La risa en la academia
La risa en la academia
REencuentro. Análisis de Problemas Universitarios, vol. 28, núm. 73, pp. 11-29, 2017
Universidad Autónoma Metropolitana

Resumen: El presente artículo aborda el tema de la burocratización de nuestras IES utilizando la risa como principal indicador. Los argumentos expuestos en forma de narrativa derivan del análisis institucional, compartido con Eduardo Ibarra, en la UAM-X. Es un análisis lateral de la metamorfosis que vive el docente académico cuando se desplaza hacia la administración y la toma de decisiones, visto desde una sala de espera. El objeto de estudio es el impacto que ejerce en la vida institucional la paulatina deshumanización del empleado universitario, dedicado a los reglamentos, en contraste con las redes informales unidas por el afecto y la confianza. Fundamentado en reflexiones sobre el papel de la risa en el ser humano, este ensayo intenta alimentar desde un análisis novedoso, las necesarias discusiones que el tema reclama.
Palabras clave: Risa, Lectura, Confianza, Afectividad.
Abstract: The article deals with the theme of the bureaucratization of our IES, using as its main indicator the theme of laughter. The arguments shown are derived from the institutional analysis shared with Eduardo Ibarra at the UAM-X. It is a lateral analysis of the transformation experienced by teaching academics when they bring themselves to any administrative office, seen by a curious observer sitting in a waiting room. The object of study is the workplace impact of the gradual dehumanization of the university employee dedicated to rules and procedures, in contrast with informal networks joined by affection and confidence. Based on reflections on the role of laughter, this essay attempts to foment a discussion required by such a theme through an innovative analysis.
Keywords: Laughter, Reading, Trust, Emotions.
La risa en la academia
Tendrás dificultades en la academia.
Tu costumbre de reír no es bien vista en ese ambiente. Quizás te salve
tu capacidad de hilar tres o cuatro ideas
en un texto, pero la risa no, la risa no ayuda.
Fuente: Fragmento de una conversación
con Larisa Adler Lomnitz en 1973
Me parece que al libro le falta humor,
no sé qué tan difícil sea atenuar su tono de ensayo académico, ni qué implicaciones tenga. Creo que si
prescindimos de la risa, el libro empobrece. Haría falta, por supuesto,
trabajar en ello, tal vez invitando a Daniel para que ejerza su capacidad
transgresora. En fin, es una inquietud y no estoy seguro si es posible o no.
Eso, sin mencionar la necesidad de imágenes, que ya comentamos. Por la forma
que tomaría, creo que tendríamos que pensar en un libro de letra grande y
tamaño grande, generoso en espacios y márgenes, que al lector se le haga
atractivo y divertido, al menos.
Fuente: Mensaje electrónico del Dr. Eduardo Ibarra
a
Luis Porter, 23 de junio de 2010
Introducción
¿Por qué los académicos se someten sin chistar al modelo de evaluación externa que ha prevalecido en las políticas educativas de las últimas décadas? Esta pregunta la formulamos junto con Eduardo Ibarra Colado1, y la respondimos en un artículo publicado por Reencuentro. Análisis de problemas universitarios: “Porque están en juego jugosas recompensas monetarias que se pueden obtener con el desarrollo de ciertas destrezas y habilidades y con relativa facilidad. La evaluación ha transformado al homo academicus en homo economicus, y al trabajo académico en un conjunto de tareas estandarizadas que son evaluadas a partir de sistemas de certificación burocratizada. Esta tendencia ha reforzado esa Universidad de papel que poco tiene que ver con las finalidades sustantivas de la enseñanza, el conocimiento y la cultura” (Ibarra, 2007:35-36). Hoy, diez años después de dicha respuesta, las investigaciones que continuamos realizando en la línea del análisis institucional, nos llevan a afirmar que esas jugosas recompensas no se referían tan solo a lo monetario, como allí se afirma, sino que existe otra recompensa más anhelada aún que el dinero, y es la sensación o idea de superioridad que surge de formar parte del poder. Si aceptamos que la envidia es la emoción más común en la academia (Patient, et al., 2003; Krasnova, 2013), mucho más que la que produce el saber, la satisfacción de enseñar o el hallazgo de conocimiento nuevo, y si entendemos que la envidia es un sentimiento de incomodidad y enojo que experimenta la persona que no tiene y desearía tener para sí algo que otra posee, veremos que lamentablemente, en la academia, donde la labor individual se basa en méritos de tipo intelectual que requieren disciplina, entrega e inteligencia, la comparación provocará este tipo de emociones en más de uno.
En aquellas charlas que sosteníamos con Eduardo Ibarra, relatadas en Conversaciones con EIC (Porter, 2014) no nos escandalizaba imaginar a la universidad como empresa. Al contrario, nos gustaba vernos trabajando en una institución que funcionara como un reloj, una organización bien gobernada, eficaz y eficiente. Nos gustaba imaginar el futuro para mitigar el presente con la idea de que trabajábamos para un futuro mejor, con ese fin respondimos a la invitación que nos hizo en el año 2000 el sucesor de don Pablo González Casanova, director del CEIICH-UNAM (Centro Interdisciplinario de Investigación en Ciencias y Humanidades), Daniel Cazés, para establecer y coordinar un proyecto de investigación sobre educación superior. Una de sus principales líneas se dedicó al estudio del futuro de las universidades (Porter et al., 2010). En ese contexto, durante diez años (2000-2010) organizamos una serie de congresos nacionales, de reuniones y seminarios, publicamos siete volúmenes de libros, el último de los cuales, bajo el auspicio de la UAM-Cuajimalpa se tituló El libro de la Universidad Imaginada (Ibarra & Porter, 2012), trabajo colectivo llevado a cabo por el llamado grupo utópico (Lilian Álvarez, UNAM; Arturo Guillaumin, UV; Raquel Glazman, UNAM; Javier Ortíz, UAM-X; Lourdes Pacheco, UAN; Eduardo Ibarra y el que suscribe). En el transcurso de dos placenteros años, trabajamos sobre una no-universidad, funcionando bajo una versión muy avanzada del sistema modular.
El proyecto Futuros produjo previamente otros dos libros con los que nos fuimos sumergiendo en ese apasionante tema (Ibarra & Porter 2010; Porter, Fernández & Colina, 2010). Frente a la desazón que produjo el nombramiento de la titular de la SEP en turno, abordamos el proyecto como una labor terapéutica junto a colegas críticos y creativos, en cuyo proceso mantuvimos la necesaria motivación para transformar las inercias en iniciativas, el aislamiento en comunicación activa, la formación interdisciplinaria en temas y objetos de transformación. Pensábamos que ante la carencia de guía de arriba hacia abajo teníamos la obligación de elevar propuestas de abajo hacia arriba. Nos movía el deseo de cambiar lo que veíamos que ocurría en las aulas aledañas a la nuestra: la repetición de una pedagogía tradicional y autoritaria, que no enseñaba nada diferente a lo que el profesor añoso había aprendido en su añosa licenciatura; la permanencia de planes de estudio tratados como objetos de museo; los usos y costumbres inamovibles en los que destacaba la docencia desde un estrado, dedicada a repetir y volver a repetir lo repetido. Celebrábamos que en las fracturas y rellanos de esa estructura tan rígida como arcaica (aún con su modelo colegiado tan poco útil si no hay una real vida política que dé contenido), surgieran las ZAT's (Zonas Autónomas Temporales) (Bey, 2014; Porter & Larrondo, 2013) creadas por los que asumían su condición marginal, su urgencia por compartir nuevas ideas, su pasión por la lectura y el estudio para contribuir con su acción a corregir y orientar el indeciso rumbo de la desgastada institución.
Eran y siguen siendo pocos los que hacen la diferencia, los que sostienen la marcha de la universidad: unas cuantas vacas sagradas necesarias y respetadas, los viejos-jóvenes que afortunadamente existen en una universidad con una edad promedio que raya en los sesenta años, el mínimo grupo de estudiantes y docentes críticos y, por ello, amenazantes (que la guardia vieja no cesa de ningunear, reprimir y excluir). Era y sigue siendo una universidad donde los pocos comprometidos y buenos (todos los conocemos) se ven obligados a convivir con la media, en el marco de una legión creciente de burócratas, ocupando posiciones hacia las que se siguen dirigiendo los aspirantes a sucederlos, los no-intelectuales. Esta visión hoy vigente, nos dibujaba en esos años al personal universitario con un perfil caracterizado por su desnivel, su indiscriminación (da lo mismo tener cuarenta años de antigüedad que haber ingresado el año pasado) y la carencia de estándares. Estas reflexiones nos llevaron a tratar de entender una de las consecuencias mas destructivas de la burocratización, que es la paulatina deshumanización de los diferentes cuadros de mando, medios y profesionales, que redunda en una carencia de la que pocos o ninguno menciona en sus análisis: la falta de afecto, de compromiso, interés y solidaridad por el prójimo que se manifiesta en diversas dinámicas sociales altamente destructivas, la fragmentación en mafias de poder (Porter, 2012), la hostilidad entre individuos y grupos y el mobbing académico (Porter, 2016a).
Caminábamos por la universidad, acudíamos a reuniones, promovíamos seminarios y congresos, nos agradaba acercarnos a esos académicos sobresalientes que trabajaban al unísono con investigadores de una universidad situada en Asia, Europa o América, y retornábamos a nuestro escritorio, junto a los que se conformaban con la bibliografía aprendida en su licenciatura, los que no estaban dispuestos a tomar riesgos intelectuales, promover innovaciones, o apostar a cualquier cosa que les quitara un poco de lo que consideraban su tiempo libre. De la mesa de trabajo, regresábamos a los pasillos vacíos, pasando por hileras de aulas cerradas, sin nadie adentro, evidencia de la sub-utilización de la infraestructura instalada y de los ritmos lánguidos de una universidad dejada a la inercia de sus usos y costumbres. Tantos edificios, tantos laboratorios, tanta inversión en equipos y salarios, sirviendo por unas pocas horas pico, desolados y sub-utilizados durante el resto de la jornada. Nos sorprendía la indignación que le provocaba a muchos docentes tener que atender a grupos de cuarenta estudiantes, cuando nuestra realidad reclama que estuvieran atendiendo al menos a uno o mas grupos de cien (proyecto en curso sobre manejo de grupos de cien alumnos, en Porter & Miglioli, 2016).
En esta línea de ideas fuimos más allá de lo publicado en el libro de La Universidad Imaginada, planteando una universidad en la que los estudiantes compartieran con sus maestros el gobierno de su propia universidad. Bajo una visión de cooperativa y acción democrática, veíamos que no tenía nada de disparatado reorganizar a las universidades como empresas productivas, además de formativas y de existencia, regidas mayoritariamente por jóvenes trabajando en sincronía con proyectos sociales, utilizando los medios tecnológicamente más avanzados con una planta de profesores nativos digitales, actualizando a los remanentes de los viejos migrantes, sumando y combinando esfuerzos con los más ágiles y listos a colaborar. Imaginábamos, en suma, una institución con proyecto, anticipando nuevas formas de trabajar, nuevas formas de socializar, nuevas formas de administrar, transición hacia el buen gobierno, el buen desempeño docente, investigaciones rindiendo frutos, básicas y aplicadas con sus diferentes ritmos y alcances, sin discriminaciones ni condiciones, en forma libre y democrática. En este escenario, las políticas de evaluación, tal como se nos aplican, resultaban ridículas. Medir, en lugar de valorar, distraer en lugar de estimular, no puede tener lugar en una comunidad que trabaja unida y guiada por un proyecto, no por un tabulador.
Lo que nos faltó incluir, sin embargo, y ese vacío busca llenar este artículo, fue un estudio sobre los procesos de transformación individual en la identidad de la planta académica. Las disfunciones y efectos laterales sobre el personal, provocados por la aplicación de dichas políticas como principal factor en la burocratización (Peña & López, 2016; Fuentes, 2016). Habíamos trabajado con 27 universidades públicas del país en narrativas sobre los aspectos históricos en la línea llamada: Auto-estudios institucionales (CEIICH) (Cazés et al., 2007; Cazés, 2010). Detenernos en las dinámicas micro que sufría la planta académica como resultado del relajamiento en las formas de trabajo y, en particular, de la carencia de proyectos institucionales reales (no los retóricos Planes de Desarrollo Institucional o los POA operativos) sino las orientaciones directivas que permitan planear a los niveles divisional, departamental, etc., cuya carencia es otro factor que abre un margen de movilidad hacia los puestos de mando que operan en el vacío en los alcances de su aislamiento. No hace falta ser un administrador versado para aspirar a una jefatura. Lo mismo ocurre a nivel nacional, estatal, regional o urbano. Estas dinámicas internas que reflejan la carencia de planificación (gobierno) externa, fueron un factor para la propuesta de un nuevo proyecto de análisis institucional titulado Efectos de las Políticas Gubernamentales en las universidades públicas mexicanas (1989-2009): análisis institucional comparativo de su diversidad y complejidad con sede en LAISUM (Buendía, 2011), apoyado por Conacyt, en cuyo marco pude abrir un capítulo dedicado a los procesos por los que pasaban los protagonistas de la burocratización.
Con el fallecimiento prematuro de Eduardo Ibarra, el proyecto siguió su curso bajo la coordinación de la Dra. Angélica Buendía (2011), bajo cuyo auspicio continué con mis observaciones, apoyado en mi trabajo como tutor de tesis en el posgrado de educación. Los primeros resultados permitieron distinguir dentro de la dinámica institucional, dos organigramas superpuestos: el formal con sus reglas de juego explícitas, y el informal con sus mecanismos implícitos en redes y grupos trabajando en los márgenes de dicho organigrama, donde pudimos apreciar en las ZAT’s, un factor revelador y promisorio: la formación de núcleos de trabajo basados en el afecto, el respeto y la confianza, alrededor de temas e intereses comunes. Resulta significativo que en la universidad pública que no es empresa ni trabaja como reloj, queden libres espacios en cuyo seno se van formando, sin mayores prolegómenos, los elementos y las experiencias (con diestro uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación -TIC’s-) sentando las modalidades de un nuevo modelo educativo. Nuestra relación de amistad, y la amistad entre otros colegas que resultaban en proyectos y seminarios con clara función terapéutica, nos fueron confirmando esta hipótesis. Por un lado, la política desde la SEP-Conacyt, vía la Rectoría, tratando de controlar y conducir, tanto como fuera posible, a los académicos, despojándolos del control de su trabajo y sus productos, y por el otro, los académicos que se hacen cargo de sus proyectos y los llevan a cabo fuera de todo protocolo con el mayor entusiasmo y modalidades afines a los nuevos tiempos que vivimos.
Pusimos en marcha otras reglas de juego, de mayor agilidad, sin apartarnos de la “educación lenta” (Honore & Domenech, 2010; Holt, 2012) que ha sido un referente principal en nuestro marco teórico. Confirmamos que los procesos de certificación burocratizada, no terminan de doblegar al académico con los instrumentos que indican qué debe hacer, cómo, cuándo y a cambio de qué. Eso quedó dicho en artículos que publicamos con Eduardo Ibarra de donde transcribo la siguiente cita: “el profesor ha sido expulsado de su torre de marfil para encaminarlo a su nuevo encierro, un mercado artificial que opera a partir del intercambio de obediencia, disciplina y ciertos productos altamente valorados por la institución, por puntajes canjeables periódicamente por dinero” (2005:2-3).
Pero ahora podemos ver que en la realidad muchos profesores han permanecido inmóviles en sus conductas de fondo, adaptándose en la superficie a las nuevas reglas de juego. Sin embargo, esta casta de buenos-maestros investigadores, que es la que sostiene a la universidad y la que garantiza cierta calidad en algunos egresados, no es mayoritaria, aunque sí representativa. Predomina la inercia. Predomina el conflicto sordo. Predomina la incomunicación. Aunque no lo sabemos podemos dejar constancia, y a eso orientaré el resto de este artículo que, en la comunidad académica, por encima de las políticas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y sus asociados podemos distinguir a los que se han acomodado a rutinas estereotipadas de poca o nula aportación, de los que siguen los arquetipos propios del que hace de la docencia y la investigación su proyecto personal de vida. Metodológicamente, en la nueva línea de investigación sobre los factores que promueven la metamorfosis hacia la burocratización institucional, utilizamos una variable novedosa, útil conceptualmente para este tipo de estudios: la risa.
Burocratización y risa
La risa es el termómetro más fiel para medir la temperatura emocional de
un grupo de trabajo y proporciona una medida inequívoca del grado de conexión
que existe entre los corazones y las mentes de los implicados.
Fuente: Richard
Boyatzis
(Citado en emprendedoresnews.com)
Burocratización y risa se titula el proyecto que ha servido de base a una investigación colectiva, longitudinal, debidamente protocolizada, que hemos llevado a cabo un pequeño grupo de docentes en la UAM-X, durante un largo tiempo. La risa es un indicador que, aplicado a la academia, asume un carácter altamente revelador. En su condición de privilegio del ser humano, en ese gesto convergen muchos otros atributos, como complemento emocional de los mensajes verbales, como respuesta biológica a ciertos mensajes, por lo que curiosamente, la risa está también vinculada al arte, a la reflexión-contemplación y en ello, a la lectura. La pregunta básica de la investigación fue: ¿qué papel juega en la actual cultura universitaria la risa, y por qué ha sido erradicada de nuestro medio?
Como antecedente teníamos los resultados de un trabajo sobre la presencia del arte y la creatividad en la oferta universitaria y su incidencia en el grado de afecto/respeto que existe entre los académicos, y estos a su vez, sobre los estudiantes. Una de las conclusiones señalaba la falta de cultura sensible en la universidad, en contraste con la cultura de la razón, la marginación del arte hacia espacios distanciados de la docencia y la operación modular, la prevalencia de un concepto de arte como producto elitista de excepción, y su impacto negativo en la imaginación del estudiante, su uso y su humor. El arte y el humor ausentes del repertorio de actividades educativas, del contenido de los múltiples programas de estudios que forman la oferta de la universidad, nos lleva a otra pregunta: ¿qué consecuencias tiene sobre la institución la marginación del placer de la risa entre los rasgos que le dan fisonomía?
La risa en la universidad podemos estudiarla siguiendo dos aspectos fundamentales tomados de las concepciones centrales conservadas por la tradición hebrea, griega y latina: 1) hay una risa buena, feliz, que se relaciona con la alegría y el placer, y 2) hay una risa cruel, burlona, más cercana al grito o a la mueca, mediante la cual el que detenta el poder, se ríe del débil, el triunfador del perdedor, etc. (Camacho, 2003). Antiguamente las diferentes risas correspondían a palabras diferentes. La primera, la risa alegre, está relacionada con brillar, resplandecer, la otra, denigrante e hiriente, sinónimo de burla, se relacionaba con el prefijo griego κατα (cata) que indica hacia abajo, las cosas que caen, lo que se subvierte y queda al revés, dado vuelta. De allí viene la palabra catástrofe.
El empleado universitario ve su camino bifurcado en diferentes ámbitos y rumbos, los que tienen que ver con la aplicación de la normativa, y los que tienen que ver con la investigación y la docencia. En ambos existe un contraste, que es el que proviene de las actitudes y las conductas. La amabilidad, el diálogo, la comunicación, por una parte, la distancia, la formalidad; la parquedad o animosidad que provoca tensión o malestar, por la otra. No existen normas de conducta que la universidad se ocupe de difundir para cuidar las relaciones humanas, como existen en otras organizaciones y empresas, que cuidan no sólo su imagen sino su ambiente organizacional. La dinámica natural de la universidad tiende a ser cíclica, ondulante y densa. No se entiende que el valor de la risa trasciende la comicidad, para dar paso a las críticas sociales, a la inventiva, al espíritu mordaz, tan necesario de alentar en colegas y alumnos, si queremos recuperar a la universidad que alguna vez tuvimos. Esa misma universidad donde trabajar es un privilegio. Tener una plaza en la universidad, no es sólo un honor, sino un placer, una distinción y una suerte. ¿Por qué entonces predomina en el ambiente organizacional universitario la fractura y el silencio, la hostilidad muda y el desacuerdo, la falta de unidad, comunidad, trabajo en equipo, colaboración inter-divisional, inter-departamental, inter-institucional y sobresale el aislamiento, el silencio, la agresión y la hostilidad?
No se trata de diferencias ideológicas, ni pertenencias a determinadas corrientes del pensamiento, tampoco del viejo cisma entre las ciencias duras y las ciencias blandas, o entre generaciones, nativos digitales vs. migrantes binarios, etc. No. No es por allí que nuestra investigación llegó a encontrar señales de posibles respuestas. Se trata de otra manta en cuyo tejido se ha urdido un filtro que detiene la luz, el color, los ecos, las voces, el murmullo de la multitud. Y esta manta que no nos cobija pero que nos cubre y atrapa, como la red a un delfín o a una ballena, es la manta de la burocratización. Es decir, el telar es la incesante elaboración y suma de procedimientos, requisitos, herramientas o consignas que surgen de las hebras de las políticas de la evaluación, el marco organizacional actual, que ha distraído o subsumido a la inteligencia y enviado al exilio al buen humor. La falta de contenido se hace evidente en la proliferación de normas, y la burocratización se hace evidente en nuestros colegas que han olvidado los contenidos propios de sus campos de estudio, para sustituirlos por el manejo experto de los reglamentos y sus múltiples vericuetos, que manejan con destreza de pilotos. ¡Qué triste desperdicio de su inteligencia! y además son nuestros jefes.
Pensemos en la universidad primordial, la original, la que nacía de mentes como la de Justo Sierra y Ezequiel A. Chávez, o diseñadores como Carlos Lazo, Juan O’Gorman, artistas como Siqueiros, Rivera, en la que los empleados no estaban desligados de un admirable linaje de intelectuales, que incluía artistas visuales, poetas, gente de teatro, gente musical, en fin, gente espectacular que complementaba la carrera y su repertorio de conocimientos con una preparación histriónica, que no eran tan adustos como para hacer a un lado el sentido del ridículo, que permitía que la risa formara parte de la comunicación. Los académicos de entonces solían describirse como personas divertidas, con sentido del humor, capaces de apreciar lo risible, porque lo cómico genera un sentimiento mixto donde se combinan el placer y el dolor. La risa alegre, que forma parte del precepto conócete a ti mismo, se mantiene viva en aquel elemento que ha hecho a un lado la arrogancia y se ha dedicado a relacionarse con la belleza, el uso creativo del cuerpo u otra virtud, en particular con la sabiduría, siendo esto lo más frecuente. Los avances en la organización, lograron conquistas como la plaza definitiva que en lugar de ser apreciada en lo que es, ha servido para que muchos se alejen de sí mismos, y al hacerlo se priven del autoconocimiento, cuya falta provoca una regresión hacia la ignorancia (olvidarse de uno mismo implica dejar de leer, de superarse, de crecer intelectualmente).
La ignorancia en el burócrata que es poderoso administrativamente es particularmente odiosa, además de peligrosa, como podemos verlo en los acontecimientos que marcan el inicio del año 2017. La falta de autoconocimiento es la principal razón por la que muchos abrazan la carrera burocrática, que busca sustituir una baja autoestima con el estatus y el poder, aunque éste sea mínimo o relativo. Esta situación no genera regocijo alguno, porque la burocratización implica maldad, frente a la que la risa conjugará tanto al placer como al sufrimiento.
La envidia, como una forma de dolor (según Sócrates) se convierte en placer cuando el sentimiento de inseguridad del abandonado por sí mismo, le permite reír, pero también se hace risa por el sentimiento de seguridad que nos deja entender lo que pasa. Por eso hay que tener siempre cuidado, por más investigadores críticos que seamos, de evitar tanto la envidia como caer en la vanidad personal, pensando que somos más sabios de lo que realmente somos. Es así como la risa se ha quedado con poco espacio en la universidad, si consideramos que los jefes y administrativos, casi por reglamento no deben reírse, con la excepción de cuando salen al pasillo a fumar. Mientras que los que heredan costumbres de la academia tradicional mexicana tampoco lo deben hacer porque es vista como un exceso y como tal es preferible evitarla. Vivimos una cultura académica que nos recomienda mantener un estado de templanza y equilibrio sin reacciones excesivas. Las cualidades propias de la academia de hoy son la fingida seriedad, la carencia del hábito o adicción a la lectura, la falta de dedicación espontánea a la interacción intelectual (a menos que exista una constancia convertible en puntos), que también alientan el progreso irrefrenable de la burocracia.
Reflexionemos sobre la transformación vivida por ese que hoy es jefe o director, con el que convivimos y hoy se mantiene lejano, ante su nueva capacidad de incluirnos o excluirnos, de la que depende nuestro expediente, una resolución que nos afecta, un recurso, un dictamen, y tratemos de imaginar a esa persona riendo, como lo hizo, quizás, en su niñez. El puesto lo aleja de la risa como lo aleja de la lectura, ambas actividades van juntas porque son propias del intelectual letrado, del ser que estudia, del profesional dedicado que vive las emociones propias del intelectual. Son emociones que no entran a la oficina de mando. La risa, como la lectura, dan otro sesgo, pueden aparecer como argumento de defensa, como agresión, como una forma de justificación o de evasión, como un dejo de falsa superioridad que no se quedó en simple sonrisa irónica y emitió su ¡ja!, ¡ja!, ¡ja! correctamente registrado siguiendo las reglas APA como humor correctamente citado. Es claro que nadie puede obligar a nadie a reír, como tampoco es posible obligar a nadie a leer. Risa y lectura surgen del placer que da ser un emancipado, desde la libertad de elección, porque de lo contrario, acaban clausurándose la una a la otra. De allí que si pretendiéramos incluir el humor en cualquiera de los cursos en que se fragmenta el saber, dentro o fuera del sistema modular, para convertir la enseñanza en un show animado, o en un espectáculo de masas, en un performance o una danza de conocimientos, para que se incluya en los dispositivos móviles y despierte el ingenio del alumno, veríamos levantarse desde el aparato burocrático, la resistencia más contundente, puesto que la academia, a pesar del significado implícito en la etimología de la palabra escuela, no ha sido concebida como un lugar de tiempo libre, donde ejercer el ocio, entendido como tiempo para cultivar el espíritu, que incluye necesariamente la lectura y la risa. Si hablamos de crear en el estudiante una actitud crítica, una capacidad de alejarse y ver el mundo en su más amplio contexto, no olvidemos que para lograr en el estudiante una actitud así, crítica y creativa, deberá estar presente el humor (como asevera Wenceslao Fernández Florez [1945] a la Real Academia Española), porque el humor es también genio, índole, condición, especialmente cuando se manifiesta exteriormente: el humorismo como la manera graciosa o irónica de enjuiciar las cosas.
Pensemos un instante en el orgullo equivocado de nuestros jefes que una vez elegidos para ejercer un puesto, deben sentarse en constantes juntas donde no se discuten ideas sino procedimientos, donde no se gobierna sino que se gestiona, en mesas donde priva el inconmensurable aburrimiento.
Contrastemos ese ambiente, entre militar y eclesiástico, con una mesa de escuela primaria, donde se sostiene un coloquio interrumpido por risas producto de una buena idea, de una puntada, o de una salida lateral inesperada. No es común entre nosotros los universitarios, no nos sabemos divertir ni en una junta, ni en el aula, por eso proliferan los gimnasios o las canchas como sitios de escape y no de cultivo corporal, mental o afectivo. La academia se concibe a sí misma como algo solemne, serio, trascendente. El buen profesor cree que lo es porque se asume riguroso, es decir, rígido, duro, y, por lo tanto, de mandíbula apretada. En nuestro ambiente machista de sexualidad reprimida, la risa tampoco proviene de lo cómico. La del hombre es una risa agresiva y acomplejada, la de la mujer, es una risa coqueta y a veces infantil. Predomina el mal humor, la reivindicación agresiva, el desplante ideológico irritado, la intolerancia, el prejuicio. Nos cuesta imaginar al académico sentado en su sillón con un libro entre las manos dispuesto a aprovechar el tiempo libre propio de la escuela, dedicada al ocio, olvidando a Cronos y entregándose a Kairos o a Aión. (Kohan, 2010; Porter, 2016b). Menos aún el funcionario, preocupado por la corbata en la mañana, por el planchado de su casimir azul en las tardes. Disfrutar de la vida, no es un placer que le hayan inculcado o que haya sabido construir y valorar. Bastan los símbolos de estatus, basta aparecer como feliz, como exitoso, para lo que es de ayuda un Mercedes Benz o un elevador privado.
De hecho, hay una fuerte brecha entre placer y escuela. La escuela, cuyo significado etimológico es σχολέ (scholé) tiempo libre entendido como tiempo de no negocio (de no negar el ocio) tiende a ser más sacrificio que goce, esfuerzo que relajamiento, disciplina que libertad, obligación que decisión propia. Su preocupación se centra en el diploma, en el puesto, en el logro, en el final, la metodología y sus posibilidades, es un precio a pagar que no produce risa, basta discurrir con algún profesor de metodología para constatarlo. La academia en su conjunto, en lo que se llama ambiente organizacional, paga bien caro esta cortedad de criterios y esta seriedad disfuncional. Acepta como perfil idealizar su planta de tomadores de decisiones, y escoger para el alto puesto, al elemento que se muestra neutro, que no asume una toma de posición, y, por lo tanto, su conducta, opinión y posibles movimientos no amenazan a nadie. Para ser un buen político hay que mantenerse serio, alejado de la risa y opinar con mesura calculada, con tono de clérigo. Porque la risa es y será siempre una toma de posición, una manifestación libre de un punto de vista, una respuesta a la ironía reconocida, al ingenio, a la sorpresiva asociación de ideas. La risa es propia de una persona que tiene un proyecto personal, que tiene un mundo interior y, por lo tanto, ha aprendido a pensar o viceversa. Tratemos de hacer reír a un tomador de decisiones y veremos que deja entrever su otra risa escondida, la risa del tonto, o la risa cruel, risa-mueca que puede dar lástima, o desconcierto, o miedo. Una especie de risa ajena que provoca vergüenza propia, aunque también pueda tocar los sentimientos.
Hay una vocación de jefe que resulta tentadora a muchos académicos, vocación que los aleja de la risa como goce y los acerca al sadismo como placer soterrado. Pronto se dará cuenta el incipiente profesor que aspira al poder, sin entender por qué otros no se dieron cuenta antes de tal excelente camino, que para hacer carrera en la burocracia, hay que asumir un rostro adusto, inexpresivo, de ser posible, neutro. Porque la risa nos acusa, nos delata, nos posiciona. El académico serio se sitúa lejos de esos otros que ríen, así sean colegas o estudiantes, así sea un hermano y, peor aún, uno de aquellos que ríen sonoramente, desaforadamente, que cuando callan es porque están leyendo. Existe una estrecha relación entre la burocracia y la carencia de rostros optimistas, alegres. Si viviéramos por un día la rutina de un funcionario, veríamos que su oficina es un sitio donde la disposición de los muebles nos dice mucho: los expedientes están en orden, alineados o en pilas, siguiendo las instrucciones de algún tabulador. El mobiliario, como la decoración, conforman un escenario desde donde nos gritan: ¡aquí la gente no sabe que no sabe! Una declaración que está lejos de producir risa.
No se conocen allí frases cargadas de doble intención, ironías, sutilezas, absurdos, desplantes; en su lugar se escuchan preguntas: ¿entregó el postulante las ocho copias?, ¿viene sellado el oficio?, ¿acompaña los comprobantes fehacientes en papel bond blanco, grueso medio, tamaño carta? Tras estas preguntas es rarísimo que se escuche risa alguna, sólo los ecos de una voz que pronuncia las palabras en forma idónea, como hacen los abogados, usando vocativos adecuados, palabras de la ley, que son las que menos admiten una sonrisa.
Es menester desconfiar del que no ríe, porque la risa es un arte y a la vez una filosofía, una manera de estar aquí, necesaria por su calidad vital. La transformación de nuestras universidades no ocurrirá por la tecnología, que ya se va insertando sola, sin necesidad de mandatos burocráticos, o en contra de esos mandatos, desplazando al pizarrón y los pupitres; tampoco sobrevendrá por los ajustes a ese tedioso mapa que es el organigrama, mucho menos creando nuevos reglamentos. Su transformación depende de la capacidad que logremos maestros, alumnos y administrativos, de recuperar nuestro sentido del humor, de incorporarlo a nuestras conversaciones cotidianas, y la confianza en su poder de creatividad artística, de ingenio sensible, de música y poesía, para lo cual es imprescindible recuperar nuestro hábito de lectura. Por eso es tan importante detectar y condenar el discurso administrativo, con su capacidad de disuadir por medio del aburrimiento. Si bien en la oficina pueden darse instantes emotivos o inclusive de euforia, un brindis, la entrega de diplomas, la conmovedora presencia de los padres de los estudiantes que no saben a ciencia cierta lo que está pasando, pero están orgullosos de todas maneras, eso ocurre frente a un solemne estrado donde el funcionario serio, hombre o mujer asido a su carrera, cree seguir el ejemplo de su sufrida abuela o del lejano padre, al que idealizó sin llegarlo a conocer nunca, porque nunca rieron juntos. Ceremonias en recintos de ese tipo, ponen énfasis en el ritual, por encima del afecto, y al hacerlo, contribuyen a un mundo cada vez más fragmentado e incomprensible, haciendo evidente que la única posibilidad para la renovación y humanización de nuestras instituciones (en este caso las educativas) es la recuperación del tiempo libre, de las áreas emergentes autónomas temporales, donde la risa es bienvenida porque allí tiene su lugar. La universidad no-burocratizada deberá destruir el concepto de oficina, de la misma manera que deberá destruir el concepto de salón de clases, ya hoy obsoleto y extemporáneo, para dar paso a un nuevo uso del espacio, una nueva concepción de la universidad como parte de la ciudad, presente en todos los parques, patios y jardines, canchas o pasillos, adecuándolos para que sean sitios donde sea posible estudiar mientras la pasamos bien, ejerciendo actividades corporales creativas y, por lo tanto, fatigados, ejercitados y contentos.
La nueva universidad que todos debemos pugnar por construir sobre las ruinas del concreto gris que producirá la demolición de las actuales unidades, deberá ser una universidad comprometida con las nuevas formas de vida que se abrirán paso gracias a su capacidad de humor que horade los estereotipos típicos de la universidad tradicional (que desplazó al sistema modular para volver a instaurar cátedras y materias), luchando contra el conocimiento como mercancía, situada lo más lejos posible de las reglas del mercado globalizado e internacionalizado, con las puertas abiertas no sólo al tiempo libre, sino también y especialmente, a la plebe iletrada. La universidad del futuro no es la de los viejos que hoy las habitamos, sino la de los jóvenes que con su algazara juvenil (alboroto, algarabía, bulla, jarana, griterío, desmadre, zarabanda, despelote) adopten las premisas de los nuevos críticos revolucionarios, hijos y nietos de Borges, de Freire, de Frank Lloyd Wright, de Daniel Berenboim, de todo lo que fue y vuelva a ser vanguardia capaz de rehacer la universidad pública, sorprendiendo a la conservadora casta de burócratas que han copado el organigrama, convirtiéndolo en un laberinto de juntas tan vacías como retóricas, que inútilmente intentan llenar el espacio en que se desliza la inercia sin dirección de las instituciones sin proyecto. Una universidad sin inhibiciones cuya labor de renovación comienza por lo estético, por medio del humor, del vitalismo y del juvenilismo, reafirmados por el ingenio agudo, creativo, bendecidos por el humor irreverente e ingenioso, cuya risa es producto del refinamiento artístico como rasgo capital.
La risa contagiosa y estridente, nacida desde el suelo, es la que nos liberará a todos de nuestros miedos, incluyendo los miedos de los tomadores de decisiones. Risas de todo tipo, para combatir los miedos de todo tipo, en especial el miedo a la libertad. La risa es un arma contra la dominación, convierte el drama en comedia, nos ayuda a burlarnos de nuestras limitaciones, de nuestros defectos y, más que nada y ante todo, es terapéutica y saludable para el alma. La risa nos ayuda a reconocer la belleza, a entender el placer estético, la posibilidad de triunfar frente al tedio, entendiendo el goce, el placer que genera el deseo, base de energía para sublimarlo como amor al prójimo. Esgrimamos la risa en las escuelas, para desbaratar la seriedad solemne, el aburrimiento institucionalizado, todo aquello que se parezca a un traje de casimir azul, con corbata a rayas diagonales, o un vestido de tafetán ajustado, con fajas, tacones y tirantes, todas aquellas vestiduras y atuendos propios de la burocracia opositora, que nos enredan y amordazan, y nos impiden el libre ejercicio de la risa.
Si no recuperamos estos valores como parte de una búsqueda y hallazgo de cambios radicales a los actuales usos y malas costumbres, las perspectivas de transformación seguirán distantes. En un ambiente cargado de inercias y resistencias, apreciamos la aparición de gente artística, de gente lectora, de gente que ríe. Ellos van a provocar la transformación de la universidad pública y la pronta desaparición de las malas políticas con sus modelos de evaluación por puntos y sus actuales programas de diferenciación salarial que tanto daño han hecho a la comunidad universitaria en este y otros países.
En su lugar requerimos el establecimiento del afecto y el respeto por aquellos académicos que cumplen con su trabajo, fundados en la confianza y el afecto al otro, colega y alumno, para que fortalezcan el desempeño sustantivo de las comunidades que construyen todos los días con su esfuerzo la razón de ser de la institución.
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Notas