Globalización, desigualdad y territorio
Globalization, inequality and territory
Globalización, desigualdad y territorio
Revista Geográfica Venezolana, vol. 58, núm. 1, pp. 4-7, 2017
Universidad de los Andes

Recientemente el diario El Mundo Economía y Negocios (Venezuela), publicó un artículo en el que se sostiene que la globalización contemporánea está en deuda con la necesidad de buscar un sistema económico más justo en respuesta a sus preocupantes sesgos excluyentes. El artículo en referencia, titulado «Capitalismo con sentido humano: un reclamo a Davos», señala que el pasado 26 de enero finalizó en Davos, Suiza, el cuadragésimo sexto foro que reúne a líderes políticos, hombres de negocios y distintas personalidades de organizaciones mundiales y regionales de la sociedad civil, para discutir sobre los problemas más acuciantes de la economía y del proceso de globalización. En esta oportunidad, el foro centró la discusión en analizar las perspectivas globales de la próxima década, con especial énfasis en los temas de la desigualdad económica, polarización social y los riesgos medio ambientales, incluyendo en el debate «aspectos relativos a la necesidad de buscar un sistema económico más justo en respuesta a los preocupantes sesgos excluyentes de la globalización contemporánea».
El informe presentado en el foro señala, de manera clara, que de continuar la actual tendencia —concentración progresiva de la riqueza en pocas manos y rezago de los más pobres en el proceso de desarrollo económico, es de esperar que para los próximos veinte años «…500 personas habrían acumulado 2.1 billón de dólares, cifra superior al PIB de la India, con una población de 1.300 millones de personas». Esta situación de desigualdad y exclusión social se manifiesta también en el ambiente, cuyos efectos son tildados por algunos como perversos, y en preocupantes indicadores que recogen una crisis ética y moral a escala planetaria.
Si bien es cierto que este momento histórico muestra un sistema capitalista en crisis (injusto, excluyente y con quiebra de valores), no es menos cierto que en toda su historia, el hombre, hacedor de los modelos sociopolíticos y económicos conocidos, se ha acompañado de situaciones de desigualdad y exclusión social, lo cual, además, no debería ser traslado, de manera mecánica, al territorio, por cuanto la desigualdad no tiene un correlato territorial. El mosaico de lugares que conforman cualquier territorio es un resultado histórico de la particular combinación de condiciones naturales y sociales propias de cada lugar, a las que se le agregan, en nuestro tiempo, las variadas y diferentes combinaciones entre lo local y lo global en una sucesión de múltiples escalas.
La globalización es un fenómeno propio de nuestro tiempo; resulta de un proceso que tiene en el desarrollo de la tecnología su base de sustentación, al igual como sucedió en otros momentos de la historia del hombre. Se asocia con la creación de un mercado global y su gran diferencia con épocas precedentes radica en la velocidad con la que circulan los bienes y servicios, pero principalmente el capital (tiempo real). Es una transición entre dos sociedades: una que tendencialmente está desapareciendo (la industrial) y otra que ya está entre nosotros (la informacional o del conocimiento), pero que aún no se ha instalado completamente, pero con claras manifestaciones en el territorio: enclaves financieros, remesas, al lado de los desarrollos endógenos o locales.
La historia del mundo occidental muestra que cada dos o tres siglos ocurre una gran transformación que cambia en relativo poco tiempo la cosmovisión del mundo: valores, estructuras, arte e instituciones más importantes. Así, después de aparecer los primeros signos de cambio, y luego de unos 50 ó 60 años —un poco más, un poco menos— aparece un mundo diferente. Uno de estos cambios aconteció en el siglo XIII, cuando los europeos comienzan a dejar el campo para pasar a vivir en las nuevas ciudades. Doscientos años después se manifiesta otra de estas transformaciones, la que surgió entre la invención de la imprenta (1455) y la reforma protestante de Lutero (1517). La próxima tuvo como elementos detonantes a la revolución americana, el perfeccionamiento del motor a vapor y la publicación de la Riqueza de las Naciones de Adam Smith (1776). Los cambios que impulsó esta última transformación permiten hablar de la aparición de una nueva civilización europea.
La llamada globalización es una de estas transformaciones, pero a diferencia de las precedentes, no se circunscribe solo a la sociedad e historia occidental: ahora estamos ante una historia y una civilización mundial, pero ambas son «occidentalizadas».
El cambio se inicia después de la Segunda Guerra Mundial, pero fue con la disolución de la Unión Soviética (1991) que se evidencia que ya se estaba entrando en una sociedad diferente. Y en esta transformación, al igual como ocurrió con las anteriores, surgen condiciones muchas veces extremas, de desigualdad y exclusión. Durante este proceso de instalación de la nueva sociedad y la progresiva desaparición de la vieja, se exacerban los extremos: la sociedad que se encuentra en la vorágine del cambio, tiende a tener actitudes conservadoras, pues ante lo desconocido, opta por lo conocido, por ejemplo, el surgimiento de conductas xenófobas ante las emigraciones de territorios azotados por guerras y hambrunas hacia lugares «competitivos» se dan la mano con la falsa idea de preservar nacionalismos e identidades ancladas en el pasado. Es una especie de paradoja en tiempos de globalización.
Es necesario conocer lo que está ocurriendo para tener opinión ante la transformación. Hoy, la creación de la riqueza no se sustenta solo en la inversión de capital con fines productivos ni en la mano de obra. En la actualidad, al igual que siempre, el valor se genera fundamentalmente por la innovación y la productividad (aplicación del conocimiento al trabajo): las innovaciones creadoras de riqueza sustituyendo energía o materiales por conocimiento. Solo que en la actualidad las mejoras están reduciendo los costos de una manera drástica que están dando paso a formas totalmente diferentes de hacer negocios, a la par de la reducción de la capacidad de ofrecer empleos.
Quienes detentan el poder político tienen por delante un inmenso desafío: impulsar un desarrollo que se sustente en el ser humano, que facilite reconciliar la lógica económica con los principios solidarios y democráticos y el comportamiento ético y moral de los actores en el proceso económico. En función de ello es imprescindible una política de Estado que garantice la transparencia en las transacciones mercantiles y financiaras, o en otras palabras, combatir la corrupción, y controlar los privilegios corporativos. Tener claro que la inversión en educación debe ser el arma esencial para superar la pobreza material, ofreciendo de esta manera, igualdad de oportunidades y, finalmente, promover y crear programas sociales que realmente garanticen eficientes servicios de salud y seguridad social para todos.
Infelizmente, en la actualidad, casi todo lo señalado queda más en el campo de los deseos que de las realidades, pero esto no exime que se diga. Es fundamental revertir los deseos en acciones concretas, que la sociedad política tome conciencia que estamos ante un momento de cambios que deben ser direccionados hacia la inclusión social y la conservación del ambiente.
Notas
Muchas de las ideas que aquí se sustentan tienen su base en lo afirmado por Peter Druker en su texto «Sociedade pós-capitalista», 1996. Livraria Pionera editora. São Paulo, Brasil.
Agradecemos los comentarios y aportes hechos a este editorial por el colega y amigo José Jesús Rojas López.
Notas de autor