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<journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Educere</journal-title>
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<publisher-name>Universidad de los Andes</publisher-name>
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<country>Venezuela</country>
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<subject>Artículos arbitrados</subject>
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<bold>Educación y valores interculturales desde la hermenéutica analógica de Mauricio Beuchot</bold>
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<italic>Education and
intercultural values from the analogical hermeneutics of Mauricio Beuchot</italic>
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<surname>Pérez Hernández</surname>
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<institution content-type="original">Colegio Superior para la Educación Integral Intercultural
de Oaxaca (CSEIIO) 

Oaxaca.
México</institution>
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de Oaxaca (CSEIIO)</institution>
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<author-notes>
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<p>Licenciada en Informática, Maestría en Pedagogía de las Ciencias Sociales y estudiante de
Doctorado en Investigaciones Educativas por el Instituto de Investigaciones Sociales y Humanas www.isociales.edu.mx. Labora en el Colegio Superior
para la Educación Integral Intercultural de Oaxaca (CSEIIO) www.cseiio.edu.mx. Función: Asesora-Investigadora.</p>
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<pub-date pub-type="epub-ppub">
<season>January-April</season>
<year>2019</year>
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<volume>23</volume>
<issue>74</issue>
<fpage>15</fpage>
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<year>2018</year>
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<title>Resumen</title>
<p> El presente artículo busca argumentar desde la filosofía de Mauricio Beuchot la forma en que un modelo educativo intercultural, además de fomentar el diálogo y la comprensión entre personas de distintos contextos culturales, debe promover valores que influyan en la toma de conciencia de las relaciones de poder que originan la desigualdad social. Por tanto, se tiene la intención de mostrar que la educación multicultural no sólo consiste en el reconocimiento de las diferencias de los distintos grupos que la conforman, sino que forma parte de la lucha por la equidad en condiciones de desarrollo económico y cultural. En síntesis, desde la filosofía y la hermenéutica analógica de Mauricio Beuchot, se busca mejorar la comprensión de las tradiciones y de las culturas para que éstas no sean vistas como entidades estáticas sino dinámicas, en constante renovación, a veces en tensión o en lucha por su supervivencia y coexistencia.</p>
</abstract>
<trans-abstract xml:lang="en">
<title>Abstract</title>
<p> This article seeks to argue from the philosophy of Mauricio Beuchot the way in which an intercultural educational model, in addition to promoting dialogue and understanding among people from different cultural contexts, should promote values that influence the awareness of power relations that cause social inequality. fterefore, it is intended to show that multicultural education not only consists of recognizing the differences of the different groups that make it up, but that it is part of the struggle for equity in conditions of economic and cultural development. In short, from the philosophy and the analogical hermeneutics of Mauricio Beuchot, it seeks to improve the understanding of traditions and cultures so that they are not seen as static entities but dynamic, constantly renewed, sometimes in tension or in struggle for their survival and coexistence.</p>
</trans-abstract>
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<title>Palabras clave</title>
<kwd>Educación Intercultural</kwd>
<kwd> hermenéu- tica analógica</kwd>
<kwd> contexto sociocultural</kwd>
<kwd> cultura</kwd>
<kwd> valores</kwd>
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<title>Keywords</title>
<kwd>Intercultural education</kwd>
<kwd> analogical hermeneutics</kwd>
<kwd> sociocultural context</kwd>
<kwd> culture</kwd>
<kwd> values</kwd>
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<p>
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</fig>
</p>
</sec>
<sec>
<title/>
<p>
<disp-quote>
<p>
<italic>“La cultura es la suma de todas las formas de arte, de amor y de pensamiento, que, en el curso de siglos, han permitido al hombre ser menos esclavizado”</italic>
</p>
<p> André Malraux</p>
</disp-quote>
</p>
</sec>
<sec>
<title>
<bold>Introducción</bold>
</title>
<p>Uno de los temas hacia los cuales nos conduce Mauricio Beuchot a través de la hermenéutica analógica<xref ref-type="fn" rid="fn2">
<sup>1</sup>
</xref>
<sup/> es a la educación intercultural, para la cual son necesarios el diálogo y la comprensión entre dos o más culturas. Dicho diálogo –afirma este filósofo– puede llevarse a cabo a partir del respeto de valores mínimos de convivencia sobre los cuales se fundan los derechos humanos que han de ser promovidos a través de la educación y respetados por cualquier persona, independientemente de la comunidad cultural a la que pertenezca.</p>
<p>Sin embargo, la enseñanza de los valores que subyacen a
los derechos humanos postulados como universales nos lleva a plantearnos varias
cuestiones: ¿Es posible la educación en valores?, ¿Existen valores universales
o los valores son relativos a cada cultura?, ¿Qué valores son los que se deben
promover en una educación intercultural? Para
dar respuesta a estas preguntas, nos detendremos a reflexionar sobre los
argumentos que ofrecen Beuchot y otros autores.</p>
</sec>
<sec>
<title>
<bold>La enseñanza
de virtudes en la educación intercultural</bold>
</title>
<p>Beuchot sostiene que la hermenéutica analógica aplicada a
la educación fomenta el respeto de las diferencias culturales, sin que por ello cedamos el paso al relativismo cultural que defiende la validez de cualquier práctica (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref3">Beuchot, 2009, p. 46</xref>). Esto es
así porque las escuelas son espacios donde conviven estudiantes de distintas
culturas y cuando interactúan aprenden unos de otros. Dicha interacción los lleva
a cuestionarse qué costumbres de su cultura son las más adecuadas para promover
el bienestar de su comunidad y cuáles pueden ser modificadas para una mejor convivencia.</p>
<p>Según este filósofo, las relaciones interculturales son necesarias porque “es difícil que una cultura, por sí misma
y por sí sola, encuentre sus deficiencias, sus puntos ciegos; se necesita el
diálogo con la otra. Y mediante ese diálogo comprensivo-crítico, único que
puede ser honesto, se ayudan, fomentan y enriquecen mutuamente las culturas” (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref3">Beuchot, 2009, p. 48</xref>). Asimismo, se requiere que las culturas hegemónicas aprendan
de las demás y no sólo tengan
la pretensión de enseñar, estas culturas deben dejarse interpelar por las otras
y no imponer sus enseñanzas, sino
entablar el diálogo. De lo contrario, no podríamos hablar de un verdadero
intercambio cultural.</p>
<p>Respecto de la educación intercultural, Beuchot arguye que ésta debe contemplar el ideal de ser humano de cada pueblo, ya que es a partir de dicho ideal que se determinan las virtudes que han de ser cultivadas.</p>
<p>A diferencia de la postura platónica en Menón<xref ref-type="fn" rid="fn3">
<sup>2</sup>
</xref>
<sup/>, el filósofo mexicano considera la posibilidad de la enseñanza de virtudes y asume la ética
aristotélica, a partir de la cual se
define la virtud como un rasgo de carácter que se adquiere a través del hábito.
Beuchot sostiene, precisamente, que el quehacer educativo consiste en brindar una formación en virtudes,
entendidas estas como hábitos ligados a la praxis. Una manera
de llevar a cabo dicha enseñanza
–afirma este autor– es cuando el profesor se convierte en un modelo para el
alumno (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref3">Beuchot, 2009, p. 48</xref>). De
manera que el profesor que predica valores éticos debe actuar conforme a ellos
con la intención de influir en los alumnos a través del ejemplo y no sólo con la palabra. Razón por la cual se requiere
que el profesor no sólo diga, sino que muestre lo que desea que los alumnos aprendan.</p>
<p>Así pues, Beuchot pone en cuestión la enseñanza que se
basa exclusivamente en la palabra y su crítica nos remite al argumento de John
Dewey acerca del papel del lenguaje oral en el proceso de aprendizaje.</p>
<p>
<disp-quote>
<p>La importancia del lenguaje para la adquisición de conocimientos es indudablemente la principal causa de la idea común de que el conocimiento puede transmitirse directamente de unos a otros. Parece casi como si todo lo que tenemos que hacer para llevar una idea a la mente de otro es introducir un sonido en sus oídos. Así la transmisión de conocimiento
se asimila a un proceso puramente físico (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref4">Dewey, 2004, p. 24</xref>).</p>
</disp-quote>
</p>
<p>Cabe aclarar que no se trata de rechazar el aprendizaje adquirido por medio del habla y de la escritura. Lo que
sucede es que el conocimiento basado en la comunicación oral y escrita es
artificial cuando está alejado de la vida cotidiana. Posiblemente, es más
difícil de asimilar dado que la mayoría de los conocimientos adquieren sentido
en la experiencia de quien aprende y en la conexión con otras cosas con las que
está familiarizado. Existe el peligro, como advierte Dewey, de que los símbolos lingüísticos dejen de ser representativos y medios
para evocar lo remoto o ausente tornándose fines en sí mismos. (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref4">Dewey, 2004, p. 200</xref>).</p>
<p>Lo que se halla detrás de esta crítica es la denuncia de
técnicas para memorizar símbolos y descripciones de hechos, sin que exista experiencia directa de lo que se aprende. La experiencia directa consiste en que los estudiantes se enfrenten a situaciones auténticas en las que deben participar y entrar en contacto con el significado de los símbolos, hechos y
problemas que les fueron transmitidos en su formación académica.</p>
<p>
<italic>Grosso modo</italic> las
críticas que lanzan tanto Beuchot como Dewey a la enseñanza basada exclusivamente
en la palabra resultan pertinentes cuando se trata de la formación en virtudes, ya que se requiere que los estudiantes lleven a la práctica ciertas
acciones dentro y fuera del aula.</p>
<p>La postura de Beuchot respecto de la enseñanza en virtudes es que el alumno podrá imitar al maestro sin llegar
a ser idéntico, sino su análogo (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref3">Beuchot, 2009, p. 69</xref>). Pero podemos objetar que así como el profesor puede convertirse
en un ejemplo para sus alumnos, no basta esta enseñanza si en el ambiente
familiar y social del estudiante no están presentes las virtudes que se pretenden inculcar. Esta postura está centrada en las acciones del profesor dejando de lado el
influjo del ambiente en el que se desenvuelve el alumno fuera de la escuela.</p>
<p>Sin embargo, para muchos estudiantes, el ambiente
familiar y de la comunidad donde viven tiene más impacto en la conformación de
su personalidad que el ejemplo del profesor, ya que para aprender no sólo
requieren habilidades intelectuales sino también la disposición emocional hacia
los demás miembros del grupo, que los impulsa a actuar de determinada manera.
La influencia del ambiente puede ser inconsciente y la forma en que el grupo donde se encuentra inmerso
el estudiante realiza las cosas, puede dirigir su atención o puede limitar su
capacidad de observación y de acción (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref3">Beuchot, 2009, p. 71</xref>).</p>
<p>Coincidimos con Dewey en que, a pesar de que las escuelas
tengan la intención de influir en la disposición intelectual y moral de sus
miembros, educan a sus alumnos de manera indirecta, mientras que el ambiente
social incide directamente en la formación de su carácter. (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref4">Dewey, 2004, p.
26</xref>).</p>
<p>Ahora bien, los seres humanos adquirimos, a través de
nuestras experiencias en los distintos espacios de formación, la valoración de ciertas cualidades, así como las
normas que se erigen a partir de dichos valores. Esto suele conducir a padres y a profesores a la pretensión de enseñar a los jóvenes valores y normas morales.
Pero esta enseñanza puede tornarse simbólica o vista por la gente joven como algo convencional y meramente
verbal, cuando esos valores únicamente son enunciados y no se ponen en práctica.</p>
<p>
<disp-quote>
<p>El actuar de una persona depende del significado que han adquirido
para ella los conocimientos en situaciones concretas. Esta comprensión es la que fija su actitud y su valoración más que lo que le han enseñado como “lo adecuado”. Un joven que tiene una experiencia
repetida del pleno sentido del valor de la amabilidad hacia los demás formadas
en sus disposiciones, posee ya una medida del valor del trato generoso de los
demás. Sin esta apreciación vital el deber y la virtud del altruismo impreso en
él por los demás como una norma permanecen puramente como un asunto de símbolos
que no puede traducir adecuadamente en realidades. (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref4">Dewey, 2004, p. 202</xref>).</p>
</disp-quote>
</p>
<p>Así pues, ponemos en tela de juicio que en las escuelas haya una trasmisión directa de creencias, emociones y
conocimientos, parece, más bien, que la transmisión se logra a través del medio
en el que se desenvuelven los
alumnos. Por lo tanto, se requiere
que el educador participe en actividades conjuntas con el aprendiz para que éste no sólo adquiera una destreza,
también se fortalezcan lazos de confianza entre ambos.</p>
<p>La escuela puede ayudar a depurar los hábitos
perjudiciales que se encuentran en el ambiente social desde una perspectiva
estabilizadora e integradora (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref3">Beuchot, 2009, pp. 83</xref>); porque no se trata de que
la educación formal idealice las costumbres existentes, sino que promueva la capacidad reflexiva de los estudiantes para que sean capaces
de comprender la complejidad del grupo al que pertenecen y de intervenir en él.</p>
<p>En este sentido, la escuela debe constituir un espacio
que sirva como guía para encauzar a las personas sin recurrir a la fuerza o a las amenazas. Es aquí donde recuperamos la hermenéutica analógica, ya que para Beuchot: la virtud está asociada con la prhónesis o capacidad de encauzar las pulsiones con el objeto de que no sean un impedimento para la convivencia
social (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref3">Beuchot, 2009, pp. 89-90</xref>). La convivencia –sostiene el filósofo
mexicano– es posible a través de una actitud analógica, que implica que nos asumamos como seres racionales y emocionales. En tanto seres
racionales y emocionales, la educación tendría que promover la formación del
criterio o –como lo denomina este autor– juicio prudencial, que consiste en hacer un balance entre los pros y los contras de una acción y evaluar si empleamos los medios adecuados para obtener el fin o los fines propuestos (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref17">Beuchot y Pontón,
2014, p. 26</xref>).</p>
<p>Esta educación también debe ayudar a la conformación de
carácter, esto implica dar cauce a los ámbitos pasional y moral de los seres humanos mediante las virtudes que se consideran necesarias para vivir en sociedad, las cuales dependen del
contexto en el que se educa. La educación intercultural debe contemplar el
manejo de los sentimientos desde
una perspectiva analógica, ya que:</p>
<p>
<disp-quote>
<p>Podemos comprender los sentimientos de las otras personas, y de las otras culturas, por analogía con los nuestros. Y podemos decir que comprendemos los
sentimientos (o la expresión y la vivencia de los mismos) en las otras culturas por analogía con la manera en que son vividos y expresados en la nuestra. Así se forma una especie de comunidad entre los humanos, por la que compartimos (aun sea con diferencias) nuestros sentimientos y emociones, lo cual hace que podamos hablar de una condición humana, si no es que de una naturaleza humana inclusive. (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref17">Beuchot y Pontón, 2014, p. 98</xref>).</p>
</disp-quote>
</p>
<p>Respecto de esta afirmación, cabe preguntarnos: ¿Qué ocurre si, a pesar de tener la capacidad de establecer la semejanza entre los propios sentimientos con los de los demás, se inflige dolor a personas de otras culturas por el hecho de considerarlos externos a nuestra comunidad? Es posible que suceda así porque los sentimientos no están aislados de nuestras creencias y prejuicios. Plantearnos este tipo de cuestiones nos lleva a uno de los puntos centrales de la interculturalidad que, siendo justos, ha señalado Beuchot en distintas obras: “se  pueden reconocer las características comunes entre las culturas, pero también se deben aceptar las diferencias y aprender de ellas” (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref17">Beuchot y Pontón, 2014, p. 35</xref>).</p>
<p>El conflicto debido a las diferencias culturales puede
ser abordado desde la ética de la alteridad de Emmanuel Lévinas y Martin Buber, quienes han hecho hincapié en las categorías “Otro” y “Otros”. Dichos filósofos nos hacen reflexionar que el “otro” es el que disiente de nuestra manera de pensar, de nuestras creencias y de nuestra forma
de valorar el mundo. Esto nos conduce a no ver al otro como un tú o como miembro
del nosotros, sino como un ello, ya sea porque no lo comprendemos, lo
objetualizamos o lo consideramos un medio
para alcanzar nuestros fines. Sin embargo, el Otro es difícil de tematizar y de
conocer a cabalidad, además es alguien que continuamente nos interpela
(<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref19">Lévinas, 1997, p. 81</xref>).</p>
<p>Respecto de la educación intercultural, nos parece
acertado que la hermenéutica analógica (que no se distancia tanto de la
filosofía pragmatista de Dewey) promueva la enseñanza en el ámbito cotidiano de
los estudiantes. La educación propuesta por Beuchot es una actividad
relacionada con los aspectos prácticos de una comunidad y con las tradiciones
que las culturas hegemónicas no comprenden, relegan o desean eliminar. “Esta educación debe ser retrospectiva para recuperar la herencia espiritual de las culturas relegadas mediante la recuperación de su literatura e historia, sin perder de vista el presente desde el que se mira” (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref3">Beuchot, 2009, p. 77</xref>).</p>
<p>Ahora bien, la propuesta analógica de<italic> la pedagogía de lo cotidiano</italic> (denominada así por el filósofo mexicano) también tiene como finalidad
que se fomenten los valores mínimos de convivencia que dan sustento a los
derechos humanos, a pesar de que los ideales de felicidad sean distintos en
cada cultura.</p>
<p>Beuchot hace explícita la importancia de los derechos
culturales y la necesidad de que los derechos humanos sean contextualizados, pues considera que deben ser aplicados tomando en cuenta las particularidades de cada
pueblo. Sin embargo, defiende la universalidad de estos derechos y la tesis de
que son tutelares de cualquier ser humano (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref3">Beuchot, 2009, pp. 93-94</xref>). Éste es
un asunto que a continuación trataremos de aclarar, pues es necesario investigar qué razones
justifican la afirmación de que los valores que subyacen a los derechos humanos
son universales.</p>
</sec>
<sec>
<title>
<bold>Sobre el origen de los valores</bold>
</title>
<p>En axiología existe una discusión acerca de la naturaleza
de los valores. La polémica surge cuando se intenta responder a la pregunta: ¿Tienen valor las cosas porque las deseamos o las deseamos porque tienen valor? Hay distintas posturas filosóficas para dar respuesta a esta cuestión.</p>
<p>El subjetivismo sostiene que lo que consideramos valioso
depende de las disposiciones cognitivas y emocionales de los sujetos, mas no de
alguna cualidad del objeto. Desde esta perspectiva, la existencia de los valores tiene origen en las reacciones
fisiológicas o psicológicas de los sujetos. Un
filósofo que adopta dicha postura es Spinoza al argumentar: “Consta,
pues, todo esto, que no nos esforzamos por nada, ni lo queremos, apetecemos ni
deseemos porque juzguemos que es bueno, por el contrario, juzgamos que algo es
bueno porque nos esforzamos por ello, lo queremos, apetecemos y deseamos” (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref16">Spinoza, 1980, p. 112</xref>). También Alexius Meinong
afirma que una cosa tiene valor en la medida que nos agrada (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref20">Meinong, 1958, p. 49</xref>).</p>
<p>Por otro lado, la perspectiva axiológica objetivista defiende que los valores son cualidades que se encuentran en las cosas que nos llevan a apreciarlas. Según esta postura, los valores existen independientemente de la conciencia del sujeto. De manera que valoramos no sólo lo agradable, también lo que nos desagrada. Por ejemplo,
George Moore sostiene:</p>
<p>
<disp-quote>
<p>Bueno y malo son cualidades que pertenecen a los objetos independientemente de nuestras opiniones como ocurre con cuadrado y redondo; y cuando las personas discrepan sobre la bondad de una cosa, sólo una de ellas está en lo cierto, si bien, puede resultar muy difícil
saber cuál está en lo cierto (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref5">Moore, 1958, p. 104</xref>).</p>
</disp-quote>
</p>
<p>Existen también posturas intermedias como la de Risieri
Frondizi, quien sostiene que “los valores son cualidades que surgen de la interacción entre el sujeto y el objeto” (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref6">Frondizi, 1958, p. 35</xref>). Los valores, así concebidos, son resultado de la síntesis de reacciones subjetivas frente a cualidades que hay en los objetos, influidas por la situación. Según este autor,
captamos los valores por la relación que guardan los objetos con
nosotros mismos y para ello requerimos más capacidades que la intuición emotiva, dado que los valores no son esencias (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref6">Frondizi, 1958, p. 37</xref>). El ejercicio de la razón también debe estar presente.</p>
<p>Respecto de los valores éticos, podemos decir que la perspectiva subjetivista nos habla de lo deseado; mientras que la postura objetivista da
cuenta de lo deseable. De ambas posturas, es el objetivismo axiológico el que
sostiene el valor intrínseco de las acciones y el que se inclina por el deber ser. Así pues, hay filósofos –como el mismo Frondizi– que sostienen:
“El valor ético tiene una fuerza impositiva que nos obliga a reconocerlo aun contra nuestros deseos, tendencias o intereses personales” (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref6">Frondizi, 1958, p. 36</xref>). Esto significa que suele pensarse
en el carácter objetivo de los valores morales y en la posibilidad de poder ser
reconocidos allí donde se cumplan.</p>
<p>Cabe aclarar que, además del subjetivismo y el objetivismo, hay otras dos posturas axiológicas que ofrecen una respuesta a la pregunta por la naturaleza de los valores éticos: una sostiene que estos valores son universales (universalista) y la otra que
dichos valores son relativos a cada cultura (relativista) (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref20">Meinong, 1958, p.
51</xref>). Cuando Beuchot afirma que los valores que subyacen a los derechos humanos no son propios de un individuo sino de todos los seres humanos
y que estos pueden servir como parámetros mínimos de convivencia inter- cultural, significa que asume el
universalismo axiológico.</p>
<p> Examinemos, pues, las razones que ofrecen las perspectivas relativista y universalista, las cuales han conducido a varios filósofos o bien a aceptar la universalidad de los valores que promueven los derechos humanos o bien a rechazarla.</p>
</sec>
<sec>
<title>
<bold>Relativismo</bold>
</title>
<p>El relativismo ético sostiene que no existen valores morales universales, lo que hay son muchos códigos morales. Por esta razón cualquier práctica puede ser válida en su contexto. Otra tesis que defiende el relativismo es que no existe un modelo independiente y neutral a partir del cual puedan establecerse los valores y normas morales para todos los seres humanos y todos los pueblos, ya que los códigos morales han sido erigidos en comunidades culturales particulares (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref9">Harman y Thomson, 1996, p. 55</xref>).</p>
<p>El relativismo resulta atractivo en la medida en que nos
hace tomar conciencia de que muchas prácticas y objetos los consideramos
valiosos por la educación que recibimos dentro de nuestra cultura. También nos
muestra que lo que aceptamos como correcto es resultado de la convención
social. Algunas de las preguntas que nos plantea el relativismo son las
siguientes: ¿No son nuestros prejuicios los que nos llevan a condenar las
prácticas de otros grupos como inmorales?, ¿No es verdad que para distinguir lo
correcto de lo incorrecto solemos tomar como parámetro el código moral de la
propia cultura?</p>
<p>Así pues, el relativismo tiene mucho de rescatable, ya
que nos puede servir como antídoto contra el dogmatismo que defiende que
nuestras normas y valores son las mejores y por ello tendrían que ser
universales. El problema con esta
postura axiológica es que si la asumimos de manera radical corremos el riesgo
de aceptar que toda práctica es válida dentro de su contexto. Esto resulta
cuestionable desde la ética, pues si aceptamos dicha tesis, convendríamos en
que una acción es buena en la medida en que atiende a una tradición. Si admitimos
que la moral es equivalente a costumbre, podemos decir que, efectivamente, una
práctica tradicional es moral por el hecho de ser convenida y avalada por
varias generaciones. Sin embargo, la moral filosófica (que es como denomina
Juliana González a la ética) no consiste en asumir la tradición, sino en
reflexionar sobre los principios y fundamentos de la moralidad, de los cuales
se derivan nuestras valoraciones y criterios acerca de la “vida buena” (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref7">Juliana González, 2000, pp.49-50</xref>).</p>
<p>La tesis de que moral y costumbre son equivalentes puede ser cuestionada desde varias teorías éticas. Por ejemplo,
a partir del utilitarismo preguntaríamos si las prácticas tradicionales buscan
la felicidad de los miembros de la comunidad entendiendo por felicidad: el
balance entre el placer y el dolor, así
como el mayor beneficio al mayor número de personas. A partir de esta teoría
consecuencialista tendríamos que investigar los costos y beneficios de las tradiciones, y tacharíamos de poco adecuadas aquellas que en vez de fomentar la felicidad de los miembros del grupo promueven el
dolor (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref2">Bentham, 1948, p. 91</xref>).</p>
<p>Desde una perspectiva ética deontológica, como la kantiana, las preguntas se dirigirían a saber si las acciones son condenables independientemente de las consecuencias, si en ciertas prácticas hay personas cuya autonomía está siendo violada o si hay quienes son vistos como medios y no como fines en sí mismos (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref10">Kant, 1994, p. 71</xref>).</p>
<p>Por su parte, Beuchot lanza la crítica al relativismo cultural que defiende la validez de cualquier práctica, porque considera lo tradicional
como correcto, por el simple hecho de ser tradicional y no da cabida a la innovación o a la aspiración de tener una sociedad mejor (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref3">Beuchot, 2009, p. 96</xref>). Este autor concuerda con aquellos filósofos que se oponen al relativismo por considerar que niega la posibilidad del progreso moral, entendido como la corrección de ciertas prácticas de un grupo en beneficio de los sectores que han sido tradicionalmente excluidos.<xref ref-type="fn" rid="fn4">
<sup>3</sup>
</xref>
<sup/>
<sup/>
</p>
<p>Hasta aquí hemos esbozado en qué consiste el relativismo, también mencionamos los desafíos que plantea a la ética y las reacciones de algunos autores frente a la tesis que afirma la validez de cualquier práctica tradicional. A continuación analizaremos la perspectiva universalista.</p>
</sec>
<sec>
<title>
<bold>Universalismo</bold>
</title>
<p>En el ámbito ético, el universalismo defiende la
pertinencia de reglas morales universales y sostiene que un acto puede ser bueno
o malo en sí mismo. El universalismo recupera el imperativo categórico de Kant
que postula que debemos actuar como si la máxima de nuestras acciones pudiera
tornarse ley universal. Dicho imperativo presupone que hacemos uso de la
razón para evitar acciones que nos causan daño tanto a nosotros mismos como a
los demás. Desde esta perspectiva se argumenta que en tanto seres racionales,
somos capaces de establecer normas que cualquiera podría reconocer como
válidas. Normas que no permitan
excepciones o en caso de permitirlas,
dichas excepciones deberán estar fundadas en razones que cualquier individuo racional pueda aceptar. Por tanto, la moralidad –según esta
postura ética– no depende del código establecido en una sociedad, sino del uso
de la razón humana (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref10">Kant, 1994, p. 74</xref>).</p>
<p>En relación con los derechos humanos cuya universalidad
es defendida por Mauricio Beuchot, a continuación abordaremos cuáles son los principios y valores que promueven. La autodefensa tiene como base el resguardo de la propia vida y luego se postula como la norma restrictiva “no matarás”. Dicha norma es una constante en las teorías iusnaturalistas<xref ref-type="fn" rid="fn5">
<sup>4</sup>
</xref>
<sup/> y constituye un fundamento de los derechos
humanos, sin embargo no el único.</p>
<p>Algunos teóricos liberales, entre ellos el
jurista italiano, <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref18">Luigi Ferrajoli (2001)</xref>, sostienen que los derechos y garantías, aunque tienen como primer
principio la conservación de la vida, también se fundamentan en otros dos valores, a saber: la libertad y la propiedad. Estos valores son defendidos en el Artículo 2 de la <italic>Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 que establece: “La meta de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Estos derechos son: la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia
a la opresión.”<xref ref-type="fn" rid="fn6">
<sup>5</sup>
</xref>
<sup/>
</italic>
</p>
<p>También dan sustento al Artículo 3 de la <italic>Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.</italic> Ferrajoli argumenta que los derechos
fundamentales o derechos de libertad son universales e inalienables debido a
que son normas generales y, por esta
razón, incluyentes; asimismo, sostiene que, aunque puedan ser suprimidos por
actos jurídicos, son supraestatales y sirven como defensa a los ciudadanos
contra los Estados nación (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref18">Ferrajoli,
2001, p. 41</xref>). Es así como se marca la distinción entre persona y ciudadano y se
afirma que la persona no necesita pertenecer a una nación para tener derechos humanos.</p>
<p>El concepto de personalidad que defiende este jurista se ubica en la misma línea argumentativa del filósofo
norteamericano <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref8">James Griffin (1998, p. 23)</xref> y en concordancia con la postura de Beuchot, en cuanto a que
se denomina persona a un ser vivo agente de actos independientemente de la pertenencia a tal o cual nación.</p>
<p>Hasta aquí, podemos decir que una de las bondades de los derechos humanos es que nos permiten denunciar a los que se basan en la noción de ciudadanía, así como en la pertenencia nacional y territorial, para establecer
limitaciones normativas que excluyen a ciertos grupos, por ejemplo, a inmigrantes indocumentados.</p>
<p>Pero el que los derechos humanos sean de utilidad para defender a grupos minoritarios y a personas excluidas, no implica que los principios que promueven, tales como la
propiedad, la seguridad y la libertad, deban ser instituidos como valores morales universales. Estos valores tienen que ser contextualizados según la cosmovisión de los pueblos. De manera que
se reconozca que no es valiosa la vida per
se, pues para algunas culturas,
como la nahua, la vida es valiosa por su relación con la muerte.<xref ref-type="fn" rid="fn7">6</xref> La propiedad privada no es un valor universal,
ya que para algunos pueblos son valiosos la propiedad colectiva o el territorio
por ser allí donde han vivido sus ancestros o son las tierras que han cultivado
ellos mismos. Tampoco es la libertad
individual, sino la autonomía y la libre determinación los principios por los
que luchan los pueblos originarios y las comunidades tribales con el propósito
de que se les permita elegir su propio desarrollo económico y cultural.</p>
<p>Así pues, el problema radica en que la universalidad de los derechos humanos se postula desde una teoría liberal que en el fondo es individualista. En este sentido, cabe aclarar
que Beuchot no opta por el individualismo, sino que se posiciona desde un
humanismo que defiende la dignidad asociada a la capacidad de deliberación de
los seres humanos (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref3">Beuchot, 2009, p. 101</xref>). La hermenéutica analógica tampoco
defiende la universalidad de los derechos humanos desde una postura
racionalista, ya que considera que así como somos seres racionales, tenemos
emociones y pasiones que influyen en nuestra interpretación del mundo.</p>
<p> Lo que nos interesa destacar de esta propuesta hermenéutica, con la cual coincidimos, es que si bien podemos reconocer la vida, la libertad, la racionalidad como valores humanos, no son los únicos. Por tanto estos pueden servir como ideales orientadores de nuestras prácticas, pero no deberían ser vistos como principios universales inmutables.</p>
</sec>
<sec>
<title>
<bold>Entre el universalismo y el
relativismo</bold>
</title>
<p>Dar por descontado el universalismo nos lleva a
preguntarnos: ¿En verdad no existe algún valor moral que pueda estar presente
en todas las culturas? Hay filósofos, como James Rachels, que plantean la
posibilidad de la universalidad de la verdad argumentando que de no ser valioso
decir cosas verdaderas y condenables mentir, las personas difícilmente
confiarían en lo que los otros miembros de su comunidad les dicen y sería casi
imposible la comunicación (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref13">Rachels, 2006, pp. 51-53</xref>).</p>
<p>Así como este autor reflexiona sobre la verdad, podemos
preguntarnos: ¿Qué ocurriría en sociedades donde
no existieran la justicia o la libertad? Luego de pensar en los
inconvenientes de que no sean preciados estos principios, llegaríamos a la
conclusión de que probablemente también son valores que se encuentran presentes
en las demás culturas. Pero nuestra
intención no es especular. A continuación analizaremos un caso concreto a partir del cual deseamos mostrar que las culturas que consideramos más ajenas o extrañas, posiblemente
comparten algunos de nuestros valores, aunque no seamos capaces de reconocerlos.</p>
<p>El ejemplo que traemos a cuenta es una práctica de los
Inuit descrita por Rachels. Algunos antropólogos dieron a conocer que los Inuit
cometen infanticidio y que dicho infanticidio es exclusivamente femenino. Para personas defensoras de los derechos
humanos y de los derechos de las mujeres esta práctica resulta imperdonable. En
primer lugar porque todo indica que el origen de los asesinatos es la
desigualdad de género y en segundo lugar porque parece que los miembros de esa
cultura no valoran la vida de los niños. ¿Cómo es posible que en una sociedad
no se valore la vida de las mujeres, así como la de gente joven que dará
sustento en un futuro a las personas en edad no productiva?, se preguntaron
escandalizadas muchas personas de países
occidentales.</p>
<p>Sin embargo, el panorama desde adentro es un tanto distinto. No es que no se valore la vida de los niños, lo que sucede es que los Inuit se enfrentan a las inclemencias del tiempo. Además, son pueblos nómadas y las madres no pueden llevar a cuestas más que a uno sólo de sus hijos. El infanticidio es el último recurso al que se recurre, pues hay parejas sin hijos que se hacen cargo de las pequeñas. Por otro lado, la razón por la cual se asesinan niñas y no niños es que el género masculino se dedica a conseguir alimento para la comunidad y muchos de ellos mueren prematuramente. De tal suerte que se piensa en mantener vivos a la mayor cantidad posible de varones (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref13">Rachels, 2006, pp. 53-54</xref>). Las preguntas que debemos plantearnos ahora son las siguientes: ¿Podemos afirmar que son personas que no valoran la vida? ¿Se trata de pueblos que no valoran a los niños ni a las mujeres?</p>
<p> Al respecto, podríamos plantear de nuevo las preguntas acerca de la moralidad de las tradiciones culturales. También podríamos contentarnos con señalar, desde una perspectiva universalista e ilustrada, la irracionalidad de este tipo de prácticas. Sin embargo, con ello le negaríamos el derecho a estas culturas de ofrecer las razones que justifican sus acciones y nos negaríamos a nosotros mismos la posibilidad de escuchar y tratar de comprender sus razones, por el mero hecho de no pertenecer a sociedades occidentales e ir en contra de lo que consideramos valioso.</p>
<p>Lo que nos interesa destacar es que al evaluar las
tradiciones de otros grupos solemos asumir que sus valores distan mucho de los
nuestros. Pero ¿en verdad difieren tanto como pensamos? o ¿será que su
jerarquización axiológica es distinta a la nuestra?, de manera que no somos
capaces de reconocer ciertos valores allí donde también se aprecian.</p>
</sec>
<sec>
<title>
<bold>Educación intercultural desde una vía
negativa</bold>
</title>
<p> Para concluir esta investigación consideramos como una alternativa viable acercarnos a los valores desde una perspectiva negativa como lo propone Luis Villoro. Es posible, como lo afirma este filósofo, que en aquellos lugares donde en vez de presencia se da la ausencia de libertad, justicia y equidad, dichos principios suelen ser apreciados porque se carece de ellos y se convierten en una aspiración a alcanzar.</p>
<p> Así pues, las personas deben señalar la ausencia de tal o cual valor, esto las conducirá a reconocer el daño que les ha sido causado y a identificarse con los miembros del grupo que también ha sido excluido.</p>
<p>
<disp-quote>
<p>La carencia del obrero, no es la misma que la del indio o
la mujer y, por lo tanto, su conciencia
de falta, no puede ser la misma. Pero la
conciencia de falta lo es de un daño ligado a la característica común que
comparten los miembros del grupo […] Una noción
de identidad social puede estar ligada a esa primera conciencia de pertenencia. “Yo soy quien tiene una carencia que comparte con
otros en la misma situación, soy semejante a ellos. Cobro conciencia de mi ser obrero, o pobre, o marginado, o indio o mujer” (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref15">Luis Villoro, 2007, p. 21</xref>).</p>
</disp-quote>
</p>
<p> Dicha concienciación de saberse excluido puede llevar a un grupo a la resistencia, a equipararse en derechos con el sector excluyente y también al reconocimiento del otro. Por otra parte, la vía negativa en relación a los valores nos lleva a reflexionar que el fundamento de los derechos humanos no reside en que sean normas universales incontrovertibles, sino que son principios basados en buenas razones. Esto no implica que su origen sea necesariamente el consenso, posiblemente se fundaron en el disenso. Por lo tanto, los derechos humanos no deberían ser concebidos como reglas abstractas, sino como normas que forman parte de una ética concreta.</p>
<p> ¿En qué consiste dicha ética? En considerar las circunstancias, las relaciones y las posibilidades reales de la aplicación de las normas (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref14">Luis Villoro, 1997, p. 124</xref>).</p>
<p>De lo que se trata es de dar cabida al “imperativo
del disenso” que consiste en
decir “no” a las situaciones en las
que prevalece la violación a los valores humanos. Coincidimos con Villoro en
que, en sociedades como la nuestra donde lo que prevalece es la ausencia de los
valores postulados como universales, podemos pensarlos desde la vía negativa llevando a cabo acciones que nos conduzcan a escapar de la injusticia, la desigualdad, la inequidad, etcétera.</p>
<p>Una de las formas para escapar de dichas circunstancias es, precisamente, la educación intercultural a partir de la cual se deben promover espacios de reflexión para identificar las relaciones de poder (económico, de género y racial)
así como la subordinación de los grupos y conocimientos que han sido relegados
por las culturas hegemónicas. De manera que:</p>
<p>
<disp-quote>
<p>la población occidental vea su cultura desde las perspectivas de una variedad de grupos que viven tanto fuera como dentro de sus
fronteras tradicionales. ¿Cómo se ve la
cultura occidental desde Oriente, desde África, desde el punto de vista de los
pueblos descendientes de africanos
que viven dentro de sus fronteras, desde el de los pueblos indígenas o desde el de los
pobres? (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref11">Kincheloe y Steinberg, 1999, p. 32</xref>).</p>
</disp-quote>
</p>
<p>Dicho modelo educativo puede partir de la hermenéutica
analógica para reconocer las diferencias culturales desde una perspectiva de
apertura y de diálogo, así como para rescatar los conocimientos de las culturas
relegadas a partir del estudio de su historia, su literatura y sus mitos. Pero
este modelo no puede dejar de lado la concienciación de la comunidad cultural a
la que pertenecemos y el lugar que ésta ha tenido. De manera que tanto los
miembros pertenecientes a grupos de poder cuestionen el lugar que ocupan en el
entramado social, así como los que pertenecen a grupos subordinados sean
capaces de establecer estrategias para escapar de las situaciones de injusticia
y de desigualdad social.</p>
</sec>
<sec>
<title>
<bold>Conclusiones</bold>
</title>
<p>La propuesta hermenéutica de Mauricio Beuchot nos ha
permitido trascender el mero reconocimiento de la diversidad y nos ha llevado a contemplar la necesidad del diálogo e interacción entre los miembros de diferentes culturas. Las
conclusiones que podemos establecer en esta investigación son las siguientes:</p>
<p>
<list list-type="simple">
<list-item>
<p>- La cultura ocupa un lugar importante en la vida de los seres humanos, pero también cumple un papel regulador y coactivo, ya que implica un sistema de reglas y de distribución de poder.</p>
</list-item>
<list-item>
<p>- Una cultura no es una comunidad homogénea ni inmutable. Por tanto, no debemos generalizar los rasgos que
comparten los miembros de un grupo cultural.</p>
</list-item>
<list-item>
<p>- La relación
intercultural analógica privilegia, más que las semejanzas, las diferencias
tanto individuales como colectivas. Esto nos lleva a buscar las características comunes entre las culturas, pero también a aceptar
las diferencias y aprender de ellas.</p>
</list-item>
<list-item>
<p>- Así como la cultura adquiere un sentido positivo en cuanto ejercicio de nuestra libertad, la interculturalidad como modelo orientador debe promover la autonomía y la libre determinación de los pueblos.</p>
</list-item>
<list-item>
<p>- La interculturalidad es un proceso en el que se intersectan distintas tradiciones, en dicho proceso no siempre hay apertura, también se dan conflictos a causa de los valores que defienden las comunidades, pues éstos o bien posibilitan la convivencia respetuosa o impiden establecer acuerdos.</p>
</list-item>
<list-item>
<p>- Debemos asumir una
actitud crítica frente a la propia tradición y tomar conciencia que algunas de
nuestras prácticas pueden ser modificadas en favor de una mejor convivencia dentro y fuera de
nuestro grupo cultural.</p>
</list-item>
<list-item>
<p>- La memoria colectiva
ha sido objeto de disputa con el fin de instituir una versión oficial de la
historia que promueve únicamente el legado de los grupos que han llegado al poder. Por
esta razón, es necesario contar la historia a contrapelo. En el ámbito
intercultural esto implica rescatar los conocimientos y tradiciones de las culturas que han sido relegadas.</p>
</list-item>
<list-item>
<p>- Un modelo de educación intercultural no sólo debe abrir espacios de diálogo, requiere fomentar la concienciación sobre la hegemonía de unos grupos sobre otros, debido a que la interculturalidad no se basa solamente en la interacción de grupos étnicos, también en la relación de poder donde diversos sectores han sido excluidos, ya sea por su género, preferencia sexual, creencias religiosas, entre otros rasgos. Por dicha razón hacemos hincapié en la necesidad de concienciación sobre el lugar que se ocupa en el entramado
social.</p>
</list-item>
<list-item>
<p>- La educación
intercultural debe ser retrospectiva para recuperar la herencia de las culturas
que han sido relegadas.</p>
</list-item>
<list-item>
<p>- Los derechos humanos no son normas universales
incontrovertibles, sino principios basados en buenas razones. Esto no significa
que debamos afirmar que no existe ningún valor compartido entre las distintas
comunidades, posiblemente los hay. Pero se requiere la contextualización de
dichos valores y ser capaces de observar con qué otros se encuentran asociados
a fin de llegar a acuerdos y que no sean un pretexto de imposición cultural.</p>
</list-item>
<list-item>
<p>- Es pertinente la vía
negativa que propone Luis Villoro que consiste en señalar dónde no se realizan
determinadas acciones consideradas valiosas por distintos grupos culturales.</p>
</list-item>
<list-item>
<p>- Debemos escuchar las razones que justifican las prácticas de otras culturas para evaluar si sus valores distan
mucho de los nuestros. De manera que no caigamos en un universalismo ciego ante
la diversidad ni en un relativismo
que exalte sólo las diferencias.</p>
</list-item>
</list>
</p>
<p>Sabemos que el tema de la
interculturalidad no se agota en esta investigación y que las conclusiones a
las que hemos llegado no son definitivas porque abren otras interrogantes como
son: ¿La única vía para alcanzar la
convivencia respetuosa entre las culturas es la educación intercultural?, ¿Qué
garantiza que la concienciación sobre las relaciones de poder permitirá
alcanzar la equidad en las relaciones interculturales?. Sin embargo, hemos
cumplido nuestro cometido, contribuir desde la filosofía y la hermenéutica
analógica a mejorar la comprensión de
las tradiciones y de las culturas para que éstas no sean vistas como entidades
estáticas sino dinámicas, en constante renovación, a veces en tensión o en
lucha por su supervivencia y coexistencia social.</p>
</sec>
</body>
<back>
<ref-list>
<title>
<bold>Referencias  bibliográficas </bold>
</title>
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<year>1789</year>
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<surname>Meinong</surname>
<given-names>Alexius</given-names>
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<source>¿Qué son los valores?</source>
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<mixed-citation>Rachels, James (2006). Introducción a la filosofía moral. México, FCE. Spinoza, Baruch (1980). Ética. México, FCE.</mixed-citation>
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<surname>Rachels</surname>
<given-names>James</given-names>
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<source>Introducción a la filosofía moral</source>
<year>2006</year>
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<mixed-citation>Spinoza, Baruch (1980). Ética. México, FCE.</mixed-citation>
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<surname>Spinoza</surname>
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<source>Ética</source>
<year>1980</year>
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<mixed-citation>Villoro, Luis (1997). El poder y el valor. México, FCE.</mixed-citation>
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<surname>Villoro</surname>
<given-names>Luis</given-names>
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<source>El poder y el valor</source>
<year>1997</year>
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<mixed-citation>Villoro, Luis (2007). Los retos de la sociedad por venir. México, FCE.</mixed-citation>
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<given-names>Luis</given-names>
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<source>Los retos de la sociedad por venir.</source>
<year>2007</year>
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<title>Notas</title>
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<sup>1</sup>
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<p>La hermenéutica es la
disciplina de la interpretación de textos, y la hermenéutica analógica pretende
estructurar la interpretación con el esquema de la analogía, la cual es un modo
de significar que se coloca entre la univocidad y la equivocidad. La univocidad
es la significación idéntica de un término con respecto a sus significados, como “hombre” designa unívocamente a todos los hombres, a todos por igual. La equivocidad es la significación
completamente diferente de un término con respecto a sus significados, como “osa”, que significa diversamente al animal y a la constelación. En cambio, la analogía es la significación en parte idéntica, en parte diferente, predominando la diferencia, como “ente”, que significa a diversos entes (la substancia y los accidentes) y “bueno”, que significa lo bueno útil, lo bueno deleitable y lo bueno honesto. De esta manera, una hermenéutica analógica
evita los excesos e inconvenientes de una hermenéutica unívoca, que pretende
una interpretación totalmente clara y distinta, así como los de una
hermenéutica equívoca, que se hunde en una interpretación totalmente
relativista; se coloca como algo intermedio, aun predominando la diferencia. Cfr. M. Beuchot, Perfiles esenciales de la
hermenéutica, México: UNAM, 2005.</p>
</fn>
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<label>
<sup>2</sup>
</label>
<p>En Menón se cuestiona la enseñanza de las virtudes. La conclusión socrática es que la virtud no consiste
en un conocimiento y por ello no existen maestros que la enseñen ni estudiantes
que la aprendan. La virtud es, más bien, un atributo divino. Cfr. Platón, Diálogos II: Gorgias, Menexeno, Eutidemo, Menón,
Crátilo., Barcelona, Gredos, 2003.</p>
</fn>
<fn id="fn4" fn-type="other">
<label>
<sup>3</sup>
</label>
<p>Por
ejemplo, Jesús Mosterín argumenta que lo que
distingue a la ética de la moral, es que la moral tiene fundamento en la
costumbre, mientras que la ética reflexiona sobre lo razonable de nuestras
acciones. Por lo tanto, la ética nos permite criticar aquellas tradiciones que han causado daño a seres humanos, así como
a animales o que han provocado el deterioro del medio ambiente. Cfr. Mosterín, Jesús, El triunfo de la
compasión: Nuestra relación con los otros animales, Madrid, Alianza, 2014.</p>
</fn>
<fn id="fn5" fn-type="other">
<label>
<sup>4</sup>
</label>
<p>En el iusnaturalismo
de Tomás de Aquino, Francisco de Vitoria y Bartolomé De las Casas, se
defiende el derecho a la vida, porque la
vida constituye un valor que se funda en la ley natural que, a su vez, se
encuentra en concordancia con la ley divina. Para
Hobbes, Locke y Rousseau este principio es uno de los fundamentos del
contrato social y del derecho positivo.</p>
</fn>
<fn id="fn6" fn-type="other">
<label>
<sup>5</sup>
</label>
<p>Los Representantes del
Pueblo Francés, constituidos en Asamblea Nacional, considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos del Hombre son las únicas causas de las calamidades públicas y de la
corrupción de los Gobiernos, han resuelto exponer en una Declaración solemne
los derechos naturales,
inalienables y sagrados del Hombre; para que esta declaración, estando
continuamente presente en la mente de
los miembros de la corporación social, les recuerde permanentemente sus
derechos y sus deberes; para que los actos de los poderes legislativo y
ejecutivo, pudiendo ser confrontados en todo momento con los fines de toda
institución política, puedan ser más respetados; y para que las reclamaciones
de los Ciudadanos, al ser dirigidas por principios sencillos e incontestables,
puedan tender siempre a mantener la Constitución y la felicidad de todos. Cfr. Declaración de los Derechos del Hombre
y del Ciudadano, <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_35657597002_ref1">1789</xref>.</p>
</fn>
<fn id="fn7" fn-type="other">
<label>
<sup>6</sup>
</label>
<p>El culto a la muerte para los nahuas que habitan en Mixquic está
asociado con la actividad agrícola porque la persona que muere es como una
semilla que ha sido sembrada en la tierra para dar paso a la nueva vida. Desde
esta cosmovisión vida y muerte no pueden ser disociadas. Cfr. Martínez, José Luis, Mixquic: Pasado,
presente y futuro. México, 2007.</p>
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