Lo humano que brota. Las humanidades en el declive de la Universidad contemporánea1

The humanity that comes from the humanities in a declining contemporary University

Armando Zambrano Leal
Universidad Icesi Departamento del Cauca Santiago de Calí. , Colombia

Lo humano que brota. Las humanidades en el declive de la Universidad contemporánea1

Educere, vol. 21, núm. 68, pp. 177-181, 2017

Universidad de los Andes

Recepción: 17/01/17

Publicación: 17/01/17

Fiel a la práctica del pensamiento clásico y humanista me dispuse en la mañana de hoy a escribir algunas reflexiones sobre lo humano que brota. Este título se inspira de los acontecimientos de la vida cotidiana y de los hechos que han impactado duramente nuestro país. Especialmente, busca comprender lo tortuoso de la paz y el desastre de la muerte. Tomo como legítimo el derecho a escribir y haciéndolo intento volver sobre una de las prácticas más bellas del pensamiento humanista y clásico: leer aquello que escribo. Esta práctica fue muy importante, fundamental y trascendental en la formación del espíritu humanista. Ella no tenía otro fin distinto al de conjugar el silencio y la escucha. Escuchar y seguir las líneas del pensador era una cuestión también de disciplina. Así lo he comprendido en las prácticas de disertación del espacio universitario clásico; espacio que hoy no tenemos pues el espectáculo oscurece y banaliza el pensamiento. Así lo he leído en las prácticas de formación monásticas cuyo silencio era la piedra donde reposaban las experiencias de la formación trascendental. También, esta práctica, la he observado en la formación espiritual de quien se entrega a escudriñar este gran misterio llamado Dios. En la práctica de formación del caballero había estilo y disposición. En el caballero, el monje y el religioso hay una bella práctica que no puede sino ser trascendental y cuya marca es el silencio y la escucha. La escritura del viejo y nuevo testamento es una práctica trascendental y allí hay un sonoro silencio que nos interpela en esta humanidad que brota. En la literatura, como en el arte o la filosofía, lo trascendente se aparta de lo maquínico y, en consecuencia, de la ganancia y esto porque el silencio es la voz de la trascendencia.

Es poco decir que la práctica del silencio y de la escucha hoy es aborrecida pues el espectáculo del escenario se conjuga con el ruido de los sainetes de la formación por competencias. Lo humano brota en la trascendencia, trascendencia que no puede fabricarse ni tampoco traducirse en competencias. La trascendencia es un descubrirse en la vida y a través de la obra que emprendemos. Sea esta obra la oración, la escritura, la lectura, la formación e incluso la obra del artesano. Dos hechos inspiran mí espíritu cuya esencia interpela la pregunta por el Hombre que se fabrica en este presente y desde hace algo más de cinco décadas. El primero es el despliegue de odios y anhelos sobre la paz en nuestro país pero también en el mundo. El segundo, más reciente en nuestra cotidianidad, es la expresión de dolor y la tristeza de un pueblo frente a la tragedia del avión de Lamia y el fallecimiento de casi todo el equipo de futbol.

Dos hechos que me llevan a reflexionar lo humano que brota y muy a pesar de la fabricación constante de este humano. Fabricamos el odio, la emoción, las sensaciones, como fabricamos las formas de estar con el otro. Fabricamos las formas de estar en este mundo, fabricamos las maneras de explotar lo que ese mundo nos ofrece, fabricamos incluso la felicidad que no es poca cosa. Si me refiero a la fabricación es porque allí observo algo aterrador y profundamente desconsolador en esta humanidad que me interpela en el presente. Fabricar, en este orden, es distinto a trascendencia, inmanencia o devenir. En cualquier caso, fabricación es opuesto a experiencia, concepto genuinamente humanista.

Lo humano, aquello que es consustancial a este cuerpo que siente, piensa, explora, construye, lucha, perece en su fragilidad, es la huella de la historia profunda de aquello que se nombra como Hombre. ¿Qué es el hombre? Fue precisamente la pregunta de la antropología filosófica cuyos intentos de respuesta se nutrieron de las humanidades. Esta pregunta es crucial, contemporánea, de actualidad y no podía solo estar en las ciencias humanas ni en las ciencias del espíritu sino también en las ciencias monológicas. Estás también le han aportado, han dado pistas, nos ofrecen elementos para comprender este misterio llamado Hombre. La pregunta por el Hombre no es anodina, ni mucho menos espuria. Ella encierra todo el misterio de nuestra especie. ¿Qué es el Hombre para que este tenga que ser educado? Fue precisamente una de las preguntas-herencia del siglo Ilustrado. Pregunta cuyas respuestas vinieron tanto de la filosofía como de la antropología y también de la sociología sin descartar a la psicología. Pregunta fundamental en tanto encierra el misterio del devenir. Lo Hombre deviene en la experiencia de su existir como lenguaje, obra o acontecimiento. El Hombre no está ahí, como algo acabado, el brota en su acontecimiento fundador: el misterio de su existir.

He dicho que la paz, derecho fundamental y acontecimiento fundador de lo humano, me interpela por sus oposiciones y realizaciones. Como derecho, ella es primordial en la tranquilidad angustiante que vive el Hombre; ella es trascendental para su realización. Como derecho, ella suspende el ruido de las armas y desarma el odio y no obstante como fin, ella es un anhelo profundo del Hombre pues descubre que la guerra lo aparta de su fin supremo: la vida. La paz es el reconocimiento de los conflictos más desgarradores del existir humano. Ella nombra con justicia lo que entorpece y oscurece la posibilidad de una vida digna, humanamente posible. Pero, ¿qué es una vida humanamente posible? ¿Aquella que se aparta del conflicto, lo niega o lo desconoce? No lo creo, pues el Hombre brota en sus conflictos. El conflicto es sustancia primera del ser. Su morada no es el paraíso sino la terrenidad de sus conflictos. A través del conflicto, lo humano nos interpela pues no siendo máquina ni robot, de él brota cada signo para definir este ser llamado Hombre. Ni animal supremo, ni dios en su existir, lo Hombre acontece bien en el lenguaje bien en sus empresas. Ya lo advertía el filósofo del ser y la nada: la casa del ser es el lenguaje. El hombre es ser y en consecuencia su morada es el lenguaje. La vida es la plenitud de un estar siempre acorralado frente a la muerte y no obstante luchamos contra ella. Para el Hombre, el conflicto es la sustancia primera de su existir. El conflicto es sustancia primera lo que no es sino la expresión de su propia e insuperable condición de inacabamiento. El mismo, en su vida interior, vive la experiencia del conflicto. Llegar a la vida es encontrarse en conflicto, pues la tranquilidad del a-existir se rompe justo en el momento en que el grito como llanto brota anunciándonos la llegada del recién nacido. En el llanto, como grito y como lenguaje, brota la alegría cuando esta anuncia la llegada de la vida. La vida está en el existir, todo lo otro es misterio. Pero el llanto también nos advierte de la impotencia frente al dolor o respecto de la alegría. En cualquier caso, el llanto es la confirmación de un conflicto que aflige y potencia el mismo existir. La consciencia despierta no solo en el lenguaje que nombra sino también en el llanto y justo cuando nacemos. El nacimiento es un grito que trae consigo la advertencia del existir y sus conflictos. La natalidad nos interpela en el primer llanto. La primera frase, aquella con la que inicia el Génesis, es la primera expresión de este existir en el conflicto. Dios se se hizo verbo es de entrada una forma de nombrar esa conflictividad de la cual no escapará el Hombre. Se hizo verbo significa, siguiendo las reglas hermenéuticas de la interpretación del sentido, que este hombre se nombra como ser, estar, hacer y de entrada habitará en el conflicto de interpretar su propio existir.

Pero no nos quedemos en el conflicto, más bien adelantemos el paso hacia la guerra que es la forma más cruel del conflicto. La guerra es el grito de la decadencia humana. Por naturaleza, ella es el quiebre de la esperanza en lo humano. La guerra engendra dolor y este desencadena en odio. Entre el dolor y odio se teje el desconocimiento del otro. Lo otro, tal como lo reconocemos en la filosofía del rostro, es la interpelación de mi existir y, a la vez, mi existir en construcción. Mi existir entra en relación directa en el existir del otro. Gracias a la epifanía de la presencia -del otro- la soledad es más llevadera. Porque la guerra aniquila al otro, al diferente, al distinto y por tanto al semejante, mi soledad se vuelve dolor y desgarra mi condición. ¿Qué es el hombre cuya naturaleza lo lleva a practicar la guerra? ¿Podemos llamar Hombre, a quien por algún motivo inexplicable dedica su vida a concebir las formas más sofisticadas de hacer la guerra? La guerra es la realidad cruel de este Hombre cuya naturaleza aun nos advierte de su perfecta imperfección. Lo contrario de la guerra es la paz y esta es plena tranquilidad, distención del conflicto más cruel de lo humano. Con la tranquilidad no desaparecen los conflicto, pero si la guerra. Una vida tranquila se opone al odio, pues el odio es la enfermedad de quien no puede ni siquiera imaginar que el otro, en su radical diferencia, me engrandece.

Lo opuesto al odio es el perdón. El perdón sufraga el dolor, lo convierte en encauzamiento del valor por la vida. El perdón nos remite a la esencia de la vida, es decir al equilibrio respecto de nuestra naturaleza. Gracias al perdón sanamos el dolor y nos apartamos del odio. El perdón no olvida, pero tampoco se queda en la insuperable condición del odio. El odio es el ramaje de una vida ahogada respecto de la esperanza. Como si fuera una maleza que ahoga el fruto de la vida, el odio nos aparta de nuestra aspiración a la paz. El odio es la negación del verbo hecho carne, de Dios en su grandeza. El odio aniquila la tranquilidad y nos limita en la superación como humanos. El odio aflige toda esperanza pues maltratándola ahoga el rumor de un mejor despertar.

El odio es la otra mitad de una sociedad que incapaz de perdonar, acepta la mentira de las bondades de la guerra. La guerra no tiene más atributos que la muerte y por eso mismo engendra dolor. La bondad está en el perdón. Dar lo mejor de sí mismo es un acto bondadoso y allí aflora el perdón. En nuestra sociedad, lo hemos visto en este proceso de paz, el perdón y el odio revelan la consistencia de dos prácticas antagónicas. El odio y el perdón, ontológicamente nos remiten a la esencia misma de la humanidad. Lo humano es la carne que se pudre frente a la majestuosidad de Dios. Dios es la referencia de una carne que desvanece en el tiempo de su existir. Lo absoluto del Hombre y diferente, por tanto de la máquina, es la necesidad de nombrar el misterio bajo la forma de Dios. En esto, Dios es un signo para el Hombre o tal vez su más radical distancia.

Si he venido al asunto de la guerra es porque en ella veo la incompletud de aquello que llamamos hombre; ser maravilloso en su imperfección; materia viva y por tanto opuesta a la máquina. El hombre odia o perdona, asunto no fácil de resolver pues ¿qué es el odio? ¿Qué es el perdón? Aún hay mucho trabajo por delante para explorar en lo humano el por qué del odio y el por qué del perdón. La paz que es un derecho fundamental se vuelve asunto político por sus intereses y esto nos revela, una vez más, el interés del Hombre. Este ni es absolutamente bueno, ni es absolutamente malo. Simplemente él es, en su condición insuficiente, una criatura casi que destinada a descubrir sus virtudes, en el cansancio de la guerra. Lo humano brota en el dolor y se realza en el perdón pues casi como si estuviéramos predestinados a la guerra, algo descubrimos en la insensatez del odio: vivir la paz para poder dedicarnos serenamente a usufructuar de la tranquilidad y descubrirnos en la mirada del otro. Lo mejor, la virtud suprema, no es la felicidad, sino la tranquilidad. La tranquilidad es sabiduría y por esto mismo virtud.

La muerte, tragedia insuperable de lo humano, es el segundo registro de este escrito. Cierto, no salimos con vida de esta vida y no obstante luchamos por aplazarla. Pero la vida que es el valor supremo encuentra su límite en la muerte. Allí hay un misterio indescifrable y encauza la grandeza del reconocimiento. La tragedia de la muerte advierte que el hombre está hecho para perecer. En tal perecimiento brota lo humano. Veamos. La tragedia del avión en nuestro territorio aparta la futilidad de la competencia, como carrera, como rivalidad entre adversarios. Esta tragedia empuja al bien supremo de la misericordia y la emplaza por encima del egoísmo mezquino del triunfo. La tragedia hace brotar lo humano precisamente porque toda muerte es desolación del existir. La misericordia es el silencio del rostro que siente y siente porque el dolor es universal, sustancia primera de nuestro existir. La tragedia de la muerte es más dolorosa por sus condiciones y circunstancias dadas. Esta misericordia que se vuelca contra el dolor de la tragedia nos recuerda que lo humano brota allí donde el dolor es injustificado. La tragedia de la muerte es singular por la experiencia individual. La muerte como el amor y el dolor son individuales y nos interpelan por la fragilidad de la presencia. Apartados de la futilidad del triunfo, todo un pueblo hace suyo el dolor y con ello expresa la grandeza que aún tenemos los colombianos: el amor por el otro, el aprecio por la vida. Este acontecimiento es valioso pues encierra algo que habíamos considerado como desterrado de nuestras virtudes. Este hecho apuntala la más sublime de las esperanzas: la vida en sí y el dolor que abriga su fragilidad. Toda una ciudad se congrega para traer a la memoria la presencia del que ha perecido en la tragedia de la muerte y al hacerlo lanza un gesto de humanidad hacia el mundo; nos apartamos del odio entre semejantes para ubicarnos en la grandeza de la consolación y la misericordia. Este acto tan bello y pleno de humanidad nos hace sentir que hemos aprendido a querer la vida y muy a pesar de la insistencia de quienes aman la guerra, siembran odio y son incapaces de perdonar. Este acto nos pone por encima de la cotidianidad del conflicto interno para decir, de otro modo, con otra voz, con otros gestos, que los colombianos aún no hemos perdido la misericordia y que no nos hemos apartado del dolor. Esta grandeza simbólica de todo un pueblo reunido alrededor de la tragedia, es la prueba más firme de que otra vida es posible.

Ahora bien, la experiencia de la paz en nuestro país unida a la expresión de misericordia tributada en Medellín y a la memoria de todo un equipo, un pueblo, una nación hermana, me lleva a introducir la pregunta por el lugar de las humanidades en el espacio universitario pero también escolar. ¿Por qué trabajar, a partir del dolor, la justificación incansable del perdón y de la misericordia? Al intentar responder esta pregunta crucial, me obligo a descifrar el por qué el espacio escolar, como el espacio universitario, deben reorientar su función y volver la mirada sobre lo humano.

La educación, que en su esencia es cultivo y descubrimiento de sí mismo, ha desembocado en la trágica condición de un medio para el éxito y en detrimento del semejante. La educación que no es otra cosa que el cultivo de lo mejor de sí mismo, una experiencia genuinamente humana, ha derivado en la trágica condición de adquirir destrezas para poderse desempeñar en un oficio, un arte, una profesión. La educación que viene de cultivar y que en el siglo XVI estaba fuertemente ligada al trabajo sobre la tierra, ha derivado en fabricación. La educación que en su génesis proveía el sentido de cuidado, ha migrado a la práctica de adquisición y despojado esa bella advertencia de acogimiento que tanto apreciamos en los clásicos humanistas. La educación que era acompañamiento se ha vuelto vigilancia, control no solo de las capacidades cognitivas sino también de las competencias profesionales, como de los saberes. La educación que era la forma de nombrar el descubrimiento de las disposiciones humanas, se ha vuelto un medio para perfeccionar la mano, el cuerpo, la mente. La educación que era el territorio de la formación, se ha vuelto entrenamiento y todo a nombre de un mundo ávido de éxito, logro, estatus. La espiritualidad de la educación era la formación y por esto mismo fue nombrada como disposición virtuosa del hombre culto y esto más claramente desde el siglo de Goethe. El ideal de educación y su espiritualidad en la formación hacía de la experiencia un lugar para lo humano. Hoy, hasta la experiencia se aborrece y esto porque ella hace de la formación un complejo y sofisticado sistema de competencias. Las instituciones de cultura eran espacios para pensar los problemas vinculados a la pregunta sobre qué es el hombre. Hoy, estas instituciones distan de ser espacios de cultura; más bien son espacios de entrenamiento de capacidades, habilidades, destrezas. Estas prácticas nombran como calidad lo que no es sino puro vacío.

Atiborrada de formatos y de mecanismos de planificación para el éxito y la competencia en el mercado, las instituciones de cultura decaen en su compromiso más humano. Carente de sensibilidad, se ha privilegiado el domino de competencias y si acaso la ética que se enseña y poco se práctica no logra impactar la formación de un sujeto en su condición ni en su sensibilidad. Ella produce y fabrica profesionales cuyos resultados comenzamos a ver con tristeza. Tras el éxito, muchos viven su condición de profesionales en la más profunda planicie y hasta son capaces de ser corruptos. No nombraré casos concretos aunque me servirían para ilustrar la generalidad que se está dando en la formación por competencias, en la educación para el éxito. ¿De qué sirve ser formado en una universidad de elite si la compasión, el perdón y la misericordia no están incorporados como principios rectores de una buena vida? ¿De qué éxito podemos hablar si el odio por el semejante se cristaliza en el despojo desmesurado de los dineros públicos?

Un gran trabajo en la formación humanística se hace necesario y tengo fe que la naturaleza de la Universidad Católica haga de estos principios aquí expuestos un medio para ahondar resistentemente en una formación profundamente humanista. Tengo fe que ustedes, por su condición humanista y que dan prueba de bajos costos en la matrícula, puedan seguir esta obra en la formación de un profesional capaz de compadecerse con los más necesitados, los desheredados de esta sociedad, los más vulnerables. Una formación que no lleve a entender, comprender e integrar el perdón a la vida de cada uno y como remedio contra el odio de quienes no cesan de instigar que la paz es una mentira, es pura fabricación. Quienes han usufructuado, históricamente, de las riquezas de este país, no conocen del perdón pero si del odio. Negarle al otro la plenitud de la paz es sustraerse a su condición de humanos. Y de la misericordia no podemos sino decir que ella engrandece al humano. La misericordia como la compasión son valores de prima importancia. En ellas vemos la negación del odio y es sobre esto que las grandes religiones han sabido construir el camino más expedito para alcanzarlas. Ser con compasión es la suprema condición de la vida; ser misericordioso, nos lo recuerda la filosofía del ser y de la moral, la más grande aventura del reconocimiento de sí en el rostro del otro. Las dos trabajan sobre el odio y apuntalan el perdón. Sólo un Hombre misericordioso y compasivo es capaz de dar vida. La misericordia es la actualización de lo humano y ella vigila el dolor porque nos recuerda el desgarre que ocasiona incluso la orfandad.

Por todo esto, una formación en humanidades y una facultad de humanidades es necesaria especialmente en estos tiempos de mercaderes, oportunistas y avivatos. Dios brota en el dolor y lo humano aflora en la compasión. El pensamiento nos abstrae de la emoción y la crítica nos alerta contra la opinión. He aquí porque es necesario, urgente e importante volver sobre la formación monástica, contemplativa y disciplinada si queremos parar este proceso que fabrica máquinas. El desafío no es fácil pero si es necesario.

Muchas gracias.

Notas

1. Texto de la conferencia con ocasión de la creación de la Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Católica Santiago de Cali. Diciembre 1 de 2016.
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