Cuando el sujeto cognoscente debe llegar a casa a lavar los platos.
Cuando el sujeto cognoscente debe llegar a casa a lavar los platos.
REencuentro. Análisis de Problemas Universitarios, vol. 28, núm. 74, pp. 193-212, 2017
Universidad Autónoma Metropolitana
Resumen: El artículo analiza las Instituciones de Educación Superior (IES) como espacios en donde las desigualdades de género son reproducidas. Los sujetos cognoscentes dentro de la universidad son concebidos como sujetos sin cuerpo, género, emociones, y cuya vida fuera de la academia no es de interés para la producción de nuevo conocimiento. Esta idea ha sido cuestionada por la epistemología feminista, y en esta misma rama es que el artículo dialoga, al mostrar de qué forma las marcas de género de las(os) investigadoras(es) interfieren con su trayectoria laboral. Se analiza la división sexual del trabajo, y la carga de trabajo doméstico y de cuidados asignada de manera desigual entre hombres y mujeres académicas. Para mostrar esto se hará uso de la Encuesta Situación de Hombres y Mujeres en la UNAM.
Palabras clave: Instituciones de Educación Superior, División sexual del trabajo, Trabajo doméstico y de cuidados.
Abstract: The article examines Higher Education Institutions as spaces in which gender inequalities are reproduced. The University has been conceived as a neutral space, where the knowing subject is a subject without body, gender, emotions, and whose life outside the academy is not important to produce new knowledge. This biased idea of universalism has been widely criticized by feminist epistemology. It is in this line of thought that this article is situated, analysing in which ways the gender marks of the researchers interfere with their academic trajectories. Particularly, sexual division of labour will be analysed, questioning the ways in which domestic and care work is unequally distributed between female and male researchers; the Situation of Men and Women at unam. Survey will be used to develop further this critique.
Keywords: Higher Education Institutions, Sexual division of labour, Domestic and care work.
La presencia de las mujeres como trabajadoras académicas en las Instituciones de Educación Superior (IES) ha sido creciente y sostenida en las últimas décadas. En este respecto las IES, como parte de un espacio laboral en continua transformación, no ha sido ajenas a los cambios acontecidos en la sociedad a un nivel más amplio. Así, por ejemplo, la tasa de participación económica femenina en México pasó de 19.6 en 1990 a 42.9 en 2016; la participación de las académicas en una institución como la UNAM siguió la misma tendencia: las mujeres que ingresaron a esta institución en 1950 representaron el 17% mientras que quienes lo hicieron entre 1991 y 2000 fueron el 44% (INEGI 2016; PUEG, 2012)
Si bien esta transformación es general y al parecer irreversible en la sociedad mexicana, las universidades tienen ciertas características que las diferencian del resto de los espacios laborales. Es importante analizar la participación de las mujeres en el empleo, en general, pero preguntarnos sobre sus condiciones en las IES es además relevante por la posición de estas instituciones no sólo como un espacio más del mercado laboral, sino también como una de las figuras emblemáticas de la Modernidad1 y, por lo tanto, un espacio productor de nuevo conocimiento científico, y reproductor de desigualdades enraizadas en el propio nacimiento de nuestras sociedades occidentales.
El presente artículo se inserta en esta línea de reflexión, analizando a la universidad en relación con las ideas modernas que la han formado y sosteniendo que, contrario a la noción de falso universalismo y neutralidad del sujeto cognoscente, lo que sucede es que las y los productores de conocimiento son sujetos con cuerpo, emociones, afectos, que sólo existen en contextos sociales particulares, marcados por el género. Para ejemplificar cómo estas marcas de género se traducen en las universidades se hará referencia a la división sexual del trabajo y el uso del tiempo entre hombres y mujeres integrantes de la población académica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Esto lleva a interrogarse en las conclusiones no sólo por los obstáculos que las académicas enfrentan en sus trayectorias laborales y lo que de discriminatorio tiene este hecho sino, en un sentido más amplio, a preguntarnos sobre las posibilidades de pensar estas experiencias en relación con las instituciones de la Modernidad, y plantearnos la posibilidad de hacer ciencia en espacios que reconozcan las encarnaciones del sujeto cognoscente y, con esto, sean más plurales y críticos.
Un sujeto sin cuerpo, género y afectos (que produce una ciencia sin cuerpo, género y afectos)
El proceso de transición de sociedades tradicionales a sociedades Modernas estuvo marcado por lo que autores como Max Weber (1994, 2004) han denominado el desencantamiento del mundo; la humanidad dejó de creer en la magia, la religión, las fuerzas inexplicables, para en cambio erigirse como un sujeto-actor capaz no sólo de conocer el mundo, sino también de explicarlo y transformarlo de acuerdo con sus necesidades y deseos. La idea de producción está enraizada en esta narrativa y en la noción del hombre como sujeto que no es formado por el contexto (natural, social) en el que vive, sino que preexiste lo contextual, y se encuentra con éste sólo en su afán de modificarlo, de recrearlo y liderar el proceso de construcción del mundo y la sociedad. Así, no es que el sujeto moderno conviva y exista en un espacio con determinados elementos naturales; es, por el contrario, que el sujeto se apropia de este espacio y lo transforma en recursos2 a su disposición y bajo su dominio (Blaser, 2013; Ruiz & Del Cairo, 2016).
Podemos entender así la producción en un sentido amplio: la producción de sociedades, la producción de bienes y servicios a través de un sistema de organización capitalista, la producción de nuevos conocimientos, todo ello tiene en común por lo menos dos elementos: el primero es la noción del sujeto como agente activo (actor) en este proceso, capaz de modelar el mundo conforme a sus capacidades y deseos/necesidades; el segundo es, como consecuencia, la negación de que este mundo (este contexto, estos recursos, esta sociedad) tenga algún tipo de papel en la conformación del propio sujeto, algún efecto sobre éste que sea limitante para la plena autonomía del sujeto-creador.
La universidad se inserta dentro de esta narrativa como el espacio para la construcción de nuevo conocimiento a través del método científico. La ciencia es, por tanto, una institución central para la Modernidad, al ser la práctica por medio de la que podían desentrañarse los misterios del mundo y, con ello, explicarlo y modificarlo en aras de un progreso científico, tecnológico y social aparentemente ilimitado.
En la idea moderna de ciencia lo más importante es el método a seguir, lo que confiere a esta práctica un carácter de objetividad, neutralidad y replicabilidad. Pensar dentro de estas coordenadas normativas requiere un sujeto que es capaz de despojarse de todos aquellos elementos contextuales que podrían interferir con la actividad productiva: en primer lugar, del cuerpo, y trascender éste mediante el ideal cartesiano que privilegia la mente y posiciona la corporalidad como accesoria y supeditada al ejercicio racional del sujeto-creador. En segundo lugar, cualquier otro tipo de formación social en que el sujeto participa, entendiendo que ésta queda fuera del espacio de producción de nuevo conocimiento y que no es relevante en la conformación del propio sujeto y su entendimiento del mundo. El sujeto cognoscente es entonces un sujeto sin cuerpo, sin contexto, sin emociones, sin afectos, pues, aunque sin duda tiene todo esto, es capaz de despojarse de ello durante la práctica productiva.
Una consecuencia lógica de que todos los elementos contextuales y corporales quedaran fuera de la producción de conocimiento sería que, entonces, cualquier sujeto podría tomar el lugar de productor, lo que abriría el espacio para que éste fuera un proceso universal. Para interrogar esto, por lo tanto, tenemos que ir un paso atrás y preguntar quién es entonces este sujeto-creador de la Modernidad. Dentro de las Ciencias Sociales esto ha sido ampliamente analizado, mostrando de qué forma esta figura no es universal, sino que reemplaza la universalidad por una experiencia particular, que después hace pasar como universal, generalizable y, además, la única con valor o legitimidad dentro de la narrativa moderna de Humanidad (Chakrabarty, 2007; De Sousa, 2009).
En otras palabras, este sujeto-creador no es una representación abstracta de la humanidad, sino un sujeto particular con características específicas: varón, de clase media o alta, heterosexual, blanco. Es curioso cómo sólo el sujeto con estas características puede explicarse a sí mismo su identidad sin que ésta sea determinada por su pertenencia sexogenérica, de clase y racial, pues desde ahí jerarquiza y posiciona al resto de los grupos sociales como definidos precisamente por eso de lo que él se despoja: las mujeres no pueden existir fuera de su identidad corporal generizada, las personas de color sólo existen a través de un sistema racializado, las clases proletarias o las formaciones económicas no capitalistas sólo se explican en términos de una etapa previa, inferior, en un modelo lineal de acumulación.
Aunque esto ya ha sido señalado en varias teorías críticas de la Modernidad y de la ciencia, la epistemología feminista ha sido quien de manera principal ha centrado su crítica en las jerarquías de género como constitutivas de la práctica científica moderna:
Las epistemólogas feministas señalan que los valores del contexto social y cultural, junto con los valores éticos, tienen siempre un efecto sobre la investigación y las aplicaciones tecnológicas del conocimiento científico. Asimismo, enfatizan la manera en que la ciencia ha estado marcada por sesgos de género, no sólo por el hecho de que por mucho tiempo las mujeres estuvieron excluidas de la ciencia o porque actualmente están muy poco representadas tanto en sus distintos campos de conocimiento como en los niveles superiores de formación y decisión, sino también porque los sesgos de género juegan un papel en el desarrollo de las teorías en estos campos. Los sesgos de género pueden determinar, entonces qué preguntar y qué ignorar acerca de un fenómeno dado (Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades, UNAM, 2017).
Esta discusión puede ser más claramente entendida si se retoma lo planteado por la filósofa Diana Maffia (2006), quien propone caracterizar la ciencia con un doble carácter: primero, entenderla como un producto, que se expresa en teorías, metodologías, nuevo conocimiento y su divulgación, etc.; por otra parte, entenderla como una práctica que se desarrolla en un contexto institucional específico, con reglas formales e informales aceptadas y compartidas por las comunidades epistémicas y las personas que las integran.
En el resto de este artículo me concentraré en la ciencia como práctica que, pese a las variaciones en su composición demográfica, continúa sin cuestionar la noción de un sujeto cognoscente sin cuerpo, emociones, afectos y contextos. Considerar todos estos elementos, que la ciencia moderna ha caracterizado como residuales, es indispensable para entender la experiencia de las mujeres académicas y, más allá de eso, para pensar en alternativas al proceso de construcción de conocimiento, buscando que éste sea más plural y que, al reconocer las encarnaciones del sujeto cognoscente, reconozca también las jerarquías en que éstas se producen y, con ello, abra el camino para su desmontaje.
Las marcas de género del sujeto cognoscente
Como se ha presentado en el acápite previo, el universalismo del sujeto-creador es cuestionado al analizar las situaciones concretas de los sujetos cognoscentes, observando de esta forma cómo es que la experiencia del varón científico, blanco, heterosexual y de clase media o alta no es universalizable porque ignora las identidades específicas, construidas a partir de una organización jerárquica, de todos los grupos sociales que no cumplen con estas características.
Las mujeres han seguido una trayectoria que ha pasado del rechazo de su ingreso a las aulas, a su participación en sociedades más democráticas que les han permitido entrar a los espacios de producción del conocimiento (y de producción en un sentido amplio), pero sin que esto baste para reconocer sus identidades y experiencias específicas en estos lugares. Por el contrario, y apelando a la narrativa de un sujeto-creador neutral, se ha demandado que ellas se ajusten a estas expectativas y, si es que acaso no pueden hacerlo, que resuelvan esto en el terreno individual, sin modificar las reglas de la institución.
Lo que desde los estudios críticos de género se ha planteado es que, por el contrario, las universidades son espacios en donde diferentes cuerpos se encuentran, y en donde las jerarquías que dotan de significado estos cuerpos y las identidades que surgen de su reconocimiento, son recreadas o modificadas como resultado de estos encuentros, de su problematización o invisibilización (Blázquez, 2011; Delgado, 2001; Castañeda & Ordorika, 2015).
La comunidad científica, de esta manera, está integrada por cuerpos que llevan en sí marcas identitarias que los hacen reconocibles: de género, de raza, de preferencia sexual, de clase, de capacidades físicas, entre otras. En el resto de esta sección quisiera analizar en un primer lugar las manifestaciones de estas marcas, concentrándome en las relativas al género, para después en el apartado de conclusiones interrogarnos sobre las consecuencias no sólo de estas marcas, sino de su continua negación en las estructuras de las IES.
Cuerpos que producen…. Y reproducen
Los encuentros de los sujetos encarnados al interior de las universidades no ocurren en un terreno neutral, en el que todos y todas se reconozcan como iguales en relación con la práctica científica. Por el contrario, y como ya he mencionado, estos encuentros están siempre mediados por las marcas identitarias que confieren significado a esos cuerpos. De éstas, las que identifican a un grupo de la población como mujeres, median todos sus intercambios con otros grupos poblacionales, principalmente el de varones. Estos encuentros, sin embargo, están definidos también por las diferencias de poder, recursos y estatus que distancian ambas identidades.
Algunos autores y autoras ya han señalado de qué manera las mujeres dentro de las IES enfrentan una seria de problemas y obstáculos asociados con su pertenencia sexogenérica, entre los que se encuentran situaciones de acoso y hostigamiento sexual, desvaloración de su trabajo y aportaciones científicas, ambientes institucionales hostiles, y una presencia más aguda de tensiones entre sus vidas privadas y familiares, y sus trayectorias profesionales (Buquet et al., 2013; Morley, 2003; Castañeda & Ordorika, 2015; Delgado, 2001).
Puesto que la práctica científica se encuentra dentro del paradigma moderno y masculinista de la producción, es importante analizar por lo tanto cómo es que éste implica también una separación radical y jerárquica con el espacio de la reproducción. El sujeto-creador, varón, es capaz de dar forma al mundo, usando para ello sus capacidades creativas, tecnológicas, de liderazgo, etc. Sin embargo, el resto de tareas necesarias para cuidar y reproducir este mundo se considera de poca relevancia y es, por tanto, asignado a grupos inferiores en la jerarquía social: en primer lugar, a las mujeres, aunque también a las personas de color (pensemos en la larga tradición histórica de mujeres negras o indígenas cuidando espacios domésticos del sujeto-creador), redistribuyéndose siempre en una escala descendente de pertenencia social.
El falso universalismo de estas ideas se hace visible al analizar la situación de las mujeres académicas que, pese a ser reconocidas como sujetas-productoras, eso no las distancia de su papel reproductivo, agudizando de esta forma las tensiones entre ambos espacios, su jerarquización, y la continua negación de reconocimiento de la esfera reproductiva como indispensable para el sostenimiento de la vida humana en condiciones de bienestar.
Al hablar de tareas reproductivas en este artículo me refiero de manera específica al trabajo doméstico y de cuidados, realizado al interior del hogar o de las configuraciones familiares, sin retribución monetaria. Éstas han sido históricamente asignadas a las mujeres, y a través de ellas se ha construido también la identidad femenina. Es decir, no se trata de que las mujeres existan, y en un segundo momento se les asignen estas actividades, sino que es precisamente a partir de la realización de estas tareas que su identidad sexogenérica se construye y sostiene. Los sujetos sociales se producen así a través de las prácticas sociales que realizan, del involucramiento de sus cuerpos en estas actividades, y de los significados que éstas adquieren en las interacciones e intercambios sociales (Connell, 1987).
Ésta es una de las marcas de género que me parecen más relevantes al interior de la academia, no sólo por el impacto sobre las trayectorias de las investigadoras, sino también por la ventaja que otorgan a los varones, y por su persistente invisibilización en las reglas formales e informales de la institución. En los siguientes apartados se mostrará la disparidad en el tiempo dedicado al trabajo doméstico y de cuidados entre hombres y mujeres del personal académico de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), campus Ciudad Universitaria. Los datos fueron obtenidos mediante el análisis de la Encuesta sobre la situación de hombres y mujeres en la UNAM, impulsada por el Programa Universitario de Estudios de Género (PUEG) en el 2009.3
Según la estructura de la UNAM, el personal académico se divide en personas que laboran de tiempo completo en la institución y el profesorado de asignatura. Entre los primeros se consideran los y las investigadores, profesores de carrera y técnicos académicos. Los siguientes datos serán presentados refiriéndome únicamente a los y las investigadores, por ser éstos quienes dentro de la jerarquía organizacional ocupan las posiciones más elevadas, ya que son quienes tienen como principal tarea la producción de nuevo conocimiento científico.
En el Cuadro 1 se muestra una primera aproximación al tiempo que hombres y mujeres dedican a diversas actividades reproductivas:

En la primera columna se muestran las tasas de participación, es decir, de cada 100 investigadores e investigadoras, cuántos afirmaron realizar por lo menos una vez a la semana las actividades referidas. En la segunda columna se presenta la mediana de horas que se dedican a estas tareas semanalmente.
Según se observa, en casi todas las actividades la tasa de participación de las mujeres es mayor a la de los varones, con excepción del rubro referido a pago de servicios, tarea que ellos asumen en mayor proporción. Resulta interesante la presencia masculina en esta actividad, pues aunque es necesario que alguien realice esta tarea para el bienestar y sostenimiento de las condiciones domésticas, es una actividad que se encuentra entre la frontera de lo público y lo doméstico, colocando a los varones como mediadores entre ambos espacios al ser quienes, literalmente, pagan las cuentas de la familia.
Otra actividad que tiene mayores tasas de participación entre la población masculina es el cuidado de personas, indicador en el que ellos exceden en 2.8 puntos porcentuales a las mujeres. Sin embargo, en esta misma actividad, las percepciones sobre las cargas de trabajo adicional cambian pues aunque ellos en general afirman participar en esta tarea con mayor frecuencia que las investigadoras, la diferencia en el tiempo dedicado a éstas es de 10 horas semanales, en perjuicio de las mujeres.
Mirando más de cerca el tiempo que se dedica a estas tareas, se observa que en ningún rubro los hombres pasan más tiempo que las mujeres en el cumplimiento de las mismas. La brecha más extrema se encuentra en el cuidado de otras personas. Si se analiza en total el tiempo dedicado de manera semanal a los trabajos domésticos y de cuidados, resulta que la brecha entre hombres y mujeres es de 16 horas. Esto quiere decir que cada semana las investigadoras pasan 16 horas más que los varones realizando actividades reproductivas no remuneradas. Este tiempo, en cambio, ellos pueden destinarlo a continuar con sus actividades de investigación y docencia, o bien, al descanso y recreación.
Esto evidencia de qué forma los sujetos cognoscentes participan en las actividades productivas con marcas de género que atraviesan sus identidades, y las condiciones en las que habitan el espacio universitario. Sin embargo, otro de los puntos a considerar es que estos sujetos no se producen ajenos a los contextos sociales que los definen. En este sentido, las diferencias entre hombres y mujeres son importantes, pero éstas varían también de acuerdo con las diversas posiciones en que se crean y recrean las identidades sexogenéricas. Es decir, que también entre mujeres (y entre varones) hay diferencias intragenéricas que pueden agudizar o aliviar las tensiones entre los espacios productivos y reproductivos.
Una de estas diferencias se refiere precisamente al contexto familiar, y la posición que en éste se ocupe. De acuerdo con Pedrero:
La carga mayor de trabajo doméstico la llevan las mujeres casadas o en unión libre, y quienes tienen una carga menor son las solteras. Los hombres solos que han estado unidos tienen mayor carga que los solteros, quizás por las necesidades de atender al menos un tiempo mínimo a sus hijos, o porque tienen que ocuparse de sus propias necesidades domésticas, al no contar con un cónyuge o una madre (2014: 73).
Para ilustrar de qué forma estas configuraciones contextuales y familiares se encuentran también presentes en la vida de los y las investigadores, en el Cuadro 2 se analiza la mediana de horas dedicadas semanalmente a las actividades ya mencionadas, pero esta vez agregándolas en un solo rubro (trabajo doméstico y de cuidados), y distinguiendo entre las personas con quienes se comparte hogar.

En el Cuadro 2 se observa en un primer momento la distribución porcentual de la población investigadora en relación con las personas con quienes comparten hogar. En este sentido, las mujeres tienen una distribución más variada, con tres situaciones como las predominantes: vivir solas (27.2%), vivir con su cónyuge (25.9%), y vivir con su cónyuge y descendencia (23.5%). En el caso de los varones, por el contrario, hay una situación específica que predomina: vivir con su cónyuge y descendencia (46.6%).
Cuando se observa el tiempo dedicado al trabajo doméstico y de cuidados, se ve que en la mayoría de los casos las mujeres destinan más tiempo a estas actividades. Únicamente entre quienes viven sin pareja y con y descendencia los varones trabajan 10 horas más que las mujeres en el cuidado y la reproducción del hogar. Estos casos, sin embargo, ilustran una doble excepción: primero, porque muy pocos investigadores se encuentran en esta situación (sólo el 3% de ellos) y, segundo, porque es la única configuración familiar en la que ellos participan de forma más pronunciada que las mujeres en estas tareas.
Las configuraciones del hogar en donde las investigadoras dedican más tiempo al trabajo doméstico y de cuidados son cuando viven con cónyuge y descendencia, y cuando viven con otros familiares, en donde podría tratarse de que cuiden a sus padres u otras personas con pronunciadas necesidades de cuidado. En ambos casos, ellas dedican más de 10 horas adicionales cada semana a estas actividades en comparación con sus pares varones.
Es importante notar también que cuando las y los investigadores viven con su cónyuge pareciera no existir brecha en el tiempo que se dedica a las tareas del hogar; la diferencia semanal, de tan sólo 30 minutos en perjuicio de las mujeres, podría estar hablando de acuerdos más equitativos en este sector de la población. Esto, sin embargo, cambia de manera pronunciada cuando se analiza el trabajo doméstico y de cuidados entre la población que vive con cónyuge y descendencia, caso en donde la brecha es de 14 horas semanales. Podríamos decir que cuando las investigadoras viven en pareja y sin descendencia tienen una situación más equitativa, pero una vez que tienen descendencia, ellas dedican 20 horas adicionales en el trabajo de cuidados, mientras que, en el caso de los varones, el tránsito entre vivir en pareja, y vivir en pareja y con descendencia, implica únicamente 5 horas de trabajo adicional.4 Lo que estas cifras muestran es la importancia de la maternidad y su asociación con el trabajo de cuidados no remunerado en la vida de las mujeres, investigadoras incluidas.
Finalmente, para continuar con el análisis de las marcas, contextos, situaciones y afectos del sujeto cognoscente, en el Cuadro 3 se presenta el indicador de horas semanales dedicadas al trabajo doméstico y de cuidados según rango de edad de la población investigadora. Esto resulta también relevante porque nos permite introducir un matiz más en lo que ya he planteado sobre la universidad como un espacio de interacción entre diversos cuerpos, marcados por diversas identidades. Estos cuerpos, además de ser reconocibles de acuerdo con ciertas adscripciones (sexogenéricas, raciales, de clase, de capacidades físicas, etc.), son cuerpos historizados, que cambian con el tiempo no sólo en su aspecto sino también en la relación que a partir de su edad y posición establecen con el mundo.

En el Cuadro 3 se muestra que no hay muchas diferencias en la composición según rangos de edad entre hombres y mujeres, en general, la mayor parte de la población investigadora se concentra en el rango de 50 a 59 años, siendo la edad media 53 años para ambos sexos. Hablamos entonces de un sector que no es joven, lo que se explica por los requisitos que se exigen dentro de la unam para acceder a la posición de investigadora(or).
La segunda cosa a enfatizar en los resultados del Cuadro 3 es que, a medida que avanza la edad, disminuye el tiempo dedicado al trabajo doméstico y de cuidados en el caso de las mujeres; en el caso de los hombres esto tiene una ligera variación porque ellos dedican más tiempo a estas actividades cuando tienen entre 40 y 49 años. La brecha más pronunciada se encuentra en este último rango, con una diferencia de 16.5 horas extras semanales que las investigadoras dedican al trabajo reproductivo, en comparación con sus pares varones.
Estas disparidades según la edad están relacionadas con la esfera reproductiva, pues son las mujeres jóvenes quienes en mayor proporción tienen descendencia en edades menores, lo que podría explicar que destinen 30 horas semanales al trabajo doméstico y de cuidados. El espacio académico funciona así de forma contraintuitiva, porque la población joven se enfrenta a mayores obstáculos que la población de mayor edad para resolver las tensiones entre los espacios productivo y reproductivo, cosa que es particularmente aguda en el caso de las mujeres. A esto hay que sumar que son las investigadoras más jóvenes quienes más presión institucional reciben, pues es en estos años en los que deben consolidar sus trayectorias, en medio de un contexto neoliberal de producción científica.
Lo que hasta aquí se ha mostrado con estos datos es la forma en que quienes producen conocimiento científico dentro de las IES son sujetos con cuerpos generizados, que sólo existen a partir de un contexto social dentro del que las configuraciones familiares y de edad juegan también un papel importante. Aunque es cierta la afirmación de que las investigadoras, en casi todos los rubros analizados, dedican más tiempo que los investigadores a las tareas domésticas y de cuidados, también he querido complejizar esta idea al mostrar de qué forma entre ellas existen diferencias puesto que su identidad de género no es separable de otros marcadores como la edad y la posición familiar, entre otros. Para concluir, en el siguiente acápite se presenta una reflexión sobre cómo las marcas de género, a través de la división sexual del trabajo, se traducen en privilegios para un grupo y desigualdades para otro, y por qué el reconocimiento de estas jerarquías necesariamente lleva a cuestionar los supuestos del sujeto-creador que subyacen a la construcción moderna de la ciencia y la universidad.
La división sexual del trabajo y el sujeto-creador
Las cifras que se han analizado en este artículo pueden explicarse con lo que dentro de la literatura especializada se conoce como división sexual del trabajo, haciendo referencia con este término a la asignación diferenciada de tareas entre hombres y mujeres, con base en los principios de separación y jerarquía (Hirata & Kergoat, 2000). Esta organización de las prácticas sociales, de los significados atribuidos a ellas, y de la configuración de identidades sexogenéricas a través de su realización y del tiempo que demandan, es común en todas las sociedades occidentales, pues descansan en la dicotomía entre el espacio productivo y reproductivo, masculino y femenino. Es decir, no se trata de condicionees particulares de las investigadoras, sino que es un fenómeno que atraviesa toda la sociedad.
Precisamente, lo que he argumentado en este texto es que las y los investigadores forman parte de esa sociedad y, por lo tanto, dentro de las IES se reproducen estas jerarquías que se encuentran a un nivel más amplio. Esto tiene implicaciones muy prácticas, según desarrollaré más adelante, pero también tiene implicaciones aún inexploradas sobre el propio proceso de construcción de conocimiento: ¿cómo se traduce esta sobrecarga de trabajo para las mujeres en el tipo de contribución a la ciencia que ellas realizan? ¿de qué forma la división sexual del trabajo interactúa con la ciencia como producto? No abundaré en estas preguntas pero creo que es importante abrirlas para la reflexión en próximas investigaciones.
En cuanto a los resultados prácticos, visibles y quizás incluso obvios de estas disparidades, lo primero que podría ser mencionado es la forma en que el menor involucramiento de los investigadores en las tareas domésticas y de cuidados reporta para ellos una serie de ventajas en el fortalecimiento de sus trayectorias académicas. En la UNAM la presencia masculina es dominante en los puestos de mayor jerarquía, por ejemplo, entre quienes tienen el más alto nombramiento, investigador titular C, 72.8% son varones. Lo mismo sucede al analizar el porcentaje de investigadores e investigadoras de la UNAM que pertenecen al Sistema Nacional de Investigadores (SNI), en el nivel más elevado de esta categoría (III) 77.7% son varones, y sólo el restante 22.3% son mujeres (Programa Universitario de Estudios de Género, 2012).
Al vincular estos datos con las cifras sobre uso del tiempo presentadas en este artículo, se puede entender este éxito en el ámbito productivo de los varones como un resultado de su menor participación en el ámbito reproductivo. Las 16 horas adicionales que las académicas destinan semanalmente al trabajo doméstico y de cuidados, ellos pueden dedicarlas a continuar con su producción académica y, con ello, ascender a puestos de mayor jerarquía. Esto conduce a la pregunta de qué elementos establecen y garantizan las condiciones que hacen posible que los varones tengan más tiempo a su disposición para dedicarse a sus trayectorias laborales. ¿Es acaso que ellos tienen necesidades menores de cuidados para sí mismos o para sus familiares? ¿es que ellos pueden prescindir de ciertas actividades domésticas como habitar una casa limpia, tener comida, usar ropa limpia, etc.? La respuesta es que, como algunas autoras han planteado (Carrasco, 2001), todos los seres humanos tenemos necesidades reproductivas que, aunque varían de acuerdo con la etapa de vida, son constantes aún durante nuestra juventud o vida adulta, es decir, la sociedad necesita que actividades domésticas y de cuidados sean realizadas para que podamos sobrevivir en espacios de bienestar.
En este sentido, se habla entonces de privilegios porque los varones pueden desligarse del cumplimiento de estas tareas y abocarse al espacio productivo sólo en la medida en que ciertos arreglos sociales permitan que otra(s) persona(s) realicen para ellos esta serie de tareas necesarias. En el caso de las mujeres, por el contrario, y aunque algunas de ellas pueden gestionar también estas actividades por medio de una tercera persona (contratando ayuda doméstica, por ejemplo, o resolviendo estas necesidades por medio del mercado), persiste en la sociedad la imposición de ellas como las agentes principales que realizan estas actividades para sí o para sus familias, según se ha mostrado también en los acápites precedentes.
Autoras como R. W. Connell (1987) explican esto en términos de un orden de género con ciertas subestructuras, entre las que la división del trabajo es una de las organizaciones principales que permite la reproducción de jerarquías intergenéricas, de tal forma que los varones reciben ciertos beneficios a partir de una desigual distribución del producto del trabajo social.
Lo pernicioso de este sistema de organización es que, puesto que está basado en jerarquías dicotómicas y sexualizadas, lo que para unos es un beneficio o privilegio, para otras es una penalización o desventaja. Ingrid Palmer (1992) explica esto en términos de un impuesto reproductivo, haciendo referencia con este concepto a una carga de trabajo adicional, no pagado e invisible, que las mujeres realizan para la sociedad. Es un impuesto ya que, como tal, afecta los ingresos que ellas reciben, en el caso específico aquí analizado porque, al retrasar sus trayectorias académicas, es menos probable que ellas asciendan a los puestos más elevados de las jerarquías institucionales y a los beneficios monetarios que ello conlleva.
De esta forma, la división sexual del trabajo es una de las principales estructuras que permiten la reproducción de la división sexual del poder porque de manera indirecta afectan no sólo lo que unos y otras hacen, sino también lo que unos y otras reciben: el poder, el prestigio, el dinero y el estatus social siempre se encuentran en nuestra sociedad del lado de quienes más se distancian del ámbito reproductivo y de las actividades domésticas y de cuidados que en éste se realizan.
Volvemos así al falso universalismo del sujeto-creador ya que, más que un ideal universalizable, es una figura que a partir de características concretas organiza de forma jerárquica la sociedad. De esta manera quienes más compartan sus atributos (varón, blanco, burgués, heterosexual), más posibilidades tienen de habitar de manera aproblemática las instituciones de la Modernidad; quienes, por el contrario, más se distancien de este ideal (mujeres, personas de color, personas de clase baja, personas no heterosexuales), más dificultades encontrarán en el camino para llegar al estatus de lo plenamente humano.
Conclusiones: más allá del “añada mujeres y revuelva”
Las IES, como espacios históricos y en constante transformación, han dado paso de manera cada vez más pronunciada a la participación de sujetos que en otros tiempos fueron considerados únicamente objetos de conocimiento, pero nunca sujetos capaces de producirlo. Entre estos grupos se encuentran las mujeres, aunque también personas de color, personas de clase baja, entre otros colectivos identitarios. Si bien esta apertura de las universidades refleja una sociedad democrática, en la que diferentes actores sociales han cuestionado de manera sostenida las jerarquías sociales es, sin embargo, insuficiente para transformar de fondo no sólo las instituciones, sino también las ideas más profundas que subyacen a éstas y que fortalecen la reproducción de desigualdades.
En este artículo he querido sumarme a estas voces críticas, planteando que para democratizar las universidades no basta sólo con aumentar en éstas la presencia de mujeres, sino que esto debe estar acompañador por un reconocimiento de la experiencia de ellas, que a su vez no puede ser separada de los cuerpos y de la manera en que éstos son reconocidos o negados. Con esto no hago referencia a un enfoque esencialista, en el que los cuerpos de mujeres inmediatamente sean cargados con significados ya definidos, y a partir de ahí se les situé en ciertas posiciones dentro de la sociedad. Por el contrario, el punto de partida es que los cuerpos adquieren significados a través de los encuentros e intercambios sociales, lo que involucra prácticas cotidianas que no pueden disociarse de la identidad: eso que se hace, eso que se es.
La desigual distribución de trabajo doméstico y de cuidados entre investigadoras e investigadores hace visible de qué forma los sujetos cognoscentes no existen en un terreno abstracto y neutral, sino que están marcados por contextos sociales, por relaciones de poder, por afectos y corporalidades. Ligado a las corporalidades, las necesidades de tareas enfocadas en el cuidado y la domesticidad son indispensables para el sostenimiento de condiciones que permitan la reproducción de la vida en condiciones de bienestar. El problema en la sociedad es que, a menudo, estas necesidades son gestionadas en términos de explotación. Es decir, todos los seres humanos necesitamos, por ejemplo, que el baño de nuestra casa esté limpio para que podamos usarlo. Pero ¿Cómo resolvemos esa necesidad? ¿se trata de una tarea que hacemos de forma propia, alguien más la hace, o la hacemos para alguien más? Responder esta pregunta nos permite interrogarnos sobre las relaciones de poder y privilegio que se viven y encarnan. Respecto a ello, en este texto se han mostrado las desigualdades entre hombres y mujeres, aunque es de igual manera importante explorar las diferencias intragenéricas, sumando a este análisis un enfoque que cuestione la homogeneidad de la categoría de mujeres y, por el contrario, analice ésta en su interacción con otros marcadores de desigualdad social como la raza, la preferencia sexual, las capacidades físicas, entre otras. Este análisis sería de gran importancia para profundizar en la constitución de las IES, pero sin embargo, no puede ser realizado por el momento porque el ideal del sujeto-creador sin cuerpo es aún tan pronunciado en las universidades que es difícil encontrar estadísticas desagregadas no sólo por género, sino también por las características ya mencionadas.
Finalmente, es importante preguntarse no sólo por las desigualdades que las investigadoras viven dentro de las IES, sino también por la continua negación de estas experiencias. En este sentido es importante señalar de qué forma la ciencia como producto parece haber sido más receptiva a los cuestionamientos provenientes de la experiencia particular y corporizada de las mujeres, y las posibles contribuciones científicas que de esto podrían derivarse. Teorías como las del punto de vista (Harding, 2003) han enfatizado hasta dónde estas experiencias situadas tienen valor epistemológico para construir una ciencia con menos sesgos de género, más diversa y universal. Es digno de notarse que la ciencia como práctica permanezca más firmemente cerrada al reconocimiento de las experiencias de las mujeres en el interior de los espacios de producción de nuevo conocimiento y que, por lo tanto, los cambios institucionales requeridos avancen a un paso mucho más lento que los cambios en las teorías, metodologías y propuestas. ¿Qué significaría reconocer institucionalmente estas diferencias, dificultades, y la necesidad de desmontar la gestión jerárquica del espacio reproductivo, fundamental para la sostenibilidad de la vida? Las respuestas a esta pregunta solo podrán venir de un consenso que no sólo esté dispuesto a cambiar las reglas formales, sino también a transformar las propias nociones sobre el sujeto-creador.
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Notas