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La responsabilidad ante el patrimonio

Cuando hablamos de la palabra patrimonio, es inevitable pensar en una herencia o en una propiedad importante de carácter económico. La palabra está relacionada con unos bienes propios de una institución o de una persona; sin embargo, dejamos de lado el carácter cultural que implica. El patrimonio cultural también es una herencia, pero no es propio de una institución o de una persona, sino que es propia del pasado de alguna comunidad. Este patrimonio es un bien de todos los ciudadanos, y lleva en su espalda el reflejo de una sociedad que se fue formando en el día a día, muchos años atrás. Por esta razón es importante que sea tangible, que viva en el presente y, ojalá, en el futuro de la comunidad a la que pertenece.

Por fortuna, desde principios de la década de los noventa, existen decretos que prohíben destruir edificaciones en Bogotá que tienen un valor cultural para la ciudad. Pero estas obras no se escogen arbitrariamente; por su estética y relación con su entorno se categorizan como unas buenas obras arquitectónicas que reflejan el pasado en el presente. Algunos ejemplos de este patrimonio son Villa Adelaida, Residencias el Nogal, el Centro Internacional Tequendama, la Villa Ana Julia y, por supuesto, la casa Pérez Norzagaray.

La casa Pérez Norzagaray está ubicada en el barrio Chicó de Bogotá, en la carrera 9ª con calle 88, en la esquina del parque del Virrey. El encargado de su diseño fue el afamado arquitecto italiano Bruno Violi, quien, sin lugar a dudas, le dio una cara a este barrio, al dejar varias casas con su nombre. La mansión de ladrillo y teja negra llevaba en alto el nombre de Violi. Fue finalizada en 1957 y habitada por una sola familia desde su construcción hasta su demolición en 2008. Esta casa de estilo californiano fue incluida en el listado de bienes de interés cultural en 1997, pues su diseño y relación con el barrio no presentaban más que cualidades para que esta fuera congelada en el tiempo. Claro, la familia dueña de la casa fue la que impulsó este proceso, y de esta manera disfrutaron de los beneficios de tener un bien de interés cultural. Por ejemplo, por los primeros cinco años, no pagaron impuesto predial, y a partir del quinto año únicamente pagaron el 50 % de este. Por otro lado, pagaron servicios de estrato 1, aun cuando vivían claramente en un barrio de estrato 6.

Es increíble pensar que, con tantos beneficios económicos y de ubicación, los propietarios hubieran tomado la decisión de tumbar la casa para así construir un edificio de vivienda multifamiliar. Pero no es ahí donde radica el problema, pues esta es una situación usual en Bogotá, especialmente en barrios tan rentables como Chicó. El problema se condensa en los pasos que impulsaron la construcción de este nuevo edificio, y la manera en la que los propietarios, junto con su equipo de abogados y periodistas, fueron saltándose las normas y los intereses de los demás para poder hacer un negocio lucrativo. A continuación presento paso a paso estas acciones inmorales que dieron cabida al edificio que hoy en día no deja rastro del pasado de la ciudad.

En primer lugar, esta casa ya estaba en el listado de bienes de interés cultural. Por esta razón no era una opción tumbarla inmediatamente. Los propietarios pidieron que la casa fuera retirada del listado en mayo de 2007, cuando el dueño falleció y la familia quería hacer un negocio con ella. Los propietarios tuvieron algunos argumentos válidos para tumbarla, como que la casa ya no se encontraba en su entorno, y otros menos válidos, como que Violi no se había esforzado en el diseño. Sin embargo, pasaron por encima de los vecinos, quienes tuvieron que acomodarse a ciertas normas al construir en un predio adyacente a un bien de interés cultural, y que pagaron un metro cuadrado más caro por tener el privilegio de la vista. Sea cual sea el argumento, los dueños no fueron consecuentes con la decisión que tomaron años antes y perjudicaron en demasía a quienes rodeaban la casa.

Evidentemente, los vecinos se enojaron e hicieron lo posible para prevenir la demolición de la casa, lo que tomó varios meses en los que el proceso estaba congelado. Todo parecía estar en orden hasta cuando en septiembre de 2008 un columnista y amigo de la familia puso una tutela en calidad de ciudadano común, sustentando que la casa estaba en ruina y que estaba amenazando su vida al caminar cerca de ella. Cuando las autoridades responsables fueron a revisar el caso, se dieron cuenta de que en la casa ya no estaba viviendo nadie, que le habían sonsacado silenciosamente todos los acabados y que le habían inyectado unos explosivos silenciosos a los muros para que se fuera destruyendo lentamente. Los propietarios, por medio de sus abogados, afirmaron que la casa en este estado sí era un riesgo para la ciudad, y que por esta razón debía ser tumbada lo antes posible.

Por último, la acción final que llevó a la construcción del edificio que existe hoy en día ocurrió el 26 de diciembre de 2008, cuando la casa fue demolida en su totalidad. Esta fecha fue escogida, porque sabían que ningún vecino iba a estar en Bogotá en esos días y que volverían semanas después a encontrar el lote en escombros. Claramente el proceso no es limpio, y todo lo que hicieron los propietarios para deshacerse de la casa fue pasar por encima de normas, leyes, personas y valores. Utilizaron el dinero como acicate, y finalmente lograron lo que querían. La construcción del edificio inició casi tres años después, pues al haber tumbado una casa tan polémica, no fue fácil sacar una licencia de construcción.

Desde niños nos enseñan que en las películas y cuentos los buenos siempre son los que ganan; pero en esta situación fueron los malos quienes salieron invictos. Sin embargo, el relato de esta situación sirve para prevenir que lo mismo suceda con las otras construcciones declaradas bienes de interés cultural, pues es posible que los propietarios de las demás se llenen de ideas macabras y quieran hacer negocios en sus lotes. A mi modo de ver, una solución para prevenirlo es declarar no solo la construcción como bien de interés cultural, sino toda la manzana que la rodea. El entorno desempeña un papel importante al proyectar arquitectura, y si una obra se va a conservar, su entorno también lo debería. Por otro lado, así no se trataría de un solo propietario, sino de varias familias con diferentes intereses. Lastimosamente, el entorno de la casa Pérez Norzagaray fue destruido antes que la casa; no obstante, los dueños sí jugaron sucio y demostraron que con poder y dinero, pudieron salirse con la suya. Para finalizar, cito a Juan Andrés Acevedo en su tesis de derecho: “Cuidar el patrimonio inmueble y convertirlo en parte del imaginario colectivo de sus habitantes valida sus memorias. Conservar el patrimonio histórico sobre la base de la sostenibilidad perpetúa la historia de la ciudad y conecta a los bogotanos personalmente con su ciudad”.








