Editorial
Geografía: una ciencia necesaria para la sociedad
Geography: a science necessary for society
Geografía: una ciencia necesaria para la sociedad
Revista Geográfica Venezolana, vol. 59, núm. 2, pp. 240-243, 2018
Universidad de los Andes

Mucho se ha escrito y dicho en los tiempos de nuestros días que la Geografía es una ciencia que no tiene mucho que ofrecer a la sociedad, en cuanto a la comprensión y explicación del por qué el espacio geográfico, su objeto de estudio por definición, supuestamente se diluye ante la instantaneidad, en tanto que rasgo que tipifica al mundo actual. Si bien la historia del presente es tocada por el fenómeno global y ante ella pareciera que los tiempos lentos, distintivos de momentos históricos pasados, desaparecen ante la velocidad que la caracteriza, no significa que esta ciencia no haya, como siempre lo ha hecho, buscado conocer el presente en tanto que horizonte de máxima conciencia posible.
A estas voces agoreras se le suman otras que sostienen que esta ciencia, al igual que otras del campo humanístico (p.ej. historia, ciencia política, idiomas), ya no es necesaria para impulsar el desarrollo social de un país; por tanto, la prioridad no sería su estudio ni la formación de profesionales en este y otros campos del saber, sino el de otras ciencias que si contribuirían con el bienestar social. Aseveraciones como estas demuestran un profundo desconocimiento de lo que la Geografía ha significado, significa y significará para el progreso de la humanidad, además de su estrecha vinculación con el conocimiento acumulado que existe del planeta Tierra.
Desde siempre, los hombres han pretendido conocer el mundo que los rodea y se han dedicado con esmero a tratar de describirlo y sistematizar sus observaciones, pero también han hecho grandes esfuerzos por comprender la vida y sus innumerables y cambiantes combinaciones, así como las relaciones entre sus componentes constitutivos. La Geografía como ciencia surge precisamente de este proceso, y desde su origen, al decir de Milton Santos, se ha definido como una descripción de la Tierra, de sus habitantes y de las relaciones de éstos entre si y de las obras resultantes. Desconocer esta realidad es desconocer la historia de los territorios y de los hombres que los habitan.
Hay suficientes razones para pensar que el mundo que conocemos desde fines del siglo XVIII está siendo tocado por vientos de cambio que no se limitan a un lugar o ámbito en particular sino que, por el contrario, se hacen sentir en todas los campos de acción del hombre. Esto no es para nada novedoso; oteando el ayer se constata que no es la primera vez que la humanidad vive tiempos turbulentos y que ahora, como en otras ocasiones, los avances tecnológicos tienen mucho que ver. Y en todos estos momentos, los territorios en los que se desarrolla la vida han sido imprescindibles por ser también receptores de los vectores de la modernidad que se esté considerando. Si se pretende aproximarse al sentido de cada modernidad, es necesario no dejar de lado a los lugares, ya que ésta se objetiva a través del uso que las sociedades hacen de sus territorios. No hay que olvidar que cada época está definida por procesos que facilitan que los datos esenciales de cualquier período se incorporen a la vida social, lo que no excluye a los territorios.
El tiempo actual, estremecido por cambios sustantivos, también tiene su particular forma de hacerse sentir a través de nuevas –o viejas– combinaciones de maneras de utilizar los distintos lugares que conforman cualquier territorio. Sin embargo, el fenómeno de la instantaneidad nos enfrenta con la confusa idea de que estar en un lugar es equivalente a inmovilidad. Pues nada más falso. Estar, vivir en un lugar, cualquiera, no significa que no pueda moverme en él y de él.
El tiempo real se presta para ‘trasladarnos’ de un lugar a otro, sin movernos del lugar en el que vivimos. La instantaneidad, en tanto que rasgo tipificador del presente, induce la ilusoria idea de que lo importante es el tiempo y no el espacio. Pero cabe la pregunta: ¿Qué se hace con el cuándo sin el dónde? Una potencial respuesta a esta interrogante sería reconocer que los lugares en su singularidad, muestran precisamente, la diversidad del espacio geográfico del hoy. Es oportuno recordar que la globalización impacta a los lugares de manera diferenciada, por cuanto no todos ofrecen las mismas oportunidades para acoger a las variables definidoras de la historia del presente. Lo global entonces no prescinde del lugar aun cuando lo toque diferencialmente, y tendencialmente transforme su esencia, bien por coacción o admisión.
Si la ciencia y la tecnología de nuestro tiempo han facilitado que la comunicación entre los seres humanos se realice en tiempo real, los lugares en los que viven los hombres no se diluyen por ello. La historia muestra con creces que el conocimiento humano es evolutivo, que los saberes del hoy tienen pasado. De no estar atentos a las transformaciones que caracterizan a nuestro tiempo puede ocurrir que nuestro raciocinio se oriente por sendas erradas. Todo lo que sucede tiene su particular manera de hacerse sentir a través de viejas y nuevas combinaciones del cómo los hombres usan los territorios. Lo nuevo nunca está solo: siempre coexiste con lo viejo.
Por ello es tan importante entender qué está ocurriendo hoy; de no hacerlo, se corre el riesgo de confundir los rasgos definidores del presente con los viejos. No se puede dejar de lado que, al igual que antes, lo nuevo es lo que define las relaciones entre los hombres, pero también aquellas que éstos mantienen con ‘su’ lugar; de allí que sea tan fácil confundir lo nuevo con lo viejo y cometer el error de aproximarse al presente con la mirada filtrada por el pasado, con lo cual seríamos incapaces de aproximarnos a lo que el presente es.
Para cualquier sociedad es absolutamente necesario conocer su pasado para enfrentar los problemas del presente y proyectar su futuro; conocer la historia del cómo su territorio se ha construido y organizado su espacio es esencial para afrontar los retos del hoy y del mañana. Dejar de lado a la Geografía y a su inseparable amiga la Historia es no tomar en cuenta la indisoluble unión que siempre ha existido entre los lugares en los que se desarrolla la vida y su estrecha relación con el progreso técnico que le subyace a cada modernidad.