Resumen: Este trabajo reconstruye un circuito conformado por grupos de estudio, centros de investigación, revistas y emprendimientos asociativos profesionales de historiadores que se desarrolló en Buenos Aires entre 1976 y 1983. Estos espacios se constituyeron en ámbitos de sociabilidad intelectual que, bajo condiciones de clandestinidad o semiclandestinidad, propiciaron el encuentro, el intercambio de ideas y la producción de conocimiento en medio de la censura y la represión impuestas por el régimen de facto sobre el campo cultural y las instituciones educativas. Se analizan documentos de archivo del Programa de Estudios de Historia Económica y Social Americana (PEHESA), actas de la Sociedad Argentina de Estudios Históricos (SAEH), publicaciones y testimonios de algunos de los protagonistas participantes de esa red. A través de ellos, se identifican los núcleos temáticos y referencias bibliográficas que organizaron sus trabajos y el diagnóstico crítico acerca del campo historiográfico sobre el que, al mismo tiempo, se propusieron intervenir.
Palabras clave: Historiografía argentina, Dictadura argentina, Grupos de estudio, Sociabilidad intelectual, Historiadores.
Abstract: This work reconstructs a circuit made up of study groups, research centers, magazines and professional associations of historians that took place in Buenos Aires between 1976 and 1983. These spaces became spheres of intellectual sociability that, under clandestine or semi-clandestine conditions, promoted the meeting, the exchange of ideas and the production of knowledge in the context of censorship and repression imposed by the de facto regime on the cultural field and educational institutions. Archival documents of the Program of Studies of Economic and Social American History (PEHESA), acts of meetings of the Argentine Society of Historical Studies (SAEH), publications and testimonies of some of the participating protagonists of this network are analyzed. Through them, the thematic nuclei and bibliographical references that organized their works and the critical diagnosis of the historiographical field on which, at the same time, they proposed to intervene, are identified.
Keywords: Argentine historiography, Argentina dictatorship, Study groups, Intellectual sociability, Historians.
Redes historiográficas en la última dictadura argentina. Historiadores, grupos y revistas de la ciudad de Buenos Aires
Historiographic networks in the last Argentine dictatorship. Historians, groups and magazines of the Buenos Aires City

Recepción: 02 Octubre 2024
Aprobación: 02 Diciembre 2024
Uno de los principales objetivos de la dictadura argentina iniciada con el golpe de Estado de 1976 fue el estricto control del campo cultural y las instituciones educativas, considerados como ámbitos propicios para el surgimiento y difusión de “ideas subversivas” que atentaban contra el orden y los valores occidentales.1 Las políticas aplicadas al ámbito universitario fueron consecuentes con esos propósitos y apuntaron a restringir la autonomía, cercenar el debate público y vigilar a estudiantes, docentes y empleados, sistematizando y ampliando el alcance de los métodos represivos que ya habían comenzado a implementarse a partir de la designación de Oscar Ivanissevich como ministro de Educación durante la presidencia constitucional de Estela Martínez de Perón (Friedemann, 2021).
Como señalan Rodríguez y Soprano (2009), el reordenamiento del sistema universitario entre 1976 y 1983 apuntó a revertir la masificación alcanzada en los años previos a través de la reducción del presupuesto educativo y el recorte del número de universidades y porcentaje de estudiantes. Para ello se dispuso una serie de medidas, entre ellas: una nueva modalidad de acceso, la disminución del cupo de ingresantes, el arancelamiento de trámites y la supresión y fusión de facultades o carreras. Esto afectó profundamente las diferentes esferas de la vida universitaria (Rodríguez, 2022) y produjo una significativa caída del número de alumnos, que tuvo como contrapartida el aumento de la matrícula en las universidades privadas (Buchbinder, 2005).
La investigación universitaria también resultó perjudicada, especialmente en el campo de las ciencias sociales y humanidades. Los recursos fueron puestos a disposición de grupos académicos vinculados ideológicamente al régimen de facto, que eran los más conservadores y desactualizados, por lo cual predominó en esos años un sistema oficial de escasa relevancia (Apaza, 2008; Lesgart, 2003; Pagano, 2004; Rodríguez, 2017). Las medidas y el clima imperante en las altas casas de estudio generaron el desplazamiento de la investigación hacia ámbitos extrauniversitarios (Buchbinder, 2005: 209).
Considerando estas circunstancias, este artículo reconstruye un circuito conformado por grupos de estudio, centros de investigación privados, revistas y emprendimientos asociativos profesionales de historiadores que se desarrolló en la ciudad de Buenos Aires entre 1976 y 1983, al margen de las instituciones oficiales. Estos espacios se constituyeron en ámbitos de sociabilidad intelectual que, bajo condiciones de clandestinidad o semiclandestinidad, propiciaron el encuentro, el intercambio de ideas y la producción de conocimiento en medio de la censura y la represión impuestas por la dictadura sobre el campo cultural y las instituciones educativas.
Un trabajo anterior estuvo dedicado a reconstruir y analizar el proceso de creación y los primeros años de existencia del Programa de Estudios de Historia Económica y Social Americana (PEHESA), un grupo de estudio e investigación creado en 1977 por los historiadores Leandro Gutiérrez, Juan Carlos Korol y Luis Alberto Romero y el sociólogo José Luis Moreno, a quienes se sumó en 1978 Hilda Sabato, con el propósito de continuar la línea historiográfica de la Historia Social iniciada en el país por José Luis Romero en los años cincuenta. Este grupo funcionó bajo el amparo del Centro de Investigaciones Sociales sobre el Estado y la Administración (CISEA), creado en 1975 por Dante Caputo, Jorge Sabato y Jorge Roulet, como producto del desprendimiento del Centro de Investigaciones Sociales del Instituto Torcuato Di Tella, del que también surgió el Centro de Estudio de Estado y Sociedad (CEDES) (Gascó, 2022).
El PEHESA logró consolidarse como un ámbito de “sociabilidad historiográfica”, tal como lo definió Romero2, en medio de una trama político cultural fragmentada, con sus espacios públicos clausurados y afectada por persecuciones, exilios y desapariciones forzadas. La descripción de las trayectorias de sus integrantes, sus prácticas y las modalidades de su constitución como grupo, junto al análisis de las condiciones sociales y políticas en las que desarrollaron sus producciones, permitieron inscribirlo en una tradición de grupos de estudio que, como sostiene Claudio Suasnábar, tiene una larga historia en Argentina (2017). Se trata de una de las formas de autoorganización y sociabilidad intelectual que, de acuerdo a Carlos Altamirano, surgen y se desarrollan en determinados contextos y climas sociales (2006). Podemos considerar al PEHESA y a otros grupos con diferentes grados de formalidad y organización constituidos durante la última dictadura como espacios alternativos de producción de conocimiento. Son parte de las formas de intervención cultural y política que actúan ante situaciones de persecución, censura o inestabilidad de las instituciones educativas oficiales y que están vinculadas con la idea de “formación al margen” que sus protagonistas señalan para dar cuenta de esas experiencias y del impacto que produjeron en sus trayectorias personales y académicas (Sabato 1996).
Dicho trabajo previo estuvo centrado en el estudio interno del PEHESA, analizado como un “grupo” de acuerdo a las definiciones planteadas por Altamirano (2005, 2006), Lesgart (2003) y Williams (1980) en sus análisis sobre este tipo de formaciones sociales. En las páginas que siguen ampliaremos el análisis del grupo a la “red”, a través de la identificación de las relaciones que el PEHESA trabó con otros grupos, centros de investigación, asociaciones y publicaciones periódicas. Para ello, el análisis considerará los conceptos de sociabilidad y red intelectual con el propósito de reconstruir las tramas de relaciones sociales y prácticas intelectuales que modelan la vida político cultural de una época (Bruno 2012). Como ha señalado el historiador francés Maurice Agulhon, quien aplicó por primera vez el concepto de sociabilidad al análisis histórico en 1966, cada forma de asociación está vinculada a su época, da cuenta tanto de las costumbres sociales como de la organización política. La sociabilidad, considerada como un sistema de relaciones con sus propias prácticas, es una buena clave para comprender mecanismos socioculturales (2009). Su profusa obra permite recoger elementos para estudiar los procesos de formalización de las asociaciones, que suelen comenzar como un grupo de amigos y que, en su devenir, pueden llegar a constituirse como organizaciones formales y duraderas. Hay diversos trabajos que abordan estas dimensiones de la vida intelectual colectiva como constitutivas de lo político en tanto construcción de la comunidad, entre ellos, el de Agesta, Clemente y Pascual afirma que “Los conceptos de red y sociabilidad permiten explicar las dinámicas, identidades intelectuales y circulación de ideas” (2017: 342).
El estudio del universo intelectual involucra aspectos simbólicos y materiales (Merbilhaá 2012). Es por ello que se deben abordar ideas y representaciones y también indagar en los itinerarios, las prácticas, los lugares y los modos de contacto y comunicación de quienes las producen. Como propone Eduardo Devés-Valdez, la noción de red intelectual, entendida como “un conjunto de personas ocupadas en la producción y difusión de conocimiento, que se comunican en razón de su actividad profesional, a lo largo de años” (2007: 30), permite ubicar a cada intelectual en su marco de relaciones. A través del estudio de las redes intelectuales de una época se pueden identificar las condiciones materiales de producción de conocimiento, las circulaciones y los vínculos horizontales, ubicando a los actores en sus contactos, en el contexto de relaciones interpersonales en el que se mueven, puesto que para el autor “las ideas se encuentran disponibles en las redes; allí van madurando colectivamente” (2007: 34).
A partir de estos conceptos, que ponen en relación la historia política, social e intelectual, indagaremos sobre una red conformada dentro del ámbito historiográfico porteño entre 1976 y 1983 y, siguiendo a Devés-Valdez, consideraremos a los historiadores que formaron parte de ella como intelectuales en tanto profesionales que producen y difunden conocimiento. Para ello, se analizan documentos de archivo del PEHESA, actas de la Sociedad Argentina de Estudios Históricos (SAEH)3, publicaciones y testimonios de algunos de los protagonistas participantes de esa red. Se identifican a través de ellos los núcleos temáticos y referencias bibliográficas que organizaron sus trabajos y el diagnóstico crítico acerca del campo historiográfico sobre el que, al mismo tiempo, se propusieron intervenir. Asimismo, se reconstruyen los modos de contacto, los espacios comunes y las dinámicas de intercambio y circulación de ideas con los que articularon sus prácticas y modalidades de intervención.
Como señalamos, el PEHESA formó desde 1977 un grupo que, en un contexto represivo y autoritario, se consolidó como un ámbito de sociabilidad. Su objetivo principal fue sostener un lugar para el encuentro y el intercambio de ideas entre historiadores que no podían desempeñar su oficio en las instituciones educativas oficiales ni participar de iniciativas o debates públicos.
En las actas, memorias y balances, resguardados en su archivo, plasmaron los proyectos de investigación emprendidos y los artículos y libros que lograron publicar. En todos se advierte la presencia de temas y enfoques trabajados por la Historia Social en décadas previas: migraciones, estudios demográficos, estructuras económicas, organizaciones productivas, análisis de clases sociales, conformación de mercados de trabajo y redes de comercialización, entre los más importantes. A partir de la influencia de los estudios culturales y la historiografía marxista británica, el análisis de los sectores populares surgió como un tema importante que caracterizó a las investigaciones del grupo, especialmente por la iniciativa de Leandro Gutiérrez, identificado como figura central por los demás integrantes, que impulsó proyectos para abordarlos desde una perspectiva crítica y enfocada en el estudio de sus condiciones materiales de vida.
El Instituto de Desarrollo Económico (IDES), creado en 1960, en donde se organizaban cursos y conferencias, e instituciones regionales como el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) que otorgaban becas y subsidios, resultaron fundamentales para el sostenimiento y la difusión de actividades y publicaciones de grupos de formalización intermedia,4como alcanzó a ser el PEHESA en la etapa analizada. El Centro Editor de América Latina fue otro espacio importante que logró alojar proyectos durante la dictadura y generó emprendimientos editoriales en donde se desempeñaron trabajadores de la cultura que no podían ejercer tareas docentes o de investigación en instituciones oficiales (Sarlo 1999).
A partir de la progresiva formalización del grupo y la consolidación de su trabajo plasmada en publicaciones, proyectos de investigación y seminarios organizados, el PEHESA se posicionó como un espacio de referencia historiográfica dentro de la fragmentada trama cultural porteña conformada por otros grupos de estudios, centros de investigación y revistas. A pesar del contexto represivo y de la imposibilidad de encuentros públicos de debate, el grupo logró sostener encuentros semanales constantes, los “seminarios de los jueves”, que se desarrollaban regularmente y lograban convocar entre veinte y veinticinco asistentes. Durante los primeros meses de 1979 el CISEA dejó el local de la Avenida Córdoba 939, en el que funcionaba desde sus inicios, y se mudó a la calle Hipólito Yrigoyen 1156, en donde contaron con un espacio más grande que favoreció la organización de las reuniones.
Hacia 1982 el grupo se había consolidado manteniendo una estructura horizontal, con un coordinador elegido periódicamente, y organizado a partir de intereses comunes por quienes habían transitado la vida universitaria, compartido tareas en centros de investigación y se sentían pares o amigos (Gascó, 2022). La formación permanente de esos años estuvo integrada por Leandro Gutiérrez, Luis Alberto Romero, Hilda Sabato, Juan Carlos Korol, Miriam Trumper y Ricardo González como investigador asistente. El PEHESA puede ser identificado como uno de los espacios que constituyen la trama cultural de las sociedades: “[…en] esos espacios, compuestos por quienes considera sus iguales, sean amigos, compañeros de discusión o miembros de su misma fe ideológica o estética, el intelectual intercambia ideas y somete a prueba las propias” (Altamirano 2006: 125). Raymond Williams reconoce la importancia de los vínculos entre amigos para la constitución de los grupos (1982) y la investigadora argentina Sandra Fernández considera la amistad como uno de los elementos vitales de la sociabilidad, una relación estructurante que es privada y personal pero también pública y con capacidad para operar sobre la vida social (2012).
Desde sus comienzos, el PEHESA se propuso establecer contactos académicos con instituciones locales y latinoamericanas dedicadas a problemas sociohistóricos y también con institutos especializados en estudios latinoamericanos de universidades de Estados Unidos y Europa.5A nivel local, se consolidaron vínculos con el Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES), el Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES), la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) a través de la organización conjunta de cursos y seminarios y por las becas que algunos de ellos otorgaban a integrantes del grupo para el desarrollo de sus investigaciones. Estos centros resultaron fundamentales para impulsar y sostener actividades y encuentros entre intelectuales durante la dictadura (Lesgart 2003).
El objetivo de establecer contactos con diferentes espacios y con centros de investigación de otros países impulsó la realización de viajes a congresos y jornadas en el exterior. En 1977, Romero viajó a Paraguay para participar de un seminario sobre poblamiento y ocupación territorial en América Latina en los siglos XVIII y XIX, organizado por CLACSO. Al año siguiente Sabato y Korol participaron en Lima de un simposio sobre Historia económica de América Latina y Leandro Gutiérrez en un seminario sobre modos de producción y dinámica de la población dictado en México. En 1979, Gutiérrez y Romero asistieron en Montevideo a otro seminario sobre población y territorio de CLACSO.6 El CISEA no tenía fondos para estas actividades, por lo cual los costos de la realización de estos viajes eran asumidos por cada uno de los integrantes del grupo.7
Este interés por vincularse con personalidades e instituciones internacionales se observa en uno de los documentos que integran el archivo del PEHESA. Se trata de una carta enviada por Hilda Sabato al historiador marxista británico Raphael Samuel en octubre de 1981. Samuel, uno de los fundadores de la revista Past and Present en 1952, era una figura referente para el grupo por sus trabajos sobre la historia de la clase obrera y, fundamentalmente, por la experiencia del History Workshop y su perspectiva historiográfica de la “historia desde abajo”.8
Sabato encabeza la nota dirigiéndose a él como “querido camarada” y alude a una charla telefónica que habían mantenido unos meses antes sobre la posibilidad de incluir una nota sobre “nuestro grupo de historia social” en una publicación, que puede entenderse se trataría del History Workshop Journal, la revista que había creado Samuel en 1976. Sabato explica en unas breves líneas los propósitos del texto que adjunta a la carta y destaca el interés del PEHESA en establecer contactos regulares con colegas ingleses, esperando que la difusión del artículo contribuyera a esa relación. Hacia el final de la nota aclara y advierte a Samuel que la redacción de su informe estaba atravesada por las consecuencias de la situación que estaba viviendo Argentina: “Eres consciente de que tenemos que ser bastante precavidos al referirnos a ciertos desarrollos en nuestro país, por lo que hemos tenido que utilizar algunos sobreentendidos en el texto, esperando que los lectores capten la idea de todos modos”.9
En el texto adjunto describía el proceso de conformación del PEHESA, sus objetivos, el diagnóstico sobre el campo de estudios históricos, los déficits que existían para el desarrollo de la formación e investigación y cómo se había ubicado el grupo en ese contexto. Hacia el final, incluía los logros que habían obtenido en los primeros años de trabajo y enumeraba los artículos y libros impresos o en impresión realizados por sus integrantes. El texto, tal como lo escribió Sabato, fue reproducido en el Volumen XVIII, número 2 del Latin American Research Review en 1983, en la sección Research Reports and Notes.10
En el artículo Sabato reproducía los argumentos que el PEHESA plasmaba en sus balances acerca de la ausencia de espacios para el desarrollo de la disciplina, una preocupación común entre los historiadores durante los años de la última dictadura.
Así como el grupo se había planteado entre sus objetivos centrales fomentar instancias de formación e investigación historiográfica, en 1982 otro conjunto de historiadores entre los que se encontraban varios de sus miembros, asumió la tarea de fundar la Sociedad Argentina de Estudios Históricos (SAEH).
En el archivo del PEHESA se encuentran documentos que permiten reconstruir las acciones emprendidas por esta sociedad. Encontramos en este caso la diferencia que postula Agulhon entre grupos, considerados como espacios de sociabilidad informales o con reglas laxas y vínculos horizontales, y asociaciones, que pueden surgir por la iniciativa de un grupo de amigos pero que van formalizando su accionar a través del establecimiento de estatutos, comisiones directivas y sedes fijas (Agulhon 2009; Fernández 2012). En la declaración constitutiva, aprobada por unanimidad en una asamblea general realizada el 30 de junio de aquel año, definían la identidad, los objetivos y los instrumentos con los que se proponían organizar la nueva sociedad quienes, desde “el plano más restringido de su propia especificidad”, se dedicaban a estudiar el pasado. Allí argumentaban que la asociación surgía como “inquietud y necesidad” ante la encrucijada histórica en la que se encontraba la sociedad argentina y ante la situación particular de las Ciencias Sociales que, según ellos, estaban confinadas a espacios reducidos y sin posibilidades de difusión. Aun ante este diagnóstico adverso, reconocían su supervivencia: “Expulsadas de algunos ámbitos, desconocidas y/o negadas en otros, las Ciencias Sociales, no obstante, mantienen su existencia y hasta su presencia, reunidas y/o reencontradas en aquellos espacios o intersticios que quedaron o se crearon al efecto”.11
Con la creación de esta institución y el establecimiento de su sede en el local de CLACSO de la avenida Callao 875 de la ciudad de Buenos Aires sus promotores buscaban reafirmar el estatuto científico de la historia y, al mismo tiempo, generar un ámbito de reunión. La identidad estaría definida por el “irrestricto ejercicio del pluralismo”, convocando a estudiantes, docentes e investigadores sin ninguna distinción política, disciplinar o teórico-metodológica. El proyecto concebía la creación de un espacio de intercambio y trabajo entre “iguales, diversos y hasta contrarios” para desarrollar actividades intelectuales con los objetivos de realizar investigaciones, organizar grupos de discusión, seminarios, congresos y editar publicaciones. Se proponían, además, mejorar las condiciones de la práctica propiamente historiográfica a través de la creación de nuevos repositorios documentales y la ampliación y preservación de los ya existentes, con el propósito de “contribuir a la creación de conciencia del documento histórico, de su importancia para el trabajo del historiador y de la necesidad de facilitar su consulta pública” (Declaración constitutiva SAEH, p. 2).
Del mismo modo que para el PEHESA, la formación de jóvenes historiadores ocupaba un lugar central en los objetivos de la asociación, junto al interés en perfeccionar y actualizar los métodos de enseñanza de la historia en todos los niveles educativos. También en el acta constitutiva plasmaban un diagnóstico del campo historiográfico, objetivos y formas organizativas que daban cuenta de una propuesta asociativa para defender los intereses profesionales de los historiadores en un contexto poco favorable para el despliegue de estudios en el campo de las Ciencias Sociales. Entre los procedimientos de la agrupación se contemplaba la convocatoria para el ingreso de miembros de todo el país y de aquellos interesados que se encontraran en el exterior, como también el contacto con asociaciones similares nacionales e internacionales. En uno de los últimos puntos del documento se advierte la intención de asegurar la sustentabilidad de la asociación: “la Sociedad funcionará inicialmente como una asociación informal, ínterin se ajustan los criterios de identidad y los objetivos, como también la continuidad y viabilidad de la institución”. Desde su misma constitución aparece la preocupación por la formalización de las actividades y la necesidad de su encuadre en un marco legal: “Llegado a este punto debería resolverse el carácter orgánico, formal de la Sociedad, en tanto asociación civil, que permita su correcto funcionamiento jurídico-legal”.
El texto fue avalado por el comité organizador provisorio integrado por Waldo Ansaldi, José Panettieri, Ricardo Rodríguez Molas, Hilda Sabato y Enrique Tandeter, entre otras personalidades del campo historiográfico que, además, ocupaban posiciones en centros privados de investigación, organizaban grupos de estudio y compartían los restringidos ámbitos de sociabilidad que habían logrado mantenerse.
La primera actividad de la SAEH fue una mesa redonda sobre el estado de la carrera de Historia en las universidades públicas y privadas e institutos del profesorado realizada en FLACSO, que contó con disertaciones de docentes de diferentes instituciones y la moderación de Horacio Giberti. Se organizaron asimismo grupos de trabajo sobre tres áreas temáticas: historia colonial americana, coordinado por Tandeter, que tenía su sede de trabajo en el CEDES, otro sobre historia rural a cargo de Waldo Ansaldi, representante de CLACSO, y el tercero sobre movimiento obrero y sectores populares liderado por el PEHESA (Circular 04/82. Septiembre 27, 1982).
Durante julio de 1983 se realizaron elecciones para designar a la primera comisión directiva que tendría mandato por dos años y que quedó constituida por Panettieri como presidente y Ansaldi como secretario, e incluyó a Leandro Gutiérrez, Hebe Clementi, Marta Bonaudo, Aníbal Arcondo, María Teresa Camarda e Ianir Milevski como vocales titulares. Daniel Santamaría, María Dolores Béjar, Edgardo Ossanna, Ofelia Pianetto, Ema Cibotti y Horacio Giberti resultaron vocales suplentes. Asimismo, se constituyó una comisión revisora de cuentas integrada por Norberto Alvarez, Lilia Ana Bertoni y María Sáenz Quesada como titulares y por Carlos Astarita, Susana Bianchi y Ana Virginia Persello en calidad de miembros suplentes. La descripción del proceso electoral da cuenta del grado de formalización logrado:
Tal como estaba previsto en la convocatoria, los días 13 y 14 de julio se realizaron los comicios para elegir a la primera Comisión Directiva de la Sociedad, sucediendo al Comité Organizador Provisorio designado el 7 de mayo de 1982. Se presentó una sola lista y el escrutinio se realizó -para permitir la recepción de los votos de socios del interior- el lunes 25 de julio. (Circular CD-01/83, agosto 1983, 1)
Se menciona a continuación que se registraron 61 votos pero que por diferentes motivos, como anulaciones o recepción fuera de término, fueron válidos 54 de ellos. Así quedaba conformada la Comisión Directiva de la SAEH para el período comprendido entre el 1° de agosto de 1983 y el 31 de julio de 1985. Se estableció que la comisión tendría sus sesiones plenarias una vez al mes y que todos los lunes por la tarde los integrantes de la sociedad estarían en la sede para atender a los socios y demás interesados en sus actividades. Se designó asimismo a cada miembro directivo como responsable de la organización de cinco subcomisiones de trabajo: cursos y conferencias, publicaciones, prensa y propaganda, finanzas e interior. La SAEH quedaba formalmente constituida mediante unos Estatutos que afirmaban su condición de asociación civil que reunía a un grupo de estudiosos de la historia para “defender los legítimos intereses profesionales de sus miembros” y “mantener relaciones con entidades y asociaciones similares dentro y fuera del país” (Estatutos SAEH: 1).
La conformación de la junta ilustra sobre los modos de sociabilidad de la etapa. Los nombres de sus integrantes aparecen en otros grupos y gran parte de ellos se desempeña en los centros privados de investigación, algunos son parte de una misma generación que compartió sus años de formación o están unidos por vínculos propios de docentes y estudiantes que logran sostener relaciones duraderas. Los cruces y las convocatorias para formar parte de estos espacios se reflejan en el testimonio de María Teresa Camarda, profesora en Historia egresada del Instituto Nacional Superior del Profesorado Joaquín V. González en 1973: “Yo había quedado conectada con Hebe Clementi que había sido profesora mía y me convocó para una reunión que se realizó en FLACSO con el propósito de analizar si había censura en las distintas instituciones; yo expuse por el Joaquín. Luego de esa reunión me invitó Luis Alberto Romero para formar parte de la comisión de la SAHE”.12
Durante 1983 se organizaron diversas actividades. En el IDES se realizaron una mesa redonda sobre “La Historia: ¿para qué?”, en la que participaron Hebe Clementi, Tulio Halperin Donghi, Luis A. Romero, Oscar Oszlak, Jorge Sabato y Beatriz Sarlo, y un curso sobre historiografía argentina dictado por Clementi. CLACSO también fue sede de eventos y facilitó la organización de un curso sobre feudalismo a cargo de Reyna Pastor y otros sobre diferentes aspectos de la historia argentina en los que participaron Ansaldi, Romero, Sabato y Gutiérrez. Leandro Gutiérrez era, además, el referente en la organización de jornadas sobre movimiento obrero y condiciones de vida de los trabajadores, temas de su especialidad en los que venía trabajando en sus clases, en reuniones organizadas en su casa y en las instituciones en donde desempeñaba tareas de investigación.
En la circular confeccionada en agosto se registra que la nueva sociedad había alcanzado al año de su creación a 176 socios, integrados por 146 plenos, 29 estudiantiles y un adherente, y que un importante número de ellos se concentraba en la ciudad de La Plata. Se advierte en el documento la importancia que atribuían a la organización minuciosa, tanto de lo específicamente administrativo como de lo concerniente al diseño de propuestas programáticas y la realización de actividades. Confeccionaban un legajo de cada socio, para lo cual requerían su currículum y una fotografía personal, y otros instrumentos, como una encuesta para consultar sobre intereses en el campo de los estudios históricos y recoger sugerencias para incluir en los proyectos de trabajo. La pertenencia a la sociedad incluía el abono de cuotas trimestrales, con escalas de montos establecidos de acuerdo a los ingresos mensuales de cada socio. Para los estudiantes, la tarifa trimestral era de $a 7,50.13
Desde una mirada retrospectiva, Camarda rescata la experiencia y la valora por haber creado un espacio que hizo posible el enlace entre distintos investigadores y el aporte de una visión diversa a la difundida desde las instituciones oficiales:
Las reuniones se hacían una vez por semana en la sede que CLACSO tenía sobre Avenida Callao y Córdoba. La idea general era mantener comunicados a los miembros de las distintas instituciones para intercambiar experiencias y generar iniciativas académicas, el año 1983 era el último de la dictadura y se podían tener distintas iniciativas. A mí me parecía interesante aportar la visión de la docencia y expandir la propuesta didáctica de los Institutos en una realidad académica que no contemplaba demasiado los requerimientos didácticos (Camarda, testimonio 2023).
Encuestas para relevar aportes, cuotas para financiarse y organización periódica de eventos para el encuentro e intercambio respondían al espíritu colaborativo al que aspiraban, porque “[...] la Sociedad necesita del aporte de todos” (Circular CD-01-83: 3-4).
En estos circuitos de producción de conocimiento e intercambio de ideas participaban activamente los integrantes del PEHESA. Sus investigaciones y artículos circulaban en los centros de investigación, los pequeños grupos privados de lectura, las iniciativas asociativas de defensa de intereses profesionales, como la SAEH, y en revistas. Las publicaciones periódicas se constituyen como espacios centrales de socialización intelectual (Mailhe 2019), son artefactos fundamentales para estudiar las tradiciones políticas (Girbal Blacha y Quattorcci Woisson 1999) y reconocer el estado y las características del campo cultural en cada momento histórico.
Además de la publicación en revistas especializadas en Historia y en Ciencias Sociales14, el PEHESA tuvo una participación significativa en Punto de Vista, la revista creada en 1978 por Beatriz Sarlo, Carlos Altamirano y Ricardo Piglia (Montaña 2013; Sarlo 1999).
Sarlo también coordinaba grupos de literatura en una oficina situada en la zona céntrica de Buenos Aires, luego de que en 1976 el ejército clausurara la revista Los Libros, que estaba en ese momento bajo su dirección,15 y de que se alejara a principios de ese mismo año del Partido Comunista Revolucionario, en el que había militado desde 1971. En esos espacios privados participaron estudiantes o graduados recientes de la carrera de Letras disconformes con la formación que ofrecía la facultad y a quienes introdujo en el estudio del formalismo ruso, las teorías de Mijail Bajtín y también de Raymond Williams, identificado por Sarlo como una influencia central para ella en aquellos años. Si bien tanto Williams como Richard Hoggart ya habían publicado sus obras más significativas16, señala que el conocimiento de esos textos de los marxistas ingleses le llegó a través de un camino azaroso, no vinculado con lo estrictamente académico, sino con relaciones informales establecidas con docentes y otros pares. En ese caso, fue por medio de la recomendación de Jaime Rest, profesor adjunto de Jorge Luis Borges en la materia Literatura inglesa y norteamericana cuando ella era estudiante de la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA) en los años sesenta, que le mencionó a Hoggart y suscitó su interés.17
Sarlo frecuentaba espacios como FLACSO, el Instituto Torcuato Di Tella (ITDT) y el Centro Editor de América Latina, en donde trabajaba regularmente desde fines de los años sesenta. Allí compartió actividades con Luis Alberto Romero, con quien se vinculó más estrechamente por la postura de repudio que ambos sostuvieron ante el accionar de la Junta Militar que dio inicio a la guerra de Malvinas en 1982. A partir de entonces, y del común interés por los temas que venían trabajando, Sarlo se integró al PEHESA en ese año y comenzó a compartir oficina con Leandro Gutiérrez y Juan Carlos Korol y a participar activamente de los seminarios donde se debatían lecturas y perspectivas teóricas.
Estos intereses comunes se plasmaron en trabajos del PEHESA y en artículos que algunos de sus miembros publicaron en Punto de Vista sobre temas que giraban alrededor del análisis sobre cultura popular, nacionalismo y las vinculaciones entre política, historia, literatura y sociedad. Con respecto a esos nexos, Sarlo señala:
La revista en realidad tenía una perspectiva de instalar lo que se llamó en ese momento una sociología de la cultura y sociología de los intelectuales. En esa perspectiva, la dimensión histórica es ineliminable, por eso la revista se interesa en su contacto con historiadores. Es temprana la dimensión histórica en la revista.
En este sentido destaca la influencia que significó Tulio Halperin Donghi:
Trabajar sobre Sarmiento como la revista trabajó implicaba ir a los artículos de Halperin Donghi. Halperin Donghi es para nosotros como el historiador profesional que nos permite recuperar de manera más académica […] las grandes intuiciones que también había tenido Viñas (David) en Literatura argentina y realidad política.18
La línea historiográfica del PEHESA, sus temas, sus conceptos y sus enfoques se vinculaban con intervenciones que Punto de Vista dedicaba a temas históricos. Las referencias teóricas del grupo son similares a las que orientan el empeño de renovación de la crítica literaria y el análisis sociológico que se propuso la revista. La difusión de los estudios culturales del marxismo británico de Williams y Hoggart creaba relaciones con los abordajes de los historiadores sociales. En la introducción a una entrevista que les realizó a los autores ingleses en 1979, Sarlo señalaba que sus textos debían ser leídos en el marco de la “inteligente historiografía inglesa de Hobsbawm a Thompson”.19
Del mismo modo, los trabajos del historiador Raphael Samuel y su enfoque de la “historia desde abajo” consolidado en el History Workshop eran apropiados y difundidos desde la publicación y constituían referencias que también influenciaban en la formulación de los objetos de estudio abordados por integrantes del PEHESA. En este sentido, la figura de E. P. Thompson tenía un lugar central, tal como Samuel lo señalaba en una entrevista que le realizó Sarlo durante otro viaje que hizo a Londres en 1981. El resultado de ese encuentro fue publicado en el número 14 de Punto de Vista con una introducción de Enrique Tandeter en la que destacaba la labor del History Workshop como una iniciativa nacida al calor de los cuestionamientos radicales de 1968, que había logrado mantenerse y consolidar sus investigaciones sobre los procesos y luchas en los lugares de trabajo en base al análisis de fuentes primarias y de las experiencias concretas, tal como las vivían los actores.20
Durante el período relevado, que incluye desde el primer número de marzo de 1978 al número 19 de diciembre de 1983, se advierte en Punto de Vista una preocupación central de Sarlo y Altamirano por abordar el estudio sobre el carácter material de la producción cultural y por indagar cómo se relacionaban en un mismo proceso las dimensiones materiales e ideológicas. Es por ello que el enfoque de Williams y Hoggart, que no pertenecían a una tradición marxista ortodoxa, les permitía emprender análisis de obras de la literatura y procesos históricos considerando el cruce entre cuestiones simbólicas y relaciones de clase y, por otro lado, el enfoque de la “historia desde abajo” hacía posible construir nuevos objetos de estudio a partir de la recuperación de la experiencia subjetiva de los actores (Montaña 2013). Aquí aparecían también Pierre Bourdieu y Antonio Gramsci como otras referencias centrales en el armado de un corpus de tópicos y problemas que Punto de Vista buscó posicionar a partir de estas preocupaciones sobre la cultura popular, lo nacional y la articulación nacional-popular, cuestiones que los acercaban a los temas que por su parte Leandro Gutiérrez venía trabajando y afianzando desde el PEHESA. Sarlo afirma con respecto a ello:
[…], esos eran los temas, porque además nos unía mucho a historiadores de la cultura y a historiadores sociales […] toda la investigación que Leandro da la patada inicial sobre los nidos de la democracia y que empieza a mostrarme las revistitas de los clubes de barrio y aparecen las recitadoras […] Y como buen historiador, cuando va a su fuente se da cuenta de que existen todas estas pequeñas instituciones […] que hacían la densidad cultural de esa vida, estábamos fascinados, en primer lugar porque Leandro había sido el que había señalado ahí, y yo había encontrado la cultura llamada popular ahí21 (Sarlo, entrevista 2019. Destacado para resaltar el énfasis otorgado por Sarlo durante la entrevista)
A partir de esas lecturas y los aportes de Gutiérrez, fueron armando un corpus propio, formado por materiales que daban cuenta de una rica vida cultural en las primeras décadas del siglo XX, según ellos no determinada por la recepción acrítica de la cultura de los sectores altos sino tramada en la cultura que circulaba entre mercado y sectores populares.22
A través de artículos, entrevistas y reseñas, el PEHESA como grupo y algunos de sus integrantes con intervenciones individuales, fueron plasmando en la revista estos temas y preocupaciones historiográficas que motivaban sus investigaciones y participaciones en iniciativas colectivas. Romero fue quien publicó más artículos en Punto de Vista durante el período analizado y en esas participaciones se advierten sus posicionamientos sobre el panorama historiográfico y algunas reflexiones sobre el presente. La primera participación fue en el número 11, de marzo-junio de 1981, con el artículo “Política, nación y Estado en Argentina del siglo XIX” sobre el libro Proyecto y construcción de una nación (Argentina 1846-1880) de Tulio Halperin Donghi, publicado en 1980. Allí lo reconocía como una “reconstrucción histórica ejemplar”, que postulaba un historicismo comprensivo en lugar de los juicios retrospectivos que, según él, caracterizaban tanto al positivismo romántico como al revisionismo simplificador. Romero rescataba especialmente los aportes de Halperin a la renovación de la historia política, al plantear las grandes corrientes de pensamiento en el Río de la Plata, la importancia de los sectores populares como factores de desequilibrio en la sociedad criolla y el uso de los conceptos de la época para plantear los problemas en los términos en que los concebían los contemporáneos.
En otros dos textos, uno dedicado al historiador medievalista francés George Duby y otro al libro de Oscar Oszlak Sobre la formación del estado argentino publicado en 1982, valoraba el diálogo entre la historia y las Ciencias Sociales y la importancia de evitar lo que consideraba “versiones ideologizadas” de la historia, tanto la liberal y la revisionista como la “vulgarización marxista” con sus visiones mecanicistas. A través del análisis crítico de las obras, Romero postulaba sus propias ideas sobre la necesidad de una renovación historiográfica. Así como la historia económica y social había iniciado un proceso renovador en los años cincuenta, aparecía como necesario modernizar una historia política que aún cultivaba un “estilo decimonónico” y también actualizar la historia de las ideas con herramientas que permitieran analizar cómo los grupos sociales construían sus sistemas ideológicos a partir de creencias, actitudes y valores.23
El PEHESA publicó como grupo dos artículos en los que planteó los temas y enfoques de su propuesta historiográfica al mismo tiempo que sentaba posición sobre aspectos de aquel presente bajo la dictadura. En “¿Dónde anida la democracia?”, en el número 15 de octubre de 1982, describían los avatares del sistema político argentino a partir del análisis de la participación de los sectores populares en experiencias democráticas. En este texto escrito en conjunto, que Romero reconoce como “la más genuina producción del PEHESA porque lo hicimos entre todos, frase a frase”24, afirmaban que las organizaciones primarias y celulares constituidas desde fines del siglo XIX habían habilitado instancias de politización que fueron dando identidad a los sectores populares y gestando prácticas igualitarias que se constituyeron en “nidos” de democracia auténtica. Para el PEHESA, la clave de la vida política argentina desde 1880 hasta 1945 residía en los avances y repliegues que se sucedieron en ese proceso, determinado por la interrelación entre el desarrollo de la sociedad civil y los avances del Estado sobre esos espacios de base.
En agosto de 1983, el grupo escribió sobre “La cultura de los sectores populares”, retomando uno de los ejes conceptuales y temáticos sobre los que organizó sus trabajos de investigación. Aquí planteaban un corrimiento de dos concepciones comúnmente utilizadas para analizar la cultura popular, pues para ellos no era una “arcilla” modelada desde la cultura dominante ni tampoco un campo autónomo, homogéneo e incontaminado que se resistía a toda influencia externa. La cultura de los sectores populares era, por el contrario, un conjunto compuesto por formas fragmentarias y en continua transformación, producto de las experiencias personales, familiares y políticas de quienes la construían. A partir de la reconocida influencia de E. P. Thompson y de los estudios culturales británicos, los sectores populares eran identificados como las clases subalternas que crean y recrean su cultura en perpetuo cambio, resistencia y tensión con las clases dominantes.25
Si bien el período trabajado por el PEHESA comprendía desde la segunda mitad del siglo XIX hasta 1930 en este artículo hay alusiones a 1945 y a los comienzos del peronismo. Se reconocía cómo en aquel momento había resurgido notablemente la participación popular y por ello afirmaban que en ese año “[…] simbólicamente podemos ubicar el origen de la era contemporánea de nuestra vida sociopolítica y sociocultural”. No consideraban, sin embargo, que esa fecha significara un corte profundo con las tradiciones populares y buscaban en las diferentes configuraciones de esa tradición que se había ido constituyendo desde fines del siglo XIX las claves para comprender el nuevo proceso iniciado con el peronismo. El reconocimiento de esa pervivencia y de la permanente transformación de la cultura popular los llevaba, asimismo, a cuestionar la clásica interpretación de Gino Germani que calificaba a los seguidores del nuevo movimiento como “masa en disponibilidad”, desconociendo que las ideas de alianza de clases y justicia social ya estaban presentes en la tradición cultural y política de los sectores populares desde las décadas previas. Un cuestionamiento similar realizaba Leandro Gutiérrez a Juan José Sebreli en una reseña sobre su libro Los deseos imaginarios del peronismo, publicado 1983, porque de su lectura se desprendía que el autor consideraba a los sectores populares como siempre manipulables.26
Además de los artículos del grupo o de sus miembros, en las secciones que Punto de Vista dedicaba a publicaciones recibidas se mencionaban algunas del CISEA, del CEDES y de otros historiadores vinculados a los centros de investigación privados, reportajes a Halperin y referencias frecuentes a José Luis Romero. En una reseña sobre Buenos Aires: historia de cuatro siglos, una obra colectiva dirigida junto a su hijo editada en 1983, Waldo Ansaldi la calificaba como “un excelente producto de la ¨cultura de catacumbas¨ que en estos duros últimos años permitió la sobrevivencia del pensamiento creador y crítico”. Por ello, el autor la celebraba como un triunfo de la sociedad civil por sobre la intolerancia.
En el corpus de artículos publicados en la revista durante los años de la dictadura, el PEHESA desplegó el abanico de temas y problemas historiográficos que los ocupaba y a través de algunos de ellos manifestaron apreciaciones sobre la situación del país. La cultura y la participación política de los sectores populares, los espacios en que históricamente habían anidado experiencias de democracia auténtica, el fortalecimiento de la sociedad civil y la recuperación del ejercicio del estado de derecho eran tópicos para la historiografía pero también les permitían plantear cuáles eran los caminos posibles para la recuperación democrática. En relación al período 1930-1943, que había restringido la participación política de los sectores populares señalaban: “La cuestión acerca de dónde anidó la democracia en estos años es, sin duda, compleja y mal conocida, pero también llena de sugerencias para nuestro presente, también complicado y oscuro”.27 Así también Romero en la reseña sobre Poder y derechos en el “Proceso de Reorganización Nacional” una publicación de Enrique Groisman editada por el CISEA en 1983 dedicada a analizar las formas de ejercicio del poder dictatorial, las atribuciones discrecionales y la violación de los principios del derecho, reconocía en el texto no solo un riguroso trabajo académico sino, sobre todo, una toma de posición ciudadana que indicaba la necesidad de recuperar la democracia formal como condición necesaria para la democracia real.28
Algunos integrantes del grupo publicaron artículos en Desarrollo Económico, la revista creada en 1958 que formaba parte del IDES desde 1960 y se había constituido en una referencia significativa en el ámbito de los estudios sociales (Caravaca 2018). La mayoría de ellos fueron incorporados en la sección “Crítica de libros” y estaban dedicados a reseñar trabajos recientes sobre temas históricos.
En una nota sobre Una historia económica de Argentina. 1776-1860, publicado en inglés en 1979, Hilda Sabato reconocía que el libro del historiador norteamericano Jonathan Brown realizaba nuevos aportes al estudio del desarrollo económico y social rioplatense. Si bien le adjudicaba una visión unidireccional y lineal que dejaba de lado la crisis y el conflicto, celebraba su aparición en un momento que “no se caracterizaba por la abundancia ni la excelencia de trabajos sobre historia argentina”.29
También los libros de integrantes del grupo fueron reseñados durante el período analizado. En el número 79 de 1980 Alberto Ciria se dedicó a La experiencia argentina y otros ensayos, una colección de trabajos de José Luis Romero compilados por su hijo y editados ese año. La propuesta de interrelacionar sociedad, cultura y clases sociales permitía a Romero, según Ciria, plantear gran cantidad de temas, problemas e ideas fuerza para analizar la historia nacional. La reseña es una valoración conjunta de la vida y la obra de Romero padre que, como historiador y ciudadano con convicciones socialistas y liberales, legaba un programa para combinar justicia social con democracia moderna, aporte imprescindible según Ciria en el comienzo de los años ochenta.30
En la edición número 87 de 1981, Diego Armus se ocupaba de ¿Cómo fue la inmigración irlandesa en Argentina?, de Sabato y Korol. Armus destacaba la importancia de los trabajos sobre migraciones porque su impacto estaba directamente vinculado con el proceso modernizador que consolidó el capitalismo periférico argentino a finales del siglo XIX. Sin embargo, lamentaba que esos estudios hubieran sido absorbidos por los trabajos sobre la expansión económica de la pampa húmeda, por lo cual aún estaba pendiente una historia social que atendiera a las prácticas y comportamientos de los grupos migrantes y las formas de inclusión a la sociedad local. Es por ello que Armus valoraba que el abordaje de Sabato y Korol focalizara en las trayectorias de inmigrantes irlandeses desde una perspectiva omnicomprensiva y a través de un abordaje cuanti-cualitativo que permitía identificar mecanismos de incorporación al nuevo entorno, estructura interna de la comunidad, actividades económicas y diferenciaciones sociales. Desde este modo, el libro lograba superar tanto la historia anecdótica como los enfoques generales que subsumían a la inmigración masiva como una variable para explicar la modernización.31
Romero reseñó en 1981 el libro publicado por el historiador británico John Lynch Dictador argentino. Juan Manuel de Rosas. 1829-1852. A partir de la que consideraba una buena escritura y estructura narrativa y del análisis exhaustivo de fuentes, Romero señalaba que Lynch buscaba comprender antes que juzgar, produciendo una sugestiva reconstrucción histórica para explicar al personaje y a la sociedad que lo produjo y a la que también él imprimió su marca. Romero encontraba, de todos modos, que Lynch se movía en un equilibrio inestable, si bien por un lado trataba de evitar las interpretaciones ideológicas, por otro lado, recurría a lo que para él constituían “vicios” propios de las visiones historiográficas tradicionales, como nombrarlo “sangriento dictador” o plantear su gobierno como la contracara del proyecto rivadaviano.32
Durante los años de la dictadura Punto de Vista y Desarrollo Económico fueron las publicaciones en las que el PEHESA realizó aportes periódicos. La introducción de la historiografía y los estudios culturales del marxismo británico, los vínculos entre historia, política, literatura y sociedad y un modo de abordaje de los sectores populares que recuperara la dimensión subjetiva y las formas con que se había ido construyendo la cultura popular eran las cuestiones comunes que ocupaban al PEHESA y a Punto de Vista y así se reflejó en las páginas de la revista. Por otro lado, las reseñas de o sobre trabajos de integrantes del grupo en Desarrollo Económico se referían a la otra área de temas que los ocupaban: procesos económicos, migraciones, comportamientos sociales y análisis sobre el rol de José Luis Romero y el aporte de sus obras al desarrollo de la Historia Social.
En este circuito de publicaciones se identifican referencias cruzadas, citas de unos a otros en revistas especializadas o dirigidas a un público más amplio, artículos escritos en conjunto y críticas de libros cuyos autores formaban parte de los centros de investigación. Se trata de las “citaciones recíprocas” que Devés-Valdéz menciona como una de las formas de comunicación de las redes intelectuales (2007: 32). Como sugiere Merbilhaá, a través de ellas la red se vuelve visible y podemos reconocer su materialidad (2012).
El cercenamiento del debate público, la intervención de las universidades y la represión impuestos durante la última dictadura argentina iniciada en 1976 desarmaron el denso entramado cultural consolidado desde los años sesenta y provocaron la dispersión de sus promotores, muchos de ellos víctimas de la represión estatal y otros empujados al exilio o a la dedicación a otro tipo de actividades. Ante ese contexto, las diferentes modalidades asociativas que hemos analizado actuaron como una forma de disidencia intelectual frente al gobierno de facto y sus políticas educativas. Fueron circunstancias específicas que dieron lugar a una particular modalidad de intervención intelectual, que ha recibido denominaciones como «universidad de las catacumbas» (Sabato 1996) o “contraofensiva parauniversitaria” (Gerbaudo 2015).
Revistas, grupos de estudio, centros de investigación privados y asociaciones se constituyeron en ámbitos de sociabilidad intelectual y en instancias alternativas de producción de conocimiento, desarrollados al margen de las instituciones oficiales. La descripción y el análisis de estas experiencias contribuyen al estudio de la dinámica de la trama intelectual durante aquellos años. Por allí circulaban integrantes del PEHESA que publicaron en revistas, organizaron cursos en la sede del CISEA y en las de CLACSO o IDES y fueron parte de las diferentes comisiones de trabajo de la Sociedad Argentina de Estudios Históricos (SAEH), fundada en esos años con el fin de fortalecer los vínculos entre historiadores, defender intereses disciplinares y mejorar las condiciones de su práctica profesional.
Encontramos así una red intelectual tramada por relaciones personales, académicas y profesionales que logró articular y sostener en el tiempo espacios para el encuentro entre pares y para la difusión de textos e ideas. Un circuito que permitió a estudiantes, docentes e investigadores continuar ejercitando el pensamiento crítico y llevar adelante proyectos de investigación o actualización teórica. El PEHESA manifestó esta intención en los primeros documentos en los que dejó constancia de sus propósitos. La SAEH buscó desde sus inicios formalizar su trabajo como asociación para intervenir en el ámbito historiográfico, tanto para renovar programas y lecturas como para mejorar las condiciones materiales del trabajo de los historiadores. Así también lo reconocían los miembros de Punto de Vista que en el editorial número 12 de octubre de 1981 declaraban haber creado la revista para “reconstruir algunos eslabones del campo intelectual” y abrir un ámbito de debate de ideas donde se ejercitara el derecho a disentir, una condición básica aún en una “cultura amenazada material y políticamente”. Ubicándose en una tradición crítica demarcada por la generación de 1837, FORJA33 y Contorno34, señalaban también la importancia de los emprendimientos culturales por fuera de las estructuras oficiales: “porque lo mejor de la cultura nacional se ha originado en la polémica, incluso en el exilio, a veces en la marginalidad o el descentramiento respecto de los aparatos homogeneizadores”.35
Este abordaje es una de las formas posibles para estudiar la vida cultural del período y pretende contribuir al conocimiento y análisis de experiencias disidentes al régimen de facto. Los interrogantes que guiaron los análisis apuntaron a indagar qué transformaciones se produjeron en las prácticas y ámbitos de sociabilidad de los historiadores bajo el impacto de la dictadura, cómo cambiaron las condiciones de producción de saberes y los modos de relacionarse. Raymond Williams plantea la importancia de reconocer la significación histórica de estas formaciones sociales, de los grupos y asociaciones que son modos de autoorganización de los intelectuales y cuyas prácticas están siempre atravesadas por los contextos sociales y políticos de cada época. Los testimonios de algunos de los actores participantes de la red historiográfica descrita y las formas de sociabilidad identificadas permiten caracterizar este momento particular de la vida intelectual que pudo desarrollarse en los “intersticios” de la última dictadura. Las alusiones a un mundo poco formalizado y alejado del campo académico refieren a una “formación en los márgenes”, por fuera de la esfera educativa oficial, y de una vida asociativa unida por vínculos informales y de amistad que hicieron posible sostener “espacios de supervivencia intelectual”, tal como coincidieron en describirlos Hilda Sabato, Beatriz Sarlo y Luis Alberto Romero al ser consultados sobre su participación. Asimismo, es preciso reconocer que la estructura de la red y los espacios por los que transitaban sus integrantes ilustran la importancia que adquirieron en esos años los centros privados de investigación, que albergaron y apoyaron las inquietudes y proyectos de docentes y graduados recientes que no podían ejercer la profesión en las instituciones públicas.
Por último, señalamos que este trabajo espera también ser un aporte a la historia reciente de la historiografía y a la historia de la universidad. En este sentido, investigaciones dedicadas a analizar el proceso de reinstitucionalización de las universidades con la apertura democrática en 1983 indican que cátedras, programas y cuerpos docentes que fueron parte de la reconstrucción de los claustros se conformaron en gran medida a partir de lo trabajado en los grupos de estudio y los centros de investigación que habían continuado generando conocimiento durante la dictadura (Bruno, 2010; Gerbaudo, 2010; Kauffman, 2017; Lesgart, 2003; Montaña, 2013). Así lo entiende también Sarlo cuando, al rememorar la experiencia de sus grupos, señala que todo lo que se construyó durante la dictadura pasó directamente a la universidad a partir de 1984: “Es lo que sabíamos, [...] porque lo habíamos estudiado los diez años antes, entre nosotros, habíamos estudiado eso, habíamos estudiado el Martín Fierro, habíamos estudiado Sarmiento, por eso nos habíamos relacionado con Halperin Donghi. Era lo que sabíamos, no sabíamos otra cosa” (2019). Lo señala además, específicamente, en cuanto a Punto de Vista: “En democracia, muchos de los temas que la revista había presentado [...] pasaron a formar parte del stock que alimentó la Universidad” (1999) (Girbal-Blacha y Quattrocchi-Woisson 1999; Romero 1986; 2010; Sarlo 1988).
En relación a la SAEH, María Teresa Camarda relata que: “La llegada de la democracia abrió nuevas perspectivas laborales y la sociedad se fue debilitando en su actividad”. Por su parte, el PEHESA inició una nueva etapa que lo llevó tiempo después a ser integrado a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. El historiador Juan Suriano, que se incorporó en esos años al programa, también reconocía durante una entrevista mantenida en 2018 el punto de inflexión que significó 1983: “La apertura de las instituciones públicas nos fue llevando por caminos diferentes [...] los grupos desaparecen. Porque otra vez ahí, todos los que tenían este tipo de grupos logran tener otros espacios de discusión, pero fundamentalmente pasan al ámbito público”. Las redes intelectuales tendrían, desde entonces, otras modalidades de intervención asociadas a la nueva etapa política e institucional que se abría en la historia argentina.
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