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Lectura crítica sobre Fiebelkorn, A. (2024). Senderos culturales. Bibliotecas populares y sociabilidades en la capital bonaerense (1882-1950). Eduvim
Palabra Clave (La Plata), vol. 15, núm. 1, e270, 2025
Universidad Nacional de La Plata

Lecturas críticas

Fiebelkorn A.. Senderos culturales. Bibliotecas populares y sociabilidades en la capital bonaerense (1882-1950). 2024. Eduvim. -pp.

Recepción: 10 Febrero 2024

Aprobación: 03 Abril 2024

Publicación: 01 Octubre 2025

DOI: https://doi.org/10.24215/18539912e270




El libro de Ayelén Fiebelkorn forma parte de un plan de colección que, bajo la dirección de Alejandro Parada, Eduvim dedica a la bibliotecología y a sus disciplinas afines, con una mirada amplia y plural, procurando interpelar el pasado y el presente de un ámbito de conocimiento y de la acción desde una perspectiva crítica de sus avatares. En esta oportunidad, se trata de una obra que viene a profundizar lo que conocíamos sobre las bibliotecas populares como expresión de un tipo particular de sociabilidad asociativa que creció y se extendió en la Argentina, a veces de manera autónoma, y otras en relación con las políticas estatales, sean nacionales o provinciales. El sendero demarcado por esta historia no es lineal y tampoco fácil de seguir. En este sentido, el trabajo de Fiebelkorn se puede leer como una paciente tarea de reconstrucción, que ha requerido poner marcas y señales, despejar obstáculos y abrir puntos panorámicos desde los cuales apreciar ese paisaje humano al que constantemente se refiere la autora con la idea de biblioteca popular.

Esa idea de biblioteca popular se desliza en varios pasajes de libro como un dispositivo, evocando de alguna manera ese sentido foucaultiano del término, esto es, como una red que relaciona una variedad de elementos de muy diversa índole que responde a una urgencia o demanda, y que se puede apreciar como una estrategia (Agamben, 2016). En este caso, una biblioteca popular, tal y como aparece en la investigación de Fiebelkorn, relaciona elementos como lectura; leyes, decretos, estatutos y otras disposiciones reglamentarias de menor jerarquía; edificios; técnicas de administración; acciones colectivas; normas implícitas de regulación de los comportamientos o sujeción de las pasiones; entretenimiento; deportes; sentimientos; valores y principios morales. La enumeración puede continuar, de hecho, se puede decir que el libro mismo es el encadenamiento de cada uno de estos elementos, pero interpretados y dispuestos en los marcos comprensivos de una historia que se presta amablemente a la lectura, sin perder en esa delicadeza la densidad que exige el rigor académico.

El estudio de ese dispositivo llamado biblioteca popular se trabaja desde una pretensión heurística singular, el de la sociabilidad cultural, y desde un lugar y un tiempo específicos: La Plata, 1882-1950. Para quienes no estén del todo familiarizados con la historia de las bibliotecas, valen dos observaciones propedéuticas. La primera se refiere al prisma que utiliza la autora para mirar el objeto de conocimiento. Hasta hace no muchos años, todo lo escrito sobre bibliotecas populares en la Argentina se había hecho desde dos planos diferentes: de un lado, el de las sociabilidades, que atendió al modo en que las personas se organizaron para fundar y mantener una biblioteca; de otro, el del Estado, que focalizaba la atención en las políticas gubernamentales. Si bien el título que escogió Fiebelkorn para su libro anuncia un énfasis en la noción de sociabilidad como eje vertebrador —categoría que se define en el segmento introductorio—, no por ello dejó a un lado la injerencia del Estado en la vida cotidiana de las instituciones, mostrando en este sentido hasta qué punto la acción gubernamental condicionó el hacer asociativo. La segunda cuestión propedéutica remite al recorte espacio-temporal. En cuanto al lugar, basta decir que nada se conocía sobre las muchas bibliotecas de asociaciones que hubo y hay en la ciudad de La Plata. El recorte temporal, en cambio, suele tener que enfrentarse con dilemas historiográficos pesados, y que la autora desafió buenamente al salirse del ya clásico período de entreguerras, presente en obras como las de Romero & Gutiérrez (1989), y que la autora misma empleó en su indagación original de doctorado. El arco temporal seleccionado para esta nueva apuesta es mucho más extenso y comprensivo, y le permitieron captar de un nuevo modo la actividad bibliotecaria y los fenómenos sociales, urbanos y políticos que la modificaron. En síntesis, la mirada, el lugar y el tiempo escogido resultan una novedad para la historia de las bibliotecas y para la historia de las sociabilidades.

En el desarrollo de la obra siempre están presentes y entrecruzados todos o casi todos los elementos que conforman el dispositivo biblioteca popular. Hay, sin embargo, una elección que privilegia en cada sección o apartado el tratamiento en profundidad de alguno de ellos. Por ejemplo, al inicio del libro se puede ver cómo el acento en lo urbanístico explica el crecimiento de la ciudad, de la sociabilidad y de las bibliotecas como una de las tantas organizaciones que esa expansión favoreció; pero de ningún modo lo urbano como variante de análisis es abandonado en los capítulos siguientes. De este modo sutil los énfasis se suceden como notas suaves y a la vez complementarias de una misma música. Incluso, las bibliotecas que trabaja la autora como casos testigo buscan ese efecto: en cuanto a lo urbano, se describen contexto de centro y periferia, pero también se miran procesos barriales de características singulares, como los que surgen vinculados a la actividad ferroviaria, frigorífica o petrolera; en relación con lo político, el estudio de unas bibliotecas ayudan a interpretar la fuerza revitalizadora que las culturas de izquierdas le dieron a estas instituciones, en especial el Partido Socialista y sus militantes, mientras que el análisis de otros establecimientos explican mejor los resortes del didactismo impulsados desde la cultura legítima. No es menos cierto, sin embargo, que esas prédicas se cruzaron durante el apogeo del reformismo y la creación de las universidades populares, dentro de las cuales las bibliotecas sirvieron con sus acervos y espacios de lectura. En otros momentos del libro el énfasis está puesto, en cambio, en las asociaciones deportivas, en particular el futbol durante su época amateur, y en cómo estos clubes de cultura física le dieron una acogida a la cultura letrada. Toda esta diversidad de origen no le oculta a la autora una constante que viene a explicar el surgimiento de las bibliotecas en tan diversos contextos. Esta constante se puede expresar sintéticamente del siguiente modo: el asociacionismo platense fue una forma que encontraron las personas para darle fuerza colectiva a sus reclamos ante las autoridades gubernamentales, o bien una manera de resolver por ellos mismos las carencias compartidas. De esta potencia social surgió la biblioteca como una herramienta para cubrir las demandas de instrucción o recreación literaria que las entidades estatales no atendían.

En ningún caso la formación de esas bibliotecas fue una tarea sencilla: las peripecias fueron variadas y generalmente vinculadas con la escasez de dinero. Esta variante clave ayuda a comprender, por ejemplo, las mudanzas de sede, los problemas para equipar las salas de lectura con muebles adecuados, la obtención de libros y, también, el mantenimiento del servicio. La resolución de estos dilemas transversales fue diferente en cada biblioteca, y esto la autora lo explica en función de las diferencias de capital social y económico que se extendían entre los asociados que integraban las instituciones. Para decirlo claramente: una biblioteca formada en un barrio céntrico por profesionales tenía mejores posibilidades que otra instalada en las afueras y compuesta por trabajadores. El Estado, por su parte, no contribuyó en nada a equiparar esas diferencias, puesto que las subvenciones eran equivalentes a la capacidad recaudatoria de cada establecimiento. Así las cosas, el rebusque imperó entre las asociaciones, que movilizaron bailes, kermeses, rifas y conferencias para obtener algo de dinero o donaciones de libros. De manera que, si la precariedad material desalentó muchas veces los ánimos, de toda esa parafernalia de eventos dispuesta a combatirla emergieron de forma silenciosas los vínculos de solidaridad que los vecinos forjaron en torno a las bibliotecas. Vínculos, por otra parte, que en muchos casos pasaron de una generación a otra.

Senderos culturales es un libro para conocer. Conocer sobre las bibliotecas y sus pasados, sobre el Estado y sus políticas, sobre las sociabilidades de lectura y sobre la manera en que el mundo de las ideas y los ideales se hicieron acciones. Es una obra de rigor académico, que además despierta la curiosidad, tanto por las historias que cuenta como por el modo en que están narradas. Su lectura podrá estar en los programas de bibliotecología y de historia de la universidad, así como también en la agenda de todas las bibliotecas que quieran una herramienta para mirar e interpretar sus propios caminos.

Referencias

Agamben, G. (2016). ¿Qué es un dispositivo? Adriana Hidalgo.

Romero, L. A. & Gutiérrez, L. H. (1989). Sociedades barriales, bibliotecas populares y cultura de los sectores populares: Buenos Aires, 1920-1945. Desarrollo económico: revista de ciencias sociales, 29(113), 33-62.

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redalyc-journal-id: 3505



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