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<journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Revista Pilquen - Sección Ciencias Sociales</journal-title>
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<article-title xml:lang="es">“Más allá de lo que imaginaba”. Las Jornadas del Color y de la Forma, una experiencia colectiva entre arte y educación</article-title>
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<italic>The  Jornadas del Color y de la Forma: A Collective Experience Between Art and  Education</italic>
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<copyright-holder>Complejo Universitario Regional Zona Atlántica y Sur. Universidad Nacional del Comahue</copyright-holder>
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<title>Resumen</title>
<p>El objetivo de este artículo es investigar las “Jornadas del  Color y de la Forma” (Buenos Aires, 1975-1981), una experiencia colectiva  (Fernández Savater, 2020) organizada por la artista visual Mirtha Dermisache y  los alumnos de su taller en tiempos de terrorismo de Estado en Argentina. La  pregunta que guía este análisis se centra en cómo conceptualizar prácticas  ambivalentes que sobrepasan los límites disciplinares del arte y la educación,  y que recurren a herramientas heterogéneas, alejadas tanto de la idea de “obra  de arte” como de la de “taller”. Para ello, reconstruimos las seis ediciones de las Jornadas, analizamos el rol de los sujetos involucrados, indagamos sobre el  espacio seleccionado y las “consignas” que guiaron el trabajo. En busca de una  conceptualización de la experiencia que no reduzca sus sentidos, realizamos un  análisis cualitativo basado en fuentes primarias halladas en el archivo  personal de la artista, un conjunto de entrevistas realizadas a algunos de los organizadores  y testimo­nios de época de los participantes. Además, recurrimos a los aportes  de Goodman (1978), Dewey (1964) y Deleuze (Deleuze en Deleuze y Parnet, 2002),  a partir de los cuales proponemos concebir a las Jornadas como una experiencia  colectiva entre arte y educación.</p>
</abstract>
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<title>Abstract</title>
<p>The aim of this article is to investigate the “Jornadas  del Color y de la Forma” (Buenos Aires, 1975-1981), a collective experience  (Fernández Savater, 2020) organized by the visual artist Mirtha Dermisache and  her workshop students during the period of state terrorism in Argentina. The  central question guiding this analysis focuses on how to conceptualize  ambivalent practices that transcend the disciplinary boundaries of art and  education, and that make use of heterogeneous tools, detached from both the idea  of “artwork” and “workshop.” To this end, we reconstruct the six editions of  the Jornadas, analyze the roles of the individuals involved, explore the  selected space, and examine the “guidelines” that structured the work. In  search of a conceptualization of the experience that does not flatten its  meanings, we conducted a qualitative analysis based on primary sources found in  the artist's personal archive, a set of interviews with some of the organizers,  and period testimonies from participants. Furthermore, we draw upon the  contributions of Goodman (1978), Dewey (1964), and Deleuze (Deleuze in Deleuze  and Parnet, 2002), based on which we propose to conceive the Jornadas as a  collective experience between art and education.</p>
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<title>Palabras clave</title>
<kwd>Artes visuales</kwd>
<kwd>Educación  artística</kwd>
<kwd>Experiencia colectiva</kwd>
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<title>Keywords</title>
<kwd>Visual  arts</kwd>
<kwd>Artistic education</kwd>
<kwd>Collective experience</kwd>
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<sec sec-type="intro">
<title>
<bold>Introducción</bold>
</title>
<p>El presente artículo  indaga sobre las posibilidades de conceptualizar una experiencia ambivalente,  como las <italic>Jornadas del Color y de la  Forma,</italic> organizadas en distintos espacios de gestión municipal de la ciudad  de Buenos Aires, en tiempos de terrorismo de Estado (entre 1975 y 1981), por la  artista visual Mirtha Dermisache y algunos alumnos de su taller. La propuesta  invitaba al público a experimentar con un conjunto de técnicas plásticas en un  museo transformado en taller. Para ello, a lo largo de cada una de las seis  ediciones que se efectuaron, se dispusieron mesas y diversos materiales  (témperas, ladrillos, crayones, arcilla, entre otros) que les permitían a los  adultos explorar con libertad durante todo el encuentro. Quienes se acercaban a  participar no encontraban mayores explicaciones respecto de qué era lo que  sucedía allí. Únicamente un grupo de personas se explayaban sobre cómo utilizar  los materiales para luego abrir paso a la experimentación.</p>
<p>Las Jornadas  del Color y de la Forma fueron eventos  multitudinarios realizados en tiempos de aislamiento; un modo de ocupar  colectivamente el espacio público en una época en que ello estaba estrictamente  controlado. Fueron una de las formas que encontraron muchas personas para  expresarse en tiempos de censura. Se  realizaron en pleno centro porteño, en espacios de enorme reconocimiento, como  el Teatro Municipal General San Martín, tuvieron gran repercusión en la prensa  y fueron apoyadas económicamente por una serie de empresas (entre las que se  cuentan Coca Cola y Aerolíneas Argentinas). Sin embargo, han quedado por fuera  de la tradición selectiva (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref17">Williams, 2009</xref>), sin un abordaje por parte de los relatos  historiográficos hegemónicos.</p>
<p>A fin de saldar ese vacío, en trabajos anteriores, avanzamos en  las primeras reconstrucciones de la experiencia (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref3">Cañada, 2015</xref>).  Situamos a las Jornadas del Color y de la Forma  en la trayectoria artística y pedagógica de la artista, nos preguntamos por la  potencia crítica de esta experiencia efectuada en tiempos de terrorismo de  Estado y la pusimos en diálogo con otras de su tipo, realizadas en otras  latitudes del Cono Sur (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref1">Cañada, 2024</xref>). A su  vez, recientemente aparecieron algunas interpretaciones que atienden tanto  a la dimensión artística como pedagógica de  las Jornadas del Color y de la Forma: analizan su  carácter pedagógico (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref11">Hakel, 2016</xref>) y la inscriben en el marco de la obra  individual de Dermisache (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref15">Pérez Rubio, 2017</xref>). Sin embargo, su indagación en  profundidad sigue presentándose como un área de vacancia. El estudio de  un evento masivo, abierto y gratuito que invitaba a expresarse libremente en  tiempos de censura y control sobre los cuerpos y las ideas resulta fundamental  para continuar complejizando la mirada sobre una trama de prácticas que,  haciendo uso de distintas estrategias, permitieron seguir haciendo política.  Asimismo, reflexionar sobre las Jornadas del Color y de la Forma resulta  relevante para problematizar cómo el arte y la educación, y las experiencias  que de su encuentro resulten, pueden ser poderosas herramientas cuando se  pretende que los sujetos simplemente hagamos silencio y obedezcamos. Un  análisis de este caso resulta significativo también para problematizar sobre  los bordes y desbordes de las instituciones.</p>
<p>En este artículo, nos interesa volver sobre la pregunta en torno a  cómo conceptualizar una experiencia que desborda los límites disciplinares del  arte y de la educación, y se nos presenta como ambivalente,  como una y otra cosa a la vez. Una posibilidad sería conceptualizarlas como un taller o clase abierta, en tanto fueron el resultado de las actividades  desplegadas en el taller de Acciones Creativas o  tAC, un espacio pedagógico privado que impulsaba la  experimentación plástica de adultos organizado  por Dermisache. Quienes allí asistían exploraban cada semana una técnica  diferente con el objetivo de potenciar el desarrollo de su creatividad. Fue a  los alumnos de ese taller a quienes se les propuso, a fines de 1974, llevar a  cabo una muestra de fin de año. Sin embargo, como nada de lo que allí se  hacía se exhibía, los integrantes del taller de Acciones Creativas decidieron  realizar un taller abierto al público. Durante dos  días, en la Galería Carmen Waugh se reprodujeron las actividades que cada semana se experimentaban en el taller de  Acciones Creativas. El acceso era libre y gratuito y  estaba orientado al público adulto con o sin formación artística. Dicha propuesta, que los organizadores llamaron  “piloto” derivó en 1975 en la experiencia aquí  estudiada que reproduce lo realizado en Carmen Waugh y en el taller de  Acciones Creativas.</p>
<p>Las Jornadas  del Color y de la Forma también pueden interpretarse  como una obra de arte —autoría de Dermisache—. En tanto obra, estas comparten  con la producción gráfica de la artista algunas preocupaciones en torno al arte  y a la obra de arte: los modos de ampliar el público que asiste a las  exhibiciones y el lugar que ocupa, las posibilidades de comunicación y  expresión que habilitaban sus obras, el rol que debían cumplir los artistas, el  lugar por donde debía circular el arte, entre otros. Desde mediados de los años  sesenta —en vínculo con el Centro de Arte y Comunicación<underline>
<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn1">1</xref>
</sup>
</underline> (CAyC)—, Dermisache exploraba con una serie de grafismos o escrituras ilegibles  que en algunas ocasiones adoptaban el formato de  libros y en otras de cartas, cuadernos. En todos los casos, la artista esperaba  que el público manipulara, leyera e  imprimiera sus propios sentidos a las obras y así sirvieran como una herramienta para la expresión. Lo mismo sucedía con el  dispositivo creado para las Jornadas del Color y de la Forma.</p>
<p>¿Cómo conceptualizarlas, entonces, si son una y otra cosa a la  vez, si se resisten a ser encasilladas de forma unívoca? ¿De qué modo hablar de  ellas sin reducirlas y, en esa simplificación, quitarles su potencia? ¿Cómo  pensar estas propuestas más allá de los relatos de sus organizadores y de las  intenciones que ellos pudieron enunciar? ¿Cómo denominar aquello que se corre  de lo frecuente y que, en su devenir, se transforma de forma constante? ¿De qué  modo se encuentran el arte y la educación?</p>
<p>A partir de estos interrogantes, proponemos pensar que las Jornadas del Color y de la Forma son obra y taller (en tanto espacio de aprendizaje<underline>
<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn2">2</xref>
</sup>
</underline>) a la vez: conviven, se encuentran, se conjugan, se  potencian. Y que es en el <italic>encuentro</italic> donde aparece una identidad común que no es, por definición, intrínseca de una  ni de la otra: la preocupación por liberar la creatividad de las personas y  habilitar la expresión a través de la experiencia.</p>
<p>Para ello recuperamos la idea de <italic>encuentro</italic> planteada por Deleuze (en <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref5">Deleuze y Parnet, 2002</xref>), ya que  nos permite problematizar  sobre aquello que sucede entre el arte y la educación  cuando, en lugar de quedar subsumidos uno al otro, acontece entre ambos algo  diferente. Deleuze entiende al encuentro como aquello que acaece entre dos (o  más) personas, movimientos, ideas o acontecimientos, que no está necesariamente  en uno ni en otro, sino <italic>entre</italic> los  dos, incluso fuera de los dos y que corre en otra dirección. Es esa combinación  única que no consiste en la unificación (hacer juntos), sino en la generación  de algo distinto (hacer entre dos). Se trata de encontrar, de hallar, sin la  necesidad de resolver ni juzgar.</p>
<p>Además, recuperamos la noción de <italic>experiencia colectiva</italic> de un trabajo actual de Amador <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref7">Fernández  Savater (2020)</xref>, quien señala la diferencia entre vivencia y experiencia:</p>
<p>
<disp-quote>
<p>... vivencia es lo que nos pasa, la huella o el reflejo en  nosotros de lo que pasa. Vivencia colectiva es aquello que nos pasa a todos  juntos o a la vez. Pero una experiencia sería distinto: no sólo una huella que  refleja lo que pasa, sino más una marca que inscribimos nosotros, como un  tatuaje. Producir esa marca a través de algún tipo de “nosotros” sería una  experiencia colectiva. (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref7">2020</xref>)</p>
</disp-quote>
</p>
<p>Así, una experiencia supone un hacer con aquello que nos pasa, no  solo sufrirlo —dice el autor—, sino cambiar la manera en que nos relacionamos  con ello, inventar otros recorridos, abrir otros posibles, transformarlo en una  situación habitable, modificable, resignificable (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref7">Fernández Savater, 2020</xref>).  Cuando en ese hacer aparece un nosotros, una comunidad, un espacio abierto a la  participación, allí la experiencia se convierte en colectiva.</p>
<p>Para reflexionar sobre la dimensión artística de las prácticas  indagadas, apelamos a los trabajos del norteamericano <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref10">Nelson Goodman (1978)</xref>,  quien sostiene que es errado seguir buscando una definición sobre qué es el  arte. En cambio, advierte, es preciso modificar la pregunta para reconocer que  una cosa/acontecimiento puede funcionar como arte en algunos momentos y en  otros no. Según el autor, lo que hay que preguntarse es <italic>cuándo hay</italic> o <italic>es</italic> arte.  Dicha pregunta permitirá pensar que los objetos, las acciones o las prácticas  no poseen una característica intrínseca u ontológica que los hace, o no,  artísticos, sino que en determinadas circunstancias pueden funcionar como arte.  Goodman afirma que la expresión y la representación no son las únicas funciones  simbólicas que puede poseer una obra de arte, sino que lo que cuenta en una  pintura (u otra pieza artística) es la posesión, en lugar de la  ejemplificación, de ciertas propiedades. Es decir que un objeto/hecho artístico  no necesita tener una función simbólica externa a sí mismo para ser  considerado como tal. Es en virtud de actuar como un símbolo que un objeto se  convierte, mientras funciona, en artístico. En este trabajo nos interesa pensar  cómo en el paso del espacio privado del taller al museo se transforma la  dimensión simbólica, y las Jornadas del Color y de la Forma pueden ser pensadas  también como obra de arte.</p>
<p>A fin de analizar la dimensión pedagógica, recurrimos a la noción  de <italic>experiencia educativa</italic>, tal como la  plantea el norteamericano John Dewey, quien señala: “Existe una íntima y necesaria relación entre los  procesos de la experiencia real y la educación” (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref6">Dewey, 1964, p. 16</xref>). Por lo tanto, el objetivo del  educador debe ser generar aquel tipo de experiencias consideradas educativas.  Estas serían aquellas que “no repeliendo al alumno, sino más bien incitando su  actividad, sean sin embargo, más que agradables inmediatamente y provoquen  experiencias futuras deseables. (…) Independiente por completo de todo deseo o  propósito, toda experiencia [educativa] continúa viviendo en experiencias ulteriores” (Dewey, 1964, p. 25). Para promover este tipo de  experiencias, las sugerencias del docente no deben ser un molde, sino un punto  de partida que ayude a organizar las condiciones de la experiencia y discernir  qué actitudes conducen a un desarrollo continuado y cuáles son perjudiciales. En el proceso educativo ─centrado en la experiencia─ intervienen, según  el autor, condiciones  objetivas o externas y  condiciones internas del que aprende. Las primeras comprenden:</p>
<p>
<disp-quote>
<p>(...) lo que hace el educador y el modo  en que lo hace; y no solo las palabras habladas, sino también el tono de voz en  que se pronuncian. Comprende los materiales con que actúa el individuo, y, lo  más importante, la total estructuración social de las situaciones en que se  halla la persona. (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref6">Dewey, 1964, p. 49</xref>)</p>
</disp-quote>
</p>
<p>Las condiciones internas, por su parte,  son aquellas capacidades y propósitos que portan los enseñados. Tomadas en  conjunto (las condiciones objetivas y las internas) constituyen una <italic>situación</italic> (Dewey, 1964). Analizar las Jornadas del Color y de la Forma en los términos en que lo plantea Dewey nos  posibilita entender el dispositivo dispuesto por Dermisache y su equipo como un  modo de generar las condiciones para que la experiencia educativa tenga lugar.</p>
<p>En síntesis, atendiendo a los conceptos planteados y sin pretender  alcanzar una definición cerrada y estable, postulamos que en ese encuentro  entre el arte y la educación surgieron experiencias colectivas que se  des-identifican de ambos para ubicarse <italic>entre</italic> obras de arte efímeras y talleres públicos de arte, <italic>entre</italic> puro acontecimiento y pura materialidad, <italic>entre</italic> ficción y praxis vital, <italic>entre </italic>momento de producción y de exhibición. Experiencias que han sido vividas  por el público como <italic>talleres públicos</italic> y, a la vez, han sido entendidas e imaginadas por Dermisache como <italic>obra acontecimiento</italic>; y que han devenido  también en <italic>espacio de libertad</italic>,<italic> fiesta</italic>,<italic> refugio</italic>,<italic> aventura interior</italic> según el testimonio del público. En  función de todo lo mencionado hasta aquí, en este  artículo proponemos conceptualizar a las Jornadas del Color y de la  Forma como “experiencias colectivas entre arte y  educación”.</p>
<p>Para la realización de este trabajo, recurrimos tanto a fuentes  primarias como a la realización de entrevistas semiestructuradas a aquellos de los coordinadores que  logramos contactar. Las primeras fueron consultadas  en su mayoría en el archivo personal de la artista, hoy alojado en  Fundación Espigas. Allí, se conservan fotografías,  recortes de prensa, anotaciones, encuestas realizadas al público, fichas de  clases, cartas en las que solicitaba la donación de materiales, entre muchos  otros documentos que Dermisache guardaba sistemáticamente. Estos nos  permitieron reconstruir lo acontecido, así como recuperar la voz de los distintos  sujetos implicados, sus intenciones, perspectivas y acciones. La insistencia de la artista en conservar copia de todo el  material da cuenta, en primer lugar, de la  importancia que le otorgaba a la experiencia. Pero, sobre todo, de la  conciencia que tenía de que, frente a lo efímero del acontecimiento, era  necesario dejar registros que permitieran reconstruir los eventos.</p>
<p>La mirada desde el presente que nos habilitan los testimonios  orales nos permitió complejizar dichas reconstrucciones. En el archivo de  Dermisache, encontramos todo aquello que ella eligió guardar, su mirada. En  cambio, las entrevistas a quienes estuvieron cerca de ella en esos años  descentraron el enfoque y nos posibilitaron acercarnos a otras memorias (las de aquellos que también  participaron de la organización), fundamentales para profundizar el análisis.</p>
<p>Con el objetivo de dar respuesta a los interrogantes planteados,  en primer lugar, recuperamos la trayectoria artística de Dermisache y la  ubicamos en el campo del arte. En segundo lugar, caracterizamos brevemente las  distintas ediciones de las Jornadas  del Color y de la Forma y su dinámica de trabajo. En  tercer lugar, las analizamos tomando en cuenta las siguientes variables: los  roles que cumplieron los distintos sujetos (Mirtha Dermisache, los  coordinadores y el público), las consignas que guiaron y justificaron la  propuesta, y el lugar elegido para su realización. Finalmente, avanzamos en una  propuesta conceptual de la experiencia.</p>
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<sec sec-type="cases">
<title>
<bold>Sobre  el arte y la artista:   Mirtha Dermisache entre los años sesenta y setenta</bold>
</title>
<p>
<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref22">Mirtha  Dermisache</xref> (16 de febrero de 1940 - 5 de enero de 2012) fue educadora, artista  visual y escritora. A lo largo de su vida exhibió poco, no ganó premios, no formó parte de  colectivos de arte y su obra tampoco fue reconocida por otros integrantes del  campo artístico, como críticos y galeristas en Argentina.  Ello a pesar de que tempranamente recibió el interés del afamado teórico  francés Roland Barthes quien en 1971 le envió una carta desde París diciendo:  “Usted ha sabido producir una cierta cantidad de formas, ni figurativas, ni  abstractas, que se podrían ubicar bajo la definición de escritura ilegible – lo  que lleva a proponer a sus lectores, ni puntualmente los mensajes ni tampoco  las formas contingentes de la expresión, pero sí la idea, la esencia de la  escritura” (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref20">Barthes, 1971</xref>). Esa temprana conceptualización de su obra como  escritura ilegible la acompañó a lo largo de toda su vida.</p>
<p>A  pesar de la poca atención que recibió en Argentina, sus obras fueron editadas y  publicadas en distintas ciudades de Europa (entre ellas Amberes, París y Londres), gracias a su vínculo con el CAyC  y a su amistad con Guy Scharaenen. Sólo hacia finales de su vida, de la mano de  su amigo y editor Florent Fajole realizó una serie de muestras individuales en  Buenos Aires. Luego de su fallecimiento, su obra comenzó a recibir  reconocimiento público, siendo uno de los hitos centrales la muestra individual  curada por Agustín Pérez Rubio en el MALBA (“<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref21">Mirtha Dermisache. Porque ¡yo  escribo!”, 2015)</xref>.</p>
<p>En  relación a su obra, a lo largo de su vida  Dermisache experimentó  con diversos trazos, dimensiones, colores, materiales (fundamentalmente, tintas  y marcadores), tipos de líneas, formatos y composiciones sobre papeles de  distintos colores. Las formas —producto de una búsqueda constante— son en su  mayoría de carácter orgánico (una mezcla de garabatos y grafías) y se destacan  sobre fondos planos, generando un gran contraste de color. Desde el comienzo,  su obra fue de carácter no figurativo, a pesar de que tomó el formato de  libros, diarios, cartas, historietas, entre otros. Conjugó de ese modo el  dibujo con la escritura. A comienzos de los setenta, Dermisache participó de  distintas muestras colectivas organizadas por el Centro de Arte y Comunicación.  Compartía con el CAyC la concepción del público como un participante activo y  la intención de sustituir al objeto único por una obra múltiple capaz de  generar experiencias.</p>
<p>Su  interés se centró en la publicación de sus trabajos y no solamente en la  exhibición, dado que consideraba a la primera de especial relevancia para el  acercamiento a un público más amplio. Al observar su empeño por la edición de  sus trabajos (junto a la preocupación porque fuese un objeto accesible a todos,  mediante el cual las personas pudieran expresarse) encontramos una concepción  particular del arte en la cual —contrariamente a lo establecido— las ideas de  original y copia son puestas en tensión, junto a las nociones de público y  exposición.</p>
<p>Dichos  cuestionamientos se inscriben en un clima de época en el que la materialidad de  la obra (y la existencia de un original único, valioso y vendible), así como el  rol del artista, de los museos y galerías y del público eran cuestionados. Entre fines de los años cincuenta y principios de los años  sesenta, en América Latina los artistas de vanguardia comenzaron a abandonar la  superficie de la tela y, luego, la pretensión de materialidad de la obra. El  arte se convirtió en acto, en movimiento, en acontecimiento, en aquello que,  tras suceder, se desvanecía. Según afirman<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref13"> Longoni y Mestman (2008)</xref>, en unos  pocos años los artistas plásticos abandonaron el cuadro para construir objetos,  luego se expandieron en el ambiente y, finalmente, alcanzaron la  desmaterialización, es decir, la desaparición del objeto físico. Longoni y  Mestman apuntan que para la vanguardia de los sesenta: “La obra se logra, se  completa, sólo a través de los efectos que produce sobre la conducta, la  sensibilidad o la conciencia del espectador” (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref13">2008, p. 60</xref>).</p>
<p>De  forma paralela a su producción gráfica, a comienzos de los años setenta,  Dermisache inauguró el taller de Acciones Creativas, un espacio de  experimentación plástica alternativo a la educación formal. Allí la artista  desarrolló su propuesta de enseñanza-aprendizaje tomando distancia de la  enseñanza tradicional centrada en el aprendizaje de habilidades y técnicas. De  carácter privado y lucrativo, el taller de Acciones Creativas estaba destinado  a jóvenes (mayores de dieciocho años) y adultos.</p>
<p>En  cuanto a la propuesta pedagógica del taller de Acciones Creativas, Dermisache  procuraba generar las condiciones objetivas (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref6">Dewey; 1964</xref>) para la  experimentación. Para ello disponía en el espacio una serie de materiales y les  explicaba a los asistentes cómo utilizarlos; luego los invitaba a jugar y  explorar de forma libre. “Jugar”, “expresarse libremente”, “desarrollar la  capacidad creadora”, “perderle el miedo a la hoja en blanco” (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref21">Dermisache,  s. f.-a)</xref> eran los objetivos de las clases. Lo que importaba allí no era el  resultado, sino el proceso y su impacto en cada participante. Por esa razón no  hacía apreciaciones sobre trabajos “buenos” o “malos”, ni se exhibían una vez  terminados.</p>
<p>Su  propuesta pedagógica -delineada de la mano de autores como Herbert Read y John  Dewey- también se inscribe en un contexto en que las instituciones y la  educación tradicional eran fuertemente cuestionadas. <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref9">Gonçalves  (2014) </xref>afirma que, durante los años sesenta y setenta en América Latina, con la crisis de las instituciones, comenzó  un período de ascenso de prácticas educacionales menos ortodoxas y más  experimentales, pensadas como alternativas con relación al Estado y al mercado.  En el caso argentino, por ejemplo, en los primeros setenta se había producido la sindicalización docente,  la campaña de alfabetización “Campaña de Reactivación Educativa de Adultos para  la Reconstrucción (CREAR)”, la extensión universitaria y la expansión de la  pedagogía de la Liberación (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref16">Pineau, 2014</xref>). Pablo Pineau sostiene que la renovación cultural y pedagógica  habían comenzado a cuestionar los modelos heredados del siglo anterior. En  esa genealogía de búsquedas y transformación  que atravesaban el arte y la educación, se inscriben las Jornadas del  Color y de la Forma.</p>
<sec sec-type="cases">
<title>
<bold>Del taller al museo</bold>
</title>
<p>En diciembre de 1974  la dinámica de trabajo del taller de Acciones Creativas fue trasladada a la  Galería Carmen Waugh con entrada libre y gratuita. Un mes antes, el 6 de  noviembre, se había declarado el estado de sitio en Argentina, que establecía  la suspensión de las garantías constitucionales en todo el país por tiempo  indeterminado. Para entonces, Argentina atravesaba un período de enorme  conflictividad social y política. Tras la muerte de Perón (ocurrida el 1 de  julio de 1974), la represión y el disciplinamiento se habían profundizado.  Espacios como el sindical, la universidad, la administración pública y los  medios de comunicación eran controlados e intervenidos. El Estado había  comenzado a clausurar las muestras de artes visuales, controlaba los premios, y  los artistas visuales que entre 1970 y 1973 habían llevado sus obras al espacio  público abierto se volcaban a espacios más resguardados, como instituciones,  museos y galerías (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref12">Longoni, 2014</xref>). Las violaciones a los derechos humanos  también se habían ido acrecentando amparados en una amplia normativa legal que,  como afirma Marina Franco “sostuvo y dio espacio al avance de las  prácticas de represión clandestinas desde muy temprano” (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref8">2012, p. 133</xref>).</p>
<p>En  ese contexto se realizó la Jornada Piloto en la Galería Carmen Waugh. A  contrapelo de lo que sucedía afuera, cualquier persona que se acercaba podía expresarse  plásticamente de manera libre. Según afirmaban los organizadores, se buscaba</p>
<p>
<disp-quote>
<p>salir  al encuentro del adulto por medio de un taller público gratuito y a través de  un método de trabajo no convencional. Posibilitando mediante dicha propuesta,  la realización de acciones creativas a la mayor cantidad de gente, en la mayor  cantidad de lugares. (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref29">taller de Acciones Creativas, 1981b, p. 3</xref>)</p>
</disp-quote>
</p>
<p>Al  año siguiente, la misma propuesta fue llevada al Museo de Arte Moderno que por  entonces funcionaba en el Teatro Municipal General San Martín. Esta vez bajo el  título “Jornada del Color y de la Forma, con la participación del público”  (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref30">taller de Acciones Creativas; 1975</xref>). Ello se daba en un contexto - julio de  1975- en el que el Estado controlaba y censuraba a la cultura, prohibía libros  y películas, allanaba librerías e imprentas, y suspendía programas de  televisión y de radio. Durante 1975 las violaciones a los derechos humanos se  habían multiplicado. La represión, el terror, la violencia y oclusión de las  ideas ya estaban instalados en el país (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref8">Franco, 2012</xref>).</p>
<p>En  ese contexto, se inició esta experiencia en la que, tal como sucedía cada  semana en el taller, se ponía a disposición del público un conjunto de  materiales para la realización de una técnicaplástica: modelado en arcilla,  monocopia, dactilopintura, entre otras. Todas eran muy sencillas y buscaban  impulsar la expresión, la comunicación, el asombro y el juego. Un conjunto de  coordinadores se dedicaba a explicar cómo utilizar los materiales al público y  luego los dejaban hacer, sin interrupciones. Esta forma de trabajo se sostuvo  en todas las ediciones.</p>
<p>Para  eso, las salas del museo eran transformadas: los paneles de exhibición  funcionaban como mesas en las cuales se disponía abundante material alrededor  de las cuales se disponían sillas. No había allí nada para “ver”, ningún  estímulo visual acompañaba la propuesta, los trabajos finalizados no se  exhibían, ni recibían ningún tipo de valoración.</p>
<p>De  esa manera, los organizadores esperaban habilitar un espacio (no casualmente el  de un museo) para la expresión de todas las personas sin importar su profesión,  clase social, género, ni edad. Deseaban servir de vehículo para liberar la  creatividad de las personas, particularmente de aquellas que no asistían con  frecuencia a museos y galerías de arte, en un tiempo en que las libertades se  encontraban cercenadas y que la educación tradicional no habilitaba ese tipo de  prácticas.</p>
<p>La  primera edición de las Jornadas del Color y de la Forma convocó a un público  masivo y fue muy bien recibida por el público, la prensa<underline>
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<xref ref-type="fn" rid="fn3">3</xref>
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</underline> y las  autoridades institucionales. También fue considerada un éxito por sus  organizadores. Por ello, al año siguiente se realizaron dos ediciones más. La  segunda se efectuó en junio de 1976, también en el Museo de Arte Moderno, y la  tercera en septiembre de 1976, en el Museo de Artes Visuales (una fusión entre  el Museo de Arte Moderno y el Museo de Artes Plásticas “Eduardo Sívori” que  duró apenas nueve meses). Argentina se encontraba para entonces  bajo una feroz dictadura militar. El 24 de marzo de 1976 una Junta Militar  integrada por el teniente general del ejército, Jorge Rafael Videla, el  almirante Eduardo Massera y el brigadier Orlando Ramón Agosti se había hecho  cargo del poder a través de un golpe de Estado. Se instaló entonces un gobierno  dictatorial que llevaría adelante una política sistemática de intimidación,  persecución, tortura y muerte. El brigadier Osvaldo Cacciatore ocupó a partir de entonces, y hasta  1982, la intendencia de la Ciudad de Buenos Aires<underline>
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<xref ref-type="fn" rid="fn6">4</xref>
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</underline>.</p>
<p>Las garantías constitucionales  continuaban suspendidas en todo el país y la represión alcanzaba para entonces  a miles de personas. Las Fuerzas Armadas se habían propuesto disciplinar a la  sociedad, con la pretensión de “reorganizar” el país de acuerdo con los valores  de Dios, patria y hogar. En  el caso de las artes visuales, el golpe de Estado de 1976 significó un quiebre  para muchos artistas (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref12">Longoni, 2014</xref>). La táctica de utilizar los espacios  públicos y galerías de arte fue abandonada entre los días previos y posteriores  al golpe, momento en el cual muchos artistas se refugiaron en la pintura de  caballete a través de la que “poco a poco pudieron articular un discurso que  diera cuenta del terror” (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref12">Longoni, 2014, p. 275</xref>). Quienes hasta entonces habían  aprovechado los intersticios en museos y galerías —frente a la violencia  instalada en las calles— para exhibir obras con un marcado contenido de  denuncia política, abandonaron los proyectos colectivos y el espacio público.  Los artistas visuales desplegaron de ese modo distintas formas de autocensura  que les permitieron seguir produciendo. A contrapelo de este repliegue estratégico por parte de  los artistas y a pesar de la pretensión del gobierno <italic>de facto </italic>de disciplinar los cuerpos y las ideas, un evento abierto,  masivo y de amplia difusión como las Jornadas del Color y de la Forma  fue posible e incluso se  repitió con gran participación y visibilidad<underline>
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<xref ref-type="fn" rid="fn5">5</xref>
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</underline>.</p>
<p>En  agosto de 1977 se realizó la cuarta Jornadas del Color y de la Forma, una vez  más en el Museo de Arte Moderno. Como el resto de las ediciones, contó con una  enorme participación de un público que asistía de forma libre y gratuita.</p>
<p>Las  últimas dos ediciones se desarrollaron en el Museo de Artes Plásticas “Eduardo  Sívori” (instalado en el octavo piso del Teatro Municipal General San Martín)  que desde 1977 dirigía Nelly Perazzo. La quinta aconteció en octubre de 1979 y  la sexta, en noviembre de 1981. Esta última edición —la más grande de todas— se  efectuó en el Centro Cultural Ciudad de Buenos Aires, hoy Centro Cultural  Recoleta, en donde el Museo Sívori realizaba algunas de sus actividades.      </p>
<p>
<underline>Un  análisis de las distintas ediciones</underline> nos permite concluir que con el correr del  tiempo, las Jornadas del Color y de la Forma se fueron prolongando (pasaron de  dos a doce días) y masificando (pasaron de dieciséis a más de cien  coordinadores, y de ocho a más de treinta mesas de trabajo). También observamos  cierta constancia en las personas que las coordinaron junto a Dermisache,  muchos de las cuales comenzaron como alumnos, luego fueron coordinadores y,  finalmente, pasaron a encargarse de actividades con mayor responsabilidad. Eran  en su mayoría alumnos y exalumnos del taller de Acciones Creativas que conocían  el método de trabajo empleado y habían sido formados por Dermisache. También es  posible observar que lo multitudinario, la dinámica de trabajo y la pretensión  de generar un espacio en donde las personas se pudieran expresar con libertad y  desarrollar su capacidad creadora sin importar el resultado material se  mantuvieron de la primera a la última edición (<xref ref-type="fig" rid="gf1">Tabla 1</xref>).</p>
<p>
<fig id="gf1">
<label>Tabla 1</label>
<caption>
<title>
<underline>Un  análisis de las distintas ediciones</underline>
</title>
</caption>
<alt-text>Tabla 1 Un  análisis de las distintas ediciones</alt-text>
<graphic xlink:href="347583219001_gf2.png" position="anchor" orientation="portrait">
<alt-text>Tabla 1 Un  análisis de las distintas ediciones</alt-text>
</graphic>
<attrib>Elaboración propia</attrib>
</fig>
</p>
</sec>
<sec sec-type="cases">
<title>
<bold>“Lo  importante es lo que pasa adentro”:   una mirada desde los sujetos, los espacios y las consignas de trabajo</bold>
</title>
<p>En este apartado,  analizamos algunos elementos compositivos de la experiencia, a fin de avanzar  en una posible conceptualización. Nos detendremos en el rol que ocupaban los  sujetos que intervinieron —indagaremos particularmente el rol ocupado por  Mirtha Dermisache, por los coordinadores y por el público—; en el espacio  elegido y en los motivos de dicha elección y en las consignas que guiaban el  trabajo en tanto síntesis conceptual de la experiencia.</p>
<p>En  primer lugar, en relación con los sujetos que participaron de la experiencia,  encontramos como pieza fundamental a Mirtha Dermisache. En 1992, en un  reportaje realizado por Julia Pomiés para la revista <italic>Uno Mismo</italic>, Dermisache se refería a las Jornadas del Color y de la  Forma como una obra de su autoría; afirmaba: “eso [en relación a las Jornadas  del Color y de la Forma] también era mi obra” (en <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref26">Pomiés, 1992, p. 51</xref>). Sin  embargo, de forma contemporánea a los acontecimientos, sus referencias no eran  tan directas. En 1980 manifestaba:</p>
<p>
<disp-quote>
<p>Decidí  hacer un diario dentro de una estructura muy formal, traté de que realmente  fuese un diario con estructura ya limitada en sus formas básicas. La escritura  se hace adentro, con el grafismo. Darle la oportunidad a los demás de que hagan  su propia noticia. Es la lectura a partir del individuo que la tome. Las  jornadas son lo mismo. (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref23">Dermisache en Arze, 1980, p. 5</xref>)</p>
</disp-quote>
</p>
<p>Aparece  allí la intención de que cada uno efectúe su propia interpretación de lo sucedido,  sin guiar esa lectura. Sin embargo, en 1982 luego de realizada ya la última  edición, en un artículo de la revista <italic>Summa</italic>,  aseveraba:</p>
<p>
<disp-quote>
<p>No  encuentro una palabra que pueda describirlas en su totalidad. En realidad las  Jornadas son como una obra-acontecimiento cuyo alcance está limitado solo por  la capacidad creativa de cada una de las personas que participan. Es como  arrojar semillas. Allí donde prenden se dará el verdadero objetivo de las  Jornadas. Yo pongo las bases, los materiales y el espacio para una aventura  interior. (...)</p>
<p>Resultan  entonces las Jornadas como una obra de infinitas caras que serían las de cada  uno de los trabajos que se realizan. Pero esto es solo un aspecto de ellas, el  que está basado en los resultados concretos, en los trabajos.</p>
<p>Cuando  digo obra-acontecimiento me refiero a que el público no concurre a ver una  obra, sino que ese mismo público, trabajando, es la obra. Y el otro aspecto,  posiblemente el más importante, tiene que ver con lo que ocurre dentro de cada  individuo cuando descubre que, sin temor al juicio y estando en un contexto  favorable, también puede expresarse más allá de lo que él mismo imaginaba.  (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref22">Dermisache en «Sextas Jornadas del Color», 1982, p. 80</xref>)</p>
</disp-quote>
</p>
<p>Las  Jornadas del Color y de la Forma pueden ser interpretadas como una obra efímera  en la que el público deviene un elemento central (hablaremos de su rol más  adelante) en tanto es su acción, su hacer (y no el resultado), lo que convierte  el dispositivo ideado por Dermisache en una obra. En sintonía con las experiencias  de los años sesenta en las que lo importante era el proceso; desapareciendo el  resultado material.</p>
<p>A  diferencia de otros artistas, como Alberto Grecco quien ya en 1964 señalaba o  demarcaba escenas de la vida cotidiana y las firmaba como obra de su autoría  (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref13">Longoni y Mestman, 2008</xref>), Dermisache no las firmaba, ni las señalaba. Podemos  pensar que con ese gesto buscaba cuestionar la autoría de las obras y pretendía  otorgarle al público un rol central en la asignación de sentido. En los afiches  de la primera edición, figura su nombre como <italic>coordinación general</italic>; sin embargo, a partir de la segunda y hasta  la última edición, su rol fue el de <italic>proyecto </italic>y<italic> dirección </italic>(<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref28">taller de Acciones  Creativas, 1976, 1981a</xref>).</p>
<p>Resulta  interesante para el análisis reflexionar sobre las nociones de <italic>proyecto </italic>y<italic> dirección</italic>. El primer término remite a la idea, a la concepción de  lo que sucederá, a su planteo original, a la autoría, a la disposición del  espacio para dar paso a cada aventura interior. La dirección, en cambio, se asocia  a dirigir y ello implica marcar un rumbo, una orientación. Quien dirige, como  en una orquesta, señala el ritmo, el tiempo, el movimiento, el silencio. <italic>Proyecto </italic>y<italic> dirección</italic>, entonces, suponía controlar, ser responsable del origen  y del destino, de la idea y de su desarrollo, de lo que permanece y de lo que  cambia. Podemos inferir entonces que Dermisache no solo era la “autora” de las  Jornadas del Color y de la Forma, era también (o en tanto tal) quien controlaba  su devenir.</p>
<p>Eso  significaba que durante el desarrollo, no tuviese una tarea específica, en las  fotos se la observa mirando; al referirse a la sexta edición, Jorge Luis  Giacosa —uno de los coordinadores— asegura: “estábamos [él y Dermisache] un  poco en todo, éramos la referencia por cualquier cosa que pudiera surgir y  éramos de los poquísimos que conocíamos a todos los participantes  (coordinadores y ayudantes que eran como ciento cincuenta/doscientos en total)”  (comunicación personal, 1 de abril de 2016). Dermisache aparece entonces como testigo, como referente, pero  también como encargada del correcto funcionamiento de cada una de las partes  del sistema.</p>
<p>En  contraste con Dermisache, los coordinadores de las mesas ocupaban un rol activo  en el momento en que se desarrollaba la edición. Habían sido con anterioridad  alumnos del taller de Acciones Creativas, de modo que conocían anticipadamente  el método de trabajo. A pesar de ello, en reuniones previas al evento, se  establecían las pautas sobre qué había que hacer y cómo. Seguían instrucciones  como las siguientes:</p>
<p>
<disp-quote>
<p>En cada  mesa exclusivamente su técnica. (...)   No  sugerir nada más allá de la técnica.   Evitar  el uso de la palabra dibujar. Insistir en la idea de juego.   No  hacer ningún tipo de señalamiento estético.   Una vez  terminado el trabajo no valorarlo por sí mismo. (...)   Recordemos  que el trabajo de coordinar una mesa debe ocupar nuestra atención en todo  momento, eso significa no abandonar bajo ningún punto de vista sin ser  reemplazado y evitar que la visita de parientes o amigos interfiera nuestro  trabajo. (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref23">Dermisache, 1981</xref>)</p>
</disp-quote>
</p>
<p>Se daban entonces directivas  específicas a los coordinadores sobre cómo manejarse y qué (no) decir frente a  diferentes situaciones. Además, cada coordinador tenía asignadas tareas, días y  horarios que debía cumplir. Estaban allí de forma gratuita. Según la propia  organización, era fundamental que pudieran respetar los tiempos de cada sujeto,  ofrecerle los recursos y dejarlo hacer, saber escuchar y sostener la pregunta  durante la experimentación.</p>
<p>No había en las Jornadas del  Color y de la Forma lugar para la improvisación o para ensayar un sesgo  personal en el rol que los coordinadores cumplían. Tanto las acciones como los  diálogos (sugerencias, explicaciones, indicaciones) estaban guionados y  preparados. La posibilidad de crear y expresarse individual y colectivamente se  reservaba solo para el público y, aun así, estos también tenían muchas pautas  que debían respetar (no era posible por ejemplo hacer “pintadas” políticas en  los espacios de trabajo colectivo, ni cambiar materiales de una mesa a otra).</p>
<p>En  sintonía con las propuestas participativas desarrolladas desde los años  sesenta, quienes asistían (interpelados por los organizadores como público)  ocupaban un rol activo. Era solo con su experimentación que la propuesta  cobraba sentido. Para ello era preciso que involucren su cuerpo y desplieguen su  creatividad. Para que estas condiciones internas (Dewey; 1964) se pongan en  juego, el público era invitado a accionar en un espacio especialmente dispuesto  para ello. La intención era que experimenten con los colores, las formas y los  materiales. En ese sentido, los organizadores evitaban connotaciones vinculadas  a la educación formal y a la necesidad que observaban en los adultos de <italic>saber</italic> para luego <italic>hacer</italic>. Así, apelaban a la idea de juego y no a “dibujar” o  “pintar”.</p>
<p>En  los afiches de difusión podían leerse una serie de “consignas” (nuestro segundo  elemento de análisis) que guiaban la exploración y funcionaban como referencia  de lo que allí sucedía:</p>
<p>
<disp-quote>
<p>Con  nosotros no van a aprender ni a dibujar, ni a pintar, ni historia del arte, ni  sistema de composición y análisis de obra. Solo les explicaremos técnicas.   ¿Todos  los que somos adultos hemos tenido acceso a una libre expresión gráfica durante  nuestra infancia?   ¿Por  qué cuando el adulto tiene ganas de expresarse gráficamente debe recurrir a un  aprendizaje racional y sistematizado?   Rescatemos  el mundo de formas que tenemos encerrado dentro nuestro y reconozcámonos en  ellas.   Para  nosotros no hay trabajos buenos o malos, lindos o feos, hay diferentes formas  de expresarte.   Prolonguemos  nuestro gesto interno en la herramienta de trabajo. No importa lo que pasa en  la hoja de papel: lo importante es lo que pasa dentro nuestro. (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref28">taller de  Acciones Creativas, 1981a</xref>)</p>
</disp-quote>
</p>
<p>La palabra <italic>consigna</italic> posee una doble acepción: es una orden, directriz o regla,  y un eslogan o lema. Es posible analizar estas consignas en ambos sentidos. Por  un lado, los participantes eran invitados a jugar y, para ello, se establecían  reglas. Estas, iguales a las del taller de Acciones Creativas, indicaban  aquello que no podían esperar de ese espacio (por ejemplo, aprender a dibujar),  lo que sí iban a poder hacer (rescatar el mundo de formas) y cómo (prolongando  el gesto interno a través de técnicas). Operaban, entonces, como reglas de  juego que delineaban los límites de lo posible.</p>
<p>Por otro lado, podemos pensar que  esas consignas también funcionaban como un programa de acción o manifiesto que  planteaba la toma de posición de la que partían los organizadores. Así,  declaran que en ese momento histórico los adultos no tenían acceso a algo tan  fundamental para exteriorizar “un mundo de formas o lo que [les] pasa adentro”  como el aprendizaje de técnicas plásticas. Y se proponen como espacio para  saldar esa carencia. Las consignas entonces pueden ser interpretadas no solo  como indicaciones para el público, sino también como un <italic>manifiesto</italic>, una declaración programática y de principios que,  partiendo de una caracterización, plantea un programa de acción.</p>
<p>En  tercer lugar, la elección del espacio en donde se realizaron las Jornadas del  Color y de la Formatambién resulta  un elemento fundamental para el análisis del caso. Estas se efectuaron en  espacios públicos cerrados: tres museos municipales. Ello se debió, por un  lado, en términos prácticos, a que el espacio debía cumplir con determinadas  características que permitiesen llevar a cabo la acción prevista (disponer de  mesas y sillas, de zonas donde secar los trabajos, baños para limpiarse después  de producir, canillas, depósitos para acumular el material). Ello hizo que la  elección recayese sobre museos y no áreas abiertas (como pueden ser plazas) o  en una pequeña galería.</p>
<p>Por  otro lado, la selección de los museos como espacio de realización obedecía a  otras razones de carácter conceptual e ideológico. Entre ellas observamos la  intención de trastocar el museo en un taller, de hacer coincidir el espacio y  el tiempo de exhibición con el de producción, de desacralizar el lugar del  museo al convertirlo en uno en el que todos producían y podían <italic>colgar</italic> sus trabajos, de invitar a hacer  y que no haya allí nada para contemplar pasivamente. Nos interesa aquí plantear  que con ese gesto, las Jornadas del Color y de la Forma ponían en cuestión la  función del museo como espacio de exhibición reservado para un pequeño grupo  acostumbrado a visitarlo. Así, buscaban subvertirlo y convertirlo en un lugar  para que el público amplio no solo asista como espectador, sino también para  crear.</p>
<p>Al  respecto, los organizadores resaltan el carácter público del lugar, dado que  ello permitía el acceso de cualquier adulto sin restricción. En una entrevista  para la revista <italic>Summa</italic>, Dermisache  afirmaba: “... deseamos sacarlo de la <italic>elite</italic>,  de un grupo cerrado y la única manera de hacerlo es abrirnos. (…) un museo,  aquí y en todas partes del mundo es un ámbito totalmente público donde pueden  asistir todos” (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref27">«Sextas Jornadas del Color», 1982, p. 78</xref>).</p>
<p>En síntesis, podemos afirmar que en esta  práctica Dermisache radicalizó algunas de sus concepciones respecto del arte y  la educación, al tiempo que profundizó el acercamiento entre ambas esferas de  su trabajo, que hasta entonces había mantenido por separado. Allí se asienta  una de las singularidades de esta experiencia, Dermisache conjuró el arte con  la educación en una experiencia que se des-identifica de una y otra. Es posible reconocer que para ello acentuó su corrimiento  del lugar de artista animándose a trabajar junto a otros; tomó mayor distancia  del mercado al dedicarse a experiencias de carácter efímero, y le otorgó mayor  protagonismo al público, que además de imprimirle sentidos a lo que ella  proponía era quien poseía en sus manos las herramientas de trabajo. Nos  interesa aquí sostener que sin abandonar el concepto, Dermisache cambió el  formato de su trabajo: abandonó el intimismo de la escritura y de su taller con  pocos alumnos y encaró una propuesta que invitaba a un hacer colectivo y  multitudinario en coordinación con otras personas en tiempos de violencia y aislamiento.  Todos estos rasgos resultan centrales al momento de esbozar una  conceptualización de las Jornadas del Color y de la Forma.</p>
</sec>
</sec>
<sec sec-type="cases">
<title>
<bold>Entre taller de acciones creativas y obra acontecimiento</bold>
</title>
<p>¿Cómo  definir una experiencia que se nos presenta como ambigua, como  obra, como propuesta didáctica, como taller, como herramienta, como <italic>aventura interior,</italic> como <italic>refugio</italic>? ¿De qué modo se encuentran el  arte y la educación? ¿Y qué características tiene una propuesta de este  tipo?</p>
<p>En  los relatos de los organizadores, se destaca la intención de crear un espacio  para que el público cree, juegue, invente, se exprese y, de ese modo, devenga  niño, músico, cineasta o arquitecto por un rato. En términos de Dewey (1964),  podemos pensar que al hacerlo los organizadores generaban las condiciones  objetivas al disponer los materiales, el espacio y el tiempo. Brindar  herramientas <italic>para que la gente haga cosas</italic> (Dermisache en Hirschfeld y Báez, 1978, p. 30) parecen ser las intenciones  centrales de los organizadores; menos preocupados <italic>por las etiquetas</italic> que por funcionar como posibilitadores y ser  medio para el desarrollo de la “libre expresión” y de la “capacidad creadora”  (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref30">taller de Acciones Creativas, s. f.</xref>).</p>
<p>La  experiencia aparece como una de las dimensiones centrales de la propuesta. Todo  está dispuesto, planificado y organizado para que los sujetos atraviesen algo  de lo inasible e intransferible que supone la experiencia y que esta sirva, a  su vez, como un modo de encontrarse consigo mismo y con otros. Con el propósito  de generar las condiciones para que la experiencia (artística y pedagógica)  tenga lugar, Dermisache desplegó un conjunto de herramientas creativas, pero  también conceptuales, organizativas y financieras, que hemos ido mencionando.  Nos interesa aquí pensar el encuentro de dos de sus dimensiones centrales, la  pedagógica y la artística; sin dejar de considerar que existen otras —como la  política y la poética— que también resultan centrales.</p>
<p>Una  de las líneas interpretativas nos invita a pensar a las Jornadas del Color y de  la Forma como un taller de arte abierto al público, en el sentido pedagógico  del término. Como ya mencionamos, Dermisache observó críticamente la educación  de su época, tan centrada en la información, y propuso un método alternativo  enfocado en la experimentación al que denominó “Método para el desarrollo de la  Capacidad Creadora por medio de Técnicas Plásticas”. Había estudiado a artistas  y pedagogos como Herbert Read, Emilio Renart, Arno Stern, Pierre Duquet, Víktor  Lowenfeld, Julia Saló y Santiago Barbuy, de quienes se nutría y a quienes  recomendaba</p>
<p>Podemos  pensar que con dicho método esperaba era generar una <italic>situación</italic> (Dewey, 1964) que fuese lo suficientemente flexible para  explorar y que, al mismo tiempo, posea una estructura capaz de sostener y guiar  esa acción. Y que proponiendo técnicas sencillas de trabajo con la materia en  sí y subrayando que no habría juicios de valor, tanto en el taller de Acciones  Creativas como en las Jornadas del Color y de la Forma<italic>,</italic> los organizadores esperaban habilitar la producción libre y  “arrojar semillas” en quienes estaban accionando, provocando así una  continuidad con las experiencias por venir, una de las características que  Dewey (1964) señala como propia de las experiencias educativas.</p>
<p>Sin embargo, analizadas desde el  presente, y tomando en cuenta las declaraciones citadas de Dermisache, la idea  de “taller público” como única clave explicativa resulta insuficiente para  entender aquello que aconteció en y tras su traslado de un espacio (privado) a  otro (público) y en su reproducción ampliada. En este trabajo nos interesa  sostener que en ese museo trastocado, la propuesta —ahora abierta, gratuita y  multitudinaria— adquirió nuevos sentidos, tanto para quienes la vivenciaron  como público como para sus organizadores. Y es por eso necesario ensayar otros  modos de conceptualizarla.</p>
<p>Las  declaraciones de la artista citadas en el apartado anterior nos invitan a  entender la experiencia también como una “obra de infinitas caras<italic>”, </italic>de la que ella misma es la autora.  Una obra considerada por ella como “acontecimiento”, es decir, como acto o  acción efímera en la que el público no va a ver nada, sino que <italic>es parte de la obra</italic>. En esa línea, y en  el marco de lo que se conoce como Arte de Acción, las Jornadas del Color y de  la Forma también pueden ser conceptualizadas como una experiencia artística  efímera, obra de Dermisache. Allí, el público asistía a un espacio  especialmente dispuesto y transformado por la artista en el que era preciso  involucrar el propio cuerpo, experimentar y permanecer, y no solamente  observar. Podemos pensar que en ese traslado del taller al museo se produjo,  entonces, una recontextualización y una resignificación de la propuesta, que  resultó en la transformación de su función simbólica, en el sentido planteado  por <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_347583219001_ref10">Goodman (1978)</xref>.</p>
<p>Volviendo  a la pregunta inicial lanzada por Goodman, ¿Cuándo hay/es arte? o ¿Cuándo la  propuesta de Dermisache puede pensarse como obra de arte? No encontramos en el  planteo inicial de Dermisache y del resto de los organizadores referencias a  una obra; había sido hasta entonces un taller de arte para adultos, con un  formato no tradicional y lo que pretendían era ampliarlo. Es en el traslado de  un espacio privado a uno público, pero también en ese paso de la pequeña escala  (grupos de alrededor de ocho personas) a una grande (en algunas de las  ediciones hubo alrededor de quinientas personas trabajando en simultáneo) que  observamos una transformación de su dimensión simbólica y que las Jornadas del  Color y de la Formaadquieren nuevos  sentidos y diversas interpretaciones.</p>
<p>Siguiendo  a Goodman (1978), es entonces posible pensar que al realizarse de forma  gratuita en el espacio público de un museo, con una asistencia abierta y  multitudinaria, las Jornadas del Color y de la Formaasumieron sentidos renovados. El planteo formal del taller de  Acciones Creativas se mantuvo, pero —tras su traslado a las salas de un museo—  ya no era únicamente la experiencia de un individuo que decidía ir a pintar o a  tallar, ni tampoco era la suma de esas experiencias individuales, sino una  experiencia colectiva en el espacio público. En esa circunstancia trastocada, a  la cual se sumaba un contexto histórico signado por la persecución, la violencia  y el control sobre los cuerpos, los significados se multiplicaron.</p>
<p>Entre  estos nuevos sentidos posibles, observamos la oportunidad individual y  colectiva de crear y de expresarse en tiempos de censura, pero también de  reunirse con otros, de correrse de la rutina diaria, de jugar siendo adulto, de  ocupar y utilizar el espacio público. Aparece también la idea de que todas las  personas —sin importar su formación, ni su situación socioeconómica— podían  tener acceso al arte. Un arte en el que el espacio y el tiempo de producción  coincidían con el de “exhibición” y en el cual los límites entre este y la  praxis vital se hacían difusos.</p>
<p>Así  entendidas, las Jornadas del Color y de la Formapueden ser inscriptas en una genealogía constituida por las  prácticas de la vanguardia artística de fines de la década del sesenta y  principios del setenta. En el testimonio citado con anterioridad, Dermisache  las califica como una <italic>obra acontecimiento</italic>,  en la que el hecho o la acción son la obra en sí, muy a tono con la tendencia  de la época que cuestionaba a las instituciones artísticas, al mercado, a la  distinción entre arte y vida, al estatuto de obra, al rol del artista y del  público, a la función del arte e incluso a la materialidad misma.</p>
<p>Finalmente,  las frases que acompañaron los afiches de promoción desde la primera hasta la  última edición nos invitan a pensar en el encuentro particular que se produce  entre arte y educación. Se lee en ellos: “El museo se transforma en un gran  taller de acciones creativas, solo para adultos” y “con la participación del  público” (taller de Acciones Creativas, 1981a). El museo fue el escenario  elegido por los organizadores, pero al mismo tiempo fue transformado,  trastocado, para convertirse en taller. El taller, en tanto lugar privado de  trabajo del artista por excelencia y espacio de enseñanza-aprendizaje, se  volvía lugar de creación colectivo, abierto y público. Museo y taller ya no  eran dos territorios separados, con temporalidades diferentes, sino que se  encontraban y generaban un espacio de “exhibición” y producción a la vez. El  tiempo y el espacio de creación y de exposición se superponían.</p>
<p>Las  Jornadas del Color y de la Forma eran, a su vez, un taller de acciones  (creativas), es decir, de actos y acontecimientos efímeros, no de objetos materiales  perdurables. Por ellono podían ser  contempladas una vez que finalizaban; para percibirlas era necesario  atravesarlas, ingresar en ellas mientras transcurrían. Eran pura experiencia de  unos cuerpos junto a otros, de los deseos, los miedos y desafíos de quienes se  comprometían a sumergirse en el hacer por un rato.</p>
<p>Por  último, según rezaban los afiches, era solo con la participación del público -adulto-  que esas acciones creativas tenían lugar. Allí todos, sin distinciones de edad,  clase o formación podían jugar y crear. Era la presencia de esos cuerpos que se  desmarcaban de los imperativos del régimen lo único que permitía que el  acontecimiento sucediera.</p>
<p>De  ese modo, las Jornadas del Color y de la Forma desbordan la posibilidad de  pensarlas únicamente como taller o como obra, y nos invitan a analizar el modo  particular en que se produce el encuentro de ambas dimensiones. Pensarlas como <italic>experiencias colectivas entre arte y  educación</italic> nos permite dar cuenta de la multiplicidad y la singularidad que  las habitan; de las tensiones que implica definirlas y de la potencia que  desplegaron.</p>
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<bold>Conclusiones</bold>
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<p>Al comenzar este  artículo nos preguntamos cómo conceptualizar experiencias colectivas que  conjugaron lo artístico con lo pedagógico y que se escapan de la posibilidad de  definirlas únicamente como obra o como taller. Nos preocupaba encontrar un modo  de pensarlas sin simplificarlas, dando cuenta de sus múltiples aristas, de su  potencia. La apuesta fue sostener la tensión de analizarlas como práctica  efímera y taller de arte, como puro acontecimiento y pura materialidad, como  ficción (en tanto obra) y praxis vital (en tanto práctica educativa), como  experiencia individual y colectiva.</p>
<p>Para  ello volvimos a las palabras de los propios organizadores, a aquello que ellos  mismos, con el tiempo, dijeron sobre su práctica. Surgieron allí intentos por  nombrar, que no se limitaban a algo cerrado; por el contrario, daban cuenta de cierta  contradicción, que elegimos pensar como ambigüedad. Aquellas palabras aparecían  asociadas a los talleres y propuestas pedagógicas que Dermisache llevaba  explorando desde hacía años y a un arte que en los años sesenta y setenta  tendía a desmaterializarse y convertirse en experiencia.</p>
<p>La  noción de <italic>encuentro</italic> planteada por  Deleuze nos permitió reflexionar sobre el modo en que aquello sucedió; un <italic>hacer juntos</italic> entre la práctica artística  que Dermisache desarrollaba de forma solitaria (en la que a su vez jugaba con  la fusión entre la escritura y el dibujo) y la propuesta que realizaba en el  taller de Acciones Creativas. El tránsito de esos proyectos a las Jornadas del  Color y de la Forma significó ir en búsqueda de un espacio público, de un  público amplio, de un proyecto colectivo. También implicó radicalizar la idea  del arte como experiencia al organizar una propuesta en la que la acción era el  centro.</p>
<p>Se  encontró en las Jornadas del Color y de la Forma un modo particular de concebir  el arte con un método pedagógico estructurado a partir de un conjunto de  técnicas sencillas que, según Dermisache, eran posibilitadoras de la expresión.  De dicho encuentro surgió una experiencia única en Argentina en tiempos de  terror: mientras afuera se perseguía, censuraba y desaparecía la diferencia,  adentro se invitaba a los adultos a crear sin límites de tiempo, sin mayores  restricciones que la aplicación de una técnica, con otros o junto a ellos,  haciendo de la multiplicidad una potencia.</p>
<p>En  síntesis, nos interesa pensar a las Jornadas del Color y de la Forma como una  experiencia de carácter colectivo en tanto posibilidad de hacer junto a otros  (Fernández Savater, 2020) con eso que nos toca vivir (la censura, la  persecución, la violencia, pero también el trabajo alienado, la falta de  espacios y herramientas para expresarse). Eso posibilitó “haceres” libres,  creativos, lúdicos, transformadores y, centralmente, colectivos que le  permitieron a los sujetos <italic>ir más allá de  lo que cada uno imaginaba.</italic>
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<source>Puntos a tratar en la reunión general con los coordinadores</source>
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<label>21</label>
<mixed-citation publication-type="book">21. Gumier Maier, Jorge. “Gran festival de la libertad creativa”. Buenos Aires: <italic>Expreso Imaginario</italic>, <italic>40</italic>. Noviembre de 1979.</mixed-citation>
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<label>22</label>
<mixed-citation publication-type="journal">22. Hirschfeld, Ricardo y Báez, Rodolfo. “Posibilitar que la gente haga cosas”. Buenos Aires: <italic>Propuesta</italic>, <italic>9</italic>. Septiembre de 1978.</mixed-citation>
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<label>23</label>
<mixed-citation publication-type="journal">23. Pomiés, Julia. “El mensaje es la acción”. <italic>Uno mismo</italic>, <italic>105</italic>, 46-52. 1992.</mixed-citation>
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<article-title>El mensaje es la acción</article-title>
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<label>24</label>
<mixed-citation publication-type="journal">24. “Sextas jornadas del Color y de la Forma. Hechos y protagonistas”. <italic>Summa</italic>, <italic>178/179</italic>, 69-80. 1982.</mixed-citation>
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<article-title>Sextas jornadas del Color y de la Forma. Hechos y protagonistas</article-title>
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<label>25</label>
<mixed-citation publication-type="report">25. Taller de Acciones Creativas. <italic>Afiche Sextas Jornada del Color y de la Forma con la participación del público.</italic> Centro de Documentación, Investigación y Publicaciones del Centro Cultural Recoleta. 1981a.</mixed-citation>
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<label>26</label>
<mixed-citation publication-type="report">26. Taller de Acciones Creativas. <italic>Jornadas del Color y de la Forma, Informe sobre sus características, organización y necesidades</italic>. Archivo Mirtha Dermisache. 1981b.</mixed-citation>
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<label>27</label>
<mixed-citation publication-type="confproc">27. Taller de Acciones Creativas. <italic>Informe sobre las características y las opiniones de los participantes encuestados durante las “Sextas Jornadas del Color y de la Forma” realizadas durante los días: 12-13-14- 15 /10- 20-21- 22 26- 27- 28- 29 de noviembre de 1981.</italic> Archivo Mirtha Dermisache. 1982.</mixed-citation>
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<label>28</label>
<mixed-citation publication-type="other">28. Giacosa, Jorge Luis. (2016, abril 1). Entrevista II a Jorge Luis Giacosa [Comunicación personal].</mixed-citation>
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<label>29</label>
<mixed-citation publication-type="other">29. Villafañe, Gloria. Entrevista a Gloria Villafañe [Comunicación personal]. 19 diciembre de 2012.</mixed-citation>
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<source>Entrevista a Gloria Villafañe [Comunicación personal]</source>
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<title>Notas</title>
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<label>1.</label>
<p>El CAyC fue fundado a fines de  1968 por Jorge Glusberg bajo el nombre de Centro de Estudios de Arte y  Comunicación. Para 1970 había inaugurado su propio espacio, implementado las  gacetillas como forma de difusión y elaborado la categoría de Arte de Sistemas  para nombrar a las producciones estéticas que difundía. Dermisache compartía  con el CAyC la concepción del público como un participante activo y la  intención de sustituir al objeto único por una obra múltiple capaz de generar  experiencias. Por ello fue elegido por ella como espacio de participación y de  exhibición.</p>
</fn>
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<label>2.</label>
<p>Si bien el  concepto de taller puede pensarse tanto en términos artísticos como  pedagógicos, en este trabajo se lo asocia centralmente con la instancia  educativa, como un espacio de experimentación y aprendizaje.</p>
</fn>
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<label>3.</label>
<p>Esta  primera edición apareció, entre otros medios, en <italic>Radio Ciudad</italic>,<italic> Radio Nacional</italic>,<italic> Radio Rivadavia</italic>
</p>
<p>
<italic>Radio Continental</italic> y <italic>Radio El  Mundo</italic>. En el programa “Siesta” de Canal 7 y en el programa “Mujeres de Hoy”  de Canal 13. Además, se publicaron artículos en diarios como <italic>La Nación</italic> y <italic>La opinión </italic>(Dermisache, 1975).</p>
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<label>4</label>
<p>Cabe  recordar que para entonces la Ciudad de Buenos Aires no revestía el carácter  autónomo que posee desde 1994, sino que se encontraba bajo el gobierno de un  intendente designado directamente por el presidente de la nación.</p>
</fn>
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<label>5.</label>
<p>En otros  trabajos desarrollo en profundidad el diálogo de esta experiencia con el  contexto histórico en que se produjo, problematizo sobre la posibilidad de que  existan espacios que invitan a la “libre expresión” en tiempos de censura y  sobre las posibilidades de apropiación de esta experiencia por parte de  sectores políticos diversos. Un despliegue en profundidad resulta imposible  aquí debido a la extensión que requiere. Para ampliar es posible ver: Cañada,  Lucía. <italic>Encuentros entre arte y educación.  Las experiencias colectivas de los Domingos da Criação (Río de Janeiro, 1971) y  las Jornadas del Color y de la Forma (Buenos Aires, 1975-1981)</italic>. 2022 [Tesis  de doctorado. Universidad de Buenos Aires]. Disponible en http://repositorio.filo.uba.ar/handle/filodigital/14426</p>
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