que se encuentra. Así, la relación del sitio con los vecinos o la comunidad ajena a la zona estará condicionada por los dueños que controlan el acceso o visita a la cruz. Además, durante la festividad, será la familia quien ofrece una recepción festiva y se encargará de difundir la celebración.
Un sitio ceremonial que por sus atributos establece una organización propia del Modelo D, es el perteneciente a la cruz de Lucia Huanca, ubicada a pocos metros de la casa principal de la familia, el cual se caracteriza por presentar una decoración alegórica. En este caso, es la misma familia la que difunde la celebración de la festividad e invita a la comunidad a conocer y participar en ella.
Reconocimiento Social
Los sitios ceremoniales afrodescendientes muestran una influencia mayor en la colectividad, ubicándose en su mayoría en las categorías A y B. Estos escenarios dan cuenta de la gran popularidad y notoriedad de estas cruces en el valle, destacándose en ámbitos como la asociación espacial y el reconocimiento a la familia o grupo cultor principal. Esto puede deberse al alcance y difusión de la festividad que realizan las comunidades cada año. Consignemos que las cruces afros están pintadas de color verde oscuro u oliva al igual que las ramas en su decoración del arco, lo cual podría indicar un marcador étnico como atributo ceremonial.
Las cruces con asociación indígena presentan un reconocimiento algo menor en el valle de Azapa. Si bien numéricamente predominan en el área de estudio, la fracción más importante se ubica en la categoría D (de baja influencia), seguida por la B y C de mediano reconocimiento. Esta condición puede estar asociada al rol más familiar que persigue esta clase de cruz, puesto que en el reconocimiento de la participación en la festividad y del sitio de celebración, presentaron menor identificación entre la comunidad.
Por último, los sitios con vinculación a otros grupos étnicos y las familias afro-indígena exhiben mediana presencia, al igual que los que no se asocian con alguna etnia; mientras que es mínimo el reconocimiento de los sitios abandonados o desconocidos, puesto que son altamente sensible a la exclusión del imaginario social por parte de las comunidades en el valle de Azapa.
Vinculación Étnica
Las comunidades del valle establecen una clara identificación entre las cruces y la descendencia étnica. Así, una gran cantidad de cruces y sitios se identifican o tienen alguna vinculación a familias, linajes o comunidades aymaras (46,25%), otras están vinculadas con las comunidades afrodescendientes (33,75%), algunas no se vinculan o se desconoce su grupo étnico (13,75%), y sólo unas pocas tienen influencia afro-indígena (5%). Finalmente, solo un 1,25% reconoce vínculos culturales con grupos distintos (Figura 3).
Para el caso de las comunidades indígenas andinas, la cruz es un elemento asociado a un espacio que posee alta significancia, pues allí convergen entidades y fuerzas propias de la tradición aymara. Concretamente, los cerros serán quienes protegerán, vigilarán y otorgarán prosperidad a la comunidad o grupo que le rinde culto a las cruces ubicadas en cada uno de los cerros tutelares. Las cruces indígenas presentan gran diversidad en cuanto a su estructura, colores (amarillos, blancos, celestes, azules y verdes) y ornamentación (con telas de seda y flores naturales o artificiales). Normalmente, la cruz emplazada en una ladera es única e independiente, y representa a la familia o comunidad vinculada al espacio o lugar de protección. Así, por ejemplo, las cruces de las familias Platero, Jaiña y Ñave durante la fiesta de la cruz realizan diversas ofrendas con incienso y licor destinadas al espacio ceremonial, considerando que esta ofrenda será retribuida durante el resto del año con la bonanza y prosperidad de las actividades que realicen dentro de los espacios protegidos por la cruz.
Para las comunidades afrodescendientes, la cruz juega un papel clave en la configuración de ciertas relaciones sociales que se establecen con el territorio. La valoración que adquiere el espacio que acoge a la cruz es relevante no solo por ser un área de peregrinación fuertemente respetada por la población afro chilena local, sino también por simbolizar la extensión de la propiedad originaria y/o asentamiento.
Asimismo, existe una clara relación entre el origen y el espacio de culto y protección de la cruz. De hecho, muchas cruces afrodescendientes reciben el nombre del ancestro que da origen al grupo familiar. Es común encontrar nombres de cruces como: Tomasa Baluarte y descendientes, Corvacho Bravo y descendientes, Mariano Corvacho, Julia Corvacho, Felipa Carrasco y Guillermina Flores, entre otras denominaciones. Así, se hace referencia explícita a aquellos ascendientes que funcionan como cabezas referenciales del linaje, tanto en el plano ritual como en la vida cotidiana.
La ritualidad de la cruz afro considera la participación de la mayor cantidad de personas en la celebración. Durante la fiesta, se incorporan elementos comunitarios asociados particularmente a la comunidad afrodescendiente, como la tradicional cena de ‘picante de mondongo’ y la confección de faroles con cañas de azúcar. Además, se recuerda el origen del linaje en reiteradas ocasiones durante todo el proceso conmemorativo.
Aunque las cruces afrodescendientes son independientes entre sí (no existe jerarquía, relaciones ni festividades comunes entre ellas), normalmente presentan atributos físicos y simbólicos comunes: el color verde oliva de la cruz, la ornamentación con ramas de olivo o palmas dispuestas en forma de arco, y la asociación de la cruz al origen familiar. También, las familias cultoras de las cruces afro chilenas se organizan para coordinar las fechas de inicio de cada celebración, para no coincidir con otras y lograr así mayor asistencia de celebrantes. Esto suele estar asociado a un mayor reconocimiento de la cruz.
En cuanto a las cruces con participación afro-indígena (o afroandina), normalmente comunitarias, se observa que el sitio y la cruz operan como dispositivos de integración en un territorio comunitario para las familias asentadas y devotas. En este caso, no se impulsa una difusión sistemática de la festividad fuera de la colectividad, más bien se concentran los esfuerzos por solicitar la asistencia y participación de la comunidad en el proceso ritual, reforzando así los lazos colectivos.
Conclusiones
Las cruces de mayo articulan como geosímbolos una parte significativa de las relaciones socioculturales que las comunidades del valle de Azapa sostienen con su territorio. Durante la celebración, las cruces se transforman en marcadores de identidades, con atributos que remiten a vínculos étnicos, familiares (linajes) y/o comunitarios posibles de advertir en la diversidad de formas rituales y despliegues cúlticos en torno a la cruz y el paisaje.
Al respecto, las y los afrodescendientes, con una larga presencia histórica en Azapa, han construido lugares sígnicos vinculantes a la cruz, mediante una espacialización propia diferente a otras como las manifestaciones indígenas. Como expusimos, los modelos de distribución espacial (Modelo A) y en altura (Modelo B), evidencian un territorio comunitario de profunda trascendencia sociocultural, pues la participación festiva y el acceso a los sitios de significación, permiten vincular a los cultores con un reconocimiento social del linaje.
En tal sentido, la cruz de mayo se constituye durante las prácticas rituales en un artefacto contenedor de etnicidades que también se manifiestan en el paisaje cultural, tanto andinas, mestizas como afrodescendientes, las cuales se articulan en territorios multiétnicos como es el valle de Azapa.
Durante los ritos de la comunidad afro celebrante, se reactualiza la memoria colectiva para reeditar cánticos y sonoridades en honor a la cruz, como reconstituir entre conversaciones, episodios y momentos cargados de historicidad para el linaje o la familia extendida. A través de las implicancias para organizar la fiesta, durante la confección de luminarias, arcos de cruces, altares, adornos para la capilla o el local para el baile, y sobre todo, al recorrer los senderos que surcan las laderas del valle, los ecos de la memoria de mujeres y hombres afrodescendientes se actualizan al desplazarse por su territorio, permitiendo la articulación del tejido social y la reafirmación étnica, entre devociones y territorialidades junto a la cruz afroazapeña.
Agradecimientos
Esta publicación es resultado del Proyecto FONDECYT 1181844 y del Proyecto Mayor de Investigación Científica y Tecnológica de la Universidad de Tarapacá N° 5767-18.
TERRITORIO, ÉTNICIDAD Y RITUALIDAD AFRODESCENDIENTE. LA CRUZ DE MAYO EN EL VALLE DE AZAPA, NORTE DE CHILE
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Notas de autor
albertodiaz@uta.cl